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domingo, 21 de junio de 2026

La Tradición católica frente al dogma de Darwin



Permitiendo legítimas diferencias de opinión, vamos a exponer los claros límites entre la fe cristiana en la creación y la cuasirreligión materialista

La Iglesia Católica nunca ha dado su sello de aprobación oficial a la teoría de la evolución, y tampoco podría aprobar jamás el neodarwinismo, que entiende a todo ser viviente, el hombre incluido, como fruto de interacciones de la materia que se rigen por inevitables leyes de la naturaleza. No hay razones que validen la armonía entre las enseñanzas de la Iglesia y las premisas no teístas de la generalizada teoría de la evolución. Todo lo contrario: esta última no es otra cosa que ideología que se hace pasar por ciencia.

Aunque es frecuente citar a Juan Pablo II y a Benedicto XVI como partidarios del evolucionismo, en realidad tenían un concepto mucho más limitado de éste que la mayoría de los científicos. Y, en todo caso, siempre tomaron la precaución de distanciarse del naturalismo y el materialismo que son parte integral de la mentalidad evolucionista en todas las principales instituciones que la promueven. El pontífice polaco afirmó que es evidente que la verdad de fe sobre la creación se opone radicalmente a las teorías de la filosofía materialista, que entienden el cosmos como resultado de una evolución de la materia que se puede reducir a puro azar y necesidad.

En esta serie de tres artículos examinaremos tres cuestiones:

-Para empezar, voy a resumir hoy la enseñanza de la divina Revelación sobre la misión de Dios en el mundo natural, ya que para los creyentes la primera y eterna fuente de verdad –y más en cuestiones dudosas y difíciles– es Dios, no nuestros endebles y falibles recursos.

-En segundo lugar, hablaremos del concepto de azar, que suele ser invocado como el principio por el se rige la evolución, y demostraremos que el azar en sí no puede explicar nada y carece de sentido para establecer una relación entre inteligencia y finalidad.

-Por último, traeré a colación el testimonio de algunos grandes pensadores de la Tradición cristiana.


Dios crea los animales terrestres (Francisco Villamena, 1626)

El testimonio del Génesis

Si bien es cierto que algunas creencias evolucionistas pueden refutarse mediante el razonamiento y con argumentos científicos, los creyentes tenemos también el deber de reconocer con claridad los límites que nos ha impuesto Dios desde arriba con la Revelación. No hablamos de fe ciega, sino de respeto al Dios de la razón, la infinita luz de la Verdad de donde procede la chispa de la inteligencia humana.

Las Sagradas Escrituras dan un testimonio inequívoco de que es posible descubrir la existencia de Dios, su sabiduría y capacidad creadora por medio de sus obras. La Biblia expresa de un modo magnífico hasta qué punto podemos y debemos conocer a Dios mediante una atenta consideración del mundo que ha creado. Algunos científicos católicos, como el P. George Coyne o Kenneth Miller, que no alcanzan a entender la relación metafísica entre Dios y la creación y, apoyados en su imaginación, ven a esta última como algo que no tiene nada que ver con Dios, se desarrolla por sí solo y va por su cuenta y a su manera como algo que simplemente se ajusta al plan (¿o a las expectativas?) de Dios. Tienen una perspectiva que choca de frente con la divina Revelación. Para ellos, Dios mismo es otra cosa que existe junto con el universo y tiene tanto que ver con él como un rey secular con un reino sobre el que no tendría más que un poder limitado y extrínseco. Un dios así es un ídolo, no el verdadero Dios vivo que está más cerca de las cosas que las propias cosas.

El relato de la Creación en los dos primeros capítulos del Génesis nos enseña que Dios, único autor del mundo, ha dejado su firma en ella en lo que se refiere a: 

1) su bondad (la bondad de cada cosa y la bondad del todo); 
2) belleza y orden; 
3) utilidad para el hombre; 
4) y el hombre en cuanto imagen de Dios, por ser un ser racional, libre y capaz de engendrar a otras personas.

