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martes, 1 de septiembre de 2026

UNA IGLESIA SIN DIOS (Monseñor Strickland)




Monseñor Joseph Strickland


En un pódcast publicado el 14 de agosto de 2026 y titulado «Una Iglesia sin Dios», monseñor Joseph Strickland reflexiona sobre la pérdida del sentido sobrenatural en la Iglesia.


Una pregunta pesa mucho sobre mi corazón, y es difícil formularla: «¿Nos estamos convirtiendo en una Iglesia sin Dios?».

Por supuesto, no quiero decir que Dios haya abandonado a su Iglesia. Jesucristo prometió que las puertas del infierno no prevalecerían contra ella. Tampoco quiero decir que no existan innumerables católicos fieles, santos sacerdotes, religiosos, obispos, padres y madres de familia que aman profundamente a Dios y se esfuerzan cada día por vivir la fe católica.

Me refiero a otra cosa.

Me pregunto si no hemos ido elaborando progresivamente una manera de concebir la Iglesia —una manera de gobernarla, de hablar de ella, de celebrar en ella el culto y de determinar sus prioridades— que funciona cada vez más como si lo sobrenatural ya no fuera su realidad central. 

Porque el catolicismo es sobrenatural o no es nada.

Piensen en la fe católica que conocieron nuestros antepasados. Creían en el cielo. Creían en el infierno. Creían en los ángeles y en los demonios. Creían que Satanás era real y que también lo era el combate espiritual. Creían en los milagros. Creían en Nuestra Señora y en la intercesión de los santos. Creían que el pecado podía destruir la vida de la gracia en el alma. Creían que la confesión podía restaurar esa vida. Creían que, cuando el sacerdote pronunciaba las palabras de la consagración en el altar, el pan y el vino se convertían realmente en el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Jesucristo. Creían en la realidad de la eternidad.

Y porque creían en estas cosas, vivían de manera diferente. Construían magníficas iglesias porque Dios estaba allí. Se arrodillaban porque Dios estaba allí. Hablaban en voz baja en las iglesias porque Dios estaba allí. Se confesaban porque el pecado era una realidad. Ayunaban porque la penitencia era una realidad. Rezaban por los difuntos porque el purgatorio era una realidad. Rezaban el Rosario porque creían que la Madre de Dios realmente los escuchaba. Pasaban una hora ante el Santísimo Sacramento porque creían estar ante Jesucristo.
Los católicos de las generaciones anteriores ciertamente tenían sus pecados y sus faltas. Nunca hubo una edad de oro en la que todos fueran santos. Pero la vida católica se comprendía dentro de un marco sobrenatural. Y temo que, desde hace décadas, estemos desmantelando ese marco.

Escuchen gran parte del lenguaje que rodea hoy a la Iglesia. 

Oímos constantemente hablar de escucha, diálogo, acompañamiento, inclusión, encuentro, sinodalidad, camino común, fraternidad humana.

Estos términos pueden tener un sentido legítimo. Escuchar puede ser algo bueno. El diálogo puede ser necesario. Ciertamente, debemos acompañar a las personas con caridad y compasión.

Pero debemos preguntarnos: «¿Dónde está Dios en todo esto?». A fuerza de hablarnos unos a otros, ¿seguimos hablando con Él?

Y cuando escuchamos, ¿escuchamos primero la voz de Dios, o escuchamos para determinar si lo que Dios ya ha revelado no debería, de alguna manera, ser reconsiderado? La diferencia es enorme.

La Iglesia no recibió el Evangelio de un grupo de discusión. 

La verdad no nos fue dada por consenso. Jesucristo no pidió a los Apóstoles que fueran por el mundo para descubrir qué creía la humanidad. Les dijo: «Id, pues, y enseñad a todas las naciones».
Algo ha sido confiado a la Iglesia: un depósito de la fe, una revelación, una verdad que viene de Dios. Nuestra tarea no es reinventarla. Nuestra tarea es recibirla, conservarla, vivirla y transmitirla.
Hace más de un siglo, el papa san Pío X vio que un peligro se gestaba en el seno del pensamiento católico. Le dio el nombre de modernismo. Comprendió que el modernismo no era simplemente una herejía aislada entre tantas otras. Atacaba algo más profundo: los mismos fundamentos que permiten conocer y recibir la verdad revelada.

Si la verdad religiosa termina dependiendo de la experiencia humana, de la conciencia o de la evolución histórica, entonces el hombre se convierte progresivamente en juez de la Revelación, en lugar de que la Revelación sea juez del hombre.

Por eso san Pío X combatió el modernismo con tanta energía. 

Por eso también la Iglesia exigía en otro tiempo el juramento antimodernista. Y por eso hombres como monseñor Marcel Lefebvre advirtieron más tarde que el modernismo no había desaparecido.
No es necesario aprobar todas las decisiones tomadas por monseñor Lefebvre para reconocer la gravedad de la cuestión que planteaba. 
¿Qué ocurre cuando la Iglesia comienza a acomodarse al espíritu de la época? ¿Qué ocurre cuando el deseo de ser aceptada por el hombre moderno se vuelve más fuerte que el de convertir al hombre moderno?

