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viernes, 31 de julio de 2026

Escuela de calor 2026



Publicar bajo este título un artículo sobre cambio climático en plena canícula veraniega se ha convertido en una tradición. Así combatimos la habitual campaña de alarmismo estival, que hiberna como los osos para resurgir con fuerza cada verano aprovechando las olas de calor propias de la estación (verano: «época más calurosa del año») y que sigue siempre el mismo patrón: temperatura del mar, insectos amenazantes, sofocantes olas de calor e incendios forestales supuestamente ligados al calentamiento global. Dada la magnitud de los incendios de este verano, en este artículo me centraré en esta última cuestión.

Incendios forestales

El grave incendio de Ávila y Madrid, que por producirse en zona poblada ha afectado a decenas de miles de personas, se suma al sufrido hace pocas semanas en Andalucía, cuya gravedad fue determinada por la trágica pérdida de vidas humanas. En aquel momento, la reacción de las autoridades políticas —el presidente del gobierno y el de Andalucía— consistió en activar el escudo deflector para evitar asumir responsabilidad alguna y en un pacto de silencio tácito para no culparse mutuamente.

Así, primero culparon a las pobres víctimas, que ya no pueden defenderse y que actuaron como mejor supieron en una situación extrema, y luego ambos aludieron, cómo no, al cambio climático. En sus comparecencias, Sánchez y Moreno también hicieron una llamada a los ciudadanos para avisar con mayor antelación, trasladando de nuevo sibilinamente la responsabilidad a otros. Sin embargo, los datos del propio gobierno muestran que los ciudadanos son mucho más diligentes que el Estado en alertar de estos desastres, pues, en el 67% de los casos, quienes avisan de los incendios son las llamadas de particulares[1].

Por el contrario, ninguno de los dos responsables políticos dijo una sola palabra de las inversiones que deberían haberse acometido en medios de extinción: España, por ejemplo, cuenta con sólo 7 viejos aviones apagafuegos operativos, frente a los 18 de que dispone Italia con una superficie forestal un 50% inferior a la nuestra. Sánchez y Moreno tampoco dijeron nada sobre protocolos de prevención, actuación y respuesta rápida, o sobre gestión forestal y limpieza de los montes, dificultada por la dictadura ecologista de la UE y por la incompetencia de nuestra clase política.

Sin embargo, aunque a casi nadie le sorprenda el cinismo de los políticos, la gente sigue cayendo víctima del sensacionalismo de los medios, que aprovechan la natural empatía que sentimos hacia las pobres familias que han perdido su hogar para crear histerias colectivas basadas en relatos catastrofistas (incendios «inextinguibles»).

Disociando los incendios de la temperatura ambiente

En este sentido, la fuerza de la propaganda climática es tal que logra hacernos creer que la temperatura ambiente contribuye enormemente o incluso puede ser responsable de un incendio de estas características. Lógicamente, esto no es sí. En efecto, para que haya una combustión hacen falta tres elementos: un combustible (en este caso, madera seca), un comburente (el oxígeno del aire) y una fuente de calor, que debe ser intensísima. Por eso, si juntan unas ramitas secas en el porche de su casa o en la acera de su calle en pleno mes de julio al sol de mediodía, aquello no arderá por combustión espontánea, aunque el termómetro alcance 50°. Sin embargo, si hacen la misma prueba un día nublado de otoño o invierno, pero, en esta ocasión, prenden las ramitas secas con una cerilla —que puede alcanzar entre 600° y 800°C de temperatura—, aunque haga frío, aquello arderá como una tea. En efecto, la fuente de calor necesaria para que se produzca fuego sólo puede provenir de la acción humana (causante de más del 90% de los incendios) o de un rayo.

Por lo tanto, una elevada temperatura ambiente no es condición necesaria para desencadenar un incendio. En el caso de España, el hecho de que la región con más hectáreas quemadas con respecto a su superficie forestal haya sido tradicionalmente la fresca y húmeda Galicia también es un indicio de que la temperatura ambiente no es un factor relevante. Naturalmente, el factor primordial para que un incendio se extienda es el viento, que aumenta tanto el combustible —por propagación de las fuentes de calor— como el comburente.

Pongamos otros ejemplos. En Canadá —donde este año se han quemado 3 millones de hectáreas— hay en este momento activos grandes incendios forestales en zonas de British Columbia que tienen estos días temperaturas máximas en torno a 20° y mínimas de sólo 7°C[2]. Y en el sur de África la temporada alta de incendios forestales coincide con el invierno austral, cuando las temperaturas mínimas rondan los 8°C, pues es entonces cuando se produce la estación seca[3]. Dicho de otro modo, los montes no arden porque haga calor, sino porque la maleza está seca; en muchas regiones del mundo —como es el caso de Europa—, la estación cálida y la estación seca coinciden en el tiempo, pero en otras regiones del globo ocurre lo contrario.

En nuestro país, cerca del 60% del total de incendios cuya autoría se conoce son incendios provocados (no sólo maliciosos), mientras que el 34% son consecuencia de accidentes o negligencias y un 6% son debidos a la acción de los rayos[4]. En EEUU estas cifras son similares[5], aunque en la despoblada Canadá cerca del 50% de los incendios son causados por los rayos.

Las principales negligencias y accidentes tienen que ver con quemas agrícolas, chispas provenientes de motores y máquinas, fallos de líneas eléctricas, trabajos forestales, colillas indebidamente apagadas, hogueras, barbacoas o eliminación de basuras.

No es el cambio climático

Por lo tanto, ligar un incendio forestal al calentamiento global es un insulto a la inteligencia, como cada vez perciben más ciudadanos. En efecto, desde 1979, el aumento de temperaturas en el planeta ha sido de 0,16ºC por década, es decir, de pocas centésimas de grado por año[6]. Como es obvio, esta diferencia de medición —tan ridículamente exacta como los cálculos de crecimiento del PIB— resulta imperceptible. Este ligero aumento de temperatura global tampoco ha producido un aumento detectable en la frecuencia y severidad de las sequías, como reconoce hasta el IPCC[7].

Pero es que, además, en las últimas décadas ha disminuido la superficie quemada por incendios forestales en el planeta. Han leído bien: cada vez arden menos hectáreas debido a incendios forestales. La FAO, por ejemplo, realiza un análisis por continentes (2007-2019) que ofrece el siguiente resultado[8]:


En el mismo sentido, un estudio publicado en la revista Science concluyó que la superficie quemada en el planeta había descendido un 25% desde 1999 hasta 2017[9]. En la misma línea, otro estudio más reciente reitera que «el número e intensidad de incendios a nivel mundial, y la superficie quemada, han disminuido en las últimas dos décadas»[10]. España no ha sido una excepción, y la superficie quemada por incendios en los últimos 50 años también ha disminuido, según el propio Ministerio de Transición Ecológica[11]:



Este dato nos invita a realizar una reflexión: en efecto, el ligero aumento de temperaturas globales ha coincidido con la disminución en la superficie quemada en el planeta, pero eso no significa que cuanto más calor haga, menos incendios habrá: correlación no implica causalidad. Asimismo, que el ligero aumento de temperaturas globales de las últimas décadas haya coincidido con un aumento de CO2 en la atmósfera no significa necesariamente que haya sido el CO2 el causante de dicho aumento de temperatura, pues hablamos de sistemas multifactoriales, complejos y caóticos que eluden explicaciones simplistas. Lo mismo ocurre con los incendios, en los que influyen la pluviosidad primaveral, la sequía estival, los vientos, la orografía, la capacidad de medios de extinción y el mantenimiento y limpieza de los montes.

Cabe añadir que la disminución de incendios forestales, la reforestación y el incremento del maravilloso CO2 (alimento por antonomasia de árboles y plantas), que ha aumentado significativamente el verdor del planeta, ha provocado que la deforestación haya dejado de ser un problema a nivel global. En efecto, un análisis de 35 años de datos de satélite durante el período 1982-2016 publicado en su día en la revista Nature, concluyó que «la superficie forestal mundial había aumentado en 2,24 millones km2 (un 7% más)». España no ha sido una excepción: siendo el tercer país con mayor masa forestal de Europa, ha visto aumentar sus bosques un 32% desde 1990[12].

Olas de calor

La otra cuestión que querría tratar brevemente en este artículo son las olas de calor. En efecto, el anticiclón de las Azores, principal controlador de nuestro clima, cambia periódicamente de extensión y posición (latitud y longitud) y permite —junto a otros factores— que masas de aire africano nos invadan por el sur y conviertan grandes partes de la Península en un horno. Como afirmaba el exdirector del Instituto Nacional de Meteorología (hoy AEMET) Inocencio Font en su magna obra Climatología de España y Portugal, «puede haber períodos anormalmente calientes en cualquier mes, aunque junio es en este aspecto el más anómalo, ya que por término medio una vez cada tres años tienen lugar durante dicho mes intensas olas de calor»[13].

Font indica que en la estación veraniega en su conjunto las grandes olas de calor se producen de media una vez cada cuatro años. Estas afectan más a la mitad sur de la Península, aunque ocasionalmente también pueden afectar al norte: San Sebastián, 38° (31-7-75), La Coruña, 40° (28-8-61) o Bilbao, 42° (7-9-1987) son claros ejemplos. Finalmente, Font hace una afirmación reveladora: «De todas las olas de calor registradas en la Península, la más importante tuvo lugar entre julio y agosto de 1876 [hace 150 años], cuando en Sevilla se llegaron a alcanzar los 51°»[14].

En julio de 1995 hubo otra gran ola de calor en España y se registraron 47° en Córdoba y Sevilla, pero también el norte sufrió altísimas temperaturas: Orense alcanzó los 42°, y Zamora, los 41°. En aquella época la ideología climática aún no había corrompido las instituciones científicas, por lo que un informe del Instituto Nacional de Meteorología criticaba el sensacionalismo mediático (en vez de alimentarlo, como hace hoy la AEMET): «Cuando se presentan fenómenos meteorológicos extremos de esta naturaleza, es frecuente leer o escuchar comentarios en los medios de difusión (prensa, radio, etc.) que valoran el fenómeno como excepcional». Para contrarrestar dicho sensacionalismo, los autores del informe llegaron a la conclusión de que los 47° registrados en 1995 en Sevilla «se presentaban por término medio una vez cada 50 años, lo que supone que la ola de calor que produjo tal temperatura no es muy frecuente, pero no es un fenómeno excepcional»[15]. De hecho, los autores recalcaban que valores superiores a los 46° también se habían registrado, por ejemplo, en julio de 1901, en agosto de 1909 y en agosto de 1949.
En 2003 España (y con ella toda Europa) sufrió también una ola de calor veraniego insoportable que superó en duración y extensión a la de 1995, pero en aquella época la revista oficial del entonces Instituto Nacional de Meteorología no mencionaba en absoluto el calentamiento global, limitándose a titularlo Ola de calor excepcional[16].
Conclusión

Para rematar la cuestión de las temperaturas estivales, debo añadir que la propia AEMET reconoce en su Informe sobre el estado del clima en España 2025 que el gráfico de temperaturas medias máximas correspondiente al día más cálido «no presenta ninguna tendencia significativa» desde 1975[17]:


En la misma línea, el propio IPCC se vio obligado a reconocer en su AR5 (2013) que sólo tenía una «confianza media» en la afirmación de que la duración y frecuencia de olas de calor hubieran aumentado desde mediados del siglo XX a nivel global, mientras que «existía evidencia de que algunas regiones del globo habían tenido más olas de calor en períodos anteriores a 1950 (por ejemplo, EEUU en los años 30)»[18].

Siempre ha habido y siempre habrá olas de calor e incendios forestales. Estos fenómenos, completamente normales, serán en algunos años especialmente severos. 
Es en estas ocasiones cuando más alerta debemos estar para no dejarnos arrastrar por la cultura del miedo que nos inculca el sensacionalismo mediático, y también para ignorar las cortinas de humo de nuestros políticos culpando a una inexistente emergencia climática para encubrir su incompetencia y corruptelas: es a estos mismos políticos a quienes debemos exigir, por el contrario, que dejen de mentir y pongan los medios necesarios para mitigar el daño producido por dichos fenómenos.
A la carencia de medios para extinguir incendios se suman los apagones generales causados por el mismo fanatismo ecologista que impide limpiar los montes, los descarrilamientos de trenes o las carreteras llenas de baches, por lo que la pregunta es: ¿cambio climático o incompetencia supina de una panda de caraduras?


[7] IPCC. AR6, WG I, Table 12.12.
[13] I. FONT. Climatología de España y Portugal (Ed. Universidad Salamanca, 2007) 230ss.
[14] Ibid.
[18] IPCC, AR5, WGI, 2.6.1.

Disertación sobre el verdadero espíritu jesuita



A propósito del retrato que pintó Rubens de San Ignacio de Loyola

El 31 de julio es el dies natalis, o día que nació en el Cielo, de uno de los más grades sacerdotes y fundadores de la historia de la Iglesia: San Ignacio de Loyola, que falleció en esa fecha del año 1556 y fue canonizado en 1622. Desde luego, San Ignacio es muy conocido por haber fundado la Compañía de Jesús, la orden jesuita. Esta orden ha dado a la Iglesia muchos de sus más intrépidos y exitosos misioneros, que han llegado a los rincones más apartados de la Tierra. Nos acordamos de San Francisco Javier; se calcula que a lo largo de sus viajes el santo navarro bautizó a unos 30.000 conversos, impulsado por el amor de Dios y la preocupación por el trágico destino eterno cuantos mueren fuera de la Iglesia.

