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martes, 26 de mayo de 2026

Munilla contra los críticos de la campaña episcopal: insinuaciones sin respuesta



Hay una figura retórica que merece nombre propio, porque su eficacia consiste precisamente en no terminarse: la frase inacabada. Don José Ignacio Munilla la maneja con destreza de viejo predicador cuando, en su programa de la mañana de las vísperas de Pentecostés, alude a esos «medios que se dicen católicos» y deja, con la naturalidad del que sabe que el oyente completará solo lo que él prefiere no firmar, la elipsis suspendida en el aire. No hace falta acabar la frase. Todos entendemos lo que sigue: medios que se dicen católicos pero que en realidad son fariseos, violentos, racistas, instrumentalizadores de la fe, agitadores que se recrean en la sangre del adversario. El obispo no lo dice; lo deja dicho, que es una forma más cómoda y considerablemente menos costosa de decirlo, pues le permite la acusación sin el peso de sostenerla y la condena sin la incomodidad de argumentarla. Talleyrand, que de elipsis sabía lo suyo, habría apreciado la economía.

VIDEO DE MONSEÑOR MUNILLA. DURACIÓN 51:53


Conviene, por eso, devolverle al obispo una cortesía que él no se concede a sí mismo, que es la de terminar las frases. Si va a acusarnos —y está en su pleno derecho, faltaría más, que para eso tiene micrófono, diócesis y la robusta certeza de quien nunca duda de hallarse del lado correcto—, que nos acuse del todo. Que diga quiénes, que diga qué, que diga cuándo. Porque la insinuación tiene una ventaja inestimable sobre la afirmación: no se puede refutar lo que no se ha llegado a enunciar, y el que insinúa conserva siempre la salida del «yo no he dicho eso» mientras recoge íntegros los réditos de haberlo sugerido. Es la calumnia con coartada incorporada, el género literario favorito de quienes han descubierto que la caridad bien entendida empieza por uno mismo.

Pero hay algo más interesante que la cobardía gramatical de la frase a medias, y es la asimetría que la sostiene. Imaginemos por un momento que alguno de esos medios que se dicen católicos —pongamos, por hipótesis, uno cualquiera— se refiriese al propio Munilla, o a cualquier otro prelado de su cuerda, con la fórmula «obispos que se dicen católicos». Imaginemos el escándalo. Imaginemos las invocaciones a la comunión eclesial, al respeto debido al sucesor de los apóstoles, a la prudencia, a la unidad, a la mansedumbre evangélica que un periodicucho resentido jamás sabrá comprender. Y sin embargo la fórmula sería exactamente la misma, con la misma estructura, el mismo veneno y la misma elipsis: obispos que se dicen católicos, pero que en realidad. La diferencia no está en la frase. La diferencia está en quién puede permitirse pronunciarla. El obispo se arroga la facultad de dictaminar quién permanece dentro de los márgenes de la catolicidad y quién ha sido ya cordialmente expulsado de ellos —siempre, claro, los que discrepan de él, en una coincidencia tan perfecta entre la ortodoxia y su propia opinión que uno empieza a sospechar que ambas se confunden en su cabeza— mientras a los expulsados no se les reconoce ni el derecho a devolver la pelota. Hay aquí una teología implícita digna de estudio: la de un magisterio que se ejerce hacia abajo y nunca admite reciprocidad, porque juzgar la conciencia ajena es abuso intolerable cuando lo hacen los otros y discernimiento pastoral cuando lo practica uno mismo.

El vídeo de “Alzad la mirada” y el hombre de paja

Vengamos ahora al fondo, porque el obispo tiene la elegancia de proporcionarnos, en el mismo programa, dos muestras espléndidas de cómo se construye un hombre de paja para tener después el gusto de derribarlo.

La primera es la del vídeo. La Conferencia Episcopal ha lanzado una campaña —»Alzad la mirada»— cuya pieza estrella muestra un vagón de metro lleno de individuos absortos en sus pantallas hasta que una voz los invita a levantar los ojos y mirarse los unos a los otros, a descubrir que el del maletín y el estudiante, la chica de los lunares y el muchacho de enfrente, comparten cansancios, dudas y sueños. Es, técnicamente, una pieza impecable. Es también, y esto importa más, un anuncio que podría servir igual de bien para una compañía telefónica, una entidad bancaria con vocación social o el sorteo de Navidad, y al que únicamente un rótulo final adherido con prisa revela como antesala de la visita del Sucesor de Pedro.

