Cardenal Raymond Leo BurkeNosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que procede de Dios (1 Cor 2, 12), el Espíritu de su Hijo, que Dios envió a nuestros corazones (Gal 4,6). Y por eso predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos y locura para los gentiles, pero para los llamados, tanto judíos como griegos, es Cristo fuerza de Dios y sabiduría de Dios (1 Cor 1,23-24). De modo que si alguien os anuncia un evangelio distinto del que recibisteis, ¡sea anatema! (Gal 1,9).
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martes, 30 de junio de 2026
El Cardenal Burke rechaza el argumento de «estado de necesidad» de la FSSPX y advierte de la excomunión por las consagraciones (en una entrevista con Per Mariam)
Cardenal Raymond Leo Burkeviernes, 24 de abril de 2026
La dupla Cobo-Bolaños vuelve al centro: sin firma del Vaticano, el acuerdo del Valle de los Caídos queda en evidencia

A estas alturas, los hechos ya no admiten maquillaje. El Vaticano no ha firmado ningún acuerdo. Y, sin embargo, existe un documento firmado por el cardenal Cobo que ha servido para abrir la puerta a una intervención que afecta directamente al corazón del recinto.
sábado, 14 de marzo de 2026
Los cuatro nombramientos que anticipan el modelo de cardenal del nuevo pontificado
INFOVATICANA
A medida que el pontificado de León XIV se acerca a su primer año, empieza a ser posible distinguir, entre la larga lista de nombramientos episcopales realizados en estos meses, cuáles tienen verdadero alcance estratégico. La mayoría responden a la lógica ordinaria de cubrir vacantes, pero hay algunos que destacan por afectar a posiciones con birrete cardenalicio casi asegurado, con todo lo que ello conlleva. En ese grupo están cuatro designaciones que merece la pena analizar en conjunto: el nuevo prefecto del dicasterio de los obispos y las designaciones en las sedes de Viena, Praga y Nueva York. Esas cuatro decisiones permiten intuir qué tipo de cardenal comienza a perfilarse como referencia del nuevo pontificado y cómo es la generación que puede terminar marcando el rumbo de la Iglesia en las próximas décadas.
Los cuatro nombres a los que me refiero son Filippo Iannone en el Dicasterio para los Obispos, Josef Grünwidl en Viena, Stanislav Přibyl en Praga y Ronald A. Hicks en Nueva York. Iannone fue nombrado prefecto el 26 de septiembre de 2025; Grünwidl pasó de administrador apostólico a arzobispo de Viena el 17 de octubre de 2025; Hicks fue trasladado a Nueva York el 18 de diciembre de 2025; y Přibyl fue promovido a Praga el 2 de febrero de 2026. Viena sigue siendo una sede habitualmente cardenalicia y Nueva York lo es de hecho desde hace generaciones; Praga conserva un peso simbólico enorme y, si bien no tiene garantizado el púrpura, tiene una posición de salida muy sólida para alcanzarlo.
Si tenemos que definir a grandes rasgos a estos perfiles no es por una ideología de trinchera, sino por ser todos ellos un tipo de clérigo «posconflictual». No son los viejos progresistas de pancarta, desaliñados, toscos, encantados de escandalizar al burgués católico con una estética de “cura pobre” convertida en performance moral. Tampoco son hombres de restauración doctrinal, litúrgica o ascética. Son otra cosa: gestores eclesiales de modales suaves, culturalmente acomodados, institucionalmente fiables, mediáticamente presentables y suficientemente dúctiles como para (de momento) no romper del todo con nada, pero sí desplazar el eje de la Iglesia sin necesidad de declararlo. Esto puede ser más inquietante que el progresismo bronco ochentero, porque desgasta sin estridencia y reforma sin confesar que está reformando. La mutación deja de presentarse como combate y se presenta como normalidad. Esa es su fuerza.

