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sábado, 14 de marzo de 2026

Lecciones prematuras de un conflicto inacabado (Fernando del Pino Calvo Sotelo)




Hablar de acontecimientos resulta mucho menos interesante que hablar de ideas. Sin embargo, podemos aprovecharlos para realizar un ejercicio de inducción que intente identificar los principios generales implícitos en ellos. Es lo que pretendo hacer en este artículo respecto del conflicto en Irán.

La justicia tiene los ojos vendados por un buen motivo: porque la imparcialidad y el respeto a la verdad deben prevalecer sobre cualquier otra consideración. Pues bien: el primer principio general que podemos inducir de esta guerra es la dificultad de emitir juicios objetivos sobre un acto o sobre un conflicto sin que nos influya la simpatía o antipatía que sentimos por el actor o por alguna de las partes. Esta característica tan humana nubla nuestra capacidad de análisis y nos empuja a pontificar sobre valores para encubrir inconscientemente nuestros sesgos y dobles raseros. En el caso que nos ocupa, me resulta imposible no sentir una profunda aversión hacia un régimen demente, siniestro y liberticida como el iraní, que, además de patrocinar el terrorismo, reprime a tiros a manifestantes desarmados matando a miles de ellos. Pero, precisamente por ser ésta la realidad, la realización de este ejercicio resulta tan aleccionadora.

La guerra preventiva

El actual conflicto en Irán —otra «operación militar especial», supongo— es, una vez más, una guerra no aprobada por ningún Congreso ni comunicada formalmente al adversario. Ha constituido, en esencia, un ataque realizado por sorpresa en medio de unas negociaciones un día después de que el mediador ―el ministro de Exteriores de Omán― hubiera afirmado que iban bien encaminadas[1]. Al hacerlo, EEUU e Israel han obtenido la ventaja táctica de la sorpresa y descabezado el régimen iraní, pero al precio de perder parte de su autoridad moral y el relato de la propaganda, fuera y dentro de Irán. Lamentablemente, hoy la oposición interna al régimen parece más débil que antes del ataque.

Según los atacantes, se trata de un ataque «preventivo». Este concepto escapa de la doctrina de la guerra justa, que sólo admite el uso de la fuerza militar en legítima defensa y, además, de forma restrictiva. Naturalmente, existen muchos precedentes de ataques preventivos, pero quizá el más famoso es el que realizó Japón en Pearl Harbour el 7 de diciembre de 1941. En aquella ocasión, Japón también obtuvo la ventaja táctica de la sorpresa (relativa), pero resultó efímera, pues al perder el relato de la propaganda, facilitó la hasta entonces impopular entrada de EEUU en la Segunda Guerra Mundial (que deseaban sus líderes, mas no su pueblo).

El día después del ataque, el entonces presidente Roosevelt acudió al Congreso a pedir la declaración de guerra con un discurso que se haría famoso: «Esta fecha quedará marcada por la infamia, pues los Estados Unidos de América fueron atacados repentina y deliberadamente por las fuerzas navales y aéreas del Imperio de Japón cuando estaban en paz con esa nación y seguían manteniendo conversaciones con su Gobierno con miras a mantener la paz en el Pacífico»[2].

Por favor, relean el párrafo anterior, pero reemplazando EEUU por Irán y el «Imperio de Japón» por EEUU: ¿encuentran muchas diferencias entre aquella «infamia» y el actual ataque? Imaginen ahora que, en vez de bombardear una base naval en un lejano archipiélago perdido en medio del océano, los japoneses hubieran bombardeado la Casa Blanca matando a Roosevelt, a su mujer y a parte de su gobierno. ¿Cómo sería calificado semejante ataque? Imaginen que, para más inri, ese mismo día los japoneses hubieran bombardeado por error una escuela infantil. Es lo que ha ocurrido en una escuela de la ciudad iraní de Minab, en la que han muerto, según UNICEF, 168 niñas[3]. El gobierno norteamericano sigue lanzando cortinas de humo sobre su presunta autoría[4], aun después de que apareciera prueba fehaciente de que la escuela ―colindante con unos barracones de la Guardia Islámica― había recibido el impacto de un misil Tomahawk[5].

Las nuevas reglas

El segundo principio es que toda acción tiene consecuencias no deseadas, pues el ser humano es falible y está sujeto a su naturaleza caída, flaquezas que la patología del poder aumenta considerablemente. El ataque preventivo norteamericano-israelí ha comenzado por el asesinato del mandamás iraní y de algunos miembros de su gobierno que quizá se reunían para discutir el avance de las negociaciones. ¿Debemos entender que son éstas las nuevas reglas de enfrentamiento en las relaciones internacionales? Algunos argumentarán que el hecho de que los yonquis del poder se maten entre ellos en vez de enviar a otros a morir desde una distancia segura tiene su atractivo, pero ¿no crea esta acción un precedente inquietante? ¿Quién confiará en una negociación para evitar un conflicto armado si se admite la posibilidad de que una parte rompa por sorpresa la negociación matando al máximo responsable de la otra parte? ¿No revela esta acción, una vez más, el doble rasero que aplican EEUU e Israel («las reglas son para ti, no para mí»)? Y si la finalidad aparente de todo este conflicto es evitar la proliferación de armas nucleares (o más bien, la protección del privilegio monopolístico del club que ya las posee), ¿no lanza esta acción el mensaje contrario, esto es, que, si no quieres que te pase a ti, más vale que te conviertas en una potencia nuclear como única forma de protección efectiva?

El supuesto objetivo del descabezamiento del régimen iraní era propiciar la llegada de un nuevo gobierno menos hostil. Dudo sinceramente que Israel, siempre tan bien informado a través de sus eficaces agencias de inteligencia, lo creyera realmente, aunque otra cosa es que Netanyahu se lo hiciera creer a Trump. En cualquier caso, como comentaba un analista, EEUU tardó en Afganistán 20 años en pasar de los talibanes a los talibanes, pero en Irán ha tardado sólo 9 días en pasar de Jamenei a Jamenei.

Pretextos para la guerra

Decía Tucídides que hay que distinguir entre los pretextos de los conflictos y sus causas últimas. El tercer principio, por tanto, es que, para justificar sus guerras, los yonquis del poder siempre buscan pretextos para que la población les apoye, pues el hombre es un ser moral que debe justificar en su propia conciencia algo tan extremo como matar a otro ser humano o realizar el sacrificio último de morir por una causa. Por lo tanto, la propaganda bélica siempre comienza dibujando el conflicto como una lucha entre el bien y el mal, canonizando la razón propia y demonizando la del enemigo.