En esos noventa segundos de buenismo terapéutico no aparece Cristo. No aparece su Madre. No aparece la Cruz, ni la salvación, ni la conversión, ni el pecado, ni la gracia, ni una sola de las palabras que distinguen al Evangelio de un cursillo de inteligencia emocional. Aparece, eso sí, la empatía. Mucha empatía. La empatía es la única trascendencia que el algoritmo tolera sin protestar, y no es casualidad que la propia campaña se presente a los anunciantes como una iniciativa «contra la polarización» que «trasciende lo religioso para situarse en el debate social»: lo confiesan ellos, no nosotros.

Esa es la crítica. Esa, y ninguna otra. Que la Iglesia se presente ante España, en la víspera de recibir al Papa, convertida en una agencia de filantropía indefinida que ha decidido prescindir del único nombre que justifica su existencia.

Pues bien: el obispo coge esa crítica, la dobla con cuidado, la guarda en un cajón y saca en su lugar otra completamente distinta, fabricada por él mismo a la medida de su comodidad. Según su relato, quienes critican el vídeo lo hacen porque desean la polarización, porque les conviene la tensión, porque necesitan el enfrentamiento entre españoles para sus turbios fines políticos; y a continuación, con un sentido de la oportunidad que merecería mejor causa, desentierra el micrófono abierto de Zapatero en 2008 —»nos conviene que haya tensión», «voy a empezar a dramatizar»— para insinuar que los críticos del vídeo son los herederos espirituales de aquella estrategia, solo que desde la otra orilla.

La maniobra es tan vistosa como deshonesta. Nadie, absolutamente nadie, ha criticado la campaña por defecto de crispación. A nadie se le ha ocurrido reprochar a la Conferencia Episcopal que el vídeo sea poco beligerante. Lo que se le reprocha es exactamente lo contrario de lo que el obispo finge rebatir: que haya disuelto el anuncio del Evangelio en un caldo de fraternidad genérica donde Cristo sobra.

Pero contra esa objeción no tiene respuesta, y entonces hace lo que hace el polemista cuando la verdad le resulta incómoda: cambia la pregunta. Combate con denuedo una posición que nadie sostiene para no tener que defender la suya, que es indefendible. A las hormigas rojas y negras de su parábola habría que añadir una tercera especie: la que agita el bote y luego predica serenidad.

La falsa equivalencia moral

Y la segunda muestra, la más grave, porque ya no toca la estrategia sino la doctrina. Dice el obispo, con ese aire de equilibrista que ha confundido la equidistancia con la prudencia, que hoy en España no hay ningún partido plenamente identificable con el Evangelio, que todos tienen incoherencias graves, todos, y procede entonces a la enumeración: unos chocan con la defensa de la vida, la familia, la antropología cristiana; otros se alejan en cuestiones de justicia social, migraciones o «dignidad de los pobres»; otros han abrazado discursos belicistas; y prácticamente todos subordinan el bien común a sus estrategias de poder.

La frase tiene la apariencia tranquilizadora de las verdades obvias —por supuesto que ningún partido es la Ciudad de Dios, faltaría más— y esconde bajo esa apariencia un error que la propia Iglesia que el obispo dice servir ha condenado con todas las letras. Porque meter en la misma enumeración, con la misma cadencia y el mismo «todos», el aborto y la política migratoria es no haber entendido —o haber decidido olvidar por conveniencia retórica— la diferencia entre lo que la teología moral llama un mal intrínseco y lo que pertenece al orden del juicio prudencial.

El aborto es la supresión deliberada de un inocente: un intrinsece malum, un acto que ninguna circunstancia, ninguna ponderación, ningún bien ulterior puede volver lícito. Lo enseña Evangelium vitae, lo recordó la Congregación para la Doctrina de la Fe en su nota de 2002 sobre el compromiso político de los católicos, lo precisó Benedicto XVI al distinguir entre valores no negociables y opciones contingentes.