Eso sí, el Génesis no hace reflexiones filosóficas sobre esa firma. Al describir el acto de la Creación y su consecuencia –un magnífico paraíso bien abastecido de aves, peces, bestias y otros animales, como reptiles e insectos, un verdadero reino sobre el que el hombre y la mujer reinan sobre la paz de una naturaleza integrada– lo que hace es demostrar que Dios ha derramado en abundancia su bondad, que su naturaleza es un reflejo, del mismo modo que una montaña se refleja sobre un lago de aguas cristalinas. Los relatos de la Creación nos dicen que independientemente de la manera en que Dios haya creado el mundo –no hemos asistido a su formación, sino al resultado y, de un modo general, a su finalidad, que es manifestar la gloria de Dios–, su fuente única y primaria no es otra que Él y su generoso amor.

Esto excluye toda idea de un proceso librado al azar que pudiera haber resultado en el cosmos que conocemos o en algún otro. Dios planificó en detalle el cosmos que Él quería. Es un artista que concibió la obra que iba a realizar, y la realizó bien, con vistas a conducir al hombre a unirse con Él. No es un pintamonas como Jackson Pollock, que pinta salpicando un lienzo con borrones de pintura, a ver qué sale.

Jackson Pollock. Obra sin título

El testimonio de los Salmos

Muchos Salmos participan de la perspectiva cosmológica del Génesis. Me vienen a la memoria las resonantes afirmaciones del 148: «Él lo mandó, y fueron creados. Él los estableció para siempre y por los siglos; dio un decreto que no será transgredido» (Sal. 148, 5–6). Una vez más, el autor sagrado no intenta describir como lo haría un científico las secuencias y procesos por los que las estrellas (del cielo o del mar) aparecieron en un mundo naciente. Lo que sí hizo el Señor fue dar la orden, y sucedió según ordenó, de tal forma que quedaron firmemente fijados unos límites. Se produjeron cosas concretas; es lo que quería el Todopoderoso.

La Biblia pone de manifiesto que el Omnipotente no es igualitarista en cuanto a las especies: los relatos del Génesis destacan al hombre y la mujer como cumbre de la creación visible, estando todo lo demás al servicio de ellos. En general, las criaturas inferiores están al servicio de las superiores: las plantas sirven de alimento a los animales, y más tarde, después del Diluvio, los animales sirvieron de alimento al hombre (ahora bien, esta relación de medios para un fin es de por sí sutil. El libro de la Sabiduría entiende al parecer el universo visible como algo diseñado principalmente para manifestar la belleza de Dios al hombre, y sólo de un modo secundario para atender a las necesidades y deseos de la vida humana. El Salmo 8 recoge ambos aspectos).

El Salmo 103, poema ampliamente citado en la liturgia, ensalza las maravillas de la Creación. Tres versos sintetizan esa perspectiva:

«Produces el heno para los ganados, y las plantas que sirven al hombre, para que saque pan de la tierra, y vino que alegre el corazón del hombre; para que el aceite dé brillo a su rostro y el pan vigorice su corazón (…) ¡Cuán variadas son tus obras, oh Yahvé! Todo lo hiciste con sabiduría; llena está la tierra de tus riquezas».

Las Sagradas Escrituras rebosan de expresiones semejantes de alegría y admiración por la obra de las manos de Dios, cantos de alabanza al Creador que reina sobre todos y cuya labor artesana es visible en todas partes, si bien Él permanece invisible porque es Espíritu infinito, en todo y aun así por encima de todo.

El Salmo 18 nos presenta al firmamento como un predicador del señorío creador divino: «Los cielos atestiguan la gloria de Dios; y el firmamento predica las obras que Él ha hecho. Cada día transmite al siguiente este mensaje, y una noche lo hace conocer a la otra». Todo, no sólo los seres humanos, está supeditado a la Divina Providencia, «quien fija el número de las estrellas, y a cada una llama por su nombre» (Sal.146,4).

El 32 da fe tanto de la manera en que actúa el Señor –mediante intelecto y voluntad, concibiendo y ejecutando sus designios– como del alcance de su obra: se lo muestra como autor del ser, de la sustancia y naturaleza misma de las cosas. Aunque ello no excluya un periodo largo de tiempo a lo largo del cual Dios pueda introducir distinciones en su creación, ni otros medios subordinados de los que se pueda valer para llevar a cabo sus designios, salta a la vista que aquí la doctrina excluye el mero azar: «Por la Palabra de Yahvé fueron hechos los cielos, y todo su ornato por el soplo de su boca (…) Porque Él habló y quedaron hechos; mandó, y tuvieron ser».

