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viernes, 15 de mayo de 2026

Problemas con el rito de consagración del Novus Ordo


Uno de los elementos significativos relacionados con la polémica decisión de la FSSPX. Aprovecho esta oportunidad para compartir un recuerdo. Hace años, cuando expresé mis inquietudes sobre los cambios en la fórmula de ordenación sacerdotal al entonces superior de la FSSP, me respondió lacónicamente: « No somos columnistas ». Aquí está el índice de artículos sobre la liturgia en la época de León XIII. Problemas con el rito de consagración del Novus Ordo:

Una carta abierta


En estos tiempos difíciles para la Iglesia, no podemos permanecer en silencio mientras se tambalean los cimientos del sacerdocio y del Santo Sacrificio. Las reformas introducidas bajo el pontificado de Pablo VI no fueron ajustes menores, sino una reconstrucción radical de los ritos sagrados de la Iglesia, llevada a cabo, como es bien sabido, con la ayuda de seis observadores protestantes, hombres que no compartían la fe católica en la Misa como verdadero sacrificio ni en el sacerdocio como realidad sacramental.

Desde el principio, se plantearon serias objeciones. Los cardenales Alfredo Ottaviani y Antonio Bacci advirtieron que el nuevo rito de la Misa, el llamado Novus Ordo Missae , estaba plagado de peligrosas ambigüedades —insinuaciones contra la fe misma— . Señalaron que la doctrina de la Presencia Real ya no se expresaba con claridad, que la naturaleza sacrificial de la Misa se oscurecía y que el papel del sacerdote se reducía a algo parecido al de un ministro protestante. Estas advertencias quedaron sin respuesta. Fueron ignoradas.

Poco después, en 1968 y 1969, se aplicó el mismo espíritu de reforma a los ritos de ordenación.(1) En su constitución Pontificalis Romani Recognitio , Pablo VI argumentó que los cambios tenían como objetivo clarificar y restaurar. Pero lo que vemos, en cambio, no es claridad: es omisión, dilución y, en algunos casos, un silencio peligroso donde la precisión es absolutamente necesaria.

Consideremos la ordenación sacerdotal. En el rito tradicional, la Iglesia habla inequívocamente: el sacerdote es ordenado para ofrecer el Santo Sacrificio de la Misa, perdonar los pecados y bendecir en el nombre de Cristo. Estos no son detalles secundarios; son la esencia misma del sacerdocio. Sin embargo, en el nuevo rito, estas facultades esenciales ya no se expresan claramente en la forma sacramental. En el mejor de los casos, se mencionan vagamente, e incluso entonces en partes opcionales de la ceremonia.

Peor aún, la forma definida por el Papa Pío XII en Sacramentum Ordinis ha sido modificada de tal manera que oscurece la conexión entre la gracia del Espíritu Santo y la investidura sacerdotal. Se ha suprimido una sola palabra — «ut» —, y con ella, la clara relación entre causa y efecto. Este cambio no es trivial. Afecta la validez y el significado mismo del sacramento.

Al abordar la consagración de obispos, la situación se torna aún más alarmante. El rito tradicional no deja lugar a dudas sobre la naturaleza del obispo: sucesor de los Apóstoles, poseedor de la plenitud del sacerdocio, investido con la autoridad para enseñar, santificar y gobernar. Esto se expresa claramente en oraciones, votos y símbolos.

En el nuevo rito, esta claridad desaparece.

El solemne juramento de fidelidad a la Sede Apostólica se sustituye por un lenguaje vago. Los votos firmes se convierten en meras «resoluciones». La profesión explícita de la fe católica se reduce a una simple pregunta. Incluso las atribuciones de un obispo, antes proclamadas abiertamente, ya no se enuncian explícitamente.

En cambio, encontramos expresiones ambiguas: el obispo como alguien que «sirve» más que que gobierna, cuya autoridad parece derivar más de la comunidad que de Dios. El énfasis se desplaza sutilmente de la institución divina a la función humana.

La oración de consagración en sí misma también suscita serias dudas. Pablo VI afirmó que provenía de fuentes antiguas, específicamente de la llamada Tradición Apostólica atribuida a Hipólito de Roma. Sin embargo, los estudiosos cuestionan tanto el origen como la fiabilidad de este texto. Aún más preocupante es que, en comparación con los auténticos ritos orientales, la nueva versión omite expresiones clave que claramente denotan el poder episcopal.

Esta ambigüedad no ha pasado desapercibida. El hecho de que la Iglesia Episcopal Protestante de Estados Unidos haya podido adoptar una forma similar en sus ritos debería justificar la preocupación católica. Un rito aceptable para quienes niegan el sacerdocio sacrificial no puede celebrarse fácilmente para salvaguardarlo.

Aquí debemos recordar el juicio del Papa León XIII en Apostolicae Curae , donde declaró nulas y sin efecto las órdenes anglicanas precisamente por defectos de forma e intención, defectos sorprendentemente similares a los que vemos ahora: ambigüedad, omisión y falta de expresión de la verdadera naturaleza del sacerdocio.

Otros cambios refuerzan el mismo patrón. Los elementos ricos y solemnes del rito tradicional —la detallada Profesión de Fe, la Letanía de los Santos completa, la clara concesión de autoridad— se reducen o se vuelven opcionales. Incluso los símbolos de autoridad, como el báculo pastoral, pierden su poderoso significado.

Todo esto se presenta bajo el pretexto de una «simplificación» y un «retorno a las prácticas antiguas». Pero este supuesto retorno a la antigüedad —lo que el Papa Pío XII condenó como arqueología en Mediator Dei— no es una verdadera restauración. Es una reconstrucción guiada por ideas modernas, no por el desarrollo orgánico de la Tradición.

Cabe preguntarse: ¿qué clase de sacerdocio se está formando? ¿Qué clase de obispos se están consagrando? Cuando se silencia el lenguaje del sacrificio, cuando se oscurece la autoridad, cuando la doctrina se da por implícita en lugar de proclamarse, el resultado es, en el mejor de los casos, confusión; y, en el peor, una erosión gradual de la fe misma.

Se nos dice que estas reformas eran necesarias. ¿Pero necesarias para qué? No para preservar lo que la Iglesia siempre ha enseñado. No para fortalecer la fe en la Presencia Real. No para salvaguardar el sacerdocio sacramental.

La verdad es difícil, pero hay que afrontarla: estos nuevos ritos no llevan las marcas de la continuidad, sino de la ruptura. Guardan un parecido inquietante con las mismas reformas protestantes que la Iglesia condenó.

En una crisis como esta, los fieles no pueden permitirse la indiferencia. No nos corresponde a nosotros redefinir el sacerdocio. No nos corresponde a nosotros vivir los sacramentos. Son realidades divinas confiadas a la Iglesia, para ser transmitidas intactas.

Lo sagrado no puede volverse repentinamente dudoso. Lo claro no puede volverse repentinamente oscuro.

El deber sigue siendo el mismo: mantenernos firmes en lo que la Iglesia siempre ha hecho, enseñado y creído.

Tradicional católico en Facebook
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Nota de la Iglesia y posconciliar

Fórmula preconciliar :

« Accipe potestatem offerre sacrificium Deo, Missasque celebrate, tam pro vivis, quam pro defunctis in nominate Domini .» (https://introibo.net/download/buecher/pontificale_romanum.pdf)

Recibe el poder de ofrecer sacrificios a Dios , celebra misas por los vivos y los difuntos en el nombre del Señor.

Nueva fórmula :

« Accipe oblationem plebis sanctae Deo offerendam. Agnosce quod ages, imitare quod tractabis, et vitam tuam mysterio dominicae crucis conforma .»

Recibe las ofrendas del pueblo santo (para ofrecer a Dios). La traducción que transcribo aquí, a la que se hace referencia en el enlace, dice: 

Para el sacrificio eucarístico . Sé consciente de lo que harás, imita lo que celebrarás, conforma tu vida al misterio de la cruz de Cristo. (https://sangaspare.it/riti-straordinari/rito-dellordinazione-presbiterale/)

Es emblemático que en la Carta Apostólica Apostolicae Curae (13 de septiembre de 1896), en la que León XIII trata sobre las ordenaciones anglicanas, las considere inválidas debido a un defecto de forma. 

