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miércoles, 13 de mayo de 2026

Hakuna, o el catolicismo que se deja bailar (Carlos Balén)



WiZink lleno, diecisiete mil jóvenes orantes el día de Reyes, presencia en setenta ciudades de tres continentes, el Papa Francisco bendiciendo, y unos índices de viralización que la mayor parte de la industria pop española firmaría sin pestañear. Las cifras de Hakuna desordenan el relato del descrédito católico en España y, por eso mismo, merecen tomarse en serio. Lo que aquí se discute no es su éxito —que es real— ni el cariño de sus miembros por la Eucaristía —que también consta— sino algo más sutil: qué cristianismo está siendo predicado cuando lo que finalmente circula, lo que millones de adolescentes tatúan en su Spotify, son las letras.

Conviene empezar recuperando una palabra técnica, no insultante. Emotivismo es el término que Alasdair MacIntyre, siguiendo a Charles Stevenson, fijó en Tras la virtud para designar la doctrina —o más bien el clima— según el cual los enunciados morales no son más que expresiones de preferencias y sentimientos. Aplicada al lenguaje religioso, la operación es análoga: las verdades dogmáticas dejan de afirmar algo del orden de lo real para convertirse en exclamaciones íntimas. Dios deja de ser quien Es; pasa a ser quien me hace sentir lo que siento. El cristianismo emotivista no niega; sublima.

Tome el lector la canción que mejor encarna el carisma público del grupo, Baila y déjate de historias. Su mandato central es renunciar al control y dejarse llevar; su imagen rectora, la danza, en la que Dios se ofrece literalmente como pareja de salón. Hay un verso especialmente revelador, en el que se afirma que es Dios Padre quien grita al fiel para acompañarle «en lo que elijas». 

La distancia teológica con la tradición no podría ser mayor. Dios acompaña al hombre, sí, pero acompaña su esfuerzo por discernir la voluntad divina; no avala la libertad humana convertida en absoluto autorreferencial. La gracia adviene para rectificar lo torcido, no para firmar lo que ya estaba decidido en el salón. Otro verso aconseja, con sorprendente literalidad, que si uno carga la cruz «no se tiene por qué notar». Cristo, sin embargo, no escondió el madero: lo subió por Jerusalén a la vista de todos, y Pablo no se gloriaba en otra cosa. Convertir la cruz en una contrariedad pudorosa, una molestia íntima que conviene disimular para no estropear el ambiente, es exactamente lo contrario de la teología paulina. La canción cierra con una sentencia de aforismo motivacional: «no poner firma» sería «la mejor forma de firmar». El sentido, si lo hay, se nos escapa; el efecto, en cambio, es claro: la frase suena profunda. Y el sonar profundo, no el serlo, ya basta.

Huracán, su tema más viral, replica el esquema con más músculo. La voz del creyente confiesa preguntas, abismos, saltos y caídas; lo que finalmente rompe el cielo es un huracán de emoción que asciende desde la garganta hasta gritarle a Dios por su ausencia. El gesto es comprensible —los Salmos también claman— pero el centro de gravedad se ha desplazado. Allí donde el salmista pregunta por la fidelidad de Yahvé en términos de alianza y juicio, aquí el sujeto interroga a Dios por la sequedad afectiva. Es la metafísica del estado de ánimo. Conviene anotar el detalle redentor: la canción incluye también una declaración eucarística —«soy este trozo de pan»— que reintroduce a Cristo como Presencia Real. Si la pieza se quedase ahí, sería otra cosa. Pero el material que el oyente se lleva a casa es el huracán, no el pan.

Ruah es el ejercicio puro de invocación al Espíritu, y se entiende mejor su intención que su contenido. Lo que se pide repetidamente es que Dios «derrame» su Espíritu y «llene» un «vacío» y un «dolor». La gramática es la del consumo terapéutico: hay un déficit interior, una carencia afectiva, y se solicita el suministro. El Espíritu Santo —que en la tradición es santificador, persona, lazo de amor entre Padre e Hijo, espíritu de verdad y de juicio— queda funcionalmente reducido a ese repostaje de plenitud. Tampoco es del todo improcedente el reparo de imprecisión doctrinal: si el cristiano es templo del Espíritu desde el bautismo, pedirlo a derramamientos —como si no hubiera venido ya, como si su acción dependiese del fervor del rezo— acerca la espiritualidad a una mística pentecostalista que no es la de la Iglesia latina.

¿Para quién soy yo? plantea, en cambio, la cuestión vocacional, y aquí la deriva emotivista se vuelve estructural. La vocación se describe como un camino a ciegas que consiste en confiar, en poner el calendario en blanco y dejar que Dios lo rellene. Suena espiritual; es, en realidad, profundamente moderno. La vocación católica nunca ha sido un calendario en blanco: ha sido una llamada concreta a un estado de vida concreto, con obligaciones objetivas, autoridad eclesial discerniente, y deberes que no varían con la disposición del sujeto. El cristiano descubre su vocación leyendo los mandamientos y los consejos evangélicos, no esperando inspiraciones de agenda. Cuando la canción equipara la búsqueda vocacional con «encontrar la felicidad», se completa el viraje. Tomás, Bernardo, Ignacio: ninguno habría escrito eso.

