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sábado, 22 de noviembre de 2025

El mariológo Salvatore M. Perrella cuestiona la solidez doctrinal de Mater Populi Fidelis




El reconocido mariológo italiano Salvatore M. Perrella, una de las voces más autorizadas en el estudio contemporáneo de la Virgen María, ha ofrecido una lectura crítica de la Nota Mater Populi Fidelis, publicada por el Dicasterio para la Doctrina de la Fe. En una extensa entrevista concedida al medio suizo RAI, el teólogo advierte que el documento interpreta la mariología desde un marco “excesivamente cristológico” y “demasiado dependiente” de la perspectiva del papa Francisco, dejando fuera dimensiones esenciales para comprender el lugar de María en la economía de la salvación.

Según Perrella, la Nota doctrinal “abre debates necesarios”, pero revela serios desequilibrios internos. A su juicio, el texto reduce prácticamente a cero las dimensiones eclesiológica, antropológica, trinitaria y simbólica de la mariología, tratándola únicamente desde una perspectiva funcional a Cristo. Esta carencia, afirma, empobrece la comprensión de la tradición y dificulta ofrecer una visión integral de la fe.

La importancia de la memoria doctrinal: un vacío que debilita la Nota

Perrella subraya que la explicación magisterial sobre la cooperación de María en la obra redentora debería apoyarse en los desarrollos doctrinales posteriores a la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción, donde teólogos y pontífices —de León XIII a Pío XII— reconocieron en María un fruto de la misericordia divina y un sujeto de misión dentro del plan salvífico. Sin embargo, considera que el nuevo documento no recoge adecuadamente esa evolución ni la memoria histórica que la sustenta.

El título “Corredentora”: tradición, matices y reduccionismos

Uno de los puntos centrales de la entrevista es la crítica a la valoración del título “Corredentora”. Perrella se muestra crítico con el término, aunque reconoce su presencia en el magisterio posconciliar, especialmente bajo san Juan Pablo II, quien utilizó tanto el título como expresiones equivalentes. “Como teólogo, no puedo ignorarlo”, afirma.

Sin embargo, condena la forma en que Mater Populi Fidelis descalifica el título recurriendo exclusivamente a afirmaciones de Francisco, sin dialogar con la tradición teológica y magisterial previa. El mariológo recuerda que Lumen gentium optó por un método inteligente: acoger el vocabulario anterior sin absolutizarlo ni repudiarlo. En su opinión, la Nota del DDF hace precisamente lo contrario: estigmatiza algunas expresiones tradicionales sin ofrecer alternativas doctrinalmente más sólidas.

Preocupación ecuménica desproporcionada y pérdida de la “sobrietas” romana

Otro aspecto que Perrella destaca es la preocupación ecuménica, que considera legítima pero desproporcionada. A su juicio, la Nota sacrifica profundidad doctrinal para evitar tensiones con otras confesiones cristianas, algo que califica como “un paso en falso”. Añade que el texto peca de exceso de extensión y de falta de sobrietas, una nota distintiva del Magisterio romano tradicional.

Un argumento inconsistente: ¿explicaciones excesivas?

De manera especial, el teólogo se muestra crítico con el razonamiento del párrafo 22, donde el Dicasterio sostiene que un título que requiere demasiadas explicaciones catequéticas pierde su utilidad. Perrella considera que esta lógica es insostenible, pues con ese criterio también deberían abandonarse títulos esenciales como “Madre de Dios”, “Inmaculada” o “Madre de la Iglesia”, todos ellos necesitados de una extensa elaboración teológica. “Esa es precisamente la tarea de la teología y de la catequesis”, afirma.

La crisis doctrinal actual: María como clave para recuperar la fe completa

El mariológo advierte que el problema de fondo no es María, sino la propia crisis doctrinal contemporánea. “Hoy muchos ya no creen en la Trinidad, ni en la divinidad de Cristo”, señala. En ese contexto, la figura de María “es segunda pero no secundaria”, como recordaba Benedicto XVI, y su correcta comprensión ayudaría a recuperar la coherencia interna de la fe. Sin embargo, acusa al documento de ofrecer una visión “demasiado monofisita”, incapaz de sostener esa tarea.

Falta de especialistas en la elaboración del documento

Perrella lamenta también la ausencia de competencia especializada en la redacción de la Nota. A su juicio, un documento de esta naturaleza debería haber contado con expertos en mariología, dogmática y tradición magisterial. El resultado final, denuncia, no refleja el rigor que históricamente caracterizaba al Dicasterio para la Doctrina de la Fe.

