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lunes, 29 de diciembre de 2025

Cristofobia y cristianofobia



La cristofobia y cristianofobia definen uno de los mayores dramas de nuestro tiempo. Millones de cristianos sufren persecución, violencia o asesinatos atroces por confesar su fe.

La cristofobia se centra en el odio directo a Jesucristo y al núcleo del Evangelio. Ataca por odio la figura de Cristo y su mensaje.

La cristianofobia es la consecuencia lógica de la cristofobia. Es el rechazo, el desprecio, la discriminación e incluso el asesinato contra el cristianismo en general y contra los cristianos que siguen a Jesucristo.

En la práctica, ambos términos describen una misma realidad. El odio, el prejuicio y la hostilidad golpean a los cristianos por su fe y por los valores que defienden.

Hoy, la cristofobia y cristianofobia avanzan de dos formas distintas pero complementarias. Una actúa con violencia física, contra el cuerpo. La otra destruye el alma mediante la humillación y la cancelación.
La cristofobia sangrienta: un genocidio silenciado

La forma más brutal de cristofobia se desarrolla en Oriente y en amplias zonas de África y Asia. Cada año, miles de católicos mueren asesinados por odio a la fe. Este fenómeno no resulta marginal. Configura un verdadero genocidio religioso que afecta a comunidades enteras. Familias completas viven bajo amenaza constante por acudir a misa o portar una cruz.

La cristofobia y cristianofobia sangrientas se extienden por varios continentes. Terroristas, islamistas yihadistas, milicias y regímenes comunistas enemigos atacan iglesias, aldeas y sacerdotes. A pesar de su magnitud, los grandes medios de comunicación apenas informan. Además, gobiernos y organismos internacionales callan. Ese silencio y cobardía convierte a muchos en cómplices de la persecución.

La historia demuestra que la fe no se apaga con la violencia. Los mártires sostienen a la Iglesia con su testimonio. Su sangre nunca destruye la verdad. Sin embargo, el mundo actual prefiere ignorar esta realidad. La persecución religiosa se ha convertido en la gran tragedia silenciada del siglo XXI.
La cristianofobia humillante en Occidente

Occidente ha desarrollado otra forma de persecución. No busca la muerte física -por ahora-, pero sí la destrucción moral y espiritual del cristiano.

Todo creyente sufre ridiculización, limitación de la libertad de expresión y religiosa así como cancelación por expresar su fe. Las élites culturales atacan símbolos cristianos sin consecuencias. Las administraciones y partidos políticos la promueven.

La cristofobia y cristianofobia occidentales eliminan la libertad religiosa y de expresión. Las leyes y la presión social empujan al silencio y la marginación.

Este tipo de persecución resulta más peligroso. No genera mártires visibles. Provoca deserciones, cobardía y renuncias interiores. Muchos cristianos esconden su fe por miedo al rechazo laboral o social. Otros aceptan la autocensura como norma diaria.

Occidente persigue el alma. Mata la identidad cristiana sin derramar sangre. Ese método resulta más eficaz y devastador.
Orgullo, fe y resistencia cultural

Ante este escenario, los cristianos deben reaccionar. La cristofobia y cristianofobia avanzan cuando encuentran silencio y miedo. Ha llegado el momento de dar un paso adelante. Los cristianos no deben pedir perdón por creer en Jesucristo ni por defender la verdad. Es más, nos debemos sentir orgullosos por ello. Y como consecuencia de ello, debemos llevar a Cristo a todos los rincones de nuestra sociedad.

La fe cristiana construyó Europa. Fundó iglesias, hospitales, universidades y derechos fundamentales. Nadie puede borrar esa herencia. Los católicos no nos arrodillamos ante ideologías, Estados ni poderes globales. Solo reconocemos autoridad a Dios.

Defender la libertad religiosa implica defender todas las libertades. Cuando se ataca al cristianismo, se debilita la dignidad humana.

La respuesta exige valentía, coherencia y orgullo sereno. La historia demuestra que la verdad siempre sobrevive. El silencio ya no resulta una opción.

El cristiano no se esconde. Da testimonio. Cree. Resiste. Y nunca se arrodilla ante nadie que no sea Dios.

Los niños abortados: ¿van al Cielo? Sermón del P. Javier Olivera Ravasi, SE

QUE NO TE LA CUENTEN





DURACIÓN 15 MINUTOS


P. Javier Olivera Ravasi, SE

Parroquia Star of the sea 28 de Diciembre de 2025

En el primer domingo después de Navidad, la Iglesia recuerda hoy a los Santos inocentes, los niños que, sin haber conocido aún a Cristo, murieron en manos del inicuo Rey Herodes.

Hoy, por lo tanto, es un día para recordar a aquellos mártires, sin embargo, quería aprovechar para reflexionar acerca de lo que sucede con los niños muertos sin bautismo y, especialmente, aquellos que mueren por el aborto. Es decir, no mueren, sino que son asesinados.

¿Qué pasa entonces con ellos?¿a dónde van?¿qué dice la Iglesia?

¿Puede entrar alguien al Cielo sin el bautismo?

Veamos primero lo que dice la Sagrada Escritura.

