BIENVENIDO A ESTE BLOG, QUIENQUIERA QUE SEAS



jueves, 25 de junio de 2026

NOTICIAS DE INFOVATICANA 25 DE JUNIO DE 2026


INFOVATICANA


Mons Bux a León XIV: «Le suplico que actúe con rapidez, Santo Padre. No permitamos que el cisma latente se vuelva irreparable»

La Conferencia Episcopal pone al frente de Cáritas a un asesor de Pedro Sánchez


El problema doctrinal del cardenal Fernández

 INFOVATICANA



Un extenso análisis publicado por El Wanderer ha rescatado un artículo académico del cardenal Víctor Manuel Fernández que, pese a haber sido escrito hace más de treinta años, plantea hoy interrogantes difíciles de ignorar. La razón es evidente: quien entonces firmaba aquel estudio como joven profesor de teología es hoy el prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, el organismo llamado a custodiar la integridad de la fe católica.

Una afirmación que va más allá de una esperanza cristiana

El artículo, publicado en1995 bajo el título Romanos 9-11. Gracia y predestinación, culmina con una frase que constituye el eje de toda la polémica:
«Confío firmemente en que todos se salvarán; confianza que no se basa en un deseo, ni en mi compasión por los hombres, sino en lo que sé de Dios y de sus planes concretos gracias a su Revelación».
No se trata simplemente de expresar el deseo de que nadie se condene. Esa esperanza ha estado presente en numerosos autores católicos. El problema aparece cuando esa esperanza se presenta como una certeza apoyada en la Revelación y en un supuesto conocimiento de los designios concretos de Dios. Ahí es donde la discusión deja de ser una opinión teológica más para entrar en un terreno mucho más delicado.

Releer a san Agustín… para corregirlo

Desde las primeras páginas del artículo, el entonces profesor argentino sostiene que una correcta interpretación de los capítulos 9 al 11 de la Carta a los Romanos permite «relativizar» buena parte de la doctrina elaborada por los Padres de la Iglesia y los grandes teólogos medievales sobre la predestinación.

El principal destinatario de esa revisión es san Agustín. Su doctrina aparece presentada como el origen de formulaciones «cuestionables» que habrían condicionado durante siglos la reflexión sobre la gracia y la predestinación.

Sin embargo, cuesta aceptar esa conclusión. San Agustín no fue corregido por la Iglesia; al contrario, su doctrina sobre la primacía absoluta de la gracia quedó asumida por la tradición posterior, inspiró decisivamente el II Concilio de Orange y fue integrada por santo Tomás de Aquino en la gran síntesis escolástica.

Una lectura discutible de santo Tomás

La crítica alcanza también al modo en que Fernández utiliza la obra del Doctor Angélico.

El ahora prefecto de la Doctrina de la Fe, cita con frecuencia los textos en los que santo Tomás exalta la misericordia divina, pero apenas concede espacio a aquellos en los que afirma la realidad de la predestinación, la reprobación y la posibilidad de la condenación eterna.

No es una cuestión menor. Para santo Tomás, la misericordia jamás elimina la justicia; la perfecciona. Tampoco convierte la salvación universal en una conclusión necesaria.

De ahí que resulte llamativo que el artículo termine expresando una certeza sobre el destino final de todos los hombres cuando el propio Aquinate insiste en que el misterio de la predestinación pertenece a los insondables designios de Dios.

Lo que enseña el Magisterio

La Iglesia nunca ha enseñado que todos los hombres se salvarán.

Ha enseñado que Dios quiere la salvación de todos y ofrece a todos los hombres la gracia necesaria para alcanzarla. Pero también ha enseñado —desde las palabras de Cristo hasta el Catecismo vigente— la posibilidad real de la condenación eterna para quien rechaza libremente esa gracia.

El Concilio de Trento advirtió expresamente contra cualquier pretensión de penetrar el misterio de la predestinación más allá de lo revelado. El Catecismo recuerda que Dios no predestina a nadie al infierno, pero afirma igualmente la existencia del infierno y la responsabilidad del hombre en el uso de su libertad.

Incluso Benedicto XVI, en Spe Salvi, distinguió cuidadosamente entre esperar la salvación de todos y afirmar que esa salvación constituye una certeza. La diferencia es esencial y precisamente ahí radica una de las principales objeciones que suscita el texto de Fernández.

El problema no es el artículo de 1995

Como observa El Wanderer, el verdadero problema no es que un joven profesor publicara hace treinta años un artículo discutible. Eso ocurre con relativa frecuencia en el ámbito académico.

La cuestión es que ese profesor es hoy el prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe y, hasta donde se conoce públicamente, nunca ha rectificado las tesis que defendía entonces ni ha explicado si continúan reflejando su pensamiento.

Por eso la discusión ya no pertenece únicamente a los especialistas en teología. Afecta a la autoridad doctrinal del organismo encargado de confirmar a la Iglesia en la fe recibida.