La política migratoria, en cambio —cuántos acoger, con qué ritmo, bajo qué condiciones, en qué equilibrio entre el deber de hospitalidad y la capacidad real de integración que el propio Catecismo somete al bien común de la comunidad de acogida— pertenece al terreno donde caben legítimamente posiciones católicas opuestas, donde el fiel puede discrepar del obispo sin salirse un milímetro de la ortodoxia, y donde el pastor que pretende imponer su preferencia prudencial como si fuera dogma comete exactamente el abuso que tanto le indigna cuando cree advertirlo en los demás.

Igualar ambas cosas, alinearlas en una misma lista de «incoherencias graves», repartir el reproche con la ecuanimidad simétrica del que quiere quedar bien con todos, no es prudencia: es relativismo moral con sotana. Es nivelar la montaña y el grano de arena para poder decir, satisfecho, que al fin y al cabo todo son montículos. Y el efecto último —lo diga o no lo diga el obispo, lo quiera o no— es la coartada perfecta para el votante que prefiere no jerarquizar nada porque jerarquizar obliga, y obligar incomoda.

La condescendencia clerical

Resulta entonces que el prelado que tan severamente nos reprende a los demás por instrumentalizar a la Iglesia ha instrumentalizado, en una sola mañana de radio, la palabra de Acquaviva para vestir de mansedumbre su comodidad, la anécdota de Zapatero para combatir a un adversario inexistente, y la insinuación elíptica para excomulgar sin firmar la sentencia.

Todo ello, naturalmente, con un tono que él juzga caritativo y que en rigor es la forma más refinada de la soberbia: la del que se ha repartido a sí mismo el papel de los amables, los amorosos, los serenos, los que alzan la mirada, y ha asignado a quien le contradice el de los resentidos que se recrean en la sangre.

No hay agresividad en su voz, es verdad. Hay algo peor, que es esa condescendencia clerical, suave como el guante de seda de la máxima jesuita, con la que se palmea la cabeza del discrepante antes de dejarlo, con infinita ternura pastoral, extramuros de la catolicidad.

Alzad la mirada, nos pide el obispo. De acuerdo. Alcémosla. Pero alcémosla del todo, hasta lo alto, hasta la Cruz, que es donde está escrito el único nombre que su campaña olvidó mencionar; y no la detengamos, por caridad, a la cómoda altura de su propia opinión.

Mariano Gaspar

viernes, 24 de septiembre de 2021

Francisco: “Restaurar el pasado nos matará a todos” (Carlos Esteban)



Para ser el máximo representante de una fe intemporal, al Santo Padre parece obsesionarle el tiempo, el futuro (lo bueno) y el pasado (lo malo). 

En la Santa Misa por la Apertura de la Asamblea Plenaria del Consejo de las Conferencias Episcopales Europeas en el 50 aniversario de su instauración ha llegado a decir que “restaurar el pasado nos matará a todos”.
“Para hacer la Iglesia bella y acogedora tenemos que mirar juntos hacia el futuro, no restaurar el pasado, lo que desgraciadamente está de moda. Restaurar el pasado nos matará, matará a todos”, ha dicho el Pontífice. 
Fuertes palabras que inciden en su línea de los últimos meses contra las posturas tradicionalistas que ha culminado en su motu proprio Traditionis custodes.

Mirar al futuro es una consigna muy repetida, especialmente en las campañas políticas, que suena bien aunque no significa mucho, porque mirar el futuro es mirar a la nada: no existe, por definición. Y nuestra fe se basa, en todo caso, en el pasado, que tiene la ventaja de que se le puede mirar y aprender de él.

El cambio, la necesidad de cambio, ha sido el eje de su mensaje. “Si los cristianos, en vez de irradiar la alegría contagiosa del Evangelio siguen hablando en un lenguaje religioso desfasado, intelectualista y moralista, la gente será incapaz de ver al Buen Pastor”, ha añadido, y también: “Hoy en Europa podemos estar tentados de permanecer cómodamente dentro de nuestras estructuras, en la seguridad que nos ofrecen nuestras tradiciones, mientras a nuestro alrededor las iglesias se vacían y Jesús es cada vez más olvidado”.

¿Alguien podría recordarle al Santo Padre que las iglesias empezaron a vaciarse a caño libre y la sociedad dio la espalda a Cristo justo cuando la jerarquía eclesiástica decidió salir de sus “estructuras” y dejar atrás “nuestras tradiciones”?