Y aquí impone la justicia un alto, porque negar el reverso sería falsificar el expediente. Existe en el catálogo una canción de Hakuna que dice, literalmente, lo contrario del clima general del grupo. Se titula Sencillamente, lleva letra del propio Manglano, y su tesis es exactamente la que cualquier crítico de las modas emotivistas firmaría sin vacilar: hay que «desligar el creer del sentir», creer «sintiendo dudas», amar «estando frío», esperar «sintiendo miedo». Es San Juan de la Cruz vestido de pop, y es magnífico. 

Que el mismo grupo capaz de escribir esto produzca el resto del catálogo plantea una pregunta interesante: ¿saben hacer otra cosa y eligen no hacerla? La respuesta probable es que sí. Sencillamente no es viral. Huracán sí lo es. La economía del fervor masivo impone sus condiciones, y lo que se canta entre llantos en un WiZink no son las paradojas del Carmelo sino los himnos del derramamiento. La existencia de la buena canción no rescata el conjunto; lo agrava, porque demuestra que se podría.

¿Qué se diluye, en suma, cuando el cristianismo se canta así? 

Lo primero, el pecado en su densidad ontológica. En las letras de Hakuna el pecado aparece ocasionalmente, casi siempre como expresión litúrgica heredada —«por vuestros pecados ser crucificado» en la canción sobre la Magdalena— pero no como problema vivo en el corazón del oyente. 

Lo segundo, el juicio. Cristo no juzga, recuerda otro de sus temas: vino a salvar y no a juzgar. Es cierto que en su primera venida vino a salvar; pero pretender que esa es la palabra completa sobre el Cristo de los Evangelios exige olvidar varios capítulos enteros, incluida la segunda venida y los discursos sobre las dos sendas. 

Lo tercero, la objetividad del sacrificio. La Misa pasa a ser, en este registro, un encuentro afectivo y un momento de comunión emocional, y no la actualización incruenta del Calvario. 

Lo cuarto, la doctrina. La Trinidad, la Encarnación, los novísimos, los sacramentos como signos eficaces ex opere operato: nada de esto necesita ser explicado para sostener una Hora Santa de Hakuna. 

Y, finalmente, el escándalo. El cristianismo, en su núcleo, es ofensivo a la razón antes de serle útil. La predicación apostólica empezaba con un cadáver resucitado y unos creyentes dispuestos al martirio. La predicación hakunera empieza con un baile.

El propio Manglano —y este es el detalle que más respeta su inteligencia— reconoce públicamente la crítica. En entrevistas recientes ha admitido que el sentimentalismo es «una crítica recurrente» y ha defendido el sentimiento como «punto de partida» que debe ser «acompañado». La metáfora la pone él mismo: si el espíritu se vacía emocionalmente y no se llena después de la centralidad de Cristo, el demonio expulsado regresa con siete peores. La cita evangélica es exacta. 

El problema es que el modelo descrito por su autor —emoción inicial seguida de formación robusta— no se sigue del producto que masivamente sale al mercado. El concierto vende; los retiros, las clases de teología, los acompañamientos personales, alcanzan a una minoría comprometida. La maquinaria, entendida como sistema, distribuye desproporcionadamente el primer paso —la canción— sobre los siguientes —el catecismo—. Y el primer paso, por su propia naturaleza, contiene todo lo que en él se ha puesto. Si lo que se puso fue emotivismo, emotivismo es lo que se difundirá, aunque en la trastienda haya un sólido tratado dogmático esperando a quienes quieran subir al primer piso. La mayoría se queda en el baile.
No es necesario, para concluir, ningún juicio temerario sobre conciencias individuales. Habrá oyentes de Hakuna cuya fe ha madurado a través de estos cantos hasta el dogma firme y la moral exigente; habrá otros, y serán probablemente más, cuya religión se ha estabilizado en una espiritualidad ambiental, agradable, terapéutica, tan compatible con el catolicismo profundo como con su versión líquida. 
El examen, por tanto, no se refiere a personas sino a un cierto tono. Y ese tono, leído con calma en las letras, es el que Charles Taylor describió hace décadas: la era secular no se caracteriza por la ausencia de Dios sino por su domesticación afectiva, por su transformación en una opción más entre las muchas que el yo expresivo administra. Hakuna no salva al cristianismo de esa deriva; le pone banda sonora. Que esa banda sonora llene estadios sólo prueba lo bien que conoce su época. Si será capaz de transmitirla intacta a la generación siguiente es algo que no decidirán las plataformas de streaming, sino los hijos que sus oyentes de hoy lleven —o no— a Misa.

Carlos Balén

viernes, 1 de mayo de 2026

Hakuna llega a su gira en Venezuela con su forma desastrosa de tratar al Santísimo




Este sábado 2 de mayo Hakuna Group Music desembarca por primera vez en Venezuela. Será en el Fórum de Valencia (Carabobo), con un montaje de 360 grados, más de cincuenta artistas en escena, entre 8.000 y 9.000 entradas con el mismo lema repetido sin pestañear: «arrodillados ante la Eucaristía y de pie ante el mundo».

Reproductor de vídeo
Duración 1:41 minutos


Conviene, antes de que se enciendan las luces, ver el vídeo que enlazamos. Lo que aparece en él no es ninguna campaña difamatoria de un enemigo del movimiento: es material producido y difundido por el propio entorno de Hakuna y ha sucedido dursnte estos días en Venezuela. Lo que se ve es esto: el Santísimo Sacramento expuesto sobre una roca de la playa, más o menos cubierta con un mantelillo doméstico de cuadros, custodia depositada como quien coloca el mantel para una merienda, una pancarta grafiteada tendida a los pies, y ni un solo presbítero o diácono identificable en escena. Solo una religiosa.

