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domingo, 15 de febrero de 2026

TRIBUNA: Algunas verdades (simples) sobre el personalismo y Juan Pablo II




Personalismo y Juan Pablo II

por INFOVATICANA | 15 febrero, 2026


Han aparecido en este medio digital varios artículos sobre el personalismo y Juan Pablo II visto como personalista que contienen muchas inexactitudes y probablemente falsedades, por lo que me parece oportuno comentar algo al respecto. Cabe señalar que tales artículos se publican con el pseudónimo de “católica (ex) perpleja”, lo que no se sabe qué significa; lo que sí se sabe es que quién o quiénes los escriben no quieren dar la cara y asumir responsabilidades, lo cual, francamente, no dice mucho a favor del contenido de sus escritos. Hecha esta breve introducción para contextualizar este texto voy a ofrecer algunas ideas centrales sobre lo que constituye el personalismo en general y el de Karol Wojtyla, en particular, temas sobre los que llevo escribiendo 30 años además de haber realizado múltiples iniciativas al respecto.

El personalismo surgió principalmente en la Europa de entreguerras con el objetivo de ofrecer una alternativa a las dos corrientes socio-culturales dominantes del momento: el individualismo y el colectivismo. Frente al primero, que exaltaba a un individuo autónomo y egocéntrico, remarcó la necesidad de la relación interpersonal y de la solidaridad; y frente al segundo, que supeditaba el valor de la persona a su adhesión a proyectos colectivos como el triunfo de una raza o la revolución, el valor absoluto de cada persona independientemente de sus cualidades.

Corresponde a Emmanuel Mounier (1905-1950) el mérito de haber dado voz y forma a este movimiento a través de sus escritos y la revista Esprit, convertida en hogar y punta de lanza del personalismo, si bien su obra se enmarca en un grupo de pensadores que proponen ideas similares y que, de manera conjunta, constituyen la filosofía personalista: Borden Parker Bowne (1847-1910), estadounidense, que se denominó a sí mismo el primer personalista; Jacques Maritain, Gabriel Marcel y Maurice Nédoncelle, en Francia; Scheler, von Hildebrand, Edith Stein, y Romano Guardini en lengua alemana así como la filosofía del diálogo de Buber, Ebner, Roszenweig y Lévinas; Karol Wojtyla en Polonia, y, en España, figuras como Zubiri, o Marías, que sin ser estrictamente personalistas, mantienen ideas muy similares.

El personalismo se puede describir, en líneas generales, a partir de los siguientes rasgos, que comparten todos estos filósofos La categoría central sobre la que se estructura la antropología personalista es la de persona. No es posible una antropología personalista estricta que no tenga como clave central y primaria este concepto, una afirmación que quizá pueda parecer obvia, pero que es una novedad absoluta en la historia del pensamiento.

La noción de persona es una síntesis de elementos clásicos y modernos porque, si bien los personalistas entienden que la filosofía moderna ha conducido a errores relevantes, como el idealismo, consideran que ha aportado novedades antropológicas irrenunciables como la subjetividad, la conciencia el yo o la reivindicación de la libertad.

El giro personalista en el que se pasa de considerar al ser humano un algo o qué, a considerarlo un alguien o un quién

La insalvable distinción entre personas por un lado y animales y cosas por el otro que implica, en técnica filosófica, que las personas deben ser analizadas con categorías filosóficas específicas y no con categorías elaboradas para las cosas.

La afectividad como dimensión central, autónoma y originaria del ser humano que incluye un centro espiritual que, en terminología de Von Hildebrand, se identifica con el corazón.

La inteligencia humana posee una dimensión objetiva que le permite aprehender la verdad, pero la captación humana de la realidad es personal, es decir, está afectada siempre, en modos diversos, por el sujeto que conoce.

El hombre es un ser dinámico que se construye a sí mismo a través de la potencia autodeterminativa que le proporciona su libertad-voluntad. Esta capacidad no es, sin embargo, absoluta; tiene límites.

Las cualidades más excelsas de la persona son la voluntad y el corazón, lo que implica una primacía de la acción y permite dar relevancia filosófica al amor. Tal y como sostiene, por otra parte, el cristianismo que considera que “Dios es amor”.

La corporeidad es una dimensión esencial de la persona que, más allá del aspecto somático, posee rasgos subjetivos y personales.

La relación interpersonal (yo-tu) y familiar son decisivas en la configuración de la identidad personal.

Existen dos modos básicos de ser persona: hombre y mujer. La persona es una realidad dual y el carácter sexuado afecta al nivel corporal, afectivo y espiritual.

La persona es un sujeto social y comunitario, y su primacía ontológica en relación con la sociedad está contrapesada por su deber de solidaridad en la construcción del bien común.

Para los personalistas, la persona tiene una dimensión trascendente, fundada en su dimensión espiritual. Esta visión se inspira en la tradición judeocristiana, pero se postula por vía filosófica, sin perjuicio de la existencia de un personalismo teológico (Ratzinger, Von Balthasar)

Los filósofos personalistas no conciben la filosofía como un mero ejercicio académico, sino como un medio para transformar la sociedad.

La unidad del personalismo, expresada en los puntos anteriores, se despliega en la diversidad de los autores que la componen dando lugar a diversas corrientes internas. 

Las principales son las siguientes:

Personalismo angloamericano. Fue la primera propuesta personalista sistemática. Su principal representante es Borden Parker Bowne y su rasgo más característico es el idealismo: solo existen personas humanas y la Persona divina.

Personalismo fenomenológico o fenomenología realista. Comprende los filósofos que siguieron al primer Husserl y elaboraron una fenomenología realista fundada en la persona como Max Scheler, Edith Stein y Dietrich von Hildebrand.

Personalismo comunitario. Esta corriente sigue los postulados y actitudes de Emmanuel Mounier. Se caracteriza por un énfasis en la acción y la transformación social.

Personalismo dialógico o filosofía del diálogo. Su principal característica es el énfasis en la interpersonalidad considerado el constitutivo radical de la persona. Su representante más emblemático es Martin Buber.

Personalismo tomista. Es la corriente personalista más cercana al tomismo, con Jacques Maritain como su principal representante.

Personalismo integral. Es la corriente personalista más joven y se centra en los trabajos de Wojtyla y Burgos. Su objetivo es elaborar un personalismo ontológico que incorpore la dimensión subjetiva aportada por la modernidad.

Por lo que respecta a Karol Wojtyla, tuvo un itinerario filosófico complejo y, al mismo tiempo, apasionante, que le llevó de una formación tomista inicial (la que se impartía en los seminarios) al contacto con la filosofía moderna a través de Scheler, al realizar su tesis de habilitación. En ese momento captó – como el resto de personalistas- la necesidad de integrar la filosofía clásica, que aporta objetividad pero que descuida el mundo interior de los sujetos, con la filosofía moderna, que descubrió la importancia del yo personal, pero al precio de caer en el idealismo. Y, como consecuencia de esta visión, surge su filosofía original personalista. Una evolución que él mismo relata en su delicioso escrito Don y misterio: “Debo verdaderamente mucho a este trabajo de investigación (la tesis sobre Scheler). Sobre mi precedente formación aristotélico-tomista se injertaba así el método fenomenológico, lo cual me ha permitido emprender numerosos ensayos creativos en este campo. Pienso especialmente en el libro Persona y acción. De este modo me he introducido en la corriente contemporánea del personalismo filosófico, cuyo estudio ha tenido repercusión en los frutos pastorales” (Bac, p. 110).

Por ello, quien quiera conocer su pensamiento filosófico debe acudir a Persona y acción que, ciertamente, es difícil, como lo son todos o buena parte de los grandes libros de filosofía. En este libro Wojtyla se propone su gran objetivo, fusionar la filosofía clásica y la moderna, es decir, objetividad y subjetividad, en el ámbito antropológico. Y, a mi juicio, lo consigue, si bien vale la pena añadir un matiz muy importante: la distinción entre subjetividad y subjetivismo. El subjetivismo es una posición relativista que Wojtyla naturalmente rechaza. La subjetividad es algo muy diferente. Implica simplemente asumir que los seres humanos tenemos un mundo interior que es decisivo en nuestra existencia, y que una antropología que no lo tenga en cuenta no es una buena antropología. Por eso, Wojtyla dirá, quizá con un poco de sorna, que “la subjetividad es objetiva”.

Otro de sus grandes temas es la relación entre el hombre y la mujer que se tradujo en dos grandes textos: Amor y responsabilidad, en el ámbito filosófico; y la conocida Teología del cuerpo, en el teológico, con el escrito Varón y mujer los creó. Todo ello sin desdeñar su obra poética y teatral, mucho menos conocida, pero igualmente valiosa como El taller del orfebre, donde se nos presenta la vida de 3 parejas en lucha con el amor.

El personalismo, por tanto, no es ninguna filosofía problemática, ni siquiera en el entorno cristiano, ya que resultaría muy sorprendente que figuras como San Juan Pablo II, Santa Edith Stein, los conversos Maritain, Marcel y Von Hildebrand o el gran Romano Guardini se adhirieran a una filosofía contraria al cristianismo en ningún punto esencial. Lo que no significa, por supuesto, que haya que estar de acuerdo con ellos, ya que el cristianismo no tiene ninguna filosofía oficial, incluido el tomismo o el agustinismo.

Pero, en realidad, el personalismo no solo no es problemático, sino todo lo contrario. Es una filosofía potente, compatible con el cristianismo y contemporánea; es decir, que nos habla en nuestro lenguaje y, por eso, tiene tanta aceptación entre los jóvenes, tesis que puedo afirmar como profesor de universidad. Es más, no es ni siquiera una filosofía acabada sino un pensamiento con futuro que se está aplicando a terrenos cada vez más amplios como la psicología, la educación, la empresa o el cine en el interesante proyecto del personalismo fílmico (J. A. Peris).

Cabría preguntarse, para ir finalizando: 

¿Por qué estos ataques tan despiadados al personalismo, teniendo en cuenta quienes lo componen? ¿Se merecen estas descalificaciones tan burdas figuras tan extraordinarias como Juan Pablo II? 

