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viernes, 19 de junio de 2026

El retorno del juanpablismo y la dimensión social de la liturgia




La visita del Papa León XIV a España fue un éxito, y un éxito que sorprendió a todos, tanto por lo que dijo como por las multitudes que logró congregar. Habrá pronunciado discursos peores -como el primero, redactado seguramente por la Secretaría de Estado-, otros mejores y otros muy buenos. Creo que estos últimos fueron la mayoría. Los católicos ya estábamos desacostumbrados a oír hablar con claridad sobre las verdades innegociables de la fe. Como muchos han dicho en los últimos días, fue un retorno al estilo claro y católico del Papa Benedicto XVI, de feliz memoria.

No voy a dedicarme yo a escribir sobre esos textos pontificios. Ya lo han hecho muchos sitios y columnistas, y no tiene sentido repetirse. Sí me parece interesante hacer una reflexión hacia lo que me pareció un flash back a los tiempos de Juan Pablo II, una analepsis no tanto o no sólo por lo que se escuchaba, sino por las multitudes concentradas. 

Recordemos que durante el pontificado anterior, Francisco se paseaba en sus viajes apostólicos sentado en un ridículo Fiat 500 blanco, porque era pobre, y apenas si concentraba puñaditos de católicos devotos que trataban inútilmente de cubrir sus trayectos sembrados de calles desiertas. Sin embargo, debo ser honesto y reconocer que yo fui muy crítico de Juan Pablo II y que una de mis críticas apuntaba justamente a su carácter histriónico y su empeño obsesivo de vivir rodeado de multitudes. En otras palabras, lo que yo decía en ese momento es que la religión, que el Evangelio, que la labor de la Iglesia no pasa por los fenómenos de masa.

And yet… Creo que ya no diría lo mismo, y no porque me haya rendido ante la ficción de éxitos inexistentes, sino porque la realidad es que la Iglesia siempre recurrió a las concentraciones relativamente multitudinarias según la demografía de los diversos tiempos. En el momento fundacional de la Iglesia, cuando los apóstoles, luego de Pentecostés, se asomaron a las ventanas del Cenáculo, predicaron la Buena Nueva y se bautizaron tres mil personas, una número bastante importante para la época. Y, saltando algunos siglos, las peregrinaciones medievales, tan comunes y habituales, eran fenómenos de masa, como también lo eran las actividades apostólicas de grandes predicadores como San Antonio de Padua y San Vicente Ferrer.

Podrá aducirse que los fenómenos que menciono representan labores misioneras y no litúrgicas. Las misas, por tanto, como la de las Cibeles en Madrid, que reunió a un millón doscientas mil personas, representarían un fenómeno extraño a nuestra fe. Y no me estoy refiriendo al rito que se celebró, sino al fenómeno mismo de una celebración litúrgica frente a grupos humanos de tales dimensiones. Me pregunté entonces si estaban fundadas mis críticas al «estilo juanpablista» que parece estar de retorno.

Existe una tentación que afecta a muchos buenos católicos, sobre todo si somos conservadores o tradis, y consiste en considerar la liturgia como un asunto puramente privado: un encuentro íntimo entre el alma y Dios, bello sin duda, pero esencialmente interior e individual. 

Sin embargo, una mirada más atenta a la naturaleza misma del culto cristiano nos revela algo radicalmente diferente. La liturgia no es solamente fuente de vida religiosa personal: es, ante todo y estructuralmente, una forma de vida social. Entender esto no es una cuestión de sociología aplicada a lo sagrado; es comprender algo que pertenece a la esencia misma de la oración de la Iglesia.

La liturgia posee una dimensión temporal. El fiel que participa en la liturgia no lo hace como individuo aislado que entra y sale de un recinto sagrado. Lo hace como miembro de una tradición viva que se remonta, a través de veinte siglos de la misma liturgia, hasta los propios salmos del Pueblo de Israel. Esta conciencia de estar «enraizados» en los antepasados espirituales no es meramente sentimental: es una fuente de energía moral y espiritual de primer orden. Quien ora con la Iglesia sabe que no ora con palabras propias, frágiles y contingentes, sino con las palabras que la Iglesia misma, asistida por el Espíritu, ha consagrado como auténticamente divinas.

Es decir, la liturgia posee una naturaleza social. Esto nos puede sonar propio de la postura modernista, pero no lo es. Veamos una comparación: en el teatro, hay una separación irreductible entre actores y espectadores. El público entra porque le place, conserva su espíritu crítico, aplaude o se impacienta, y cuando la sala emociona a todos por igual, esa unidad es puramente accidental. En la iglesia, en cambio, todos los presentes participan activamente en la realización de una misma obra. No hay espectadores en sentido pleno: hay una jerarquía de actores, con el clero en primer plano, pero todos coactúan. El agrupamiento eclesial es, en este sentido preciso, una «cooperativa». Y esta unión moral y formal de los fieles con el clero no solo existe en cada ceremonia particular, sino que se extiende a lo largo del año litúrgico entero, que arrastra a todo el mundo en su torbellino sagrado.

Esta unidad tiene además una característica notable: trabaja constantemente por mantenerse y restablecerse. El medio litúrgico se comporta como un organismo vivo: la oración, la caridad, las exhortaciones mutuas son los factores permanentes de su cohesión. El principal de todos es de orden teleológico: los fieles sienten la necesidad de permanecer unidos por el culto. La liturgia no es un dispositivo externo que agrupa a personas que de otro modo serían extrañas entre sí; es el lazo que constituye a la comunidad cristiana como tal.

En cuanto a los efectos sobre la asamblea, cabe observar que hay en la muchedumbre litúrgica un cierto nivelamiento: el sabio vale tanto como el ignorante, el rey vale tanto como el carbonero, el teólogo vale tanto como la piadosa viejecita, porque todos se sujetan a la misma docilidad ante la misma liturgia. Pero ese nivelamiento superficial oculta un profundo «desnivel» en las capas más hondas del alma. La liturgia arroja, con un mismo gesto uniforme, una sola y misma semilla en surcos alineados, pero hace brotar de diferentes tierras cosechas que difieren al infinito. Los temas ofrecidos al sentimiento son idénticos; pero en cada corazón se encienden fervores proporcionales a su preparación moral y a su capacidad de amar. Esta es la nobleza específica de la liturgia frente a cualquier otra forma de experiencia colectiva: no aplana, sino que eleva.

Hay una perspectiva histórica que todo católico debería tener siempre presente. La liturgia no ha sido sólo el culmen de la vida interior de la Iglesia: ha sido una de las principales fuerzas de cohesión social y civilización de Occidente. La conversión de la mitad de Europa por los monjes benedictinos es, en uno de sus aspectos más originales, la historia del impacto social de un coro monástico sobre una asamblea de fieles. La gran fuerza de la liturgia reside en que es una lección de cosas: exempla trahunt. Los monjes no convirtieron mediante la polémica ni la especulación teológica, sino mediante el ejemplo continuado de una vida cristiana ferviente, practicada con la constancia propia de un cuerpo social.

Por eso mismo, creo que aunque no todos nos sintamos cómodos asistiendo al tipo de misas multitudinarias como las que vimos en España, y eventualmente prefiramos no asistir, no por eso debemos menospreciarlas, y en esto debo rectificarme con respecto a lo que pensaba y decía hasta hace algunas décadas.

The Wanderer



Anotación al margen

Pensaba que, luego de la garrafal torpeza que cometió el Papa León el año pasado en una de sus conferencias de prensa espontáneas a la salida de Castelgandolfo, ya estaría precavido, y no diría lo primero que se le viene a la cabeza cuando le ponen un micrófono enfrente. 

Pero estaba equivocado. El martes pasado, en las mismas circunstancias, afirmó un par de bêtises inaceptables. Tiene toda la razón y fue muy claro cuando dijo que “La decisión de consagrar obispos corresponde a la FSSPX, y ellos ya saben a lo que se enfrentan»Sin embargo, agregó que se niegan a aceptar algunos puntos fundamentales de la Iglesia, comenzando por los del Vaticano II. 
Sería importante conocer cuáles son los puntos fundamentales de la fe expresados en el Vaticano II, un concilio autodefinido como pastoral, y que no se encuentran en los concilios anteriores. 
La ineludible función magisterial que posee el pontífice romano le deberían impedir pronunciar semejantes imprecisiones.
Pero más interesante, o preocupante aún, es saber si el mismo criterio y las mismas puniciones se aplicarán a quienes rompen la unidad de la Iglesia no consagrando obispos sin mandato apostólico, sino negando abierta y públicamente muchos puntos fundamentales de la fe expresados no sólo en el Vaticano II sino en todos los concilios ecuménicos anteriores y en el magisterio romano. 
¿O será que algunos tienen dispensa en la aceptación de las verdades fundamentales?

sábado, 6 de junio de 2026

Mons. Schneider: la raíz del conflicto entre Roma y la FSSPX está en las ambigüedades del Vaticano II




La posible consagración de nuevos obispos por parte de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X ha mantenido vivo el debate desde que se anunció esa decisión sobre la relación entre Roma y la obra fundada por Mons. Marcel Lefebvre. En este contexto, la periodista Diane Montagna ha publicado un extenso artículo del obispo Athanasius Schneider en el que el prelado sostiene que el verdadero problema no es principalmente jurídico, sino doctrinal y litúrgico.

A continuación, ofrecemos la traducción íntegra de este texto, en el que Mons. Schneider analiza las tensiones surgidas tras el Concilio Vaticano II, la situación actual de la FSSPX y las posibles vías de solución al conflicto.

La cuestión central relativa a la Fraternidad Sacerdotal San Pío X

Las cuestiones y problemas relacionados con la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX) han sido objeto de un debate en gran medida estéril durante más de cincuenta años y han culminado ahora en las anunciadas consagraciones episcopales, que todavía no han sido aprobadas por la Santa Sede. La discusión ha estado alimentada por la emoción —a menudo, literalmente cum ira et studio— y con frecuencia es llevada a cabo por personas que carecen de familiaridad directa con los documentos pertinentes o de experiencia personal con la FSSPX. En muchos casos, su conocimiento es superficial y está moldeado por juicios preconcebidos. Como resultado, el debate suele parecer un diálogo de sordos, en el que los mismos argumentos se repiten indefinidamente sin ningún progreso significativo.