No vendría mal hacer una pausa para preguntarnos por qué no podemos interpretar las Escrituras en un sentido metafórico en pasajes así, dejando abierta la posibilidad de que en realidad todo se formó de una forma caótica y desordenada como afirman los científicos seculares. Un principio fundamental de la interpretación de las Escrituras aceptado por todos los católicos tradicionalistas es que, independientemente de cómo queramos explicar lo que claramente son metáforas en la Biblia (por ejemplo: el brazo de Dios = su fortaleza; los ojos de Dios = su conocimiento), nunca podremos contradecir un pasaje de sentido evidente, o sea la intención del autor al emplear un lenguaje determinado.

Así pues, al decir «habló, y quedaron hechos» o «todas las cosas fueron hechas por el Verbo», las Escrituras atribuyen claramente a Dios una causalidad inteligente, libre, primaria e inevitable que permite compararla con la obra de un artesano, aunque no se revele la manera en que su discurso creador produjo resultados visibles e invisibles. A priori, esas afirmaciones no excluyen un relato en el que la mente de Dios no sea origen de todo ser y perfección de ser; da igual, una vez más, cómo les infunda existencia con su palabra. Ello obedece a que palabras como hablar, palabra y otras por el estilo no son un plástico que se pueda moldear dándole la forma que se quiera. Su sentido central es totalmente incompatible con la imagen de un mundo que tiene más de balbuceo carente de sentido que de expresión inequívoca.

Naturaleza muerta con limones, naranjas y una rosa (Zurbarán). 

El género pictórico del bodegón es una demostración de los logoi que gobiernan todas las cosas.

Otros testimonios de las Escrituras

En el capítulo inicial de la Epístola de San Pablo a los Romanos podemos leer:

«Lo que es dable conocer de Dios está manifiesto en ellos, ya que Dios se lo manifestó. Porque lo invisible de Él, su eterno poder y su divinidad, se hacen notorios desde la creación del mundo, siendo percibidos por sus obras, de manera que no tienen excusa; por cuanto conocieron a Dios y no lo glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su insensato corazón fue oscurecido» (Rm.1,19-21).

Seguidamente San Pablo hace responsable a a la humanidad pecadora de la espiral de pecados que tuvo origen en ese olvido de la naturaleza divina: en primer lugar la idolatría (vv. 22–23), a continuación la lujuria y la impureza, y la deshonra del cuerpo en castigo por servir a la criatura en lugar de al Creador (vv. 24–25), después los actos homosexuales sean entre mujeres o entre hombres (vv. 26–27), y por último bajeza de ideas y toda clase de malicia (vv. 28–31). Es una escalofriante descripción de lo que le pasa al hombre cuando se desconecta de la gracia; y también por haberse separado de los destellos de lumbre divina que es capaz de percibir la mente humana cuando presta fiel atención al mundo real.

Un texto complementario sobre la manifestación de la sabiduría divina por medio de la belleza y orden de las criaturas lo encontramos en el capítulo 13 del libro de la Sabiduría. Las enseñanzas este capítulo del libro sapiencial resultan mucho más llamativas al contrastarlas con la mentalidad materialista actual y sus justificaciones pseudocientíficas:

«Vanidad son ciertamente todos los hombres en quienes no se halla la ciencia de Dios, y que por los bienes visibles no llegaron a conocer a Aquel que es; ni considerando las obras, reconocieron al artífice de ellas; sino que se figuraron ser el fuego, o el viento, o el aire ligero o las constelaciones de los astros, o la gran mole de las aguas, o el sol y la luna los dioses gobernadores del mundo. Y si encantados de la belleza de tales cosas las imaginaron dioses, debieron conocer cuánto más hermoso es el dueño de ellas; pues el que creó todas estas cosas es el autor de la hermosura. O si se maravillaron de la virtud e influencia de estas creaturas, entender debían por ellas que Aquel que las creó, las sobrepuja en poder. Pues de la grandeza y hermosura de las creaturas, se puede a las claras venir al conocimiento de su Creador. Mas los tales son menos reprensibles; porque yerran tal vez buscando a Dios y esforzándose por encontrarle, por cuanto le buscan discurriendo sobre sus obras, de las cuales quedan como encantados por la belleza que ven en ellas; aunque ni tampoco a éstos se les debe perdonar. Porque si pudieron llegar por su sabiduría a conocer el mundo, ¿cómo no echaron de ver más fácilmente al Señor del mismo?» (Sab.13,1-9.)