Crítica severa al uso de las nuevas normas sobre fenómenos sobrenaturales

El mariológo dedica una crítica especialmente contundente al párrafo 75, en el que la Nota remite a las nuevas normas del Dicasterio para el discernimiento de presuntos fenómenos sobrenaturales. Según él, estas normas —y la dependencia del nuevo documento respecto a ellas— diluyen el patrimonio doctrinal acumulado desde 1978 y rompen con la línea prudente, histórica y profunda que había guiado a la Iglesia hasta la reforma de la Curia impulsada por Francisco.
Tradición, sensus fidelium y devoción: claves que la Nota no recoge

Perrella concluye recordando que la mariología auténtica no nace de ocurrencias teóricas, sino de la Palabra de Dios, de la tradición viva de la Iglesia y del sensus fidelium, donde la devoción popular sigue revelando una sabiduría profunda. Señala que, durante dos milenios, el pueblo cristiano ha invocado a María con títulos ricos en significado teológico, como los de la Salve Regina, que expresan la espiritualidad e intuición del conjunto de los fieles. A su juicio, Mater Populi Fidelis no logra integrar esa riqueza y pierde así una oportunidad para fortalecer la fe del pueblo de Dios.


Dejamos a continuación la entrevista completa traducida al español:

Mater Populi Fidelis. Para muchos, es un documento inapropiado, dañino e inútil…

Sobre la cuestión de su inutilidad, discrepo. Todo es útil de algún modo, incluso un documento controvertido, porque provoca y sostiene el debate. En este caso concreto, la Nota doctrinal abre debates en teología y mariología, especialmente en lo que respecta a las distintas dimensiones implicadas. En ella aflora una perspectiva que interpreta la mariología en un sentido estrictamente cristológico. Pero hay poco, casi ningún espacio para las dimensiones eclesiológica y antropológica. Y las dimensiones trinitaria y simbólica están completamente ausentes. El documento debe, en cualquier caso, entenderse dentro de una perspectiva mucho más amplia.

¿Qué perspectiva?

Detrás de esta Nota, como sugiere el propio documento —y espero que los autores sean conscientes—, hay que considerar el párrafo 20, donde se aborda la postura del papa Francisco sobre el título de Corredentora. La cuestión de los títulos marianos ha estado siempre en la agenda: reaparece y luego se atenúa. Entonces, ¿qué puede decirse? En lo que respecta a los títulos relacionados con la cooperación de María, estos se convirtieron en objeto de reflexión renovada a partir de 1854 con la definición dogmática de la Inmaculada Concepción. Fue precisamente en el marco de la doctrina inmaculista donde se favorecieron interpretaciones más profundas del servicio o munus de María en la obra de la salvación, utilizando una variedad de términos. Algunos, en verdad, eran del todo inapropiados, como Redemptrix o Substitutrix de lo que es propio de Dios. Esto llevó a los teólogos y a los papas, desde León XIII hasta Pío XII, a comprender a la Inmaculada en la obra de la salvación tanto como fruto como misión: el fruto de la misericordia, la misión de María.

¿Qué faltaba, en su opinión, en aquella interpretación?

Ante todo, se pasaba por alto la dimensión creatural de María. Hoy ese aspecto está afortunadamente presente, aunque quizá de manera algo excesiva. En resumen, necesitamos un equilibrio que actualmente falta. En cuanto a la Nota doctrinal, mi opinión —después de leerla y releerla— es que se adhiere formalmente, aunque no siempre con acierto, a la enseñanza del Concilio Vaticano II, especialmente Lumen Gentium 60–62, retomados más tarde por Juan Pablo II en Redemptoris Mater, particularmente en los párrafos 40–42. Estos son hoy los pilares de la doctrina sobre la cooperatio de María. Personalmente, no soy partidario del título “Corredentora”, pero como teólogo no puedo dejar de tener en cuenta que también ha aparecido en el Magisterio posconciliar.

Juan Pablo II, de hecho, utilizó el título Corredentora siete veces. Y aunque —después de la Feria IV del antiguo Santo Oficio el 21 de febrero de 1996— ya no volvió a emplearlo, como señala la Nota, también es cierto que posteriormente utilizó expresiones equivalentes como Cooperadora del Redentor o Singular cooperadora en la Redención. ¿Qué puede decir sobre esto?

