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sábado, 10 de enero de 2026

La Realeza de Cristo en la Doctrina de Santo Tomás de Aquino – Mario Caponnetto enero 7, 2026



DURACIÓN 65 MINUTOS

El XXV Encuentro de Formación Católica de Buenos Aires (Argentina) se desarrolló los días 14, 15 y 16 de Noviembre de 2025 bajo el título: «La Pax de Cristo en el Reino de Cristo – En el Centenario de la Encíclica Quas Primas». La primera conferencia dictada por el Dr. Mario Caponnetto se tituló “La Realeza de Cristo en la Doctrina de Santo Tomás de Aquino”.
AUDIO:

TRANSCRIPCIÓN AUTOMÁTICA:
[puede contener errores]


Bueno, en primer lugar quiero agradecer a los organizadores de estas jornadas, el ciclo de formación San Bernardo de Claraval, y a la editorial Santiago Apóstol por el honor de invitarme a participar en ellas. También quiero agradecer al Centro Piper de Mar del Plata, en la persona de su presidente, el licenciado Cristian Rodríguez Iglesias, por su inestimable apoyo para realizar esta grabación.

El tema de estas jornadas no puede ser más actual: La paz de Cristo en el reino de Cristo, en el centenario de la encíclica Quas Primas de Pío XI. Y es actual porque, precisamente ante los problemas que hoy tenemos que afrontar, nada resulta más propio que hablar de la paz de Cristo en el reino de Cristo. Además, cumplimos con un deber de justicia respecto de esta gran encíclica, una de las joyas del magisterio petrino contemporáneo, que ha sido prácticamente olvidada y relegada.

¿Qué decimos cuando afirmamos que Cristo es Rey? Y más aún, ¿qué sostenemos cuando hablamos de la realeza de Cristo sobre las realidades temporales, especialmente el orden político y social? Para responder a esta pregunta debemos remontarnos a las grandes fuentes: la patrística y los doctores de la Iglesia. En este sentido, una vez más, volvemos a la magna figura de Tomás de Aquino para indagar si en su pensamiento podemos encontrar pautas que nos permitan dilucidar qué entendemos realmente por la realeza de Cristo.

Desde luego, en Santo Tomás no hay un tratado específico sobre la realeza de Cristo, pero a lo largo de su vastísima obra encontramos multitud de textos en los que trata este tema. Para esta ocasión hemos seleccionado algunos pocos, dada la brevedad de una ponencia. Los iremos examinando.

Para una mejor exposición, dividiremos esta ponencia en tres partes. En la primera trataremos de Cristo Rey propiamente dicho: por qué le damos este título y cómo es Cristo en la figura de un rey. En la segunda parte hablaremos del reino de Cristo: qué es ese reino. Y en la tercera parte abordaremos la realeza de Cristo en cuanto se extiende a todas las cosas, especialmente al orden político y social.

1. La realeza de Cristo

Avancemos, entonces, con la primera parte: la realeza de Cristo. Numerosos son los textos en los que Santo Tomás trata este tema, pero para comenzar hemos seleccionado un sermón. Santo Tomás, como es sabido, era predicador y, en tanto que maestro de teología en la Universidad de París, tenía una triple función: leer la Sagrada Escritura, disputar —modo de indagación teológica— y predicar. Estas predicaciones se hacían en la universidad, in universitate, como se decía.

Existe una serie importante de sermones atribuidos a Santo Tomás, pero la crítica contemporánea solo ha rescatado diecinueve. Entre ellos hay uno que lleva por título Rex. No tenemos la fecha, pues estos sermones no están datados, pero podemos ubicarlo en alguno de los años en que Santo Tomás estuvo en París: entre 1252 y 1259, y luego entre 1269 y 1272. Por las lecturas mencionadas en el sermón, se trata del primer domingo de Adviento. Es, pues, un sermón de Adviento donde se nos dice que Cristo Rey viene. Cristo viene.

Es un texto breve, pero cargado de gran riqueza doctrinal. El sermón se fundamenta en el versículo de Zacarías 9,9: “He aquí que tu rey viene a ti, humilde, manso, montado en un pollino”. En esta homilía, Tomás nos deja consideraciones que permiten aproximarnos a por qué llamamos rey a Cristo.

Para ello, Tomás comienza considerando qué define a un rey, para luego atribuirlo a Cristo por analogía. Parte de la realidad del rey terreno para elevarla al plano teológico. Así, dice que un rey es aquel que impera con autoridad de dominio, pero no cualquiera que tenga autoridad puede llamarse rey: se requieren cuatro condiciones, de tal modo que si falta alguna, ya no podemos hablar propiamente de un rey.

Estas cuatro condiciones son: unidad, plena potestad, amplia jurisdicción y ecuanimidad en el manejo de la justicia.

Continuando con el sermón, vemos entonces que, en una primera aproximación, Cristo se va delineando ante nuestros ojos como un rey que es uno, cuya potestad es plena, que se extiende a todo y que es un justo juez que rige con ecuanimidad y justicia. Pero esta configuración de Cristo todavía no está completa. En un segundo momento del sermón, Santo Tomás da un paso más: no solo establece que Cristo es rey, sino que Cristo es nuestro rey. El texto de Zacarías dice: “He aquí tu rey”, es decir, es nuestro rey.

Siguiendo su método habitual, Tomás establece cuatro razones por las cuales Cristo no solo es rey, sino que es nuestro rey. Dice: “Cristo se llama rey del hombre, primero, en razón de una semejanza de su imagen”. Un rey imprime su imagen en sus insignias; así también, aunque todas las criaturas son de Dios, se llama criatura de Dios de modo especial al que lleva su imagen, y este es el hombre. Por tanto, debemos llevar la imagen de Cristo. En tanto llevamos en nosotros su imagen, nos convertimos en estandartes vivientes de Cristo. Por eso dice el apóstol en la primera carta a los Corintios: “Así como llevamos la imagen del terreno, llevaremos también la imagen del celestial”.

En segundo lugar, Cristo es nuestro rey por un amor especial. Dios ama a los hombres de modo singular; por tanto, no debemos ser ingratos ante tanta predilección, sino entregarle todo nuestro amor. Cristo es nuestro rey porque nos ama de manera única.

En tercer lugar, Cristo es rey del hombre por una solicitud particular. Dios cuida de todas las criaturas, pero el hombre es objeto de una providencia especial. En razón de este cuidado singular, Cristo es nuestro rey.

En cuarto lugar, Cristo es nuestro rey por su asociación a la naturaleza humana, es decir, por la encarnación. Tomás cita Deuteronomio 17,15: “No ungirás por rey a un extranjero que no sea tu hermano”. En esta profecía, dice Tomás, el Señor determinó que Cristo sería rey de la humanidad y quiso que fuera de nuestra misma naturaleza, nuestro hermano.

Resumiendo este precioso texto del sermón: ese rey que es uno, cuya potestad es plena, que se extiende a todo y que es justo, ahora se nos presenta como nuestro. Es un rey cercano porque llevamos su imagen como estandarte; porque nos amó y nos ama de modo especial; porque nos cuida singularmente; y porque, al asumir nuestra naturaleza, se hizo uno de los nuestros sin dejar de ser Dios y Rey.

Hasta aquí el texto del sermón, que puede encontrarse en buenas traducciones al español. Pero hay otros textos en los cuales Santo Tomás analiza la realeza de Cristo desde otra perspectiva, intentando otorgar un fundamento teológico más profundo. Para ello nos detenemos en algunos pasajes de las cuestiones 58 y 59 de la tercera parte de la Suma Teológica, que contienen lo esencial de la cristología tomista.

En la cuestión 58, cuando Tomás trata de Cristo que asciende al cielo y se sienta a la derecha del Padre —algo que proclamamos en el Credo—, encontramos el fundamento del reinado de Cristo. En el artículo primero, Tomás explica que la expresión “estar sentado a la derecha” puede entenderse de dos modos: uno, según la actitud corporal, como cuando se dice en Lucas 24,49 “permaneced sentados en la ciudad”; y otro, como potestad regia y judicial, según Proverbios 20,8: “El rey que está sentado en el solio del juicio disipa todo mal con su mirada”.

