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miércoles, 1 de julio de 2026

La homilía de Pagliarani en Écône: «Queremos la fe de la Iglesia para permanecer en la Iglesia. Y queremos la Iglesia por la fe y en la fe.»




En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

Señores, queridos hermanos sacerdotes, queridas hermanas, queridos fieles: por fin ha llegado este día. Qué alegría veros tan numerosos, venidos de los cuatro rincones del mundo.

Quiero, ante todo, agradecer la generosidad de todos los que han preparado esta jornada: de todos los que la han preparado materialmente con dedicación; de todos los hermanos sacerdotes que han preparado los corazones, los espíritus y las inteligencias para este día; y de todos vosotros, que habéis hecho el esfuerzo de viajar como peregrinos hasta aquí, a Écône, en una jornada ciertamente histórica.

¿Cuál es precisamente el significado de este día? ¿Por qué estamos aquí? ¿Cómo debemos comprender estas consagraciones?

Estas consagraciones son un acontecimiento que divide, ante el cual es imposible permanecer indiferente. ¿Qué significan para nosotros? Ante todo, esta ceremonia debe ser una manifestación de fe. Esto es muy importante.
Nosotros no elegimos qué debemos creer o dejar de creer. No podemos modificar, reinterpretar ni reconsiderar la fe. Simplemente, tenemos el deber de conservar la fe que la Iglesia ha enseñado siempre. Debemos amarla, debemos vivir de ella y debemos transmitirla.
Si verdaderamente amamos a Nuestro Señor, tenemos el deber de compartir sus bienes, que nos llegan ante todo por la fe. Quien no tiene este deseo de transmitir la fe da la señal de que él mismo no vive de la fe. Y cuanto más es atacada la fe, cuanto más desaparece, más apremiantes se vuelven estos deberes.

Porque sin la fe es imposible agradar a Dios. Es imposible vivir bien. Es imposible salvarse. Y hoy tomamos medios excepcionales, proporcionados a esa necesidad.

Algunos podrían considerar entonces que nos encontramos ante un dilema: elegimos la fe íntegra, pero nos separamos de la Iglesia. Estaríamos, por tanto, eligiendo entre la fe y la Iglesia. Para conservar la fe, ¿estaríamos rompiendo con la Iglesia? Es un falso dilema.

Se pertenece a la Iglesia, ante todo, por la fe, por la profesión íntegra de la fe, por la profesión íntegra de la fe de la Iglesia. Del mismo modo que se pertenece a una nación porque se habla la misma lengua, se comparte la misma identidad y la misma cultura; del mismo modo que se pertenece a una familia porque se lleva el mismo apellido y se vive en la misma casa; del mismo modo se pertenece a la Iglesia porque se profesa la misma fe.

Se trata, por tanto, de un falso dilema en el que no podemos entrar, porque no podemos elegir entre la fe y la Iglesia. Nadie puede hacerlo. Queremos la fe de la Iglesia para permanecer en la Iglesia. Y queremos la Iglesia por la fe y en la fe.

Es muy importante comprender esto, aunque quienes están frente a nosotros no quieran comprenderlo. Y todo esto no es una opinión, ni una sensibilidad, ni una opción: es una necesidad.

Se nos acusa de no amar al Papa. Se nos acusa de no respetarlo. Pero es precisamente porque amamos al Papa, sinceramente, como Vicario de Cristo, como cabeza de la Iglesia, por lo que no queremos seguir viendo al Papa humillado junto a falsos pastores, representantes de falsas religiones. ¿Cuántas veces lo hemos visto durante todos estos años?

Es porque amamos al Vicario de Cristo por lo que ya no queremos esta humillación para el Papa, una humillación que recae sobre toda la Iglesia, tratada en pie de igualdad con las falsas religiones.

Lo hemos explicado muchas veces. Lo hemos explicado en casi todas las lenguas que existen sobre la faz de la tierra. ¿Por qué no se ha comprendido? ¿Por qué, en el fondo, hablamos un lenguaje diferente?

Nosotros hablamos el lenguaje de la fe. Queremos la fe, con toda su sencillez. No es complicado. El Credo no es complicado. La profesión de fe que los futuros obispos acaban de hacer no es complicada. Todo el mundo puede comprenderla.

Queremos el lenguaje de la fe, el lenguaje de la Tradición. Y frente a nosotros nos encontramos con un lenguaje que se sitúa en otro nivel, que habla de otras cosas. Es el lenguaje de la inclusión, de la escucha, del diálogo y del acompañamiento.

Nosotros queremos la fe. Y después, en la fe, acompañamos a las personas. ¿Por qué hablar de acompañamiento antes de hablar de la fe? ¿Hacia dónde se acompaña a alguien si antes no se le transmite la verdad? ¿Hacia dónde se conduce a una persona si no se le muestra primero el camino?

Es necesario recuperar el orden: primero la fe; después, la vida cristiana; y, finalmente, el acompañamiento.

Precisamente por eso estamos aquí. No estamos aquí para afirmar una identidad sociológica. No estamos aquí para defender una sensibilidad particular. No estamos aquí para crear una Iglesia paralela.

Estamos aquí porque creemos. Porque creemos que la Iglesia de siempre sigue siendo la Iglesia de hoy. Porque creemos que la Tradición no puede desaparecer. Porque creemos que Nuestro Señor no abandona a su Iglesia. Y porque creemos que la fe católica debe permanecer íntegra hasta el fin de los tiempos.

Por eso estas consagraciones no constituyen una ruptura. Constituyen una continuidad: una continuidad con la fe de siempre; una continuidad con el sacerdocio católico; una continuidad con el sacrificio de la Misa; una continuidad con todo aquello que la Iglesia ha transmitido durante veinte siglos.

Es precisamente esto lo que deseamos conservar. Y conservarlo no solo para nosotros; sería un egoísmo. Queremos transmitirlo. Queremos entregarlo a las generaciones futuras. Queremos que dentro de cincuenta años, de cien años, de doscientos años, siga habiendo sacerdotes que celebren la Santa Misa, que prediquen la verdadera fe y que administren los sacramentos tal como la Iglesia siempre los ha administrado.

Porque la Iglesia no comienza con nosotros. Y tampoco terminará con nosotros. Somos simplemente un eslabón de una cadena. Hemos recibido. Debemos transmitir. Nada más.

Y esto exige sacrificio. Porque conservar la fe tiene un precio. Siempre lo ha tenido. Los mártires pagaron ese precio. Los confesores de la fe pagaron ese precio. Los santos obispos pagaron ese precio. San Atanasio lo pagó. San Hilario lo pagó. San Juan Fisher lo pagó. Santo Tomás Moro lo pagó. También monseñor Lefebvre pagó ese precio. Y nosotros debemos aceptar pagarlo igualmente.

No porque busquemos el sufrimiento, sino porque no queremos traicionar a Nuestro Señor. Porque la fidelidad cuesta. Siempre ha costado. Y siempre costará. Pero esa fidelidad nunca es estéril.

Produce frutos. Produce vocaciones. Produce familias cristianas. Produce almas que aman a Dios. Produce esperanza. Y eso es precisamente lo que vemos hoy.
Mirad a vuestro alrededor. Mirad a estas familias. Mirad a estos jóvenes. Mirad a estos sacerdotes. Mirad a estos seminaristas. ¿Quién puede decir que la Tradición está muerta? ¿Quién puede decir que ya no tiene futuro?
No. La Tradición está viva. Está profundamente viva. Y esa vida no viene de nosotros. Viene de Nuestro Señor.