Dietrich von Hildebrand captó el problema con notable claridad cuando advirtió contra el hecho de colocar la unidad por encima de la verdad. Porque, en definitiva, la primacía de la verdad es la primacía de Dios. Ahí reside el núcleo del problema.

Cuando lo sobrenatural comienza a desaparecer, las consecuencias se extienden por todas partes. 

Consideremos el pecado. Si el cielo y el infierno son realidades, entonces el pecado mortal reviste una gravedad extrema. Si un alma puede quedar separada de la gracia santificante, advertir a alguien del peligro del pecado no es mostrar odio, sino amor.

Si viera a alguien caminar hacia el borde de un precipicio, ¿exigiría la compasión que guardara silencio con el pretexto de que mis gritos podrían incomodarlo? Por supuesto que no. Gritaría precisamente porque lo amo.

Desde hace dos mil años, la Iglesia llama a los hombres y a las mujeres al arrepentimiento porque cree que su eternidad está en juego. Pero ¿qué ocurre cuando perdemos esta perspectiva sobrenatural?

El pecado se convierte progresivamente en otra cosa. En lugar de preguntarnos si un acto es conforme a la ley de Dios, comenzamos a preguntarnos si la persona se siente acogida. Las enseñanzas relativas al matrimonio, la sexualidad y la persona humana se vuelven cada vez más difíciles de proclamar porque la cultura las ha rechazado.
La Iglesia debe acoger siempre a cada persona con caridad. Todo ser humano posee una dignidad. Ningún católico debería tratar a otra persona con odio o desprecio. Pero la caridad no puede consistir en decirle a alguien que aquello que Dios ha calificado de pecado ya no es pecado. Eso no es misericordia. Porque si el pecado no es real, el arrepentimiento se vuelve inútil. Si el arrepentimiento es inútil, el perdón también lo es. Y si el perdón es inútil, la Cruz misma termina por volverse inútil.
¿Por qué necesitaría la humanidad un Salvador si su problema fundamental consistiera simplemente en que no nos hemos escuchado lo suficiente unos a otros?

El mismo problema puede presentarse en nuestras relaciones con las demás religiones. Debemos tratar con dignidad a las personas de todas las religiones. Debemos trabajar por la paz. Debemos oponernos al odio y a la persecución. Pero nunca debemos olvidar la razón de ser de la Iglesia.

Jesucristo no es simplemente un maestro religioso entre tantos otros. Es el Hijo de Dios. Él dijo: «Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí».

Estas palabras no pueden simplemente colocarse junto a todas las demás afirmaciones religiosas, como si todos los caminos condujeran finalmente a lo mismo. Si Jesucristo es verdaderamente Dios, entonces la evangelización importa. La conversión importa. El bautismo importa. La misión importa. La salvación importa.

Una vez más, lo sobrenatural lo cambia todo.

Y esto nos lleva a los obispos.

Yo mismo hablo como obispo y, por consiguiente, me dirijo primero a mí mismo.

Todo obispo comparecerá ante Jesucristo. No compareceremos ante un comité. No compareceremos ante los medios de comunicación. No compareceremos ante responsables políticos, donantes, consultores ni ante la opinión pública. Compareceremos ante Cristo. Y tendremos que responder por las almas que nos han sido confiadas.

El obispo no es simplemente un administrador. No es el director de una sucursal perteneciente a una organización religiosa internacional.

Lumen Gentium nos recuerda que los obispos no deben ser considerados como simples vicarios del Romano Pontífice. Los obispos son vicarios y embajadores de Cristo. Esto debería hacer temblar a todo obispo.

A lo largo de la historia de la Iglesia, hubo momentos en que los obispos tuvieron que resistir a poderosas corrientes de error. Pensemos en san Atanasio. Pensemos en san Juan Fisher. Pensemos en los innumerables obispos que sufrieron el exilio, el encarcelamiento e incluso la muerte antes que transigir con la fe.

¿De dónde procede este valor? Procede de la fe sobrenatural.

Si este mundo es todo lo que existe, protejan su posición. Protejan su reputación. Protejan su carrera. Eviten toda controversia. Preserven su comodidad.

Pero si la eternidad es real, todo cambia. Entonces, perder un cargo no es nada. Perder la popularidad no es nada. Perder la aprobación de los poderosos no es nada.

La única pregunta que cuenta, en definitiva, es ésta: «¿He sido fiel a Jesucristo?».

La Iglesia también se ha vuelto extrañamente incómoda ante la idea de condenar. 

Preferimos el diálogo. Y, una vez más, el diálogo tiene su lugar. Pero llega un momento en que un pastor debe decir que no. Esto es cierto en toda familia. Un padre amoroso no aprueba todo lo que sus hijos deciden hacer. El amor exige a veces que diga: «No. Eso te hará daño».

