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viernes, 27 de febrero de 2026

Fraternidad San Pío X: «En la Iglesia, ¿por qué no habría también un lugar para los “tradis”?»



Este artículo, escrito por un sacerdote diocesano de Francia, fue publicado ayer en La Croix, el órgano semi-oficial de la Conferencia Episcopal Francesa. Todo un signo alentador.

P. Pierre Amar. Sacerdote de la diócesis de Yvelines

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¿Conoce la cuenta de Instagram «Catholic trash»? No entre: ¡es una máquina para lanzarlo en brazos de la Fraternidad San Pío X! Administrada por católicos italianos, recopila —con pruebas— lo que puede hacerse (realmente) peor en liturgia. Iconografías dudosas, objetos piadosos kitsch, productos de marketing religioso extremos, decoraciones de iglesias horrendas, vestimentas escandalosas de celebrantes… En definitiva, se encuentra allí la encarnación de lo que Benedicto XVI denunciaba un día como una «creatividad [que] a menudo ha conducido a deformaciones de la liturgia al límite de lo soportable».

He aquí el problema de fondo. Porque el movimiento iniciado por mons. Lefebvre no nació de la nada: encuentra su fundamento en los abusos y en la brutalidad con que algunos aplicaron la reforma litúrgica tras el Concilio Vaticano II. ¿Por qué hay, por ejemplo, muchos menos prioratos de la Fraternidad San Pío X en Polonia que en Francia? Porque allí la reforma litúrgica promulgada por el papa san Pablo VI se llevó a cabo pacíficamente, sin voluntad de destruirlo todo. De modo que hoy, en ese país todavía profundamente creyente, se puede celebrar la misa de espaldas al pueblo (por ejemplo en Czestochowa, «el» santuario nacional), llevar sotana y entonar un canto en latín sin ser acusado de integrista.

Examen de conciencia

¿Y si comenzáramos por un examen de conciencia eclesial? Ayer como hoy, las deformaciones arbitrarias de la liturgia hieren profundamente a personas arraigadas en la fe de la Iglesia. En otras palabras, ¿no somos nosotros mismos responsables de nuestra propia desgracia? Como Frankenstein, hemos fabricado nuestro propio monstruo. El malestar es tanto más intenso cuanto que esta criatura proviene de nuestra propia familia. Como ayer con Lutero, producido por los obispos corruptos del siglo XVI, no somos ajenos a la aparición de Marcel Lefebvre. El malestar litúrgico del posconcilio fue alimentado por mezquindades, faltas de caridad, innovaciones desafortunadas. Y también por un «espíritu del Concilio» que simplemente no era el Concilio.

¿El resultado? Una historia de la que no logramos desprendernos, un poco como la tirita del capitán Haddock. Y una historia dolorosa, porque ya no se trata de la unidad entre cristianos —que ya es un tema en sí mismo— sino de la unidad entre católicos.

Desde luego, como en toda disputa familiar, las culpas son compartidas. Por ejemplo, estas recientes declaraciones del padre Davide Pagliarani, superior de la FSSPX, son particularmente hirientes: «Es un hecho: en una parroquia ordinaria los fieles ya no encuentran los medios necesarios para asegurar su salvación eterna». Después de una afirmación semejante, resulta tentador reconocer que realmente ya no hay nada que decir y que la ruptura está consumada.

El problema es que la Fraternidad San Pío X no se equivoca cuando denuncia, además de las innovaciones litúrgicas, cierta confusión doctrinal que erosiona la claridad del mensaje de la fe. Incluso se tiene la impresión de un «doble rasero»: ¿por qué habría que ser particularmente severos con la Fraternidad San Pío X cuando, desde mi punto de vista, se muestra una sorprendente paciencia con el camino sinodal alemán o con la Asociación Patriótica de los Católicos Chinos? En una época en que se acepta casi todo, ¿por qué no habría lugar, dentro de la familia, para hermanos y hermanas —ciertamente muy turbulentos— pero hermanos y hermanas al fin?

Dos caminos

El primero consiste en caminar juntos. ¿No podríamos mostrar una generosidad histórica, permitiendo al menos una integración parcial de la Fraternidad en la vida de la Iglesia sin que la cuestión doctrinal se convierta en el primer y principal obstáculo? Un obispo observaba recientemente cuánto la experiencia histórica demuestra que los procesos de reconciliación e integración no siempre comienzan con una resolución doctrinal completa. Pueden, por el contrario, progresar de modo gradual, favoreciendo primero la comunión visible y dejando espacio a un diálogo teológico posterior más sereno y fecundo.

Claro que no a cualquier precio. Y corresponde a Roma fijar los mínimos. Pero tampoco sin apostar por el largo plazo y por la gracia del Espíritu Santo.