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viernes, 29 de mayo de 2026

Cope se inventa un entrecomillado de Magnifica Humanitas




La radio de la Conferencia Episcopal Española presentó uno de los pasajes de la encíclica Magnifica Humanitas, asegurando que el Papa León XIV «desmonta» el concepto de guerra justa; acompañando esa afirmación con una cita entrecomillada: «No existe guerra justa».

La cuestión puede parecer menor, pero resulta especialmente relevante cuando se trata de un documento magisterial llamado a orientar el debate teológico y moral de los próximos años. Una cosa es interpretar el sentido de un texto; otra muy distinta es atribuir al Papa unas palabras que nunca escribió.

Lo que dice realmente la encíclica

La referencia aparece en el número 192 de Magnifica Humanitas, dentro de un capítulo dedicado a la creciente normalización de la guerra en la cultura contemporánea.

Tras denunciar el rearme de numerosos países, la pérdida de la memoria histórica de las tragedias del siglo XX y el papel de las redes sociales y los algoritmos en la polarización de las sociedades, León XIV escribe:
«Hoy más que nunca es importante reiterar la superación de la teoría de la “guerra justa”, invocada con demasiada frecuencia para justificar cualquier guerra, sin perjuicio del derecho a la legítima defensa, entendida en el sentido más estricto».
La formulación es significativa.

El Papa no escribe que «no existe guerra justa». Tampoco afirma que toda forma de defensa armada sea inmoral. Lo que sostiene es que la teoría de la guerra justa ha sido utilizada con demasiada frecuencia para legitimar conflictos y que la humanidad dispone hoy de instrumentos más adecuados para afrontar las crisis internacionales, como la diplomacia, el diálogo o el perdón.

La frase, además, aparece dentro de una reflexión más amplia sobre la propaganda, la desinformación y la construcción cultural de la guerra como instrumento ordinario de la política.

El Catecismo sigue ahí

El problema de algunas lecturas apresuradas —incluida la difundida por COPE en redes sociales— es que presentan el texto de León XIV como si cancelara de un plumazo toda la tradición moral católica sobre la legítima defensa. Pero el Catecismo sigue ahí.

La doctrina de la guerra justa no nació para justificar guerras, sino para limitarlas. Desde san Agustín hasta santo Tomás de Aquino, la reflexión cristiana intentó establecer criterios morales capaces de impedir que el recurso a la fuerza quedara abandonado a la pura ley del más fuerte.

Esa tradición sigue recogida en el Catecismo de la Iglesia Católica.

El número 2265 recuerda que quienes tienen responsabilidad sobre la vida de otros poseen no solo el derecho, sino también el deber de protegerlos. Y el número 2309 establece las condiciones que deben concurrir para que una defensa armada pueda considerarse moralmente legítima: que exista un daño grave, duradero y cierto; que hayan fracasado los medios pacíficos; que existan posibilidades fundadas de éxito; y que el uso de la fuerza no provoque males mayores que los que pretende evitar.

La Iglesia nunca ha enseñado un pacifismo absoluto que obligue a los inocentes a dejarse exterminar. Ha enseñado que la guerra es siempre un mal gravísimo y que únicamente puede contemplarse la defensa armada bajo condiciones extraordinariamente restrictivas.

Por eso resulta difícil sostener que León XIV haya querido abolir de forma expresa toda esta tradición cuando el propio texto conserva explícitamente la referencia al derecho de legítima defensa.

Lo que dicen Czerny y Staglianò

Las primeras interpretaciones vaticanas de este pasaje han llegado de la mano del cardenal Michael Czerny, prefecto del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral, y de monseñor Antonio Staglianò, presidente de la Academia Pontificia de Teología.

Ambos consideran que León XIV está impulsando una revisión profunda de la manera en que la Iglesia aborda hoy la cuestión de la guerra. Sin embargo, ninguno de los dos sostiene que toda defensa armada sea ilegítima.

Czerny reconoció expresamente que quien es agredido conserva el derecho a defenderse. De hecho, propuso una distinción significativa: «No hablaría de guerra justa. Hablaría de defensa justa».

Por su parte, Staglianò interpreta que las condiciones tecnológicas actuales han erosionado los criterios clásicos de proporcionalidad sobre los que descansaba la teoría tradicional. Según su análisis, la capacidad destructiva de los conflictos modernos hace cada vez más difícil aplicar los límites que históricamente pretendían contener la guerra.

Sin embargo, también él insiste en que la legítima defensa sigue siendo reconocida por la encíclica, aunque entendida «en el sentido más estricto».

Las declaraciones de ambos muestran que incluso dentro del Vaticano el debate se está planteando en términos mucho más matizados de lo que sugieren algunos titulares.