Si la materia de este sacramento se considera la imposición de manos, la forma consiste en la fórmula de ordenación, que, para los anglicanos, está aún más diluida

«Recibe el Espíritu Santo». 

Para el Papa León XIII, tales palabras «no significan en absoluto con precisión el Orden del sacerdocio ni su gracia y poder, que en particular es el poder de “consagrar y ofrecer el verdadero Cuerpo y Sangre del Señor”» [cita del Concilio de Trento: DS 1771].

Tracemos un paralelismo...

viernes, 27 de febrero de 2026

El arzobispo Schneider revela detalles de su audiencia con León XIV



El sitio web InfoVaticana proporciona detalles de la audiencia privada entre Mons. Athanasius Schneider, Obispo Auxiliar de Astaná, y el Papa León XIV, que tuvo lugar el 18 de diciembre de 2026. En una entrevista con Robert Moynihan, transmitida por Urbi et Orbi Communications, Mons. Schneider compartió algunas de las conversaciones que tuvo con el Santo Padre.

Durante la entrevista, profundizó en el diagnóstico que presentó al Papa sobre la situación de la Iglesia, reiterando algunos puntos que ya había subrayado en enero, cuando mencionó la necesidad de una Constitución Apostólica para garantizar la paz litúrgica.

El obispo auxiliar explicó que el intercambio fue "abierto y cordial" y destacó, entre los temas tratados, tanto las heridas que percibe en la Iglesia como el impacto espiritual que la forma extraordinaria del Rito Romano ha tenido en muchos fieles, especialmente en los jóvenes.

Las cinco plagas que debilitan a la Iglesia

A continuación, el arzobispo Schneider presentó al Papa una lista de lo que él llamó las cinco principales plagas que afectan a la Iglesia hoy y que, en su opinión, requieren atención urgente:


1 - Confusión doctrinal, que erosiona la claridad del mensaje de fe y que podría abordarse con una profesión de fe solemne y vinculante.


2 - La anarquía litúrgica y el enfrentamiento en torno a la Misa en el Rito Romano, que ha generado divisiones al interior de la comunidad eclesial.


3 - Nombramientos episcopales cuestionables, con algunos obispos y cardenales que, dice, actúan con fines seculares en lugar de seguir la enseñanza tradicional de la Iglesia.


4 - La escasa formación sacerdotal, especialmente en doctrina, moral y liturgia, que, dice, ha debilitado la preparación de las futuras generaciones de sacerdotes.


5 - Dificultades que afectan a la vida contemplativa, incluyendo referencias a problemas que han surgido con respecto a la aplicación de la instrucción Cor orans a la vida de las monjas contemplativas.

La influencia de la misa tradicional en los jóvenes

Uno de los momentos más interesantes de la audiencia, según Monseñor Schneider, fue el relato del Papa sobre algunos jóvenes que habían experimentado su conversión a Dios a través de la Misa tradicional. El Pontífice mencionó este testimonio con una sonrisa, expresando su sorpresa por el poder espiritual que esta forma litúrgica ejerce sobre las generaciones más jóvenes.

La Sociedad de San Pío X

Durante la conversación, el arzobispo Schneider también abordó la situación de la Fraternidad San Pío X (FSSPX), enfatizando el derecho a advertir que ciertos pasajes del Concilio Vaticano II, un concilio pastoral, se han utilizado como un nuevo paradigma eclesial que, en su opinión, debe corregirse. Asimismo, afirmó que la Iglesia debe examinar honestamente las ambigüedades presentes en algunas expresiones del Concilio, en particular en temas como la libertad religiosa y la colegialidad, enfatizando que se trata de formulaciones pastorales y no de enseñanzas definitivas del Magisterio.

El obispo auxiliar declaró que sería una tragedia que la FSSPX permaneciera completamente separada de la Iglesia y que, si se perdiera este "brazo", la Iglesia quedaría dañada y desfigurada. Por lo tanto, instó a León XIV a actuar con magnanimidad, permitiendo al menos una integración parcial de la Fraternidad en la vida de la Iglesia sin que la cuestión doctrinal se convirtiera en un obstáculo.

El obispo Schneider fue muy claro al referirse a la postura del cardenal Víctor Manuel Fernández, quien exige que se resuelva el diálogo doctrinal antes de cualquier regularización canónica. El obispo calificó este enfoque de irrealista, excesivamente duro y carente de atención pastoral, ya que bloquea cualquier progreso práctico y prolonga una situación de tensión innecesaria.

En su opinión, la experiencia histórica demuestra que los procesos de reconciliación e integración no siempre comienzan con una resolución doctrinal completa, sino que pueden avanzar gradualmente, fomentando primero la comunión visible y dejando espacio para un diálogo teológico posterior más sereno y fructífero.

lunes, 5 de enero de 2026

Que nos devuelvan la misa. Con eso es suficiente



En algunos ambientes tradicionales suele afirmarse que sería suficiente con que el Papa liberara la misa tradicional e impidiera que los obispos persiguieran a sacerdotes y fieles. Y que después, haga lo que mejor la plazca en cuestiones doctrinales y disciplinares. Que establezca la pax liturgica; y después se ve el resto. La opinión puede parecer irracional e incluso egoísta. Sin embargo, en el fondo, lo que esta proposición afirma es que la crisis de la Iglesia se resolverá cuando se resuelva la cuestión litúrgica.O, dicho de otro modo, la crisis de la Iglesia es una crisis de fe, y la fe no se recuperará mientras no se recupere la liturgia. Yo estoy de acuerdo con esta postura e intentaré argumentarlo.

Un sacerdote argentino ya mayor, y que gastó toda su vida en la formación de sacerdotes como profesor de seminarios, y de seglares a través de sus libros, explicaba hace algunos años que, cuando comenzó junto a otros amigos su tarea de formación en la década de 1970, en medio de la gélida primavera conciliar, creyó que lo fundamental era formar en la verdadera doctrina y dejar para más adelante, en todo caso y si era necesario, el combate por la liturgia. Y confesaba que, pasado el tiempo, se daba cuenta que se habían equivocado. Y algo similar comenzó a ver el venerado padre Alberto Ezcurra un año antes de su prematura muerte. La formación intelectual en la “sana doctrina”, concretamente en la filosofía y la teología de Santo Tomás, no garantiza que se conservará la fe apostólica. Ayuda y mucho, sin duda alguna, pero no es suficiente y no es lo más importante. Esa fue la conclusión de estos dos sabios maestros.

Pero más allá de la opinión de estos sacerdotes, tenemos un ejemplo histórico bastante cercano. Cuando a fines del siglo XIX comenzaron las tímidas asonadas del modernismo, las que se hicieron más violentas a comienzos del XX, San Pío X decidió aplicar el remedio que se había aplicado siempre en la Iglesia: hachazos, prohibiciones e incluso persecuciones contra los modernistas. La medicina tuvo una eficacia efímera. Los modernistas se agazaparon en guaridas más o menos ocultas y permanecieron en silencio durante algunas décadas. Cincuenta años más tarde, se hacían con el poder de la Iglesia, poder que conservan hasta hoy, con más o menos tropiezos. No se trata de juzgar a un santo pontífice; se trata de aceptar la evidencia: la pureza doctrinal imprescindible para una fe ortho-doxa (doctrina correcta), en los tiempos actuales no se sostiene a base de excomuniones y, más importante aún, no garantiza su permanencia en el tiempo. La ortho-doxia (culto correcto), en cambio, es prioritario y antecedente a cualquier pretensión de restauración doctrinal. Y en esto, guste más o menos, hay que darle la razón a Mons. Marcel Lafebvre. [En su uso originario, δόξα significa ante todo “opinión” o “creencia”, evolucionó también a «doctrina». Más tarde, en la traducción griega de la Biblia (Septuaginta) y en el cristianismo primitivo, dóxa asumirá un sentido nuevo: “gloria”, “esplendor”, “majestad”, especialmente aplicado a Dios y, de ese modo, se lo asocia a «culto»]

La objeción más inmediata y obvia que surge es que aquellos modernistas que cooptaron el Vaticano II y decretaron la primavera celebraban la misa tradicional, es decir, era ortho-doxos, en tanto ofrecían el culto verdadero. Pero es aquí donde es fundamental recordar el misterio del fariseísmo, contra el que luchó Nuestro Señor, y que denunciaron en nuestros días Louis Bouyer y Leonardo Castellani, entre otros. Si se lee La descomposición del catolicismo, por ejemplo, queda claro que buena parte de los ministros de la Iglesia, al menos en la primer mitad del siglo XX, celebraban la ortho-doxia, el culto verdadero, como una mera ceremonia exterior, que solía pesarles, y por la que no guardaban ningún apego. Es sintomática la anécdota de aquel sacerdote que decía que tenían que terminar rápido de recitar el oficio divino para ir a rezar. La liturgia —Santa Misa y oficio— no eran obligaciones más o menos gravosas y aburridas, que venían añadidas a la tarea de ser sacerdote, la cual consistía en otra cosa. Por eso se entiende que haya sido muy escasa la resistencia a la reforma litúrgica; la mayor parte de los religiosos se plegó a ella no solamente sin chistar, sino de lo más alegres y aliviados.