Se trata de una confesión de confianza en la razón y la inteligibilidad de la Creación, que es un tema recurrente en la teología católica. Es paradójico que en los tiempos actuales sea el catolicismo el que se encuentre en la curiosa posición de tener que defender la capacidad de la razón para entender la realidad, y entenderla como un todo ordenado que requiere una fuente trascendente de orden, no sólo para entrar en existencia sino para que cada parte sin excepción siga existiendo mientras tenga ser. En cuanto a este punto se podría estar de acuerdo con la manida afirmación de Stanley Jaki de que, entendida en el sentido moderno de la palabra, la ciencia no podía surgir sino en un contexto judeocristiano, ya que exige una firme y confiada fe en la inteligibilidad del cosmos, en que éste está sujeto a ciertas reglas y a que tiene un sentido último. Requiere una epistemología realista.

Me gustaría finalizar este repaso a los fundamentos escriturísticos señalando otro pasaje: el conocido himno del libro de Daniel llamado Benedicte, en el que, en un estilo que posiblemente inspirase los cánticos de San Francisco de Asís, toda la Creación de Dios es convocada para «alabarle y ensalzarle por los siglos» (V. Dan.3, 52–90; cf. Sal. 148).

Es de uso frecuente entre los sacerdotes, religiosos y seglares que rezan el Oficio Divino. ¿Se aprecia siempre su sentido? Dice claramente que todas las criaturas, siendo lo que son, se convierten en una suerte de ofrecimiento de alabanza a Dios cuando el hombre, contemplando la sabiduría y bondad de Dios expresada en ellas, se dirige a Dios para alabarlo. Sean cuales sean las causas segundas que participen en el cumplimento del plan eterno de Dios, Él es la causa primera de todo, y así, como causa inteligente y libre, las conoce, las planifica (es decir, concibe su plan) y quiere que sean tal como Él las conoce. Independientemente de cualquier otra causa que intervenga, todo está supeditado al plan por Él previsto, por lo cual tampoco actúan por azar, sino conforme a un designio. Todo lo que se deba al azar es, de suyo, no intencionado; y lo que no es intencionado no suscita elogio de nadie.

¿Qué conclusión podemos sacar, releyendo estos textos de las Escrituras, en particular el capítulo 13 del libro de la Sabiduría? En primer lugar, es un hecho revelado que para quien se esfuerce suficientemente –a propósito, esto me parece importante; hablamos de una cuestión moral: ¿queremos saber de Dios, o preferimos prescindir totalmente de Él?– La existencia de Dios, su sabiduría, su amor, su capacidad creadora se pueden vislumbrar en lo que ha creado, en la obra de sus manos. Las Escrituras enseñan claramente que a) Dios ya tenía (y tiene) pensado todo lo que hay en el universo creado; b) por eso, vela por sus criaturas conforme a las necesidades y merecimientos de éstas, hasta por el menor de los pajarillos, y provee para dichas necesidades; y c) que en todo lo que Dios quiere o permite que ocurra hay una finalidad por muy oculta que nos sea, y esa finalidad tiene que ver con la salvación de los elegidos y contribuye a ella (Rom. 8,28).


Portada del Evangeliario de Lindau (c. 875 a.C.). 

Nuestros antepasados decoraban sus biblias con tanto primor porque creían que verdaderamente eran las palabras de Dios para el hombre. Más ejemplos aquí.

Para el católico, la Escritura es inerrante

Sorprende la frecuencia con que hoy en día se compara a católicos con protestantes de la siguiente manera: «Los protestantes creen que la Biblia es la Palabra literal de Dios, que está inspirada y libre de errores, mientras que para los católicos es un medio del que Dios se vale para enseñarnos, pero sólo es inerrante en lo que respecta a doctrinas de fe y moral».