Además, el debate elude en gran medida la cuestión central planteada por la FSSPX. Este fracaso se debe a un error metodológico fundamental y a la falta de una justificación basada en hechos respecto de las ambigüedades doctrinales y litúrgicas objetivas que se encuentran en el corazón de la controversia. En esencia, el conflicto gira en torno a la cuestión de la verdad.

1. El Vaticano II en el contexto de los otros veinte concilios ecuménicos

El primer error consiste en tratar un concilio pastoral —en este caso, el Concilio Vaticano II— como si fuera enteramente dogmático, y presuponer que todas sus afirmaciones deben considerarse propuestas de manera definitiva y vinculantes para todos los católicos. Quienes actúan así pasan por alto que el propio Pablo VI afirmó: «Hay quienes preguntan qué autoridad, qué calificación teológica quiso dar el Concilio a sus enseñanzas, sabiendo que evitó emitir definiciones dogmáticas solemnes que comprometieran la infalibilidad del Magisterio eclesiástico. La respuesta es conocida por quien recuerde la declaración conciliar del 6 de marzo de 1964, repetida el 16 de noviembre de 1964: dado el carácter pastoral del Concilio, este evitó pronunciar, de manera extraordinaria, dogmas dotados de la nota de infalibilidad» (Audiencia General, 12 de enero de 1966). Esto se aplica también a las dos constituciones «dogmáticas» del Concilio, Dei Verbum y Lumen gentium, ya que el adjetivo «dogmático» posee un significado más amplio y no se limita a los dogmas entendidos como enseñanzas dotadas de infalibilidad.

Entre los otros veinte concilios ecuménicos se encuentran numerosas declaraciones y documentos pastorales o disciplinarios que hoy ya no son aplicables (por ejemplo, el decreto del IV Concilio de Letrán que establece: «Si un señor temporal descuida limpiar su territorio de la inmundicia herética, quedará sujeto al vínculo de la excomunión»), así como afirmaciones doctrinales no definitivas (por ejemplo, sobre la materia y la forma del sacramento del Orden Sagrado en el Concilio de Florencia) que posteriormente fueron corregidas por el Magisterio de la Iglesia. No se puede absolutizar cada forma histórica concreta de gobierno eclesial, pues hacerlo eliminaría la necesaria distinción entre, por un lado, las verdades inmutables y permanentes de la fe (Depositum Fidei) y, por otro, los diversos modos mediante los cuales esas verdades son transmitidas (por ejemplo, una declaración pastoral, una afirmación doctrinal no definitiva o una definición ex cathedra), cada uno de los cuales posee un grado diferente de autoridad y fuerza vinculante.

Hoy, sin embargo, para estar en plena comunión con la Santa Sede, es necesario aceptar aquellas afirmaciones y enseñanzas del Vaticano II que son pastorales y ciertamente no definitivas en cuanto a su naturaleza magisterial. Esto plantea una pregunta importante: ¿por qué la aceptación incondicional de los textos del Vaticano II se presenta como una conditio sine qua non para la plena comunión con la Santa Sede, mientras que no existe un requisito comparable respecto de las enseñanzas pastorales, disciplinarias o no definitivas de los veinte concilios ecuménicos anteriores?

Entre las enseñanzas no definitivas del Vaticano II hay varias —particularmente las relativas a la libertad religiosa, el ecumenismo, el diálogo interreligioso y la colegialidad— cuyas formulaciones son ambiguas y difíciles de conciliar con doctrinas enseñadas de manera constante por el Magisterio desde la época de los Padres de la Iglesia hasta el período inmediatamente anterior al Concilio.

Existe también la cuestión de las deficiencias rituales y doctrinales del Novus Ordo Missae. Tales preocupaciones ya no pueden ser descartadas sin más, como demuestra, por ejemplo, el testimonio del archimandrita Boniface Luykx en su libro A Wider View of Vatican II: Memories and Analysis of a Council Consultor (Angelico Press, Brooklyn, NY, 2025). Los defectos del Novus Ordo Missae siguen siendo objeto de seria discusión y no pueden simplemente pasarse por alto. Sin embargo, la Santa Sede está pidiendo a la FSSPX que acepte no solo la validez, sino también la legitimidad y bondad de la reforma litúrgica contenida en el Novus Ordo Missae.

2. Dos excesos modernos en la vida de la Iglesia: legalismo y papocentrismo

La resolución de la cuestión de la FSSPX se ve obstaculizada no solo por una renuencia a afrontar con honestidad intelectual las cuestiones doctrinales subyacentes y a reconocer la existencia de ambigüedades doctrinales que requieren corrección, sino también por una mentalidad poco saludable que se ha desarrollado en la Iglesia durante los últimos siglos: concretamente, la primacía del legalismo o positivismo jurídico, junto con un excesivo papocentrismo que se aproxima a una cuasi divinización tanto del cargo como de la persona del Papa.

Estos excesos modernos distorsionan y restringen la vida de la Iglesia al subordinar la primacía de la pureza y claridad de la fe y de la liturgia a las exigencias del legalismo y del papocentrismo, un fenómeno ajeno a los Padres de la Iglesia y a la gran Tradición. En esta forma exagerada de papocentrismo, el Papa y su magisterio, incluso cuando no son estrictamente dogmáticos o definitivos, tienden a ser tratados como poseedores de un carácter absoluto y cuasi divino. El clima eclesial ha estado a menudo marcado, al menos implícitamente, por supuestos que se aproximan a tales actitudes.

La mayoría de los comentaristas de la actual controversia en torno a las consagraciones episcopales de la FSSPX permanecen, a menudo sin darse cuenta, influidos por los excesos de legalismo y de papocentrismo exagerado que caracterizan gran parte de la vida eclesial contemporánea. La ley según la cual las consagraciones episcopales realizadas sin autorización papal —o contra la voluntad expresada por el Papa— constituyen un acto cismático era desconocida en la época de los Padres de la Iglesia. De hecho, esta ley solo entró en vigor durante el segundo milenio. El canon 1387 del Código de Derecho Canónico de 1983, que prohíbe la consagración de un obispo sin mandato pontificio, está clasificado entre los «Delitos contra los sacramentos», y no entre los «Delitos contra la fe y la unidad de la Iglesia», donde se sanciona el cisma (can. 1364). Si la consagración episcopal sin mandato pontificio fuera intrínsecamente cismática, estaría ubicada entre los delitos «contra la unidad de la Iglesia». El canon correspondiente en el Código de 1917 estaba igualmente incluido entre los «Delitos en la administración y recepción de las órdenes y otros sacramentos» (Título XVI), y no entre los «Delitos contra la fe y la unidad de la Iglesia» (Título XI).

3. El estado extraordinario de crisis, e incluso de emergencia, en la Iglesia

Desde el Concilio Vaticano II, la Iglesia Católica ha experimentado un clima de ambigüedad general, vaguedad e incertidumbre respecto de importantes doctrinas como la unicidad de Cristo Redentor, la unicidad de la Iglesia Católica, la estructura monárquica de origen divino de la Iglesia (tanto en el nivel universal como en el local) y el carácter sacrificial de la Santa Misa. Es manifiestamente evidente que quienes han ejercido el poder administrativo en la Santa Sede durante las últimas décadas, y continúan ejerciéndolo hoy, exigen a la FSSPX como conditio sine qua non para la plena comunión con la Santa Sede la aceptación del clima de facto de ambigüedad doctrinal y litúrgica y de relativismo, que ha alcanzado su punto culminante con el actual y extremadamente confuso proceso sinodal en toda la Iglesia.

Desde el Concilio, con algunas de las mencionadas enseñanzas ambiguas, se ha puesto en marcha un proceso destinado a establecer, con la autoridad del Romano Pontífice, una llamada «Iglesia del Vaticano II» o «Iglesia conciliar». Esta tendencia, que en nuestros días adopta el nuevo nombre de «Iglesia sinodal», pretende básicamente convertirse en una religión relativista adaptada al mundo. Los intentos de disfrazar esta nueva tendencia hacia una forma ambigua, relativista y mundana de la Iglesia Católica mediante una hermenéutica de la continuidad son deshonestos y poco convincentes.

4. El dilema de conciencia de la FSSPX

La Santa Sede exige a la FSSPX que acepte doctrinas formuladas de manera ambigua y no definitivas como una conditio sine qua non para la plena comunión con la Santa Sede y para recibir una regularización canónica. Entre ellas se encuentran las enseñanzas relativas a la libertad religiosa, el ecumenismo, el diálogo interreligioso (incluyendo, por ejemplo, la afirmación de Lumen Gentium 16 de que los musulmanes, junto con los católicos, «adoran al Dios único y misericordioso»), la colegialidad episcopal (entendida de una manera que disminuye la estructura monárquica de origen divino de la Iglesia) y las reformas litúrgicas asociadas al Novus Ordo Missae. La Santa Sede también exige a la FSSPX que reconozca formalmente las declaraciones y enseñanzas de los Papas posconciliares que pertenecen al llamado magisterio auténtico y cotidiano. Entre ellas se incluyen, por ejemplo, ciertas afirmaciones de Amoris Laetitia que socavan gravemente e incluso contradicen la Revelación divina; el permiso formal del papa Francisco para que las personas divorciadas y vueltas a casar reciban la Sagrada Comunión; y la declaración sobre las bendiciones a parejas del mismo sexo, Fiducia Supplicans.

Si se examina con honestidad intelectual la extraordinaria crisis que ha afectado a la Iglesia desde el Concilio —junto con las ambigüedades y el relativismo doctrinal, litúrgico y pastoral que la han acompañado—, entonces la existencia y actividad de la FSSPX pueden considerarse, desde una perspectiva de largo plazo y a la luz de los dos mil años de historia de la Iglesia, como una obra de la providencia divina y como una fuente de ayuda para la Iglesia durante una crisis de una magnitud sin precedentes.

Al leer los recientes documentos emitidos por el Superior General de la FSSPX, el padre Davide Pagliarani, particularmente la Declaración de Fe Católica y su Mensaje a la Fraternidad y a sus fieles (adjuntos más abajo), no puede dejar de advertirse un espíritu profundamente católico, impregnado de una verdadera fe en el primado papal y de una devoción filial hacia la persona del Sumo Pontífice.