Precisamente porque esta obra no es nuestra, no tenemos miedo. No sabemos lo que sucederá mañana. No sabemos cuáles serán las consecuencias. No sabemos cuáles serán las pruebas que tendremos que afrontar. Pero sabemos una cosa: la Iglesia pertenece a Nuestro Señor. No nos pertenece a nosotros. Nunca nos ha pertenecido. Y nunca nos pertenecerá.

Por eso podemos tener confianza. Porque es Él quien conduce a su Iglesia, no nosotros. Nosotros sólo debemos permanecer fieles: fieles a la fe, fieles a la Misa, fieles al sacerdocio y fieles a la gracia recibida. Eso basta.
Algunos se preguntan por qué cuatro obispos. La respuesta es muy sencilla: porque debemos asegurar el futuro. No sabemos cuánto tiempo nos concederá la Providencia. No sabemos cuánto vivirán los obispos actuales. No podemos esperar a encontrarnos en una situación de emergencia. La prudencia exige prever, no actuar cuando ya sea demasiado tarde.
Por eso estas consagraciones son un acto de prudencia. No un desafío. No una provocación. No una declaración de guerra. Un acto de prudencia al servicio de la Iglesia. Nada más.

Quisiera decir también una palabra a los cuatro futuros obispos.

Queridos amigos, vais a recibir una gracia inmensa. Pero recibiréis también una cruz muy pesada. No debéis buscar nunca vuestro interés personal. No debéis buscar nunca el honor. No debéis buscar nunca el poder. Debéis desaparecer para que Nuestro Señor sea conocido.

Debéis ser obispos para transmitir, no para innovar. Debéis conservar, no inventar. Debéis ser hombres de oración, hombres de sacrificio, hombres de doctrina y hombres de caridad. Porque la verdad sin caridad hiere, y la caridad sin verdad engaña. Vosotros debéis mantener siempre unidas ambas cosas, como lo hizo siempre la Iglesia.

No olvidéis nunca que el obispo existe para santificar las almas. No para administrar una empresa. No para dirigir una organización. No para convertirse en un personaje público. Existe para conducir las almas al Cielo.

Ese será vuestro juicio. No se os preguntará cuántas conferencias habéis pronunciado, ni cuántos proyectos habéis realizado, ni cuántos aplausos habéis recibido. Se os preguntará si habéis conservado la fe, si habéis transmitido la gracia y si habéis santificado las almas que os fueron confiadas. Eso es todo. Y eso basta.

Por eso os encomendamos hoy de manera muy especial a la Santísima Virgen. Ella conservó la fe cuando casi todos habían huido. Ella permaneció al pie de la Cruz. Ella nunca dudó. Ella nunca abandonó a Nuestro Señor. Que sea Ella quien os forme. Que sea Ella quien os proteja. Que sea Ella quien os conserve fieles hasta el final.

Queridos fieles, quisiera dirigirme también a vosotros.

Sin vosotros, esta obra no existiría. Habéis permanecido fieles. Habéis aceptado sacrificios. Habéis recorrido muchos kilómetros para asistir a la Santa Misa. Habéis educado cristianamente a vuestros hijos. Habéis sostenido nuestros seminarios. Habéis rezado por nuestros sacerdotes. Habéis sufrido con nosotros. Y hoy compartís también esta alegría.

No penséis nunca que vuestra fidelidad carece de importancia. Es gracias a familias como las vuestras que la Iglesia continúa viviendo. Es gracias a vuestra fidelidad cotidiana que Nuestro Señor sigue reinando en las almas.

Continuad siendo sencillos. Continuad siendo profundamente católicos. No busquéis jamás la polémica por sí misma. No busquéis vencer a nadie. Buscad únicamente la verdad y vivid esa verdad con humildad.

No tenemos enemigos. Tenemos almas a las que amar. Tenemos personas por las que rezar. Tenemos una Iglesia a la que servir. Y tenemos un Cielo que conquistar.

Por eso debemos conservar siempre la paz: la paz que nace de la verdad, la paz que nace de la gracia y la paz que nace de la confianza en Dios.

No permitáis nunca que la amargura entre en vuestros corazones. No permitáis nunca que el resentimiento sustituya a la caridad. No permitáis nunca que las pruebas os hagan perder la esperanza.

Porque Dios conduce todas las cosas, incluso cuando nosotros no comprendemos; incluso cuando parece que todo se derrumba; incluso cuando la Iglesia atraviesa la noche.

La victoria pertenece ya a Nuestro Señor. Él ha vencido al mundo. Él ha vencido al pecado. Él ha vencido a la muerte. Y por eso podemos caminar con serenidad.
No sabemos cuánto durará esta crisis. No sabemos cómo terminará. Pero sabemos cómo termina la historia. Y termina con el triunfo de Cristo.
Por eso no debemos tener miedo. Debemos rezar. Debemos trabajar. Debemos permanecer fieles. Y debemos conservar siempre una inmensa esperanza.

Queridos amigos, estas consagraciones no son un punto de llegada. Son un punto de partida. Desde mañana comenzará un trabajo aún mayor.
Será necesario seguir formando sacerdotes, seguir predicando, seguir santificando las almas, seguir construyendo familias cristianas y seguir transmitiendo íntegramente la fe. Ese es nuestro deber. Y, con la ayuda de Dios, seguiremos cumpliéndolo.
Encomendemos ahora esta jornada a la Santísima Virgen María. Que Ella conserve a la Iglesia. Que Ella proteja al Santo Padre. Que Ella fortalezca a nuestros nuevos obispos. Que Ella sostenga a nuestros sacerdotes. Y que Ella nos obtenga la gracia de permanecer fieles hasta el último día de nuestra vida.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

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Nota de la Redacción: La siguiente es una transcripción provisional de la homilía pronunciada por el P. Davide Pagliarani durante las consagraciones episcopales celebradas en Écône. Al haberse realizado a partir de una grabación del acto, podría contener pequeñas imprecisiones de transcripción que serán corregidas cuando se disponga de la versión oficial del texto.

La FSSPX garantiza su continuidad para una nueva generación con cuatro obispos sin mandato pontificio


Écône, 1 de julio de 2026. Amanece despejado sobre el valle del Ródano en la fiesta de la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo. Desde primera hora de la mañana, los autobuses no dejan de llegar al seminario internacional San Pío X, y una gran carpa —de trazas muy semejantes a aquella que el mundo entero vio en 1988— vuelve a llenarse de fieles llegados de toda Europa. El cielo, limpio por ahora, amenaza lluvia para el final de la mañana; pero nada parece enfriar el ambiente de expectación que se respira en Écône.


Comienza la procesición de entrada con seminaristas, diáconos y sacerdotes, seguidos de los cuatro próximos obispos: Pascal Schreiber, Michael Goldade, Michel Poinsinet de Sivry y Marc Hanappier. Finaliza la procesión los obispos Bernard Fellay, Alfonso de Galarreta y el director general de la FSSPX don Davide Pagliarani.


Se procede a la lectura del mandato previsto para la ceremonia. En el propio ritual se explica que, dadas las circunstancias particulares de estas consagraciones, este punto ha debido ser adaptado respecto de la práctica ordinaria. El secretario general procede a leer una nota aclaratoria: «Es la Iglesia Católica Romana, siempre fiel a las tradiciones recibidas de los apóstoles que en circunstancias completamente excepcionales exige de nuestra parte volver a la preservación de las mismas, esto es: el depósito de la fe y tomar las medidas necesarias para seguir transmitiendolas a todos lo hombres para la salvación de sus almas. Teniendo en cuenta que desde el CV II hasta nuestros días, las autoridades de las Iglesia están imbuidas en un espíritu contrario al de la fe y obra en contra de la santa tradición, (…) ante Dios estimamos que es un deber sagrado para con la Santa Iglesia y las almas de proceder a la consagración de obispos plenamente fieles a la santa tradición y al magisterio constante de la Iglesia (…) «, seguidamente presenta a los sacerdotes que fueron electos como próximos obispos.