Lo mismo dígase de la recta doctrina que se enseñaba en los seminarios. Y sobre esto no necesitamos entretenernos porque ya lo hemos hablado mucho en este blog. Basta leer, nuevamente, a Castellani, a Bouyer y a muchos otros para concoer en qué consistía y qué calidad tenía la formación en los seminarios preconciliares. Ni siquiera era tomista; era apenas una aproximación seca a la escolástica silogística memorizada en manuales escritos por jesuitas, que simplificaban la tarea a fin de memorizar fórmulas con las que se aprobaban fácilmente los exámenes. Y estoy ocurría tanto en un seminario de provincia de Hispanoamérica como en las universidades romanas. Me contento con reproducir un párrafo de Castellani:


El régimen del seminario iba en mi tiempo [se refiere al seminario de Devoto en la década del ’30, regenteado por los jesuitas] -y estimo que no ha cambiado mucho- a contrapelo del sentido común y la honradez natural: no se cumplían los mandatos y avisos de la Santa Sede, mientras se hacían grandes homenajes al “Día del Pontífice”. No se aprendía con seriedad ni se enseñaba con competencia; y el rector de entonces profesaba públicamente porque así le convenía a él -contra lo declarado por S.S. Pío XI en su encíclica Studiorum duce– que el “sacerdote no necesitaba ciencia sino piedad” -y había que ver lo que entendía él por piedad-; de modo que en su juicio los estudios eran como una manera de pasar el tiempo, hasta que llegara la ansiada hora de meter barba en cáliz… y ejercer el “ministerio”: el ministerio de la impartición de la Verdad, reducida así por él a la venta intensiva de ceremonias mágicas a cargo de una manga de empleados servilmente sometidos a la llamada “Jerarquía”, es decir, a la Gerencia. Una prueba de esto es que los exámenes eran una verdadera farsa, y los alumnos que allí se aplazaban por ignorantes eran promovidos muchas veces después por él sin más control ni trámite que el capricho de sus preferencias y sin más méritos que ser “confidentes del Rector”, y así en lo demás (Seis ensayos y tres cartas, Dictio, Buenos Aires, 1978, p. 194).

No se trata, por cierto, de plantear una dicotomía entre las dos acepciones de orthodoxia, ya que una lleva a la otra. Pero la que tiene prioridad, la que arrastra, es la entendida como culto correcto. En este sentido, es acertada la crítica que hacen muchos progresistas que se oponen al retorno de la misa tradicional, aduciendo que ese culto, esa doxa implica una teología distinta a la sancionada por el Vaticano II. Evidentemente, un sacerdote que celebra la misa tradicional difícilmente adherirá a la “iglesia sinodal” entendida en el sentido extremo que habitualmente tiene, o a Fiducia supplicans y demás yerbas de Tucho.

En los últimos tiempos estamos viendo ya de un modo irrefutable lo que sabíamos: Europa se suicidó, y lo que alcanzó Don Juan de Austria en Lepanto a precio de sangre cristiana, los europeos contemporáneos lo entregaron gratuita y alegremente en pocas décadas. Creo yo que es tarde para revertir la situación, sobre todo en algunos países como el Reino Unido, Alemania, Francia o Bélgica. Sin embargo, también creo que la única posibilidad de conservar focos de cristianismo sincero en el futuro que se avecina surgirá de los grupos tradicionales. La permanencia de la fe cristiana en Occidente no dependerá tanto de las facultades de teología y filosofía tomista que puedan existir y que puedan fundarse —lo cual es muy importante—, sino del retorno al culto centenario de la Iglesia, a la orthodoxia. Y se ve precisamente que ese es el fenómeno inocultable: los grupos de jóvenes que más crecen son los relacionados con la misa tradicional. Lo reconoció públicamente hace pocos días Mons. Luis Argüello, presidente de la Conferencia Episcopal Española. Sin embargo, tengo por seguro que ni él ni sus colegas harán nada al respecto. ¿Qué puede esperarse de un obispo, al que muchos peninsulares consideran el faro de la orthodoxia doctrinal de España, publicaba en su cuenta de X el saludo de Navidad con una cutre imagen creada con inteligencia artificial de sí mismo, vistiendo una especie de casulla guitarra, y sosteniendo en sus brazos al Niño Jesús que parecía que había arrebatado del pesebre. En resumidas cuentas, mientras lo boomers y los X no pasen a mejor vida, o a una residencia de ancianos, no debemos esperar mucho de la jerarquía. Esos focos nacerán como iniciativas de sacerdotes y de seglares convencidos y enamorados de la Verdad.

En resumen, la restauración de la fe cristiana, aún al estilo “profetizado” por Benedicto XVI como pequeñas fogatas encendidas en medio de la oscuridad de los tiempos que nos tocan vivir, se dará en torno a la ortho-doxia, al culto correcto y adecuado a Dios, el que se formó enriqueciéndose a lo largo de los dos mil años de historia cristiana.

Nota bene: estoy seguro que serán varios los lectores pensarán que si yo considero que la misa tradicional es el culto correcto u ortho-doxo, entonces el NO es un culto incorrecto, o hetero-doxo. No es eso lo que digo; y una vez más repito que la misa reformada por Pablo VI, celebrada según los libros litúrgicos aprobados por la Iglesia, es válida y rinde culto a Dios. Lo que sí digo también, es que es un culto simplificado, disminuido, empobrecido, fabricado artificialmente con poliester por un grupo de científicos en sus escritorios de eruditos. Ciertamente, puede enriqueceserse, dignificarse y sobrenaturalizarse. Es lo que quería hacer Benedicto XVI y no pudo, y tengo mis dudas de que esa empresa la retome León.

miércoles, 24 de diciembre de 2025

La Sexta constata el auge de la Misa tradicional

INFOVATICANA



Que la televisión generalista española La Sexta —a través de su programa La Sexta Columna— haya dedicado parte de su programa a explicar el auge de la Misa tradicional no es un detalle menor. Es, más bien, una señal de que un fenómeno que hasta hace poco se consideraba marginal empieza a ser lo bastante visible como para entrar en el radar de los medios generalistas, y además con una objetividad mayor de la previsible.

Un dato relevante del reportaje no es solo el enfoque, sino la constatación explícita del fenómeno desde dentro de la propia jerarquía. El presidente de la Conferencia Episcopal Española, Luis Argüello, hizo esta declaración en el propio programa: «los movimientos juveniles que más crecen son, precisamente, los vinculados a la liturgia tradicional». No se trata de una impresión externa ni de una lectura interesada, todas instancias son conscientes del fenómeno.

Junto a Argüello, el espacio recabó opiniones de «expertos» más o menos orientados como Cristina López Schlichting y Jesús Bastante. Pero el hecho merece subrayarse por un motivo simple: ninguno niega ya la existencia del fenómeno. Con matices y enfoques distintos, el punto de partida quedó fuera de discusión: hay un crecimiento real, especialmente entre jóvenes, y hay un interés social y eclesial que ya no se puede despachar con tópicos.

