
WiZink lleno, diecisiete mil jóvenes orantes el día de Reyes, presencia en setenta ciudades de tres continentes, el Papa Francisco bendiciendo, y unos índices de viralización que la mayor parte de la industria pop española firmaría sin pestañear. Las cifras de Hakuna desordenan el relato del descrédito católico en España y, por eso mismo, merecen tomarse en serio. Lo que aquí se discute no es su éxito —que es real— ni el cariño de sus miembros por la Eucaristía —que también consta— sino algo más sutil: qué cristianismo está siendo predicado cuando lo que finalmente circula, lo que millones de adolescentes tatúan en su Spotify, son las letras.
Conviene empezar recuperando una palabra técnica, no insultante. Emotivismo es el término que Alasdair MacIntyre, siguiendo a Charles Stevenson, fijó en Tras la virtud para designar la doctrina —o más bien el clima— según el cual los enunciados morales no son más que expresiones de preferencias y sentimientos. Aplicada al lenguaje religioso, la operación es análoga: las verdades dogmáticas dejan de afirmar algo del orden de lo real para convertirse en exclamaciones íntimas. Dios deja de ser quien Es; pasa a ser quien me hace sentir lo que siento. El cristianismo emotivista no niega; sublima.
Tome el lector la canción que mejor encarna el carisma público del grupo, Baila y déjate de historias. Su mandato central es renunciar al control y dejarse llevar; su imagen rectora, la danza, en la que Dios se ofrece literalmente como pareja de salón. Hay un verso especialmente revelador, en el que se afirma que es Dios Padre quien grita al fiel para acompañarle «en lo que elijas».
La distancia teológica con la tradición no podría ser mayor. Dios acompaña al hombre, sí, pero acompaña su esfuerzo por discernir la voluntad divina; no avala la libertad humana convertida en absoluto autorreferencial. La gracia adviene para rectificar lo torcido, no para firmar lo que ya estaba decidido en el salón. Otro verso aconseja, con sorprendente literalidad, que si uno carga la cruz «no se tiene por qué notar». Cristo, sin embargo, no escondió el madero: lo subió por Jerusalén a la vista de todos, y Pablo no se gloriaba en otra cosa. Convertir la cruz en una contrariedad pudorosa, una molestia íntima que conviene disimular para no estropear el ambiente, es exactamente lo contrario de la teología paulina. La canción cierra con una sentencia de aforismo motivacional: «no poner firma» sería «la mejor forma de firmar». El sentido, si lo hay, se nos escapa; el efecto, en cambio, es claro: la frase suena profunda. Y el sonar profundo, no el serlo, ya basta.
Huracán, su tema más viral, replica el esquema con más músculo. La voz del creyente confiesa preguntas, abismos, saltos y caídas; lo que finalmente rompe el cielo es un huracán de emoción que asciende desde la garganta hasta gritarle a Dios por su ausencia. El gesto es comprensible —los Salmos también claman— pero el centro de gravedad se ha desplazado. Allí donde el salmista pregunta por la fidelidad de Yahvé en términos de alianza y juicio, aquí el sujeto interroga a Dios por la sequedad afectiva. Es la metafísica del estado de ánimo. Conviene anotar el detalle redentor: la canción incluye también una declaración eucarística —«soy este trozo de pan»— que reintroduce a Cristo como Presencia Real. Si la pieza se quedase ahí, sería otra cosa. Pero el material que el oyente se lleva a casa es el huracán, no el pan.
Ruah es el ejercicio puro de invocación al Espíritu, y se entiende mejor su intención que su contenido. Lo que se pide repetidamente es que Dios «derrame» su Espíritu y «llene» un «vacío» y un «dolor». La gramática es la del consumo terapéutico: hay un déficit interior, una carencia afectiva, y se solicita el suministro. El Espíritu Santo —que en la tradición es santificador, persona, lazo de amor entre Padre e Hijo, espíritu de verdad y de juicio— queda funcionalmente reducido a ese repostaje de plenitud. Tampoco es del todo improcedente el reparo de imprecisión doctrinal: si el cristiano es templo del Espíritu desde el bautismo, pedirlo a derramamientos —como si no hubiera venido ya, como si su acción dependiese del fervor del rezo— acerca la espiritualidad a una mística pentecostalista que no es la de la Iglesia latina.
¿Para quién soy yo? plantea, en cambio, la cuestión vocacional, y aquí la deriva emotivista se vuelve estructural. La vocación se describe como un camino a ciegas que consiste en confiar, en poner el calendario en blanco y dejar que Dios lo rellene. Suena espiritual; es, en realidad, profundamente moderno. La vocación católica nunca ha sido un calendario en blanco: ha sido una llamada concreta a un estado de vida concreto, con obligaciones objetivas, autoridad eclesial discerniente, y deberes que no varían con la disposición del sujeto. El cristiano descubre su vocación leyendo los mandamientos y los consejos evangélicos, no esperando inspiraciones de agenda. Cuando la canción equipara la búsqueda vocacional con «encontrar la felicidad», se completa el viraje. Tomás, Bernardo, Ignacio: ninguno habría escrito eso.