El padre Pascal Schreiber hace el juramento medieval de fidelidad y obediencia al apostol San Pedro, al papa y a sus sucesores, seguido de los otros tres presbíteros. Finaliza poniendo sus manos sobre el Evangelio para confirmar su promesa.


Mons. Alfonso de Galarreta procede a hacer el interrogatorio, los candidatos responden «Volo» a las preguntas sobre la fe católica, la doctrina, la vida moral y las obligaciones propias del episcopado. Seguidamente, besan el anillo del obispo consagrante. Finalizados los ritos preliminares, comienza la Misa votiva de la Preciosísima Sangre según el Misal Romano de 1962.


Durante las oraciones iniciales de la Misa, los electos son revestidos con las insignias propias del episcopado: cruz pectoral, túnica, dalmática y casulla pontifical. Continúa la celebración con el Gloria, las oraciones propias del día y la proclamación de la Epístola.


Tras el Gradual comienza la homilía pronunciada por el superior general de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, el padre Davide Pagliarani. En su intervención justifica las consagraciones episcopales como una respuesta a la situación actual de la Iglesia: «Hoy tomamos medios excepcionales que son proporcionales a las necesidades de la Iglesia hoy».

Pagliarani rechaza además que estas consagraciones supongan una ruptura con la Iglesia: «¿Estamos en el proceso de elegir entre la fe y la Iglesia —para conservar la fe, nos estamos separando de la Iglesia? Es un dilema falso». Y añade: «Pertenecemos a la Iglesia por la profesión íntegra de la fe. No podemos elegir entre la fe y pertenecer a la Iglesia; nadie puede hacer esa elección. Queremos la fe de la Iglesia para permanecer dentro de la Iglesia y queremos la Iglesia por la fe, en la fe».


Comienza la consagración episcopal. Los electos se postran rostro en tierra mientras toda la asamblea invoca la intercesión de los santos cantando las Letanías de los Santos.


Imposición de las manos. El obispo consagrante y los obispos asistentes imponen las manos sobre cada uno de los electos pronunciando las palabras: «Recibe el Espíritu Santo». El consagrante recita el gran prefacio de la ordenación episcopal, implorando el descenso del Espíritu Santo sobre los nuevos obispos.


Durante el canto del Veni Creator Spiritus se realizan los ritos esenciales de la consagración episcopal: el obispo consagrante unge con el santo crisma la cabeza y las manos de los nuevos obispos, quienes reciben posteriormente el báculo, el anillo episcopal y el Libro de los Evangelios como signos de su nuevo ministerio. Tras el beso de la paz, la celebración continúa con la Santa Misa, la proclamación del Evangelio y el rezo del Credo.


Comienza la liturgia eucarística con el ofertorio. Los nuevos obispos, ya consagrados, concelebran junto al obispo consagrante la Santa Misa pontifical según el rito tradicional, participando por primera vez en el sacrificio eucarístico con la plenitud del sacerdocio recibida durante la ceremonia.


Los nuevos obispos concelebran junto al obispo consagrante una misma y única Misa, recibiendo una parte de la misma Hostia y bebiendo del mismo Cáliz, un rito que el propio Pontifical Romano presenta como una práctica que «se remonta a la más remota antigüedad» y que expresa la íntima unión entre la consagración episcopal y el Sacrificio eucarístico.

El rito conserva una forma excepcional de concelebración propia del uso antiguo: no se trata de una concelebración ordinaria o masiva, sino de una práctica ligada tradicionalmente a momentos particularmente solemnes, como las consagraciones episcopales y las ordenaciones sacerdotales. En esta forma, el obispo consagrante conserva el lugar principal y los recién consagrados participan recibiendo de él una parte de la misma Hostia y bebiendo del mismo Cáliz, subrayando el carácter jerárquico del rito y la unidad del sacerdocio en torno a un único sacrificio eucarístico.


Tras el rezo del Padrenuestro, la fracción del Pan y el Agnus Dei, el obispo consagrante comulga primero bajo las dos especies y, a continuación, administra la Sagrada Comunión a los obispos recién consagrados.


Concluida la Misa, comienza la tercera y última parte de la ceremonia. Los nuevos obispos reciben las insignias que restaban por imponer, entre ellas la mitra y los guantes pontificales. A continuación son entronizados solemnemente: el obispo consagrante los conduce uno a uno a su sede y les entrega el báculo pastoral. Mientras se entona el Te Deum en acción de gracias, los recién consagrados recorren la iglesia impartiendo por primera vez la bendición episcopal a los fieles. Finalizado el himno, regresan al presbiterio para el acto de homenaje, antes de concluir la celebración con la salida solemne.

martes, 30 de junio de 2026

Pagliarani responde a León XIV y le pide «tiempo para el discernimiento» antes de que tome ninguna medida



P. Davide Pagliarani, Superior General FSSPX

El Superior General de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX), don Davide Pagliarani, ha dirigido este 30 de junio una carta de respuesta al Papa León XIV tras su escrito enviado apenas 24 horas antes del inicio de las cosagraciones episcopales. En ella agradece la «solicitud paternal» del Pontífice y le pide filialmente que se tome «el tiempo que exige este discernimiento» antes de adoptar cualquier decisión sobre la Fraternidad, insistiendo en que «no es demasiado tarde».

Pagliarani rechaza en su misiva toda voluntad de separarse de Roma y afirma que la FSSPX desea servir a la Iglesia «por medios extraordinarios». Recuerda que la Fraternidad ya fue declarada cismática en 1988 «por razones y en circunstancias absolutamente análogas a las de hoy» y sostiene que el propio tono paternal del diálogo actual demostraría que no es ni cismática ni hostil a la Iglesia. Cita además los testimonios de Mons. Vitus Huonder, obispo emérito de Coira ya fallecido, y de Mons. Athanasius Schneider, obispo auxiliar de Astaná, que fueron enviados por Roma para dialogar con la Fraternidad y en su día reconocieron el «espíritu profundamente católico» de la misma.

La respuesta llega en un contexto en el que no ha pasado desapercibida —y ha suscitado cierta estupefacción— la circunstancia de que el primer mensaje del Papa se haya producido apenas 24 horas antes de las consagraciones episcopales previstas en Écône para el 1 de julio.

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Carta íntegra del Superior General en respuesta a Su Santidad el Papa León XIV


Santísimo Padre:

Reciba mi más vivo agradecimiento por la carta que ha tenido a bien dirigirme.

Me ha conmovido profundamente Su solicitud paternal.

Desde hace tiempo habría deseado tener la ocasión de encontrarme con Usted para expresarle personalmente nuestro sincero deseo de servir a la Iglesia. Lamentablemente, esa ocasión no se ha presentado.

Le pido simplemente que tenga a bien considerar la autenticidad de esta intención, que nada tiene de fingido.

Paradójicamente, en el contexto actual nos parece que es precisamente nuestro deber hacer todo lo posible por recoser la túnica de Cristo, desgarrada por fuerzas y presiones incompatibles con un espíritu auténticamente católico. Le pido simplemente que considere la autenticidad de esta intención, antes de tomar una decisión sobre la FSSPX. No es demasiado tarde.

