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viernes, 2 de mayo de 2025

Por el honor de la Iglesia (Roberto De Mattei)



El funeral del papa Francisco en la Plaza de San Pedro y el traslado de su féretro a Santa María la Mayor, en el grandioso ambiente de la Roma antigua, la barroca y la del siglo XIX, ha constituido un momento histórico henchido de simbolismo. Soberanos, jefes de estado y de gobierno y personajes públicos de toda índole llegados de todas partes a la Ciudad Eterna no han rendido honores a Jorge Mario Bergoglio, sino a la institución que él representaba, a igual que en las exequias de Juan Pablo II. Si bien muchas de dichas personalidades profesan otras religiones o incluso son ateas, todos eran conscientes de lo que significa todavía la Iglesia de Roma, caput mundi, centro del cristianismo universal. La imagen de Donald Trump y Vladimir Zelensky frente a frente en sendos sencillos asientos en la basílica de San Pedro se veía como una expresión de su pequeñez bajo la cúpula de una basílica en la que se congrega el destino del orbe. Y daba la impresión de que los 170 dirigentes congregados en la Ciudad Eterna se interrogasen sobre el futuro del mundo, en vísperas del cónclave que dará comienzo el próximo 7 de mayo.

El cónclave que elegirá al sucesor de Francisco será, como todos, una ocasión extraordinaria en la vida de la Iglesia. Lo cierto es que, en los cónclaves, se diría que el Cielo y la Tierra se reúnen para elegir al Vicario de Cristo. Los cardenales, que constituyen el senado de la Iglesia, han de escoger al que estará destinado a guiarla y gobernarla. La ocasión es tan importante que el propio Cristo prometió a la Iglesia que la ayudaría mediante la influencia del Espíritu Santo. Como pasa con toda gracia, la que se debe a la intervención especial del Espíritu Santo presupone no obstante la correspondencia de los hombres, que, en este caso particular, son los cardenales reunidos en la Capilla Sixtina. A los cuales, en realidad, la asistencia divina no les quita la libertad humana. El Espíritu Santo les asiste, pero no determina la elección. La asistencia del Espíritu Santo no quiere decir que en el cónclave será elegido necesariamente el mejor candidato. Ahora bien, la Divina Providencia es capaz de sacar el mejor de los bienes posibles del peor de los males, como podría ser la elección de un papa malo. Porque quien siempre triunfa en la Historia es Dios, no es el Demonio. Por eso, a lo largo de la historia han sido elegidos pontífices santos, pero también papas débiles, indignos, inadecuados para su alta misión, sin perjudicar por ello en modo alguno la grandeza del Papado.

Como todos los cónclaves de la historia, también el próximo será objeto de tentativas de interferencia. En el de 1769, fue elegido Clemente XIV después de 185 escrutinios y más de tres meses de intentos, tras comprometerse con las cortes europeas a suprimir la Compañía de Jesús. En el de 1903, que eligió a San Pío X, el emperador Francisco José de Austria vetó la elección del cardenal Rampolla del Tindaro. Y también en el que eligió a Pío XII, y sobre todo en el que siguió a la muerte de este pontífice, hubo presiones políticas. En 1958 la acción política de mayor carácter invasivo fue la que ejerció Francia por medio del general De Gaulle, que ordenó a su embajador ante la Santa Sede Roland de Margerie que hiciera todo lo posible por impedir que fuesen elegidos los cardenales Ottaviani y Ruffini, considerados reaccionarios. El partido francés, emcabezado por el cardenal Eugenio Tisserant, apoyó en cambio al Patriarca de Venecia Giusseppe Roncalli, que resultó elegido y asumió el nombre de Juan XXIII. En tiempos más recientes han sido notorias las maniobras de la llamada mafia de San Galo en los cónclaves de 2005 y 2013 para evitar que fuese elegido Benedicto XVI y obtener la elección del papa Francisco. La primera vez fracasó la maniobra; la segunda sí tuvo éxito.

De todos modos, la eventual invalidez de una elección no depende de semejantes presiones. En la constitución Universi Dominici gregis del 22 de febrero de 1996, sin llegar a prohibir que durante la sede vacante pueda haber intercambio de ideas en cuanto a la elección, dice Juan Pablo II que los cardenales electores se abstendrán de «de toda forma de pactos, acuerdos, promesas u otros compromisos de cualquier género, que los puedan obligar a dar o negar el voto a uno o a algunos. Si esto sucediera en realidad, incluso bajo juramento», decreta «que tal compromiso sea nulo e inválido y nadie esté obligado a observarlo», conminando además «la excomunión latae sententiae a los transgresores de esta prohibición» (nº81-82). La mencionada constitución apostólica declara nulos los acuerdos, pero no las elecciones que se hagan a continuación. No deja de ser válida la elección aunque se hayan llevado a cabo pactos ilícitos, salvo que se dé algún vicio sustancial gravísimo que comprometa la libertad del cónclave.

Universi Dominici gregis dispone que el Pontífice debe ser elegido por una mayoría calificada de dos tercios, pero que en caso de prolongarse el cónclave por más de 30 escrutinios en 20 días los cardenales podrán elegir al nuevo papa por mayoría simple de sufragios (nº74-75). El cambio no era de poca monta, porque la mayoría absoluta hace más verosímil la hipótesis de que pueda impugnarse la elección de un papa al bastar la invalidez de una papeleta para anular la elección de un pontífice elegido con un voto mayoritario. Tal vez por esta razón, Benedicto XVI restableció con la carta apostólica De aliquibus mutationibus in normis de electione Romani Ponteficis del 11 de junio de 2007 la norma tradicional por la cual es siempre obligatoria una mayoría de dos tercios de los votos de los cardenales electores presentes. La exigencia de los dos tercios consolida la posición de una minoría, y significa que el cónclave puede prolongarse también, cosa que ha sucedido en numerosas ocasiones en tiempos modernos. Basta recordar el cónclave que eligió a Barnaba Chiaramonti (Pío VII, 1800-1823), que duró más de tres meses, desde el 30 de noviembre de 1799 al 14 de marzo de 1800, o el que eligió a Gregorio XVI (1831-1846), que se prolongó por unos cincuenta días, desde el 14 de diciembre de 1830 al 2 de febrero de 1831. Resultó elegido Bartolomeo Alberto Cappelari, monje camaldulense y prefecto de la congregación Propaganda Fide, que ni siquiera era obispo en el momento de ser elegido. Una vez elegido, fue primero creado obispo y continuación coronado.

Las exequias del papa Francisco han sido una ocasión de aparente unidad. El inminente cónclave, reflexionando sobre la verdadera situación de la Iglesia, ¿será por el contrario escenario de divisiones e impondrá a los purpurados que cumplan con su deber por el bien de la Iglesia? La púrpura, símbolo de la sangre de los mártires, recuerda a los cardenales que tienen que estar dispuestos a luchar y derramar su sangre en defensa de la Fe. Un cónclave es siempre un campo de batalla en el que combate la parte más noble del Cuerpo Místico de Cristo. El pasado 26 de abril en la Plaza de San Pedro un mundo que la combate rindió sin saberlo honores a la Iglesia. En la capilla Sixtina los cardenales, o al menos una minoría de ellos, habrán de combatir por el honor de la Iglesia, actualmente humillada por sus adversarios, sobre todo internos. Un cónclave largo y reñido abre por esa razón horizontes de esperanza más amplios de los que nos podría deparar un cónclave breve en el que desde el principio se eligiera a un candidato de conciliación.

El mejor pontífice no será el papa políticamente correcto que proponen los medios informativos, ni el papa político que, presentándose como pacificador, obtenga el pontificado mediante garantías y promesas que no cumplirá.

La Iglesia y el pueblo fiel tienen necesidad de un papa íntegro en la doctrina y en las costumbres que no haga concesiones en cuanto a lo que es en la Fe, la moral, la liturgia y la vida espiritual un derecho irrevocable de los fieles: necesitan un auténtico Vicario de Cristo que haga de la Cátedra de San Pedro un faro de luz de la verdad y la justicia. De lo contrario, si al mundo le falta esa luz, no le quedará otra cosa a la Iglesia que los méritos del sufrimiento y el recurso de la oración.

domingo, 9 de febrero de 2025

La causa de Cristo siempre está en su última agonía



Por alguna extraña razón, las verdades más terribles de nuestra religión siempre me consuelan de una forma especial en mi debilidad. El pecado original, las infidelidades de Israel, la agonía y la muerte de Cristo, la traición de Pedro y los apóstoles, los innumerables pecados de clérigos y seglares en la historia de la Iglesia y el Juicio Final siempre han sido para mí una garantía de que la fe católica es cierta y no una teoría humana más o menos placentera, una mera ideología que somete la realidad a moldes estrechos y falsos.

