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jueves, 10 de septiembre de 2026

Los bárbaros están a las puertas



Decía el Quijote que «de los moros no se puede esperar verdad alguna, porque todos son embelecadores, falsarios y quimeristas» . Del gobierno español puede decirse lo mismo. Sus ridículas explicaciones exonerando a toda prisa a Marruecos de cualquier responsabilidad en los gravísimos acontecimientos de Ceuta son un ejemplo más de su sospechoso entreguismo a los intereses marroquíes.En este sentido, la postura corporal de Sánchez cuando se presenta ante Mohamed VI resulta esclarecedora: generalmente chulesco en su rol de macho alfa, ante el rey marroquí el presidente español adopta la postura del colegial que va a ver al director a su despacho para ser reprendido, o la del subordinado sumiso esperando órdenes. ¿Cuándo nos van a explicar el brusco abandono del Sahara a cambio de nada, la dejación ante las narcolanchas que zarpan de Marruecos y el incomprensible desmantelamiento del OCON-Sur, la unidad especializada de la Guardia Civil en la lucha contra el narcotráfico en el Estrecho?

Respecto a lo ocurrido en Ceuta, ¿no resulta extraño que el gobierno español no haya formalizado en ningún momento una protesta diplomática ni exigido explicación alguna al gobierno marroquí? ¿No resulta extraño que, si es inocente, Marruecos, lejos de disculparse, haya tildado de «ciudades ocupadas» a Ceuta y Melilla y que el Consejo de Derechos Humanos marroquí (un gracioso oxímoron) acuse a la policía española de «agresiones», a supuestos «grupos extremistas» de «insultos y palizas» a los intrusos, y a la ciudad de Ceuta de no cuidar adecuadamente de aquellos?[2]

La invasión de alrededor de 80.000 individuos (¿cuántos infiltrados y delincuentes habrá entre ellos?) gracias a la pasividad y colaboración de las fuerzas policiales marroquíes resultó en un centenar de muertes ante el absoluto desinterés de Marruecos por su suerte. Un mes más tarde, miles de intrusos continúan malviviendo en la ciudad y provocando problemas evidentes de orden y salud pública que están haciendo la vida imposible a nuestros conciudadanos ceutíes.

Algunos de los invasores han cometido serios delitos, dato que ya no puede sorprendernos. En efecto, según las estadísticas oficiales, los inmigrantes marroquíes delinquen (en proporción a su población) mucho más, en orden de magnitud, que otros subsegmentos de inmigrantes o que la población española autóctona, como tuve ocasión de mostrar en un artículo anterior[3]. Convendría que los periodistas de nuestro país —tras realizar un cursillo de respeto a la verdad y otro de matemáticas elementales— reflejaran este hecho en vez de repetir consignas.

Inicialmente, Sánchez tildó el incidente de «violación de la integridad territorial», ofensa grave a la soberanía de un país que suele constituir un casus belli. Más tarde, la ministra de Defensa hablaría de un «ataque híbrido por parte de un actor interesado» (¿identidad del actor?). Sin embargo, poco después, el ministro del Interior y el propio Sánchez corrían a alabar y absolver a Marruecos («socios fiables») de toda culpa, actitud que mantienen contra toda evidencia.

Anatomía de una agresión

¿Qué ha ocurrido? Para comprenderlo, hay que partir de varias premisas. La primera es que los acontecimientos de Ceuta nada tienen que ver con la inmigración, sino con un pulso geoestratégico: constituyen a todas luces un serio paso adelante en la reclamación marroquí de las ciudades españolas situadas en la costa sur del Mediterráneo. Marruecos tiene un proyecto; España, no.

La segunda reflexión es que Marruecos es el principal, único y obvio sospechoso, y cuenta con antecedentes, como tendremos ocasión de explorar. Lo tercero es que, a pesar de ser un país pobre, corrupto y gobernado por un régimen autoritario escasamente ejemplar, Marruecos ha ido tejiendo alianzas con padrinos poderosos con las que alcanza un peso que no se corresponde con su modesta realidad política, social y económica. Así, jamás actúa sin contar con la cobertura de las grandes potencias, con cuyos intereses siempre busca alinearse.

Finalmente, debemos comprender que Marruecos cuenta con una élite políglota y bien preparada que ha desarrollado una hábil y consistente política exterior en las últimas décadas dedicando esfuerzo y dinero para comprar voluntades a ambos lados del océano (en EEUU, en la UE y también entre políticos y periodistas de este país). Por el contrario, la política exterior española ha carecido de rumbo, consistiendo en una combinación de seguidismo, complejo de inferioridad y bandazos en función de las simpatías políticas o ideológicas de los distintos gobiernos, es decir, de las filias y fobias de sus presidentes, en perjuicio de los intereses a largo plazo de España. En este sentido, la aspaventera hostilidad de los gobiernos del PSOE de Zapatero y Sánchez hacia una gran potencia como EEUU, aliada de Marruecos, nos ha hecho un daño enorme que el país magrebí ha sabido aprovechar. Hostilidad innecesaria, por otra parte, pues, aunque los intereses de España —que son los únicos que debemos defender— no tengan por qué coincidir con los de EEUU, existen cauces para gestionar las diferencias sin necesidad de acudir a la provocación.

Una vez dicho esto, existen sobrados indicios para especular que lo ocurrido este mes de julio ha sido un claro ataque híbrido de Marruecos. ¿Por qué ahora? En el orden global de las cosas, Marruecos es consciente de la ventana de oportunidad que supone la presidencia de Trump-Israel y la extrema debilidad política de Sánchez. También ha tenido en cuenta su aislamiento internacional tras sus fricciones con EEUU y con la UE, por sus suicidas políticas migratorias.

Por otro lado, la coincidencia con el día del Trono, lejos de exonerar a Marruecos, refuerza la sospecha. En efecto, no hay que olvidar que la invasión de Perejil tuvo lugar la víspera del comienzo de los fastos de la celebración pública de la boda de Mohamed VI (12-14 julio de 2002), por lo que parece una costumbre suya hacerse regalos a sí mismo en fechas señaladas. Además, el día del Trono es precisamente el día en que el rey marroquí recibe las felicitaciones de sus aliados. Este año se conmemoraba además el 250 aniversario de la fundación de los EEUU y, habiendo sido Marruecos el primer país del mundo en reconocer la independencia de EEUU en 1777, el mensaje de felicitación del presidente Trump al rey Mohamed era este año particularmente elocuente: «El sabio liderazgo de Su Majestad ha sido una piedra angular de la estabilidad. El firme compromiso de Marruecos con el fomento de la paz, la lucha contra el extremismo y la protección de la seguridad estadounidense y marroquí —entre otras cosas, a través de su papel fundamental en los Acuerdos de Abraham— refleja una valiosa colaboración para Estados Unidos»[4].

Por otro lado, la sentencia del Supremo del 29 de junio[5] permitió a Marruecos contar con una coartada: la burda cortina de humo de la movilización espontánea. También es posible que Marruecos eligiera el final de julio anticipando que el presidente del gobierno iba a hacer gala de su nulo amor por España al no interrumpir sus vacaciones bajo ningún concepto. Los países árabes atacaron a Israel en la fiesta del Yom Kipur; Marruecos lo ha hecho justo antes de agosto.

Los indicios que apuntan a Marruecos son abrumadores. En primer lugar, Marruecos tiene un móvil claro (testar y desestabilizar) del que carece cualquier otro «actor interesado»: ¿qué interés tendrían unas mafias o unos individuos anónimos en provocar una avalancha? Por otro lado, es absolutamente imposible que una movilización de 80.000 personas le pasara desapercibida al controladísimo estado policial marroquí, y mucho menos si se dirigían a una ciudad situada a escasos kilómetros de donde el rey Mohamed celebraba el día del Trono. Del mismo modo, es imposible que las 80.000 personas coincidieran casualmente en Ceuta el mismo día. Si hubiera sido una movilización espontánea por redes sociales se habría producido un goteo incesante durante semanas, pero no una avalancha en 24 horas. Está claro que fue un movimiento organizado, y no por unas mafias, innecesarias para que alguien coja el autobús o el tren dentro del propio Marruecos.

