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viernes, 27 de febrero de 2026

Conclusiones provisorias




Luego de varias semanas de dedicarnos casi exclusivamente al tema de las consagraciones episcopales anunciadas por la FSSPX, creo que ha llegado el momento de proponer algunas conclusiones provisorias de mi parte, y retomar la línea del blog a partir de la semana próxima. Y digo que son provisorias, porque faltan aún cuatro meses para la fecha anunciada, y en ese tiempo pueden suceder muchas cosas.

Lo primero que debo decir es que la situación resulta desgarradora. Para mí, porque siento una profunda gratitud y afecto por la FSSPX. De ella he recibido los sacramentos innumerable cantidad de veces, y a ella pertenecen amigos entrañables, amistades cultivadas durante décadas. Pero también es desgarradora para la Iglesia, y lo digo en el sentido más propio: es un despedazamiento, una herida profunda y dolorosa, que privará a la Fraternidad de la pertenencia plena a la comunión visible, jerárquica y sacramental de la Esposa de Cristo y privará a ésta de las inmensas riquezas que puede aportarle, y ha aportado durante décadas, la obra de Mons. Marcel Lefebvre. No entiendo entonces, el estado de “euforia” en el que se encuentran algunos miembros de la Fraternidad; no es un signo de amor a la Iglesia sino al partido.

Cuando se anunciaron las consagraciones, compartí con los lectores del blog mi estado de perplejidad, es decir, mi estado de desconcierto y duda con respecto a la situación. La designación del cardenal Víctor Fernández para llevar adelante las conversaciones era lo natural, ya que desde los inicios mismos de la “cuestión Lefebvre” en los ’70, el encargado del tema fue el prefecto de la entonces Congregación para la Doctrina de la Fe, comenzando con el cardenal Franjo Seper, luego Ratzinger y así hasta ahora. Y como lo dije en su momento, Tucho no es la peor opción; creo que más bien lo contrario.

Me pareció positiva la invitación que hizo el cardenal a retomar las conversaciones en el comunicado que publicó luego de la entrevista con el superior general de la Fraternidad, aunque es verdad también que volens nolens, sonó a una maniobra dilatoria. En mi opinión, debería haber propuesto un cronograma de reuniones y una fecha cierta de resolución final. Sin embargo, la carta de respuesta del P. Davide Pagliarani, fue el primer elemento que debilitó mi perplejidad. Más allá de ciertas ironías que no me parecieron apropiadas y de la acusación contra el cardenal Müller, si la carta establece que “Ambos sabemos de antemano que no podemos ponernos de acuerdo en materia doctrinal…” y que “no nos parece posible entablar un diálogo…”, resultaba claro que los superiores de la Fraternidad no tenían ninguna intención de llegar a un acuerdo con Roma. Me temo que la decisión está firmemente tomada y que aun si el Papa León se entrevistara con el P. Pagliarani, no desistirían.

No voy a entrar aquí a repetir los argumentos de un lado y del otro que se han dado para justificar o condenar las consagraciones. Más de 1300 comentarios en este blog se han encargado de dar esa discusión. Simplemente señalo dos elementos que, a mi criterio, son centrales: si la decisión de consagrar obispos responde a la necesidad de conservar la liturgia tradicional, a la Fraternidad se le ofreció —testimonio del cardenal Gerhard Müller— constituirse en ordinariato, incluso con sujeción directa al Papa, sin mediación de la Curia Romana, un enorme privilegio que la ubicaba muy por encima de los institutos ex-Ecclesia Dei y de las congregaciones históricas de la Iglesia. No lo aceptaron, y el motivo aducido fue que su lucha no es solamente litúrgica sino también doctrinal. Lo que yo me pregunto entonces, es qué ganan con dar esa lucha doctrinal desde fuera. Me parece que el efecto es exactamente el contrario: nadie les hará caso, más que los propios, porque las críticas, seguramente justas y certeras, se atribuirán al grupo de extremistas, cismáticos, excomulgados, rebeldes y tantos otros epítetos que hace mucho habían dejado de sonar.

¿Qué es lo que ocurrirá luego de la consagraciones? Nos adentramos aquí en el terreno de los pronósticos y, por tanto, si siempre soy falible, en estos pantanos lo soy más aún. En primer lugar, creo que para la FSSPX será un punto de no retorno, y por una cuestión propia de la naturaleza humana. Los hábitos se constituyen por la repetición de actos, y si una institución, conformada por hombres, ha pasado cuarenta años y pasará otros tantos sin relación de obediencia alguna con Roma y con la jerarquía visible de la Iglesia, adquirió ya y consolidará el hábito de hacer lo que le parece, y como los hábitos producen cierto placer en su ejecución, la Fraternidad, o al menos buena parte de sus miembros, se sienten cómodos, e incluso “eufóricos” cuando se les da la posibilidad de rebelarse contra las ordenes expresas del Sumo Pontífice. Eso no se soluciona de un día para otro, ni de un año para otro.

Para seguir adentrándonos en los futuribles, debemos tener presente que no sirve comparar la situación actual con lo ocurrido en 1988. En ese momento, el interlocutor era el cardenal Ratzinger, que había padecido la reforma litúrgica del posconcilio y comprendía al mundo tradicional. Y el Papa era Juan Pablo II, que estaba siempre preparando su próximo viaje, confiaba en Ratzinger y lo dejaba hacer. Las circunstancias actuales son muy distintas. Y esto lleva, entonces, a plantear algunas hipótesis:

1. Seguramente habrán desprendimientos de sacerdotes y fieles en la Fraternidad, pero no serán masivos sino puntuales. Se darán sobre todo en los distritos de Austria, Alemania, Bélgica y Estados Unidos que, según me confirmaban ayer, están muy, pero muy disgustados con la decisión, pero aún así no me parece que hayan grandes deserciones. Por supuesto, Roma no propiciará una nueva Fraternidad Sacerdotal San Judas Tadeo para recibir a los miembros de la FSSPX que decidan salir. Y me temo que tampoco los institutos ex-Ecclesia Dei estén muy dispuestos a recibirlos. En cuanto a los seglares, tampoco me parece que sean muchos los que dejen de asistir a las misas de la Fraternidad. De hecho, las excomuniones serán solamente para los obispos consagrantes y consagrados; los sacerdotes seguirán suspendidos a divinis como hasta ahora. En eso no veo cambios, más allá del mote de “cismáticos” con el que serán insultados por el mundillo neocon.

2. Algunos opinan que el ámbito Ecclesia Dei está feliz con la decisión porque suponen que Roma adoptará una actitud benévola hacia ellos. No estoy seguro que sea así. Puede que sí, pero puede que sea más bien lo contrario, y que se desate una suerte de escrutinio por parte de los lobos de la Curia Romana destinado a testear el grado de “lefebvrismo en sangre” que aún conservan los tradis en “comunión plena”, y allí vendrá el pedido de muchas pruebas de amor.

3. Hay un elemento que puede frenar esta tentativa curial y es que muy pocos días antes de las consagraciones, el 27 y 28 de junio, se realizará en Roma el consistorio extraordinario, en el que con seguridad, los cardenales de todo el mundo discutirán el tema de la liturgia, mucho más acuciante ahora que en diciembre pasado. Y tal como se vio en ese momento, aún purpurados claramente progresistas como el cardenal Höllerich, se mostraron favorables una “liberalización” de la misa tradicional. El Papa León, entonces, no tendrá solamente la opinión negativa de los curiales sino también la positiva de muchos otros cardenales. Podría darse si no una “liberalización”, al menos una mitigación de las medidas draconianas de Traditionis custodes.

4. Otro factor que puede influir también es que la ceremonia de consagraciones episcopales en Ecône tendrá una asistencia masiva, y eso impactará. Y el Papa y los obispos saben que los tradis Ecclesia Dei son muchos y viene creciendo. Por otro lado, y a medida que la generación boomer, conciliar y progre, está pasando a mejor vida, son los sacerdotes más jóvenes los que se están haciendo escuchar. Un buen ejemplo es el artículo del P. Pierre Amar publicado ayer en La Croix. No creo, entonces, que Roma se anime a una solución final y a inaugurar cámaras de gas. Probablemente, y quizás sea mucho optimismo de mi parte, comiencen a considerar la idea de una solución definitiva del problema, la que podría venir, por ejemplo, con la creación de un ordinariato como el que les fue ofrecido a la FSSPX, y rechazado por ésta. Se podrá discutir la conveniencia o no de tal medida, pero podría ser una de las propuestas de Roma.

Dios, que en su misericordia jamás abondana a la Iglesia, y María Santísima su Madre y Madre de la Iglesia, pueden depararnos una solución que nosotros no avizoramos.

Wanderer

El arzobispo Schneider revela detalles de su audiencia con León XIV



El sitio web InfoVaticana proporciona detalles de la audiencia privada entre Mons. Athanasius Schneider, Obispo Auxiliar de Astaná, y el Papa León XIV, que tuvo lugar el 18 de diciembre de 2026. En una entrevista con Robert Moynihan, transmitida por Urbi et Orbi Communications, Mons. Schneider compartió algunas de las conversaciones que tuvo con el Santo Padre.

Durante la entrevista, profundizó en el diagnóstico que presentó al Papa sobre la situación de la Iglesia, reiterando algunos puntos que ya había subrayado en enero, cuando mencionó la necesidad de una Constitución Apostólica para garantizar la paz litúrgica.

El obispo auxiliar explicó que el intercambio fue "abierto y cordial" y destacó, entre los temas tratados, tanto las heridas que percibe en la Iglesia como el impacto espiritual que la forma extraordinaria del Rito Romano ha tenido en muchos fieles, especialmente en los jóvenes.