Carlos Esteban

miércoles, 17 de febrero de 2021

Conferencia Episcopal de Estados Unidos financia al diablo



La Campaña Católica para el Desarrollo Humano (CCHD, por sus siglas en inglés), el programa de justicia social y contra la pobreza de los obispos de Estados Unidos, financia cuatro organizaciones en Nashville (Tennessee), que están en connivencia con el aborto y la ideología transgénero, informa el 15 de febrero el sitio web Lepanto.org.

El peor es el llamado “Proyecto de Dignidad de los Trabajadores” (WDP, por sus siglas en inglés), el cual recibió seis subvenciones de la CCHD desde el 2013, por un total de u$s 245.000. El sitio web Lepanto.org reunió evidencia, incluyendo grabaciones de audio y video, de que WDP está impulsando el aborto y el transgénero en los inmigrantes y trabajadores que se supone debe cuidar:

• WDP respaldó el “Orgullo Nashville” 2017.

• WDP fue incluido como “socio comunitario” en el informe anual 2018 de Tennessee y North Mississippi de la red abortista Planned Parenthood.

• Cecilia Prado, codirectora de WDP, se rodea en Facebook.com de organizaciones a favor del aborto, marxistas y homosexuales (captura de pantalla a continuación).

• La estación de radio de WDP presenta regularmente a ideólogos homosexuales y de Planned Parenthood.

De acuerdo con sus pautas fantasma, CCHD “no” financia organizaciones que contradicen las enseñanzas morales de la Iglesia.

miércoles, 16 de diciembre de 2020

Tamayo contra la CEE sobre la eutanasia: “No hay razones religiosas para oponerse a ella” (Carlos Esteban)



El episcopado español ha convocado para hoy una jornada de ayuno y oración a fin de que suceda un milagro y no se aprueba la ley de eutanasia presentada por el gobierno. Pero eso le parece mal, muy mal, al teólogo Juan José Tamayo, que en su blog de Religión digital se cita a sí mismo diciendo que “No hay razones religiosas, éticas, jurídicas o políticas para oponerse a la Ley sobre Eutanasia”.

Estábamos acostumbrados ya a la tesis implícita de los autores de Religión Digital en el sentido de que los dos mil años de Iglesia hasta el Vaticano II fueran poco más que un ‘calentamiento’ para la llegada del verdadero mensaje de Jesús en nuestros días, concretamente bajo el pontificado de Francisco.

Algo más excepcional, en cambio, es que últimamente contradigan al propio Papa y a nuestro muy melifluo episcopado, además de a la doctrina clara de la Iglesia en un punto tan esencial como es el de la vida humana. Pero así es, y mientras nuestros obispos encuentran la ley de eutanasia del gobierno de suficiente gravedad como para dar el paso excepcional de invitar a los fieles a una jornada de ayuno y oración, el añoso teólogo Juan José Tamayo hace una encendida defensa de la ley y, por extensión, de la práctica de matar a quienes lo pidan por procedimientos médicos, lo que él llama “morir con dignidad”.

Tamayo considera la iniciativa como “un ejemplo más de la alianza y sintonía episcopales con el conservadurismo político”. Otro ejemplo podría ser, no sé, la ingente cantidad de ayudas y publicidad institucional que los obispos ofrecen a una publicación como la nuestra mientras se abstienen escrupulosamente de anunciar su presencia e iniciativas en el portal en el que escribe Tamayo (entiéndase la ironía).

Tamayo es secretario general de la Asociación de Teólogos y Teólogas Juan XXIII (antes, solo de teólogos), una vibrante comunidad de expertos seguidores de la primavera eclesial de la que don Juan José es uno de los más jóvenes entre los de renombre, a sus 74 años. Otros destacados integrantes, como Díaz Alegría, Casiano Floristán o Enrique Miret Magdalena ya han pasado a mejor vida, imaginamos que con absoluta dignidad.

El autor desprecia los argumentos contra la eutanasia por fundamentalistas y desfasados, y propone tres a su favor. De los dos primeros solo me ha quedado claro que lo defendieron Juan Goytisolo y Hans Küng, pero el tercero tiene su gracia: “El cristianismo no es una religión dolorista, que se regodee en el sufrimiento. Es, más bien, una religión que lucha contra el sufrimiento y las causas que lo provocan, como se deduce de las propias de Jesús. “Misericordia quiero, no sacrificios”, en plena sintonía con la máxima de Epicuro: “Vana es la palabra del filósofo que no cura los sufrimientos humanos”. ¡Jesús de Nazaret y Epicuro tan cerca, el epicureísmo y el cristianismo en sintonía en lo que se refiere a la eliminación del sufrimiento!”.