A partir de ahí, las preguntas son inevitables y exigen respuesta pública:

¿Había permiso del Ordinario del lugar? Porque la exposición pública del Santísimo lo requiere (c. 942 CIC; Redemptionis Sacramentum 137).

¿Había ministro ordenado? Porque la exposición en custodia con bendición eucarística está reservada al sacerdote o al diácono (Ritual de 1973, n. 91). Una religiosa no suple esa función.

¿Dónde está el altar, los cirios, el incienso, la dignidad mínima del lugar? Porque Redemptionis Sacramentum 138 lo dice con claridad: nada que pueda oscurecer la centralidad de la Eucaristía debe distraer la atención de los fieles. Una roca no es un altar. Un pareo no es un mantel litúrgico. Una sesión de fotos no es una adoración.


Hakuna lleva años vendiendo su «carisma» como argumento que todo lo excusa: la frescura juvenil, la cercanía, la espontaneidad. Pero ningún carisma autoriza a tratar al Santísimo con menos cuidado del que se pondría al manipular un objeto de mediana relevancia material. Cuando la custodia se convierte en atrezo publicitario —en reel, en cartel, en imagen viral para vender entradas—, ya no estamos ante un movimiento eclesial: estamos ante una operación de marketing experiencial que se sirve del Santísimo como activo de marca.

Y aquí hay que poner freno. Lo está pidiendo la fe de la Iglesia, no el rigorismo de nadie. Si creemos de verdad que en la Eucaristía está real, verdadera y sustancialmente presente Cristo Señor, los signos materiales con que se trata esa presencia no son un detalle estético. Son la prueba pública de la fe que se dice profesar. Y cuando esos signos se degradan sistemáticamente —y esto es sistemático en Hakuna, no un desliz aislado—, lo que se erosiona no es la liturgia: es la fe misma de los miles de jóvenes que el movimiento dice querer evangelizar.


La pastoral juvenil venezolana, los obispos que tratan con Hakuna y, en este caso concreto el Ordinario de Valencia tienen un deber claro antes del 2 de mayo: exigir explicaciones sobre qué se va a hacer con el Santísimo en torno a este concierto, con qué autorización, con qué ministro y bajo qué condiciones.

Hakuna llega a Venezuela con un buen lema y una muy mala aplicación. Quien crea de verdad que hay que estar arrodillado ante la Eucaristía debería empezar por revisar qué entiende exactamente por «estar arrodillado». No es una postura para el reel. Es la manera concreta —material, ritual, custodiada por la Iglesia— de tratar a Dios que incluye evitar mundanizaciones buenistas que generan una dolorosa confusión.

sábado, 31 de enero de 2026

Lo que la forma dice del fondo: El problema de Hakuna con el trato al Santísimo



La reacción que han provocado algunas críticas a determinados textos y formas de Hakuna ha sido, cuanto menos, reveladora. Hemos recibido correos duros, airados, algunos francamente desproporcionados, y hemos tomado nota también de artículos en los que se nos descalifica e incluso se nos insulta por señalar algo que no es una opinión personal ni un capricho estético, sino doctrina constante de la Iglesia. No deja de ser significativo que la mera apelación a criterios objetivos —teológicos y litúrgicos— genere tal conmoción. Precisamente por eso, conviene ir al fondo de la cuestión, con calma, con claridad y sin miedo.


Hay una teología en los textos y en las palabras. Y, casi siempre —aunque a algunos les resulte incómodo admitirlo— hay también una teología en las formas. Ambas se alimentan mutuamente. Lo que se dice de Dios termina expresándose en cómo se le trata. Y lo que se hace con lo sagrado acaba revelando, tarde o temprano, qué Dios se está predicando realmente.

La teología que subyace en muchos de los textos, cantos y discursos de Hakuna es marcadamente antropocéntrica. El centro del relato no es Dios en su absoluta soberanía, sino la experiencia del sujeto: cómo me siento, qué me aporta, cómo me acompaña, cómo me sana. Sin ser esto necesariamente malo, el peligro es exclusivizarlo, limitarnos a un Cristo que aparece constantemente referido al hombre, a sus heridas, a sus procesos, a su vivencia emocional. No se niega la verdad de lo que se dice, pero se altera el orden.

El cristianismo no comienza por la experiencia del hombre, sino por la iniciativa de Dios. No por lo que yo siento ante Cristo, sino por lo que Cristo es. Cuando el lenguaje se desplaza de manera sistemática hacia el “yo” y el “nosotros”, cuando la centralidad del misterio se diluye en favor de la vivencia, se está operando un giro teológico profundo, aunque no se confiese explícitamente. Dios deja de ser el centro para convertirse, de facto, en función del sujeto.


Esta teología de las palabras encuentra su coherencia —y su confirmación— en la teología de las formas. Porque cuando el Santísimo Sacramento del Altar es expuesto en una caja de cartón, colocada en el suelo, sin custodia, sin altar y sin los signos objetivos de adoración que la Iglesia siempre ha exigido, no estamos ante un simple error práctico. Estamos ante la traducción gestual de una teología ya previamente desplazada.

