
Resulta curioso que progres y festejantes de cualquier herejía o innovación conciliar, como la periodista Elizabetta Pique, se estén mesando los cabellos porque las eventuales consagraciones episcopales que efectuarán los obispos de la FSSPX provocará su excomunión y los arrojará a ellos y a todo su grupo al cisma. Las medidas canónicas, algo tan del pasado y contrarias a la misericordia propia de estos tiempos, se resucitan cuando las víctimas son los “ultracatólicos”.
Pero más curioso aún es que asuman una actitud similar los neocones. Para ellos también la excomunión rompe la “unidad eclesial” aunque no sepan muy bien qué cosa significa tal expresión. Me parece a mí que la tal comunión se rompe de muchos modos; también, por ejemplo, negando o disfrazando puntos centrales de la fe y la moral. Sin embargo, en estos casos, se quedan en silencio.
Pero además, y sobre esto me interesa tratar en esta entrada, hacen referencia a la excomunión y al cisma de un modo asaz inexacto y sin la menor contextualización histórica. Propongo, entonces, algunos puntos en este sentido que pueden ayudar a entender la situación:
1. La pena de excomunión para los obispos que realizan consagraciones episcopales sin mandato pontificio es muy tardía. No aparece en el CIC de 1917, que en el canon 2370 establecía que los tales serían suspendidos hasta que la Santa Sede los dispensara. Fue Pío XII en 1951 quien cambió este canon estableciendo que incurren en excomunión latae sententiae, y lo hizo concretamente para responder a lo que ocurría con la iglesia china. Curiosamente, en la actualidad esa iglesia sigue consagrando obispos sin mandato, y la Santa Sede luego los reconoce. Es decir, no nos encontramos con una costumbre inmemorial, anclada en la tradición. Es una medida del derecho positivo muy reciente, más allá del biri biri de la teología eclesial.
2. No será novedad para nadie que los obispos en los primeros siglos cristianos y en la Edad Media, y aún hasta hace algunas décadas en algunos sitios, eran elegidos por el pueblo, o por el arzobispo metropolitano, o por el monarca, o por los canónigos de la catedral. Más aún, en las iglesias orientales son elegidos por los sínodos de cada una de ellas. Roma se limita, y limitaba en los otros casos, a confirmar las nominaciones. Con esto quiero decir que el hecho de que en la actualidad y en la iglesia latina, sea el Papa de Roma quien elige a los obispos no pasa de ser una cuestión disciplinar, meramente disciplinar, que no toca en nada la unidad de la Fe y, por supuesto, tampoco la Caridad, supuesta la existencia de casos de excepción que justifique saltarse el derecho canónico disciplinar. No es materia revelada que el Papa deba designar Obispos, siendo su misión esencial «confirmar en la Fe». De manera que ni siquiera como una tarea accesoria o derivada de la misión encomendada por Nuestro Señor a Pedro, se podría sostener esta atribución de designar Obispos como algo relativo a la Fe.
3. Veamos un caso concreto: A comienzos de la década de 1970, el cardenal Josyf Slipyj, jefe de la Iglesia greco-católica ucraniana y antiguo prisionero del sistema represivo soviético durante dieciocho años, entró en un conflicto directo con el Vaticano por la cuestión de la sucesión episcopal. Tras su liberación en 1963 y su llegada a Roma, Slipyj insistió en la necesidad urgente de consagrar nuevos obispos para una Iglesia que había sido oficialmente suprimida por la URSS en 1946 y que sobrevivía de forma clandestina en Ucrania. El papa Pablo VI, comprometido con la política de distensión hacia los países comunistas, se negó reiteradamente a conceder el mandato pontificio necesario para dichas consagraciones, temiendo que una medida de ese tipo provocara represalias soviéticas y agravara la situación de los católicos bajo el régimen.
En 1975, ante la ausencia de obispos en libertad y sin autorización papal, Slipyj procedió a consagrar varios obispos en secreto en la abadía italo-bizantina de Grottaferrata, cerca de Roma, entre ellos al entonces monje Lubomyr Husar, futuro patriarca de la Iglesia ucraniana. Las consagraciones fueron consideradas válidas desde el punto de vista sacramental pero ilícitas canónicamente. La reacción del Vaticano fue deliberadamente contenida: no se impuso ninguna sanción pública ni se declaró nulo el acto, pero las consagraciones no fueron reconocidas oficialmente y Slipyj quedó progresivamente marginado en la Curia. Tras la caída de la Unión Soviética, los cuatro obispos fueron regularizados y pasaron a desempeñar un papel central en la reconstrucción de la jerarquía greco-católica en Ucrania, lo que dio al episodio una relevancia histórica que superó el conflicto inmediato entre Roma y el cardenal ucraniano. Como curiosidad, uno de los cuatro obispos consagrados, y por tanto excomulgados como el cardenal Slipyj, era un sacerdote del que el joven Jorge Bergogolio era muy cercano. Habló con mucho afecto de él cuando era ya Sumo Pontífice. Es decir, estamos frente a excomuniones, por más latae sententiae que sean, que son muy elásticas, y se aplican y desaplican sean los casos.
