BIENVENIDO A ESTE BLOG, QUIENQUIERA QUE SEAS



Mostrando entradas con la etiqueta Iglesia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Iglesia. Mostrar todas las entradas

jueves, 10 de septiembre de 2026

EXCLUSIVA: Monseñor Schneider pide caridad cristiana para con la FSSPX




Entrevista concedida a Niwa Limbu de Advaticanum

AV: En la declaración que publicó Vuestra Excelencia a raíz de las consagraciones de Écône del pasado 1º de julio describió el caso de la FSSPX como un extraño dilema: o mantener la integridad inequívoca de la Fe católica tal como la enseña el Magisterio desde hace siglos, o contar con el reconocimiento canónico del Sumo Pontífice. Lo comparó con el dilema que se le planteó a San Atanasio con el papa Liberio. ¿Hasta dónde quiere llevar esta analogía? ¿Quiere decir que las penalidades ocasionadas por las consagraciones están moralmente al mismo nivel que la censura de San Atanasio, o la comparación es meramente ilustrativa?

+AS: No hay comparaciones que sean ciento por ciento exactas. Con situaciones históricas complicadas, es más bien ilustrativa. Por supuesto, lo que comparo con lo de San Atanasio no es el acto de consagración en sí. Jamás he dicho que San Atanasio hiciera las consagraciones sin autorización del Papa, porque en aquella época no se daban. Cualquier obispo metropolitano tenía derecho a elegir y consagrar prelados con la ayuda de otros obispos sufragáneos.

Sea como sea, si se excomulgó a San Atanasio no fue por las consagraciones, sino por una cuestión más grave todavía. En ambos casos, lo que se compara no son las consagraciones en sí, sino que tanto en una como en otra situación hubo un acto de desobediencia a una orden concreta de un pontífice.

En el caso de la Fraternidad, se trata de las consagraciones sin mandato pontificio. En el de San Atanasio, desacató la orden del Papa de que estuviera en comunión con obispos orientales herejes y semiherejes. San Atanasio se negó a obedecer. No quiso obedecer al Papa en un asunto de gran importancia, porque el Sumo Pontífice había dicho: «Yo, el Papa, estoy en comunión con estos obispos. Atanasio, ¿cómo te atreves a rechazar la comunión con unos prelados con los que yo, el Romano Pontífice estoy en comunión?» A mí me parece que, desde el punto de vista eclesiástico, esto es mucho más grave.

En ese sentido, lo de San Atanasio en su tiempo fue mucho más serio que la desobediencia material de la Fraternidad con las consagraciones. En todo caso, se lo excomulgó por desobediencia y por las alteraciones que causó en la Iglesia al rechazar la comunión con obispos reconocidos por el Papa.

Hay más motivos por los que comparo el caso con el de San Atanasio. Entre otros, que lo que hizo fue un acto de desobediencia. Si San Atanasio hubiera obedecido al Romano Pontífice, habría transigido en su conciencia y menoscabado la integridad de la Fe, porque en cierta forma habría reconocido a prelados como mínimo semiheréticos. No podía hacer una cosa así. Otro motivo, que una vez excomulgado no hizo caso de la excomunión pontificia y siguió gobernando su diócesis. Eso es más que la simple consagración de un obispo. Siendo obispo excomulgado, ejerció plena jurisdicción sobre su diócesis y otras sedes metropolitanas a su cargo: no se limitaba a celebrar los sacramentos, ejercía plena jurisdicción. Hizo caso omiso de la excomunión pontificia.

La Fraternidad ha hecho algo por el estilo: ha desestimado la excomunión que se le impuso el pasado mes de julio por considerarla injusta e inválida, pues le impediría continuar la obra que realiza por amor a la Iglesia. Con San Atanasio fue igual; cuando desestimó la excomunión de que le hizo objeto Liberio. En la práctica fue como si dijera: «Tengo que seguir al frente de mi diócesis de Egipto por el bien de la Iglesia, por amor a la Iglesia». O sea, que en ese sentido es lo mismo.

Hay otro elemento más de comparación entre los dos casos. La Fraternidad no ha reaccionado con resentimiento; sigue rezando por el Papa y considerándolo su padre. Como con un padre que da una paliza a su hijo, éste sigue también queriéndolo y llevando a cabo su labor por amor a la Santa Sede y a toda la Iglesia. Ésa es la intención. San Atanasio también recibió un buen vapuleo del papa Liberio, y no reaccionó con rencor. Incluso en alguno de sus escritos llegó a hablar con mucha delicadeza de la flaqueza de Liberio. Lo hizo con mucho tacto, sin juzgarlo, y hasta se puede decir que disculpándolo, porque –decía– actuó presionado. Aquí vemos mucha delicadeza. En estos elementos me baso para comparar. Aunque no al cien por cien, pueden servir. Esa fue, diría yo, la esencia de lo que escribí.

AV: En su texto afirmaba que si la Santa Sede adoptase en serio la postura de la Fraternidad y reconociera que hay ambigüedades en algunas declaraciones del Concilio y en el rito nuevo de la Misa se iniciaría «el fin de la campaña modernista que se está llevando a cabo en la Iglesia». ¿Qué tendría que decir ese reconocimiento para ser algo más que una mera fórmula de cortesía? ¿Ha observado además V.E. alguna señal de que Roma esté dispuesta a reconocer esas ambigüedades como lo que son?

+AS: Todo lo contrario. La declaración que hizo el cardenal Fernández en febrero tras reunirse con el P. Pagliarini volvió a recalcar que el Concilio no se debe poner en tela de juicio, y añadió que no se pueden corregir los textos conciliares. Pero no son enseñanzas definidas; como declaró Pablo VI en enero de 1966, los textos conciliares no son doctrinas infalibles ni enseñanzas definidas de la Iglesia. Las enseñanzas del propio Concilio. Claro que cuando el Concilio cita un dogma –y citó muchos– no deja de ser dogma. No es ésa la cuestión. La cuestión son las enseñanzas del propio Concilio.

Entonces, cuando esos textos no están definidos, no son ex cathedra, ¿por qué no van a ser susceptibles de enmienda o mejora, de corrección? Hay precedentes en la historia de la Iglesia. En el Concilio de Florencia se promulgaron declaraciones doctrinales no estrictamente disciplinarias que no se proponían como infalibles. Entre otras la de que la materia del sacramento de la ordenación era la entrega de los cálices en vez de la imposición de manos.

Pero eso iba contra la larga tradición de la Iglesia, porque a lo largo de todo el primer milenio, tanto en Oriente como en Occidente, todavía no se transmitían los objetos. Durante mucho tiempo la Iglesia sólo utilizó la imposición de manos. Pero luego, cuando el concilio florentino, casi la mitad de la Iglesia –la de Oriente– siguió con la mera imposición de manos. Y es una misma Iglesia y un mismo sacramento. Por tanto, a algunos teólogos les extrañó que aquel concilio afirmara tal cosa. Había un desequilibrio. Objetivamente fue un error. Pero en aquella época la Santa Sede era muy tolerante y no prohibió a los teólogos hablar del asunto, ni siquiera plantear objeciones.

A lo largo de los siglos la mayoría de los teólogos ha sostenido que la materia consiste en la mera imposición de manos. La cosa maduró, y un día Pío XII, en un documento solemne, zanjó definitivamente la cuestión insistiendo en que la materia consiste en la imposición de las manos. Como vemos, corrigió formalmente una cuestión doctrinal promulgada por un concilio ecuménico.

En aquellos siglos la Santa Sede era mucho más tolerante que hoy. Actualmente prohíbe debatir, modificar o corregir ciertas declaraciones pastorales; cuestiones como libertad de cultos, ecumenismo o colegialidad. Esas cuestiones que tanto critica la Fraternidad San Pío X. Hay que aceptarlas sin más, hacer un esfuerzo intelectual, gimnasia mental, y no importa. No es una actitud correcta.

El citado concilio declaró también que toda persona no bautizada, niño o adulto, que muere sin bautizar se va derecho al Infierno. Es una declaración muy desequilibrada. Más adelante algunos teólogos se dieron cuenta de que algo faltaba. No era tan correcto. La Iglesia permitió el debate hasta el siglo XIX. Pío IX promulgó dos documentos, encíclicas, en los que trató el tema y corrigió la declaración doctrinal de Florencia, afirmando que una persona no bautizada que muera en ignorancia invencible se puede salvar por medios que sólo Dios conoce.

Así pues, se han dado otros casos. ¿Por qué no ser más tolerantes y decir: «Hablemos del asunto. Estos tres puntos pueden tener más importancia. Concedamos libertad de debate»? ¿Por qué no proponer enmiendas, y hasta modificaciones o correcciones, para que esos textos no resulten tan ambiguos?

Otro caso histórico fue el del papa Honorio I, en el siglo VII. Escribió dos cartas, que no forman parte de su magisterio pontificio auténtico al Patriarca de Constantinopla hablando de cristología. Son unas epístolas muy ambiguas y faltas de claridad. No son abiertamente heréticas, ni erróneas, pero son bastante confusas. Pero esas equívocas cartas incentivaron al patriarca hereje de Constantinopla y a la Iglesia de Oriente a seguir propagando la herejía. Divulgaban la herejía citando al papa Honorio.