Si lo central es la experiencia comunitaria, la cercanía emocional y la horizontalidad, entonces las formas dejan de servir al misterio y pasan a servir al grupo. El Santísimo ya no aparece como el Señor ante el que se postra la Iglesia, sino como un elemento integrado en una dinámica humana, casi doméstica, funcional al clima emocional del encuentro. No se le niega explícitamente, pero se le rebaja implícitamente.

La Iglesia, sin embargo, ha sido siempre radicalmente clara: la Eucaristía es Cristo mismo, verdadera, real y sustancialmente presente. Y esa verdad no admite traducciones creativas que la desdibujen. Por eso la liturgia, la custodia, el altar, la genuflexión y la adoración vigilada no son añadidos culturales ni restos de una época pasada, sino confesiones visibles de fe. Son el dogma hecho gesto.

Aceptar que haya frutos buenos en Hakuna no equivale a canonizar la teología que los acompaña. Dios actúa con misericordia incluso en contextos doctrinalmente pobres o mal orientados, pero eso no convierte en buena la orientación. La Iglesia nunca ha discernido la verdad por el éxito pastoral ni por la intensidad emocional de la experiencia, sino por la conformidad con la fe recibida.

Aquí no se trata de una discusión estética ni generacional. No es una batalla entre “carcas” y modernos. Es una cuestión doctrinal de primer orden: quién ocupa el centro, Dios o el hombre. Y cuando el centro se desplaza, todo lo demás se reordena en consecuencia, también —y especialmente— el modo de tratar al Santísimo Sacramento.

Por eso es necesario decirlo con claridad, aunque incomode: hay en Hakuna una teología antropocéntrica, expresada tanto en sus palabras como en sus formas, que termina por desdibujar la centralidad absoluta de Dios. Señalarlo no es atacar a las personas ni negar los bienes parciales que puedan existir. Es, sencillamente, proponer con caridad la doctrina de la Iglesia. Porque cuando el hombre se convierte en medida de lo sagrado, lo sagrado acaba perdiendo su peso real. Y entonces, inevitablemente, Cristo deja de ser adorado para empezar a ser utilizado.

Miguel Escrivá

Úsame, mastícame, tritúrame: la teología irreverente de José Pedro Manglano, fundador de Hakuna



Me llega por WhatsApp el último mensaje de José Pedro Manglano a sus seguidores, a los que llama “pringados” en la jerga hakunera, ese dialecto interno que mezcla colegueo emocional, espiritualidad de campamento y una alarmante falta de rigor teológico.

Texto íntegro enviado por José Pedro Manglano a sus seguidores:

Mirad a Cristo pringado en cada Misa:

“Tomad y comed mi cuerpo, tomad y bebed mi sangre”. Tomadla, disponed de ella cualquiera de vosotros. No hace falta que mostréis méritos, no hay requerimiento alguno, ni tampoco os exigiré nada. Si te va bien, tómame, úsame, mastícame, tritúrame. Me gustaría que supieseis que libremente me ofrezco y me pongo a vuestra disposición porque quiero que “tengáis derecho” sobre mí, y yo no quiero ningún derecho sobre vosotros. Vivo en un sometimiento obediencial a lo que sea bueno para cada uno de vosotros.

Cada Misa, últimamente, cuando levanto su Cuerpo y su Sangre en la consagración, me viene la necesidad de decirle que yo también quiero ofrecerme, como hace Él, a todas las personas. Ojalá viva así. Ojalá vivamos así: enamorados de Jesucristo, pringado, ofrecido y sin derechos, en esta locura del último lugar, en esta locura de renuncia a cualquier derecho o reconocimiento. ¡Qué bonita es esta pobreza que no se reserva nada!

Preguntémosle cada día: ¿estoy dejándote vivir en mí la locura del último lugar?

Un abrazo desde Río Negro, Colombia: unos días de tocar a Dios en la historia de unos y de otros. Os contaré.

Aupa todos, y a disfrutar

josepe

Hasta aquí la cita. Ahora, el problema. O mejor dicho: los problemas.

El texto quiere ser místico y acaba siendo pueril; pretende ser audaz y resulta confuso; aspira a sonar profundo y termina pareciendo una letra descartada de una canción de Hakuna con pretensiones de tratado espiritual. No es solo una cuestión de estilo —que ya es suficientemente pobre— sino de fondo: el modo en que se habla aquí de la Eucaristía no es simplemente torpe, es teológicamente desfigurado.

Cristo no está “pringado”. Cristo no es una masa disponible, ni un objeto sentimental que se deja “usar”, “masticar” o “triturar” según el estado emocional del fiel. Ese lenguaje, presentado como radicalidad evangélica, introduce sin rubor una inversión completa del orden sacramental: el sujeto soberano pasa a ser el hombre y Cristo queda reducido a material manipulable para la experiencia religiosa del momento. No hay adoración, no hay sacrificio, no hay altar. Hay consumo, hay apropiación psicológica, hay emotividad autocomplaciente. Y conviene recordar, ya que se afirma que “no hay requerimiento alguno”, que la Iglesia siempre ha enseñado que para comulgar es necesario estar en gracia: no por escrúpulo ni por elitismo espiritual, sino porque la Eucaristía no es un derecho automático ni un gesto expresivo. San Pablo lo formula con claridad: quien come y bebe indignamente, come y bebe su propia condenación. Si no había requerimiento alguno, estaría bien que nos hubieran avisado.