Todo cierto. Examinando específicamente el documento Mater Populi Fidelis, lo encuentro inconfundiblemente “franciscano”, en sentido bergogliano. El párrafo 21, que introduce el párrafo 22, recurre a tres afirmaciones del papa Francisco para explicar por qué el término Corredentora es “inapropiado” e “inútil”. Personalmente, yo nunca habría utilizado tales expresiones. Prefiero el enfoque inteligente de Lumen gentium, que tiene en cuenta el vocabulario previo: ni lo estigmatiza ni lo adopta. Además, tengo la impresión de que la Nota está dominada por la preocupación ecuménica. Y esto, creo, es un paso en falso. Dicha preocupación debe estar presente, por supuesto, pero no debe ser predominante. La prioridad debería ser el carácter pastoral de la doctrina. También encuentro la Nota excesivamente larga, en contraste con el Magisterio romano, tradicionalmente caracterizado por la sobrietas, es decir, la concisión.

Lo especialmente problemático es el siguiente pasaje del párrafo 22: “Cuando una expresión requiere muchas explicaciones repetidas para evitar que se desvíe de un sentido correcto, no sirve a la fe del Pueblo de Dios y se vuelve inútil”. Pero desde este punto de vista, títulos como Madre de Dios, Inmaculada o Madre de la Iglesia también parecerían inapropiados, puesto que ellos también requieren amplias explicaciones —tarea que, después de todo, corresponde a la teología y a la catequesis—. ¿No le parece?

Sin duda. La verdad es que estamos en la historia, pero no somos conscientes de ello. Esta desconexión ya era evidente desde el principio con el título Theotokos. Todo el alboroto en torno a los títulos es artificial, porque tienen un único fundamento: la Sagrada Escritura y lo que la Providencia divina, como enseñaba el padre Calabuig, quiso y designó ab aeterno para María. El documento —a pesar de ser amplio y expansivo— carece de memoria histórica. Y eso, por así decirlo, es una pobreza. Incluso el objetivo mismo del documento; es decir, llamar la atención sobre el papel de María en la obra de la salvación —expresado, además, de un modo excesivamente radical—, plantea dificultades. En efecto, deberíamos preguntarnos: ¿Cuál es hoy la preocupación urgente de la Iglesia en materia de fe? Hoy la gente ya no cree en la Trinidad; hay dudas sobre la divinidad y la identidad mesiánica de Cristo. Ahora bien, María es subsidiaria de todo esto. María, para usar una expresión querida por Benedicto XVI, “es segunda pero no secundaria”. Y la Nota, que yo describiría como “demasiado monofisita”, lamentablemente no ayuda a promover la comprensión integral y completa de la fe cristiana que se necesita. A mi juicio, el documento requería una consideración y una elaboración más cuidadosa, pero sobre todo debió ser preparado por personas competentes en la materia.

Al presentar Mater Populi Fidelis, el cardenal Fernández afirmó que ciertos títulos marianos son un tema que “ha causado preocupación a los papas recientes”. ¿Qué piensa de eso?

No me parece que los papas se hayan inquietado por tal cuestión. Su preocupación era algo muy distinto: la receptio inmediata de Lumen gentium y del Concilio. Seguimos viviendo bajo una recepción mítica del Vaticano II, cuyos documentos, lamentablemente, no son profundamente conocidos.

El párrafo n. 75 de la Nota se refiere a las nuevas Normas para Proceder en el Discernimiento de Presuntos Fenómenos Sobrenaturales, sobre las cuales usted ha sido abiertamente crítico. ¿Cuáles son sus razones?

Perdóneme el neologismo, pero ese párrafo es otra “poco preciosa” perla de la Nota. Y lo es precisamente por su estrecha conexión con las nuevas Normas publicadas por el Dicasterio en 2024. Siempre tuve en gran estima las Normas aprobadas por Pablo VI en 1978 y publicadas oficialmente en 2011. Particularmente aprecié el prefacio firmado por el entonces prefecto, cardenal William Levada. En su momento, habiendo sido consultado por la Congregación, animé firmemente a una revisión de las Normas de Pablo VI, pero desde la perspectiva de un sabio profundizamiento, no de un derroche del gran patrimonio retórico y conceptual de lenguaje, contenido y perspectivas.

¿Podría explicar más?

