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sábado, 7 de noviembre de 2026

Diez años de Amoris laetitia: diez años de escuchar a todos menos al Fundador





El párroco John Rice plantea interrogantes obvios que por lo visto resultan incómodos.

Hubo un tiempo en que se acusaba a la Iglesia de tener respuesta para todo. Hoy, está al parecer cada vez más deseosa de asegurar al mundo que lo que más tiene es preguntas. Hemos llegado a una época de la historia de la Iglesia en que se celebra la escucha como una proeza y el diálogo poco menos que como un sacramento, y la claridad se podría decir que como una deplorable forma de agresividad.

Dan ganas de preguntarse qué habrían pensado los Apóstoles. Cuando San Pedro se presentó ante la multitud el día de Pentecostés, no anunció un proceso de discernimiento colectivo para verificar si la Resurrección era compatible con las expectativas culturales del momento. Proclamó que Jesucristo, al que habían crucificado, había resucitado de entre los muertos. Sus oyentes quedaron hondamente impactados y preguntaron qué debían hacer. San Pedro les respondió que se convirtieran y bautizaran.

El párroco John Rice, de la diócesis de Plymouth, ha hecho hace poco una pregunta incómoda, pero totalmente legítima, sobre el rumbo que lleva el pensamiento eclesiástico contemporáneo. En un artículo publicado en LifeSiteNews el pasado día 21, escrito a raíz de unas declaraciones del Vaticano con motivo del décimo aniversario de Amoris laetitia, expresa preocupación por que ciertas maneras de interpretar la sinodalidad alteran por completo la misión fundamental de la Iglesia. ¿Será que en vez de convertir el mundo a Cristo estamos intentando convertir el cristianismo al mundo? Es una pregunta que merece respuesta. Es más, a diez años de Amoris laetitia cuesta imaginar una pregunta más urgente.

Lo que ha dado pie al artículo publicado inmediatamente por el padre Rice es un discurso del cardenal Filipe Neri Ferrão, arzobispo de Goa y Damán, en el que sostiene que se ha efectuado una alteración de las estructuras familiares en Asia con la convivencia extramatrionial, el matrimonio interreligioso y la evolución del concepto de género. No. El purpurado no ha abandonado la doctrina moral católica. Su preocupación era ante todo el acompañamiento pastoral, y en sí no tiene nada de malo escuchar atentamente a las familias que se ven obligadas a afrontar circunstancias complejas. Pero el cardenal ha planteado también la cuestión de qué podría pedir el Espíritu Santo a la Iglesia que cambiase, no sólo en su actividad pastoral, sino también en la manera de salir al encuentro de las familias. Y ello presenta una cuestión de considerable peso teológico. ¿Qué es exactamente lo que tiene que cambiar? ¿Nuestros métodos de evangelización? Indudablemente, donde sea necesario. ¿Nuestra capacidad de entender a las familias de hoy? Por supuesto. ¿Nuestra disposición para acompañarlas en las dificultades? Sin discusión. Pero, ¿y la verdad sobre el matrimonio, la sexualidad, el pecado, la gracia y la conversión? Eso ya es harina de otro costal. El concepto de matrimonio que tiene la Iglesia no es fruto de la evolución sociológica. Lo ha recibido de Cristo.

Cuando le preguntaron a Jesús qué pensaba del divorcio, no mandó realizar una investigación sobre las expectativas del matrimonio en la Palestina del siglo I. Respondió remitiéndosea los orígenes. Dios los creó hombre y mujer, y los dos serán una sola carne. Y a continuación sacó una conclusión muy incómoda: lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre. Es difícil imaginar una afirmación que valga menos que las mudables circunstancias sociales. Y Jesús lo dijo sin medias tintas. La Iglesia tiene que entender que no es lo mismo comprender al mundo que someterse al mundo. Lo primero es indispensable para la evangelización; lo segundo es la muerte de la evangelización.