En esta ocasión, y a pesar de sus intentos, el gobierno norteamericano no ha logrado aclarar qué quería prevenir con esta guerra «preventiva», que atañía a Israel, pero no a EEUU. En efecto, las explicaciones estadounidenses han ido variando casi de hora en hora sin pudor ni pretensión alguna de coherencia. Primero nos dijeron que se quería evitar que Irán construyera armas nucleares. Steve Witcoff, enviado especial y negociador internacional amateur del presidente Trump, alertaba el 22 de febrero de que Irán podía obtener armas nucleares «en una semana»[6]. Esto contradecía las declaraciones de Trump de junio de 2025, cuando, tras bombardear las instalaciones nucleares subterráneas de Irán, aseguró que habían sido «completamente destruidas». Según la Casa Blanca, tanto la Comisión de Energía Atómica Israelí como el jefe de Estado Mayor del ejército israelí confirmaron que el programa nuclear iraní «se había retrasado años, repito, años»[7].

El bombardeo de junio de 2025, por cierto, se produjo a pesar de que las agencias de inteligencia norteamericanas concluyeran tres meses antes que «Irán no está construyendo un arma nuclear y Jamenei no ha reautorizado el programa de armas nucleares que suspendió en 2003»[8]. Por lo tanto, ¿mintió Trump en junio, ha mentido ahora, o lo ha hecho en ambas ocasiones? Y si, según la inteligencia norteamericana, Jamenei llevaba prohibiendo el programa de armas nucleares dos décadas, ¿por qué lo han matado? ¿Y si su sucesor reactiva dicho programa?

Tras el pretexto de las armas nucleares, el presidente norteamericano argumentó que el objetivo era descarrilar el programa iraní de misiles balísticos (nada nuevo), pero inmediatamente pasó a propugnar que el objetivo era un cambio de régimen ―una especialidad tan americana como la hamburguesa―, o más bien un cambio de gobierno. En otras palabras, el advenimiento de una democracia no islamista que devolviera la libertad a los iraníes no era imprescindible; podía mantenerse el statu quo siempre que fuera afín a los intereses estadounidenses. Lo mismo había hecho Trump en Venezuela, donde, para desmayo de muchos, se había conformado con domar a la tiranía chavista olvidando los afanes de libertad del pueblo venezolano. EEUU ya reconoce formalmente como legítimo al gobierno de Delcy Rodríguez a pesar del probado pucherazo de las últimas elecciones[9].

Guerras por intereses, no por valores

El pretexto que mencionaba Tucídides intenta dotar al enfrentamiento bélico entre naciones de una reluciente capa de justificación moral, pero la causa última suele ser mucho más prosaica: el dinero o el afán de poder. El cuarto principio, por tanto, es que las guerras entre naciones no suelen lucharse por defender valores, sino intereses, aunque para consumo de masas se venda lo contrario. Lejos de constituir una excepción, ésta ha sido la razón última de la política exterior norteamericana desde el final de la Guerra Fría (y, en varias ocasiones, desde antes). En efecto, en la inmensa mayoría de las ocasiones, EEUU (como otras potencias hegemónicas del pasado) no ha luchado defender valores como la libertad o la democracia, sino sus propios intereses.

Eso es precisamente lo que hizo en Irán en 1953, cuando apoyó a Gran Bretaña en el golpe de Estado que ésta organizó para derrocar al democráticamente elegido presidente Mosaddeq, acabar con la incipiente democracia iraní e instaurar el Estado policial del shah. Mosaddeq había osado nacionalizar la industria del petróleo tras intentar infructuosamente negociar una mejora de las condiciones para los iraníes en el leonino contrato de la Anglo-Iranian Oil Company. La arrogancia, la codicia y el complejo de superioridad racial de la Inglaterra de entonces —liderada por Churchill— impidieron cualquier acuerdo; Mosaddeq se rebeló y EEUU apoyó la acción subversiva británica por miedo a que el país cayera en la órbita soviética[10].

El hecho de que sean los intereses y no los valores los que guían las relaciones internacionales explica por qué el dictador Sadam Husein pasó de ser un aliado de EEUU en la guerra Irán-Irak (1980-1988), pudiendo utilizar armas químicas con el tácito beneplácito norteamericano, a ser ahorcado por sus anteriores aliados cuando sus intereses divergieron. Los intereses —no los valores— también explican por qué un sanguinario terrorista de Al Qaeda, por cuya cabeza EEUU ofrecía hace pocos meses una recompensa de 10 millones de dólares, es ahora recibido como presidente de Siria en la Casa Blanca[11] y se da abrazos con un sonriente Macron. ¿Al-Asad, no, y este terrorista barbudo, sí?

¿Qué intereses se defienden en las guerras? En ocasiones son los intereses de las naciones, pero generalmente (sobre todo en las democracias) son los intereses del yonqui de poder de turno. En este sentido, los intereses de Netanyahu y Trump divergen.

Netanyahu se enfrenta a nuevas elecciones en Israel en octubre de este año y sabe que el ataque a Irán cuenta, según las encuestas, con el apoyo del 82% de los israelíes[12]. Su probable reelección le aleja, una vez más, de un posible proceso judicial por presunta corrupción.

Por el contrario, sólo el 40% de los norteamericanos apoya la intervención en Irán[13], lo que refuerza la sensación de que Trump cometió un grave error de juicio al inmiscuirse en una guerra innecesaria y enormemente arriesgada en la que midió mal la capacidad y voluntad de lucha de su oponente. No sé si Israel gozará de alguna oculta capacidad de influencia sobre él o si Trump sufrió un acceso de arrogancia aguda ―la característica más emblemática de su Administración― tras el exitoso secuestro y arresto del ex tirano Maduro (que yo, ciertamente sesgado, sigo aplaudiendo), pero se equivocó. El relativo silencio de Rusia y China en las semanas previas al ataque resultaba premonitorio: nunca impidas a tu enemigo cometer un error.

Los adivinos

El quinto principio es que el ser humano siente una fascinación por conocer el futuro. En este sentido, sería temerario realizar augurios en un conflicto de duración sumamente incierta y con tantos actores potenciales, lo que aumenta la variedad de posibles escenarios y la posibilidad de una escalada. Además, la megalomanía de Trump, el belicismo psicopático de Netanyahu y el insondable fanatismo del régimen iraní, que lucha por su supervivencia, añaden imprevisibilidad a la situación.

Es posible que a Netanyahu no le importara arrastrar a EEUU a un conflicto largo que trajera caos o una guerra civil a Irán y convertirlo en un Estado fallido. Trump, por el contrario, creía que estaba realizando una operación quirúrgica (veni, vidi, vici), y la cercanía de las elecciones legislativas en noviembre hace que el paso del tiempo juegue en su contra.

Por su lado, Irán es perfectamente consciente de que el paso del tiempo aumenta el peso de su potentísima espada de Damocles económica. Para el siniestro régimen iraní, aguantar es ganar. Finalmente, el aumento del precio del petróleo y el desvío de recursos militares (finitos) al Golfo Pérsico convierten a Rusia en la gran beneficiada a corto plazo.