Históricamente, la Iglesia entendía la condena doctrinal de una manera muy semejante. Los anatemas no pretendían ser expresiones de odio. Establecían límites porque la Iglesia creía que el error podía llevar a las almas a la perdición. Por eso, merece una reflexión la noción que a veces se denomina «anatema caritativo».

Si la herejía puede alejar a las almas de Cristo, corregirla es un acto de caridad. Si el pecado mortal puede separar a un alma de Dios, advertir contra él es un acto de caridad. Si recibir indignamente la sagrada Comunión puede constituir un sacrilegio, proteger la Eucaristía es un acto de caridad.

Quizá nos hayamos vuelto tan reacios a condenar el error, no porque hayamos descubierto una caridad superior a la de los santos, sino porque hemos perdido la convicción de que el error tiene consecuencias eternas. Y si es así, nos encontramos una vez más ante el mismo problema: la pérdida de lo sobrenatural.

Pero no quiero que este mensaje sea un mensaje de desesperanza.

Porque está ocurriendo algo más. Allí donde voy, encuentro católicos que tienen hambre. No tienen hambre de un nuevo programa, de un nuevo comité ni de una nueva sesión de escucha. Tienen hambre de Dios.

Los jóvenes católicos están descubriendo la adoración eucarística. Las familias están redescubriendo el Rosario. Hay personas que leen la vida de los santos. Descubren los milagros eucarísticos. Descubren el ayuno y las devociones tradicionales. Muchos se sienten atraídos por la belleza y la reverencia de la Misa latina tradicional.

¿Por qué?

No creo que se trate simplemente de nostalgia.
Muchos de estos jóvenes no tienen ningún recuerdo del antiguo mundo católico. Nunca lo conocieron. Lo que buscan es la trascendencia. Buscan algo que no provenga de ellos mismos. Quieren el misterio. Quieren la reverencia. Quieren el sacrificio. Quieren la verdad.
En definitiva, quieren a Dios.

Y quizá comprendan algo que los planificadores eclesiásticos han olvidado: si la Iglesia no ofrece al mundo más que aquello que el mundo ya puede ofrecerle, entonces el mundo no nos necesita. El mundo ya tiene organizaciones humanitarias. Tiene movimientos sociales. Tiene conferencias. Tiene terapeutas. Tiene organizaciones comunitarias. Tiene movimientos políticos. Tiene innumerables oportunidades de dialogar.

Lo que el mundo no puede darse a sí mismo es la gracia sobrenatural. El mundo no puede absolver un solo pecado. El mundo no puede consagrar la Eucaristía. El mundo no puede darnos el Cuerpo y la Sangre de Cristo. El mundo no puede abrirnos el cielo. Sólo Cristo puede salvar. Y Cristo confió su misión salvífica a su Iglesia.

¿Cuál es, pues, la respuesta? No es la amargura. No es la ira. No es una nueva facción católica. Y, fundamentalmente, lo que necesitamos no es una Iglesia más severa.

Necesitamos una Iglesia que vuelva a creer.

Una Iglesia que crea que Jesucristo está realmente presente en el sagrario. Una Iglesia que crea que la confesión devuelve la vida a las almas espiritualmente muertas. Una Iglesia que crea que Nuestra Señora y los santos interceden realmente por nosotros. Una Iglesia que crea que los ángeles son reales. Una Iglesia que crea que los demonios son reales. Una Iglesia que crea que los milagros siguen ocurriendo. Una Iglesia que crea que la Sagrada Escritura es la Palabra de Dios. Una Iglesia que crea en la realidad del pecado. Una Iglesia que crea en la realidad de la misericordia. Una Iglesia que crea en la realidad del juicio. Una Iglesia que crea que el cielo merece que sacrifiquemos todo para alcanzarlo.

Y, por tanto, una Iglesia que tenga el valor suficiente para decir la verdad cuando decirla le cueste algo.

La Sagrada Escritura nos ofrece palabras de las que nuestra época tiene una necesidad desesperada: «Sed valientes y que vuestro corazón sea firme; no temáis ni os dejéis intimidar ante ellos, porque el Señor, vuestro Dios, camina Él mismo con vosotros: no os dejará ni os abandonará» (Deuteronomio 31, 6).

¿Por qué tenemos miedo? ¿Por qué debería un obispo tener miedo de proclamar lo que Cristo ha revelado? ¿Por qué debería un sacerdote tener miedo de predicar sobre el pecado? ¿Por qué deberían los padres tener miedo de enseñar a sus hijos que la verdad católica es realmente verdadera? ¿Por qué deberían los católicos sentirse incómodos al hablar de los milagros? ¿Por qué deberíamos avergonzarnos de los santos? ¿Por qué deberíamos hablar en voz baja del demonio cuando la Escritura habla claramente del combate espiritual? ¿Por qué deberíamos disculparnos por creer que Jesucristo es el Salvador del mundo?

San Pablo nos dice: «Porque nuestra lucha no es contra la carne y la sangre, sino contra los principados y las potestades, contra los dominadores de este mundo de tinieblas, contra los espíritus del mal que están en los aires» (Efesios 6, 12).

O esto es verdad, o no lo es.