Para comprender las nuevas Normas y lo que ha surgido en estos dos años de prefectura del cardenal Fernández, hay que tener siempre ante los ojos la figura —siempre presente— del papa Francisco, especialmente su reforma de la Curia romana en Praedicate Evangelium. Esa constitución, que quebró todas las costumbres diplomáticas, políticas y operativas del Vaticano, también ha tenido impacto en la mariología y en la identidad mariana de la Iglesia. Con la reforma de la Curia, bajo Francisco, la Secretaría de Estado perdió su primacía y su papel de coordinación, mientras que el dicasterio principal pasó a ser el de Evangelización. Sin embargo, la primacía de la evangelización no puede prescindir de las palabras de Cristo, que no abolió ni la más pequeña letra de la Ley (cf. Mt 5,17-19). Este principio fundamental debería haber guiado —y debería seguir guiando— las declaraciones magisteriales con mayor prudencia, mayor respeto por la historia y por el presente en una perspectiva de futuro, y con cuidadosa atención a otras realidades. Esto también se aplica a la cuestión de los títulos marianos.

El documento también reflexiona sobre la devoción popular. Sin embargo, la devoción popular siempre ha tenido su propio lenguaje —el del corazón, el del sentimiento—. Un ejemplo notable es la variedad de títulos con los que, durante dos milenios, los fieles han invocado a María, Madre de Cristo y de la Iglesia. Piénsese, por ejemplo, en la antífona litúrgica Salve Regina, donde es invocada como Spes nostra y Advocata nostra…

Son títulos que pertenecen propiamente al Espíritu Santo, y sin embargo los atribuimos con razón a María en virtud del principio de analogía. Cuando considero la devoción popular y su lenguaje, recuerdo una espléndida conferencia que el entonces cardenal Ratzinger pronunció en el Marianum sobre la doble caracterización de la mariología y de la dimensión mariana de la Iglesia: a saber, la razón y el sentimiento. De ahí surge la pregunta crucial: ¿Cómo armonizar estas dos exigencias? Ese es el verdadero problema. Por desgracia, hay pocas personas bien preparadas en la Iglesia que puedan ayudar en este sentido. Y así, María continúa siendo explotada, como siempre, a la manera —si se me permite la imagen— de una trabajadora no remunerada. Si realmente queremos conocer a María, debemos hacerlo a través de la Palabra de Dios y del sensus fidelium en el camino de la Iglesia.

¿QUÉ PASA EN LA IGLESIA? #94 PADRE JORGE GONZÁLEZ GUADALIX.



DURACIÓN 35:52 MINUTOS



¿QUÉ PASA EN LA IGLESIA? España 

1. Asamblea plenaria de la Conferencia episcopal 

2. Persecución ideológica 

3. Sigue el lío del Valle de los Caídos 

4. Primeras aportaciones de los grupos de trabajo sinodales 

5. El lío Mater populi fidelis 

6. La imagen de la Virgen de Fátima más grande del mundo 

7. Nuevo libro del cardenal Sarah 

8. El cardenal Damasceno renuncia a su cargo de comisario de los Heraldos

Mons. Strickland: "Descartar el título de Corredentora no es sólo una cuestión lingüística..."



“Descartar el título de Corredentora no es simplemente una cuestión lingüística. Es parte de un esfuerzo continuo por despojar a la fe de sus afirmaciones sobrenaturales, para hacer que la Iglesia parezca inofensiva ante un mundo que odia la cruz. (…)

Si la Santa Sede —y, de hecho, la misma oficina que acaba de publicar este documento— pudo conceder indulgencias a tal oración, ahora no puede pretender que la doctrina que la sustenta sea «inapropiada». El lenguaje puede requerir una explicación pastoral, pero la verdad no puede ser retractada."

En honor a la fiesta de la Presentación de Nuestra Señora que celebramos hoy, publicamos a continuación una Carta Pastoral de Mons. Strickland sobre el uso del término “Corredentora", que llamativamente no ha sido aún difundida en español, y que a nuestro juicio es oportuno que sea tomada en consideración junto a todo lo respondido al respecto..


