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miércoles, 10 de marzo de 2021

Entrevista concedida por monseñor Carlo Maria Viganò al Deutsche Wirtschaftsnachrichten



NOTA: Esta entrevista ha salido ya en este blog, tomada de Eclesia e Post Concilio, pero la traducción fue del traductor Google, con algunas modificaciones personales para que se entendiera bien. Como la traducción de Adelante la Fe está realizada por una persona experta en traducción, traigo aquí nuevamente dicha entrevista, pero ahora con procedencia diferente.

DW: Excelencia, ¿cómo vive en lo personal la crisis del coronavirus?

Monseñor Viganò: Es posible que mi edad, mi condición de arzobispo y mi habitual vida retirada no sean representativas de lo que debe de estar sufriendo la mayoría de la gente; con todo, desde hace un año me veo imposibilitado de desplazarme y de visitar a personas que necesitan una palabra de aliento. En el caso de una verdadera pandemia no habría tenido problemas para aceptar de buen grado las decisiones de las autoridades civiles y eclesiásticas, porque reconocería en ellas la voluntad de proteger del contagio. Pero para que sea una pandemia, hace falta ante todo que el virus haya sido aislado; que sea grave y no sea posible tratarlo a tiempo; y que las víctimas constituyan un amplio sector de la población. Sabemos por el contrario que el SARS-Covid 2 nunca ha sido aislado, sino apenas secuenciado (2); que se cura con el tiempo mediante terapias disponibles, y sin embargo la OMS y las autoridades sanitarias han impuesto boicots por medio de normativas absurdas y vacunas experimentales; y que el número de fallecimientos en 2020 se ajusta en todo a la medio de los años anteriores (3). Todo esto lo reconocen los propios científicos mientras los medios informativos guardan un silencio mafioso.

Lo que estamos presenciando es un plan que no tiene nada de científico y debería ser objeto de desprecio universal. Sabemos, porque lo han reconocido sus propios perpretadores, que está pseudopandemia ha sido planificada desde hace años4, empezando por desmantelar los sistemas nacionales de salud y sus planes de contingencia para pandemias5. Sabemos que siguen un plan bien preciso, concebido para que todos los estados reaccionen de forma unánime y para homologar a nivel mundial diagnósticos, hospitalizaciones, terapias y, sobre todo, medidas de contención y de información a los ciudadanos. Existe una dirección que gestiona el covid-19 con el único fin de imponer por la fuerza limitaciones a las libertades naturales, los derechos constitucionales, la libre empresa y el trabajo.

El problema no es el covid en sí, sino que se sirvan de él para implementar el Gran Reinicio que desde hacía tiempo6 venía anunciando el Foro Económico Mundial y que actualmente se está aplicando punto por punto con miras a implantar en la sociedad unas transformaciones inevitables que de otro modo serían rechazadas y condenadas por la mayor parte de la población. Dado que la democracia, siempre tan exaltada en tanto que se conseguía dirigirla gracias a la influencia de los medios, jamás habría consentido que se llevase a cabo esta obra de ingeniería social auspiciada por la élite mundialista, era necesario el peligro de una pandemia –presentada por los medios oficiales como devastadora– para convencer a la población mundial a fin de que se sometiera a confinamientos, cierres perimetrales (o sea auténticos arrestos domiciliarios), clausura de actividades, suspensión de clases escolares e incluso la prohibición de cultos. Y todo ello se ha conseguido con la complicidad de todos los que están metidos en ello, en particular los gobiernos, las autoridades sanitarias y las propias autoridades eclesiásticas7.