Para calmar a quienes quieren predicciones concretas, diré que es más fácil prever el futuro respecto de algunas fantochadas del presidente Trump. Así, la amenaza de poner tropas en Irán («botas sobre el terreno») es un bluf. En efecto, esto exigiría una logística inmensa en un país lejano de casi 100 millones de habitantes, con una superficie equivalente a la suma de España, Portugal, Francia y Alemania y un gobierno que lucharía con uñas y dientes. No hay cosa que hiciera más feliz al gobierno iraní, como manifestó recientemente su ministro de Exteriores, pues atraería a combatientes de toda la zona y causaría miles de bajas al ejército estadounidense. Tras Irak y Afganistán, esto no va a ocurrir.

La segunda baladronada de Trump es la posibilidad de que la Armada estadounidense organice desde ya convoyes de escolta para asegurar el libre paso por el estrecho de Ormuz. Con toda probabilidad, los portaaviones norteamericanos y sus grupos de apoyo se encuentran a varios cientos de millas de la zona para evitar ponerse a tiro, lo que significa que, para que esta opción tenga visos de realismo, la capacidad militar iraní tendría que estar enormemente deteriorada. Por ahora no es el caso, y es posible que antes de llegar a ese punto minen el estrecho.

Repercusiones en España

Pero a los españoles no nos incumbe defender los intereses de otros países, nos caigan mejor o peor, sino los intereses de nuestro país. En este sentido, lo que me preocupa es que existe un precedente de cómo el conflicto en Irán puede tener serias repercusiones políticas en España.

En efecto, cuando a principios del año 2025 se convocaron elecciones en Canadá, las encuestas daban por ganador al Partido Conservador tras una década de gobierno laborista. Sin embargo, Trump comenzó a realizar comentarios groseros, humillantes y amenazantes contra aquel país. Aprovechando la oportunidad, el laborismo buscó el enfrentamiento con Trump y ganó las elecciones contra todo pronóstico.

Por lo tanto, lo que me preocupa es que la enésima ineptitud de la no-oposición al apoyar exageradamente un conflicto lejano y dudoso en un país como el nuestro haya permitido al psicópata Sánchez enarbolar su eficaz «no a la guerra». No lo subestimen.


[10] Para profundizar sobre el tema, S. KINZER, All the Shah’s Men (Wiley, 2008).

jueves, 29 de enero de 2026

Sobre el católico que vota y la incongruencia




Cada vez que se acercan elecciones (municipales, autonómicas, nacionales o europeas) reaparece el mismo fenómeno: el católico que se santigua al entrar en la iglesia el domingo y, unas horas después, introduce en la urna una papeleta que respalda sin rubor leyes de aborto, eutanasia o ingeniería social. Todo ello, eso sí, con la conciencia tranquilizada por un cómodo autoengaño: “yo voto otras cosas”, “el programa es muy amplio”, “no todo es el aborto”, “hay prioridades sociales más urgentes”.

Pues bien: no. No todo vale. Y no, no es inocente.

Joseph Ratzinger (antes de ascender al papado como Benedicto XVI) dejó esto meridianamente claro en 2004, cuando aún era Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe.El guardián celoso de la doctrina católica. Lo hizo por escrito, con precisión quirúrgica y sin necesidad de levantar la voz, como hacen quienes saben que la verdad no necesita ser gritada.

Ratzinger afirmó que un católico incurre en cooperación formal con el mal si vota deliberadamente a un candidato precisamente por su postura permisiva respecto al aborto o la eutanasia, y que esa cooperación lo hace indigno de recibir la Sagrada Comunión. No es una metáfora. No es una exageración. Es doctrina moral católica. Pura, dura y sin adornos.

Aquí se produce el primer choque con la mentalidad dominante: el voto no es moralmente neutro. No es un gesto administrativo. Es un acto humano libre y, por tanto, moralmente calificable.

La Iglesia (para escándalo de progresistas y conservadores con carnet bautismal) nunca ha enseñado que todo voto sea igualmente lícito. Jamás. Desde Santo Tomás de Aquino hasta el Catecismo actual, la doctrina es constante: cooperar formalmente con una injusticia grave es pecado grave. Y el aborto y la eutanasia no son “un tema más”: son la eliminación deliberada de vidas humanas inocentes.

El aborto no es una política sanitaria. Es la supresión directa de un ser humano en la fase más vulnerable de su existencia. La eutanasia no es compasión. Es la rendición moral de una sociedad que prefiere matar al que sufre antes que acompañarlo.

Por eso Ratzinger introduce un concepto clave que muchos prefieren ignorar: la cooperación formal. No se trata de votar “a pesar de” algo malo, sino de votar “precisamente por” quien defiende ese mal. En ese caso, el votante hace suyo el mal, lo respalda, lo legitima y lo impulsa.

¿Y qué ocurre cuando el candidato defiende el aborto, o no se pronuncia para no dar pistas al votante, aunque está a favor del aborto y la eutanasia en las políticas que promulgara y administrara si el eligen? No seamos ingenuos, todos sabemos lo que piensan los políticos a los que votamos o no votamos, sobre este espinoso y grave asunto. Lo digan o no lo digan explícitamente.

Muchos dirán; pero yo voto por él “por otros motivos”. Aquí Ratzinger no es ingenuo. Reconoce que puede existir un voto materialmente tolerado si hay razones verdaderamente proporcionadas. Pero atención: razones proporcionadas no son la simpatía personal, la promesa económica, el miedo al adversario ni el clásico “es que los otros son peores”.

La vida humana no es una variable negociable. No es moneda de cambio. No se compensa con subvenciones, ni con discursos verdes, ni con agendas sociales empaquetadas en lenguaje inclusivo.

El problema de fondo es que durante décadas se ha catequizado al católico para que crea que su fe pertenece exclusivamente al ámbito privado. Que puede rezar una cosa y votar la contraria. Que puede comulgar el domingo y apoyar el lunes leyes que matan.

Ratzinger dinamita esa esquizofrenia moral. Y lo hace con una consecuencia concreta y muy molesta: “quien coopera formalmente con el aborto o la eutanasia no debería acercarse a la Comunión. No como castigo, sino por coherencia. Porque la Eucaristía no es un premio social, sino el sacramento de la comunión con Cristo. Y Cristo no firma leyes de muerte”.

En este contexto electoral permanente en el que vivimos, el mensaje es incómodo pero necesario: no todo voto es compatible con la fe católica. Y no pasa nada por decirlo. Lo verdaderamente grave es callarlo. Aunque, como a mí, ya me haya costado mas de un disgusto. La verdad no suele ser bien acogida.

La Iglesia no impone partidos, pero sí impone límites morales. Y el primero es el derecho a la vida. Sin vida, no hay derechos. Sin vida, no hay justicia social. Sin vida, no hay nada.