De ambos modos conviene a Cristo estar sentado a la derecha del Padre. Cristo está sentado a la derecha del Padre en cuanto que reina con el Padre y de Él recibe la potestad judicial. Recordemos que, como vimos antes, el poder judicial —ser juez— es nota esencial del ser rey. Así como quien se sienta a la derecha del rey participa de sus funciones de reinar y juzgar, así Cristo, sentado a la derecha del Padre, es Rey y Juez.
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En el resto de la cuestión 58, Tomás establece que este “estar sentado a la derecha” y, por tanto, estaealeza, compete a Cristo tanto en cuanto Dios como en cuanto hombre. Los textos son complejos, pero accesibles en la Suma.

En la cuestión 59, Tomás trata más específicamente del poder judicial de Cristo. En el artículo primero afirma que para juzgar se requieren tres cosas: potestad coactiva, rectitud de celo y, sobre todo, sabiduría. Cristo, dice Tomás, es la Sabiduría engendrada del Padre, la Verdad que procede de Él y lo representa perfectamente. Por eso se atribuye con propiedad al Hijo el poder judicial. Cita a San Agustín, quien afirma que el Padre transfirió al Hijo el poder de juzgar por ser Él su Sabiduría.

En el artículo segundo, Tomás explica que este poder judicial corresponde a Cristo también en cuanto hombre. Dios confiere a los hombres autoridad judicial respecto de quienes están sometidos a su jurisdicción; así también Cristo, en cuanto hombre, juzgará por tres razones: por su parentesco con los hombres, porque en el juicio final tendrá lugar la resurrección de los cuerpos —obra del Hijo— y porque es justo que quienes han de ser juzgados vean a su juez.

Finalmente, en el artículo tercero, Tomás afirma que Cristo obtuvo por sus méritos esta potestad judicial y real, porque luchó y venció por la justicia de Dios. El que fue injustamente juzgado es constituido ahora juez y rey. Esto coincide con lo que Pío XI enseña en Quas Primas: Cristo es Rey por conquista.

Con esto concluimos la primera parte de la exposición.

2. El reino de Cristo

Pasamos ahora a la segunda parte: el reino de Cristo. ¿En qué consiste este reino? Para responder a esta pregunta, nos hemos valido de algunos pasajes del Comentario al Evangelio de San Juan de Santo Tomás, que —según el sentir unánime de los especialistas— constituye la obra exegética más elevada y madura del Aquinate. Fue redactada en los últimos años de su vida, aproximadamente en 1272.

Nos detendremos en algunos textos correspondientes al comentario del capítulo 18, versículos 33‑37, cuando frente a Pilato, que lo interroga, nuestro Señor responde: “Mi reino no es de este mundo”.

Recordemos brevemente el pasaje evangélico. Dice San Juan:

Entró, pues, Pilato de nuevo en el pretorio, llamó a Jesús y le preguntó: “¿Eres tú el rey de los judíos?”. Jesús respondió: “¿Lo dices por ti mismo o te lo han dicho otros de mí?”. Pilato contestó: “¿Acaso soy yo judío? Tu nación y los pontífices te han entregado a mí. ¿Qué has hecho?”. Jesús respondió: “Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mis servidores combatirían para que yo no fuese entregado a los judíos; pero mi reino no es de aquí”. Pilato le dijo: “¿Luego tú eres rey?”. Jesús respondió: “Tú lo dices: yo soy rey”.

Respecto de este texto y del comentario de Santo Tomás, lo primero que debemos establecer es qué significa exactamente la expresión “mi reino no es de este mundo”. Para ello conviene detenernos en el texto original griego, que ilumina el sentido.

La expresión “de este mundo” aparece con la preposición griega ek (ek tou kosmou). El texto dice hē basileía hē emé ouk estin ek tou kosmou toutou. La preposición ek —al igual que su equivalente latina ex— no indica solo pertenencia, sino sobre todo procedencia, origen. Es decir, el reino de Cristo no procede de este mundo; no tiene su origen en él. No es un reino terreno, sino divino.

Santo Tomás explica que Cristo, ante la sospecha de Pilato de que Él pretendiera instaurar un reino político, remueve esa falsa idea diciendo: “Mi reino no es de este mundo”, es decir, no procede de este mundo ni es acerca de este mundo en sentido terrenal.

Es interesante lo que añade Tomás: los maniqueos interpretaron mal este pasaje al afirmar que existían dos dioses y dos reinos: el Dios bueno, cuyo reino estaría en la región de la luz, y el dios malo, cuyo reino estaría en la región de las tinieblas. Según ellos, este mundo material sería el reino de las tinieblas, y por eso Cristo habría dicho que su reino no está aquí.

Tomás refuta esta interpretación. En contra de ella cita el Salmo 46,8: “Dios es el rey de toda la tierra”, y el Salmo 134,6: “Todo cuanto el Señor quiere lo hace en el cielo y en la tierra”. Por tanto, Cristo no niega que su reino se ejerza sobre este mundo, sino que niega que proceda de él o que sea de naturaleza terrena.

Santo Tomás explica que Cristo dijo esto para corregir la idea de Pilato, quien pensaba que el reino de Cristo afectaría el reino político romano, como si Cristo fuera a reinar corporalmente como los reyes terrenos. En ese sentido, el reino de Cristo no es de este mundo; pero se ejerce en este mundo, porque —como dice la Escritura— “Yo soy el rey de toda la tierra”.

Más adelante, comentando el versículo 37, Tomás reitera esta idea: el reino de Cristo “no es de aquí”, es decir, no tiene su principio en este mundo; sin embargo, “está aquí”, porque está en todas partes. Cita Sabiduría 8,1: “Abarca fuertemente todas las cosas de un extremo a otro y las dispone suavemente”. También el Salmo 2,8: “Pídeme y te daré en herencia las naciones”. Y Daniel 7,14: “Le fue dada potestad, honor y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron”.

De estos textos se desprende que, si bien el reino de Cristo no es de este mundo en cuanto a su origen y naturaleza, sí se ejerce sobre este mundo, aunque no al modo humano, sino al modo divino.

Avanzando un poco más, Santo Tomás, siguiendo a dos Padres de la Iglesia —San Agustín y San Juan Crisóstomo—, afirma que el reino de Cristo se entiende en un doble sentido:

Según San Agustín, el reino de Cristo es el conjunto de los fieles sobre los cuales Cristo ejerce su realeza.

Según San Juan Crisóstomo, el reino se entiende como la potestas, el poder real de Cristo.

De ambos modos, concluye Tomás, el reino de Cristo es tanto el conjunto de los fieles redimidos como la potestad real que Cristo ejerce sobre todas las cosas.

3. La realeza de Cristo sobre el orden político y social

Establecido que el carácter esencial del reino de Cristo es el que hemos visto, ahora examinaremos la extensión de ese reino, particularmente en lo que respecta al orden político y social. Si hemos visto que la realeza de Cristo es universal y se extiende a todas las cosas, resulta lógico deducir que el orden político y social también está sometido a la realeza de Cristo. ¿Por qué habríamos de sustraer precisamente el ámbito más elevado de las realidades humanas?

Pero, ¿de qué modo se ejerce esta realeza de Cristo sobre las realidades temporales?

Para entender adecuadamente este punto, debemos tener en cuenta que, para Santo Tomás, el orden político es una realidad natural que se rige por medio de hombres que actúan como causas segundas. Cristo gobierna las cosas temporales por medio de los hombres, que son causas segundas, mientras que Él es la causa primera y universal.

Hay un pasaje fundamental en la Suma contra Gentiles, libro III, capítulo 98, donde Tomás trata del gobierno del mundo por parte de Dios. Allí explica que Dios gobierna como causa primera, pero se vale de las criaturas —incluidos los hombres y los ángeles— como causas segundas. 

