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miércoles, 24 de junio de 2026

Valle de los Caídos. El problema no es el Gobierno: El problema es lo que el cardenal Cobo aceptó en favor del Gobierno





La cuestión verdaderamente relevante en la controversia sobre la Basílica de la Santa Cruz del Valle de los Caídos no es el Gobierno de Sánchez, sino el contenido del acuerdo que el cardenal Cobo sorprendentemente asumió frente a dicho Gobierno, ocultándolo durante meses al conjunto de la Iglesia española y a la opinión pública, mintiendo además sobre su existencia.

Según la documentación incorporada al expediente administrativo y conocida meses después de forma pública, el 5 de marzo de 2025 el arzobispo de Madrid trasladó al ministro Félix Bolaños su conformidad con los términos recogidos en el documento remitido por el Gobierno el día anterior. Dicho texto contemplaba una delimitación extraordinariamente restrictiva de los espacios considerados destinados al culto dentro de la Basílica, reduciéndolos al altar y a las bancadas adyacentes, mientras se abría la puerta a la denominada resignificación ideológica del resto del templo, incluyendo elementos tan esenciales como la nave, la cúpula, el atrio, el vestíbulo y demás espacios integrados en el conjunto basilical, incluida la capilla del Santísimo.

La gravedad de esta posición resulta difícil de exagerar. No se trata simplemente de una cuestión arquitectónica o funcional. Lo que está en juego es la propia naturaleza jurídica y religiosa de un templo católico solemnemente dedicado al culto divino.

El Código de Derecho Canónico establece que los lugares sagrados están destinados al culto divino y a los fines propios de la religión. La dedicación de una iglesia no recae exclusivamente sobre un altar o sobre determinados bancos, sino sobre el templo en su integridad. La tradición litúrgica de la Iglesia, expresada en el rito de dedicación de las iglesias, manifiesta precisamente esa unidad espiritual y jurídica del edificio sagrado.

Por ello resulta difícil comprender cómo pudo aceptarse una delimitación que, en la práctica, fragmenta la realidad sagrada del templo y permite que amplias zonas de una basílica menor sean destinadas a usos incompatibles con su naturaleza sagrada.

La cuestión adquiere una dimensión aún más preocupante si se tiene en cuenta que la libertad religiosa reconocida por la Constitución española y desarrollada por la legislación vigente protege no sólo las creencias de los fieles, sino también el libre ejercicio del culto y la autonomía de las confesiones religiosas en relación con sus lugares de culto. Del mismo modo, los Acuerdos entre el Estado español y la Santa Sede reconocen expresamente la inviolabilidad de los templos católicos.

La actualidad de las últimas semanas ha venido, además, a poner de manifiesto las consecuencias prácticas de aquella decisión. Lo que durante meses se presentó como un proyecto plenamente encauzado ha terminado convertido en un laberinto jurídico y administrativo. El Ayuntamiento de San Lorenzo de El Escorial ha acordado la suspensión del inicio de las obras, mientras que las actuaciones judiciales desarrolladas ante el Tribunal Superior de Justicia de Madrid han introducido nuevas incertidumbres sobre la viabilidad inmediata de las intervenciones proyectadas. Todo ello refleja una realidad difícil de ocultar: el proyecto de resignificación nunca contó con la seguridad jurídica que el Gobierno pretendió transmitir a la opinión pública.

Y precisamente ahí radica una de las cuestiones más graves de todo este episodio. Resulta legítimo preguntarse si el Gobierno habría llegado tan lejos en sus pretensiones de intervenir el interior de la basílica de no haber contado previamente con la conformidad expresada por el cardenal Cobo respecto de un documento que reducía los espacios de culto al altar y a las bancadas adyacentes. Aquella aceptación transmitió al poder político la apariencia de que existía cobertura eclesiástica suficiente para actuar sobre el resto del templo, cuando la realidad jurídica y canónica era exactamente la contraria.

Porque una vez aceptado que la nave, la cúpula, el atrio, el vestíbulo, las puertas monumentales e incluso la capilla del Santísimo podían quedar fuera de la consideración práctica de espacios destinados al culto, el siguiente paso resultaba inevitable: considerar legítima su transformación, resignificación o utilización para finalidades ajenas a la naturaleza propia del templo. El problema no es únicamente que semejante planteamiento contradiga la legislación canónica vigente; es que además entra en colisión con las garantías de libertad religiosa, autonomía confesional e inviolabilidad de los lugares de culto reconocidas por el ordenamiento jurídico español.