Si es verdad, quizá haya llegado el momento de que los católicos comiencen a vivir como si fuera verdad.

Quizá la crisis más profunda del catolicismo no sea, en definitiva, la crisis litúrgica. No es la crisis sexual. No es la crisis de las vocaciones. No es la crisis de la autoridad episcopal. Ni siquiera es la crisis doctrinal.

Detrás de todas estas crisis se encuentra quizá algo aún más profundo: una crisis de fe en lo sobrenatural.

¿Creemos realmente que Dios ha hablado? ¿Creemos que su verdad sigue siendo verdadera cuando el mundo la rechaza? ¿Creemos en la realidad de la eternidad? ¿Creemos que las almas pueden perderse? ¿Creemos que las almas pueden salvarse? ¿Creemos que Jesucristo es Dios?

Porque si realmente creemos en estas cosas, nuestras iglesias deberían tener otro aspecto. Nuestra predicación debería tener otro tono. Nuestro culto debería revestir otra forma. Nuestras familias deberían vivir de manera diferente. Y nuestros obispos deberían gobernar de manera diferente.

Podemos tener nuestros sínodos. Podemos tener nuestros comités. Podemos redactar nuestros documentos. Podemos celebrar nuestras reuniones. Podemos dialogar. Podemos escuchar. Podemos acompañar. Pero si, en algún momento del camino, Dios se vuelve secundario, ¿hacia dónde caminamos exactamente juntos?
La Iglesia no necesita parecerse cada vez más al mundo para salvar al mundo. Debe ser más plenamente aquello para lo que Jesucristo la estableció.
Necesitamos confesionarios nuevamente llenos. Necesitamos familias que recen el Rosario. Necesitamos el ayuno. Necesitamos la penitencia. Necesitamos reverencia ante la Sagrada Eucaristía. Necesitamos sacerdotes que prediquen las verdades eternas. Necesitamos obispos dispuestos a sufrir por estas verdades. Necesitamos iglesias en las que quien atraviese la puerta perciba inmediatamente: Dios está aquí.

Lo que da miedo no es solamente que el mundo haya aprendido a vivir sin Dios. Una gran parte del mundo lo ha hecho manifiestamente. La posibilidad aterradora es que la Iglesia pueda aprender a funcionar sin Él. Una Iglesia desbordante de actividad. Una Iglesia llena de conversaciones. Una Iglesia llena de programas, procesos, reuniones y documentos. Y, sin embargo, una Iglesia en la que el Dios sobrenatural hubiera sido, de algún modo, relegado silenciosamente a la periferia.

Hermanos y hermanas, no podemos permitir que esto suceda. La respuesta no es un nuevo programa. La respuesta es Jesucristo.

Pónganlo nuevamente en el centro. Vuelvan a su Corazón eucarístico. Vuelvan a la confesión. Vuelvan a la oración. Vuelvan a la Sagrada Escritura. Vuelvan a la fe que nos ha sido transmitida. Vuelvan a Nuestra Señora. Vuelvan a los santos. Vuelvan al sacrificio. Vuelvan a la reverencia. Vuelvan a lo sobrenatural.
Y no tengan miedo. Porque el mundo no necesita una Iglesia sin Dios. Necesita desesperadamente a la Iglesia de Jesucristo, la Iglesia del Dios vivo.
Que Nuestro Señor los fortalezca, que Nuestra Señora los guarde bajo su manto y que permanezcan firmes en la verdadera fe, cualesquiera que sean las pruebas que estén por venir.

Y que Dios todopoderoso los bendiga, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Así sea.

Monseñor Joseph E. Strickland
Obispo emérito

domingo, 28 de junio de 2026

Mons. Strickland pide un juicio justo para la FSSPX: «Es difícil negar el amor que ha inspirado tantos sacrificios»





El obispo emérito de Tyler (Texas), Joseph E. Strickland, ha publicado una extensa reflexión sobre la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX) en la que invita a contemplar su historia desde una perspectiva espiritual antes que exclusivamente jurídica. Con la cuenta regresiva casi al límite sobre las anunciadas consagraciones episcopales en Écône, el prelado sostiene que resulta «difícil negar el amor» que ha impulsado durante más de medio siglo a sacerdotes, religiosos y familias vinculados a la obra fundada por monseñor Marcel Lefebvre.

Partiendo de la enseñanza de san Pablo sobre la primacía de la caridad, Strickland afirma que cualquier juicio sobre la situación de la FSSPX debe orientarse siempre a la salvación de las almas y recuerda que «la verdad nunca puede separarse de la caridad, ni la caridad de la verdad».

La herencia que quiso preservar Lefebvre

El obispo invita a recordar los orígenes de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X y las motivaciones que llevaron a monseñor Marcel Lefebvre a emprender un camino que le acarreó incomprensiones y sufrimientos personales.