Las cinco plagas que debilitan a la Iglesia

A continuación, el arzobispo Schneider presentó al Papa una lista de lo que él llamó las cinco principales plagas que afectan a la Iglesia hoy y que, en su opinión, requieren atención urgente:


1 - Confusión doctrinal, que erosiona la claridad del mensaje de fe y que podría abordarse con una profesión de fe solemne y vinculante.


2 - La anarquía litúrgica y el enfrentamiento en torno a la Misa en el Rito Romano, que ha generado divisiones al interior de la comunidad eclesial.


3 - Nombramientos episcopales cuestionables, con algunos obispos y cardenales que, dice, actúan con fines seculares en lugar de seguir la enseñanza tradicional de la Iglesia.


4 - La escasa formación sacerdotal, especialmente en doctrina, moral y liturgia, que, dice, ha debilitado la preparación de las futuras generaciones de sacerdotes.


5 - Dificultades que afectan a la vida contemplativa, incluyendo referencias a problemas que han surgido con respecto a la aplicación de la instrucción Cor orans a la vida de las monjas contemplativas.

La influencia de la misa tradicional en los jóvenes

Uno de los momentos más interesantes de la audiencia, según Monseñor Schneider, fue el relato del Papa sobre algunos jóvenes que habían experimentado su conversión a Dios a través de la Misa tradicional. El Pontífice mencionó este testimonio con una sonrisa, expresando su sorpresa por el poder espiritual que esta forma litúrgica ejerce sobre las generaciones más jóvenes.

La Sociedad de San Pío X

Durante la conversación, el arzobispo Schneider también abordó la situación de la Fraternidad San Pío X (FSSPX), enfatizando el derecho a advertir que ciertos pasajes del Concilio Vaticano II, un concilio pastoral, se han utilizado como un nuevo paradigma eclesial que, en su opinión, debe corregirse. Asimismo, afirmó que la Iglesia debe examinar honestamente las ambigüedades presentes en algunas expresiones del Concilio, en particular en temas como la libertad religiosa y la colegialidad, enfatizando que se trata de formulaciones pastorales y no de enseñanzas definitivas del Magisterio.

El obispo auxiliar declaró que sería una tragedia que la FSSPX permaneciera completamente separada de la Iglesia y que, si se perdiera este "brazo", la Iglesia quedaría dañada y desfigurada. Por lo tanto, instó a León XIV a actuar con magnanimidad, permitiendo al menos una integración parcial de la Fraternidad en la vida de la Iglesia sin que la cuestión doctrinal se convirtiera en un obstáculo.

El obispo Schneider fue muy claro al referirse a la postura del cardenal Víctor Manuel Fernández, quien exige que se resuelva el diálogo doctrinal antes de cualquier regularización canónica. El obispo calificó este enfoque de irrealista, excesivamente duro y carente de atención pastoral, ya que bloquea cualquier progreso práctico y prolonga una situación de tensión innecesaria.

En su opinión, la experiencia histórica demuestra que los procesos de reconciliación e integración no siempre comienzan con una resolución doctrinal completa, sino que pueden avanzar gradualmente, fomentando primero la comunión visible y dejando espacio para un diálogo teológico posterior más sereno y fructífero.

Obispo Athanasius Schneider, La nueva evangelización y la santa liturgia: Las cinco llagas del cuerpo místico y litúrgico


Intervención de Monseñor Athanasius Schneider,
Obispo Auxiliar de la Arquidiócesis de Santa María de Astaná,
Secretario de la Conferencia de Obispos Católicos de Kazajstán


Para hablar correctamente de la nueva evangelización, es esencial fijar primero nuestra mirada en Aquel que es el verdadero evangelizador, Nuestro Señor Jesucristo, el Salvador, el Verbo de Dios hecho hombre. El Hijo de Dios vino a esta tierra para expiar y redimir el mayor pecado, el pecado por excelencia. Y este pecado por excelencia de la humanidad consiste en negarse a adorar a Dios, en negarse a darle el primer lugar, el lugar de honor. Este pecado de la humanidad consiste en no prestar atención a Dios, en no tener sentido de las cosas, en no querer ver a Dios, en no querer arrodillarnos ante Dios.

Ante tal actitud, la encarnación de Dios resulta embarazosa, e igualmente embarazosa es la presencia real de Dios en el misterio eucarístico, y embarazosa es la centralidad de la presencia eucarística de Dios en las iglesias. El hombre pecador, en efecto, quiere situarse en el centro, tanto dentro de la Iglesia como fuera de la celebración eucarística; quiere ser visto, quiere hacerse notar.

Por eso, Jesús Eucaristía, Dios encarnado, presente en los tabernáculos en la forma eucarística, suele colocarse a un lado. Incluso la representación del Crucifijo en la cruz en el centro del altar durante la celebración, de cara al pueblo, resulta embarazosa, ya que el rostro del sacerdote quedaría oculto. Por lo tanto, la imagen del Crucifijo en el centro, así como la de Jesús Eucaristía en el tabernáculo, también en el centro del altar, resultan embarazosas. En consecuencia, la cruz y el tabernáculo se colocan a un lado. Durante la celebración, los asistentes deben poder observar constantemente el rostro del sacerdote, quien disfruta situándose literalmente en el centro de la casa de Dios. Y si por error, Jesús Eucaristía es al menos dejado en su sagrario en el centro del altar, porque el Ministerio de Bienes Culturales, incluso bajo un régimen ateo, ha prohibido su movimiento por razones de conservación del patrimonio artístico, el sacerdote a menudo, sin escrúpulos, le da la espalda durante toda la celebración litúrgica.

Cuántas veces los buenos y fieles adoradores de Cristo, en su sencillez y humildad, han exclamado: "¡ Bienaventurados seáis, monumentos históricos! Al menos nos habéis dejado a Jesús en el centro de nuestra Iglesia ".

Solo desde la adoración y glorificación de Dios puede la Iglesia proclamar adecuadamente la palabra de verdad, es decir, evangelizar. Antes de que el mundo escuchara a Jesús, el Verbo eterno hecho carne, predicar y proclamar el reino, Jesús permaneció en silencio y adorado durante treinta años. Esta permanece para siempre como ley para la vida y la acción de la Iglesia y de todos los evangelizadores. 

«Es por la forma en que cultivamos la liturgia que se decide el destino de la fe y de la Iglesia », dijo el cardenal Ratzinger, nuestro actual Santo Padre y papa Benedicto XVI. El Concilio Vaticano II buscó recordar a la Iglesia la realidad y la acción que deben ser prioritarias en su vida. Precisamente por eso el primer documento conciliar está dedicado a la liturgia. En él, el Concilio nos da los siguientes principios: en la Iglesia, y por ende en la liturgia, lo humano debe estar orientado a lo divino y subordinado a él, y también lo visible en relación con lo invisible, la acción en relación con la contemplación, y el presente en relación con la ciudad futura, a la que aspiramos (cf. Sacrosanctum Concilium , 2). Nuestra liturgia terrena participa, según la enseñanza del Vaticano II, en un anticipo de la liturgia celestial de la Ciudad Santa, Jerusalén (cf. idem, 2).

Por eso, todo en la liturgia de la Santa Misa debe servir para expresar más claramente la realidad del sacrificio de Cristo, es decir, las oraciones de adoración, acción de gracias y expiación que el eterno Sumo Sacerdote presentó a su Padre.

El rito y todos los detalles del Santo Sacrificio de la Misa deben centrarse en la glorificación y adoración a Dios, insistiendo en la centralidad de la presencia de Cristo, tanto en el signo y la representación del Crucifijo como en su presencia eucarística en el sagrario, y especialmente en el momento de la consagración y la Sagrada Comunión. Cuanto más se respete esto, menos se coloque a la persona humana en el centro de la celebración, menos se asemejará la celebración a un círculo cerrado, sino que también estará abierta externamente a Cristo, como una procesión que avanza hacia Él con el sacerdote a la cabeza. Cuanto más fielmente refleje dicha celebración litúrgica el sacrificio de adoración de Cristo en la cruz, más ricos serán los frutos de la glorificación de Dios que los participantes recibirán en sus almas, y más los honrará el Señor.

Cuanto más busquen el sacerdote y los fieles la gloria de Dios y no la de los hombres durante las celebraciones eucarísticas, y cuanto más eviten recibir gloria unos de otros, más los honrará Dios al permitir que sus almas participen con mayor intensidad y fructificación en la gloria y el honor de su vida divina. Actualmente, y en diversos lugares de la tierra, se celebran muchas de las Santas Misas, de las cuales se podría decir, en contraposición a las palabras del Salmo 113:9: « A nosotros, Señor, y a nuestro nombre da gloria ». Además, en relación con estas celebraciones, se aplican las palabras de Jesús: «¿ Cómo podéis creer, si recibís vuestra gloria unos de otros, y no buscáis la gloria que viene solo de Dios? » (Juan 5:44).

El Concilio Vaticano II emitió los siguientes principios sobre la reforma litúrgica:

  1. Durante la celebración litúrgica, lo humano, lo temporal, la actividad, debe estar orientada hacia lo divino, lo eterno, la contemplación y tener un papel subordinado en relación a esto último (cf. Sacrosanctum Concilium , 2).
  2. Durante la celebración litúrgica se debe fomentar la conciencia de que la liturgia terrena participa de la liturgia celestial (cf. Sacrosanctum Concilium , 8).
  3. No debe haber innovación, y por tanto nueva creación de ritos litúrgicos, especialmente en el rito de la Misa, a no ser que sea para un verdadero y cierto beneficio de la Iglesia y con la condición de que se proceda con prudencia para que las nuevas formas sustituyan orgánicamente a las existentes (cf. Sacrosanctum Concilium , 23).
  4. Los ritos de la Misa deben ser tales que lo sagrado se exprese más explícitamente (cf. Sacrosanctum Concilium , 21).
  5. El latín debe conservarse en la liturgia y especialmente en la Santa Misa (cf. Sacrosanctum Concilium , 36 y 54).
  6. El canto gregoriano ocupa el primer lugar en la liturgia (cf. Sacrosanctum Concilium , 116).Los Padres Conciliares consideraron sus propuestas de reforma como una continuación de la reforma de San Pío X (cf. Sacrosanctum Concilium , 112 y 117) y del Siervo de Dios, Pío XII. De hecho, en la constitución litúrgica, la más citada es la encíclica Mediator Dei del Papa Pío XII.
El Papa Pío XII legó a la Iglesia, entre otros, un importante principio doctrinal sobre la Sagrada Liturgia: la condena de lo que él llama arqueología litúrgica, cuyas propuestas coincidieron en gran medida con las del Sínodo jansenista y protestantizante de Pistoia de 1976 (cf. « Mediator Dei », n.º 63-64) y que, de hecho, evocan las ideas teológicas de Martín Lutero.

