BIENVENIDO A ESTE BLOG, QUIENQUIERA QUE SEAS



Mostrando entradas con la etiqueta Ángeles. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ángeles. Mostrar todas las entradas

miércoles, 25 de marzo de 2026

Los ángeles de la guarda: no es solo cosa de niños



 
El ángel de la guarda / Murillo

Como mucha gente hace años, de niño, mi hermano y yo, junto con nuestro papá, siempre rezábamos en nuestras «oraciones de la noche» la tradicional oración a nuestros ángeles de la guarda: «Ángel de Dios, que eres mi custodio, pues la bondad divina me ha encomendado a ti, ilumíname, guárdame, defiéndeme y gobiérname. Amén».

Todavía le pido a mi ángel de la guarda por la noche, cuando me acuesto, y por la mañana, cuando me levanto, que me cuide y me proteja. Además, antes de escribir, siempre le pido a mi ángel de la guarda que me dé claridad de pensamiento y de expresión, y que me susurre las palabras adecuadas al oído. A veces, cuando me cuesta encontrar la palabra adecuada, él pone exactamente la palabra correcta en mi mente.

Las oraciones al ángel de la guarda tienen su fundamento en la Biblia:Dios instruye a Moisés, cuando los israelitas partieron hacia la Tierra Prometida: «Mira, yo voy a enviar un ángel delante de ti, para que te guarde en el camino y te lleve al lugar que te he preparado. Respétalo y escucha su voz» (Éxodo 23, 20-21).
El Salmo 91, 11 afirma que no hay que temer, «pues a sus ángeles ha dado órdenes para que te guarden en tus caminos».
El mismo Jesús afirma que no debemos menospreciar a los pequeños, «porque yo os digo que sus ángeles, en los cielos, ven continuamente el rostro de mi Padre que está en los cielos» (Mateo 18, 10).
En los Hechos de los Apóstoles, cuando Pedro escapa de la cárcel y llama a la puerta donde se habían reunido los fieles, sus hermanos piensan erróneamente: «¡Es su ángel!» (Hechos 12, 13-15).

Aunque la mayoría de nosotros nunca veremos a nuestros ángeles de la guarda, muchos santos sí los han visto. El Padre Pío conversaba con frecuencia con su ángel de la guarda, quien lo defendía de los ataques demoníacos. Gemma Galgani estaba en contacto diario con su ángel de la guarda, que le enseñaba, la protegía y la corregía. Sor Faustina Kowalska hablaba de su ángel de la guarda, que la acompañaba en sus viajes. También lo veía cuando se sumergía en la oración, y a menudo este le pedía que rezara por los moribundos.

El objetivo de los ejemplos anteriores no es decir que haya que ser un «santo» para hablar con el ángel de la guarda o contemplarlo. Más bien, es ilustrar que nosotros también podemos conversar con nuestro ángel de la guarda y estar seguros de su presencia protectora y guía.

Además, debemos disipar la idea romántica y «bonita» de que los ángeles de la guarda solo son relevantes para los niños vulnerables. Los adultos necesitan tanto a sus ángeles de la guarda —quizás incluso más, ya que sus tentaciones y asuntos suelen ser de naturaleza más grave—.

Nuestros ángeles de la guarda están, por lo tanto, presentes para fortalecernos, animarnos y guiarnos en el cumplimiento de nuestras respectivas vocaciones, ya seamos solteros, casados, religiosos o sacerdotes. Descartarlos como algo adecuado solo para lo infantil es ponernos en peligro.

Se ha planteado la pregunta: ¿Después de la muerte, nuestros ángeles de la guarda dejan de estar con nosotros una vez que entramos en el cielo? Obviamente, ya no necesitamos que nos protejan. ¿Se reciclan, entonces, para alguien recién concebido?

Según la tradición católica, nuestros ángeles de la guarda permanecen con nosotros incluso en el cielo y juntos alabamos y glorificamos a la Santísima Trinidad: a nuestro Padre celestial, que es la fuente última de la vida; a Jesús resucitado, el Hijo encarnado del Padre, que es nuestro amoroso Salvador y Señor; y al Espíritu Santo, que nos purifica del pecado y nos santifica.