El problema al que se enfrenta la FSSPX no es difícil de comprender. La Santa Sede exige que la FSSPX acepte, sin objeciones sustanciales, ciertas enseñanzas objetivamente ambiguas y no definitivas del Concilio Vaticano II, afirmaciones ambiguas del magisterio papal posconciliar y defectos doctrinales y rituales objetivos del Novus Ordo. Sin embargo, Dios nunca ha exigido la aceptación de doctrinas que sean poco claras o formuladas ambiguamente, y a lo largo de su historia la Iglesia siempre ha actuado en consecuencia.

La FSSPX considera que una de las razones esenciales de su existencia es llamar, con parresía, a un retorno a la claridad absoluta y a la pureza doctrinal que la Iglesia siempre ha buscado preservar a lo largo de los siglos. En el pasado, los Romanos Pontífices soportaron persecuciones, martirios e incluso cismas antes que tolerar la más mínima ambigüedad en la expresión de la fe. Entre los ejemplos más notables se encuentran el rechazo del término ambiguo homoiousios; el rechazo del Henotikon, que, aunque no era formalmente herético, socavaba la claridad de la doctrina cristológica y facilitaba la difusión del monofisismo; y el rechazo de las formulaciones cristológicas ambiguas del papa Honorio I (+638). Varios Papas condenaron póstumamente a Honorio I, no por herejía, sino por ambigüedad doctrinal y por haber favorecido la difusión de la herejía. La unidad no es, en sí misma, el criterio último de la verdad. La historia de la Iglesia conoce numerosas situaciones en las que existieron tensiones entre la tradición y el ejercicio efectivo de la autoridad eclesiástica.

El simple hecho de que ciertas enseñanzas del Concilio Vaticano II, junto con la reforma litúrgica, hayan dado lugar —y sigan dando lugar, tanto en teoría como en la práctica— a un debilitamiento de la claridad doctrinal obliga al Papa, siguiendo el ejemplo de muchos de sus heroicos predecesores, a aclarar y, cuando sea necesario, corregir estas enseñanzas. Esto debería hacerse con una renovada precisión y claridad doctrinales, de tal manera que no quede espacio alguno para interpretaciones ambiguas o erróneas. A este respecto, sigue siendo más actual que nunca el siguiente principio, que durante mucho tiempo guio a los Romanos Pontífices: «La ambigüedad nunca puede ser tolerada en un Sínodo (Concilio), cuya principal gloria consiste, ante todo, en enseñar la verdad con claridad y excluir todo peligro de error» (Pío VI, Auctorem fidei).

La tragedia de la situación actual es que la Santa Sede exige a la FSSPX que acepte el estado existente de ambigüedad doctrinal y litúrgica como una conditio sine qua non para la plena comunión y la regularización canónica. Durante la controversia monotelita, cuando el papa Honorio I adoptó una posición ambigua, el santo patriarca Sofronio de Jerusalén envió a Roma a su sufragáneo, Esteban, obispo de Dora, instruyéndole para que acudiera a la Sede Apostólica, donde se encuentran los fundamentos de la doctrina ortodoxa, y no cesara de orar y suplicar hasta que quienes ejercían la autoridad examinaran y condenaran el nuevo error. El obispo Esteban permaneció en Roma durante diez años, perseverando en esta misión hasta presenciar la condena de la herejía por parte del papa Martín I en el Concilio Lateranense de 649. En cierto sentido, la FSSPX está desempeñando hoy una función similar, instando sin descanso a la Santa Sede a poner fin a la situación de ambigüedad e incertidumbre doctrinal y litúrgica. La FSSPX ha declarado repetidamente que no tiene otra intención que formar a las almas confiadas a su cuidado pastoral como buenos cristianos e hijos e hijas auténticos de la Iglesia Romana. En última instancia, se debería estar agradecido a la FSSPX por este papel; los futuros Papas ciertamente lo estarán.

5. La solución pastoral del Papa al problema de la FSSPX

La Santa Sede debería considerar debidamente la Declaración de Fe Católica y el Mensaje a los fieles emitidos por el Superior General de la FSSPX, y reconocer estos documentos y actos como suficientes y capaces de satisfacer las condiciones mínimas para la comunión eclesial. Una excomunión en el momento presente abriría una nueva herida en el Cuerpo Místico de Cristo, innecesaria y evitable.

A la luz de estos documentos y actos de la FSSPX, el Papa, con su corazón paterno, podría hacer una excepción y permitir las consagraciones episcopales mediante un gesto pastoral verdaderamente generoso. Al imponer una excomunión a los obispos consagrantes y consagrados, el Sumo Pontífice estaría castigando implícitamente también a los fieles de la FSSPX —una parte de su rebaño— que sinceramente lo aman y lo reconocen, pero que, debido a lo que perciben como un auténtico dilema de conciencia, no ven otra alternativa que continuar siendo asistidos pastoralmente por la FSSPX, para cuya existencia el episcopado sigue siendo indispensable, especialmente para la administración de los sacramentos del Orden Sagrado y de la Confirmación.

Por lo tanto, únicamente por el bien de las almas y el bien de la Iglesia, la FSSPX pide que el Sumo Pontífice muestre comprensión, dadas las circunstancias actuales, respecto de su necesidad de contar con obispos y permita las consagraciones episcopales. Lamentablemente, pese a lo que considera un dilema de conciencia objetivo, la FSSPX es caracterizada en gran medida como cismática y orgullosa.

Con un espíritu de magnanimidad, el Sumo Pontífice, como verdadero padre, podría tender un puente hacia la FSSPX, esta porción de su rebaño, y permitir las consagraciones episcopales de manera excepcional para fomentar un clima en el que, mediante una mayor confianza mutua, pueda encontrarse de forma paciente y gradual una solución a las cuestiones doctrinales y a las correspondientes disposiciones jurídicas. La Iglesia sinodal de nuestros días debería ser capaz de una amplitud pastoral y una generosidad semejantes. A la luz de las numerosas declaraciones e iniciativas ecuménicas generosas de las últimas décadas, debería asimismo demostrar su capacidad para abordar un problema eclesial serio mediante el diálogo, la paciencia y la comprensión dentro de la propia Iglesia Católica.

Recientemente, el cardenal Pietro Parolin, secretario de Estado del Vaticano, afirmó que, respecto a las desviaciones de los obispos alemanes, la Santa Sede no desea que las divisiones desemboquen en medidas punitivas, subrayando que los problemas dentro de la Iglesia deben resolverse pacíficamente siempre que sea posible. ¿Por qué no habría de aplicarse este mismo enfoque también a la FSSPX, que no niega ningún dogma, reconoce el primado del Papa, reza por él y profesa una devoción filial hacia su persona, mientras conserva únicamente aquello que la Iglesia creyó y celebró universalmente hasta el Concilio? Al mismo tiempo, el Camino Sinodal Alemán ha promovido claras desviaciones doctrinales que fomentan de facto herejías e incluso posiciones blasfemas. ¿Por qué, entonces, se enfatiza la reconciliación y el diálogo paciente en un caso, pero no en el otro?

Si este año el Papa pronunciara una excomunión, un nuevo anatema, contra los obispos consagrantes y consagrados, ello pasaría a la historia de la Iglesia como un error de excesiva severidad pastoral. Las futuras generaciones y los futuros Papas llegarían a lamentarlo. ¿Por qué habría de hacer hoy el Papa aquello que las generaciones futuras podrían lamentar mañana? ¿No deberíamos aprender de la historia? ¿No está llamado el Papa, como Sumo Pontífice, ante todo a ser un constructor de puentes?

Anexos:

1.Entrevista con el Superior General de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X del 5 de febrero de 2026:

Mensaje a los fieles y amigos de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X del 7 de marzo de 2026:

Declaración de Fe Católica dirigida a Su Santidad el Papa León XIV por el P. Davide Pagliarani, Superior General de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, del 14 de mayo de 2026:

domingo, 18 de junio de 2023

¿Pecado o fragilidad? La revolución lingüística en la Iglesia



Toda revolución trae consigo también una revolución lingüística porque suprimir una determinada realidad para sustituirla por otra nueva implica, paralelamente, suprimir todos aquellos términos que definen la realidad presente para dar paso a un nuevo vocabulario capaz de describir el nuevo mundo que, por definición, siempre es mejor que el anterior. Incluso las revoluciones en la casa católica que invierten la fe y la moral no escapan a esta regla léxica. Algunos ejemplos.

Tomemos primero la palabra "pecado" que ha sufrido un severo ostracismo en favor del término "fragilidad". "Pecado", término ahora en el banquillo, evoca un complejo doctrinal de principios, así como una ofensa a Dios, por lo tanto se refiere a un plan trascendente, una voluntariedad expresada por la persona y por lo tanto su responsabilidad. Se sigue que, en el imaginario colectivo, asociado al “pecado” tenemos conceptos como mandamiento, error, injusticia, culpa, reparación, castigo. La "fragilidad" baja la temperatura moral respecto al concepto de "pecado". De hecho, este lema se refiere más al ser –. “Él es una persona frágil” – que a la acción, a la conducta. Pero la moral se refiere sobre todo a la acción y, por tanto, a las reglas de conducta. De ello se deduce que la fragilidad es capaz de liberarse de los cuellos de botella de la moralidad.

Y entonces la fragilidad, siempre en la conciencia colectiva y desde una perspectiva psicológica, puede ser inherente a la persona, por tanto inevitable y por tanto sin culpa. Además -y ahora en cambio nos movemos desde un punto de vista teológico- este término parece evocar, en el sentido protestante, esa condición de debilidad intrínseca e irrecuperable de nuestra naturaleza humana herida por el pecado original. Pero incluso en este caso, la fragilidad no se puede suprimir, no se puede erradicar. Por lo tanto, no puede suscitar ninguna condena y, por el contrario, se mueve inmediatamente hacia su justificación y, por tanto, hacia la solidaridad.

Huelga decir entonces que el concepto de fragilidad excluye a Dios del horizonte , porque la fragilidad no ofende a nadie, y menos al Creador, que entrará en juego, si acaso, para sanar a los frágiles en la confesión, un lugar que se ha convertido sólo en un enfermería y no también un tribunal para admitir la culpabilidad. La fragilidad, en cambio, elimina este aspecto y presenta al pecador sólo como una persona herida sin su culpa. Por tanto, es necesario asesinar el pecado en la legítima defensa de una vida tranquila.

