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domingo, 15 de febrero de 2026

TRIBUNA: Algunas verdades (simples) sobre el personalismo y Juan Pablo II




Personalismo y Juan Pablo II

por INFOVATICANA | 15 febrero, 2026


Han aparecido en este medio digital varios artículos sobre el personalismo y Juan Pablo II visto como personalista que contienen muchas inexactitudes y probablemente falsedades, por lo que me parece oportuno comentar algo al respecto. Cabe señalar que tales artículos se publican con el pseudónimo de “católica (ex) perpleja”, lo que no se sabe qué significa; lo que sí se sabe es que quién o quiénes los escriben no quieren dar la cara y asumir responsabilidades, lo cual, francamente, no dice mucho a favor del contenido de sus escritos. Hecha esta breve introducción para contextualizar este texto voy a ofrecer algunas ideas centrales sobre lo que constituye el personalismo en general y el de Karol Wojtyla, en particular, temas sobre los que llevo escribiendo 30 años además de haber realizado múltiples iniciativas al respecto.

El personalismo surgió principalmente en la Europa de entreguerras con el objetivo de ofrecer una alternativa a las dos corrientes socio-culturales dominantes del momento: el individualismo y el colectivismo. Frente al primero, que exaltaba a un individuo autónomo y egocéntrico, remarcó la necesidad de la relación interpersonal y de la solidaridad; y frente al segundo, que supeditaba el valor de la persona a su adhesión a proyectos colectivos como el triunfo de una raza o la revolución, el valor absoluto de cada persona independientemente de sus cualidades.

Corresponde a Emmanuel Mounier (1905-1950) el mérito de haber dado voz y forma a este movimiento a través de sus escritos y la revista Esprit, convertida en hogar y punta de lanza del personalismo, si bien su obra se enmarca en un grupo de pensadores que proponen ideas similares y que, de manera conjunta, constituyen la filosofía personalista: Borden Parker Bowne (1847-1910), estadounidense, que se denominó a sí mismo el primer personalista; Jacques Maritain, Gabriel Marcel y Maurice Nédoncelle, en Francia; Scheler, von Hildebrand, Edith Stein, y Romano Guardini en lengua alemana así como la filosofía del diálogo de Buber, Ebner, Roszenweig y Lévinas; Karol Wojtyla en Polonia, y, en España, figuras como Zubiri, o Marías, que sin ser estrictamente personalistas, mantienen ideas muy similares.

El personalismo se puede describir, en líneas generales, a partir de los siguientes rasgos, que comparten todos estos filósofos La categoría central sobre la que se estructura la antropología personalista es la de persona. No es posible una antropología personalista estricta que no tenga como clave central y primaria este concepto, una afirmación que quizá pueda parecer obvia, pero que es una novedad absoluta en la historia del pensamiento.

La noción de persona es una síntesis de elementos clásicos y modernos porque, si bien los personalistas entienden que la filosofía moderna ha conducido a errores relevantes, como el idealismo, consideran que ha aportado novedades antropológicas irrenunciables como la subjetividad, la conciencia el yo o la reivindicación de la libertad.

El giro personalista en el que se pasa de considerar al ser humano un algo o qué, a considerarlo un alguien o un quién

La insalvable distinción entre personas por un lado y animales y cosas por el otro que implica, en técnica filosófica, que las personas deben ser analizadas con categorías filosóficas específicas y no con categorías elaboradas para las cosas.

La afectividad como dimensión central, autónoma y originaria del ser humano que incluye un centro espiritual que, en terminología de Von Hildebrand, se identifica con el corazón.

La inteligencia humana posee una dimensión objetiva que le permite aprehender la verdad, pero la captación humana de la realidad es personal, es decir, está afectada siempre, en modos diversos, por el sujeto que conoce.

El hombre es un ser dinámico que se construye a sí mismo a través de la potencia autodeterminativa que le proporciona su libertad-voluntad. Esta capacidad no es, sin embargo, absoluta; tiene límites.

Las cualidades más excelsas de la persona son la voluntad y el corazón, lo que implica una primacía de la acción y permite dar relevancia filosófica al amor. Tal y como sostiene, por otra parte, el cristianismo que considera que “Dios es amor”.

La corporeidad es una dimensión esencial de la persona que, más allá del aspecto somático, posee rasgos subjetivos y personales.

La relación interpersonal (yo-tu) y familiar son decisivas en la configuración de la identidad personal.

Existen dos modos básicos de ser persona: hombre y mujer. La persona es una realidad dual y el carácter sexuado afecta al nivel corporal, afectivo y espiritual.

La persona es un sujeto social y comunitario, y su primacía ontológica en relación con la sociedad está contrapesada por su deber de solidaridad en la construcción del bien común.

Para los personalistas, la persona tiene una dimensión trascendente, fundada en su dimensión espiritual. Esta visión se inspira en la tradición judeocristiana, pero se postula por vía filosófica, sin perjuicio de la existencia de un personalismo teológico (Ratzinger, Von Balthasar)

Los filósofos personalistas no conciben la filosofía como un mero ejercicio académico, sino como un medio para transformar la sociedad.