Filippo Iannone es, quizá, el caso más claro del perfil tecnocrático. No es un hombre identificado con una gran sustancia teológica ni con una escuela espiritual reconocible, sino con el aparato jurídico-canónico de Roma. Es esencialmente un jurista y canonista, formado para tribunales, universidades y gobierno curial; su discurso público insiste en procedimientos, normas, procesos y eficacia del derecho penal canónico. Hoy por hoy un brindis al sol. Ahora dirige precisamente el organismo que ayuda al Papa a escoger obispos para todo el mundo. Un prefecto que probablemente no predicará heterodoxias, pero que promoverá hombres “equilibrados”, “dialogantes”, “no polarizantes”, y en una década el cuerpo episcopal del mundo quedará modelado desde arriba con perfiles blandos, administrables y doctrinalmente porosos.

Josef Grünwidl encaja más en ese arquetipo del “cura noventero” y de los cuatro es el más osado a la hora de echarse al monte y asomarse al abismo de la heterodoxia. Su biografía es la de un hombre de aparato diocesano vienés, sin densidad intelectual comparable a Schönborn ni espesor litúrgico visible. En entrevistas de la archidiócesis de Viena ha defendido seguir discutiendo el diaconado femenino, ha sostenido que el celibato es una forma valiosa de vida pero no necesariamente inseparable del sacerdocio, ha pedido una mayor inclusión de las mujeres en los procesos de decisión y ha advertido contra el “neointegralismo” y contra un cristianismo “exclusivista”. Todo eso define bastante bien el perfil: no es un revolucionario de manifiesto; pero es un hombre de descompresión doctrinal, de vigilancia frente a cualquier afirmación fuerte de identidad católica que pueda sonar demasiado exclusiva o demasiado segura de sí misma. Este tipo de obispo puede ser más corrosivo que un rupturista frontal, porque no se presenta como enemigo de la tradición, sino como moderado razonable que la relega al rincón de lo sospechosamente rígido.

Stanislav Přibyl ofrece una versión centroeuropea del mismo molde. Su propio lenguaje público insiste en superar polarizaciones, tender puentes, escuchar, dialogar, aprender del proceso sinodal y romper “burbujas sociales”. A la vez, habla del depositum fidei y de nueva evangelización, lo que le permite presentarse como un hombre equilibrado, no como un progresista explícito. Ese es justamente el punto: ya no hace falta negar verbalmente el depósito de la fe para vaciarlo en la práctica de densidad normativa. Basta con envolverlo en una retórica permanente de reconciliación, escucha y acompañamiento, donde toda definición fuerte queda bajo sospecha de crear facciones. Desde una lectura crítica, ahí aparece el peligro: la verdad revelada no se niega, pero se subordina funcionalmente al objetivo superior de la convivencia eclesial.

Ronald A. Hicks es el equivalente norteamericano de este nuevo clericalismo blando. Su ascenso no se entiende sin el entorno de Chicago y sin su largo trabajo con Blase Cupich, del que fue auxiliar y vicario general antes de pasar a Joliet y luego a Nueva York. En su primera entrevista tras el nombramiento para Nueva York habló el lenguaje ya reconocible de esta escuela: “smell of the sheep”, evitar divisiones, caminar con los heridos, prioridad a la curación y a la gobernanza centrada en la misión. No hay aquí el progresismo estridente de ciertos prelados estadounidenses de la primera era posconciliar, pero sí el mismo desplazamiento hacia un episcopado terapéutico, inclusivo y anti-conflictivo. Desde una sensibilidad tradicional, que Nueva York pase de un Dolan, con todos sus límites, a un hombre formado en el ecosistema Cupich no es un detalle. Significa que incluso las grandes sedes americanas ya no necesitan un perfil marcadamente ideológico: basta un gestor pastoral de tono afable, obediencia romana y lenguaje sanador.
Dicho de otro modo, estos hombres no son peligrosos porque parezcan lobos. Son peligrosos porque parecen inofensivos. No exhiben la agresividad del progresismo ochentero, pero interiormente suelen compartir su misma desconfianza hacia el catolicismo definido, viril, sacrificial y jerárquico. Solo que ahora la expresan con otra gramática. Ya no ridiculizan la tradición; la relativizan. No la atacan tan de frente y la administran a la baja. Ya no hacen gestos escandalosos; construyen una atmósfera donde lo fuerte, lo nítido y lo litúrgicamente serio se vuelve marginal por simple falta de interés institucional.