En segundo lugar, la policía de fronteras marroquí adoptó la misma pasividad que había adoptado en el incidente fronterizo del 2021, permitiendo y dirigiendo, según diversos informes policiales, la entrada de los invasores. Estos quizá conocían la sentencia del Supremo, pero ¿cómo sabían que la policía marroquí les permitiría cruzar la frontera ese día? Cuando Marruecos no quiere, nadie cruza, como comprobamos el 15 de agosto. ¿Quién dio las órdenes a la policía marroquí de no hacer nada —ni enviar refuerzos— durante al menos 24 horas?

Finalmente, el hecho de que Marruecos accediera al retorno en caliente de la inmensa mayoría de los invasores no prueba nada. Exactamente lo mismo ocurrió en el incidente del 2021, cuya autoría marroquí nadie puso en duda.

¿Qué debería haber hecho España?

En unas circunstancias normales, la reacción de España habría sido muy diferente. Una España normal habría montado en cólera, convocado al embajador marroquí, llamado a consultas al embajador en Marruecos y denunciado lo ocurrido en todos los foros internacionales.

Inmediatamente habría reforzado la presencia policial y militar en Ceuta, aprestado una presencia significativa de la Armada en Ceuta (por ejemplo, una fragata) y anunciado la construcción de un aeródromo de uso civil y militar. Un gesto que habría lanzado un mensaje prístino sobre la españolidad de las ciudades autónomas habría sido la presencia del rey y del gobierno en pleno celebrando un consejo de ministros en la ciudad.

Del mismo modo, una España normal no habría dado de comer gratuitamente a los invasores, un incentivo perverso, sino todo lo contrario: habría utilizado el hambre a su favor para que en 24-48h los propios intrusos hubieran vuelto a sus casas dirigidos por su estómago vacío. Caridad y estupidez no son sinónimos.

Asimismo, una España normal habría listado todos aquellos puntos en los que puede hacer daño a Marruecos (relaciones comerciales bilaterales, relaciones con la UE, suministro eléctrico y energético, ayuda a países rivales, socavación de la imagen interna del régimen por los estilos de vida de sus más altos representantes, etc.), mostrando los dientes al país vecino en vez de menear la cola. Lo ideal es tener relaciones cordiales y mutuamente fructíferas con todo el mundo, pero estas deben estar basadas en el respeto mutuo y a las reglas del juego: «Amigos, muy amigos, pero el burro a la linde».

En definitiva, una España normal habría reaccionado con una política de dura represalia, disuasoria de futuros intentos, y anunciado un golpe de timón a la excesivamente obsequiosa política española hacia Marruecos, que tan amargos frutos ha dado, comenzando a tratar al país magrebí como lo que es: un Estado conflictivo con todos sus vecinos. Pero España ha dejado de ser un país normal, y Marruecos lo sabe.

Primer antecedente: la Marcha Verde

Decíamos al principio que Marruecos es un sospechoso que cuenta con antecedentes. En efecto, en noviembre de 1975 —en medio de la agonía de Franco—, el país magrebí lanzó a centenares de miles de civiles que penetraron en el Sahara español. En ese momento, Hassán II supo calibrar bien al joven e inexperto príncipe Juan Carlos, entonces jefe de Estado interino, y comprendió que se le presentaba una oportunidad para hacer lo que jamás había tenido valor de hacer en vida de Franco.

EEUU apoyó explícitamente a Marruecos, acallando la protesta de la ONU por la vulneración flagrante de la legislación internacional y presionando para asegurarse la no oposición española. Los norteamericanos se mostraban entusiasmados con el régimen marroquí como contrapeso a Argelia, que se movía en la órbita soviética. Así, el despiadado pero inteligente Hassán II supo explotar el miedo de EEUU a dos escenarios: a que en el Sahara se instalara un Frente Polisario controlado por la URSS y a que en España el final de la dictadura diera lugar a un caos político que contribuyera a la inestabilidad de la región. Por todo ello, la Marcha Verde constituyó una operación de EEUU tanto o más que de Marruecos, una escaramuza más de la Guerra Fría en la que España se limitó a jugar un triste papel: el de peón de EEUU sacrificado en el gran tablero de ajedrez de las superpotencias. Marruecos también obedeció a los intereses norteamericanos, pero en su caso coincidían con los suyos.

Segundo antecedente: Perejil

En julio de 2002, Marruecos envió un exiguo contingente armado a tomar posesión del desierto islote Perejil, de soberanía española. Los gendarmes —que inmediatamente izaron una bandera marroquí— pronto serían sustituidos por infantes de Marina de aspecto poco aseado. Naturalmente, las autoridades marroquíes negaron inicialmente tener conocimiento alguno de lo acontecido, como ahora; más tarde afirmaron con desfachatez que aquello tenía que ver con la lucha contra la droga. Sin embargo, el gobierno español de aquel entonces supo leer perfectamente que se encontraba ante una seria amenaza que creaba un peligroso precedente. En efecto, la acción marroquí quería medir la voluntad española de defender su integridad territorial, motivo por el cual eligieron adrede un pequeño islote sin importancia y a escasos metros de su costa que hiciera dudar a España si merecía la pena oponerse. De este modo, debilitaban cualquier respuesta española, que los marroquíes tildarían inmediatamente de sobrerreacción. Afortunadamente, España reaccionó con firmeza utilizando una superioridad militar abrumadora que hizo desistir a Marruecos de cometer ninguna tontería. Como consecuencia de ello, el intento marroquí se saldó en un humillante fracaso, y España compró dos décadas de calma en su frontera sur.

En Perejil, Marruecos también creyó contar con la complicidad norteamericana. Tres meses antes del incidente, Mohamed VI había realizado una exitosa visita a EEUU (la segunda en dos años) en la que Marruecos había aprovechado el nuevo sentimiento de vulnerabilidad norteamericano tras el 11-S para prometer un total apoyo contra el terrorismo yihadista. Del mismo modo que, en tiempos de Hassán II, Marruecos había manejado el miedo de EEUU a un desembarco soviético en el Sahara, en tiempos de Mohamed VI manejaría el miedo de EEUU a que la caída de la frágil dinastía alauita diera paso a un régimen islamista radical (o pro-China) que pudiera ejercer un control sobre el estratégico estrecho de Gibraltar. La táctica es la misma: «O yo o el desastre»; sólo cambia el enemigo a temer. En aquella ocasión, sin embargo, las fluidas relaciones de España con EEUU anularon los cantos de sirena marroquíes, y los norteamericanos se limitaron a facilitar una salida diplomática desde una postura desdeñosa, pero neutral.

Por su parte, Francia, siempre interesada en debilitar a España, apoyó abiertamente a Marruecos. El presidente Chirac aconsejó al gobierno español que aceptara el fait accompli, e incluso sugirió la entrega de Ceuta y Melilla y el abandono de las pretensiones legales sobre el Sahara. El gobierno francés también permitió que el ministro de exteriores marroquí defendiera su postura desde París en rueda de prensa. Pero el apoyo francés a Marruecos fue más allá: una vez las fuerzas especiales españolas habían retomado el islote, despegaron de Marruecos tres cazas rumbo al mismo, lo que llevó a las fuerzas aeronavales españolas a ponerse en zafarrancho de combate. Sin embargo, a sólo 30 millas de su aparente objetivo, la formación se disolvió: dos cazas resultaron ser Mirage franceses, que se dirigieron hacia el norte, y sólo uno marroquí, que volvió a su aeródromo de origen. Cabe imaginar las consecuencias que habría tenido esta provocación de no haber mantenido el ejército español su temple[6].

¿Qué pasó el 11-M?

Menos de dos años después del asalto de Perejil se produjo el oscuro atentado del 11-M, que, lejos de parecer un atentado de Al-Qaeda (¿diez bombas casi sincronizadas, explosionadas en vísperas electorales, y sin terroristas suicidas?), presentó elementos típicos de una acción subversiva con una clara intencionalidad política. Como es más que obvio, el objetivo inmediato del atentado era provocar un vuelco electoral (o, más bien, un cambio de régimen) y la llegada al poder del siniestro Zapatero, que había prometido retirar las tropas españolas de la impopular ―e injusta― guerra de Irak. Eso nos conduce a su verosímil objetivo estratégico: la destrucción de la naciente alianza entre España y EEUU, que había relegado a Francia a un segundo plano por primera vez desde la II Guerra Mundial y había hecho peligrar las privilegiadas relaciones de Marruecos con EEUU. La retirada de las tropas españolas, realizada por Zapatero adrede de forma innecesariamente brusca e insultante para los norteamericanos, logró dicho objetivo. Como consecuencia del 11-M, cuya verdadera naturaleza no supo entender el pueblo español (que cayó en la trampa de los autores intelectuales del atentado), España jamás recuperaría el mismo protagonismo internacional. El atentado fue un éxito.