Otro término que se ha retirado es "doctrina".En su lugar encontramos "pastoral". Ya no existe un complejo de normas y principios de fe y moral que guían al creyente en la práctica, que deben ser declinados por los pastores en la acción evangelizadora. Esta relación jerárquica en la que la doctrina está arriba y la pastoral abajo se ha invertido, de hecho, para ser más correctos, podríamos decir que la pastoral coincide con la doctrina. Es lo contingente, lo particular que revela la norma igualmente contingente y particular. No hay lugar para la doctrina en esta idea de Iglesia, sino sólo para un pesado manual de experiencias. Las reglas universales ya no existen: la casuística dicta la ley. Las únicas reglas universales son principios muy generales, buenos para todas las épocas, que con jactancia se deducen de un espíritu del Evangelio deliberadamente inespecífico: apertura a los demás, especialmente a los más pequeños, mejor si son pobres; El diálogo; no discriminación, inclusión; respeto por el medio ambiente; solidaridad; etc.

Detengámonos en el sustantivo "entorno" que envió "creado" al ático. Señal, una vez más, de que el brazo horizontal de la cruz, horizontal como la tierra, debe vencer al vertical, que indica el Cielo. Por tanto debe prevalecer una visión inmanentista y no trascendente porque el medio ambiente no necesita de Dios para existir, mientras que la creación sí. Cabe añadir que el entorno, dentro de un ambiente religioso, pronto se convirtió en el culto, aunque disfrazado, de Gea, diosa de la Tierra. Se revoluciona la jerarquía del orden natural querido por Dios y así la persona se vuelve sólo un animal humano, pero siempre es un animal, que se subordina, para conquistar el Cielo, para honrar la Tierra, es decir, las plantas, los animales y hasta los glaciares. .

Hasta la palabra “justicia” ha caído en el olvido, que ha sido descartado del vocabulario católico a favor del término "misericordia". O más bien, el término "justicia" todavía encuentra su dignidad solo si se declina como "justicia social", es decir, solo si se gasta en referencia a los pobres, los marginados, los enfermos, los inmigrantes, etc. Pero cuando despeguemos hacia el Cielo, la justicia quedará en el suelo y en el más allá sólo nos encontraremos frente a frente con una misericordia divina que, según las intenciones de algunos teólogos, es tan generosa que no parece a nadie ni a nada, ni siquiera a los pecados. Y por eso, después de la confianza ciega en Dios, ahora también debemos predicar la misericordia ciega, ciega ante los méritos y los deméritos. En cuanto a estos últimos, reinará el poder del perdón que, después de tantas e insistentes operaciones de cirugía plástica teológica,

Incluso la palabra “jerarquía” ha sido blanqueada porque lo nuevo que avanza se llama sínodo (que no es tan nuevo). Caminar juntos sin rumbo, persiguiendo tenazmente el caminar juntos como único fin, es el sínodo, el órgano de gobierno sin precedentes de la Iglesia que, idealmente desprovisto de jerarquía, produce una marcha de los fieles inevitablemente sin un orden particular. El caso alemán es paradigmático en este sentido. En realidad todo es una ficción deliberada: históricamente los que siempre han hablado de colegialidad, de democracia, de compartir, lo hacían porque les servía instrumentalmente a su autoritarismo. Tras el escudo de la sinodalidad se esconden los cuatro de siempre que no quieren ceder el poder. La masa se maneja fácilmente, sobre todo si en la dinámica sinodal sólo participan los que piensan como los de la sala de control: el consenso se construye ingeniosamente y, por lo tanto, fortalece la fuerza de unos pocos. Si entonces el pueblo de Dios no se orienta como quieren los controladores, señor, bastará no escucharlo. Este proceso que ve la sinodalidad utilizada subrepticiamente para consolidar el poder es la antítesis del principio jerárquico, tal como se entiende en el sentido católico. Tanto porque la jerarquía no prevé la aniquilación de los poderes intermedios en favor del poder de uno solo, como porque la jerarquía católica significa servicio, y porque la jerarquía de los eclesiásticos está siempre subordinada a la jerarquía celestial y por tanto a la verdad. Este proceso que ve la sinodalidad utilizada subrepticiamente para consolidar el poder es la antítesis del principio jerárquico, tal como se entiende en el sentido católico. Tanto porque la jerarquía no prevé la aniquilación de los poderes intermedios en favor del poder de uno solo, como porque la jerarquía católica significa servicio, y porque la jerarquía de los eclesiásticos está siempre subordinada a la jerarquía celestial y por tanto a la verdad.  

Un último par de lemas, entre los infinitivos que se pueden mencionar: fe y duda. La fe fue descartada porque en el Catecismo de la Iglesia Católica se puede leer la siguiente "blasfemia": "la fe es cierta, más cierto que todo conocimiento humano, porque se funda en la misma Palabra de Dios, que no puede mentir» (n. 157. Nótense las cursivas, que no son nuestras). Hoy, en cambio, la fe se enseña en la duda: no las respuestas sino las preguntas, no los signos de exclamación sino las preguntas, no la luz sino las tinieblas. Dios no se ha revelado a sí mismo, pero sólo podemos verlo a través del ojo de la cerradura de nuestra conciencia muy personal e incluso se mueve en una habitación inmersa en la oscuridad. La verdad aparece rígida, no maleable, tan incómoda porque no es ergonómica para las almas delicadas de los contemporáneos tan inclinados al compromiso. He aquí pues el diálogo por sí mismo, la celebración de la crisis de fe, la doctrina líquida, gaseosa más aún, la prioridad de los procesos sobre el resultado, del camino sobre la meta, de la investigación sobre los resultados. La única liturgia permitida es la que celebra lo ambiguo, ¿y nos sorprende la bendición eclesial de la homosexualidad? – en detrimento de lo unívoco, que ensalza el problema y no la solución, lo relativo y no lo absoluto, como absolutos morales. Esta es la única certeza a cultivar: que ya no tienes certezas.

Tomás Escandroglio

viernes, 23 de diciembre de 2022

Cardenal Sarah sobre Traditionis Custodes: “Reina en la Iglesia un profundo malestar y un verdadero sufrimiento en torno a la liturgia”



Valeurs Actuelles, Dic-22-2022, presenta una entrevista con el cardenal Robert Sarah, prefecto emérito del Dicasterio para el Culto Divino y Disciplina de los Sacramentos. Traducción de Secretum Meum Mihi de una de las respuestas en la que específicamente se le pregunta sobre el motu proprio Traditionis Custodes.

El motu proprio Traditionis Custodes ha suscitado mucha incomprensión y desánimo entre los católicos ligados al rito tradicional: ¿qué le dice a los sacerdotes que celebran en latín y que están abatidos por la hostilidad que sufren? ¿Cómo explicar la discrepancia entre el éxito de esta liturgia, especialmente entre los jóvenes, y la desconfianza que suscita en una parte de la Iglesia?


La liturgia no es una cuestión secundaria, ella expresa y forma nuestra manera de entrar en relación con Dios. La liturgia no es una vaga opción facultativa sino una fuente fundamental del alma cristiana. Es el reconocimiento, la veneración y la celebración de los misterios cristianos y de la acción divina. Las formas de culto dan forma a nuestra cultura cristiana. En efecto, en la liturgia, todos nuestros gestos y todas nuestras palabras han sido purificados y cincelados por siglos de experiencia cristiana. La liturgia obedece a esquemas codificados, heredados de mil generaciones.

Toda alma busca a Dios, su grandeza, su majestad y su hermosura.

Pero debemos tener el coraje y la lucidez de constatar que la liturgia católica hoy está enferma. El mismo Papa Francisco lo subrayó. ¿Por qué tantos jóvenes están fascinados por la liturgia antigua? Seamos honestos. Sería demasiado fácil decretar conscientemente que todos ellos tienen una necesidad psicológica equivocada de identidad. ¿No deberíamos admitir que muchas celebraciones los decepcionan? ¿Que no encuentran allí aquello de lo que su alma está profundamente sedienta? Muchas liturgias desacralizadas los dejan hambrientos.

Toda alma busca a Dios, su grandeza, su majestad y su hermosura. Pero uno sólo puede acercarse a Dios con estupor, respeto religioso y temblor filial. Necesitamos signos sagrados para ir a él. Nuestro cuerpo necesita arrodillarse para que nuestra alma se deje abrazar por Dios. Necesitamos alejarnos de la cotidianidad profana para que Dios nos tome de la mano y nos conduzca a Su sagrado corazón. A veces se cree que la liturgia debería hacerse más accesible mediante el uso de música profana, de actitudes artificialmente relajadas, mediante la supresión de las separaciones sagradas y la nivelación arquitectónica de las iglesias. Es una ilusión trágica. Todas estas opciones nos alejan de Dios en lugar de acercarnos.

Ya que me pregunta por el motu proprio Traditionis custodes, quiero ser explícito. Reina en la Iglesia un profundo malestar y un verdadero sufrimiento en torno a la liturgia. Esto prueba que la reforma deseada por el Vaticano II no está completa. Todavía no ha encontrado su punto de equilibrio.

Benedicto XVI, fiel lector del Concilio Vaticano II, nos enseñó de forma definitiva que la liturgia antigua y la liturgia nueva no eran contradictorias ni opuestas, que debían pensarse en continuidad orgánica. Esta es una enseñanza que ahora está establecida. El Papa Francisco, por su parte, nos recordó que estas dos liturgias no deben desarrollarse una al lado de la otra como dos mundos extraños entre sí. También enseñó con fuerza que el Concilio Vaticano II debe guiar e iluminar la práctica de estas dos liturgias. Sin embargo, muy a menudo, las liturgias parroquiales no son fieles al concilio. Por ejemplo, ¿está el canto gregoriano en primer lugar como él lo exige?

De ahora en adelante, para los próximos años, será tarea de los obispos y papas sacar las consecuencias prácticas. Es cierto que la práctica litúrgica actual debe evolucionar. Debe integrar los mejores elementos de lo antiguo a la luz del concilio. La celebración orientada ad Deum o hacia la Cruz, el amplio uso del latín, el uso del antiguo ofertorio o las oraciones dichas “al pie del altar”, el lugar importante que se da al silencio son para mí elementos que harían posible lograr —¡por fin!— la paz litúrgica y realizar la reforma que verdaderamente quería el Vaticano II y que aún no hemos logrado.

viernes, 9 de diciembre de 2022

No podemos volver al ritual que el Concilio reformó (según el Papa Francisco)



44:16 MINUTOS



El Papa Francisco redobla las restricciones de la misa en latín en una nueva carta
“No veo cómo es posible decir que se reconoce la validez del Concilio [Vaticano II] – aunque me asombra que un católico pueda presumir de hacerlo – y al mismo tiempo no aceptar la reforma litúrgica nacida de Sacrosanctum Concilium', escribió el Papa Francisco.
Hoy nos acompaña el Sr José Antonio Ureta para hablar del tema

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Añado a continuación algunos puntos de la Constitución Sacrosanctum Concilium, sobre la Sagrada Liturgia, tomados de la página web del Vaticano.