Lo verdaderamente sorprendente es que semejante concesión procediera precisamente de quien carecía de competencia jurídica sobre el lugar. La Basílica de la Santa Cruz del Valle de los Caídos no se encuentra sometida a la jurisdicción ordinaria del arzobispo de Madrid, sino al régimen singular derivado de su condición de basílica menor vinculada a una abadía benedictina exenta y dependiente directamente de la Santa Sede. Resulta difícil encontrar precedentes de una autoridad eclesiástica que haya pretendido autorizar al poder civil para intervenir espacios sagrados sobre los que carece de jurisdicción, contradiciendo simultáneamente principios elementales del Derecho Canónico y de la legislación estatal protectora de la libertad religiosa.

Las actuales suspensiones administrativas y judiciales constituyen, en cierto modo, la confirmación de una evidencia que nunca debió olvidarse: el problema jamás estuvo en la resistencia de los monjes ni en el ejercicio legítimo de acciones judiciales por parte de la comunidad benedictina. El problema surgió cuando se hizo creer al Gobierno que podía actuar sobre una basílica como si se tratara de un espacio parcialmente desacralizado, susceptible de ser reorganizado conforme a criterios políticos o ideológicos. Los acontecimientos recientes demuestran hasta qué punto aquella premisa era jurídicamente insostenible.

No parece existir explicación razonable para que una autoridad eclesiástica acepte la profanación de espacios sagrados en un templo católico. Si tal aceptación obedeciera a un desconocimiento de los principios canónicos y jurídicos aplicables, estaríamos ante una situación extremadamente preocupante. Si, por el contrario, respondiera a una decisión consciente de prescindir de ellos en aras de satisfacer las pretensiones del Gobierno de Sánchez, la preocupación sería aún mayor.

A ello se añade otra circunstancia difícilmente explicable. No parece que la Conferencia Episcopal Española, ni la Orden Benedictina, ni la propia comunidad afectada tuvieron conocimiento de estos compromisos cuando fueron asumidos. Tampoco las sucesivas declaraciones públicas emitidas por el cardenal Cobo posteriormente parecían reflejar el alcance real de lo aceptado en aquellas comunicaciones.

Con posterioridad, el propio cardenal Cobo atribuyó la actuación seguida a directrices procedentes de la Secretaría de Estado de la Santa Sede. Sin embargo, resulta difícil conciliar esa hipótesis con el perfil y la experiencia de quienes ocupan responsabilidades en la Santa Sede, especialmente cuando la cuestión afecta a principios tan elementales del derecho de la Iglesia como la naturaleza de los lugares sagrados y la protección jurídica de los templos destinados al culto.

Mientras tanto, la reciente visita del Santo Padre a España ha dejado una impresión muy distinta. Sus intervenciones se han caracterizado por la claridad doctrinal, la precisión conceptual y una constante apelación a la dignidad de la persona humana desde la concepción hasta la muerte natural. Ha sido una presencia que difícilmente puede instrumentalizarse al servicio de estrategias políticas particulares o de relatos ideológicos construidos desde intereses ajenos a la misión propia de la Iglesia.

Quizá por eso resultan especialmente llamativos los esfuerzos de El País y de eldiario.es por presentar al cardenal Cobo como intérprete privilegiado del pensamiento del Papa o como figura llamada a desempeñar un papel histórico en la Iglesia española. Los hechos terminan imponiéndose siempre sobre los relatos. Y los hechos muestran que quien aceptó que gran parte de una basílica pudiera ser considerada ajena al culto fue precisamente el cardenal arzobispo de Madrid.

La cuestión ya no es si aquella decisión fue el incomprensible error que fue. La cuestión es si quien la adoptó reúne las condiciones de prudencia, firmeza doctrinal y sentido eclesial que exige el gobierno de una de las sedes episcopales más importantes del mundo católico.

Son muchos los fieles, sacerdotes e incluso obispos que expresan privadamente su preocupación por el rumbo seguido en este asunto. Corresponde exclusivamente al Santo Padre juzgar cuándo y cómo deben adoptarse las decisiones oportunas. Pero resulta legítimo preguntarse si una crisis de esta magnitud no exige también una profunda reflexión sobre las responsabilidades que la hicieron posible.