El sucesor inmediato de Honorio –porque el primero sólo estuvo allí unos meses– fue Juan IV, que intentó resolver la situación y defender a Honorio, con lo que hoy llamaríamos hermenéutica de la continuidad. Pero ni los siguientes sucesores de Honorio del mismo siglo ni el Tercer Concilio de Constantinopla aceptaron la hermenéutica de Juan IV. Le dijeron que su explicación no era aceptable. Y no porque fuera herética, sino porque le faltaba claridad; era equívoca. Por tal razón, la condenaron solemnemente. San León II corroboró el concilio ecuménico junto con su predecesor a causa de una ambigüidad.

Por consiguiente, no podemos seguir con textos ambiguos del Concilio. Es preciso corregirlos para que quede una claridad diáfana en lo relativo al ecumenismo y la libertad religiosa sin dar pábulo a interpretaciones ambiguas como las que venimos soportando desde hace seis décadas, sesenta años. Hemos visto los frutos de la ambigüedad de esos textos en un falso ecumenismo, un diálogo errado, que en el fondo es relativismo. Socava la única verdad y la única religión verdadera, que es la Iglesia Católica fundada por Dios. La ha socavado hasta los cimientos.

Desde hace sesenta años, si se va a un seminario o una facultad de teología y se habla con los sacerdotes y seminaristas, la mayoría –que son del Novus Ordo– dicen: «Es que todas las comunidades cristianas van por el mismo camino hacia Dios, hacia Cristo, y podemos coexistir unas con otras. No es imprescindible que se conviertan». Y lo aplican también a los que no son cristianos. Cada vez está más extendido eso, lo enseñan y predican en seminarios sacerdotes y hasta obispos.

AV: Excelencia, ha descrito las consagraciones de Écône como una alternativa entre mantener la Fe clara y ser reconocidos por el Papa, porque Roma exigiría a la Fraternidad aceptar ciertas ambigüedades novedosas y la legitimidad de la nueva Misa. Vuestra Excelencia es un prelado en plena comunión, y desde hace mucho señala estos mismos problemas. ¿Ha aceptado esas condiciones? Si no, ¿por qué es un dilema para la Fraternidad?

+AS: Cuando me consagraron obispo no era plenamente consciente de eso. Tengo que reconocerlo. Ya llevo veinte años de obispado. Soy especialista en patrística. He estudiado la situación más a fondo: los textos del Concilio, su historia, sus debates. Me los he leído detenidamente. Por eso soy más consciente de la ambigüedad de los textos. No podemos aceptar esas ambigüedades.

Con respecto al Novus Ordo, a medida que voy estudiando textos y testimonios me doy dando más cuenta de que no es correcto. No podemos seguir con un rito tan equívoco que socava la claridad del carácter propiciatorio de la Misa. Ya lo tengo más claro. Por eso, entiendo a la Fraternidad, que no es capaz de aceptar esas declaraciones conciliares ni que la nueva Misa sea correcta.

Hace diez años me nombraron visitador apostólico para la Fraternidad, y lo tengo claro. En uno de los documentos, en 2017, el cardenal Müller les planteó el problema. Tengo el texto, y no sólo les pide que reconozcan la validez de la Misa nueva y los nuevos ritos de los sacramentos, que están dispuestos a admitir. Para que se haga una idea: nada más con eso la Santa Sede tendría que estar contenta. Entonces, cuando me tocó, hablé con la Santa Sede y le dije que se quedaran satisfechos si estaban dispuestos a reconocer la validez. «Por razones pastorales e históricas –dije–, tengan una actitud de mínimos».

La Fraternidad rechazó la propuesta de aceptar que la nueva Misa era buena, legítima y correcta, ni siquiera que fuera válida. Ni que, en conjunto, las enseñanzas del Concilio formen parte de la Tradición de la Iglesia.

En febrero de este año, el cardenal Fernández volvió a dejarles claras las condiciones. Si quieren obispos, acepten estas condiciones. Es necesario que haya debates teológicos, pero la Fraternidad ya sabe cuáles serán las conclusiones del debate, y la Santa Sede también: aceptar las declaraciones ambiguas, y que la nueva Misa es buena.

AV: Una última pregunta sobre la Fraternidad: si tuviera oportunidad de reunirse otra vez con Su Santidad y con el cardenal Fernández del Santo Oficio, ¿qué les diría? ¿Cómo les plantearía el caso de la Fraternidad?

+AS: Les diría: «No cometan un error histórico del que la Iglesia tenga que arrepentirse después de la muerte de ustedes. Que los próximos pontífices no tengan que pedir perdón». ¿Por qué? Porque en este momento, en 2026, la Iglesia fue tan rígida e incapaz de resolver un problema pastoral. Por supuesto, también hay elementos doctrinales, pero aquí no se trata de debatir directamente un dogma de fe. Hablamos de las explicaciones pastorales del Concilio.

Necesitamos una actitud y una solución muy generosas, muy pastorales, e incluso sinodales. Un poco más de apertura y espíritu sinodal, o reconocer a los obispos una vez consagrados, para crear un clima de mutua confianza.

Como la Santa Sede es más fuerte, los más fuertes necesitan una actitud más abierta que los más débiles, que no tienen tanta autoridad. Los poderosos frente a los impotentes. Desde el punto de vista canónico, la Fraternidad es impotente. Y el Vaticano muy poderoso. Tiene toda la autoridad. Entonces, ¿por qué no ceden un poco los poderosos, hacen concesiones pastorales, y crean un clima de mutua confianza, haciendo uso de más psicología? Que los integren en cierta medida en la vida normal de la Iglesia, y así habrá elementos más positivos y fructíferos y un marco operativo para las conversaciones que sean necesarias.

Pero para eso puede hacer falta tiempo. Y mucho. La Iglesia siempre ha dado tiempo al tiempo y manifestado tolerancia al hablar de ciertos temas durante muchísimos años. Para empezar, hay que integrarlos un poco.

Yo al Santo Padre le diría: «Vuestra Santidad es el único que puede resolver esta situación con gran caridad y magnanimidad fraternas».

AV: El pasado día 26, León XIV clausuró la catequesis sobre Sacrosanctum Concilium. Dijo que la reforma postconciliar hundía sus raíces en la Tradición y tenía por objeto una participación consciente y más activa de los fieles para que no se contentaran con ser espectadores silenciosos. Vuestra Excelencia ha hablado de la vaguedad doctrinal y ritual de la nueva Misa y afirmado que supone una ruptura con el Rito Romano tradicional. ¿Qué oyó V.E. en esa última catequesis? Tal como se celebra habitualmente, ¿puede el Novus Ordo reconciliarse con lo que en realidad pidió el Concilio, o sólo con un espíritu reformista posterior que se excedió de lo que pedía el texto?

+AS: No fue capaz de captar lo que es en realidad el Novus Ordo ni cómo lo celebra una abrumadora mayoría por todo el mundo. No declara, no acepta, no ve la realidad. Fue más bien un discurso teórico que no se ajustó a la práctica real.

El Novus Ordo no se amolda a las intenciones de los Padres del Concilio. El Papa tiene que reconocerlo, porque tenemos a muchos testigos de aquel tiempo. En primer lugar, el cardenal Ratzinger, el profesor Ratzinger. En 1976 escribió una célebre carta al profesor Waldstein en la que le decía –porque Ratzinger había participado en todos los debates conciliares; era perito–: «Por mi participación y mi presencia en los debates litúrgicos del Concilio, puedo declarar con certeza que el Novus Ordo que tenemos en la actualidad no es lo que querían los padres del Concilio». Aquí tenemos un testimonio importante, un testimonio de peso.

Tenemos también el del cardenal Antonelli, que participó igualmente en el Concilio y más tarde en la comisión de Bugnini. En sus memorias, monseñor Antonelli critica lo que hizo Bugnini con el Novus Ordo, que fue más allá de lo que pedía el Concilio.

Está también el conocido liturgista y teólogo Louis Bouyer. Participó como perito en el Concilio, y más tarde en la comisión de Bugnini. En sus memorias critica bastante la ideología que embutió Bugnini en el Novus Ordo. Por último, tenemos un libro reciente del archimandrita Boniface Luykx, A Wider View of Vatican II, en el que corrobora a partir de su propia participación en el Concilio y en la comisión que la Misa de Pablo VI no se corresponde realmente con las intenciones de los padres.

Esa es la realidad. No se puede negar. A mí me parece que hacen la vista gorda y siguen repitiendo frases retóricas, que pueden ser ciertas, pero no se ajustan a la realidad ni a la historia.

Veamos otro aspecto: recomendaría encarecidamente al Santo Padre y sus consejeros que se leyeran con detenimiento todos los debates del Concilio sobre la liturgia. Hace muchos años se publicó un libro en Roma que los compilaba todos. Me lo leí dos veces, pero está en latín. Es muy revelador. Uno lo lee y piensa: «Los padres del Concilio se andaban con pies de plomo, ponían mucha cautela para evitar cambios bruscos». En esencia, el debate se centraba en la cuestión del idioma, vernáculo o latín.

Pero en la misma declaración conciliar Sacrosanctum Concilium –y me sorprende que León no se diera cuenta– hay dos numerales en los que se afirma que el latín se tiene que mantener. No que se podría, sino que se debe mantener el rito en latín. Es obligatorio. Y en otro apartado dice que los obispos tienen que velar por que los fieles conozcan el Ordinario de la Misa en latín. O sea, el Kyrie, el Gloria, el Credo, el Agnus Dei, el Sanctus…

En realidad, en más del 90% de las celebraciones del Novus Ordo no se ha aplicado. Es decir, que se contraviene un mandato explícito del Concilio que el Santo Padre debería tener en cuenta al hablar del tema.