El daño que todo ello ha ocasionado y sigue ocasionando es enorme, y en muchos sentidos irreparable. Sufro lo indecible al pensar en las devastadoras consecuencias de la mala gestión de la pandemia: familias destruidas, niños y jóvenes afectados en el equilibrio psicofísico y privados del derecho a relacionarse socialmente, ancianos que mueren abandonados en residencias de mayores, enfermos de cáncer y otras graves dolencias totalmente desatendidos, empresarios condenados a la quiebra, fieles a los que se les niegan los sacramentos y la asistencia a Misa… Estos son los efectos de una guerra, no de un síndrome gripal estacional que sana con el tiempo y que en los pacientes no aquejados de otras enfermedades previas tiene un porcentaje de supervivencia del 97,7%. Es significativo, además, que en esta carrera desenfrenada hacia el abismo no se tengan en cuenta los principios fundamentales de una vida saludable, al objeto de debilitar nuestro sistema inmunitario: se nos confina en casa, privados de la luz del sol y del aire puro, para someternos al terrorismo mediático de la televisión.

¿Con qué severidad habrá que juzgar a quienes han prohibido a sabiendas los tratamientos y prescrito normas terapéuticas descaradamente erróneas a fin de dar lugar a una cantidad de muertos que legitimase las alarmas sociales y las absurdas medidas de protección? ¿Quién ha sentado deliberadamente las bases de una crisis económica y social de alcance planetario, destruir la pequeña y mediana empresa y hacer prosperar a las multinacionales? ¿Quién ha boicoteado o prohibido terapias existentes a fin de favorecer a las empresas farmacéuticas? ¿Quién ha hecho pasar sueros génicos por vacunas, sometiendo a la población a un experimento cuyos resultados y efectos secundarios son imposibles de prever, y sin duda mucho más graves que los síntomas del covid? ¿Quién promueve el discurso apocalíptico en los escaños del Parlamento y las redacciones de la prensa? Y los más altos niveles de la jerarquía eclesiástica, cómplices de esta grotesca farsa: ¿cómo se justificarán ante Dios cuando comparezcan ante Él para ser juzgados?

DW: En una carta que dirigió al entonces presidente de los Estados Unidos Donald Trump V.E. no sólo habló de un estado profundo –expresión bastante difundida– sino también de una Iglesia profunda. ¿Podría explicar más?

Monseñor Viganò: La expresión estado profundo transmite muy bien la idea de un poder paralelo privado de legitimidad pero que interviene en los asuntos públicos persiguiendo unos intereses particulares. El estado profundo promueve la superioridad de una élite sobre el bien común que el Estado tiene la obligación de promover. Por otra parte, tampoco podemos dejar de reconocer que en las últimas décadas se ha consolidado un poder semejante en el ámbito eclesial, al que he dado en llamar iglesia profunda, que opone la consecución de sus propios intereses a los fines de la propia Iglesia, el primero y principal de los cuales es la salvación de las almas.

Así pues, del mismo modo que en los asuntos públicos hay unos poderes ocultos que dirigen entre bastidores las decisiones de los gobiernos siguiendo un plan mundialista, existe en la Iglesia Católica un lobby muy poderoso que usurpa la autoridad de la jerarquía con los mismos objetivos. En sustancia, el Estado y la Iglesia están ocupados por una autoridad ilegítima que tiene por objetivo principal destruirlos para instaurar un Nuevo Orden Mundial. No hablamos de teorías conspiracionistas ni de fantasías políticas; lo demuestra cuanto estamos presenciando con nuestros propios ojos, hasta el punto de que hace poco el Secretario General de las Naciones Unidas afirmó que el virus está sirviendo para reprimir a los disidentes.

DW: ¿Hasta qué punto se superponen estado profundo e iglesia profunda, al menos en el mundo occidental?

Monseñor Viganò: La superposición entre estado profundo e iglesia profunda se desenvuelve en varios frentes. El primero es sin lugar a dudas el ideológico: la matriz revolucionaria, anticatólica y esencialmente masónica del pensamiento mundialista es la misma, y no sólo desde 2013. A decir verdad, no hay más que tener en cuenta la significativa concomitancia temporal entre la celebración del Concilio Vaticano II y el nacimiento del llamado movimiento estudiantil: el aggionamento doctrinal y litúrgico supusieron para las nuevas generaciones un impulso que tuvo repercusiones inmediatas en los ámbitos social y político.