Estos perfiles transmiten una masculinidad sacerdotal debilitada: gestualidad más blanda, autoridad menos paterna, mayor inclinación al lenguaje emocional y relacional, menor densidad ascética, menor gravedad y sacralidad. No conviene reducirlo a una caricatura psicológica, pero sería ingenuo negar que existe un cambio de habitus clerical. El cura de seminario de los años noventa y primeros dos mil fue socializado para no parecer demasiado firme ni demasiado separado del entorno. Debía ser accesible, sensible, más «gestor de vínculos» que custodio de un misterio. El resultado es un episcopado que en las formas puede parecer elegante y hasta cortés, pero que rara vez irradia el peso sobrenatural del oficio.
Por eso tampoco suele haber en ellos una verdadera preocupación litúrgica. No son iconoclastas litúrgicos al estilo de los años setenta, pero la liturgia ya no les importa como lugar teológico central. Les importa como marco pastoral, como escenario funcional, como soporte comunitario. En el fondo, la ausencia de guerra litúrgica no significa amor a la liturgia, sino indiferencia.
El progresismo burdo de la generacióm anterior generaba anticuerpos. Escandalizaba, despertaba resistencia, obligaba a definirse. Estos perfiles nuevos no. Son suficientemente ortodoxos en la superficie, suficientemente correctos en las formas, suficientemente institucionales en el lenguaje. No te obligan a romper con ellos, porque casi nunca dicen algo formalmente intolerable. Pero van remodelando la sensibilidad eclesial por ósmosis: menos dogma explícito, menos nervio sobrenatural, menos centralidad del sacrificio, menos conciencia de combate espiritual, menos sacerdocio como alteridad sagrada, menos liturgia como acto de adoración, más proceso, más escucha, más acompañamiento, más gestión de equilibrios y mucha sinodalidad sinodalita.
En ese sentido pueden ser más peligrosos. El viejo progresista producía choque. El nuevo produce disolución. El primero parecía un adversario. El segundo se presenta como obispo normal. Un modelo posheroico, poslitúrgico, posdogmático en el tono, aunque no siempre en la letra; una Iglesia que todavía conserva el vocabulario católico, pero lo pronuncia cada vez con menos rotundidad.
Miguel Escrivá
viernes, 30 de enero de 2026
EXCLUSIVA: Cobo admite ser el transmisor de la coacción de Sánchez a los benedictinos: «si no os echan, tenéis que hacer un proceso de conversión»

sábado, 17 de enero de 2026
Una crítica al texto del cardenal Roche
jueves, 24 de abril de 2025
Con estos bueyes

sábado, 22 de marzo de 2025
El fracaso de McElroy
La gran pregunta es: ¿tendrá el cardenal McElroy (y quienes lo apoyan desde arriba) “antenas” para captar el cambio de humor de los católicos estadounidenses? ¿O continuará ciego y sordo a los nuevos signos de los tiempos, con el riesgo de distanciarse cada vez más de su rebaño? - Fuente
miércoles, 26 de febrero de 2025
El Cónclave que viene: ¿Quién será el próximo Papa?
sábado, 21 de octubre de 2023
Para Tucho el único pecado es el clericalismo
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Víctor Manuel Fernández, arzobispo de La Plata |
miércoles, 4 de octubre de 2023
viernes, 5 de mayo de 2023
Carta abierta a todos los Cardenales de la Santa Iglesia Católica
Carta abierta a todos los Cardenales de la Santa Iglesia Católica (que se dirige también a todos los Patriarcas, Arzobispos y Obispos que tienen un alto grado de corresponsabilidad)
30 de abril Fiesta de Santa Catalina de Siena
Eminencias, Reverendísimos Cardenales, Arzobispos y Obispos de la Iglesia Católica,
Hace dos años y medio escribí la siguiente carta a un cardenal con el que mantengo una relación amistosa desde hace años y que poco antes, al igual que muchos otros obispos y cardenales, dijo en una entrevista publicada que las críticas al Papa Francisco son un gran mal que debería erradicarse. El cardenal al que me dirigí respondió a mi carta muy afectuosamente, pero que yo sepa no se ha tomado ninguna medida.
