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miércoles, 13 de mayo de 2026

Hakuna, o el catolicismo que se deja bailar (Carlos Balén)



WiZink lleno, diecisiete mil jóvenes orantes el día de Reyes, presencia en setenta ciudades de tres continentes, el Papa Francisco bendiciendo, y unos índices de viralización que la mayor parte de la industria pop española firmaría sin pestañear. Las cifras de Hakuna desordenan el relato del descrédito católico en España y, por eso mismo, merecen tomarse en serio. Lo que aquí se discute no es su éxito —que es real— ni el cariño de sus miembros por la Eucaristía —que también consta— sino algo más sutil: qué cristianismo está siendo predicado cuando lo que finalmente circula, lo que millones de adolescentes tatúan en su Spotify, son las letras.

Conviene empezar recuperando una palabra técnica, no insultante. Emotivismo es el término que Alasdair MacIntyre, siguiendo a Charles Stevenson, fijó en Tras la virtud para designar la doctrina —o más bien el clima— según el cual los enunciados morales no son más que expresiones de preferencias y sentimientos. Aplicada al lenguaje religioso, la operación es análoga: las verdades dogmáticas dejan de afirmar algo del orden de lo real para convertirse en exclamaciones íntimas. Dios deja de ser quien Es; pasa a ser quien me hace sentir lo que siento. El cristianismo emotivista no niega; sublima.

Tome el lector la canción que mejor encarna el carisma público del grupo, Baila y déjate de historias. Su mandato central es renunciar al control y dejarse llevar; su imagen rectora, la danza, en la que Dios se ofrece literalmente como pareja de salón. Hay un verso especialmente revelador, en el que se afirma que es Dios Padre quien grita al fiel para acompañarle «en lo que elijas». 

La distancia teológica con la tradición no podría ser mayor. Dios acompaña al hombre, sí, pero acompaña su esfuerzo por discernir la voluntad divina; no avala la libertad humana convertida en absoluto autorreferencial. La gracia adviene para rectificar lo torcido, no para firmar lo que ya estaba decidido en el salón. Otro verso aconseja, con sorprendente literalidad, que si uno carga la cruz «no se tiene por qué notar». Cristo, sin embargo, no escondió el madero: lo subió por Jerusalén a la vista de todos, y Pablo no se gloriaba en otra cosa. Convertir la cruz en una contrariedad pudorosa, una molestia íntima que conviene disimular para no estropear el ambiente, es exactamente lo contrario de la teología paulina. La canción cierra con una sentencia de aforismo motivacional: «no poner firma» sería «la mejor forma de firmar». El sentido, si lo hay, se nos escapa; el efecto, en cambio, es claro: la frase suena profunda. Y el sonar profundo, no el serlo, ya basta.

Huracán, su tema más viral, replica el esquema con más músculo. La voz del creyente confiesa preguntas, abismos, saltos y caídas; lo que finalmente rompe el cielo es un huracán de emoción que asciende desde la garganta hasta gritarle a Dios por su ausencia. El gesto es comprensible —los Salmos también claman— pero el centro de gravedad se ha desplazado. Allí donde el salmista pregunta por la fidelidad de Yahvé en términos de alianza y juicio, aquí el sujeto interroga a Dios por la sequedad afectiva. Es la metafísica del estado de ánimo. Conviene anotar el detalle redentor: la canción incluye también una declaración eucarística —«soy este trozo de pan»— que reintroduce a Cristo como Presencia Real. Si la pieza se quedase ahí, sería otra cosa. Pero el material que el oyente se lleva a casa es el huracán, no el pan.

Ruah es el ejercicio puro de invocación al Espíritu, y se entiende mejor su intención que su contenido. Lo que se pide repetidamente es que Dios «derrame» su Espíritu y «llene» un «vacío» y un «dolor». La gramática es la del consumo terapéutico: hay un déficit interior, una carencia afectiva, y se solicita el suministro. El Espíritu Santo —que en la tradición es santificador, persona, lazo de amor entre Padre e Hijo, espíritu de verdad y de juicio— queda funcionalmente reducido a ese repostaje de plenitud. Tampoco es del todo improcedente el reparo de imprecisión doctrinal: si el cristiano es templo del Espíritu desde el bautismo, pedirlo a derramamientos —como si no hubiera venido ya, como si su acción dependiese del fervor del rezo— acerca la espiritualidad a una mística pentecostalista que no es la de la Iglesia latina.

¿Para quién soy yo? plantea, en cambio, la cuestión vocacional, y aquí la deriva emotivista se vuelve estructural. La vocación se describe como un camino a ciegas que consiste en confiar, en poner el calendario en blanco y dejar que Dios lo rellene. Suena espiritual; es, en realidad, profundamente moderno. La vocación católica nunca ha sido un calendario en blanco: ha sido una llamada concreta a un estado de vida concreto, con obligaciones objetivas, autoridad eclesial discerniente, y deberes que no varían con la disposición del sujeto. El cristiano descubre su vocación leyendo los mandamientos y los consejos evangélicos, no esperando inspiraciones de agenda. Cuando la canción equipara la búsqueda vocacional con «encontrar la felicidad», se completa el viraje. Tomás, Bernardo, Ignacio: ninguno habría escrito eso.

Y aquí impone la justicia un alto, porque negar el reverso sería falsificar el expediente. Existe en el catálogo una canción de Hakuna que dice, literalmente, lo contrario del clima general del grupo. Se titula Sencillamente, lleva letra del propio Manglano, y su tesis es exactamente la que cualquier crítico de las modas emotivistas firmaría sin vacilar: hay que «desligar el creer del sentir», creer «sintiendo dudas», amar «estando frío», esperar «sintiendo miedo». Es San Juan de la Cruz vestido de pop, y es magnífico. 

Que el mismo grupo capaz de escribir esto produzca el resto del catálogo plantea una pregunta interesante: ¿saben hacer otra cosa y eligen no hacerla? La respuesta probable es que sí. Sencillamente no es viral. Huracán sí lo es. La economía del fervor masivo impone sus condiciones, y lo que se canta entre llantos en un WiZink no son las paradojas del Carmelo sino los himnos del derramamiento. La existencia de la buena canción no rescata el conjunto; lo agrava, porque demuestra que se podría.

¿Qué se diluye, en suma, cuando el cristianismo se canta así? 

Lo primero, el pecado en su densidad ontológica. En las letras de Hakuna el pecado aparece ocasionalmente, casi siempre como expresión litúrgica heredada —«por vuestros pecados ser crucificado» en la canción sobre la Magdalena— pero no como problema vivo en el corazón del oyente. 

Lo segundo, el juicio. Cristo no juzga, recuerda otro de sus temas: vino a salvar y no a juzgar. Es cierto que en su primera venida vino a salvar; pero pretender que esa es la palabra completa sobre el Cristo de los Evangelios exige olvidar varios capítulos enteros, incluida la segunda venida y los discursos sobre las dos sendas. 

Lo tercero, la objetividad del sacrificio. La Misa pasa a ser, en este registro, un encuentro afectivo y un momento de comunión emocional, y no la actualización incruenta del Calvario. 

Lo cuarto, la doctrina. La Trinidad, la Encarnación, los novísimos, los sacramentos como signos eficaces ex opere operato: nada de esto necesita ser explicado para sostener una Hora Santa de Hakuna. 

Y, finalmente, el escándalo. El cristianismo, en su núcleo, es ofensivo a la razón antes de serle útil. La predicación apostólica empezaba con un cadáver resucitado y unos creyentes dispuestos al martirio. La predicación hakunera empieza con un baile.

El propio Manglano —y este es el detalle que más respeta su inteligencia— reconoce públicamente la crítica. En entrevistas recientes ha admitido que el sentimentalismo es «una crítica recurrente» y ha defendido el sentimiento como «punto de partida» que debe ser «acompañado». La metáfora la pone él mismo: si el espíritu se vacía emocionalmente y no se llena después de la centralidad de Cristo, el demonio expulsado regresa con siete peores. La cita evangélica es exacta. 