La observación más importante que hace el P. Rice tiene que ver con la sustitución de la conversión por el acompañamiento. El buen pastor acompaña a sus ovejas precisamente porque sabe adónde tienen que ir. Si se limita a ir detrás de su rebaño, cada vez que éste se descarríe, será también de lo más popular, pero habrá dejado de ser pastor. Un pastor sin meta no es más que otra oveja en medio de tantas, un borrego con cayado de pastor, por así decirlo.

Jesús acogía a los pecadores. Comía con ellos, conversaba con ellos, los defendía de los hipócritas y tenía misericordia de ellos. Pero en ningún momento dijo que sus pecados no fueran graves. Pensemos en la mujer sorprendida en adulterio. Jesús se opuso a su condena a muerte, pero no la mandó a estudiar los aspectos positivos de su situación irregular. Le dijo que se fuera y no volviera a pecar. En este breve encuentro descubrimos en su plenitud el concepto católico del cuidado pastoral: misericordia y verdad, compasión y conversión, perdón y vida nueva. Si se quita uno de los dos elementos, el cristianismo resulta irreconocible. La misericordia sin verdad se convierte en sentimentalismo. La verdad sin misericordia se vuelve crueldad. La Iglesia católica siempre ha insistido en la una y la otra.

Esa idea tan de moda hoy según la cual proclamar la verdad moral sería contraria a la sensibilidad pastoral se basa un concepto del hombre pesimista en extremo. Da a entender que las personas no son capaces de responder a las exigencias del Evangelio y hay por tanto que tranquilizarlas diciéndoles que su forma actual de vida no exige apenas un cambio fundamental. Pero el cristianismo no se basa en la premisa de que el hombre no sea capaz de cambiar, sino por el contrario en extraordinaria proclamación de que, con la gracia de Dios, es más que capaz.

El décimo aniversario de Amoris laetitia no es sólo ocasión de festejar sino también de hacer un serio examen de conciencia. La exhortación apostólica contiene muchas buenas reflexiones sobre el amor conyugal, la vida familiar, la paciencia, el perdón y la educación de los hijos. Hay que reconocerlas. Sin embargo, sería una falta de honradez intelectual fingir que su acogida no ha sido causa de graves polémicas. En 2016 cuatro cardenales presentaron sus famosos dubia, en las que pedían aclaraciones sobre el matrimonio, la conciencia, los actos intrínsecamente malos y el acceso a los sacramentos. Sus preguntas no eran ejercicios de teología quisquillosa. Tenían que ver con la relación entre la práctica pastoral y la doctrina católica consolidada. ¿Puede un acto intrínsecamente malo ser moralmente lícito debida a unas circunstancias determinadas? ¿Puede legítimamente la conciencia consentir lo que nos prohíben los mandamientos de Dios? ¿Puede la disciplina de los sacramentos contravenir la doctrina de la Iglesia sobre la indisolubilidad del matrimonio? La respuesta se está haciendo esperar.

No son cuestiones de poca monta. Afectan los fundamentos de la teología moral católica. Han pasado ya diez años, y estas preocupaciones esenciales no pueden arrinconarse invocando el discernimiento, el acompañamiento y la sinodalidad. De hecho, cuando el discernimiento se convierte en un medio de llegar a conclusiones contrarias a la revelación divina, deja de ser discernimiento en el sentido católico de la palabra. Se trata entonces de revisión. Es blasfemo afirmar que eso lo haya inspirado el Espíritu Santo. Y cuando la práctica pastoral contradice sistemáticamente la doctrina a pesar de seguir profesando formalmente la verdad, la doctrina corre el riesgo de llegar a ser poco menos que una inscripción de adorno en la fachada de una institución que ya no tiene la menor intención de vivir conforme a ella.