El Concilio de Trento condenó, pues, las ideas litúrgicas protestantes, especialmente el énfasis exagerado en el banquete en la celebración eucarística en detrimento de su carácter sacrificial, y la supresión de los signos inequívocos de sacralidad como expresión del misterio de la liturgia (cf. Concilio de Trento, sesión XXII ).

Las declaraciones litúrgicas doctrinales del Magisterio, como en el caso del Concilio de Trento y la encíclica Mediator Dei , que se reflejan en una práctica litúrgica que ha sido constante y universal durante siglos, de hecho durante más de un milenio, estas declaraciones forman parte, por tanto, de ese elemento de la santa tradición que no puede abandonarse sin incurrir en un gran daño espiritual. El Vaticano II retomó estas declaraciones doctrinales sobre la liturgia, como puede verse leyendo los principios generales del culto divino en la constitución litúrgica Sacrosanctum Concilium .

Como error concreto en el pensamiento y la acción de la arqueología litúrgica, el Papa Pío XII cita la propuesta de dar al altar la forma de una mesa (cf. Mediator Dei n. 62). Si el Papa Pío XII ya rechazó el altar en forma de mesa, ¡imagínense cómo habría rechazado, a fortiori, la propuesta de una celebración alrededor de una mesa «versus populum »!

Si el Sacrosanctum Concilium, en el n. 2, enseña que, en la liturgia, la contemplación debe tener prioridad y que toda la celebración de la Misa debe estar orientada hacia los misterios celestiales (cf. idem n. 2 y n. 8), encontramos allí un fiel eco de la siguiente declaración de Trento:Y como la naturaleza humana es tal que no se deja llevar fácilmente a la meditación de las cosas divinas sin pequeños recursos externos, por esta razón la Iglesia, la piadosa madre, ha establecido ciertos ritos, a saber, que algunos pasajes de la Misa se pronuncien en voz baja, otros en voz más alta. Asimismo, ha establecido ceremonias, como las bendiciones místicas; utiliza luces, incienso, vestimentas y muchos otros elementos transmitidos por la enseñanza y la tradición apostólicas, mediante los cuales se resalta la majestad de tan gran sacrificio, y las mentes de los fieles son atraídas por estos signos visibles de religión y piedad, a la contemplación de las cosas más sublimes que se esconden en este sacrificio.» ( sesión XXII , cap. 5).

Las enseñanzas citadas del Magisterio de la Iglesia, y especialmente las del Mediator Dei, han sido reconocidas sin lugar a dudas también por los Padres Conciliares como plenamente válidas; en consecuencia, deben seguir siendo plenamente válidas incluso hoy para todos los hijos de la Iglesia.

En la carta dirigida a los obispos de la Iglesia Católica, unida al Motu Proprio Summorum Pontificum del 7 de julio de 2007, el Papa hace esta importante declaración: 
«En la historia de la Liturgia hay crecimiento y progreso, pero no ruptura. Lo que era sagrado para las generaciones anteriores también sigue siendo sagrado y grande para nosotros, y no puede ser repentinamente prohibido por completo ni siquiera considerado perjudicial».
Con esto, el Papa expresa el principio fundamental de la liturgia enseñado por el Concilio de Trento y el Papa Pío XII.

Si se observa objetivamente y sin ideas preconcebidas la práctica litúrgica de la gran mayoría de las iglesias del mundo católico en las que se utiliza la Forma Ordinaria del Rito Romano, nadie puede negar honestamente que los seis principios litúrgicos mencionados por el Concilio Vaticano II se respetan poco o nada. 

Hay varios aspectos concretos de la práctica litúrgica dominante actual, en el Rito Ordinario, que representan una auténtica ruptura con una práctica religiosa que ha sido constante durante más de un milenio. Estos son los cinco usos litúrgicos siguientes, que pueden considerarse las cinco llagas del cuerpo litúrgico místico de Cristo. 

Son llagas porque representan una ruptura violenta con el pasado, porque restan importancia abiertamente al carácter sacrificial, central y esencial de la Misa, y enfatizan el banquete; todo esto disminuye los signos externos de la adoración divina, porque disminuye el carácter celestial y eterno del misterio.

De estas cinco plagas, estas son las que, con una excepción (las nuevas oraciones del ofertorio), no están incluidas en la forma ordinaria del rito de la Misa, sino que han sido deplorablemente introducidas por la práctica.

La primera plaga, la más obvia, es la celebración del sacrificio de la Misa, en la que el sacerdote celebra de cara a los fieles , especialmente durante la Plegaria Eucarística y la Consagración, el momento más alto y sagrado de adoración debida a Dios. Esta forma externa corresponde por su propia naturaleza más a la forma en que uno se comporta al compartir una comida. Uno se encuentra en un círculo cerrado. Y esta forma no está en absoluto en consonancia con el momento de la oración, y mucho menos con el de la adoración. 

Ahora bien, el Concilio Vaticano II no abogó en absoluto por esta forma, y ​​nunca ha sido recomendada por el magisterio de los papas posconciliares. El Papa Benedicto XVI, en el prefacio del primer volumen de su Opera Omnia, escribe: « La idea de que el sacerdote y el pueblo deben mirarse mutuamente en la oración surgió solo en el cristianismo moderno y es completamente ajena al cristianismo antiguo. El sacerdote y el pueblo ciertamente no se rezan el uno al otro, sino al único Señor. Por lo tanto, en la oración, miran en la misma dirección: ya sea hacia Oriente como símbolo cósmico del Señor que viene, o, cuando esto no es posible, hacia una imagen de Cristo en el ábside, hacia una cruz o simplemente hacia el cielo, como lo hizo el Señor en su oración sacerdotal la víspera de su Pasión (Jn 17,1). Afortunadamente, la propuesta que hice al final del capítulo en cuestión en mi obra está ganando cada vez más aceptación: no proceder con nuevas transformaciones, sino simplemente colocar la cruz en el centro del altar, hacia la cual el sacerdote y los fieles puedan mirar juntos, dejándose así guiar hacia el Señor, a quien todos rezamos juntos » .

La forma de celebración en la que todos miran en la misma dirección ( conversi ad orientem, ad Crucem, ad El Dominum también se evoca en las rúbricas del nuevo rito de la Misa (cf. Ordo Missae , n. 25, n. 133 y n. 134). La celebración denominada « versus populum » ciertamente no corresponde a la idea de la Sagrada Liturgia, tal como se menciona en las declaraciones del Sacrosanctum Concilium n. 2 y n. 8.

La segunda plaga es la comunión en la mano, extendida por todo el mundo. Este método de recibir la comunión no solo nunca fue mencionado por los Padres del Concilio Vaticano II, sino que fue introducido abiertamente por un cierto número de obispos, en desobediencia a la Santa Sede y en desacato al voto negativo de la mayoría del cuerpo episcopal en 1968. Solo más tarde, el Papa Pablo VI lo legitimó a regañadientes, bajo condiciones específicas.

El Papa Benedicto XVI, después de la festividad del Corpus Christi de 2008, ya no distribuye la comunión excepto a los fieles arrodillados y en la boca, y esto no sólo en Roma, sino también en todas las iglesias locales que visita. Con esto, dio a toda la Iglesia un claro ejemplo de enseñanza práctica en materia litúrgica. Si la mayoría cualificada del cuerpo episcopal, tres años después del concilio, rechazó la comunión en la mano por ser perjudicial, ¡cuántos Padres Conciliares más habrían hecho lo mismo!

La tercera plaga son las nuevas oraciones del ofertorio. Son una creación completamente nueva y nunca se han usado en la Iglesia. Expresan menos la evocación del misterio del sacrificio de la cruz que la de un banquete, recordando las oraciones del sabbat judío. En la tradición milenaria de la Iglesia de Occidente y Oriente, las oraciones del ofertorio siempre han estado expresamente vinculadas al sacrificio de la cruz (cf. p. ej., Paul Tirot, Historia de las oraciones del ofertorio en la liturgia romana del siglo VII al XVI , Roma, 1985). Una creación tan absolutamente nueva contradice sin duda la clara formulación del Vaticano II que exige: « No se deben hacer innovaciones... novae formae ex formis iam exstantibus organice crescant » ( Sacrosanctum Concilium , 23).

La cuarta plaga es la desaparición total del latín de la gran mayoría de las celebraciones eucarísticas de la forma ordinaria en todos los países católicos. Esto constituye una violación directa de las decisiones del Vaticano II.

La quinta plaga es la práctica de servicios litúrgicos por parte de lectoras y acólitas, así como la práctica de estos mismos servicios con vestimenta civil, entrando al coro durante la Santa Misa justo fuera del espacio reservado para los fieles . Esta costumbre nunca ha existido en la Iglesia, o al menos nunca ha sido bien recibida. Confiere a la Misa católica una apariencia informal, el carácter y estilo de una asamblea bastante profana. El Segundo Concilio de Nicea prohibió tales prácticas ya en el año 787, redactando este canon: « Si alguien no está ordenado, no se le permite leer desde el ambón durante la sagrada liturgia».(can. 14). Esta norma se ha respetado sistemáticamente en la Iglesia. Sólo los subdiáconos o lectores tenían derecho a leer durante la liturgia de la Misa. En lugar de los lectores y acólitos ausentes, pueden hacerlo hombres o niños con vestimentas litúrgicas, y no las mujeres, siendo un hecho que el sexo masculino, en el plano sacramental de la ordenación no sacramental de lectores y acólitos, representa simbólicamente el primer vínculo con las órdenes menores.