Un debate más complejo de lo que parece

La cuestión de fondo no es si la Iglesia bendice la guerra. No lo hace. Tampoco si León XIV desea reforzar una cultura de paz. Evidentemente sí.

La verdadera discusión es otra: cómo proteger a los inocentes cuando existe una agresión grave e injusta y han fracasado todos los medios pacíficos.

Esa pregunta no es teórica. Afecta a situaciones reales donde comunidades enteras sufren ataques, persecuciones o campañas sistemáticas de violencia. Y es precisamente ahí donde la doctrina clásica de la legítima defensa ha desempeñado históricamente un papel central dentro de la moral católica.

Lo que plantea Magnifica Humanitas es que la teoría de la guerra justa ha sido utilizada con demasiada frecuencia para legitimar conflictos que terminan alejándose de los límites morales que originalmente pretendía imponer. Pero eso no equivale necesariamente a negar toda posibilidad de defensa armada.

Entre la interpretación y la cita

Puede sostenerse que León XIV está llevando más lejos que sus predecesores la crítica a la teoría clásica de la guerra justa. Puede defenderse también que la encíclica abre una nueva etapa en la reflexión católica sobre la guerra y la paz.

Pero convertir esa reflexión compleja en un entrecomillado que nunca aparece en el texto no ayuda a comprender el documento. Más bien simplifica hasta deformar una cuestión doctrinal seria.

Interpretar ese desarrollo doctrinal es legítimo. Convertirlo en una cita textual que nunca aparece en la encíclica es otra cosa. El rigor en las citas debería ser una exigencia básica, especialmente para un medio de comunicación perteneciente a la propia Conferencia Episcopal Española.

jueves, 28 de mayo de 2026

El problema metafísico subyacente a Magnifica humanitas




La primera encíclica de León XIV, Magnifica humanitas, ha sido presentada a la opinión pública el 25 de mayo en la nueva aula del Sínodo. El Papa ha querido imprimir un tono solemne al acto, participando personalmente. Estaba rodeado por tres cardenales, dos teólogas (una inglesa y otra congoleña) y el ateo Christopher Olan, cofundador de la empresa de inteligencia artificial Anthropic.

Magnifica humanitas ha aparecido el 25 de mayo, si bien está fechada el día 15 del mismo mes, coincidiendo con la fecha en que León XIII publicó Rerum novarum. Hace 135 años, el papa Gioacchino Pecci, dedicó su encíclica social a la revolución industrial de su tiempo. León XIV ha querido centrar la reflexión de la Iglesia en la revolución digital de nuestra época, poniendo el acento en la inteligencia artificial.

El regreso de la doctrina social de la Iglesia, arrinconada en los años posteriores al Concilio Vaticano II salvo por Centessimus annus (1991) de Juan Pablo II, ha de ser acogido con satisfacción. Eso sí, hay que tener presente que la doctrina social de la Iglesia es parte integral de la doctrina moral católica, y ésta a su vez posee un fundamento metafísico, ya que la moral se cimenta en el orden del ser. Como enseña Santo Tomás de Aquino, agere sequitur esse: el acto se deriva del ser. En consecuencia, el orden moral y social no se puede entender desligado de la naturaleza humana y su fin último (Suma teológica, I-II, q. 94, a. 2). Por esa razón, el padre Réginald Garrigou-Lagrange precisa que «los propios derechos del hombre se derivan de sus deberes para con Dios» (Doctor Communis, 2-3 (1949), p. 158), poniendo de relieve el principio metafísico de la doctrina social de la Iglesia.

La encíclica Rerum novarum de León XIII fue precedida por la Aeterni Patris del 4 de agosto de 1879, con la cual, un año después de su elección, el Sumo Pontífice quiso trazar la línea filosófica que habrían de seguir las escuelas católicas, proponiendo al Aquinate como único maestro intelectual de la Iglesia. León XIII estaba convencido de que la restauración del pensamiento por medio de la filosofía tomista tenía que preceder a la de la sociedad y ser su cimiento. Eminentes estudiosos católicos como Étienne Gilson (1885-1978) y Augusto del Noce (1910-1989) proponen leer las principales encíclicas leoninas desde esta perspectiva metafísica. En Aeterni Patris, el Papa sintetiza su programa cultural; en las encíclicas sucesivas, entre las que se cuentan Libertas praestantissimum, sobre la libertad humana (1888), Arcanum divinae sapientiae, sobre el matrimonio cristiano (1880), Humanum genus, sobre la Masoneria (1884), Immortale Dei, sobre la constitución cristiana de los estados (1885) y Sapientiae christianae, sobre los deberes del cristiano en la vida pública (1890), aplica los mismos principios a los diversos ámbitos de la vida individual y social.

Es indudable que León XIV obedece a nobles intenciones y a un amor sincero por la verdad. Sin embargo, a diferencia de los de León XIII, su documento manifiesta la ausencia de una sólida formación metafísica, con lo que corre el riesgo de que no se entiendan bien problemas complejos como el de la inteligencia artificial.