Recordemos también que durante el Concilio, en el debate sobre la liturgia, un obispo habló y dijo: «Yo no propongo eso. Me opongo a que se amplíe el uso de las lenguas vernáculas porque en ese caso a la larga la Misa terminaría celebrándose en su totalidad en vernáculo». Casi todos los presentes prorrumpieron en carcajadas, porque tal cosa era impensable.

El presidente de la comisión habló entonces y dijo: «Le garantizo que eso no es posible, Excelencia. La totalidad de la Misa nunca se celebrará en la lengua vulgar». Ese era el ambiente, la mentalidad que reinaba en el Concilio: la mayoría de los padres no podía imaginar que la Misa terminaría diciéndose totalmente en lenguas modernas.

Sin embargo, hoy en día, más del 90% de las misas Novus Ordo se dicen en lengua vernácula. Hay incluso diócesis en las que los sacerdotes quieren celebrar el Novus Ordo en latín, y se les prohíbe y se les sanciona por hacerlo. Es absurdo.

Hay personas que desean estar en silencio durante la Misa, buscan la contemplación interior. La contemplación también es posible durante la Misa. Claro que eso no quiere decir que toda la congregación esté callada en todo momento y no diga ni pío. No es lo ideal. Lo ideal es responder al celebrante. Pero tenemos que estar abiertos a la posibilidad de que haya quienes deseen la contemplación.

También hay participación activa que no lleva fruto porque no hay la menor participación interior.

Y otra cosa: el primer misal conforme a la normativa de Sacrosanctum Concilium lo publicó la Santa Sede en 1965. No olvidemos el Misal de 1965, que fue la primera reforma litúrgica del Concilio. No fue la del año 69. Fue a comienzos del 65.

Cuando los padres conciliares terminaron la última sesión en septiembre de 1965, ya celebraban la Misa reformada. Y dijeron muy satisfechos: «Esto era lo que queríamos. ¿Y en qué consistía aquella reforma? En esencia se trataba de una reforma orgánica y muy cuidadosa, como pedía el Concilio, de modo que se mantenía toda la Misa de siempre, con dos modificaciones: se habían eliminado el Salmo 42 y el Último Evangelio. Pero por ejemplo, en el rito antiguo, el Salmo 42 también se omitía en todas las misas de difuntos. Y en las últimas dos semanas antes de Semana Santa dicho salmo también se omitía. No había ninguna novedad.

¿Cuál fue la tremenda reforma visible del 65? Tal como habían propuesto los padres, un uso más amplio de las lenguas vernáculas. Y así, la primera parte de la Misa, hasta el Prefacio, se celebraba en lengua moderna. Y después del Canon, otra vez en vernáculo. Era obligatorio que las partes intermedias fueran en latín.

En la Misa del 65, el Canon se rezaba en silencio. La reforma había sido muy cuidadosa, y los padres del Concilio estaban contentos. Más tarde, en año 67, durante el primer sínodo de obispos, Bugnini presentó el esbozo de la nueva Misa, que entró en vigor en 1969. Ya la tenía redactada en 1967, pero la mayoría de los padres del sínodo rechazó el borrador.
Como vemos, la mayoría de los padres sinodales de 1967, que dos años antes habían sido padres del Concilio, no aprobaron la Misa de 1969.
Me habría gustado que el papa León hubiera estudiado el tema antes de pronunciar su discurso. Que hubiera leído todos los elementos de la historia, tal como fue en realidad, leído los debates y prestado atención a los testigos.

Brandmüller alerta contra el modelo sinodal inspirado en Lutero que concede «igual voz» a todos: «Es incompatible con la eclesiología católica»




El cardenal Walter Brandmüller ha advertido contra una concepción de la sinodalidad que, a su juicio, introduce en la Iglesia católica un modelo inspirado en el protestantismo, basado en la elección democrática de sus miembros y en la participación de pastores y laicos con «igual voz». El historiador de la Iglesia remonta esta concepción a las ideas formuladas por Martín Lutero en 1520 y concluye que resulta «incompatible con la eclesiología católica».

Brandmüller, de 97 años y expresidente del Pontificio Comité de Ciencias Históricas, desarrolla su argumentación en un ensayo titulado «A propósito de la “sinodalidad”», publicado por Sandro Magister. En el texto cuestiona la indefinición que rodea al término, reivindica el carácter propiamente episcopal de los sínodos y advierte contra la incorporación «sin espíritu crítico» de estructuras seculares y procedimientos democráticos a la vida de la Iglesia.

Una «definición clara e inequívoca» que sigue faltando

«Desde el Papa Francisco se habla continuamente de “sinodalidad”, en diferentes contextos y con distintos significados. Sin embargo, sigue faltando una definición clara e inequívoca del término», comienza Brandmüller.

El cardenal recurre al Fausto de Goethe para ilustrar el problema y recuerda el diálogo entre Mefistófeles, vestido de profesor, y un estudiante. Este último objeta que a las palabras debe corresponder una idea, mientras Mefistófeles replica que, allí donde faltan las ideas, siempre llega una palabra a tiempo.

Para evitar lo que Brandmüller denomina las «trampas» de Mefistófeles, considera necesario comenzar por establecer qué es propiamente un sínodo.

«En la concepción católica clásica, un sínodo es una asamblea de obispos reunida para el ejercicio colegial de su ministerio magisterial y pastoral», explica.

Cuando están convocados todos los obispos de la Iglesia y se reúnen bajo la presidencia del Papa o de sus delegados, se trata de un concilio general o ecuménico. Actuando cum et sub Petro, señala Brandmüller, posee la máxima autoridad magisterial y pastoral y puede proclamar doctrinas definitivas e infalibles a las que debe prestarse obediencia de fe.

Cuando los obispos reunidos pertenecen a un conjunto de Iglesias particulares —una provincia o región eclesiástica, por ejemplo—, se trata de un concilio particular, que ejerce el magisterium ordinarium y cuyos decretos requieren la confirmación de la Santa Sede.

«En ambos casos, los obispos actúan en virtud del poder magisterial y pastoral que han recibido mediante la ordenación sacramental», subraya.

Brandmüller cuestiona incluso el nombre del Sínodo de los Obispos

El cardenal lleva su razonamiento hasta el Sínodo de los Obispos instituido por Pablo VI en 1965 mediante el motu proprio Apostolica sollicitudo.

Brandmüller no cuestiona «la necesidad o la oportunidad» de esta institución, pero recuerda que fue creada como un organismo consultivo del Papa. Sus participantes son convocados individualmente por el Pontífice y su misión consiste en aconsejarle, no en proclamar doctrinas, tomar decisiones o legislar.

Por ello considera que incluso en este caso el término empleado puede inducir a confusión.

«Por razones de claridad conceptual sería oportuno evitar el término “sínodo” —que en este contexto se presta a malentendidos— y encontrar una denominación diferente y más apropiada», sostiene.

Sacerdotes y laicos no pueden ejercer el ministerio reservado a los obispos

Brandmüller extiende esta objeción a los organismos de creación más reciente en los que, además de los obispos, participan sacerdotes y fieles de ambos sexos como representantes del conjunto del Pueblo de Dios.

Para el cardenal, tampoco en estos casos puede hablarse propiamente de un sínodo, «puesto que ni los sacerdotes ni los laicos pueden ejercer el ministerio magisterial y pastoral conferido exclusivamente a los obispos mediante el sacramento del Orden».

Esto no significa, precisa, que los laicos deban quedar excluidos de la colaboración en la vida de la Iglesia. Brandmüller reconoce expresamente que «es naturalmente posible confiar a laicos competentes una función de expertos».

Sin embargo, cuando exista esta colaboración, pide evitar «cuidadosamente cualquier uso inapropiado de las palabras “sínodo”, “sinodalidad” y otros equivalentes» y utilizar una denominación que refleje correctamente la naturaleza del organismo.

«Estructuras seculares y procedimientos democráticos»

Brandmüller considera que detrás de la aparición de este tipo de organismos existe una tendencia más amplia a incorporar modelos políticos contemporáneos a las estructuras eclesiales.

«Es evidente que la instauración de organismos de este tipo procede de la voluntad de implantar, de manera más o menos acrítica, estructuras seculares y procedimientos democráticos en la vida de la Iglesia, para mantenerse al paso de los tiempos», afirma.

Su crítica no se dirige, por tanto, a la posibilidad de consultar a sacerdotes o laicos, sino a configurar estructuras en las que las diferencias derivadas del sacramento del Orden queden diluidas mediante procedimientos democráticos y una igualdad en la capacidad de decisión.

Un modelo inspirado en Lutero que concede «igual voz» a todos

Es en este punto donde Brandmüller establece una relación directa entre determinadas concepciones actuales de la sinodalidad y el modelo protestante.

El cardenal sostiene que este planteamiento supone introducir en el ámbito católico «un tipo de sínodo inspirado especialmente en el modelo protestante», cuyos miembros son elegidos democráticamente entre pastores y hombres y mujeres procedentes de diferentes ambientes profesionales y culturales, «todos con igual voz».

Brandmüller remonta esta concepción a los escritos polémicos de Martín Lutero de 1520.

Según explica el cardenal, Lutero negó que la institución del sacramento del Orden se remontara a Jesucristo y sostuvo que el Bautismo era suficiente para convertir a cualquier hombre o mujer en sacerdote, obispo y Papa.

Brandmüller extrae de ahí una conclusión tajante: «Es evidente que semejante concepción de la sinodalidad es incompatible con la eclesiología católica».

