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domingo, 22 de octubre de 2017

IGLESIA/MUNDO Y PASTORAL/PASTORALISMO: breves consideraciones teológicas (Don Lillo D’Ugo)



Durante la última entrevista que Benedicto XVI ha concedido al periodista alemán Peter Seewald, ha declarado que hay dos cuestiones que aún no están resueltas en la Iglesia de hoy: la recta interpretación del Concilio Vaticano II y la relación existente entre la Iglesia y el mundo. Pienso que hay que situar en este amplio contexto eclesial y eclesiológico las preguntas que el libro-entrevista de Crepaldi-Fontana sobre la pastoral social en la vida de la Iglesia italiana plantea a la Iglesia en Italia, y no solo.

La eclesiología contemporánea, tanto la que propone el Magisterio como la que propone la Teología, a menudo ha considerado el misterio de la Iglesia a partir de algunas imágenes bíblicas retomadas y profundizadas por los Padres de la Iglesia. Entre las más consideradas están las siguientes: Pueblo de Dios; Sacramento universal de salvación en Cristo; Cuerpo místico de Cristo; Templo del Espíritu Santo.

El denominador común de dichas reflexiones es que la Iglesia surge de Dios y es ordenada por Dios. Es el pueblo convocado por la Trinidad: “El Padre eterno, con un plan de sabiduría y bondad muy libre y arcano, ha creado el universo y ha decretado elevar a los hombres a la participación de su misma vida divina”. Esta participación a la vida de Gracia se realiza siempre en y por el Hijo. Una comunión que inicia en la tierra y se perfecciona en el Cielo cuando Dios, verdadera vida y suma felicidad, será Todo en todos. Comunión que se realiza en el hoy de la Iglesia porque “ha querido convocar a los creyentes en Cristo en la Santa Iglesia”.

Por consiguiente, el mundo ha sido creado en la perspectiva de la Iglesia. La perspectiva teológica es tan clara en la Tradición de la Iglesia que San Agustín afirma: Mundus reconciliatus Ecclesia.
La Iglesia es, por lo tanto, una realidad que aunque tenga una dimensión histórico-terrena, la trasciende, lo mismo que hace ese Dios que, aunque ha creado todo y se ha encarnado, transciende el mundo y la historia. La Iglesia es el Pueblo de Dios, pero su esencia íntima consiste en ser Cuerpo místico de Cristo y, en Él, sacramento universal de salvación. Cuerpo del que Él es la Cabeza y la Iglesia sus miembros. La parte visible, histórica, está constituida por los hombres que, durante un tiempo determinando, forman parte de ella. La parte invisible es primariamente Dios y, después, sus partes gloriosas o en espera de la Gloria. A partir de esta naturaleza suya, construye su relación con el mundo. 

Si no se tuviera en cuenta este misterio de la Iglesia, se tendría una visión falsa y limitada que equipararía a la Iglesia con una multinacional humanitaria o una ONG con sedes mundiales.

Tenemos que considerar ahora qué se entiende por mundo. Nos ayuda el texto de Crepaldi, que nos recuerda la polisemia del término y confirma su doble significado. El primer significado es positivo. Por mundo se entiende la creación de Dios: hombres, animales y cosas. Por lo tanto, una realidad que viene del corazón y de las manos de Dios y que lleva consigo una unicidad, bondad y belleza que expresan el estilo del Artista. El propio Catecismo de la Iglesia católica, en línea con una tradición católica milenaria, afirma que el mundo con su movimiento, devenir, contingencia y orden puede proporcionar incluso “argumentos convergentes y convincentes” sobre la existencia y el conocimiento de Dios. Los hombres son la parte más consistente de la creación. Una humanidad viva, dinámica que a pesar de tener una profunda identidad suya (naturaleza) está en statu viae, es decir, en camino hacia un perfeccionamiento en Cristo en la lógica del ya y no aún. Un Cristo total que, parafraseando a San Agustín, está siempre unido a su Iglesia, en lo que Santo Tomás define instrumentum coniuctum de la humanidad de Cristo, inseparabile de su divinidad. Una humanidad que fue herida por el pecado original y que Dios salva en Cristo Jesús. Salvación que llega, por Spiritum et ecclesiam, a los hombres de cada generación que, encontrándose con Dios, entran en comunión con el Padre y entre ellos.
Entonces el mundo, así entendido, está predestinado a ser de y en Dios. Es una maravillosa dimensión del ser.

Pero hay un significado negativo de mundo. Las mismas Escrituras, sobre todo la de Juan, entienden el mundo como el lugar del pecado a cuya cabeza está el Diablo, el Príncipe de este mundo. Así, el término mundo indica una parte de la humanidad que, junto a las estructuras del pecado que genera, se enfrenta a Dios y al orden que ha dado a la creación. Crepaldi afirma, como ya hizo Biffi, que Barth ponía en evidencia que en la Gaudium et spes esta acepción negativa no está muy considerada. Consideración que ha escapado a una cierta reflexión teológica y eclesial sucesiva y que no puede ser omitida sin caer en una teología coja, ingenua o, peor aún, ideológica, que no considera todo desde el dato revelado, sino que una parte la considera a partir de esquemas intelectuales sugeridos por una cierta filosofía.

Se necesita una auténtica comprensión del binomio Iglesia/mundo porque, por como se comprenda, brota la acción pastoral de la Iglesia. 