Debe de ser por eso por lo que Cristo, siendo Dios, nos redimió muriendo una muerte larga e infamante clavado en una cruz, después de haber sido flagelado. Para no “regodearse en el sufrimiento”. Igualito que Epicuro.

Carlos Esteban

viernes, 28 de agosto de 2020

Monseñor Paglia pide a los católicos que olviden que son católicos al votar (Carlos Esteban)



Vincenzo Paglia, presidente de la Pontificia Academia para la Vida, en entrevista concedida a Crux, ha señalado que la causa provida no debe emplearse en política. 

Evidentemente, las próximas elecciones presidenciales norteamericanas son el foco de estas curiosas declaraciones. Paglia afirma que 
“causaría un gran perjuicio el que algún tema de bioética se extrajera de su contexto general y se pusiera al servicio de estrategias ideológicas. Haría un gran daño”.
“Hoy estamos llamados a descubrir una nueva alianza que va más allá de la política”,
desvarió Paglia.
“Una alianza en la que todos los creyentes y todos los hombres y mujeres de buena voluntad se comprometen a salvar todas las vidas de todas las personas que viven en esta única casa común”.
Uno no sabe por dónde empezar. ¿Dónde está esta alianza? ¿Cómo se logra, si considerar la masacre masiva y legal de niños por nacer a la hora de votar “haría un gran daño”? ¿Y quién podría comprometerse a salvar TODAS las vidas, irremisiblemente llamadas a morir? ¿Cómo se hace eso? Por último: ¿De verdad para un cristiano -no digamos un prelado católico- este planeta es nuestra ÚNICA casa común? ¿No hay nada más, no hay un hogar común, que es más hogar y más nuestro que este efímero planeta?
“Por eso creo que instrumentalizar algún tema con fines políticos es perjudicial”, 
concluye. 

Bien, entonces, ¿qué debe tener en cuenta el católico a la hora de votar? ¿El plan de carreteras? ¿Qué hay de los ‘principios irrenunciables’ proclamados por Benedicto XVI? Si a un católico no debe importarle que el candidato sea un entusiasta partidario de la masacre legal de niños por nacer, ¿qué debe importarle?

La respuesta, de forma característicamente oblicua, la da hoy mismo el episcopado norteamericano. Porque todo este marear la perdiz del presidente de la Pontificia Academia para la Vida (¿?) tiene un objetivo muy concreto: que el tándem demócrata Biden-Harris (en la realidad, más bien, Harris-Biden) gane las elecciones. Y del aborto ya hablamos otro día, que no hay que obsesionarse.

Pero vamos con el episcopado americano. La Conferencia Episcopal ha convocado una jornada de ayuno y oración contra el ‘racismo’. “Teniendo en cuenta la violencia en Kenosha, Wisconsin, y en otras ciudades del país, instamos a todas las personas de fe a observar el 28 de agosto o la fiesta de San Pedro Claver el 9 de septiembre como un día de ayuno y oración”, dice en un comunicado Shelton J. Fabre, obispo de Houma-Thibodaux y presidente del Comité Ad Hoc contra el Racismo, de la Conferencia Episcopal. “Reiteramos el valor de aquellos cuya vida humana y dignidad en este país están marginadas por el racismo y nuestra necesidad de luchar por ellos, incluidos los no nacidos”, añadió.

Esto sí es política, y de la peor. Porque no hay una ‘plaga’ de racismo en Estados Unidos, lejos de ello. Hay, naturalmente, racistas, como hay codiciosos, lujuriosos, soberbios, perezosos y, en fin, toda la panoplia de pecados habituales en los seres humanos. Pero pretender que la crisis de violencia y destrucción que sufre Estados Unidos y que, por cierto, ha provocado bastantes más muertes que las que supuestamente motivaron las ‘protestas’, tiene por causa el ‘racismo institucional’, es absurdo y lo contradicen los mismos hechos.
Hablar de Kenosha, por ejemplo, y no tener la menor palabra de condena para los activistas que se dedican abiertamente al pillaje, la destrucción de propiedades y el asalto indiscriminado de inocentes es una buena prueba de la indecible cobardía de los obispos norteamericanos.
Carlos Esteban 

jueves, 21 de febrero de 2019

También la cumbre sobre los abusos crea serios “Dubia”. La carta abierta de dos cardenales



> Todos los artículos de Settimo Cielo en español

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Hasta hace un mes la doble finalidad de la cumbre que, desde el 21 al 24 de febrero, reunirá alrededor del Papa a los jefes de la jerarquía católica mundial, era la “la protección de los menores y adultos vulnerables», como escrito en la “carta al pueblo de Dios” difundida por Francisco el 20 de agosto.