El programa recogió algunas de las claves que explican por qué esta liturgia atrae. Se habla de una mayor presencia de hombres en estas celebraciones, de la búsqueda de una diferenciación más clara entre lo sagrado y lo profano, y del atractivo de un ritual bimilenario que conecta con la continuidad histórica de la Iglesia. Para muchos jóvenes —y especialmente para familias jóvenes— el valor está ahí: no en una experiencia “a medida”, sino en algo recibido, estable, objetivo, que no depende del gusto del celebrante ni del clima cultural del momento.

En España, el fenómeno todavía no ha estallado de forma masiva. Existe, sí, una realidad creciente, pero concentrada: hitos como la peregrinación a Covadonga, y capillas o parroquias puntuales con una vida litúrgica y comunitaria notable. Aun así, todo indica que la tendencia está lejos de agotarse. En buena medida, todavía está empezando.

Fuera de nuestras fronteras el patrón ya es conocido. En Francia, en Estados Unidos y en otros países, la extensión de la liturgia tradicional ha ido acompañada de un dato pastoral difícil de ignorar: seminarios que vuelven a llenarse allí donde esta forma litúrgica ha encontrado espacio y normalidad. No es el único factor, pero sí un indicador recurrente: donde la liturgia se vive con densidad, hay más disponibilidad vocacional; donde se diluye el misterio, la llamada se vuelve más rara y frágil.

Que los medios generalistas empiecen a intuirlo es, de algún modo, un signo “irremediable” de que esto viene con fuerza. La agenda eclesial también lo refleja: el consistorio de cardenales del 7 y 8 de enero abordará este tema. Y mientras tanto, en el terreno cultural —que hoy pasa en gran parte por lo digital— el contenido asociado a la Misa tradicional acumula millones y millones de impactos en redes sociales, con una presencia especialmente intensa en generaciones jóvenes.

En el fondo, este retorno litúrgico expresa algo más profundo: una corrección generacional. Muchos jóvenes perciben que se heredó una forma de celebrar que, con frecuencia, se volvió blanda, excesivamente horizontal, superficial en símbolos, y pobre en lenguaje sagrado. Cuando la liturgia se convierte en una conversación informal o en un acto indistinguible de cualquier reunión social, deja de ofrecer lo que promete: trascendencia, misterio, orientación de la vida hacia Dios.

Eso ha tenido consecuencias. No solo en la estética o en la experiencia subjetiva, sino en la capacidad de engendrar vocaciones y de proponer una identidad cristiana robusta. Una liturgia que rebaja continuamente el listón tiende a producir comunidades debilitadas, con menos impulso misionero y menos atractivo para perfiles amplios. La percepción de muchos jóvenes es que esa dinámica ha contribuido a vaciar seminarios y a empobrecer la vida eclesial.

La Misa tradicional aparece, para ellos, como lo contrario: silencio, trascendencia, belleza objetiva, disciplina y un lenguaje simbólico que no pide permiso a la época. No ofrece una experiencia “personalizada”; ofrece un marco que educa, exige y sostiene. Y precisamente por eso, en un tiempo de dispersión y fatiga cultural, resulta extrañamente liberador.

Por todo ello, el retorno de la liturgia tradicional no parece una moda pasajera ni un capricho minoritario. Es un síntoma de cambio de ciclo. Y la pregunta que se abre para la Iglesia en España ya no es si existe este fenómeno —porque incluso en La Sexta se ha narrado con claridad y con la propia declaración de Argüello dentro del programa—, sino cómo sabrá encauzarlo: con inteligencia pastoral, sin caricaturas y sin miedo a reconocer que, para una parte creciente de la juventud católica, la tradición no es un refugio, sino una promesa de futuro.

domingo, 14 de diciembre de 2025

A 60 años del Concilio: ¿Dónde quedó la «Misa del Vaticano II»?



Hace sesenta años, en diciembre de 1965, el papa Pablo VI celebraba en la plaza de San Pedro la Misa que clausuraba solemnemente el Concilio Vaticano II. Aquella liturgia, recordada por los testigos como sencilla y participativa, fue presentada entonces como una aplicación visible de la Sacrosanctum Concilium, la Constitución conciliar sobre la sagrada liturgia.

Sin embargo, como recuerda The Catholic Herald, aquella Misa no se parecía en nada a lo que hoy suele identificarse como la “Misa del Vaticano II”. Se trataba de una celebración esencialmente tradicional, en latín, con canto gregoriano y con algunas simplificaciones prudentes, aprobadas explícitamente por los Padres conciliares, que nunca imaginaron una ruptura con el Ordo Missae heredado de siglos, ¿o sí?

La reforma de 1965: continuidad, no ruptura

Durante 1965 se introdujo un nuevo Ordinario de la Misa, publicado oficialmente por la Santa Sede en enero de ese año. Fue recibido entonces como la reforma solicitada por el Concilio. Sus cambios —simplificación de gestos, ampliación del número de prefacios, algunas oraciones en voz alta, participación verbal de los fieles— habían sido debatidos y aprobados por los obispos, bajo una premisa clara: el Ordo Missae tradicional debía conservarse.

Ni la celebración versus populum, ni la comunión en la mano, ni la completa sustitución del latín por las lenguas vernáculas fueron propuestas ni votadas en el aula conciliar. El latín debía mantenerse, permitiéndose el uso limitado de la lengua local en determinadas partes.

Pablo VI y la “nueva forma de liturgia”

El 7 de marzo de 1965, Pablo VI celebró públicamente esta Misa reformada en una parroquia romana y afirmó: “Hoy inauguramos la nueva forma de la liturgia en todas las parroquias y las iglesias del mundo”. No se trataba, para el Papa, de una etapa provisional ni de un tránsito hacia algo radicalmente distinto.

El elemento verdaderamente revolucionario de aquella celebración fue el uso amplio del italiano, autorizado de forma rápida y expansiva por los organismos encargados de aplicar la reforma, especialmente el Consilium, dirigido por monseñor Annibale Bugnini, quien más tarde presumiría de haber dado una interpretación “amplia” al principio conciliar del uso del vernáculo.

Del desarrollo orgánico a la “liturgia fabricada”

Mientras los obispos regresaban a sus diócesis tras el Concilio, el Consilium avanzaba ya hacia un proyecto muy distinto: la llamada “Misa normativa”, que acabaría dando lugar al Novus Ordo promulgado en 1969. Aquellos borradores ya no buscaban preservar el rito heredado, sino construir uno nuevo, utilizando el antiguo como simple material de referencia.

Desaparecían el Confiteor inicial, el Orate fratres, los gestos sacrificiales; se cuestionaba incluso el Canon Romano y se preparaban nuevas plegarias eucarísticas. El entonces cardenal Joseph Ratzinger describiría más tarde este proceso como el paso de una liturgia fruto del crecimiento orgánico a una “liturgia fabricada”, producto de laboratorio.

Una reforma más allá de lo que el Concilio quiso

Cuando en 1969 se promulgó el nuevo Misal, los cambios superaban ampliamente lo aprobado por el Concilio: nuevas plegarias eucarísticas, un ofertorio teológicamente empobrecido, una drástica reducción de signos y una reconfiguración completa del calendario litúrgico. Incluso Pablo VI tuvo que intervenir personalmente para conservar algunos elementos tradicionales, aunque muchos quedaron como simples “opciones” rápidamente abandonadas.

Diversos Padres conciliares expresarían después su desconcierto. El cardenal John Heenan escribió que los cambios habían sido “más radicales de lo que pretendían el Papa Juan XXIII y los obispos”. Otros, como el obispo Ignatius Doggett, hablaron sin rodeos de una reforma “secuestrada” y transformada en algo que nunca se debatió ni aprobó.

Cuestionar el rito moderno no es traicionar al Concilio

A la luz de estos hechos, el artículo subraya una conclusión incómoda: el Misal de 1970 no es la Misa que pidió el Vaticano II. Es un producto posterior, válido sacramentalmente y autorizado por el Papa, pero nacido de una interpretación ideológica y expansiva de la Constitución conciliar.