Quizás el origen se localice en la necesidad de una autojustificación que suavice la no asunción del Concilio Vaticano II, que ya superó la confusión entre modernidad y modernismo, y entre tradicionalismo y progresismo, introduciendo en sus Declaraciones y Documentos las verdades asumibles del pensamiento y la cultura moderna, una vez purificadas de su idealismo. Juan Pablo II trasladó al Magisterio de la Iglesia esa doctrina apoyándose parcialmente en el personalismo y produciendo, entre otros insignes documentos, el Catecismo de la Iglesia Católica. Algunos quizás no le perdonan esta inmensa tarea que realizó en beneficio de toda la Iglesia o, más simplemente, no están dispuestos a asumir el progreso doctrinal de la Iglesia (¿?)

Sea de ello como fuere, el personalismo ha sabido perfectamente distinguir modernidad de modernismo y asumir, por ello, el valor absoluto de la persona en el marco de una visión trascendente, tal y como expresa magistralmente Jacques Maritain, al proponer su Humanismo integral. “En este nuevo momento de la historia de la cultura cristiana, la criatura no sería desconocida ni aniquilada en relación a Dios; pero tampoco sería rehabilitada sin Dios o contra Dios; sería rehabilitada en Dios». El punto clave es que «la criatura sea verdaderamente respetada en su relación con Dios y porque lo tiene todo de él; humanismo, por tanto, pero humanismo teocéntrico, enraizado donde el hombre tiene sus raíces, humanismo integral, humanismo de la Encarnación» (Humanismo integral, p. 104).

***

Para quien desee profundizar en estas ideas remito, además de los textos mencionados de Juan Pablo II, a las siguientes referencias esenciales: la página web de la Asociación Española de Personalismo: www.personalismo.org y los libros de Juan Manuel Burgos, Introducción al personalismo (con una visión general y amplísima bibliografía) y Para comprender a Karol Wojtyla. Una introducción a su filosofía. Además, y, por supuesto, se puede acudir a todos y cada uno de los grandes personalistas y disfrutar directamente de su lectura, el mejor antídoto contra cualquier distorsión.

Sobre el autor:

Juan Manuel Burgos es el Fundador-Presidente de la Asociación Española de Personalismo y de la Asociación Iberoamericana de Personalismo. Profesor Titular de Filosofía.

NOTA DEL AUTOR DE ESTE BLOG:

Por supuesto, se trata de una opinión personal de Juan Manuel Burgos. No es la única, ni siquiera la más acertada. Habría que hablar de cada uno de los personalismos y diferenciar entre ellos. A veces, hay matices que son importantes y que no se señalan. Y que aquí, lógicamente, no se tocan (lo que es explicable, dado el corto espacio de que se dispone para un artículo).

Pero, cinéndonos al papa Juan Pablo II, hay muchos puntos de su "doctrina" (o sea, de su enfoque teológico del catolicismo) que no están suficientemente claros. Tal vez, en alguna entrada posterior hable de ello. No en este momento. 

El autor de este artículo señala el Concilio Vaticano II como si se tratase de un dogma, del que hay que admitirlo todo, lo que es, evidentemente, falso. Hay varios documentos del CVII que son excesivamente ambiguos y que se prestan a diversas interpretaciones. Así lo expresan autores de reconocido prestigio intelectual, como Brunero Gherardini, en su libro "Vaticano II: una explicación pendiente"; y también Roberto de Mattei: "Vaticano II: una historia nunca escrita".

No está nada clara esta defensa sólo del concilio Vaticano II, que, además, no es dogmático, sólo pastoral; y que es el concilio número 21 de todos los concilios que han tenido lugar a lo largo de la historia de la Iglesia (todos ellos dogmáticos, a excepción del CVII). 

Y luego habla del progreso doctrinal (¿qué significa eso?). Debería de haber leído a San Vicente de Lerins. Se puede profundizar en el contenido, pero nunca cambiarlo: el depósito recibido debe de ser transmitido en toda su integridad, sin ningún cambio. 

La doctrina no cambia. Sí cambia la profundización en dicha doctrina, tomando siempre, como referencia, a los grandes maestros y santos, como es el caso de santo Tomás de Aquino. Además, "Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos" (Heb 13, 8).

Es de gran interés la lectura del siguiente artículo de Adelante la Fe, de título  ¿Qué está mal en el Personalismo y en la ‘Teología del Cuerpo’?, en donde se trata de una entrevista que se hizo al teólogo de actualidad D.Pietro Leone, quien tiene un libro muy recomendable, de título The family under attack. Está en inglés. Me parece que no tiene todavía traducción al español, que yo conozca.

José Martí

Verdad y confesión



Si decimos que no hemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonarnos nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad. Si decimos que no hemos pecado, lo hacemos mentiroso, y su palabra no está en nosotros (1 Juan 1:8–10)

Amados, en los oscuros pasillos del corazón humano, donde los susurros de perfección resuenan falsamente, el apóstol Juan nos confronta con una verdad penetrante. «Si decimos que no hemos pecado», declara, invocando el griego ἁμαρτία ( hamartia ), ese antiguo término que evoca la flecha de un arquero que no da en el blanco; no solo una falta pasajera, sino una profunda desviación del objetivo divino de la justicia. Aquí Juan usa el singular: ἁμαρτία ( hamartia ), el pecado como condición universal que envuelve a la humanidad. Todavía no habla de actos específicos, sino de la realidad subyacente que nos separa de Dios. En esto vemos el engaño que atrapa al alma: πλανῶμεν ( planōmen ), nos extraviamos, lo que nos lleva a la ilusión. Porque afirmar estar sin pecado es desterrar la alētheia (la verdad misma) de nuestro santuario interior. Como un espejo empañado por el aliento, nuestra autopercepción se nubla; no vemos las manchas en nuestras vestiduras, sino ilusiones de un blanco inmaculado. Juan nos recuerda que el pecado no es un fantasma, sino una realidad inherente a la estructura caída de la humanidad. Aquí reside el peligro: la negación engendra oscuridad, y en ese vacío, la comunión con la Luz —nuestro Dios— se desvanece en la nada.

Puerta de la confesión

Sin embargo, de las profundidades de este engaño brota una fuente de esperanza, cristalina y pura. «Si confesamos nuestros pecados», suplica Juan, usando ὁμολογῶμεν ( homologōmen ), una palabra rica en la resonancia de «hablar lo mismo»: alinear nuestras palabras con el veredicto de Dios sobre nuestras faltas. Ahora Juan cambia al plural: ἁμαρτίας ( hamartías ), los pecados concretos que cada uno de nosotros debe confesar. No basta con reconocer la condición general del pecado; estamos llamados a nombrar nuestras faltas y sacarlas a la luz ante Dios. Esto no es una mera admisión, sino una declaración armoniosa, una rendición en la que la disonancia del alma se resuelve en una melodía divina. Esta confesión es el punto de apoyo: invita a la personalidad de Dios mismo a la narrativa. Él es pistos (πιστός ) , fiel como las estrellas inmutables, siempre fiel a sus promesas; y dikaios ( δίκαιος ), como la balanza de la justicia, equilibrando la misericordia con la santidad. En respuesta, Él aphē ( ἀφῇ ), nos libera de las cadenas de nuestras hamartias ( ἁμαρτίας ), perdonando con una gracia que hace eco a la cruz. Más profundamente, Él katharisē ( καθαρίσῃ ), nos limpia de toda adikias ( ἀδικίας ), esa injusticia que mancha como tinta en el agua. Imaginen, queridos, un río contaminado por los desechos de la corriente, ahora purificado hasta alcanzar una claridad cristalina: tal es el poder transformador de la confesión, no por nuestro mérito, sino por Su fidelidad.

La mentira revelada

Por desgracia, el apóstol insiste aún más, para no hacernos detenernos a reflexionar. «Si decimos que no hemos pecado», advierte, enfatizando ἡμαρτήκαμεν ( hēmartēkamen ), el tiempo pasado que enfatiza una acción realizada con efectos duraderos, hemos pecado y las consecuencias persisten. Negar esto es transformar a Dios mismo en un ψεύστην ( pseustēn ), un mentiroso, una afrenta que golpea el corazón de la integridad divina. Porque su logos ( logos ), la Palabra eterna —ese mismo Logos que se hizo carne en Cristo— da testimonio de nuestra fragilidad. Si su palabra no encuentra hogar en nosotros, vagamos como exiliados en una tierra árida, privados de la corriente que da vida. Esta es la ironía suprema: al proclamar nuestra inocencia, incriminamos al Inocente; Al silenciar los ecos del pecado, amplificamos la cacofonía de la falsedad. Juan, inspirándose en los ecos del Antiguo Testamento, como los llamados de los profetas al arrepentimiento, nos insta a abrazar la humildad, pues solo reconociendo nuestros errores podemos volver al redil.

Luz restaurada

En conclusión, tejamos estos hilos en un tapiz de gracia. Desde la negación hasta la confesión y la advertencia, la epístola de Juan canta un himno de redención. Las corrientes subyacentes griegas —ἁμαρτία ( hamartia , 'errar el blanco'), ὁμολογῶμεν ( homologōmen , 'discurso alineado'), δίκαιος ( dikaios , 'justo equilibrio')— no revelan un tratado de condenación, sino una invitación a la luz. Amados, en esta serie sobre la primera carta de Juan, que no solo interpretemos estas palabras, sino que las encarnemos: confesar con valentía, recibir con fidelidad y caminar en la verdad. Porque en la confesión de nuestras sombras, la Luz del mundo ilumina nuestro camino, purificando, perdonando y restaurando. Amén.

Reverendo León , 14 de febrero 2026

¿QUÉ PASA EN LA IGLESIA? #105 PADRE JORGE GONZÁLEZ GUADALIX.




DURACIÓN 34 MINUTOS




EMPEZAMOS EN ROMA 

ESPAÑA

1. Beatificación cura Valera 

2. León XIV a los curas de Madrid 

3. 40 días por la vida 

MUNDO 

4. Doctrina de la Fe y Fraternidad san Pío X 

5. El cardenal Marx se cabrea 

6. El papa recibe a Courage International 

7. Violencia contra cristianos en Nigeria 

8. Sociedad de san Justino mártir. Rosario por la juventud


miércoles, 11 de febrero de 2026

Excomulgados y cismáticos




Resulta curioso que progres y festejantes de cualquier herejía o innovación conciliar, como la periodista Elizabetta Pique, se estén mesando los cabellos porque las eventuales consagraciones episcopales que efectuarán los obispos de la FSSPX provocará su excomunión y los arrojará a ellos y a todo su grupo al cisma. Las medidas canónicas, algo tan del pasado y contrarias a la misericordia propia de estos tiempos, se resucitan cuando las víctimas son los “ultracatólicos”.