Un magnífico cuadro del pintor flamenco Pedro Pablo Rubens (1577–1640), devoto católico, realizado hacia la época de la canonización del santo, capta gráficamente muchas de las cualidades que hicieron grandes a San Ignacio y a su orden.


Aparece con la mirada alzada al cielo en profunda meditación a la espera de que Dios lo ilumine indicándole su voluntad, infundiendole la guía y la fortaleza del Espíritu Santo. Sin duda, es una alusión a los ejercicios espirituales con los que San Ignacio, a partir de su honda vida espiritual y su experiencia en dirección de almas, formuló unas reglas concretas por las que los cristianos podían discernir entre la voz de Dios y las voces contrarias del mundo, el demonio y la carne. Medio ideal para abrirse paso en un mundo azotado por la tempestad de la rebelión protestante, que los jesuitas combatieron con un ardor que culminó en la impresionante fortaleza de la muchedumbre de mártires jesuitas que derramaron su sangre en la Inglaterra isabelina.

Rubens representa la cara del santo con expresión serena y decidida, resuelto a hacer lo que Dios quiera, como Él quiera y cuando Él quiera. Sin la frenética prisa del temerario que se arroja al peligro impulsado por un falso entusiasmo, ni la pusilánime vacilación del que duda, cuestiona o se acobarda ante el dolor y las dificultades. Tiene la actitud del caballero cristiano dispuesto a empuñar las almas contra una avalancha de obstáculos.

Ha bebido serenamente de la Fuente misma –Dante cantó que en la voluntad de Dios encontramos paz–, y puede por tanto irradiarla a los demás, atrayéndolos así para que lo sigan en amistosa compañía, la Compañía de Jesús. El sutil pincel de Rubens nos permite captar también una mezcla de remordimiento por los propios pecados y lamento por la penosa situación de otros, en particular herejes, cismáticos, infieles y paganos, por cuya conversión se volcaron él y sus hijos espirituales.

San Ignacio aparece ante el altar vistiendo casulla, pues era sacerdote del Altísimo y ofrecía cada día el Sacrificio incruento que lleva a cabo nuestra redención:

Los jesuitas nunca han tenido fama de buenos liturgistas, pero siempre han entendido que la Santísima Eucaristía es la ardiente caldera de la caridad que impulsa toda nuestra oración y trabajo. Para San Ignacio, la sagrada liturgia era ciertamente fuente y culmen de toda su vida cristiana. Esta devoción a la Presencia Real se hace patente en los espléndidos templos barrocos desperdigados por Europa y otros continentes, todas ellas tabernáculos de Emanuel.

Que Rubens pintara a San Ignacio con una casulla roja ricamente recamada en oro –el oro de la dignidad real y el rojo del testimonio abnegado y el fuego del Espíritu Santo–, transmite un mensaje solemne: que no hay nada más importante y valioso que el culto a Dios, en el que debemos poner todo empeño y diligencia. Al igual que el firme mármol del altar, el santo se alza inalterable en la Fe católica que fue llamado a defender.

Todo ello lo hace según reza el lema que figura en la cabecera de la página del libro que tiene colocado sobre el altar, Ad majorem Dei gloriam, para mayor gloria de Dios. Aquí no cabe la menor duda sobre quién está primero, la criatura o el Creador, el Verbo o el mundo. Dios es el principio y el fin, y a Él debemos la existencia, la vida, el culto y la eterna bienaventuranza. Nada ni nadie puede contradecir su primado: somos siervos suyos, hijos de su Esposa, y hemos de pensar y actuar conforme a ello.


Desgraciadamente, en comparación con San Ignacio y con muchos nobles miembros de la orden que siguieron sus huellas, la Iglesia actual nos pone ante los ojos el escándalo de numerosos jesuitas influyentes que han traicionado cuanto propugnaba su fundador.

En vez de apoyar con humildad el rico, complejo y lleno de sentido culto romano según se fue desarrollando bajo la dirección de la Divina Providencia, el jesuita Josef Jungman sentó las bases de su derribo. Contemplando el cuadro de Rubens, podríamos decir que Jungman cambió los brocados barrocos por cortinajes de poliéster.

En vez de combatir el error del evolucionismo darwinista, el jesuita Pierre Teilhard de Chardin lo abrazó como un nuevo paradigma del catolicismo en el que la Iglesia y su doctrina quedan subordinadas al espíritu de los tiempos y la expansión del universo.

En vez de resistir el pernicioso error consecuencialista (que un fin bueno justifica un medio malo), el jesuita Josef Fuchs lo promovió durante décadas en la Pontificia Universidad Gregoriana, envenenando con ello a generaciones enteras de teólogos morales. Los mismos que combaten impíamente la doctrina católica sobre matrimonio, familia y vida, en particular sobre conceptos fundamentales de actos intrínsecamente malos; es decir, que por su propia naturaleza son malos siempre y en todo lugar.

En vez de poner sus talentos al servicio de la conversión y curación de homosexuales practicantes que se destruyen a sí mismos y perjudican el bien común de la sociedad, el jesuita James Martin siembra confusión en la moral y la Iglesia, de una manera más diabólica todavía al presentarla de una forma que parezca cosa de sentido común, moderación y misericodia.

Y sobre todo, en vez de confirmar a sus hermanos en la verdadera Fe recibida de los Apóstoles, transmitida por los Padres, formulada por los Doctores, experimentada por los místicos, de la que dieron testimonio con su sangre los mártires de la Compañía y que el Magisterio perenne ha ido confirmando a lo largo de todas las generaciones, el jesuita Jorge Bergoglio dio ante el mundo el escándalo sin precedentes de un pontífice que sembraba confusión en cuanto al dogma y la moral católicos, haciéndoles el juego al programa secularista mundial y al libertinaje imperante en el Occidente de hoy (un detallado elenco de ejemplos pueden verlo en el libro The Disastrous Pontificate de Dominic J. Grigio.


En vez de una Iglesia que convierta al mundo, observamos una iglesia convertida por el mundo. Es la antítesis misma de lo que fue el verdadero San Ignacio de Loyola, que habría expulsado de la Compañía a los sacerdotes arriba mencionados e incoado procesos de excomunión contra ellos.

En su audiencia general del 9 de octubre de 2019, el papa Francisco dijo lo siguiente: «¿Pertenezco a la Iglesia universal (buenos y malos, todos) o tengo una ideología selectiva? ¿Adoro a Dios o adoro las fórmulas dogmáticas?»

Aparte la falsa contraposición y el sentimentalismo implícitos en la segunda pregunta, que recuerdan más al verano del amor de los hippies de Woodstock que a la caridad cristiana que ama a Dios y al prójimo con base en la fe en la divina Revelación, me gustaría señalar que el papa Bergoglio se aleja del gusto por la aprobación de definiciones dogmáticas que albegaban señalados miembros de su orden, intelectuales modernos a los que se suele elogiar (e incluso está de moda hacerlo). Francisco era un caso aparte aun entre los suyos. Veamos algunos ejemplos, teniendo presente que no afirmo que ninguno de dichos jesuitas sea ortodoxo (por desgracia, en las últimas décadas es raro encontrar uno que lo sea).

El Pierre Rousselot, S.J. (1878–1915) escribió lo siguiente en The Intellectualism of St. Thomas Aquinas:

«Es natural que un amor apasionado por la Mente absoluta engendre amor al dogma. La verdad de la Fe es el fundamento de nuestra religión. Si la religión fuera un mero producto humano, y el dogma la pura expresión de reacciones humanas a las realidades del dogma, sería la mayor de las necedades sacrificar la felicidad humana o la vida humana por el dogma. Pero el dogma contiene verdad, es más cierto aún que la ciencia, y el objeto del dogma está por encima y más allá del hombre. Del mismo modo, los pecados contra el dogma son los más graves, y los errores en cuanto a ideas son más que peligrosos que los relativos a hombres. Si desechamos el dogma, desechamos a Dios. Atacar el dogma es atacar a Dios. Pecar contra el dogma es pecar contra Dios.»

Tenemos que indagar el motivo de tan sorprendentes afirmaciones. En el caso de un ser humano, lo que es, quién es y cuáles son sus cualidades, ideas y voliciones varían de una persona a otra. Aunque hay unidad sustancial, la diversidad accidental es mayor. Por eso, atacar las ideas o decisiones de alguien no es lo mismo que atacar a la propia persona, su naturaleza humana o su dignidad personal.

Con Dios es muy diferente. Dios, su naturaleza, su personalidad, sus ideas, sus intenciones, su verdad y su amor tienen identidad entre sí. Es totalmente uno. Sería, por tanto, imposible amar a Dios sin amar igualmente todo lo que es verdad en Él y sobre Él. Dios es verdad. Por esa razón, es imposible adherirse al dogma sin adherirse a Dios. La medida en que uno está dispuesto a abrazar el dogma determina con precisión nuestro amor a Él. Manifestamos amor a Dios abrazando su verdad, y abrazamos su verdad porque lo amamos.

En su magnífica obra El Cuerpo Místico de Cristo, el P. Emile Mersch SJ (1890–1940), con semejante entusiasmo por el don divino del intelecto y la nobleza inherente de la verdad, habla de virtudes y de vicios para entender iluminado por la fe:

«Dice el dogma [al cristiano]: “¡Piensa! Piensa con todas tus fuerzas, con toda tu lealtad; piensa como debe pensar un hombre cuando piensa con Dios”. Pero cuando Dios confió su verdad al intelecto de los hombres respondiendo a su necesidad de entender, ¿acaso no les impuso el deber de buscarla? Al incorporarse Dios a la humanidad en el mundo encarnado, ¿acaso no quiso impartirles un nuevo conocimiento, y despertarlos así a una nueva forma de entender digna de Aquel que los ayuda a alcanzarlo y digno también de los hijos de la luz. Cuando Dios viene a habitar en el intelecto como verdad, ¿va a querer que el intelecto se salve sin cooperar? Cuando instala su verdad en la mente, ¿no equivaldría reprimir el deseo de conocerla a expulsarla del alma? ¿Acaso la falta de interés en comprender no es pecado de omisión, acaso el desprecio y la blasfemia no son análogos en el orden del conocimiento a la indiferencia por el bien y a la neutralidad en el orden de la volición? Una fe que renuncia a entender renuncia a la vida […] El mismo Cristo reside en los pronunciamientos dogmáticos, la autoridad magisterial oficial de la Iglesia y la vida de la gracia […] pues la Verdad es Cristo […] Los cristianos viven de la verdad».

Como para desarrollar más el concepto expresado por sus compañeros de orden, el influyente patrólogo Henri de Lubac SJ (1896–1991) dijo lo siguiente de la herejía en su libro Nuevas paradojas:

«Si los herejes ya no nos suscitan horror como en tiempos de nuestros antepasados, ¿estamos seguros de que es porque somos más caritativos? ¿O no sería quizás, en demasiados casos y aunque no nos atrevamos a decirlo, porque la manzana de la discordia, es decir la sustancia misma de nuestra fe, ya no nos interesa? Al tener una fe excesivamente familiar y pasiva, es posible que los dogmas no sean ya para nosotros el Misterio en que apoyamos nuestra vida, el Misterio que ha de cumplirse en nosotros. De ahí que la herejía ya no nos escandalice. Al menos, ya no nos horroriza ni lo vemos como algo capaz de arrebatarnos el alma […] Por eso no nos importa tratar con amabilidad al hereje ni hacemos ascos a codearnos con él […] Desgraciadamente, no siempre es la caridad la que ha aumentado o está mejor iluminada; es en muchos casos la fe, el gusto de lo eterno, lo que ha menguado.

El P. Piet Fransen, SJ (1913–1983), teólogo e historiador belga, precisó en su libro Intelligent Theology que su preferencia por el existencialismo no lo convertía en un relativista:

«Si el Hijo de Dios vino a nosotros y nos habló en nombre del Padre sirviéndose de nuestras palabras, símbolos e imágenes humanas, y si confió su verdad a la Iglesia, institución humana aunque fuera fundada por Dios, y que está unida como su Cuerpo que es y es Esposa del propio Cristo, el acto redentor que fue simultáneamente acto de revelación de los pensamientos y verdades de Dios sobre Sí mismo y el hombre, no sólo nos proporciona la posibilidad, sino el deber de pensar en esas verdades, defenderlas contra posibles deformaciones, traducirla a otros idiomas para otros tiempos y culturas […] Creo firmemente en el bien y el mal, en la verdad y la falsedad, en la ortodoxia y la herejía. A mí me parece que en cuanto la teología desiste de alcanzar la verdad ya no es teología cristiana».

El P. Avery Dulles, SJ (1918–2008) escribió en Magisterium: Teacher and Guardian of the Faith:

«Como oráculo divino, a la Iglesia se le ha encomendado la misión de dar un testimonio autorizado de la Revelación de Dios en Cristo […] Su autorizada enseñanza impone a los miembros de la Iglesia cierta obligación de creer. Al contrario que las sociedades civiles, la Iglesia es una sociedad de fe. Sus miembros están unidos porque profesan una comunidad de verdades reveladas, las cuales se expresan en forma de credos y dogmas. Rechazar la fe común es excluirse de la Iglesia como sociedad. Así pues, la enseñanza del Magisterio tiene una fuerza de ley semejante a los preceptos y leyes humanos […] Por haber recibido la Palabra de Dios, la Iglesia tiene el deber ineludible de transmitirla, explicarla y defenderla de errores».