La Iglesia no puede preservar la verdad limitándose a dejarla en el Catecismo mientras la saca de tapadillo de los confesionarios. En Veritatis splendor recalcó que hay ciertos actos que son intrínsecamente malos y no se pueden justificar en base a las intenciones o las circunstancias. El papa Juan Pablo II se dio cuenta del peligro. Esa doctrina no se la inventó Juan Pablo II. Es parte de la tradición moral de la Iglesia. El verdadero desarrollo lo que hace es profundizar en lo que entendemos por verdad revelada. No transforma lo que ayer moralmente estaba mal en una virtud pastoral de hoy.

El párroco Rice critica de manera especial lo que llama mentalidad sinodal actual. La sinodalidad bien entendida no tiene por qué ser necesariamente un problema. La Iglesia siempre ha consultado, escuchado, debatido y convocado concilios y sínodos. El Concilio de Jerusalén, descrito en los Hechos de los Apóstoles, nos brinda un ejemplo palpable. Los Apóstoles no se reunieron para determinar si la revelación divina tenía que adaptarse a las preferencias de sus contemporáneos. Se reunieron para discernir fielmente lo que Dios había revelado y lo que la Iglesia tenía que enseñar. La distinción es categórica. El Espíritu Santo no se le ha dado a la Iglesia para que cada generación pueda inventarse una forma más cómoda de cristianismo. Se le ha dado para guiarla a la plenitud de la verdad.

Un proceso sinodal puede ser útil si ayuda a la Iglesia proclamar la verdad de un modo más eficaz. Pero se vuelve peligroso cuando adquiere más autoridad que el tesoro de la Fe que está llamado a servir. A veces se tiene la impresión de que la institución eclesial actual está adquiriendo una capacidad extraordinaria para organizar encuentros sobre evangelización, al mismo tiempo que se vuelve más reacia cada vez a proclamar las verdades que hacen necesaria la evangelización misma. Hay consultas sobre consultas, debates sobre el diálogo, y se redactan informes sobre la escucha. Y mientras tanto, el católico de a pie podría plantear una sencilla cuestión: ¿En qué cree en realidad la Iglesia? Amerita una respuesta. No un documento de trabajo.

Rice pone en guardia contra cierta tendencia al universalismo religioso: la idea de que la salvación está definitivamente garantizada para todos, independientemente de su fe, de que se arrepienta y confiese o no. Si todos se salvan automáticamente, la evangelización se vuelve algo optativo. La Cruz se convierte en una dramática ilustración en vez de en el hecho decisivo de la Redención. El arrepentimiento en ese caso está de más. La misión pierde su urgencia. Un cristianismo que ya no cree que la humanidad necesita la salvación termina por dejar de procurar que todos se salven. Y una Iglesia que ya no exhorta a la conversión podría llegar a descubrir que ya no tiene gran cosa que ofrecer sino la aprobación religiosa de la cultura dominante. Es una tragedia disfrazada de progreso pastoral.

Se puede tener cortesía sin ser ambiguo, ser compasivo sin ser permisivo y ejercer la pastoral sin rehuir las cuestiones doctrinales. No sólo eso; precisamente porque amamos al prójimo, le debemos la verdad. El mayor acto de caridad que puede realizar la Iglesia no es decirle al mundo que no se preocupe, que es perfecto así tal cual es. No se puede decir que sea muy valiente una Iglesia que está conforme con la cultura dominante. Todo lo contrario: es ser abyecta en extremo. En el mundo ya hay instituciones de sobra que lo hacen con mucho gusto. Lo que hace falta es una Iglesia dispuesta a ser ella misma: una Iglesia que enseñe el matrimonio tal como lo ha enseñado Cristo. Una Iglesia que llame al pecado por su nombre sin dejar de amar al pecador. Una Iglesia que crea en el arrepentimiento y la conversión porque cree en el perdón. Una Iglesia que proclame la verdad eterna porque se toma en serio la posibilidad de la condenación eterna. Y sobre todo una Iglesia que tenga presente que su deber no es hacer el Evangelio aceptable al mundo a toda costa, sino dar a conocer a Cristo al mundo, ¡cueste lo cueste!