Pero más curioso aún es que asuman una actitud similar los neocones. Para ellos también la excomunión rompe la “unidad eclesial” aunque no sepan muy bien qué cosa significa tal expresión. Me parece a mí que la tal comunión se rompe de muchos modos; también, por ejemplo, negando o disfrazando puntos centrales de la fe y la moral. Sin embargo, en estos casos, se quedan en silencio.

Pero además, y sobre esto me interesa tratar en esta entrada, hacen referencia a la excomunión y al cisma de un modo asaz inexacto y sin la menor contextualización histórica. Propongo, entonces, algunos puntos en este sentido que pueden ayudar a entender la situación:

1. La pena de excomunión para los obispos que realizan consagraciones episcopales sin mandato pontificio es muy tardía. No aparece en el CIC de 1917, que en el canon 2370 establecía que los tales serían suspendidos hasta que la Santa Sede los dispensara. Fue Pío XII en 1951 quien cambió este canon estableciendo que incurren en excomunión latae sententiae, y lo hizo concretamente para responder a lo que ocurría con la iglesia china. Curiosamente, en la actualidad esa iglesia sigue consagrando obispos sin mandato, y la Santa Sede luego los reconoce. Es decir, no nos encontramos con una costumbre inmemorial, anclada en la tradición. Es una medida del derecho positivo muy reciente, más allá del biri biri de la teología eclesial.

2. No será novedad para nadie que los obispos en los primeros siglos cristianos y en la Edad Media, y aún hasta hace algunas décadas en algunos sitios, eran elegidos por el pueblo, o por el arzobispo metropolitano, o por el monarca, o por los canónigos de la catedral. Más aún, en las iglesias orientales son elegidos por los sínodos de cada una de ellas. Roma se limita, y limitaba en los otros casos, a confirmar las nominaciones. Con esto quiero decir que el hecho de que en la actualidad y en la iglesia latina, sea el Papa de Roma quien elige a los obispos no pasa de ser una cuestión disciplinar, meramente disciplinar, que no toca en nada la unidad de la Fe y, por supuesto, tampoco la Caridad, supuesta la existencia de casos de excepción que justifique saltarse el derecho canónico disciplinar. No es materia revelada que el Papa deba designar Obispos, siendo su misión esencial «confirmar en la Fe». De manera que ni siquiera como una tarea accesoria o derivada de la misión encomendada por Nuestro Señor a Pedro, se podría sostener esta atribución de designar Obispos como algo relativo a la Fe.

3. Veamos un caso concreto: A comienzos de la década de 1970, el cardenal Josyf Slipyj, jefe de la Iglesia greco-católica ucraniana y antiguo prisionero del sistema represivo soviético durante dieciocho años, entró en un conflicto directo con el Vaticano por la cuestión de la sucesión episcopal. Tras su liberación en 1963 y su llegada a Roma, Slipyj insistió en la necesidad urgente de consagrar nuevos obispos para una Iglesia que había sido oficialmente suprimida por la URSS en 1946 y que sobrevivía de forma clandestina en Ucrania. El papa Pablo VI, comprometido con la política de distensión hacia los países comunistas, se negó reiteradamente a conceder el mandato pontificio necesario para dichas consagraciones, temiendo que una medida de ese tipo provocara represalias soviéticas y agravara la situación de los católicos bajo el régimen.

En 1975, ante la ausencia de obispos en libertad y sin autorización papal, Slipyj procedió a consagrar varios obispos en secreto en la abadía italo-bizantina de Grottaferrata, cerca de Roma, entre ellos al entonces monje Lubomyr Husar, futuro patriarca de la Iglesia ucraniana. Las consagraciones fueron consideradas válidas desde el punto de vista sacramental pero ilícitas canónicamente. La reacción del Vaticano fue deliberadamente contenida: no se impuso ninguna sanción pública ni se declaró nulo el acto, pero las consagraciones no fueron reconocidas oficialmente y Slipyj quedó progresivamente marginado en la Curia. Tras la caída de la Unión Soviética, los cuatro obispos fueron regularizados y pasaron a desempeñar un papel central en la reconstrucción de la jerarquía greco-católica en Ucrania, lo que dio al episodio una relevancia histórica que superó el conflicto inmediato entre Roma y el cardenal ucraniano. Como curiosidad, uno de los cuatro obispos consagrados, y por tanto excomulgados como el cardenal Slipyj, era un sacerdote del que el joven Jorge Bergogolio era muy cercano. Habló con mucho afecto de él cuando era ya Sumo Pontífice. Es decir, estamos frente a excomuniones, por más latae sententiae que sean, que son muy elásticas, y se aplican y desaplican sean los casos.

3.a Un codicilo: El santo sínodo de la Iglesia católica de Ucrania, en uso de sus facultades, elevó a su iglesia a patriarcado en los años ‘70. Juan Pablo II, para no fastidiar a los ortodoxos rusos, no lo aceptó y ordenó que siguiera siendo un arzobispado mayor. Pues los ucranianos, hasta hoy, en los dípticos conmemoran a su “patriarca” Sviatoslav, haciendo caso omiso de la disposición romana. Y todos sabemos qué significa la conmemoración en los dípticos para las iglesias orientales.

4. Yo no quisiera ser excomulgado ni me pondría nunca en situación de excomunión, y nadie creo que dudará que es mejor no estar excomulgado que estarlo. Sin embargo, esto no obsta para ser conscientes de que a lo largo de la historia de la Iglesia las excomuniones no siempre, o mejor dicho, casi nunca han significado gran cosa. Podríamos hacer un listado interminable de excomuniones que los obispos medievales —la época de esplendor del cristianismo— se lanzaban entre sí, y el excomulgado seguía como si nada. Algunos ejemplos de entre cientos: Ivo de Chartres excomulgó en el siglo XII a varios obispos vecinos porque habían ordenado clérigos suyos sin dimisorias (Epistolae, Patrologia Latina, vol. 162); a fines del siglo XI, en ciudades como Milán, Brescia, Piacenza, Cremona o Rávena, coexistían obispos rivales: unos nombrados por el Papa y otros por el emperador, como era la costumbre, con lo cual un obispo excomulgado por Roma seguía oficiando, ordenando sacerdotes y gobernando su diócesis, mientras otro obispo, nombrado por el Papa, hacía lo mismo en paralelo (Robinson, I. S. The Papal Reform of the Eleventh Century, Manchester, 2004). Y un último ejemplo muy cercano y conocido por nosotros: había excomunión reservada a la Santa Sede para quien sustrajera un libro de la biblioteca de Salamanca… así de serias eran las excomuniones y con esa seriedad se tomaban.

5. El cisma: muy sueltos de palabra, todos dicen como sabios canonistas que la FSSPX, al consagrar obispos, se convertiría nuevamente en cismática, y cismáticos serían todos sus miembros. Y esto es una enormidad que canónicamente no se sostiene. El cisma es una separación voluntaria del orden jurídico de la Iglesia; es cosa seria y nadie se constituye en cismático si no hay un declaración formal como tal y con meticulosa delimitación por parte de la Santa Sede. Cuando ocurrieron las consagraciones de Mons. Lefebvre, el Papa Juan Pablo II emitió el motu proprio Ecclesia Dei, en la que afirma que el acto de “desobediencia” del arzobispo francés “constituye un acto cismático” (nº 3). Sin embargo, en ningún momento determina quiénes caen en el cisma, y no es que se le pasó el detalle, sino que voluntariamente se evitó declarar a la FSSPX como cismática.

Supongamos que efectivamente el próximo mes de julio se producen nuevas consagraciones episcopales en Êcone. ¿Quiénes caerán en el cisma? ¿Los obispos consagrantes y consagrados? ¿Los sacerdotes que asistan también? ¿Y los que no asistan? ¿Y los fieles de la Fraternidad, en todos sus niveles y pelajes serán también cismáticos? ¿Y los mendigos que piden limosnas en las puertas de las iglesias de la FSSPX caerán también en el cisma? Evidentemente, en estos casos es necesario un pronunciamiento muy claro del Vaticano que determine con exactitud quiénes han cometido el pecado de cisma. Y mientras ese pronunciamiento no exista, nadie puede andar propalando como si fuera cosas indiscutible y probada que la FSSPX es cismática.

6. Hay algunos que hablan de “secta lefebvrista” porque afirman alegremente que son cismáticos. Y se ríen porque uno de los argumentos que utiliza la FSSPX para rechazar esa acusación es afirmar que nombran al Papa en el Canon Romano; “no es suficiente”, dicen. Demuestran de ese modo su ignorancia. Nombrar al Papa y al obispo del lugar, o al propio ordinario, en el Canon es el modo público y más importante de indicar la comunión. Se trata de los dípticos de las iglesias orientales a los que hicimos referencia más arriba. Por eso mismo, el acto público de cisma, si tal fuera el caso de la Fraternidad, debería eliminar el nombre del pontífice romano y del obispo del Canon. Y eso no ocurre, y es mucho más que un detalle: es la expresión de estar en comunión con Pedro y sus sucesores.

En todo este largo post no he intentado hacer una defensa de la FSSPX, en primer lugar, porque no me corresponde a mi hacerla —no soy parte de ella— y, en segundo lugar, porque la Fraternidad no necesita que yo la defienda: lo hace muy bien sola, y lo viene haciendo desde hace cincuenta años con éxito. He querido señalar simplemente las cosas como son y, en lo posible, advertir a los que con lengua suelta hablan con liviandad de “excomuniones y cismas”, que piensen más en lo que dicen.

Wanderer

Frío, lluvia, nieve: ¿cambio climático?





Los propagandistas climáticos andan nerviosos. En efecto, las condiciones meteorológicas preferidas para la propaganda climática son el calor y la sequía, y desde finales de diciembre hemos tenido frío y mucha lluvia. De hecho, en la España peninsular, enero ha sido el más lluvioso de los últimos 25 años, y muchos pantanos han acabado el mes al 100% de capacidad.