En todo caso, el cardenal Cobo tiene la obligación moral de reparar el daño producido, ofrecer una explicación veraz sobre lo realmente aceptado en marzo de 2025, rendir cuentas por una actuación que ha contribuido decisivamente al actual caos jurídico y administrativo y asumir dignamente su responsabilidad. Porque las recientes suspensiones de las obras y la creciente judicialización del conflicto no son sino la consecuencia de un error de origen que nunca debió producirse. El problema inicial no estuvo en el Gobierno de Sánchez, que actuó conforme a sus propios objetivos políticos, sino en quien le hizo creer que podía alcanzar tales objetivos sin vulnerar la naturaleza sagrada de la basílica ni encontrar resistencia jurídica por parte de la Iglesia.

Carlos H Bravo

domingo, 21 de junio de 2026

¿QUÉ PASA EN LA IGLESIA? #122 PADRE JORGE GONZÁLEZ GUADALIX.



DURACIÓN 32:55 MINUTOS



EMPEZAMOS EN ROMA 

ESPAÑA 

1. Madrid conservará la cruz de la vigilia papal 

2. La CEE valora el viaje del papa 

3. Paralizadas obras en el Valle de los caídos 

MUNDO 

4. Noticias a favor de la vida 

5. Cuba se queda sin hostias para la comunión 

6. Frutos de la procesión eucarística en Irlanda 

7. Monseñor Varden reivindica la castidad 

8. Llamamiento del papa a la FSSPX

domingo, 17 de mayo de 2026

¿Valores evangélicos? La Conferencia Episcopal premia a Rosalía en los ¡Bravo! 2025



La Conferencia Episcopal Española entregará este lunes, 18 de mayo, los Premios ¡Bravo! 2025, los galardones promovidos por la Comisión Episcopal para las Comunicaciones Sociales (CECS) que, según explican sus propias normas, buscan reconocer «la labor meritoria de todos aquellos profesionales de la comunicación […] que se hayan distinguido por el servicio a la dignidad del hombre, los derechos humanos o los valores evangélicos».


Precisamente por ello, la decisión de conceder el Premio ¡Bravo! de Música a Rosalía por Lux, después de ver el despliegue de su tour, resulta a lo menos confuso. La crítica no nace únicamente del estilo artístico de la cantante catalana, sino del profundo contraste entre el contenido simbólico de su espectáculo y aquello que la Iglesia afirma querer premiar.

Una estética religiosa convertida en espectáculo

Las crónicas sobre el Lux Tour describen una gira atravesada de principio a fin por referencias explícitas al cristianismo: confesionario, pecado, redención, santidad, Virgen María, penitencia, ángeles, velos, cruces, procesiones e incluso un botafumeiro inspirado en el de Santiago de Compostela.

Sin embargo, esas referencias aparecen integradas dentro de una propuesta escénica que mezcla sensualidad, erotización, cultura de club, provocación sexual y «reinterpretaciones» de la fe cristiana. De hecho, una de las crónicas sobre la gira afirma expresamente que Rosalía “se apropia de los códigos de la fe para volverlos más libres, ambiguos y carnales”.

Ahí está el núcleo de la cuestión.

La tradición católica nunca ha considerado irrelevante el uso del lenguaje religioso o de los símbolos sagrados. El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que la blasfemia consiste en pronunciar contra Dios —interior o exteriormente— palabras de odio, reproche o desafío, así como abusar del nombre de Dios y faltar al respeto debido a las realidades sagradas.

Y aunque no toda utilización artística de elementos religiosos constituye formalmente una blasfemia, resulta difícil ignorar la banalización que supone convertir signos vinculados al arrepentimiento, la santidad o la liturgia en elementos de entretenimiento pop.

El confesionario como recurso viral

Uno de los elementos más comentados del espectáculo es precisamente el “confesionario” que Rosalía incorpora en sus conciertos. Según distintas crónicas, este espacio se ha convertido en una sección viral donde famosos e influencers relatan experiencias sentimentales, sexuales o íntimas ante el público.

El problema no es simplemente estético. El confesionario no es un objeto decorativo ni un símbolo vacío dentro de la tradición católica. Es el lugar sacramental donde el pecador se reconcilia con Dios.

Transformarlo en un recurso teatral para anécdotas románticas o relatos virales refleja precisamente esa deriva contemporánea que trivializa lo sagrado hasta convertirlo en mera escenografía cultural.

Y, sin embargo, es precisamente esta propuesta la que la Conferencia Episcopal ha decidido premiar en nombre de los “valores evangélicos”.