PROEMIO

1. Este sacrosanto Concilio se propone acrecentar de día en día entre los fieles la vida cristiana, adaptar mejor a las necesidades de nuestro tiempo las instituciones que están sujetas a cambio, promover todo aquello que pueda contribuir a la unión de cuantos creen en Jesucristo y fortalecer lo que sirve para invitar a todos los hombres al seno de la Iglesia. Por eso cree que le corresponde de un modo particular proveer a la reforma y al fomento de la Liturgia.

Formación de profesores de Liturgia

15. Los profesores que se elijan para enseñar la asignatura de sagrada Liturgia en los seminarios, casas de estudios de los religiosos y facultades teológicas, deben formarse a conciencia para su misión en institutos destinados especialmente a ello.

Sólo la Jerarquía puede introducir cambios en la Liturgia

22. §1. La reglamentación de la sagrada Liturgia es de competencia exclusiva de la autoridad eclesiástica; ésta reside en la Sede Apostólica y, en la medida que determine la ley, en el Obispo.

§ 2. En virtud del poder concedido por el derecho la reglamentación de las cuestiones litúrgicas corresponde también, dentro de los límites establecidos, a las competentes asambleas territoriales de Obispos de distintas clases, legítimamente constituidos.

§3. Por lo mismo, nadie, aunque sea sacerdote, añada, quite o cambie cosa alguna por iniciativa propia en la Liturgia.

Conservar la tradición y apertura al legítimo progreso

23. Para conservar la sana tradición y abrir, con todo, el camino a un progreso legítimo, debe preceder siempre una concienzuda investigación teológica, histórica y pastoral, acerca de cada una de las partes que se han de revisar. Téngase en cuenta, además, no sólo las leyes generales de la estructura y mentalidad litúrgicas, sino también la experiencia adquirida con la reforma litúrgica y con los indultos concedidos en diversos lugares. Por último, no se introduzcan innovaciones si no lo exige una utilidad verdadera y cierta de la Iglesia, y sólo después de haber tenido la precaución de que las nuevas formas se desarrollen, por decirlo así, orgánicamente a partir de las ya existentes. En cuanto sea posible evítense las diferencias notables de ritos entre territorios contiguos.

Lengua litúrgica

36. § 1. Se conservará el uso de la lengua latina en los ritos latinos, salvo derecho particular.
§ 2. Sin embargo, como el uso de la lengua vulgar es muy útil para el pueblo en no pocas ocasiones, tanto en la Misa como en la administración de los Sacramentos y en otras partes de la Liturgia, se le podrá dar mayor cabida, ante todo, enlas lecturas y moniciones, en algunas oraciones y cantos, conforme a las normas que acerca de esta materia se establecen para cada caso en los capítulos siguientes.
§ 3. Supuesto el cumplimiento de estas normas, será de incumbencia de la competente autoridad eclesiástica territorial, de la que se habla en el artículo 22, 2, determinar si ha de usarse la lengua vernácula y en qué extensión; si hiciera falta se consultará a los Obispos de las regiones limítrofes de la misma lengua. Estas decisiones tienen que ser aceptadas, es decir, confirmadas por la Sede Apostólica.
§ 4. La traducción del texto latino a la lengua vernácula, que ha de usarse en la Liturgia, debe ser aprobada por la competente autoridad eclesiástica territorial antes mencionada.

Lengua vernácula y latín

54. En las Misas celebradas con asistencia del pueblo puede darse el lugar debido a la lengua vernácula, principalmente en las lecturas y en la «oración común» y, según las circunstancias del lugar, también en las partes que corresponden al pueblo, a tenor del artículo 36 de esta Constitución.

Procúrese, sin embargo, que los fieles sean capaces también de recitar o cantar juntos en latín las partes del ordinario de la Misa que les corresponde.

Si en algún sitio parece oportuno el uso más amplio de la lengua vernácula, cúmplase lo prescrito en el artículo 40 de esta Constitución.

Comunión bajo ambas especies

55. Se recomienda especialmente la participación más perfecta en la misa, la cual consiste en que los fieles, después de la comunión del sacerdote, reciban del mismo sacrificio el Cuerpo del Señor. Manteniendo firmes los principios dogmáticos declarados por el Concilio de Trento, la comunión bajo ambas especies puede concederse en los casos que la Sede Apostólica determine, tanto a los clérigos y religiosos como a los laicos, a juicio de los Obispos, como, por ejemplo, a los ordenados, en la Misa de su sagrada ordenación; a los profesos, en la Misa de su profesión religiosa; a los neófitos, en la Misa que sigue al bautismo.

Unción de enfermos

73. La «extremaunción», que también, y mejor, puede llamarse «unción de enfermos», no es sólo el Sacramento de quienes se encuentran en los últimos momentos de su vida. Por tanto, el tiempo oportuno para recibirlo comienza cuando el cristiano ya empieza a estar en peligro de muerte por enfermedad o vejez.

Uso del latín o de la lengua vernácula

101. §1. De acuerdo con la tradición secular del rito latino, en el Oficio divino se ha de conservar para los clérigos la lengua latina. Sin embargo, para aquellos clérigos a quienes el uso del latín significa un grave obstáculo en el rezo digno del Oficio, el ordinario puede conceder en cada caso particular el uso de una traducción vernácula según la norma del artículo 36.

 § 2. El superior competente puede conceder a las monjas y también a los miembros, varones no clérigos o mujeres, de los Institutos de estado de perfección, el uso de la lengua vernácula en el Oficio divino, aun para la recitación coral, con tal que la versión esté aprobada.

 § 3. Cualquier clérigo que, obligado al Oficio divino, lo celebra en lengua vernácula con un grupo de fieles o con aquellos a quienes se refiere el § 2, satisface su obligación siempre que la traducción esté aprobada.

Canto gregoriano y canto polifónico

116. La Iglesia reconoce el canto gregoriano como el propio de la liturgia romana; en igualdad de circunstancias, por tanto, hay que darle el primer lugar en las acciones litúrgicas.

Los demás géneros de música sacra, y en particular la polifonía, de ninguna manera han de excluirse en la celebración de los oficios divinos, con tal que respondan al espíritu de la acción litúrgica a tenor del artículo 30

Roma, en San Pedro, 4 de diciembre de 1963.

Yo, PABLO, Obispo de la Iglesia Católica 

miércoles, 14 de septiembre de 2022

Obispo Schneider a InfoVaticana sobre el camino sinodal alemán: «Debemos pedirle al Papa que se pronuncie por la salvación de las almas»



Monseñor Athanasius Schneider, obispo auxiliar de Astaná (Kazajistán), habla en esta entrevista con InfoVaticana sobre dos temas de máxima actualidad.

Por un lado, la visita del Santo Padre a Kazajistán, para visitar a los católicos del país y participar en el Congreso mundial de líderes religiosos. Además, en esta entrevista Monseñor Schneider, opina sobre la grave crisis que atraviesa la Iglesia en Alemania.

P- ¿Cómo recibe la Iglesia de Kazajistán esta visita del Papa?

R-La Iglesia de Kazajistán recibe con alegría la visita del papa. Porque somos un rebaño pequeño, menos del 1% de la población de Kazajistán. La mayoría son musulmanes y hay también una fuerte presencia rusos ortodoxos, cristianos. Así que estamos en la periferia y el papa es para nosotros el sucesor de Pedro y el vicario de Cristo, el signo visible de la unidad de la iglesia. Y por eso los católicos se animan cuando el papa viene a su país. La gente pobre siente un profundo respeto hacia el cargo del papa.

P- ¿En qué situación se encuentra actualmente la Iglesia católica en el país?

R-La Iglesia católica es minoritaria y vive entre la mayoría de la población musulmana local y con una fuerte presencia de rusos ortodoxos, que viven aquí ya desde hace algunos siglos, desde la época de los zares y luego la época comunista. Pero vivimos en paz con nuestros hermanos, los rusos ortodoxos y también con nuestros conciudadanos, el pueblo musulmán. El gobierno está promoviendo una política de paz y armonía entre los diferentes grupos étnicos y los diferentes grupos religiosos y esto nos ayuda a tener respeto mutuo. Así que tenemos reuniones frecuentes con diferentes representantes de las religiones. No hacemos nada de sincretismo, sino que simplemente nos reunimos y hablamos de cuestiones sociales de su vida social, de cómo mejorarla y de conocernos mutuamente.

Y estamos en la Iglesia católica de Kazajistán, la herencia de los mártires y confesores durante los tiempos comunistas. Así que tenemos este privilegio de ser los herederos de esta iglesia mártir clandestina durante los tiempos comunistas. Y esto es también una tarea para nosotros, una obligación de continuar con esta herencia, con la seriedad de la fe católica, especialmente con el amor y la reverencia por la Santa Eucaristía. Por eso, en todo Kazajistán la Eucaristía se recibe de forma totalmente conveniente, solo de rodillas y en la lengua. Así que guardamos este tesoro de la reverencia de la Eucaristía.

En casi todas las parroquias tenemos todos los días la exposición del Santísimo Sacramento, la Adoración en la catedral de la capital, Nursultan, desde hace más de 20 años y adoración perpetua, 24 horas del Santísimo Sacramento y también apreciamos y amamos mucho el Santo Rosario. Tenemos grupos del Rosario Viviente en las parroquias y ambos, la Eucaristía y el Rosario, fueron las dos columnas durante el tiempo de la persecución. Y queremos transmitirlo al futuro.

P- ¿Tendrán oportunidad los obispos de Kazajistán de reunirse con el Santo Padre?

R-Los obispos de Kazajstán tuvieron hace tres años la visita ad limina en Roma, y por eso tuvieron un encuentro personal y largo y una reunión cordial con el papa. Y por eso supongo que antes pudo conocer un poco más en detalle la situación de la Iglesia católica en Kazajistán. Y ahora viene.