Antes de descartar lo anterior como una especulación febril, conviene leer la escena que relata Jaime Mayor Oreja en su libro Una verdad incómoda. En un almuerzo en 2005 con el exministro de Interior marroquí Driss Basri, con el que mantenía una relación periódica, este le dijo: «Supongo que no tendrás dudas de que el atentado del 11-M fue obra de un servicio secreto. La lógica es que fueran los nuestros, pero como los he reclutado, formado y escogido yo, quiero decirte que son incapaces de organizar un atentado tan complejo y difícil como el que habéis padecido. Mirad hacia los servicios secretos de otro país vecino»[7]. Basri había sido el hombre fuerte de Hassán II y ministro de interior durante 20 años, pero tras la llegada de Mohamed VI había sido cesado y vivía autoexiliado en París.

Al leer esto lo primero que me vino a la cabeza fue: «Excusatio non petita, accusatio manifesta». Luego me pregunté: ¿cómo van los servicios secretos franceses a participar en el asesinato de 200 inocentes? Pero me vino a la cabeza otra pregunta: ¿no cobijó Francia a los terroristas de ETA durante dos décadas mientras estos asesinaban a 500 españoles?

La autoría intelectual del 11-M sigue siendo un misterio, en parte por lo bien que sus profesionales autores limpiaron sus huellas y en parte por la falta de voluntad por conocer la verdad. Que nuestro país haya pasado de puntillas ante el grave testimonio del exministro marroquí demuestra nuestro miedo a asomarnos a ese abismo. Los autores del atentado contaban con ello.

Tercer antecedente: 2021

En 2021, como respuesta a la acogida —a petición de Argelia— del líder del Frente Polisario en un hospital español, Marruecos llamó a consultas a su embajador en Madrid y permitió el cruce de la frontera de Ceuta y Melilla de unos 8.000 invasores ante la pasividad de la policía marroquí, como ha ocurrido en esta ocasión. Argelia y Marruecos pronto romperían relaciones diplomáticas tras acusar el primero al segundo de infectar los móviles de numerosos altos cargos argelinos con el spyware Pegasus (¿les suena?)[8].

El incidente fronterizo de 2021 también tuvo su propio contexto geopolítico. En 2020, al final del primer mandato de Trump, EEUU declaró tener intención de apoyar las reclamaciones de Marruecos sobre el Sahara Occidental como premio a la normalización de relaciones entre Israel y Marruecos mediante la firma de los Acuerdos de Abraham. Una de las ventajas asociadas a los firmantes era el acceso a Pegasus, arma poderosa cuya comercialización requiere del permiso expreso, cliente a cliente, del Ministerio de Defensa de Israel.

Asimismo, en 2021 Mohamed VI concedió a Trump la Orden de Mahoma (máxima condecoración de Marruecos) y Trump correspondió concediendo al rey marroquí la medalla de la Legión del Mérito. Por tanto, Marruecos tomó la decisión de enviar su pequeñaMarcha Verde de 2021 con la tranquilidad de contar con la simpatía americana.

Conclusión

Los marroquíes son especialistas en tirar la piedra y esconder la mano. Sin duda, la imagen de 80.000 desharrapados desesperados por salir de su país con lo puesto (poca cosa) no deja en buen lugar a Marruecos. Sin embargo, dudo mucho que a un rey que pasa gran parte de su tiempo bajo protección francesa en París y vive en la ostentación y la opulencia en medio de un pueblo pobre le importe mucho esa imagen.

Debemos ser conscientes de que Marruecos viene lanzando cargas de profundidad. La primera consiste en convencer a EEUU de que ellos son un socio más fiable que España, y que quizá le convenga a los norteamericanos diversificar el control del estrecho de Gibraltar y evitar que España sea el único país que controla ambos lados. De forma alucinante, nuestra inane clase política sigue sin comprender el valor estratégico que supone el control del Estrecho (cosa que sí hacen Inglaterra y Marruecos) ni la enorme importancia estratégica de Ceuta y sus aguas. Nuestros políticos tampoco comprenden que la más eficaz política exterior hacia Marruecos es socavar su imagen ante EEUU.

La segunda carga de profundidad marroquí consiste en plantar la semilla de la duda en los países de la UE de que quizá sea más seguro para ellos que la frontera sur del Espacio Schengen tenga un mar de por medio, y no una simple valla.

Marruecos —como hizo en Perejil y en 2021— ha testado la reacción de España ante una agresión que no tiene precedentes desde la Marcha Verde. El resultado quizá le anime a ir más lejos, pues sabe que este gobierno no le va a frenar. No obstante, la multitudinaria e indignada reacción popular en las calles —que no se esperaba—, quizá sí. Ojo con despertar el secular orgullo nacional del español.

Dicho todo esto, lo más grave es que todos los indicios apuntan a que Marruecos ejerce un control sobre Sánchez (tras el espionaje de su móvil con Pegasus) y sobre su ministro del Interior (por razones desconocidas y, por lo tanto, abiertas a la imaginación). Por el motivo que sea, nuestro gobierno no defiende los intereses de España sino los de Marruecos, por lo que el problema no es sólo que los bárbaros estén a las puertas, sino que los traidores están dispuestos a abrírselas.


[1] M. Cervantes. Don Quijote de la Mancha, 2ª parte, cap. III (Biblioteca Castro).
[6] Testimonio del vicealmirante G. Rodríguez Garat recogido en el documental Perejil (Movistar +).
[7] J. Mayor Oreja. Una verdad incómoda (Espasa, 2026).

viernes, 31 de julio de 2026

Escuela de calor 2026



Publicar bajo este título un artículo sobre cambio climático en plena canícula veraniega se ha convertido en una tradición. Así combatimos la habitual campaña de alarmismo estival, que hiberna como los osos para resurgir con fuerza cada verano aprovechando las olas de calor propias de la estación (verano: «época más calurosa del año») y que sigue siempre el mismo patrón: temperatura del mar, insectos amenazantes, sofocantes olas de calor e incendios forestales supuestamente ligados al calentamiento global. Dada la magnitud de los incendios de este verano, en este artículo me centraré en esta última cuestión.

Incendios forestales

El grave incendio de Ávila y Madrid, que por producirse en zona poblada ha afectado a decenas de miles de personas, se suma al sufrido hace pocas semanas en Andalucía, cuya gravedad fue determinada por la trágica pérdida de vidas humanas. En aquel momento, la reacción de las autoridades políticas —el presidente del gobierno y el de Andalucía— consistió en activar el escudo deflector para evitar asumir responsabilidad alguna y en un pacto de silencio tácito para no culparse mutuamente.

Así, primero culparon a las pobres víctimas, que ya no pueden defenderse y que actuaron como mejor supieron en una situación extrema, y luego ambos aludieron, cómo no, al cambio climático. En sus comparecencias, Sánchez y Moreno también hicieron una llamada a los ciudadanos para avisar con mayor antelación, trasladando de nuevo sibilinamente la responsabilidad a otros. Sin embargo, los datos del propio gobierno muestran que los ciudadanos son mucho más diligentes que el Estado en alertar de estos desastres, pues, en el 67% de los casos, quienes avisan de los incendios son las llamadas de particulares[1].

Por el contrario, ninguno de los dos responsables políticos dijo una sola palabra de las inversiones que deberían haberse acometido en medios de extinción: España, por ejemplo, cuenta con sólo 7 viejos aviones apagafuegos operativos, frente a los 18 de que dispone Italia con una superficie forestal un 50% inferior a la nuestra. Sánchez y Moreno tampoco dijeron nada sobre protocolos de prevención, actuación y respuesta rápida, o sobre gestión forestal y limpieza de los montes, dificultada por la dictadura ecologista de la UE y por la incompetencia de nuestra clase política.

Sin embargo, aunque a casi nadie le sorprenda el cinismo de los políticos, la gente sigue cayendo víctima del sensacionalismo de los medios, que aprovechan la natural empatía que sentimos hacia las pobres familias que han perdido su hogar para crear histerias colectivas basadas en relatos catastrofistas (incendios «inextinguibles»).