De este hecho debemos extraer tres lecciones. La primera es la falta de fiabilidad de las predicciones meteorológicas más allá de un horizonte temporal de unos pocos días. Un secreto bien guardado es que la ciencia aún está en pañales en su comprensión del clima, un sistema no lineal, complejo y caótico. Por tanto, los meteorólogos no tienen forma de saber con un mínimo de certeza qué pasará esta próxima primavera, ni el año que viene, ni mucho menos el 2100. Se mueven en un entorno de enorme incertidumbre y se apoyan para sus previsiones estacionales en factores sólo parcialmente explicativos, como el ENSO.
Otra vez la AEMET

De ahí las aproximaciones probabilísticas obtenidas por la AEMET tras laboriosos cálculos —es decir, a ojo de buen cubero— al pronosticar que había un 60% de probabilidades de tener un invierno más cálido de lo normal. Por ello, ha recibido muchas críticas, amortiguadas por la feroz defensa que de la Agencia realizan sistemáticamente los fact-checkers y la prensa de izquierdas (casi toda), pues la AEMET es la principal «autoridad» para promover la agenda climática y, por tanto, hay que protegerla.

En realidad, el gigantesco error de la AEMET estriba en no haber sido capaz de prever el enorme volumen de precipitaciones registradas en enero. De hecho, las críticas a su previsión de temperaturas distraen la atención sobre este punto y, además, son ingenuas, dado que la AEMET tiene el monopolio en el cálculo de temperaturas en España. También son prematuras. En efecto, la temperatura media del invierno meteorológico en la España peninsular es de 6,6ºC, luego para tener un invierno «más cálido de lo normal» bastaría con obtener unas pocas décimas superiores a esa temperatura. Si damos por bueno que las temperaturas de enero han sido sorprendentemente normales (como parece haber afirmado la AEMET), para que falle su pronóstico sería necesario que febrero acabara siendo «más frío de lo normal» (por debajo del percentil 40), algo estadísticamente más improbable que el escenario opuesto. De ahí que la Agencia confíe su remontada reputacional a las temperaturas de febrero (que ellos mismos calcularán)[1].

La segunda lección que debemos recordar es que la gran amenaza climática que debería preocuparnos es el frío extremo propio de las Eras Glaciales y no las temperaturas más templadas causadas por el ligero calentamiento que afortunadamente estamos viviendo desde que terminó la Pequeña Edad de Hielo, a mediados del siglo XIX. Calor es sinónimo de vida, y frío, sinónimo de muerte. Por eso los pájaros migran hacia zonas más cálidas en invierno y los ciudadanos del centro y norte de Europa vienen de vacaciones a España, y no al revés.

La última lección que podemos extraer es que debemos estar en guardia frente al inmisericorde bombardeo de la propaganda climática, de estilo soviético. En efecto, si este comienzo de invierno hubiera sido cálido y seco en vez de helador y lluvioso, la propaganda climática lo habría achacado inmediatamente al cambio climático. Pues bien, tan ridículo y acientífico es extrapolar un mes frío, lluvioso y nevoso ligándolo a un supuesto enfriamiento global como lo es ligar cada ola de calor, cada sequía o cada estación especialmente cálida al calentamiento global. Por favor, recuérdenlo la próxima vez que los activistas climáticos ―empezando por la AEMET― conviertan meros fenómenos meteorológicos locales, pasajeros e irrelevantes, en pruebas irrefutables del cambio climático planetario.
Profetas de calamidades

Para los profetas de calamidades climáticas las malas noticias se acumulan, pues Bill Gates afirma ahora que «aunque el cambio climático tendrá graves consecuencias (…), las personas podrán vivir y prosperar en la mayoría de los lugares de la Tierra en un futuro previsible»[2]. Tras escribir hace pocos años un libro alarmantemente titulado Cómo evitar un desastre climático, su cambio de tono (o giro oportunista) ha coincidido con el desgaste de las proyecciones apocalípticas ―desacreditadas una y otra vez por los datos observados― y, sobre todo, con el cambio político acontecido en EEUU, país que ha decidido abandonar, y, por tanto, dejar de financiar, todo tipo de organizaciones ecologistas, incluyendo el IPCC de la ONU[3].

Debemos ser conscientes de que la eficaz propaganda climática achaca al cambio climático todo tipo de fenómenos, aunque sean de naturaleza opuesta. Por eso precisamente el «calentamiento global» pasó a denominarse «cambio climático», concepto menos restrictivo que admite todo. Éste es el motivo por el que quienes viven del cuento climático intenten explicar que el calentamiento global es culpable del calor, pero también del frío; de la lluvia torrencial, pero también de la sequía; de la calma total, pero también de los vientos tempestuosos. No obstante, aunque la física atmosférica sea en ocasiones contraintuitiva, confío en que el sentido común les indique que suele ser difícil que un mismo factor cause resultados completamente opuestos. Si no es así, tengan cuidado la próxima vez que pongan hielo en su bebida, no vaya a ser que se caliente, o que tomen un antipirético, no vaya a ser que, en vez de bajarles la fiebre, se la dispare.

Al contrario de lo que afirma la propaganda, hasta ahora el calentamiento global no ha provocado ningún aumento en la inestabilidad climática o en la frecuencia o intensidad de los fenómenos meteorológicos extremos, como reconoce el propio IPCC[4]. Pero imaginemos por un momento que lo hiciera, como afirman sus propagandistas: ¿deberíamos concluir entonces que el enfriamiento global traería una gran estabilidad climática? No parece ser el caso. De hecho, la Pequeña Edad de Hielo (s. XIII-s. XIX) fue un período de «gran inestabilidad climática» que produjo severas carestías en la cosecha de cereales y, por lo tanto, hambrunas[5]. Por el contrario, el aumento de CO2 y unas temperaturas más templadas favorecen el crecimiento de las plantas. Así, el rendimiento de los cultivos de cereales (medido en toneladas por hectárea cultivada) no ha hecho más que crecer en las últimas décadas y es hoy el doble de lo que era hace 60 años, lo que supone una magnífica noticia para alimentar a una creciente población mundial[6]. Bendito CO2.

Caída global de temperaturas

El frío, la lluvia y la nieve no ha sido un fenómeno limitado a España, sino que se ha tratado de un fenómeno global en el hemisferio norte. De forma anecdótica, cabe mencionar que en la noche de Reyes cayeron 30 cm de nieve en las playas de la costa atlántica francesa[7], que en EEUU el temporal de frío y nieve de finales de enero compitió con el récord del invierno anterior[8], y que, en la península de Kamchatka, en el extremo oriental ruso, se produjo una nevada sin precedentes[9].

Pero por encima de lo anecdótico que supone vivir un mes frío, lluvioso y nevoso, el hecho es que las temperaturas del planeta están cayendo desde hace dos años, lo que significa que el inusual pico observado en 2023-2025 ―de naturaleza claramente exógena y coyuntural, por extremo y repentino― está remitiendo en un típico ejemplo de reversión o regresión a la media. No olviden que en 2023 el 42% de la superficie del planeta experimentó temperaturas dos desviaciones estándar por encima de la media. En este sentido, resulta elocuente el contraste entre el sinnúmero de noticias publicitando el brusco calentamiento de aquellos años y el sepulcral silencio que ha acompañado el enfriamiento subsiguiente, igualmente brusco, pero que no encaja en el relato oficial.

Como escribí en su día, ningún científico serio achacó al supuesto cambio climático antrópico el súbito aumento de las temperaturas del 2023-2025 (al contrario de lo que hizo la AEMET). Algunos lo ligaron a un fenómeno El Niño fuerte; otros a una bajísima cobertura global de nubes completamente inexplicada, pues la ciencia aún patina con la convección húmeda y desconoce, por tanto, los factores que controlan la nubosidad del planeta (¿cómo no van a fallar los modelos climáticos?). Finalmente, otros científicos señalaron a la masiva erupción del volcán submarino Hunga-Tonga, que constituyó uno de los fenómenos geológicos de mayor magnitud del último siglo al liberar a la atmósfera, de golpe, 150 Mt de vapor de agua, el más importante gas de efecto invernadero[10].

Por lo tanto, es posible que el reciente y brusco enfriamiento terrestre haya estado asociado a La Niña, fenómeno que, como tantos otros, resulta imposible de predecir en duración e intensidad salvo con cómodos rangos probabilísticos que no suelen separarse mucho de la equiprobabilidad (para proteger la reputación al pronosticador). Pero también es posible que el principal factor explicativo del reciente enfriamiento haya sido la paulatina desaparición del temporal efecto invernadero causado por la erupción del Hunga-Tonga[11]. Quién sabe.

Como pueden ver en el siguiente gráfico, desde 1979 ―un año particularmente frío, pero el primero en el que hubo satélites en el espacio para medir la temperatura― se estima que la temperatura media del planeta ha aumentado a un imperceptible ritmo de 0,15ºC por década (sí, 15 centésimas de grado por década)[12]. Convendrán conmigo en que hay que afinar mucho para detectar este aumento centesimal de la temperatura de todo un planeta:


Asimismo, podrán observar que la temperatura del planeta apenas aumentó en el período 1980-1995 y se mantuvo muy constante de 1998 al 2015, aproximadamente, a pesar del aumento constante de la concentración atmosférica de CO2. Este último episodio se denominó «la pausa», aunque posteriormente la propaganda climática negaría que dicho término hubiera existido. ¡Qué memoria más corta! La revista Nature había publicado en 2013 un artículo titulado La reciente pausa del calentamiento global[13] y el propio IPCC citaba «la pausa» 53 veces en su Quinto Informe (2013) y dedicaba un capítulo especial titulado Modelos climáticos y la pausa en el calentamiento global en los últimos 15 años[14].

Gráficos largos

El gráfico anterior de datos por satélite es un gráfico muy corto, pues la evolución de clima suele medirse en siglos o milenios. Por eso me gusta introducir el gráfico largo que incluyó el IPCC en su Primer Informe, que muestra la reconstrucción de temperaturas del planeta de los últimos 10.000 y 1.000 años. En él podrán observar que las temperaturas de finales del s. XX eran inferiores o similares a las de épocas en las que Pedro Picapiedra conducía su troncomóvil, es decir, en las que no existía industrialización alguna ni CO2 de origen antrópico[15]:


Buenas noticias

Por otro lado, algunos de mis amigos canadienses preocupados por la propaganda climática se habrán visto tranquilizados con la reciente publicación de la serie de temperaturas veraniegas de su país desde el año 1900, la cual muestra una suave ciclicidad sin tendencia clara que equipara las temperaturas de principios del s. XXI con las vividas hace 100 años, cuando supuestamente el nivel de CO2 era «normal» (según la nomenclatura de la propaganda climática)[16]:


También les relajará saber que el llanto ceñudo de la pobre Greta al denunciar en la ONU una supuesta extinción masiva de especies como consecuencia del cambio climático era fruto de la histeria más que de la ciencia. En efecto, un estudio reciente publicado por la Royal Society concluye que el ritmo de extinción de especies ―irrelevante en cualquier caso desde el punto de vista relativo― ha disminuido en los últimos 100 años[17]. Sí, han leído bien: hay menos extinciones de especies, lo que significa que a la biosfera (sistema que engloba a todos los seres vivos del planeta) le sienta de maravilla una temperatura un poco más templada y un poco más de CO2, fuente de vida y alimento por antonomasia de las plantas.