Es cierto, soy débil, pecador, inconstante, necio y nada de fiar, pero precisamente por eso, cuando soy débil, entonces soy fuerte. Porque la salvación no depende de mí, sino de Cristo, que ha vencido al mundo. Es cierto, la Iglesia es un desastre, sus dirigentes a menudo parecen empeñados en destruirla, sus soldados rehúyen la batalla, sus santos escasean y da la impresión de que hasta sus vírgenes se han dormido. Pero sabiendo que esto había de suceder, Cristo la amó y se entregó por ella, para santificarla.

Con el deseo de animar a los lectores en estos tiempos difíciles, traduzco para el blog un pequeño texto de Newman (de sus tiempos anglicanos) en el que el gran cardenal hablaba de estas cosas. La Iglesia siempre ha sido un desastre y siempre lo será hasta el último día. Por supuesto, esto no quita gravedad a la situación actual, pero sí nos da una perspectiva diferente, de eternidad. Poned los ojos en las cosas de arriba y no en las de la tierra.

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En verdad, cuando analizamos toda la historia del cristianismo desde el principio, encontramos que no es más que una serie de problemas y desórdenes.
Cada siglo es como los demás, pero, para aquellos que viven en él, parece peor que todos los tiempos anteriores. La Iglesia siempre está enferma y permanentemente débil, llevando siempre en su cuerpo el morir de Jesús, de modo que se manifieste también en su cuerpo la vida de Jesús.

Siempre parece que la religión está a punto de perecer, que los cismas triunfan, que la luz de la Verdad se apaga y que sus defensores huyen derrotados. La causa de Cristo siempre está en su última agonía, como si solo fuera cuestión de tiempo que sea definitivamente derrotada uno de estos días. Los santos siempre están desapareciendo de la tierra y Cristo siempre está llegando. De este modo, el Día del Juicio está literalmente a las puertas y es nuestro deber estar esperándolo siempre, sin desanimarnos por haber dicho tantas veces “ahora es el momento", antes de que, en el último momento, contra lo que esperábamos, la Verdad vuelva a levantar la cabeza.

Esa es la Voluntad de Dios al reunir a sus elegidos, primero uno y luego otro, poco a poco, en los días soleados entre tormenta y tormenta o arrebatándolos de las garras del mal, incluso cuando las olas baten con mas furia.

Bien hacen los profetas en exclamar: ¿Cuando llegarán a su término, Señor, estas cosas asombrosas?, ¿Cuánto ha de durar este misterio? ¿Por cuánto tiempo este mundo que perece será conservado por las débiles luces que se esfuerzan por sobrevivir en su atmósfera malsana? Solo Dios sabe el día y la hora cuando se cumplirá lo que ha de pasar, como Él siempre nos advierte. Mientras tanto, nos consuela contemplar lo que ha sucedido en el pasado, para que no desesperemos ni nos desalentemos ni nos angustiemos por los problemas que nos rodean. Siempre ha habido problemas y siempre habrá problemas; son nuestra heredad.

Levantan los ríos su voz, Levantan los ríos su fragor, pero más que la voz de aguas caudalosas, más potente que el oleaje del mar, más potente en el cielo es el Señor.
Beato John Henry Newman, Conferencias sobre el oficio profético de la Iglesia, Conf. 14.

BRUNO MORENO

viernes, 7 de febrero de 2025

La inquisición progre contra la Iglesia






Aquí vamos otra vez. Un sacerdote hace lo que debe hacer –aplicar la doctrina de la Iglesia– y los inquisidores del pensamiento arcoíris ya han sacado las antorchas.

Esta vez, la cacería de brujas se ha desatado en Arcos de la Frontera, donde un cura se ha negado a aceptar como padrino de confirmación a un hombre que, oh sorpresa, vive en pareja con otro hombre. Y claro, los sumos sacerdotes de la nueva moralidad no han tardado en dictar sentencia.

La noticia intenta validar la indignación citando una frase de Francisco: «Son hijos de Dios y pueden ser padrinos de confirmación». Pero resulta que ser hijo de Dios no equivale a tener derecho automático a ser padrino. El padrino debe ser un modelo de vida cristiana, y alguien que vive abiertamente en contradicción con la moral de la Iglesia no cumple con ese requisito. Tan simple como eso.

Si este hombre viviera en castidad, el problema ni siquiera existiría. Pero no, aquí no estamos hablando de un hombre con atracción hacia su mismo sexo que vive según la enseñanza de la Iglesia. Hablamos de alguien que vive en unión con otro hombre de manera pública, causando escándalo. Y Jesucristo es muy claro sobre el escándalo: más le valdría atarse una piedra de molino y tirarse al mar (Mt 18,6). No lo dijo Aurora Buendía ni el párroco de Arcos de la Frontera; lo dijo Cristo.

Nos venden la historia como si la Iglesia estuviera persiguiendo a los homosexuales. Falso. La Iglesia no excluye a nadie por su orientación sexual, pero sí exige vivir conforme a la moral cristiana. ¿O acaso aceptaríamos como padrinos a un adúltero público? ¿A alguien que viva en unión libre sin casarse? La lógica es la misma. Pero claro, como es un tema LGTBI, hay que hacer escándalo.

Ahora resulta que la doctrina católica debe redactarse en los despachos de asociaciones activistas, que creen que su ideología está por encima de dos mil años de enseñanza cristiana. Se exige que la Iglesia promueva la igualdad y el respeto, pero lo que realmente buscan es que la Iglesia traicione su misión y se convierta en una entidad complaciente con las modas del mundo. Pero, ¿desde cuándo la misión de la Iglesia es ajustarse a los dictados de la corrección política en vez de predicar la verdad revelada por Dios?

Aquí la única autorizada para repartir carnés de católico es la Iglesia Católica. Y no cualquier interpretación caprichosa del Magisterio, sino la que está en continuidad con la Tradición y con lo que han enseñado todos los Papas anteriores. Francisco no es una isla en la historia de la Iglesia. Y el día que intente contradecir la doctrina bimilenaria de la Iglesia, su palabra valdrá lo mismo que la de cualquier tertuliano de televisión.

La fe no es un menú a la carta

Lo que de verdad molesta a estos inquisidores progresistas no es que este hombre no pueda ser padrino; es que la Iglesia se resista a convertirse en un club social donde todo vale. Lo siento, pero no. La Iglesia es el cuerpo de Cristo, no una ONG con cruz.

Y por cierto, a mí personalmente me da igual que dos tipos hagan en su vida privada. Lo que me molesta es que pretendan erigirse en maestros de moral gay y nos digan a los católicos cómo debemos vivir nuestra fe. Porque resulta que el padrino de confirmación debe ser un referente para la vida cristiana del confirmado. Y en este caso, estamos hablando de un niño sin formación cristiana que necesita un modelo de vida católica, no una clase de adoctrinamiento progre.

Por supuesto, no podía faltar la etiqueta de ultraconservador. Porque hoy en día, si un sacerdote es coherente con la doctrina, automáticamente es un fanático peligroso.

Se le acusa sin pruebas, se asume que es culpable y se le exige rectificación pública. ¿Rectificar qué? ¿Por ser fiel a la enseñanza de la Iglesia? Entonces, que rectifique también Jesucristo, San Pablo, los Padres de la Iglesia y todos los Papas anteriores.

La Iglesia no es de izquierdas ni de derechas, no es conservadora ni progresista: es católica. Y la fe no es un menú donde cada uno elige lo que le conviene. Si alguien quiere vivir conforme a la doctrina católica, es bienvenido. Pero si lo que busca es que la Iglesia se adapte a sus deseos, está en el lugar equivocado. Aquí no estamos para seguir al mundo; estamos para seguir a Cristo. Y Cristo dejó claro que hay condiciones para ser su discípulo.

Por eso, el cura de Arcos de la Frontera no ha hecho más que cumplir su deber. Y por eso mismo, la única respuesta que debería dar a quienes le exigen rectificar es esta: Non serviam.

Aurora Buendía

miércoles, 29 de enero de 2025

La funcionarización de los obispos



Ya hablamos hace tiempo, en un artículo titulado La bananerización del derecho en la Iglesia, de la tendencia preocupante a prescindir del derecho canónico en el ámbito eclesial, cambiándolo por la mera arbitrariedad y dejando indefensos a los fieles. Esa tendencia, por desgracia, parece ir acentuándose cada vez más, en lugar de corregirse, y quizá su aspecto más llamativo sea el peligro de convertir en la práctica a los obispos en meros funcionarios empleados por el Papa.

Durante los últimos doce años, hemos visto cómo los obispos son tratados de forma poco acorde con su condición y prescindiendo de los procesos canónicos pertinentes o incluso de las normas de cortesía más básicas. Esto es muy grave, teniendo en cuenta que se trata de sucesores de los apóstoles, que deben ser tratados como tales. ¿Alguien imagina, por ejemplo, que San Pedro se negara a recibir al apóstol San Felipe cuando este intentara hablarle de cuestiones graves o gravísimas? ¿O que destituyera a Santo Tomás sin explicarle siquiera por qué lo hacía? Desgraciadamente, algo así es lo que parece que ha sucedido numerosas veces en este pontificado.