En los textos del Vaticano II no se menciona la supresión de las órdenes menores ni del subdiaconado, ni la introducción de nuevos ministerios. En el Sacrosanctum Concilium n.° 28, el concilio distingue entre « ministro » y « fidelis » durante la celebración litúrgica, y establece que ambos tienen derecho a hacer lo que les corresponde en razón de la naturaleza de la liturgia. El n.° 29 menciona a los « ministrantes », es decir, aquellos que sirven en el altar y no han recibido ningún Ordenación. En contraste con estos, según los términos jurídicos de la época, estarían los " ministros ", es decir, aquellos que han recibido un orden mayor o menor.

Con el Motu Proprio Summorum Pontificum , el Papa Benedicto XVI afirma que ambas formas del Rito Romano deben ser consideradas y tratadas con el mismo respeto, porque la Iglesia sigue siendo la misma antes y después del Concilio. En la carta que acompaña al Motu Proprio , el Papa espera que ambas formas se enriquezcan mutuamente. Además, espera que en la nueva forma " el sentido de lo sagrado que atrae a muchas personas al antiguo rito se manifieste con mayor claridad que hasta ahora ".

Las cuatro heridas litúrgicas o prácticas desafortunadas (celebración versus populum , comunión en la mano, el abandono total del canto latino y gregoriano, y la intervención de las mujeres en la lectura y los servicios de acólito) no tienen en sí mismas nada que ver con la forma ordinaria de la Misa y, además, contradicen los principios litúrgicos del Vaticano II. 

Si se pusiera fin a estas prácticas, volveríamos a la verdadera enseñanza del Vaticano II. Y entonces las dos formas del Rito Romano quedarían tan estrechamente relacionadas que, al menos externamente, no habría brecha entre ellas y, por lo tanto, ninguna brecha entre la Iglesia preconciliar y la posconciliar.

En cuanto a las nuevas oraciones del Ofertorio, sería deseable que la Santa Sede las sustituyera por las oraciones correspondientes de la forma extraordinaria, o al menos permitiera su uso ad libitum.Así, no solo externamente, sino internamente, se evitaría la ruptura entre ambas formas. 

La ruptura en la liturgia es precisamente lo que la mayoría de los Padres Conciliares no deseaban; las Actas del Concilio dan testimonio de ello, porque en dos mil años de historia de la liturgia en la Santa Iglesia, nunca se había producido una ruptura litúrgica y, por lo tanto, nunca debe producirse. En cambio, debe haber continuidad, como debe existir para el Magisterio.

Por eso necesitamos nuevos santos hoy, una o más santas Catalina de Siena. Necesitamos la « vox populi fidelis » que exige la supresión de esta ruptura litúrgica. Pero la tragedia de la historia es que hoy, como en la época del exilio de Aviñón, una gran mayoría del clero, especialmente el alto clero, se conforma con este exilio, esta ruptura.

Para que podamos esperar frutos efectivos y duraderos de la nueva evangelización, primero debe establecerse un proceso de conversión dentro de la Iglesia. ¿Cómo podemos llamar a otros a la conversión cuando, entre quienes la piden, aún no se ha producido una conversión convincente a Dios porque, en la liturgia, no están suficientemente entregados a Dios, tanto interna como externamente? 
El sacrificio de la Misa, el sacrificio de adoración de Cristo, el mayor misterio de la fe, el acto de adoración más sublime, se celebra en un círculo cerrado, mirándose unos a otros. Falta la necesaria « conversio ad Dominum », incluso externamente, físicamente. Porque durante la liturgia, se trata a Cristo como si no fuera Dios, y no se le muestran los claros signos externos de adoración que solo a Dios se debe, no solo en el hecho de que los fieles reciben la Sagrada Comunión de pie, sino también en el hecho de que la toman en sus manos como alimento ordinario, tomándola y llevándosela ellos mismos a la boca. Existe el peligro de una especie de arrianismo o semiarrianismo eucarístico.
Una de las condiciones necesarias para una nueva evangelización fructífera sería el testimonio de toda la Iglesia a nivel del culto litúrgico público, observando al menos estos dos aspectos del culto divino, a saber:
  1. Que en toda la tierra se celebre la Santa Misa, incluso en la forma ordinaria, en la " conversio ad Dominum ", interiormente y necesariamente también externamente.
  2. Que los fieles doblen la rodilla ante Cristo en el momento de la Sagrada Comunión, como pide San Pablo, evocando el nombre y la persona de Cristo (cf. Flp 2,10), y lo reciban con el mayor amor y respeto posibles, como es su derecho como Verdadero Dios.
Alabado sea Dios, el Papa Benedicto ha comenzado, con dos medidas concretas, el proceso de regreso del exilio litúrgico de Aviñón, a través del Motu Proprio Summorum Pontificum y la reintroducción del rito tradicional de la Comunión.

Todavía hay mucha necesidad de oración y quizás de una nueva Santa Catalina de Siena que siga los otros pasos, para sanar las cinco heridas en el cuerpo litúrgico y místico de la Iglesia y para que Dios sea venerado en la liturgia con el mismo amor, respeto y sentido de lo sublime que siempre han representado la realidad de la Iglesia y su enseñanza, especialmente a través del Concilio de Trento, el Papa Pío XII en su encíclica Mediator Dei , el Concilio Vaticano II en su constitución Sacrosanctum Concilium , y el Papa Benedicto XVI en su teología y liturgia, en su enseñanza litúrgica práctica y en el mencionado Motu Proprio.

Nadie puede evangelizar sin haber adorado primero, y del mismo modo, sin adorar continuamente y dar a Dios, Cristo en la Eucaristía, la verdadera prioridad en su forma de celebrar y en toda su vida. 

De hecho, citando al cardenal Joseph Ratzinger: «El destino de la fe y de la Iglesia se decide en cómo tratamos la liturgia».

Fraternidad San Pío X: «En la Iglesia, ¿por qué no habría también un lugar para los “tradis”?»



Este artículo, escrito por un sacerdote diocesano de Francia, fue publicado ayer en La Croix, el órgano semi-oficial de la Conferencia Episcopal Francesa. Todo un signo alentador.

P. Pierre Amar. Sacerdote de la diócesis de Yvelines

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¿Conoce la cuenta de Instagram «Catholic trash»? No entre: ¡es una máquina para lanzarlo en brazos de la Fraternidad San Pío X! Administrada por católicos italianos, recopila —con pruebas— lo que puede hacerse (realmente) peor en liturgia. Iconografías dudosas, objetos piadosos kitsch, productos de marketing religioso extremos, decoraciones de iglesias horrendas, vestimentas escandalosas de celebrantes… En definitiva, se encuentra allí la encarnación de lo que Benedicto XVI denunciaba un día como una «creatividad [que] a menudo ha conducido a deformaciones de la liturgia al límite de lo soportable».

He aquí el problema de fondo. Porque el movimiento iniciado por mons. Lefebvre no nació de la nada: encuentra su fundamento en los abusos y en la brutalidad con que algunos aplicaron la reforma litúrgica tras el Concilio Vaticano II. ¿Por qué hay, por ejemplo, muchos menos prioratos de la Fraternidad San Pío X en Polonia que en Francia? Porque allí la reforma litúrgica promulgada por el papa san Pablo VI se llevó a cabo pacíficamente, sin voluntad de destruirlo todo. De modo que hoy, en ese país todavía profundamente creyente, se puede celebrar la misa de espaldas al pueblo (por ejemplo en Czestochowa, «el» santuario nacional), llevar sotana y entonar un canto en latín sin ser acusado de integrista.

Examen de conciencia

¿Y si comenzáramos por un examen de conciencia eclesial? Ayer como hoy, las deformaciones arbitrarias de la liturgia hieren profundamente a personas arraigadas en la fe de la Iglesia. En otras palabras, ¿no somos nosotros mismos responsables de nuestra propia desgracia? Como Frankenstein, hemos fabricado nuestro propio monstruo. El malestar es tanto más intenso cuanto que esta criatura proviene de nuestra propia familia. Como ayer con Lutero, producido por los obispos corruptos del siglo XVI, no somos ajenos a la aparición de Marcel Lefebvre. El malestar litúrgico del posconcilio fue alimentado por mezquindades, faltas de caridad, innovaciones desafortunadas. Y también por un «espíritu del Concilio» que simplemente no era el Concilio.

¿El resultado? Una historia de la que no logramos desprendernos, un poco como la tirita del capitán Haddock. Y una historia dolorosa, porque ya no se trata de la unidad entre cristianos —que ya es un tema en sí mismo— sino de la unidad entre católicos.

Desde luego, como en toda disputa familiar, las culpas son compartidas. Por ejemplo, estas recientes declaraciones del padre Davide Pagliarani, superior de la FSSPX, son particularmente hirientes: «Es un hecho: en una parroquia ordinaria los fieles ya no encuentran los medios necesarios para asegurar su salvación eterna». Después de una afirmación semejante, resulta tentador reconocer que realmente ya no hay nada que decir y que la ruptura está consumada.

El problema es que la Fraternidad San Pío X no se equivoca cuando denuncia, además de las innovaciones litúrgicas, cierta confusión doctrinal que erosiona la claridad del mensaje de la fe. Incluso se tiene la impresión de un «doble rasero»: ¿por qué habría que ser particularmente severos con la Fraternidad San Pío X cuando, desde mi punto de vista, se muestra una sorprendente paciencia con el camino sinodal alemán o con la Asociación Patriótica de los Católicos Chinos? En una época en que se acepta casi todo, ¿por qué no habría lugar, dentro de la familia, para hermanos y hermanas —ciertamente muy turbulentos— pero hermanos y hermanas al fin?