Respecto a la subida del nivel de los océanos también tenemos datos tranquilizadores. Un estudio publicado en el Journal of Marine Science and Engineering ha comparado los aumentos pronosticados para 2020 por el IPCC para multitud de localidades costeras de todo el planeta con las mediciones reales obtenidas en dichas localidades. Su conclusión es rotunda: «Aproximadamente el 95 % de las ubicaciones no muestra una aceleración estadísticamente significativa de la tasa de aumento del nivel del mar. Nuestra investigación sugiere que en el 5 % restante de las ubicaciones los fenómenos locales no climáticos son la causa plausible del aumento acelerado del nivel del mar». Y termina: «En promedio, la tasa de aumento proyectada por el IPCC tiene un sesgo al alza de aproximadamente 2 mm por año en comparación con la tasa observada»[18]. Dado que el último informe del IPCC proyecta un aumento de 4mm / año hasta el 2100 en su escenario más plausible, esto significa que sus fallidos modelos multiplican por dos la subida real del nivel de los océanos. No tengan prisa por vender el apartamento de la playa.

¿Consenso o censura?

La propaganda climática asegura que existe un consenso casi absoluto entre la comunidad científica respecto al origen antrópico del calentamiento global y a las consecuencias apocalípticas que se le atribuye. Esto es rotundamente falso: lo que sí ha habido es un tratamiento mediático asimétrico de ambas posturas del debate y una agresiva censura de tinte comunista u orwelliano materializada en el silenciamiento activo de la multitud de científicos escépticos y escandalizados con el secuestro político de la ciencia.

Éste es el caso de un editor del American Journal of Economics and Sociology, que permitió la publicación de un artículo que pronto se convertiría en el segundo más leído de la publicación en sus 83 años de historia. El artículo criticaba el alarmismo del IPCC, nunca corroborado por la evidencia empírica, es decir, osaba blasfemar contra el dogma imperante con una laudable claridad. Pues bien, el editor fue despedido[19]. Lean por favor con atención las conclusiones de este artículo:

«El IPCC afirma que los fenómenos meteorológicos extremos son ahora peores que en el pasado, pero las observaciones no respaldan esta afirmación. Algunos fenómenos meteorológicos extremos, como la superficie terrestre afectada por sequías extremas, están disminuyendo, en lugar de aumentar (Lomborg, 2020). A nivel mundial, la incidencia de huracanes no muestra una tendencia significativa (IPCC, 2013, p. 216; Lomborg, 2020). Las observaciones tampoco muestran ningún aumento de los daños ni ningún peligro para la humanidad en la actualidad debido al clima extremo o al calentamiento global (Crok y May, 2023, pp. 140-161; Scafetta, 2024). Por lo tanto, dado que el clima actual es posiblemente mejor que el clima preindustrial y que no hemos observado ningún aumento de la mortalidad por fenómenos meteorológicos extremos, concluimos que podemos planificar la adaptación a cualquier cambio futuro. Hasta que se identifique un peligro, no hay necesidad de eliminar el uso de combustibles fósiles»[20].

Amén.


[1] Para una explicación más detallada de cómo se calculan: Escuela de calor 2024 – Fernando del Pino Calvo-Sotelo



[4] IPCC AR5, WG 1, Chapter 2.6, p.214-220 y IPCC AR6, WG 1, Chapter 12, p. 1770-1856










[14] IPCC, AR5, WG 1, p. 61.

[15] IPCC, AR1, The IPCC Scientific Assessment, fig. 7.1, p. 202.





El error de la FSSPX que Roma puede exigir que corrijan



Si Roma quiere que el diálogo con la Fraternidad Sacerdotal San Pío X sea algo más que una escenificación, hay un punto concreto, delimitado y plenamente exigible que debe ponerse públicamente sobre la mesa. No es tanto el reconocimiento de la crisis eclesial, hoy asumida de facto incluso por instancias romanas. No es tampoco la discusión interminable sobre la hermenéutica del Concilio Vaticano II, cuyo carácter pastoral y recepción problemática ya no constituyen un tabú institucional. El punto que Roma sí debe reclamar a la FSSPX con legitimidad total es la corrección de un error pastoral grave que vienen cometiendo: impedir de hecho al fiel cumplir el precepto dominical mediante la asistencia a una Misa válida promulgada por la Iglesia, y hacerlo además en nombre de la defensa de la tradición.

En la praxis ordinaria de la FSSPX se transmite una idea clara en sus consecuencias, aunque a veces formulada de modo implícito: cuando el fiel tiene acceso a la Misa tradicional, la asistencia al Novus Ordo no cumple el precepto dominical y cuando no tiene acceso queda exento de acudir a Misa. No se trata aquí de una preferencia litúrgica ni de una exhortación ascética. Se trata de una calificación moral que coloca al fiel en situación objetiva de pecado grave por obedecer a la autoridad de la Iglesia.

Ese es el núcleo del problema. El precepto dominical obliga bajo pecado mortal. Decir, explícita o implícitamente, que una Misa válida, celebrada según un rito promulgado por el Romano Pontífice, no basta para cumplir ese mandato, equivale a romper la certeza moral del fiel. A partir de ese momento, obedecer a la Iglesia deja de ser garantía suficiente para permanecer en gracia. El fiel queda obligado a someter la ley eclesiástica a un juicio previo externo a la jerarquía, y la autoridad pastoral pierde su capacidad objetiva de obligar.

Pero el daño no se detiene ahí. Esta posición acaba debilitando la doctrina católica sobre la eficacia objetiva de la gracia sacramental. La tradición de la Iglesia siempre fue clara: la Misa actúa ex opere operato. Su eficacia no depende del entorno, ni del clima espiritual, ni de la corrección subjetiva de quienes asisten. La gracia no es frágil. Lo frágil es el hombre, y por eso necesita los sacramentos. Introducir la idea de que el contexto puede neutralizar hasta ese punto la gracia equivale a invertir la lógica tradicional: el sacramento deja de ser remedio y pasa a convertirse en un peligro.

Este planteamiento tiene un origen histórico comprensible. En los años setenta y ochenta, cuando el panorama litúrgico era objetivamente devastador y la Misa tradicional parecía acorralada, pudo desarrollarse instintivamente una pastoral de repliegue, marcada por un miedo razonable a la desaparición absoluta. Pero ese contexto ya no es el actual. Hoy existe un hecho eclesial imposible de negar: el birritualismo real. Cientos de miles de fieles han descubierto la Misa tradicional desde el Novus Ordo. No contra él, sino desde él. Han llegado a la tradición no desde la ruptura, y viven con normalidad en ambos ritos.

Este dato es decisivo y la Fraternidad no puede seguir ignorándolo. La Misa tradicional tiene una fuerza intrínseca, que hoy ya no necesita ser protegida mediante prohibiciones morales ni mediante la descalificación del rito ordinario. Allí donde ambos ritos conviven, el bien se impone por sí mismo. La experiencia demuestra que la tradición no se debilita; al contrario, se expande, se consolida y se transmite con mayor naturalidad. El contacto no la corrompe.

Por eso, el error más grave no es doctrinal en abstracto, sino pastoral en concreto: impedir explícitamente al fiel acudir a una Misa válida para cumplir un mandamiento grave de la Iglesia. Ese es el punto que Roma debe exigir que se corrija. No es una concesión ideológica, sino una exigencia mínima de coherencia teológica. Mientras se mantenga la idea de que obedecer a la Iglesia puede no bastar para evitar el pecado mortal, el problema no será disciplinar ni canónico. Será directamente teológico.

En este marco, la reunión entre el cardenal Víctor Manuel Fernández y el superior general Davide Pagliarini tiene un punto claro de aterrizaje. Roma puede y debe pedir a la Fraternidad que suprima esa posición pastoral concreta. Sacado ese compromiso, el resto entra en un terreno distinto. La aceptación de obispos no sería entonces una cesión doctrinal, sino una medida prudencial de continuidad sacramental, especialmente en un contexto objetivo de emergencia generado por Traditionis Custodes. Ese marco de excepcionalidad existe y negarlo sería ingenuo.

Pero nada de eso puede justificarse mientras se mantenga una pastoral que bloquea el acceso del fiel a la gracia en nombre de su protección. La tradición no necesita ese miedo. Probablemente nunca lo necesitó. Pero hoy, menos que nunca.

Miguel Escrivá

sábado, 7 de febrero de 2026

Entrevista con el Superior General de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X sobre Consagración de Nuevos Obispos



La entrevista se realizó el propio día en que se produjo el anuncio de la consagración de nuevos obispos para la FSSPX/SSPX, pero solamente publicada hoy en varios idiomas. La entrevista fue realizada por el medio de comunicación perteneciente a la FSSPX/SSPX, FSSPX News, lo que antiguamente se conocia como DICI.


Entrevista al Superior General de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X

5 Febrero 2026

«Suprema lex, salus animarum»

1. FSSPX.Actualidad: Reverendo Superior General, acaba usted de anunciar públicamente su intención de proceder a nuevas consagraciones episcopales en el seno de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X el próximo 1 de julio. ¿Por qué anunciarlo precisamente hoy, 2 de febrero?

Don Davide Pagliarani: La fiesta de la Purificación de la Santísima Virgen reviste una importancia particular en la Fraternidad. En este día, los candidatos al sacerdocio reciben la sotana. La Presentación de Nuestro Señor en el Templo, que celebramos hoy, les recuerda que la clave de su formación y de su preparación para las Órdenes se encuentra en el don de sí mismos, que pasa por las manos de María. Es una fiesta mariana de suma importancia; cuando Simeón anuncia a Nuestra Señora una espada de dolor, le indica con claridad su rol de Corredentora junto a su divino Hijo. Nuestra Señora acompaña de la misma manera al futuro sacerdote en su formación y durante toda su vida: es Ella quien forma continuamente a Nuestro Señor en su alma.