Basta consultar las hemerotecas para descubrir que ha habido multitud de casos lamentables. Monseñor Rogelio Livieres, obispo de Ciudad del Este (Paraguay), que fue destituido fulminantemente y sin proceso canónico, viajó a Roma para hablar con el Papa y, asombrosamente, no fue recibido por él. El cardenal Zen se vio obligado a publicar artículos en Internet con la esperanza de que llegaran a conocimiento del Papa porque este no quería recibirle. Los cuatro cardenales de los dubia presentaron una cuestión gravísima de fe relativa a Amoris Laetitia y, de nuevo asombrosamente, no recibieron respuesta (dos de ellos han muerto ya). Monseñor Daniel Fernández, obispo de Arecibo (Puerto Rico) fue destituido por el Papa sin proceso canónico por “falta de comunión” (aparentemente, por el simple hecho de negarse a firmar un comunicado de la Conferencia Episcopal sobre las vacunas del COVID con graves errores morales, como por otra parte tenía el derecho y el deber de hacer). El año pasado, monseñor Strickland, obispo de Tyler (Estados Unidos), fue destituido, de nuevo sin ningún proceso canónico. Este mismo año, monseñor Dominique Rey, probablemente el mejor obispo de Francia, cedió por obediencia a las presiones del Papa y aceptó dimitir tres años antes de llegar a la edad prevista para la jubilación, lo que en la práctica constituye una ofensa gratuita y asombrosa (¿tan malo era que resultaba imposible que continuara tres años más?). Recientemente nos hemos enterado de que el cardenal Cipriani ha sido condenado al silencio y a la desaparición de la vida pública sin ser escuchado y ni siquiera permitirle conocer las acusaciones en su contra, contra todos los principios del derecho. A todo esto se suman los casos de desaires y de jubilaciones aceptadas con una prisa indecente, que son aún más numerosos.

Me consta, además, que multitud de obispos tienen miedo de hablar con claridad y procuran mantener un “perfil bajo”, para que no les suceda lo mismo. Se trata de obispos ortodoxos y con un gran amor al papado y a la Iglesia. El mismo cardenal George Pell se sintió obligado a escribir sobre la situación de la Iglesia utilizando el seudónimo de “Demos” (pueblo), como se supo después de su fallecimiento. Basta ver que casi los únicos que hablan con contundencia son obispos jubilados, que ya no tienen nada que temer. Desgraciadamente, este temor no parece afectar a obispos partidarios de posturas claramente heterodoxas, como varios obispos alemanes y de otros lugares.

Se podría alegar que siempre hay que suponer lo mejor del Papa, que tendrá sus razones y que, además, ostenta la autoridad suprema en la Iglesia. Todo eso es cierto, por supuesto, pero cabe señalar que una cosa es un caso aislado, en el que se pueden suponer razones graves y de peso para actuar así, y otra cosa muy distinta es toda esta serie de casos uno detrás de otro de actuaciones sin proceso canónico alguno. La acumulación de casos hace que la impresión de que se está actuando arbitrariamente sea casi inevitable.

En cuanto a suponer lo mejor del Papa, que es una regla de actuación sensata, no podemos olvidar que, en el mismo sentido y por las mismas razones, también habrá que suponer lo mejor de los obispos mencionados. No sería justo suponer lo mejor de uno y no de los otros. Para eso existe precisamente el derecho, para evitar las parcialidades y, si se prescinde de él, es muy fácil caer en la tentación de ser excesivamente laxos con los amigos y excesivamente severos (o directamente injustos) con los enemigos. El hecho de que los obispos disciplinados sean prácticamente siempre los que no le caen bien al Papa o a los amigos del Papa es un indicio de que, en efecto, se ha caído frecuentemente en esta tentación. En sentido inverso, con los “amigos” del Papa parece haber una enorme paciencia, como muestran los ejemplos de Mons. Zanchetta, el cardenal Daneels, Mons. Ricca, el P. Rupnik o los obispos del grupo de McCarrick que han recibido el capelo cardenalicio.

Finalmente, es cierto que el Papa tiene la autoridad suprema en la Iglesia y, por lo tanto, está dentro de su poder condenar a alguien, incluso a un obispo, sin un proceso canónico previo. Sin embargo, que el Papa pueda hacer algo no significa que convenga que lo haga. Prescindir de los principios fundamentales del derecho, de los procesos canónicos y de la transparencia en las decisiones siempre es muy peligroso y, si se toma como forma habitual de actuar, lleva a consecuencias desastrosas y proyecta una imagen nefasta. Más aún que la mujer del césar, el Papa no solo debe ser irreprochable, también debe parecerlo.
Hablar por activa y por pasiva de sinodalidad a la vez que se trata a los obispos como a meros empleados quizá no sea hipócrita, pero sin duda lo parece.
Conviene recordar, por último, el efecto que tiene todo esto en los esfuerzos por promover la unidad con los no católicos. En efecto, con esta forma de actuar se hacen realidad los peores temores de ortodoxos y protestantes. Cuando el Papa actúa como un monarca absolutista, deponiendo obispos a su antojo, ¿cómo no van a temer los ortodoxos que les suceda lo mismo a ellos si vuelven a la Iglesia Católica? Si los protestantes observan que el Papa puede decir cualquier novedad en materia de doctrina y moral sin que nadie se atreva a contradecirle, inmediatamente se confirmarán sus prejuicios de que el “papismo” católico es una religión del Papa y no de la Revelación de Cristo.

Debemos tener siempre en cuenta que, según la fe católica, los obispos no son meros empleados del Papa y la misión de este no debe sustituir ni absorber a la misión de los obispos. Como señaló el Concilio Vaticano II, “los Obispos han sucedido, por institución divina, a los Apóstoles como pastores de la Iglesia, de modo que quien los escucha, escucha a Cristo, y quien los desprecia, desprecia a Cristo y a quien le envió”, ejercen con el Papa el “oficio de atar y desatar”, “rigen, como vicarios y legados de Cristo, las Iglesias particulares que les han sido encomendadas” y la “potestad que personalmente ejercen en nombre de Cristo es propia, ordinaria e inmediata”.

El Papa no es inmune por su cargo a las tentaciones y despreciar a los obispos, especialmente a los que osan corregirle, puede muy bien ser una de ellas. Para afirmar la autoridad del Papa no hay que rebajar la autoridad de los obispos, porque ambas tienen el mismo origen. Fue el mismo Cristo quien dijo: uno solo es vuestro Maestro y todos vosotros sois hermanos. Como corresponde a auténticos hermanos, el Vicario de Cristo debe tratar con exquisito respeto y caridad fraterna a los que son auténticos vicarios de Cristo en sus diócesis y sucesores de los Apóstoles como él es sucesor de Pedro.

Bruno Moreno

miércoles, 22 de enero de 2025

El regreso de Constantino



Es difícil sacar conclusiones tan tempranas, pero parece que el poder está volviendo a los hombres que gobiernan, sin ir más lejos Trump y Putin, cocineros del futuro sandwich europeo. Entiéndase el poder político, corporizado en un gobernante “populista”, con objetivos políticos que hacen a la ejecución del bien del Estado nacional y la voluntad del que gobierna. Todos los anteriores políticos al uso han sido, más o menos, títeres de la banca, de los grupos de poder e interés, en definitiva de las élites que los eligen en un casting humillante. Biden empleado senil, Macron empleado atildado, Sánchez empleado destructor, Merkel empleada hipócrita-cristiana: todos pugnando por ganar el título de empleado del mes en la ejecución de las Agendas —género, inmigración, inclusión, Ucrania y para qué seguir— y controlados por los medios que dominaban la opinión pública. Los medios evangelizaban, los medios controlaban, los medios defenestraban. Atrás de ellos, por supuesto, las élites, la patronal.

Las cosas han cambiado, la irrupción de las redes ha tenido consecuencias realmente imprevisibles y la doxa popular se ha fragmentado alejándola del programa de las elites, que se han pasado de rosca con sus wokismos, sus maltusianismos y sus transhumanismos. Elon Musk hace poco, hablando con Jordan Peterson, describía al gobernador de California como una especie de Guasón creador del caos, legitimador de los robos inferiores a 1000 dólares, repartidor de kits para drogadictos, emperador de las calles repletas de los zombies del fentanilo y de los incendios inapagables, regidor de escuelas donde el porcentaje de niños ¨transexuales¨ llega a las dos cifras.

Los intentos de establecer censura en las redes (objetivo numero 1 de la Unión Europea) van fracasando, y recibieron el golpe mortal con la compra de Twitter que, según confesión del mismo Elon Musk tuvo por motivo el combate contra el ¨virus woke¨. Este virus, dicho sea de paso, que le arrebató un hijo y lo transexualizó, convirtiendo a Musk de un alegre cabeza fresca en un hombre relativamente focalizado en materia ideológica.