Junto con todos nuestros hermanos y hermanas en Cristo, y con nuestros respectivos ángeles de la guarda, cantaremos para siempre un glorioso himno de alabanza y acción de gracias.

Aquí percibimos la confluencia de la liturgia terrenal y la celestial. Al concluir el Prefacio de la Misa se dice lo siguiente, o algo similar: «Y así, con los ángeles y todos los santos, proclamamos tu gloria, diciendo a una sola voz: Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios del Universo. Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria».

Con una sola voz, nuestras voces humanas terrenales, las voces celestiales de los santos y la multitud de voces angélicas, todos juntos proclamamos que tanto el cielo como la tierra están llenos de la triple santidad de Dios.

Así, al participar en la Misa, ya sea en una humilde capilla o en la grandiosidad de una basílica o una catedral, la tierra se une a la liturgia angélica del cielo, y la liturgia angélica del cielo se une a la tierra.

La Misa, pues, cumple la visión celestial de Isaías: «Vi al Señor sentado en un trono excelso y elevado, y las orlas de su manto llenaban el templo. Unos serafines se mantenían en pie por encima de él… Y se gritaban el uno al otro: “Santo, santo, santo es el Señor de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria”» (Isaías 6, 1-3).

En la Misa, la tierra se llena de la gloria de Dios. Nuestras iglesias están «rebosantes» de ángeles y, así, al unísono con nuestros ángeles de la guarda, nos unimos a los serafines para cantar esta proclamación tres veces santa de la santidad de la Trinidad.

Al final de las misas fúnebres, justo antes de ir al cementerio, el sacerdote reza: «A ti, Señor, te encomendamos el alma de [nombre], tu siervo/a. Al paraíso te lleven los ángeles; a tu llegada te reciban los mártires y te introduzcan en la ciudad santa de Jerusalén, la nueva y eterna».

Nuestro ángel de la guarda estará entre los santos y los ángeles que nos conducirán (esperamos) a la nueva y eterna Jerusalén celestial, regocijándose, sabiendo que ha cumplido la tarea que Dios le había encomendado: protegernos y guiarnos al paraíso.

Fr. Thomas Weinandy, OFM

lunes, 27 de julio de 2020

Ángeles y demonios en la guerra espiritual moderna (Cristina de Magistris)




La mayor astucia del demonio consiste en inducir a creer que no existe: ese es el mayor triunfo de su habilidad. De hecho sabemos, a través de las Sagradas Escrituras, que el demonio – además de ser homicida – es mentiroso (cfr. Jn. 8,44). Por ese motivo, sería un error muy pernicioso imaginar la actuación del demonio como algo espectacular y, en consecuencia, fácilmente reconocible. Ello va en sentido opuesto a su objetivo. Por el contrario, su actuación es en general sutil y engañosa, y por ello tiene las características de la más refinada perversidad. Su fin último es el de impedir a las almas unirse a Dios y salvarse. Y con esta finalidad socava el fundamento de la vida espiritual que es la Fe.

Esta virtud teologal nos pone en contacto directo con Dios, incluso en la obscuridad. Es el fundamento de la vida sobrenatural y nos une muy íntimamente a Dios. El Concilio de Trento afirma que la fe «es el principio, fundamento y raíz de toda justificación y por tanto de la santificación». A través de la Fe, afirma Mons. J. C., «la luz de Dios se convierte en nuestra luz, Su sabiduría en nuestra sabiduría, Su ciencia en nuestra ciencia, Su mente en nuestra mente, su Vida en nuestra vida». El demonio no puede entrar en este dominio reservado solo a Dios y el alma que vive de la fe está fuera del alcance de su poder. La fe es como una armadura que defiende al alma de sus ataques y por eso el demonio utiliza todos sus artificios para inducirla a abandonarla, deslumbrándola con la amplia gama de maravillas que él puede realizar: todo ello para llevar al alma a depender de algo distinto de la fe pura.