El problema es que el modelo descrito por su autor —emoción inicial seguida de formación robusta— no se sigue del producto que masivamente sale al mercado. El concierto vende; los retiros, las clases de teología, los acompañamientos personales, alcanzan a una minoría comprometida. La maquinaria, entendida como sistema, distribuye desproporcionadamente el primer paso —la canción— sobre los siguientes —el catecismo—. Y el primer paso, por su propia naturaleza, contiene todo lo que en él se ha puesto. Si lo que se puso fue emotivismo, emotivismo es lo que se difundirá, aunque en la trastienda haya un sólido tratado dogmático esperando a quienes quieran subir al primer piso. La mayoría se queda en el baile.
No es necesario, para concluir, ningún juicio temerario sobre conciencias individuales. Habrá oyentes de Hakuna cuya fe ha madurado a través de estos cantos hasta el dogma firme y la moral exigente; habrá otros, y serán probablemente más, cuya religión se ha estabilizado en una espiritualidad ambiental, agradable, terapéutica, tan compatible con el catolicismo profundo como con su versión líquida. 
El examen, por tanto, no se refiere a personas sino a un cierto tono. Y ese tono, leído con calma en las letras, es el que Charles Taylor describió hace décadas: la era secular no se caracteriza por la ausencia de Dios sino por su domesticación afectiva, por su transformación en una opción más entre las muchas que el yo expresivo administra. Hakuna no salva al cristianismo de esa deriva; le pone banda sonora. Que esa banda sonora llene estadios sólo prueba lo bien que conoce su época. Si será capaz de transmitirla intacta a la generación siguiente es algo que no decidirán las plataformas de streaming, sino los hijos que sus oyentes de hoy lleven —o no— a Misa.

Carlos Balén

martes, 12 de mayo de 2026

Mons. Schneider acusa al Vaticano de cruzar una “línea roja” doctrinal con el informe sinodal sobre homosexualidad

 INFOVATICANA



El obispo Athanasius Schneider ha lanzado una durísima crítica contra el informe final del Grupo de Estudio nº9 del Sínodo sobre la Sinodalidad, acusando al Vaticano de promover una reinterpretación de la doctrina católica sobre la homosexualidad y de abrir la puerta a un “relativismo moral total”.

En una extensa entrevista concedida a la periodista Diane Montagna, el obispo auxiliar de Astaná denunció que el documento publicado el pasado 5 de mayo por la Secretaría General del Sínodo representa un ataque directo contra la Revelación divina y contra la enseñanza constante de la Iglesia sobre la moral sexual.
“El informe final ha cruzado inequívocamente la línea entre la ortodoxia y la herejía”, afirmó Schneider.
El informe sinodal que ha reavivado la polémica

El documento cuestionado fue elaborado por el Grupo de Estudio nº9, uno de los equipos creados durante el pontificado de Francisco para analizar cuestiones doctrinales, pastorales y éticas surgidas durante el Sínodo sobre la Sinodalidad.

Entre sus integrantes figuraban el cardenal Carlos Castillo Mattasoglio, arzobispo de Lima; el arzobispo Filippo Iannone; y el teólogo moralista Maurizio Chiodi, profesor del Instituto Pontificio Juan Pablo II y conocido por haber defendido públicamente que determinados actos homosexuales podrían considerarse moralmente positivos en ciertas circunstancias.

El texto fue recibido con entusiasmo por sectores eclesiales favorables a una revisión de la pastoral homosexual. Uno de los apoyos más visibles llegó del jesuita James Martin, quien lo calificó inmediatamente como “un gran paso adelante”.

La controversia se intensificó cuando salió a la luz que uno de los testimonios incluidos en el informe pertenecía al hombre que apareció en la portada del New York Times junto a su pareja del mismo sexo recibiendo una bendición de James Martin apenas un día después de la publicación de Fiducia Supplicans.

“Una rebelión contra el orden de la creación”

El obispo kazajo sostuvo que el informe no se limita a proponer cambios pastorales o un lenguaje más inclusivo, sino que intenta introducir una transformación doctrinal de fondo respecto a la moral sexual católica.

En sus declaraciones, acusó directamente a la Secretaría del Sínodo de alinearse con la agenda ideológica LGBT promovida internacionalmente desde ámbitos políticos, culturales y mediáticos.

“El Secretariado del Sínodo está colaborando con grupos de presión en una verdadera rebelión contra la obra de creación de Dios, contra el bello y sabio orden de los dos sexos, hombre y mujer”, afirmó.

Según Schneider, el aspecto más grave del documento es que pone indirectamente en cuestión el valor permanente de los textos bíblicos sobre la homosexualidad mediante lo que definió como una “exégesis de la duda”.

El obispo señaló especialmente un pasaje del informe donde se afirma que es necesario “ir más allá de una mera repetición” de la actual presentación doctrinal y tener en cuenta nuevas interpretaciones exegéticas.

A juicio de Schneider, este planteamiento implica atribuir al hombre la capacidad de redefinir el bien y el mal al margen de la Revelación divina.

“Ese método ocupa el lugar de Dios y presume proclamar lo que es bueno y lo que es malo. Eso es precisamente lo que hizo la serpiente en el Jardín del Edén”, advirtió.

Críticas a Fiducia Supplicans y al proceso iniciado durante el pontificado de Francisco

Schneider vinculó el nuevo informe con el proceso abierto durante el pontificado de Francisco en torno a las bendiciones a parejas homosexuales y otras cuestiones relacionadas con la moral sexual.

En particular, cargó duramente contra Fiducia Supplicans, el documento del Dicasterio para la Doctrina de la Fe que autorizó bendiciones no litúrgicas para parejas en situaciones irregulares, incluidas parejas del mismo sexo.

El obispo auxiliar de Astaná sostuvo que aquel texto ya representaba un intento de normalizar progresivamente las relaciones homosexuales dentro de la vida eclesial.

“Fiducia Supplicans es una burla al sentido común”, afirmó, argumentando que el documento pretende distinguir artificialmente entre bendecir a una pareja y bendecir la relación misma que constituye a esa pareja.

En su opinión, el nuevo informe sinodal supone un paso todavía más profundo, ya no solo en el plano pastoral, sino en el doctrinal.

Schneider considera que existe una estrategia gradual destinada a acostumbrar a los fieles a considerar moralmente aceptables las relaciones homosexuales, o al menos tolerables en determinados casos.

“De esta manera se abre la puerta al relativismo moral total”, alertó.

Una advertencia directa al Papa León XIV

Schneider dirigió además un llamamiento explícito al Papa León XIV para que intervenga y frene lo que considera una deriva doctrinal dentro de estructuras oficiales del Vaticano.

“El primer deber de León XIV es proteger a la Iglesia y a las almas de esta descarada doctrina gnóstica”, aseguró.

El obispo comparó la situación actual con antiguas crisis doctrinales sufridas por la Iglesia y advirtió de que el silencio de muchos cardenales y obispos está permitiendo la expansión de errores graves sobre la moral católica.

Según Schneider, si la jerarquía no actúa con claridad y firmeza, las futuras generaciones podrían contemplar esta época como un momento de profunda confusión doctrinal dentro de la Iglesia.

“Es posible que las generaciones futuras miren nuestra época y digan: ‘El mundo entero suspiró y se sorprendió de cómo había abolido el Sexto Mandamiento de Dios’”, afirmó.

La crisis doctrinal y la cuestión de la Fraternidad San Pío X

Schneider relacionó también este nuevo episodio con la crisis de confianza existente entre numerosos fieles tradicionales y las estructuras vaticanas.

En este contexto, consideró que documentos como el informe del Grupo nº9 refuerzan la percepción de “estado de emergencia” doctrinal denunciada desde hace años por la Fraternidad Sacerdotal San Pío X.

El obispo sostuvo que resulta imposible ignorar la gravedad de la situación actual y advirtió de que la falta de una condena clara por parte de la Santa Sede podría provocar una pérdida aún mayor de confianza entre sacerdotes y fieles.

“Si la Santa Sede no condena inequívocamente este informe, muchos católicos auténticamente fieles perderán la confianza en quienes ocupan cargos en el Vaticano”, afirmó.

Una de las voces más críticas del actual proceso sinodal

En los últimos años ha denunciado repetidamente iniciativas relacionadas con las bendiciones a parejas homosexuales, el Camino Sinodal alemán y diversas propuestas de reforma moral y disciplinaria promovidas desde ámbitos progresistas de la Iglesia europea.