La frase clave —y la más grave— es esta: Cristo “no quiere ningún derecho sobre vosotros”. Aquí ya no estamos ante una simple metáfora desafortunada, sino ante una cristología seriamente dañada. Cristo sí tiene derechos sobre el hombre, porque es su Señor. Negarlo no es humildad ni pobreza evangélica: es borrar al Kyrios del Evangelio y sustituirlo por una figura domesticada, blanda, sin autoridad ni señorío, cuya función es confirmar al creyente en su propio deseo. Eso no es cristianismo: es autoayuda emocional revestida de lenguaje litúrgico.

La insistencia obsesiva en el “sin derechos”, en la “renuncia a cualquier reconocimiento”, en la “disponibilidad total”, no remite ni remotamente a san Pablo, ni a los Padres de la Iglesia, ni a la tradición ascética católica. Remite, más bien, a una espiritualidad horizontalizada, sentimental y terapéutica, donde el sacrificio redentor desaparece y la Eucaristía queda reducida a un gesto simbólico que inspira actitudes bonitas y canciones pegadizas.

Y el desliz sacerdotal es aún más preocupante. Cuando Manglano afirma que, al elevar el Cuerpo y la Sangre, siente la necesidad de decir “yo también quiero ofrecerme, como hace Él”, la confusión ya es frontal. El sacerdote no se ofrece como Cristo. No se consagra a sí mismo. No se convierte en materia sacramental ni en prolongación redentora. Su misión no es duplicar el sacrificio, sino actuar in persona Christi. Confundir esto no es un matiz menor: es desdibujar el sacerdocio ministerial y sustituirlo por una espiritualidad del “yo también”, típicamente emotivista.

Todo el texto destila una teología del “último lugar” mal digerida, convertida en consigna emocional, repetida como estribillo y vaciada de toda densidad doctrinal. El resultado es un Cristo sin majestad, sin juicio, sin señorío, reducido a icono “pringado” que legitima cualquier apropiación subjetiva del Misterio.

No estamos ante una herejía formal. Estamos ante algo más peligroso y mucho más extendido: un lenguaje que roza la blasfemia, no porque niegue explícitamente los dogmas, sino porque los diluye, los infantiliza y los vuelve irreconocibles. Y eso, en la Iglesia, suele hacer más daño que la herejía abierta.

Carlos Balén 

lunes, 8 de junio de 2020

Hakuna, ¿una escisión del Opus Dei o un signo de los tiempos? (Elisa Suárez)

Una de las noticias más recientes dentro el mundo católico, al menos en España, es el final de la etapa del sacerdote José Pedro Manglano en el Opus Dei. De manera resumida podría decirse que Manglano inició en 2013 una actividad pastoral fuera de la Obra, pero con permiso de la Prelatura. Esta actividad, llamada Hakuna, surgió como consecuencia de la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ) de aquel año, la primera que presidió el papa Francisco. De hecho, Hakuna se identifica desde el primer momento con el famoso lema del pontífice argentino “¡Hagan lío!”. En poco tiempo, Hakuna comenzó a expandirse entre gente joven e incluso adquirió personalidad jurídica propia de carácter canónico: es una asociación privada de fieles. Es decir, una organización reconocible de creyentes católicos emanada por iniciativa propia. Cuenta desde octubre de 2017 con unos estatutos avalados por el cardenal Osoro –el hombre de Francisco en Madrid.

El tiempo –o, mejor dicho, el Espíritu Santo a través del tiempo– dirá si Hakuna es una nueva organización de laicos dentro de la Iglesia, igual que lo son Regnum Christi, los Focolares, Comunión y Liberación, o el Camino Neocatecumenal, aparte del mismo Opus Dei. Cada una con sus matices y particularidades. Y con sus indudables buenos frutos y gracia de Dios. Que Hakuna haya nacido como una especie de hija, renuevo, esqueje o escisión de la Obra no supone mayor problema. La historia de la Iglesia está repleta de sucesos similares. Teresa de Calcuta nos podría explicar su caso.

Sin embargo, hay varios rasgos en Hakuna que merecen analizarse. En primer lugar, su propio nombre, que nos recuerda a la película de El rey león. Porque la expresión “hakuna matata” es swahili, quizás el idioma más conocido del continente africano y el segundo más hablado en Kenia después del inglés, la lengua de los colonizadores. Se da la coincidencia de que la labor del Opus Dei en África comenzó precisamente en Kenia, y antes de la independencia. Este país centroafricano es neurálgico para la Prelatura. Sin embargo, este aspecto, quizás anecdótico, va unido a dos de las características más distinguibles de la asociación fundada por Manglano: la música y el voluntariado. Porque el nombre de Hakuna se debe a un proyecto musical. La música –y no hablamos precisamente del Requiem de Mozart, ni del Regina Caeli gregoriano– es una parte importante de la espiritualidad Hakuna.

La asociación genera, practica y vende música, sobre todo de cultura popular. Con guitarra, en conciertos animados, batería, coros simpáticos y chicas de dulce voz que cantan: “Buenazo, entregado y humillado me seduces”. Algo parecido a lo que en EEUU se ha llamado “rock cristiano” y que se ha expandido a otros países. Se trata de una renovación de la música de parroquia que usaba partituras de The Beatles o de Frank Sinatra, pero quitando versos como “I did it my way” o “Help me if you can” para encajar con calzador el padrenuestro o alguna canción que pudiera entonar sin problema de conciencia alguno un presbiteriano. No olvidemos que Hakuna tiene sus raíces en la JMJ… de Río de Janeiro.