Cuando un católico vota conscientemente a quien promueve el aborto o la eutanasia, no está haciendo política: está tomando partido contra el más débil. Y luego no debería sorprenderse si alguien le recuerda que no se puede servir a dos señores.

Benedicto XVI no fue “duro”. Fue claro. Y en tiempos de confusión interesada, la claridad se percibe como una agresión.

Quizá por eso su texto sigue siendo tan actual. Porque desenmascara la gran mentira contemporánea: que se puede ser católico sin consecuencias.

No. No se puede.

Y cuanto antes lo asumamos, (especialmente cuando se abren las urnas), mejor para nuestras conciencias y, sobre todo, para los que no tienen voz ni voto: los no nacidos, los enfermos, los ancianos descartados.

Ellos no votan. Pero pagan con su vida el resultado.

Carmelo Álvarez Fernández de Gamarra

viernes, 19 de septiembre de 2025

¿FUNCIONA LA DEMOCRACIA?



En mi anterior artículo describía cómo las sociedades occidentales están llevando a cabo cinco experimentos que se consideran avances indiscutibles de la civilización y cuyos resultados, por tanto, no están siendo sometidos a un juicio objetivo. 

Los tres primeros experimentos, que desarrollaba en ese texto, son el aumento desorbitado del tamaño del Estado, que ha conducido a una abusiva presión fiscal, un endeudamiento gigantesco, que hipoteca nuestro futuro, y un sistema económico-monetario que está minando la capacidad adquisitiva de la población, la cual ve cómo sus padres o abuelos eran capaces de mantener una familia de cuatro hijos con un solo sueldo y ellos no pueden mantener dos hijos con dos sueldos.

Esos tres experimentos, muy recientes en términos históricos, son un corolario lógico del cuarto experimento, igualmente reciente, pues su generalización es cosa de los últimos 50-100 años.

El cuarto experimento

Este cuarto experimento se ha convertido además en la vaca sagrada más intocable de nuestra época: la corrección política nos exige adorarlo ciegamente como un tótem y nos prohíbe analizarlo a la luz de la verdad y de la experiencia. En efecto, su divinización ―utilizada como coartada para que la clase dirigente obtenga un poder casi sin paragón en la Historia― impide cualquier crítica, por razonable que ésta sea. Sin embargo, el surgimiento del explotador Estado Gigante o Estado Leviatán, con sus impuestos, normas y regulaciones asfixiantes, con su deuda impagable y su inflación empobrecedora, ha coincidido con el desarrollo de este experimento. Aunque correlación no implique necesariamente causalidad, en este caso existen argumentos para defender que sí la hay.

El cuarto experimento es la democracia, o, más concretamente, la versión actual hacia la que ha evolucionado desde sus orígenes, y que se apoya en dos pilares: el sufragio universal incondicional y el poder ilimitado de la mayoría. 

El primero implica que el derecho a voto está basado exclusivamente en una edad mínima bastante baja, lo que de por sí describe bien la escasa importancia que se le da (en Reino Unido va a rebajarse hasta los 16 años, una edad muy madura para decidir sobre cuestiones importantes, como todo el mundo sabe).

El segundo implica que la mayoría parlamentaria es omnipotente para decidir y redefinir todo a voluntad como si fuera Dios, aunque ello contradiga la dignidad y derechos inherentes del hombre, la ley natural, la propia definición de vida, la biología, los hechos históricos probados, la moral, la lógica, la física o los derechos de las minorías.

La mayoría es una regla problemática, como describía en «el ejemplo de la cuenta del bar» Huemer, profesor de filosofía de la Universidad de Colorado. Imagine que sale con unos amigos a tomar una cerveza. Cuando llega el momento de pagar usted propone que se pague a escote, pero un amigo suyo sugiere que usted lo pague todo y somete esta propuesta a votación. Todos votan a favor de que pague usted, menos usted. ¿Tiene obligación de pagar? ¿Están los demás legitimados para obligarle?[1]

Hans-Hermann Hoppe, profesor emérito de la Universidad de Nevada y discípulo de Murray Rothbard, lo plantea de otra manera: si existiera un gobierno mundial, gobernarían los chinos y los indios con mayoría absoluta y decidirían enseguida redistribuir hacia sus cofres la riqueza que acumula Occidente[2]. De hecho, en nombre de las mayorías, los gobiernos actuales, elegidos un día cada cuatro años, tienen durante el resto del cuatrienio tal poder que harían palidecer de envidia a los reyes absolutistas. Como decía John Adams, segundo presidente de EEUU, «cuando las elecciones terminan, la esclavitud comienza».

Ello quizá explica la prudencia con la que se manifestaba el filósofo británico del s. XIX Herbert Spencer: 
«La gran superstición política del pasado fue el derecho divino de los reyes, y la gran superstición política del presente es el derecho divino de los parlamentos», es decir, de las mayorías[3].
Muchas cuestiones comunes pueden reexaminarse a la luz del abuso de la mayoría. Con la fiscalidad progresiva, la mayoría decide que la minoría más rica debe pagar tipos impositivos más elevados. Con la legislación laboral se dificulta el despido para «proteger» a la mayoría empleada socavando las posibilidades de encontrar trabajo a la minoría desempleada. Con las políticas que encarecen artificialmente el precio de la vivienda se beneficia a los propietarios de vivienda (una mayoría) a costa de la minoría que desea acceder a ella por primera vez. Con el aumento de las pensiones más allá de su sostenibilidad, se beneficia a las generaciones mayores a costa de las más jóvenes, que son minoría dada la inversión de la pirámide demográfica. Finalmente, con el aborto, la mayoría ya nacida priva de su derecho a existir a la minoría indefensa y sin voz que aún se encuentra en el útero de sus madres.

Tres ideas cruciales

Dado el halo que aún rodea a la diosa democracia, antes de continuar debemos aclarar tres ideas importantes. 

La primera es que democracia no es sinónimo ni garante de libertad, y a veces puede ser su antónimo.

En efecto, las dos ventajas de la democracia poco tienen que ver con la libertad: dar cierta voz a los gobernados (tampoco mucha: un día cada cuatro años) y propiciar una alternancia del poder pacífica y previsible.

Sin embargo, se ha querido confundir a la población equiparando libertad política con libertad personal. En realidad, son conceptos muy diferentes, como podrá ver enseguida. Imagínese que le ofrecen dejar de pagar impuestos durante ocho años a cambio de no votar en las dos próximas elecciones. ¿Lo aceptaría? Apuesto a que sí. De hecho, un tercio de los votantes decide habitualmente abstenerse en las elecciones y, por tanto, desprecia su libertad política.

Ahora imagine que le ofrecen dejar de pagar impuestos durante ocho años, pero esta vez a cambio de no poder salir de casa sin permiso previo de la policía, a la que tiene que informar de todos sus movimientos y que tiene potestad para decidir dónde puede pasar las vacaciones. ¿Lo aceptaría? Apuesto a que no.

