“C’est pire qu’un crime, c’est une faute_”_
Atribuida a Talleyrand
Introducción
“Es peor que un crimen, es una estupidez”. En 1804 el Primer Cónsul Napoleón había dado por finiquitado los desmanes revolucionarios y ya se podía dar a conocer por toda Europa como un gobernante confiable y razonable. Sin embargo, en marzo de ese mismo año su ejercito secuestró al Borbón duque de Enghien en tierra extranjera, lo juzgó sumariamente e inmediatamente lo ejecutó en el paredón. Volvían los tiempos en que parecía que los franceses tenían patente del Corso, y podían romper a su sabor las soberanías de los reinos y países europeos a la buena usanza jacobina. Fue peor que un crimen, fue una estupidez porque el asesinato apenas le reportó beneficios —castigar una supuesta conspiración—, sino innumerable perjuicios ya que hizo que Napoleón jamás pudiera reconciliarse con los Borbones y le impidió ser aceptado por el resto de Europa como un igual. Esa sangre vertida levantó un muro formidable alrededor del gran Corso que finalmente lo destruyó. No es nada extraño que se la atribuyeran al gran diplomático y excelso superviviente Talleyrand.
Desde que salió León XIV al balcón de la basílica de San Pedro, casi todo el tradicionalismo ha entrado en un estado de histeria colectiva contra el nuevo Papa. Ni siquiera se había trasladado al Palacio Apostólico cuando ya recibía ataques feroces, exigencias desmesuradas, denuncias intempestivas, gritos ensordecedores e, incluso, chantajes como los de la Fraternidad de San Pio X. De hecho, los primeros problemas y dolores de cabeza no fueron los progresistas, desfondados, ni los neocones, hundidos, sino de algunos grupos tradicionalistas. Una insaciabilidad de Agujero Negro, que todo lo engulle en su negra oscuridad y nada le colma ni le calma. Ni un rayo de luz escapa de un agujero negro, ni un poco de esperanza sale de estas mentes. Maniqueísmo puro y suma estupidez.
No tengo ni idea de por qué ha ocurrido esto ni sé la causa profunda de ello, aunque tengo algunas sospechas e intuiciones pero, como ya hemos tenido la acusación de leer las consciencias, de falta de caridad y de juicio temerario, hemos decidido que intentaremos no meternos en juicios internos sino hacer un ejercicio de realismo político eclesiástico a la manera de Maquiavelo y Tácito para ver las oportunidades perdidas y los graves errores cometidos.
Estado de tradicionalismo durante de elección de León XIV
El Papa León fue elegido sumo pontífice el día 8 de mayo del 2025. Por primera vez en muchísimo tiempo el tradicionalismo y sus aliados jugaron bien sus cartas y formaron parte del bando ganador del cónclave. Por una vez y sin que sirva de precedente, viendo lo visto ahora, se actuó con perspicacia, prudencia e inteligencia. Además de esta gran ventaja de no ser enemigos ni opositores al pontífice desde el comienzo, en el momento de la aparición de Prevost en el balcon de San Pedro, se contaba con el siguiente capital locamente dilapidado en aspavientos:
En primer lugar, el capital simbólico de ser las principales víctimas del tiránico Francisco, Papa que llegó a ser odiado de forma universal por casi todas las facciones eclesiásticas, desde las más progresistas hasta las más conservadoras, por su desgobierno, injusticia, personalismo, delación e incompetencia. Este caos despótico hizo que todos los enemigos de Francisco vieran con simpatía al tradicionalismo, le dieran la razón en muchos de sus planteamientos y lo aceptaran como un jugador legítimo más.
En segundo lugar, con León XIV asciende una nueva generación muy distinta a las anteriores, donde el Vaticano II y sus consecuencias se vivían como algo personal y vital. La generación de Prevost es más pragmática y racional, y ha asumido el Concilio como un hecho de la historia, sin la carga polémica de los anteriores. Es el primer pontífice que no participó ni le afectó el gran suceso eclesiástico del siglo XX, ni sus luchas ni sus prejuicios. Podría estar abierto al debate constructivo de muchos aspectos importantes y fundamentales, incluido el encaje de la Misa Tradicional y sus movimientos.