Para ilustrarlo, utiliza un ejemplo tomado del orden político:

Todos los domésticos de un cabeza de familia guardan un cierto orden entre sí según la subordinación que les corresponde. Ese cabeza de familia, junto con los demás de la ciudad, guarda un orden respecto del jefe de la ciudad. Y este jefe de la ciudad, junto con los demás del reino, se subordina al rey.

Este pasaje es precioso por varias razones. Primero, porque muestra la concepción orgánica de la sociedad en Santo Tomás, muy distinta de las sociedades anárquicas y desestructuradas de nuestro tiempo. Observamos cómo se articula un orden perfecto entre las distintas comunidades: la familia, cuyo jefe es el pater familias; la ciudad, cuyo jefe guarda un orden con los demás; y finalmente el rey, que es la causa primera en el orden político.

Pero este rey terreno, que gobierna como causa primera en su ámbito, es sin embargo causa segunda respecto del Rey de Reyes, que es Cristo. Este es el núcleo de la cuestión: los gobernantes humanos reinan como causas primeras relativas, pero son causas segundas respecto de Cristo, causa primera absoluta.

Por eso, en otra obra de Santo Tomás, el tratado De Regno, se afirma directamente que todo rey es ministro de Dios y que todo rey deberá rendir cuentas al Rey supremo por su gobierno.

Conforme a esta doctrina, todo aquel que gobierna en cualquier ámbito del orden humano lo hace como causa segunda respecto de Cristo Rey, que es juez universal.

En este sometimiento de los reinos humanos al reino de Cristo reside la clave de la paz y la estabilidad de los pueblos. Por eso, en el número 18 de Quas Primas, Pío XI afirma que si los príncipes y gobernantes legítimos se persuadieran de que mandan no tanto por derecho propio cuanto por mandato y representación del Rey divino, usarían su autoridad con sabiduría y santidad, sabiendo que deberán rendir cuentas a Dios. Y añade que, si esto se cumpliera, florecería la tranquilidad y el orden, porque los hombres se someterían a la autoridad legítima en la medida en que vieran en ella la imagen de la autoridad de Jesucristo.

Llegados a este punto, podemos hacer una última reflexión. Nada garantiza más la obediencia de los hombres a una autoridad legítima que ver en ella la imagen de Cristo Rey. Y nos preguntamos: ¿hay algo que contradiga más esta idea que los gobernantes de nuestro tiempo, que no reinan como reyes, sino como tiranos? Casi no quedan hoy reinos regidos por la justicia; en su lugar se han erigido tiranías, incluidas —dice el texto original— las tiranías democráticas.

¿Qué ha sucedido? Ha sucedido que los reyes se han rebelado contra Cristo. Esto nos lleva al Salmo 2, versículos 1‑2:

“¿Por qué se amotinan las gentes? ¿Por qué las naciones traman proyectos vanos? Se levantan los reyes de la tierra y los príncipes conspiran contra el Señor y contra su Ungido: ‘Rompamos sus coyundas, sacudamos de nosotros su yugo’”.

Santo Tomás comenta este salmo —uno de los pocos que comentó, junto con el salmo 50—. Explica que los “lazos” en un reino son aquellas cosas por las cuales se afirma la potestad regia: la milicia, las armas, la obediencia. Para remover el yugo del rey, es necesario romper esos lazos.

Pero en Cristo, espiritualmente, el yugo es la ley de la caridad —“mi yugo es suave”— y los lazos son las virtudes: fe, esperanza y caridad. Por tanto, dice Tomás, no es posible que la conciencia del hombre deje de estar bajo el yugo de Cristo si antes no rompe esos lazos, es decir, las virtudes. Esto lo hacen aquellos que, siguiendo el texto de Job, dicen a Dios: “Apártate de nosotros, no queremos conocer tus caminos”, o como dice Jeremías: “Rompiste el yugo, quebraste tus ataduras y dijiste: no serviré”.

Aquí está la clave —diabólica, dice el texto original— de esta rebelión y apostasía de las naciones. Frente a esto, es necesario una vez más levantar la bandera de Cristo Rey, proclamar oportuna e inoportunamente la realeza de este Rey destronado, Jesucristo, a quien se ha dado el reino, el poder y la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

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martes, 6 de diciembre de 2022

¿Qué dice Santo Tomás sobre el secreto de la Confesión?



Summa Theologiae, tercera parte y suplemento,
pregunta 11, art 1, el sello de la Confesión

Objeciones por las que parece que el sacerdote no está obligado en todos los casos a ocultar los pecados conocidos bajo el secreto de la confesión.

Por cierto:

1. Como afirma San Bernardo, "no puede oponerse a la caridad lo instituido para la caridad". Ahora bien, en algunos casos, mantener la confesión en secreto sería contrario a la caridad: cuando uno, el P. ej., sabe en confesión que una persona es hereje, y no puede hacerle desistir de pervertir al pueblo: o cuando en confesión llega a saber la afinidad entre personas que pretenden casarse. Por lo tanto, está obligado a revelar la confesión.

2. Lo que está obligado únicamente por un precepto de la Iglesia no debe observarse cuando la Iglesia da un mandato contrario. Ahora bien, el secreto de la confesión fue introducido sólo por una disposición eclesiástica. Por tanto, si la Iglesia manda que todo el que conoce un pecado determinado lo manifieste, el que lo conoce por confesión está obligado a hablar.

3. Uno está más obligado a salvaguardar la propia conciencia que la fama de los demás: ya que la caridad es ordenada. Pero a veces, al ocultar los pecados, se daña la conciencia: como cuando se le llama a declarar por esos pecados y se le obliga a jurar que dice la verdad; o cuando un abad se entera por la confesión del pecado de un prior dependiente de él que dejarlo en el cargo es la ocasión de su propia ruina, de modo que está obligado a eximirlo del cargo por un deber pastoral, pero eximiéndolo él parece revelar la confesión. Entonces, en ciertos casos, está permitido revelar la confesión.

4. Un sacerdote por la confesión puede darse cuenta de que uno de sus penitentes es indigno de la prelatura. Ahora bien, todos están obligados a oponerse a la promoción de personas indignas, cuando de él dependa. Por tanto, ya que con su oposición podría hacer sospechar el pecado, y por tanto revelar de alguna manera la confesión, es evidente que a veces es necesario revelar la confesión.

DE LO CONTRARIO:

1. En los Cánones leemos: "Cuídese el sacerdote de no traicionar al penitente con palabras, signos o de cualquier otro modo".

2. El sacerdote debe conformar su propia conducta a la de Dios, de quien es ministro. Ahora bien, Dios no revela sino que cubre los pecados manifestados en la confesión. Por lo tanto, ni siquiera el sacerdote debe revelarlos.

Respondo que: En los sacramentos los actos que se realizan externamente significan los que se realizan internamente. Luego la confesión con que uno se somete al sacerdote es el signo del interior con que se somete a Dios Ahora bien, Dios cubre con la penitencia el pecado de quien se somete a él. Luego esto debe ser significado en el sacramento de la penitencia. Por eso es necesario que la confesión permanezca en secreto; y porque el que revela la confesión peca como profanador del sacramento. También hay otros beneficios de este secreto; en efecto por esto los hombres se sienten más atraídos a la confesión; y confesar sus pecados con más sencillez.

SOLUCIÓN DE DIFICULTADES:

1. Algunos dicen que el sacerdote no está obligado a guardar bajo secreto de confesión sino los pecados que el penitente promete enmendar: si no, puede hablar de ellos a las personas que pueden beneficiarse de ellos para bien y no para mal. Pero esta opinión es errónea, por ser incompatible con la verdad del sacramento. En efecto, como el bautismo sigue siendo un verdadero sacramento, aunque se lo reciba con malas disposiciones, tampoco cambia nada de lo que es esencial al sacramento; así la confesión no deja de ser un acto sacramental, aunque el que confiesa no pretenda enmendarse. No obstante, por lo tanto, exige secreto. El secreto de la confesión tampoco es incompatible con la caridad. Porque la caridad no exige que lo que se ignora sirva de remedio al pecado. Bueno, lo que se sabe en la confesión se ignora prácticamente: porque uno no lo sabe como hombre, sino como Dios.Sin embargo, en los casos antedichos se debe procurar los remedios que sean posibles, sin revelar la confesión: esto es, amonestar al penitente y cuidar que los demás no sean pervertidos por la herejía. También puede exhortar al prelado a velar más diligentemente por su rebaño: pero sin decir ni insinuar nada que pueda traicionar al penitente.