Mc 16,15-16: “Y les dijo: «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará”.

Y también:

Juan 3,5: “el que no nazca del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios”.

¿Entonces? Si un niño muere sin el bautismo, sea porque murió antes de haber sido dado a luz o porque lo mataron, ¿puede entrar al cielo o no?

1) El documento de 2007

En el año 2007, siendo Papa aún Benedicto XVI, La Comisión Teológica Internacional (CTI), dependiente del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, publicó un documento titulado así: “La esperanza de salvación para los niños que mueren sin bautismo”, donde se señala que hay una “ausencia de una enseñanza explícita en el Nuevo Testamento sobre el destino de los niños no bautizados”.

Es decir: en todo el Nuevo Testamento no hay algo claro acerca de qué es lo que sucede con las almas de los niños que han muerto sin haber recibido el primero y principal de los sacramentos: el bautismo.

a. Los Padres griegos

Pero entre los padres de la Iglesia, sólo uno de ellos, San Gregorio de Nisa (siglo IV), le dedica una obra al tema y dice que «la muerte prematura de los niños recién nacidos no es motivo para presuponer que sufrirán tormentos» en la otra vida. Es decir que, no porque un niño haya muerto sin el bautismo, irá al infierno necesariamente (cosa que repugna a la razón).

b. La Escolástica medieval y hasta nuestros días: el limbo de los niños

Santo Tomás de Aquino, por el contrario, planteaba que “los niños que no han alcanzado el uso de la razón y por lo tanto no han cometido pecados actuales… van a un lugar donde gozan de una plena felicidad natural y sin dolor alguno, pero no al Cielo”. Es lo que tradicionalmente se ha llamado “el limbo de los niños”.

c. La actual posición

Ahora bien, la Iglesia plantea actualmente que “hay razones teológicas y litúrgicas para motivar la esperanza de que los niños muertos sin Bautismo puedan ser salvados e introducidos en la felicidad eterna, aunque no haya una enseñanza explícita de la Revelación sobre este problema” (CTI, La esperanza de salvación para los niños que mueren sin bautismo).

Porque la Iglesia no puede inventar doctrinas, sino que transmite lo que ha recibido. Y sobre este tema, no hay nada explícito y claro en las Sagradas Escrituras o en la Tradición de la Iglesia.


2) Voy a dar entonces una posición teológica personal y esto, aclaro, no es lo que dice la Iglesia, pero tampoco va contra lo que la Iglesia enseña.

En los Evangelios, Santo Tomás Apóstol, el incrédulo, le dice a Jesús: “Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?”.

Es allí cuando Cristo le responde la famosa frase: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14,6).

Porque Nuestro Señor no es sólo la Vida, sino el autor de la Vida.

Ahora bien: hoy muchos matan la vida de los no nacidos por comodidad, por odio a esa vida, por evitar la vida.

El hombre de hoy, al igual que la tentación de Adán, quiere ser como Dios, el autor de la vida y, por odio a la vida, matan al no nacido. Y lo hacen del modo más cobarde que exista.

Así entonces, esos niños, a mi parecer, están siento matados, aun sin conocer a Cristo, por odio al Creador y Señor; por odio a la vida, por odio al autor de la vida. Y por eso, se convierten también ellos en otros santos inocentes, como los que masacró Herodes, recibiendo en los propios vientres de sus madres, un bautismo: el bautismo de sangre que les abre las puertas del Cielo.

Y así, sin haber recibido el bautismo sacramental, reciben ese bautismo de sangre como sucede con los mártires. Aún sin saberlo ellos explícitamente y aún sin quererlo directamente quienes matan en un sacrificio diabólico, a los niños aún no nacidos.

Finalmente; en este día entonces, debemos rezar por aquellos que promueven y cometen el pecado del aborto: por su conversión y, especialmente, por aquellas mujeres que, lamentablemente, en un momento de desesperación, han caído en este pecado; un pecado que es perdonado por Dios pero que deja huellas muy profundas y que sólo la misericordia de Dios y la ternura de Nuestra Señora, la Virgen María, pueden curar con el tiempo.

P. Javier Olivera Ravasi, SE

San Francisco, 28 de Diciembre de 2025

Alegría de Navidad




La historia de la salvación es larga. Comienza, como leemos en el Génesis, incluso antes de la propia Creación. Antes de que existieran el espacio y el tiempo, Dios ya estaba preparando todo lo que habría de desplegarse. La culminación última de esa historia aún nos es desconocida, aunque se nos ha revelado en parte. Nuestra propia participación en la historia de la salvación se va desarrollando a cada instante. Y aunque Dios lo comprende todo desde fuera del tiempo, nuestras acciones y decisiones cooperan (o no) con el plan que Él estableció antes de la fundación del mundo.

Nosotros, las criaturas humanas, no somos seres eternos; tenemos un comienzo. Aunque nuestros cuerpos son mortales, nuestras almas no lo son; no tienen fin. A diferencia de Dios, somos cambiantes —mutables, en el lenguaje de teólogos y filósofos— tanto en nuestros cuerpos mortales como en nuestras almas inmortales.