Es una mala descripción de la doctrina católica, como se puede comprobar con una lectura detenida de documentos clave (y no me refiero sólo a Providentissimus Deus de León XIII, por supuesto, sino también a Divino Afflante Spiritu de Pío XII y a la constitución Dei Verbum del Concilio Vaticano II). 
La propia Iglesia Católica enseña que, en su conjunto y en todas sus partes, las Escrituras tienen a Dios como autor primario y a los hombres como autores secundarios, instrumentos inteligentes de los que se sirve para transmitir un mensaje que, debidamente entendido, es siempre la pura verdad.
De ahí que no pueda haber errores de hecho que un autor secundario no sólo entendiese como ciertos –pues la Biblia recoge muchas opiniones falsas–, sino que, como instrumento de Dios, tuviera la finalidad de comunicar como si fueran ciertas. La Escritura es cierta en su conjunto y en todas sus partes, precisamente conforme al sentido que sus autores (primario y secundarios) les quisieron dar (una vez publiqué un artículo en OnePeterFive, The Inspiration and Inerrancy of Sacred Scripture que explicaba más detalladamente este punto, por si alguien está interesado en profundizar).

Por consiguiente, los católicos aceptamos el sentido literal de cada pasaje de la Biblia, pero no conforme a un concepto superficial de lo que significa la palabra literal, sino con el matiz de lo que la letra –o sea, el sentido que le ha querido dar el autor– significa en realidad en este o aquel pasaje (V. CIC, nº 105–119).

La mejor explicación de la doctrina católica sobre las Escrituras se puede encontrar en el libro de Thomas Crean Letters From That City: A Guide to Holy Scripture for Students of Theology. Recomiendo encarecidamente ese texto; es muy contundente.

En la próxima entrega hablaremos del azar y de lo que este puede –y lo que es más importante, no puede– explicar.

¡Gracias por su atención, y que Dios los bendiga!

viernes, 15 de mayo de 2026

Simios y humanos: el evolucionismo a juicio

 



Recuperando la verdadera historia y cronología de la humanidad.



Pieter Brueghel el Viejo (1526/1530–1569), Dos monos encadenados.



Historia falsificada.

Si hoy abrimos cualquier libro dedicado a la historia y los orígenes de la humanidad, encontraremos la misma tesis evolutiva caracterizada por dos ideas principales: que el hombre desciende de una familia de primates (es decir, simios) y que la cronología de su "evolución" se extiende a lo largo de millones de años. Manteniendo la fachada de la cultura latina, se habla de Homo ergaster y Homo erectus , que supuestamente aparecieron hace entre 1,5 y 2 millones de años.(1) Antes que ellos, su antepasado simiesco, el (infame) Australopithecus, vivió en África. Se dice que hace unos 200.000 años —con variaciones entre 50.000 y 100.000 años— apareció el verdadero ser humano: Homo sapiens . Los científicos debaten preguntas como: "¿Los humanos tienen un origen único o múltiple?". Si la respuesta es un origen único, entonces nos enfrentamos a la llamada "hipótesis del origen único" o la "teoría de la salida de África". Si se prefiere esta última opción, entonces estamos ante una "evolución multirregional". En ambos casos, los científicos mantienen una creencia inquebrantable: que los humanos descendemos de una "especie de primates".

Si quieres ver cómo están las cosas, lee el artículo escrito por el Sr. Chris Stringer del Museo de Historia Natural de Londres, publicado en la revista Nature , titulado " Fuera de Etiopía ".(2) Desde el principio se nos dice lo siguiente:
La idea de que los humanos modernos se originaron en África, y que desde allí se extendieron poblaciones al resto del mundo, ha seguido ganando adeptos en los últimos tiempos.
Interesante. Primero surgió la idea, y solo después se confirmó. Sin embargo, no crean que el Dr. Stringer pretende sugerir que la filosofía y la doctrina preceden a la observación y los hechos. En absoluto. La "idea" es simplemente una hipótesis de trabajo que ha sido "probada" por los hechos. En su artículo, apoya la hipótesis de un único origen africano para la humanidad. Las cifras que presenta siempre son impresionantes: fósiles pertenecientes a Homo sapiens han sido datados "entre aproximadamente 260.000 y 130.000 años atrás". Y los "argumentos científicos" a favor de estas cronologías siempre suenan así:
Los fósiles están lo suficientemente completos como para mostrar una serie de características típicas de los humanos modernos y, utilizando el método de isótopos de argón, se ha datado en torno a los 160.000 años de antigüedad.
Como era de esperar, también hay un diagrama (en la página 693) que sistematiza estas cronologías. Se dice que Homo ergaster , el primer homínido en cocinar, tiene alrededor de 1,5 millones de años; Homo erectus , el que empezó a preferir la bipedestación, también tiene la venerable edad de unos 1,2 millones de años; mientras que se dice que el joven Homo sapiens tiene solo unos 100.000 (o 200.000) años. Podemos sonreír cuando el autor se refiere a fósiles de cierta región (Herto, Etiopía), que datan de hace más de 100.000 años, como " Homo sapiens moderno ".