2. El precepto de guardar la confesión en secreto está implícito en el mismo sacramento. Por tanto, como la obligación de confesar es de derecho divino, y no puede dispensarse de ella por ninguna licencia o mandato humano, así nadie puede ser obligado o autorizado por un hombre a revelar la confesión. Por lo tanto, si a uno se le ordena bajo amenaza de excomunión que diga si es consciente de ese pecado dado, no debe hablar: porque debe pensar que se le ordena condicionalmente, "si es consciente de él como hombre". Y aunque se le interrogue expresamente sobre la confesión, no debe hablar. Tampoco incurriría en excomunión por esto, ya que no está sujeto a su superior sino como hombre; ahora, él es consciente de esos pecados no como hombre, sino como Dios.

3. Un hombre sólo puede ser citado a declarar como hombre. Por tanto, sin perjuicio de la conciencia, el confesor puede jurar que no sabe lo que sabe sólo como Dios. Asimismo, el prelado puede dejar sin castigo y sin otro remedio el pecado que sólo conoce como Dios, pues no está obligado a usar remedios sino en la forma que le conviene. Por tanto, las cosas que le son referidas en el tribunal de penitencia, debe remediar en lo posible dentro de este tribunal. En el caso anterior, el P. por ejemplo, el abad debe insistir en que el penitente renuncie al priorato. O, si no quiere, puede eximirlo del cargo por alguna otra razón: pero para evitar cualquier sospecha de que revela el secreto de la confesión.

4. Uno puede ser indigno de la prelatura por muchas otras razones, además del pecado: por ejemplo, por falta de conocimiento, edad u otras cosas similares. Por tanto, quien se opone no hace sospechar un delito, ni revela la confesión. - 

sábado, 14 de mayo de 2022

Francisco pretende que «el verdadero tomismo es el de Amoris Laetitia» LO CIERTO ES QUE MANIPULA EL MAGISTERIO DE SANTO TOMÁS



En un discurso dirigido a los participantes en el congreso de teología moral organizado por la Pontificia Universidad Gregoriana con motivo del año dedicado a Amoris Laetitia, el papa Francisco ha advertido contra un «retroceso» - «ya sea por miedo, por falta de imaginación o por falta de coraje»- que actualmente «hace tanto daño a la Iglesia». Y refiriéndose a su Exhortación Apostólica de 2016, ha asegurado que «el verdadero tomismo es el de Amoris laetitia». La realidad es que manipula las enseñanzas de Santo Tomás de Aquino.

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(CNAd/InfoCatólica) Aunque es necesario «volver a las raíces», dijo el pontífice, porque sin ellas «no podemos dar un paso adelante», al mismo tiempo «debemos avanzar».

Ir hacia atrás «no es cristiano». Este retroceso, dijo, significa «retroceder para tener una protección, una seguridad, para evitar el riesgo de ir hacia adelante, el riesgo cristiano de llevar la fe, el riesgo cristiano de recorrer el camino con Jesucristo. Y eso es un riesgo».

Especialmente en la teología moral, dijo, hay «una conversión con propuestas casuísticas, y la casuística que creía enterrada bajo siete metros reaparece como una propuesta -un poco velada: 'Hasta aquí puedes, hasta aquí no puedes, aquí sí, aquí no'».

¿Tomismo decadente o verdadero tomismo?

El Pontífice indica que «el pecado de la regresión» consiste en tratar de reducir la teología moral a la casuística:

«La casuística ha sido superada. La casuística fue la base del estudio de la teología moral para mí y mi generación. Pero es propio del tomismo decadente».

«El verdadero tomismo es el de Amoris laetitia» asegura Francisco, «el que tiene lugar allí, está bien explicado en el Sínodo y es aceptado por todos. Es la enseñanza viva de Santo Tomás la que nos lleva a avanzar con riesgo pero en obediencia. Y esto no es fácil. Por favor, tengan cuidado con este atraso, que es una tentación actual incluso para ustedes como teólogos morales».

La verdad sobre Amoris Laetitia

La afirmación de que Amoris Laetitia es un documento tomista no se corresponde con la verdad -de hecho es exactamente lo contrario- y ha sido refutada en varias ocasiones. El sacerdote dominico y teólogo moral Basil Cole escribió para el National Catholic Register en 2016:
«La enseñanza de Santo Tomás de Aquino es clara: Una persona que no tiene la intención de cambiar su vida y abandonar el pecado público -incluyendo las relaciones sexuales con una persona que no es el cónyuge sacramental- no debe recibir la Sagrada Comunión ni la absolución, porque [el pecado público] es un pecado de escándalo por el que se hace pecar a otros.

Invocar la enseñanza de Santo Tomás sobre las virtudes eventualmente no-operativas, con el fin de atenuar o eximir de culpa a las parejas «irregulares» que no logran salir de su situación objetivamente pecaminosa –adúlteros crónicos, uniones homosexuales, etc.– es un error. La doctrina de Santo Tomás, que es la católica, exime de culpa a quien no puede ejercitar cierta virtud en las obras buenas que son su objeto propio, debido a impedimentos externos a su voluntad. Pero el texto aducido en la Exhortación se refiere a situaciones «irregulares», en las que la persona se ejercita pertinazmente en obras malas –adulterio, unión homosexual, etc.–.

La única interpretación posible de Amoris Laetitia según el propio papa Francisco permite a los divorciados vueltos a casar civilmente, a los que Cristo califica de adúlteros, recibir la comunión en determinados casos. Sin embargo Juan Pablo II afirma en la encíclica Veritatis Splendor:
En el caso de los preceptos morales positivos, la prudencia ha de jugar siempre el papel de verificar su incumbencia en una determinada situación, por ejemplo, teniendo en cuenta otros deberes quizás más importantes o urgentes. Pero los preceptos morales negativos, es decir, los que prohíben algunos actos o comportamientos concretos como intrínsecamente malos, no admiten ninguna excepción legítima; no dejan ningún espacio moralmente aceptable para la creatividad de alguna determinación contraria. Una vez reconocida concretamente la especie moral de una acción prohibida por una norma universal, el acto moralmente bueno es sólo aquel que obedece a la ley moral y se abstiene de la acción que dicha ley prohíbe.
El resto del Magisterio de Juan Pablo II, así como el de Benedicto XVI, excluye la posibilidad de que los adúlteros comulguen. En la exhortación apostólica Familiaris Consortio de Juan Pablo II se lee:
La Iglesia, no obstante, fundándose en la Sagrada Escritura reafirma su praxis de no admitir a la comunión eucarística a los divorciados que se casan otra vez. Son ellos los que no pueden ser admitidos, dado que su estado y situación de vida contradicen objetivamente la unión de amor entre Cristo y la Iglesia, significada y actualizada en la Eucaristía. Hay además otro motivo pastoral: si se admitieran estas personas a la Eucaristía, los fieles serían inducidos a error y confusión acerca de la doctrina de la Iglesia sobre la indisolubilidad del matrimonio.
La reconciliación en el sacramento de la penitencia —que les abriría el camino al sacramento eucarístico— puede darse únicamente a los que, arrepentidos de haber violado el signo de la Alianza y de la fidelidad a Cristo, están sinceramente dispuestos a una forma de vida que no contradiga la indisolubilidad del matrimonio. Esto lleva consigo concretamente que cuando el hombre y la mujer, por motivos serios, —como, por ejemplo, la educación de los hijos— no pueden cumplir la obligación de la separación, «asumen el compromiso de vivir en plena continencia, o sea de abstenerse de los actos propios de los esposos»
(Familiaris Consortio 83)
Y Benedicto XVI indica en Sacramentum Caritatis:

El Sínodo de los Obispos ha confirmado la praxis de la Iglesia, fundada en la Sagrada Escritura (cf. Mc 10,2-12), de no admitir a los sacramentos a los divorciados casados de nuevo, porque su estado y su condición de vida contradicen objetivamente esa unión de amor entre Cristo y la Iglesia que se significa y se actualiza en la Eucaristía...