La divergencia entre democracia y libertad queda probada en la experiencia de los democráticos Estados de Bienestar (particularmente en la UE), que están protagonizando una creciente restricción de las libertades personales. Asimismo, existen ejemplos históricos de democracias que incubaron tiranías, como la Alemania de Hitler en 1933, la Venezuela de Chávez en 1998 o la dictadura impuesta durante el covid, con el Parlamento cerrado, los encierros domiciliarios, los toques de queda y los controles policiales.

La segunda idea importante es que, como escribió el historiador de Oxford Ronald Syme, «en todas las épocas, cualquiera que sea la forma y el nombre del gobierno, ya sea monarquía, república o democracia, una oligarquía se esconde detrás de la fachada (…)»[4]. Por lo tanto, no existe una democracia ideal etimológicamente perfecta en la que el pueblo ostenta el poder, sino una oligarquía democrática sometida a un mayor o menor control por parte del pueblo. Entender esto resulta crucial.

Finalmente, la tercera idea es que todo sistema político (incluida la democracia) es un instrumento y no un fin en sí mismo. Un instrumento, ¿para qué? Para preservar el bien común, es decir, las condiciones sociales que permiten a los ciudadanos el desarrollo expedito y pleno de su propia perfección. Esto se concreta en el respeto a la libertad, al orden y a la justicia dentro de un marco ético que promueva la virtud y, por tanto, la felicidad.

Hay democracias y democracias

La democracia es muy frágil. Puede ser un buen sistema político, pero sólo si reúne ciertas condiciones; si no, puede convertirse en un sistema político enemigo de la libertad, de la propiedad, de la justicia y del bien común. Por lo tanto, resulta engañoso hablar de “democracia”, en singular; hay democracias y democracias. 

Por ejemplo:

– no es lo mismo una democracia con elecciones limpias que con elecciones amañadas;

– tampoco es lo mismo una democracia con prensa libre y veraz que sin ella;

– no es lo mismo una democracia sujeta al imperio de la ley con una Constitución respetada que una democracia en la que el gobierno carece de límites;

– tampoco es lo mismo una democracia que aprueba leyes justas que una que aprueba leyes injustas, o una en la que apenas hay corrupción que otra en la que la corrupción es rampante;

– no es lo mismo una democracia con separación de poderes que sin ella: no es lo mismo una democracia con un Tribunal Constitucional independiente que otra en la que éste esté corrompido y politizado;

– tampoco es lo mismo una democracia con instituciones independientes que otra donde las instituciones están colonizadas por la clase política.

– no es lo mismo una democracia con un Estado Gigante que una democracia con un Estado mínimo en el que los gobernantes apenas puedan interferir en la vida de los gobernados.

– tampoco es lo mismo una democracia directa que una democracia representativa, y no es lo mismo que los representantes sean elegidos directamente por los electores a que sean elegidos a dedo por el líder del partido;

– no es lo mismo una democracia con una policía independiente que puedan investigar las corruptelas del gobierno que una democracia en la que la policía está controlada por el poder político;

– tampoco es lo mismo una democracia con una población bien formada que con una población ignorante, o con una población económicamente independiente que con una población que vive del Estado;

– no es lo mismo una democracia con una población cohesionada (que vive las elecciones sin temor a la victoria del contrario) que una democracia con una población enfrentada en la que la victoria del adversario se percibe como una amenaza;

– finalmente, no es lo mismo una democracia sujeta a una clara moral pública que otra donde ésta haya desaparecido; por ejemplo, no es lo mismo una democracia en la que la mentira o la traición a las promesas electorales se castigan que otra en la que dichas conductas queden impunes.

A mayor democracia, ¿menos libertad?

Paradójicamente, la generalización de la democracia ha conllevado una preocupante disminución de la libertad personal en todo Occidente, por lo que los defensores de la libertad tenemos la obligación de señalar el elefante en la habitación, como hicieron Aristóteles, los Padres Fundadores de EEUU, Tocqueville, o, más recientemente, pensadores liberales como Hoppe, Brennan o Caplan. La alucinante disminución a la libertad de expresión y la generalización de la autocensura deberían encender todas las alarmas.

En cualquier caso, no podemos caer en la intimidación de considerar la democracia como una diosa ante la que sólo cabe inclinarse, sino como un sistema político más que debe ser objeto de crítica y escrutinio y al que debemos exigir que ofrezca los resultados prometidos.

Con su inteligente ironía, el pensador colombiano Nicolás Gómez-Dávila definía la democracia como «el régimen político donde el ciudadano confía los intereses públicos a quienes no confiaría jamás sus intereses privados». Los Padres Fundadores de EEUU la definían como como «dos lobos y una oveja votando qué hay para cenar esta noche». Efectivamente, les preocupaba que la democracia degenerara en la «dictadura de la mayoría».

Entonces, ¿qué ha ocurrido? ¿Se ha corrompido el concepto de democracia o es que nunca fue ninguna panacea?

La breve historia de la democracia

La realidad es que la historia de la democracia es tan breve que puede considerarse algo prácticamente episódico en la Historia de la Humanidad. Tras su origen en la Antigua Grecia y algunos guiños de la República de Roma (en ambos casos, sin sufragio universal), apenas volvió a utilizarse prácticamente en los siguientes 1.800 años.

Al llegar a principios del siglo XIX, la mera idea de igualar el poder de voto de un joven inexperto y frívolo con el de un anciano experimentado y sabio, o de personas educadas con personas ignorantes, o de aquellos que pagan impuestos para financiar subsidios con los que reciben esos mismos subsidios, era considerada una idea extraña. Quizá por ello, en el Reino Unido sólo el 7% de la población mayor de 20 años tenía derecho a voto en 1832.

Hubo que esperar hasta el primer cuarto del siglo XX para que se adoptara el sufragio universal en parte de Europa, aunque algunos grupos de la población sufrieron retrasos aún mayores (en Brasil los analfabetos no pudieron votar hasta 1988), a veces por razones puramente discriminatorias. Por ejemplo, en Suecia los católicos no pudieron votar hasta 1860 y tuvieron que esperar hasta 1950 para poder ser miembros del gobierno; en Italia, las mujeres no pudieron votar hasta 1945 (y en algunos cantones suizos hasta 1990); y las minorías étnicas o raciales en Canadá, Australia o EEUU no pudieron hacerlo hasta 1965, aproximadamente.

¿Un sistema disfuncional?

¿Por qué han devenido las democracias en sistemas disfuncionales? ¿Podemos establecer una relación con los otros experimentos? Yo creo que sí. Los yonquis del poder adulan y seducen a las masas con todo tipo de promesas de dinero público hasta convertir el proceso electoral en una subasta de votos. Quizá eso explique por qué el tamaño del Estado (y la consecuente disminución de la libertad del individuo) ha aumentado de forma paralela al desarrollo democrático.

