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domingo, 19 de octubre de 2014

Misericordia y salvación (y 3)

En el evangelio de san Juan, en el capítulo 8, versículos del 3 al 13, se cuenta el episodio de la mujer adúltera:

"Los escribas y fariseos le llevaron una mujer sorprendida en adulterio y, poniéndola en medio, le dijeron: "Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés, en la Ley, nos mandó lapidar a éstas. Tú, ¿qué dices?". Esto lo decían para tentarle y tener de qué acusarle. Pero Jesús, inclinándose, se puso a escribir con el dedo en la tierra. Pero como ellos insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: "Aquél de vosotros que esté sin pecado, arrójele la piedra el primero". E inclinándose de nuevo, continuó escribiendo en la tierra. Al oír estas palabras, se fueron marchando uno tras otro, comenzando por los más ancianos, y se quedó solo con la mujer, que estaba delante. Entonces Jesús se incorporó y le dijo: "Mujer, ¿dónde están? ¿Ninguno te ha condenado?. Ella contestó: "Ninguno, Señor". Jesús le dijo: "Tampoco Yo te condeno. Vete y no peques más" .


La misericordia del Señor es infinitamente mayor que la que puedan tener todos los Padres sinodales juntos, Papa incluido; pero, a diferencia de ellos, Jesús conjuga la misericordia y la verdad, que no deben contradecirse nunca. Ambas deben de darse: Jesús no condena a la mujer y la perdona (misericordia) pero reconoce -y así se lo hace ver a la mujer- que ha obrado mal (verdad). Por eso, al despedirla, le dice: "Vete y no peques más". (Jn 8, 13). Jesús ama al pecador, pero odia el pecado. 


El pecado nunca tiene justificación. Todos somos pecadores. El problema del mundo actual, entre otros, es que se ha perdido el sentido del pecado. Sin embargo, "si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, fiel y justo es Él para perdonar nuestros pecados y purificarnos de toda injusticia" (1 Jn 1, 9-10). 




Siendo Dios misericordioso, como lo es, hay, sin embargo, pecados que no se pueden perdonar: "Al que hable contra el Espíritu Santo no se le perdonará ni en este mundo ni en el venidero" (Mt 12, 32). ¿Qué significa un pecado contra el Espíritu Santo? El Espíritu Santo es el Amor que se profesan el Padre y el Hijo mutuamente. Es, por así decirlo, el corazón mismo de Dios, pues todo Dios es Amor. Una nota esencial del amor es la reciprocidad. Deben darse ambas cosas: amar al otro y ser amado por él, en un mutuo intercambio de amor. 


Estamos hablando ahora del amor divino-humano. Toda falta de amor es, realmente, un pecado, aunque no todo pecado es grave. En realidad, el pecado es siempre una ofensa a Dios, es decir, un rechazo de su Amor, bien sea directamente, si no queremos saber nada con Él y negamos incluso su existencia o le combatimos. O bien, de modo indirecto, haciendo daño a aquellos que Él ama, es decir, ofendiendo a otras personas, pues por todos dio Dios su vida (Redención objetiva) 


Todo pecado lleva a la muerte. Pero Dios está siempre deseoso de perdonarnos porque nos ama y quiere tenernos siempre a su lado: "Dios no quiere la muerte del pecador sino que se convierta y viva" (Ez 18, 32).  Ahora bien: es preciso que nos arrepintamos sinceramente de nuestra ofensa a Dios, con la seguridad y la confianza en que "Él es rico en misericordia" (Ef 2, 4) y nos va a perdonar y no va a tener en cuenta nuestros pecados, por grandes que éstos sean, pues "la caridad cubre la multitud de los pecados" (1 Pet 4, 8).  (Redención subjetiva, por la que participamos de la Redención objetiva)


El problema gordo surge cuando rechazamos incluso la idea de pecado, porque hemos decidido que el pecado no existe. Nadie nos puede decir lo que está bien y lo que está mal. Nos convertimos en una especie de "dioses" de nosotros mismos. Ya no es Dios el que decide, sino que somos nosotros. ¿Cómo arrepentirnos de un pecado que decimos no tener? Éste es el pecado de soberbia. Éste es el pecado contra el Espíritu Santo, pues se opone directamente al Amor de Dios y su Supremacía sobre todo lo creado. Éste es el "pecado que no se le perdonará ni en este mundo ni en el venidero" (Mt 12, 32). Ese fue el pecado de Luzbel, que se transformó en Lucifer.