No es necesario citar múltiples fuentes. Estoy seguro de que ya han captado la idea principal, que muchos conocen gracias a los libros de texto escolares, las enciclopedias y los diccionarios modernos: según la "ciencia" convencional, los orígenes del mundo y de la humanidad se pierden en algún lugar del túnel del tiempo que se extiende millones y millones de años.

Cronologías indefinidas y el comienzo del mundo

Hoy en día, para muchos católicos, estos datos se aceptan sin reservas. De hecho, hubo algunos debates en los siglos XIX y principios del XX. Sin embargo, antes de eso, las cosas eran muy diferentes. Lo entendemos sobre todo al leer crónicas históricas antiguas, como la de Miron Costin (1633-1691). En Letopisețul Țărâi Moldovei [de la Aron Vodă încoace] (La crónica de la tierra de Moldavia [desde el reinado de Aron Vodă en adelante]), escribe en la portada:
Crónica de la tierra de Moldavia desde Aaron Vodă en adelante, desde donde fue interrumpida por Ureche, voivoda de la región baja, en la ciudad de Iași, en el año 7183 de la creación del mundo y 1675 de la Natividad del Salvador del mundo, Jesucristo… (3)
El autor, educado por su padre, el hetman Iancu Costin, en el colegio jesuita de Bar (entonces Kamienec Podolski), también escribió una historia en verso polaco de Moldavia y Valaquia. Como sugiere la cita anterior, conocía con gran precisión la duración de la historia universal: 7182 años. De hecho, la mayoría de las crónicas medievales y renacentistas contienen datos similares. De su lectura se desprende que los orígenes de la humanidad no se remontan a cientos de miles o millones de años, sino a tan solo unos pocos miles. El punto de referencia siempre fue el año del nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo. Por lo tanto, los autores cristianos primero calcularon el período desde la creación del mundo hasta el nacimiento del Niño divino, y luego fueron sumando progresivamente los años hasta la fecha de su escritura. No es de extrañar, pues, encontrar algunas discrepancias en estas cronologías.

Teófilo de Antioquía, que vivió en el siglo II d. C., y Julio Africano, basándose en la Septuaginta ( la versión griega tradicional del Antiguo Testamento), propusieron un período de 5530 años entre la creación del mundo y el nacimiento de Jesucristo. Un monje alejandrino llamado Panodoro calculó aproximadamente 5900 años. Un famoso texto histórico del Imperio Romano de Oriente, el Chronicon Paschale , hablaba de 5507 años, después de que varios Santos Padres expresaran opiniones diversas sobre los 5000 años para la edad del mundo: San Juan Crisóstomo y San Isaac el Sirio. San Hipólito de Roma (c. 170-c. 235 d. C.) propuso 5500 años. Curiosamente, el famoso historiador eclesiástico bizantino Eusebio de Cesarea (c. 260/265–339 d. C.) estimó un período de 5199 años, que coincide con el que se recoge en la fascinante obra La Ciudad Mística de Dios, de la visionaria abadesa María de Ágreda (1602–1665). A pesar de las imprecisiones de varios cientos de años, es evidente que la tradición cristiana, al igual que la judía, concebía la historia del mundo antes de Nuestro Señor Jesucristo como de un período máximo de 6000 años.