Disociando los incendios de la temperatura ambiente

En este sentido, la fuerza de la propaganda climática es tal que logra hacernos creer que la temperatura ambiente contribuye enormemente o incluso puede ser responsable de un incendio de estas características. Lógicamente, esto no es sí. En efecto, para que haya una combustión hacen falta tres elementos: un combustible (en este caso, madera seca), un comburente (el oxígeno del aire) y una fuente de calor, que debe ser intensísima. Por eso, si juntan unas ramitas secas en el porche de su casa o en la acera de su calle en pleno mes de julio al sol de mediodía, aquello no arderá por combustión espontánea, aunque el termómetro alcance 50°. Sin embargo, si hacen la misma prueba un día nublado de otoño o invierno, pero, en esta ocasión, prenden las ramitas secas con una cerilla —que puede alcanzar entre 600° y 800°C de temperatura—, aunque haga frío, aquello arderá como una tea. En efecto, la fuente de calor necesaria para que se produzca fuego sólo puede provenir de la acción humana (causante de más del 90% de los incendios) o de un rayo.

Por lo tanto, una elevada temperatura ambiente no es condición necesaria para desencadenar un incendio. En el caso de España, el hecho de que la región con más hectáreas quemadas con respecto a su superficie forestal haya sido tradicionalmente la fresca y húmeda Galicia también es un indicio de que la temperatura ambiente no es un factor relevante. Naturalmente, el factor primordial para que un incendio se extienda es el viento, que aumenta tanto el combustible —por propagación de las fuentes de calor— como el comburente.

Pongamos otros ejemplos. En Canadá —donde este año se han quemado 3 millones de hectáreas— hay en este momento activos grandes incendios forestales en zonas de British Columbia que tienen estos días temperaturas máximas en torno a 20° y mínimas de sólo 7°C[2]. Y en el sur de África la temporada alta de incendios forestales coincide con el invierno austral, cuando las temperaturas mínimas rondan los 8°C, pues es entonces cuando se produce la estación seca[3]. Dicho de otro modo, los montes no arden porque haga calor, sino porque la maleza está seca; en muchas regiones del mundo —como es el caso de Europa—, la estación cálida y la estación seca coinciden en el tiempo, pero en otras regiones del globo ocurre lo contrario.

En nuestro país, cerca del 60% del total de incendios cuya autoría se conoce son incendios provocados (no sólo maliciosos), mientras que el 34% son consecuencia de accidentes o negligencias y un 6% son debidos a la acción de los rayos[4]. En EEUU estas cifras son similares[5], aunque en la despoblada Canadá cerca del 50% de los incendios son causados por los rayos.

Las principales negligencias y accidentes tienen que ver con quemas agrícolas, chispas provenientes de motores y máquinas, fallos de líneas eléctricas, trabajos forestales, colillas indebidamente apagadas, hogueras, barbacoas o eliminación de basuras.

No es el cambio climático

Por lo tanto, ligar un incendio forestal al calentamiento global es un insulto a la inteligencia, como cada vez perciben más ciudadanos. En efecto, desde 1979, el aumento de temperaturas en el planeta ha sido de 0,16ºC por década, es decir, de pocas centésimas de grado por año[6]. Como es obvio, esta diferencia de medición —tan ridículamente exacta como los cálculos de crecimiento del PIB— resulta imperceptible. Este ligero aumento de temperatura global tampoco ha producido un aumento detectable en la frecuencia y severidad de las sequías, como reconoce hasta el IPCC[7].

Pero es que, además, en las últimas décadas ha disminuido la superficie quemada por incendios forestales en el planeta. Han leído bien: cada vez arden menos hectáreas debido a incendios forestales. La FAO, por ejemplo, realiza un análisis por continentes (2007-2019) que ofrece el siguiente resultado[8]:


En el mismo sentido, un estudio publicado en la revista Science concluyó que la superficie quemada en el planeta había descendido un 25% desde 1999 hasta 2017[9]. En la misma línea, otro estudio más reciente reitera que «el número e intensidad de incendios a nivel mundial, y la superficie quemada, han disminuido en las últimas dos décadas»[10]. España no ha sido una excepción, y la superficie quemada por incendios en los últimos 50 años también ha disminuido, según el propio Ministerio de Transición Ecológica[11]:



Este dato nos invita a realizar una reflexión: en efecto, el ligero aumento de temperaturas globales ha coincidido con la disminución en la superficie quemada en el planeta, pero eso no significa que cuanto más calor haga, menos incendios habrá: correlación no implica causalidad. Asimismo, que el ligero aumento de temperaturas globales de las últimas décadas haya coincidido con un aumento de CO2 en la atmósfera no significa necesariamente que haya sido el CO2 el causante de dicho aumento de temperatura, pues hablamos de sistemas multifactoriales, complejos y caóticos que eluden explicaciones simplistas. Lo mismo ocurre con los incendios, en los que influyen la pluviosidad primaveral, la sequía estival, los vientos, la orografía, la capacidad de medios de extinción y el mantenimiento y limpieza de los montes.

Cabe añadir que la disminución de incendios forestales, la reforestación y el incremento del maravilloso CO2 (alimento por antonomasia de árboles y plantas), que ha aumentado significativamente el verdor del planeta, ha provocado que la deforestación haya dejado de ser un problema a nivel global. En efecto, un análisis de 35 años de datos de satélite durante el período 1982-2016 publicado en su día en la revista Nature, concluyó que «la superficie forestal mundial había aumentado en 2,24 millones km2 (un 7% más)». España no ha sido una excepción: siendo el tercer país con mayor masa forestal de Europa, ha visto aumentar sus bosques un 32% desde 1990[12].

Olas de calor

La otra cuestión que querría tratar brevemente en este artículo son las olas de calor. En efecto, el anticiclón de las Azores, principal controlador de nuestro clima, cambia periódicamente de extensión y posición (latitud y longitud) y permite —junto a otros factores— que masas de aire africano nos invadan por el sur y conviertan grandes partes de la Península en un horno. Como afirmaba el exdirector del Instituto Nacional de Meteorología (hoy AEMET) Inocencio Font en su magna obra Climatología de España y Portugal, «puede haber períodos anormalmente calientes en cualquier mes, aunque junio es en este aspecto el más anómalo, ya que por término medio una vez cada tres años tienen lugar durante dicho mes intensas olas de calor»[13].

Font indica que en la estación veraniega en su conjunto las grandes olas de calor se producen de media una vez cada cuatro años. Estas afectan más a la mitad sur de la Península, aunque ocasionalmente también pueden afectar al norte: San Sebastián, 38° (31-7-75), La Coruña, 40° (28-8-61) o Bilbao, 42° (7-9-1987) son claros ejemplos. Finalmente, Font hace una afirmación reveladora: «De todas las olas de calor registradas en la Península, la más importante tuvo lugar entre julio y agosto de 1876 [hace 150 años], cuando en Sevilla se llegaron a alcanzar los 51°»[14].

En julio de 1995 hubo otra gran ola de calor en España y se registraron 47° en Córdoba y Sevilla, pero también el norte sufrió altísimas temperaturas: Orense alcanzó los 42°, y Zamora, los 41°. En aquella época la ideología climática aún no había corrompido las instituciones científicas, por lo que un informe del Instituto Nacional de Meteorología criticaba el sensacionalismo mediático (en vez de alimentarlo, como hace hoy la AEMET): «Cuando se presentan fenómenos meteorológicos extremos de esta naturaleza, es frecuente leer o escuchar comentarios en los medios de difusión (prensa, radio, etc.) que valoran el fenómeno como excepcional». Para contrarrestar dicho sensacionalismo, los autores del informe llegaron a la conclusión de que los 47° registrados en 1995 en Sevilla «se presentaban por término medio una vez cada 50 años, lo que supone que la ola de calor que produjo tal temperatura no es muy frecuente, pero no es un fenómeno excepcional»[15]. De hecho, los autores recalcaban que valores superiores a los 46° también se habían registrado, por ejemplo, en julio de 1901, en agosto de 1909 y en agosto de 1949.
En 2003 España (y con ella toda Europa) sufrió también una ola de calor veraniego insoportable que superó en duración y extensión a la de 1995, pero en aquella época la revista oficial del entonces Instituto Nacional de Meteorología no mencionaba en absoluto el calentamiento global, limitándose a titularlo Ola de calor excepcional[16].
Conclusión

Para rematar la cuestión de las temperaturas estivales, debo añadir que la propia AEMET reconoce en su Informe sobre el estado del clima en España 2025 que el gráfico de temperaturas medias máximas correspondiente al día más cálido «no presenta ninguna tendencia significativa» desde 1975[17]:


En la misma línea, el propio IPCC se vio obligado a reconocer en su AR5 (2013) que sólo tenía una «confianza media» en la afirmación de que la duración y frecuencia de olas de calor hubieran aumentado desde mediados del siglo XX a nivel global, mientras que «existía evidencia de que algunas regiones del globo habían tenido más olas de calor en períodos anteriores a 1950 (por ejemplo, EEUU en los años 30)»[18].