El cambio es copernicano, secular, de consecuencias que todavía no ponderamos debidamente. Pero la vacancia magisterial sobre la opinión pública, o mejor, la desaparición de los medios de formación de opinión de los últimos dos siglos (diarios, radio y TV), además de haber abierto una brecha por la que se han colado tipos antisistema como Milei, Bukele, Meloni o Trump (Putin es otra historia) suscita dos interrogantes.

En primer lugar, ¿quién adoctrina a las masas? ¿Quién forma opinión, quién editorializa? De acuerdo, el medio es el mensaje. Pero entonces el medio está en manos del sentido común de las redes. Todo lo frágil que se quiera, pero hasta ahora mucho mejor que la ortodoxia dictada en Davos. De todos modos, estamos surcando aguas no exploradas. No hay “filósofos” de la Ilustración, no hay diarios, no hay Iglesia docente, no hay escuela, no hay televisión, no hay pensadores. No hay magisterio. Hay un horror vacui que espera ser llenado.

Segunda cuestión, qué se puede esperar de los nuevos líderes.

En su biografía de Santa Helena, Evelyn Waugh le hace decir sobre su hijo, “es el poder sin la gracia”. El Constantino de Waugh no es el santo que la Iglesia ortodoxa pinta o escribe en los íconos. Es un férreo animal del poder como todos los césares, un estadista consumado y despiadado que no duda en mandar matar a su mujer y a su hijo porque conspiran contra él. Cuando Helena, de vuelta de Jerusalén, le obsequia los clavos de la Pasión de Cristo, usa uno de ellos para hacer un bocado para su caballo. Es un entusiasta banal de la nueva religión, de la que se considera “obispo exterior” y no bautizado, lo que hoy llamaríamos un cristiano cultural. El propio obispo de Roma, Silvestre, prudentemente no sale jamás de su residencia para no cruzárselo y tener problemas. Constantino es el Imperio, el orden romano, el derecho; en fin, todos los bienes políticos sin la gracia.

Trump, Putin, Milei, un poco Meloni, todos son cristianos culturales que ven positivamente a la religión y por supuesto, se benefician del apoyo de los fieles, pero probablemente sin la fe. Son un poco Constantinos, animales políticos no domesticados, de conducta imprevisible. El debilitamiento de los medios acrecentará su poder, para bien y para mal. Además del combate a la anticristiana agenda woke, pueden ser muy beneficiosos en el apoyo a la reconstrucción de los medios de evangelización. Sería prudente y conveniente que los miembros del clero progre, en particular el Papa, siguieran el ejemplo de San Silvestre y no se les cruzaran en el camino.

LUDOVICUS

sábado, 28 de octubre de 2023

"Credo. Compendio de la fe católica", por Monseñor Athanasius Schneider


“ Yo creo. Compendio de la fe católica ” de Monseñor Schneider. Una guía segura y autorizada en este clima oscuro.

Al final de su discurso en el lanzamiento del Credo en Roma, Mons. Schneider dijo:

“Pedimos humildemente al Señor que nos conceda, por intercesión de Nuestra Señora, la gracia de poder decir: “Conozco mi fe católica. No permitiré que me confundan. Por esta Fe estoy dispuesto a morir." 

Encontré algunas apreciaciones autorizadas, que comparto:

Que esta obra resulte ser una gran herramienta para quienes buscan explorar más profundamente la verdad de Jesucristo . (+ Obispo Joseph Strickland)

El credo es una herramienta importante en la obra misionera esencial de la evangelización y la apologética al proclamar la verdad salvadora de Jesucristo a nuestro mundo que tan desesperadamente la necesita. (+ Cardenal Robert Sarah)

Mons. Schneider da voz a la tradición viva, mostrando que no sólo está viva, sino que tiene el poder de cambiar nuestras vidas, de hacernos santos. Creo que este libro hará mucho bien . (Dr. Scott Hahn)

“ Yo creo. Compendio de la Fe Católica” de Mons. Atanasio Schneider.


El libro Credo está siendo publicado estos días en inglés por la editorial católica Sophia Institute Press de Manchester (New Hampshire, Estados Unidos) . Compendio de la fe católica , por monseñor Athanasius Schneider, obispo auxiliar de Santa María en Astana, Kazajstán.

Escrito para los pequeños y simples, en un lenguaje accesible y comprensible incluso para personas que no son expertas en cuestiones teológicas, siendo preciso y fiel a la doctrina de la Iglesia, este Compendio expone la verdad de la Fe y la Tradición católicas frente a de la complejidad del momento actual.

La completa transmisión de la fe, la moral y la Sagrada Liturgia recibidas de la Iglesia es deber y responsabilidad de todo obispo católico, y ello en virtud de la consagración episcopal. Ni el Papa, Vicario de Cristo, ni los obispos son propietarios del Depositum fidei ni de la Sagrada Liturgia, ni pueden disponer de ellos a su discreción. Ni siquiera tienen el poder de proponer nuevas formas de expresión de la doctrina católica, excepto en el mismo sentido que la Tradición. 

A este respecto es muy significativo el comentario de San Vicente de Lerins en el Commonitorio:

La autoridad del Apóstol se manifestó entonces con toda su severidad: "Si incluso nosotros mismos, o un ángel del cielo, os anunciare un evangelio distinto del que os hemos anunciado, sea anatema" (Gal 1, 8). . ¿Y por qué dice San Pablo “aunque nosotros mismos” y no “aunque yo mismo”? Porque significa que aunque Pedro, o Andrés, o Juan, o todo el colegio de los Apóstoles, anunciaran un Evangelio diferente del que os anunciamos, sea anatema. Tremendo es el rigor con el que, para afirmar la fidelidad a la fe primitiva, no excluye ni a sí mismo ni a los demás Apóstoles.

Nunca antes el pueblo católico había tenido a su disposición tal cantidad de textos del Magisterio. Sin embargo, nunca antes se había perdido la fe como hoy. Esta es una aparente contradicción. La fuerte disminución, en Occidente, en el período posterior al Concilio Vaticano II, de la asistencia a la Santa Misa, a los bautismos, a los matrimonios católicos, a las primeras comuniones, a las confirmaciones, a las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada, a la pérdida de los obispos como autoridades morales en en todos los países, el enorme abandono tanto del ministerio sacerdotal como de los votos religiosos, todo esto sucedió por graves razones. Algunos atribuyen una situación tan dramática al Concilio Vaticano II, otros al llamado "espíritu del Concilio", otros a la situación mundial actual, otros a una combinación de estos factores, pero el hecho real está ahí, en frente a nosotros. Reconocerlo en toda su amplitud, profundidad y dramatismo, tanto en el seno de la Iglesia como en el estado caótico del mundo actual (elementos conexos), constituye el punto de partida para buscar una salida sobrenatural y natural a una crisis, la actual, que según para algunos es la más grande en la historia de la Iglesia.

Por otra parte, nadie puede negar que, dada la grave división del cristianismo debido a la desafortunada obra de Martín Lutero en sus diversos aspectos religiosos, políticos, sociales y culturales, el Concilio de Trento y el "movimiento de contrarreforma" tenía el poder, a diferencia del Concilio Vaticano II, de abordar la herejía y salvaguardar toda la fe católica dentro de la Iglesia, reconquistando muchos países con raíces católicas.

El Compendio del obispo Schneider , que expone claramente la fe, la moral y la liturgia católicas, aborda numerosos y complejos temas actuales marcados por una gran confusión . Los afronta sin temor a nadie, excepto a Dios -ante quien todos debemos rendir cuentas- y sin los condicionamientos mentales y comportamentales impuestos por el compromiso con el mundo civil y eclesiástico, que en muchos casos se traduce en un silencio sensacional.

Hoy contamos con el precioso testimonio [ aquí ], a favor de la verdad, del obispo de Tyler (Texas), monseñor Joseph Strickland, que todos debemos acompañar con la oración.

En el Compendio , en más de 400 páginas y con 607 citas de documentos de la Iglesia, el obispo Schneider aborda, entre otros, los siguientes temas:

Transhumanismo [ aquí ], Pentecostalismo, El significado de la persecución de la antigua Misa tradicional y el problema de la "obediencia" que genera esta persecución [ aquí ], El culto a la Madre Tierra [ aquí ], Los métodos asiáticos de meditación, El sacerdocio o el diaconado femenino, El uso de las redes sociales, Ciencia y evolución, La guerra justa, La pena de muerte [ aquí ], Ideología de género [ aquí ], Modestia, Vacunas y mandatos sanitarios [ aquí ], Religiones del mundo, Oración verdadera , La educación de los niños y la escuela, La compleja cuestión de la libertad religiosa [ aquí - aquí ] y la libertad de expresión, Escándalos en la Iglesia, La infalibilidad, los grados del Magisterio y el error, La pornografía y el error, la educación sexual, El trabajo dominical y la forma de adorar a Dios , Comunismo y Masonería, Globalismo, El movimiento carismático, El consumo de marihuana y drogas, El sentido de una auténtica renovación de la Iglesia y mucho más.