Dos caminos

El primero consiste en caminar juntos. ¿No podríamos mostrar una generosidad histórica, permitiendo al menos una integración parcial de la Fraternidad en la vida de la Iglesia sin que la cuestión doctrinal se convierta en el primer y principal obstáculo? Un obispo observaba recientemente cuánto la experiencia histórica demuestra que los procesos de reconciliación e integración no siempre comienzan con una resolución doctrinal completa. Pueden, por el contrario, progresar de modo gradual, favoreciendo primero la comunión visible y dejando espacio a un diálogo teológico posterior más sereno y fecundo.

Claro que no a cualquier precio. Y corresponde a Roma fijar los mínimos. Pero tampoco sin apostar por el largo plazo y por la gracia del Espíritu Santo.

Las Administraciones Apostólicas Personales que ya existen en la Iglesia: ¿tanto pide la FSSPX?





En el complicado y denso debate sobre las nuevas consagraciones episcopales en la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX), la reacción habitual es presentarlo como una exigencia desproporcionada, casi como un desafío estructural al orden de la Iglesia. Sin embargo, una mirada serena al derecho canónico vigente y a la práctica reciente de la Santa Sede obliga a formular la pregunta de otra manera: ¿realmente es tan extraordinario pedir continuidad episcopal para una realidad pastoral consolidada cuando la Iglesia ya ha creado estructuras similares para comunidades mucho más pequeñas?

El caso paradigmático es la Administración Apostólica Personal San Juan María Vianney, erigida en 2002 en Campos (Brasil). Se trata de una circunscripción personal —no territorial— creada específicamente para fieles vinculados al rito romano tradicional dentro de una diócesis concreta. Tiene clero propio y un obispo propio, en plena comunión con Roma. La solución no fue experimental ni provisional; fue jurídica, estable y explícitamente diseñada para integrar una sensibilidad litúrgica tradicional sin diluirla.

No es un caso aislado. En 2009, mediante la constitución apostólica Anglicanorum coetibus, Benedicto XVI creó ordinariatos personales para fieles procedentes del anglicanismo. Existen actualmente el Ordinariato de Nuestra Señora de Walsingham en el Reino Unido, el de la Cátedra de San Pedro en Estados Unidos y Canadá, y el de Nuestra Señora de la Cruz del Sur en Australia. Son jurisdicciones personales equivalentes a diócesis, con ordinario propio —en algunos casos obispo— y estructura autónoma. Numéricamente son realidades modestas si se comparan con la extensión internacional de la FSSPX, pero nadie sostuvo que su creación supusiera una amenaza para la unidad de la Iglesia.

Algo similar ocurre con los ordinariatos militares. En numerosos países existen jurisdicciones personales para atender a los fieles vinculados a las fuerzas armadas. En este caso no responden a una diferencia doctrinal ni ritual, sino a una necesidad pastoral sectorial. Tienen obispo propio y estructura separada de las diócesis territoriales. El principio subyacente es claro: cuando existe una comunidad con características específicas que requieren atención diferenciada, la Iglesia puede crear una jurisdicción personal sin que ello implique fragmentación eclesial.

El mismo criterio rige en el ámbito oriental. En Australia, por ejemplo, la Iglesia greco-católica ucraniana cuenta con su propia eparquía con el cardenal Bychok; lo mismo sucede con los maronitas o los siro-malabares en diversos países occidentales. Algunas de estas circunscripciones atienden a poblaciones reducidas en comparación con la realidad global de la FSSPX, pero poseen obispo propio y plena estructura jerárquica. La lógica no es cuantitativa, sino pastoral y jurídica: identidad litúrgica definida, continuidad institucional y necesidad de gobierno estable.

La Fraternidad San Pío X, por su parte, cuenta con centenares de sacerdotes, varios seminarios, presencia permanente en decenas de países y una actividad sacramental constante desde hace más de medio siglo. No es una realidad marginal ni efímera. Desde el punto de vista puramente sociológico y pastoral, su dimensión supera con amplitud la de muchos ordinariatos personales ya existentes.

Es cierto que el derecho canónico exige mandato pontificio para la consagración episcopal y que la comunión jerárquica es un elemento esencial de la catolicidad. Ese principio no está en discusión. Pero el debate actual no se limita a la licitud abstracta de un acto concreto, sino a la proporcionalidad de la respuesta institucional. Si para comunidades pequeñas y recientes se han creado estructuras personales con obispo propio, resulta legítimo preguntarse si la solicitud de garantizar continuidad episcopal para una obra de alcance mundial constituye realmente una pretensión extrema.

No entramos aquí en el caso chino, que abriría un capítulo distinto y aún más complejo sobre consagraciones, irregularidades y soluciones pragmáticas adoptadas en circunstancias históricas delicadas. Baste señalar que la praxis eclesial reciente demuestra que, cuando existe voluntad pastoral, se buscan fórmulas jurídicas incluso en contextos altamente sensibles.

La cuestión, por tanto, no es si la Iglesia puede crear estructuras personales con obispo propio —eso ya lo ha hecho en múltiples ocasiones— sino si desea aplicar el mismo criterio de realismo pastoral a una realidad tradicional que, guste o no, forma parte del paisaje católico contemporáneo. Planteada en esos términos, la pregunta deja de ser retórica: ¿tanto pide la FSSPX?

por Miguel Escrivá | 26 febrero, 2026

miércoles, 25 de febrero de 2026

Llamamiento a la unidad del cardenal Robert Sarah: ¡Antes de que sea demasiado tarde!


«Se nos dice que esta decisión de desobedecer a la ley de la Iglesia está motivada por la ley suprema de la salvación de las almas: 'suprema lex, salus animarum'. Pero la salvación es Cristo, y solo se da en la Iglesia. ¿Cómo puede pretenderse conducir las almas a la salvación por caminos distintos de los que Él mismo nos ha indicado? ¿Es querer la salvación de las almas desgarrar el cuerpo místico de Cristo de forma quizás irreversible? ¿Cuántas almas corren el riesgo de perderse a causa de esta nueva ruptura?»




«Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo (Mt 16, 16). Con estas palabras, Pedro, interrogado por el Maestro sobre la fe que tiene en Él, expresa en síntesis el patrimonio que la Iglesia, a través de la sucesión apostólica, guarda, profundiza y transmite desde hace dos mil años: Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios vivo, es decir, el único Salvador.» Estas palabras tan claras del papa León XIV sobre la fe de Pedro, al día siguiente de su elección, resuenan todavía en mi alma. El Santo Padre resume así el misterio de la fe que los obispos, sucesores de los apóstoles, no deben cesar de proclamar.

¿Pero dónde podemos encontrar a Jesucristo, el único Redentor? San Agustín nos responde con claridad: «Donde está la Iglesia, allí está Cristo.» Por eso nuestra preocupación por la salvación de las almas se traduce en nuestra solicitud por conducirlas a la única fuente que es Cristo, que se entrega en su Iglesia.

Solo la Iglesia es el camino ordinario de la salvación; es, pues, el único lugar donde la fe se transmite íntegramente. Es el único lugar donde la vida de la gracia nos es plenamente otorgada a través de los sacramentos. Dentro de la Iglesia existe un centro, un punto de referencia obligatorio: la Iglesia de Roma, que gobierna el Sucesor de Pedro, el papa. «Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella» (Mt 16, 18).

Abandonar la barca de Pedro es entregarse a las olas de la tempestad

También quiero expresar mi viva inquietud y mi profunda tristeza al conocer el anuncio de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, fundada por Monseñor Lefebvre, de proceder a ordenaciones episcopales sin mandato pontificio.

Se nos dice que esta decisión de desobedecer a la ley de la Iglesia está motivada por la ley suprema de la salvación de las almas: suprema lex, salus animarum. Pero la salvación es Cristo, y solo se da en la Iglesia. ¿Cómo puede pretenderse conducir las almas a la salvación por caminos distintos de los que Él mismo nos ha indicado? ¿Es querer la salvación de las almas desgarrar el cuerpo místico de Cristo de forma quizás irreversible? ¿Cuántas almas corren el riesgo de perderse a causa de esta nueva ruptura?

Se nos dice que este acto pretende ser una defensa de la Tradición y de la fe. Sé bien cuánto el depósito de la fe es hoy despreciado a veces por quienes tienen la misión de defenderlo. Sé bien que algunos olvidan que solo la cadena ininterrumpida de la vida de la Iglesia, del anuncio de la fe, de la celebración de los sacramentos –lo que llamamos la Tradición– nos da la garantía de que aquello en lo que creemos es el mensaje original de Cristo transmitido por los apóstoles. Pero también sé, y lo creo firmemente, que en el corazón de la fe católica se encuentra nuestra misión de seguir a Cristo, quien se hizo obediente hasta la muerte. ¿Puede uno prescindir verdaderamente de seguir a Cristo en su humildad hasta la Cruz? ¿No es acaso traicionar la Tradición refugiarse en medios humanos para mantener nuestras obras, por buenas que sean?

Nuestra fe sobrenatural en la indefectibilidad de la Iglesia puede llevarnos a decir con Cristo: «Mi alma está triste hasta la muerte» (Mt 26, 38) al contemplar las cobardías de cristianos e incluso de prelados que renuncian a enseñar el depósito de la fe y prefieren sus opiniones personales en materia de doctrina y moral. Pero la fe nunca puede llevarnos a renunciar a la obediencia a la Iglesia. Santa Catalina de Siena, que no dudaba en hacer reproches a los cardenales e incluso al papa, exclama: «Obedeced siempre al pastor de la Iglesia, pues él es la guía de la fe que puede conducir las almas hacia Él.» El bien de las almas nunca puede pasar por la desobediencia deliberada, porque el bien de las almas es una realidad sobrenatural. ¡No reduzcamos la salvación a un juego mundano de presión mediática!