La incoherencia de una Iglesia acomplejada

La cuestión de fondo no es Rosalía. Rosalía hace aquello que el mundo del espectáculo lleva años haciendo: utilizar símbolos religiosos, reinterpretarlos y mezclarlos con narrativas contemporáneas donde lo espiritual queda subordinado a la experiencia individual, la estética y la provocación.

La verdadera pregunta es otra: ¿qué lleva a una institución eclesial a bendecir culturalmente este tipo de propuestas?

Porque los Premios ¡Bravo! no son unos galardones civiles cualquiera. Son premios otorgados “por parte de la Iglesia”. Y eso implica inevitablemente un juicio moral y cultural. Cuando la Conferencia Episcopal distingue una obra concreta, está enviando un mensaje sobre qué considera compatible con el Evangelio y qué entiende hoy por “valores evangélicos”.

El problema es que muchos fieles difícilmente pueden reconocer esos valores en una propuesta artística donde lo religioso aparece constantemente mezclado con sensualidad explícita, ambigüedad moral y una utilización estética de símbolos sagrados.

Cuando la relevancia sustituye al criterio católico

Da la impresión de que ciertos organismos eclesiales llevan años atrapados en la necesidad de resultar culturalmente aceptables ante el mundo contemporáneo. Y en ese intento por parecer modernos, dialogantes y cercanos a la cultura dominante, terminan desdibujando los criterios específicamente católicos.

Premiar a Rosalía puede generar titulares, simpatía mediática y conversación en redes sociales. Pero también transmite otra idea: que la Iglesia institucional ya no considera problemático el uso ambiguo, frívolo o sensualizado de elementos profundamente vinculados a la fe cristiana.

Y eso sí tiene consecuencias.

Porque mientras muchos católicos ven cómo se ridiculizan símbolos religiosos en espacios culturales y mediáticos, descubren ahora que parte de la propia estructura eclesial no solo evita denunciar esa banalización, sino que la premia públicamente.

La pregunta, por tanto, sigue en pie: si estos galardones existen para reconocer el servicio a los “valores evangélicos”, ¿qué entiende hoy exactamente la Conferencia Episcopal por Evangelio?

sábado, 28 de marzo de 2026

La Fundación Pablo VI señala a los padres de Noelia por la relación con su hija y a Abascal por culpar al Estado



La Fundación Pablo VI ha publicado un texto que, bajo apariencia de reflexión bioética, termina derivando en un posicionamiento difícil de sostener tanto en términos intelectuales como morales. El artículo, firmado por José Ramón Amor Pan, aborda el caso de Noelia Castillo —la joven de 25 años eutanasiada en un hospital propiedad de la Orden de los camilos— y lo presenta como un “fracaso colectivo”. Sin embargo, al descender del plano teórico al concreto, introduce afirmaciones que alteran el eje del análisis y desplazan la responsabilidad hacia unos padres que todavía lloran el cadaver de su hija eutanasiada.

El autor dice literalmente:
Una penúltima reflexión tiene que ver con lo que escribió Santiago Abascal (presidente de Vox) en sus redes sociales: “Estoy muy afectado por esta noticia. El Estado le quita una hija a sus padres. Los Menas la violan. Y la solución que le da el Estado es suicidarla. La España de Sánchez es una película de terror”. Salvo la primera afirmación, el resto no es de recibo ni resulta un lenguaje éticamente aceptable. Mucho menos la segunda de las frases, “El Estado le quita una hija a sus padres”, pues estamos, por un lado, ante una decisión autónoma de Noelia y, por otro lado, como resulta público y notorio, estamos ante unos padres que no han sabido o no han podido construir una buena relación con su hija. Los políticos harían bien en no tensionar lo que ya es una realidad súper compleja y trágica en sí misma.
El texto afirma que los padres “no han sabido o no han podido construir una buena relación con su hija”. En un contexto marcado por depresión grave, institucionalización, intento de suicidio, agresión sexual y una decisión final de eutanasia, colocar a la familia directa como elemento explicativo equivale a cargar sobre ellos una responsabilidad implícita. Se trata de una forma de culpabilización que, además, se formula cuando la hija ha muerto y los padres quedan expuestos públicamente sin posibilidad de réplica. Esa afirmación, presentada como algo “público y notorio”, opera como una conclusión impuesta, temeraria, falta de prudencia y caridad pero sobre todo desenfocada sobre los verdaderos responsables.