Prueba de ello, “L’Osservatore Romano” del 11 de enero que, al final de la primera página de Andrea Tornielli, director editorial de todos los medios de comunicación vaticanos y portavoz del Papa, dejaba clara esta doble finalidad incluso en el título:

> Incontro tra Pastori…

Sin embargo, más tarde los “adultos vulnerables” desaparecieron de la agenda oficial de la cumbre. Y con ellos la cuestión de los abusos homosexuales contra jóvenes y muy jóvenes, a pesar de que estos constituyen estadísticamente la gran parte de los abusos cometidos por el clero.

En la abarrotada rueda de prensa del 18 de febrero, con la que se presentaba la cumbre (ver foto), el cardenal Blase Cupich, número uno de la comisión organizadora, insistió más bien en negar que la práctica homosexual sea la causa de los abusos, a pesar de haber dicho que la disminución de estos delitos en los últimos años en Estados Unidos ha sido también fruto de una investigación detallada de los aspirantes al sacerdocio, excluyendo los que eran “de riesgo”.

Es un hecho que se ha prohibido no sólo la cuestión de la homosexualidad en el clero, sino también la misma palabra “homosexualidad”, que no aparece en la mole de información sobre la cumbre que se ha puesto a disposición de todos los medios de comunicación del mundo:

> Incontro: La protezione dei minori nella Chiesa. Vaticano, 21-24 febbraio 2019

La eliminación de la cuestión de la homosexualidad de la agenda de la cumbre es claramente fruto de una decisión del Papa Francisco, el cual no ha escondido que está más que convencido que no se trata de abusos sexuales, sino de abuso de poder; no de personas individuales, sino de la casta, la casta clerical.

Pero muchos en la Iglesia dudan que todo deba reducirse al “clericalismo”.

No es la primera vez que Francisco hace surgir “dubia” en la doctrina, en la moral y en la praxis. Siguen siendo memorables los que denunciaron cuatro cardenal después de la publicación de “Amoris Laetitia”, y a los que el Papa nunca dio respuesta.

Y ahora, de nuevo, dos de esos cardenales, el alemán Walter Brandmüller y el estadounidense Raymond Leo Burke, han creído que era su deber salir a la luz pública con la carta abierta que publicamos a continuación, dirigida a los obispos que tomarán parte en la cumbre sobre “la protección de los menores”.

El suyo es un llamamiento urgente a no permanecer callados ante esa otra “plaga [que es] la agenda homosexual”, que ha invadido la Iglesia y que, en su opinión, es un abandono de la “verdad del Evangelio” y, por consiguiente, también está en el origen de la crisis de fe actual. En la cumbre de los próximos días se comprobará en qué medida será escuchado este llamamiento.

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CARTA ABIERTA A LOS PRESIDENTES DE LAS CONFERENCIAS EPISCOPALES

Estimados Hermanos, Presidentes de las Conferencias Episcopales:


¡Nos dirigimos a vosotros con profunda aflicción!

El mundo católico está desorientado y se plantea una pregunta llena de angustia: ¿hacia dónde está yendo la Iglesia?

Ante la deriva que está en marcha, parece que el problema esté reducido al de los abusos de menores, un crimen horrible sobre todo cuando quien lo perpetra es un sacerdote pero que, sin embargo, es sólo parte de un crisis mucho más amplia.

La plaga de la agenda homosexual se ha extendido dentro de la Iglesia, fomentada por redes organizadas y protegida por un clima de complicidad y silencio. Las raíces de este fenómeno se encuentran, es evidente, en esa atmósfera de materialismo, relativismo y hedonismo en la que la existencia de una ley moral absoluta, es decir, sin excepciones, es puesta en discusión abiertamente.