Brandmüller cuestiona la evolución de las conferencias episcopales

El purpurado sitúa dentro de este proceso histórico la aparición de las conferencias episcopales, cuyo nacimiento vincula al final del Ancien Régime, al sistema europeo de «trono y altar» y al surgimiento del Estado secular moderno.

Cuando las conferencias episcopales comenzaron a desarrollarse en Europa durante la primera mitad del siglo XIX, explica, su marco de referencia «no era la estructura jerárquica de la Iglesia, sino el respectivo Estado».

Por este motivo, su actividad consultiva y decisoria se ocupaba inicialmente de cuestiones relacionadas con la situación y actuación de la Iglesia dentro del Estado secular moderno. Las materias doctrinales, litúrgicas y sacramentales quedaban excluidas, con la excepción del matrimonio, cuya regulación jurídica también reclamaban los Estados siguiendo el modelo napoleónico.

La autoridad doctrinal concedida durante el pontificado de Francisco

Partiendo de esta concepción histórica de las conferencias episcopales, Brandmüller dirige una crítica concreta a Evangelii gaudium.

El cardenal considera «altamente problemático» que Francisco reconociera en la exhortación apostólica a las conferencias episcopales «una auténtica autoridad doctrinal, aunque limitada».

Brandmüller sostiene que una conferencia episcopal no constituye un escalón jerárquico situado entre cada obispo y el Papa.

«También en materia doctrinal, la conferencia episcopal no es una instancia jerárquica intermedia ni el órgano de una Iglesia nacional susceptible de entrar en competencia con el magisterio de la Iglesia universal o de amenazar el primado doctrinal del Papa», afirma.

Un «neoarrianismo eclesiológico»

Brandmüller sostiene que, desde finales del siglo XIX y especialmente en Europa, las conferencias episcopales fueron desplazando progresivamente a los sínodos, mientras su forma y funcionamiento adoptaban modelos políticos.

El purpurado considera difícil ignorar que este fenómeno expresa una «creciente secularización de la comprensión de lo que es la Iglesia».

Para describirlo utiliza la expresión «neoarrianismo eclesiológico».

Según Brandmüller, esta tendencia no niega expresamente el carácter sobrenatural de la Iglesia, pero lo relega progresivamente a un segundo plano hasta terminar contemplándola fundamentalmente como «una entidad social».

Recuperar los sínodos para frenar la secularización de la Iglesia

Frente a esta evolución, Brandmüller concluye su reflexión proponiendo recuperar la importancia histórica de los sínodos de las Iglesias particulares, precisamente porque considera que responden a estructuras propiamente eclesiales y no a divisiones territoriales de carácter político.

«Frente a estas conferencias episcopales de contornos políticos, habría que devolver a los sínodos de las Iglesias particulares —fieles a las estructuras jerárquicas auténticamente eclesiales— su importancia original», sostiene.

El cardenal propone además que estas asambleas episcopales recuperen con mayor intensidad su dimensión litúrgica, siguiendo la práctica documentada desde el siglo VI y las formas previstas por el ceremonial episcopal promulgado bajo Juan Pablo II.

Para Brandmüller, recuperar estos sínodos propiamente episcopales no sería únicamente una cuestión terminológica o de organización eclesiástica, sino una respuesta a la progresiva secularización de la comprensión de la Iglesia.

«De esta manera —concluye— se podría cerrar eficazmente el paso al proceso de secularización de la Iglesia y, al mismo tiempo, dar un paso importante hacia esa “desmundanización” cuya imperiosa necesidad recordó Benedicto XVI».

viernes, 4 de septiembre de 2026

Santidad, ¿quién escribe sus intenciones de oración? (Carta abierta al papa León XIV)





Santidad:

He leído atentamente la intención de oración propuesta para el mes de septiembre, dedicada al cuidado del agua, que denuncia el desperdicio y la contaminación y proclama el derecho de toda persona a «beber sin miedo, sin desigualdad».

Ningún cristiano puede quedarse impasible ante quien padece sed, tiene que recorrer kilómetros en busca de una fuente o enferma porque no puede evitar el agua contaminada. El propio Cristo identificó la sed del pueblo con la suya: «Tuve sed y me diste de beber» (Mt.25,35). Dar de beber al sediento es una obra de misericordia corporal, y es algo que pertenece plenamente a la Tradición cristiana.

Ahora bien, Santidad, al leer esta intención he experimentado una sensación de extrañeza. Me ha costado mucho reconocer la voz del Pontífice que desde el comienzo de su ministerio ha recordado al mundo que la humanidad necesita a Cristo y que el mundo tiene necesidad de su luz.

Por esa razón, permítame plantearle una pregunta sincera y tal vez incómoda: concretamente, ¿quién escribe estas intenciones de oración? ¿Quién escoge las palabras que más tarde son presentadas a los fieles como intenciones del Papa?

Desconozco hasta qué punto ha intervenido Vuestra Santidad en la redacción del texto. No quiero formular acusaciones ni poner en duda vuestra sensibilidad hacia los pobres. Con todo, me cuesta creer que expresiones como «recursos de la Tierra», «derecho sin fronteras», «sobriedad» o «denunciar la contaminación» expresen de por sí lo que Vuestra Santidad considera más urgente para encomendarlo a las oraciones de la Iglesia Universal.

Son conceptos legítimos, pero podría haberlos expresado igual cualquier organismo internacional, una asociación ambientalista o un partido político. En esta intención se habla mucho del agua como recurso, derecho y bien universal, y demasiado poco del agua viva que es Cristo. Falta que hable claro del pecado, de la conversión, de la salvación de las almas, de la gracia, de la Eucaristía y de la misión evangelizadora de la Iglesia.

El peligro está en que la oración cristiana se transforme poco a poco en una declaración de intenciones humanitarias. Ciertamente la Iglesia debe ocuparse del hombre, de su dignidad y sus necesidades materiales; pero lo hace porque anuncia a Cristo, no porque tenga que repetir el programa de las instituciones civiles expresado con un lenguaje religioso.

Dice San Pablo: «Me propuse no saber entre vosotros otra cosa sino a Jesucristo, y Éste crucificado» (1ª a Cor.2,2). Ante las numerosas necesidades concretas de la primera comunidad cristiana, los Apóstoles afirmaron: «Nosotros, empero, perseveraremos en la oración y en el ministerio de la Palabra» (Hch.6,4).

Actualmente tenemos de sobra intenciones profundamente cristianas y que revisten una dramática urgencia.

Se podría rezar por los cristianos que son perseguidos y asesinados en Nigeria; por las comunidades agredidas en la República Democrática del Congo, Burkina Faso y Mozambique; por los creyentes obligados a estar en la clandestinidad en Corea del Norte; por los que son discriminados, encarcelados o amenazados de muerte en Pakistán, la India, China, Irán, Eritrea, Somalía, Yemen y Afganistán.

Según la World Watch List 2026, más de 388 millones de cristianos sufren en el mundo niveles elevados de persecución o discriminación por su fe. Tras esta cifra se ocultan templos incendiados, pueblos asaltados, sacerdotes secuestrados, familias obligadas a huir, mujeres violadas y hombres asesinados por no renegar de Cristo.

¿Por qué no pedir a la Iglesia Universal que rece por ellos?

Se podría pedir por los misioneros que se juegan la vida proclamando el Evangelio; porque los sacerdotes sean santos y fieles; por las vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa; por los jóvenes, que hoy ya no conocen a Cristo; por las familias cristianas desgarradas; por los niños no nacidos; por quienes han perdido la fe; por la conversión de los pecadores; por los que mueren sin el consuelo de los sacramentos; por la libertad para practicar la religión; por la valentía para confesar públicamente el nombre de Jesús.

Se podría rogar para que la Iglesia no tenga miedo de proclamar que Cristo es «el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn.14,6) ante un mundo al que no le importa aceptarla como una institución humanitaria pero está cada vez menos dispuesto a escucharla cuando habla de Dios, de la Verdad, del pecado y de la salvación.

El cuidado del agua también podría ser una intención verdaderamente cristiana si se recondujera con más claridad a su centro, que es Cristo. El agua que sacia la sed corporal es indispensable, pero el Señor le recordó a la samaritana que quien bebe el agua del pozo vuelve a tener sed, pero quien bebe la que Él da «se hará en él fuente de agua surgente para vida eterna» (Jn.4,14).

Esa es el agua que sólo la Iglesia puede proporcionar al mundo.

Santidad, no le escribo para fomentar una polémica ni para negar la gravedad de la pobreza, la sequía o la contaminación. Le escribo porque temo que por detrás de conceptos en los que podemos estar de acuerdo la especificidad cristiana se vuelva cada vez más débil e indistinguible del lenguaje dominante.

La pregunta, pues, sigue en pie: ¿quién redacta esas intenciones? ¿Quién decide los temas urgentes que se deben proponer cada mes a la Iglesia Universal? Y sobre todo: ¿cómo podemos tener certeza de que cada una de esas intenciones conducirá de verdad a los fieles a Cristo?

Vuestra Santidad nos ha recordado que el mundo necesita la luz de Cristo. Siga pronunciando con claridad ese nombre, Santidad. Ayúdenos a no reducir el Evangelio a un programa social o ecológico. Recuerde al mundo nuestros hermanos perseguidos, y devuelva a las intenciones de oración la voz inequívocamente cristiana que tantos fieles anhelan oír.