«No emprendió este camino porque fuera fácil, ni porque le proporcionara honor o tranquilidad», escribe Strickland. Aunque reconoce que las decisiones adoptadas por el arzobispo francés pueden ser objeto de debate, considera indiscutible que actuó convencido de que «el Santo Sacrificio de la Misa, la celebración reverente de los santos misterios, la formación de sacerdotes santos y las enseñanzas perennes de la fe católica» corrían el riesgo de verse debilitados.

Ese mismo amor por el patrimonio espiritual de la Iglesia ha seguido inspirando durante décadas a numerosos sacerdotes, religiosos y familias que han aceptado incomprensiones y sacrificios con el propósito de transmitir intacto ese legado a las generaciones futuras.

«Es difícil negar el amor»

Strickland sostiene que un examen honesto de la historia de la Fraternidad permite constatar el elevado coste personal asumido por muchos de sus miembros.

«Es difícil negar el amor que ha inspirado incontables sacrificios, vocaciones, familias y almas fieles que solo han deseado permanecer cerca de Nuestro Señor y ser fieles al depósito de la fe», afirma.

Al mismo tiempo, reconoce que los católicos pueden debatir legítimamente sobre la prudencia de determinadas decisiones adoptadas a lo largo de estos cincuenta años, pero considera que ese análisis no debería ocultar la sinceridad de las motivaciones que han guiado a tantos fieles.

Una llamada a la reconciliación

Strickland recuerda que la disciplina eclesiástica existe para favorecer la reconciliación y el bien de las almas, y advierte de que nunca debería aplicarse de modo que oscurezca el amor sincero que muchos católicos profesan a Cristo y a su Iglesia.

En este contexto, plantea una reflexión que, según señala, muchos fieles se hacen en la actualidad: por qué algunos católicos que cuestionan públicamente doctrinas o principios morales consolidados parecen recibir escasas correcciones, mientras quienes buscan conservar el patrimonio litúrgico y doctrinal de la Iglesia afrontan las sanciones más severas.

A su juicio, estas preguntas no deberían ser descartadas, sino respondidas «con justicia, sabiduría y caridad».

Rezar por la unidad de la Iglesia

Lejos de alimentar divisiones, Strickland insiste en que ningún católico debería alegrarse de las fracturas dentro de la Iglesia y pide rezar por la plena unidad visible.

Esa unidad, afirma, no puede construirse sobre la sospecha o el miedo, sino sobre la confianza mutua, la humildad y el reconocimiento del amor sincero allí donde se manifieste.

El obispo concluye encomendando la situación al Sagrado Corazón de Jesús y pidiendo oraciones tanto por los fieles de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X como por el Papa, los obispos y todos aquellos que tienen la responsabilidad de gobernar la Iglesia.

«Que quienes han trabajado por preservar las sagradas tradiciones de la Iglesia continúen actuando con humildad, fidelidad y amor; y que quienes deben tomar decisiones para la Iglesia universal miren profundamente el corazón de aquellos que tienen delante, reconociendo no solo sus acciones, sino también el amor que ha inspirado tantos sacrificios», concluye Strickland.

viernes, 1 de mayo de 2026

El obispo Strickland responde a las declaraciones de León XIV sobre las "bendiciones" homosexuales.




Vuelvo a preguntar: ¿Estamos razonando con la mente de Cristo... o con la mente del mundo? En respuesta a las recientes observaciones sobre las prioridades morales y las bendiciones de quienes viven en uniones irregulares, ofrezco esta aclaración para el bien de los fieles.

La Iglesia, a quien se le ha confiado la verdad del Evangelio, no puede bendecir el pecado. Siempre está llamada a bendecir a las personas —a llamar a cada alma al arrepentimiento, la sanación y la santidad—, pero jamás debe actuar de manera que sugiera la aprobación de acciones o relaciones contrarias a la ley de Dios.

El reciente énfasis en la distinción entre bendiciones “formales” e “informales”, como se menciona en la “ Fiducia Supplicans ” [aquí], ha generado una gran confusión entre los fieles.

Una bendición no es un simple gesto casual; es un acto sagrado que implica el favor de Dios. Si dicha bendición se imparte de manera que parezca afirmar una relación ajena al plan divino, se corre el riesgo de causar escándalo y desviar a las almas del camino correcto.

Asimismo, la sugerencia de que existen cuestiones morales "más importantes y trascendentales" que la moral sexual debe entenderse con mucha cautela.

La Iglesia jamás ha enseñado que los pecados contra la castidad sean de poca importancia. Al contrario, la Sagrada Escritura y la enseñanza constante de la Iglesia afirman que la moral sexual afecta profundamente la dignidad de la persona humana, la santidad del matrimonio y el orden correcto del amor.

Es cierto que la justicia, la libertad religiosa y la dignidad de toda persona son cuestiones morales importantes. Pero la ley moral no se divide en categorías contrapuestas, donde una verdad pueda dejarse de lado en favor de otra. Toda verdad proviene de Dios, y todo pecado —ya sea contra la justicia, la caridad o la castidad— aleja el alma de Él.