P- Recientemente la asamblea sinodal alemana aprobó pedir al Papa la ordenación de mujeres y cambiar la doctrina sobre la homosexualidad, ¿qué opinión le merece?

R-Es evidente que nadie en la Iglesia, ni un papa, ni un pecador, puede cambiar la doctrina divina revelada del sacramento de la ordenación, que por institución divina está restringida al sexo masculino y no hay otro que tenga poder para cambiar esto. Y también la doctrina de la maldad intrínseca de los actos homosexuales, que es una doctrina revelada divinamente por Dios y también revelada en la ley natural y en la razón humana y el sentido común. Y por lo tanto nadie puede cambiar esto.

P- ¿Cree que la mayoría de obispos alemanes han iniciado un cisma en la Iglesia?

R-La mayoría de los obispos alemanes que aprobaron toxinas que son evidentemente contrarias a la revelación divina en lo que respecta al sacramento del orden y la homosexualidad, están, con esto, distanciandose de la fe católica y revelándose como herejes por esta vía. Pero siguen siendo oficialmente obispos, por supuesto, no están en un cisma oficial. Y ahora correspondería al papa declararlo, primero para amonestarlos, para que renuncien a estos errores, y para llamarlos de nuevo a la fe católica. Así que todo depende ahora del papa.

P- A pesar de todos los mensajes heréticos de los obispos alemanes, ¿por qué el papa Francisco no actúa para cortarlo de raíz?

R-Tenemos que pedirle al papa, con reverencia e insistencia, que vuelva a pronunciar una doctrina clara para confirmar a toda la Iglesia y también a los católicos alemanes y a los obispos en minoría en Alemania que no aprobaron la doctrina herética sobre la ordenación femenina sacramental y la legitimidad de los actos homosexuales. Así que el papa debe pronunciarse. Debemos pedirle que lo haga por el bien, por la salvación de las almas y por la unidad de toda la Iglesia. Esta es su primera tarea.

P- ¿Cuál cree usted que es la causa por la que estas ideas protestantes se han ido metiendo dentro de la Iglesia católica en las esferas más altas?

R-La difusión de las ideas protestantes, y aún peor que las ideas protestantes, las ideas heréticas contra la revelación divina, sobre la ley moral, contra la ley moral natural, ya se está extendiendo desde hace décadas en la Iglesia. Y desgraciadamente fue una falta de atención de la Santa Sede en el nombramiento de obispos y cardenales que desgraciadamente, en nuestros días están difundiendo doctrinas heréticas abiertamente, sin ser castigados. Y por lo tanto, cuando no son castigados, continúan.

Y así, a mi parecer, es que desde hace décadas la descuidada selección de candidatos a obispos es una de las causas, y luego la descuidada falta de vigilancia en las facultades de teología, en los seminarios donde ya desde hace décadas, décadas, en tantos países, se están enseñando abiertamente herejías, o doctrinas que son contrarias a la tradición constante e inmutable de la Iglesia. Así que tenemos que implorar al Señor que, como en tiempos difíciles de la Iglesia, sería un comienzo de nuevo, una purificación, una renovación en la parte superior, en los obispos hasta el sacerdote, a los fieles.

Esperamos e invocamos que Dios nos vuelva a dar pastores de la Iglesia fuertes, valientes, claros y con mentalidad apostólica.

Javier Arias

lunes, 5 de septiembre de 2022

¿Formalismo litúrgico? (Monseñor Héctor Aguer)



Muchísimos fieles aspiran a integrarse en el culto divino participando de la celebración que se cumple en la Iglesia; no van a ella para sentirse feliz o mejor, sino para comunicarse con el Misterio Divino. La ideología progresista postula la abolición del rito, de la ritualidad en la relación con Dios; es el resultado del «giro antropológico», die antropologische Wende de Karl Rahner; se subraya no el acceso, la subida, del hombre a la comunicación con Dios, sino el uso de Dios para la felicidad del hombre.

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He leído con azoramiento unas afirmaciones lanzadas en Roma. Digo que la lectura me dejó azorado porque el sobresalto también infundió ánimo para analizar aquellos dichos que no se referían a sucesos ocurridos en otro planeta, sino en la extensión universal de la Iglesia Católica. El tema era la liturgia.

Señalo en primer lugar una expresión correcta: «hay que impregnarse del espíritu de la liturgia, sentir su misterio con asombro siempre nuevo». Me permito, con todo, proponer una puntualización. La frase es aceptable si se excluye de la aprobación todo invento de extravagancias seudolitúrgicas que pueden causar admiración. Además, sentir el misterio es posible en la adoración, cuando todo nuestro ser se orienta y se eleva hacia Dios; es un sentido espiritual, -místico - digamos. En los dichos que comento se afirma que «no es una cuestión de ritos, el misterio de Cristo». Para aclarar la afirmación se podría explicar que el Misterio ha de ser percibido y participado en el rito; no se debe oponer rito a Misterio. La cuestión -clave en la organización, en la orientación de la liturgia- es que en el rito pueda discernirse el Misterio, que sea realizado objetivamente como gesto de adoración.

El Apóstol Pablo recordó a los Corintios respecto de la Eucaristía: «Cada vez que comen este pan y beben esta copa, anuncian la muerte del Señor hasta que Él vuelva» (1 Cor 11, 26). La cuestión es que el rito exprese cabalmente al misterio, y para eso que se lo celebre exactamente, tratándose de algo tan serio como la muerte del Señor, con la disposición debida; lo contrario es celebrarlo indignamente, anaxíos. De ello hay que rendir cuentas, de no haber discernido el misterio del Cuerpo del Señor, de la realidad de la muerte de Cristo. Desde entonces eso es lo más serio que un cristiano puede hacer. Me parece que la advertencia paulina puede aplicarse a la necesidad de que las disposiciones respeten la misteriosa realidad que en el rito se hace presente. Esto significa que no hay nada que inventar para «sentirse» mejor, para expresarse en esa circunstancia. Lo necesario es que el rito se verifique con exactitud; entonces la conciencia de su contenido es asombro siempre nuevo ante lo mismo. La educación litúrgica es educación del sentir en la Adoración del Misterio que se devela en el rito, en el sacramentum. La misa es un sacrificio sacramental, y el sacerdote, que hace las veces de Cristo, es el sacrificador; en el rito sacramental de la misa se actualiza el misterio de la redención.

Las declaraciones que dan lugar a mi comentario expresan como una tentación el peligro del formalismo litúrgico, de «volver a las formalidades que postulan aquellos que niegan el Concilio Vaticano II». No voy a negar que existen grupos que representan esa posición, pero son ciertamente minoritarios; lo que ocurre mayoritariamente, ut in pluribus, es todo lo contrario. Es la devastación universal de la Sagrada Liturgia, de la que han desaparecido la exactitud, la solemnidad y la belleza, una de las mayores tragedias de la Iglesia en nuestros días. El duro término devastación lo empleó el entonces Cardenal Ratzinger en su prólogo al libro del insigne liturgista Klaus Gamber «La reforma litúrgica». En este texto, el futuro Benedicto XVI observa que es necesario hacer una «reforma de la reforma». Es el colmo que, después de tanto tiempo de incertidumbre y abusos, se insista descalificando como «formalismo» el cuidado por la exactitud de los ritos. Del Concilio ni se acuerdan quienes pretenden una liturgia vital y alegre, que sea culto de ellos mismos más que culto de Dios. Resulta asombrosa la ignorancia histórica y teológica de quienes desprecian las formas, descalificándolas como formalismo. El Vaticano II prescribía en la Constitución Sacrosanctum Concilium, sobre la Sagrada Liturgia: «Que nadie, aunque sea sacerdote, añada, quite o cambie nada por iniciativa propia en la liturgia». No faltan progresistas que sostienen que ese texto conciliar es «conservador», y por lo tanto tiene un valor menor.

El peligro, entonces, o más que peligro, la realidad de una praxis antilitúrgica, es que cada uno de los celebrantes pretenda que la celebración sea «viva» y «alegre» a expensas de la forma, del rito. Causa desazón que la Santa Sede no intervenga para hacer cesar la devastación de la liturgia del Rito Romano, que ya no es ni romano, ni rito.

Las declaraciones que critico con plena conciencia lamentan el apego al formalismo litúrgico, ¿a quién se referirán? Como ya lo he señalado, pero quisiera vocearlo a los cuatro vientos, el drama es la devastación de la liturgia, que tiene ya larga vigencia. La cuestión de fondo es la incomprensión de lo que implica el culto de Dios y las exigencias intrínsecas de la sacralidad. Hay obispos -me consta desde hace tiempo- que opinan que ya no existe distinción entre sagrado y profano. Hasta un hombre primitivo se escandalizaría de semejante afirmación. La historia de las culturas muestra que en todas ellas siempre existió una dimensión sagrada, el trato con «los dioses» mediante formas prescritas que es necesario observar siempre. Aun en la sociedad laicista o atea existen costumbres rituales de la vida pública.

Muchísimos fieles aspiran a integrarse en el culto divino participando de la celebración que se cumple en la Iglesia; no van a ella para sentirse feliz o mejor, sino para comunicarse con el Misterio Divino. La ideología progresista postula la abolición del rito, de la ritualidad en la relación con Dios; es el resultado del «giro antropológico», die antropologische Wende de Karl Rahner; se subraya no el acceso, la subida, del hombre a la comunicación con Dios, sino el uso de Dios para la felicidad del hombre.

Resulta increíble que se piense y se diga que el peligro está en la presión y la observancia de las formas rituales; el peligro –o la triste realidad- está más bien en todo lo contrario. Es verdad que hay grupos que se alejan de la Iglesia, del relativismo y la secularización que le invaden; buscan en la divina liturgia de la Iglesia Ortodoxa, o en los ritos orientales de la Iglesia Católica, lo que ya no encuentran en el rito en el que han sido bautizados. El motu proprio del 16 de julio de 2021 Traditionis custodes fue un lamentable retroceso que suprimió la Forma Extraordinaria del Rito Romano, habilitado en 2007 por Benedicto XVI mediante su motu proprio Summorum Pontificum.