¿Era necesario otro Credo o Compendio de la Fe Católica , dado que tanto el Catecismo de la Iglesia Católica como su correspondiente compendio fueron publicados recientemente ?

Leyendo el Compendio del obispo Schneider encontramos, por primera vez en los últimos sesenta años, una exposición de la fe, la moral y la liturgia católicas que contiene numerosas citas del riquísimo magisterio anterior al Vaticano II. También hay buenos pasajes del Vaticano II, por ejemplo del Sacrosanctum Concilium , en relación con el Mediator Dei de Pío XII, la Quanta Cura de Pío IX, la Libertas Praestantissimus de León XIII, etc. La Iglesia no comenzó en 1962: este es un hecho que siempre hay que subrayar.

El Compendio del obispo Schneider también aborda implícitamente la cuestión de las causas de la crisis actual, revelando las ambigüedades inherentes al propio Vaticano II y a los documentos posteriores, incluido el Catecismo de la Iglesia Católica , además de citar las contribuciones del Magisterio actual cuando está en continuidad con la fe y la Tradición de la Iglesia. En la lectura frecuente de estos documentos, a menudo se nos escapan afirmaciones que, examinadas más de cerca y en su verdadero significado, no son compatibles con la doctrina de la Iglesia o la diluyen de manera casi imperceptible.

Agradecemos a Monseñor Schneider por el excelente trabajo realizado y animamos a los lectores a adquirir el Compendio ya disponible en la editorial Sophia Institute Press o en Amazon, en inglés. Esperamos poder tenerlo pronto también en otros idiomas. Oramos para que pronto vuelva a brillar en la Iglesia la pureza de su doctrina, de su moral y de su liturgia, para que podamos distinguir sin duda el trigo de la cizaña, para mayor gloria de Dios y salvación de las almas.

Terminamos estas líneas citando el final del prólogo del autor del Compendio :

“Que los santos Apóstoles, Padres y Doctores de la Iglesia intercedan por todos los que utilizan este Compendio, para que puedan recibir muchos beneficios espirituales. Que la Santísima Virgen María, Madre de Dios y Madre tierna nuestra, dignamente invocada en la Iglesia como Destructora de todas las herejías y Trono de la Sabiduría, nos proteja con su manto materno y ruegue por nosotros para que seamos dignos de las promesas de su divino Hijo, el Verbo hecho carne, que está lleno de verdad y, estando en el Padre, nos ha revelado toda la verdad (cf. Juan 1, 14,18)”.

FUENTE: INFOCATÓLICA
Un Credo de cara a la apostasía de nuestro tiempo

sábado, 21 de octubre de 2023

Estamos en la última trinchera (Bruno Moreno)



Cada vez que uso un símil bélico para hablar de cuestiones de fe, hay algún lector que me lo reprocha, alegando que es un lenguaje poco pacífico y cristiano. No obstante, como no pretendo ser mejor que nuestro Señor, San Pablo y los santos, que también usaron esas comparaciones, me voy a permitir decirlo: la Iglesia está en la última trinchera.

Durante los últimos meses, el terrible conflicto entre rusos y ucranianos nos ha recordado a todos algo que habíamos olvidado desde la Primera Guerra Mundial: las tácticas de la guerra de trincheras. Cuando dos ejércitos se atrincheran frente a frente, no tienen cada uno una sola trinchera. Si así fuera, en cuanto uno de ellos consiguiera traspasar la trinchera del otro, la guerra estaría perdida para este último. La realidad es que los ejércitos construyen multitud de trincheras, con distintas formas, defensas y posiciones, de modo que unas defiendan a otras, las cubran con su fuego y, en caso de que las primeras hayan sido tomadas por el enemigo, las segundas puedan servir de base para recuperarlas. Es lo que se llama defensa en profundidad.

¿Por qué explico esto? Porque es lo que la Iglesia ha hecho durante siglos, pero parece haber olvidado en las últimas décadas. El núcleo de la fe, lo irrenunciable del catolicismo, no es algo aislado, sino que ha estado siempre rodeado, sostenido, defendido y manifestado por una serie de tradiciones, signos, costumbres, presupuestos, expresiones artísticas, argumentos racionales, posturas filosóficas, ritos, canciones, formas de hablar y otras muchas tradiciones que daban forma concreta a la cosmovisión católica del mundo y de la vida. Esto se plasmó visible e instucionalmente en aquella época gloriosa que fue la cristiandad, pero la Iglesia, de alguna forma, lo llevaba siempre consigo, también a los lugares y las épocas que no eran mayoritariamente católicos.





Todas estas tradiciones eran, de algún modo, las trincheras en la lucha contra el mundo, el demonio y la carne, que se protegían y cubrían mutuamente. La Iglesia no solo defendía, por ejemplo, el dogma de la Encarnación, sino que lo sustentaba con explicaciones filosóficas, lo manifestaba visible y orgullosamente en el arte cristiano, lo celebraba con innumerables fiestas y tradiciones populares, lo remachaba con jaculatorias y oraciones como el ángelus, lo meditaba en el rosario, lo plasmaba en la liturgia y condenaba expresamente los errores y herejías contrarios con los más duros términos. Al defender su fe, los fieles no se sentían solos, sino que contaban con ese entramado de trincheras entrelazadas en los campos filosófico, artístico, cultural, histórico, disciplinar, lingüístico, festivo y de costumbres, que ayudaban inmensamente en ese empeño.

Dicho de forma escolástica, los accidentes revelan y modifican la sustancia. Aunque hay partes del catolicismo que son sustanciales y otras que son accidentales, las segundas no son un lujo del que se puede prescindir sin más, porque manifiestan y protegen ese núcleo de la fe al que nunca se puede renunciar. En su mayor parte, cada una de esas tradiciones o trincheras es mutable y accidental, pero en conjunto y en la práctica resultan necesarias para que la vida católica no se diluya en la incredulidad del mundo y la Iglesia siempre fue consciente de ello.

En la época del Concilio Vaticano II, sin embargo, se produjo un cambio de mentalidad a este respecto. La Iglesia, fatigada de la lucha incesante de casi dos milenios, se preguntó: ¿y si lo que hace que el mundo nos odie son precisamente esas tradiciones, esas trincheras, que, a fin de cuentas, son prescindibles? ¿Y si el problema está en que luchamos contra el mundo en vez de llevarnos bien con él?¿Y si hubiera una guerra y nadie se presentara a combatir?¿Y si así se acabaran las divisiones con los “hermanos separados”?¿Y si esa fuera la forma de que todo el mundo acepte el cristianismo? Imagine, it’s easy if you try. Estas preguntas forman el núcleo de lo que se ha llamado “espíritu del Concilio”, que es el espíritu del progresismo triunfante, y fascinaron por completo a obispos, sacerdotes, religiosos y, en menor medida, a los fieles.

Sería muy largo explicar cómo pudo olvidarse en aquel momento que el mismo Jesucristo nos había explicado que siempre seríamos odiados por su causa, hiciéramos lo que hiciéramos. El caso es que las advertencias del Señor cayeron en el olvido y se produjo un estallido del optimismo más ingenuo y contagioso que se pueda imaginar: llegaba la primavera, un nuevo pentecostés, y todo iba a cambiar por fin. Este espíritu de optimismo fue, a mi juicio, mucho más importante en la práctica que el Concilio en sí, cuyos textos son bastante moderados, se mantuvieron en la ortodoxia y, en realidad, fueron olvidados enseguida y casi por completo. El espíritu conciliar, en cambio, transformó toda la historia posterior de la Iglesia. Entre otras cosas, volviendo al tema que nos ocupa, ese optimismo suscitó una urgencia insaciable por desmantelar todas las trincheras que nos habían legado veinte siglos de cristianismo.


Innumerables eclesiásticos se dedicaron con entusiasmo, y con gran éxito, a esa tarea. Quisieran o no quisieran los fieles (y a menudo no querían) fueron desmantelándose en todos los ámbitos las tradiciones que hasta entonces la Iglesia había considerado valiosas, aunque no fueran esenciales. Los resultados están a la vista de todos: las prácticas y expresiones visibles propiamente católicas han ido menguando hasta casi desaparecer. El arte cristiano se ha ido abandonando a marchas forzadas, hasta convertirse en algo irreconocible y, a menudo, incomprensible y feo. Ya no se conserva en la práctica una filosofía cristiana y la mayoría de los sacerdotes apenas conocen de oídas a Santo Tomás, San Agustín, Escoto o los demás grandes pensadores católicos. Los sacerdotes y religiosos se apresuraron a quitarse los hábitos, para “ser como los demás”. Los ayunos, abstinencias y sacrificios molestaban y se han reducido al mínimo o incluso se ha negado su utilidad. La necesidad de la confesión es cosa del pasado y mil veces más personas comulgan que se confiesan. La lista sería interminable, pero basta señalar que los católicos, en casi todo el mundo, son indistinguibles de los paganos: piensan igual, creen lo mismo, tienen la misma moral y votan igual que los que no creen.