Ante el fallecimiento del Papa Benedicto XVI y la noticia de que el Papa Francisco ya ha firmado una carta de renuncia a su cargo que se hará efectiva en caso de un deterioro significativo de su salud y, por tanto, ante un cónclave que podría convocarse próximamente, creo que el contenido de esta carta concierne a todos los cardenales y también a los arzobispos y obispos. Por tanto, dirijo esta carta, de la que he eliminado todo signo sobre qué cardenal fue escrita originalmente, como una carta abierta a todos los cardenales, de hecho a todos los que tienen responsabilidades en la Iglesia en diversos grados. Quiera el Espíritu Santo que todo el contenido de esta carta, que corresponde a la verdad y a la voluntad de Dios, sea fecundo para el bien de la Santa Iglesia y de muchas almas, y que ni una sola palabra en ella perjudique a la Iglesia, Esposa de Cristo.
He elegido la festividad de Santa Catalina de Siena para su publicación, porque ella combinó de manera única la más íntima reverencia hacia el Papa como Vicario de Cristo en la tierra con una crítica implacable a dos Papas muy diferentes. Pasemos ahora al texto de la carta, que cada uno de vosotros puede leer como dirigida personalmente a él.
Eminencia, Reverendo Cardenal ...
Debo confesar que me preocupa y entristece una declaración supuestamente hecha por usted sobre las críticas al Papa Francisco. Usted ha dicho en una entrevista, si hemos de fiarnos de los medios de comunicación, que las críticas al Papa son un «fenómeno decididamente negativo que debería erradicarse lo antes posible» y subraya que el Papa es «el Papa y garante de la fe católica».
¿Cómo puede decir que criticar al Papa es un mal? ¿Acaso el apóstol Pablo no criticó dura y públicamente al primer Papa Pedro? ¿No criticó Santa Catalina de Siena a dos papas con más dureza aún?
Usted no parece entender por qué muchos católicos critican al Papa Francisco, a pesar de que es «el Papa». Al contrario, no entiendo cómo todos los cardenales, excepto los cuatro de las Dubia, permanecen en silencio y no hacen preguntas críticas al Papa. Porque hay muchas cosas que el Papa Francisco dice y hace que deberían provocar no sólo preguntas críticas sino también críticas caritativas. Recordemos la Declaración sobre la Fraternidad de Todos los Pueblos firmada por el Papa Francisco junto con el Gran Imán Ahmad Mohammad Al-Tayyeb, que dice:
«El pluralismo y la diversidad de religiones, color, sexo, etnia y lengua son queridos por Dios en Su sabiduría, a través de la cual creó a los seres humanos». (Aún más molesta es la versión inglesa: «The pluralism and the diversity of religions, colour, sex, ethnicity and language are willed by God in His wisdom, through which He created human beings»).
¿No sería una herejía y una terrible confusión afirmar que Dios -del mismo modo que quiso la diferencia de los dos sexos, es decir, con su voluntad positiva- también quiso directamente la diferencia de religiones y, por tanto, toda idolatría y herejía? Sí, ¿no es la Declaración de Abu Dhabi mucho peor que la herejía, es decir, la apostasía? ¿Cómo puede Dios, con Su voluntad creadora positiva, haber querido religiones que rechazan la divinidad de Jesús, niegan la Santísima Trinidad, rechazan el bautismo y todos los sacramentos y el sacerdocio? ¿O cómo ha podido querer el politeísmo o el culto al ídolo Baal o a la Pachamama? ¿No contradice esto totalmente el mensaje del profeta Elías y de todos los demás profetas y las palabras de Jesús?
¿No deberían todos los cardenales y obispos pronunciar su firme «non possumus» cuando Francisco exija que este «documento» sea la base de la formación de los sacerdotes en todos los seminarios y facultades de teología?