Por ello, cuestionar el rito moderno o reclamar una “reforma de la reforma” —como hicieron Ratzinger y Benedicto XVI— no implica deslealtad al Concilio, sino, en muchos casos, fidelidad a lo que realmente aprobaron sus Padres.
El atractivo persistente del rito tradicional

Paradójicamente, sostiene The Catholic Herald, es en la celebración de los ritos tradicionales donde hoy se encuentra con mayor claridad aquello que el Concilio deseaba: participación plena, consciente y fructuosa en una liturgia recibida, no fabricada. Especialmente entre los jóvenes, crece el interés por una forma de la Misa que conserva continuidad doctrinal, riqueza simbólica y sentido del sacrificio.

Sesenta años después, la pregunta sigue abierta: ¿es posible recuperar la auténtica “Misa del Vaticano II”? Todo indica que, sin una revisión profunda de la reforma posterior, esa aspiración seguirá siendo una asignatura pendiente.

martes, 28 de octubre de 2025

Cupich convierte la Misa en un proyecto social con ayuda de Vatican News




El cardenal Cupich ha vuelto a hablar, y como siempre, lo hace para explicar a los fieles que la liturgia no trata de Dios, sino de los pobres. Su comentario en Vatican News sobre la exhortación Dilexi te de León XIV es una demostración más de esa enfermedad moderna que convierte el altar en un escenario sociológico y la Eucaristía en un instrumento de ingeniería moral. Dice Cupich que el Concilio Vaticano II fue un “hito” en la comprensión del lugar de los pobres en la Iglesia, y que esa conciencia inspiró también la reforma litúrgica. Traducido: que la Misa debía dejar de parecer una adoración a Dios y pasar a ser una asamblea entre iguales.

Para él, la “noble sencillez” de Sacrosanctum Concilium consistía en desprenderse de los signos de trascendencia, de la lengua sagrada, del silencio, de la orientación al Señor. Todo eso le parece “espectáculo”, porque en el fondo no cree que en el altar ocurra nada. Y cuando uno deja de creer en la Presencia Real, no queda más que la coreografía. Si Cristo no está realmente ahí, si no hay sacrificio, si el altar no es Calvario, entonces la Misa se convierte en una reunión benéfica, un gesto simbólico, un “proyecto de solidaridad con la humanidad”, como él mismo dice.

Cupich habla de “purificar la liturgia de elementos espectaculares”. Pero lo que llama espectáculo es precisamente lo que la Iglesia siempre ha llamado adoración. La genuflexión, el incienso, el canto, el silencio: todo lo que apunta hacia Dios le resulta incómodo porque revela lo que él no soporta admitir, que la Misa es un acto divino, no humano. En su teología, los pobres desplazan a Cristo; en la de la Iglesia, los pobres son amados por Cristo. Es una diferencia de fe, no de sensibilidad.

Por eso insiste en que la liturgia debe ser “una escuela de paz” y “un proyecto de solidaridad”. No se da cuenta de que lo dice un obispo con chófer, rodeado de mármol y micrófonos, mientras desprecia la piedad silenciosa de los fieles que rezan el rosario y asisten al rito que él aboliría si pudiera. Su Iglesia de los pobres es la de los clérigos satisfechos que viven del sentimentalismo pastoral y de las subvenciones estatales.
No, Eminencia: la Misa no es una escuela de convivencia, ni un taller de justicia social. La Misa es el Sacrificio de Cristo, que se ofrece al Padre por la salvación del mundo. Y precisamente porque creemos en la Presencia Real, porque sabemos que ese Pan es Dios, los católicos pobres y ricos, sabios e ignorantes, nos arrodillamos ante Él. Si Cupich y los suyos no lo hacen, no es por humildad: es porque no creen que haya nadie ante quien arrodillarse.
La liturgia no se hizo para parecer simple, sino para ser sagrada. Y la pobreza que importa no es la sociológica, sino la de espíritu, la del publicano que no se atreve a levantar los ojos al cielo. Si Cupich de verdad creyera que Cristo está en el altar, no hablaría de “noble sencillez” sino de santo temor. Pero es más fácil hablar de los pobres que del Misterio.

Por eso su artículo no es una reflexión, sino una confesión involuntaria: la confesión de que ha perdido la fe en la Presencia Real. Los que sí creemos que el Cuerpo de Cristo está ahí, seguiremos adorando de rodillas, aunque a Cupich le parezca demasiado “espectacular”.

viernes, 28 de abril de 2023

Los cardenales Roche y Cantalamessa lo confirman: el rito de Paulo VI corresponde a una nueva teología


 



Los cardenales Arthur Roche y Raniero Cantalamessa han reconocido de modo indirecto (tal vez involuntariamente) lo que los críticos del Novus Ordo Missae de Paulo VI llevan más de cincuenta años diciendo: que el nuevo rito corresponde a una nueva teología que «se aleja de manera impresionante, en conjunto y en detalle, de la teología católica de la Santa Misa, tal como fue formulada en la XXII Sesión del Concilio de Trento» [1].

El 19 de marzo pasado, al ser interrogado por sus compatriotas de la radio BBC sobre las restricciones a la celebración del rito latino tradicional, el prefecto del Dicasterio para el Culto divino declaró: «Como ustedes saben, la teología de la Iglesia ha cambiado. Antes el sacerdote representaba, a distancia, a todo el pueblo: [los fieles] se canalizaban a través de esta persona que era la única que celebraba la Misa. No es sólo el sacerdote el que celebra la liturgia, sino también los que están bautizados [junto] con él; ¡nada menos!» [2] [Todo lo destacado en negrita lo hemos resaltado nosotros.]

Pocos días más tarde, en el cuarto sermón de Cuaresma para la Curia Romana, el cardenal Cantalamessa, Predicador de la Casa Pontificia, remachó: 
 
«La liturgia católica se ha transformado, y en poco tiempo ha pasado de ser una acción con una marcada impronta sagrada y sacerdotal a ser una actividad más comunitaria y participativa, donde todo el pueblo de Dios tiene su parte, cada uno con su propio ministerio […]
 
»Al comienzo de la Iglesia y durante los tres primeros siglos, la liturgia era verdaderamente una liturgia, es decir, la acción del pueblo (laos, pueblo, es uno de los componentes etimológicos de leiturguía). De san Justino, de la Traditio Apostolica de san Hipólito y de otras fuentes de la época, obtenemos una visión de la Misa ciertamente más cercana a la reformada de hoy que a la de siglos atrás. ¿Qué pasó después de eso? La respuesta está en una palabra molesta que no podemos evitar: ¡clericalización! En ninguna otra esfera se ha observado más claramente que en la liturgia.
 
»El culto cristiano, y de modo especial el sacrificio eucarístico, se transformó rápidamente, en Oriente y Occidente, y dejó de ser una acción realizada por el pueblo para ser una actividad del clero.» [3].

¿Es conforme al dogma católico decir que el sacrificio eucarístico es una acción realizada por el pueblo y que pasó a ser primordialmente una acción del clero por culpa de una clericalización improcedente? Claro que no. En la Santa Misa, el celebrante no es un mero presidente de la asamblea, sino el único sacerdos que ofrece el sacrificio in persona Christi.

Para zanjar cualquier duda, basta leer lo que dijo al respecto Pío XII en su encíclica Mediator Dei: 
«Sólo a los Apóstoles y a los que, después de ellos, han recibido de sus sucesores la imposición de las manos, se ha conferido la potestad sacerdotal, y en virtud de ella, así como representan ante el pueblo a ellos confiado la persona de Jesucristo, así también representan al pueblo ante Dios» (n° 54).
Por eso, en la Santa Misa, «el sacerdote representa al pueblo sólo porque representa la persona de nuestro Señor Jesucristo, que es Cabeza de todos los miembros por los cuales se ofrece; y que, por consiguiente, se acerca al altar como ministro de Jesucristo, inferior a Cristo, pero superior al pueblo (San Roberto Belarmino, De missa, II c.l. ). El pueblo, por el contrario, puesto que de ninguna manera representa la persona del divino Redentor ni es mediador entre sí mismo y Dios, de ningún modo puede gozar del derecho sacerdotal» (n° 104).

Sin duda, es importante que los fieles presentes participen en el sacrificio del altar con los mismos sentimientos que tuvo Jesucristo en la Cruz y que «ofrezcan aquel sacrificio juntamente con Él y por Él, y con Él se ofrezcan también a sí mismos» (n° 99).