Porque desde luego el agua es un bien que se debe protege y compartir. Pero la primera sed que la Iglesia está llamada a satisfacer es la sed de Dios.

martes, 1 de septiembre de 2026

UNA IGLESIA SIN DIOS (Monseñor Strickland)




Monseñor Joseph Strickland


En un pódcast publicado el 14 de agosto de 2026 y titulado «Una Iglesia sin Dios», monseñor Joseph Strickland reflexiona sobre la pérdida del sentido sobrenatural en la Iglesia.


Una pregunta pesa mucho sobre mi corazón, y es difícil formularla: «¿Nos estamos convirtiendo en una Iglesia sin Dios?».

Por supuesto, no quiero decir que Dios haya abandonado a su Iglesia. Jesucristo prometió que las puertas del infierno no prevalecerían contra ella. Tampoco quiero decir que no existan innumerables católicos fieles, santos sacerdotes, religiosos, obispos, padres y madres de familia que aman profundamente a Dios y se esfuerzan cada día por vivir la fe católica.

Me refiero a otra cosa.

Me pregunto si no hemos ido elaborando progresivamente una manera de concebir la Iglesia —una manera de gobernarla, de hablar de ella, de celebrar en ella el culto y de determinar sus prioridades— que funciona cada vez más como si lo sobrenatural ya no fuera su realidad central. 

Porque el catolicismo es sobrenatural o no es nada.

Piensen en la fe católica que conocieron nuestros antepasados. Creían en el cielo. Creían en el infierno. Creían en los ángeles y en los demonios. Creían que Satanás era real y que también lo era el combate espiritual. Creían en los milagros. Creían en Nuestra Señora y en la intercesión de los santos. Creían que el pecado podía destruir la vida de la gracia en el alma. Creían que la confesión podía restaurar esa vida. Creían que, cuando el sacerdote pronunciaba las palabras de la consagración en el altar, el pan y el vino se convertían realmente en el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Jesucristo. Creían en la realidad de la eternidad.

Y porque creían en estas cosas, vivían de manera diferente. Construían magníficas iglesias porque Dios estaba allí. Se arrodillaban porque Dios estaba allí. Hablaban en voz baja en las iglesias porque Dios estaba allí. Se confesaban porque el pecado era una realidad. Ayunaban porque la penitencia era una realidad. Rezaban por los difuntos porque el purgatorio era una realidad. Rezaban el Rosario porque creían que la Madre de Dios realmente los escuchaba. Pasaban una hora ante el Santísimo Sacramento porque creían estar ante Jesucristo.
Los católicos de las generaciones anteriores ciertamente tenían sus pecados y sus faltas. Nunca hubo una edad de oro en la que todos fueran santos. Pero la vida católica se comprendía dentro de un marco sobrenatural. Y temo que, desde hace décadas, estemos desmantelando ese marco.

Escuchen gran parte del lenguaje que rodea hoy a la Iglesia. 

Oímos constantemente hablar de escucha, diálogo, acompañamiento, inclusión, encuentro, sinodalidad, camino común, fraternidad humana.

Estos términos pueden tener un sentido legítimo. Escuchar puede ser algo bueno. El diálogo puede ser necesario. Ciertamente, debemos acompañar a las personas con caridad y compasión.

Pero debemos preguntarnos: «¿Dónde está Dios en todo esto?». A fuerza de hablarnos unos a otros, ¿seguimos hablando con Él?

Y cuando escuchamos, ¿escuchamos primero la voz de Dios, o escuchamos para determinar si lo que Dios ya ha revelado no debería, de alguna manera, ser reconsiderado? La diferencia es enorme.

La Iglesia no recibió el Evangelio de un grupo de discusión. 

La verdad no nos fue dada por consenso. Jesucristo no pidió a los Apóstoles que fueran por el mundo para descubrir qué creía la humanidad. Les dijo: «Id, pues, y enseñad a todas las naciones».
Algo ha sido confiado a la Iglesia: un depósito de la fe, una revelación, una verdad que viene de Dios. Nuestra tarea no es reinventarla. Nuestra tarea es recibirla, conservarla, vivirla y transmitirla.
Hace más de un siglo, el papa san Pío X vio que un peligro se gestaba en el seno del pensamiento católico. Le dio el nombre de modernismo. Comprendió que el modernismo no era simplemente una herejía aislada entre tantas otras. Atacaba algo más profundo: los mismos fundamentos que permiten conocer y recibir la verdad revelada.

Si la verdad religiosa termina dependiendo de la experiencia humana, de la conciencia o de la evolución histórica, entonces el hombre se convierte progresivamente en juez de la Revelación, en lugar de que la Revelación sea juez del hombre.

Por eso san Pío X combatió el modernismo con tanta energía. 

Por eso también la Iglesia exigía en otro tiempo el juramento antimodernista. Y por eso hombres como monseñor Marcel Lefebvre advirtieron más tarde que el modernismo no había desaparecido.
No es necesario aprobar todas las decisiones tomadas por monseñor Lefebvre para reconocer la gravedad de la cuestión que planteaba. 
¿Qué ocurre cuando la Iglesia comienza a acomodarse al espíritu de la época? ¿Qué ocurre cuando el deseo de ser aceptada por el hombre moderno se vuelve más fuerte que el de convertir al hombre moderno?

Dietrich von Hildebrand captó el problema con notable claridad cuando advirtió contra el hecho de colocar la unidad por encima de la verdad. Porque, en definitiva, la primacía de la verdad es la primacía de Dios. Ahí reside el núcleo del problema.

Cuando lo sobrenatural comienza a desaparecer, las consecuencias se extienden por todas partes. 

Consideremos el pecado. Si el cielo y el infierno son realidades, entonces el pecado mortal reviste una gravedad extrema. Si un alma puede quedar separada de la gracia santificante, advertir a alguien del peligro del pecado no es mostrar odio, sino amor.

Si viera a alguien caminar hacia el borde de un precipicio, ¿exigiría la compasión que guardara silencio con el pretexto de que mis gritos podrían incomodarlo? Por supuesto que no. Gritaría precisamente porque lo amo.

Desde hace dos mil años, la Iglesia llama a los hombres y a las mujeres al arrepentimiento porque cree que su eternidad está en juego. Pero ¿qué ocurre cuando perdemos esta perspectiva sobrenatural?

El pecado se convierte progresivamente en otra cosa. En lugar de preguntarnos si un acto es conforme a la ley de Dios, comenzamos a preguntarnos si la persona se siente acogida. Las enseñanzas relativas al matrimonio, la sexualidad y la persona humana se vuelven cada vez más difíciles de proclamar porque la cultura las ha rechazado.
La Iglesia debe acoger siempre a cada persona con caridad. Todo ser humano posee una dignidad. Ningún católico debería tratar a otra persona con odio o desprecio. Pero la caridad no puede consistir en decirle a alguien que aquello que Dios ha calificado de pecado ya no es pecado. Eso no es misericordia. Porque si el pecado no es real, el arrepentimiento se vuelve inútil. Si el arrepentimiento es inútil, el perdón también lo es. Y si el perdón es inútil, la Cruz misma termina por volverse inútil.
¿Por qué necesitaría la humanidad un Salvador si su problema fundamental consistiera simplemente en que no nos hemos escuchado lo suficiente unos a otros?

El mismo problema puede presentarse en nuestras relaciones con las demás religiones. Debemos tratar con dignidad a las personas de todas las religiones. Debemos trabajar por la paz. Debemos oponernos al odio y a la persecución. Pero nunca debemos olvidar la razón de ser de la Iglesia.

Jesucristo no es simplemente un maestro religioso entre tantos otros. Es el Hijo de Dios. Él dijo: «Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí».

Estas palabras no pueden simplemente colocarse junto a todas las demás afirmaciones religiosas, como si todos los caminos condujeran finalmente a lo mismo. Si Jesucristo es verdaderamente Dios, entonces la evangelización importa. La conversión importa. El bautismo importa. La misión importa. La salvación importa.

Una vez más, lo sobrenatural lo cambia todo.

Y esto nos lleva a los obispos.

Yo mismo hablo como obispo y, por consiguiente, me dirijo primero a mí mismo.

Todo obispo comparecerá ante Jesucristo. No compareceremos ante un comité. No compareceremos ante los medios de comunicación. No compareceremos ante responsables políticos, donantes, consultores ni ante la opinión pública. Compareceremos ante Cristo. Y tendremos que responder por las almas que nos han sido confiadas.

El obispo no es simplemente un administrador. No es el director de una sucursal perteneciente a una organización religiosa internacional.

Lumen Gentium nos recuerda que los obispos no deben ser considerados como simples vicarios del Romano Pontífice. Los obispos son vicarios y embajadores de Cristo. Esto debería hacer temblar a todo obispo.

A lo largo de la historia de la Iglesia, hubo momentos en que los obispos tuvieron que resistir a poderosas corrientes de error. Pensemos en san Atanasio. Pensemos en san Juan Fisher. Pensemos en los innumerables obispos que sufrieron el exilio, el encarcelamiento e incluso la muerte antes que transigir con la fe.

¿De dónde procede este valor? Procede de la fe sobrenatural.

Si este mundo es todo lo que existe, protejan su posición. Protejan su reputación. Protejan su carrera. Eviten toda controversia. Preserven su comodidad.

Pero si la eternidad es real, todo cambia. Entonces, perder un cargo no es nada. Perder la popularidad no es nada. Perder la aprobación de los poderosos no es nada.

La única pregunta que cuenta, en definitiva, es ésta: «¿He sido fiel a Jesucristo?».

La Iglesia también se ha vuelto extrañamente incómoda ante la idea de condenar. 