.... se ha de evitar que la preocupación pastoral sea interpretada como una contraposición con el derecho. Más bien se debe partir del presupuesto de que el amor por la verdad es el punto de encuentro fundamental entre el derecho y la pastoral: en efecto, la verdad nunca es abstracta, sino que «se integra en el itinerario humano y cristiano de cada fiel ». Por esto, cuando no se reconoce la nulidad del vínculo matrimonial y se dan las condiciones objetivas que hacen la convivencia irreversible de hecho, la Iglesia anima a estos fieles a esforzarse por vivir su relación según las exigencias de la ley de Dios, como amigos, como hermano y hermana; así podrán acercarse a la mesa eucarística, según las disposiciones previstas por la praxis eclesial.
        (Sacramentum Caritatis, 29)

Y esto enseña el concilio de Trento:
De la observancia de los mandamientos, y de cómo es necesario y posible observarlos. Pero nadie, aunque esté justificado, debe persuadirse que está exento de la observancia de los mandamientos, ni valerse tampoco de aquellas voces temerarias, y prohibidas con anatema por los Padres, es a saber: que la observancia de los preceptos divinos es imposible al hombre justificado. Porque Dios no manda imposibles; sino mandando, amonesta a que hagas lo que puedas, y a que pidas lo que no puedas; ayudando al mismo tiempo con sus auxilios para que puedas; pues no son pesados los mandamientos de aquel, cuyo yugo es suave, y su carga ligera. (Cap. XI del Decreto sobre la justificación).
Y también:
Si alguno dijere que es imposible al hombre aun justificado y constituido en gracia, observar los mandamientos de Dios; sea excomulgado.
(Canon XVIII sobre la justificación)

Y la Escritura enseña igualmente que:
No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea de medida humana. Dios es fiel, y él no permitirá que seáis tentados por encima de vuestras fuerzas, sino que con la tentación hará que encontréis también el modo de poder soportarla. (1ª Cor 10,13)
Y:
porque Dios es quien obra en vosotros el querer y el actuar conforme a su beneplácito. (Fil 2,13)
Por tanto:

1- No hay excepciones a la hora de cumplir los mandamientos de Dios. Cualquier incumplimiento es moralmente inaceptable.

2- No es imposible para el cristiano cumplir los mandamientos de Dios.

3- Dios mismo, por medio de su gracia, hace que el cristiano pueda serle fiel cumpliendo sus mandamientos.

Todo ello pretende ser anulado por Amoris Laetita, especialmente en su punto 301, que dice así:

Por eso, ya no es posible decir que todos los que se encuentran en alguna situación así llamada «irregular» viven en una situación de pecado mortal, privados de la gracia santificante. Los límites no tienen que ver solamente con un eventual desconocimiento de la norma. Un sujeto, aun conociendo bien la norma, puede tener una gran dificultad para comprender «los valores inherentes a la norma» o puede estar en condiciones concretas que no le permiten obrar de manera diferente y tomar otras decisiones sin una nueva culpa.

Donde la Biblia, la Tradición y el Magisterio decían que no hay excepciones al cumplimiento de los mandamientos de Dios, pues Dios mismo ayuda a cumplirlos, Amoris Laetitia indica que sí hay excepciones en las que el cristiano no puede hacer lo que Dios le concede hacer. Ni Santo Tomás ni ningún otro santo, padre de la Iglesia, doctor de la Iglesia, concilio ecuménico o Papa puede ser usado para defender la enseñanza heterodoxa de esa Cap. XI del Decreto sobre la justificación.

lunes, 7 de marzo de 2022

Documental de la vida de Santo Tomás de Aquino: "Tras los pasos del Santo Doctor"



Duración 38:41 minutos


En este documental presentamos la vida del más grande doctor de la Iglesia Católica. Este video es una recopilación de los videos particulares que se realizaron a lo largo del año pasado, los cuales fueron puestos en orden cronológico. Para ver los videos particulares puede ingresar a la siguiente lista de reproducción: 

00:00 Roccasecca
03:19 Aquino
05:01 Abadía de Montecasino
06:55 Nápoles I
08:35 Monte San Giovanni Campano (prisión)
11:49 París I
12:37 Colonia
15:12 París II (maestro I)
20:18 Capítulo General (Valenciennes)
21:37 Nápoles II
22:37 Orvieto
25:09 Roma
27:28 Paris III (maestro II)
29:01 Nápoles III 
31:22 Camino a Lyon - Priverno
33:54 Fossanova

Concede mihi, misericors Deus (Tomás de Aquino)


Al amanecer del día 7 de marzo de 1274, miércoles, sin agonía y con plena lucidez, juntas las manos en actitud orante, exhaló Santo Tomás el último suspiro, entregando dulcemente su alma en manos de su Dios y Creador. Tenía 49 años cumplidos y acababa de comenzar el quincuagésimo.

De él se conservan algunas oraciones, en las que se nos muestra el anhelo de Tomás hacia una vida interior pacífica y armónicamente ordenada, enteramente consagrada a Dios

A continuación la oración que comienza así: "Concede mihi, misericors Deus" y que el Angélico Doctor solía recitar ante el Crucificado para obtener una sabia disposición y ordenación de su vida: 

Concédeme, mi Señor y mi Dios, que no peque en la felicidad por arrogancia ni en las contrariedades por pusilanimidad, que en nada me alegre y en nada me entristezca fuera de aquello que me lleve a Tí o me aparte de Tí, que no desee agradar o tema desagradar a nadie fuera de Tí.

Concédeme, Señor, que me parezcan despreciables todas las cosas terrenas y caros todos los bienes eternos; conviérteme en repugnante toda alegría que sea sin Tí. Que no quiera desear nada que esté fuera de Tí.

Concédeme, Señor, el dirigir mi corazón hacia Tí y que en todas mis faltas sienta siempre arrepentimiento con el propósito de mejorarme. 

Hazme, Señor y Dios mío, obediente sin contradicción, pobre sin mezquinos sentimientos, casto sin perturbación de la pureza de alma, paciente sin lamento, humilde sin simulación, sereno sin alboroto, serio sin rigidez, movido y ágil sin ligereza, sincero sin doblez, celoso en las buenas obras sin exceso.

Déjame trabajar en el mejoramiento del prójimo sin soberbia y edificarlo con la palabra y el ejemplo, sin hipocresía.

Dame, Señor, un corazón vigilante, que por ningún indiscreto pensamiento se desvíe de Tí, un corazón noble, al cual ninguna intención depravada aparte de la dirección justa, un corazón firme, al cual no quebrante ninguna tribulación, un corazón libre al cual no venza pasión violenta alguna.

(Sacado del libro "Vida Espiritual de Santo Tomás de Aquino", de Martín Grabmann)

martes, 2 de noviembre de 2021

La existencia de Dios es demostrable científicamente. Un artículo de Miguel Toledano



La segunda cuestión de la Suma de Teología versa sobre la existencia de Dios, uno de los pasajes más conocidos de la obra del Doctor Angélico y demostración palmaria de la necia posición de los ateos, como proclama el salmista.

Hay muchos aspectos de la religión a los que difícilmente puede llegarse por las solas luces de la razón y para los que es generalmente precisa la fe. No así para saber que Dios existe. Que es precisamente lo que niegan los ateos.

Eso del ateísmo es un fenómeno típicamente moderno. Nunca el hombre había caído, en proporciones significativas, en el exceso de negar la existencia de la divinidad, hasta que llegaron Darwin, Marx y Nietzsche.