Su intervención sobre el informe del Grupo de Estudio nº9 supone hasta ahora una de las críticas más severas formuladas públicamente por un obispo contra uno de los documentos emanados del entorno sinodal vaticano.

lunes, 11 de mayo de 2026

¿Quién puede querer esa clase de religión? (Bruno Moreno)



Veo en Alfa y Omega un artículo titulado “Los obispos dan razones a los padres para que apunten a sus hijos a Religión”. Estupendo —pienso—, me encantan las razones. Todo queda mucho más claro con ellas.

Empiezo a leer y se me cae el alma a los pies al leer esas razones que se dan en favor de la clase de religión. A veces, la claridad tiene ese efecto.

Por lo visto, la Comisión para la Educación y Cultura de la Conferencia Episcopal Española lanzó el mes pasado la campaña “Son tantas las razones… Apúntale a Reli”, para animar a los padres a inscribir a sus hijos en la clase de religión.

La campaña, profusamente elogiada en el artículo de Alfa y Omega, tiene joyas como esta sobre la asignatura de religión: “Sí, habla de Jesús de Nazaret, pero también aborda el arte, la historia, los derechos humanos, la cultura y, sobre todo, invita a pensar sobre valores, virtudes y el sentido de la vida”.

No sé qué pensarán los lectores, pero al leer eso yo no puedo evitar pensar: ¿y a mí qué me importa? Si lo que quiero es que hablen a mis hijos de Dios, de Jesucristo encarnado para su salvación y de la fe católica que lleva al cielo, todo lo demás me da igual. En cambio, si lo que quiero es que les hablen de derechos humanos, cultura, valores y demás, no les apunto a religión.

Asimismo, la campaña nos explica que la asignatura “no es adoctrinamiento, es desarrollo del sentido crítico”. Francamente, si en la clase de religión no se va a dar doctrina católica, si ese no es su núcleo fundamental, ¿de qué nos sirve la asignatura de religión? De nada. Es sal que se ha vuelto sosa y para nada vale ya, más que para que la tiren al suelo y la pisen los hombres. Y, curiosa coincidencia, esa es justamente reacción de la gente: despreciar la religión por completo.

También nos dice la campaña que “la Religión en la escuela no da respuestas cerradas. Abre preguntas importantes”. De nuevo, si la religión no da la respuesta verdadera, el único nombre bajo el cielo que puede salvarnos, ¿para qué sirve? Lo de limitarse a “abrir preguntas” no es otra cosa que relativismo en vena. ¿Acaso en clase de matemáticas no esperamos que se le den respuestas verdaderas al niño que quiere saber cuántos son 2+2? ¿Es un buen maestro el que le dice que la cuestión está abierta y cada uno puede pensar lo que le dé la gana? La Iglesia está para enseñar la Verdad, no para “abrir preguntas”.

En el mismo sentido, se nos dice que la religión permite “comprender y respetar otras culturas para convivir mejor”. ¿A quién se le ocurre organizar una clase de religión católica para comprender otras culturas? Si las otras culturas quieren que las comprendan, ya darán ellas sus propias clases. No parece aventurado suponer que en la clase de religión católica debería impartirse la religión católica.

Además, enseñar la verdad implica que existe el error. Las otras culturas no deben respetarse necesariamente. Que exista una cultura islámica no significa que nosotros debamos respetar la poligamia, la guerra para imponer el islam o la idea de que Mahoma fue un profeta de Dios. Aunque esa cultura concreta esté basada en ideas como esas, la clase de religión debe enseñar que son falsas o inmorales y, por lo tanto, no deben respetarse (aunque, por supuesto, sí debemos respetar a las personas concretas como seres humanos creados a imagen de Dios).

En fin, no sigo comentando más frases (como la espectacular “elegir Religión no es seguir una tradición”) para evitar más desolación a los lectores. En cuanto a la campaña en general y dando por supuesta la buena intención de sus autores, cuando uno tiene que dar tantas razones que apuntan en direcciones completamente dispares es que no tiene clara la razón principal, considera que no merece la pena y se siente obligado a justificarla con otras cosas que sí son valiosas, porque no hace falta tener fe para apreciarlas.

Esa campaña lo que me dice a mí es que los católicos españoles están escasísimos de fe, que se sienten acomplejados frente al mundo y que se ven obligados a dar excusas para justificar su misma existencia. ¿Cómo va a creer el mundo, si ve que los mismos cristianos apenas creen y su fe les resulta embarazosa?

Religión sin fe es mero fariseísmo. Una clase de religión que no ofrece respuestas, sino solo preguntas, es en realidad adoctrinar en el relativismo y en la confusión. Ofrecer ecologismo, otras religiones, pensamiento crítico y derechos humanos es reconocer avergonzados que Cristo no basta y que no creemos en lo que decimos creer.

Saltemos de una vez a la piscina, aunque el agua esté fría. Abandonemos ya esa idea absurda, asumida con conformidad borreguil, de que la clase de religión no debe ser catequesis. Claro que debe ser catequesis. Porque si no es catequesis, no sirve de nada y delenda est. La enseñanza de la religión católica se identifica con enseñar que Cristo es Camino, Verdad y Vida y eso se llama catequesis y es tan importante que da la vida eterna. No privemos a nuestros hijos de lo que verdaderamente importa, aunque al mundo no le guste.

Bruno Moreno

Santiago Martín: «Si no hay sanciones en Alemania, quedará claro que a la Iglesia la gobierna el dios dinero»



El desafío abierto del episcopado alemán al Vaticano ha entrado, según el padre Santiago Martín, en una fase decisiva que compromete directamente la autoridad del Papa León XIV y la credibilidad del gobierno de la Iglesia.

En un análisis difundido en Magnificat TV, el fundador de los Franciscanos de María sostiene que la negativa de los obispos alemanes a retirar el bendicional para parejas homosexuales, divorciados vueltos a casar y convivientes constituye una desobediencia pública sin precedentes recientes y que, si no termina en sanciones, quedará demostrado que «quien manda en la Iglesia no es el Papa, sino el dios dinero».

El origen inmediato del conflicto se sitúa en noviembre de 2024, cuando el episcopado alemán remitió al Dicasterio para la Doctrina de la Fe un borrador de bendicional inspirado en la declaración Fiducia supplicans. Según relata Santiago Martín, el cardenal Víctor Manuel Fernández respondió apenas unos días después rechazando el texto y exigiendo modificaciones. Sin embargo, las cartas permanecieron secretas y, meses más tarde, en abril de 2025, con el Papa Francisco recién fallecido y la sede vacante, los obispos alemanes publicaron igualmente el bendicional sin atender las objeciones romanas.

El sacerdote considera especialmente grave que la publicación se produjera «con el Papa aún de cuerpo presente», interpretándolo como un gesto deliberado de desafío aprovechando el vacío de poder en Roma. A partir de ahí, numerosas diócesis alemanas comenzaron a aplicar las bendiciones litúrgicas a parejas en situaciones irregulares, mientras el Vaticano mantenía silencio.

La situación escaló definitivamente cuando el cardenal Reinhard Marx ordenó el pasado 20 de abril que los sacerdotes de Múnich aplicaran el bendicional en toda la archidiócesis. Apenas tres días después, el Papa León XIV respondió públicamente durante el vuelo de regreso de África afirmando que la Santa Sede «no está de acuerdo con la bendición formalizada de parejas homosexuales o en situaciones irregulares».

Para Santiago Martín, el gesto posterior del cardenal Marx agravó aún más la crisis. El arzobispo de Múnich calificó de «reaccionarios» a quienes critican el camino sinodal alemán y afirmó que esos ataques procedían de Estados Unidos. Muchos interpretaron aquellas palabras como una alusión indirecta al propio Pontífice, estadounidense y recién pronunciado contra el bendicional.

La tensión aumentó cuando el Dicasterio para la Doctrina de la Fe publicó finalmente, el pasado 3 de mayo, la carta enviada en 2024 rechazando el bendicional alemán. Aquello confirmó públicamente que Roma llevaba casi dos años tolerando una desobediencia abierta sin adoptar medidas disciplinarias. El padre Santiago Martín considera que este hecho ha dejado al descubierto «la pasividad del Vaticano para hacer cumplir la ley que él mismo promulga».