Preferimos el diálogo. Y, una vez más, el diálogo tiene su lugar. Pero llega un momento en que un pastor debe decir que no. Esto es cierto en toda familia. Un padre amoroso no aprueba todo lo que sus hijos deciden hacer. El amor exige a veces que diga: «No. Eso te hará daño».

Históricamente, la Iglesia entendía la condena doctrinal de una manera muy semejante. Los anatemas no pretendían ser expresiones de odio. Establecían límites porque la Iglesia creía que el error podía llevar a las almas a la perdición. Por eso, merece una reflexión la noción que a veces se denomina «anatema caritativo».

Si la herejía puede alejar a las almas de Cristo, corregirla es un acto de caridad. Si el pecado mortal puede separar a un alma de Dios, advertir contra él es un acto de caridad. Si recibir indignamente la sagrada Comunión puede constituir un sacrilegio, proteger la Eucaristía es un acto de caridad.

Quizá nos hayamos vuelto tan reacios a condenar el error, no porque hayamos descubierto una caridad superior a la de los santos, sino porque hemos perdido la convicción de que el error tiene consecuencias eternas. Y si es así, nos encontramos una vez más ante el mismo problema: la pérdida de lo sobrenatural.

Pero no quiero que este mensaje sea un mensaje de desesperanza.

Porque está ocurriendo algo más. Allí donde voy, encuentro católicos que tienen hambre. No tienen hambre de un nuevo programa, de un nuevo comité ni de una nueva sesión de escucha. Tienen hambre de Dios.

Los jóvenes católicos están descubriendo la adoración eucarística. Las familias están redescubriendo el Rosario. Hay personas que leen la vida de los santos. Descubren los milagros eucarísticos. Descubren el ayuno y las devociones tradicionales. Muchos se sienten atraídos por la belleza y la reverencia de la Misa latina tradicional.

¿Por qué?

No creo que se trate simplemente de nostalgia.
Muchos de estos jóvenes no tienen ningún recuerdo del antiguo mundo católico. Nunca lo conocieron. Lo que buscan es la trascendencia. Buscan algo que no provenga de ellos mismos. Quieren el misterio. Quieren la reverencia. Quieren el sacrificio. Quieren la verdad.
En definitiva, quieren a Dios.

Y quizá comprendan algo que los planificadores eclesiásticos han olvidado: si la Iglesia no ofrece al mundo más que aquello que el mundo ya puede ofrecerle, entonces el mundo no nos necesita. El mundo ya tiene organizaciones humanitarias. Tiene movimientos sociales. Tiene conferencias. Tiene terapeutas. Tiene organizaciones comunitarias. Tiene movimientos políticos. Tiene innumerables oportunidades de dialogar.

Lo que el mundo no puede darse a sí mismo es la gracia sobrenatural. El mundo no puede absolver un solo pecado. El mundo no puede consagrar la Eucaristía. El mundo no puede darnos el Cuerpo y la Sangre de Cristo. El mundo no puede abrirnos el cielo. Sólo Cristo puede salvar. Y Cristo confió su misión salvífica a su Iglesia.

¿Cuál es, pues, la respuesta? No es la amargura. No es la ira. No es una nueva facción católica. Y, fundamentalmente, lo que necesitamos no es una Iglesia más severa.

Necesitamos una Iglesia que vuelva a creer.

Una Iglesia que crea que Jesucristo está realmente presente en el sagrario. Una Iglesia que crea que la confesión devuelve la vida a las almas espiritualmente muertas. Una Iglesia que crea que Nuestra Señora y los santos interceden realmente por nosotros. Una Iglesia que crea que los ángeles son reales. Una Iglesia que crea que los demonios son reales. Una Iglesia que crea que los milagros siguen ocurriendo. Una Iglesia que crea que la Sagrada Escritura es la Palabra de Dios. Una Iglesia que crea en la realidad del pecado. Una Iglesia que crea en la realidad de la misericordia. Una Iglesia que crea en la realidad del juicio. Una Iglesia que crea que el cielo merece que sacrifiquemos todo para alcanzarlo.

Y, por tanto, una Iglesia que tenga el valor suficiente para decir la verdad cuando decirla le cueste algo.

La Sagrada Escritura nos ofrece palabras de las que nuestra época tiene una necesidad desesperada: «Sed valientes y que vuestro corazón sea firme; no temáis ni os dejéis intimidar ante ellos, porque el Señor, vuestro Dios, camina Él mismo con vosotros: no os dejará ni os abandonará» (Deuteronomio 31, 6).

¿Por qué tenemos miedo? ¿Por qué debería un obispo tener miedo de proclamar lo que Cristo ha revelado? ¿Por qué debería un sacerdote tener miedo de predicar sobre el pecado? ¿Por qué deberían los padres tener miedo de enseñar a sus hijos que la verdad católica es realmente verdadera? ¿Por qué deberían los católicos sentirse incómodos al hablar de los milagros? ¿Por qué deberíamos avergonzarnos de los santos? ¿Por qué deberíamos hablar en voz baja del demonio cuando la Escritura habla claramente del combate espiritual? ¿Por qué deberíamos disculparnos por creer que Jesucristo es el Salvador del mundo?

San Pablo nos dice: «Porque nuestra lucha no es contra la carne y la sangre, sino contra los principados y las potestades, contra los dominadores de este mundo de tinieblas, contra los espíritus del mal que están en los aires» (Efesios 6, 12).

O esto es verdad, o no lo es.

Si es verdad, quizá haya llegado el momento de que los católicos comiencen a vivir como si fuera verdad.

Quizá la crisis más profunda del catolicismo no sea, en definitiva, la crisis litúrgica. No es la crisis sexual. No es la crisis de las vocaciones. No es la crisis de la autoridad episcopal. Ni siquiera es la crisis doctrinal.

Detrás de todas estas crisis se encuentra quizá algo aún más profundo: una crisis de fe en lo sobrenatural.

¿Creemos realmente que Dios ha hablado? ¿Creemos que su verdad sigue siendo verdadera cuando el mundo la rechaza? ¿Creemos en la realidad de la eternidad? ¿Creemos que las almas pueden perderse? ¿Creemos que las almas pueden salvarse? ¿Creemos que Jesucristo es Dios?

Porque si realmente creemos en estas cosas, nuestras iglesias deberían tener otro aspecto. Nuestra predicación debería tener otro tono. Nuestro culto debería revestir otra forma. Nuestras familias deberían vivir de manera diferente. Y nuestros obispos deberían gobernar de manera diferente.

Podemos tener nuestros sínodos. Podemos tener nuestros comités. Podemos redactar nuestros documentos. Podemos celebrar nuestras reuniones. Podemos dialogar. Podemos escuchar. Podemos acompañar. Pero si, en algún momento del camino, Dios se vuelve secundario, ¿hacia dónde caminamos exactamente juntos?
La Iglesia no necesita parecerse cada vez más al mundo para salvar al mundo. Debe ser más plenamente aquello para lo que Jesucristo la estableció.
Necesitamos confesionarios nuevamente llenos. Necesitamos familias que recen el Rosario. Necesitamos el ayuno. Necesitamos la penitencia. Necesitamos reverencia ante la Sagrada Eucaristía. Necesitamos sacerdotes que prediquen las verdades eternas. Necesitamos obispos dispuestos a sufrir por estas verdades. Necesitamos iglesias en las que quien atraviese la puerta perciba inmediatamente: Dios está aquí.

Lo que da miedo no es solamente que el mundo haya aprendido a vivir sin Dios. Una gran parte del mundo lo ha hecho manifiestamente. La posibilidad aterradora es que la Iglesia pueda aprender a funcionar sin Él. Una Iglesia desbordante de actividad. Una Iglesia llena de conversaciones. Una Iglesia llena de programas, procesos, reuniones y documentos. Y, sin embargo, una Iglesia en la que el Dios sobrenatural hubiera sido, de algún modo, relegado silenciosamente a la periferia.

Hermanos y hermanas, no podemos permitir que esto suceda. La respuesta no es un nuevo programa. La respuesta es Jesucristo.

Pónganlo nuevamente en el centro. Vuelvan a su Corazón eucarístico. Vuelvan a la confesión. Vuelvan a la oración. Vuelvan a la Sagrada Escritura. Vuelvan a la fe que nos ha sido transmitida. Vuelvan a Nuestra Señora. Vuelvan a los santos. Vuelvan al sacrificio. Vuelvan a la reverencia. Vuelvan a lo sobrenatural.
Y no tengan miedo. Porque el mundo no necesita una Iglesia sin Dios. Necesita desesperadamente a la Iglesia de Jesucristo, la Iglesia del Dios vivo.
Que Nuestro Señor los fortalezca, que Nuestra Señora los guarde bajo su manto y que permanezcan firmes en la verdadera fe, cualesquiera que sean las pruebas que estén por venir.

Y que Dios todopoderoso los bendiga, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Así sea.

Monseñor Joseph E. Strickland
Obispo emérito

domingo, 23 de agosto de 2026

«Molesten un poquito»: La Sacristía de la Vendée pasa revista al agosto de los escándalos y arma a los fieles con el Código de Derecho Canónico




La tertulia sacerdotal contrarrevolucionaria dedicó su último programa, dos horas largas bajo el título «Herejías, abusos y silencios», a hacer inventario de una quincena especialmente pródiga en escándalos eclesiales y, sobre todo, a responder a la pregunta que daba subtítulo a la emisión: qué pueden hacer los católicos. Condujo el padre Francisco José Delgado desde la selva peruana —reside estos días en el seminario de Moyobamba—, acompañado por el padre Juan Manuel Góngora (Almería), el sacerdote argentino Tomás Agustín Beroch, diocesano en Estados Unidos, y el padre Custodio Ballester (Barcelona), que abandonó la tertulia a media emisión. Delgado advirtió de entrada que el plan no era «simplemente indignarnos»: ante las cosas que dañan la fe «está el maligno dando vueltas para hacer que las almas se pierdan, y hay que acertar también a la hora de responder».