Si la Iglesia-Cuerpo de Cristo no es comprendida como realidad sobrenatural, no del mundo, distinta aunque no separada, portadora de un quid gratuito que el mundo no puede darse a sí mismo y que espera para poder salvarse, las cuentas no cuadran. Crepaldi hace referencia a la manera rahneriana de comprender la relación Iglesia/mundo que tiende a redimensionar la Iglesia a la que considera como una parte del mundo. Según Rahner, la Gracia es un don de Dios para todos y no puede ser obstruida y frustrada por las resistencias del corazón humano o por instrumentos aleatorios como son los sacramentos. Al no ser necesarios los sacramentos y ni tan siquiera la conciencia de la gracia para estar en posesión de ella, pueden haber personas que sean cristianas y no lo saben; son los llamados “cristianos anónimos”. El propio Kasper afirma de manera crítica: “Rahner permanece atrapado (…) en las redes de la filosofía idealista de la identidad, prisionero de la identificación de ser y conciencia”.

Si la Iglesia es una parte del mundo; si Dios se concede a sí mismo a todos los hombres, también a quien no lo quiere y no lo sabe; si el orden natural y el sobrenatural coinciden; si libertad y necesidad son equivalentes; si cada uno ya está salvado por el hecho de existir en la historia, la Iglesia ya no tiene motivo de existir y obrar a partir de una identidad propia; la humanidad histórica ya está cristificada automáticamente, no se necesita la obra de Cristo y de la Iglesia a Él vinculada para llegar a cada hombre que surge en la historia. Además, ya no existe el libre albedrío, por lo tanto no existe el hombre. Vuelve la crítica que Kierkegaard hace al idealismo hegeliano al que Rahner está fuertemente anclado.

Dicha perspectiva eclesiológica parece estar presente directa o indirectamente, aunque con menos profundidad y sutileza que en Rahner, en muchas afirmaciones de teólogos, pastores y laicos llamados “adultos”. Pero es una perspectiva no católica, falsa y peligrosa por la autocomprensión que la Iglesia de hoy debe hacer de sí misma. A la luz de dicha perspectiva, la pastoral cambia y se convierte en pastoralismo. 

La pastoral es el hacerse de la Iglesia continuamente. Un hacerse como actores: Dios y el Pueblo jerárquicamente ordenado. Un hacer de Cristo presente en la Iglesia difundida en el tiempo y en el espacio. Un hacerse que tiende a crear comunión entre Dios y los hombres, y los hombres entre ellos. Un hacerse que profesa, celebra, vive y reza. Un hacerse que genera santos a lo largo del complejo camino de la historia y que combate la obra inicua que el mundo constante pone en marcha. 

Por lo tanto, un obrar de la Iglesia que parte de su identidad (agere sequitur esse) dogmática, moral, litúrgica, disciplinar. La pastoral es consecuente con la naturaleza de la Iglesia y, aunque se cree un círculo virtuoso entre ser y obrar, o la vida sea una unidad inseparable, esto no quiere decir que no se distingan los distintos elementos. Como escribe Vignelli, la pastoral “no puede cambiar dogmas, leyes y cultos, no aborda el quod (el qué) ni el quid (por qué), sino sólo el quomodo (cómo): es decir, reglas, métodos y medios”. Podríamos decir que es la dimensión de la praxis que camino junto a la teoría. Un proceder juntos que se sostiene y se enriquece mutuamente.

Si no se incluye a la pastoral en esta perspectiva eclesiológica, corre el riesgo de convertirse ya no en arte que permite el encuentro del hombre con Dios en la Iglesia, sino en en lugar del encuentro igualitario, que tiende a realizar el bienestar existencial y no la salvación. De aquí puede brotar la adecuación de la Iglesia a las peticiones de las mentalidades históricas del momento. El fin de la pastoral se convierte en el esfuerzo de adecuar el anuncio cristiano a los cambios del momento. Tiene lugar una metamorfosis: la pastoral deja de ser medio para convertirse en fin.

La pastoral, entonces, se transforma en pastoralismo, al que Crepaldi define: “El deseo de encontrar al otro en situaciones concretas de vida subordinando, con relación a este encuentro, las cuestiones doctrinales. Es la versión católica de la prevalencia de la praxis sobre la teoría o de la existencia sobre el pensamiento” o si queremos, “la total aceptación de la secularización como autonomía del mundo”.

Este planteamiento destruye la pastoral y amordaza la Iglesia de hoy. Una realidad que no habla, no dialoga, sino que calla y acepta, pierde su presencia en la situación histórica y, sobre todo, socio-política. 

Y sin embargo, muchos intelectuales y agentes católicos afirman que la Iglesia hoy debe sólo acompañar, como una cuidadora pasiva, al mundo y acoger todos sus caprichos. Y citan a menudo el Concilio Vaticano II, olvidándose de páginas como la siguiente: “El sagrado Concilio (…) enseña, fundado en la Sagrada Escritura y en la Tradición, que esta Iglesia peregrinante es necesaria para la salvación. El único Mediador y camino de salvación es Cristo, quien se hace presente a todos nosotros en su Cuerpo, que es la Iglesia. El mismo, al inculcar con palabras explícitas la necesidad de la fe y el bautismo (…), confirmó al mismo tiempo la necesidad de la Iglesia, en la que los hombres entran por el bautismo como por una puerta. Por lo cual no podrían salvarse aquellos hombres que, conociendo que la Iglesia católica fue instituida por Dios a través de Jesucristo como necesaria, sin embargo, se negasen a entrar o a perseverar en ella” (Lumen Gentium, 14).

Don Lillo D’Ugo