¿Quién nos dará la certeza de estar realmente en contacto con la fuente de la salvación? ¿Quién nos garantizará que no hemos tomado nuestra opinión por la verdad? ¿Quién nos protegerá del subjetivismo? ¿Quién nos garantizará que seguimos irrigados por la única Tradición que viene de Cristo? ¿Quién nos garantizará que no nos adelantamos a la Providencia y que la seguimos dejándonos guiar por sus indicaciones? A estas angustiantes preguntas no hay más que una respuesta, que fue dada por Cristo a los apóstoles: «Quien os escucha me escucha. Los pecados que perdonéis quedarán perdonados; los que retengáis, retenidos» (Lc 10, 16; Jn 20, 23). ¿Cómo asumir la responsabilidad de alejarse de esta única certeza?

Se nos dice que es por fidelidad al Magisterio precedente, pero ¿quién puede garantizárnoslo sino el propio sucesor de Pedro? Aquí se trata de una cuestión de fe. «Quien desobedezca al papa, representante de Cristo en los cielos, no participará de la sangre del Hijo de Dios», decía también santa Catalina de Siena. No se trata de fidelidad mundana a un hombre y a sus ideas personales. No se trata de un culto a la personalidad del papa. No se trata de obedecer al papa que expresaría sus propias ideas o sus opiniones personales. Se trata de obedecer al papa que dice, como Jesús: «Mi doctrina no es mía, sino del que me ha enviado» (Jn 7, 16).

Se trata de una mirada sobrenatural sobre la obediencia canónica que garantiza nuestro vínculo con el propio Cristo. Es la única garantía de que nuestra lucha por la fe, la moral católica y la Tradición litúrgica no se extravíe en la ideología. Cristo no nos ha dado ningún otro signo cierto. Abandonar la barca de Pedro y organizarse de forma autónoma y en círculo cerrado equivale a entregarse a las olas de la tempestad.

Sé bien que muchas veces, dentro de la propia Iglesia, hay lobos disfrazados de corderos. ¿Acaso no nos lo advirtió el propio Cristo? Pero la mejor protección contra el error sigue siendo nuestro vínculo canónico con el Sucesor de Pedro. «Es el propio Cristo quien quiere que permanezcamos en la unidad, y que, aunque heridos por los escándalos de los malos pastores, no abandonemos la Iglesia», nos dice san Agustín. ¿Cómo permanecer insensible a la oración llena de angustia de Jesús: «Padre, que sean uno como nosotros somos uno» (Jn 17, 22)? ¿Cómo seguir desgarrando su Cuerpo so pretexto de salvar las almas? ¿No es Él, Jesús, quien salva? ¿Somos nosotros y nuestras estructuras quienes salvamos las almas? ¿No es a través de nuestra unidad como el mundo creerá y será salvado? Esta unidad es ante todo la de la fe católica, es también la de la caridad y es, en fin, la de la obediencia.

Quisiera recordar que san Padre Pío de Pietrelcina fue durante su vida injustamente condenado por hombres de la Iglesia. Cuando Dios le había concedido una gracia especial para ayudar a las almas de los pecadores, se le prohibió confesar durante doce años. ¿Qué hizo? ¿Desobedeció en nombre de la salvación de las almas? ¿Se rebeló en nombre de la fidelidad a Dios? No, calló. Entró en la obediencia crucificante, convencido de que su humildad sería más fecunda que su rebelión. Escribía: «El buen Dios me ha dado a conocer que la obediencia es la única cosa que le agrada; es para mí el único medio de esperar la salvación y de cantar la victoria.»

Podemos afirmar que el mejor modo de defender la fe, la Tradición y la auténtica liturgia será siempre seguir a Cristo obediente. Jamás Cristo nos mandará romper la unidad de la Iglesia.

martes, 24 de febrero de 2026

Mons. Schneider pide a León XIV construir un puente con la FSSPX



Monseñor Athanasius Schneider —obispo auxiliar de la Archidiócesis de Santa María en Astaná (Kasajistán)— ha dirigido un llamamiento al Papa León XIV tras el anuncio de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX) de que seguirá adelante con nuevas consagraciones episcopales, pese a la advertencia vaticana de que ello supondría una “ruptura decisiva de la comunión eclesial (cisma)”.

En la exclusiva de Diane Montagne en Substack, el prelado —que fue visitador vaticano de seminarios de la Fraternidad— pide al Santo Padre un gesto de amplitud pastoral y unidad. Advierte que dejar pasar este “momento verdaderamente providencial” podría consolidar una división “innecesaria y dolorosa” entre Roma y la FSSPX.

A continuación dejamos el texto íntegro del llamamiento de Mons. Athanasius Schneider al Papa León XIV:

Un llamamiento fraternal al Papa León XIV para tender un puente con la FSSPX

La situación actual en torno a las consagraciones episcopales en la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX) ha despertado súbitamente a toda la Iglesia. En un plazo extraordinariamente breve tras el anuncio del 2 de febrero de que la FSSPX procederá a dichas consagraciones, ha surgido un debate intenso y a menudo cargado de emoción en amplios círculos del mundo católico. El abanico de voces en este debate va desde la comprensión, la benevolencia, la observación neutral y el sentido común hasta el rechazo irracional, la condena perentoria e incluso el odio abierto. Aunque hay motivo para la esperanza —y no es en absoluto irrealista— de que el Papa León XIV pueda aprobar efectivamente las consagraciones episcopales, ya se están proponiendo en internet borradores de una bula de excomunión contra la FSSPX.

Las reacciones negativas, aunque a menudo bienintencionadas, revelan que el núcleo del problema aún no ha sido comprendido con suficiente honestidad y claridad. Existe la tendencia a quedarse en la superficie. Se invierten las prioridades en la vida de la Iglesia, elevando la dimensión canónica y jurídica —es decir, un cierto positivismo jurídico— al criterio supremo. Además, a veces falta conciencia histórica respecto a la práctica de la Iglesia en relación con las ordenaciones episcopales. Así, se equipara con demasiada facilidad la desobediencia con el cisma. Los criterios de la comunión episcopal con el Papa, y en consecuencia la comprensión de lo que verdaderamente constituye un cisma, se consideran de manera excesivamente unilateral si se comparan con la práctica y la autocomprensión de la Iglesia en la era patrística, la época de los Padres de la Iglesia.

En este debate se están estableciendo nuevos cuasi-dogmas que no existen en el Depositum fidei. Estos cuasi-dogmas sostienen que el consentimiento del Papa para la consagración de un obispo es de derecho divino, y que una consagración realizada sin este consentimiento, o incluso contra una prohibición papal, constituye en sí misma un acto cismático. Sin embargo, la práctica y la comprensión de la Iglesia en tiempos de los Padres, y durante un largo período posterior, argumentan en contra de esta visión. Además, no existe unanimidad sobre esta cuestión entre los teólogos reconocidos de la tradición bimilenaria de la Iglesia. Siglos de práctica eclesial, así como el derecho canónico tradicional, también se oponen a tales afirmaciones absolutizadoras. Según el Código de Derecho Canónico de 1917, una consagración episcopal realizada contra la voluntad del Papa no se castigaba con excomunión, sino únicamente con suspensión. Con ello, la Iglesia manifestaba claramente que no consideraba tal acto como cismático.

La aceptación del primado papal como verdad revelada se confunde a menudo con las formas concretas —formas que han evolucionado a lo largo de la historia— mediante las cuales un obispo expresa su unidad jerárquica con el Papa. Creer en el Primado Papal, reconocer al Papa legítimo, adherirse con él a todo lo que la Iglesia ha enseñado infalible y definitivamente, y observar la validez de la liturgia sacramental, es de derecho divino. Sin embargo, una visión reductiva que equipara la desobediencia a un mandato papal con el cisma —incluso en el caso de una consagración episcopal realizada contra su voluntad— era ajena a los Padres de la Iglesia y al derecho canónico tradicional. Por ejemplo, en 357, san Atanasio desobedeció la orden del Papa Liberio, quien le instruyó a entrar en comunión jerárquica con la abrumadora mayoría del episcopado, que en realidad era arriana o semi-arriana. Como resultado, fue excomulgado. En este caso, san Atanasio desobedeció por amor a la Iglesia y al honor de la Sede Apostólica, buscando precisamente salvaguardar la pureza de la doctrina frente a cualquier sospecha de ambigüedad.

En el primer milenio de la vida de la Iglesia, las consagraciones episcopales se realizaban generalmente sin permiso formal del Papa, y no se exigía que los candidatos fueran aprobados por él. La primera regulación canónica sobre las consagraciones episcopales, emitida por un Concilio Ecuménico, fue la de Nicea en 325, que exigía que un nuevo obispo fuese consagrado con el consentimiento de la mayoría de los obispos de la provincia. Poco antes de su muerte, durante un período de confusión doctrinal, san Atanasio eligió y consagró personalmente a su sucesor —san Pedro de Alejandría—, para asegurar que ningún candidato inadecuado o débil asumiera el episcopado. Del mismo modo, en 1977, el Siervo de Dios cardenal Iosif Slipyj consagró secretamente a tres obispos en Roma sin la aprobación del Papa Pablo VI, plenamente consciente de que el Papa no lo permitiría debido a la Ostpolitik vaticana de aquel tiempo. Sin embargo, cuando Roma tuvo conocimiento de estas consagraciones secretas, no se aplicó la pena de excomunión.

Para evitar malentendidos, en circunstancias normales —y cuando no existe ni confusión doctrinal ni un tiempo de persecución extraordinaria—, por supuesto, se debe hacer todo lo posible por observar las normas canónicas de la Iglesia y obedecer al Papa en sus justas disposiciones, a fin de preservar la unidad eclesiástica de manera más eficaz y visible.