En su análisis, contrapone el trato dispensado a los obispos alemanes con el recibido por prelados considerados conservadores, como Joseph Strickland o Daniel Fernández Torres, apartados de sus cargos sin acusaciones doctrinales comparables. A su juicio, la diferencia solo puede entenderse por el enorme peso económico de la Iglesia alemana dentro de las finanzas vaticanas.

El secretario de Estado, el cardenal Pietro Parolin, insinuó recientemente la posibilidad de sanciones canónicas, aunque expresó su deseo de evitar medidas disciplinarias. Para Santiago Martín, esa mera mención demuestra que Roma ha llegado «al límite». Sin embargo, advierte de que el tiempo corre contra el Papa: si Alemania no rectifica pronto y el Vaticano no actúa, la autoridad pontificia sufrirá un daño irreversible.

El sacerdote concluye con una afirmación especialmente dura: «Sería más honesto retirar los crucifijos y poner un becerro de oro». Según sostiene, si la desobediencia alemana termina sin consecuencias, quedará demostrado que el verdadero poder en la Iglesia no reside en Roma ni en la doctrina católica, sino en la capacidad económica de la Iglesia alemana.

Vídeo relacionado

El padre Santiago Martín analiza en Magnificat TV la rebelión alemana, las bendiciones homosexuales y la autoridad del Papa.


La tristeza, camino a la Felicidad

INFOCATÓLICA

 La tristeza, camino a la Felicidad


La tristeza es un dolor interior que brota en el alma cuando se percibe una ausencia, es decir: cuando se percibe la falta o la pérdida de algo considerado un bien. Parece entonces que la tristeza en esta vida es, de suyo, una desgracia pero, paradójicamente, no siempre es así: la tristeza, en muchos casos, puede conducirnos a la verdadera felicidad. Y así lo enseña, por ejemplo el salmo 126 cuando dice: «los que siembran entre lágrimas, cosecharán cantando». O Nuestro Señor Jesucristo en Juan 16, 20: «en verdad, en verdad, os digo, vosotros vais a llorar y gemir, mientras que el mundo se va a regocijar. Estaréis contristados, pero vuestra tristeza se convertirá en gozo. La mujer, cuando va a dar a luz, siente angustia porque su hora ha llegado, pero cuando su hijo ha nacido, no se acuerda más de su dolor, por el gozo de que ha nacido un hombre al mundo». San Pablo también refiere esto en 2 Corintios 4,17: «nuestra tribulación momentánea y ligera va labrándonos un eterno peso de gloria cada vez más inmensa».


Incluso desde una visión existencialista completamente opuesta a la fe, Nietzsche, un autor profano y anticristiano (cuya lectura definitivamente no pretendemos recomendar), llegó a decir esta gran verdad: «lo que no te mata te fortalece». Y es que la tristeza, la tristeza bien vivida y bien padecida, motiva el ejercicio del alma en las virtudes: la fortalece, la hace, entre otras cosas, más paciente. Porque el alma así aprende a padecer, y aprende a darle un sentido al padecer, y aprende a bien sufrir, sabiamente: el sufrimiento es comprendido como camino para alcanzar la sabiduría.


San Agustín también nos da luces acerca de la tristeza como causa de bien. Dice él: «Dios demora el cumplimiento de lo que pedimos para que aumente en nosotros el deseo, y el deseo dilatado dilata también el alma, y el alma dilatada se hace más capaz de recibir a Dios». En otras palabras, la tristeza por la espera del bien deseado no es algo malo en sí, sino una preparación, una maduración del alma. Al igual que un recipiente se estira para poder contener más líquido, así el corazón humano se ensancha mediante el deseo, aunque de momento eso le produzca tristeza. Por eso, aunque parezca un juego de palabras, la triste espera aumenta el deseo de recibir el bien, y ensancha así el corazón para recibirlo aún mejor. 


Santo Tomás de Aquino señala también que el llanto presente, sea el llanto por nuestros pecados o el llanto por el anhelo profundo de alcanzar el Cielo, es, por sí mismo, un llanto cargado de mérito, una tristeza buena. ¡Y, por eso, también ese triste llanto es causa de felicidad! Es un llanto que nos motiva, además, a abrazar, como algo verdaderamente bueno, las fatigas y dificultades de las obras buenas que debamos realizar en esta vida. 


En el fondo de todo esto, estamos reflexionando acerca de la realidad del amor, según como se da en esta vida: el amor, en esta vida, el amor y no otra cosa, es la verdadera causa de la tristeza en el alma, y es la verdadera causa del más profundo dolor. ¡Por eso el que no ama es incapaz de entristecerse! Es lo que, en su obra «La sociedad paliativa», denuncia el agudo filósofo contemporáneo Byung-Chul Han. Dice él: «la dicha profunda contiene un factor de sufrimiento. Quien no es receptivo para el dolor también se cierra a la felicidad profunda. (…) Los vínculos entablados resultan ser verdaderos cuando duelen las separaciones. (…) El dolor sólo puede aparecer donde hay un auténtico vínculo de pertenencia que está amenazado. Así que sin dolor somos ciegos, incapaces de ver la verdad y de conocer: allí donde estas separaciones duelen, las ligazones eran verdaderas y se habían hecho carne. Y allí donde un ser humano puede sufrir dolores, allí está realmente presente, allí --sabiendo o sin saberlo-- también ha amado. No hemos vivido ni amado sin dolor. Sólo una relación viva, una verdadera convivencia, es capaz de resentirse de dolor. Por el contrario, un juntamiento inerte y funcional no siente ningún dolor, ni siquiera cuando se rompe. El dolor es vínculo. Quien rechaza toda situación dolorosa es incapaz de entablar vínculos. Hoy se evitan los vínculos intensos, que podrían llegar a ser dolorosos. Todo se desarrolla en una zona paliativa de confort».


Por eso, en esta vida, el verdadero amor se hace más «palpable», se «padece» más, digamos, cuando el bien deseado está ausente. Es decir: cuando «el amado» está ausente. En esta vida, el verdadero amor nunca alcanzará a saciarse plenamente, a saciar su deseo más profundo. En esta vida, el verdadero amor estará siempre marcado por una aridez, por una indigencia y, por lo tanto, el verdadero amor estará siempre estigmatizado por el inevitable dolor.

Bajo otro aspecto, que no profundizaremos en esta reflexión pero que al menos viene al caso mencionarlo (aspecto que seguramente ya hemos alcanzado a intuir), el amor como dolor queda sobre todo patente en la inigualable y máxima expresión de amor que jamás podrá volver a haber sobre la Tierra, y que es la muerte del Hijo de Dios por nosotros, en su sangrienta crucifixión. Y así nos invita Jesús a nosotros a corresponder a su amor: nosotros somos invitados también a cargar con nuestra cruz y a imitar a Jesús en su amor, en un amor dispuesto a padecer y a morir por la gloria de Dios y por el bien de los hombres.

Por eso el amor es dolor. Esto es evidente, también, cuando hablamos del verdadero amor con que nosotros podamos corresponder al amor de Dios. Porque en esta vida nunca podremos poseer a Dios plenamente. No queda más que rendir humildemente nuestra inteligencia y nuestro corazón a esta verdad: que en esta vida nos encontramos como en un «valle de lágrimas», sobre todo porque aquí no podemos alcanzar plenamente el objeto último de nuestro amor. Por eso el escritor cristiano C. S. Lewis argumentaba que los placeres terrenales, aunque buenos, siempre nos dejan con una sensación de «poco», de «no era esto lo que buscaba»; siempre habrá en las alegrías terrenales una nostalgia de Dios: las alegrías terrenales no son, entonces, el objeto final de nuestro deseo, sino simples recordatorios o «ecos» de una alegría más grande, y más profunda. 