Siempre ha habido y siempre habrá olas de calor e incendios forestales. Estos fenómenos, completamente normales, serán en algunos años especialmente severos. 
Es en estas ocasiones cuando más alerta debemos estar para no dejarnos arrastrar por la cultura del miedo que nos inculca el sensacionalismo mediático, y también para ignorar las cortinas de humo de nuestros políticos culpando a una inexistente emergencia climática para encubrir su incompetencia y corruptelas: es a estos mismos políticos a quienes debemos exigir, por el contrario, que dejen de mentir y pongan los medios necesarios para mitigar el daño producido por dichos fenómenos.
A la carencia de medios para extinguir incendios se suman los apagones generales causados por el mismo fanatismo ecologista que impide limpiar los montes, los descarrilamientos de trenes o las carreteras llenas de baches, por lo que la pregunta es: ¿cambio climático o incompetencia supina de una panda de caraduras?


[7] IPCC. AR6, WG I, Table 12.12.
[13] I. FONT. Climatología de España y Portugal (Ed. Universidad Salamanca, 2007) 230ss.
[14] Ibid.
[18] IPCC, AR5, WGI, 2.6.1.

sábado, 14 de marzo de 2026

Lecciones prematuras de un conflicto inacabado (Fernando del Pino Calvo Sotelo)




Hablar de acontecimientos resulta mucho menos interesante que hablar de ideas. Sin embargo, podemos aprovecharlos para realizar un ejercicio de inducción que intente identificar los principios generales implícitos en ellos. Es lo que pretendo hacer en este artículo respecto del conflicto en Irán.

La justicia tiene los ojos vendados por un buen motivo: porque la imparcialidad y el respeto a la verdad deben prevalecer sobre cualquier otra consideración. Pues bien: el primer principio general que podemos inducir de esta guerra es la dificultad de emitir juicios objetivos sobre un acto o sobre un conflicto sin que nos influya la simpatía o antipatía que sentimos por el actor o por alguna de las partes. Esta característica tan humana nubla nuestra capacidad de análisis y nos empuja a pontificar sobre valores para encubrir inconscientemente nuestros sesgos y dobles raseros. En el caso que nos ocupa, me resulta imposible no sentir una profunda aversión hacia un régimen demente, siniestro y liberticida como el iraní, que, además de patrocinar el terrorismo, reprime a tiros a manifestantes desarmados matando a miles de ellos. Pero, precisamente por ser ésta la realidad, la realización de este ejercicio resulta tan aleccionadora.

La guerra preventiva

El actual conflicto en Irán —otra «operación militar especial», supongo— es, una vez más, una guerra no aprobada por ningún Congreso ni comunicada formalmente al adversario. Ha constituido, en esencia, un ataque realizado por sorpresa en medio de unas negociaciones un día después de que el mediador ―el ministro de Exteriores de Omán― hubiera afirmado que iban bien encaminadas[1]. Al hacerlo, EEUU e Israel han obtenido la ventaja táctica de la sorpresa y descabezado el régimen iraní, pero al precio de perder parte de su autoridad moral y el relato de la propaganda, fuera y dentro de Irán. Lamentablemente, hoy la oposición interna al régimen parece más débil que antes del ataque.

Según los atacantes, se trata de un ataque «preventivo». Este concepto escapa de la doctrina de la guerra justa, que sólo admite el uso de la fuerza militar en legítima defensa y, además, de forma restrictiva. Naturalmente, existen muchos precedentes de ataques preventivos, pero quizá el más famoso es el que realizó Japón en Pearl Harbour el 7 de diciembre de 1941. En aquella ocasión, Japón también obtuvo la ventaja táctica de la sorpresa (relativa), pero resultó efímera, pues al perder el relato de la propaganda, facilitó la hasta entonces impopular entrada de EEUU en la Segunda Guerra Mundial (que deseaban sus líderes, mas no su pueblo).

El día después del ataque, el entonces presidente Roosevelt acudió al Congreso a pedir la declaración de guerra con un discurso que se haría famoso: «Esta fecha quedará marcada por la infamia, pues los Estados Unidos de América fueron atacados repentina y deliberadamente por las fuerzas navales y aéreas del Imperio de Japón cuando estaban en paz con esa nación y seguían manteniendo conversaciones con su Gobierno con miras a mantener la paz en el Pacífico»[2].

Por favor, relean el párrafo anterior, pero reemplazando EEUU por Irán y el «Imperio de Japón» por EEUU: ¿encuentran muchas diferencias entre aquella «infamia» y el actual ataque? Imaginen ahora que, en vez de bombardear una base naval en un lejano archipiélago perdido en medio del océano, los japoneses hubieran bombardeado la Casa Blanca matando a Roosevelt, a su mujer y a parte de su gobierno. ¿Cómo sería calificado semejante ataque? Imaginen que, para más inri, ese mismo día los japoneses hubieran bombardeado por error una escuela infantil. Es lo que ha ocurrido en una escuela de la ciudad iraní de Minab, en la que han muerto, según UNICEF, 168 niñas[3]. El gobierno norteamericano sigue lanzando cortinas de humo sobre su presunta autoría[4], aun después de que apareciera prueba fehaciente de que la escuela ―colindante con unos barracones de la Guardia Islámica― había recibido el impacto de un misil Tomahawk[5].

Las nuevas reglas

El segundo principio es que toda acción tiene consecuencias no deseadas, pues el ser humano es falible y está sujeto a su naturaleza caída, flaquezas que la patología del poder aumenta considerablemente. El ataque preventivo norteamericano-israelí ha comenzado por el asesinato del mandamás iraní y de algunos miembros de su gobierno que quizá se reunían para discutir el avance de las negociaciones. ¿Debemos entender que son éstas las nuevas reglas de enfrentamiento en las relaciones internacionales? Algunos argumentarán que el hecho de que los yonquis del poder se maten entre ellos en vez de enviar a otros a morir desde una distancia segura tiene su atractivo, pero ¿no crea esta acción un precedente inquietante? ¿Quién confiará en una negociación para evitar un conflicto armado si se admite la posibilidad de que una parte rompa por sorpresa la negociación matando al máximo responsable de la otra parte? ¿No revela esta acción, una vez más, el doble rasero que aplican EEUU e Israel («las reglas son para ti, no para mí»)? Y si la finalidad aparente de todo este conflicto es evitar la proliferación de armas nucleares (o más bien, la protección del privilegio monopolístico del club que ya las posee), ¿no lanza esta acción el mensaje contrario, esto es, que, si no quieres que te pase a ti, más vale que te conviertas en una potencia nuclear como única forma de protección efectiva?

El supuesto objetivo del descabezamiento del régimen iraní era propiciar la llegada de un nuevo gobierno menos hostil. Dudo sinceramente que Israel, siempre tan bien informado a través de sus eficaces agencias de inteligencia, lo creyera realmente, aunque otra cosa es que Netanyahu se lo hiciera creer a Trump. En cualquier caso, como comentaba un analista, EEUU tardó en Afganistán 20 años en pasar de los talibanes a los talibanes, pero en Irán ha tardado sólo 9 días en pasar de Jamenei a Jamenei.

Pretextos para la guerra

Decía Tucídides que hay que distinguir entre los pretextos de los conflictos y sus causas últimas. El tercer principio, por tanto, es que, para justificar sus guerras, los yonquis del poder siempre buscan pretextos para que la población les apoye, pues el hombre es un ser moral que debe justificar en su propia conciencia algo tan extremo como matar a otro ser humano o realizar el sacrificio último de morir por una causa. Por lo tanto, la propaganda bélica siempre comienza dibujando el conflicto como una lucha entre el bien y el mal, canonizando la razón propia y demonizando la del enemigo.