Dios ni siquiera puede haber querido o aprobado directa y positivamente las confesiones cristianas heréticas, en lugar de simplemente permitirlas, ya que éstas niegan pilares de la fe bíblica y católica como la enseñanza bíblica de que nuestra salvación eterna no se realiza sólo por la gracia de Dios, sino que requiere nuestra libre cooperación y buenas obras. ¿Cómo puede entonces, con su voluntad directa y positiva, querer religiones que rechazan todo el fundamento de la fe cristiana y a Cristo mismo?
Por muy cierto que sea en sí mismo «que el Papa es el Papa y garante de la fe», esta afirmación no puede aplicarse a un Papa que ha firmado la Declaración de Abu Dhabi y la ha difundido por todo el mundo, y que ha dicho y hecho muchas otras cosas contrarias a la doctrina constante de la Iglesia.
Su afirmación de que hay que promover las alianzas civiles/uniones civiles de homosexuales contradice directamente las claras afirmaciones del Magisterio de la Iglesia (cf. las consideraciones publicadas bajo el pontificado de San Juan Pablo II sobre los proyectos de reconocimiento legal de la convivencia entre personas homosexuales del 3 de junio de 2003), ¡pero sobre todo la Sagrada Escritura y toda la tradición de la Iglesia! ¿No deberían hacer todos ustedes, los cardenales, como hizo maravillosamente el obispo Athanasius Schneider: realizar un verdadero acto de amor al Papa y decirlo públicamente y con la misma franqueza que él, con toda la claridad debida?[1]
El Papa Francisco -lo digo con el corazón roto- no es el «garante de la fe», sino que constantemente destruye cada vez más los fundamentos de la fe y la moral con esta y otras muchas declaraciones y pronunciamientos. Que yo sepa, no ha habido ningún Papa en la historia de la Iglesia que haya afirmado monstruosidades semejantes... ¿Cómo debo responder a un querido y profundamente creyente amigo luterano, por cuya conversión rezo desde hace años, cuando me escribe que con esta Declaración de Abu Dhabi la Iglesia católica ha abandonado el suelo del cristianismo?
¿No está claro que un próximo Papa debe condenar como apóstata esta enseñanza de Abu Dhabi que Francisco envía a todos los seminarios de sacerdotes y facultades católicas? ¿Cómo puede justificar la Iglesia anatematizar al Papa Honorio por una desviación infinitamente menor de la Fe y condenarlo, si no condena unas declaraciones tan escandalosas? No tendrían que escribir todos los cardenales al Papa como un solo hombre y pedirle que retire esta declaración apóstata?
¿No temblarán los cardenales ante el momento en que Cristo les pregunte cómo podrían haber cumplido el solemne mandato misionero de Jesús si no hubieran protestado contra la Declaración de Abu Dhabi, que dice lo diametralmente opuesto a las palabras de Jesús?
«Por último, estando los once sentados a la mesa, se manifestó... Y les dijo: Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura. El que crea y sea bautizado se salvará; pero el que no crea se condenará». (Marcos 16:14).
¿Cómo habéis podido callar también todos vosotros sobre las más que justificadas dubia del cardenal Caffarra -que aún me llamó en vísperas de su muerte y al que tuve que prometer que seguiría defendiendo la verdad- y de los otros tres cardenales posteriores a Amoris Laetitia, o incluso criticar estas dubia? De los cardenales, sólo los cuatro cardenales dubia han formulado preguntas caritativas sobre la herejía moral-teológica en Amoris Laetitia denegar implícitamente acciones intrínsecamente malas. El esplendor del bien y la existencia siempre y en todas partes (ut in omnibus) de actos malos ha sido reconocido como piedra angular de toda ética desde Sócrates y fue enseñado por San Juan Pablo II como fundamento inamovible de la ética y de las enseñanzas morales de la Iglesia.[2]
¿No deberían todos los cardenales haber estado de acuerdo con el cardenal Carlo Caffarra y los otros tres cardenales de las Dubia y haber exigido esta aclaración, ayudando así al Papa a proclamar la verdad?[3] ¿No deberían todos los cardenales haberse levantado como un solo hombre y haber apoyado la fraterna correctio que el cardenal Burke anunció pero nunca llevó a cabo?