En su obra «Cautivados por la alegría», Lewis llega a decir: «(la alegría) es un deseo insatisfecho que es en sí mismo más deseable que cualquier otra satisfacción… una punzada, un recordatorio de que estamos hechos para algo más». Santa Teresita del niños Jesús, poco antes de morir, también dijo: «No me arrepiento de haberle dado todo a Dios. Lo único que me pesa es de no haberlo amado aún más». Y es que, cualquier respuesta humana al amor de Dios, aunque sea una respuesta sumamente heroica, siempre se quedará en poco, porque siempre se podrá amar más a Dios, amarlo más de lo que actualmente lo amamos, y esto también produce en nosotros una tristeza, una buena, una nostalgia de aspirar a corresponder más a su amor. También se cuenta que Santo Tomás de Aquino, luego de una profunda experiencia mística, dijo: «todo lo que he escrito me parece pura paja comparado con lo que he visto y se me ha revelado». Le pareció a él que todo su esfuerzo había sido seco, insuficiente y sin vida comparado con la visión de Dios. Por esta profunda nostalgia que le produjera contemplar la infinita distancia entre su limitada obra y la inmensidad de Dios, Santo Tomás en adelante dejaría de escribir, y dejaría así inconclusa su obra más importante: la Suma Teológica.

Santa Teresita señalaba, por otro lado, aquello de que somos como una pelotita en manos del divino niño. Y pareciera que la relación de amor con nuestro Dios fuera realmente como un juego. Y lo es, aunque en cierto sentido. Pero es un juego importantísimo, es «el» juego: uno que implica un crecimiento, un desarrollo del alma en la santidad, y uno que implica el premio eterno del Cielo. Es el juego en el que, a medida que vamos elevándonos y progresando, nos vamos también empequeñeciendo cada vez más y más: nos vamos haciendo más y más como niños. No como aquellos niños caprichosos que patalean, sino como niños que se admiran en todo momento de la belleza de las cosas, que las ven siempre como una novedad, que contemplan y saborean la obra de Dios en todo, que se abrazan y acurrucan en Dios cuando temen o están tristes, que se agarran apretadamente de la mano de Dios para cruzar aquellas oscuras quebradas, como señala el salmo 22. 

Nos vamos volviendo cada vez más simples, simples como Dios es simple. Contrario a lo que pasa con el desarrollo en la vida humana, desarrollo en el que los jóvenes al madurar se emancipan de sus padres, el verdadero crecimiento espiritual no nos independiza jamás de Dios: el verdadero crecimiento espiritual nos obliga a reconocernos cada vez más y más necesitados de Dios. Por eso, al crecer en la fidelidad a la gracia nos veremos cada vez más y más llenos de miserias. Al practicar mejor las virtudes por amor a Dios comprenderemos con mayor profundidad la gravedad de cualquier pecado. También percibiremos mejor la extensísima distancia a la que estamos de Dios, no porque hayamos caído en desgracia sino porque nuestra alma, cada vez más ensanchada por el amor de Dios, padecerá como un vértigo ante la comprensión de la inmensidad divina opuesta a nuestra poca (¡siempre poca!) correspondencia de amor. En definitiva, todo esto debe llevarnos a la práctica de una profunda humildad, es decir: el reconocer que todo lo que somos y hacemos es por Dios, y reconocer también que aún nos falta amar mucho más a Dios, porque siempre podremos aspirar a amarlo mucho más, porque no existe límite para ello.

La vida espiritual es también como un juego de escondidas con Dios: cuanto mayor tristeza haya en el alma, más se buscará huir de la tristeza, y cuanto más padezcamos la ausencia del amado, más lo buscaremos. Esto lo leemos en varios pasajes de la Escritura, como por ejemplo en los suspiros de amor de la esposa en el Cantar de los cantares, en el capítulo 3: 

«En mi lecho, de noche, busqué al que ama mi alma; le busqué y no le hallé. Me levantaré y andaré por la ciudad, por las calles y las plazas; buscaré al que ama mi alma. Le busqué y no le hallé. Me encontraron los guardias que hacen la ronda por la ciudad. ¿Habéis visto al que ama mi alma? Apenas me había apartado de ellos, encontré al que ama mi alma. Lo sujeté y no lo soltaré».
Y también en el capítulo 5: «Abrí (la puerta) a mi amado, pero mi amado, volviéndose, había desaparecido. Mi alma desfalleció al oír su voz. Lo busqué y no lo hallé; lo llamé, pero no me respondió (…). Os conjuro, oh, hijas de Jerusalén, si halláis a mi amado, decidle que yo desfallezco de amor». Similar al caso de María Magdalena narrado en los evangelios (Juan 20, 11-18): María Magdalena busca angustiosamente al Señor en el sepulcro, y luego, cuando lo ha encontrado resucitado, y cuando lo ha reconocido, ya no lo quiere soltar: lo quiere abrazar y retener para permanecer siempre con Él; pasa, en un instante, de la tristeza al gozo por la presencia del amado.
Y también, la lectura de estos pasajes del Cantar de los cantares nos recuerda al encuentro de Jesús con aquellos discípulos que iban tristes camino a Emaús (Lucas 24, 13-35): ellos finalmente lo reconocieron a Jesús cuando partió el pan; pero Él, en ese mismo instante, desaparece de su vista, y ellos quedaron llenos de fervor debido a la presencia del amado. Por eso Jesús juega a las escondidas con nosotros: Él es el Dios escondido en el pan de la Eucaristía, el Dios escondido en todas las oraciones litúrgicas, el Dios que se esconde siempre para que nosotros siempre lo busquemos, y así demostremos cuánto lo deseamos, y así nos colmemos de un gozo dilatado y verdadero cuando finalmente lo encontremos en el Cielo.

Pero, a todo esto, corresponde aclarar: no queremos decir que haya que desear la tristeza en sí. Eso sería un grave error. Seríamos unos locos o, peor aún, unos masoquistas. Nadie, absolutamente nadie, desea estar triste o padecer, o sufrir, o sentir dolor, o enfermarse, o angustiarse. Nadie desea, en otras palabras, la ausencia «del objeto amado». Y mucho menos deseamos en nuestra vida la presencia de un mal. Por eso es preciso señalar que la tristeza sólo es buena en algunos casos, y sólo en ciertos sentidos. Porque también hay una tristeza que puede distraer, en parte, o incluso obstaculizar totalmente la búsqueda del bien, es decir: distraernos de la búsqueda del amado. Sucede esto, por ejemplo, cuando tenemos un dolor muy fuerte en el cuerpo, por una lesión o por una enfermedad, o una tristeza muy profunda en el alma, como una depresión. En estos casos nuestra atención, la atención de nuestra alma, no hará más que focalizarse en esos dolores, distrayéndose de todo lo demás. Este tipo de tristezas son tan fuertes que pueden obnubilar nuestra atención. Puede ser una angustia tal que retraiga el alma, una angustia tal que haga a uno olvidarse del amor por concentrar la atención en el dolor.

Hay que evitar a toda costa este tipo de tristezas. Y hay que estar muy alerta porque la tristeza mal llevada puede hacernos caer en buscar los placeres de modo inmoderado. Porque puede pasar que, en el aburrimiento de la monotonía rutinaria, o en el tormento continuo en el alma, o en la aridez espiritual, busquemos la huida con precipitación, irreflexivamente, y nos refugiemos así en las malas compensaciones, en unas compensaciones quizás pequeñas, pero siempre ilícitas, en compensaciones que ralenticen, paralicen o nos lleven en sentido contrario al de nuestro crecimiento espiritual. Puede ser que, ante una tristeza mal llevada (incluso una querida efectivamente por Dios para nuestra purificación y para nuestro crecimiento espiritual), puede ser que busquemos impacientemente el placer, no digamos en cosas escandalosas como pecados graves, que también podría suceder, sino en pequeñas cosas, en pequeños regalitos que uno podría dispensarse. Sobre todo, en los tiempos en que no tengamos consuelo, hay que estar muy alerta también del oportunismo del demonio. Él no va a iniciar nuestro camino al infierno tentándonos llanamente con pecados graves y grotescos. Al menos generalmente no lo hace así. Él, en cambio, va a buscar conducirnos despacio y progresivamente hacia nuestra caída, comenzando con cosas pequeñas, sutiles, casi imperceptibles, pero siempre, siempre, fácilmente justificables.

Finalmente, Santo Tomás detalla otro aspecto de la tristeza: la pesadumbre. La palabra proviene de peso, y es común que llamemos apesadumbrado al triste, porque él está como cargado de peso. El hombre triste se «arrastra», tiene reacciones lentas y pasos lentos. Pareciera como que anda con fatiga en el cuerpo, y también es lento para pensar y para expresarse. Eso es porque la tristeza puede ralentizarnos, o incluso paralizarnos, tanto en nuestro interior como en los movimientos del cuerpo. Para sobrellevar la pesadumbre es preciso elevar la mirada y el corazón; es preciso profundizar, con el estudio y con la meditación, y con la insistencia en la oración, en la virtud teologal de la esperanza.