El objetivo del artículo es desplazar el foco desde la responsabilidad institucional hacia la culpabilidad del entorno familiar. Pero el caso contiene una cadena de decisiones públicas perfectamente identificables: tutela por parte de la administración donde fue violada, paso deficiente por el sistema asistencial, evaluación médica negligente, autorización por comisiones autonómicas y validación judicial en varias instancias. Ese recorrido define el marco real del caso. Introducir a los padres como pieza central del problema altera la lectura de los hechos y reduce la exigencia sobre el funcionamiento del sistema.

Por si fuera poco, en ese mismo texto se introduce una valoración sobre las declaraciones de Santiago Abascal, cuya crítica al papel del Estado es calificada como inaceptable. La secuencia objetiva del caso incluye intervención estatal desde la minoría de edad, incapacidad para evitar situaciones de extrema vulnerabilidad y una resolución final mediante eutanasia. Señalar esa secuencia no es una exageración, es una lectura de los hechos. El artículo opta por desautorizar esa lectura mientras mantiene una acusación no probada sobre la familia directa. El resultado es una inversión del plano de exigencia: se suaviza la responsabilidad institucional y se intensifica una temeraria imputación muy poco caritativa a la familia, ¿ésta es la forma de pensar de la jerarquía eclesiástica, del presidente de la ACdP y de los miembros de una fundación eclesial tan significativa?

El posicionamiento adquiere un alcance mayor al situarse dentro de la Fundación Pablo VI, una entidad cuyo patronato concentra a una parte significativa del liderazgo eclesial español. La preside Ginés Ramón García Beltrán y forman parte de él figuras de primer nivel como Luis Argüello García, presidente de la Conferencia Episcopal Española, José Cobo Cano, José Luis Retana Gozalo, Juan Antonio Martínez Camino, Jesús Fernández González, Joseba Segura Etxezarraga y José María Gil Tamayo. Junto a ellos, participan Alfonso Bullón de Mendoza, Jesús Avezuela Cárcel, Fernando Fuentes Alcántara y Alfonso Carcasona García.

Este patronato no es una instancia simbólica. Define la orientación de la institución y respalda el marco en el que se publican sus contenidos. Cuando desde un entorno de esta naturaleza se difunde un texto que introduce juicios no fundamentados sobre una familia en duelo y, al mismo tiempo, corrige a quien dirige su crítica hacia el verdadero culpable, la cuestión deja de ser anecdótica. Refleja un criterio de enfoque. El caso de Noelia exige precisión en la atribución de responsabilidades y prudencia en el tratamiento de las personas implicadas. El texto opta por una línea distinta: fija el foco en los padres y rebaja la crítica institucional y legal mediante la descalificación del discurso político que la formula y, de paso, intenta criticar a Santiago Abascal, que parece algo de moda en el entorno clericalista. Un delirio preocupante.

Miguel Escrivá

martes, 27 de enero de 2026

Argüello aplaude al Gobierno mientras el pueblo fiel se escandaliza



DURACIÓN 2 MINUTOS


No es una sensación. No es un malestar difuso amplificado por redes sociales. Es una fractura real, profunda y cada vez más obscena: la que separa a buena parte del episcopado español del pueblo fiel al que dice pastorear.

El último episodio lo ha vuelto a poner todo en evidencia. El presidente de la Conferencia Episcopal Española, monseñor Luis Argüello, comparece para celebrar el Real Decreto del Gobierno sobre la regularización extraordinaria de inmigrantes ilegales y lo hace con un lenguaje calcado del argumentario político del Ejecutivo: “salud democrática”, “oportunidad política”, “sociedad organizada”, “bien común”, “subsidiariedad”. Ninguna referencia explícita a la ley moral, ninguna advertencia sobre el desorden objetivo que supone una inmigración masiva sin control, ningún recuerdo de los deberes del Estado en materia de fronteras, seguridad y justicia. Solo aplauso.

No se trata de una opinión prudencial más dentro del legítimo pluralismo católico. Se trata de algo mucho más grave: de la identificación pública de la jerarquía eclesiástica con un poder político que legisla sistemáticamente contra la doctrina católica en materias esenciales. Un gobierno que promueve el aborto como derecho, normaliza la eutanasia, destruye la familia, adoctrina en ideología de género y persigue la objeción de conciencia. Y ante ese gobierno, el presidente de la CEE no levanta la voz para corregir, sino que sonríe para acompañar.

Mientras tanto, al otro lado, el pueblo fiel hierve. Sacerdotes de parroquia, religiosos, laicos comprometidos, familias que siguen yendo a Misa, que educan a sus hijos en la fe, que sostienen económicamente a la Iglesia, no reconocen ya en sus pastores el lenguaje ni las prioridades del Evangelio. Ven a una jerarquía más preocupada por no incomodar al poder que por confirmar en la fe a los suyos.