Pero, para evitar todo equívoco, Pío XII reitera que «por el hecho de que los fieles cristianos participen en el sacrificio eucarístico, no por eso gozan también de la potestad sacerdotal» (n° 102).

La insistencia del papa Pacelli era necesaria, porque ya entonces algunos pretendían erróneamente «que el precepto que Jesucristo dio a los Apóstoles en su última cena, de hacer lo que Él mismo había hecho, se refiere directamente a todo el conjunto de los fieles» y juzgaban que «el sacrificio eucarístico es una estricta concelebración» (n°103).

Contra ese error, la Mediator Dei enseñaba que «aquella inmolación incruenta con la cual, por medio de las palabras de la consagración, el mismo Cristo se hace presente en estado de víctima sobre el altar, la realiza sólo el sacerdote, en cuanto representa la persona de Cristo, no en cuanto tiene la representación de todos los fieles» (n°112).

De ahí que no se puedan condenar las misas privadas sin participación del pueblo, ni la celebración simultánea de varias misas privadas en diferentes altares, invocando erróneamente «el carácter social del sacrificio eucarístico» (n° 118) [4]

Esos extractos de la gran encíclica litúrgica de Pío XII demuestran que, mal que le pese al cardenal Cantalamessa, la escarnecida clericalización de la Santa Misa no es fruto de un deterioro humano producto de la historia, sino de un designio divino. Jesús instituyó el sacrificio eucarístico y el sacerdocio ministerial simultáneamente, y otorgó a sus ministros el privilegio exclusivo de renovarlo sobre los altares de manera incruenta hasta la consumación de los tiempos.

Conviene observar, además, que el predicador de la Casa Pontificia metió sus sandalias de capuchino en arenas movedizas al declarar que las primeras comunidades cristianas tenían «una visión de la Misa ciertamente más cercana a la reformada de hoy que a la de siglos atrás». Si eso fuera cierto, cabrían dos posibilidades:

• En el mejor de los casos, el concepto encarnado en la nueva Misa de Paulo VI representaría una regresión teológica porque desde el primer tercio hasta la segunda mitad del siglo XX hubo un «desarrollo orgánico» del Depósito de la Fe en lo que se refiere al sacerdocio y el Sacrificio del Altar; es decir, que se entiende mejor su sentido teológico. En efecto, «la superación del pasado reciente para recuperar el más antiguo y original» no es un «enriquecimiento» [5], como afirmó el cardenal Cantalamessa, sino un empobrecimiento, ya que oculta a la Iglesia la luz que emana de las definiciones dogmáticas de varios concilios ecuménicos sobre la Misa: el Segundo de Nicea, el Cuarto de Letrán, el de Florencia y (principalmente) el de Trento, así como del fulgor que irradiaron sobre ella muchos gigantes de la teología y de la devoción eucarística; santos como Tomás de Aquino, Roberto Belarmino, Leonardo de Puerto Mauricio y Pedro Julián Eymard.

• En el peor de los casos, la visión de la Misa encarnada en el Novus Ordo Missae de Paulo VI representaría una ruptura teológica con los dogmas de fe definidos «en los siglos que nos precedieron», y que sustentan el supuesto concepto clericalista del sacerdocio y la Eucaristía que conforma la Misa tradicional en latín, cuya estructura, hasta el Novus Ordo Missae de 1969 del papa Paulo VI, permaneció prácticamente inalterada desde los cambios realizados por los papas San Dámaso I (m. 384) y San Gregorio I (m. 604) .

El cardenal Arthur Roche parece entenderlo de esta forma. Para él, «la teología de la Iglesia ha cambiado».

Infelizmente, el nuevo rito de Paulo VI no sólo significa un cambio de teología en lo que respecta a la supuesta clericalización de la liturgia antigua. Después de la publicación de Desiderio desideravi, mostré que los principios que invoca el papa Francisco en defensa de la reforma litúrgica contradicen la Mediator Dei en varios aspectos. En particular, destaqué los siguientes:

1. La inversión sistemática entre el fin primario de rendir culto a Dios y el fin subsidiario de santificar las almas [6];

2. El oscurecimiento de la centralidad de la Pasión redentora, en beneficio de la Resurrección gloriosa [7];

3. La acentuación del memorial en desmedro del sacrificio [8]; y

4. La degradación del sacerdote celebrante, que se convierte en presidente de la asamblea [9].

En vista de esos cambios radicales, me preguntaba si la nueva misa de Paulo VI se correspondía con la fe de siempre [10]. Los cardenales Roche y Cantalamessa acaban de reconocer que es una forma de entender la liturgia, porque la teología de la Iglesia en relación con la Misa habría cambiado.

Antes que esos ilustres purpurados, esos conspicuos representantes del progresismo francés, Alain y Aline Weidert, habían declarado lo mismo. En el periódico La Croix, publicaron un artículo de encomio al motu proprio Traditionis custodes, bajo el expresivo título: «La fin des messes d’autre “foi”, une chance pour le Christ ! » (El fin de las misas de otra fe, una oportunidad para Cristo; es un juego de palabras: autre foi –otra fe– y autre fois —antes, en otro tiempo–;en ambos casos, la fonética no varía).

No abordaron la supuesta clericalización de la liturgia tradicional en menoscabo del pueblo, sino que se centraron en la transición de la Misa como sacrificio propiciatorio a la Misa como celebración eucarística y jubilosa de la Alianza: «El espíritu de la liturgia de otra fe, su teología, las normas de la oración y de la Misa de antes (la lex orandi del pasado), ya no pueden, sin discernimiento, seguir siendo las normas de la fe de hoy, su contenido (nuestra lex credendi). […]
 
»Una fe que derivase todavía de la lex orandi de ayer, que hizo del catolicismo la religión de un dios perverso que hace morir a su hijo para aplacar su ira, una religión de un mea culpa y una reparación perpetuos, conduciría a un antitestimonio de fe, a una imagen desastrosa de Cristo. […]
 
Lamentablemente, nuestras misas [tradicionales] siempre se caracterizan por un señalado carácter expiatorio de finalidad propiciatoria para aniquilar los pecados (mencionados 20 veces), alcanzar nuestra salvación y salvar las almas de la venganza divina. “Propiciación’ que las comunidades Ecclesia Dei defienden con uñas y dientes, con sus sacerdotes sacrificadores, formados para hablar del Santo Sacrificio de la Misa, que es una verdadera inmolación.» […]

Prosiguen los Weidert: «Si queremos poder ofrecer algún día o una fe y una práctica cristiana atractivas, debemos aventurarnos, mediante la reflexión y la formación, a descubrir un fondo aún inexplorado (sin explotar) de la salvación por Jesús, no poniendo en primer lugar su muerte contra (“por”) los pecados sino su existencia como Alianza. Porque, “en efecto, su humanidad, unida a la persona del Verbo, fue instrumento de nuestra salvación” (Vaticano II, Sacrosanctum concilium, 5). ¡La opción es clara! No entre sensibilidades y estéticas religiosas diferentes, sino entre sacrificios interminables para borrar los pecados y Eucaristías que sellan la Alianza/Cristo» [11].
 
«Cuánta razón tuvo el papa Francisco al afirmar en Desiderio desideravi que sería banal leer las tensiones, desgraciadamente presentes en torno a la celebración, como una simple divergencia entre diferentes sensibilidades sobre una forma ritual». [12]

De hecho, los cardenales Roche y Cantalamessa acaban de concordar volens nolens con furibundos modernistas como el matrimonio Weidert, que considera que el rito de S. Pío V es la misa de «otra fe».

Siendo así, en el Vaticano no pueden extrañarse de que la fidelidad al Depósito de la Fe obligue a los católicos tradicionalistas a resistir sin cejar una legislación litúrgica ilegítima, que pretende imponer una construcción litúrgica artificial (Ratzinger dixit), y se aparta en puntos esenciales de los dogmas definidos en el Concilio de Trento, mientras se restringe gradualmente, hasta su extinción, un rito santo de la Misa que se desarrolló armónicamente a lo largo de los siglos.