A los diez años de Amoris laetitia deberíamos poder preguntarnos si el lenguaje pastoral predominante haya traído siempre más claridad, matrimonios más sólidos, más conversiones y una fidelidad más profunda a la doctrina católica. Son preguntas que piden pruebas, no eslóganes. El párroco Rice ha prestado un gran servicio a la Iglesia insistiendo en que esas cuestiones no se pueden dejar de lado. Podrá criticarse el tono con que lo dice, o cuestionarse algunas de sus interpretaciones, pero la pregunta fundamental sigue sin respuesta en tanto que no dejan de utilizarse llamadas al diálogo para zafarse de las exigencias del Evangelio. En el fondo, hay algo de paradójico en una Iglesia que insiste constantemente en la necesidad de escuchar a todos pero a veces se muestra incómoda cuando alguien plantea una simple pregunta de carácter teológico. Quizás la próxima fase del camino sinodal debería tener algo verdaderamente revolucionario: en vez de preguntar infinitas veces qué quiere el mundo de la Iglesia, podríamos volver a escuchar lo que ya dijo Cristo. Y luego, con toda la caridad, el valor y la claridad que de los que seamos capaces, proclamarlo de verdad.

+Rob Mutsaerts

Obispo auxiliar de Bolduque (Países Bajos)

Entrevista a Santiago Abascal, presidente de VOX ( 6 de noviembre de 2026)

 EL TORO TV




Duración 18:06 minutos



martes, 3 de noviembre de 2026

Fernández se resiste a corregir las ambigüedades jurídicas del decreto de excomunión contra la FSSPX


Cardenal Víctor Manuel Fernández


El Dicasterio para los Textos Legislativos habría intentado en varias ocasiones colaborar con el Dicasterio para la Doctrina de la Fe para resolver las contradicciones jurídicas surgidas tras el decreto de excomunión contra la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX), publicado el pasado 2 de julio. Sin embargo, el cardenal Víctor Manuel Fernández, prefecto de Doctrina de la Fe, no parece dispuesto a aceptar esa colaboración, según ha informado el periodista Guido Horst en el diario católico alemán Die Tagespost.

En un artículo publicado el 30 de octubre, Horst sostiene que, casi cuatro meses después de la promulgación del decreto y de su nota explicativa, siguen sin resolverse importantes problemas canónicos que afectan tanto a los sacerdotes de la Fraternidad como a los fieles que reciben sus sacramentos.

Según la información recabada por el periodista alemán, se han producido «varios intentos por parte del Dicasterio para los Textos Legislativos de encontrar una solución a las ambigüedades junto con el Dicasterio para la Doctrina de la Fe». No obstante, añade que Fernández no parece dispuesto a cooperar, una situación que podría terminar requiriendo la intervención de León XIV.

Un decreto cuyas consecuencias canónicas siguen sin aclararse

El 2 de julio, el Dicasterio para la Doctrina de la Fe publicó un decreto de excomunión después de que la FSSPX celebrara nuevas consagraciones episcopales sin mandato pontificio.

El documento declaró que el obispo Alfonso de Galarreta, los cuatro sacerdotes consagrados obispos y el obispo Bernard Fellay, que participó como coconsagrante, habían incurrido en excomunión latae sententiae, es decir, una pena producida automáticamente por la comisión del delito previsto en el derecho canónico.

La controversia jurídica no se centra principalmente en esa declaración, sino en las consecuencias que el Dicasterio extrajo para el conjunto de la Fraternidad y para los fieles vinculados a ella.

En una nota explicativa publicada el mismo día, Doctrina de la Fe afirmó que los ministros sagrados de la FSSPX debían considerarse cismáticos y sujetos a excomunión. Respecto a los laicos, estableció que incurrirían en esa pena quienes se adhirieran formalmente al cisma.

La formulación dejó abierta una cuestión especialmente delicada: determinar qué constituye exactamente una adhesión formal y si la simple asistencia a una Misa celebrada por sacerdotes de la Fraternidad puede tener consecuencias canónicas.