Podríamos multiplicar indefinidamente estas citas de autores jesuitas, pero no hace falta. Lo que observamos es que la lamentable afición que tenía Francisco a los falsos contrarios (oponer dogma a amor, teoría a práctica, principios a realidad, tradición a progreso y tantas otras cosas), no sólo era repulsiva para el instinto de los fieles y su sentido común sobrenatural (como explicó Roberto de Mattei en una conferencia sobre el sensus fidelium), sino que ni siquiera se ajusta a la teología de los mejores jesuitas actuales sobre el valor absoluto de la verdad racional y dogmática y el grave peligro de abrazar el error o someterse a él, el cual si es grave nos aparta de Dios y la salvación con la misma eficacia de la torpeza moral o el odio al prójimo.

Lo cual nos lleva de vuelta al hombre que fundó la Compañía impulsándola en su trascendental paso por la historia. ¿Qué pensaría San Ignacio de sus hijos de cada época, hasta la nuestra? Que este gran santo de la Contrarreforma –padre, guía y modelo de tantos santos; qué digo, ¡algunos de los más grandes santos de la historia!– interceda por la Iglesia militante afligida y, en concreto, por la orden descarriada que afirma seguir teniéndolo por modelo, para que recupere la ortodoxia y santidad ad majorem Dei gloriam.

Peter Kwasniewski

jueves, 30 de julio de 2026

TRIBUNA. Sinodalidad contra sacerdocio




León XIV acaba de confirmar que la sinodalidad sigue vigente y pujante. Lo ha hecho mediante unas nuevas notas dirigidas a los obispos y equipos sinodales para preparar las asambleas diocesanas de 2027. Por si alguien lo dudaba, Roma sigue expandiendo la maquinaria sinodal.

Pero toda expansión exige un espacio que ocupar. Y la sinodalidad necesita un vacío.

Como las infecciones oportunistas que se extienden cuando ceden las defensas de un cuerpo, solo prospera allí donde la autoridad sacerdotal ha sido debilitada. Un sacerdocio vigoroso sería su peor enemigo, porque la asamblea únicamente puede aspirar a discernirlo todo después de que el sacerdote haya sido persuadido de que apenas le corresponde decidir nada.

Porque ¿en qué consiste la operación sinodal, si no es en desplazar el centro de gravedad de la Iglesia? Tras toda esa escucha y corresponsabilidad se oculta una transferencia de autoridad desde el sacerdote hacia una comunidad organizada que acaba determinando la respuesta pastoral. Es una nueva revolución (en realidad la misma de siempre), y como todas las revoluciones, se vende desde abajo mientras se impone desde arriba.

El sacerdote es un obstáculo para el triunfo de la sinodalidad porque su potestad no procede de la comunidad. Celebra in persona Christi y conduce el rebaño que le ha sido confiado. Cristo llama a determinados hombres, los aparta y les confiere una potestad que los demás bautizados no poseemos. El sacerdocio solo se entiende desde la jerarquía, palabra clave que significa precisamente gobierno de origen sagrado.

Si la autoridad nace de Cristo, la asamblea no puede producirla; si se olvida ese origen, la jerarquía degenera en organigrama y el sacerdote en funcionario.

Para fortalecer la sinodalidad hay que debilitar el sacerdocio. La salud de uno y otra son inversamente proporcionales. Pero por consagrada que esté la Iglesia a la sinodalidad, y por más infiltrada que esté de masones, protestantes y carismáticos, el objetivo de sacrificar el sacerdocio se antoja hoy por hoy imposible. Además, es innecesario: la Iglesia sinodal cuenta con suficientes herramientas para eliminar ese obstáculo sin destruirlo.

Una de esas estrategias consiste en desacreditar el ejercicio de su autoridad. Para eso ha servido la campaña contra el «clericalismo», una palabra que designó abusos reales antes de convertirse en sospecha general contra todo sacerdote que se atreva a comportarse como tal. El párroco que decide puede parecer autoritario, o rígido si se resiste a entregar el gobierno a un equipo, y si recuerda la diferencia entre el sacerdocio ministerial y el común es que desprecia a los laicos.

Educado bajo esa vigilancia, intimidado, el sacerdote abandona un espacio que puede ser ocupado por toda una flora burocrático-carismática y sinodal.

Igual perversión se reconoce en ciertos movimientos eclesiales cuya estructura paralela acaba teniendo más peso que la parroquia. El Camino Neocatecumenal ofrece el ejemplo más visible: el sacerdote se incorpora como garante sacramental de una obra cuyo método y orientación han sido fijados por otros. Su fundador, Kiko Argüello, llegó a expresar su anhelo de que muriese Benedicto XVI como única salvación para el Camino y celebró con entusiasmo la llegada de Bergoglio. La vehemencia de su deseo revela hasta qué punto el cambio de pontificado propició un clima favorable a su organización laica.

Ciertamente, para alcanzar su plenitud a la sinodalidad le basta con difuminar la frontera que separa al sacerdote del laico. La pauta es siempre la misma: aproxima los ministerios seglares al orden, abre la posibilidad del diaconado femenino, presenta el sacerdocio casado como remedio para la escasez… El laico avanza hacia las funciones sacerdotales mientras el sacerdote retrocede hasta parecer un seglar con licencia para consagrar.

Si la revolución protestante negó el sacerdocio sacrificial y salió de la Iglesia; la revolución sinodal lo conserva dentro, progresivamente reducido a proveedor sacramental de una comunidad que pretende gobernarse por sí misma. Así la Iglesia puede seguir ordenando sacerdotes, cada vez menos, mientras aprende a vivir sin ellos y avanza en su autodisolución.

Y ¿qué efecto puede tener semejante operación sobre las vocaciones? La respuesta es obvia. La sinodalidad disuade el sacerdocio. El abandono del mundo solo se comprende ante una misión proporcionada al sacrificio que exige. Nadie renuncia a formar una familia para presidir reuniones ni acepta una obediencia de por vida con el propósito de gestionar consensos parroquiales. La crisis vocacional no cayó del cielo. Durante décadas se ha desdibujado la identidad sacerdotal y después se ha llorado la mengua de vocaciones. La sinodalidad agrava esa crisis, pero se nutre de ella: al reducir la función sacerdotal disminuye el atractivo sobrenatural de la vocación, esa escasez sirve para ampliar las estructuras del laicado y, una vez consolidadas estas, logra una Iglesia menos dependiente del sacerdote. El círculo vicioso es perfecto. El organismo sinodal ensancha la herida de la que se alimenta.

Aquí una comparación elocuente: la Fraternidad Sacerdotal de San Pedro, consagrada a una concepción plena y tradicional del sacerdocio, ha ordenado este año veinticinco sacerdotes, tantos como ordenaron juntas durante 2025 las veintisiete diócesis de la modernista y sinodal Alemania. ¿Tendrá algo que ver lo que cada una propone a quien siente la llamada?

Y otra pregunta clave: ¿qué mueve a León XIV a perseverar en una operación cuyos efectos nocivos sobre el sacerdocio resultan tan visibles?

La respuesta no comienza con su elección al pontificado, ni siquiera con la influencia de Bergoglio. Robert Prevost se formó en la modernista Catholic Theological Union de Chicago, dentro de un ambiente posconciliar que valoraba la preparación conjunta para distintos ministerios, y ejerció después su labor pastoral conforme a una concepción eclesial donde el trabajo en equipo, las estructuras territoriales confiadas a laicos —con una presencia muy destacada de mujeres en funciones de dirección— y la escucha comunitaria ocupaban ya un lugar decisivo. La sinodalidad no llegó a él como una consigna aprendida en Roma.

Pero fue ya en Perú donde Prevost obtuvo su Matrícula de Honor en sinodalidad. Los propios agustinos atribuyen a Prevost la promoción de un «ministerio en equipo» y de parroquias divididas en zonas pastorales dirigidas en buena medida por seglares, entre ellos mujeres investidas de amplias responsabilidades pastorales, dentro de una estructura que describen retrospectivamente como sinodal. Chiclayo prolongó el modelo mediante redes de animación pastoral y equipos mixtos de escucha, hasta merecer de uno de sus colaboradores la calificación de «laboratorio sinodal». Bergoglio no tuvo que convertir a Prevost, quizá incluso aprendió de él. Por eso lo colocó al frente del Dicasterio para los Obispos.

Ahora, con Prevost en Roma, el experimento pastoral de Perú está listo para convertirse en programa para la Iglesia universal.

Llegados aquí, la vieja pregunta cui prodest? resulta inevitable. ¿A quién beneficia desactivar al sacerdote, borrar la frontera que lo separa del laico y protestantizar la Iglesia hasta volverla irreconocible? Desde luego, no a Cristo ni a las almas. Pero hay alguien que conoce mejor que nadie el valor de unas manos consagradas.

Satanás es quien mejor conoce el poder de un sacerdote consciente de lo que es. Puede celebrar ante una catedral llena o él solo ante Dios, porque la eficacia de la misa no depende del aforo, y puede destruir años de paciente trabajo infernal con una sola absolución. Por eso el Enemigo quiere que los ordenados dejen de creer plenamente en aquello que recibieron. Un clero perseguido da mártires, pero uno avergonzado de su autoridad se desarma a sí mismo.

El sacerdote que recuerda Quién lo llamó y de Quién procede su potestad es el katechon de la disolución y una refutación viva de la Iglesia sinodal. Ahí reside la razón última del empeño satánico. Todo sacerdote consciente de su vocación es una afrenta al príncipe de este mundo. Que todavía haya hombres dispuestos a renunciar al mundo por algo que el mundo no puede ofrecer desmiente la autonomía satisfecha sobre la que se levanta nuestra época.

Cada sacerdote forma parte de ese cuerpo de élite de la humanidad que recogió el guante de Cristo y aceptó seguirlo dejando todo atrás. Su mera existencia es una bofetada al Malo, además de un estorbo grave para el éxito de la sinodalidad.


Por Pedro Gómez Carrizo

Las seis preguntas que el Sínodo plantea a los obispos para «moldear progresivamente el rostro de cada Iglesia local»




El documento Hacer memoria. Acompañar la preparación de la Asamblea de evaluación de la Iglesia local, publicado este lunes, 27, por la Secretaría General del Sínodo, no se limita a ofrecer instrucciones para organizar las asambleas diocesanas previstas para 2027. Su propósito es ayudar a cada Iglesia local a discernir hasta qué punto el camino sinodal está transformando su vida y su misión.

Las orientaciones están dirigidas a los obispos y a los equipos sinodales, llamados a conducir conjuntamente este proceso de discernimiento en cada Iglesia local.

A partir de una pregunta central, el documento desarrolla una serie de ejes de discernimiento que pueden resumirse en seis grandes cuestiones.

1. ¿Qué rostro concreto de Iglesia sinodal misionera y qué nuevos caminos de sinodalidad están surgiendo en nuestra comunidad?

Esta es la pregunta que estructura todo el documento. No se trata de elaborar una memoria de actividades ni un balance administrativo, sino de reconocer qué frutos concretos ha dado el camino sinodal y qué cambios está suscitando en la vida de la Iglesia.

El texto explica que el objetivo es «hacer memoria del camino recorrido y tomar conciencia de sus frutos», reconociendo «cómo el Señor ha acompañado su camino y a qué pasos la llama». Asimismo, recuerda que las asambleas de evaluación son «un momento de verificación de un proceso que va moldeando progresivamente el rostro de cada Iglesia local».

2. ¿Cómo han cambiado nuestras relaciones dentro de la Iglesia?

El primer gran ámbito de discernimiento es la conversión de las relaciones. Roma invita a evaluar cómo están cambiando «los modos de escuchar, colaborar, valorar los carismas y ministerios, y vivir la fraternidad y la corresponsabilidad».

El documento insiste en que este examen debe incorporar una «atención especial» a quienes habitualmente tienen menos presencia en los procesos eclesiales: jóvenes, seminaristas, personas consagradas en formación, así como quienes viven situaciones de pobreza, vulnerabilidad o marginación.

3. ¿Ha cambiado la forma en que la comunidad discierne y toma decisiones?

La segunda gran cuestión corresponde a la conversión de los procesos eclesiales. El documento dirigido a los obispos propone analizar «cómo están cambiando las formas en que la comunidad discierne, toma decisiones, ejerce las responsabilidades, practica la cultura de la transparencia, la rendición de cuentas y la evaluación».

Entre los aspectos concretos que deberán revisarse figuran el funcionamiento de los organismos de participación, los procesos de discernimiento comunitario, la formación para la sinodalidad, la valoración de los ministerios y carismas y el acceso de los fieles laicos a responsabilidades que no requieren el sacramento del Orden.

Este discernimiento, indica el texto, debe realizarse mediante la «conversación en el Espíritu», presentada como el método propio tanto para la preparación del relato como para el desarrollo de la Asamblea de evaluación.

4. ¿Se están ampliando los vínculos de la Iglesia con el mundo?

El tercer eje de discernimiento es la conversión de los vínculos. Se trata de comprobar «cómo se están ampliando los horizontes de la comunión» con otras Iglesias locales, otras confesiones cristianas, creyentes de otras religiones y con la sociedad.

La Secretaria General del Sínodo propone revisar también el compromiso de la Iglesia con la paz, la justicia, el cuidado de la creación, la cultura, la educación y la promoción humana, así como el estilo de las relaciones ecuménicas e interreligiosas. El documento contempla incluso la posibilidad de invitar como observadores a representantes de otras Iglesias y comunidades cristianas o de otras confesiones religiosas durante el proceso de evaluación.

5. ¿Han crecido la corresponsabilidad y la participación de todo el Pueblo de Dios?

Otro de los aspectos que Roma pide examinar es si el proceso sinodal ha favorecido una mayor corresponsabilidad en la vida de la Iglesia. Entre los ámbitos concretos de evaluación aparecen la renovación misionera de parroquias y comunidades, la formación de los fieles, la valorización de los ministerios y carismas y el fortalecimiento de estructuras verdaderamente participativas.