En esta ocasión, y a pesar de sus intentos, el gobierno norteamericano no ha logrado aclarar qué quería prevenir con esta guerra «preventiva», que atañía a Israel, pero no a EEUU. En efecto, las explicaciones estadounidenses han ido variando casi de hora en hora sin pudor ni pretensión alguna de coherencia. Primero nos dijeron que se quería evitar que Irán construyera armas nucleares. Steve Witcoff, enviado especial y negociador internacional amateur del presidente Trump, alertaba el 22 de febrero de que Irán podía obtener armas nucleares «en una semana»[6]. Esto contradecía las declaraciones de Trump de junio de 2025, cuando, tras bombardear las instalaciones nucleares subterráneas de Irán, aseguró que habían sido «completamente destruidas». Según la Casa Blanca, tanto la Comisión de Energía Atómica Israelí como el jefe de Estado Mayor del ejército israelí confirmaron que el programa nuclear iraní «se había retrasado años, repito, años»[7].

El bombardeo de junio de 2025, por cierto, se produjo a pesar de que las agencias de inteligencia norteamericanas concluyeran tres meses antes que «Irán no está construyendo un arma nuclear y Jamenei no ha reautorizado el programa de armas nucleares que suspendió en 2003»[8]. Por lo tanto, ¿mintió Trump en junio, ha mentido ahora, o lo ha hecho en ambas ocasiones? Y si, según la inteligencia norteamericana, Jamenei llevaba prohibiendo el programa de armas nucleares dos décadas, ¿por qué lo han matado? ¿Y si su sucesor reactiva dicho programa?

Tras el pretexto de las armas nucleares, el presidente norteamericano argumentó que el objetivo era descarrilar el programa iraní de misiles balísticos (nada nuevo), pero inmediatamente pasó a propugnar que el objetivo era un cambio de régimen ―una especialidad tan americana como la hamburguesa―, o más bien un cambio de gobierno. En otras palabras, el advenimiento de una democracia no islamista que devolviera la libertad a los iraníes no era imprescindible; podía mantenerse el statu quo siempre que fuera afín a los intereses estadounidenses. Lo mismo había hecho Trump en Venezuela, donde, para desmayo de muchos, se había conformado con domar a la tiranía chavista olvidando los afanes de libertad del pueblo venezolano. EEUU ya reconoce formalmente como legítimo al gobierno de Delcy Rodríguez a pesar del probado pucherazo de las últimas elecciones[9].

Guerras por intereses, no por valores

El pretexto que mencionaba Tucídides intenta dotar al enfrentamiento bélico entre naciones de una reluciente capa de justificación moral, pero la causa última suele ser mucho más prosaica: el dinero o el afán de poder. El cuarto principio, por tanto, es que las guerras entre naciones no suelen lucharse por defender valores, sino intereses, aunque para consumo de masas se venda lo contrario. Lejos de constituir una excepción, ésta ha sido la razón última de la política exterior norteamericana desde el final de la Guerra Fría (y, en varias ocasiones, desde antes). En efecto, en la inmensa mayoría de las ocasiones, EEUU (como otras potencias hegemónicas del pasado) no ha luchado defender valores como la libertad o la democracia, sino sus propios intereses.

Eso es precisamente lo que hizo en Irán en 1953, cuando apoyó a Gran Bretaña en el golpe de Estado que ésta organizó para derrocar al democráticamente elegido presidente Mosaddeq, acabar con la incipiente democracia iraní e instaurar el Estado policial del shah. Mosaddeq había osado nacionalizar la industria del petróleo tras intentar infructuosamente negociar una mejora de las condiciones para los iraníes en el leonino contrato de la Anglo-Iranian Oil Company. La arrogancia, la codicia y el complejo de superioridad racial de la Inglaterra de entonces —liderada por Churchill— impidieron cualquier acuerdo; Mosaddeq se rebeló y EEUU apoyó la acción subversiva británica por miedo a que el país cayera en la órbita soviética[10].

El hecho de que sean los intereses y no los valores los que guían las relaciones internacionales explica por qué el dictador Sadam Husein pasó de ser un aliado de EEUU en la guerra Irán-Irak (1980-1988), pudiendo utilizar armas químicas con el tácito beneplácito norteamericano, a ser ahorcado por sus anteriores aliados cuando sus intereses divergieron. Los intereses —no los valores— también explican por qué un sanguinario terrorista de Al Qaeda, por cuya cabeza EEUU ofrecía hace pocos meses una recompensa de 10 millones de dólares, es ahora recibido como presidente de Siria en la Casa Blanca[11] y se da abrazos con un sonriente Macron. ¿Al-Asad, no, y este terrorista barbudo, sí?

¿Qué intereses se defienden en las guerras? En ocasiones son los intereses de las naciones, pero generalmente (sobre todo en las democracias) son los intereses del yonqui de poder de turno. En este sentido, los intereses de Netanyahu y Trump divergen.

Netanyahu se enfrenta a nuevas elecciones en Israel en octubre de este año y sabe que el ataque a Irán cuenta, según las encuestas, con el apoyo del 82% de los israelíes[12]. Su probable reelección le aleja, una vez más, de un posible proceso judicial por presunta corrupción.

Por el contrario, sólo el 40% de los norteamericanos apoya la intervención en Irán[13], lo que refuerza la sensación de que Trump cometió un grave error de juicio al inmiscuirse en una guerra innecesaria y enormemente arriesgada en la que midió mal la capacidad y voluntad de lucha de su oponente. No sé si Israel gozará de alguna oculta capacidad de influencia sobre él o si Trump sufrió un acceso de arrogancia aguda ―la característica más emblemática de su Administración― tras el exitoso secuestro y arresto del ex tirano Maduro (que yo, ciertamente sesgado, sigo aplaudiendo), pero se equivocó. El relativo silencio de Rusia y China en las semanas previas al ataque resultaba premonitorio: nunca impidas a tu enemigo cometer un error.

Los adivinos

El quinto principio es que el ser humano siente una fascinación por conocer el futuro. En este sentido, sería temerario realizar augurios en un conflicto de duración sumamente incierta y con tantos actores potenciales, lo que aumenta la variedad de posibles escenarios y la posibilidad de una escalada. Además, la megalomanía de Trump, el belicismo psicopático de Netanyahu y el insondable fanatismo del régimen iraní, que lucha por su supervivencia, añaden imprevisibilidad a la situación.

Es posible que a Netanyahu no le importara arrastrar a EEUU a un conflicto largo que trajera caos o una guerra civil a Irán y convertirlo en un Estado fallido. Trump, por el contrario, creía que estaba realizando una operación quirúrgica (veni, vidi, vici), y la cercanía de las elecciones legislativas en noviembre hace que el paso del tiempo juegue en su contra.

Por su lado, Irán es perfectamente consciente de que el paso del tiempo aumenta el peso de su potentísima espada de Damocles económica. Para el siniestro régimen iraní, aguantar es ganar. Finalmente, el aumento del precio del petróleo y el desvío de recursos militares (finitos) al Golfo Pérsico convierten a Rusia en la gran beneficiada a corto plazo.

Para calmar a quienes quieren predicciones concretas, diré que es más fácil prever el futuro respecto de algunas fantochadas del presidente Trump. Así, la amenaza de poner tropas en Irán («botas sobre el terreno») es un bluf. En efecto, esto exigiría una logística inmensa en un país lejano de casi 100 millones de habitantes, con una superficie equivalente a la suma de España, Portugal, Francia y Alemania y un gobierno que lucharía con uñas y dientes. No hay cosa que hiciera más feliz al gobierno iraní, como manifestó recientemente su ministro de Exteriores, pues atraería a combatientes de toda la zona y causaría miles de bajas al ejército estadounidense. Tras Irak y Afganistán, esto no va a ocurrir.

La segunda baladronada de Trump es la posibilidad de que la Armada estadounidense organice desde ya convoyes de escolta para asegurar el libre paso por el estrecho de Ormuz. Con toda probabilidad, los portaaviones norteamericanos y sus grupos de apoyo se encuentran a varios cientos de millas de la zona para evitar ponerse a tiro, lo que significa que, para que esta opción tenga visos de realismo, la capacidad militar iraní tendría que estar enormemente deteriorada. Por ahora no es el caso, y es posible que antes de llegar a ese punto minen el estrecho.