2. Ha habido rumores insistentes sobre este anuncio en los últimos meses, especialmente tras el fallecimiento de Mons. Tissier de Mallerais en octubre de 2024. ¿Por qué ha esperado hasta ahora?

Al igual que Mons. Lefebvre en su día, la Fraternidad siempre ha procurado no adelantarse a la Providencia, sino seguirla, dejándose guiar por sus indicaciones. Una decisión de tal importancia no puede tomarse a la ligera, ni con precipitación.

Concretamente, tratándose de un asunto que obviamente concierne a la autoridad suprema de la Iglesia, se imponía, en primer lugar, emprender las oportunas gestiones ante la Santa Sede -como hemos hecho- aguardando, durante un plazo razonable, una respuesta. No podíamos tomar la decisión sin haber manifestado de manera concreta nuestro reconocimiento de la autoridad del Santo Padre.

3. En su homilía, Vd. dijo que había escrito al Papa. ¿Podría decirnos algo más al respecto?

El verano pasado escribí al Santo Padre para solicitar una audiencia. No habiendo recibido respuesta alguna, escribí una nueva carta, unos meses más tarde; una carta sencilla y filial, sin ocultarle ningún detalle acerca de nuestras necesidades. Mencionaba nuestras divergencias doctrinales pero, también, nuestro sincero deseo de servir sin descanso a la Iglesia católica, pues somos servidores de la Iglesia a pesar de la falta de reconocimiento canónico.

Una respuesta a esta segunda carta nos fue enviada desde Roma hace unos días, con firma del cardenal Fernández. Lamentablemente, esta respuesta desecha sin más nuestra proposición, sin ofrecernos una solución alternativa.

Esta propuesta, habida cuenta de las circunstancias absolutamente excepcionales en las que se encuentra la Fraternidad, consiste, en resumidas cuentas, en que la Santa Sede acepte dejarnos continuar provisionalmente en nuestra situación de excepción, por el bien de las almas que acuden a nosotros. Asimismo, reiteramos al Papa nuestra promesa de dedicar todas nuestras energías a la salvaguardia de la Tradición y a hacer de nuestros fieles verdaderos hijos de la Iglesia. Me parece que una propuesta así es, a un tiempo, realista y razonable, y que podría, en principio, recibir el beneplácito del Santo Padre.

4. Pero entonces, si aún no ha recibido ese permiso, ¿por qué considera que debe proceder de todos modos a las consagraciones episcopales?

Se trata de un medio extraordinario, proporcionado a una necesidad a un tiempo real y extraordinaria. Ciertamente, la simple existencia de una necesidad para el bien de las almas no implica, de suyo que, cualquier iniciativa en su favor quede automáticamente justificada. En nuestro caso, después de un largo período de espera, observación y oración, nos parece poder afirmar hoy que el estado objetivo de grave necesidad en el que se encuentran las almas, la Fraternidad y la Iglesia exige esta decisión.

Con el legado que nos ha dejado el papa Francisco, las razones de fondo que ya habían justificado las consagraciones de 1988 conservan toda su vigencia y se revelan, hoy, en muchos aspectos, incluso más pertinentes. El Concilio Vaticano II sigue siendo y es hoy más que nunca la brújula que guía a los hombres de Iglesia, y es poco probable que vayan a cambiar de rumbo en un futuro inmediato. Las grandes orientaciones que ya se perfilan para el nuevo pontificado, en particular tras el último consistorio, lo confirman plenamente: en ellas se percibe una determinación explícita de mantener la línea de Francisco como un camino irreversible para toda la Iglesia.

Es triste constatarlo, pero es un hecho: en una parroquia media, los fieles ya no encuentran los recursos necesarios para asegurar su salvación eterna. En particular, en lo que se refiere a la predicación íntegra de la verdad y de la moral católicas, así como a la administración de los Sacramentos tal como la Iglesia los ha concebido siempre. Este es el resumen del estado de necesidad. En este contexto crítico, nuestros obispos van envejeciendo y, con el crecimiento continuo del apostolado, ya no dan abasto para responder a las necesidades de los fieles en todo el mundo.

5. ¿En qué sentido considera Vd. que el consistorio del mes pasado confirma la dirección tomada por el papa Francisco?

El cardenal Fernández, en nombre del papa León, invitó a la Iglesia a volver a la intuición fundamental de Francisco, expresada en Evangelii gaudium, su encíclica clave: de manera simplificada, se trata de reducir el anuncio del Evangelio a su expresión primitiva esencial, en fórmulas muy concisas y contundentes –el «kerygma»–, con vistas a una «experiencia», a un encuentro inmediato con Cristo, dejando de lado todo lo demás, por valioso que sea; concretamente, el conjunto de los elementos de la Tradición, considerados como accesorios y secundarios. Este método de la nueva evangelización es el que ha producido el vacío doctrinal característico del pontificado de Francisco, que una parte importante de la Iglesia ha experimentado con tanta intensidad.

Ciertamente, en esta perspectiva hay que preocuparse siempre por ofrecer respuestas nuevas y adecuadas a las cuestiones que surgen; pero esta tarea debe realizarse a través de la reforma sinodal, y no redescubriendo las respuestas clásicas y siempre válidas, proporcionadas por la Tradición de la Iglesia. De este modo, en el supuesto «soplo del Espíritu» de esta reforma sinodal, Francisco ha podido imponer a toda la Iglesia decisiones catastróficas, como la autorización de la comunión para los divorciados vueltos a casar o la bendición de parejas del mismo sexo.

En síntesis: mediante el «kerygma», el anuncio del Evangelio se aísla de todo el corpus de la doctrina y de la moral tradicionales; y mediante la sinodalidad, las respuestas tradicionales son sustituidas por decisiones arbitrarias, fácilmente absurdas y doctrinalmente injustificables. El propio cardenal Zen considera que este método es manipulador y que atribuirlo al Espíritu Santo es blasfemo. Es de temer; por desgracia, que tenga razón.

6. Vd. habla de servicio a la Iglesia pero, en la práctica, la Fraternidad puede dar la impresión de desafiar a la Iglesia, sobre todo si contemplan nuevas consagraciones episcopales. ¿Cómo se lo explicaría al Papa?

Servimos a la Iglesia, ante todo, sirviendo a las almas. Esto es un hecho objetivo, independientemente de cualquier otra consideración. La Iglesia existe fundamentalmente para las almas: su finalidad es la santificación de las almas y su salvación. Todos los bellos discursos, los diversos debates y los grandes temas sobre los que se discute o podría discutirse carecen de sentido si no tienen como objetivo la salvación de las almas. Conviene recordarlo, porque hoy existe el peligro de que la Iglesia se ocupe de todo y de nada. La preocupación ecológica, por ejemplo, o la defensa de los derechos de las minorías, de las mujeres o de los migrantes, corren el riesgo de hacer perder de vista la misión esencial de la Iglesia. Si la Fraternidad San Pío X lucha por conservar la Tradición, con todo lo que ello implica, es únicamente porque estos tesoros son absolutamente indispensables para la salvación de las almas, y porque no persigue otra cosa, más allá del bien de las almas y el del sacerdocio ordenado a su santificación.

Al obrar así, ponemos al servicio de la Iglesia aquello que conservamos. Ofrecemos a la Iglesia no un museo de cosas antiguas y polvorientas, sino la Tradición en su plenitud y fecundidad: la Tradición que santifica las almas, que las transforma, que suscita vocaciones y familias auténticamente católicas. Dicho de otro modo: es para el propio Papa, en cuanto tal, para quien conservamos este tesoro, hasta el día en que se vuelva a comprender su valor y en que un Papa quiera servirse de él para el bien de toda la Iglesia. Porque es a esta última a quien pertenece la Tradición.

7. Vd. habla del bien de las almas, pero la Fraternidad no tiene misión sobre las almas. Al contrario, fue suprimida canónicamente hace más de cincuenta años. ¿En virtud de qué puede justificarse una misión de la Fraternidad respecto de las almas?

Se trata sencillamente de una cuestión de caridad. No queremos atribuirnos una misión que no tenemos. Pero, al mismo tiempo, no podemos negarnos a responder a la angustia espiritual de las almas que, cada vez se encuentran más perplejas, desorientadas, y perdidas. Piden auxilio. Y tras haber buscado durante mucho tiempo encuentran, de manera perfectamente natural, en las riquezas de la Tradición de la Iglesia, vividas íntegramente, con una alegría muy profunda, la luz y el consuelo. Respecto de estas almas, tenemos una verdadera responsabilidad, aunque no tengamos una misión canónica: si alguien ve en la calle a una persona en peligro, está obligado a socorrerla según sus posibilidades, aunque no sea ni bombero ni policía.

El número de almas que han acudido a nosotros no ha dejado de crecer con el paso de los años y ha aumentado, incluso, de manera considerable durante la última década. Ignorar sus necesidades y abandonarlas significaría traicionarlas y, con ello, traicionar a la propia Iglesia, pues, una vez más, la Iglesia existe para las almas y no para alimentar discursos vanos y fútiles.

Esta caridad es un deber que prima sobre todos los demás. El propio derecho de la Iglesia lo prevé así. En el espíritu del derecho de la Iglesia, expresión jurídica de esta caridad, el bien de las almas pasa antes que todo. Representa verdaderamente la ley de las leyes, a la cual todas las demás están subordinadas y frente a la cual ninguna ley eclesiástica prevalece. El axioma «suprema lex, salus animarum» –la ley suprema es la salvación de las almas– es una máxima clásica de la tradición canónica, retomada explícitamente, por otra parte, en el último canon del Código de 1983; en el actual estado de necesidad, de este principio fundamental depende, en última instancia, toda la legitimidad de nuestro apostolado y de nuestra misión respecto de las almas que acuden a nosotros. Se trata, por nuestra parte, de un papel de suplencia, en nombre de esta misma caridad.

8. ¿Es Vd. consciente de que el hecho de contemplar nuevas consagraciones episcopales podría colocar a los fieles que recurren a la Fraternidad ante un dilema: o bien la elección de la Tradición íntegra con todo lo que ello implica, o bien la «plena» comunión con la jerarquía de la Iglesia

Este dilema es en realidad sólo aparente. Es evidente que un católico debe conservar tanto la integridad de la Tradición como la comunión con la jerarquía. No puede elegir entre estos dos bienes, pues ambos son necesarios.