El desmantelamiento, por supuesto, no fue uniforme ni ocurrió a la misma velocidad en todas partes. De hecho, aunque los clérigos en general lo fomentaron o al menos lo toleraron, diversas autoridades lo frenaron cuando consideraban que estaba en riesgo algún elemento esencial e irrenunciable. De todos es conocido que Pablo VI se enfrentó a la opinión generalizada entre el clero y en la sociedad y recordó solemnemente la inmoralidad de las prácticas anticonceptivas en la Humanae Vitae o la existencia del demonio y otras doctrinas de fe en el Credo del pueblo de Dios. Juan Pablo II hizo un esfuerzo titánico por mantener los principios de la moral católica (por ejemplo, con Veritatis Splendor), por proclamar que solo en Cristo hay salvación (Dominus Iesus), por defender la impopular verdad de que el sacerdocio está reservado a los varones y por impulsar la evangelización de todos los hombres. Benedicto XVI intentó recuperar lo que se había perdido en la liturgia mediante la convivencia y el enriquecimiento mutuo de la liturgia antigua y la nueva, a la vez que hablaba sin cesar contra el relativismo ambiente. Fueron intentos nobles, aunque algo desesperados, de dar marcha atrás en el camino. Dios les premie por ello.

Esas mismas autoridades, sin embargo, continuaban alimentando a la bestia progresista, creyendo ingenuamente que así, en algún momento, quedaría satisfecha y la Iglesia podría vivir en paz. Pablo VI permitió que conferencias episcopales enteras rechazaran la Humanae Vitae e incluso desautorizó a algún pobre obispo que disciplinaba a los sacerdotes que hacían lo mismo. Todos hemos leído anécdotas de cómo se horrorizaba por alguna de las riquezas del rito romano que habían derruido sin piedad los reformadores litúrgicos, pero aun así aprobó prácticamente todas sus reformas, incluso las más radicales e injustificadas. Juan Pablo II proclamó que únicamente en Jesucristo y en la Iglesia se encuentra la salvación, pero al mismo tiempo inauguró los encuentros de Asís, que eran quizá el peor signo en ese sentido que podía imaginarse. Los abusos litúrgicos se toleraron hasta convertirse en la norma de facto. Las universidades heterodoxas se hicieron mayoría. Benedicto XVI, que conocía mejor que nadie la apostasía de la Iglesia en Alemania, no hizo nada por solucionarla y dejó que la podredumbre siguiera avanzando. De forma particularmente misteriosa, todos esos Papas nombraron obispos y cardenales progresistas que no compartían la fe católica (ni siquiera los aspectos concretos de ella que esos mismos Papas resaltaron y defendieron valientemente) y que eran una verdadera bomba de relojería para la Iglesia. No era necesario que los nombraran ni nadie podía obligarles a ello, pero lo hicieron. De nuevo, es de suponer que bienintencionadamente pensaban que eso contentaría al progresismo, sin darse cuenta de que el progresismo, por su propia naturaleza, nunca se contenta con nada, porque su esencia está en el abandono de lo antiguo y tradicional para llegar a un futuro utópico que en realidad no se puede alcanzar.

Resumiendo y sin meternos en más detalles, esta caudalosa corriente impulsada por el espíritu progresista desde hace medio siglo ha ido acabando con todas las trincheras que defendían la fe de la Iglesia. A grandes rasgos, los Papas y la parte de la Iglesia que conservaba la fe solo se plantaron con cierta firmeza en lo irrenunciable, renunciando prácticamente a todo lo demás. Las trincheras no esenciales se fueron abandonando una a una sin combatir. Se pueden mencionar cientos de ellas: silenciamiento de las verdades más incómodas de la fe, abandono de los sacramentales, iglesias horrendas, secularización rutinaria de sacerdotes y normalización de la dispensa de los votos perpetuos religiosos, ordenación de personas con desórdenes psicológicos graves, cremación según los casos, venta o destrucción de ornamentos antiguos, procesos de nulidad vergonzosos, monaguillas, normalización de la convivencia “como hermanos” de los adúlteros, negación práctica de la doctrina a la vez que se afirma teóricamente, desplazamiento de la culpa personal a la culpa social, ridiculización de la modestia en el vestir, herejes “testigos del Evangelio”, idealización de las religiones no cristianas, olvido práctico del purgatorio, desprecio del derecho canónico como algo poco “pastoral”, abandono de novenas, rosarios, rogatorias, témporas, triduos y demás “antiguallas”, desprecio de la religiosidad popular tradicional, funerales para pecadores públicos, horror a las condenas, absolutización del “llevarse bien” con el mundo, abolición del latín (contra lo mandado por el Concilio), elogio de los regímenes laicos y laicistas, sacralización de la democracia… La lista es interminable.

El problema es que, ahora que se han abandonado todas las trincheras no esenciales, lo esencial se encuentra indefenso y el ataque del progresismo arrecia en lugar de amainar. Los enemigos de la Iglesia huelen su debilidad y atacan con más fuerza. Juan Pablo recordó los principios de la moral y definió de forma infalible y definitiva que solo los hombres podían ser sacerdotes, pero como abandonamos hace tiempo la trinchera de la formación sacerdotal ortodoxa y rigurosa, el Vaticano puede decir que esa prohibición definitiva es definitiva pero en realidad a la vez no es definitiva sino que hay que estudiar la cuestión (cf. reciente carta del Papa en respuesta a los dubia) y que los principios de la moral de Veritatis Splandor, pues según se mire, pero en realidad lo importante es que el fin justifica los medios (cf. Amoris Laetitia). La Dominus Iesus puede enseñar que solo hay salvación en Cristo y en la Iglesia, pero, después de años de encuentros de Asís, a los fieles no les extraña nada que el Papa Francisco diga que las religiones no cristianas son una riqueza querida por Dios, lo que les extraña es que alguien pueda creer lo contrario. Benedicto XVI recuperó la convivencia pacífica con la liturgia antigua, pero después de décadas en que la impresión que se dio era que cualquier Papa podía hacer lo que quisiera con la liturgia, ¿qué hay de extraño en que ahora un Papa borre de un plumazo lo que hizo su antecesor? Pablo VI escribió la Humanae Vitae y Juan Pablo II fundó la Pontificia Academia para la Vida, pero, si el único criterio de catolicidad es lo que diga el Papa del momento y no la tradición de la Iglesia, porque lo antiguo es por definición peor que lo moderno, ¿qué impide que otro Papa llene la Academia de abortistas y partidarios de la anticoncepción, señalando así con total claridad que lo que estaba prohibido puede desprohibirse? El sínodo amenaza con derribar muy sinodalmente lo que queda en pie. Después de décadas y décadas de nombrar a obispos heterodoxos, progresistas y blanditos, ¿quién levantará la voz para quejarse aunque esté en juego lo esencial? Ya lo hemos visto: media docena de pobres cardenales y obispos, la mayoría jubilados y ninguneados.


La Iglesia está en la última trinchera. Ya no queda nada más de qué desprenderse y los que aún conservan la fe contemplan, horrorizados, que la guerra, lejos de acabarse como se nos prometió, continúa, pero ahora nuestros soldados están acostumbrados a retirarse sin luchar y no saben cómo hacer otra cosa. Nuestros obispos callan, los sacerdotes agachan la cabeza, la mitad de los monjes se dedican a la televisión en vez de a rezar, cuando no luchan en el bando enemigo, y los teólogos, por la fuerza de la costumbre, ni se inmutan al escuchar las herejías más fuertes.

Estratégicamente y humanamente hablando, nuestra posición es insostenible, nuestras fuerzas escasas y nuestro futuro muy negro. Cualquiera nos aconsejaría rendirnos para no prolongar la agonía, pero, como decía el general Chesty Puller, “estamos rodeados, esta vez no se nos escaparán”. Solo nos queda una cosa y es la que no debemos olvidar: estamos en el bando del Rey eterno y nuestra bandera es la de Cristo, sumo capitán, que lleva en la mano un cetro de hierro para quebrar las naciones de la tierra. Junto a Él se encuentra la Señora, vestida de sol, radiante como un ejército en orden de batalla y vencedora de todas las herejías. A nuestro lado, aunque no los veamos, combaten ángeles, arcángeles y todos los santos de la historia de la Iglesia. Si Cristo está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? Christus vincit, Christus regnat, Christus imperat.

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Por si alguien quiere imaginarse cómo podrían ir las cosas en la Iglesia en el futuro más o menos próximo:



Nota personal: Yo leí este libro al poco de ser anunciado. Y es realmente bueno, tanto en la forma como en el fondo. Te atrapa desde el principio. Y estás deseando que llegue el siguiente capítulo para seguir leyendo. Y aunque es una novela, se dejan ver aquí muchos de los problemas que aquejan hoy a nuestra Iglesia.
José Martí
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NOTA1: Como habrán notado los lectores, ya que llevamos un par de días hablando de este tema he incorporado al artículo varias de las aportaciones de comentaristas como Luis, Luis Fernando, AJ, Vladimir, etc., empezando por el título, que está plagiado de Urbel.