La unidad del personalismo, expresada en los puntos anteriores, se despliega en la diversidad de los autores que la componen dando lugar a diversas corrientes internas. 

Las principales son las siguientes:

Personalismo angloamericano. Fue la primera propuesta personalista sistemática. Su principal representante es Borden Parker Bowne y su rasgo más característico es el idealismo: solo existen personas humanas y la Persona divina.

Personalismo fenomenológico o fenomenología realista. Comprende los filósofos que siguieron al primer Husserl y elaboraron una fenomenología realista fundada en la persona como Max Scheler, Edith Stein y Dietrich von Hildebrand.

Personalismo comunitario. Esta corriente sigue los postulados y actitudes de Emmanuel Mounier. Se caracteriza por un énfasis en la acción y la transformación social.

Personalismo dialógico o filosofía del diálogo. Su principal característica es el énfasis en la interpersonalidad considerado el constitutivo radical de la persona. Su representante más emblemático es Martin Buber.

Personalismo tomista. Es la corriente personalista más cercana al tomismo, con Jacques Maritain como su principal representante.

Personalismo integral. Es la corriente personalista más joven y se centra en los trabajos de Wojtyla y Burgos. Su objetivo es elaborar un personalismo ontológico que incorpore la dimensión subjetiva aportada por la modernidad.

Por lo que respecta a Karol Wojtyla, tuvo un itinerario filosófico complejo y, al mismo tiempo, apasionante, que le llevó de una formación tomista inicial (la que se impartía en los seminarios) al contacto con la filosofía moderna a través de Scheler, al realizar su tesis de habilitación. En ese momento captó – como el resto de personalistas- la necesidad de integrar la filosofía clásica, que aporta objetividad pero que descuida el mundo interior de los sujetos, con la filosofía moderna, que descubrió la importancia del yo personal, pero al precio de caer en el idealismo. Y, como consecuencia de esta visión, surge su filosofía original personalista. Una evolución que él mismo relata en su delicioso escrito Don y misterio: “Debo verdaderamente mucho a este trabajo de investigación (la tesis sobre Scheler). Sobre mi precedente formación aristotélico-tomista se injertaba así el método fenomenológico, lo cual me ha permitido emprender numerosos ensayos creativos en este campo. Pienso especialmente en el libro Persona y acción. De este modo me he introducido en la corriente contemporánea del personalismo filosófico, cuyo estudio ha tenido repercusión en los frutos pastorales” (Bac, p. 110).

Por ello, quien quiera conocer su pensamiento filosófico debe acudir a Persona y acción que, ciertamente, es difícil, como lo son todos o buena parte de los grandes libros de filosofía. En este libro Wojtyla se propone su gran objetivo, fusionar la filosofía clásica y la moderna, es decir, objetividad y subjetividad, en el ámbito antropológico. Y, a mi juicio, lo consigue, si bien vale la pena añadir un matiz muy importante: la distinción entre subjetividad y subjetivismo. El subjetivismo es una posición relativista que Wojtyla naturalmente rechaza. La subjetividad es algo muy diferente. Implica simplemente asumir que los seres humanos tenemos un mundo interior que es decisivo en nuestra existencia, y que una antropología que no lo tenga en cuenta no es una buena antropología. Por eso, Wojtyla dirá, quizá con un poco de sorna, que “la subjetividad es objetiva”.

Otro de sus grandes temas es la relación entre el hombre y la mujer que se tradujo en dos grandes textos: Amor y responsabilidad, en el ámbito filosófico; y la conocida Teología del cuerpo, en el teológico, con el escrito Varón y mujer los creó. Todo ello sin desdeñar su obra poética y teatral, mucho menos conocida, pero igualmente valiosa como El taller del orfebre, donde se nos presenta la vida de 3 parejas en lucha con el amor.

El personalismo, por tanto, no es ninguna filosofía problemática, ni siquiera en el entorno cristiano, ya que resultaría muy sorprendente que figuras como San Juan Pablo II, Santa Edith Stein, los conversos Maritain, Marcel y Von Hildebrand o el gran Romano Guardini se adhirieran a una filosofía contraria al cristianismo en ningún punto esencial. Lo que no significa, por supuesto, que haya que estar de acuerdo con ellos, ya que el cristianismo no tiene ninguna filosofía oficial, incluido el tomismo o el agustinismo.

Pero, en realidad, el personalismo no solo no es problemático, sino todo lo contrario. Es una filosofía potente, compatible con el cristianismo y contemporánea; es decir, que nos habla en nuestro lenguaje y, por eso, tiene tanta aceptación entre los jóvenes, tesis que puedo afirmar como profesor de universidad. Es más, no es ni siquiera una filosofía acabada sino un pensamiento con futuro que se está aplicando a terrenos cada vez más amplios como la psicología, la educación, la empresa o el cine en el interesante proyecto del personalismo fílmico (J. A. Peris).