Con demasiada frecuencia se olvida, sin embargo, que la comunión se funda esencialmente en la fe católica, con todo lo que ello implica: empezando por una verdadera vida sacramental y por el ejercicio de un gobierno que predique esa misma fe y fomente su puesta en práctica, usando su autoridad no de manera arbitraria, sino verdaderamente en orden al bien espiritual de las almas confiadas a su cuidado.

Es, precisamente, para garantizar estos fundamentos, estas condiciones necesarias para la existencia misma de la comunión en la Iglesia, por lo que la Fraternidad no puede aceptar lo que se opone a esa comunión y la desnaturaliza, incluso cuando ello procede, paradójicamente, de aquellos mismos que ejercen la autoridad en la Iglesia.

9. ¿Podría darnos un ejemplo concreto de lo que la Fraternidad no puede aceptar?

El primer ejemplo que me viene a la mente se remonta al año 2019, cuando el papa Francisco, con ocasión de su visita a la península arábiga, firmó con un imán la conocida Declaración de Abu Dabi. En ella afirmaba, junto con el líder musulmán, que la pluralidad de las religiones había sido querida como tal por la Sabiduría divina.

Es evidente que una comunión que se fundara en la aceptación de tal afirmación, o que la incluyera, sencillamente no sería católica, pues implicaría un pecado contra el primer mandamiento y la negación del primer artículo del Credo. Considero que una afirmación así es más que un simple error. Es sencillamente inconcebible. No puede ser el fundamento de una comunión católica, sino más bien la causa de su disolución. Pienso que un católico debería preferir el martirio antes que aceptar tal afirmación.

10. En todo el mundo, la toma de conciencia de los errores denunciados desde hace tiempo por la Fraternidad progresa, especialmente en internet. ¿No convendría dejar que este movimiento se desarrolle con confianza en la Providencia, en lugar de intervenir mediante un gesto público fuerte como las consagraciones?

Este movimiento es ciertamente positivo, y no puede sino alegrarnos. Ilustra sin duda la plausibilidad de lo que defiende la Fraternidad y conviene alentar esta difusión de la verdad por todos los medios existentes. Dicho esto, se trata un movimiento que tiene sus límites, pues el combate de la fe no se limita a, ni se agota en discusiones y tomas de posición cuyo escenario sean la web o las redes sociales.

La santificación de un alma depende ciertamente de una profesión de fe auténtica, pero esta debe conducir a una vida verdaderamente cristiana. El domingo las almas no necesitan consultar una plataforma de internet. Lo que necesitan es un sacerdote que las confiese y las instruya, que les celebre la santa Misa, que las santifique verdaderamente y las conduzca a Dios. Las almas necesitan sacerdotes. Y para tener sacerdotes, hacen falta obispos. No «influencers». En otras palabras, hay que volver al mundo real, es decir, a la realidad de las almas y de sus necesidades objetivas concretas. Las consagraciones episcopales no tienen otra finalidad: garantizar, para los fieles comprometidos con la Tradición, la administración del sacramento de la confirmación, del orden y de todo lo que de ellos se deriva.

11. A pesar de sus buenas intenciones, ¿no piensa que la Fraternidad podría acabar, de algún modo, tomándose a sí misma por la Iglesia, o considerándose insustituible?

De ninguna manera la Fraternidad pretende sustituirse a la Iglesia ni asumir su misión; por el contrario, conserva una profunda conciencia de no existir sino para servirla, apoyándose exclusivamente en lo que la Iglesia misma ha predicado, creído y practicado siempre y en todas partes.

La Fraternidad es, del mismo modo, profundamente consciente de que no es ella quien salva a la Iglesia, pues solo Nuestro Señor, que no cesa nunca de velar por ella, puede guardar y salvar a Su Esposa,

La Fraternidad es, sencillamente, en circunstancias que no ha elegido, un medio privilegiado para permanecer fiel a la Iglesia. Atenta a la misión de su Madre, que durante veinte siglos ha alimentado a sus hijos con la doctrina y los sacramentos, la Fraternidad se consagra filialmente a la preservación y a la defensa de la Tradición íntegra, tomando los medios de una libertad sin equivalente para permanecer fiel a este legado. Según la expresión de Mons. Lefebvre, la Fraternidad no es más que una obra «de la Iglesia católica, que continúa transmitiendo la doctrina»; su papel es el de un «cartero que lleva una carta». Y su mayor deseo es ver a todos los pastores católicos unirse a ella en el cumplimiento de este deber.

12. Volvamos al Papa. ¿Le parece verosímil pensar que el Santo Padre pueda aceptar, o al menos tolerar, que la Fraternidad consagre obispos sin mandato pontificio?

Un Papa es ante todo un padre. Como tal, es capaz de discernir una intención recta, una voluntad sincera de servir a la Iglesia y, sobre todo, un verdadero caso de conciencia en una situación excepcional. Estos elementos son objetivos y todos los que conocen la Fraternidad pueden reconocerlos, incluso sin compartir necesariamente sus posiciones.

13. Esto resulta comprensible, en teoría. Pero ¿piensa Vd. que, concretamente, Roma pueda tolerar una decisión semejante por parte de la Fraternidad?

El futuro permanece en manos del Santo Padre y, evidentemente, de la Providencia. No obstante, hay que reconocer que la Santa Sede es a veces capaz de mostrar un cierto pragmatismo, incluso una flexibilidad sorprendente, cuando está convencida de obrar por el bien de las almas.

Tomemos el caso muy actual de las relaciones con el gobierno chino. A pesar de un verdadero cisma de la Iglesia patriótica china; a pesar de una persecución ininterrumpida de la Iglesia subterránea, fiel a Roma; a pesar de acuerdos regularmente renovados y luego violados por el gobierno chino, en 2023, el papa Francisco aprobó a posteriori el nombramiento del obispo de Shanghái por las autoridades chinas. Más recientemente, el papa León XIV acabó aceptando también a posteriori el nombramiento del obispo de Xinxiang, designado del mismo modo durante la vacancia de la Sede Apostólica, cuando el obispo fiel a Roma, varias veces encarcelado, seguía aún en funciones. En ambos casos, se trata evidentemente de prelados afines al gobierno, impuestos unilateralmente por Pekín con el objetivo de controlar la Iglesia católica china. Conviene subrayar que no se trata aquí de simples obispos auxiliares, sino de obispos residenciales, es decir, de pastores ordinarios de su diócesis (o prefectura) respectiva, con jurisdicción sobre los sacerdotes y los fieles locales. En Roma se sabe perfectamente con qué finalidad han sido elegidos e impuestos unilateralmente estos pastores.

El caso de la Fraternidad es muy distinto: no se trata en absoluto de colaborar con un poder comunista o anticristiano, sino únicamente de salvaguardar los derechos de Cristo Rey y de la Tradición de la Iglesia, en un momento de crisis y de confusión generalizadas en el que estos se encuentran gravemente comprometidos. Las intenciones y las finalidades no son, evidentemente, las mismas. El Papa lo sabe. Además, el Santo Padre sabe perfectamente que la Fraternidad no pretende de ningún modo conferir a sus obispos jurisdicción alguna, lo que equivaldría a crear una Iglesia paralela.

Francamente, no veo cómo el Papa podría temer un peligro mayor para las almas por arte de la Fraternidad que por parte del gobierno de Pekín.

14. ¿Piensa Vd. que, en lo que respecta a la Misa tradicional, la necesidad de las almas es hoy tan grave como en 1988? Tras las vicisitudes por las que ha pasado el rito de san Pío V –su liberalización por Benedicto XVI en 2007 y las restricciones impuestas por Francisco en 2021–, ¿hacia dónde nos dirigimos con el nuevo Papa?

Hasta donde yo sé, el papa León XIV ha mantenido cierta discreción sobre este tema, que suscita una gran expectación en el mundo conservador. Sin embargo, muy recientemente se ha hecho público un texto del cardenal Roche sobre la liturgia, destinado inicialmente a los cardenales que participaron en el consistorio del mes pasado. Y no hay razón para dudar de que dicho texto corresponda, en sus grandes líneas, a la orientación querida por el Papa. Se trata de un texto muy claro y, sobre todo, lógico y coherente. Lamentablemente, se apoya en una premisa falsa.

Concretamente, este texto, en perfecta continuidad con Traditionis custodes, condena el proyecto litúrgico del papa Benedicto XVI. Según este último, el rito antiguo y el nuevo serían dos formas aproximadamente equivalentes, que expresarían en todo caso la misma fe y la misma eclesiología, y que podrían, por tanto, enriquecerse mutuamente. Preocupado por la unidad de la Iglesia, Benedicto XVI quiso promover la coexistencia de ambos ritos y publicó en 2007 Summorum Pontificum. Para muchos, esto supuso providencialmente un redescubrimiento de la misa de siempre; pero a la larga dio lugar también a un movimiento de cuestionamiento del nuevo rito, movimiento que pareció problemático y que Traditionis custodes, en 2021, trató de frenar.

Fiel a Francisco, el cardenal Roche promueve a su vez la unidad de la Iglesia, pero conforme a una idea y mediante soluciones diametralmente opuestas a las de Benedicto XVI: aunque se mantiene la afirmación de la continuidad de un rito a otro a través de la reforma, se opone firmemente a su coexistencia. Ve en ella una fuente de división, una amenaza para la unidad, que debe superarse volviendo a una auténtica comunión litúrgica: «El bien primordial de la unidad de la Iglesia no se alcanza congelando la división, sino reencontrándonos todos en el compartir aquello que no puede sino ser compartido». En la Iglesia, «debería haber un solo rito», en plena sintonía con el verdadero sentido de la Tradición.

Se trata de un principio justo y coherente, pues la Iglesia, al tener una sola fe y una sola eclesiología, no puede tener sino una sola liturgia capaz de expresarlas adecuadamente… Pero es un principio mal aplicado, ya que, en coherencia con la nueva eclesiología posconciliar, el cardenal Roche concibe la Tradición como algo evolutivo, y el nuevo rito como su única expresión viva para nuestro tiempo; el valor del rito tridentino sólo puede ser considerado como superado y su uso, a lo sumo, una «concesión», «en ningún caso una promoción».

Que haya, pues, «división» e incompatibilidad actual entre los dos ritos: esto es lo que ahora aparece con mayor claridad. Pero no nos engañemos: la única liturgia que expresa adecuadamente, de manera inmutable y no evolutiva, la concepción tradicional de la Iglesia, de la vida cristiana y del sacerdocio católico es la de siempre. En este punto, la oposición de la Santa Sede parece más que nunca irrevocable.