Una cuestión que interpela directamente a León XIV

En su primera encíclica, León XIV agradecía a quienes ayudan a señalar «lo que no funciona en la Iglesia». Entre esas cuestiones figura también la responsabilidad de garantizar que quienes ejercen los más altos cargos doctrinales lo hagan en plena continuidad con el Magisterio.

Nadie espera del Santo Padre decisiones precipitadas ni ajustes espectaculares. Tampoco parece corresponder a su estilo de gobierno. Pero sí resulta legítimo esperar que arroje claridad sobre cuestiones que afectan directamente a la fe de millones de católicos.

La Iglesia necesita certezas doctrinales, no nuevas ambigüedades. Y cuando esas ambigüedades parecen proceder precisamente del prefecto llamado a custodiar la doctrina, el silencio deja de ser una solución.

El Dicasterio para la Doctrina de la Fe debe ser un servicio a la verdad revelada y no un laboratorio de hipótesis teológicas abiertas a interpretaciones incompatibles con la tradición constante de la Iglesia.

Roberto de Mattei: La situación sobre las consagraciones episcopales de la FSSPX del 1 de julio de 2026



A pocos días de las anunciadas consagraciones episcopales que la Fraternidad Sacerdotal San Pío X prevé celebrar el próximo 1 de julio en Écône, el historiador Roberto de Mattei ha publicado en su cuenta de Substack una reflexión sobre las implicaciones teológicas, canónicas y pastorales de esta decisión. Sin ocultar la gravedad del momento, De Mattei analiza el argumento del «estado de necesidad» invocado por la Fraternidad, advierte del riesgo de una nueva fractura en la Iglesia y sostiene que cualquier solución duradera pasa necesariamente por el Sucesor de Pedro. A continuación, reproducimos íntegramente su artículo, traducido al español.

Ofrecemos a continuación la traducción integra del artículo:

¿Qué se debe pensar y qué se debe hacer ante las consagraciones episcopales anunciadas por la Fraternidad Sacerdotal San Pío X en Écône para el próximo 1 de julio, y la consiguiente excomunión latae sententiae que será reafirmada por la Santa Sede?

La primera consideración que debe hacerse es que, si esto llega a producirse, nos encontraremos ante una prueba dolorosa, no solo para el mundo de la Tradición católica, del que la Fraternidad Sacerdotal San Pío X forma parte desde su fundación, el 1 de noviembre de 1970, por obra de monseñor Marcel Lefebvre, sino también para el papa León XIV. El Pontífice ha señalado la reconciliación interna de la Iglesia como uno de los principales objetivos de su pontificado y se encontraría, poco más de un año después de su elección, teniendo que afrontar un nuevo desgarro del tejido eclesial, con el riesgo de agravar divisiones que esperan una solución desde hace décadas.

En cuanto al fondo de la controversia, no puede dejar de señalarse lo que aparece como una auténtica paradoja. Entre las muchas razones esgrimidas por monseñor Lefebvre en 1988 —y retomadas hoy por la Fraternidad Sacerdotal San Pío X para justificar las consagraciones episcopales sin mandato pontificio—, el argumento del estado de necesidad de los fieles ante la gravedad de la crisis eclesial es, al mismo tiempo, el más débil y el más fuerte.

El estado de necesidad es, por su propia naturaleza, una condición excepcional que permite apartarse de la aplicación ordinaria de determinadas normas en vista de un bien superior, que en el caso de la Iglesia es la salvación de las almas. Pero ¿quién tiene la autoridad para verificar la existencia de ese estado y determinar su comienzo y su fin? Es evidente que esa valoración no puede quedar al juicio de la propia Fraternidad Sacerdotal San Pío X. Si así fuera, habría que concluir que el estado de necesidad cesa cuando la Fraternidad considera que ha cesado, atribuyéndole de hecho un poder de juicio sobre la Santa Sede incompatible con la constitución jerárquica y visible de la Iglesia. Se llegaría así a una situación en la que un sujeto particular se erigiría en criterio último para evaluar la actuación de la autoridad suprema.

Si el principio del estado de necesidad fuera admitido como criterio general de actuación, cualquier obispo que considerase que la Iglesia atraviesa una crisis grave podría sentirse autorizado —o incluso moralmente obligado— a consagrar otros obispos sin mandato pontificio para asegurar la continuidad de la fe y de los sacramentos. La consecuencia sería una proliferación de jurisdicciones paralelas y de episcopi vagantes dispersos por todo el mundo, con inevitables efectos de fragmentación, desorden y confusión precisamente para los fieles que se pretendería proteger.

La existencia de una línea episcopal derivada de monseñor Richard Williamson —uno de los cuatro obispos consagrados por monseñor Lefebvre en 1988 y posteriormente expulsado de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X— muestra de forma concreta cómo la lógica del estado de necesidad, una vez desligada de un principio superior de autoridad capaz de delimitarla y regularla, puede generar nuevas divisiones. Se trata de un fenómeno que, al margen de los juicios sobre las personas implicadas, pone de manifiesto el riesgo intrínseco de unas consagraciones episcopales fundamentadas en valoraciones subjetivas del estado de necesidad.