6. ¿Es hoy la Iglesia más capaz de anunciar el Evangelio?

Finalmente el documento advierte que el discernimiento no puede centrarse únicamente en la vida interna de la comunidad, sino que debe mantener siempre una perspectiva misionera.

Por ello plantea expresamente la siguiente cuestión: «¿La experiencia de la implementación del Sínodo cómo ha contribuido, y puede contribuir, a que la Iglesia sea más capaz de proclamar el Evangelio en las situaciones concretas de la vida humana y social?».


Estas seis preguntas sintetizan los principales ejes de discernimiento que la Secretaría General del Sínodo propone a los obispos y a los equipos sinodales para preparar las asambleas de evaluación de 2027. El documento no las presenta como un listado, sino que desarrolla estos interrogantes a través de las tres grandes «conversiones» —de las relaciones, de los procesos y de los vínculos— y de diversos ámbitos concretos de evaluación, con el propósito de comprobar si el camino sinodal está dando frutos y si está «moldeando progresivamente el rostro de cada Iglesia local, sus relaciones y su estilo».

¿Por qué Covadonga?




¿Por qué Covadonga [ aquí ], qué sucedió en Covadonga? Fue la primera victoria cristiana contra los moros invasores, en el año 718. Los árabes musulmanes ya habían ocupado rápidamente una parte importante del país y avanzaban hacia el norte. En las zonas montañosas del norte, los príncipes locales organizaban pequeños ejércitos para defenderse y resistir. Los musulmanes lanzaron una ofensiva hacia un valle en el este de Asturias mientras las fuerzas cristianas se escondían en las cuevas de Covadonga, con vistas al mismo valle. Luego atacaron por sorpresa a los musulmanes acampados en el fondo del valle, junto a un río, y los aniquilaron. Algunos de los invasores se ahogaron en el río, crecido por una lluvia repentina.


En resumen, esta fue la batalla crucial para la moral cristiana y porque demostró la incapacidad de los árabes para ocupar todo el país. Sin embargo, en 719 ocuparon Narbona, en el sur de Francia, y comenzaron a lanzar poderosas ofensivas hacia el norte. Pero en 732 sufrieron una dura derrota a manos de Carlos Martel, rey de Francia. Su expansión se detuvo, aunque lograron consolidar su posición en el sur durante algún tiempo. En esos mismos años, los árabes musulmanes intentaron en vano tomar Constantinopla. Allí sufrieron duras derrotas a manos de los bizantinos, perdiendo repetidamente ejércitos y flotas, que fueron arrasadas por el letal «fuego griego» de los barcos bizantinos. La derrota en Constantinopla fue, en efecto, lo que salvó a Europa.


Al celebrar con esta peregrinación la primera victoria cristiana sobre el anticristo musulmán, esperamos que la Santísima Virgen nos asista para que podamos alcanzar una vez más la victoria sobre los enemigos de la fe que nos atacan por todos lados, incluso desde dentro de la Iglesia.

PD: En resumen, ésta es la historia que jamás debemos olvidar. Las imágenes incluidas datan de 2022 y muestran la Santa Misa aún en la Catedral. Hoy, lamentablemente, debido a las restricciones vigentes, veremos imágenes de celebraciones al aire libre. Las actualizaré en cuanto estén disponibles (MG).

La CHJ, dependiente del Gobierno, multa con hasta 300.000 euros a los municipios que limpien o desbrocen los cauces de vegetación


Limpieza de vegetación. Redes sociales

La Confederación Hidrográfica del Júcar, dependiente del Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico, sigue pudiendo multar con hasta 300.000 euros a los municipios que limpien o desbrocen los cauces de vegetación sin la autorización preceptiva.

Más de un año y medio después de la DANA de octubre de 2024, la normativa del Reglamento del Dominio Público Hidráulico no ha cambiado: cualquier actuación que implique desbroce, poda, retirada de vegetación o alteración del cauce y de la zona de policía requiere permiso (o, en casos muy concretos, declaración responsable) de la Confederación Hidrográfica del Júcar (CHJ). Actuar sin él se considera una infracción administrativa y puede acarrear sanciones de hasta 300.000 euros, según la gravedad y los daños valorados.

La CHJ mantiene su criterio técnico de que la vegetación de ribera puede contribuir a ralentizar las avenidas y reducir el impacto de las crecidas aguas abajo. Por eso no favorece limpiezas masivas e indiscriminadas. Sin embargo, en la práctica sí autoriza de forma habitual trabajos de mantenimiento selectivo: desbroces, retirada de especies invasoras (especialmente la caña Arundo donax), poda y eliminación de elementos obstructivos. Entre noviembre de 2024 y noviembre de 2025 concedió 179 autorizaciones de este tipo, y a finales de 2025 había vigentes más de 300 en toda su demarcación, la mayoría ejecutadas por ayuntamientos.

El asunto vuelve a cobrar relevancia en 2026 no sólo por el riesgo de inundaciones en invierno, sino también por el de incendios. La vegetación densa y seca que se acumula en muchos cauces, ramblas y barrancos —sobre todo las cañas invasoras— actúa como un auténtico corredor de fuego. En periodos de sequía y altas temperaturas, estos tramos se convierten en vías de propagación de incendios forestales que pueden saltar fácilmente a zonas urbanas o a masas forestales. Varios alcaldes y técnicos municipales insisten en que una limpieza autorizada y selectiva reduciría tanto el peligro de riadas como el de incendios, pero denuncian que los trámites siguen siendo lentos y burocráticos.

Algunos municipios, especialmente en Alicante y Valencia, han vuelto a solicitar permisos de forma reiterada o, en casos puntuales, a actuar por su cuenta alegando «urgencia» y «dejadez» de la Confederación. La CHJ responde que ya otorga centenares de autorizaciones al año y que las intervenciones deben respetar criterios ambientales y de continuidad fluvial.

Así, en pleno verano de 2026, el debate sigue abierto: la amenaza de multa de hasta 300.000 euros permanece intacta para quien limpie sin permiso, mientras el riesgo combinado de inundaciones e incendios mantiene la presión sobre un sistema de autorizaciones que muchos consideran demasiado rígido.

Roche asegura que León XIV no revertirá las restricciones a la Misa tradicional



El prefecto del Dicasterio para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, el cardenal Arthur Roche, ha asegurado que el papa León XIV no modificará las restricciones a la celebración de la Misa tradicional establecidas por Traditionis custodes ni restaurará el régimen previsto por Benedicto XVI en Summorum Pontificum.

Las declaraciones fueron realizadas en una entrevista concedida al semanario británico The Tablet, en la que el purpurado inglés afirmó de manera categórica: «El papa León no va a cambiar Traditionis custodes y no va a volver a Summorum Pontificum.»

Se trata de la primera afirmación pública de Roche sobre la posición del Pontífice respecto a una de las cuestiones litúrgicas que más debate ha suscitado en la Iglesia durante los últimos años.

La unidad como argumento

Durante la entrevista, el prefecto defendió que la cuestión de la liturgia tradicional debe entenderse desde la perspectiva de la unidad eclesial. Recordó que la Eucaristía es «el sacramento de la unidad» y sostuvo que, si la celebración de la Misa se convierte en motivo de división, «algo va seriamente mal».

Roche también rechazó las denuncias de persecución formuladas por algunos fieles vinculados a la liturgia tradicional. Según explicó, cuando el Papa concede autorizaciones conforme a la normativa vigente y esos grupos continúan afirmando que son perseguidos, «no pueden responder cuál es realmente el problema».

Asimismo, lamentó el tono de algunas críticas dirigidas contra responsables de la Iglesia y llegó a preguntarse: «¿Se puede decir honestamente que uno es católico cuando escribe cosas tan llenas de odio sobre personas y sobre la Iglesia?».

Defensa de la reforma litúrgica

El prefecto precisó que no considera errónea la liturgia anterior al Concilio Vaticano II, pero sostuvo que la reforma impulsada tras el Concilio respondió a la necesidad de preparar a la Iglesia para una renovada tarea misionera.

Entre los cambios introducidos destacó la ampliación de las lecturas bíblicas en la liturgia y subrayó una comprensión distinta de la participación de los fieles en la celebración eucarística. Mientras que en la forma tradicional el sacerdote actúa en representación de la asamblea, afirmó, la reforma conciliar pone de relieve que todo el pueblo bautizado participa activamente en la celebración junto al sacerdote.

Las declaraciones del prefecto no constituyen un cambio de posición. Desde la publicación de Traditionis custodes, Arthur Roche ha sido uno de sus más firmes defensores.

Ya en enero, durante el consistorio extraordinario convocado por León XIV, el cardenal intentó situar la cuestión litúrgica en el centro del debate. Roche distribuyó entre los cardenales un extenso documento en el que defendía la reforma litúrgica posterior al Concilio Vaticano II y justificaba las restricciones impuestas por Francisco a la celebración según el Misal de 1962. Finalmente, el debate fue aplazado y la cuestión quedó fuera del orden del día del consistorio.

Un debate que sigue abierto

Las declaraciones de Roche llegan en un momento en que el futuro de la liturgia tradicional continúa siendo objeto de intenso debate dentro de la Iglesia. Desde la promulgación de Traditionis custodes en 2021, numerosas diócesis han restringido la celebración según los libros litúrgicos de 1962, mientras otras han buscado vías para mantener su continuidad pastoral.

Además, el debate litúrgico dio un giro con las consagraciones episcopales realizadas por la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX) en Ecône a principios de julio.

La consagración de cuatro nuevos obispos sin mandato pontificio desembocó en el decreto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe que calificó el acto como cismático y declaró la excomunión de los obispos consagrados y de quienes participan directamente con la FSSPX.

Este acontecimiento alteró profundamente el clima en torno a la cuestión litúrgica. El foco dejó de estar exclusivamente en Traditionis custodes para centrarse en la ruptura con la FSSPX y en las consecuencias que esa decisión podía tener para el conjunto del mundo tradicional.

Al mismo tiempo, numerosas comunidades vinculadas a la liturgia tradicional que permanecen en plena comunión con Roma manifestaron su preocupación por el riesgo de que se identificara su situación con la de la Fraternidad, insistiendo en que la inmensa mayoría de los fieles ligados al usus antiquior continúan viviendo plenamente integrados en la vida de la Iglesia.

Las palabras del prefecto del Dicasterio para el Culto Divino contrastan con esas posiciones y apuntan a la continuidad de la línea marcada por Traditionis custodes, aunque hasta el momento León XIV no se ha pronunciado personalmente sobre esta cuestión ni ha publicado documento alguno relativo a una eventual modificación de la normativa vigente.

Crecen las voces contra Traditionis custodes

Lejos de cerrarse, el debate se ha intensificado durante las últimas semanas. Algunas de las críticas más directas llegaron por parte del cardenal Gerhard Ludwig Müller, quien pidió recuperar la plena libertad para la celebración de la Misa tradicional y sostuvo que Traditionis custodes «no tuvo un efecto positivo», sino que terminó reforzando las posiciones de la FSSPX.

Asimismo, el arzobispo Georg Gänswein afirmó que Francisco «se equivocó» con Traditionis custodes y defendió que ese error debería corregirse. Además, reveló el profundo dolor que experimentó Benedicto XVI al conocer la publicación del motu proprio que limitaba el alcance de Summorum Pontificum.

En este contexto, las declaraciones de Roche parecen dirigidas a enfriar las expectativas de quienes confiaban en una revisión de la política litúrgica iniciada durante el pontificado de Francisco.

Los últimos recuerdos de Francisco

En la entrevista, Roche también evocó su último encuentro con el papa Francisco. Relató que estuvo con él el día anterior a su fallecimiento y recordó cómo el Pontífice insistió en salir a la plaza de San Pedro para saludar a los fieles a pesar de la oposición inicial de los médicos.

Según el cardenal, tras regresar al Vaticano y ser acostado nuevamente en su habitación, Francisco pronunció sus últimas palabras: «Gracias por llevarme hasta la gente».

Roche abordó además otras cuestiones relacionadas con la vida de la Iglesia, defendió la importancia de la asistencia dominical a la Misa como elemento esencial de la vida católica y expresó su preocupación por la evolución de la cultura contemporánea en materias como el aborto y la eutanasia, reivindicando la enseñanza de Humanae Vitae y la necesidad de preservar la dignidad de la vida humana hasta su fin natural.

Por el momento, la única certeza es que el propio León XIV no se ha pronunciado sobre esta cuestión. Las palabras de Arthur Roche reflejan la posición del prefecto del dicasterio encargado de la liturgia, pero cualquier eventual modificación —o confirmación— de Traditionis custodes dependerá, en último término, de una decisión del Papa.

sábado, 25 de julio de 2026

¿Por qué Odian a los sacerdotes? | P. Santiago Martín FM




DURACIÓN 14:09 MINUTOS

¿QUÉ PASA EN LA IGLESIA? #127 PADRE JORGE GONZÁLEZ GUADALIX.



DURACIÓN 34:38 MINUTOS



EMPEZAMOS EN ROMA 

ESPAÑA 

1. Campeones y católicos 

2. Otra vez traemos a Rouco 

3. Esperando nombramientos de obispos 

MUNDO 

4. Cantamañanas del día 

5. Por la coherencia eucarística 

6. Vocaciones en la América rural 

7. Qué piden los jóvenes católicos brasileños 

8. Obispos venezolanos indignados con el gobierno 

9. África nos enseña disciplina

lunes, 20 de julio de 2026

Desmontando mitos. Anselm Grün. Nuevo libro del Libro del P. Federico Highton






Hace casi catorce años asistíamos a la primera Misa del Padre Federico Highton (¡si hasta parece mentira todo lo que ha pasado desde ese entonces!).