15. El cardenal Roche reconoce, no obstante, que aún existen ciertos problemas en la aplicación de la reforma litúrgica. ¿Piensa Vd. que esto podría conducir a una toma de conciencia de los límites de dicha reforma?

Resulta interesante constatar que, después de sesenta años, todavía se admite una dificultad real en la aplicación de la reforma litúrgica, «cuya riqueza habría que descubrir»: es una cantilena que se oye siempre que se aborda este tema y que el texto del cardenal Roche no elude. Pero en lugar de interrogarse sinceramente sobre las deficiencias intrínsecas de la nueva misa y, por tanto, sobre el fracaso general de esta reforma; en lugar de reconocer el hecho de que las iglesias se vacían y las vocaciones disminuyen; en lugar de preguntarse por qué el rito tridentino sigue atrayendo a tantas almas… El cardenal Roche sólo ve como solución una urgente formación previa de los fieles y de los seminaristas.

Sin darse cuenta, entra así en un círculo vicioso, pues es la liturgia misma la que está llamada a formar a las almas. Durante casi dos mil años, las almas –a menudo analfabetas– han sido edificadas y santificadas por la propia liturgia, sin necesidad de formación previa alguna. No reconocer la incapacidad intrínseca del Novus Ordo para edificar a las almas, exigiendo una mejor formación todavía, me parece el signo de una ceguera irremediable. Se llega así a paradojas chocantes: la reforma fue buscada para favorecer la participación de los fieles; ahora bien, estos han abandonado la Iglesia en masa porque esta liturgia insípida no ha sabido alimentarlos; ¡y resulta que esto no tiene nada que ver con la propia reforma!

16. Hoy, en numerosos países, grupos ajenos a la Fraternidad se benefician todavía del uso del Misal de 1962. Esa posibilidad apenas existía en 1988. ¿No sería esta una buena alternativa, por el momento, que haría prematuras nuevas consagraciones episcopales?

La pregunta que debemos plantearnos es la siguiente: ¿corresponden estas posibilidades a lo que la Iglesia y las almas necesitan? ¿Responden de manera suficiente a la necesidad de las almas?

Es innegable que allí donde se celebra la Misa tradicional, irradia el verdadero rito de la Iglesia, con ese profundo sentido de lo sagrado que no se encuentra en el nuevo rito. Pero no se puede hacer abstracción del marco en el que tienen lugar estas celebraciones. Con independencia de la buena voluntad de unos u otros, el marco parece claro, especialmente desde Traditionis custodes, confirmado por el cardenal Roche: se trata del de una Iglesia en la que el único rito oficial, «normal» es el de Pablo VI. La celebración del rito de siempre se realiza, por consiguiente, bajo un régimen de excepción: quienes se adhieren a este rito reciben, por benevolencia gratuita, dispensas que les permiten celebrarlo, pero estas se inscriben en una lógica que es la de la nueva eclesiología y presuponen, por tanto, que la liturgia nueva sigue siendo el criterio de la piedad de los fieles y la auténtica expresión de la vida de la Iglesia.

17. ¿Por qué dice Vd. que no se puede hacer abstracción de este marco de excepción? ¿No se hace, pese a todo, un bien? ¿Qué consecuencias concretas habría que lamentar?

De esta situación se derivan al menos tres consecuencias nocivas. La más inmediata es la de una profunda fragilidad estructural. Los sacerdotes y los fieles que gozan de ciertos privilegios que les permiten usar la liturgia tridentina viven en la angustia del mañana: un privilegio no es un derecho. Mientras la autoridad los tolera, pueden dedicarse a sus prácticas religiosas sin ser molestados. Pero en cuanto la autoridad formula determinadas exigencias, impone condiciones o revoca de repente, por una razón u otra, las autorizaciones concedidas, sacerdotes y fieles se encuentran en una situación de conflicto, sin medio alguno de defenderse para garantizar eficazmente los auxilios tradicionales que las almas tienen derecho a esperar. ¿Cómo evitar de forma permanente semejantes casos de conciencia, cuando entre dos concepciones inconciliables de la vida de la Iglesia, encarnadas en dos liturgias incompatibles, una goza de pleno derecho de ciudadanía mientras que la otra es sólo tolerada?

En segundo lugar –y esto es sin duda más grave–, ya no se comprende la razón misma del apego de estos grupos a la liturgia tridentina, lo que compromete gravemente los derechos públicos de la Tradición de la Iglesia y, con ello, el bien de las almas. En efecto, si la misa de siempre puede aceptar que la misa moderna se celebre en toda la Iglesia, y si no reclama para sí más que un privilegio particular ligado a una preferencia o a un carisma propio, ¿cómo comprender entonces que esta misa de siempre se oponga de manera irreductible a la misa nueva, permanezca como la única verdadera liturgia de toda la Iglesia y que a nadie se puede impedir su celebración? ¿Cómo saber que la misa de Pablo VI no puede ser reconocida, porque constituye un alejamiento considerable de la teología católica de la santa misa, y que nadie puede ser obligado a celebrarla? ¿Y cómo son eficazmente apartadas las almas de esta liturgia envenenada para apagar su sed en las fuentes puras de la liturgia católica?

Por último, una consecuencia más lejana que se desprende de las dos anteriores: la necesidad de no comprometer, mediante un comportamiento considerado perturbador, una estabilidad frágil, reduce a muchos pastores a un silencio forzado cuando deberían alzar la voz contra tal o cual enseñanza escandalosa que corrompe la fe o la moral. La necesaria denuncia de los errores que están demoliendo la Iglesia, exigida por el propio bien de las almas amenazadas por este alimento envenenado, queda así paralizada. Se ilumina en privado a uno u otro, cuando aún se logra discernir la nocividad de tal o cual error, pero no es más que un murmullo tímido, en el que la verdad apenas logra expresarse con la libertad requerida… Especialmente cuando se trata de combatir principios tácitamente admitidos. Una vez más, son las almas a las que ya no se da luz y a las que se priva del pan de la doctrina del que, sin embargo, siguen hambrientas. Con el tiempo, esto modifica progresivamente las mentalidades y conduce poco a poco a la aceptación general e inconsciente de las diversas reformas que afectan a la vida de la Iglesia. También respecto de estas almas, la Fraternidad siente la responsabilidad de iluminarlas y de no abandonarlas.

No se trata de lanzar reproches ni de juzgar a nadie, sino de abrir los ojos y constatar los hechos. Ahora bien, estamos obligados a reconocer que, en la medida en que el uso de la liturgia tradicional sigue estando condicionado por la aceptación al menos implícita de las reformas conciliares, los grupos que se benefician de ella no pueden constituir una respuesta adecuada a las necesidades profundas que experimentan la Iglesia y las almas. Por el contrario, para retomar una idea ya expresada, es necesario poder ofrecer a los católicos de hoy una verdad sin concesiones, servida sin condicionamientos, con los medios para vivirla íntegramente, para la salvación de las almas y el servicio de toda la Iglesia.

18. Por otro lado, ¿no piensa usted que Roma podría mostrarse más generosa en el futuro respecto de la Misa tradicional?

No es imposible que Roma llegue a adoptar en el futuro una actitud más abierta, como ya ocurrió en 1988, en circunstancias análogas, cuando el Misal antiguo fue concedido a ciertos grupos para intentar apartar a los fieles de la Fraternidad. Si esto volviera a suceder, sería muy político y muy poco doctrinal: el Misal tridentino está destinado exclusivamente a adorar la majestad divina y a alimentar la fe; no puede ser instrumentalizado como una herramienta de ajuste pastoral o una variable de apaciguamiento.

Dicho esto, una benevolencia mayor o menor no cambiaría en nada la nocividad del marco descrito más arriba y, por tanto, no modificaría sustancialmente la situación.

Por otra parte, el escenario es en realidad más complejo: en Roma, el papa Francisco y el cardenal Roche han constatado claramente que ampliar el uso del Misal de san Pío V desencadena inevitablemente un cuestionamiento de la reforma litúrgica y del Concilio, en proporciones molestas y, sobre todo, incontrolables. Resulta, pues, difícil prever lo que ocurrirá, pero el peligro de quedar encerrados en lógicas más políticas que doctrinales es real.

19. ¿Hay algo que querría decirles, en especial, a los fieles y a los miembros de la Fraternidad?

Me gustaría decirles que el momento presente es, ante todo, un tiempo de oración, de preparación de los corazones, de las almas y también de las inteligencias, con vistas a disponernos a la gracia que estas consagraciones representan para toda la Iglesia. Todo ello en el recogimiento, en la paz y en la confianza en la Providencia, que nunca ha abandonado a la Fraternidad y no la abandonará ahora.

20. ¿Sigue usted esperando poder encontrarse con el Papa?

Sí, por supuesto. Me parece sumamente importante poder entrevistarme con el Santo Padre y hay muchas cosas que estaría encantado de transmitirle y que no he podido poner por escrito. Lamentablemente, la respuesta recibida por parte del cardenal Fernández no prevé una audiencia con el Papa. En cambio, evoca la amenaza de nuevas sanciones. 

21. ¿Qué hará la Fraternidad si la Santa Sede decide condenarla?

Ante todo, recordemos que, en las presentes circunstancias, las eventuales penas canónicas no tendrían ningún efecto real.

No obstante, si llegaran a ser pronunciadas, con toda certeza, la Fraternidad aceptaría, sin amargura, este nuevo sufrimiento como ha sabido aceptar los sufrimientos pasados, y los ofrecería sinceramente por el bien de la propia Iglesia. La Fraternidad trabaja por la Iglesia y no hay duda de que, si se diera una situación semejante, no podría ser sino temporal, pues la Iglesia es divina y Nuestro Señor no la abandona.

La Fraternidad continuará, en suma, a trabajar lo mejor que pueda, con fidelidad a la Tradición católica y sirviendo humildemente a la Iglesia, respondiendo a las necesidades de las almas. Y seguirá rezando filialmente por el Papa, como siempre lo ha hecho, esperando poder verse un día liberada de esas eventuales sanciones injustas, como ya ocurrió en 2009. Estamos convencidos de que un día las autoridades romanas reconocerán con gratitud que estas consagraciones episcopales habrán contribuido providencialmente a mantener la fe, para mayor gloria de Dios y la salvación de las almas.

Entrevista concedida en Flavigny-sur-Ozerain el 2 de febrero de 2026
en la fiesta de la Purificación de la Santísima Virgen