El artículo titulado « Cronología bíblica », escrito por J. Howlett y publicado en 1908 en la Enciclopedia Católica , afirma con realismo que la enorme cantidad de cronologías propuestas —alrededor de doscientas— demuestra que no podemos pretender la exactitud en un asunto tan delicado. Esto se debe a que «los libros de la Sagrada Escritura (...) no son mera historia». Al mismo tiempo, se cita con aprobación al padre Mangenot, quien afirma que «algunos defensores de la arqueología prehistórica han abusado de esta libertad y han atribuido a la raza humana una antigüedad extremadamente remota».(4)

A continuación se citan autores que ya habían propuesto, en la segunda mitad del siglo XIX y a principios del siglo XX, cifras similares a las popularizadas por los científicos actuales: Haeckel – más de 100.000 años; Burmeister – más de 72.000 años; Draper – 250.000 años; G. de Mortillet – 240.000 años, etc. La opinión de Guibert, que critica estas cifras descomunales – "no hay nada que nos obligue a extender la existencia humana más allá de los 10.000 años" – es secundada por Driver, quien afirma: Según la estimación más conservadora, no puede ser inferior a 20.000 años.

Las enseñanzas de las jerarquías católicas preconciliares.

Todas las opiniones que leemos en el artículo de la Enciclopedia Católica demuestran que los debates sobre la cronología de la historia universal ya eran muy intensos a principios del siglo XX. Sin embargo, en el mundo católico, nadie aceptaba una historia que abarcara cientos de miles o millones de años, sino más bien una de 20 000 o 30 000 años como máximo, y más probablemente de 10 000 años. Si bien los debates sobre la duración de la historia universal son importantes, el debate sobre el origen de los humanos a partir de los simios lo es aún más. Desde el principio, se han ofrecido varias respuestas muy importantes a esta idea, las cuales me gustaría repasar aquí.

En primer lugar, existe una condena explícita del evolucionismo por parte de los obispos alemanes. En un documento de un concilio local celebrado en Colonia en 1860, declararon lo siguiente:

Nuestros primeros padres fueron formados directamente por Dios. Por lo tanto, declaramos que la opinión de quienes no temen afirmar que este ser humano, el hombre en cuanto a su cuerpo, surgió finalmente del cambio espontáneo y continuo de la naturaleza imperfecta hacia una más perfecta, es claramente contraria a la Sagrada Escritura y a la Fe.(5)

El fundamento bíblico revelado se expone de forma concisa y clara, sin ambigüedad alguna. La doctrina en nombre de la cual reaccionaron los obispos alemanes es la de la creación del hombre por Dios. Por lo tanto, el hombre, si bien aún no había alcanzado la perfección de la visión beatífica, fue creado completo desde el principio, cuerpo y alma. Los cuerpos de los primeros humanos, Adán y Eva, no podían experimentar ninguna «evolución» de una naturaleza imperfecta a una perfecta, descartando así cualquier intento de separar la dimensión corporal del hombre de la espiritual para justificar la evolución humana a partir de los simios. Además, la idea de un simio con alma humana es metafísicamente imposible. Asimismo, no debe olvidarse que el dogma del pecado original implica una «involución» del hombre, no una «evolución».

Siguiendo el pensamiento de Santo Tomás de Aquino, la Iglesia ha adoptado la concepción —de origen platónico-aristotélico— del alma entendida como la «forma sustancial» del cuerpo (la «materia» del hombre). Para todos los principales pensadores católicos posteriores al Doctor Angélico, el hilemorfismo (la teoría según la cual «todo objeto físico es compuesto de materia y forma») excluye cualquier hipótesis evolutiva. ¿Por qué? Porque las «formas sustanciales» que subyacen a todas las criaturas y objetos de nuestro mundo físico son entidades inteligibles creadas directamente por Dios. Estas entidades —también llamadas «esencias», «sustancias» o «ideas» de seres y cosas— no pueden experimentar «evolución». Tampoco el hombre puede manipularlas ni transformarlas de ninguna manera. Una «forma sustancial» no puede transformarse en otra forma. Solo Dios puede hacer esto, como se desprende de la enseñanza de la Iglesia sobre la Sagrada Eucaristía, que afirma que en el momento en que el sacerdote pronuncia las palabras de Nuestro Señor Jesucristo en la noche de la Última Cena, las "formas" del pan y el vino son sustituidas por Dios mismo por las sustancias de su Cuerpo y Sangre.