Cualquier análisis racional del proceso de formación del voto conduce a conclusiones muy sobrias que moderan el entusiasmo democrático, pues las tres características fundamentales del voto son la frivolidad, la inercia y la ignorancia. Además, el voto, lejos de ser racional y libre, está condicionado por las pasiones (particularmente por el miedo y la envidia) y por la propaganda[5]. Churchill defendía que «el mejor argumento contra la democracia es una conversación de un cuarto de hora con el votante medio». Esta ignorancia no tiene por qué reflejar pereza o indolencia, sino un simple argumento lógico, el llamado “efecto de ignorancia racional” de Downs.

En efecto, como explica el profesor de la Universidad de Georgetown Jason Brennan en su provocadora obra Contra la Democracia, «cuando se trata de política, algunas personas saben mucho, la mayoría de la gente no sabe nada y muchas personas saben menos que nada». No debería sorprendernos. El sufragio universal incondicional implica que «una abrumadora mayoría de personas carece incluso de un conocimiento elemental sobre la política, y muchas de ellas están mal informadas». Sin embargo, estas personas «ejercen su poder político sobre los demás, pues el sufragio universal incondicional concede poder político de una manera indiscriminada». Brennan se pregunta: «Yo puedo señalar al votante medio y preguntarme con razón: ¿por qué debería esta persona tener cierto grado de poder sobre mí? Puedo igualmente volverme hacia el conjunto del electorado y preguntar: ¿Quién ha decidido que esa gente mande sobre mí?» [6].

El sufragio universal conduce además a una politización exagerada de la sociedad. Los medios de comunicación no hablan de otra cosa que no sea de lo que dicen y hacen en cada momento los políticos, motivo por el que, cuando éstos están de vacaciones, la prensa adelgaza y sólo nos hablan de desastres naturales. A su vez, esta simbiosis entre política y periodismo facilita que los políticos promuevan a través de sus altavoces mediáticos la polarización de la sociedad, pues el teatro político fomenta el miedo e incluso el odio hacia el que piensa diferente. De este modo, conforme las democracias envejecen, las opiniones políticas se convierten en difícilmente reconciliables y enfrentan a los ciudadanos entre sí empujados por sus irresponsables líderes, aunque el enfrentamiento entre ciudadanos sea mucho más enconado que el que tienen los políticos entre ellos en privado. La violencia política —llegando a la eliminación física del adversario— puede aumentar, como hemos visto recientemente en EEUU.

Hay otras explicaciones de por qué las democracias no están dando los resultados apetecidos. Aristóteles argumentaba que las democracias caían por culpa de los «demagogos rastreros y sin escrúpulos (…) que en realidad aspiran a la tiranía». Puede ser. Tenemos, sin duda, ejemplos muy cercanos. También es posible que la democracia lleve en sí misma inherente el germen de su propia destrucción.

Pero el hecho irrebatible es que nunca en la Historia se había utilizado la democracia a una escala tan masiva, y, paradójicamente, salvo en regímenes totalitarios, nunca la oligarquía gobernante (la clase política) había ostentado tal poder. A mayor poder de la oligarquía gobernante, menor libertad del pueblo gobernado, por lo que la libertad política ha ido acompañada de una grave pérdida de libertad personal.

¿Acertaba, por tanto, el gran Jouvenel al afirmar que «la soberanía del pueblo no deja de ser una ficción, una ficción que a la larga no puede menos que destruir las libertades individuales»[7]? ¿Ha sido la democracia una distracción por la que, mientras con una mano nos permitían votar un día cada cuatro años, con la otra nos quitaban nuestro dinero y nos restringían cada vez más nuestras libertades diarias?

Por qué terminó la democracia en la Antigua Grecia

El fin del primer experimento democrático de la Antigua Grecia hace 2.500 años puede encerrar alguna lección para las sociedades modernas, tal y como lo explicó la historiadora y helenista Edith Hamilton en su maravilloso libro The Echo of Greece, publicado en 1957. Esta larga, pero portentosa cita, pertenece al capítulo titulado «El fracaso de Atenas»:

«Lo que el pueblo quería era un gobierno que le proporcionara una vida cómoda, y con este objetivo primordial, las ideas de libertad y autosuficiencia quedaron oscurecidas hasta el punto de desaparecer. Atenas se consideraba cada vez más como una cooperativa de la que todos los ciudadanos tenían derecho a beneficiarse. Los fondos que ello exigía, cada vez más cuantiosos, hacían necesaria una fiscalidad cada vez más pesada, pero eso sólo preocupaba a los ricos, que siempre eran una minoría. La política estaba ahora estrechamente relacionada con el dinero, tanto como con el voto. Los votos estaban en venta (…).

Atenas había llegado al punto de rechazar la independencia, y la libertad que ahora quería era que la liberaran de la responsabilidad. Solo podía haber un resultado. Si los hombres insistían en liberarse de la carga de una vida autosuficiente y de la responsabilidad, dejarían de ser libres. La responsabilidad era el precio que todo hombre debía pagar por la libertad. No había otra forma de obtenerla. (…). Pero, para entonces, Atenas había llegado al fin de la libertad y nunca volvería a tenerla».

¿Será éste el destino de las democracias occidentales?

[1] M. Huemer. El problema de la autoridad política. Deusto, 2019.
[2] H-H. Hoppe, Democracy, the God that Failed. Routledge, 2017.
[3] H. Spencer. El Hombre contra el Estado. Unión Editorial, 2019.
[4] R. Syme, La Revolución Romana, Ed. Crítica, 2010.
[6] J. Brennan, Contra la Democracia. Ed. Deusto, 2018.
[7] B. de Jouvenel. Sobre el Poder. Unión Editorial 2011, p. 343.

martes, 7 de enero de 2025

25 disparates educativos, presuntamente progresistas, que nos conducen al desastre (ANDRÉS AMORÓS)




1. Sentir horror por el trabajo, el esfuerzo.

Lo encarna Lilith Verstrynge, que ha sido Secretaria de Organización de Podemos y Secretaria de Estado para la Agenda 2030: «La cultura del esfuerzo genera fatiga estructural, ansiedad y cardiopatía».

Es un error garrafal: sin esfuerzo, ni los individuos aprenden nada ni los pueblos consiguen nada valioso. Lo resume un refrán: «Pereza es llave de pobreza». No creo que ése sea un ideal progresista.

2. Despreciar la memoria.

La memoria no es algo que sirva para que se luzcan los tontos. La ensalza Montaigne: es «un instrumento de utilidad asombrosa», que debe ejercitarse y desarrollarse.

García Márquez consideraba un tesoro los poemas que había aprendido de memoria, en la escuela: un pequeño paraíso, en el que siempre podía refugiarse y que nadie le podía arrebatar. ¿Qué poemas aprenden de memoria hoy los niños, en España?