Era una capilla pequeña en un orfelinato, con apenas un par de personas mayores y algunas niñas. Pero sabíamos que nuestro antiguo alumno, amigo y camarada, estaba comenzando un ministerio que daría que hablar; alguien que, como muchas veces nos alentamos mutuamente, buscaría por todos los medios terminar su vida o mártir, o exhausto de cansancio por predicar la verdad. Todo, menos esos obituarios aburridos y patéticos que dicen: “aquí yace Fulano de Tal: que nació tal día y murió tal otro”.

Tuve la gracia de que me pidiera predicar y la segunda gracia de guardar esa homilía que, en sus partes finales, decía:

“Por último, Padre Federico, quedan las palabras que a vos se dirigen. Esas palabras que sólo se pueden decir en el marco de una primera Misa de alguien que va a hacer mucho bien a la Iglesia si, como creo, te mantienes fiel y radical como hasta ahora.

Hacía meses que esperaba esta ordenación y ayer no pude contener las lágrimas al imponer mis manos sobre tu cabeza, mientras imploraba del Espíritu Santo el don de Consejo, ese don que ilumina la inteligencia para saber cómo obrar en cada instante.

Pero no las diré de mi boca, sino de boca de aquel santo que ha guiado gran parte de nuestro camino de formación y que hoy, providencialmente celebramos en sus primeras vísperas: San Francisco Javier.

Así decía el gran santo navarro desde Japón a sus compañeros jesuitas que se hallaban en España:

‘Venid a la misión; disponeos a buscar mucha humildad persiguiéndoos a vosotros mismos en las cosas que sentís repugnancia… y de aquí creceréis en mayor Fe, esperanza y confianza y amor de Dios y caridad del prójimo’”.

Pues hoy, más de una década después, es lo que exactamente el Padre Federico ha hecho: estar en la primera línea de misión, haciendo la opción preferencial por los pobres, los de verdad, los paganos que no conocen a Cristo y, desde allí, con un poder de concentración que hasta ahora no he visto en otro mortal, leer y refutar con sus escritos algunos temas tan fundamentales como repugnantes, sean éstos el budismo tibetano, el islamismo herético o la cábala talmudista.

Y esta vez ha entrado en las profundidades de otro tipo, el del psicologismo newageísta barnizado de catolicismo de una de las últimas vacas sagradas de la espiritualidad progre contemporánea: el monje benedictino Anselm Grün.

Hay libros que nacen para adornar bibliotecas… y hay otros que nacen para hacerlas temblar. El que el lector tiene entre manos pertenece, sin duda, a la segunda especie, haciendo con este libro lo que muchos consideran imprudente y otros directamente imposible: leer, estudiar, analizar… y luego juzgar no uno, sino decenas de las obras del monje alemán, cuyas obras han sido traducidas a más de 30 idiomas con más de 15 millones de libros vendidos.

- Perdón, ¿dijo “juzgar”?

Exacto. El padre Federico juzga -a pesar de que esa palabra cause urticaria en muchos oídos “tolerantes” de hoy. Y el fenómeno que analiza —con paciencia de cirujano y sin anestesia retórica— es uno de los más curiosos de nuestro tiempo: el éxito masivo de ciertas propuestas “espirituales” que, cuanto más se alejan de la fe católica, más parecen gustar… incluso dentro de ambientes que se dicen “católicos”.

Uno podría preguntarse: ¿pero cómo es posible? La respuesta es incómoda: porque muchas veces se prefiere una mentira agradable a una verdad exigente. Y aquí es donde este libro cumple su función: desmontar, paso a paso, una construcción que ha seducido a no pocos, mostrando sus presupuestos, sus fuentes y, sobre todo, sus consecuencias.

No se trata de una crítica superficial ni de un panfleto apresurado. Es el producto de una tesis doctoral en teología; estamos ante un trabajo serio, documentado, trabajado con ese raro equilibrio entre inteligencia y combatividad que caracterizaba a los grandes polemistas católicos de otras épocas, cuando todavía se entendía que la caridad no consistía en callar la verdad, sino en decirla a tiempo.

Pero alguno dirá que este libro es “duro”. Probablemente lo sea. Pero conviene distinguir: no es duro con las personas; es duro con los errores. Y eso, lejos de ser un defecto, es una obra de misericordia espiritual, tan olvidada como necesaria. Porque el error —especialmente en materia de Fe— no es un simple desacierto académico: es un veneno. Y si no se alerta sobre los venenos, terminamos bebiéndolos.

Y el Padre Highton, aun desde su hábitat propio de la misión, ha decidido no mirar para otro lado. Y eso tiene un costo. Siempre lo tiene. Pero también tiene un mérito: el de servir a la verdad sin negociar con la moda. Al lector le espera, entonces, un recorrido exigente pero iluminador. No encontrará aquí frases hechas ni concesiones al espíritu del tiempo, sino algo mucho más valioso: argumentos.

Y en una época que ha reemplazado el argumento por la emoción, eso ya es, en sí mismo, una forma de resistencia.

Terminemos con una advertencia —o, si se prefiere, una invitación—: este no es un libro para quien busca confirmación de prejuicios, sino para quien todavía cree que la verdad existe… y que vale la pena defenderla.

Los demás, probablemente, lo encontrarán incómodo.

Y eso, lejos de ser un problema, es una excelente señal.


P. Javier Olivera Ravasi, SE (del Prólogo)

Ideología de género y nuevos derechos: Sarah denuncia el chantaje de la UE a África


Invitado por el grupo parlamentario europeo ECR, el cardenal no se anda con rodeos, sino que, por el contrario, desenmascara el uso sesgado de las palabras para transmitir e imponer fuera de Europa una visión contraria a la fe y a la razón, creada artificialmente en los «pasillos de Bruselas». Un discurso que también tiene relevancia dentro de la propia Iglesia.

 
   


«Pues bien, señores parlamentarios, pido, con respeto, pero con igual firmeza, que los términos “hombre”, “mujer”, “matrimonio” y “familia” no se reduzcan a constructos sociales modificables a antojo de las modas ideológicas del momento, sino que se preserven como datos ontológicos de la realidad». 

Estas son las palabras centrales del valiente discurso del cardenal Robert Sarah en un acto celebrado en el Parlamento de la Unión Europea, que retoma la línea de los grandes discursos de Benedicto XVI en Berlín, París y Londres, y que constituye una condena solemne a la forma en que la Unión Europea gestiona un «sistema» de imposición a las personas y a los pueblos de una antropología creada artificialmente en los «pasillos de Bruselas», contraria a la razón y a su fe. 

Se trata de un discurso «duro», con críticas documentadas a la explotación chantajista de la Unión Europea respecto a los países africanos en los ámbitos normativo, jurídico y financiero, que puede sorprender a quienes estaban acostumbrados a escuchar del cardenal sobre todo palabras de espiritualidad y liturgia, pero que, precisamente por ello, resulta muy eficaz y penetrante. El acto tuvo lugar el 15 de julio en el Parlamento Europeo de Bruselas y fue organizado por el grupo ECR (Conservadores y Reformistas Europeos), bajo el título Europa y África. 

En conversación con el cardenal Robert Sarah.

El discurso retoma el esquema de pensamiento de Benedicto XVI, al que se dedica un párrafo específico titulado: Benedicto XVI y la primacía del logos. Aquí, el cardenal retoma el significado profundo de los famosos tres grandes discursos del papa Benedicto en Berlín, Londres y París. En muchos pasajes parece que es él quien habla, aunque se aprecia el empeño del cardenal por mostrar una continuidad con Francisco —y su expresión «colonialismo cultural»— y con León XIV, quien en el discurso del 9 de enero de 2026 ante el cuerpo diplomático afirmó que existe una gran urgencia de que «las palabras vuelvan a expresar de manera inequívoca realidades ciertas». 

Precisamente la palabra ocupa el centro de todo el discurso, elevada hasta vincularse con el Logos, el Verbo de Dios encarnado, que en su Sabiduría ha creado las cosas según un orden y quiere que nuestras palabras sean verdaderas, es decir, que respeten este orden. De ahí el uso continuo en el discurso del término «ontología» y del adjetivo «ontológico», es decir, relativo al ser de las cosas y no a las invenciones humanas. La axiología no basta —aclara el cardenal—, porque los valores que merecen respeto pueden ser muchos y elegirse tras haber sido comparados entre sí; hay que partir de la ontología, de lo que las cosas son y de lo que las palabras deben expresar con verdad.

La palabra refleja un orden y este orden remite a una Sabiduría ordenadora. «De ello se deriva una consecuencia que quisiera subrayar con fuerza ante esta asamblea: una razón que, ante lo divino, se hace sorda y relega la religión al ámbito de las subculturas privadas, se vuelve ella misma incapaz —son de nuevo palabras de Benedicto— de insertarse en el diálogo entre las culturas».

La razón, incluso la política, necesita de la religo vera del Logos, el cristianismo; de lo contrario, deforma las palabras de las que se sirve y las transforma en instrumentos de violencia. Retomando lo dicho por Ratzinger en 2011 ante el Parlamento Federal alemán, Sarah demuestra la irracionalidad del racionalismo político que quiere excluir la verdadera religión por considerarla irracional
«¿Acaso la legislación europea que pretende ser “neutral” respecto a cualquier visión antropológica, pero que de hecho impone en todo el mundo —a través de tratados, ayudas y condiciones comerciales— una visión específica y cuestionable del ser humano, no está cayendo precisamente en esa irracionalidad contra la que el papa Benedicto XVI nos advertía?».
El cardenal denuncia que «en la relación entre la Unión Europea y África, las palabras se utilizan hoy en día no para revelar la realidad, sino para ocultarla o incluso para invertirla. Se habla de “salud sexual y reproductiva” y, en muchos casos, se entiende como el acceso al aborto. Se habla de “igualdad de género” y, a veces, se entiende como la deconstrucción de la diferencia sexual entre hombre y mujer inscrita en el cuerpo del ser humano. Se habla de “derechos humanos” para los países africanos, y se entiende como la imposición de categorías jurídicas ajenas a nuestra historia, a nuestra fe, a nuestra cultura, a nuestra visión antropológica… ¿Cómo puede África confiar en una Europa que habla con palabras ambiguas, con doble sentido?».

El aborto o el género, tal y como los propone e impone la Unión Europea, son «inversiones del logos», son «contrarios al logos de la creación» y, como tales, se imponen sistemáticamente a los países africanos —y no solo a ellos—, que tratan de mantenerse fieles al vínculo entre la dignidad de la persona y la defensa de la vida, tal y como atestiguan las constituciones de muchos países, desde Kenia hasta Uganda. 

En sus relaciones con los países africanos, la Unión Europea aplica la línea de la condicionalidad en materia de género y aborto: «Si no firmas, habrá consecuencias». De este modo, las palabras utilizadas no son solo una cuestión académica, sino que se convierten en un hecho político, porque «quien controla el significado de las palabras controla, de hecho, el resultado de la negociación, sin que la otra parte se dé cuenta».

El discurso es muy analítico: se examinan tratados específicos y casos concretos de imposición chantajista, como el de Uganda. También se abordan dos temas de gran interés: la autodeterminación de los pueblos, empezando por los africanos, y el principio de subsidiariedad. 
En cuanto al primero, el cardenal Sarah precisa que «el respeto por la historia religiosa y cultural de un pueblo —tanto más loable cuanto más protege la familia, la vida y la transmisión de la fe— no es un obstáculo para el desarrollo, como a veces se insinúa en los pasillos de Bruselas, sino un requisito elemental de justicia».
También resulta muy pertinente la aplicación del principio de subsidiariedad al caso de la UE y África: «Aplicado a las relaciones internacionales, este principio nos dice que la Unión Europea, por muy animada que esté por buenas intenciones, no tiene la tarea de reescribir desde fuera el derecho de familia, el derecho penal ni los sistemas educativos de los Estados africanos soberanos: tiene más bien la tarea de apoyarlos, cuando así lo soliciten, en la consecución de sus propios fines legítimos».
En su discurso, el cardenal Sarah no solo se dirige a los eurodiputados, sino que también pretende dirigirse a la propia Iglesia, y no se trata —en nuestra opinión— de un aspecto secundario: 

«La crisis de la Iglesia en Occidente y la crisis del propio Occidente son, en el fondo, la misma crisis. Es precisamente porque la Iglesia, en muchas naciones europeas, ha perdido su identidad, su voz profética, por lo que Occidente mismo ha perdido el sentido de su propia civilización. (…) Estad dispuestos a recibir de África lo que esta aún puede ofrecer a un Occidente cansado: el testimonio de una fe viva y de un sentido de la familia, que pueden ayudar a la propia Europa a reencontrar su logos».

El mismo artículo en INFOCATÓLICA (completo)





«Europa y África. En diálogo con el Card. Robert Sarah»

Coloquio del Parlamento Europeo — Bruselas, 15 de julio de 2026

Cardenal Robert Sarah – 16/07/26 5:40 PM


Lectio magistralis de S.E.R. el Card. Robert Sarah

1. Logos, palabra y visiones del mundo opuestas

Señor Presidente,
Honorables miembros del Parlamento Europeo, 
Amigos de ProVita e Famiglia,
Señoras y señores,

les agradezco que me hayan invitado a compartir con ustedes, en esta casa de los pueblos de Europa, algunas reflexiones que me son muy queridas como hijo de África y pastor de la Iglesia católica. No vengo ante ustedes con un discurso de circunstancias, sino con una pregunta que considero decisiva para el futuro de nuestros dos continentes: ¿podemos todavía entendernos? Las palabras que utilizamos —«derechos humanos», «dignidad», «desarrollo», «libertad», «salud», «género», «familia»— ¿significan aún lo mismo para quienes las pronuncian en Bruselas, en Estrasburgo, en Kampala o en Conakri?