El segundo frente está en las dinámicas internas del Estado profundo y la Iglesia profunda. Tanto el uno como la otra cuentan entre sus miembros con personajes desviados no sólo intelectual y espiritual sino moralmente. Los escándalos sexuales y financieros en los que se han visto implicados altísimas figuras tanto de la política como de las instituciones y la jerarquía católicas demuestran que la corrupción y el vicio son por un lado un elemento que los liga, y por otro un eficaz elemento disuasorio debido a los chantajes de que todos ellos son objeto. Las perversiones de destacados políticos y prelados los obligan a obedecer el plan mundialista aun a pesar de que su colaboración parece ilógica, desconsiderada o contraria a los intereses de los ciudadanos y de sus fieles. Por eso hay gobernantes a las órdenes de la élite que destruyen la economía y el tejido social de sus países. Por eso, hay también cardenales y obispos que propagan la ideología de género y el falso ecumenismo para escándalo de los católicos; unos y otros colaboran a los intereses de su amo, traicionando su misión de servir a su nación o a la Iglesia.

El plan de instauración del Nuevo Orden Mundial no podrá realizarse, por otra parte, sin una religión universal de inspiración masónica, a cuya cabeza deberá estar un dirigente religioso ecuménico, pauperista, ecologista y progresista. ¿Quién mejor que Bergoglio para desempeñar ese papel, con el beneplácito de la élite y el insensato entusiasmo de las masas adoctrinadas en el culto idolátrico de la Pachamama.

DW: ¿Qué pruebas o indicios hay de ello?

Monseñor Viganò: Creo que la demostración más evidente ha coincidido con la pandemia. El rebajamiento de las altas esferas de la jerarquía en la torpe gestión de la emergencia sanitaria –emergencia artificialmente provocada y servilmente amplificada por los medios de difusión de todo el mundo– ha llegado al extremo de prohibir las celebraciones litúrgicas antes incluso de lo que solicitasen las autoridades civiles; a prohibir la administración de los sacramentos incluso a los moribundos; a ratificar con ceremonias surrealistas el discurso dominante repitiendo hasta la saciedad todo el léxico de la neolengua: nueva normalidad, nada será como antes, build back better, etc., etc., etc.; a promover como un deber moral un suero génico producido a partir de tejidos fetales procedentes de abortos8, todavía en fase experimental y cuyos efectos secundarios a largo plazo se desconocen. Es más: por medio del Council for Inclusive Capitalism promovido por los dirigentes mundialistas –entre quienes destaca Lady Lynn Forester de Rothschild9 — con la participación del Vaticano, se da el espaldarazo oficial al Gran Reinicio del Foro Económico Mundial, incluido el ingreso universal y la transición ecológica. En Santa Marta se empieza a hablar de transhumanismo, haciendo caso omiso obstinadamente del carácter anticristiano de dicha ideología a fin de adular a la dictadura del pensamiento único. Cosas todas que ponen los pelos de punta y uno se pregunta por cuánto más tiempo tolerará el Señor semejante afrenta por parte de sus ministros.