Cabría preguntarse, para ir finalizando: 

¿Por qué estos ataques tan despiadados al personalismo, teniendo en cuenta quienes lo componen? ¿Se merecen estas descalificaciones tan burdas figuras tan extraordinarias como Juan Pablo II? 

Quizás el origen se localice en la necesidad de una autojustificación que suavice la no asunción del Concilio Vaticano II, que ya superó la confusión entre modernidad y modernismo, y entre tradicionalismo y progresismo, introduciendo en sus Declaraciones y Documentos las verdades asumibles del pensamiento y la cultura moderna, una vez purificadas de su idealismo. Juan Pablo II trasladó al Magisterio de la Iglesia esa doctrina apoyándose parcialmente en el personalismo y produciendo, entre otros insignes documentos, el Catecismo de la Iglesia Católica. Algunos quizás no le perdonan esta inmensa tarea que realizó en beneficio de toda la Iglesia o, más simplemente, no están dispuestos a asumir el progreso doctrinal de la Iglesia (¿?)

Sea de ello como fuere, el personalismo ha sabido perfectamente distinguir modernidad de modernismo y asumir, por ello, el valor absoluto de la persona en el marco de una visión trascendente, tal y como expresa magistralmente Jacques Maritain, al proponer su Humanismo integral. “En este nuevo momento de la historia de la cultura cristiana, la criatura no sería desconocida ni aniquilada en relación a Dios; pero tampoco sería rehabilitada sin Dios o contra Dios; sería rehabilitada en Dios». El punto clave es que «la criatura sea verdaderamente respetada en su relación con Dios y porque lo tiene todo de él; humanismo, por tanto, pero humanismo teocéntrico, enraizado donde el hombre tiene sus raíces, humanismo integral, humanismo de la Encarnación» (Humanismo integral, p. 104).

***

Para quien desee profundizar en estas ideas remito, además de los textos mencionados de Juan Pablo II, a las siguientes referencias esenciales: la página web de la Asociación Española de Personalismo: www.personalismo.org y los libros de Juan Manuel Burgos, Introducción al personalismo (con una visión general y amplísima bibliografía) y Para comprender a Karol Wojtyla. Una introducción a su filosofía. Además, y, por supuesto, se puede acudir a todos y cada uno de los grandes personalistas y disfrutar directamente de su lectura, el mejor antídoto contra cualquier distorsión.

Sobre el autor:

Juan Manuel Burgos es el Fundador-Presidente de la Asociación Española de Personalismo y de la Asociación Iberoamericana de Personalismo. Profesor Titular de Filosofía.

NOTA DEL AUTOR DE ESTE BLOG:

Por supuesto, se trata de una opinión personal de Juan Manuel Burgos. No es la única, ni siquiera la más acertada. Habría que hablar de cada uno de los personalismos y diferenciar entre ellos. A veces, hay matices que son importantes y que no se señalan. Y que aquí, lógicamente, no se tocan (lo que es explicable, dado el corto espacio de que se dispone para un artículo).

Pero, cinéndonos al papa Juan Pablo II, hay muchos puntos de su "doctrina" (o sea, de su enfoque teológico del catolicismo) que no están suficientemente claros. Tal vez, en alguna entrada posterior hable de ello. No en este momento. 

El autor de este artículo señala el Concilio Vaticano II como si se tratase de un dogma, del que hay que admitirlo todo, lo que es, evidentemente, falso. Hay varios documentos del CVII que son excesivamente ambiguos y que se prestan a diversas interpretaciones. Así lo expresan autores de reconocido prestigio intelectual, como Brunero Gherardini, en su libro "Vaticano II: una explicación pendiente"; y también Roberto de Mattei: "Vaticano II: una historia nunca escrita".

No está nada clara esta defensa sólo del concilio Vaticano II, que, además, no es dogmático, sólo pastoral; y que es el concilio número 21 de todos los concilios que han tenido lugar a lo largo de la historia de la Iglesia (todos ellos dogmáticos, a excepción del CVII). 

Y luego habla del progreso doctrinal (¿qué significa eso?). Debería de haber leído a San Vicente de Lerins. Se puede profundizar en el contenido, pero nunca cambiarlo: el depósito recibido debe de ser transmitido en toda su integridad, sin ningún cambio. 

La doctrina no cambia. Sí cambia la profundización en dicha doctrina, tomando siempre, como referencia, a los grandes maestros y santos, como es el caso de santo Tomás de Aquino. Además, "Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos" (Heb 13, 8).

Es de gran interés la lectura del siguiente artículo de Adelante la Fe, de título  ¿Qué está mal en el Personalismo y en la ‘Teología del Cuerpo’?, en donde se trata de una entrevista que se hizo al teólogo de actualidad D.Pietro Leone, quien tiene un libro muy recomendable, de título The family under attack. Está en inglés. Me parece que no tiene todavía traducción al español, que yo conozca.

José Martí