La claridad de la cuestión se refleja también en el parco número de artículos que el aquinate dedica a su tratamiento, uno de los más breves de toda la Suma. En número de tres despacha el gran teólogo la cuestión. Es como si quisiera decirnos que no merece la pena discutir mucho más sobre este asunto. Y, sin embargo, algunos se afanan en darle vueltas y más vueltas.

Un aspecto conviene, no obstante, conceder a los escépticos. La existencia de Dios no es evidente. Así comienza afirmándolo santo Tomas. A Descartes, por otros senderos considerablemente más pantanosos, le costó muchísimo llegar a acreditarla, produciendo un desaguisado fenomenal a las generaciones venideras.

En puridad, el fraile de Aquino se aparta significativamente de san Juan Damasceno, quien afirmó que el conocimiento de que Dios existe está impreso en todos por naturaleza. Luego, de acuerdo con el imponente doctor sirio, sería antinatural desconocer a Dios. A tanto no llega nuestro dominico.

Ni siquiera cabe deducirse de forma evidente que Dios exista por haber proclamado Nuestro Señor que Él es la Verdad. Puesto que la existencia de la verdad es evidente, pero no la Verdad absoluta, la verdad con mayúsculas. Por cierto, que desde Lutero y Descartes empieza a dudarse incluso de la misma verdad con minúsculas, que como explica incontestablemente santo Tomas sí es evidente.

Entonces, ¿cómo cabe demostrarse esto que no es evidente? Por sus efectos, contesta nuestro autor, toda vez que ellos son más evidentes para nosotros, constituyen lo primero que conocemos. Los efectos podrán ser finitos, siendo Dios infinito. Ello no nos proporcionará, por consiguiente, un conocimiento exacto de Dios; pero sí un conocimiento suficiente de que existe.

Y aquí es donde aparecen las cinco famosas vías, o tipos de efectos, que permiten al más inmenso de los teólogos de la Iglesia demostrar científicamente la existencia de Dios. Porque recordemos que la teología no sólo es ciencia, sino también la mayor de entre las ciencias.

El primero de los efectos, el movimiento, es el más claro de todos; pero, cuidado, se trata del termino filosófico de “movimiento”, que expresa un concepto más amplio que el traslado puramente físico de un lugar a otro. Aquí, la idea que se presenta es el paso de la potencia al acto, tomada de Aristóteles. Pero es necesaria la existencia de un primer motor no movido previamente por ningún otro, es decir, Dios. Esto es igualmente necesario en teorías físicas como la del “Big Bang”, que tienen dificultades para explicar lo que se produjo en los primeros instantes del universo a través de la sola expansión de motores intermedios.

La segunda prueba es la de la causa eficiente, nuevo término filosófico tomado de Aristóteles. Junto a la causa material, la causa formal y la causa final, todo fenómeno se explica por estas cuatro causas. La causa eficiente es aquella externa y previa al fenómeno que lo produce. Nada puede ser causa de sí mismo, por lo que es necesaria una primera causa, que es Dios.

El tercer efecto que permite racionalmente conocer la existencia de Dios es la idea de necesidad. Todos los seres, excepto uno, pueden no existir; no existieron en un cierto momento, existen en otro y en un tercero dejarán de existir. Pero es necesario que un ser, absolutamente necesario, crease a los restantes seres cuando nada había.

En cuarto lugar, santo Tomás se fija en los grados de perfección. Al contemplar el mundo sensible, cabe realizar una escala de graduación, que permite a su vez ser conceptualizada como grados de perfección del ser, ascendiendo al ser máximamente perfecto, Dios.

Finalmente, observamos la idea de orden. Todas las cosas se dirigen a un fin. El azar, error tan comúnmente extendido en la física contemporánea, queda excluido. Algunas no son capaces de conocer dicho fin, otras sí. En todo caso, unas y otras son dirigidas a su fin respectivo por una misma causa, Dios.

Para redondear la cuestión, dos objeciones plantea el doctor latino, a cuál más interesante. La primera está muy generalizada entre el vulgo, a saber, la existencia del mal y el aparente misterio que comporta. ¿Cómo puede existir un Dios que permite el mal, que tolera la enfermedad de los justos o la muerte de los inocentes? Este tipo de consideraciones, o de experiencias en el caso de que desgraciadamente se produzcan a nosotros o a nuestros allegados, puede ser causa de la pérdida de la fe o de la hundimiento en el ateísmo.

Nuestro autor nos explica por qué no hemos de caer en una tal simplificación. Y lo hace acudiendo a su gran antecesor en la teología católica, san Agustín. El obispo de Hipona sentenció: Dios, en su infinita bondad y omnipotencia, puede sacar bien del mal. Y en nuestro idioma español, tan cercano a Dios por la fe imperecedera de nuestra patria, lo hemos recogido en un refrán: “No hay mal que por bien no venga”. Todo mal sucede porque Dios lo permite; y lo permite porque de él saca algún bien, a veces misterioso de descubrir o incluso atisbar. Con menor capacidad de síntesis que san Agustín y santo Tomas ha quedado evocado este problema en otro artículo de Marchando Religión.

La segunda objeción a la existencia de Dios es igualmente de gran actualidad y engloba, en realidad, dos errores diferentes, aunque semejantes.

Por una parte, muchos piensan que todo se explica por la naturaleza. La madre naturaleza, la llaman algunos, incluso católicos, a pesar de que ninguno tenemos una quinta madre, junto a nuestra madre biológica, nuestra Madre en el Cielo, que es la Santísima Virgen, nuestra primera madre Eva y la Santa Madre Iglesia, madre mística que lo es de todos los bautizados.

También afirman otros indocumentados que la naturaleza nunca se equivoca. El único ser que no comete error alguno es Dios. Por lo tanto, eso de que la naturaleza nunca se equivoca, además de una afirmación evidentemente errónea, se acerca a la blasfemia y es un gran desprecio de nuestro Creador.

El naturalismo se extendió de modo terrible desde el siglo XIX. No obstante, santo Tomás se adelantó más de seiscientos años a ese disparate de considerar a la naturaleza en la cima del ser. Lo hizo a través de una sola frase, con una economía de medios que todavía nos deja pasmados: La naturaleza obra por un determinado fin, sin duda conviene en eso con los modernos; pero, atención, interesa no olvidar que ese fin le es dado por un ser que la dirige, que es precisamente Dios.

Por otra parte, el segundo error advertido por santo Tomas, siglos antes de que por decadencia se generalizase entre nosotros, consiste en pensar que la razón y la voluntad humana explican todo lo intencionado que existe en el mundo. También es naturalismo, pues vuelve a negar el orden sobrenatural. Todo se explica por la actuación del hombre. Aunque esta pretensión, típica del cientifismo del siglo XIX -recordemos a un Pío Baroja, que a comienzos del siglo siguiente arrastraba el dislate procedente de fuera de nuestras fronteras importándolo en la católica España-, está menos de moda que el panteísmo de la naturaleza al estilo de Greta Thunberg, las Naciones Unidas y la Agenda 2030 de Pedro Sánchez y el Partido Popular, también sigue dando coletazos.

El hombre, su razón y su voluntad, han sido endiosados de tal forma que no es preciso acudir a Dios, hasta el punto de negar su existencia. Incluso algunos católicos hablan de “humanismo” (a veces, adjetivándolo) y de poner a la persona humana en el centro de la reflexión.

Santo Tomas recuerda que la razón y voluntad humanas son mudables y perfectibles. Solo Dios es puro acto, por consiguiente inmutable, y absolutamente perfecto. Y aquellas mutabilidad y perfectibilidad, o sea, defectuosas en el ser, sin embargo operan como confirmaciones de la existencia de Dios; porque ya se ha demostrado que son necesarias la existencia de un primer motor y la de un ser absolutamente necesario, por tanto no mutable ni, mucho menos, contingente.