Por otro lado, la obsesiva insistencia en el ecologismo malthusiano ha llevado a que para la Pontificia Academia para la Vida se nombre a personajes notoriamente anticatólicos, partidarios de la reducción demográfica mediante la esterilización, el aborto y la eutanasia. Todos ellos, bajo la dirección de un prelado de probada fidelidad bergogliana, han invertido totalmente los objetivos de la academia que fundó Juan Pablo II, facilitando con ello a la ideología dominante un respaldo autorizado y prestigioso como el de quienes, por añadidura usurpándola, detentan autoridad en la Iglesia Católica. No tiene nada de sorprendente que al número de los académicos se haya unido recientemente el profesor Walter Ricciardi, uno de los supuestos expertos que en Italia propusieron el confinamiento y el uso a ultranza de la mascarilla, en ausencia de toda prueba científica de su eficacia y contrariando las recomendaciones de la propia OMS. Según una noticia de ayer mismo, el intermediario para la obtención de suministros chinos para el covid en Italia, Mario Benotti, habría sido recomendado por el cardenal Pietro Parolin10, que por lo averiguado por la Magistratura parece que también ha participado en otros asuntos relacionados con el subdirector de Leonardo Spa, que según Benotti podría ser sustituido por Domenico Arcuri.

Todo esto revela la participación del Estado profundo y la Iglesia profunda en un torpe contubernio que tiene por objeto destruir las soberanías nacionales y la misión divina de la Iglesia. Salen a la luz inquietantes vínculos con el fraude electoral de EE.UU., con el virus creado en el laboratorio de Wuhan y hasta con las relaciones comerciales con la dictadura china, principal suministradora de mascarillas (si bien no se ajustan a la normativa de la Comunidad Europea) a Italia y a otros muchos países. Yo diría que nos encontramos ante algo más que meros indicios.

DW: Quienes lo consideran una teoría conspirativa podría objetar que cómo es posible que en casi todos los países del mundo la gran mayoría de los políticos participen en este juego; ¿quién va a tener tanto poder e influencia como para mantener a medio mundo aislado?

Monseñor Viganò: Le respondo con un ejemplo: la Iglesia es una institución supranacional que está presente en todo el mundo con diócesis, parroquias, comunidades religiosas, conventos, universidades, colegios y hospitales. Todas estas instituciones están a las órdenes de la Santa Sede, y cuando el Papa dispone una jornada de oración o ayuno todos los católicos del mundo le obedecen. Si un dicasterio de la Curia Romana da unas orientaciones, todos los católicos del mundo las cumplen. El efecto es capilar e inmediato gracias a una estructura jerárquica eficiente. Y dentro de los límites nacionales sucede también igual en los estados: cuando el cuerpo legislativo aprueba una ley, los organismos correspondientes la cumplen.

El estado profundo y la iglesia profunda funcionan de manera parecida: se valen de una estructura marcadamente jerárquica en la que prácticamente no hay un elemento democrático. Las órdenes se imparten desde arriba y se acatan de inmediato, porque se sabe que la desobediencia puede suponer el fracaso profesional, el ostracismo social y en algunos casos hasta la muerte física. Esta obediencia es fruto de la coacción: te promociono, te doy autoridad, te hago rico y famoso pero a condición de que hagas lo que yo digo. Si obedeces y eres fiel, aumentará tu autoridad y tu riqueza; si desobedeces, eres hombre muerto. Supongo que los lectores de lengua alemana se acordarán automáticamente del Fausto de Goethe.

Salvo raras excepciones, todos los políticos que gobiernan las naciones forman parte del estado profundo. De lo contrario no estarían donde están. Pensemos en las elecciones estadounidenses del pasado 3 de noviembre. Como el presidente Trump no estaba alineado con el pensamiento único, se decidió expulsarlo mediante un fraude electoral de proporciones inauditas y contrariando la voluntad del pueblo. Los procesos que se están llevando a cabo en Estados Unidos están confirmando los fraudes e irregularidades. Creo que en los próximos meses saldrán a la luz pruebas de esa estafa que, oh casualidad, ha llevado a la Casa Blanca a un demócrata católico progresista totalmente alineado con el plan del Gran Reinicio. Bien mirado, la dimisión de Benedicto XVI y la elección de Jorge Mario Bergoglio parecen responder a la misma dinámica y proceder del mismo lobby de poder.