Repercusiones en España

Pero a los españoles no nos incumbe defender los intereses de otros países, nos caigan mejor o peor, sino los intereses de nuestro país. En este sentido, lo que me preocupa es que existe un precedente de cómo el conflicto en Irán puede tener serias repercusiones políticas en España.

En efecto, cuando a principios del año 2025 se convocaron elecciones en Canadá, las encuestas daban por ganador al Partido Conservador tras una década de gobierno laborista. Sin embargo, Trump comenzó a realizar comentarios groseros, humillantes y amenazantes contra aquel país. Aprovechando la oportunidad, el laborismo buscó el enfrentamiento con Trump y ganó las elecciones contra todo pronóstico.

Por lo tanto, lo que me preocupa es que la enésima ineptitud de la no-oposición al apoyar exageradamente un conflicto lejano y dudoso en un país como el nuestro haya permitido al psicópata Sánchez enarbolar su eficaz «no a la guerra». No lo subestimen.


[10] Para profundizar sobre el tema, S. KINZER, All the Shah’s Men (Wiley, 2008).

miércoles, 11 de febrero de 2026

Frío, lluvia, nieve: ¿cambio climático?





Los propagandistas climáticos andan nerviosos. En efecto, las condiciones meteorológicas preferidas para la propaganda climática son el calor y la sequía, y desde finales de diciembre hemos tenido frío y mucha lluvia. De hecho, en la España peninsular, enero ha sido el más lluvioso de los últimos 25 años, y muchos pantanos han acabado el mes al 100% de capacidad.

De este hecho debemos extraer tres lecciones. La primera es la falta de fiabilidad de las predicciones meteorológicas más allá de un horizonte temporal de unos pocos días. Un secreto bien guardado es que la ciencia aún está en pañales en su comprensión del clima, un sistema no lineal, complejo y caótico. Por tanto, los meteorólogos no tienen forma de saber con un mínimo de certeza qué pasará esta próxima primavera, ni el año que viene, ni mucho menos el 2100. Se mueven en un entorno de enorme incertidumbre y se apoyan para sus previsiones estacionales en factores sólo parcialmente explicativos, como el ENSO.
Otra vez la AEMET

De ahí las aproximaciones probabilísticas obtenidas por la AEMET tras laboriosos cálculos —es decir, a ojo de buen cubero— al pronosticar que había un 60% de probabilidades de tener un invierno más cálido de lo normal. Por ello, ha recibido muchas críticas, amortiguadas por la feroz defensa que de la Agencia realizan sistemáticamente los fact-checkers y la prensa de izquierdas (casi toda), pues la AEMET es la principal «autoridad» para promover la agenda climática y, por tanto, hay que protegerla.

En realidad, el gigantesco error de la AEMET estriba en no haber sido capaz de prever el enorme volumen de precipitaciones registradas en enero. De hecho, las críticas a su previsión de temperaturas distraen la atención sobre este punto y, además, son ingenuas, dado que la AEMET tiene el monopolio en el cálculo de temperaturas en España. También son prematuras. En efecto, la temperatura media del invierno meteorológico en la España peninsular es de 6,6ºC, luego para tener un invierno «más cálido de lo normal» bastaría con obtener unas pocas décimas superiores a esa temperatura. Si damos por bueno que las temperaturas de enero han sido sorprendentemente normales (como parece haber afirmado la AEMET), para que falle su pronóstico sería necesario que febrero acabara siendo «más frío de lo normal» (por debajo del percentil 40), algo estadísticamente más improbable que el escenario opuesto. De ahí que la Agencia confíe su remontada reputacional a las temperaturas de febrero (que ellos mismos calcularán)[1].

La segunda lección que debemos recordar es que la gran amenaza climática que debería preocuparnos es el frío extremo propio de las Eras Glaciales y no las temperaturas más templadas causadas por el ligero calentamiento que afortunadamente estamos viviendo desde que terminó la Pequeña Edad de Hielo, a mediados del siglo XIX. Calor es sinónimo de vida, y frío, sinónimo de muerte. Por eso los pájaros migran hacia zonas más cálidas en invierno y los ciudadanos del centro y norte de Europa vienen de vacaciones a España, y no al revés.

La última lección que podemos extraer es que debemos estar en guardia frente al inmisericorde bombardeo de la propaganda climática, de estilo soviético. En efecto, si este comienzo de invierno hubiera sido cálido y seco en vez de helador y lluvioso, la propaganda climática lo habría achacado inmediatamente al cambio climático. Pues bien, tan ridículo y acientífico es extrapolar un mes frío, lluvioso y nevoso ligándolo a un supuesto enfriamiento global como lo es ligar cada ola de calor, cada sequía o cada estación especialmente cálida al calentamiento global. Por favor, recuérdenlo la próxima vez que los activistas climáticos ―empezando por la AEMET― conviertan meros fenómenos meteorológicos locales, pasajeros e irrelevantes, en pruebas irrefutables del cambio climático planetario.
Profetas de calamidades

Para los profetas de calamidades climáticas las malas noticias se acumulan, pues Bill Gates afirma ahora que «aunque el cambio climático tendrá graves consecuencias (…), las personas podrán vivir y prosperar en la mayoría de los lugares de la Tierra en un futuro previsible»[2]. Tras escribir hace pocos años un libro alarmantemente titulado Cómo evitar un desastre climático, su cambio de tono (o giro oportunista) ha coincidido con el desgaste de las proyecciones apocalípticas ―desacreditadas una y otra vez por los datos observados― y, sobre todo, con el cambio político acontecido en EEUU, país que ha decidido abandonar, y, por tanto, dejar de financiar, todo tipo de organizaciones ecologistas, incluyendo el IPCC de la ONU[3].

Debemos ser conscientes de que la eficaz propaganda climática achaca al cambio climático todo tipo de fenómenos, aunque sean de naturaleza opuesta. Por eso precisamente el «calentamiento global» pasó a denominarse «cambio climático», concepto menos restrictivo que admite todo. Éste es el motivo por el que quienes viven del cuento climático intenten explicar que el calentamiento global es culpable del calor, pero también del frío; de la lluvia torrencial, pero también de la sequía; de la calma total, pero también de los vientos tempestuosos. No obstante, aunque la física atmosférica sea en ocasiones contraintuitiva, confío en que el sentido común les indique que suele ser difícil que un mismo factor cause resultados completamente opuestos. Si no es así, tengan cuidado la próxima vez que pongan hielo en su bebida, no vaya a ser que se caliente, o que tomen un antipirético, no vaya a ser que, en vez de bajarles la fiebre, se la dispare.

Al contrario de lo que afirma la propaganda, hasta ahora el calentamiento global no ha provocado ningún aumento en la inestabilidad climática o en la frecuencia o intensidad de los fenómenos meteorológicos extremos, como reconoce el propio IPCC[4]. Pero imaginemos por un momento que lo hiciera, como afirman sus propagandistas: ¿deberíamos concluir entonces que el enfriamiento global traería una gran estabilidad climática? No parece ser el caso. De hecho, la Pequeña Edad de Hielo (s. XIII-s. XIX) fue un período de «gran inestabilidad climática» que produjo severas carestías en la cosecha de cereales y, por lo tanto, hambrunas[5]. Por el contrario, el aumento de CO2 y unas temperaturas más templadas favorecen el crecimiento de las plantas. Así, el rendimiento de los cultivos de cereales (medido en toneladas por hectárea cultivada) no ha hecho más que crecer en las últimas décadas y es hoy el doble de lo que era hace 60 años, lo que supone una magnífica noticia para alimentar a una creciente población mundial[6]. Bendito CO2.

Caída global de temperaturas

El frío, la lluvia y la nieve no ha sido un fenómeno limitado a España, sino que se ha tratado de un fenómeno global en el hemisferio norte. De forma anecdótica, cabe mencionar que en la noche de Reyes cayeron 30 cm de nieve en las playas de la costa atlántica francesa[7], que en EEUU el temporal de frío y nieve de finales de enero compitió con el récord del invierno anterior[8], y que, en la península de Kamchatka, en el extremo oriental ruso, se produjo una nevada sin precedentes[9].