El soberbio no admite ser corregido por nadie. Es su propia "conciencia" lo único que cuenta. No existen verdades absolutas. Cada uno se fabrica su propia "verdad". Ante esta situación, mantenida en el tiempo, a lo largo de toda nuestra existencia, no permitiendo ser ayudados por nadie, pues nadie nos puede juzgar (y Dios menos que nadie, puesto que hemos decidido que no existe) ... Digo, cuando esto sucede... ¡y sucede cada día con mayor frecuencia!, la omnipotencia de Dios se hace débil y nuestra salvación se hace imposible. ¡Es tanto el respeto de Dios por nuestra libertad que jamás nos forzará a que lo amemos! Pero si no lo amamos, ¿cómo podremos estar con Él? ¿Cómo podremos salvarnos? Metafísicamente hablando sería imposible. 


Queda muy claro, desde luego, que los pensamientos de Dios no son los de los hombres ... con la particularidad de que los nuestros no siempre se adecúan a la realidad, mientras que Él nunca se equivoca. Nadie jamás ha podido decir de Sí mismo aquello que dijo Jesús: "Yo soy la Verdad" (Jn 14, 6). Si cayéramos en la cuenta de que Dios nos quiere con locura y desea nuestro bien más que nosotros mismos, si amáramos la verdad y sacudiéramos de nosotros la mentira que nos esclaviza, entonces, con la ayuda de Dios, que no nos faltará, seríamos libres y capaces de responder a Dios con ese "sí" que Él tanto está deseando de oír, aunque sea sin palabras ... sólo con el corazón. No se necesita nada más.


Necesitamos de la Verdad, es decir, de Jesucristo, más que del aire para respirar. Necesitamos acudir siempre a las fuentes, a la Sagrada Escritura y a la Tradición de la Iglesia para no caer en el pecado de soberbia, queriendo fabricar un dios a nuestra medida, un dios sólo para este mundo y con unas reglas conforme a este mundo. 


Hoy saldrán los resultados del Sínodo Extraordinario sobre la familia. Lo que salga del Sínodo nunca podrá contradecir la enseñanza de la Iglesia de siempre, y ésta es muy clara:  "Todo el que repudia a su mujer, y se casa con otra, adultera; y el que se casa con la repudiada de su marido, adultera" (Lc 16,18). 


Pero si, por un casual, eso ocurriera, y Dios lo permitiera todo fiel católico debe de tener muy claro que el dogma no puede ser alterado, ni siquiera por el Papa, aunque se aduzcan para ello  "razones pastorales". La pastoral nunca puede contradecir a la doctrina. Decía el cardenal Kasper que no pretende cambiar sino profundizar en la verdad. Todo eso está muy bien, pero ... si la profundización supone llegar a conclusiones que se oponen a lo que la Iglesia ha enseñado durante siglos, no se trataría de una profundización sino de un cambio. No se puede jugar con las palabras y hacernos pasar gato por liebre ... ¡y menos en un caso tan grave como éste al que estamos asistiendo!


La Iglesia, siguiendo las instrucciones de su Maestro, siempre ha ejercido la misericordia con los pecadores. Todos somos pecadores. Pero al mismo tiempo, ha luchado con dureza contra el pecado que tanto daño hace a las personas y que es la verdadera causa de todos los males que existen en el mundo, misterio de iniquidad que hizo necesario que el mismo Dios se hiciera hombre para poder vencerlo mediante otro misterio, aún mayor, cual es el misterio del Amor de Dios por nosotros, de manera que "donde abundó el pecado sobreabundó la gracia" (Rom 5, 20).


No es la Iglesia la que debe acomodarse al mundo, sino que es el mundo el que debe cambiar su mentalidad, si quiere progresar de un modo efectivo; un progreso que tendrá lugar en la medida en que la gente conozca a Jesucristo como a su Dios y a su amigo que es (ambas cosas) y no olvide que el mensaje de Jesucristo es siempre actual: "Jesucristo es el mismo ayer y hoy y lo será siempre" (Heb 13,8)