Obviamente, el rechazo de la evolución presupone la existencia de un marco filosófico que permite, en la medida de lo posible con nuestro nivel de conocimiento actual (posterior a la caída), explicar la existencia de seres y cosas en nuestro mundo. Sin embargo, si se rechaza este marco, la humanidad y el mundo se explican en términos estrictamente materiales, en los que partículas invisibles —como los átomos— son los «bloques de construcción» de los que todo se compone. Quizás sorprenda a algunos lectores al afirmar que, desde la perspectiva de la metafísica aristotélico-tomista clásica, la transformación de las formas es tan inaceptable como el modelo atómico moderno. Con esta afirmación, simplemente deseo señalar que, sin una sólida base filosófica, las discusiones sobre los orígenes de la humanidad y del mundo solo pueden conducir a un número infinito de errores.

Robert Lazu Kmita
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1. Bernard Wood, Human Evolution: A Very Brief Introducción , Oxford University Press, 2005.
2. Aquí están los datos bibliográficos precisos del artículo: Chris Stinger, “ Out of Etiopía ” Nature, Volumen 423, 12 de junio de 2003, pp. 692-693 y 695.
3. El texto original: “Letopisețul Țărâi Moldovei de la Aaron Vodă încoace, de unde este părăsit de Ureche Vornicul de țara de Gios în oraș în Iași, în anul de la creaa lumii 7183, iar de la de la Nașțeria Mântuitoriului lumii, he Iisus Christos, 1675 meseța… dni.” En Marii Cronicari ai Moldovei (Los grandes cronistas de Moldavia), edición, estudio introductorio, glosario, puntos de referencia histórico-literarios por Gabriel Ștrempel, Bucarest: Editorial de la Academia Rumana, 2003, pág. 171.
4. “ Cronología bíblica ”, en Enciclopedia Católica: https://www.newadvent.org/cathen/03731a.htm [Consultado el 5 de mayo de 2026].
5. El texto latino original, citado en EC Messenger, Evolution and Theology (Nueva York: Macmillan, 1932, pág. 226, n. 1), es el siguiente:
Primi parentes a Deo immediate conditi sunt. Itaque Scripturæ sanctæ fideique plane adversantem illorum declaramus sententiam, qui afirmar no verantur, espontánea naturæ imperfectioris in Perfectiorem continuo ultimaque humanam hanc immutatione hominem, si corpus quidem speci, prodidisse.
La traducción que cito es del artículo de Brian W. Harrison, " Early Vatican Responses to Evolutionist Theology ", accesible en línea aquí: https://www.rtforum.org/lt/lt93.html [consultado el 5 de mayo de 2026]. El señor Harrison, a su vez, ha retomado la traducción de Patrick O'Connell de Science of Today and the Problems of Genesis (segunda edición, 1968, reimpresa por TAN Books [Rockford, Illinois, 1993], p. 187). Refiriéndose tanto al artículo de los obispos alemanes como a las traducciones al inglés, Harrison afirma lo siguiente:
Al incluir la palabra «espontáneo», este juicio contra la evolución se abstiene de condenar la hipótesis del «transformismo especial».
6. El artículo « Forma versus materia » de la Enciclopedia de Filosofía de Stanford: https://plato.stanford.edu/entries/form-matter/ [Consultado el 5 de mayo de 2026].

viernes, 28 de octubre de 2022

La pseudociencia del Evolucionismo (Carlos Baliña)




Duración: 75 minutos



Pbro. Dr. Carlos Baliña - https://formacioncatolicahoy.org/257-... 

El Padre Carlos Baliña cursó sus estudios de filosofía y teología en el Seminario Diocesano "Santa María Madre de Dios" de San Rafael Mendoza. Ordenado Sacerdote en dicha diócesis el 4 de diciembre de 1993. 

Sacerdote perteneciente a la Eparquía Ucraniana en la Argentina. Es Licenciado en física por la universidad de Buenos Aires; Diplomado en estudios avanzados en filosofía por la Universidad de Barcelona; Doctorado en filosofía por la Universidad de Barcelona; Profesor de filosofía de las ciencias 1 y 2 en el Instituto Superior del profesorado "Antonio Sáenz" de Lomas de Zamora. 

Profesor de Antropología y Ética en la Escuela Superior de Gendarmería.