Por lo que he oído, en Alemania también ha habido indicios que demostrarían que en la gestión de la pandemia se han falsificado datos a fin de legitimar la vulneración de los derechos de los ciudadanos. Y a pesar del preocupante número de personas afectadas por efectos secundarios de la vacuna o fallecidas a consecuencia de ésta, siguen machacando con la obligación de vacunarse, cuando a estas alturas es evidente que no garantiza la inmunidad y que no evitará ni el distanciamiento social ni la obligación de portar mascarilla.

Hay motivos para sostener que la gestión del covid está organizada bajo una dirección única y con un único guión. Hace unos días, el gobernador del estado de Nueva York Andrew Cuomo reconoció que se había recibido instrucciones de ingresar a los ancianos en residencias; ancianos que fallecieron a causa de una normativa terapéutica errónea, intubados y obligados a estar conectados a un respirador artificial. Instrucciones que les dio el Imperial College de Londres, financiado por la Fundación Bill y Melinda Gates. Y qué casualidad, los patrocinios del filántropo estadounidense afectan a muchísimas entidades nacionales, incluso del gobierno, haciéndolas depender económicamente de un individuo que teoriza la despoblación del planeta por medio de una pandemia.

Me ha preguntado quién podría tener suficiente poder e influencia para tener a medio mundo aislado. Pues quien dispone de enormes recursos, como disponen precisamente ciertos personajes bien conocidos entre los que destacan Bill Gates y George Soros; gente que está en condiciones de financiar la propia OMS, interviniendo en sus decisiones y obteniendo pingües beneficios, ya que también tiene acciones de las compañías farmacéuticas.

DW: En su carta abierta al entonces presidente Donald Trump habló de un enfrentamiento entre las fuerzas de la luz y las de las tinieblas. Mirando el año 2020 en retrospectiva, ¿cómo se ha ido desarrollando ese conflicto hasta el día de hoy?

Monseñor Viganò: Como pasa siempre en los asuntos terrenos, la guerra entre el bien y el mal, entre los hijos de la luz y los de las tinieblas, siempre parece inclinarse a favor de estos últimos. Satanás, que es el príncipe de este mundo, tiene muchos secuaces organizadísimos e infinidad de sirvientes. Por su parte, los buenos parecen numéricamente inferiores y poco organizados, con frecuencia anónimos, y casi siempre desprovistos de todo poder y de unos medios económicos que les permitan actuar con la misma eficacia que sus enemigos. Pero siempre ha sido así, porque la victoria no es de los buenos, sino de Cristo. Ego vici mundum: Yo he vencido al mundo, nos advierte Nuestro Señor. Nosotros aportamos nuestra pequeña contribución, tal vez de forma heroica, pero sin la gracia de Dios no somos capaces de nada: sine me nihil potestis facere.

2020 nos ha obligado a mirar a los ojos a la Medusa mundialista, haciéndonos ver lo fácil que es para el estado profundo imponer una tiranía sanitaria a miles de millones de personas. Un virus no aislado, con un porcentaje altísimo de supervivencia, es aceptado como instrumentum regni, como un medio de dominar a los súbditos, con la complicidad de los gobernantes, de los medios de prensa y de la propia jerarquía eclesiástica. La crisis económica ocasionada por el confinamiento debe hacer inevitable la anulación de las deudas y la institución de la renta universal al precio de renunciar a la propiedad privada y la aceptación de la localización a través del pasaporte sanitario. Quien se niegue a vacunarse podrá ser internado en campos de detención ya listos en numerosos países, entre ellos Alemania11. La conculcación de los derechos constitucionales y religiosos será tolerada por los tribunales en aras de una emergencia eterna que prepara las masas para la dictadura. Esto es lo que nos espera, según reconocen los propios autores del Gran Reinicio.