José Antonio Ureta

1. Cards. A. Ottaviani y A. Bacci, carta a Paulo VI, introductoria del Breve estudio crítico del Novus Ordo Missae.

2. BBC, March 19, 2023

3. http://www.cantalamessa.org/?p=4080&lang=es

4. Pío XII, encíclica Mediator Dei (Nov. 20, 1947), Vatican.va

5. Cantalamessa, Mysterium Fidei!

6. Una crítica doctrinal de Desiderio desideravi: La primacía de la adoración

7. Oscurecimiento de la centralidad de la Pasión redentora

8. Del sacrificio del Calvario al recuerdo de la Presencia

9. De sacerdotes del Sacrificio a presidentes de asambleas

10. ¿El Novus Ordo como arma para promover “otra fe”?

11. Aline y Alain Weidert, en La Croix, 10-02-2022,

12.https://www.vatican.va/content/francesco/es/apost_letters/documents/20220629-lettera-ap-desiderio-desideravi.html, n° 31.

miércoles, 5 de abril de 2023

La persecución de Roma contra la Misa tradicional es la cuestión más importante en el mundo actual



Como Michael Matt destacó en su reciente Remnant Underground, los gobiernos tiránicos han prohibido ocasionalmente la Misa Tradicional porque han odiado la inmutable Fe Católica que encarna. La Iglesia, para que les imitemos, siempre ha presentado los santos ejemplos de aquellos católicos que han arriesgado su libertad, e incluso sus vidas, para preservar la Misa frente a tal persecución. Hoy, sin embargo, aquellos que pretenden ser la jerarquía católica en Roma nos han dado una señal inequívoca de que estos tiempos están diabólicamente desorientados: están intentando hacer más para proscribir la Misa tradicional que lo que los gobiernos tiránicos han sido capaces de hacer nunca.

Como los católicos informados comprenden, la prohibición de la Misa no sería un signo de desorden tan profundamente maligno si no fuera por la Constitución Apostólica de San Pío V de 1570, Quo Primum, que dejó inequívocamente claro que «en adelante, ahora y para siempre, en todas las provincias del mundo cristiano» la Misa tradicional debía ser la única forma aprobada, aparte de los ritos que ya habían estado en uso durante mucho tiempo:"Este nuevo rito es el único que debe usarse, a menos que la aprobación de la práctica de decir Misa de otra manera haya sido dada en el mismo momento de la aprobación y constitución de esa iglesia por la Sede Apostólica hace al menos 200 años, o a menos que haya prevalecido una costumbre de un tipo similar que haya sido seguida continuamente por un período de no menos de 200 años, casos que en su mayor parte Nos no rescindimos en modo alguno la prerrogativa o costumbre mencionadas.”

San Pío V no había ideado un «nuevo rito», sino que se había embarcado en un laborioso proceso de estudio y codificación de lo que había estado vigente durante siglos:"Decidimos confiar este trabajo a hombres doctos de nuestra selección. Ellos cotejaron muy cuidadosamente todo su trabajo con los códices antiguos de Nuestra Biblioteca Vaticana y con códices fiables, conservados o enmendados de otros lugares. Además de esto, estos hombres consultaron las obras de autores antiguos y aprobados concernientes a los mismos ritos sagrados; y así han restaurado el Misal mismo a la forma y rito originales de los Santos Padres."

Cuando se vean obligados a elegir entre esta santa y antigua Misa tradicional que ha nutrido a los santos por un lado, y el siempre cambiante y perpetuamente irreverente Novus Ordo Missae que nos ofrecen apóstatas por el otro, ¿qué elegirán los católicos cuerdos? ¿Qué elegirían todos los santos?

Sabemos, por supuesto, que las autoridades de Roma han intentado prohibir la Misa tradicional porque creen que se interpone en el camino de las «reformas» promulgadas por el Vaticano II. Sin embargo, irónicamente, las iniciativas más destacadas del Concilio deberían hacer que sus defensores animaran con entusiasmo a los fieles católicos a adherirse a la Misa tradicional. Después de todo, es este Concilio el que pone tanto énfasis en la libertad religiosa y en la necesidad de que cada individuo siga lo que le dicta su conciencia. Además, el tema dominante del ecumenismo exige el respeto de todas las creencias y prácticas religiosas, especialmente las cristianas. ¿Por qué, entonces, estos innovadores se oponen a que los católicos ejerzan la libertad religiosa para seguir sus conciencias de una manera que está dentro de la categoría de creencias cristianas aceptables?

La respuesta está clara desde hace más de cincuenta años: los innovadores saben que la Fe Católica integral encarnada por la Misa tradicional representa efectivamente un obstáculo en el camino «irreversible» del falso ecumenismo. En su La dimensión ecuménica de la Reforma Litúrgica, el P. Grégoire Celier citaba las palabras de Annibale Bugnini sobre la necesidad de eliminar estos obstáculos de la liturgia de la Iglesia:"Siempre es difícil tener que manipular textos venerables que han alimentado tan eficazmente la piedad cristiana durante siglos, y que aún hoy llevan el olor espiritual de los tiempos heroicos de la Iglesia primitiva . . . Sin embargo, hemos considerado necesario afrontar esta tarea para que la oración de la Iglesia no sea fuente de angustia espiritual para nadie . . . Al hacer estos difíciles sacrificios, la Iglesia se ha guiado por el amor a las almas y el deseo de hacer todo lo posible para allanar el camino hacia la unión de nuestros hermanos separados, quitando cualquier piedra que pudiera constituir siquiera la sombra de un riesgo de tropiezo o disgusto." (p. 25).

Esta confesión del principal arquitecto del Novus Ordo Missae no hace más que confirmar lo que está meridianamente claro para quienes han comparado la Misa de Pablo VI con la que San Pío V nos aseguró que nunca podría ser derogada. Tuvieron que deshacerse de la Misa tradicional porque desagradaba a los no católicos.

Como Michael Matt mencionó en su Remnant Underground, el falso espíritu ecuménico que animaba gran parte de la innovación del Vaticano II había sido claramente condenado por Pío XI en Mortalium Animos:"Ciertamente, semejantes intentos no pueden ser aprobados por los católicos, fundados como están en esa falsa opinión que considera que todas las religiones son más o menos buenas y dignas de alabanza, puesto que todas ellas manifiestan y significan de diferentes maneras ese sentido que es innato en todos nosotros, y por el cual somos conducidos a Dios y al reconocimiento obediente de sus mandatos. No sólo están equivocados y engañados los que sostienen esta opinión, sino que, al distorsionar la idea de la verdadera religión, la rechazan, y poco a poco se van desviando hacia el naturalismo y el ateísmo, como así se les llama; por todo ello se deduce claramente que quien apoya a los que sostienen estas teorías y tratan de ponerlas en práctica, abandona por completo la religión divinamente revelada."

Sin embargo, muchos Padres conciliares sinceros y otros católicos siguieron adelante con las novedades. Seguramente lo hicieron con la creencia de que estos esfuerzos atraerían a los no católicos a la Iglesia.

Pero hemos visto que en la mayoría de las naciones que tenían una fuerte población católica antes del Concilio ha sucedido exactamente lo contrario: al decir a los católicos que todas las religiones cristianas son agradables a Dios y que sus caminos llevan al Cielo, llevaron a muchas almas a creer que, después de todo, no necesitaban realmente seguir las enseñanzas de la Iglesia. Así que dejaron de seguirla. Y a medida que los católicos abandonaban la Fe, los defensores del falso ecumenismo redoblaron sus esfuerzos impíos, provocando el abandono masivo de la Iglesia.

¿Es todo esto completamente desconcertante o podemos encontrar una explicación sencilla? Si asumimos que los papas anteriores al Vaticano II estaban en lo cierto, el panorama resulta tan claro como trágico: los enemigos de la Iglesia (especialmente los masones) trataban de introducir errores liberales y modernistas en la enseñanza católica para subvertir la religión; pero fue en el Vaticano II, cuando finalmente lograron introducir estos sutiles errores, que han estado aprovechando desde entonces en su intento de destruir la Iglesia. Con su falso ecumenismo no pretendían llenar los bancos de las iglesias sino quitar de en medio a los católicos fieles de su camino hacia un nuevo orden mundial.