Pero la situación en la vida de la Iglesia hoy puede ilustrarse con la siguiente parábola: Se declara un incendio en una gran casa. El jefe de bomberos permite únicamente el uso de un nuevo equipo contra incendios, aunque se ha demostrado que es menos eficaz que las herramientas antiguas y probadas. Un grupo de bomberos desobedece esta orden y continúa utilizando el equipo experimentado y comprobado —y, en efecto, el fuego es contenido en muchos lugares—. Sin embargo, estos bomberos son etiquetados como desobedientes y cismáticos, y son castigados.

Para ampliar aún más la metáfora: el jefe de bomberos solo permite actuar a aquellos que reconocen el nuevo equipo, siguen las nuevas normas contra incendios y obedecen las nuevas regulaciones del cuartel. Pero, dada la evidente magnitud del incendio, la lucha desesperada contra él y la insuficiencia del equipo oficial, otros ayudantes —a pesar de la prohibición del jefe— intervienen desinteresadamente con habilidad, conocimiento y buena intención, contribuyendo en última instancia al éxito de los esfuerzos del propio jefe de bomberos.

Ante un comportamiento tan rígido e incomprensible, se presentan dos posibles explicaciones: o bien el jefe de bomberos está negando la gravedad del incendio, como en la comedia francesa Tout va très bien, Madame la Marquise!; o, en realidad, desea que grandes partes de la casa ardan, para luego reconstruirla según un nuevo diseño.

La crisis actual en torno a las anunciadas —pero aún no aprobadas— consagraciones episcopales en la FSSPX pone al descubierto, ante los ojos de toda la Iglesia, una herida que lleva más de sesenta años latente. Esta herida puede describirse figuradamente como un cáncer eclesial —concretamente, el cáncer eclesial de las ambigüedades doctrinales y litúrgicas—.

Recientemente apareció un excelente artículo en el blog Rorate Caeli, escrito con rara claridad teológica y honestidad intelectual, bajo el título: «La larga sombra del Vaticano II: la ambigüedad como cáncer eclesial» (Canon of Shaftesbury: Rorate Caeli, 10 de febrero de 2026). El problema fundamental de algunas afirmaciones ambiguas del Concilio Vaticano II es que el Concilio optó por priorizar un tono pastoral sobre la precisión doctrinal. Se puede estar de acuerdo con el autor cuando afirma:

«El problema no es que el Vaticano II fuera herético. El problema es que fue ambiguo. Y en esa ambigüedad hemos visto las semillas de confusión que han florecido en algunos de los desarrollos teológicos más preocupantes de la historia moderna de la Iglesia. Cuando la Iglesia habla en términos vagos, aunque sea involuntariamente, las almas están en juego».

El autor continúa:

«Cuando un “desarrollo” doctrinal parece contradecir lo anterior, o cuando requiere décadas de gimnasia teológica para reconciliarse con la enseñanza magisterial previa, debemos preguntarnos: ¿es esto desarrollo, o es ruptura disfrazada de desarrollo?» (Canon of Shaftesbury: Rorate Caeli, 10 de febrero de 2026).

Se puede suponer razonablemente que la FSSPX no desea otra cosa que ayudar a la Iglesia a salir de esta ambigüedad en la doctrina y en la liturgia y a redescubrir su claridad salvífica perenne —tal como el Magisterio de la Iglesia, bajo la guía de los Papas, ha hecho inequívocamente a lo largo de la historia después de cada crisis marcada por la confusión y la ambigüedad doctrinal—.

De hecho, la Santa Sede debería estar agradecida a la FSSPX, porque actualmente es casi la única gran realidad eclesial que señala de manera franca y pública la existencia de elementos ambiguos y engañosos en ciertas afirmaciones del Concilio y del Novus Ordo Missae. En este empeño, la FSSPX está guiada por un amor sincero a la Iglesia: si no amaran a la Iglesia, al Papa y a las almas, no emprenderían esta labor, ni dialogarían con las autoridades romanas —y, sin duda, tendrían una vida más fácil—.

Las siguientes palabras del arzobispo Marcel Lefebvre son profundamente conmovedoras y reflejan la actitud de la actual dirección y de la mayoría de los miembros de la FSSPX:

«¡Creemos en Pedro, creemos en el sucesor de Pedro! Pero como dice bien el Papa Pío IX en su constitución dogmática, el Papa ha recibido el Espíritu Santo no para hacer nuevas verdades, sino para mantenernos en la fe de todos los tiempos. Esta es la definición del Papa hecha en el momento del Primer Concilio Vaticano por el Papa Pío IX. Y por eso estamos persuadidos de que, al mantener estas tradiciones, manifestamos nuestro amor, nuestra docilidad, nuestra obediencia al Sucesor de Pedro. No podemos permanecer indiferentes ante la degradación de la fe, de la moral y de la liturgia. ¡Eso está fuera de cuestión! No queremos separarnos de la Iglesia; al contrario, ¡queremos que la Iglesia continúe!»

Si alguien considera que tener dificultades con el Papa constituye uno de sus mayores sufrimientos espirituales, eso es en sí mismo una prueba elocuente de que no existe intención cismática. Los verdaderos cismáticos incluso se jactan de su separación de la Sede Apostólica. Los verdaderos cismáticos jamás implorarían humildemente al Papa que reconociera a sus obispos.

Qué profundamente católicas son, entonces, las siguientes palabras del arzobispo Marcel Lefebvre:

«Lamentamos infinitamente, es un dolor inmenso para nosotros, pensar que estamos en dificultad con Roma a causa de nuestra fe. ¿Cómo es esto posible? Es algo que supera la imaginación, algo que jamás hubiéramos podido imaginar ni creer, especialmente en nuestra infancia —cuando todo era uniforme, cuando toda la Iglesia creía en su unidad general y sostenía la misma Fe, los mismos Sacramentos, el mismo sacrificio de la Misa, el mismo catecismo—.»

Debemos examinar honestamente las evidentes ambigüedades en materia de libertad religiosa, ecumenismo y colegialidad, así como las imprecisiones doctrinales del Novus Ordo Missae. A este respecto, conviene leer el libro recientemente publicado por el archimandrita Bonifacio Luykx, perito conciliar y reconocido estudioso de la liturgia, con su elocuente título Una visión más amplia del Vaticano II. Memorias y análisis de un consultor del Concilio.

Como dijo una vez G. K. Chesterton: «Al entrar en la iglesia, se nos pide que nos quitemos el sombrero, no la cabeza». Sería una tragedia que la FSSPX quedara completamente aislada, y la responsabilidad de tal división recaería principalmente sobre la Santa Sede. La Santa Sede debería acoger a la FSSPX, ofreciendo al menos un grado mínimo de integración eclesial, y luego continuar el diálogo doctrinal. La Santa Sede ha mostrado una notable generosidad hacia el Partido Comunista de China, permitiéndole seleccionar candidatos al episcopado; sin embargo, a sus propios hijos, los miles y miles de fieles de la FSSPX, se les trata como ciudadanos de segunda categoría.

Se debería permitir a la FSSPX ofrecer una contribución teológica con vistas a clarificar, complementar y, si fuera necesario, corregir aquellas afirmaciones en los textos del Concilio Vaticano II que suscitan dudas y dificultades doctrinales. También debe tenerse en cuenta que, en dichos textos, el Magisterio de la Iglesia no pretendió pronunciarse con definiciones dogmáticas dotadas de la nota de infalibilidad (cf. Pablo VI, Audiencia General, 12 de enero de 1966).

La FSSPX hace exactamente la misma Professio fidei que hicieron los Padres del Concilio Vaticano II, conocida como la Professio fidei tridentino-vaticana. Si, según las palabras explícitas del Papa Pablo VI, el Concilio Vaticano II no presentó ninguna doctrina definitiva, ni tuvo intención de hacerlo, y si la fe de la Iglesia permanece la misma antes, durante y después del Concilio, ¿por qué la profesión de fe que era válida en la Iglesia hasta 1967 habría de dejar repentinamente de considerarse válida como signo de auténtica fe católica?

Sin embargo, la Professio fidei tridentino-vaticana es considerada por la Santa Sede como insuficiente para la FSSPX. ¿No constituiría en realidad la Professio fidei tridentino-vaticana «el mínimo» para la comunión eclesial? Si eso no es un mínimo, entonces ¿qué, honestamente, calificaría como «mínimo»? A la FSSPX se le exige, como conditio sine qua non, hacer una Professio fidei mediante la cual deben aceptarse las enseñanzas de carácter pastoral —y no definitivo— del último Concilio y del Magisterio posterior. Si esto es verdaderamente el llamado «requisito mínimo», entonces el cardenal Víctor Fernández parece estar jugando con las palabras.

El Papa León XIV afirmó en las Vísperas ecuménicas del 25 de enero de 2026, al concluir la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, que ya existe unidad entre católicos y cristianos no católicos porque comparten el mínimo de la fe cristiana: «Compartimos la misma fe en el único y verdadero Dios, Padre de todos; confesamos juntos al único Señor e Hijo verdadero de Dios, Jesucristo, y al único Espíritu Santo, que nos inspira y nos impulsa hacia la plena unidad y el testimonio común del Evangelio» (Carta Apostólica In Unitate Fidei, 23 de noviembre de 2025, 12). Declaró además: «¡Somos uno! ¡Ya lo somos! ¡Reconozcámoslo, experimentémoslo y hagámoslo visible!»

¿Cómo puede conciliarse esta afirmación con la declaración hecha por representantes de la Santa Sede y algunos altos prelados de que la FSSPX no está doctrinalmente unida a la Iglesia, dado que la FSSPX profesa la Professio fidei de los Padres del Concilio Vaticano II —la Professio fidei tridentino-vaticana—?