Después de afirmar que «hay que evitar el equívoco de equiparar esta inteligencia a la humana», plantea el problema de la siguiente manera: «Estos sistemas imitan ciertas funciones de la inteligencia humana. Y, sin embargo, esta potencia sigue ligada exclusivamente al tratamiento de datos: las denominadas inteligencias artificiales no viven una experiencia, no poseen un cuerpo, no pasan por la alegría y el dolor, no maduran en las relaciones ni conocen desde dentro lo que significan el amor, el trabajo, la amistad y la responsabilidad. Tampoco tienen una conciencia moral: no juzgan el bien y el mal, no captan el sentido último de las situaciones ni asumen el peso de las consecuencias (…) No residen en el horizonte afectivo, relacional y espiritual en el que el ser humano se vuelve sabio (…) No es la experiencia de quien se deja modelar por la vida y crece en el tiempo por medio de decisiones, errores, perdón y fidelidad; es más bien una adaptación estadística a partir de datos y retroalimentaciones, que puede ser muy eficaz, pero no implica un crecimiento interior» (n.º 99).

Tiene razón el Papa al plantear el problema, pero no aclara por qué es imposible la equiparación entre inteligencia humana e inteligencia artificial. Según la filosofía tomista, el motivo no consiste principalmente en que la IA carece de emociones y relaciones y no tiene una memoria encarnada, sino en que le falta un alma racional y espiritual, principio intrínseco de las operaciones intelectivas. La enclíclica, por el contrario, formula la distinción entre el hombre y la IA en términos puramente fenomenológicos, el plano de la experiencia, la afectividad y la capacidad de relación, olvidando o ignorando que la diferencia definitiva es de orden ontológico.

Según Santo Tomás, el hombre no se puede reducir a un agregado de procesos materiales, porque el principio del conocimiento humano es incorpóreo y subsistente (Suma teológica, I, q. 75, a. 1). El intelecto humano no se limita a elaborar datos y reconocer esquemas; conoce lo universal (Suma teológica, I, q. 79, a. 6) y es capaz de abstraer de las imágenes sensibles conceptos inmateriales como el bien, la justicia o el propio Dios. Y de manera análoga, la voluntad no es un mecanismo de selección programada, sino un apetito racional capaz de raciocinio y de libertad (Suma teológica, I, q. 82, a. 1; ST, I, q. 83, a. 1).

En cambio, la inteligencia artificial carece de un principio intrínseco de conocimiento y de voluntad, pero actúa gracias a la inteligencia humana que la ha proyectado. De ahí que la diferencia entre el hombre y la máquina sea cuantitativa pero ontológica: el hombre conoce porque posee un intelecto espiritual y quiere porque posee una voluntad libre. Por el contrario, la máquina funciona porque ha sido construida con ese fin. Por eso, la inteligencia artificial más avanzada jamás podrá ser verdaderamente humana, pues le falta lo que para Santo tomás constituye el principio mismo del conocer y el querer auténticamente humanos: el alma racional y espiritual.

Estas observaciones pueden parecer abstractas desde el punto de vista filosófico, pero tienen importantes consecuencias en el plano moral y el social. La base metafísica de la doctrina social de la Iglesia remite al concepto cristiano del orden del ser, que entiende la historia del hombre a la luz de la creación, la caída y la Redención. En dicha perspectiva, la noción de pecado, sustancialmente ausente en la encíclica, no se puede reducir a una injusticia sociológica, sino que supone una transgresión de la Ley divina, implica una culpa, merece una pena y exige arrepentimiento y conversión. Con una hermosa expresión, el Papa afirma que «si el misterio de Dios-Amor es la fuente de la Doctrina social, su rostro más concreto lo contemplamos en Jesucristo, Verbo encarnado» (n.º 49). Pero Jesucristo no se encarnó para confirmar un ideal humanitario ni para promover una genérica fraternidad universal, sino para restablecer mediante la Redención del hombre y su reintegración al orden sobrenatural el orden que alteró el pecado (Suma teológica, III, q. 1, a. 2). Cuando este horizonte metafísico y sobrenatural es alterado, el cristianismo tiende inevitablemente a secularizarse y reducirse a una religión meramente horizontal y filantrópica cuyo objetivo ya no es la salvación de las almas y la reinstauración del orden cristiano, sino la simple gestión humanitaria de los problemas del mundo.

Magnifica humanitas abunda en buenas ideas y hay que considerarla una expresión autorizada del magisterio de León XIV, pero algunos aspectos de la filosofía y la doctrina social de la Iglesia que encara la encíclica para ser objeto de debate con el debido amor y respeto a la persona del Romano Pontífice y la institución del Papado.