Así que hoy vemos a Francisco y sus colaboradores atacando la Misa tradicional con gran ferocidad al mismo tiempo que apoya varias iniciativas del Gran Reinicio. El hombre no está confundido; más bien persigue implacablemente una agenda anticatólica para aplastar la oposición más potente a dicho Gran Reinicio. Al hacerlo, podría decirse que está cometiendo el crimen de odio más extenso en la historia de la humanidad –perseguir a millones de católicos que simplemente quieren creer lo que la Iglesia siempre ha enseñado- todo por el bien de servir a una agenda globalista demoniaca. Esta es la cuestión más importante en el mundo de hoy.

¿Por qué el grupo de personas más malvadas jamás reunido tiene un miedo y una aversión tan desproporcionados hacia aquellos que simplemente creen en lo que la Iglesia siempre ha enseñado? Como todos los santos podrían decirnos, porque seguimos a Cristo, y nuestros enemigos siguen al príncipe de este mundo, lo sepan o no. Como tales, debemos seguir el ejemplo que los católicos irlandeses, los mártires ingleses, los vendeanos franceses, los cristeros mexicanos y los carlistas españoles nos dan para mantener la Misa y la Fe católica no adulterada que nuestros enemigos heréticos desprecian.

Nos acercamos rápidamente al momento culminante de esta batalla espiritual que involucra al mundo entero como nunca antes ha ocurrido. Por mucho que detestemos la forma en que Francisco persigue a aquellos a los que pretende representar, deberíamos verlo como una señal de que estamos haciendo la voluntad de Dios y no podemos abandonar nuestro camino. Nos interponemos en el camino de los globalistas demoníacos y no tenemos intención de ceder – sabemos que Dios los aplastará y Él nos dará toda la gracia que necesitamos para resistir mientras tanto. Corazón Inmaculado de María, ruega por nosotros.

Robert Morrison

martes, 28 de febrero de 2023

Arzobispo Paprocki afirma que los católicos que asisten a la Misa Tridentina son fieles a la Iglesia

CHIESA E POST CONCILIO


En nuestra traducción de InfoCatólica Monseñor Paprocki, uno de los primeros obispos en aplicar Traditionis custodes y tener su opinión [ aquí - aquí ], afirma que los católicos que asisten a la misa tridentina son fieles a la Iglesia, que los obispos deben tener la autoridad para permitir que continúen e insta a un enfoque más localizado. Aquí el índice de artículos sobre Traditionis Custodes y posteriores..

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A medida que el Vaticano comienza a tomar medidas enérgicas contra los obispos que han otorgado dispensas a las parroquias que ofrecen Misa tradicional, al menos un obispo defiende a la comunidad dentro de su diócesis e insta a un enfoque más localizado.

El obispo Thomas Paprocki de la Diócesis de Springfield, Illinois, le dijo a CNA que la comunidad de Misa en latín en su diócesis es leal a la Iglesia y que los obispos deberían tener la autoridad para permitirles continuar. Él declara: "Creo que los obispos diocesanos locales están mucho más en sintonía con lo que está sucediendo en su diócesis que una oficina en Roma".

El 16 de julio de 2021, el Papa Francisco emitió un motu proprio titulado Traditionis custodes , ordenando a los obispos que designen lugares para las misas tradicionales, prohibiendo que sean iglesias parroquiales. Dado que algunas parroquias ya tenían prósperas comunidades de Old Mass, varios obispos ofrecieron dispensas para permitir que algunas parroquias continuaran con las celebraciones.

El 21 de febrero de 2023, el cardenal Arthur Roche, prefecto del Dicasterio para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, emitió un rescripto, que es una aclaración formal del Vaticano. Afirma que estas dispensas están reservadas a la Santa Sede y ordena a los obispos que ya hayan otorgado dispensas que "informen al Dicasterio para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, que evaluará los casos individuales".

En una carta que acompaña a la Traditionis custodes , el Papa Francisco justificó sus restricciones iniciales argumentando que la celebración de la forma más antigua de la Misa “a menudo se caracteriza por un rechazo no sólo a la reforma litúrgica, sino al mismo Concilio Vaticano II”.

Paprocki, quien ha celebrado Misa en las dos iglesias de su diócesis que ofrecen la Misa en latín, dijo a CNA que en esas comunidades "no lo ha notado en absoluto", y agregó: "Encuentro que la gente allí es muy dócil a las enseñanzas". de la Iglesia, muy dispuestos a seguirlos. Son católicos muy fieles".

El obispo también cuestionó si el rescripto es consistente con la intención original del Santo Padre en la Traditionis custodes , señalando que la iniciativa de esta clarificación fue tomada por el Cardenal Roche, en lugar del Papa Francisco. Explicó que Traditionis custodes es un motu proprio y como tal es un decreto papal por iniciativa del pontífice. Un rescripto, que representa una aclaración, es una respuesta a una petición iniciada por otra persona, en este caso, el Cardenal Roche. [Debido a la jerarquía de fuentes, un motu proprio como TC no podría corregirse con un simple rescripto - ndT]

"No fue el Santo Padre quien tomó la iniciativa", dijo el arzobispo Paprocki, pero es "la iniciativa del cardenal Roche".

El obispo Paprocki señaló que la carta adjunta al Papa sugería que su intención era empoderar a los obispos. En la carta, el Papa dijo a los obispos que "les corresponde a ustedes autorizar ... el uso del ' Missale Romanum ' de 1962 " y "les corresponde a ustedes... establecer caso por caso base la realidad de los grupos que celebran con este ' Missale Romanum '”.

“Cuestiono la sabiduría del [rescripto] basado en el principio de subsidiariedad”, dijo el obispo. Dijo que la subsidiariedad sugiere que estas decisiones se toman "generalmente a nivel local".

Como ya había rumores de que el Vaticano centralizaría la autoridad sobre el asunto, Paprocki se adelantó al rescripto tomando medidas adicionales para asegurarse de que Traditionis custodes no afectaría a ninguna de las Misas en latín dentro de su diócesis.

En enero de 2022, Paprocki cambió formalmente el nombre de Sacred Heart Springfield como iglesia no parroquial. Pudo hacer esto porque la parroquia, St. Katharine Drexel, ya tenía dos iglesias, "solo para despejar cualquier duda... Pude rediseñar esa iglesia", dijo Paprocki. "Eso me permitió cuidar de la Iglesia del Sagrado Corazón".

Ahora la única iglesia parroquial que ofrece la Misa tradicional en latín es Santa Rosa de Lima en Quincy, cuyo párroco es miembro de la Sociedad Sacerdotal de San Pedro (FSSP). Dado que la FSSP recibió una dispensa del Vaticano, Paprocki dijo que el rescripto no se aplicaría a ellos, hasta donde él sabía. Dijo que el folleto "les permitió continuar haciendo lo que están haciendo".

Sin embargo, en todo el país, algunas iglesias que ofrecen la Misa en latín continúan operando solo sobre la base de las dispensas proporcionadas por sus obispos. CNA se ha puesto en contacto con varias diócesis, pero solo dos han respondido al momento de la publicación.

Un vocero de la Arquidiócesis de Denver dijo que la arquidiócesis "cumplirá con todo lo que se le pida" y un vocero de la Diócesis de Lake Charles, Luisiana, dijo que la diócesis "hace todo lo posible para respetar el derecho canónico y litúrgico y confía en su autoridad pontificia". universidad como expertos legales capacitados para ofrecer orientación.

Algunas diócesis, como la de Arlington, ya han recibido permiso del Vaticano para ofrecer dispensas a algunas parroquias. Estas exenciones son solo temporales y caducan después de un cierto período de tiempo. En el caso de Arlington, tres parroquias han recibido una subvención de dos años: Mission San Antonio en el condado de King George, Santa Rita en Alexandria y Saint John the Beloved en McLean. Para la Misa antigua, el obispo también ha señalado otras cinco opciones que no se encuentran en las iglesias parroquiales.

En otras diócesis, como la Diócesis de Winona-Rochester, los obispos han tratado de acomodar a los asistentes a la Misa antigua asignándoles nuevos lugares fuera de las iglesias parroquiales. En el caso de Winona-Rochester, el obispo Robert Barron ha designado una nueva capilla para la celebración de la Misa en latín que no está ubicada dentro de una iglesia parroquial.

[Traducción de la Iglesia y el posconcilio]