Del estudio de la física aprendemos la conservación de la masa y la energía, según la cual toda la masa y la energía que han existido o existirán ya existen. Carl Sagan observó célebremente que somos «polvo de estrellas», lo cual es cierto en un sentido. Pero los orígenes celestes de nuestra existencia material no cuentan toda la historia. Somos más que fragmentos reciclados de los restos del Big Bang. Mucho más.

Con la creación de cada nueva alma, algo completamente nuevo llega a existir. La composición del cosmos cambia en especie, no solo en grado. Cuando una nueva persona entra en la existencia, la realidad misma queda alterada para siempre. Las almas no son polvo de estrellas, ni tampoco desaparecen.

Y así, cada día surgen cosas nuevas —cosas verdaderamente nuevas—. Cambios irrevocables, eternos, suceden a nuestro alrededor. Nuevas almas llegan a existir. Las almas quedan marcadas indeleblemente por el bautismo o por el orden sagrado. Las almas se separan, por un tiempo, de sus cuerpos mortales. Las almas son juzgadas. Y son salvadas o condenadas.

La historia de la salvación, narrada en algo parecido a su plenitud, es una historia no solo de la Creación, sino de la intervención continua de Dios. Dios visita a su pueblo. Establece alianzas con él. Lo llama hacia sí. Lo corrige y le muestra misericordia. Lo libera de la esclavitud. Cumple sus promesas.

El acontecimiento central de este largo relato de la historia de la salvación es, por supuesto, la mayor Novedad de toda la Creación. Un ángel se aparece a María, y ella concibe por obra del Espíritu Santo: el Verbo hecho carne. Un niño nace en Belén. Crece en sabiduría y gracia ante Dios y los hombres. Es tentado. No tiene pecado. Predica la llegada del Reino y la buena nueva a los pobres. Realiza grandes milagros. Es traicionado, sufre, muere, desciende a los infiernos, resucita y asciende a la derecha del Padre. Envía el Espíritu Santo. Alimenta a su pueblo con su propio cuerpo y sangre. Cumple sus promesas.

La magnitud de este glorioso misterio es tan vasta que puede resultar difícil, si no imposible, contemplarlo todo de una sola vez. La Iglesia, en su sabiduría, lo recuerda a través de los ritmos del año litúrgico. Saboreamos un momento cada vez mediante nuestras fiestas sucesivas. El conjunto siempre está ahí, pero lo encontramos más a menudo en algún aspecto concreto: la vida de un gran santo, la conmemoración de grandes momentos en la vida de Nuestro Señor o de la Santísima Virgen, temporadas enteras de penitencia y de gozo.

Es en Pascua, y particularmente en la Vigilia Pascual, cuando la Iglesia dirige nuestra mirada hacia el horizonte más amplio. Escuchamos toda la historia de la salvación, y la plena gloria y el significado de la Resurrección se hacen tan claros para la mente mortal como nuestra liturgia y nuestra alabanza pueden lograrlo. La alegría pascual es cósmica, triunfante, exaltante. La alegría pascual es todo trompetas y luz cegadora. La alegría pascual es apocalíptica en el sentido más antiguo: una revelación de lo que antes estaba oculto en la mente divina.

La alegría de este tiempo, la alegría de Navidad, es de un timbre completamente distinto. La alegría de Navidad es humilde, silenciosa, menos exaltada y, de algún modo, más profundamente… humana. La alegría de Navidad es tan distinta de la de Pascua como la sonrisa de un bebé dormido lo es de la marcha triunfal del Rey de reyes.

Distinta y, sin embargo, de algún modo la misma. El Niño en el pesebre es el mismo Cristo que vence a la muerte. Pero que lo contemplemos primero como un niño manso y vulnerable, cuya llegada es conocida solo por María, José y unos pocos pastores, es una gracia asombrosa.

La Navidad nos permite saborear cuán plenamente humano es este Niño-Cristo. Su humanidad no es un mero revestimiento o apariencia. Es su naturaleza. Así como la gracia se apoya en la naturaleza y la perfecciona, el triunfo divino de la Pascua se apoya en la alegría humana de la Navidad y la perfecciona.

Podemos comprender más plenamente la divinidad de Cristo resucitado cuando llegamos a conocer primero la humanidad —nuestra propia humanidad— en el niño dormido del pesebre. En este sentido, la Navidad no es solo un hito temporal o cronológico en el misterio de la Encarnación —debe nacer antes de poder sufrir y morir—, sino una preparación para quienes no podemos comprenderlo todo de una vez.

En la penumbra del pesebre, bajo la estrella, se permite, por así decirlo, que nuestra vista espiritual se vaya ajustando. Se nos concede empezar a ver poco a poco. Al principio se nos ahorra el resplandor pleno e insoportable de aquella mañana de domingo en primavera. Reunidos en torno al pesebre, la realidad de lo que Dios está haciendo comienza, literalmente, a amanecer ante nosotros.

En esto vemos la generosidad de nuestro Dios, que no solo viene a salvarnos, sino que lo hace con la ternura silenciosa de un niño dormido.

¡Qué alegría!

Stephen P. White