Hakuna es una extensión de todo lo festivo y juvenil de una JMJ. Y del carisma de Francisco. Pero su fuente doctrinal originaria es el Opus Dei. Parece una burda simplificación, pero resulta complejo localizar rasgos de Hakuna fuera de estas tres patas con que comenzó a caminar. Por eso, a lo musical se une el voluntariado, aunque en Hakuna se llama de otro modo: “compartiriados”. Porque en Hakuna casi todo está renominado. Pero es una nueva nominación que suena a anuncio viral, a abreviatura de whastapp, a palabros como “infotainment”, “guglear”, “tengo una call”, “estoy in love con esta casa”, “te súperquiero”, etc. Así, a lo que siempre se ha llamado curso de retiro o ejercicios espirituales ellos lo llaman “God’s stop”; y, si dura sólo media tarde, entonces es un “God’s break”. Por supuesto, en su página web la tienda –donde venden libros de Manglano, sudaderas, camisetas, gorras, y, por supuesto, sus propios CD– se llama “shop”. Montan “Pray Stations”: acompañar al Santísimo en capillas o iglesias vacías. El papel que en su momento ocupó el latín y el griego en la Iglesia ha sido tomado, de manera artificiosa en muchos casos, por el inglés, y no el de Shakespeare precisamente. Aquí no acaba la cosa, pues sus grupos de oración y de fe compartida reciben el nombre de “revolcaderos”. Y sus miembros se definen como “pringados”, porque están para “servir o pringarse”. De modo que, en vez de “vocación”, lo que tienen es una “llamada” que consiste en “pringarse”. Esa familiaridad coloquial o campechana explica que suelan referirse a Manglano como Josepe.

Todo esto forma parte de una estética muy reconocible y que hace de Hakuna algo más parecido a un Starbucks o una acampada en el monte que a una misa en latín en una capilla gótica. De hecho, uno de los libros de Manglano, editado por la propia organización, se titula Santos de mierda. El evidente tono provocativo de este título pretende reflejar su contenido, que, en gran medida, incide en uno de los puntos en que más insiste la asociación: la santidad se encuentra incluso en lo menos bello de la vida, y la vida consiste en la unión de lo espiritual y lo carnal, “lo más trascendente y lo más inmanente, lo más divino y lo más terreno, lo más bello y lo más repulsivo”. Porque los temas relativos a masculinidad, feminidad, sexualidad, pareja, etc. aparecen con una alta frecuencia. Incluso existen actividades específicas para matrimonios, como los “Pit Stop”, que son “entradas en los boxes de la escudería o equipo (los miembros del Revolcadero)”.

Quizás aquí radique una de las grandes diferencias, además de la estética, con el Opus Dei: Hakuna es mixto. La Prelatura siempre ha mantenido una clara separación entre la sección de mujeres y la de varones. Los centros de formación de un matrimonio de miembros de la Obra son diferentes: un centro de mujeres para ella, un centro de hombres para él. Además, en el Opus Dei los centros de formación son, de ordinario, las casas donde residen las personas que dirigen la vida corriente de la asociación, y estas personas son laicos célibes. Lo cual remarca más la necesidad interna de la Obra de funcionar de modo separado. Nada de esto se plantea en Hakuna. Aún más: las actividades habituales de Hakuna se suelen celebrar en cualquier parroquia que quiera colaborar o en domicilios particulares. Y esto, evidentemente, encaja con tremenda facilidad en la sociedad actual y en una Iglesia que tiene depositadas muchas esperanzas en eventos como la JMJ.

Porque, aparte de otras consideraciones, quizás el rasgo que mejor defina la espiritualidad de Hakuna sea su devoción eucarística. La vida de los miembros o simpatizantes de esta organización tiene como centro la Adoración Eucarística, por lo general con Horas Santas, pero también con visitas frecuentes a sagrarios, así como oración diaria, piedad mariana, lectura del Evangelio y de algún libro espiritual, y otras prácticas religiosas. Sus cursos de retiro suelen desarrollarse conviviendo en silencio algunos días con una comunidad contemplativa.

Sin embargo, estos rasgos, que asemejarían a Hakuna con el Opus Dei, aunque fuese de manera vaga, incluyen un tono que marca una gran separación. Porque, como dicen los miembros de Hakuna, su devoción al Santísimo consiste en arrodillarse “ante Cristo Hostia”, para, de esta forma, “aprender a vivir alegremente arrodillados ante el prójimo, ante la vida y ante el mundo”. ¿Arrodillarse ante el prójimo, ante el mundo? Sin duda alguna, se trata de un prisma y una mentalidad muy postconciliar. Porque va más allá de las genuflexiones que están viéndose por todo el mundo a resultas del “black lives matter” de estos días. Lo de arrodillarse ante el prójimo y ante el mundo, en sentido literal, suena demasiado a Francisco, a expresión que chirría teológicamente. Porque ¿es posible arrodillarse ante el prójimo, y aún más ante el mundo, si uno se arrodilla ante Cristo? ¿En qué sentido una cosa lleva a la otra? Evidentemente, el fundador Manglano lo podrá explicar muy bien y presentar su mensaje sin problema de encaje con la doctrina católica. Pero es, a fin de cuentas, una manera de ver la vida que sigue la estela de esa parte de la Iglesia con ganas de abrazarse al Siglo. Hakuna representa un modelo alternativo a la espiritualidad de nuestros abuelos. Por eso, Manglano asegura que “el cristianismo no es la religión de la cruz, sino que es la religión del amor”. Si hace un siglo se subrayaba la cruz, ahora se subraya el amor.