3. Olvidar la historia y la cronología.

Mi nieta, de 15 años, sabe quizá más que yo sobre la primera República española pero la pongo en un grave aprieto cuando le pregunto qué siglos comprende la Edad Media, cuándo llega a España el Renacimiento, cuál es la fecha de la Revolución Francesa. Así se lo han enseñado.

Sin saber situarlos en épocas, siglos y etapas, los acontecimientos históricos pierden su significado, se convierten en un caos. A eso ha conducido el actual desdén pedagógico por la cronología.

Y, como es bien sabido, si no entendemos la historia, estamos condenados a repetir los errores.

4. Negar la autoridad de los profesores.

Lo dijo Cervantes: «Nadie es más que otro si no ha hecho más que otro». Los que saben más de una materia son los que deben enseñarla: eso les concede autoridad moral. El «colegueo» con los alumnos que muchos profesores fomentaron no ha conducido a nada bueno.

En la película Ensayo de orquesta, Fellini muestra el caos que se produce en una orquesta cuando los músicos pretenden tocar sin director. A los sindicatos italianos no les hizo ni pizca de gracia.

5. Buscar la igualdad, no la excelencia.

Es un error básico, supone la mayor demagogia: igualar por abajo. Lo único de verdad progresista es que asciendan los que se esfuerzan, sea cual sea su origen social y su nivel económico.

6. Suprimir los exámenes, los suspensos, la repetición de cursos.

Los exámenes son antipáticos pero inevitables. Sin exigencia, los individuos y los pueblos se hunden.

A comienzos de 2020, la ministra Celaá, del PSOE, anunció que la titulación de los estudiantes «no quedará supeditada a la no existencia de materias sin superar, para que nadie se quede atrás». Los periodistas que la escuchaban tradujeron: «Aprobado general».

Eso es injusto, porque iguala a los que trabajan con los vagos. Además, desanima tanto a los profesores como a los alumnos: ¿para qué se van a esforzar, si el resultado final será idéntico?

7. Hacer depender las becas sólo de la situación económica, no del rendimiento escolar.

Lo acaba de proponer Sumar, a comienzos del año 2025: es una pura demagogia, conduce a fomentar la vagancia. Como resume la duquesa, en El Quijote: «Nadie nace enseñado».

El filósofo estadounidense Michael J. Sandel, ganador del Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales, ha denunciado lo que él llama «la tiranía del mérito», porque provoca la soberbia de los triunfadores y la humillación de los que no lo logran. Propone algo tan infantil como un sorteo, para decidir quiénes pueden acceder a las universidades de mayor prestigio… A esas bobadas llegan algunos presuntos sabios progresistas.

8. No aprender conocimientos, sino aptitudes.

Lo leo y lo escucho con frecuencia: «Ya que todo está en internet, no hace falta aprender nada, basta con saber cómo se hace». Igual que si se tratara del folleto de instrucciones de un electrodoméstico o de una medicina. Los más cursis lo dicen en inglés: el «know how». Es algo que conduce sencillamente a la ignorancia.

9. No estudiar, hacer trabajos.

Resignados a que sus alumnos se limiten a copiar trozos de Wikipedia, algunos profesores exigen ya que les presenten los trabajos escritos a mano: así, por lo menos, los estudiantes se habrán tomado el trabajo de copiarlos, no se habrán limitado a imprimirlos.

10. «Ninguna cultura es superior a otra».

Puede sonar muy democrático pero es un verdadero disparate. A eso conduce el multiculturalismo: vale igual la filosofía griega que un rito de los antropófagos.

Tiene esto consecuencias terribles: se busca compensar supuestos agravios, eliminando los que se consideran tradicionales elitismos. Un ejemplo claro: en una universidad inglesa, han prohibido enseñar música de todos los compositores de raza blanca. Hagan la lista…

11. Suprimir unos colonialismos que no han existido.

Los hispanoamericanos tuvieron siempre la misma consideración legal que los españoles. Igualar la labor de España en Hispanoamérica con lo que hicieron en África otros países es un dislate, aunque lo crea un ministro de Cultura.

12. Considerar anticuados los libros; lo moderno son los blogs, los resúmenes, las redes sociales.

En realidad, ninguna herramienta tecnológica ha superado al libro en riqueza de posibilidades y en sencillez de manejo. No leer libros empobrece radicalmente a los individuos, convierte a las sociedades en presa fácil de dictadores y de farsantes. Leerlos fomenta nuestro espíritu crítico, nos protege de las mentiras de la propaganda política.

Resume Cervantes, con tanta belleza como exactitud: «En algún lugar de un libro hay una frase esperándonos, para darle sentido a nuestra existencia».

13. Defender que una imagen vale más que mil palabras.

Es una simpleza y una falsedad, aunque se haya repetido mil veces. Unas palabras bien elegidas constituyen un instrumento de comunicación muchísimo más rico y más complejo que cualquier imagen.

Escribió Olegario González de Cardedal: «El hombre viene al mundo con sus alforjas llenas de mendrugos de pan, unas colodras de agua y unas pocas palabras primordiales. Con ellas nombra todas las cosas… Unas pocas palabras verdaderas, nacidas de la entraña de quien habla, es lo que necesitamos».

14. No enseñar a hablar en público.

En nuestras Universidades, apenas existen ya exámenes orales.

En nuestro Parlamento, casi todos los diputados se limitan a leer lo que llevan escrito en un papel, venga o no a cuento. Cuando se salen de eso y tienen que improvisar, suele dar vergüenza escuchar las simplezas que muchos dicen y los errores que muchos cometen.

15. No enseñar a escribir.

Hasta en los periódicos más prestigiosos leemos ahora con frecuencia textos con errores graves de vocabulario, sintaxis, puntuación, significado… A nadie le extraña: ya nos hemos acostumbrado.

16. Creer que las normas académicas no valen para nada.

Rechazar esa tontería no es un prurito académico sino un imperativo de la comunicación. Cualquier ignorante pretende tener su propio estilo, escribir como quiere. El mito de la espontaneidad conduce a textos ilegibles o que acaban transmitiendo lo contrario de lo que su autor pretendía. Para romper las reglas, como han hecho los grandes artistas, primero hay que conocerlas.

17. No se debe criticar nada: todo es discutible.

El mito posmoderno de que todo vale igual es una falacia y ha traído un verdadero desastre cultural. No todo vale lo mismo: yo no escribo en prosa como Cervantes, ni en verso como Quevedo.

En un país de osados charlatanes, como es el nuestro, sigue siendo válido lo que dijo Ortega: en España, lo verdaderamente revolucionario sería que cada cual hablara sólo de lo que sabe. Quizá reinaría entonces un inmenso silencio…

18. La verdad no existe, sólo es un medio de opresión, forjado por los poderosos.

El que no cree en nada, juega cínicamente con las palabras y con las ideas, dice que lo suyo no es mentir sino cambiar de opinión. Lo vemos todos los días.