DURACIÓN: 2 HORAS

Los nombramientos: Longo y Murray

El repaso comenzó por los nombramientos. El boletín vaticano del 13 de agosto incluía la designación de Umberto Longo, director del Istituto Storico Italiano per il Medio Evo, sobre quien circulan informaciones «bastante claras» —dijo Delgado— de vinculación con la masonería, con presencia documentada en actos masónicos, sin que la Santa Sede haya dicho una palabra. A ello sumó el nombramiento de la religiosa irlandesa Patricia Murray, exsecretaria ejecutiva de la Unión Internacional de Superioras Generales y figura del sector sinodal más favorable a las reivindicaciones feministas y del mundo LGTB —Delgado exhibió su entrevista en Vida Nueva bajo el titular «El clero teme perder el poder»—, como consultora del Dicasterio para los Institutos de Vida Consagrada.

Beroch confesó que no habría sabido que era monja de no decírselo: «El hábito no hace al monje, pero ayuda». Distinguió entre el homosexual que busca vivir en castidad, como los del grupo Courage, y los lobbies que defienden «el aborto, la ideología de género y todas esas porquerías anticatólicas», y fue al fondo del problema: «Cuando pones a alguien en un puesto de poder estás diciendo que esa persona es capaz de llevar a cabo la misión de la Iglesia»; el mensaje que reciben los fieles es que «todo eso no está tan mal». Citó el humo de Satanás de Pablo VI y los lobos con piel de oveja, y expresó la esperanza de que León XIV se parezca a León XIII, el papa que renovó las condenas a la masonería, el liberalismo y el socialismo. Delgado, por su parte, comentó la fotografía del encuentro de superioras religiosas viendo el mensaje del Papa: «Parece una señora jugando al bingo, un encuentro de la tercera edad».

Torrelavega: la Asunción negada desde el ambón

El plato fuerte llegó con Torrelavega. En la misa de la Asunción, celebrada por el 125 aniversario del título de basílica del templo, hubo danzas litúrgicas con hombres en falda —«un espectáculo bufonesco si no fuera por el dolor que causa verlo en medio de la misa»—, casulla azul fuera del privilegio de la Inmaculada y, sobre todo, la homilía del párroco, cuyo audio se reprodujo en directo: «Ningún ser humano va a subir al cielo en cuerpo y alma. El cielo no es ningún lugar físico, es un estado del alma». Para el padre Custodio, «un indocumentado, un ignorante, un pobre hombre» que «ha hecho el ridículo más absoluto en todo el mundo» y al que hay que mirar «con compasión y conmiseración».

Delgado fue al terreno canónico: la negación pública de un dogma proclamado es herejía, y la herejía está penada con excomunión latae sententiae. Cinco días después de la solemnidad, el obispo de Santander no había dicho nada, y el conductor recordó el agravio comparativo con su propio caso: «En veinticuatro horas mi obispo había mandado un comunicado echándonos a los pies de los caballos, dando por buenas todas las manipulaciones de la prensa religiosa más asquerosa. Nosotros habíamos pedido perdón doce horas antes». Y una comparación más incómoda: si a la Fraternidad de San Pío X se le declara la excomunión en un día, «esto también conlleva excomunión, y aquí no se hace nada».

Suesa: la consagración reinventada

En la misma diócesis cántabra situaron el segundo caso, a juicio de Góngora el más grave: la misa retransmitida por una televisión autonómica desde el monasterio de las trinitarias de Suesa, donde el celebrante reinventó la consagración en plural femenino: «Tomad y bebed todas de él […] será derramado por vosotras y por toda la humanidad […] para recordar que yo estoy en medio de vosotras como quien sirve». El sacerdote almeriense señaló que no solo se modifican a antojo las palabras de la consagración, sino que las monjas simulan con sus gestos una concelebración, materia consignada en el derecho entre los delicta graviora. «El vaso se está colmando», dijo, y rechazó la consigna de confiar y rezar en silencio: callar sería sumarse a «un silencio ominoso, aquiescente y cómplice con un auténtico contradiós». Delgado leyó la presentación que las propias monjas hacen de su liturgia en la web del monasterio —«un coro monástico circular sin espacios jerarquizados […] un lenguaje inclusivo»— y constató que tampoco aquí ha habido comunicado episcopal alguno.

La Paloma: la consagración del cardenal Cobo

Capítulo aparte, menor en gravedad pero de recorrido internacional, mereció la consagración del cardenal Cobo en la misa de la Virgen de la Paloma: la hostia sostenida sobre la patena fuera del altar, sin la inclinación que manda la Ordenación General del Misal Romano y con una teatralización dirigida a la asamblea. Las palabras, admitió Delgado, están bien dichas, pero la plegaria eucarística se dirige al Padre, no al público; es memorial y anámnesis, no dramatización, apostilló Góngora, para quien la gravedad «no está en qué se hace, sino en quién lo hace»: el arzobispo de Madrid y miembro de uno de los dicasterios más importantes de la Santa Sede.

Fátima: la bendición de Cristiano Ronaldo y Georgina

De Madrid a Fátima. Tras el matrimonio civil de Cristiano Ronaldo y Georgina Rodríguez, celebrado en su casa —«inválido para los católicos bautizados; no sirve para nada»—, un sacerdote les ofreció misa en una capilla privada del santuario portugués con una bendición «estilo Fiducia supplicans». Delgado, documento en mano, demostró que ni siquiera la controvertida declaración —contra la que él mismo firmó en su día— ampara lo sucedido: la bendición ha de ser espontánea y «nunca se realizará al mismo tiempo que los ritos civiles de unión, ni tampoco en conexión con ellos, ni siquiera con las vestimentas, gestos o palabras propias de un matrimonio». Aquí hubo capilla reservada, preparación y, al parecer, los mismos modelitos de la boda civil.

Góngora descargó la culpa principal en los sacerdotes cómplices que no explicaron lo que la Iglesia enseña, «sea Cristiano Ronaldo o sea quien sea», y alertó de la veda que se abre: el fiel de a pie tiene derecho a preguntarse por qué a él no le hacen lo que al futbolista, resucitando la vieja fama de las nulidades para ricos. Beroch lo resumió a la argentina: «La culpa no es del chancho, sino de quien le da de comer», y «por la plata baila el mono». Contó que a un famoso local que le pidió algo parecido le propuso convertir esa misa en su boda por la Iglesia, y recordó al divorciado vuelto a casar que le ofreció un cheque de cinco mil dólares por un padrinazgo: «Yo no vendo mi alma; acepto ese cheque y pierdo el cheque de la vida eterna». Delgado remató con el chiste del perro que una señora quería bautizar por mil dólares de estipendio: «Ah, usted no había dicho que el perro era católico». Custodio aportó su propia casuística —los jubilados viudos que pedían bendecir unos anillos sin casarse para no perder la pensión de viudedad— y Beroch puso el telón de fondo bíblico con Ezequiel 3,18: el centinela responde ante Dios de las almas a su cuidado. Al fondo, dijo, se ha perdido el temor de Dios y, peor aún, la vergüenza: «¿Qué joven va a querer ser cura con ese tipo de esperpentos? Por eso los progres son estériles».

Bertomeu y la Pachamama

El último caso del inventario fue el de monseñor Jordi Bertomeu, oficial del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, participando en Perú en un «pago a la tierra», ofrenda chamánica a la Pachamama, dentro de un encuentro macrorregional —«Entrelazando voces por la dignidad»— publicitado por Vatican News como preparación de la visita de León XIV. Custodio, que le conoce y ha hablado con él, pidió mirarle «con un poco de compasión»: en una carrera eclesiástica brillante «cualquier resbalón se convierte en una cosa muy grave», y «es doctor en Derecho Canónico y sabe de qué va la cosa». Góngora fue más severo: comentar el caso expone a que le acusen a uno de defender al Sodalicio y a los abusadores —remitió al artículo de Alejandro Bermúdez—, pero «la mujer del César debe serlo y parecerlo»: si cualquiera de ellos hiciera algo así «acabaríamos en una cartuja del paralelo 48». El mensaje que se transmite, dijo, es que «el que tiene padrino» puede cualquier cosa, y recordó las amenazas de excomunión a dos fieles peruanos. Delgado concedió que a uno pueden sorprenderle en un acto ajeno, «pero una cosa es que no te dé la sangre para ponerte a dar voces contra la idolatría y otra que te pongas a hacerlo tú».

¿Qué hacer? El itinerario canónico

La segunda hora se consagró al «qué hacer». Custodio, antes de despedirse, evocó el título de Lenin y el ver-juzgar-actuar de los antiguos grupos de revisión de vida, y trasladó el método al terreno cívico: si en cada pueblo de España un grupo se plantara todos los jueves a las siete en la plaza del Ayuntamiento contra Pedro Sánchez, «caerían como las murallas de Jericó»; el problema es la educación española del «que venga alguien y haga algo». Su receta eclesial: abordar al sacerdote y decírselo a la cara; si no rectifica, escribir al obispo «para que al menos durante tres minutos se incomode»; y si el obispo no hace caso, al dicasterio del Culto Divino, «porque las élites piensan que toda la humanidad es tonta menos ellos». Con una advertencia final: «Nosotros somos los primeros necesitados de convertirnos».