NOTA2: Sé que el artículo es muy duro, pero no están los tiempos como para andarnos con paños calientes.

NOTA3: Sé también que en el artículo se critican algunas cosas de papas canonizados, pero fíjense las cosas que se dicen de San Pedro en el Nuevo Testamento. Lo cierto es que también los santos se equivocan, a veces muy gravemente.

Bruno Moreno

lunes, 2 de octubre de 2023

La gran inversión



El agua ha comenzado a hervir.

Una de las características que tienen los tiempos post cristianos que vivimos dentro de la Iglesia es la inversión. Sabemos que el demonio, en su envidia, busca imitar a Dios y lo hace en las antípodas, es decir, invirtiendo lo que Él hace con sabiduría (Prov. 3,19). Los ejemplos se multiplican semanalmente. Veamos algunos casos de las dos últimas semanas:

1. En esta entrevista, la mediática dominica de clausura Lucía Caram, amiga del Papa Francisco, dijo abiertamente que no hay ningún pecado en las relaciones sexuales con personas del mismo sexo, siempre que se hagan con amor. Además, asegura que el Papa Francisco acaba de nombrar como prefecto de un importantísimo dicasterio vaticano a un gay.

2. El presidente de la Conferencia Episcopal Alemana, Mons. Bätzing pidió al Vaticano que revea la medida que impide ordenar sacerdotes homosexuales que practican en secreto su sexualidad. Es decir, pidió que los sacerdotes homosexuales puedan ejercer libremente su sexualidad.

Hace quince años, nadie hubiese pensado que estaríamos viviendo semejantes tiempos de confusión. Ya no sólo se pide el matrimonio de los sacerdotes, sino que se pide la sexualidad libre para los sacerdotes, y para todo el mundo, sea como sea. La gravedad de lo dicho por estos personajes oscuros, y por lo que deberán rendir cuenta más pronto que tarde, es difícilmente mensurable. Por ejemplo, ¿cuál es el mensaje que llega a los buenos jóvenes católicos que viven en continencia y castidad sus noviazgos como manda la doctrina de la Iglesia? Que son unos reverendos imbéciles perdiendo los tiempos de la florida juventud en beaterías completamente superadas. ¡Abstenerse de relaciones sexuales de tipo heterosexual con la novio o novio a quien se ama! Pero ¿hay cosa más y santa linda que eso? ¡Qué idiotas!

Veamos un último ejemplo: el Papa Francisco asistió a la capilla ardiente donde se velaban los restos de Giorgio Napolitano, ex presidente de Italia, comunista y masón. No dio la absolución, ni bendijo el cadáver ni hizo ningún signo cristiano. La cabeza de la Iglesia y custodio de la fe niega el testimonio público de la fe en la vida venidera y priva al alma de un desgraciado de los auxilios que, aún después de la muerte, podría regalarle. Francisco es un personaje más del mundo, que tiene la particularidad de vestir de blanco, pero que no se diferencia en mucho más de cualquier otro líder global. Sí. Son inversiones que nos gritan, voz en cuello, que el agua ha comenzado a hervir.
Pero hay una inversión más profunda y grave; una inversión que escapa a la moral; una inversión teológica que nos delinea una nueva Iglesia. Un modo sencillo de explicarla es a través del artículo que el p. Antonio Spadaro, jesuita, publicó el 20 de agosto en un periódico italiano. Allí comenta el episodio evangélico de Mateo 7, 24-30:
Y he aquí una mujer cananea que había salido de aquella región clamaba, diciéndole: ¡Señor, Hijo de David, ten misericordia de mí! Mi hija es gravemente atormentada por un demonio. Pero Jesús no le respondió palabra. Entonces acercándose sus discípulos, le rogaron, diciendo: Despídela, pues da voces tras nosotros. Él respondiendo, dijo: No soy enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Entonces ella vino y se postró ante él, diciendo: ¡Señor, socórreme! Respondiendo él, dijo: No está bien tomar el pan de los hijos, y echarlo a los perrillos. Y ella dijo: Sí, Señor; pero aun los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos. Entonces respondiendo Jesús, dijo: Oh mujer, grande es tu fe; hágase contigo como quieres. Y su hija fue sanada desde aquella hora.

El jesuita Spadaro considera que Jesús fue “insensible. [...] La dureza del Maestro es inquebrantable. [...] La misericordia no es para ella. Está excluida. No se discute. [Jesús] responde burlona e irrespetuosamente a la pobre mujer. ‘No es bueno tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos’, es decir, a los perros domésticos. "Jesús aparece como cegado por el nacionalismo y el rigorismo teológico", escribe. Entonces la mujer replica diciendo que incluso los perritos comen las migajas que caen de la mesa de sus amos. El comentarista Spadaro continúa: ‘Unas pocas palabras, pero bien dichas como para trastornar la rigidez de Jesús, para conformarlo, para ‘convertirlo’ a sí mismo. [...] Y Jesús también aparece curado, y al final se muestra libre de la rigidez de los elementos teológicos, políticos y culturales dominantes de su tiempo”. En resumen, según el padre Spadaro, Jesús pecó por rigidez, pero luego se convirtió y fue curado. Jesús era, entonces, un pecador como todos los hombres. Una flagrante e impía herejía. Después de esta publicación, el Papa Francisco premió a su hermano jesuita nombrándolo subsecretario del Dicasterio para la Cultura y la Educación.

Pero la gravedad del hecho, a mi entender y tal como lo he hablado con amigos más sabios que yo, no reside tanto en la herejía que se vierte sino en que Spadaro está suponiendo que el Señor necesitó de otro, en este caso, de “otra” que ni siquiera era judía, para convertirse. Es decir, la conversión le vino por el diálogo y la escucha del “otro”, de cualquier “otro”, aún del “otro” más alejado de “mi verdad”. Jesús estaba enfermo de dureza y rigidez, y fue la palabra de una pagana la que lo curó. La enfermedad, entonces, no estaba en el pagano sino en el propio Cristo.

¿No es esto acaso lo que hemos estado viendo a lo largo de todo el pontificado de Francisco? Quien está enferma es la Iglesia, son los católicos, cargados de rigideces teológicas y con caras avinagradas; la “iglesia es pecadora”, dijo en su viaje de regreso de Mongolia; los sacerdotes son crueles y malvados; los católicos que rezan el rosario son pelagianos, los jóvenes que asisten a misa tradicional tienen problemas psicológicos, las monjas son solteronas y todos son una manga de rígidos. Y el problema reside en que no tienen diálogo. Se aferran a un Iglesia que ha ido acumulando a lo largo de los siglos una serie de mandatos, preceptos y seguridades que no son más que sedimentaciones de las que hay que desprenderse. Y para curarse de esa enfermedad la Iglesia necesita, como Jesús, del diálogo con el “otro”, y cuanto más “otro” sea, mejor, pues mayor será el remedio que podrá otorgarle. De aquí, entonces, la necesidad de diálogo y escucha, las que no son actividades buenistas sino que son el medio imprescindible para alcanzar la curación o, en otros términos, para convertirse. Porque la verdad, en realidad, no está en las anquilosadas fórmulas y preceptos de la Iglesia católica sino en la frescura de las verdades que residen en “otro”, que se convierte en fuente de revelación.

Consecuentemente, el “otro” ya no es el enemigo de la Iglesia; sus enemigos son otros. Lo dice el documento preparatorio para el sínodo en el n. 21. Allí habla de un actor “que se agrega” al diálogo sanador, y lo llama “el antagonista”, es decir, “el enemigo”, y es el que introduce en escena la separación diabólica de los otros actores (Jesús, el pueblo, los ministros). El cuarto actor es el que divide y se manifiesta en "las formas del rigorismo religioso, de la intimación moral que se presenta más exigente que la de Jesús, y de la seducción de una sabiduría política mundana que pretende ser más eficaz que el discernimiento de espíritus". Es decir, los “antagonistas”, los “demonios” de la nueva Iglesia somos nosotros, los católicos fieles a la doctrina de los Apóstoles y que nos fue enseñada por nuestros padres. Somos nosotros quienes venimos a dividir y enchastrar el diálogo entre la Iglesia y el mundo. Somos diablos, y como tales debemos ser perseguidos.