La verdadera unidad en la Iglesia no puede construirse sobre la ambigüedad ni sobre el endulzamiento de verdades difíciles. Se fundamenta en Jesucristo, quien es «el camino, la verdad y la vida» (Juan 14:6). La caridad exige que hablemos la verdad con claridad, incluso cuando sea difícil, para que las almas no se extravíen, sino que sean conducidas a la conversión y a la vida eterna.

Como sucesor de los Apóstoles, sigo comprometido con proclamar la plenitud de la fe católica, sin concesiones, sin confusiones y siempre con caridad hacia todas las personas, invitando a todos a la libertad que proviene de vivir en la verdad de Cristo.

Monseñor Joseph Strickland, obispo

sábado, 22 de noviembre de 2025

Mons. Strickland: "Descartar el título de Corredentora no es sólo una cuestión lingüística..."



“Descartar el título de Corredentora no es simplemente una cuestión lingüística. Es parte de un esfuerzo continuo por despojar a la fe de sus afirmaciones sobrenaturales, para hacer que la Iglesia parezca inofensiva ante un mundo que odia la cruz. (…)

Si la Santa Sede —y, de hecho, la misma oficina que acaba de publicar este documento— pudo conceder indulgencias a tal oración, ahora no puede pretender que la doctrina que la sustenta sea «inapropiada». El lenguaje puede requerir una explicación pastoral, pero la verdad no puede ser retractada."

En honor a la fiesta de la Presentación de Nuestra Señora que celebramos hoy, publicamos a continuación una Carta Pastoral de Mons. Strickland sobre el uso del término “Corredentora", que llamativamente no ha sido aún difundida en español, y que a nuestro juicio es oportuno que sea tomada en consideración junto a todo lo respondido al respecto..


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CARTA PASTORAL DEL Mons. STRICKLAND - 5/11/2025

LA QUE ESTÁ DE PIE BAJO LA CRUZ

Carta pastoral sobre la Santísima Virgen María, Corredentora y Mediadora de todas las gracias


Queridos hermanos y hermanas en Cristo:

El 4 de noviembre de 2025, la Santa Sede publicó una Nota doctrinal a través del Dicasterio para la Doctrina de la Fe (DDF) titulada Mater Populi Fidelis, firmada por el cardenal Víctor Manuel Fernández, prefecto del DDF. En el documento, el cardenal Fernández declara que «no sería apropiado utilizar el título de «Corredentora» para definir la cooperación de María». La razón expuesta es que dicho título «corre el riesgo de oscurecer la mediación salvífica única de Cristo y, por lo tanto, puede crear confusión y un desequilibrio en la armonía de las verdades de la fe cristiana…» (párrafo 22).

Dado que muchas personas se sienten inquietas por estas palabras, y dado que el amor a la Santísima Virgen es el corazón de la auténtica fe católica, me siento obligado, como sucesor de los Apóstoles, a reafirmar la enseñanza perenne de la Iglesia sobre la cooperación singular de Nuestra Señora en la Redención.

Es sorprendente que la justificación dada —para evitar la «confusión» y por razones ecuménicas— se haga eco del mismo lenguaje que durante más de medio siglo se ha utilizado para suavizar y oscurecer la verdad católica. Este razonamiento ha embotado el filo de la doctrina hasta dejar solo un vago sentimiento. Pero la verdad no puede sacrificarse en aras de la diplomacia. El ecumenismo que silencia la verdad deja de ser verdadera unidad. El camino a seguir no es difuminar lo que distingue a la fe, sino proclamarla con claridad y caridad, confiando en que la luz de la revelación disipe la confusión, en lugar de ocultarla.

En los últimos años, este patrón se ha repetido en muchos frentes de la vida de la Iglesia. Con el pretexto de ser «acogedora» e «inclusiva», la identidad sobrenatural de la Iglesia se está sustituyendo poco a poco por una identidad sociológica. Lo que antes se definía por la gracia y la conversión, ahora se está reformulando en el lenguaje de la acomodación y la afirmación. La llamada al arrepentimiento se sustituye por la llamada a la pertenencia. Se le dice al mundo que no necesita cambiar; solo la Iglesia debe cambiar para adaptarse a él. Y así, la fe se diluye, la cruz se suaviza y el Evangelio se vuelve sentimental en lugar de salvífico. Pero el amor sin verdad no es misericordia, es engaño.

Este nuevo documento debe verse en ese contexto. Descartar el título de Corredentora no es simplemente una cuestión lingüística. Es parte de un esfuerzo continuo por despojar a la fe de sus afirmaciones sobrenaturales, para hacer que la Iglesia parezca inofensiva ante un mundo que odia la cruz. 

La Santísima Virgen es el reflejo humano más perfecto de la verdad divina. Menospreciar su papel es menospreciar la realidad misma de la gracia. Cuando sus títulos exaltados son declarados «inapropiados», no es ella quien queda menospreciada, sino nuestra comprensión de Cristo, ya que cada verdad mariana protege una verdad cristológica.

La cooperación de María en la Redención es una doctrina perenne, como atestiguan los Padres. San Ireneo enseñó que «el nudo de la desobediencia de Eva fue desatado por la obediencia de María», y San Efrén la llamó «el rescate de los cautivos».