Pero por encima de lo anecdótico que supone vivir un mes frío, lluvioso y nevoso, el hecho es que las temperaturas del planeta están cayendo desde hace dos años, lo que significa que el inusual pico observado en 2023-2025 ―de naturaleza claramente exógena y coyuntural, por extremo y repentino― está remitiendo en un típico ejemplo de reversión o regresión a la media. No olviden que en 2023 el 42% de la superficie del planeta experimentó temperaturas dos desviaciones estándar por encima de la media. En este sentido, resulta elocuente el contraste entre el sinnúmero de noticias publicitando el brusco calentamiento de aquellos años y el sepulcral silencio que ha acompañado el enfriamiento subsiguiente, igualmente brusco, pero que no encaja en el relato oficial.

Como escribí en su día, ningún científico serio achacó al supuesto cambio climático antrópico el súbito aumento de las temperaturas del 2023-2025 (al contrario de lo que hizo la AEMET). Algunos lo ligaron a un fenómeno El Niño fuerte; otros a una bajísima cobertura global de nubes completamente inexplicada, pues la ciencia aún patina con la convección húmeda y desconoce, por tanto, los factores que controlan la nubosidad del planeta (¿cómo no van a fallar los modelos climáticos?). Finalmente, otros científicos señalaron a la masiva erupción del volcán submarino Hunga-Tonga, que constituyó uno de los fenómenos geológicos de mayor magnitud del último siglo al liberar a la atmósfera, de golpe, 150 Mt de vapor de agua, el más importante gas de efecto invernadero[10].

Por lo tanto, es posible que el reciente y brusco enfriamiento terrestre haya estado asociado a La Niña, fenómeno que, como tantos otros, resulta imposible de predecir en duración e intensidad salvo con cómodos rangos probabilísticos que no suelen separarse mucho de la equiprobabilidad (para proteger la reputación al pronosticador). Pero también es posible que el principal factor explicativo del reciente enfriamiento haya sido la paulatina desaparición del temporal efecto invernadero causado por la erupción del Hunga-Tonga[11]. Quién sabe.

Como pueden ver en el siguiente gráfico, desde 1979 ―un año particularmente frío, pero el primero en el que hubo satélites en el espacio para medir la temperatura― se estima que la temperatura media del planeta ha aumentado a un imperceptible ritmo de 0,15ºC por década (sí, 15 centésimas de grado por década)[12]. Convendrán conmigo en que hay que afinar mucho para detectar este aumento centesimal de la temperatura de todo un planeta:


Asimismo, podrán observar que la temperatura del planeta apenas aumentó en el período 1980-1995 y se mantuvo muy constante de 1998 al 2015, aproximadamente, a pesar del aumento constante de la concentración atmosférica de CO2. Este último episodio se denominó «la pausa», aunque posteriormente la propaganda climática negaría que dicho término hubiera existido. ¡Qué memoria más corta! La revista Nature había publicado en 2013 un artículo titulado La reciente pausa del calentamiento global[13] y el propio IPCC citaba «la pausa» 53 veces en su Quinto Informe (2013) y dedicaba un capítulo especial titulado Modelos climáticos y la pausa en el calentamiento global en los últimos 15 años[14].

Gráficos largos

El gráfico anterior de datos por satélite es un gráfico muy corto, pues la evolución de clima suele medirse en siglos o milenios. Por eso me gusta introducir el gráfico largo que incluyó el IPCC en su Primer Informe, que muestra la reconstrucción de temperaturas del planeta de los últimos 10.000 y 1.000 años. En él podrán observar que las temperaturas de finales del s. XX eran inferiores o similares a las de épocas en las que Pedro Picapiedra conducía su troncomóvil, es decir, en las que no existía industrialización alguna ni CO2 de origen antrópico[15]:


Buenas noticias

Por otro lado, algunos de mis amigos canadienses preocupados por la propaganda climática se habrán visto tranquilizados con la reciente publicación de la serie de temperaturas veraniegas de su país desde el año 1900, la cual muestra una suave ciclicidad sin tendencia clara que equipara las temperaturas de principios del s. XXI con las vividas hace 100 años, cuando supuestamente el nivel de CO2 era «normal» (según la nomenclatura de la propaganda climática)[16]:


También les relajará saber que el llanto ceñudo de la pobre Greta al denunciar en la ONU una supuesta extinción masiva de especies como consecuencia del cambio climático era fruto de la histeria más que de la ciencia. En efecto, un estudio reciente publicado por la Royal Society concluye que el ritmo de extinción de especies ―irrelevante en cualquier caso desde el punto de vista relativo― ha disminuido en los últimos 100 años[17]. Sí, han leído bien: hay menos extinciones de especies, lo que significa que a la biosfera (sistema que engloba a todos los seres vivos del planeta) le sienta de maravilla una temperatura un poco más templada y un poco más de CO2, fuente de vida y alimento por antonomasia de las plantas.

Respecto a la subida del nivel de los océanos también tenemos datos tranquilizadores. Un estudio publicado en el Journal of Marine Science and Engineering ha comparado los aumentos pronosticados para 2020 por el IPCC para multitud de localidades costeras de todo el planeta con las mediciones reales obtenidas en dichas localidades. Su conclusión es rotunda: «Aproximadamente el 95 % de las ubicaciones no muestra una aceleración estadísticamente significativa de la tasa de aumento del nivel del mar. Nuestra investigación sugiere que en el 5 % restante de las ubicaciones los fenómenos locales no climáticos son la causa plausible del aumento acelerado del nivel del mar». Y termina: «En promedio, la tasa de aumento proyectada por el IPCC tiene un sesgo al alza de aproximadamente 2 mm por año en comparación con la tasa observada»[18]. Dado que el último informe del IPCC proyecta un aumento de 4mm / año hasta el 2100 en su escenario más plausible, esto significa que sus fallidos modelos multiplican por dos la subida real del nivel de los océanos. No tengan prisa por vender el apartamento de la playa.

¿Consenso o censura?

La propaganda climática asegura que existe un consenso casi absoluto entre la comunidad científica respecto al origen antrópico del calentamiento global y a las consecuencias apocalípticas que se le atribuye. Esto es rotundamente falso: lo que sí ha habido es un tratamiento mediático asimétrico de ambas posturas del debate y una agresiva censura de tinte comunista u orwelliano materializada en el silenciamiento activo de la multitud de científicos escépticos y escandalizados con el secuestro político de la ciencia.

Éste es el caso de un editor del American Journal of Economics and Sociology, que permitió la publicación de un artículo que pronto se convertiría en el segundo más leído de la publicación en sus 83 años de historia. El artículo criticaba el alarmismo del IPCC, nunca corroborado por la evidencia empírica, es decir, osaba blasfemar contra el dogma imperante con una laudable claridad. Pues bien, el editor fue despedido[19]. Lean por favor con atención las conclusiones de este artículo:

«El IPCC afirma que los fenómenos meteorológicos extremos son ahora peores que en el pasado, pero las observaciones no respaldan esta afirmación. Algunos fenómenos meteorológicos extremos, como la superficie terrestre afectada por sequías extremas, están disminuyendo, en lugar de aumentar (Lomborg, 2020). A nivel mundial, la incidencia de huracanes no muestra una tendencia significativa (IPCC, 2013, p. 216; Lomborg, 2020). Las observaciones tampoco muestran ningún aumento de los daños ni ningún peligro para la humanidad en la actualidad debido al clima extremo o al calentamiento global (Crok y May, 2023, pp. 140-161; Scafetta, 2024). Por lo tanto, dado que el clima actual es posiblemente mejor que el clima preindustrial y que no hemos observado ningún aumento de la mortalidad por fenómenos meteorológicos extremos, concluimos que podemos planificar la adaptación a cualquier cambio futuro. Hasta que se identifique un peligro, no hay necesidad de eliminar el uso de combustibles fósiles»[20].

Amén.


[1] Para una explicación más detallada de cómo se calculan: Escuela de calor 2024 – Fernando del Pino Calvo-Sotelo



[4] IPCC AR5, WG 1, Chapter 2.6, p.214-220 y IPCC AR6, WG 1, Chapter 12, p. 1770-1856










[14] IPCC, AR5, WG 1, p. 61.

[15] IPCC, AR1, The IPCC Scientific Assessment, fig. 7.1, p. 202.