Se entiende, entonces, la obsesión francisquista por el sínodo y por la sinodalidad. Es este el modo de oficializar la escucha del “otro”, convertirlo en revelación y cambiar de ese modo definitivamente la doctrina de la Iglesia. Recordemos un hecho olvidado: el 15 de septiembre de 2018 Francisco promulgó el motu proprio Episcopalis communio por el cual establece que el Papa ya no puede escribir una exhortación apostólica postsinodal, sino simplemente confirmar las conclusiones del sínodo, que se convertirán automáticamente en magisterio. Lo que la escucha de los post-cristianos que asisten al sínodo que comienza hoy en Roma (obispos, sacerdotes, religiosas, laicos, católicos, paganos y ateos) y sobre los cuales revoloteará el Espíritu Santo, el año próximo pasará a ser parte del Magisterio de la Iglesia. De ese modo, ésta será curada de sus rigidices tal como lo fue su fundador.
Esta es la gran inversión. La verdad ya no está en la Iglesia de Cristo; está fuera de Ella. Ya no debe ser Ella la que enseña, sino la que se deja enseñar. Ya no es ella la que cura, sino la que necesita ser curada. Definitivamente, el agua está hirviendo.
Olivier Clerc contaba el caso de una rana que fue arrojada a una olla llena de agua a la cual se le iba aumentando la temperatura lentamente. Debido a que el aumento de la temperatura era progresivamente tan lento, la rana no pudo percibirlo durante gran parte del proceso. Cuando se dio cuenta del peligro y vio que el agua estaba hirviendo, ya era tarde. Si la rana hubiese entrado con el agua a altas temperaturas, habría saltado al percibir como un peligro continuar allí y habría escapado de la muerte.

En otro simil, el p. Santiago Martín, en su comentario de la semana pasada, habla del cáncer que finalmente se ha revelado. Explica que comenzó a gestarse con el modernismo, se agravó con la teología liberal y se derramó sobre la Iglesia durante el Concilio. Papas conservadores, como Juan Pablo II y Benedicto XVI, vieron el peligro y lucharon contra él pero, incomprensiblemente, promovieron a altos cargos a personajes que sustentaban tales doctrinas. Hoy, el desaguisado se hizo evidente. Por fin nos hemos dado cuenta que la Iglesia está enferma de gravedad, de un cáncer probablemente terminal. No queda más que esperar que actúen los anticuerpos, que los hay, y que Dios nos rescate.

Nobleza obliga… a todos: Estoy totalmente de acuerdo con el p. Martín pero creo que a todos nos obliga la nobleza de un reconocimiento: quien vio la enfermedad hace más de cinco décadas, quien percibió que había un tumor y que el mismo se estaba desarrollando y quien denunció la patología, fue Mons. Marcel Lefebvre. Lo dijo, y fue perseguido y tratado como un perro sarnoso.

Ya no es cuestión solamente de empecinarse en los latines, ya no es cuestión de desobediencias. Se trata de la supervivencia misma de la Iglesia.

martes, 26 de septiembre de 2023

¿Poder al pueblo o monarquía absoluta? Las contradicciones de Francisco (por Sandro Magister)



Están aflorando muchas contradicciones en la Iglesia Católica. Por un lado, se celebra un Sínodo sobre la sinodalidad, que extiende la participación en el gobierno de la Iglesia mucho más allá del Papa y de los obispos, también a sacerdotes, religiosos y laicos, hombres y mujeres. Pero, por otro lado, se asiste a un ejercicio de los poderes papales por parte de Francisco, más autoritario y monocrático que nunca.

Con una novedad adicional extemporánea, anunciada el 11 de septiembre por el nuevo prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, el argentino Víctor Manuel Fernández, quien, respondiendo por escrito a las preguntas de Edward Pentin para el “National Catholic Register”, asignó a Francisco “un carisma particular para salvaguardar el depósito de la fe, un carisma único, que el Señor dio sólo a Pedro y a sus sucesores”, pero del que nadie jamás había tenido noticias.

Se trata de “un don vivo y activo”, explicó Fernández, “que actúa en la persona del Santo Padre. Yo no tengo este carisma, ni lo tiene usted ni tampoco el cardenal Burke. Hoy sólo lo tiene el papa Francisco. Ahora bien, si usted me dice que algún obispo tiene un don especial del Espíritu Santo para juzgar la doctrina del Santo Padre, entramos en un círculo vicioso (en el que cada uno puede decir que posee la verdadera doctrina) y esto sería herejía y cisma. Recuerde que los herejes siempre creen conocer la verdadera doctrina de la Iglesia. Lamentablemente, hoy caen en este error no sólo algunos progresistas, sino también, paradójicamente, algunos tradicionalistas”.

Es difícil pensar en una extensión aún más desmesurada de la infalibilidad del Papa en materia de fe, afirmada por el Concilio Vaticano I dentro de límites extremadamente estrictos. Y, de hecho, el nuevo dogma inesperadamente enunciado por Fernández termino rápidamente bajo el fuego de una avalancha de críticas.

La más argumentada y estridente provino del campo conservador, en el blog “Caminante Wanderer”, escrito por un anónimo y culto erudito argentino.

Pero también en el bando opuesto, el progresista, el muy singular “carisma” del que, según Fernández, sólo estaría dotado Francisco fue rechazado sin apelación, precisamente porque es incompatible con los límites de la infalibilidad papal reafirmados por el Concilio Vaticano II. en la constitución dogmática “Lumen gentium”. Massimo Faggioli, profesor de teología en la Universidad de Villanova, escribió sobre esto en [la revista estadounidense] “Commonweal”.

Es por eso que sigue siendo aún más incomprensible la contradicción entre los poderes monocráticos ilimitados -de los que Francisco se considera cada vez más investido desde arriba, con el sello de su teólogo cortesano- y la contemporánea “democratización” de la Iglesia deseada por él con la nueva sinodalidad.

También en esta nueva forma del Sínodo Francisco cambió de ritmo durante su pontificado.

Volviendo al Concilio Vaticano II, en “Lumen gentium”, la Constitución dogmática del Vaticano II expresamente dedicada a la Iglesia, la palabra “Sínodo” aparece una sola vez y es sinónimo de la palabra “Concilio”, el cual reúne exclusivamente al Papa y a los obispos

Mientras que en los escasos documentos papales de las décadas siguientes en los que se repite la palabra “sinodalidad”, se refiere a cómo se practica en las Iglesias ortodoxas, es decir, el colegio de obispos reunidos con su patriarca o arzobispo mayor para ejercer la autoridad jerárquica sobre su respectiva Iglesia.

Peter Anderson, el erudito de Seattle que es un agudo observador de lo que ocurre en las Iglesias orientales y difunde las notas informativas más puntuales y bien documentadas sobre el tema, ha constatado que desde el Concilio hasta finales de 2013 sólo ha habido doce apariciones de la palabra “sinodalidad”: seis con Juan Pablo II, dos con Benedicto XVI y cuatro con Francisco.

De esto se deduce que, incluso en el primer año después de su elección como Papa, Francisco no se inclinaba en absoluto, al menos en sus pronunciamientos públicos, hacia una “democratización” de los Sínodos.

La primera vez que habló de “sinodalidad” fue el 28 de junio de 2013, dirigiéndose a la delegación del Patriarcado Ecuménico de Constantinopla. Y se refirió a la “reflexión de la Iglesia católica sobre la colegialidad episcopal”, para la que era bueno “aprender” de la “tradición de la sinodalidad tan típica de las Iglesias ortodoxas”.

La segunda vez fue en la homilía del día siguiente, festividad de los santos Pedro y Pablo, para augurar “armonía” entre el Sínodo de los Obispos y el primado del Papa.

La tercera fue en la entrevista de septiembre de 2013 con Antonio Spadaro, el director de “La Civiltà Cattolica”. Allí planteó por primera vez la idea de que “quizás sea hora de cambiar la metodología del Sínodo, porque la actual me parece estática”. Pero para repetir inmediatamente que es “de nuestros hermanos ortodoxos” que “se puede aprender más sobre el significado de la colegialidad episcopal y sobre la tradición de la sinodalidad”.

La cuarta vez fue en la exhortación apostólica “Evangelii gaudium” del 24 de noviembre de 2013, el documento programático de su pontificado, pero en el que nuevamente se limitó a decir que “en el diálogo con nuestros hermanos ortodoxos los católicos tenemos la posibilidad de aprender algo más sobre sobre el significado de la colegialidad episcopal y sobre su experiencia de la sinodalidad”.

Pero esto fue sólo el comienzo. En los años siguientes, para Francisco hubo todo un crescendo de anuncios y de decisiones que condujeron a la actual mutación de la forma del Sínodo, ahora tan alejado del modelo plurisecular todavía vigente en las Iglesias orientales como para motivar, de ese lado, la protesta de la que informó el anterior post de Settimo Cielo:

> El sínodo de Francisco no aprendió nada de los sínodos de las Iglesias orientales. Las objeciones de un obispo greco-católico

Al dar poder al “pueblo de Dios”, es decir, al ampliar la participación en los Sínodos, con derecho a voto, incluso a los simplemente bautizados, Francisco ha realizado ciertamente una innovación importante.

Pero una vez más en completa contradicción. Pues no fue un sínodo el que decidió el cambio, como pretende el nuevo curso “popular”, sino él solito, el Papa.

Falsos profetas quieren la Iglesia al servicio de la Agenda 2030: Cardenal Müller (por el padre Juan Razo)



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