3.a Un codicilo: El santo sínodo de la Iglesia católica de Ucrania, en uso de sus facultades, elevó a su iglesia a patriarcado en los años ‘70. Juan Pablo II, para no fastidiar a los ortodoxos rusos, no lo aceptó y ordenó que siguiera siendo un arzobispado mayor. Pues los ucranianos, hasta hoy, en los dípticos conmemoran a su “patriarca” Sviatoslav, haciendo caso omiso de la disposición romana. Y todos sabemos qué significa la conmemoración en los dípticos para las iglesias orientales.
4. Yo no quisiera ser excomulgado ni me pondría nunca en situación de excomunión, y nadie creo que dudará que es mejor no estar excomulgado que estarlo. Sin embargo, esto no obsta para ser conscientes de que a lo largo de la historia de la Iglesia las excomuniones no siempre, o mejor dicho, casi nunca han significado gran cosa. Podríamos hacer un listado interminable de excomuniones que los obispos medievales —la época de esplendor del cristianismo— se lanzaban entre sí, y el excomulgado seguía como si nada. Algunos ejemplos de entre cientos: Ivo de Chartres excomulgó en el siglo XII a varios obispos vecinos porque habían ordenado clérigos suyos sin dimisorias (Epistolae, Patrologia Latina, vol. 162); a fines del siglo XI, en ciudades como Milán, Brescia, Piacenza, Cremona o Rávena, coexistían obispos rivales: unos nombrados por el Papa y otros por el emperador, como era la costumbre, con lo cual un obispo excomulgado por Roma seguía oficiando, ordenando sacerdotes y gobernando su diócesis, mientras otro obispo, nombrado por el Papa, hacía lo mismo en paralelo (Robinson, I. S. The Papal Reform of the Eleventh Century, Manchester, 2004). Y un último ejemplo muy cercano y conocido por nosotros: había excomunión reservada a la Santa Sede para quien sustrajera un libro de la biblioteca de Salamanca… así de serias eran las excomuniones y con esa seriedad se tomaban.
5. El cisma: muy sueltos de palabra, todos dicen como sabios canonistas que la FSSPX, al consagrar obispos, se convertiría nuevamente en cismática, y cismáticos serían todos sus miembros. Y esto es una enormidad que canónicamente no se sostiene. El cisma es una separación voluntaria del orden jurídico de la Iglesia; es cosa seria y nadie se constituye en cismático si no hay un declaración formal como tal y con meticulosa delimitación por parte de la Santa Sede. Cuando ocurrieron las consagraciones de Mons. Lefebvre, el Papa Juan Pablo II emitió el motu proprio Ecclesia Dei, en la que afirma que el acto de “desobediencia” del arzobispo francés “constituye un acto cismático” (nº 3). Sin embargo, en ningún momento determina quiénes caen en el cisma, y no es que se le pasó el detalle, sino que voluntariamente se evitó declarar a la FSSPX como cismática.
Supongamos que efectivamente el próximo mes de julio se producen nuevas consagraciones episcopales en Êcone. ¿Quiénes caerán en el cisma? ¿Los obispos consagrantes y consagrados? ¿Los sacerdotes que asistan también? ¿Y los que no asistan? ¿Y los fieles de la Fraternidad, en todos sus niveles y pelajes serán también cismáticos? ¿Y los mendigos que piden limosnas en las puertas de las iglesias de la FSSPX caerán también en el cisma? Evidentemente, en estos casos es necesario un pronunciamiento muy claro del Vaticano que determine con exactitud quiénes han cometido el pecado de cisma. Y mientras ese pronunciamiento no exista, nadie puede andar propalando como si fuera cosas indiscutible y probada que la FSSPX es cismática.
6. Hay algunos que hablan de “secta lefebvrista” porque afirman alegremente que son cismáticos. Y se ríen porque uno de los argumentos que utiliza la FSSPX para rechazar esa acusación es afirmar que nombran al Papa en el Canon Romano; “no es suficiente”, dicen. Demuestran de ese modo su ignorancia. Nombrar al Papa y al obispo del lugar, o al propio ordinario, en el Canon es el modo público y más importante de indicar la comunión. Se trata de los dípticos de las iglesias orientales a los que hicimos referencia más arriba. Por eso mismo, el acto público de cisma, si tal fuera el caso de la Fraternidad, debería eliminar el nombre del pontífice romano y del obispo del Canon. Y eso no ocurre, y es mucho más que un detalle: es la expresión de estar en comunión con Pedro y sus sucesores.
En todo este largo post no he intentado hacer una defensa de la FSSPX, en primer lugar, porque no me corresponde a mi hacerla —no soy parte de ella— y, en segundo lugar, porque la Fraternidad no necesita que yo la defienda: lo hace muy bien sola, y lo viene haciendo desde hace cincuenta años con éxito. He querido señalar simplemente las cosas como son y, en lo posible, advertir a los que con lengua suelta hablan con liviandad de “excomuniones y cismas”, que piensen más en lo que dicen.
Wanderer