El Papa León XIV, al recibir en enero pasado al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede, pronunció una frase que quisiera proponer como clave de lectura de toda mi reflexión de hoy. El Papa afirmó: «Las palabras deben volver a expresar ciertas realidades de forma inequívoca. Sólo así podrá reanudarse el diálogo auténtico sin malentendidos»1. Nos dice que la crisis que atravesamos —crisis geopolítica, crisis de los derechos, crisis del multilateralismo— es, en su raíz, más allá del lenguaje: una crisis del logos, de la razón.

En el dossier que ha sido preparado para este encuentro, y que he estudiado con atención, se pone de manifiesto con una claridad documentada que, en las relaciones entre la Unión Europea y África, las palabras se utilizan hoy no para revelar la realidad, sino para ocultarla, e incluso para invertirla2. Se habla de «salud sexual y reproductiva» y se entiende, en muchos casos, el acceso al aborto. Se habla de «igualdad de género» y se entiende, a veces, la deconstrucción de la diferencia sexual entre el hombre y la mujer, inscrita en el cuerpo del ser humano. Se habla de «derechos humanos» para los países africanos, y se entiende la imposición de categorías jurídicas ajenas a nuestra historia, a nuestra fe, a nuestra cultura, a nuestra visión antropológica. Si las palabras ya no significan lo que dicen, ¿cómo puede haber un diálogo auténtico? ¿Cómo puede África fiarse de una Europa que habla con palabras equívocas, de doble sentido?

No se trata de un problema de semántica académica: es un problema político, un problema de verdad, de honestidad en las relaciones humanas, de primera importancia. Un tratado, una resolución, un plan de acción que emplean un vocabulario impreciso y ambiguo no son instrumentos de cooperación, sino instrumentos de perversión y de poder silencioso, de neocolonialismo cultural y económico: quien controla el sentido de las palabras controla, de hecho, el resultado de la negociación, sin que la otra parte se percate. Es exactamente lo que está sucediendo y lo que, en esta Lectio, intentaré poner de manifiesto, a la luz del Evangelio y de la razón3.

Quisiera vincular este diagnóstico a un texto que considero de una actualidad extraordinaria: la encíclica Magnifica Humanitas, que el Papa León XIV firmó en mayo pasado. El Pontífice denuncia en ella el uso de un lenguaje técnico, manipulador y engañoso —pensado para la era de la inteligencia artificial, pero aplicable, creo, a numerosos ámbitos de la cooperación internacional— que corre el riesgo de reducir a la persona humana a categorías estadísticas al servicio de los poderes económicos, en lugar de reconocerla como sujeto libre y dotado de una dignidad trascendente4. León XIV pide un pensamiento, por retomar sus palabras, «dinámico y fiel al Evangelio», capaz de custodiar la verdad de la persona, incluso cuando las técnicas de poder —económicas, jurídicas, comunicativas— pretenden reescribirla a su conveniencia5.

La encíclica nos dice que la cuestión es todavía y siempre antropológica. He aquí, pues, la primera invitación que quisiera dirigir: volvamos a hablar según la verdad de la persona, de la familia, de los pueblos, también y sobre todo en el contexto de la cooperación entre la Unión Europea y África.

Benedicto XVI y la primacía del logos

Para comprender plenamente esta crisis de las palabras, debemos remontarnos a una fuente más profunda: la crisis de la razón misma. Y debo aquí rendir homenaje a la lucidez profética del gran Papa Benedicto XVI, quien fue el primero en diagnosticar, en tres discursos memorables, el mal que hoy vemos desplegarse en toda su amplitud.

En Ratisbona, en septiembre de 2006, el Papa Benedicto XVI recordó que el Dios cristiano actúa, retomando la expresión griega del emperador Manuel II Paleólogo (1348-1425) que él comentaba, «σὺν λόγῳ», con logos6. Logos —explicó el Papa— significa a la vez razón y palabra. Una razón creadora, capaz de comunicarse precisamente en cuanto razón7. «No actuar según la razón, no actuar con el logos, es contrario a la naturaleza de Dios», escribía citando al emperador bizantino8. De ello se deriva una consecuencia que quisiera subrayar con fuerza ante esta asamblea: una razón que, ante lo divino, se hace sorda y relega la religión al ámbito de las subculturas privadas, se vuelve ella misma incapaz —son todavía palabras de Benedicto— de insertarse en el diálogo de las culturas9.

Apliquemos este principio al tema de los «derechos» que ocupa hoy tantos de nuestros debates europeos. Cuando Europa construye derechos desvinculados de la verdad sobre el hombre —el aborto que se querría elevar al rango de «derecho fundamental», la identidad sexual reducida a pura autoproducción subjetiva—, la razón misma se deforma: de instrumento de conocimiento de la verdad se convierte en instrumento de poder, capaz de imponerse por la fuerza del derecho y del dinero a quienes no comparten estas premisas.

El Papa Benedicto XVI añadía, siempre en Ratisbona, que una razón sorda a lo divino se vuelve incapaz de un diálogo intercultural auténtico, porque pretende imponerse como la única cultura racional posible, relegando cualquier otra visión del hombre —empezando por la visión cristiana y por la de las grandes tradiciones religiosas africanas— al rango de superstición que hay que corregir10. He aquí por qué, cuando se presenta hoy un conjunto de condicionalidades ideológicas como sinónimo de «modernidad» o de «progreso», deberíamos reconocer en ello no la ampliación, sino el estrechamiento de la razón.

Dos años después, en el Collège des Bernardins de París, el Papa Benedicto XVI indicó a Europa el camino del quaerere Deum: «buscar a Dios y dejarse encontrar por Él: esto no es menos necesario hoy que en tiempos pasados», dijo a los representantes de la cultura francesa11. Y añadió una advertencia que, leída hoy, suena casi profética: «Una cultura meramente positivista que relegara al ámbito subjetivo, como no científica, la cuestión sobre Dios, sería la capitulación de la razón, la renuncia a sus más altas posibilidades»12. El cristianismo, explicaba además el Papa en aquella ocasión, percibe en las palabras humanas la Palabra, el Logos mismo: las palabras, para un cristiano, no son nunca un puro instrumento, sino que participan de la verdad que comunican13.

Tres años más tarde, en el Bundestag alemán, el Papa Benedicto XVI llevó esta reflexión al corazón mismo de la práctica legislativa europea. «Allí donde la razón positivista se considera como la única cultura suficiente, relegando todas las demás realidades culturales al rango de subculturas, reduce al hombre, más aún: amenaza su humanidad»14. Y se preguntaba, ante los legisladores alemanes: «¿Cómo puede la razón recobrar su grandeza, sin deslizarse hacia lo irracional?»15. Es exactamente la pregunta que quisiera plantearles hoy, Honorables parlamentarios: una legislación europea que pretende ser «neutral» respecto de toda visión antropológica, pero que de hecho impone en el mundo entero —mediante tratados, ayudas, condicionalidades comerciales— una visión específica y discutible del hombre, ¿no se desliza precisamente hacia esa irracionalidad contra la que el Papa Benedicto XVI nos ponía en guardia? De estos tres grandes discursos nace el puente que quiero tender hacia el tema de hoy: la crítica de esas formas de «colonización ideológica» que utilizan el derecho internacional y las financiaciones europeas o internacionales para imponer visiones antropológicas discutibles e impugnables a pueblos que no las han elegido16.

Los tres Papas y la colonización ideológica

Esta primacía del logos, amenazada por el positivismo jurídico y económico, encuentra su aplicación más directa y más dolorosa precisamente en la cuestión de la ideología de género. Es una vez más Benedicto XVI quien, en su último discurso de Navidad a la Curia Romana, en diciembre de 2012, nos ofreció la clave teológica para comprenderla. Citando las reflexiones del entonces Gran Rabino de Francia, Gilles Bernheim, el Papa recordó cómo Simone de Beauvoir había escrito: «No se nace mujer, se llega a serlo» —y comentó: «el hombre niega tener una naturaleza preconstituida por su corporeidad, que caracteriza al ser humano como hombre o como mujer [...] Niega su propia naturaleza y decide que no le es dada como un hecho preconstituido, sino que es él mismo quien se la crea»17. Y extrajo una conclusión severa: «Allí donde la libertad del hacer se convierte en libertad de hacerse a sí mismo, se llega necesariamente a negar al Creador mismo»18. «Quien defiende a Dios —concluyó Benedicto— defiende al hombre»19.

Esta clave teológica nos permite leer en profundidad categorías como S.O.G.I. (orientación sexual e identidad de género), C.S.R.H.E. (educación sexual y reproductiva «integral»), que aparecen con tanta insistencia en los tratados entre la Unión Europea y los países africanos20. No son categorías neutras: son la aplicación política y jurídica de esa misma negación de la naturaleza dada, de ese mismo rechazo del Creador, del que nos hablaba Benedicto.

Observen, Honorables parlamentarios y queridos amigos, cómo estas categorías no aparecen aisladas en un documento único, sino que se repiten sistemáticamente —en las resoluciones parlamentarias, en los protocolos comerciales, en los planes de acción sectoriales— hasta constituir lo que podemos llamar —con toda justicia— un verdadero sistema21. Un sistema no nace por casualidad: nace de una visión del mundo coherente, precisamente esa visión secularizada e irracional, en el sentido más técnico del término —contraria al logos— que he descrito al comienzo.

El Papa Francisco, por su parte, dio a este sistema, a este fenómeno, un nombre que ha entrado ya en el lenguaje corriente: «colonización ideológica». En el encuentro con las familias en Manila, en enero de 2015, dijo con palabras que merecen ser escuchadas de nuevo íntegramente: «Estemos atentos a las nuevas colonizaciones ideológicas. Hay colonizaciones ideológicas que buscan destruir la familia [...] No nacen [...] de la oración, del encuentro con Dios [...] vienen de fuera, y por eso digo que son colonizaciones»22.

Pocos días después, en la conferencia de prensa durante el vuelo de regreso, Francisco fue aún más explícito, recordando las quejas de los obispos africanos reunidos en el Sínodo: «He aquí la colonización ideológica: entran en un pueblo con una idea que nada tiene que ver con ese pueblo [...] es lo mismo que con ciertos préstamos, para los cuales se imponen ciertas condiciones»23.

Este marco magisterial —Benedicto XVI, Francisco y León XIV— quisiera ahora aplicarlo, en tres etapas, a tres grandes temas: la dignidad de la persona y la libertad religiosa; la autodeterminación de los pueblos; África y sus relaciones con Europa y con la Iglesia.

2. La dignidad de la persona humana y la libertad religiosa
2.1 Principio ontológico: la dignidad de la persona y el logos

Comencemos por el fundamento de todo: la dignidad de la persona humana. Magnifica Humanitas —cuyo título mismo es ya un programa— nos recuerda que la persona humana, creada por Dios, es precisamente «magnífica», irreductible a un dato estadístico, a una función productiva, a una preferencia subjetiva cambiante24. Todo orden social, económico, tecnológico —insiste la encíclica— debe ser juzgado a partir de esta dignidad y de la vocación de la persona a la comunión con Dios, y no a la inversa25.

De este principio ontológico se deriva, como su primera y más radical consecuencia, la libertad religiosa. No es un derecho entre otros, añadido junto a otros derechos: es, como ha recordado el Papa León XIV precisamente en el discurso citado al Cuerpo Diplomático, la raíz de toda otra libertad, porque concierne a la relación constitutiva del hombre con la verdad y con Dios26. Negarla, restringirla o, peor aún, manipularla con fines de política exterior, es golpear al hombre en el corazón mismo de su dignidad.

No carece de significado que el Papa León XIV haya querido vincular explícitamente su primera encíclica al magisterio social del Papa León XIII27. La Rerum Novarum, en 1891, defendió la familia, el trabajo, el derecho de asociación, presentando a la Iglesia como garante de una visión integral del hombre frente a las ideologías del siglo —entonces el colectivismo socialista y el liberalismo individualista, hoy, creo, la tecnocracia económica y la ideología de género28. Esta continuidad entre los dos Pontífices no es casual: nos dice que la dignidad de la persona, antes incluso de ser un principio axiológico —un valor que promover— es un principio ontológico: un dato del ser, que ninguna mayoría parlamentaria, ningún tratado internacional, tiene poder de redefinir.

Esta distinción entre ontológico y axiológico no es un tecnicismo de escuela teológica: es la clave de bóveda de toda mi intervención. Si la dignidad fuese solo un valor, podría ser negociada, equilibrada, suspendida en nombre de otros valores concurrentes —la eficacia económica, la estabilidad geopolítica, el consenso electoral—. Pero si la dignidad es un dato ontológico, precede a toda deliberación política y la juzga: ningún parlamento, europeo o africano, la crea; todo parlamento, digno de este nombre, tiene la tarea de reconocerla y protegerla.

2.2 Aborto y Salud y Derechos Sexuales y Reproductivos [SDSR]: del derecho a la vida al pretendido derecho a suprimirla

Es precisamente en este terreno ontológico donde se consuma, en nuestra época, una de las más graves inversiones del logos. En junio y julio de 2022, el Parlamento Europeo aprobó resoluciones que piden a la Comisión y a los Estados miembros «dar prioridad al acceso universal al aborto seguro y legal» en las relaciones exteriores de la Unión, y que proponen incluir el aborto entre los derechos fundamentales consagrados por la Carta de la Unión Europea29.