Desde los albores de la Iglesia, la obediencia de la Virgen ha sido vista como la anulación de la rebelión de Eva y el comienzo de la restauración de la humanidad.

La confusión que rodea al término «Corredentora» surge en gran medida de un malentendido del prefijo «co-». En latín, es «cum», que no significa «igual a», sino «con». María no es una redentora rival, sino la que sufrió con el Redentor. Toda su participación fue dependiente, derivada y subordinada, pero profundamente real. Así como la primera Eva cooperó en la caída, la Nueva Eva cooperó en la restauración. Su «fiat» en la Anunciación y su presencia bajo la Cruz son los dos polos de esa cooperación divina. María participó en la obra redentora de su Hijo, el único que podía reconciliar a la humanidad.


Desde el principio, la Iglesia ha profesado que el fiat de María —su consentimiento total y libre al plan de Dios— no fue un momento pasivo, sino una cooperación verdadera y activa en la obra salvadora de su Hijo. La palabra «Corredentora» aparece por primera vez en un pronunciamiento oficial durante el pontificado del papa San Pío X. En 1908, la Sagrada Congregación de Ritos pidió que se incrementara la devoción a la Madre Dolorosa y que se intensificara la gratitud de los fieles hacia la «misericordiosa Corredentora del género humano».

El 22 de enero de 1914, la Sagrada Congregación del Santo Oficio (ahora llamada Dicasterio para la Doctrina de la Fe) concedió una indulgencia parcial de 100 días por la recitación de una oración de reparación a Nuestra Señora, que dice así:
«Bendigo tu santo Nombre, alabo tu exaltado privilegio de ser verdaderamente Madre de Dios, siempre Virgen, concebida sin mancha de pecado, Corredentora de la raza humana».
Si la Santa Sede —y, de hecho, la misma oficina que acaba de publicar este documento— pudo conceder indulgencias a tal oración, ahora no puede pretender que la doctrina que la sustenta sea «inapropiada». El lenguaje puede requerir una explicación pastoral, pero la verdad no puede ser retractada.

El papa San Pío X, en su encíclica Ad Diem Illum Laetissimum (2 de febrero de 1904), enseñó:
«Ahora bien, la Santísima Virgen no concibió al Hijo eterno de Dios solo para que Él se hiciera hombre tomando de ella su naturaleza humana, sino también para que, por medio de la naturaleza asumida de ella, Él fuera el Redentor de los hombres. Por esta razón, el ángel dijo a los pastores: «Hoy os ha nacido un Salvador, que es Cristo el Señor».
Continuó diciendo:
María, «puesto que estaba por delante de todos en santidad y unión con Cristo, y fue tomada por Cristo en la obra de la salvación humana, mereció congruentemente, como dicen, lo que Cristo mereció condignamente, y es la principal ministra de la dispensación de las gracias».
Esto no es poesía, sino enseñanza papal. Esto define lo que la Iglesia siempre ha sabido: la maternidad de María no es solo física, sino redentora, espiritual y universal.

El papa Benedicto XV, en Inter Sodalicia (22 de marzo de 1918), escribió:
«María sufrió tanto y estuvo a punto de morir con su Hijo sufriente y moribundo; renunció tanto a sus derechos maternos sobre su Hijo por la salvación del hombre, […] que podemos decir con razón que redimió a la raza humana junto con Cristo».
El papa Pío XI, en su mensaje a Lourdes el 28 de abril de 1935, rezó:
«Oh Madre de piedad y misericordia, que como Corredentora estuviste junto a tu dulcísimo Hijo sufriendo con Él cuando consumó la redención de la raza humana en el altar de la Cruz… preserva en nosotros, te lo suplicamos, día tras día, los preciosos frutos de la Redención y de tu compasión».
El papa Pío XII, en su mensaje radiofónico a Fátima el 13 de mayo de 1946, declaró:
«Fue ella quien, como la Nueva Eva, libre de toda mancha de pecado original o personal, siempre unida íntimamente a su Hijo, lo ofreció al Padre Eterno junto con el holocausto de sus derechos maternales y su amor maternal, por todos los hijos de Adán, mancillados por su miserable caída».
El 31 de marzo de 1985, Domingo de Ramos y Jornada Mundial de la Juventud, el papa San Juan Pablo II habló de la inmersión de María en el misterio de la Pasión de Cristo:
«María acompañó a su divino Hijo en el más discreto ocultamiento, meditando todo en lo profundo de su corazón. En el Calvario, al pie de la Cruz, en la inmensidad y en la profundidad de su sacrificio maternal, tenía a Juan, el apóstol más joven, a su lado… Que María, nuestra Protectora, la Corredentora, a quien ofrecemos nuestra oración con gran efusión, haga que nuestro deseo corresponda generosamente al deseo del Redentor».
El papa San Juan Pablo II declaró el 6 de octubre de 1991, hablando de Santa Brígida de Suecia:
«Ella habló enérgicamente sobre el privilegio divino de la Inmaculada Concepción de María. Contempló su asombrosa misión como Madre del Salvador. La invocó como Inmaculada Concepción, Nuestra Señora de los Dolores y Corredentora, exaltando el papel singular de María en la historia de la salvación y en la vida del pueblo cristiano».
Además de «Corredentora», el documento Mater Populi Fidelis también abordó los títulos marianos «Medianera» y «Medianera de todas las gracias», afirmando que dichos títulos no contribuyen a una comprensión correcta del papel de María como intercesora.