Para aprender a padecer bien la tristeza, para hacerlo con sabiduría y con verdadero fruto espiritual, el Señor nos propone sus bienaventuranzas, y relaciona en ellas dos extremos, aparentemente opuestos: por un lado, el gozo de la vida eterna, como meta y como premio; y, por otro lado, las tristezas inevitables de esta vida, como punto de partida (dice Jesús: «bienaventurados los afligidos, los pacientes, los que lloran, los perseguidos, etc.»). Las bienaventuranzas son así el itinerario de todo cristiano que busca la santidad, son el camino para imitar la vida de Cristo, que es el primer y principal Bienaventurado, tanto porque Él padeció lo indecible en esta tierra, como porque también Él alcanzó para nosotros, por sus padecimientos, lo más alto del Cielo. En definitiva, la pesadumbre que nos derriba, obligándonos a arrastrarnos por el suelo, se vence elevando la mirada del corazón y desplegando las alas hacia lo alto, por medio de la contemplación y por medio del suspiro esperanzado del Cielo.

En conclusión, somos verdaderamente bienaventurados en esta vida cuando padecemos tristeza si por nuestra tristeza anhelamos con mayor fervor la vida eterna del Cielo.


Pbro. Hernán G. Barreto
San Luis, Argentina

Ser madre… El significado de una celebración




Ser madre… creo que solo comprendí verdaderamente su significado cuando me convertí en una. Antes de eso, sí, las mujeres ya llevamos algo maternal dentro, casi como una semilla silenciosa en nuestros corazones… pero la maternidad se comprende de verdad cuando la experimentas cada día, cada minuto, cada segundo de tu vida. Cuando tu corazón empieza a latir incluso fuera de tu cuerpo.

Ser madre no es fácil. De hecho, creo que es una de las vocaciones más grandes, profundas y sagradas que existen. Es la vocación de la que surgen todas las demás. Antes de que existiera un sacerdote, una monja, un médico, un maestro, un santo... existió una madre que protegió una vida, que sufrió por esa vida, que oró por esa vida. En el silencio de la maternidad se forman las almas que un día caminarán por el mundo. Sin embargo, ¡cuántas veces se olvida, se menosprecia o se da por sentada esta vocación!

Una madre se entrega por completo. Lo hace incluso cuando está cansada, incluso cuando nadie ve sus sacrificios, incluso cuando su corazón está lleno de preocupaciones. Hay madres que crían a sus hijos solas, librando batallas que nadie conoce. Madres que renuncian a sus sueños, al descanso y a la tranquilidad, solo para anteponer a sus hijos. Madres que sonríen frente a sus hijos mientras por dentro luchan con lágrimas silenciosas.

Y luego están esas madres que lloran por la fe de sus hijos... que rezan por la noche, que encomiendan sus nombres a Dios, que sufren al verlos lejos de Él, pero que jamás pierden la esperanza. Creo que el corazón de una madre es uno de los lugares donde mejor comprendemos el amor de Dios: un amor que sigue amando incluso cuando sufre, que sigue esperando incluso cuando todo parece perdido.

Hoy le doy las gracias a mi madre. Con todas las imperfecciones de su generación, con sus limitaciones, sus heridas y sus fragilidades... aun así me crió, me amó y me dio todo lo que tenía. Al crecer, comprendí que muchas madres amaron lo mejor que pudieron, con los recursos que tenían, cargando con responsabilidades que quizás nadie había visto jamás.

Y sobre todo, doy gracias a nuestra Madre Celestial, María. Ella, que vivió la maternidad de la forma más pura y dolorosa, llevando al Hijo de Dios en su vientre y luego al pie de la Cruz. Ella, que continúa acompañando a cada madre en la tierra con la ternura de una verdadera Madre.

A todas las madres: las felices y las cansadas, las amadas y las olvidadas, las sonrientes y las que lloran en silencio... Espero que se sientan vistas por Dios, profundamente amadas y apreciadas en su corazón. Nunca olviden el inmenso valor de su vocación, pues el futuro del mundo y de las almas depende de sus manos.

Y tal vez la verdad sea esta: para una madre, todos los días son el Día de la Madre.

Zarish Imelda Neno

domingo, 10 de mayo de 2026

El Gran Hermano al volante: La vigilancia biométrica de la UE y el fin de la libertad de movimiento

 ADELANTE ESPAÑA



Bajo el seductor y biensonante manto de la «seguridad vial» y el objetivo «Visión Cero», la Unión Europea ha dado un paso definitivo hacia la monitorización total de la vida privada. A partir de julio de este año, no bastará con que los ciudadanos cumplan las normas de tráfico; ahora deberán hacerlo bajo la mirada imperturbable de una cámara de vigilancia instalada en el salpicadero. No se trata solo de coches nuevos saliendo de fábrica; se trata de cada vehículo matriculado en territorio comunitario. Bienvenidos a la era del ADDW (Advanced Driver Distraction Warning), el eufemismo técnico para lo que, en la práctica, es un interrogatorio biométrico constante mientras conduces.

El discurso oficial es predecible: eliminar las muertes en carretera para 2050. Sin embargo, si analizamos la trayectoria de las políticas de Bruselas, sabemos que la seguridad es siempre el caballo de Troya de la vigilancia. Nunca se trata de lo que dicen que se trata. Detrás de la detección de fatiga o distracción se esconde una arquitectura de control que transformará el acto de conducir —un símbolo histórico de libertad individual— en una actividad vigilada, punible y, en última instancia, obsoleta.

El fin de la presunción de inocencia: El seguro siempre gana

El primer impacto directo de esta medida será el colapso de la confianza entre el conductor y el sistema legal. Despídase de cualquier reclamación de seguro exitosa. Con la implementación de cámaras que registran cada parpadeo, cada mirada al retrovisor o cada vez que su mano se aparta de la posición de «las diez y diez», las compañías de seguros han encontrado el Santo Grial de las exenciones de responsabilidad.

Cualquier incidente, por mínimo que sea, será atribuido sistemáticamente a un «rendimiento deficiente del conductor». ¿Revisó el GPS detenido en un semáforo? ¿Apartó la vista un segundo para mirar un cartel publicitario? El sensor del espejo lo habrá registrado. Los datos biométricos se utilizarán como evidencia irrefutable para culpar al individuo de cualquier colisión, eliminando las variables del estado de la carretera o fallos mecánicos. Esto no es seguridad; es un sistema de transferencia de responsabilidad que siempre favorece a la corporación frente al ciudadano.

La creación artificial del «error humano»

Este despliegue tecnológico provocará un cambio sísmico en las estadísticas oficiales. Al tener un registro microscópico de cada infracción técnica (que no necesariamente de seguridad), el «error del conductor» se elevará como la causa absoluta de todo lo que ocurre en las carreteras. Y aquí es donde entra la maquinaria de propaganda.

En pocos meses, veremos titulares bombásticos en la prensa subvencionada: «Los datos del ADDW demuestran que el 80% de los europeos conducen de forma imprudente sin saberlo» o «La mayoría de los conductores veteranos han desarrollado hábitos peligrosos que cuestan vidas». La realidad no habrá cambiado, pero la percepción pública será moldeada para aceptar que el ser humano es, por naturaleza, incapaz de manejar un vehículo de forma responsable.

La trampa de la recertificación digital

Este problema, totalmente inventado mediante estadísticas sesgadas, tiene una solución ya preparada en los despachos de Bruselas: la recertificación obligatoria. No es una teoría de la conspiración; la legislación ya está en marcha. Las nuevas normas de la UE exigen que los conductores obtengan un nuevo permiso cada 15 años. Solo falta un pequeño ajuste administrativo para añadir la cláusula: «…o después de que se registren X advertencias por distracción del sistema ADDW».