Por si la estética no lo hubiera dejado claro, la sección de su web con consejos de libros y películas –“Feed your soul” se llama esta sección– ofrece un apartado cinematográfico de tono secularizado muy evidente: abundan títulos como American History X (Tony Kaye, 1998), Solas (Benito Zambrano, 1999), Amores perros (Alejandro González Iñarritu, 2000), Up in the air (Jason Reitman, 2009), así como largometrajes entre lo recargado y lo pretencioso como El árbol de la vida (Terrence Malick, 2011) y Amor y letras (Josh Radnor, 2012). Para compensar, aparecen obras del cine religioso italiano más frecuente, como el telefilme Santa Rita de Casia (Giorgio Capitani, 2004). Destacan, como excepciones, películas de Mel Gibson (por supuesto, La pasión de Cristo, 2004) y Un hombre para la eternidad (Fred Zinnemann, 1966), una especie de antigualla en mitad de una filmoteca muy reciente en la que no existe ni un título de John Ford. Sin embargo, esta sección también cuenta con una nutrida selección ecléctica y bastante clásica de lecturas espirituales y de formación humanística en la que tanto caben Régine Pernoud, Joseph Pieper, Jean Guitton, Werner Jaeger, Romano Guardini, Rilke, C. S. Lewis, Platón, André Frossard, François-Xavier Nguyen van Thuan, Joseph Ratzinger, Louis de Wohl, Teresa de Calcuta, Josemaría Escrivá, Charles Péguy, Manuel García Morente, Vittorio Messori, Chesterton o Teresa de Jesús, como Kiko Argüello, Pablo d’Ors, el papa Francisco, y el propio José Pedro Manglano.

Una de las curiosidades de los libros aconsejados es uno sobre sexualidad del sacerdote Mikel Gotzon Santamaría, miembro numerario del Opus Dei. Lo cual no deja de suponer un recordatorio de otra circunstancia: la sede de Hakuna Books es la misma que la de Ediciones Palabra, vinculada a la Obra. O al menos era la misma dirección hasta hace poco. El hecho de que tanto Opus Dei como Hakuna nacieran en Madrid, y de que ambas basaran gran parte de sus primeros pasos en lo que ahora se llama voluntariado, no puede ser mera casualidad. Es como si Hakuna no sólo hubiera nacido del Opus Dei, sino que fuera una versión del siglo XXI de lo que fundó el santo Escrivá de Balaguer.

El aragonés Escrivá era un cura joven que en Madrid intentaba hacer, como podía, la voluntad de Dios. Lo que el Espíritu Santo le pedía, él lo vivía a la manera propia de lo que era el 1900. Siendo un chaval, en Logroño, se sintió removido por unas huellas en la nieve; las que había dejado un carmelita descalzo. Aquello le cambió la vida: veía en el sacrificio, en la cruz, el amor a Dios. Y, así, creyendo que Dios lo llamaba para algo, rezaba y rezaba durante años. Y fundó el Opus Dei, tras escuchar las campanas de una iglesia de Chamberí. Sentía que Dios le hablaba, mientras hacía un trayecto en tranvía. En la Obra fundada por Escrivá se encontraba una Iglesia católica, a lo San Pío X, con el mundo moderno. Pero el Opus Dei no renunciaba a un solo rasgo que lo que era aquella Iglesia católica a lo San Pío X. Lo mundano no eliminaba ni un mínimo aspecto de lo católico. El Opus Dei rescataba a Santo Tomás de Aquino, cantaba en latín y sabía, antes y después del Concilio Vaticano II, que los cálices y los copones deben llevar, al menos, un baño de oro por dentro. El Opus Dei era tradición dentro de un mundo moderno. Era el ángelus a las doce del mediodía en mitad de una fábrica, una jaculatoria mariana en mitad de una sesión bursátil, un rosario en el tractor.

El fundador del Opus Dei decía que había que “amar el mundo apasionadamente”, porque había salido de las manos de Dios; y había que trabajar con tesón y cariño, porque el mismo Cristo así lo había hecho en el taller de José. Es decir; el concepto de “mundo” en el Opus Dei estaba referido a Dios. Sin Dios, el mundo no era más que enemigo del alma. Un planteamiento que, tras el Concilio, se ha desdibujado. A esto hay que añadir otra circunstancia: el Opus Dei sufrió los efectos antirreligiosos de la Guerra Civil española. El santo Escrivá tuvo que refugiarse y huir, caminando entre bosques e iglesias calcinadas, hasta que entró en Andorra y luego marchó a la España de Burgos, pasando primero por Pamplona. Donde años más tarde fundaría la famosa universidad.