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CARTA PASTORAL DEL Mons. STRICKLAND - 5/11/2025

LA QUE ESTÁ DE PIE BAJO LA CRUZ

Carta pastoral sobre la Santísima Virgen María, Corredentora y Mediadora de todas las gracias


Queridos hermanos y hermanas en Cristo:

El 4 de noviembre de 2025, la Santa Sede publicó una Nota doctrinal a través del Dicasterio para la Doctrina de la Fe (DDF) titulada Mater Populi Fidelis, firmada por el cardenal Víctor Manuel Fernández, prefecto del DDF. En el documento, el cardenal Fernández declara que «no sería apropiado utilizar el título de «Corredentora» para definir la cooperación de María». La razón expuesta es que dicho título «corre el riesgo de oscurecer la mediación salvífica única de Cristo y, por lo tanto, puede crear confusión y un desequilibrio en la armonía de las verdades de la fe cristiana…» (párrafo 22).

Dado que muchas personas se sienten inquietas por estas palabras, y dado que el amor a la Santísima Virgen es el corazón de la auténtica fe católica, me siento obligado, como sucesor de los Apóstoles, a reafirmar la enseñanza perenne de la Iglesia sobre la cooperación singular de Nuestra Señora en la Redención.

Es sorprendente que la justificación dada —para evitar la «confusión» y por razones ecuménicas— se haga eco del mismo lenguaje que durante más de medio siglo se ha utilizado para suavizar y oscurecer la verdad católica. Este razonamiento ha embotado el filo de la doctrina hasta dejar solo un vago sentimiento. Pero la verdad no puede sacrificarse en aras de la diplomacia. El ecumenismo que silencia la verdad deja de ser verdadera unidad. El camino a seguir no es difuminar lo que distingue a la fe, sino proclamarla con claridad y caridad, confiando en que la luz de la revelación disipe la confusión, en lugar de ocultarla.

En los últimos años, este patrón se ha repetido en muchos frentes de la vida de la Iglesia. Con el pretexto de ser «acogedora» e «inclusiva», la identidad sobrenatural de la Iglesia se está sustituyendo poco a poco por una identidad sociológica. Lo que antes se definía por la gracia y la conversión, ahora se está reformulando en el lenguaje de la acomodación y la afirmación. La llamada al arrepentimiento se sustituye por la llamada a la pertenencia. Se le dice al mundo que no necesita cambiar; solo la Iglesia debe cambiar para adaptarse a él. Y así, la fe se diluye, la cruz se suaviza y el Evangelio se vuelve sentimental en lugar de salvífico. Pero el amor sin verdad no es misericordia, es engaño.

Este nuevo documento debe verse en ese contexto. Descartar el título de Corredentora no es simplemente una cuestión lingüística. Es parte de un esfuerzo continuo por despojar a la fe de sus afirmaciones sobrenaturales, para hacer que la Iglesia parezca inofensiva ante un mundo que odia la cruz. 

La Santísima Virgen es el reflejo humano más perfecto de la verdad divina. Menospreciar su papel es menospreciar la realidad misma de la gracia. Cuando sus títulos exaltados son declarados «inapropiados», no es ella quien queda menospreciada, sino nuestra comprensión de Cristo, ya que cada verdad mariana protege una verdad cristológica.

La cooperación de María en la Redención es una doctrina perenne, como atestiguan los Padres. San Ireneo enseñó que «el nudo de la desobediencia de Eva fue desatado por la obediencia de María», y San Efrén la llamó «el rescate de los cautivos».

Desde los albores de la Iglesia, la obediencia de la Virgen ha sido vista como la anulación de la rebelión de Eva y el comienzo de la restauración de la humanidad.

La confusión que rodea al término «Corredentora» surge en gran medida de un malentendido del prefijo «co-». En latín, es «cum», que no significa «igual a», sino «con». María no es una redentora rival, sino la que sufrió con el Redentor. Toda su participación fue dependiente, derivada y subordinada, pero profundamente real. Así como la primera Eva cooperó en la caída, la Nueva Eva cooperó en la restauración. Su «fiat» en la Anunciación y su presencia bajo la Cruz son los dos polos de esa cooperación divina. María participó en la obra redentora de su Hijo, el único que podía reconciliar a la humanidad.


Desde el principio, la Iglesia ha profesado que el fiat de María —su consentimiento total y libre al plan de Dios— no fue un momento pasivo, sino una cooperación verdadera y activa en la obra salvadora de su Hijo. La palabra «Corredentora» aparece por primera vez en un pronunciamiento oficial durante el pontificado del papa San Pío X. En 1908, la Sagrada Congregación de Ritos pidió que se incrementara la devoción a la Madre Dolorosa y que se intensificara la gratitud de los fieles hacia la «misericordiosa Corredentora del género humano».