En 1979, apenas iniciado el largo pontificado de Juan Pablo II, se publicó en español la más difundida de las obras del recientemente fallecido teólogo suizo Hans Küng: “¿Existe Dios?”, así, con interrogaciones. Se trata de un volumen de casi novecientas páginas para poner en duda lo que santo Tomás demuestra en tres. A estas alturas, el sesudo profesor de Tubinga ya habrá comprobado quien tenía razón.

Miguel Toledano Lanza

Domingo vigésimo segundo después de Pentecostés, 2021.

Pueden leer todos los artículos de esta serie:


Les recomendamos el blog de Miguel: ToledanoLanza

domingo, 7 de marzo de 2021

Indicaciones para hacer un estudio provechoso (Santo Tomás de Aquino)



El 7 de marzo de 1274 murió Tomás de Aquino, hace 747 años. Y fue canonizado por el Papa Juan XXII el 18 de Julio de 1323. Sobre cómo era santo Tomás, el padre Santiago Ramírez ha hecho de él una semblanza que puede leerse en este blog.

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Santo Tomás ve en la pureza y la santidad una preciosa disposición para profundizar las verdades y misterios divinos. El ideal de Tomás en este punto se revela en la siguiente carta al novicio Fr. Juan, que le había suplicado indicaciones para hacer un estudio provechoso.
"Puesto que tú, Juan , mi muy amado en Cristo, me has pedido dictamen sobre el modo cómo debes estudiar para adquirir el tesoro del saber, te doy sobre ello los siguientes consejos. Procura con preferencia alcanzar el saber por pequeños arroyos y no precipitarte inmediatamente en el mar (del saber) pues se debe ir avanzando de lo más fácil a lo más difícil. He aquí mi exhortación y tu enseñanza.Te pido que seas silencioso y que no vayas al locutorio sino a disgusto. Cuida de la pureza de la conciencia. No ceses de entregarte a la oración. Gusta de ser muy aplicado en tu celda si quieres ser introducido en la bodega vinaria del saber. Muéstrate muy amable con todos. No te inquietes por lo que otros hagan o dejen de hacer. No seas demasiado familiar con nadie, pues una familiaridad excesiva engendra el desprecio y muy fácilmente aparta del estudio. No te mezcles en las conversaciones y negocios de las gentes del mundo. Huye sobre todo de vagabundear fuera del monasterio. No dejes de seguir las huellas de los santos y de los buenos. No tengas en cuenta la persona de quien oyes alguna cosa, sino graba en la memoria todo lo bueno que oyes decir. Procura comprender a fondo todo lo que lees y oyes. En todas las dudas trabaja por llegar a la certidumbre. Esfuérzate por refugiarte cuanto puedas en la sala de armas de tu espíritu. No aspires a lo que esté demasiado alto para tí. Si sigues estas huellas producirás en la viña del Señor de los ejércitos, mientras te dure la vida, flores y frutos provechosos. Si observas todo esto alcanzarás el objeto de tus anhelos. Que te vaya bien".
Esta pequeña carta contiene preciosas instrucciones y en especial pensamientos excelentes sobre la relación que existe entre la elevación moral y religiosa del corazón y la verdadera ciencia.

(Tomado del libro del profesor Martín Grabmann, de título 'Santo Tomás de Aquino'. Ed. Labor. 1945)

miércoles, 24 de febrero de 2021

Miércoles de la primera semana de Cuaresma (Summa Theologica, III C.46 a.6)

MEDITACIONES ENTRESACADAS DE LAS OBRAS DE SANTO TOMÁS DE AQUINO


INTENSIDAD DEL DOLOR DE CRISTO EN LA PASIÓN (1)

Atended, y mirad si hay dolor como mi dolor (Lam 1, 12).

Cuando Cristo padeció se dio en Él un verdadero dolor, tanto sensible, causado por algún daño corporal, como interior, proveniente de la aprehensión  de algo nocivo, y que se llama tristeza. Ambos dolores fueron en Cristo los mayores que pueden sufrirse en la vida presente. Y esto sucedió por  cuatro razones.

Primero. Por las propias causas del dolor, pues la causa del dolor sensible fue la lesión corporal, la cual llegó a la acerbidad [cualidad de implacable, cruel, despiadado], tanto por la universalidad como por el género del sufrimiento. Porque la muerte de los crucificados es acerbísima, ya que son clavados en las partes nerviosas y sumamente sensibles, esto es, en las manos y en los pies; y  el mismo peso de su cuerpo colgado aumenta continuamente el dolor; y junto con esto está la larga duración del dolor, porque no mueren inmediatamente como sucede con los que son muertos a espada. La causa del dolor interior fue, en primer lugar, el cúmulo de todos los pecados del género humano, por los que satisfacía padeciendo; por lo cual se los atribuye a sí mismo, diciendo con Sal 22, 2: "Las palabras de mis delitos". En segundo lugar, de manera especial, la ruina de los judíos y de otros que delinquieron ante su muerte; principalmente de sus discípulos, que fueron víctimas del escándalo en la Pasión de Cristo. Finalmente, también la pérdida de la vida corporal, que es naturalmente horrible para la naturaleza humana.  

Segundo. Por la capacidad de la percepción del paciente: Cristo estaba óptimamente complexionado en cuanto al cuerpo, ya que éste fue formado milagrosamente por obra del Espíritu Santo (...) En Él fue exquisito el sentido del tacto, de cuya percepción se sigue el dolor. Y también su alma, conforme a sus facultades interiores, percibió eficacísimamente todas las causas de tristeza.

Tercero. Por la pureza del dolor. Porque en los demás pacientes se mitiga la tristeza interior, e incluso el dolor exterior, con alguna consideración de la mente, en virtud de cierta derivación o redundancia de las fuerzas superiores en las inferiores. Esto no aconteció en la pasión de Cristo, porque "permitió" a cada una de sus potencias, "realizar lo que le es propio"

Cuarto. Porque Cristo tomó aquella pasión y aquellos sufrimientos voluntariamente, con el fin de liberar del pecado a los hombres. Por ese motivo, asumió tanta cantidad de dolor cuanta fuese proporcionada a la grandeza del fruto que de ahí iba a seguirse.

Por consiguiente, de la consideración de todas estas causas juntas resulta evidente que el dolor de Cristo fue el máximo posible.

Tomás de Aquino

(1) La traducción correspondiente no me convence del todo, de modo que he usado una traducción intermedia entre que enlaza al libro y la dada por la BAC (Suma de Teología V - Parte III e índices), págs 404 y 405 

jueves, 22 de octubre de 2020

Padre Reginaldo Garrigou-Lagrange: “La síntesis tomista”



Las ediciones “Fe y Cultura” de Verona reproponen la segunda edición de La Síntesis tomista del padre Reginaldo Garrigou-Lagrange aparecida en francés en el 1946 para las ediciones Desclée De Browuer de París traducida en italiano y publicada en 1953 por la Queriniana de Brescia; una obra que abraza en una visión de conjunto, o mejor casi en una mirada de águila, todo el pensamiento de santo Tomás, dividido en 4 partes principales: la filosofía, la teología dogmática, la teología moral y la espiritualidad. Verdaderamente una obra de alta síntesis en la cual el padre Reginaldo reúne todas las obras de santo Tomás explicándole y compendiándole en un todo unitario para hacer entender a los lectores la plenitud del tomismo filosófico, teológico dogmático/moral y ascético/místico, con la finalidad de que el estudio limitado de una obra individual o de una sola rama del pensamiento del Angélico no impida ver y vivir el conjunto del pensamiento tomista, como sucede cuando por observar un árbol se pierde de vista el bosque en toda su plenitud y magnificencia.