Ulteriores medidas pastorales provisionales concedidas a la FSSPX para el bien espiritual de tantos fieles católicos ejemplares constituirían un profundo testimonio de la caridad pastoral del Sucesor de Pedro. De este modo, el Papa León XIV abriría su corazón paterno a aquellos católicos que, en cierto modo, viven en una periferia eclesial, permitiéndoles experimentar que la Sede Apostólica es verdaderamente Madre también para la FSSPX.

Las palabras del Papa Benedicto XVI deberían despertar la conciencia de aquellos en el Vaticano que decidirán sobre el permiso para las consagraciones episcopales de la FSSPX. Él nos recuerda:

«Al mirar atrás, hacia las divisiones que a lo largo de los siglos han desgarrado el Cuerpo de Cristo, se tiene continuamente la impresión de que, en los momentos críticos en que se producían las divisiones, no se hizo lo suficiente por parte de los responsables de la Iglesia para mantener o recuperar la reconciliación y la unidad. Se tiene la impresión de que las omisiones por parte de la Iglesia han tenido su parte de culpa en el hecho de que estas divisiones pudieran consolidarse. Esta mirada al pasado nos impone hoy una obligación: hacer todo lo posible para que todos aquellos que verdaderamente desean la unidad puedan permanecer en ella o alcanzarla de nuevo» (Carta a los Obispos con ocasión de la publicación de la Carta Apostólica motu proprio data Summorum Pontificum sobre el uso de la liturgia romana anterior a la reforma de 1970, 7 de julio de 2007).

«¿Podemos ser totalmente indiferentes ante una comunidad que cuenta con 491 sacerdotes, 215 seminaristas, 6 seminarios, 88 escuelas, 2 institutos de nivel universitario, 117 hermanos religiosos, 164 religiosas y miles de fieles laicos? ¿Debemos dejarlos alejarse casualmente cada vez más de la Iglesia? ¿Y no debería la gran Iglesia permitirse también ser generosa, consciente de su gran amplitud, consciente de la promesa que se le ha hecho?» (Carta a los Obispos de la Iglesia Católica acerca de la remisión de la excomunión de los cuatro Obispos consagrados por el arzobispo Lefebvre, 10 de marzo de 2009).[1]

Medidas pastorales provisionales y mínimas para la FSSPX, adoptadas por el bien espiritual de los miles y miles de sus fieles en todo el mundo —incluido un mandato pontificio para las consagraciones episcopales— crearían las condiciones necesarias para aclarar con serenidad los malentendidos, las cuestiones y las dudas de carácter doctrinal surgidas de ciertas afirmaciones en los documentos del Concilio Vaticano II y del Magisterio pontificio posterior. Al mismo tiempo, tales medidas ofrecerían a la FSSPX la oportunidad de aportar una contribución constructiva para el bien de toda la Iglesia, manteniendo una clara distinción entre lo que pertenece a la fe divinamente revelada y a la doctrina propuesta definitivamente por el Magisterio, y lo que tiene un carácter primordialmente pastoral en circunstancias históricas concretas y, por tanto, está abierto a un estudio teológico cuidadoso, como siempre ha sido la práctica a lo largo de la vida de la Iglesia.

Con sincera preocupación por la unidad de la Iglesia y el bien espiritual de tantas almas, apelo con caridad reverente y fraterna a nuestro Santo Padre el Papa León XIV:

Santísimo Padre, conceda el Mandato Apostólico para las consagraciones episcopales de la FSSPX. Usted es también el padre de sus numerosos hijos e hijas —dos generaciones de fieles que, por ahora, han sido atendidos por la FSSPX, que aman al Papa y que desean ser verdaderos hijos e hijas de la Iglesia Romana—. Por ello, deje de lado las parcialidades de otros y, con un gran espíritu paterno y verdaderamente agustiniano, demuestre que está construyendo puentes, como prometió hacerlo ante el mundo entero cuando impartió su primera bendición tras su elección. No pase a la historia de la Iglesia como quien no supo construir este puente —un puente que podría levantarse en este momento verdaderamente providencial con voluntad generosa— y que, en cambio, permitió una nueva división verdaderamente innecesaria y dolorosa dentro de la Iglesia, mientras al mismo tiempo se desarrollaban procesos sinodales que presumen de la mayor amplitud pastoral y de la máxima inclusión eclesial. Como Su Santidad subrayó recientemente: «Comprometámonos a desarrollar ulteriormente prácticas sinodales ecuménicas y a compartir unos con otros quiénes somos, qué hacemos y qué enseñamos (cf. Francisco, Por una Iglesia sinodal, 24 de noviembre de 2024)» (Homilía del Papa León XIV, Vísperas ecuménicas por la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, 25 de enero de 2026).

Santísimo Padre, si concede el Mandato Apostólico para las consagraciones episcopales de la FSSPX, la Iglesia en nuestro tiempo no perderá nada. Usted será un verdadero constructor de puentes, y aún más, un constructor ejemplar de puentes, pues es el Sumo Pontífice, Summus Pontifex.

+ Athanasius Schneider, Obispo auxiliar de la Archidiócesis de Santa María en Astana

24 February 2026

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[1] Estadísticas anuales 2026 de la FSSPX: Total de miembros: 1.482; Obispos: 2; Sacerdotes (excluidos los obispos): 733; Seminaristas (incluidos los que aún no han asumido compromiso definitivo): 264; Hermanos religiosos: 145; Oblatos: 88; Religiosas: 250; Edad media de los miembros: 47 años; Países atendidos: 77; Distritos y Casas Autónomas: 17; Seminarios: 5; Escuelas: 94 (de las cuales 54 en Francia).

viernes, 20 de febrero de 2026

Cinco heridas y una esperanza: Mons Schneider revela nuevos detalles de su audiencia con León XIV




Monseñor Athanasius Schneider, obispo auxiliar de Astana (Kazajistán), ha hecho públicos nuevos detalles de la audiencia privada que mantuvo con León XIV el pasado 18 de diciembre, en una entrevista con Robert Moynihan en Urbi et Orbi Communications. En esta ocasión, profundizó en el diagnóstico que expuso al Papa sobre la situación actual de la Iglesia, retomando algunos puntos que ya había señalado en enero, cuando aludió a la necesidad de una Constitución Apostólica para garantizar la paz litúrgica.

Según explicó, el diálogo con el Pontífice se desarrolló en un clima “abierto y cordial”, y en él subrayó, entre otros asuntos, tanto las heridas que percibe en la Iglesia como el impacto espiritual que la forma extraordinaria del rito romano ha tenido en numerosos fieles, especialmente entre los jóvenes.

Cinco heridas que debilitan a la Iglesia

Durante la audiencia, el obispo presentó al Papa una lista de lo que definió como las cinco principales heridas que afectan hoy a la Iglesia y que, a su juicio, requieren atención urgente:

Confusión doctrinal, que erosiona la claridad del mensaje de la fe y que podría remediarse mediante una profesión solemne de fe vinculante.

Anarquía litúrgica y confrontación en torno a la Misa del rito romano, lo que ha generado divisiones dentro de la comunidad eclesial.

Nombramientos episcopales discutibles, con obispos y cardenales que, en su opinión, actuarían en sintonía con agendas seculares más que con la enseñanza tradicional de la Iglesia.

Formación sacerdotal deficiente, especialmente en doctrina, moral y liturgia, que habría debilitado la preparación de futuras generaciones de sacerdotes.

Dificultades que afectan la vida contemplativa, incluyendo referencias a problemas surgidos en torno a la aplicación de la instrucción Cor Orans a la vida de las monjas contemplativas.

El impacto de la Misa tradicional en los jóvenes

Uno de los pasajes más significativos de la audiencia, según el relato del obispo, fue cuando el Papa compartió haber escuchado de jóvenes —directamente de ellos— que su conversión a Dios había ocurrido a través de la Misa tradicional en latín. Schneider relató que el Pontífice mencionó este testimonio con una sonrisa, expresando sorpresa por la fuerza espiritual que esta forma litúrgica ejerce en las nuevas generaciones.

La Fraternidad Sacerdotal San Pío X

En el curso de la conversación, Mons. Schneider abordó también la situación de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX), señalando que tiene razón al advertir que ciertos pasajes del Concilio Vaticano II han sido extrapolados de un concilio pastoral hacia un nuevo paradigma eclesial que, a su juicio, requiere corrección.

Coincidió también en que la Iglesia debe examinar honestamente las ambigüedades presentes en algunas expresiones del Concilio, especialmente en cuestiones como la libertad religiosa o la colegialidad, subrayando que se trata de formulaciones pastorales y no de enseñanzas definitivas del magisterio.


Schneider advirtió que sería una tragedia que la FSSPX quedara completamente separada de la Iglesia, comparando la situación con la ruptura de los antiguos creyentes rusos, y afirmó que, si se pierde este “brazo”, la Iglesia quedaría perjudicada y desfigurada. Por lo que hizo un llamamiento al Papa León XIV para que actúe con generosidad histórica, permitiendo al menos una integración parcial de la Fraternidad en la vida de la Iglesia sin que la cuestión doctrinal se convierta en el primer y principal obstáculo.

En este punto, Mons. Schneider fue especialmente claro al referirse a la postura actual atribuida al cardenal Víctor Manuel Fernández, que exige resolver previamente el diálogo doctrinal antes de cualquier regularización canónica. El obispo calificó este planteamiento como irrealista, excesivamente duro y poco pastoral, al considerar que bloquea cualquier avance práctico y prolonga una situación de tensión innecesaria.

A su juicio, la experiencia histórica demuestra que los procesos de reconciliación e integración no siempre comienzan por la plena resolución doctrinal, sino que pueden avanzar de forma gradual, favoreciendo primero la comunión visible y dejando espacio para un diálogo teológico posterior más sereno y fructífero.