Sin embargo, el papa León XIII enseñó en Adiutricem Populi (5 de septiembre de 1895):

«… Es justo decir que nada de ese gran tesoro de toda gracia que el Señor nos trajo —pues «la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo»— nos es impartido si no es por medio de María, ya que así lo quiere Dios…».
De su participación en la Redención mana su mediación maternal. Toda gracia que proviene del Corazón de Cristo pasa por las manos de su Madre, no por necesidad de la naturaleza, sino por la voluntad divina que la asocia al orden de la gracia.

El papa San Pío X, en Ad Diem Illum (2 de febrero de 1904), afirmó
«… Ella se convirtió dignamente en la reparadora del mundo perdido y, por tanto, en la dispensadora de todos los dones que nos fueron ganados por la muerte y la sangre de Jesús… y es la principal ministra de la dispensación de la gracia
Mis queridos hermanos y hermanas, este ataque a la doctrina mariana debe entenderse como parte de un desmoronamiento más amplio. El espíritu moderno busca una Iglesia que ya no ofenda, que ya no advierta, que ya no llame al pecado por su nombre. Quiere una Iglesia sin sacrificio, una Cruz sin sangre, un cielo sin conversión. Tal visión no es renovación, es sustitución.

Muchos santos previeron una estructura falsa que imitaría a la verdadera Iglesia mientras la vaciaba por dentro. Esta imitación de la Iglesia mantendría la forma exterior —liturgia, jerarquía, lenguaje— pero la despojaría de su contenido sobrenatural. Cuando se silencia a la Madre, pronto le sigue la Cruz; cuando la gracia es sustituida por la psicología, los sacramentos se convierten en símbolos y la fe se convierte en terapia.

Por eso el sueño de San Juan Bosco sobre los dos pilares resuena hoy con tanta urgencia. Él vio la Barca de Pedro azotada por las tormentas, atacada por todos lados, hasta que se ancló entre dos grandes pilares que se alzaban desde el mar: la Eucaristía y la Santísima Virgen María. El actual intento de disminuir los títulos de María es un ataque a uno de los pilares, y podemos estar seguros de que el otro pronto será atacado con más ferocidad. Ya vemos confusión sobre la Presencia Real, indiferencia ante el sacrilegio e innovaciones que oscurecen la naturaleza sacrificial de la Misa.

Atacar a María es atacar a la Eucaristía, ya que ambas están inseparablemente unidas en el misterio de la Encarnación. Ella le dio a Cristo su Cuerpo; ese Cuerpo se convierte en nuestro Alimento Eterno. Negar su papel como Corredentora y Mediadora es separar el signo visible del corazón maternal que lo dio.

Por lo tanto, debemos mantenernos firmes. No guardemos silencio cuando la verdad se desmantela bajo el pretexto de la prudencia. Los fieles tienen el derecho —y el deber— de hablar el lenguaje de la fe transmitido por los santos. Llamar a María Corredentora y Mediadora de todas las gracias no es añadir nada a la revelación, sino honrar lo que la revelación ya contiene.

Que los sacerdotes, los religiosos y los laicos pronuncien sus títulos con confianza y enseñen su significado. Que nuestros hogares, nuestros apostolados y nuestras penas sean consagrados de nuevo a su Inmaculado Corazón. En tiempos en que los pastores vacilan y se extiende la confusión, Nuestra Señora sigue siendo el signo seguro de la ortodoxia, el espejo de la Iglesia, la que aplasta la cabeza de la serpiente. A ella le confiamos la renovación de la fe, la purificación del clero y el triunfo de su Inmaculado Corazón prometido en Fátima.

Es profundamente lamentable que el documento del cardenal Fernández pretenda suprimir los venerables títulos de Corredentora y Mediadora con el argumento de que podrían confundir a los fieles. La confusión no surge de la verdad, sino de su oscurecimiento. Generaciones de santos y fieles fueron iluminados, y no engañados, por estos títulos.

No temamos decir la verdad: 

María es la Madre de Dios.

María es Corredentora.

María es Mediadora de todas las gracias.

Estas verdades no glorifican a María al margen de Cristo, sino a Cristo a través de María, pues toda su grandeza proviene de Él y conduce de vuelta a Él.

Que la Virgen Inmaculada interceda por la Iglesia en esta hora de prueba. 

Que nos obtenga el valor para decir la verdad con amor, la pureza para vivirla y la perseverancia para defenderla hasta el final.

Con paternal afecto en Cristo,


Obispo Joseph E. Strickland

Obispo Emérito

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Sobre este tema de María corredentora puede leerse también el artículo titulado