Y aquí impone la justicia un alto, porque negar el reverso sería falsificar el expediente. Existe en el catálogo una canción de Hakuna que dice, literalmente, lo contrario del clima general del grupo. Se titula Sencillamente, lleva letra del propio Manglano, y su tesis es exactamente la que cualquier crítico de las modas emotivistas firmaría sin vacilar: hay que «desligar el creer del sentir», creer «sintiendo dudas», amar «estando frío», esperar «sintiendo miedo». Es San Juan de la Cruz vestido de pop, y es magnífico.
Que el mismo grupo capaz de escribir esto produzca el resto del catálogo plantea una pregunta interesante: ¿saben hacer otra cosa y eligen no hacerla? La respuesta probable es que sí. Sencillamente no es viral. Huracán sí lo es. La economía del fervor masivo impone sus condiciones, y lo que se canta entre llantos en un WiZink no son las paradojas del Carmelo sino los himnos del derramamiento. La existencia de la buena canción no rescata el conjunto; lo agrava, porque demuestra que se podría.
¿Qué se diluye, en suma, cuando el cristianismo se canta así?
Lo primero, el pecado en su densidad ontológica. En las letras de Hakuna el pecado aparece ocasionalmente, casi siempre como expresión litúrgica heredada —«por vuestros pecados ser crucificado» en la canción sobre la Magdalena— pero no como problema vivo en el corazón del oyente.
Lo segundo, el juicio. Cristo no juzga, recuerda otro de sus temas: vino a salvar y no a juzgar. Es cierto que en su primera venida vino a salvar; pero pretender que esa es la palabra completa sobre el Cristo de los Evangelios exige olvidar varios capítulos enteros, incluida la segunda venida y los discursos sobre las dos sendas.
Lo tercero, la objetividad del sacrificio. La Misa pasa a ser, en este registro, un encuentro afectivo y un momento de comunión emocional, y no la actualización incruenta del Calvario.
Lo cuarto, la doctrina. La Trinidad, la Encarnación, los novísimos, los sacramentos como signos eficaces ex opere operato: nada de esto necesita ser explicado para sostener una Hora Santa de Hakuna.
Y, finalmente, el escándalo. El cristianismo, en su núcleo, es ofensivo a la razón antes de serle útil. La predicación apostólica empezaba con un cadáver resucitado y unos creyentes dispuestos al martirio. La predicación hakunera empieza con un baile.
El propio Manglano —y este es el detalle que más respeta su inteligencia— reconoce públicamente la crítica. En entrevistas recientes ha admitido que el sentimentalismo es «una crítica recurrente» y ha defendido el sentimiento como «punto de partida» que debe ser «acompañado». La metáfora la pone él mismo: si el espíritu se vacía emocionalmente y no se llena después de la centralidad de Cristo, el demonio expulsado regresa con siete peores. La cita evangélica es exacta.
El problema es que el modelo descrito por su autor —emoción inicial seguida de formación robusta— no se sigue del producto que masivamente sale al mercado. El concierto vende; los retiros, las clases de teología, los acompañamientos personales, alcanzan a una minoría comprometida. La maquinaria, entendida como sistema, distribuye desproporcionadamente el primer paso —la canción— sobre los siguientes —el catecismo—. Y el primer paso, por su propia naturaleza, contiene todo lo que en él se ha puesto. Si lo que se puso fue emotivismo, emotivismo es lo que se difundirá, aunque en la trastienda haya un sólido tratado dogmático esperando a quienes quieran subir al primer piso. La mayoría se queda en el baile.
No es necesario, para concluir, ningún juicio temerario sobre conciencias individuales. Habrá oyentes de Hakuna cuya fe ha madurado a través de estos cantos hasta el dogma firme y la moral exigente; habrá otros, y serán probablemente más, cuya religión se ha estabilizado en una espiritualidad ambiental, agradable, terapéutica, tan compatible con el catolicismo profundo como con su versión líquida.
El examen, por tanto, no se refiere a personas sino a un cierto tono. Y ese tono, leído con calma en las letras, es el que Charles Taylor describió hace décadas: la era secular no se caracteriza por la ausencia de Dios sino por su domesticación afectiva, por su transformación en una opción más entre las muchas que el yo expresivo administra. Hakuna no salva al cristianismo de esa deriva; le pone banda sonora. Que esa banda sonora llene estadios sólo prueba lo bien que conoce su época. Si será capaz de transmitirla intacta a la generación siguiente es algo que no decidirán las plataformas de streaming, sino los hijos que sus oyentes de hoy lleven —o no— a Misa.
Carlos Balén