Aquí, la inversión del logos o de la razón alcanza su punto más dramático: la falta de acceso al aborto se define como «violencia», mientras que el niño por nacer —el más débil, el más inocente entre nosotros— es privado de toda palabra, de toda representación, de todo derecho30.

Las palabras «salud», «derechos», «libertad» dejan entonces de indicar realidades ciertas, retomando de nuevo la expresión del Papa León XIV, y se convierten en una retórica al servicio de la supresión del más débil31. No se trata de una opinión entre otras: se trata de la negación más radical posible del principio ontológico que acabo de recordar, porque niega, en su raíz, que el niño por nacer sea una persona, o incluso la simple hipótesis de que pueda verdaderamente serlo.

Quisiera añadir una consideración que concierne directamente a la libertad religiosa. Un sistema jurídico que eleva el aborto al rango de derecho fundamental en los tratados y en las relaciones exteriores, y que pretende condicionar a ello la cooperación con los países terceros, obliga de hecho a los Estados, a las comunidades religiosas, al personal sanitario y educativo a adaptarse a una visión del hombre incompatible con sus convicciones de fe. Esto no es neutralidad: es una imposición y una opresión inaceptables. Es imponer por vía jurídica y financiera una antropología específica a comunidades que no la comparten, constituyendo, en sentido propio, una violación de la libertad religiosa y de la libertad de conciencia —esa misma libertad que el Papa León XIV nos ha recordado ser la raíz de toda otra libertad32.

Vale la pena recordar que el ordenamiento jurídico de muchos países africanos conserva todavía, en su derecho constitucional, un vínculo explícito entre la dignidad de la persona y la protección de la vida naciente; un vínculo que Europa, en muchos de sus ordenamientos jurídicos, ha cortado.

La Constitución de Kenia, en su artículo 26, establece que «la vida de la persona comienza en la concepción»33. La de Uganda, en su artículo 22, dispone que «ninguna persona tiene derecho a poner fin a la vida de un niño no nacido, salvo en los casos autorizados por la ley»34. No se trata de un residuo atrasado: es más bien un fragmento de sabiduría jurídica, arraigado tanto en el derecho natural como en las tradiciones religiosas africanas, que Occidente haría bien en reconsiderar en lugar de corregir. No es casualidad que, precisamente este año, el Tribunal de Apelación de Kenia haya reafirmado con firmeza este principio constitucional, rechazando la interpretación que pretendía hacer del aborto un derecho fundamental35. He aquí un ejemplo concreto de lo que entiendo cuando hablo de autodeterminación de los pueblos, conforme a la dignidad de la persona: un continente que, aunque pobre en medios materiales, no ha perdido la memoria de lo que es un ser humano.
2.3 Género, educación y la persona reescrita

El tercer momento de esta inversión concierne a la educación, lugar por excelencia en el que una civilización transmite a las nuevas generaciones la verdad sobre sí misma. El artículo 40.6 del Protocolo África del Acuerdo de Samoa —el acuerdo marco que rige hoy las relaciones entre la Unión Europea y los países de África, del Caribe y del Pacífico— exige a los gobiernos asociados que garanticen el acceso a una «educación sexual y reproductiva integral» (CSRHE), con una remisión explícita a las directrices técnicas internacionales sobre educación sexual36. El «Gender Action Plan III» de la Unión Europea, por su parte, impone un enfoque declaradamente gender-transformative y establece que al menos el 85 % de las nuevas acciones exteriores de la Unión deben integrar objetivos de igualdad de género37.

Aquí podemos aplicar directamente la crítica del Papa Benedicto XVI a la ideología de género que he recordado: la educación se convierte en el laboratorio donde se enseña a los niños a considerar su identidad sexual como puramente fluida y autodeterminada, desvinculada del cuerpo, de la historia familiar, de la relación; contra ese logos de la creación del que el Papa Ratzinger habló en Ratisbona, en París, en Berlín38. No debemos temer llamar a las cosas por su nombre, como nos pide el Papa León XIV: cuando un «protocolo» o un «plan de acción» técnico impone a todo un continente un modelo educativo único sobre la sexualidad humana, sin verdadera consulta a los pueblos afectados, nos encontramos de nuevo ante esa colonización ideológica y opresiva, tantas veces denunciada dramáticamente por el Papa Francisco39.

Se manifiesta aquí mediante el uso de programas educativos y de ayudas condicionadas para penetrar en el tejido cultural de los países africanos, redefiniendo la persona y la familia según estándares occidentales secularizados que no pertenecen a la historia de esos pueblos40. Pues bien, Honorables parlamentarios, pido, con respeto pero con la misma firmeza, que las palabras «hombre», «mujer», «matrimonio», «familia» no sean reducidas a construcciones sociales manipulables al capricho de las modas ideológicas del momento, sino guardadas como datos ontológicos de la realidad, de la realidad creada y no autoproducida por el hombre, y, para quien es creyente, como datos de la revelación bíblica. Es precisamente esto lo que el Papa León XIV entiende cuando pide que las palabras vuelvan a expresar realidades ciertas41.

3. La autodeterminación de los pueblos

El artículo 1, párrafo 2, de la Carta de las Naciones Unidas establece entre los fines mismos de la Organización el desarrollo de relaciones amistosas entre las naciones, fundadas en el respeto del principio de la igualdad de derechos y de la autodeterminación de los pueblos42. Los principios de la OCDE [Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos] sobre la eficacia de la ayuda al desarrollo, recordados en el dossier, reafirman que la cooperación internacional debe alinearse con las prioridades definidas por los países beneficiarios, y no imponerlas desde fuera43.

De este principio se deriva una consecuencia que quisiera subrayar con claridad: el respeto a la historia religiosa y cultural de un pueblo —tanto más loable cuanto que protege la familia, la vida, la transmisión de la fe— no es un obstáculo para el desarrollo, como se insinúa a veces en los pasillos de Bruselas, sino una exigencia elemental de justicia44. La dignidad de la persona y la libertad religiosa tienen también una dimensión comunitaria e histórica: un pueblo tiene el derecho de vivir, guardar y transmitir su propia tradición religiosa, cultural y familiar, como la persona singular tiene el derecho de profesar su propia fe.

Quizá no sea superfluo recordar, en este lugar, que el cristianismo no es para África una importación reciente ni un residuo del colonialismo europeo, como se insinúa a veces en ciertos ambientes secularizados. Mucho antes de que Europa evangelizara el África subsahariana en la época moderna, el África del Norte y del Cuerno ya había dado a la Iglesia universal algunos de sus más grandes maestros: Tertuliano, Cipriano, Atanasio y, por encima de todos, Agustín de Hipona, cuya reflexión sobre la relación entre fe y razón nutrió durante siglos la teología y toda la cultura occidental, incluido, no por casualidad, al propio Papa Benedicto XVI. Etiopía conserva una tradición cristiana ininterrumpida desde el siglo IV.

Cuando, por tanto, hablamos de autodeterminación religiosa de los pueblos africanos, no defendemos un «particularismo tribal» opuesto a un pretendido universalismo europeo: defendemos la libertad de un continente que ha contribuido, desde los orígenes, a configurar ese mismo logos cristiano cuya memoria Europa corre hoy el riesgo de perder. Esto invierte, si reflexionamos bien, el relato implícito de cierta cooperación al desarrollo, que trata a África como eterno aprendiz y a Europa como maestra definitiva: la historia de la Iglesia nos dice, por el contrario, que el don de la fe ha sido siempre recíproco, y que África tiene tanto que devolver como ha recibido.

El Papa Benedicto XVI, una vez más en el Bundestag, nos ofrece aquí una categoría decisiva: la de «ecología del hombre» y de derecho natural, un derecho que precede al poder político positivo y lo juzga desde fuera45. «La ley no es la pura producción de la voluntad del legislador, sino que debe reconocer una verdad sobre el hombre y sobre la sociedad que ningún parlamento puede decretar a su antojo»46. Ninguna potencia, por rica o influyente que sea, puede pretender redefinir para otros pueblos el sentido mismo de los «derechos humanos», contra su conciencia moral y religiosa. Hacerlo no es promover los derechos humanos: es negar su fundamento, que es precisamente la dignidad de cada pueblo de ser sujeto, y no objeto, de su propia historia.

Quisiera añadir, a este principio, un segundo pilar de la doctrina social de la Iglesia que ilumina bien nuestro tema: el principio de subsidiariedad. Juan Pablo II, en la encíclica Centesimus Annus, recordó que una sociedad de orden superior no debe jamás sustituir la iniciativa y la responsabilidad de las comunidades de orden inferior, privándolas de sus competencias, sino que debe más bien sostenerlas en caso de necesidad y ayudarlas a coordinar su acción con la de las demás componentes sociales, en vista del bien común47. Aplicado a las relaciones internacionales, este principio nos dice que la Unión Europea, por bienintencionada que sea, no tiene la tarea de reescribir desde fuera el derecho de familia, el derecho penal, los sistemas educativos de los Estados africanos soberanos: tiene más bien la tarea de apoyarlos, cuando lo soliciten, en la realización de sus propios fines legítimos. La inversión de este orden —la pretensión, es decir, de que el orden superior, supranacional, discipline hasta en los menores detalles la vida moral y familiar de los pueblos— no es subsidiariedad, sino su exacto contrario: es una centralización ideológica, que la doctrina social de la Iglesia ha condenado siempre, venga de donde venga.

4. África: las exigencias, los sufrimientos y la contribución que pide a Occidente y a la Iglesia

4.1 El sistema de condicionalidades de la Unión Europea

Debemos reconocer que existe un sistema «de tres niveles» a través del cual el principio de autodeterminación es —de hecho— eludido48. En el nivel normativo se sitúan las resoluciones del Parlamento Europeo que ya he mencionado sobre el aborto y los derechos LGBT+49. En el segundo nivel, el jurídico-convencional, se sitúa el Acuerdo de Samoa, que contiene una cláusula de supremacía capaz de condicionar todo el edificio de relaciones entre la Unión Europea y el grupo de Estados de África, el Caribe y el Pacífico50. En el tercer nivel, el financiero y comercial, se sitúan el Instrumento de Vecindad, Cooperación al Desarrollo y Cooperación Internacional [NDICI], la propuesta COM(2025)0551 actualmente en discusión, y los regímenes comerciales preferenciales51.

Un caso concreto ilustra bien cómo se articulan entre sí estos tres niveles: el de Uganda52. Mediante la resolución del 20 de abril de 2023, el Parlamento Europeo pidió a la Comisión que utilizase todos los medios diplomáticos, jurídicos y financieros disponibles para disuadir al Presidente ugandés de promulgar la ley aprobada por el Parlamento de aquel país y, en caso de promulgación, evaluar la retirada de las preferencias comerciales concedidas a Uganda en el marco del régimen «Everything But Arms», activar la cláusula de «elementos esenciales» del Acuerdo de Cotonú y considerar el régimen global de sanciones de la Unión en materia de derechos humanos; el Parlamento pidió además una estrategia de la Unión para la descriminalización universal de la homosexualidad53. Pues bien, lo digo con un lenguaje sobrio pero firme: aquí aparece en una forma acabada y verificable la «colonización ideológica», el uso del comercio y de las finanzas para intervenir en la legislación penal y familiar de un Estado soberano, violando frontalmente el principio de autodeterminación de los pueblos54.

La propuesta de reglamento COM(2025)0551, actualmente en discusión, prevé una dotación global de 200.300 millones de euros a precios corrientes para la acción exterior de la Unión, con una asignación indicativa para el África subsahariana más que duplicada respecto del mínimo garantizado del ciclo en curso —de 29.180 a aproximadamente 60.500 millones de euros—. El lenguaje sobre la Plataforma de Pekín, sobre la CIPD, sobre la salud sexual y reproductiva y sobre la educación sexual integral se mantiene en el texto de base y se reproduce en los pilares sectoriales de la intervención europea, mientras que los anteriores objetivos cuantitativos vinculantes son sustituidos por un enfoque de mainstreaming transversal: la condicionalidad ideológica no desaparece, se hace más capilar y menos medible55. Es aquí donde quisiera recordar una vez más Magnifica Humanitas: la técnica y el poder económico, nos recuerda la encíclica del Papa León, se convierten en instrumentos de dominación y de opresión perversa cuando no están regulados por la caridad y por la justicia56. La Iglesia no pide a Europa que deje de ayudar a África —todo lo contrario— pero pide que lo que es la «cultura del poder» se transforme en «civilización del amor»57.

4.2 Voces y sufrimientos de África, el papel de la Iglesia y de Occidente

Permítanme ahora dar la palabra, en este lugar tan simbólico, a quienes no tienen voz: los propios africanos. El dossier recoge testimonios directos de funcionarios gubernamentales africanos que denuncian la insistencia de la Unión Europea en categorías como SOGI [Sexual Orientation and Gender Identity] en las negociaciones, frente al rechazo sistemático europeo a discutir temas igualmente urgentes para África, como la restitución de los artefactos coloniales; otros hablan abiertamente de un «hecho consumado», resumible en la fórmula: «Si no firmas, habrá consecuencias»58. No son mis palabras: son palabras recogidas por análisis académicos independientes y por testigos directos, y nos dicen que el diagnóstico de un neocolonialismo cultural no es propaganda político-eclesiástica, sino una experiencia vivida por quienes se sientan al otro lado de la mesa de negociaciones59.

