Lo que ha preocupado a los observadores del primer pontificado del Papa León XIV no es simplemente la presencia de señales contradictorias, sino el modo en que estas señales parecen ir en direcciones eclesiológicas opuestas al mismo tiempo.
Por un lado, hay momentos de claridad inequívoca, incluso de severidad, que se leen como una reprimenda silenciosa pero inequívoca a los impulsos del gobierno del papa Francisco. Por otro lado, hay una persistencia de nombramientos, énfasis y gestos simbólicos que parecen atar firmemente al nuevo pontificado a las mismas corrientes que han generado confusión y decadencia durante décadas.
La pregunta ya no es si el papa León representa la continuidad o la ruptura, sino si intenta reconciliar dos visiones de la Iglesia que, en realidad, son cada vez más irreconciliables.