En tercer lugar, el desfondamiento profundo de todo el progresismo. El progresismo realmente existente de Francisco ha sido tan letal como el soviético para sus defensores. Es una derrota en todos los frentes, moral, política, institucional. Como en 1989, sólo queda la nomenklatura en los mandos. Por otro lado, el clima político y social de los centros del progresismo, Europa y América del Norte, están virando en contra con profundidad. No habrá apoyos externos que presionen fuertemente desde fuera como con Benedicto XVI. El progresismo no iba a poner graves impedimentos pues está desfondado y disperso interna y externamente.
En cuarto lugar, el crecimiento del propio tradicionalismo tanto en número como en influencia, gracias al sacrificio muy poco correspondido y nada agradecido, de un Papa, del gran Benedicto XVI, que dio libertad, autoridad moral y prestigio da través de su figura humana e intelectual, para la recuperación de la Misa Tradicional. El tradicionalismo estaba más fuerte que nunca y con una imagen renovada sin las rémoras del pasado.
Este era el estado en que se encontraba el tradicionalismo en el momento de la proclamación de León XIV. El mejor desde la muerte de Pio XII en 1958 y con mayores posibilidades de renovación en todos los frentes y colaboración en la restauración de la Iglesia. En un año se fue todo al garete por soberbia, revanchismo, fariseísmo e insaciabilidad. Por mezquindad, idiocia y fatuidad.
Comienzo de la tragedia
Prevost fue elegido como Papa de consenso para devolver normalidad a la Iglesia y su gobierno cotidiano, poner algo de paz a las facciones que desgarraban la Iglesia y evitar las sucesivas imposiciones de los bandos. En la memoria de todos estaba el período terrible de la llamada “sede vacante” (2000-2005), los enfrentamientos cainitas del pontificado de Benedicto XVI (2005-2013) y la tiranía francisquista (2013-2025) Es decir, se eligió un administrador competente que devolviera un funcionamiento normal al Vaticano, y a un moderador que evitara el cisma después de 25 años de guerra civil. A eso se ha dedicado todo este tiempo con el acuerdo de todas las facciones, desde casi todos los francisquistas como Tucho o Parolin, hasta los más conservadores como Sarah o Müller, sea por interés desinteresado o muy personal. ¿Todos? No, sólo algunos grupos tradicionalistas se opusieron en una de las políticas más suicidas, contraproducentes y estúpidas que se recuerde.
De conscriptione modernistarum
Ya hablé en uno de los artículos más polémicos de la insaciabilidad, que es una muestra de la soberbia que nos corroe. Sólo se puede exigir legítimamente el mínimo pedido por Dios: el Credo, los Mandamientos y los Sacramentos lícita y válidamente celebrados con los ritos aprobados por la Iglesia. Todo lo demás, por muy bueno, santo y bonito que sea, está al servicio de estos fines y dentro del ámbito de la prudencia, por lo que debe haber libertad y reconocimiento de la licitud de otras opciones.
Pero algunos no lo entendieron y empezaron a exigir una purga mayor de todos los francisquistas tras la acusación de que León XIV era un nuevo Francisco (¿Nadie ve la contradicción aquí?). Y estos mismos grupos exigentes eran sus clones más fieles pero invertidos; son Bergoglios tradis en miniatura. Es decir, piden volver a la guerra civil y con muy poco poder real en las manos, rompiendo la frágil tregua. Destruyeron la imagen de víctimas injustamente maltratadas, y se adjudicaron otra de futuros tiranos y revanchistas furibundos.
De Bello Titulaico
Primer error del pontificado fue la publicación del documento de los títulos de la Virgen y de la mano de quien sabemos, el Tucho. No obstante, el oponerse a esos títulos es tan legítimo como su defensa, puesto que no son dogmas, que nadie niega el fondo del asunto sino su formulación y que son muy recientes y para nada populares, sino devociones de grupos muy acotados. Este escrito se debería haber contestado con un debate profundo, dando razones teológicas, revisitando los Padres y los Santos, y con muestras de devoción mariana auténtica. Se contestó al documento con histeria digna de los Monthy Pitton, con ataques personales a León XIV, el Tucho y otros (¿dónde quedó el no juzgar consciencias?) y con violencia simbólica para acallar a los contrarios con acusaciones de herejía, blasfemia y sacrilegio por una disputa menor y legítima. Los defensores de la Fe y la Tradición se mostraron como censores y secuaces fanáticos, en vez de profundos teólogos y personas de piedad probada como los Padres y Santos de antaño .