Estos nuevos permisos no serán simples tarjetas de plástico. Serán documentos digitales que integrarán sus datos biométricos y estarán vinculados a su vehículo. Es el fin del anonimato. De hecho, el siguiente paso lógico es que los coches no arranquen sin un escaneo previo del permiso biométrico. Su coche ya no es su propiedad privada; es un terminal de datos conectado a una base de datos centralizada que decide, en tiempo real, si usted tiene el «privilegio» de desplazarse.

El carné por puntos gestionado por una IA

Imagine una Inteligencia Artificial analizando su historial de conducción en la nube. Cada vez que el sensor ADDW detecte un «error» —un bostezo, una mirada prolongada al paisaje, un ajuste de la radio—, la IA restará puntos de forma automática. Sin juicio, sin contexto, sin factor humano. Si pierde sus puntos, su permiso se bloquea digitalmente hasta que pase por caja para una «recertificación».

Usted podrá apelar, por supuesto, pero el sistema estará diseñado para que la tasa de apelación sea prohibitiva y el proceso legal tan farragoso que la mayoría acepte la sanción y la reeducación. Es el modelo de control social aplicado a la movilidad.

El idilio mediático con la servidumbre

La prensa celebrará este desastre como una victoria de la civilización. Veremos columnas de opinión en The Guardian o El País escritas por «exconductores» conversos: «Perdí mi licencia de conducir por mis distracciones y es lo mejor que me ha pasado». Nos hablarán de la belleza de caminar, del ahorro en impuestos y de cómo ahora conocen mejor a sus vecinos en el transporte público.

Mientras tanto, los expertos aplaudirán que la propiedad privada de vehículos ha disminuido bajo las regulaciones de la UE, calificándolo como un «beneficio no intencionado» para el planeta. Publicaciones como Vox o Buzzfeed nos dirán que un futuro sin coches es «precioso», ignorando deliberadamente que lo que es precioso es la libertad de poder salir de tu ciudad sin pedir permiso a un algoritmo.

El objetivo final: Despojar a la conducción de su prestigio

El objetivo es eliminar la imagen de personas conduciendo del espacio público. Se fomentará la idea de que conducir es algo arcaico, peligroso y egoísta. La presión social hará el trabajo sucio: padres de clase media presumiendo en redes sociales de que sus hijos «nunca quisieron aprender a conducir porque aman el planeta».

La forma más fácil de atrapar a una población es hacer que la libertad deje de estar de moda. Si se logra que saber conducir sea visto como algo tan anticuado como usar una máquina de escribir, la transición hacia ciudades-cárcel donde el transporte está totalmente automatizado y controlado por el Estado será pan comido. El transporte público automatizado no es solo eficiencia; es control sobre el origen, el destino y el tiempo del ciudadano.

Reconocer el patrón

Reconocer estos patrones es vital. Bruselas opera mediante «estafas a largo plazo» que se desarrollan lentamente para no alertar a la opinión pública, una táctica perfeccionada tras la pandemia. Saben que no pueden prohibir los coches de un día para otro, así que crean una atmósfera asfixiante de reglas, vigilancia biométrica y costes imposibles.

Puede parecer un detalle técnico menor, pero es un ataque frontal a la autonomía individual. Quieren arrasar con la propiedad privada y el movimiento libre para sustituirlos por una movilidad bajo demanda, monitorizada y condicionada al buen comportamiento. Los que ostentan el poder tienen la vista puesta en el futuro lejano; ya es hora de que nosotros empecemos a mirar con la misma atención hacia dónde nos están llevando.

sábado, 9 de mayo de 2026

La Rebelión Alemana: Bendiciones Gay y la Autoridad del Papa en Juego | P. Santiago Martín FM




DURACIÓN 17:54 MINUTOS

¿QUÉ PASA EN LA IGLESIA? #116 PADRE JORGE GONZÁLEZ GUADALIX.



DURACIÓN 33:10 MINUTOS



EMPEZAMOS EN ROMA 

ESPAÑA 

1. Programa oficial del papa León XIV en España 

2. Los obispos de Andalucía ante las elecciones 

3. Abascal y los obispos no se entienden 

MUNDO 

4. Qué hacemos con Alemania 

5. La liturgia tradicional poquito a poco 

6. El timo del cambio climático 

7. Polonia protege el matrimonio 

8. La Iglesia imparable de Vietnam

TRIBUNA. Argüello y los monjes del Valle: una contradicción que no puede sostenerse por más tiempo



Cuando dos voces eclesiales de máxima autoridad describen un mismo hecho de manera incompatible, lo normal —lo razonable— es esperar una aclaración. Cuando esa aclaración no llega, lo normal es empezar a preguntarse por qué. Eso es exactamente lo que está ocurriendo desde hace semanas en el asunto del Valle de los Caídos, donde la posición pública de la comunidad benedictina y la del presidente de la Conferencia Episcopal Española no encajan. No encajan en absoluto.

La cuestión, en el fondo, es de una simplicidad casi incómoda: ¿afecta o no el proyecto ganador del concurso de resignificación al interior de la Basílica de la Santa Cruz? Para los monjes que custodian el templo, sí —y de manera grave—. Para monseñor Luis Argüello, no. El proyecto, sostiene, respeta la basílica. Las dos cosas no pueden ser verdad al mismo tiempo. Y cuando uno abre los planos publicados por el propio Ministerio de Vivienda y Agenda Urbana, la duda desaparece: la razón no está en el lado más tranquilizador del relato.

Lo que escribieron los monjes:

El martes 28 de abril, la Abadía de la Santa Cruz del Valle de los Caídos publicó una Tercera en ABC. No fue un comentario improvisado, ni un testimonio oído de terceros, o una filtración anónima. Fue un texto firmado y deliberado, consciente de su alcance. La gravedad del asunto exigía precisamente eso: exposición pública y responsabilidad en lo dicho, sea cual sea la opinión de terceros sobre su contenido.

En ese texto, el representante de la Abadía argumentaba desde diversos ángulos, algunos de los cuales son matizables desde el punto de vista filosófico. Sin embargo, recordaba algo tan elemental que resulta casi incómodo tener que volver a explicarlo. Para la Iglesia católica, un templo no es un edificio fragmentable al gusto de la coyuntura política. No es un contenedor adaptable. Es la casa de Dios. Y su sacralidad —escribía— «no se limita al altar ni al momento de la celebración litúrgica por excelencia —la Santa Misa—, sino que se extiende a la totalidad de la planta y de los espacios del templo —puerta, atrio, vestíbulo, naves, altar, cúpula, capillas y criptas».

El problema eclesiástico —advertían los benedictinos— no es lo que el Gobierno quiera hacer fuera de la basílica, que corresponde al ámbito político. El problema aparece cuando «se contempla extender dichas actuaciones a los espacios consagrados del templo, imponiendo un acceso no independiente y subordinado al paso previo por un centro de interpretación histórica y política». Y lo remataban sin dejar resquicio a la ambigüedad: «dicha afectación comprende, además de ese acceso condicionado, la ocupación del atrio, del vestíbulo y de otros espacios del templo, según el proyecto seleccionado por el Gobierno».

Traducido a lenguaje llano, sin tecnicismos: el Ejecutivo de Pedro Sánchez no se limita a intervenir el entorno del Valle. Pretende que el fiel atraviese antes un relato —un centro de interpretación histórico y político— para poder entrar en la basílica. Pretende ocupar el atrio. Pretende transformar el vestíbulo. Pretende, sin ambigüedad alguna, intervenir en espacios consagrados. Y todo ello, más allá de la sacralidad —subrayaban los monjes— compromete los principios de neutralidad y proporcionalidad del Estado, así como el derecho constitucional de los fieles a la libertad religiosa y de culto. No es una opinión más. Es la posición de quienes tienen la responsabilidad jurídica y espiritual del templo.

Lo que dijo el presidente de los obispos españoles:

Cinco días después, el domingo 3 de mayo, el mismo diario publicaba una entrevista con el presidente de la Conferencia Episcopal Española. Y la versión que monseñor Argüello ofrecía sobre ese mismo proyecto —ya conocida la posición pública de los benedictinos— sonaba, sencillamente, distinta.

«Ha salido el concurso y hay un proyecto ganador, pero se ha presentado un recurso —decía—. En este momento, la posibilidad de llegar a un acuerdo pasa por los monjes… y por el Gobierno… Yo creo que existe la posibilidad de llegar a un acuerdo que respete la abadía, la basílica y el acceso independiente. El actual proyecto ganador respeta los dos primeros puntos y no el acceso independiente, pero creo que es fácil de resolver el asunto si hay buena voluntad».