En este lejano rincón del hemisferio sur que es la Argentina existen muestras clarísimas de las posibilidades inventivas que adoptan quienes desprecian los «formalismos» del Ordo Missae vigente desde 1970, obra de Pablo VI. Evoco tres casos: un obispo celebrando en la playa, sin ornamentos, salvo una estola calzada sobre el hábito playero y empleando un mate en lugar del cáliz; una misa al cabo de una reunión, sobre la mesa en la que restaban vasos, papeles y otros elementos alitúrgicos, y en la cual los asistentes se servirían la eucaristía; y recentísimamente, en una diócesis del interior del país, un sacerdote celebró disfrazado de payaso. Se dirá que son casos extremos, y es verdad, pero esos cuadros se inscriben en un contexto bastante extendido de banalización. Ya no hay Misa, y mucho menos el Santo Sacrificio de la Misa, sino un encuentro de amigos del que el celebrante es el animador. La liturgia ya no es el medio especial del encuentro con Dios. Una palabra sobre la música no se puede omitir. El uso generalizado de la guitarra -castigada, no ejecutada como la cítara- provoca el uso de cantos de dudosa factura musical y de letras sentimentales o que invitan moralísticamente a la acción. No son medios aptos para la adoración y para elevar las almas a la contemplación. Platón, en su Politeia subrayaba el valor educativo de la música; en la gran Tradición eclesial, tanto el canto gregoriano como la polifonía sagrada, como en el digno canto religioso popular, se educaba al pueblo cristiano en la oración y la vida según el Espíritu.

La crítica que aquí expongo tiene apoyos indiscutibles. Juan Pablo II en la carta apostólica Ecclesia de Eucharistia, escribió en 2003: «Una cierta reacción al «formalismo» ha llevado a algunos, especialmente en ciertas regiones, a considerar como no obligatorias las «formas» adoptadas por la gran tradición de la Iglesia y su magisterio, y a introducir innovaciones no autorizadas y con frecuencia del todo inconvenientes…». Y concretamente señala: «Ya que privado el misterio eucarístico de su valor sacrificial, se vive como si no tuviera otro significado que el de un encuentro convivial fraterno» (nº 10).

Benedicto XVI, cuyas obras completas incluyen un tomo voluminoso sobre los estudios litúrgicos, ha señalado y urgido «a una aplicación más correcta del Concilio Vaticano II en la liturgia para devolverle su carácter sagrado… Hay que trabajar con el Evangelio en la mano, y apoyándonos en la verdadera Tradición de los Apóstoles. Resulta extraño, o más bien escandaloso, que hoy día se diga todo lo contrario. La Iglesia subsiste, o cae, con su liturgia.

Las declaraciones que he comentado agravan la grieta abierta por el progresismo en la época del Concilio, y toman partido en el sentido contrario a la Tradición eclesial. Esta última es válida más allá de toda discusión y de todo cambio epocal, y es obligación y oficio de la autoridad eclesial vindicarla y sostenerla contra la introducción de novedades abusivas.

+ Héctor Aguer
Arzobispo Emérito de La Plata

Académico de Número de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas.
Académico de Número de la Academia de Ciencias y Artes de San Isidro.
Académico Honorario de la Pontificia Academia de Santo Tomás de Aquino (Roma).

Buenos Aires, lunes 5 de septiembre de 2022.
Memoria de Santa Teresa de Calcuta.-

viernes, 27 de mayo de 2022

Liturgia: ¿Comunión en la boca o en la mano? (Padre José María Iraburu)



–Historia. El rito de la comunión de los fieles se ha ido desarrollando en formas diversas, que conviene conocer, al menos a grandes rasgos. Ciertas posiciones actuales, duramente contrapuestas en esta cuestión, reflejan en ocasiones una ideologización del asunto y una notable ignorancia de la historia de los formas litúrgicas. Resumo a grandes rasgos la evolución de este rito litúrgico ateniéndome a los documentados datos que da el P. Joseph Jungmann, S. J. en su clásica obra Missarum sollemnia (orig. 1949; El Sacrificio de la Misa, BAC 68, Madrid 1959, pgs. 942-960).

En el primer Ordo Romanus los fieles se quedaban en su sitio y el clero les llevaba la comunión. En otra regiones, ya en siglo IV, los fieles se acercaban a comulgar al mismo altar (Sínodo de Tours 567). En tiempos de San Agustín, en el norte de África, los fieles se acercaban a la barandilla que limitaba el presbiterio. Como era alta, recibían de pie el Santísimo. A partir del siglo XIII se generaliza la costumbre de extender un paño ante los comulgantes, sostenido por acólitos. Por entonces se inicia la costumbre de poner el paño en un banco fijo, el comulgatorio, o se acostumbra el comulgatorio en forma de barandilla, más baja que las antiguas, para comulgar de rodillas. Esta piadosa costumbre de recibir la comunión de rodillas se generalizó en Occidente entre los siglos XI y XVI. Pero en Roma esta costumbre se consideraba ya tradicional en el siglo XII. En una forma ritual o en otra, San Agustín enseña que nadie debe acercarse a la comunión nisi prius adoraverit, sin un gesto anterior de adoración.

San Cirilo de Jerusalén (315-386), en sus famosas Catequesis, da normas muy cuidadosas sobre la comunión en la mano: «Cuando te acerques, no lo hagas con las manos extendidas o los dedos separados, sino haz con la izquierda un trono para la derecha, que ha de recibir al Rey, y luego con la palma de la mano forma un recipiente, recoge el cuerpo del Señor y di Amen… Que no se te caiga ni una miga de lo que es más valioso que el oro y las piedras preciosas» (Catequesis V,21ss). Normas análogos se encuentran en otros autores, como Teodoro de Mopsuestia (+428) y San Agustín (+430).

Como había sin duda un cierto peligro en entregar el Cuerpo sacramental de Cristo en la mano del comulgante, era obligado sumir la Hostia inmediatamente. Algunos Sínodos españoles consideran sacrilegio no comulgar en el acto (Zaragoza, 380; Toledo, 400). Por otra parte, la creciente devoción al Sacramento hizo que se generalizara la comunión en la boca. Así lo prescribe, por ejemplo, el concilio de Ruán (878). «Este cambio –dice Joungmann– se hizo aproximadamente en el mismo tiempo en que se dio el paso del pan fermentado al pan ázimo, y está relacionado seguramente con él. Casi podríamos afirmar que el cambio lo sugirió la facilidad con que se adherían a la lengua húmeda las partículas de las delgadas obleas, a diferencia de los sólidos pedacitos de pan fermentado usado hasta entonces» (pg. 950). El uso del paño de la comunión o de la bandeja se prescribió el años 1929 para los fieles, como un signo más de la devoción creciente a la Eucaristía.

En cuando al ministro de la comunión, ya Cristo lo dispuso en la multiplicación de los panes, anticipación de la Eucaristía. Multiplicados los panes, «los entregó a sus discípulos, y los discípulos a la gente» (Mt 14,19; cf. Mc 6,41; Lc 9,16). En todos los documentos antiguos de la Iglesia que tratan del tema, siempre reservan al Orden sacerdotal la distribución de la comunión. San Francisco de Asís (+1226) dice: «sólo ellos [los sacerdotes] deben administrarlo, y no otros» (Cta. IIª a todos los fieles, 35). Y Santo Tomás (+1274): «Por reverencia a este Sacramento, ninguna cosa entra en contacto con él a no ser que esté consagrada; y por eso se consagran no sólo el corporal sino también el cáliz y, asimismo, las manos del Sacerdote, para tocar este Sacramento. De donde se dedice que a ningún otro le es lícito tocarlo» (STh III, 82, 3).

–La vuelta a la comunión en la mano se inició en Centroeuropa por los años 50 –Holanda, Francia, Bélgica, Alemania– sin autorización de Roma, es decir, en forma abusiva. Ante la presión insistente de algunos Episcopados, la Congregación de Ritos concedió esta práctica a ciertas Conferencias Episcopales (por ejemplo, Alemania, 6-VII-1968; Bélgica, 11-VII-68). Pero las protestas surgidas fueron tantas que aconsejaron al Papa Pablo VI suspender esa concesión (25-VII-1968), y enfrentar el problema en un documento importante, por supuesto, aún vigente.

La Instrucción Memoriale Domini, de modo Sanctam Communionem ministrandi documento de la Congregación para el Culto Divino (28-V-1969), impulsado y aprobado por el Papa Pablo VI, comienza por advertir que el modo de la comunión eucarística en la fieles «ha sido multiforme» en la historia. Y señala que, en el ambiente de la reforma litúrgica postconciliar, se «ha suscitado en algunas partes, durante los últimos años, el deseo de volver al uso de depositar el Pan Eucarístico en la mano de los fieles, para que ellos mismos, comulgando, lo introduzcan en la boca. Más aún, en algunas comunidades y lugares se ha practicado este rito sin haber pedido antes la aprobación de la Sede Apostólica». La Instrucción reafirma la norma general de la comunión eucarística en la boca.

Recuerda que al paso de los siglos «se introdujo la costumbre de que el ministro por sí mismo depositase en la lengua de los que recibían la comunión una partícula del pan consagrado. Este modo de distribuir la santa comunión, considerando en su conjunto el estado actual de la Iglesia, debe ser conservado, no solamente porque se apoya en un uso tradicional de muchos siglos [unos doce], sino principalmente porque significa la reverencia de los fieles cristianos hacia la Eucaristía… Por lo demás, con este modo de obrar, que se ha de considerar ya común, se garantiza con mayor eficacia la distribución de la Sagrada Comunión con la reverencia, el decoro y la dignidad que convienen, para alejar todo peligro de profanación de las especies eucarísticas… y para tener con los mismos fragmentos del pan consagrado el cuidado diligente que la Iglesia ha recomendado siempre». Me permito añadir aquí una frase de San Agustín: «Sería una locura insolente el discutir qué se ha de hacer cuando toda la Iglesia universal tiene una práctica establecida» (Cta. a Jenaro 54,6).

–Se consulta, sin embargo, al Episcopado católico. No obstante que la Instrucción confirma la norma doce veces secular de la comunión en la boca, considera que habiéndose generalizado mucho el uso o el deseo de la comunión en la mano era prudente consultar al Episcopado universal en cuestión de tan gravé importancia.