Se acusa al clericalismo por los abusos sexuales, pero la responsabilidad primera y principal del clero no es el abuso de poder, sino el haberse alejado de la verdad del Evangelio. La negación, también pública, con palabras y hechos, de la ley divina y natural, es la raíz del mal que corrompe a determinados ambientes de la Iglesia.

Ante esta situación, hay cardenales y obispos que permanecen en silencio. ¿También vosotros permaneceréis en silencio con ocasión de la reunión convocada en el Vaticano el próximo 21 de febrero?

Formamos parte de quienes, en 2016, interpelaron al Santo Padre sobre los “dubia” que dividían a la Iglesia tras las conclusiones del Sínodo sobre la familia. Hoy, esos “dubia” no sólo no han recibido aún respuesta, sino que son también parte de una crisis de fe más general. Por tanto, os animamos a elevar vuestra voz para salvaguardar y proclamar la integridad de la doctrina de la Iglesia.

Rezamos al Espíritu Santo para que ayude a la Iglesia e ilumine a los pastores que la guían. Es urgente y necesario un acto resolutorio.
Confiamos en el Señor, que prometió: “Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos” (Mt 28, 20).

Walter Card. Brandmüller
Raymond Leo Card. Burke

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La carta está disponible, además, en italiano, inglés, francés, alemán y portugués:

> Offener Brief an die Präsidenten der Bischofskonferenzen

> Carta Aberta aos Presidentes das Conferências Episcopais

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Ante la trascendencia de la cumbre vaticana del 21 al 24 de febrero, han publicado llamamientos análogos al de la carta de los cardenales Brandmüller y Burke los cardenales Gerhard Müller y Wilfried Napier, los arzobispos Charles Chaput y Carlo Maria Viganò y otros exponentes católicos de relieve, en un Simposium online promovido por el National Catholic Register:

> What Can We Expect From the Vatican Summit?

El portal español InfoVaticana ha publicado tres de estos llamamientos y en los próximos días publicará dos más:

https://infovaticana.com/2019/02/18/superando-una-crisis-de-credibilidad/

https://infovaticana.com/2019/02/18/una-mezcla-apropiada-de-indignacion-y-confianza/

https://infovaticana.com/2019/02/16/vigano-por-que-la-palabra-homosexualidad-no-aparece-en-los-documentos-recientes-de-la-santa-sede/

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Entre los organizadores de la cumbre asombra la ausencia de uno de sus creadores, el cardenal Sean O’Malley, arzobispo de Boston y presidente de la comisión pontificia comisión para la protección de menores instituida en 2013 por el Papa Francisco.

Entre los participantes a la cumbre, O’Malley figura sólo como miembro del consejo de los cardenales que asisten al Papa en el gobierno de la Iglesia universal.

La frialdad entra el cardenal y Francisco ha sido el tema de un artículo de Francis X. Rocca en “The Wall Street Journal” del 14 de febrero.

Viganò: “¿Por qué la palabra ‘homosexualidad’ no aparece en los documentos recientes de la Santa Sede?”



El exnuncio apostólico en Estados Unidos, Mons. Carlo Maria Viganò, ha expuesto sus dudas acerca de la próxima cumbre para los abusos en un sugerente artículo publicado por el National Catholic Register:

“Os agradezco que me hayáis invitado a tomar parte del simposio ‘Abuso y la forma de curar’ en anticipación de la próxima cumbre de obispos en el Vaticano. Mi contribución se basará en mi experiencia de 51 años como sacerdote.

Es evidente que la primera causa de la actual y terrible crisis de abusos sexuales cometidos por clérigos ordenados, incluidos obispos, es la carencia de una formación espiritual adecuada de los candidatos al sacerdocio. Esta carencia, además, es sencillamente explicada por la corrupción moral y doctrinal de muchos de los formadores de seminaristas, corrupción que se incrementó exponencialmente durante los años 60

Entré en un seminario pontificio en Roma y empecé mis estudios en la Universidad Gregoriana cuando tenía 25 años. Era 1965, justo meses después del Concilio Vaticano II. Ahí me di cuenta, no sólo en mi propia facultad sino también en otras en Roma, de que muchos seminaristas eran muy inmaduros y de que las casas de formación estaban marcadas por una general y muy seria carencia de disciplina.