Delgado sistematizó después el itinerario canónico. El canon 212 establece la obediencia debida a los pastores, pero también el derecho de los fieles a manifestarles sus necesidades y «el derecho, y a veces incluso el deber», según el propio conocimiento, competencia y prestigio, de manifestar su opinión sobre lo que pertenece al bien de la Iglesia. La instrucción Redemptionis Sacramentum (nn. 183-184) encarga a todos —obispos incluidos— que el Santísimo Sacramento sea defendido de toda irreverencia y reconoce a cualquier católico, sea sacerdote, diácono o laico, el derecho a exponer queja por un abuso litúrgico ante el obispo diocesano o ante la Sede Apostólica, «con veracidad y caridad».

Sobre esa base, el conductor desgranó lo práctico: los modelos de denuncia que el padre Javier Olivera Ravasi publicó en su blog «Que no te la cuenten» —escándalo público, abusos litúrgicos, negación de la comunión en la boca o de rodillas, predicación contraria a la fe o la moral—; la corrección privada para el cura joven que mete la pata, la carta formal para el veterano que «te mandará a freír espárragos»; describir hechos y solo hechos, sin endosar al obispo «una lección de eclesiología de Twitter» que acabará, «con toda razón», en la papelera; pedir acuse de recibo y, como los obispados españoles han dado en no darlo —«un abuso terrible» que denuncia en vano—, gastarse treinta euros en un burofax, o su equivalente notarial en cada país. Si en plazo razonable no hay respuesta, a Roma: Culto Divino para los abusos litúrgicos, Doctrina de la Fe para la predicación contra la fe y el escándalo público, Clero u Obispos según el caso; cabe incluso la doble notificación, denunciando ante el dicasterio de Obispos la inacción del ordinario. El cauce más eficaz, la nunciatura, que archiva copia y remite a Roma sin extraviar nada; las nuevas normas de la Curia obligan a algún tipo de respuesta en noventa días. Y un apunte de época: las inteligencias artificiales «son muy útiles» para redactar estas denuncias con los cánones aplicables, «e incluso, si te enciendes, te dicen: este tono no parece el correcto».

«Molesten un poquito»

Beroch cargó contra el ocultismo eclesial: la lógica de «los platos se lavan en casa» fue la que encubrió los abusos, y «el problema de meter la basura bajo la alfombra es que en algún momento la alfombra explota, y explota mal». Lo privado se arregla en privado —si discutiera con Olivera Ravasi le llamaría por teléfono, no abriría Twitter—, pero el pecado público que escandaliza exige palabra pública: «Los progres son como las ratas: le tienen miedo a la luz», a la prensa, a YouTube. De ahí su consigna a los laicos: «Molesten un poquito». Al cura a la cara después de la misa, cartas al obispo, al Dicasterio para la Doctrina de la Fe, al del Clero, al nuncio, y a la policía si hay abuso de un menor: «Si llegan varias cartas, después la van a pensar». Con una salvedad que repitió varias veces: quien rectifica merece el abrazo —«hermano, bienvenido de vuelta»—; el problema es la pertinacia, porque las penas canónicas son medicinales y buscan la conversión del reo, no su destrucción. Los sinodales, ironizó, predicaron misericordia para todos «menos para los curas de la Vendée», crucificados «por un chiste que ni siquiera fue pecado».

Los contrapesos: prudencia, caridad y conversión propia

No faltaron los contrapesos. Góngora insistió en la prudencia: actuar con pruebas, sin juicios temerarios, dando la cara «con nombre y apellido» y sin la chiacchiera que condenaba el papa Francisco; y salió al paso de quienes en el chat oponían amor y temor de Dios: el temor es uno de los siete dones del Espíritu Santo, no un sustituto del amor. Delgado alertó contra quien usa el escándalo como coartada de agendas propias, y puso un ejemplo espinoso: concluir de Torrelavega que la Fraternidad de San Pío X «ha hecho bien» con las consagraciones de Écône, acto que él sigue teniendo por «erróneo e innecesario»; a pregunta del chat, Góngora confirmó que sustituir la lectura del mandato pontificio por una serie de argumentos leídos por un seglar es, «evidentemente», un abuso litúrgico. Y contra las «soluciones ideológicas» que aprovechan el río revuelto: «La culpa de todo la tienen los judíos. ¿Qué tiene que ver esto?».

El conductor recordó además que el canon 210 precede al 212 no por casualidad: primero los deberes —llevar una vida santa e incrementar la Iglesia—, luego los derechos. «Si me vuelvo un experto en materias teológicas controvertidas pero luego no rezo, mi familia está hecha un asco y en mi trabajo soy un inmoral, tenemos un problema». Su modelo de reforma, el de Santa Teresa ante la revolución protestante: no un gabinete de denuncias, sino una comunidad dedicada a vivir la perfección. «Nuestra mediocridad también es culpable de que estas cosas pasen». Beroch, reincorporado tras el apagón que le causó una tormenta eléctrica, lo remachó con una anécdota de sus años de seminarista con el Verbo Encarnado: criticaban a tal o cual obispo y un superior les preguntó si cumplían bien el horario del seminario; «si nosotros no cumplimos nuestro deber de estado, cuánto menos haríamos en el lugar de ese obispo». Y a un comentarista que le acusaba de odiar a los progres le respondió que allí nadie odia a nadie: si el párroco de Torrelavega tomase el micrófono y se arrepintiese, «lo aplaudimos».

Votar con el bolsillo

Hubo también un capítulo económico. El quinto mandamiento de la Iglesia obliga a ayudarla en sus necesidades, recordó Delgado, pero con inteligencia: donde el sistema lo permite —Estados Unidos, cuyas parroquias viven del cepillo, y no tanto la España o la Alemania de los subsidios estatales, donde el fiel apenas tiene voz—, cabe votar con el bolsillo, y sobre todo comunicarlo: «Mando una cartita: no puedo en conciencia colaborar con esto». Como en las bajas de telefonía, a veces eso hace que escuchen.

El tono: juzgar hechos, no personas

Sobre el tono de la denuncia, el conductor proyectó la escena de la película de Padre Pío en que el santo, denunciado por el obispo de Manfredonia, revienta contra el fraile que llama al prelado «cura indigno y sinvergüenza»: «¿Quién eres tú para hablar así de un obispo de la Iglesia? Aprende humildad». La maledicencia, recordó Delgado, es pecado aunque lo que se diga sea verdad, cuando se airean defectos ajenos para regodearse o fomentar el odio. Beroch matizó que ese mismo vídeo se le ha lanzado a él para acallar toda crítica, y fijó la distinción decisiva: se juzgan los hechos, nunca las personas ni las intenciones; puede decirse que negar la Asunción es una herejía aberrante, no que aquel padre se irá al infierno; sin juzgar hechos, «un padre no podría educar a sus hijos ni un policía detener al ladrón». Para quien quisiera profundizar en el dogma —hubo en el chat quien defendió que el párroco solo pedía entender el cuerpo «metafóricamente»—, los tertulianos zanjaron que hablar de mitología ya es negarlo, que el cuerpo glorificado es material —«Cristo comió un pedazo de pescado»— y remitieron a los vídeos de Olivera Ravasi y del padre Francisco Torres en su canal Clama Ne Cesses.

Contra la youtuberización de la fe

Los últimos compases abordaron la youtuberización de la fe, a raíz de un comentario que pedía no convertir a los laicos youtubers en «nuestros sacerdotes y obispos». Delgado reivindicó la gracia de estado del sacerdote para predicar y aconsejar —sin absolutizarla: al de Torrelavega hay que corregirle—, reconoció el servicio de los seglares, más a salvo de las arbitrariedades episcopales que algunos curas han padecido, pero les pidió reconocer sus límites: proliferan los vídeos de laicos, «algunos que antes de ayer eran protestantes», corrigiendo la plana en términos durísimos a sacerdotes con décadas de formación académica. De paso se defendió de quienes murmuran que tras la sanción se ha amansado: «Me volverá a pasar, no se preocupen; lo sobrellevaremos otra vez».

Góngora prefirió hablar de restauración antes que de reforma: «No es añadir un campanario a la torre; hay que repellar desde los cimientos y sacar la humedad y todo lo malo que se ha ido infiltrando», y previno a los fieles contra quien les diga lo que quieren oír. Beroch pidió humildad intelectual en todas direcciones —memorable su única respuesta escrita a un comentarista sabihondo de YouTube: «Discúlpeme, es la cuestión 23 de la Suma, no la 56»— y citó a Perón, «que no es santo de mi devoción, pero la verdad es verdad la diga quien la diga»: «El bruto es peor que el malo, porque los malos se pueden convertir». Delgado añadió la distinción escolástica entre opinión y demostración, contra los que califican de hereje al que discrepa en lo opinable, y lamentó a los exaltados que pierden amistades por estas disputas: «una ridiculez». Todavía hubo tiempo para reírse del youtuber que promete avisar a su audiencia cuando haya cisma, «aunque el Papa diga que lo hay».

El cierre fue el habitual de la casa: recomendación de la aplicación de audiolibros de Homo Legens —narrados con inteligencia artificial; Delgado la usa a diario en sus paseos por el seminario de Moyobamba— y del despacho fiscal barcelonés VCR, «Viva Cristo Rey», bendición en latín y el mismo himno cristero que había abierto la emisión: «Guerra, guerra contra Lucifer». Hasta el jueves que viene.