Lejos de nosotros la idea de separarnos de la Iglesia romana; al contrario, deseamos servirla por medios extraordinarios, como se acude en ayuda de una madre en dificultad que necesita un socorro particular, aunque este no sea comprendido por todos. Pero estoy seguro de que el Santo Padre podría comprenderlo. La Santa Sede ya ha demostrado que podía comprender situaciones muy complejas y tomarse el tiempo necesario.

Me permito, pues, pedirle filialmente que se tome el tiempo que exige este discernimiento.

Si mis palabras no bastaran, le pediría que reflexionase sobre dos hechos muy sencillos. En primer lugar, la Fraternidad ya fue declarada cismática en 1988, por razones y en circunstancias absolutamente análogas a las de hoy; y, sin embargo, después de tantos años, nos hablamos como un padre con su hijo. Su Santidad me exhorta paternalmente a evitar un cisma que, teóricamente, ya habría tenido lugar. ¿No piensa Usted que esta misma actitud, cuya solicitud aprecio profundamente, constituye precisamente la prueba de que la Fraternidad no es ni cismática ni hostil a la Iglesia?

En segundo lugar, hace algunos años la Santa Sede confió a dos obispos de la Iglesia la misión de dialogar con la FSSPX: Mons. Vitus Huonder, entonces obispo de Coira, hoy fallecido, y Mons. Athanasius Schneider, obispo auxiliar de Astaná. Ambos, tras tomarse el tiempo necesario para el discernimiento, reconocieron el espíritu profundamente católico de la Fraternidad y dieron público testimonio de ello.

Pero, sobre todo, me permito dirigirme a Su Santidad en nombre de los miles de almas que han recuperado la fe católica y la práctica religiosa gracias al apostolado de la Fraternidad. Es un hecho del que Sus predecesores tomaron ellos mismos nota. Estas almas no tienen más que un solo deseo: alcanzar la salvación por medio de este instrumento que la Providencia ha puesto a su disposición. Han sufrido y son sinceras. Estoy seguro de que Su corazón paternal de Pastor universal será sensible a esta situación tan particular. Un día, todas las dificultades entre la Santa Sede y la Fraternidad quedarán resueltas. Un gesto de comprensión por Su parte, lejos de perjudicar a la unidad, no podría sino manifestar a los ojos del mundo y de todos los cristianos Su preocupación por la unidad y Su bondad de padre.

Dejo todo ello a Su benévola consideración. Renuevo mi oración por Su Santidad.

Desde hace tiempo, antes incluso de Su elección, rezo a santa Rita por la situación presente. He visto en la elección de un Papa agustino un signo de esperanza.

Estoy seguro de que la santa intercederá. Nunca es demasiado tarde.

Le ruego que tenga a bien darnos Su bendición.

Y aprovecho esta ocasión para renovarle la expresión de mi más profundo afecto en el Señor.

Don Davide Pagliarani

León XIV pide a la Fraternidad San Pío X que abandone el camino del cisma y regrese a la comunión con Roma




El Papa ha dirigido una carta al superior general de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, don Davide Pagliarani, en la que reconoce el apego a la Tradición de sus miembros pero les advierte con firmeza de que un «acto cismático» les privaría de la recepción lícita —y en algunos casos válida— de los sacramentos. 
La misiva, fechada el 29 de junio de 2026, solemnidad de los santos Pedro y Pablo, constituye el primer pronunciamiento directo de León XIV sobre la situación canónica de la Fraternidad.
El documento, redactado en italiano y dirigido personalmente a Pagliarani, se extiende por medio suyo «a los obispos, a los sacerdotes, a los seminaristas y a los fieles ligados a la Fraternidad Sacerdotal San Pío X». El Pontífice afirma escribir «con ánimo paterno» y «consciente de la responsabilidad que el Señor me ha confiado como Sucesor del Apóstol Pedro».

León XIV reconoce expresamente lo que Roma rara vez ha admitido con tanta claridad: «La Iglesia reconoce el apego a la vida litúrgica, el empeño en la formación sacerdotal, el celo apostólico y el deseo de fidelidad a la Tradición que caracterizan a muchas personas y comunidades ligadas a esa Fraternidad». Este reconocimiento, señala, ha motivado «la actitud de atención y de benevolencia» que sus predecesores —Benedicto XVI y Francisco— mantuvieron hacia el instituto fundado por monseñor Marcel Lefebvre.

Una advertencia inequívoca

Sin embargo, el tono paternal da paso a una advertencia sin ambigüedades. El Papa ruega y pide «con todo el corazón: ¡volved sobre vuestros pasos!», exhortando a Pagliarani a «considerar atentamente el bien espiritual de los fieles».

«El acto cismático que cometeríais os privaría de la recepción lícita y en algunos casos incluso válida de los Sacramentos que ellos aman y buscan para su propia santificación»

La referencia a la validez sacramental resulta especialmente significativa. Hasta ahora, Roma había mantenido que las ordenaciones de la FSSPX, aunque ilícitas, eran válidas, y que los fieles podían acudir a sus confesiones en caso de necesidad. Una ruptura formal —un «acto cismático», en palabras del Papa— alteraría este delicado equilibrio canónico.

Diálogo abierto, pero sin recibirles

León XIV insiste en que «la Iglesia está disponible a un camino de diálogo y de entendimiento que el Espíritu Santo puede hacer posible y fecundo». No obstante, el marco del diálogo queda claramente definido: no se trata de negociar la doctrina, sino de que la Fraternidad desista de su «intento» —término que sugiere que Roma considera inminente algún movimiento por parte de Menzingen.

La carta concluye con una invocación de gravedad teológica: «Lacerar la Túnica inconsútil de Cristo es un pecado de extrema gravedad. El Señor ilumine vuestras conciencias y despierte vuestros corazones». El Papa confía estas intenciones «al Corazón Inmaculado de María, Madre del Buen Consejo».

Un contexto de tensión creciente

La carta llega en un momento de incertidumbre sobre el futuro de las relaciones entre la Santa Sede y la Fraternidad. Desde la muerte de Francisco, que había concedido a la FSSPX la facultad de confesar válidamente y celebrar matrimonios, el diálogo doctrinal permanecía estancado. La elección de León XIV —el cardenal estadounidense Robert Prevost— había generado expectativas dispares: algunos esperaban un acercamiento pragmático; otros, una clarificación definitiva del estatus canónico de la Fraternidad.

La fecha elegida para la misiva no es casual. La solemnidad de los santos Pedro y Pablo, patronos de Roma, subraya la dimensión petrina del llamamiento: es el Sucesor de Pedro quien habla, invocando expresamente su autoridad. Queda por ver cómo responderá Menzingen a esta carta que, bajo el ropaje de la paternidad, contiene una advertencia cuyas consecuencias canónicas podrían ser irreversibles.


CARTA DEL SANTO PADRE
AL REVERENDO PADRE DAVIDE PAGLIARANI
SUPERIOR GENERAL DE LA FRATERNIDAD SACERDOTAL SAN PÍO X


Con ánimo paterno deseo dirigirme a usted y, por su medio, a los obispos, a los sacerdotes, a los seminaristas y a los fieles vinculados a la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, consciente de la responsabilidad que el Señor me ha confiado como Sucesor del Apóstol Pedro.

La Iglesia reconoce la adhesión a la vida litúrgica, el compromiso en la formación sacerdotal, el celo apostólico y el deseo de fidelidad a la Tradición que caracterizan a muchas personas y comunidades afines a esa Fraternidad. Lo antes dicho ha motivado una actitud de atención y benevolencia que mis Predecesores les han manifestado constantemente.