Unos pocos ejemplos bastarán. Los seminaristas a veces pasaban la noche fuera del seminario, pues su supervisión era lamentablemente inadecuada. Nuestro director espiritual estaba a favor de una ordenación sacerdotal ad tempus: la idea de que el sacerdocio puede ser meramente un estatus temporal.

En la Universidad Gregoriana, uno de los profesores de teología moral apoyaba una ética situacional, circunstancial. Y algunos compañeros de clase me confiaron que sus directores espirituales no dudaron en presentarse a sí mismos como candidatos a la ordenación sacerdotal a pesar de sus continuos y graves pecados – e irresolutos – pecados contra la castidad.

Ciertamente, aquéllos que sufren de una asentada atracción homosexual no deben ser nunca admitidos en el seminario. Más aún, antes de que cualquier seminarista sea admitido para la ordenación, no sólo debe esforzarse por alcanzar la castidad, sino alcanzarla efectivamente. Debe estar viviendo ya la castidad célibe en paz y por un período prolongado de tiempo; pues, si esto falta, los seminaristas y sus formadores no pueden tener la confianza requerida para la vida célibe.

Los obispos tienen la soberana responsabilidad de formar a los candidatos al sacerdocio. Cualquier obispo que haya encubierto abuso o seducción de menores, adultos vulnerables o adultos bajo un cuidado pastoral, incluidos seminaristas, no es el adecuado para esa responsabilidad o para cualquier ministerio episcopal, y debe ser expulsado de su cargo.

Estoy orando intensamente por el éxito de la cumbre de febrero. Aunque me alegraría mucho si la cumbre tuviera éxito, las siguientes preguntas revelan que no hay signos de una genuina voluntad de atender las causas reales de la situación actual:

¿Por qué la reunión se centrará exclusivamente en el abuso de menores? Estos crímenes son de hecho los más horribles, pero las crisis en los Estados Unidos y Chile que precipitaron en gran medida la próxima cumbre tienen que ver con los abusos cometidos contra adultos jóvenes, incluidos los seminaristas, no solo contra menores. Casi nada se ha dicho acerca de la conducta sexual inapropiada con adultos, que es en sí mismo un grave abuso de la autoridad pastoral, ya sea que la relación haya sido o no “consensual”.

¿Por qué la palabra homosexualidad nunca aparece en los documentos oficiales recientes de la Santa Sede? Esto no significa de ninguna manera que la mayoría de las personas con una inclinación homosexual sean abusadoras, pero el hecho es que la gran mayoría de los abusos han sido infligidos a los muchachos post-pubescentes por los clérigos homosexuales. Es una mera hipocresía condenar el abuso y afirmar que se simpatiza con las víctimas sin enfrentar este hecho con honestidad. Es necesaria una revitalización espiritual del clero, pero en última instancia será ineficaz si no aborda este problema.

¿Por qué el Papa Francisco mantiene e incluso llama como sus colaboradores cercanos a personas que son homosexuales notorios? ¿Por qué se ha negado a responder preguntas legítimas y sinceras sobre estas citas? Al hacerlo, ha perdido credibilidad sobre su verdadera voluntad de reformar la Curia y combatir la corrupción.

En mi tercer testimonio, le supliqué al Santo Padre que hiciera frente a los compromisos que él mismo asumió al asumir su cargo como Sucesor de Pedro. Señalé que asumió la misión de confirmar a sus hermanos y guiar a todas las almas en el seguimiento de Cristo en el camino de la cruz.

Lo insté entonces, y ahora lo insto nuevamente, a decir la verdad, a que se arrepienta, muestre su voluntad de seguir el mandato dado a Pedro y, una vez convertido, confirme a sus hermanos (Lucas 22:32).

Rezo para que los obispos reunidos en Roma recuerden al Espíritu Santo, a quien recibieron con la imposición de manos, y cumplan con su responsabilidad de representar a sus Iglesias particulares pidiendo firmemente e insistiendo en una respuesta a las preguntas anteriores durante el cumbre.

De hecho, rezo para que no regresen a sus países sin las respuestas adecuadas a estas preguntas, ya que fallar en este sentido significaría abandonar sus propios rebaños a los lobos y permitir que toda la Iglesia sufra terribles consecuencias.

A pesar de los problemas que he descrito, sigo teniendo esperanza, porque el Señor nunca abandonará a su Iglesia”.

El arzobispo Carlo Viganò es el ex nuncio apostólico en los Estados Unidos.