El problema es que ha sucedido el Concilio y el siglo XXI. Tras la II Guerra Mundial, el Opus Dei se expandió por todo el mundo a un ritmo intenso. Cada año se empezaba la labor de la Obra en uno o dos países nuevos: Portugal, Italia, Francia, Reino Unido, Suiza, Estados Unidos, México… Pero, tras el año 1965 se inicia un parón que dura hasta el último año de Pablo VI. Entre 1965 (Bélgica y Nigeria) y 1978 (Bolivia) sólo hay un nuevo país en la expansión de la Obra: Puerto Rico (1969). Con Juan Pablo II y con Benedicto XVI, el Opus Dei recuperó su ritmo, sin casi ningún año en blanco en su apertura de nuevos centros en nuevos países. Sin embargo, a partir de 1998 el ritmo de internacionalización de la Obra se ha ralentizado. Y, durante el actual pontificado, no ha habido ningún nuevo país en el mapa de la Prelatura. Desde 2011 (Sri Lanka), nada.

A estos datos hay que añadir otros. En 1975, cuando muere Escrivá, el Opus Dei cuenta con 60.000 miembros, de los cuales casi un millar eran sacerdotes (un 1,6%). En 1996, la ya Prelatura ha pasado a tener 80.000 fieles y 1.600 sacerdotes propios (un 2%). En 2018, la cifra se eleva respectivamente a 92.900 miembros y 2.095 sacerdotes (un 2,3%). El crecimiento entre 1975 y 1996 es de un 33%, pero entre 1996 y 2018 el incremento ha sido del 16%, mientras que entre 1975 y 2018 el porcentaje de sacerdotes de la Prelatura ha pasado del 1,6% al 2,3%. En los últimos veinte años el aumento de presbíteros (31%) ha sido el doble que el de laicos dentro de la Obra.

Durante estas dos primeras décadas del tercer milenio, se evidencia un cierto problema de encaje del Opus Dei en la España actual y, en general, en este Occidente secularizado y en esta Iglesia cada vez más expuesta intelectualmente al Siglo, más a la defensiva en un mundo dominado por ideologías cada vez más implacables. Aún más: en Madrid, la gran ciudad del Opus Dei, ha habido un descenso del número de centros. En los años 90 llegó a haber en un área muy acotada cuatro centros juveniles de la Obra entre Diego de León (la sede nacional y también un colegio mayor de numerarios) y la iglesia del Espíritu Santo, encomendada a la Prelatura. Tres de aquellos centros, dirigidos a universitarios, ya no existen; el otro, dirigido a chavales de bachillerato, se mudó a la sede de un colegio mayor. A su vez, ese colegio mayor tuvo que trasladarse a otro emplazamiento donde ya existía un centro de la Obra. El antiguo chalé donde se desarrollaba la labor de una de estas casas del Opus Dei lleva diez años cerrado. Otros centros juveniles de distritos como Salamanca o Retiro también desaparecieron.

Este estancamiento, con puntuales retrocesos en España, obedece a causas muy variadas y complejas, como el envejecimiento de la población y como la descristianización social. Los datos de matrimonios canónicos, divorcios, asistencia a misas, etc. reflejan un descenso de la práctica católica en Occidente, del cual no se escapa España. Es raro encontrar una familia española, sea o no del Opus Dei, sin un divorciado, una convivencia extramarital o una pareja gay. Aumenta el número de personas que se declaran ateas o agnósticas, y se normalizan actitudes o ideas nada conciliables con la doctrina de la Iglesia. Resulta casi quimérico encontrar un partido político que plantee la derogación del llamado matrimonio homosexual. Además, dentro de la agenda papal hay nuevos temas que copan el protagonismo: se habla más de inmigración que de aborto, y se habla más de “salario mínimo vital” y derribar fronteras que de celebrar dignamente la misa y en latín.

Con independencia de los buenos, y excelentes, frutos espirituales tanto de Hakuna como del Opus Dei, se detecta en la evolución de ambas organizaciones el reflejo de una deriva sociológica, con respuestas diferentes en sendas entidades. El Opus Dei llegó a contar con personajes de la talla de Antonio Fontán o de Laureano López Rodó. Y entre sus exmiembros destacaban Jacinto Choza, Miguel Fisac o Raimon Panikkar. A estos nombres se unen almas admirables como Montserrat Grases, Álvaro del Portillo, Tomás Alvira, su esposa Paquita Domínguez, Guadalupe Ortiz de Landázuri, Isidoro Zorzano, admitidos como venerables o beatos por la Iglesia, y dentro de poco reconocidos como santos. Son cotas que parecen alejadas de la situación actual. ¿La influencia espiritual y humana del Opus Dei es la misma hoy que en la España de 1970 o de 1995? Incluso la estética de la Prelatura ha variado algo. En su libro dedicado al Opus Dei, Messori decía que la estética de la sobriedad castellana era lo que caracterizaba a los centros de la Obra. También en Italia. Los muebles castellanos eran la señal de una nobleza de espíritu que hundía sus raíces en la tradición y en la austeridad, en la ascética encarnada en el ajuar. Eran como versos de San Juan de la Cruz o de Teresa de Ávila esculpidos en las paredes de las casas del Opus Dei. Pero los nuevos centros, o los centros viejos una vez remodelados o traslados a otra ubicación, lucen otra estética, la de Ikea.

En cualquier caso, a todas las preguntas aquí planteadas responderá, en su momento y a su manera, el Espíritu Santo.

Elisa Suárez