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sábado, 20 de octubre de 2018

Crecen las sospechas de que el Sínodo esté ya amañado (Carlos Esteban)



Probablemente no sea una noticia inesperada para muchos, pero que el documento final del Sínodo, supuestamente resultado de las discusiones, esté -a espera de los retoques oportunos- redactado de antemano es algo de lo que sospecha incluso la publicación de John Allen, Crux, en absoluto sospechosa de ‘antifrancisquismo’.

Esta semana, con el sínodo mediado, Crux, la publicación del vaticanista John Allen, citaba indicios que sugerían que el proceso de redacción de las conclusiones está ‘amañado’ para que se llegue a conclusiones previstas de antemano.
“Ha llegado a conocimiento de Crux que se ha preparado y entregado a los miembros del comité de redacción seleccionado la semana pasada -con cinco miembros elegidos por el sínodo, dos de oficio y tres elegidos por el Papa- una versión preliminar del documento final. Aunque no está claro quién ha escrito esa versión preliminar, la ha presentado al citado comité la oficina del sínodo, encabezada por el cardenal italiano Lorenzo Baldisseri”.
No es exactamente una absoluta sorpresa, en el sentido de que ha sido un rumor sostenido desde el principio, reforzado por los extraños manejos de los dos sínodos de la familia y por la falsedad en la que sorprendió a Baldisseri cuando dijo que las siglos LGBT se habían incluido en el Instrumentum laboris porque estaban en el documento final del presínodo, lo que cualquiera puede comprobar que no es cierto.

Lo que hace especialmente grave esta sospecha es la nueva constitución apostólica proclamada el pasado 15 de septiembre sin consulta ni preparación previa por el Papa, Episcopalis communio, que otorga a los sínodos nuevos poderes, entre ellos el de considerar magisterio ordinario el documento que salga de los mismos, una vez aprobado por Su Santidad.

Todo esto se suma a la absoluta falta de transparencia, que nos impide a los fieles saber exactamente quién ha dicho qué, “para reflejar el espíritu del Sínodo, que es un espíritu de comunión”. Esto ya se intentó antes, pero chocó con la firme protesta del cardenal Gerhard Müller, entonces prefecto para la Doctrina de la Fe, que alegó que el pueblo de Dios tiene derecho a saber qué enseña su obispo.

Cualquiera puede advertir que es un recurso peligroso que facilita la manipulación y el intento de forzar un ‘consenso’ del que nadie, individualmente, tenga que hacerse responsable.

Crux trata de explicar las razones de este apaño, explicando que es pura fantasía esperar que diez prelados agotados tras semanas de deliberaciones puedan redactar de la nada un documento entero acorde con lo tratado en el sínodo, pero añade:
“El problema es que por lógica que resulte esta explicación, no se ha hecho pública de antemano. Ciertamente, los funcionarios del sínodo entienden a estas alturas que hay cierto público, incluyendo un grupo de obispos, inclinado a ver todo el proceso a través de una hermenéutica de recelo, y la idea de que hubiera un texto prefabricado esperando durante semanas a ser entregado al comité de redacción en cuanto se reuniera no es probable que ayude”.
No es exclusivo, ya decimos, de este sínodo, si no que parece seguir un patrón en este pontificado eso de hacer pasar por decisión colegiada lo que se ha determinado de antemano. Así, en los dos accidentados sínodos de la familia el resultado esperado era el que luego se reflejó en el Capítulo VIII de la exhortación apostólica Amoris Laetitia, y del Sínodo de la Amazonía se espera el fin del celibato sacerdotal.

En este caso, se trataría de un ‘replanteamiento’ de las relaciones homosexuales. Naturalmente, ni el sínodo, ni un concilio ni el propio Papa pueden cambiar la doctrina de la Iglesia y, por tanto, no es esperable un cambio sustantivo en este sentido en el documento final del sínodo.

Por el contrario, el documento será previsiblemente un texto con el mismo lenguaje evasivo y vago que hemos oído en las sucesivas ruedas de prensa, que hará que quienes están dispuestos a no alarmarse por nada reprochen a los recelosos sus sospechas. “¿Veis? No se dice nada que cambie la doctrina, alarmistas”.

Y, efectivamente, no habrá cambios doctrinales, sólo ‘pastorales’. ‘Pastoral’ es la palabra clave en la Iglesia desde el propio Concilio Vaticano II, que se definió como un concilio pastoral y no dogmático, el primero de la historia.

Pero, al final, ‘pastoral’ significa ‘en la práctica’. Lo ‘pastoral’ es, por ejemplo, lo que ha hecho que las clarísimas disposiciones de la Humanae Vitae se ignoren sistemáticamente por casi todo el clero occidental. Y, a la larga, la experiencia demuestra que lo que los obispos y los sacerdotes no predican, acaba no existiendo para el fiel laico medio.

Carlos Esteban