Con este espíritu, y lleno de afecto cristiano, les ruego y les pido con todo el corazón: ¡Den marcha atrás! Los exhorto a que consideren atentamente el bien espiritual de los fieles, porque el acto cismático que llevaren a cabo los privaría de la recepción lícita y, en algunos casos, incluso válida de los sacramentos que ellos aman y buscan para la propia santificación.

La Iglesia está dispuesta a un camino de diálogo y entendimiento que el Espíritu Santo puede hacer posible y fecundo.

Ruego por ustedes, porque desgarrar la Túnica inconsútil de Cristo es un pecado de extrema gravedad. El Señor ilumine sus conciencias y mueva sus corazones. Por la autoridad recibida de Cristo, con el alma afligida, pero aún llena de esperanza, tengo el deber de pedirles que desistan de su intento y confío estas plegarias al Corazón Inmaculado de María, Madre del Buen Consejo.

Vaticano, 29 de junio de 2026, Solemnidad de los santos Apóstoles Pedro y Pablo.


LEÓN PP. XIV

El estado de necesidad, a vista de cardenal (a propósito de las declaraciones del cardenal Burke)





Uno, que no ha tenido ocasión de gobernar dicasterio alguno ni de que un sacerdote le sostenga la mitra mientras se arrodilla, ha aprendido a desconfiar de los hombres que resuelven los problemas ajenos desde la comodidad de no padecerlos. Es un viejo defecto del oficio teológico y, antes que del teológico, del cortesano: Versalles estaba lleno de gente sinceramente convencida de que en Francia se comía de maravilla, y la dama que supuestamente recomendó pasteles a quien no tenía pan no lo decía por crueldad, sino por una entrañable, casi conmovedora incapacidad de imaginar una cocina vacía. Qu’ils mangent de la brioche. No hay mala fe en la frase. Hay tabique.

Viene esto a cuento de las recientes declaraciones del cardenal Raymond Burke sobre las consagraciones episcopales de la Fraternidad de San Pío X y sobre el célebre «estado de necesidad» que los lefebvrianos esgrimen para justificarlas. Su Eminencia lo despacha sin pestañear: la situación actual, dice, no constituye un estado de necesidad. Y uno, que de derecho canónico sabe lo justo para no meterse en pleitos, recuerda sin embargo aquel axioma que los canonistas repiten desde hace siglos y que el cardenal, antiguo prefecto de la Signatura, domina infinitamente mejor que quien esto escribe: necessitas non habet legem, la necesidad carece de ley. Máxima formidable y peligrosísima, porque antes de declararla inexistente conviene responder a una pregunta que Su Eminencia sortea con elegancia episcopal: la necesidad, ¿de quién?

Una cosa es la fe que subsiste de iure en la Iglesia —que Cristo permanece con ella hasta la consumación de los siglos, que los medios de la gracia están ahí, íntegros, garantizados, indefectibles— y otra muy distinta es la fe que llega de facto al cristiano de a pie un domingo cualquiera en una parroquia de extrarradio. Lo primero es dogma, y uno no piensa discutírselo al cardenal: faltaría más. Cuando Burke afirma que el Señor prometió no abandonarnos y que ninguna circunstancia, por dura que sea, autoriza un acto intrínsecamente malo, lleva toda la razón del mundo, y conviene decirlo sin ambages para que nadie confunda estas líneas con una apología del cisma, que no lo son. El reparo es otro, y bastante más incómodo: que la indefectibilidad de la Iglesia responde a una pregunta que nadie le estaba formulando.

Porque quien invoca el estado de necesidad —con acierto o sin él, ésa es harina de otro costal— no niega que Cristo siga en su Iglesia. Dice algo más terrenal y más verificable: que el acceso concreto a la fe íntegra, a una liturgia que no le sonroje, a una predicación que no le deje peor de lo que entró, se le ha vuelto cuesta arriba. Y a esa objeción, que es de hecho, el cardenal responde con una verdad de derecho. Es como contestar a quien se lamenta de que en su barrio no hay panadería recitándole la composición química del pan. El pan existe, en efecto. La pregunta era si llega.

Es en este punto donde la biografía, que uno preferiría no airear pero que el propio argumento reclama, se vuelve pertinente. Su Eminencia tiene el problema del acceso resuelto de un modo que al fiel común le resulta sencillamente inalcanzable. Vive —cuando no está en su Wisconsin natal, irradiando claridad doctrinal desde el magnífico santuario que él mismo promovió— en un amplio apartamento a pocos pasos de la columnata de Bernini; el mismo, dicho sea como curiosidad, del que Francisco quiso desalojarlo en 2023 y del que, andando el tiempo, no lo desalojó nadie: conservó la vista de San Pedro tras una audiencia con Bergoglio y varios meses de silencio. Dispone de capilla propia. Tiene a su servicio sacerdotes bien formados, que le disponen el altar con la pulcritud devota de un orfebre flamenco. Y tiene unas monjas que cuidan, con la abnegación callada de tantas almas buenas, de que la ropa del cardenal regrese al cajón impecablemente doblada, calzoncillos incluidos.

No hay en ello pecado alguno: así han vivido siempre los príncipes de la Iglesia. Lo que hay, insisto, es tabique. Quien tiene garantizada cada mañana una liturgia inmaculada y una doctrina sin grumos puede, con la conciencia más tranquila del mundo, no apreciar la necesidad, porque para él, sencillamente, no existe. De iure y de facto coinciden en su persona con una felicidad que no se concede al resto de los bautizados. Y es desde esa coincidencia afortunada —desde esa torre de cristal con sacristía incorporada— desde donde Su Eminencia certifica que el acceso a la fe no está en cuestión, igual que la dama de Versalles zanjaba el hambre de Francia entre dos bocados.

Pero el fiel común no tiene capilla ni orfebre. Tiene a Paco. Paco es el párroco de su barrio, hombre probablemente bienintencionado y seguramente exhausto, que celebra la misa de doce como le sale —seamos finos— de las posaderas: con su guitarra desafinada, su homilía sobre la inclusión y el reciclaje, su rito de la paz convertido en junta de vecinos y su comunión repartida con el desparpajo de quien entrega propaganda en un semáforo.

A ese fiel, que sale de misa algo más solo de lo que entró, el estado de necesidad no hay que explicárselo con jurisprudencia de la Signatura. Lo padece cada domingo a las doce, y lo padece precisamente porque a él de iure y de facto no le coinciden: sabe que la Iglesia custodia el tesoro, pero a su parroquia no termina de bajar.

Conste que uno no extrae de todo esto ninguna licencia para que nadie consagre obispos por su cuenta y riesgo: No tengo opinión propia al respecto, como de tantas otras controversias. Pero una cosa sí tengo clara: que un purpurado a quien la crisis le llega filtrada, planchada y servida a su temperatura no es, con todos los respetos, el perito más fiable para extender el certificado de que la crisis no aprieta. Se comprende, por lo demás, que no la vea: el mismo Colegio Cardenalicio que, invitado el año pasado a enderezar el rumbo, despachó el trámite encumbrando en la cuarta votación a un hombre del pontificado anterior, parece compartir con Su Eminencia cierta dificultad congénita para asomarse a la ventana.