Pero esta sucesión de medidas severas motivadas por ridículas y contradichas por la evidencia está debilitando muchas certezas en cosas a las que hasta ahora las masas concedido una aceptación fideísta rayana a veces en la superstición. Las acusaciones iniciales de negacionismo a quien pone en tela de juicio las absurdas afirmaciones de sedicentes expertos han hecho entender a muchos que el covid nos es presentado con connotaciones religiosas precisamente para que no sea tema de discusión, porque desde el punto de vista científico se lo habría considerado igual que los coronavirus de años anteriores. Estas contradicciones están abriendo los ojos a muchos, aun en medio del descarado servilismo de los medios y la creciente censura de los objetores en las redes sociales.

DW: ¿Cómo sería el mundo si triunfaran las fuerzas que V.E. llama de las tinieblas?

Monseñor Viganò:
Un mundo en el que triunfara el estado profundo vería el cumplimiento de las peores situaciones descritas por el Apocalipsis, los Padres de la Iglesia y los místicos. Sería un reino infernal en el que todo lo que recuerde remotamente a la sociedad cristiana –de la religión a las leyes, la familia, la enseñanza, la sanidad y el trabajo– sería inevitablemente prohibido, alterado y corrompido. Los heterosexuales perseguidos, las familias formadas por un hombre y una mujer prohibidas, los hijos naciendo en vientres de alquiler, la historia censurada, la religión desacreditada, la honradez y la disciplina ridiculizadas, el honor tildado de concepto fascista, la virilidad condenada como tóxica, la maternidad deplorada como no sostenible, la vejez obligada a someterse a la eutanasia, la enfermedad considerada oportunidad de lucro y la salud bajo sospecha. Y al cabo de dos siglos de adoctrinamiento se renegaría de la famosa democracia, en nombre de la cual quien nos gobierne lo hará sin haber sido elegido, por el bien de la salud pública.

Sólo en el Reino de Cristo puede haber paz y verdadera concordia. En la tiranía de Satanás se imponen el terror, la represión, la guerra contra el bien y la autorización de los más vergonzosos vicios.

DW: ¿Cómo cree que se puede evitar todo eso?

Monseñor Viganò: Debemos procurar que lo que ha sucedido hasta ahora no logre sus objetivos finales. Podemos y debemos denunciar los engaños y mentiras que nos endilgan a diario quienes nos consideran siervos estúpidos y creen que nos podrán someter sin que reaccionemos. Si hay leyes que tutelen los derechos naturales de los ciudadanos, es necesario que todos alcen la voz y protesten valerosamente pidiendo a los jueces que los responsables de este golpe de estado mundial sean procesados y condenados.

No podemos permitir que por miedo a una pandemia artificial los países del mundo se vean abocados a unas crisis económica y social inducidas, ni que se restrinjan las libertades infringiendo las leyes y el sentido común. Si sabemos mantenernos firmes y no nos echamos atrás ante esta una oportunidad más propicia, y estaremos a tiempo de impedir que se instale la tiranía. Y si nos quedamos cruzados de brazos, ese plan infernal se volverá irreversible.

No olvidemos que, como católicos, tenemos una responsabilidad grandísima tanto de cara a nuestros pastores como a nuestros gobernantes. Podemos y debemos dejar de obedecer cuando se nos pida que acatemos leyes inicuas o contrarias al Magisterio inmutable de la Iglesia. Si nos oponemos con firmeza y valor como en tiempos de los mártires, haremos nuestra parte para obtener del Cielo gracias que pueden transformar la suerte de la humanidad y retrasar la persecución de los últimos tiempos.

Roguemos, pues, con toda confianza a la Virgen Santísima, Reina de las victorias y Auxilio de los cristianos, para que sea nuestra Generala en esta épica batalla. Esté a su flanco el glorioso arcángel San Miguel para que mande de vuelta al Infierno a Satanás y demás espíritus malignos que ad perditionem animarum pervagantur in mundo.

+ Carlo Maria Viganò, arzobispo

28 de febrero de 2021

Dominica II Quadragesimæ


(Traducido por Bruno de la Inmaculada)