La reacción en redes no es casual ni marginal. Es la expresión de un hartazgo acumulado. Cuando fieles católicos hablan de escándalo, no lo hacen en sentido metafórico. El escándalo es real: ver a obispos hablar como portavoces de ONG ideologizadas mientras guardan silencio ante leyes gravemente injustas. Verlos alinearse con la Agenda 2030 mientras las iglesias se vacían. Verlos invocar una misericordia abstracta que nunca va acompañada de verdad.

Porque la misericordia sin prudencia y sin discernimiento no es virtud cristiana. Es sentimentalismo. Y el sentimentalismo, cuando se convierte en política eclesial, termina siendo cruel: con los fieles ignorados, con las naciones desestructuradas, con los más débiles usados como coartada moral.

El episcopado español parece no entender —o no querer entender— que su autoridad no le viene de su cercanía al poder, sino de su fidelidad a Cristo. Y que cuando esa fidelidad se diluye en comunicados institucionales perfectamente compatibles con el BOE, lo que se rompe no es solo la credibilidad de la jerarquía, sino la comunión misma.

Hoy la brecha es evidente: un episcopado entregado al aplauso gubernamental y un pueblo fiel escandalizado, cansado y cada vez menos dispuesto a callar. Negarla no la cerrará. Seguir profundizándola, tampoco.

martes, 1 de abril de 2025

Decenas de personas se concentran a las puertas de la Conferencia Episcopal para protestar por la colaboración de los obispos con la resignificación del Valle de los Caídos



Desde primera hora de la mañana, un pequeño grupo de personas se ha concentrado en Añastro a las puertas de la Conferencia Episcopal Española.

En un acontecimiento casi sin precedentes, varias decenas de fieles se han agolpado para protestar delante de los obispos por su silencio o por su colaboración con el Gobierno de España para pactar la resignificación del Valle de los Caídos.

Al grito de cobardes y traidores, los manifestantes han mostrado su enfado con los obispos que iban llegando a la sede de la Conferencia Episcopal Española. Entre los carteles que se han podido ver, destacaba uno señalando a la presidente de la comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso y al cardenal arzobispo de Madrid, José Cobo, quien ha sido el interlocutor entre la Santa Sede y el Gobierno.

Además, en los aledaños de Añastro han aparecido unas pintadas contra los obispos, a quienes acusan de vender a Cristo por 30 monedas y no defender el Valle de los Caídos.


Dentro de la Plenaria, ni el presidente Luis Argüello ni el nuncio en su mensaje de despedida, han hecho mención a la problemática del Valle de los Caídos. A la salida de los obispos del lugar de la Plenaria donde tienen lugar los discursos y debates, le han preguntado al cardenal Cobo por la protesta a las puertas de la CEE. El arzobispo de Madrid se ha pronunciado al respecto y ha dicho estar «perplejo» ante la situación.

Cabe señalar que el arzobispo de Madrid ha sido señalado estos días por haber servido en bandeja al ministro Bolaños la cabeza del prior Santiago Cantera y por avalar la resignificación del Valle de los Caídos aunque traten de resaltar que la Basílica seguirá con el culto, que la cruz se mantendrá y que no se expulsarán a los benedictinos. Pero muchos fieles han dictado sentencia y señalan directamente al purpurado de Madrid.

Javier Arias

domingo, 19 de abril de 2020

LA CCE AL RESCATE DEL GOBIERNO (Capitán Ryder)



El coronavirus se ha extendido por todo el mundo pero no en todo el mundo está teniendo la misma incidencia, ni sanitaria ni económica.

Ahora mismo, España parece que va camino de triunfar negativamente en todas ellas, a la espera de que ese país disfuncional que es Bélgica nos pueda arrebatar el dudoso honor en alguna de ellas.

Cualquiera que esté atento a la realidad española conocerá las noticias de las últimas semanas.

Básicamente, el gobierno para no estropear sus aquelarres feministas retrasó la adopción de medidas sanitarias que ha tenido como resultado ahora mismo el mayor número de muertos por millón de habitantes en todo el mundo.