Y, sin embargo, este argumento, tan frágil en el plano teológico y canónico, se presenta como el más fuerte en el plano pastoral. Monseñor Lefebvre no era un teólogo especulativo ni un canonista, sino un misionero y un pastor de almas. En su carta a los sacerdotes del 27 de abril de 1987 escribía: «Los fieles que siguen siendo católicos se encuentran en muchos lugares en una situación espiritual desesperada. Es este clamor el que la Iglesia escucha; es para estas situaciones para las que concede la jurisdicción mediante la ley de suplencia». Para él, el criterio decisivo no era la afirmación de un derecho propio de la Fraternidad, sino la necesidad espiritual de los fieles. Las consagraciones episcopales de 1988 pretendían ser una respuesta a ese clamor de las almas.

Nos encontramos, por tanto, ante la paradoja. La Fraternidad Sacerdotal San Pío X, al invocar el estado de necesidad, fundamenta buena parte de su justificación en la primacía de las exigencias pastorales sobre las consideraciones estrictamente jurídicas y doctrinales, haciendo suyo precisamente ese primado de la praxis pastoral que constituye uno de los principios fundamentales del Concilio Vaticano II. El Dicasterio para la Doctrina de la Fe, por el contrario, invoca el Vaticano II, pero no reconoce el peso del argumento pastoral y emplea contra la Fraternidad los términos y conceptos de la teología preconciliar, en nombre de la fuerza vinculante de la doctrina y del derecho.

En esta situación confusa, el único consejo sensato que puede ofrecerse a quienes albergan dudas es atenerse al principio de la lógica y del derecho: In dubiis standum est pro statu quo, donec ratio certa contrarium persuadeat («En los casos dudosos debe mantenerse el estado actual de las cosas hasta que una prueba cierta demuestre lo contrario»). La razón aconseja que cada uno permanezca en el lugar en el que se encuentra, continuando con aquello que hace y evitando dejarse arrastrar por polémicas estériles y proclamaciones emotivas que no producen otro resultado que reabrir antiguas heridas y echar vinagre sobre las llagas de la Iglesia.

El problema que hoy se plantea es mucho más amplio que el grave asunto de las consagraciones episcopales del 1 de julio y sus consecuencias canónicas. Tampoco la cuestión se agota en el debate sobre la liturgia tradicional o la interpretación de los documentos del Concilio Vaticano II. En el corazón de la controversia se encuentra el juicio histórico y teológico sobre el siglo XX, un siglo que marcó profundamente el destino de la Iglesia y del mundo contemporáneo.

Hace poco más de cien años, el incendio de la Primera Guerra Mundial puso fin al orden internacional nacido de los siglos cristianos, mientras que la Revolución bolchevique de octubre de 1917 provocó un incendio aún mayor en el mundo. Pero ese mismo año en que el bolchevismo conquistó el poder, la Virgen se apareció a los tres pastorcitos de Fátima, explicando las verdaderas causas de la crisis del mundo moderno y asegurando, después de castigos, guerras y persecuciones, el triunfo final de su Inmaculado Corazón. El mensaje de Fátima iba dirigido a toda la humanidad, pero de un modo particular a los Pastores de la Iglesia, en cuyo seno el modernismo había comenzado a difundir su veneno mortal. Contra ese mal, la Providencia suscitó a san Pío X. Con la encíclica Pascendi Dominici Gregis, del 8 de septiembre de 1907 —diez años antes de las apariciones de Fátima—, el gran Pontífice denunció con claridad profética el proceso de autodestrucción que se desarrollaría en las décadas siguientes. Pascendi y Fátima constituyen, respectivamente, el diagnóstico doctrinal y la respuesta sobrenatural a la crisis de la modernidad. Estos acontecimientos, a su vez, solo adquieren su auténtico significado cuando se insertan en una perspectiva más amplia que permita leer los acontecimientos de la historia como fases de una única lucha que atraviesa los siglos.

Es aquí donde la visión de san Agustín adquiere una extraordinaria actualidad para nuestro tiempo. En La Ciudad de Dios, el gran Doctor de la Iglesia interpreta la historia como el enfrentamiento permanente entre quienes orientan su vida hacia Dios y quienes rechazan el orden divino. La tradición agustiniana, con su capacidad para leer los acontecimientos históricos a la luz de la Providencia, ofrece la clave interpretativa necesaria para afrontar cuestiones que siguen determinando la vida de la Iglesia, con sus apostasías, sus persecuciones y sus actos de heroísmo.

La última palabra, en este horizonte dramático, corresponde a quien posee el mandato divino de guiar a la Iglesia y a quien la propia Fraternidad Sacerdotal San Pío X reconoce como legítimo Vicario de Cristo: el Papa reinante, León XIV. Ninguna solución a los graves problemas que afligen al Cuerpo Místico de Cristo podrá encontrarse fuera de él o contra él.

NOTICIAS DEL 21 AL 24 DE JUNIO DE 2026







El Camino Sinodal alemán no acepta el NO de Roma y reclama volver a negociar la predicación de los laicos