El 22 de enero de 1914, la Sagrada Congregación del Santo Oficio (ahora llamada Dicasterio para la Doctrina de la Fe) concedió una indulgencia parcial de 100 días por la recitación de una oración de reparación a Nuestra Señora, que dice así:
«Bendigo tu santo Nombre, alabo tu exaltado privilegio de ser verdaderamente Madre de Dios, siempre Virgen, concebida sin mancha de pecado, Corredentora de la raza humana».
Si la Santa Sede —y, de hecho, la misma oficina que acaba de publicar este documento— pudo conceder indulgencias a tal oración, ahora no puede pretender que la doctrina que la sustenta sea «inapropiada». El lenguaje puede requerir una explicación pastoral, pero la verdad no puede ser retractada.

El papa San Pío X, en su encíclica Ad Diem Illum Laetissimum (2 de febrero de 1904), enseñó:
«Ahora bien, la Santísima Virgen no concibió al Hijo eterno de Dios solo para que Él se hiciera hombre tomando de ella su naturaleza humana, sino también para que, por medio de la naturaleza asumida de ella, Él fuera el Redentor de los hombres. Por esta razón, el ángel dijo a los pastores: «Hoy os ha nacido un Salvador, que es Cristo el Señor».
Continuó diciendo:
María, «puesto que estaba por delante de todos en santidad y unión con Cristo, y fue tomada por Cristo en la obra de la salvación humana, mereció congruentemente, como dicen, lo que Cristo mereció condignamente, y es la principal ministra de la dispensación de las gracias».
Esto no es poesía, sino enseñanza papal. Esto define lo que la Iglesia siempre ha sabido: la maternidad de María no es solo física, sino redentora, espiritual y universal.

El papa Benedicto XV, en Inter Sodalicia (22 de marzo de 1918), escribió:
«María sufrió tanto y estuvo a punto de morir con su Hijo sufriente y moribundo; renunció tanto a sus derechos maternos sobre su Hijo por la salvación del hombre, […] que podemos decir con razón que redimió a la raza humana junto con Cristo».
El papa Pío XI, en su mensaje a Lourdes el 28 de abril de 1935, rezó:
«Oh Madre de piedad y misericordia, que como Corredentora estuviste junto a tu dulcísimo Hijo sufriendo con Él cuando consumó la redención de la raza humana en el altar de la Cruz… preserva en nosotros, te lo suplicamos, día tras día, los preciosos frutos de la Redención y de tu compasión».
El papa Pío XII, en su mensaje radiofónico a Fátima el 13 de mayo de 1946, declaró:
«Fue ella quien, como la Nueva Eva, libre de toda mancha de pecado original o personal, siempre unida íntimamente a su Hijo, lo ofreció al Padre Eterno junto con el holocausto de sus derechos maternales y su amor maternal, por todos los hijos de Adán, mancillados por su miserable caída».
El 31 de marzo de 1985, Domingo de Ramos y Jornada Mundial de la Juventud, el papa San Juan Pablo II habló de la inmersión de María en el misterio de la Pasión de Cristo:
«María acompañó a su divino Hijo en el más discreto ocultamiento, meditando todo en lo profundo de su corazón. En el Calvario, al pie de la Cruz, en la inmensidad y en la profundidad de su sacrificio maternal, tenía a Juan, el apóstol más joven, a su lado… Que María, nuestra Protectora, la Corredentora, a quien ofrecemos nuestra oración con gran efusión, haga que nuestro deseo corresponda generosamente al deseo del Redentor».
El papa San Juan Pablo II declaró el 6 de octubre de 1991, hablando de Santa Brígida de Suecia:
«Ella habló enérgicamente sobre el privilegio divino de la Inmaculada Concepción de María. Contempló su asombrosa misión como Madre del Salvador. La invocó como Inmaculada Concepción, Nuestra Señora de los Dolores y Corredentora, exaltando el papel singular de María en la historia de la salvación y en la vida del pueblo cristiano».
Además de «Corredentora», el documento Mater Populi Fidelis también abordó los títulos marianos «Medianera» y «Medianera de todas las gracias», afirmando que dichos títulos no contribuyen a una comprensión correcta del papel de María como intercesora.

Sin embargo, el papa León XIII enseñó en Adiutricem Populi (5 de septiembre de 1895):

«… Es justo decir que nada de ese gran tesoro de toda gracia que el Señor nos trajo —pues «la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo»— nos es impartido si no es por medio de María, ya que así lo quiere Dios…».
De su participación en la Redención mana su mediación maternal. Toda gracia que proviene del Corazón de Cristo pasa por las manos de su Madre, no por necesidad de la naturaleza, sino por la voluntad divina que la asocia al orden de la gracia.