Será cosa de las ventanas vaticanas, que dan todas a un patio precioso.
Así que sí, Eminencia: lleva usted razón, no hay estado de necesidad. No lo hay en su capilla. Baje un domingo cualquiera a la de Paco sin previo aviso, siéntese en el último banco, entre la señora del carrito de la compra y el adolescente que ha llegado antes para confesar los excesos de la noche pasada y no ha encontrado luz en el confesionario, y aguante la misa entera, de cabo a rabo. Después, si aún le quedan ánimos, vuelve usted y nos firma que la necesidad es un invento de cuatro.
Carlos Balén

El Cardenal Burke rechaza el argumento de «estado de necesidad» de la FSSPX y advierte de la excomunión por las consagraciones (en una entrevista con Per Mariam)


Cardenal Raymond Leo Burke

El Cardenal Burke critica el formato sinodal del Consistorio, lamenta que la crisis de la FSSPX no figurara en la agenda y pide que la Santa Sede designe cardenales para dialogar con la Fraternidad.


(InfoCatólica) El Cardenal Raymond Burke ha valorado el reciente Consistorio Extraordinario celebrado en Roma y ha expresado su firme preocupación por las consagraciones episcopales que la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX) tiene previsto celebrar el 1 de julio en Écône, en una entrevista concedida a Michael Haynes en PerMariam.

El purpurado estadounidense, antiguo prefecto del Tribunal Supremo de la Signatura Apostólica, acogió positivamente la celebración de este segundo Consistorio del pontificado de León XIV, al que acudieron cerca de 180 cardenales, y valoró que el Papa haya dado «una alta prioridad» a estos encuentros del colegio cardenalicio, que ofrecen la ocasión de «discutir cuestiones importantes con respecto a la Iglesia».

Reservas sobre el formato sinodal

Sin embargo, Burke manifestó sus reservas sobre el método de trabajo en pequeños grupos de mesa, de estilo sinodal, que ha sustituido en buena medida al debate abierto tradicional. «El formato clásico del consistorio era un debate abierto en el que todos los cardenales estaban presentes y escuchaban a quien hablaba y podían responder», recordó, para añadir que no está «completamente convencido» de la nueva fórmula.

El Cardenal señaló además que la cuestión de la sinodalidad, sobre la que los cardenales recibieron una exposición durante la sesión del sábado, «permanece sin resolver». «No está claro qué significa y ciertamente no tiene historia en la vida de la Iglesia», afirmó, reclamando «un examen crítico de lo que se quiere decir con esto o de si es una manera apropiada de llevar a cabo la consulta en la Iglesia».

Según explicó a PerMariam, el Papa «insiste bastante» en mantener este formato, pero Burke consideró que «quienes tenemos preocupaciones críticas necesitamos expresárselo».

Un programa centrado en lo mundano

Burke observó que el programa del Consistorio se centró casi exclusivamente en las preocupaciones del mundo, examinando «dónde la gente se siente aislada o perdida», mientras que las principales crisis internas de la Iglesia estuvieron ausentes de la agenda oficial. Según indicó, algunos cardenales plantearon durante las sesiones la crisis de la FSSPX, «pues les parecía muy extraño que los cardenales no hubiéramos discutido eso».

El purpurado coincidió con su entrevistador en que la amplitud temática del programa dificulta la adopción de medidas concretas: «Cuando los cardenales nos reunimos y hablamos de algo, deberíamos llegar a alguna acción pastoral, a una mejor manera de cuidar las almas, y eso no siempre es evidente».

Las consagraciones de la FSSPX: sin justificación canónica

Sobre las consagraciones episcopales previstas para el 1 de julio, Burke se mostró contundente al rechazar el argumento de «estado de necesidad» invocado por la Fraternidad. «La situación actual no constituye un estado de necesidad, porque en realidad la idea detrás de eso es que los fieles que están en la FSSPX no pueden vivir su fe católica en la Iglesia sin tener una iglesia dentro de la Iglesia», afirmó.

El Cardenal fundamentó su posición en términos doctrinales: «La verdad dogmática es que Nuestro Señor ha prometido permanecer con nosotros en la Iglesia hasta el último día. Él está con nosotros en la Iglesia y nosotros permanecemos con Él en la Iglesia». Y concluyó: «Ninguna situación justifica hacer algo que es intrínsecamente malo».

Excomunión y esperanza de diálogo

Respecto a las consecuencias canónicas, Burke precisó que la ordenación de obispos sin mandato pontificio conlleva la excomunión latae sententiae para «cualquiera que coopere activa, consciente y voluntariamente con el acto», y que la Santa Sede «tendrá que publicarla».

No obstante, restó credibilidad a los rumores sobre una posible excomunión general de todos los fieles de la FSSPX. «No creo que eso pueda sostenerse, porque creo que hay muchos fieles que son miembros de la FSSPX, incluidos también sacerdotes, que no tienen este espíritu cismático: simplemente aman la tradición del uso más antiguo del Misal Romano», argumentó. En este sentido, mencionó un estudio reciente de los doctores Stephen Bullivant y Stephen Cranney que muestra que los católicos vinculados a la misa tradicional, en su mayoría, no cuestionan la validez del Concilio Vaticano II.

Burke expresó también su esperanza de que la Santa Sede designe a «un cardenal o dos, o incluso tres cardenales» para reunirse con miembros de la FSSPX, apuntando que unas negociaciones de este nivel podrían resultar más fructíferas que las conducidas hasta ahora por el Cardenal Víctor Manuel Fernández. «Para muchos de ellos esto también es muy perturbador, porque lo ven como un acto cismático, pero podrían ser reconciliados y eso es por lo que tenemos que trabajar», sostuvo.

Sin embargo, a juzgar por las declaraciones del Papa a la prensa, Burke no percibe que vaya a producirse un acercamiento de última hora por parte de la Santa Sede: «La impresión que tengo es que el enfoque es dejarles seguir adelante y hacer esto».

lunes, 29 de junio de 2026

Las consagraciones episcopales y el futuro de la FSSPX





Dentro de dos días, la FSSPX consagrará cuatro obispos sin mandato pontificio. Según el Código de Derecho Canónico, caerá sobre consagrantes y consagrados la excomunión latae sententiae, y se espera que el Papa declare explícitamente esa misma pena. Si bien hay versiones pretendidamente consistentes que aseguran que las excomuniones se extenderán a sacerdotes y fieles, eso no es probable. Estimo que León XIV se ceñirá a la jurisprudencia establecida por Juan Pablo II cuando ocurrieron las primeras consagraciones.

Debo decir que se trata de un tema especialmente doloroso para la Iglesia toda —por eso mismo no entiendo la euforia de muchos— y para mí en particular, puesto que guardo hacia la FSSPX un enorme agradecimiento pues he recibido de sus sacerdotes los sacramentos en innumerables ocasiones, y porque tengo muchos y muy entrañables amigos entre sus fieles. Sin embargo, como lo dije cuando se anunciaron las consagraciones, no estoy de acuerdo con la medida, y utilizaré este post para explicar las principales razones que me llevan a esa opinión.

No me referiré a la oportunidad de las consagraciones porque no tengo vela en ese entierro, aunque desde mi humilde lugar no comprendo por qué no las hicieron durante el pontificado de Francisco, quien no los habría sancionado. Y como no soy ni teólogo ni canonista, mis razones tampoco tienen que ver con esos dominios, pues no sería serio opinar sobre lo que no conozco, aunque haré referencia a un par de puntos. 

Con respecto a las excomuniones, me permito dudar de la validez que puedan tener las mismas como dudé siempre de las primeras excomuniones de Juan Pablo II. Y mi duda se basa en un hecho que muchos canonistas sostienen: el CIC de 1983 incorpora un elemento de subjetividad del cual se puede inferir que estas excomuniones serían inválidas y que, en todo caso, para que sean válidas, deberían darse luego de un proceso canónico, no siendo suficiente la simple declaración pontificia.