En nuestros días este es el mayor peligro de la salvaje proliferación de apariciones y revelaciones las cuales, siendo una imitación de lo sobrenatural, son fuertemente sospechosas de intervención diabólica. San Juan de la Cruz afirma que la fe – y no las revelaciones – es el medio para alcanzar nuestro fin, que es Dios: «la exclusiva y pura fe infunde en las almas más amor de Dios que todas las visiones». La fe es el único medio proporcionado para la unión con Dios y, a tal fin, el alma debe apoyarse en la doctrina de la Iglesia y no en las revelaciones. «El demonio – continúa el gran Carmelita – es habilísimo en insinuar mentiras, de las cuales solo es posible liberarse dejando de lado todas las revelaciones, visiones y locuciones sobrenaturales».

La “gula por lo maravilloso y por lo extraordinario” siempre ha sido una tentación casi irresistible para el hombre que, con el pecado, ha perdido la visión de Dios. Pero la redención del pecado está precisamente en la vida de fe. Es en la fe teológica, y no en las revelaciones, aunque maravillosas, que se fundamenta la vida del cristiano.

No es necesario desmentir que el demonio siempre nos ofrece moneda falsa. Es verdad que no es fácil para el hombre peregrino, decaído y rescatado, seguir siempre el camino recto y mantener constante su mirada fija en la verdad. Y es igualmente verdadero que Satanás intenta obscurecer el sentido de la existencia de Dios, deformar su visión, manipular todas las cosas, con la ilusión y la desilusión: el combate con su inteligencia angélica es desigual para nuestras fuerzas limitadas de criaturas. Tenemos entonces necesidad de los ángeles que nos enseñan a caminar como verdaderos hijos de la luz. A sus contemporáneos, Bossuet recordaba esta verdad de fe: «Ustedes creen que están tratando solo con hombres, como si los ángeles no los cuidaran. Cristianos, no se dejen engañar: hay seres invisibles – los Ángeles – que están unidos a vosotros por medio de la caridad». Así exhortaba San Bernardo a sus monjes: «Hermanos en Cristo, amen tiernamente a los Ángeles de Dios, como nuestros coherederos en el futuro, pero en el medio tiempo como abogados y guías, dados a nosotros por el Padre».

San Juan de la Cruz exhortaba a las personas espirituales a imitar la serenidad de los Ángeles frente al mal, especialmente frente a los pecados del prójimo, en lugar de abandonarse a un celo incontrolado o a lamentos estériles. Cuanto más el alma avanza en la vida espiritual, más cambia su actitud con relación a los pecados y los errores del prójimo. «El alma se comporta como los Ángeles: ellos se dan perfectamente cuenta de todo cuanto causa dolor, sin sentir nunca dolor; practican las obras de misericordia, sin sentir el sentimiento de la compasión. Así es con las almas elevadas a esta transformación de amor».

Todas las fuerzas diabólicas que nos persiguen y nos preocupan, sea en nuestra vida personal como en la vida de la Iglesia y del mundo, están siempre e invariablemente bajo el control de la Divina Providencia, la cual utiliza las fuerzas del mal como instrumentos privilegiados para purificar a los elegidos. Jamás, en ningún momento de la historia, Dios pierde el control de los acontecimientos. También en los períodos más borrascosos y peligrosos, cuando todo parece desmoronarse, los Ángeles buenos simplemente gobiernan a los ángeles rebeldes. El último de los Ángeles buenos gobierna al mismo Lucifer y obtiene su obediencia, dice Santo Tomás. Esta supremacía se fundamenta sobre el hecho de que la voluntad de los Ángeles buenos se ajusta perfectamente a los planes de Dios, planes que se realizan siempre y en todo lugar. «Todo hombre o ángel, si unido a Dios, se convierte en un solo espíritu con Él y es por ello superior a toda otra criatura». En ello reside toda nuestra esperanza y también nuestra fuerza.

La presencia invisible de los Ángeles es una verdad de fe que infunde una fuerza extraordinaria de acción y de contemplación. Nuestros compañeros invisibles son los primeros protagonistas de la acción contra-revolucionaria que debe continuar en la Iglesia y en el mundo. Ellos conocen aquello que nosotros ignoramos y ven en el Verbo aquello que para nosotros es totalmente obscuro. Pero como para ver la belleza de las estrellas es necesario que sea de noche, así también para gozar de la presencia de los Espíritus bienaventurados, es necesario entrar en la oscuridad de la fe, que es noche para los sentidos, pero luz resplandeciente para el alma.

Cristina de Magistris