Unamuno nos muestra lo que debemos hacer, en ese caso: «¿Tropezáis con uno que miente? , gritadle a la cara: ¡mentira!, y, ¡adelante!». Nos los enseña Jesús, en el Evangelio de San Juan: «La verdad os hará libres».

19. El patriotismo es propio de fachas.

En ninguna nación civilizada se acepta esta simpleza. El país que lo creyera sería incapaz de cualquier progreso material y moral. El paletismo localista es muy malo pero carecer de raíces (o negarlas) resulta lamentable y estéril.

20. España es una nación de naciones.

Nadie sabe qué significa con exactitud ese juego de palabras. Puede aludir tanto a excelencia («actor de actores», «libro de libros») como a división en partes («cantar de cantares»). Pero sí está claro lo que ahora se pretende, al usarlo: negar la unidad de España.

21. Debemos pedir perdón a Hispanoamérica.

Con sus luces y sus sombras, lo que hizo España en Hispanoamérica es, objetivamente hablando, una de las mayores hazañas de la historia de la humanidad.

Así lo definió ya Francisco López de Gómara, en la dedicatoria a Carlos V de su Historia general de las Indias: «La mayor cosa después de la creación del mundo, sacando la encarnación y muerte del que lo crio, es el descubrimiento de Indias. Y así las llaman Mundo Nuevo».

Los murales de Diego Rivera han ilustrado para la historia del Arte, la leyenda negra de España en América

22. Todas las lenguas de España tienen igual valor.

Parece ser que existen hoy en el mundo cerca de siete mil lenguas vivas. Todas merecen respeto pero sería un disparate creer que todas ellas tienen el mismo valor cultural y social.

Como resumió Amado Alonso, el castellano se convirtió en español y éste, luego, en nuestro idioma nacional. Es la única lengua común a todos los españoles. Un separatista vasco necesita el castellano para entenderse con un separatista catalán.

23. El bable y el andaluz son lenguas de cultura.

Con todo respeto, las dos son hablas, no lenguas de cultura: no tienen una gramática propia ni una literatura considerable.

El bable es un habla derivada del antiguo dialecto astur-leonés.

El habla andaluza –resume Rafael Lapesa– reúne una serie de meridionalismos lingüísticos; se caracteriza por la entonación ágil, el ritmo rápido y vivaz, la articulación relajada. Es un habla, con sus bien conocidas variedades locales, pero no es una lengua distinta de la común, la española. Ningún español tiene problemas para entenderse, cuando va a Andalucía. Exactamente igual que sucede con el español de América.

Defender que el bable y el andaluz son lenguas obedece a motivos puramente sentimentales, de autoafirmación. En el caso del bable, además, responde a intereses económicos: ha servido para que se hayan creado departamentos, plazas de profesores, becas….

24. El franquismo sigue vivo.

Franco murió el 20 de noviembre de 1975. Los españoles que vivieron conscientemente la etapa del franquismo tienen hoy más de 70 años: evidentemente, no son la mayoría de nuestra sociedad ni tampoco los que ocupan los puestos directivos.

Alertar ahora del peligro que suponen las reliquias del franquismo es una pura operación política interesada; como define nuestro refranero, «dar lanzada a moro muerto».

25. No se debe enseñar el cristianismo.

Al margen de las creencias de cada cual, es absolutamente indiscutible que el cristianismo es una de las raíces básicas de la historia de España.

Un estado no confesional no puede ignorarlo: hacerlo supondría renegar de lo que somos y condenarnos a no entender nada de nuestra historia ni de nuestra cultura.

De la educación nacen la mayoría de nuestros males. El presunto progresismo español actual ha hecho suyos, entre otros, todos estos disparates. Así estamos.

Andrés Amorós

jueves, 7 de septiembre de 2023

La UE se negó a debatir la persecución a los cristianos pero sí debatirá el beso de Rubiales



La izquierda sigue imponiendo su agenda ideológica más sectaria y aberrante en las instituciones europeas, contribuyendo a su degradación.



ERC considera el beso de Rubiales como «violencia en el deporte»

La agencia Europa Press ha informado esta mañana que el 14 de septiembre el Parlamento Europeo debatirá el beso de Luis Rubiales a una futbolista, utilizado por el feminismo de izquierdas para desatar una disparatada polémica y una auténtica caza de brujas. El gobierno de Pedro Sánchez ha utilizado ese beso para tapar el escándalo por su rebaja masiva de penas para agresores sexuales, mediante una ley promovida por la facción de extrema izquierda del gobierno.

El beso de Rubiales será abordado en un debate sobre "violencia y la discriminación en el deporte" en la reunión que se celebrará ese día en la sede del Parlamento Europeo en Estrasburgo, Francia. El debate fue propuesto por el partido de extrema izquierda Esquerra Republicana de Catalunya (ERC), uno de los aliados parlamentarios de Sánchez.

ERC apoyó a detenidos por preparar un ataque violento a ciclistas

ERC tiene dos eurodiputados en la cámara legislativa de la Unión Europea: Jordi Solé Ferrando y Diana Riba i Giner, ambos adscritos al grupo parlamentario de Los Verdes/Alianza Libre Europea. Es una paradoja que ese partido quiera debatir un beso como una forma de "violencia en el deporte", pues hace sólo unos días ERC apoyó a varios separatistas detenidos por querer reventar de forma violenta La Vuelta ciclista a España, mediante un ataque que podría haber provocado heridos graves e incluso muertos entre el pelotón ciclista.

ERC votó en contra de debatir la persecución contra los cristianos

Da la casualidad, además, de que el año pasado el Parlamento Europeo rechazó una petición de debatir la persecución a los cristianos en el mundo, una persecución que ya contaba por entonces con cifras terribles: en 2021, 5.898 cristianos fueron asesinados por su fe, 6.175 cristianos fueron detenidos por sus creencias y 5.110 Iglesias fueron atacadas, según datos de la ONG Puertas Abiertas. En total, más de 360 millones de cristianos sufren altos niveles de persecución y discriminación por su fe.

El asesinato de una cristiana por musulmanes no conmovió a la izquierda

La izquierda votó en contra de celebrar ese debate y tumbó la petición. ERC fue uno de los partidos que votaron en contra de ese debate, solicitado por el eurodiputado francés Jean-Paul Garraud, del grupo Identidad y Democracia. Esa petición llegó tras el asesinato de la mujer cristiana Deborah Samuel, golpeada y quemada hasta la muerta por un grupo de musulmanes en Nigeria tras ser falsamente acusada de blasfemar contra Mahoma. Por lo visto, a ERC esto le parece menos importante que el beso de Rubiales.

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