Sólo tuvimos el anuncio del Cardenal Burke de que los cuatro Cardenales practicarían una «correctio fraterna» sobre el Papa en caso de silencio del Papa sobre esta cuestión moral central, pero esta correctio fraterna hace años que no la han practicado ni el Cardenal Burke ni otros Cardenales; solo unos pocos laicos y sacerdotes han criticado esta perversión de la doctrina en varias declaraciones[4] y, por así decirlo, se han puesto en la brecha para que ustedes los cardenales defiendan la verdad y el depositum fidei, como ya hicieron los laicos frente a la herejía arriana junto con San Atanasio y otros pocos cardenales todavía fieles, contra el Papa Liberio y la mayoría de los obispos se mostraron blandos.
Pero en lugar de nosotros miseri laici (nosotros miserables laicos), como (entonces el todavía Monseñor) Carlo Caffarra me llamaba con afectuoso humor (con verdadero corazón), ¿no os corresponde a vosotros, cardenales que deberíais estar dispuestos a dar vuestra sangre por la verdadera fe, alzar la voz contra las herejías de las que los críticos del Papa han demostrado que el Papa Francisco ha cometido algunas o al menos las ha sugerido? En lugar de una prohibición de criticar las declaraciones del Papa, ¿no hay aquí más bien una exigencia de reprensión fraterna o filial?
¿Y ahora levanta usted la voz, no por defensio fidei, sino para acallar a esos críticos, es más, para querer «erradicar» toda crítica?
¿No deberían protestar también todos los cardenales en muchos otros casos, por ejemplo cuando el Papa introduce arbitrariamente una enmienda teológica y eclesiásticamente errónea en el Catecismo Católico, que contradice las claras palabras de Dios en las Sagradas Escrituras (ya en el Libro del Génesis)[5] y muchas declaraciones doctrinales de papas sobre la pena de muerte formuladas en la tradición ininterrumpida y también hechos históricos, o cuando -contra muchas palabras contundentes de Jesús y dogmas de la Iglesia católica- habla de un infierno vacío o incluso, como los Testigos de Jehová, afirma que las almas de los pecadores incurables no van al infierno sino que son destruidas?
Querido amigo, este escenario de un Papa que negó la existencia de la única y verdadera Iglesia y la fe in unam sanctam, catholicam et apostolicam ecclesiam, si no explícitamente sí ciertamente implícitamente en Abu Dhabi, y se comporta como un señor por encima de las enseñanzas de Jesucristo y de la Iglesia, y de tantos Cardenales silenciosos, resulta irritante para muchos creyentes como yo, pone en peligro nuestra fe y hace un daño incalculable a la Iglesia y a las almas.
Os pido que alcéis vuestra voz en favor de la verdad sin ambages y que persuadáis a otros cardenales para que digan la verdad oportuna e inoportunamente, aunque esto pueda revelar la terrible crisis y cisma de la Iglesia en medio de la cual nos encontramos, y aunque algunos pusillae animae puedan ver erróneamente en ello un scandalum.
No se trata de una cuestión cultural de un Papa latinoamericano. No es una cuestión de gusto, estilo o temperamento. No, es el sí o el no a Cristo que nos dijo que predicáramos el Evangelio a todos los pueblos y naciones; quien crea en él se salvará, pero quien no crea en él se condenará? ¿Puede el Papa derogar de facto este mandato misionero mediante la Declaración de Abu Dhabi?