«Habiendo pedido algunas conferencias Episcopales y algunos obispos en particular que se permitiese en sus territorios el uso de poner en las manos de los fieles el pan consagrado, el Sumo Pontífice mandó que se preguntase a todos y cada uno de los Obispos de la Iglesia latina su parecer sobre la oportunidad de introducir el rito mencionado»… La pregunta principal que se hizo, con otras accesorias, fue ésta:

«1. ¿Se ha de acoger el deseo de que, además del modo tradicional, se permitan también el rito de recibir la Sagrada Comunión en la mano? Placet: 567. Non placet: 1.223. Placet juxta modum: 315. Votos inválidos: 20»…



El Episcopado mundial se expresó, pues, con una abrumadora mayoría en favor de mantener la comunión en la boca, negando la introducción de la comunión en la mano. Como concluye la Instrucción, «la mayor parte de los obispos estiman que no se debe cambiar la disciplina vigente; más aún, que el cambio sería dañoso, tanto para el sentimiento como para el culto espiritual de los mismos obispos y de muchos fieles». Consiguientemente, «el Sumo Pontífice ha decidido no cambiar el modo hace mucho tiempo recibido de administrar a los fieles la Sagrada Comunión».

–El poderoso retroprogresismo posterior al Concilio persistió, sin embargo, en su intento, actuando en contra de su pretendido espíritu democrático, que se caracteriza por su respeto a la voluntad mayoritaria, ya expresada. Es éste un caso típico del retroprogresismo, que considera un progreso volver a prácticas «superadas» de la antigüedad, en el caso que nos ocupa hace más de un milenio.

Conviene recordar aquí dos principios eclesiológicos importantes:

1º.- El desarrollo de las formas en la Iglesia es normalmente perfectivo, según Cristo lo anunció: «el Espíritu de la verdad os guiará hacia la verdad completa» (Jn 16,13). Son innumerables los Sínodos y Concilios que durante más de un milenio ordenaron que la comunión eucarística se administrase directamente en la boca, y más de dos tercios del Episcopado católico, consultado por Pablo VI, se pronuncia en 1969 en contra de la posibilidad de «volver» a la costumbre antigua de la comunión en la mano. ¿Será realmente un progreso «regresar» a tal costumbre?…

2º.- Y otro principio debe ser también recordado: el de la colegialidad episcopal. Cuando el Papa, concretamente, hace una consulta al Episcopado católico, la opinión prudencial expresada por éste, aunque no se trate de una cuestión atinente a la fe –como cuando el Papa consultó sobre la declaración dogmática de la Asunción de la Virgen antes de su proclamación­– en principio debe ser respetada. ¿Para qué, si no, se hace la consulta?

–Indulto. Roma locuta, quæstio finita.
Este antiguo principio se quebrantó en el primer tiempo postconciliar con gran frecuencia . La supresión total del uso litúrgico del latín, la vuelta de los altares hacia el pueblo, la fidelidad a la guía de Santo Tomás, el desarrollo de la música religiosa, el abandono generalizado del hábito en sacerdotes y religiosos, y otras muchas cuestiones fueron siempre resueltas por la vía de los hechos consumados y de la presión de los medios. Y con frecuencia en contra de lo explícitamente establecido por la Iglesia, a veces en el mismo Concilio Vaticano II.
Pues bien, en el tema que nos ocupa, la misma Instrucción sugiere en su final que «si el uso contrario, es decir, el poner la Santa Comunión en las manos, hubiera arraigado ya en algún lugar, la misma Sede Apostólica, con el fin de ayudar a las Conferencias Episcopales a cumplir el oficio pastoral, que con frecuencia se hace más difícil en las condiciones actuales», estima posible eximir de la norma general a las Conferencias Episcopales que lo soliciten, siempre que su solicitud se fundamente en un «previo y prudente estudio», y que proceda de un acuerdo de la Conferencia en votación secreta «y por dos tercios de los votos; acuerdos que luego han de presentar a la Santa Sede, para su necesaria confirmación, remitiendo aneja una exposición precisa de los motivos que han llevado a tales acuerdos. La Santa Sede ponderará cuidadosamente cada caso». El indulto, legítimamente concedido, autoriza para hacer lo que sin él estaría prohibido por la norma, que sigue vigente.

–Omito la descripción del proceso posterior –diferente en cada país, lógicamente–, pero que en una gran parte de la Iglesia Católica condujo a la aceptación de la comunión en la mano. 
De este modo la excepción vino con frecuencia a hacerse norma. La concesión de la comunión en la mano, que se presentaba como un indulto, es decir, como un permiso concedido por la Santa Sede para eximir lícitamente del cumplimiento de una ley general, nunca derogada, vino así a transformarse de hecho en ley postconciliar, nunca escrita, por supuesto
De hecho, son muchos los fieles de buena voluntad, pero ignorantes en esta materia, que aceptan el cambio de la comunión en la mano «por obediencia a la voluntad de la Iglesia», o si se quiere, «por fidelidad al Concilio» (!).

Pero no todos los Obispos católicos han querido acogerse al citado indulto. Por fidelidad a la tradición y norma general de la Iglesia, por convicción de conciencia, o simplemente por respeto a la costumbre más arraigada en el pueblo cristiano de su Iglesia local, siguen practicando la comunión en la boca. Por otra parte, es preciso señalar en esto que la gran mayoría de los Obispos y sacerdotes que mantienen esta norma nunca niegan la comunión en la mano a los fieles que lo solicitan. Mientras que, por el contrario, no es un hecho muy excepcional que los ministros ideologizados, fieles a esa ley inexistente, niegan la comunión a los fieles que la solicitan en la boca.


No en todas partes, en efecto, se ha seguido esta ley inexistente. Por ejemplo, el Sr. Obispo de San Luis (Argentina), Mons. Juan Rodolfo Laise, no permitió esta práctica en su diócesis –confrontando en esta cuestión al Episcopado argentino–, y publicó un libro, uno de los más documentados sobre el tema, para justificar su oposición: Comunión en la mano. Documentos e historia (San Luis 1997, 142 pgs., comentario del P. G. Díaz Patri; la misma obra en Vórtice, Buenos Aires 2005). Sus sucesores, Mons. Jorge Luis Lona y Mons. Pedro Daniel Martínez Perea han mantenido la comunión en la boca. Otros Obispos, como el auxiliar de Karaganda (Kazajastán), Mons. Atanasio Schneider, o como el Papa Benedicto XVI, en su diócesis de Roma, rechazaron también el uso de la comunión en la mano. En muchas grande concentraciones internacionales, en Congresos Eucarísticos, en Roma, Santiago, Roncesvalles, Guadalupe, etc. puede comprobarse en la Misa que a la hora de comulgar son muchos los que comulgan en la boca, a veces tantos o más que en la mano.

–La Notificación acerca de la comunión en la mano (3-IV-1985), publicada por la Congregación para el Culto Divino, bajo la autoridad de Juan Pablo II, sintetiza el status quaestionis sobre esta cuestión. La resumo.

«La Santa Sede, a partir de 1969, aunque manteniendo en vigor para toda la Iglesia la manera tradicional de de distribuir la Comunión [en la boca], acuerda a las Conferencias Episcopales que lo pidan y con determinadas condiciones, la facultad de distribuir la Comunión dejando la Hostia en la mano de los fieles.

«Esta facultad está regulada por las Instrucciones Memoriale Domini e Inmense Caritatis (29-V-1068 y 29-I-1973), así como por el Ritual De sacra Communione (21-VI-1973). 

De todos modos parece útil llamar la atención sobre los siguientes puntos.

1. Una u otra forma de comulgar debe manifestar «el respeto a la presencia real de Cristo en la Eucaristía»…

2. De acuerdo con la Tradición, «se insistirá en el Amén que pronuncia el fiel, como respuesta a la fórmula del ministro: “El Cuerpo de Cristo”»…

3. «El fiel que ha recibido la Eucaristía en su mano, la llevará a la boca antes de regresar a su lugar, retirándose lo suficiente para dejar pasar a quien le sigue, permaneciendo siempre de cara al altar».

4. Es tradición constante de la Iglesia que «no se ha de de tomar el pan consagrado directamente de la patena o de un cesto, sino que se extienden las manos para recibirlo del ministro de la comunión».

5. «Se recomienda a todos, y en particular a los niños, la limpieza de las manos»…

6. «Conviene ofrecer a los fieles una catequesis del rito, insistiendo sobre los sentimientos de adoración y de respeto que merece el Sacramento (Dominicae Cenae, 11). Se recomendará vigilar para que posibles fragmentos del pan consagrado no se pierdan».

7. «No se obligará jamás a los fieles a adoptar la práctica de la comunión en la mano, dejando a cada persona la necesaria libertad para recibir la comunión o en la mano o en la boca»…

«Los pastores de almas han de insistir no solamente sobre las disposiciones necesarias para una recepción fructuosa de la Comunión –que, en algunos casos exige el recurso al Sacramento de la Penitencia–, sino también sobre la actitud exterior de respeto, que, bien considerado, ha de expresar la fe del cristiano en la Eucaristía».

* * *

Finalmente, no ideologicemos trágicamente el modo exterior de la comunión eucarística. Nunca olvidemos que precisamente la Eucaristía es el sacramento que expresa y causa la unidad de los cristianos … Lamentablemente, sobre los dos modos exteriores de la comunión se oyen a veces afirmaciones de uno y otro lado muy excesivas, muy idóneas para crear divisiones internas en la Iglesia. Como hemos visto, a lo largo de la historia la comunión eucarística de los fieles ha tenido formas exteriores bastante diversas. Pero la devoción eucarística del comulgante está integrada principalmente por sus disposiciones interiores de fe, de esperanza y de amor, como hemos de considerar en el próximo artículo.

Puede haber comuniones en la mano devotísimas, y también triviales, despectivas, sacrílegas. Pero eso mismo puede decirse de la comunión en la boca
Que la comunión en la mano entró en la Iglesia postconciliar en forma lamentable –como la vuelta de los altares–, parece un dato evidente; pero esto en modo alguno autoriza a considerarla como algo en sí misma mala. 
Es una gran impiedad satanizar una forma de comunión practicada durante muchos siglos y bendecida por la Iglesia. La forma exterior puede favorecer la actitud interior del comulgante, pero muy hasta cierto punto. Y no debe ponerse en la forma del rito, a favor o en contra, un énfasis apreciativo o reprobatorio excesivo, que está ciertamente fuera de lugar y que crea dentro de la Iglesia divisiones no solo malas, sino también insensatas.

José María Iraburu, sacerdote