No es, pues, sorprendente que en mayo de 2025, en Entebbe, Uganda, parlamentarios y representantes institucionales africanos se reunieran, en una conferencia inaugurada por el Presidente Museveni, para proponer una Carta africana para la familia y la soberanía cultural. El Presidente Museveni declaró en aquella ocasión, refiriéndose explícitamente al Acuerdo de Samoa: «les exhorto a estudiar este documento de Samoa que habla de todas estas cosas que ustedes discuten: si realmente contiene lo que se dice sobre los derechos reproductivos, entonces tendremos que retirarnos de este absurdo, y decir a la Unión Europea que no podemos formar parte de esta iniquidad»60. Palabras duras, que revelan una sustancia que hay que tomar en serio: la dignidad de pueblos que no quieren ya ser tratados como menores bajo tutela, sino como sujetos morales, capaces de decir «no» a lo que contradice su visión de la persona y de la familia.

Pero sería injusto, por mi parte, limitarme a la denuncia. El Papa Benedicto XVI, en la exhortación apostólica postsinodal Africae Munus, indicó con claridad lo que África espera legítimamente de Occidente y de la Iglesia: no una injerencia ideológica, sino una auténtica solidaridad en la reconciliación, en la justicia y en la paz, capaz de acompañar sin sustituir, y de dar sin pretender remodelar el alma de los pueblos a su propia imagen61.

Esto significa, concretamente, un compromiso renovado con la condonación de la deuda, con la transferencia de tecnologías útiles para la salud y la agricultura, con el apoyo a las redes escolares y sanitarias que la Iglesia católica gestiona desde hace siglos en todo el continente, a menudo en suplencia del Estado, y con la lucha común contra la corrupción y la mala gobernanza, que pesan sobre los pueblos africanos tanto como las injerencias externas. Significa también, para la Iglesia de Occidente, redescubrir en África no un campo misionero al que asistir, sino una fuente viva de fe, de vocaciones, de familias numerosas y alegres, de las que Europa, envejecida y cansada, tiene mucho que aprender y que recibir.

Como hijo de África, quiero añadir una palabra personal. He denunciado en múltiples ocasiones, y lo repito hoy en este lugar, la voluntad de ciertas potencias de imponer falsos valores a través de argumentos políticos y financieros: en ciertos países africanos, verdaderos ministerios dedicados a la teoría de género han sido creados a cambio de apoyo económico62. He recordado también, cuando un Secretario General de las Naciones Unidas vino a África a pedir la descriminalización de la homosexualidad como condición de civilización, que no se pueden imponer a los pobres este tipo de absurdos, cuando faltan hospitales, escuelas, agua potable63. La pobreza material de África no le quita su dignidad, ni su derecho —al contrario, le confiere quizá un título más fuerte— de juzgar ella misma lo que es bueno para sus propios hijos.

En 2015, durante el Sínodo sobre la familia, dije, y no retiro hoy ni una sola palabra, que la ideología de género y el fundamentalismo islamista representan, cada uno a su manera, dos «bestias apocalípticas» que amenazan con destruir no solo la familia, sino al hombre mismo, imagen de Dios64. Algunos juzgaron excesiva la imagen; sigo creyendo que capta algo verdadero: estas dos fuerzas, aunque muy diferentes en su origen y su forma, comparten la pretensión de reescribir al hombre a su antojo —la una en nombre de un pretendido progreso, la otra en nombre de un pretendido retorno a una pureza originaria—, negando en todo caso esa libertad religiosa y esa dignidad de la persona que he situado en el centro de esta Lectio.

Quisiera concluir compartiendo una convicción más profunda, madurada en tantos años de servicio a la Iglesia: la crisis de la Iglesia en Occidente y la crisis de Occidente mismo son, en el fondo, la misma crisis. Es porque la Iglesia, en muchas naciones europeas, ha perdido su identidad, su voz profética, por lo que Occidente mismo ha perdido el sentido de su propia civilización65. Y añado: incluso en Occidente, hoy, la libertad religiosa está amenazada66. Aquí, los tres Papas que he evocado en esta Lectio se entrelazan en un único testimonio: el Papa Benedicto XVI defiende la ecología del hombre y de la familia frente al positivismo jurídico; el Papa Francisco denuncia las colonizaciones ideológicas e invita a un diálogo intercultural auténtico; el Papa León XIV pide que las palabras vuelvan a expresar realidades ciertas y propone un multilateralismo purificado de las ideologías67. Un llamamiento que dirijo, con respeto pero sin rodeos, a Europa y a la Iglesia de Occidente: hagan un serio examen de conciencia. Escuchen a África. Respeten su soberanía cultural. Ofrezcan una cooperación libre, no condicionada por agendas ideológicas. Estén dispuestos a recibir de África lo que ella puede aún ofrecer a un Occidente cansado: el testimonio de una fe viva y de un sentido de la familia, que pueden ayudar a la propia Europa a reencontrar su propio logos.

Conclusión: Volver al logos y a las realidades ciertas

Honorables parlamentarios, permítanme concluir donde comencé: con las palabras del Papa León XIV. Sin palabras que vuelvan a indicar realidades ciertas, nos ha dicho el Santo Padre, no existe diálogo auténtico68, ni siquiera dentro de la Iglesia católica. Y yo añado: sin logos, la diplomacia y la cooperación internacional degeneran en un juego de fuerza enmascarado bajo un lenguaje técnico. Quisiera entonces invitar a todo el Parlamento Europeo y a los representantes aquí presentes a un verdadero examen del lenguaje: decir con claridad, sin ambigüedades diplomáticas, lo que se entiende realmente cuando se habla de «derechos humanos», de «salud sexual y reproductiva», de «género», de «familia», y preguntarse, con honestidad intelectual, si esas definiciones respetan verdaderamente la dignidad de la persona y la libertad religiosa, o si las traicionan, bajo un lenguaje aparentemente neutro69.

He intentado ofrecerles, en esta Lectio, tres claves de lectura que se sostienen juntas como las piedras de un solo edificio. 1) La dignidad de la persona y la libertad religiosa, como raíz de toda convivencia humana, que ninguna ideología de género ni pretendida «salud reproductiva» puede borrar. 2) La autodeterminación de los pueblos, como espacio de libertad en el que cada pueblo puede encarnar esa dignidad en su propia historia religiosa y cultural, s sinufrir condicionalidades enmascaradas de cooperación. 3) Y, por último, África —no como objeto de una ingeniería social pensada en otro lugar, sino como sujeto de cultura, de fe, de sufrimiento y de esperanza, para la Iglesia y para el propio Occidente70.

Una última palabra, que nace del corazón de un pastor africano: la historia de la fe en mi continente nos enseña que la Iglesia crece, a menudo, precisamente en las estaciones de prueba, y que los pueblos que guardan su identidad religiosa y cultural, contra toda presión externa, son, al final, los que mejor sirven a la causa de una verdadera fraternidad universal. No pido al Parlamento Europeo un acto de fe, sino un acto de razón: verifiquen, con los instrumentos mismos de su sabiduría jurídica, si las palabras que pronuncian honran verdaderamente a la persona humana, a la familia, a la libertad de los pueblos. Si lo hacen, África y Europa caminarán juntas. Si no, ningún tratado, por bien redactado que esté, podrá colmar la distancia que las «palabras traicionadas» habrán abierto entre nosotros.

Les doy las gracias.

NotasLeón XIV, Discurso a los miembros del Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede, 9 de enero de 2026: 


Dossier «Ayudas Condicionadas» preparado por Pro Vita & Famiglia para el Coloquio del Parlamento Europeo, Bruselas, 15 de julio de 2026 (documentación interna en la que se basa la presente intervención)
Ibíd.
León XIV, Carta encíclica Magnifica Humanitas sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial, 15 de mayo de 2026: vatican.va
Ibíd.
Benedicto XVI, Fe, razón y universidad. Recuerdos y reflexiones, discurso en la Universidad de Ratisbona, 12 de septiembre de 2006: vatican.va
Ibíd.
Ibíd.
Ibíd.
Ibíd.
Benedicto XVI, Encuentro con el mundo de la cultura, Collège des Bernardins, París, 12 de septiembre de 2008: 
Ibíd.
Ibíd.
Benedicto XVI, Discurso en el Bundestag alemán, Reichstag, Berlín, 22 de septiembre de 2011: 
Ibíd.
Cf. supra, nota 2: Dossier «Europa y África», cit.
Benedicto XVI, Discurso con motivo de las felicitaciones navideñas a la Curia Romana, 21 de diciembre de 2012: 
Ibíd.
Ibíd.
Cf. supra, nota 2: Dossier «Europa y África», cit.
Ibíd.
Francisco, Discurso en el encuentro con las familias, Mall of Asia Arena, Manila, 16 de enero de 2015: vatican.va
Francisco, Conferencia de prensa durante el vuelo de regreso de Manila, 19 de enero de 2015, texto íntegro en rossoporpora.org
Cf. supra, nota 4: León XIV, Magnifica Humanitas, cit.
Ibíd.
Cf. supra, nota 1: León XIV, Discurso al Cuerpo Diplomático, 9 de enero de 2026, cit.
León XIII, Carta encíclica Rerum Novarum, 15 de mayo de 1891: vatican.va
Ibíd.
Parlamento Europeo, resolución del 9 de junio de 2022, «Global threats to abortion rights: the possible overturning of abortion rights in the US by the Supreme Court», y resolución del 7 de julio de 2022, 2022/2742(RSP); cf. también Dossier «Europa y África», 
cit.
Parlamento Europeo, resolución del 7 de julio de 2022, 2022/2742(RSP), cit.
Cf. supra, nota 1: León XIV, Discurso al Cuerpo Diplomático, 9 de enero de 2026, cit.
Ibíd.
Constitution of Kenya (2010), art. 26(2): «The life of a person begins at conception»; cf. Kenya Law Reform Commission
Constitution of the Republic of Uganda (1995), art. 22(2): «No person has the right to terminate the life of an unborn child except as may be authorised by law».
Tribunal de Apelación de Kenia, sentencia de 24 de abril de 2026 que reafirma la protección constitucional de la vida desde la concepción, cit. en ZENIT, «Kenya's Court of Appeal reaffirms the constitutional protection of unborn life», 2 de mayo de 2026, zenit.org

Acuerdo de asociación entre la Unión Europea y los miembros de la Organización de Estados de África, del Caribe y del Pacífico (Acuerdo de Samoa), OJ L 2023/2862, Protocolo regional para África, art. 40.6: eur-lex.europa.eu

Servicio Europeo de Acción Exterior (SEAE), Gender Action Plan III — Towards a Gender-Equal World, eeas.europa.eu

Cf. supra, nota 6: Benedicto XVI, Discurso de Ratisbona, cit.

Cf. supra, nota 22: Francisco, Encuentro con las familias, Manila, cit.
Cf. supra, nota 23: Francisco, Conferencia de prensa en vuelo, 19 de enero de 2015, cit.
Cf. supra, nota 1: León XIV, Discurso al Cuerpo Diplomático, 9 de enero de 2026, cit.
Carta de las Naciones Unidas, art. 1, párr. 2, un.org
Cf. supra, nota 2: Dossier «Europa y África», cit.
Cf. supra, nota 1: León XIV, Discurso al Cuerpo Diplomático, 9 de enero de 2026, cit.
Cf. supra, nota 14: Benedicto XVI, Discurso en el Bundestag, cit.
Ibíd.
Juan Pablo II, Carta encíclica Centesimus Annus, 1 de mayo de 1991, n. 48: vatican.va
Cf. supra, nota 2: Dossier «Europa y África», cit.
Ibíd.
Ibíd.
Ibíd.
Ibíd.
Parlamento Europeo, Resolución sobre la situación en Uganda, Textos aprobados P9_TA(2023)0120, europarl.europa.eu
Cf. supra, nota 23: Francisco, Conferencia de prensa en vuelo, 19 de enero de 2015, cit.
Cf. supra, nota 2: Dossier «Europa y África», cit.
Cf. supra, nota 4: León XIV, Magnifica Humanitas, cit.
Ibíd.
Testimonios directos de funcionarios gubernamentales africanos recogidos en el estudio con revisión por pares publicado en Third World Quarterly (Taylor & Francis, 3 de noviembre de 2025; DOI: 10.1080/01436597.2025.2566237) y documentados en el Dossier «Europa y África» preparado para el presente Coloquio.
Ibíd.
Y. Museveni, declaración en la Conferencia sobre la familia, Entebbe, mayo de 2025, cit. en Watchdog Uganda, «President Museveni calls on Africa to defend family values and secure economic sovereignty», 9 de mayo de 2025, watchdoguganda.com
Benedicto XVI, Exhortación apostólica postsinodal Africae Munus sobre la Iglesia en África al servicio de la reconciliación, la justicia y la paz, 19 de noviembre de 2011: vatican.va
R. Sarah, declaraciones recogidas en Wikiquote, entrada «Robert Sarah», en.wikiquote.org
R. Sarah, declaraciones referidas en Wikipedia, entrada «Robert Sarah», en.wikipedia.org
R. Sarah, intervención en el Sínodo de los Obispos sobre la familia, octubre de 2015, texto íntegro en National Catholic Register, «Cardinal Sarah: ISIS and Gender Ideology Are Like 'Apocalyptic Beasts'», octubre de 2015, ncregister.com
R. Sarah, entrevista, Aleteia, 17 de abril de 2019, it.aleteia.org
R. Sarah, declaraciones referidas en Informazione Cattolica, 30 de noviembre de 2022, informazionecattolica.it
Cf. supra, nota 1: León XIV, Discurso al Cuerpo Diplomático, 9 de enero de 2026, cit.
Ibíd.
Ibíd.
Cf. supra, nota 4: León XIV, Magnifica Humanitas, cit.

Traducción basada en la publicación de La Bussola y Provita Familia