¿Puede nombrar e incluso honrar personalmente y premiar en la Academia Pontificia para la Vida a teólogos morales que contradicen el núcleo de la enseñanza moral bíblica y de la Iglesia y las encíclicas Humanae Vitae, Evangelium Vitae y Veritatis Splendor? ¿Cómo pueden los cardenales (y especialmente ustedes, que durante años trabajaron a las órdenes de San Juan Pablo II y del Papa Benedicto XVI) permanecer en silencio ante ésta y muchas otras «desolaciones del santuario» en lugar de hacer todo lo posible, mucho más que los laicos y teólogos críticos, para proclamar esas muchas verdades de la fe que el Papa contradice abierta o tácitamente con palabras y también con hechos (como la celebración de la Reforma, la erección de la estatua de Lutero en el Vaticano, el sello que celebra la Reforma, el culto a la Pacha Mama en los Jardines Vaticanos y en la Basílica de San Pedro, etc.)) y suplicarle que encuentre la brújula segura de su enseñanza únicamente en la verdad de las Sagradas Escrituras y en los dogmas inmutables de la Iglesia y que no se permita cambiar ni un ápice de ellos, por no hablar de la sustancia de la fe?
Con profundo dolor por las muchas heridas de la Iglesia, la Esposa de Cristo, y con amor a Jesús y a la Iglesia fundada por Él sobre la Roca de Pedro
En Cristo
Tuyo,
José
P.D. Espero desde lo más profundo de mi alma vuestra respuesta de palabra y de obra, que sería un acto de amor a Jesús, a María, a la Santísima Trinidad, a la Iglesia, al alma del Papa y a muchas otras almas. Con San Juan Pablo os grito: ¡corraggio! Luchad con valentía y sin reservas por la verdad, por Cristo y por la Iglesia, por las almas, incluidas las del Papa Francisco, y por la unidad de todos los cristianos, que sólo es posible en la verdad.
Profundamente unidos a ti en Cristo,
Tuyo
José
Profesor Dr.phil. habil. Dr. h.c. Josef M. Seifert, actualmente profesor de filosofía en la LMU, la Universidad de Múnich.
[1] He aquí la declaración verdaderamente clásica y maravillosa del obispo Schneider: https://www.lifesitenews.com/opinion/bishop-schneider-calls-faithful-to-pray-for-pope-francis-to-convert.
[2] Escribí un libro sobre esto El esplendor del bien y los actos intrínsecamente malos . La piedra angular de la ética y la moral de Karol Wojtyìa/Papa Juan Pablo II (1920-2020): una defensa filosófica. Cf. también mi ensayo . "Amoris Laetitia. Alegrías, tristezas y esperanzas". Aemaet vol. 5, n.º 2 (2016) 160-249, http://aemaet.de urn:nbn:en:0288-2015080654.
130b. "La alegría del amor: alegrías, aflicciones y hoffnungen", Aemaet Scientific Journal of Philosophy and Theology http, vol. 5, n.º 2 (2016) 2-84, http://aemaet.de urn:nbn:es:0288-2015080660.
[3] Con esta intención de ayudar al Papa escribí en mi breve ensayo ¿La lógica pura amenaza con destruir toda la doctrina moral de la Iglesia católica? ("¿Amenaza la lógica pura con destruir toda la doctrina moral de la Iglesia católica?", Aamaet, Revista científica de filosofía y teología http://aemaet.de, Vol. 2 (2017), 10-20/ " ¿Amenaza la lógica pura con destruir toda la doctrina moral de la Iglesia católica?" Aemaet, Wissenschaftliche Zeitschrift für Philosophie und Theologie http://aemaet.de, Vol. 6 (2017), 2-9) formuló la misma pregunta y también, con elogio de algunos pasajes de Gaudete et Exsultate el libro Revolution der Moraltheologie: Neues Paradigma oder alte ethische Irrtümer? (que le envío al mismo tiempo que esta carta). Más recientemente, Don Tullio Rotondo, en su libro Tradimento della sana dottrina attraverso "Amoris Laetitia", también ha expresado esta crítica de manera fundada y respetuosa. (Fue suspendido a divinis de forma totalmente injusta por su obispo por no retirar este libro, lo que habría ido en contra de su conciencia y del principio apostólico de que debemos obedecer a Dios más que a los hombres).
[4] Yo mismo no firmé estas declaraciones porque no estaba de acuerdo con todos los puntos ni con el tono de todo el asunto.
[5] Quien derrame sangre de hombre, su sangre también será derramada por el hombre; porque Dios hizo al hombre a su imagen. (Génesis 9:6)