El papa San Pío X, en Ad Diem Illum (2 de febrero de 1904), afirmó
«… Ella se convirtió dignamente en la reparadora del mundo perdido y, por tanto, en la dispensadora de todos los dones que nos fueron ganados por la muerte y la sangre de Jesús… y es la principal ministra de la dispensación de la gracia
Mis queridos hermanos y hermanas, este ataque a la doctrina mariana debe entenderse como parte de un desmoronamiento más amplio. El espíritu moderno busca una Iglesia que ya no ofenda, que ya no advierta, que ya no llame al pecado por su nombre. Quiere una Iglesia sin sacrificio, una Cruz sin sangre, un cielo sin conversión. Tal visión no es renovación, es sustitución.

Muchos santos previeron una estructura falsa que imitaría a la verdadera Iglesia mientras la vaciaba por dentro. Esta imitación de la Iglesia mantendría la forma exterior —liturgia, jerarquía, lenguaje— pero la despojaría de su contenido sobrenatural. Cuando se silencia a la Madre, pronto le sigue la Cruz; cuando la gracia es sustituida por la psicología, los sacramentos se convierten en símbolos y la fe se convierte en terapia.

Por eso el sueño de San Juan Bosco sobre los dos pilares resuena hoy con tanta urgencia. Él vio la Barca de Pedro azotada por las tormentas, atacada por todos lados, hasta que se ancló entre dos grandes pilares que se alzaban desde el mar: la Eucaristía y la Santísima Virgen María. El actual intento de disminuir los títulos de María es un ataque a uno de los pilares, y podemos estar seguros de que el otro pronto será atacado con más ferocidad. Ya vemos confusión sobre la Presencia Real, indiferencia ante el sacrilegio e innovaciones que oscurecen la naturaleza sacrificial de la Misa.

Atacar a María es atacar a la Eucaristía, ya que ambas están inseparablemente unidas en el misterio de la Encarnación. Ella le dio a Cristo su Cuerpo; ese Cuerpo se convierte en nuestro Alimento Eterno. Negar su papel como Corredentora y Mediadora es separar el signo visible del corazón maternal que lo dio.

Por lo tanto, debemos mantenernos firmes. No guardemos silencio cuando la verdad se desmantela bajo el pretexto de la prudencia. Los fieles tienen el derecho —y el deber— de hablar el lenguaje de la fe transmitido por los santos. Llamar a María Corredentora y Mediadora de todas las gracias no es añadir nada a la revelación, sino honrar lo que la revelación ya contiene.

Que los sacerdotes, los religiosos y los laicos pronuncien sus títulos con confianza y enseñen su significado. Que nuestros hogares, nuestros apostolados y nuestras penas sean consagrados de nuevo a su Inmaculado Corazón. En tiempos en que los pastores vacilan y se extiende la confusión, Nuestra Señora sigue siendo el signo seguro de la ortodoxia, el espejo de la Iglesia, la que aplasta la cabeza de la serpiente. A ella le confiamos la renovación de la fe, la purificación del clero y el triunfo de su Inmaculado Corazón prometido en Fátima.

Es profundamente lamentable que el documento del cardenal Fernández pretenda suprimir los venerables títulos de Corredentora y Mediadora con el argumento de que podrían confundir a los fieles. La confusión no surge de la verdad, sino de su oscurecimiento. Generaciones de santos y fieles fueron iluminados, y no engañados, por estos títulos.

No temamos decir la verdad: 

María es la Madre de Dios.

María es Corredentora.

María es Mediadora de todas las gracias.

Estas verdades no glorifican a María al margen de Cristo, sino a Cristo a través de María, pues toda su grandeza proviene de Él y conduce de vuelta a Él.

Que la Virgen Inmaculada interceda por la Iglesia en esta hora de prueba

Que nos obtenga el valor para decir la verdad con amor, la pureza para vivirla y la perseverancia para defenderla hasta el final.

Con paternal afecto en Cristo,


Obispo Joseph E. Strickland

Obispo Emérito

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Sobre este tema de María corredentora puede leerse también el artículo titulado

Poner a Cristo en el centro: Diaconado femenino y homosexualidad: tensión entre doctrina y pastoral




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