De schisma êconistarum
Finalmente, el cisma de los econitas, la puntilla. Ante una petición de unidad y de colaboración con todos, se respondió con altivez y se ha mostrado de que, si no interesa, se hace rancho aparte, se chantajea a toda la Iglesia con excusas estrafalarias, y peor, se ha visto a un grupo, injustamente pero con algo de razón, que, en el fondo y calladamente, se creen la única iglesia verdadera con los únicos sacramentos verdaderos y la única espiritualidad verdadera que quiere imponerse al resto, ilegítimos leprosos de modernismo.
Esta son las tres desdichas que han hundido el tradicionalismo cuando tenía una oportunidad de oro, casi única en décadas, para poder prosperar, ofrecer sus tesoros y colaborar con el resto de grupos sanos en la restauración de la Iglesia. No ha sido así; ha faltado inteligencia, humildad y autocrítica, ha faltado amor a la Iglesia y a Cristo, ha faltado el espíritu crítico para diferenciar lo esencial y lo accesorio. Ha sobrado soberbia, fanatismo, fariseísmo; han sobrado ídolos a los que adorar, incensar y sacrificar y se ha exigido lo que no se podía exigir legítimamente. Se ha dilapidado alegremente el capital aportado por el sufrimiento y se ha demostrado que están tan enfermos como los demás y que, en el estado actual, si se hicieran con los mandos de la Iglesia y tuviesen las manos libres para imponer sus ideas, sobrevendría otra gran tragedia a la Iglesia. Justos juicios de Dios porque ningún -ismo salva, aún teniendo lo más bueno y santo, sino Él mismo y su insondable providencia
Conclusión
No conozco al papa León XIV ni nadie le conocía hasta su elección. No sé si será un Francisco II más presentable, un Benedicto XVII o un Pio XIII. Sí sé que los papas no heredan ni son heredados, quieran o no. Tampoco me importa mucho lo que digamos de él; lo que me importa es lo que hagamos nosotros, puesto que es esto lo que depende de nuestra mano. Quizás la mayor sorpresa que puede deparar su pontificado es que haga lo que le pidieron que hiciera. Además, no se sabía ni siquiera donde nació, no se había oído apenas su voz cuando se produjeron los primeros ataques y no había pasado ni un mes cuando se le atacó con furor por lo que nada me valen las excusas actuales de si nos gusta o no, lo que hace y lo que no hace. Se le condenó por adelantado cuando no se había recibido ni una mala palabra ni una mala acción, ni un insulto ni una condena, ni nada. Se le despreció cuando ofreció palabras y oportunidades de debate y negociación razonable y no se le apoyó cuando ejerció su labor de defensa de la unidad de Iglesia. ¿Qué esperaban que fuera la respuesta? ¿Flores, besos y sonrisas…?.
Nunca sabremos lo que se hubiera conseguido con otro comportamiento y actitud, quizás nada, pero sí que, por lo menos, se hubiera conseguido la autoridad, el prestigio y el honor ante toda la Iglesia, el reconocimiento de la justicia y razón de la Misa Tradicional, y la convicción de total lealtad, lealtad en el bien y la verdad, a la sede de Pedro y a toda la Iglesia Católica. Hoy no se hubieran visto los frutos pero mañana sí. Este era el camino del Divino Maestro durante su vida terrenal.
Por una vez están de acuerdo todos los moralistas, sean realistas o idealistas: stultitia est peccatum. Lo que se ha hecho ha sido un error gordísimo, un suicidio, unas larga serie de decisiones desdichadas. Han atado las manos al pontífice si éste tenía la intención de solucionar el problema de forma pacífica y razonable, y dado razones válidas para castigar. Ahora no puede otorgar nada sin parecer que abdica de su autoridad y sin que parezca que alimenta un cáncer que pone en peligro a la Iglesia. Los efectos los estamos viendo ya y el principal daño lo están recibiendo lo más inocentes. Todavía hay una oportunidad para enmendar el daño aunque se necesita un grado heroico de humildad, y es bajar del pedestal al que nos hemos subido, derribar los ídolos, cambiar de actitud, asumir responsabilidades y volver a lo esencial: buscar el Reino de Dios. Lo demás se dará por añadidura.
Termino con una frase, esta vez sí, pronunciada con certeza por Talleyrand, el mejor resumen de lo que ha pasado: “Nunca debe cometerse la imprudencia de exigir al presente lo que el porvenir nos aportará con menos esfuerzo.”
Eck