Aunque Garrigou-Lagrange indaga cada problema individual con competencia, maestría y profundidad, sin embargo reúne, comprende y expone todo en una síntesis universal tan vasta como profunda y precisa, que abraza todo particular a la luz de los primeros principios de la filosofía y de la teología. El padre Reginaldo no es hombre de un solo libro, de un solo tratado, de una sola tesis, sino el verdadero sabio (lleno del don de la ciencia, del intelecto y de la sabiduría del Paráclito) que abarca todo el horizonte del pensamiento y de la vida filosófico/teológica y espiritual sub specie aeternitatis (bajo la forma de la eternidad). La persona y la enseñanza del padre Reginaldo son unificadas por una claridad y una agudeza de ingenio, por un fervor y por un vigor de exposición, que resumen en una síntesis luminosa y calurosa la ciencia sagrada indagando en profundidad las alturas de la verdad natural y los abismos del misterio sobrenatural. Él fue también el campeón de la batalla contra el modernismo y el neo-modernismo porque, como amaba repetir, “no se puede enseñar la verdad sin refutar el error”.

El padre Reginaldo en 1897 entra en la Orden de Santo Domingo. En 1902 es ordenado sacerdote y en 1905 inicia la enseñanza de teología en Le Saulchoir en Bélgica bajo la guía del padre Ambroise Gardeil. En 1909 es llamado a Roma por el padre Giacinto Cormier, Maestro General de los dominicos, para enseñar teología dogmática en la Pontificia Universidad Dominicana del Angelicum donde permanece por casi medio siglo hasta 1960; los últimos 4 años de vida los pasa en un hospital romano golpeado por una especie de alzhéimer, que lo reduce al estado vegetativo.

La síntesis tomista está destinada a “permanecer en la historia del pensamiento cristiano” como escribía su traductor, el padre dominico Ignacio Paci de Siena. Esta obra es el fruto de la madurez científica del autor (preciso, claro, metódico y profundo) en el campo de la filosofía y de la teología tomística. La profundidad y la claridad son sus notas distintivas así como de toda la producción del padre Reginaldo (el cual une el rigor científico a la capacidad de hacerse entender), producción que es una especie de “Suma” la cual encierra no solo el pensamiento filosófico/teológico de santo Tomás de Aquino, sino también los comentarios del padre Garrigou-Lagrange a los escritos tomísticos leídos a la luz de los tres grandes autores de la segunda escolástica preferida por él (el Gaetano, el Ferrarense y Juan de Santo Tomás). Además hay algunos capítulos que tienen que ver con la filosofía perenne y que han tocado su culmen con el Angélico.

La primera parte de La Síntesis Tomista se refiere a la metafísica del tomismo y trata de los principios primeros conocidos en sí mismos, del ser inteligible de la cosa sensible como objeto formal del intelecto humano y de la distinción real entre potencia y acto. Ciertamente esta parte es muy profunda, aunque para nada árida y fría, sino tal vez es la menos brillante de la producción del padre Garrigou-Lagrange que ha visto en la filosofía tomista solo un comentario de aquella aristotélica y no una producción original del Aquinate que supera también al aristotelismo por la distinción real entre esencia y ser, visto como acto último de toda esencia, forma, perfección; mientras el Estagirita se había parado en la metafísica de la esencia sin elevarse al ser como acto último y perfecto.

La segunda parte de la síntesis tomista trata de la teología del Angélico, se inicia con el tratado del De Deo Uno de la Suma de Teología ya comentado por el padre Garrigou-Lagrange en sus cursos de teología dogmática iniciados en 1909 en el Angelicum de Roma y publicado por la Editora Marietti de Turín en 1938. Muy importante, es más superlativo, es el capítulo de ‘La Síntesis Tomista’ en la cual el padre dominico afronta el problema de la voluntad de Dios y de la libertad del hombre a la luz de la doctrina tomista sobre la predestinación, que tantas polémicas ha suscitado entre molinistas y tomistas, de los cuales el último, el padre Reginaldo (La predestinación de los santos y la gracia, París, 1935; La gracia, Turín, Marietti, 1946; La comedia banneziana y el reciente sincretismo, en “Angelicum”, 1946, p. 3 ss.) fue uno de los máximos campeones por la perspicacia y la claridad con las cuales ha tratado un problema tan delicado sobre el cual el padre dominico Domingo Bañez expuso su contribución decisiva en el siglo XVI contra el jesuita Luis de Molina.

En la tercera parte de la síntesis tomista el padre Reginaldo resume su comentario al De Deo Trino (Turín, Marietti, 1943) concluyendo, a la luz de la teología mística, con la inhabitación de la Santísima Trinidad en las almas de los justos. En la parte cuarta estudia el tratado sobre los ángeles y sobre el hombre, da las pruebas de la inmortalidad del alma, la verdadera noción de psicología metafísica sobre el conocimiento humano, que es la que mejor corresponde a la realidad entre todas las teorías de varios filósofos, que han tratado de explicar la naturaleza del conocimiento del intelecto humano alejándose de la postura de Aristóteles y santo Tomás.

En la quinta parte encontramos el compendio sobre el Verbo Encarnado (El Salvador y su amor por nosotros, París, 1933; Cristo Salvador, Marietti, 1945) para concluir con el tratado sobre la Mariología (La Madre del Salvador y nuestra vida interior, París, 1941). En la parte sexta se tratan los sacramentos (La Eucaristía, Turín, Marietti, 1942) y en la séptima la teología moral (Las virtudes teológicas, Turín, Marietti, 1949) y la espiritualidad, materia en la cual el padre Reginaldo fue maestro insuperado (con sus obras Perfección cristiana y contemplación, 2 volúmenes., París, 1923; Las tres edades de la vida interior, 3 volúmenes, París, 1938-1939; La Providencia y confianza en Dios: fidelidad y abandono, París, 1932; La vida eterna y las profundidades del alma, París, 1949). 

La parte octava es un resumen originalísimo que encierra el camino filosófico del tomismo desde el Angélico hasta el 1950. Esta se abre con las XXIV tesis del tomismo compuestas y comentadas por parte de Guido Mattiussi; prosigue con la profundización del valor ontológico del principio evidente de no contradicción y de causalidad; luego pasa al problema de la verdad (“adaequatio rei et intellectus”), que con Maurice Blondel y el modernismo (“adaequatio rei et vitae”) fue distorsionado abriendo las puertas al error filosófico subjetivista y a la herejía de la evolución heterogénea del dogma; finalmente concluye con una especie de canto del cisne sobre la distinción entre gracia eficaz y suficiente para aclarar todavía mejor la cuestión de la providencia, del movimiento y de la predestinación divina respecto a la libertad humana.

En la edición italiana de 1953 se encuentran dos apéndices: la primera sobre la inmutabilidad del dogma en polémica con el modernismo clásico condenado por san Pío X en 1907 (Encíclica Pascendi) y el otro en polémica con el neo-modernismo, sobre la Encíclica Humani Generis (12 de agosto de 1950) de Pío XII (en cuya elaboración el P. Reginaldo ha colaborado) que condena la nueva teología, la cual tristemente ha penetrado en el interior del ambiente eclesial, a pesar de la condena pacelliana, con Juan XXIII y el Concilio Vaticano II. Aconsejamos, por lo tanto, el estudio serio, constante y a fondo de este libro que ayuda a entender la doctrina tomista en manera sintética, bajo la guía de un maestro tan hábil como Garrigou-Lagrange, que ha estudiado casi 50 años en manera analítica, tratado por tratado, cuestión por cuestión, problema por problema la enseñanza de santo Tomás, el cual impregna cada página de este libro y lo ha resumido en una manera que más bella, clara y limpia no se podría. El padre Reginaldo solía decir: “Los profesores jóvenes enseñan más de aquello que saben, aquellos de media edad enseñan lo que saben, los ancianos enseñan menos de lo que saben resumiendo todo en una síntesis que recorre todas las preguntas a la luz de los principios supremos de la ciencia sagrada”. Pues la síntesis tomista es el libro en el cual el eminente teólogo dominico ha enseñado menos de aquello que sabía, pero de una manera tan sabrosa, caliente y sintética que vale por sí solo todo lo que valen sus innumerables tratados tomados aisladamente.

sì sì no no

Hasta poco antes del Concilio Vaticano II decir Garrigou y decir teología católica era la misma cosa. Era él el maestro indiscutible. Es sabido que su parecer tuvo un peso determinante en la condena de la nueva teología.