Conviene detenerse. Leerlo despacio. Palabra por palabra. Para el presidente de los obispos españoles, el proyecto ganador «respeta la basílica». El problema —si acaso— sería el acceso independiente. Un fleco. Un detalle técnico. Algo solucionable con buena voluntad.

Pero cinco días antes, los monjes —los mismos que, como él reconoce, tienen la encomienda de la basílica— habían afirmado justo lo contrario. Que el proyecto entra en los espacios consagrados. Que ocupa la puerta. Que ocupa el atrio. Que transforma el vestíbulo. Que condiciona el acceso al paso previo por un centro de interpretación político. Que plantea problemas de fondo, no de matiz.

No es una diferencia de enfoque. No es una cuestión de lenguaje. Es una divergencia de hecho. No están describiendo lo mismo. No están hablando del mismo proyecto. No están transmitiendo la misma realidad al fiel.

Lo que dicen los planos:

Y entonces llega el dato incómodo, el dato verificable. El que no depende de interpretaciones ni de matices. Basta con abrir la documentación pública del Ministerio de Vivienda y Agenda Urbana, y con mirar los planos. Y los planos son tozudos.

La intervención prevista no se limita al exterior ni se queda en el entorno, ni se agota en el acceso. Afecta a la puerta de la basílica, afecta al atrio, y al vestíbulo interior. Y proyecta intervenciones en la secuencia de entrada al templo que alteran su configuración funcional y simbólica.

Salvo que el Gobierno haya cambiado en silencio su proyecto —algo que no ha comunicado—, lo que figura en los documentos oficiales coincide con lo que denuncian los monjes. No con la versión más tranquilizadora.

La contradicción, por tanto, no es interpretativa. Es factual. Una de las dos descripciones públicas no se ajusta a lo que está escrito en los planos. Y no es la de los benedictinos.
La transparencia debida

Ahí es donde el asunto deja de ser un cruce de declaraciones y adquiere un relieve institucional. Porque los fieles católicos no son menores de edad informativos. Tienen derecho a saber qué está en juego en una Basílica pontificia, qué pretende hacer el Gobierno en el interior de un templo consagrado, y qué postura sostienen sus pastores.

Cuando dos voces eclesiales de ese nivel ofrecen versiones incompatibles, alguien tiene que aclararlo. No por polemizar. Por respeto.

¿Conocía monseñor Argüello el contenido de la Tercera publicada por la Abadía cinco días antes de su entrevista? Si lo conocía —y cuesta pensar que no—, ¿por qué afirmó que el proyecto «respeta la basílica»? ¿Ha examinado los planos publicados por el Gobierno? ¿Qué versión deben considerar veraz los fieles?

No son preguntas retóricas. Son las preguntas que ya circulan —cada vez con menos cautela— en conversaciones discretas, en ámbitos eclesiales, en sacristías y fuera de ellas.

La transparencia, en este punto, no es una virtud opcional. Cuando lo que está en juego es un templo consagrado y la libertad religiosa de los fieles, es una exigencia mínima.


Por Ramón Ruavieja

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Müller denuncia que la ideología LGBT «ha penetrado en la Iglesia» a través del proceso sinodal




El cardenal Gerhard Müller se ha pronunciado sobre el informe del Sínodo sobre la Sinodalidad referidoa a las denominadas «cuestiones emergentes», denunciando que determinados sectores eclesiales están utilizando el proceso sinodal para introducir en la Iglesia la ideología de género y relativizar la doctrina católica sobre el matrimonio.

En un extenso texto difundido por su oficina y publicado por Per Mariam, el ex prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe acusa a algunos obispos, teólogos y responsables pastorales de promover una “cristianización acomodada al mundo” y de sustituir la revelación divina por categorías ideológicas contemporáneas.

“La relativización del matrimonio ya no se oculta”

Según el cardenal, el informe refleja una deriva teológica que busca debilitar progresivamente la enseñanza católica sobre el matrimonio y la sexualidad. A su juicio, la cuestión ya no se presenta de manera indirecta o ambigua, sino abiertamente.

“La relativización herética del matrimonio natural y sacramental es acogida públicamente”, afirma Müller, quien considera que algunos sectores eclesiales están utilizando el lenguaje pastoral para erosionar doctrinas fundamentales de la Iglesia.


En esa línea, sostiene que la promoción de bendiciones para parejas homosexuales o para uniones irregulares no constituye un asunto meramente disciplinar, sino una alteración profunda de la antropología cristiana y de la comprensión católica del matrimonio.

“Todo esto se presenta como el primer paso hacia el reconocimiento de la ideología LGBT”, escribe, denunciando que dicha ideología propone “una visión materialista del ser humano sin Dios, creador y redentor”.

Críticas al nuevo lenguaje pastoral

Müller dirige buena parte de sus críticas al modo en que ciertos documentos sinodales o discursos eclesiales plantean la relación entre doctrina y misericordia. Según explica, se está construyendo artificialmente una oposición entre fidelidad doctrinal y cercanía pastoral, como si la enseñanza moral de la Iglesia fuese incompatible con la compasión hacia las personas.

A su juicio, algunos sectores presentan a quienes defienden la doctrina católica como “rígidos” o “legalistas”, mientras exaltan un modelo pastoral basado únicamente en la aceptación incondicional y en la adaptación al espíritu del tiempo.

Sin embargo, el purpurado recuerda que la tradición cristiana jamás ha entendido la misericordia como una justificación del pecado. Cristo murió por todos los hombres, afirma, precisamente para ofrecer la posibilidad de conversión y de una vida nueva conforme al Evangelio.

Por ello, considera especialmente peligroso el uso ambiguo de conceptos como “discernimiento” o “escucha del Espíritu” cuando sirven para evitar llamar pecado a aquello que contradice objetivamente la ley de Dios.

“La bendición no puede aprobar una vida contraria al Evangelio”

Müller insiste en que ninguna autoridad eclesial posee poder para bendecir aquello que contradice el designio divino sobre el hombre y la mujer. “No existe en la Sagrada Escritura ni en toda la tradición de la Iglesia ninguna bendición para relaciones adúlteras”, afirma.

El cardenal explica que la bendición cristiana nunca puede entenderse como una aprobación moral de una situación objetivamente desordenada. “La bendición litúrgica o privada es una oración de la Iglesia que pide la ayuda de Dios para promover el bien; jamás puede convertirse en la confirmación de una vida contraria a Dios”, escribe.

En este contexto, recuerda además que la debilidad humana no elimina la llamada a la conversión ni anula la acción de la gracia. Citando a san Pablo, insiste en que Dios no niega su ayuda a quien la pide sinceramente.

Una denuncia frontal contra la ideología “woke”

Más allá de la cuestión de las bendiciones, Müller amplía su reflexión hacia una crítica general de la ideología de género y de la llamada cultura “woke”, cuya influencia considera cada vez más visible dentro de algunos ambientes eclesiales.

“El pensamiento woke, derivado originalmente del materialismo ateo, ha penetrado en la Iglesia como una herejía destructiva y una fuerza de división”

El purpurado llega incluso a comparar esta situación con antiguas crisis doctrinales que amenazaron la unidad de la Iglesia, como el pelagianismo o el maniqueísmo. Frente a ello, recuerda que la Iglesia superó esas herejías gracias a la firmeza doctrinal de los papas, los concilios y grandes doctores como san Agustín o santo Tomás de Aquino.
“La Iglesia no salvará al mundo imitándolo”

Finalmente, el ex prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, advierte del riesgo de transformar la Iglesia en una organización meramente filantrópica obsesionada por obtener aprobación cultural y mediática.

El cristianismo no recuperará a las sociedades secularizadas de Occidente diluyendo su doctrina o adaptándose a las corrientes ideológicas dominantes. La misión de la Iglesia, insiste, sigue siendo conducir a los hombres hacia Jesucristo y anunciar íntegramente el Evangelio.

“No son las falsas bendiciones de los poderosos de este mundo las que necesita la Iglesia”, concluye Müller, recordando que la verdadera bendición procede únicamente de Dios y de la fidelidad a Cristo.