En junio de 1995, el P. Gerald E. Murray defendió brillantemente su tesis en la Universidad Gregoriana de Roma sobre el tema: The Canonical Status of the Lay Faithful Associated with the Late Archbishop Marcel Lefebvre and the Society of St. Pius X: Are they Excommunicated as Schismatics?”. En esos años, yo vivía en Roma, y recuerdo que la defensa de la tesis convocó a una multitud y causó sensación. Fue aprobada con la máxima calificación. El P. Murray, sacerdote estadounidense sin ninguna vinculación con la Fraternidad San Pío X, sostuvo que la excomunión latae sententiae declarada contra el Arzobispo Lefebvre, el Obispo de Castro Mayer y los cuatro obispos consagrados sin mandato pontificio, no era válida según el estricto derecho canónico, ni tampoco era válida la acusación conexa de cisma en sentido formal. La conclusión de la tesis era:
“El examen de las circunstancias en las que Mons. Lefebvre procedió a consagrar obispos a la luz de los cánones 1321, 1323 y 1324, provoca al menos una duda significativa, si no una certeza razonable, contra la validez de la declaración de excomunión pronunciada por la Congregación de los Obispos”.
El argumento se apoyaba en que Lefebvre habría actuado bajo una percepción subjetiva de estado de necesidad (can. 1323, n. 4 y can. 1324 §1, n. 8), lo que según el CIC de 1983 — a diferencia del Código anterior — tiene fuerza eximente o atenuante incluso cuando esa percepción es errónea o culpable. Es verdad que el P. Murray hizo una retractación parcial de su propia tesis en el verano de 1996, y que el Pontificio Consejo para la Interpretación de los Textos Legislativos publicó su opinión de que las excomuniones estaban justificadas. Sin embargo, los argumentos canónicos de Murray son sólidos y los canonistas que he consultado consideran que su postura es muy razonable. Si lo fue en su momento, también lo será en esta ocasión.

En cuanto al cisma, palabrita estigmatizante tan del gusto de neocones y progresistas, es muy fácil atribuirla a la Fraternidad. Sin embargo, yo no creo que se trate simplemente de pegar una etiqueta sobre las espaldas de los lefes. Ser cismático es cosa seria, y si ellos lo son, con cuánta mayor razón lo son los sinodales alemanes o, para no irnos tan lejos, la carrada de curas boomers que despachan herejías en sus sermones dominicales separándose de ese modo de lo enseñado por la fe apostólica. 
La FSSPX simplemente sostiene los principios de la fe y la liturgia que la Iglesia sostuvo a lo largo de veinte siglos; no más que eso, sin adicionar ni quitar nada. Me cuesta ver cisma en esa actitud. 
[Otra cosa es que haya miembros de la Fraternidad, sacerdotes y laicos, que posean un espíritu cismático, lo cual es verdad, pero no se puede juzgar al todo por la parte].

Hay, sin embargo, un hecho que atenta contra esta última argumentación. 

Se sabe que la FSSPX tiene tribunales propios que entienden en causas de nulidad matrimonial. Dicho de otro modo, los matrimonios que han sido declarados nulos por los tribunales diocesanos habituales no son reconocidos como tales por la Fraternidad

Si esto es así, y lo es, implica que la Fraternidad se arroga jurisdicción sobre los fieles, y arrogarse jurisdicción es gravísimo. Puede argumentarse que estos “tribunales” son en rigor comisiones de canonistas que emiten dictámenes internos para orientar la conducta de sus fieles. La pregunta técnica es: ¿constituyen verdaderos tribunales en sentido canónico, es decir, órganos que dictan sentencias con efectos jurídicos vinculantes en el fuero externo de la Iglesia? Si no producen efectos jurídicos reconocibles canónicamente fuera de la Fraternidad, podrían ser calificados más bien como asesoramiento interno que como ejercicio de jurisdicción en sentido propio. Pero los hechos son que, en la práctica, estos asesoramientos son tomados como sentencias. Es una cuestión grave pero, como no soy canonista, la dejo aquí para que los entendidos la resuelvan, si pueden.

Pero vayamos a lo que, en mi opinión, es lo más grave de las consagraciones, más allá de las cuestiones teológicas y dogmáticas. Y encuentro un argumento histórico y otro al que llamaría existencial. 

El primero consiste en repasar qué ocurrió con las comunidades que aduciendo diferentes razones, todas ellas comprensibles, se separaron de la comunión visible de la Iglesia. 

La iglesia de Utrecht, que se separó de Roma consagrando sus propios obispos, se presentaba no como una iglesia nueva sino como la continuación de la Iglesia católica primitiva en los Países Bajos, fiel a la tradición patrística y conciliar frente a las innovaciones ultramontanas. 

Y algo similar ocurrió con los veterocatólicos luego del Concilio Vaticano I. Hace algunas semanas leí un par de escritos de Johann von Döllinger, líder de este último movimiento, y asombra ver que utilizaba a fines del siglo XIX argumentos y expresiones casi idénticas a las que utiliza en la actualidad la FSSPX: “nosotros no nos separamos de Roma, sino Roma la que se separa de la Iglesia católica y del cristianismo”. 

Esas son sus palabras y nos suenan muy familiares. Y es cuestión de ver que ocurrió con estas dos comunidades separadas de la comunión visible. ¿Por qué la deriva de ellos sería distinta a lo que pudiera ocurrir con la Fraternidad dentro de algunas décadas? Historia magistral vitae, decía Cicerón. Y el ejemplo lo tenemos en que uno de los obispos consagrados por Mons. Lefebvre se rebeló y dejó un tendal de nuevos obispos sedevacantistas por el mundo.

El segundo problema es más palpable y evidente. La primera generación lefebvrista (utilizo el término sin ánimo ofensivo), aquellos que siendo jóvenes o adultos se unieron a la Fraternidad en medio del caos eclesial de los años 70, vivían su situación íntimamente con la extrañeza, dolor e incomodidad de estar en la Iglesia pero no estar, de defender al Papa y a las enseñanzas seculares de la Iglesia y verse perseguidos, despreciados y castigados por el mismo Papa y, sobre todo, por los obispos. Sin embargo, sabían que era una situación transitoria y anhelaban el regreso a la “plena comunión” porque estaban seguros que la tormenta pasaría. Muchos de esa generación ya murieron y el resto pertenece al grupo de los “adultos mayores”. 

La generación siguiente, aquellos que hoy están entre los 40 y los 60 años, no vivieron esa incomodidad ni esa necesidad de un modo tan íntimo; comenzó a ser normal para ellos ir a misa “a la capilla”, “estar en la Tradición”, pegar la calcomanía azul en el coche y desentenderse poco a poco de lo que ocurría en la parroquia de la esquina, en el obispado local o en la Iglesia universal. Podemos imaginar fácilmente cuál es la situación en la que viven sus hijos y sus nietos, es decir, la tercera y cuarta generación lefe. Para ellos, la Iglesia es la capilla y los únicos sacerdotes y obispos que conocen son los de la Fraternidad. 