Su incapacidad ha hecho el resto; aún hoy día los sanitarios no tienen los equipos de protección adecuados, muchos de ellos adquiridos a proveedores de dudosa calidad. También estas acciones han tenido una consecuencia, todo lo tiene; y es que España sea el país con el mayor porcentaje de sanitarios contagiados. En países como Polonia y Eslovaquia hay máquinas expendedoras de mascarillas de la más alta calidad mientras que aquí, ayer, eran retiradas miles de mascarillas que han estado usando los sanitarios con defectos de calidad. Muchos de ellos ya han sido aislados por si se hubiesen contagiado.

El gobierno, lejos de pedir disculpas o buscar sinceramente enmendar sus acciones, se ha lanzado directamente a las persecución de aquellos ciudadanos que puedan poner en cuestión la versión oficial: amenazas de cárcel para quien «difunda bulos o noticias falsas», ruedas de prensa en las que las preguntas son seleccionadas por el gobierno, por lo que en muchas ocasiones se han leído directamente las respuestas, subvenciones a las 4 televisiones privadas para tapar la gestión del gobierno y la oferta de unos pactos políticos que no buscan que todo el país sea participe de un gran acuerdo sino que es presentado como un trágala total. El gobierno aprobó la investidura con el partido político del grupo terrorista ETA, independentistas y comunistas. Estos pactos seguirían en vigor y los partidos de oposición se deberían adherir, sin más crítica, a lo que entre ellos se acuerde.
Es una manera de hacer culpables a todos del desastre económico con el que nos encontraremos al salir de casa.
En estas circunstancias la Conferencia Episcopal Española ha salido al rescate del gobierno con unas manifestaciones y un comunicado realmente repugnantes. Confieso que incluso a mí, que presumo de la imposibilidad de sorpresa en estos temas, me ha dejado estupefacto. Bien harían nuestros pastores en todo lo que afecte al gobierno en comprarse unas rodilleras dado que esa parece ser la posición por la que han optado.

Infovaticana informaba el otro día de un comunicado en el que se daban las gracias a los medios de comunicación, por, textual:
En estos momentos difíciles, los medios de comunicación nos permiten conocer lo que está ocurriendo con todos sus matices y sus complejidades, ponen en contexto las informaciones y dan respuesta a nuestras preguntas. Además, difunden las indicaciones que señalan las autoridades competentes, que hemos de vivir en este momento como sociedad, y ayudan a desmentir las noticias falsas y los bulos que pueden angustiar o hacer caer en la desesperación o el desorden. Vuestro servicio es esencial para una sociedad que ama la libertad y la verdad. Queremos destacar el papel de las empresas de comunicación y la labor social que vosotros, periodistas, corresponsales y comunicadores, lleváis a cabo en esta epidemia: acortando las distancias geográficas y sociales, abrís una ventana a la esperanza y al futuro, dais a conocer iniciativas solidarias y ofrecéis a los que están confinados en casa múltiples posibilidades para estar conectados con el mundo y para desarrollar sus cualidades. Sin olvidar, la capacidad de entretener con programas de humor, con el cine o la música, que nos permite salir de una rutina diaria necesariamente estrecha, y nos puede vincular con lo mejor de la humanidad, el arte y la cultura. Sin esta labor de los medios de comunicación, este aislamiento sería muchísimo peor. Cuando mueren las esperanzas de los pueblos, desaparecen las culturas. Por ello, a vosotros hombres y mujeres de la comunicación en España os pedimos que no os canséis, en medio de este oscuro panorama. Sed portadores de la verdad y la esperanza en todo aquello que hacéis y comunicáis, para que vuestras noticias y programas alcancen el corazón de la ciudadanía dolorida. Sabed que estáis presente en nuestras oraciones para que el mal de este espantoso virus no os alcance y podías gozar siempre de la “salud del alma y del cuerpo”.
Unos comentarios sobre los resaltados, por mí, en negrita:

1er párrafo. En España en concreto los mayores difusores de noticias faltas han sido las 6 cadenas de televisión en comandita con el gobierno. Y, como nos han contado después, era porque así se lo decía el gobierno. A la pregunta de por qué no han acertado ni una en toda la crisis han señalado que se limitaban a decir lo que les transmitían del gobierno. Es decir, no han difundido las indicaciones del gobierno, sino el mensaje que el gobierno quería transmitir en cada momento. Así, en cada momento, gobierno y medios nos han dicho:
  • Las mascarillas no servían para nada, incluso era contraproducente llevarlas.
  • No había peligro, era más o menos una gripe. No había que tomar precauciones especiales.
  • Había que acudir a las manifestaciones feministas del 8 de marzo, el «machismo es más peligroso que el coronavirus».
  • Se podía hacer vida normal.
  • No había que limpiar zapatos y ropa al llegar a casa.
  • No había que cerrar fronteras, no servía para nada.
  • El que diga lo contrario es un alarmista que debe ser señalado y ridiculizado. Lo que afirma no tiene ninguna base científica.
Todas estas afirmaciones transmitidas por el gobierno y repetidas hasta la saciedad por los medios nos han llevado a un contagio masivo y el posterior colapso sanitario que se ha traducido en más de 20.000 muertos oficiales, alrededor de 40.000 reales si nos atenemos a la información de los registros civiles.