Este proceso se dio en los últimos cuarenta años; las nuevas consagraciones episcopales abrirán una nueva etapa de otros cuarenta años. ¿Qué ocurrirá entonces con la sexta o séptima generación de nativos lefes? ¿Qué conciencia tendrán de pertenecer a la única e indivisa Iglesia de Cristo que encuentra su unidad en la figura del Pontífice Romano? 
Mi gran temor es que tengan la misma conciencia que tiene hoy la décima generación de veterocatólicos. Y que la FSSPX, desprendida de la comunión de la Iglesia, derrape como han derrapado todos los grupos que se separaron de Pedro.
The wanderer

domingo, 28 de junio de 2026

Consagraciones de la FSSPX: Gnerre comenta las observaciones de De Mattei



(Del blog Messa in Latino

Nuestro amigo Corrado Gnerre, de Il cammino dei tre sentieri, nos manda algunas observaciones sobre el último artículo de Roberto de Mattei acerca de las ordenaciones episcopales de la FSSPX:

25-6-27, Corrado Gnerre

El profesor Roberto de Mattei, a quien estimo profundamente, en un artículo reciente sobre las consagraciones episcopales anunciadas por la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (Ante las consagraciones episcopales del 1° de julio de 2026 en el n.º 1956 de Corrispondenza romana) dice lo siguiente sobre el estado de necesidad: 
«Por su propia naturaleza, el estado de necesidad consiste en una situación excepcional que permite apartarse de la aplicación ordinaria de determinadas normas con miras a un bien superior que, en el caso de la Iglesia, es la salvación de las almas. Ahora bien, ¿quién tiene autoridad para verificar que se da dicho estado, así como cuándo se inicia y cuándo termina? Es evidente que dicha evaluación no se puede dejar en manos de la propia Fraternidad. En ese caso habría que entender que el estado de necesidad termina cuando así lo considere la FSSPX, con lo que se le atribuiría en la práctica una capacidad de juicio sobre la Santa Sede incompatible con la constitución jerárquica y visible de la Iglesia. Se crearía así una situación en la que un particular se puede erigir en quien determina el criterio para evaluar el desempeño de la autoridad suprema».
Roberto de Mattei pone de relieve con precisión la extrema delicadeza de la cuestión, y de los problemas que traerá consigo. Con todo, pienso que hay que tener en cuenta un elemento que podría ser decisivo. 

Estando claro que la valoración del estado de necesidad no supone infalibilidad alguna en la valoración, hay que tener presente que el Código de Derecho Canónico no indica quién deba determinar preventivamente el estado de necesidad

Por otro lado, si el estado de necesidad es efectivamente tal, es algo que hay que determinar lo antes posible. De lo contrario, sería imposible resolver muchos casos de necesidad. Por esa razón, la doctrina canónica clásica distingue entre el juicio práctico inmediato (foro de la conciencia individual) y el juicio jurídico sucesivo (foro externo); es decir, el juicio de la autoridad. El canon 1324 contempla la mitigación de la pena cuando, a pesar de la culpa, exista la convicción de que hay una circunstancia eximente. 
En resumen, el Código contempla la posibilidad de que el infractor entienda que se halla en una situación de necesidad, y que luego la autoridad jurídica determine si esa convicción tiene fundamentación o es errónea, ya sea culpablemente o sin culpa. 
Hay que añadir además que 
En un caso concreto que afecta a una crisis sin precedentes en la historia de la Iglesia, como la actual, la propia autoridad debe reconocer que ella es, en cierto modo, causa de la crisis. Lo cual da un carácter más singular a la situación. 
Pongamos un ejemplo sencillo: el capitán de un barco pierde el juicio y ordena al timonel que choque contra los escollos. Es evidente que el timonel tiene el derecho y el deber de desobedecer al darse cuenta enseguida del estado de necesidad. Sería inconcebible esperar que el propio capitán vaya a determinar tal estado. Sería impensable que dijera: «Timonel, desobedézcame porque he perdido la razón». Por lo que sé, fuentes indiscutibles demuestran que San Atanasio decidió ordenar obispos verdaderamente católicos para contener el peligro arriano y semiarriano. Salta a la vista que semejante estado de necesidad no podía ser determinado por el pontífice a la sazón reinante, que estaba vinculado, si no totalmente o por las concesiones que había hecho, a ambientes heréticos.


(Muy interesante el ejemplo de Gnerre)


Los 5 músculos para envejecer fuerte (y no depender de nadie)



DURACIÓN 20:49 MINUTOS



Nota del autor del blog

[Si bien éste es un blog de noticias relacionadas con la religión católica y la Iglesia, fundamentalmente, he considerado pertinente colocar este vídeo del doctor Alfredo Sanagustín por aquello de "mens sana in corpore sano". 

Cuando se tiene cierta edad, el cuerpo ya no está igual, va perdiendo masa muscular, sobre todo en personas sedentarias; y esto influye también en la calidad y en el tiempo empleado en nuestra actividad intelectual. Al fin y al cabo, el cuerpo no es algo que tenemos: somos nuestro cuerpo, igual que somos nuestra alma, unidos cuerpo y alma formando una unidad sustancial extraordinaria que es, nada menos que el ser humano, tal como ha sido creado y amado por Dios.

Cuidando nuestro cuerpo, nos estamos cuidando a nosotros mismos y podemos también ayudar a los demás a cuidarse, en lo natural y en lo sobrenatural. Lo natural es importante, puesto que es querido por Dios. Lo sobrenatural, a su vez, supone lo natural y lo perfecciona.]

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Envejecer fuerte no va de tener músculos por estética, sino de conservar independencia: levantarte de una silla, caminar con seguridad, subir escaleras, mantener el equilibrio y reducir el riesgo de caídas. 

En este vídeo veremos los 5 grupos musculares más importantes para seguir moviéndote con autonomía: cuádriceps, gemelos, glúteos, core profundo y extensores de la espalda. 

También veremos ejercicios sencillos para empezar en casa, cómo adaptar la dificultad, qué precauciones tomar si tienes dolor, artrosis, osteoporosis, problemas de equilibrio o enfermedades importantes, y por qué la proteína puede ser el “ladrillo” que falta para que el entrenamiento funcione

00:00 Por qué estos músculos importan para tu independencia
01:11 Cuádriceps: levantarte de la silla y evitar caídas 
03:24 Gemelos y sóleo: caminar mejor y tropezar menos 
05:37 Glúteos: estabilidad, escaleras y equilibrio 
08:00 Equilibrio a una pierna y prevención de caídas 
08:43 Core profundo: la “faja” que protege tu tronco 
12:27 Extensores de espalda: postura y mirada al frente 
15:31 Por qué no basta con hacer siempre lo mismo 
17:04 Frecuencia recomendada y constancia 
17:24 Proteína: el “ladrillo” que puede faltar 
18:36 Empieza por el nivel básico 
19:21 Tres señales para parar 
20:20 Siguiente paso: proteína y músculo 

Dr. Alberto Sanagustín 

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Referencias 

1. Fiatarone MA, et al. High-intensity strength training in nonagenarians. JAMA. 1990. https://doi.org/10.1001/jama.1990.034... 

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3. Fiatarone MA, et al. Exercise training and nutritional supplementation for physical frailty in very elderly people. N Engl J Med. 1994. https://doi.org/10.1056/NEJM199406233... 

4. Guralnik JM, et al. Short physical performance battery: function, disability and mortality. J Gerontol. 1994. https://doi.org/10.1093/geronj/49.2.M85 

5. Sherrington C, et al. Exercise for preventing falls in older people living in the community. Cochrane Database Syst Rev. 2019. https://doi.org/10.1002/14651858.CD01... 

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9. Giangregorio LM, et al. Too Fit To Fracture: exercise recommendations for osteoporosis. Osteoporos Int. 2014. https://doi.org/10.1007/s00198-013-25... 

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