Con toda España encerrada en sus casas y cientos de miles de españoles estrenando su nueva situación de desempleados el gobierno aprobaba una subvención para los medios de 15 millones de euros y un aumento de la publicidad institucional de más de 30. Las televisiones españolas sumaron el año pasado más de 300 millones de beneficio.

Pues sí, aquellas televisiones y medios que nos han mentido sobre las medidas a tomar, sobre los muertos, que han aceptado las ruedas de prensa con filtrado de preguntas y que no quieren saber donde se compra el material sanitario defectuoso que llega a España son «los que nos permiten conocer lo que está ocurriendo, con todos los matices y complejidades» y quiénes «luchas contra los bulos y noticias falsas».

No sólo eso, además han sido cómplices de la campaña del gobierno para amenazar a a los pocos medios discrepantes y a todos aquellos ciudadanos anónimos que a través de twitter van desmontando una por una las mentiras gubernamentales apoyadas por estos mismos medios. Abiertamente se habla, con una normalidad escalofriante, de imponer 5 años de condenas a quien difunda lo que el gobierno establezca como bulo. Ni una verdad en este párrafo.

2do párrafo. Hace tiempo que uno se pregunta qué concepto de esperanza tienen nuestros obispos y cardenales. Al principio de la crisis el Cardenal Omella hablaba de que las iglesias permaneciesen abiertas porque daban «una cierta esperanza«. Da la casualidad de que la Iglesia siempre ha predicado como certeza que la Fe en Jesucristo lo que da es una ESPERANZA CIERTA. El orden de los factores aquí si altera, y mucho, el significado de la ecuación.

Lo mismo en este caso, donde los medios, especialmente las televisiones, continúan abriendo una ventana al estercolero más hediondo.

Televisión española ha entendido lo del entretenimiento estrenando un programa «de humor» sobre las historias de los españoles en la reclusión de su hogar. Una serie de scketch, supuestamente humorísticos. Por supuesto, con los actores más próximos al gobierno. El programa se estrenó cuando ya llevábamos más de 10.000 muertos. ¡Ay qué risa!

3er párrafo. Por mí pueden cansarse desde ya. Si mañana, mejor hoy, cerrasen todas las televisiones España sería un país mucho mejor y el odio cainita que esparcen cesase, sobre todo por parte del periodista de cabecera del Papa en España y su cadena, la mejora sería evidente.
 
La otra gran aportación ha llegado de ese pan sin sal que es el Cardenal Blázquez.

Para dar un respaldo a esos nuevos pactos que quiere perpetrar el gobierno ha manifestado «necesitamos renovar el espíritu de la Transición, porque sólo unidos venceremos esta pandemia».

Dejando a un lado que hay ya 40.000 personas que no van a vencer nada, no al menos en esta vida, agradecería que nuestros obispos nos hablasen algo más de la Biblia y dejasen de tocar las narices con la Constitución y sus derivados. Ahora mismo, el partido de la banda terrorista ETA gobierna con el PSOE en España y en Navarra.

Háganse, hágannos, un favor nuestros obispos y no se hagan más daño a ellos, a nosotros y a la Iglesia. Si no tienen nada mejor que decir, por favor, ¡cállense!

Capitán Ryder

Bonus Track: En las distintas páginas web del Gobierno de España sólo he encontrado un pésame en toda esta crisis. Más de 40.000 personas han muerto pero sólo uno ha merecido este detalle. Sí, ha sido Riay Tatary, presidente de la Comisión islámica de España. 

En el twitter de la CEE, revisado desde el 5 de abril hasta este viernes se daba la misma curiosa coincidencia. En el caso de la CEE no había un único tweed sino dos. A día de hoy les falta por dar entre 20 y 40 mil condolencias. Esperamos: tic, tac, tic, tac, ...

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NOTA: Ver la noticia del 15 de abril, de Carlos Esteban, hablando precisamente sobre este problema de la CEE