Como se informó tras la publicación del decreto, el documento introdujo una de las medidas disciplinarias más severas adoptadas por Roma contra la FSSPX en las últimas décadas.

Las confesiones y los matrimonios, el principal problema jurídico

La dificultad más significativa se encuentra en el apartado de la nota explicativa que declara inválidas las confesiones administradas por sacerdotes de la FSSPX y los matrimonios en los que estos actúan como testigos cualificados.

Esta afirmación entra en conflicto aparente con las facultades concedidas por el papa Francisco durante su pontificado.

En 2015, con motivo del Jubileo de la Misericordia, Francisco autorizó a los fieles que acudían a los sacerdotes de la Fraternidad a recibir válida y lícitamente la absolución sacramental. Posteriormente, mediante la carta apostólica Misericordia et misera, de noviembre de 2016, prorrogó aquella facultad más allá del Año Santo, hasta nueva disposición.

En marzo de 2017, el Pontífice aprobó además una carta de la Pontificia Comisión Ecclesia Dei que autorizaba a los obispos diocesanos a conceder las facultades necesarias para la celebración de matrimonios de fieles vinculados a la FSSPX, bajo determinadas condiciones.

La nota de Fernández del 2 de julio de 2026 no explica expresamente si esas concesiones pontificias han quedado revocadas ni mediante qué acto jurídico se habría producido tal revocación.

Precisamente ahí se sitúa una de las principales objeciones de los canonistas: una disposición aprobada personalmente por el Romano Pontífice no puede considerarse anulada sin que exista fundamento jurídico suficiente para ello.

Según recoge Horst, el Dicasterio para los Textos Legislativos ya habría intervenido para aclarar a una representación pontificia que de la nota de Doctrina de la Fe no se desprende que el Papa hubiera aprobado expresamente la derogación de las disposiciones matrimoniales de 2017.

Arrieta ya había advertido de las contradicciones

Las dificultades jurídicas del decreto fueron señaladas públicamente por el arzobispo español Juan Ignacio Arrieta, antiguo secretario del Dicasterio para los Textos Legislativos.


El canonista distinguió esta situación de la de los matrimonios, cuya validez depende de que exista la delegación necesaria del ordinario competente. Por ello, los matrimonios celebrados sin esa facultad podrían ser nulos por defecto de forma, mientras que aquellos celebrados conforme a las disposiciones pontificias de 2017 plantean una situación jurídica diferente.

Arrieta también precisó que la asistencia a una Misa de la FSSPX no implica automáticamente adhesión formal al cisma. Para incurrir en la correspondiente sanción canónica deben concurrir las condiciones exigidas por el derecho, entre ellas la voluntad de adherirse a una posición cismática y su manifestación externa.

Sus observaciones no cuestionaban la gravedad de las consagraciones episcopales realizadas sin mandato pontificio, que calificó como una profunda herida a la unidad de la Iglesia, sino la necesidad de aplicar correctamente las normas canónicas y distinguir las situaciones de los ministros y los fieles.

Cuatro meses después, el problema sigue sin resolverse

La información publicada por Die Tagespost apunta ahora a que las dificultades no se limitan a las observaciones de canonistas externos, sino que habrían motivado gestiones dentro de la propia Curia romana.

Según Horst, el Dicasterio para los Textos Legislativos ha tratado de trabajar con Doctrina de la Fe para subsanar las ambigüedades, pero no habría encontrado disposición suficiente por parte del cardenal Fernández.

Por el momento, no consta una rectificación pública del decreto ni de la nota explicativa del 2 de julio. Tampoco se ha anunciado oficialmente una decisión de León XIV que resuelva las dudas sobre la vigencia de las facultades sacramentales anteriormente concedidas por Francisco.

La cuestión resulta especialmente relevante porque no afecta únicamente a la situación disciplinaria de la FSSPX, sino también a la seguridad jurídica de los fieles que han recibido los sacramentos conforme a disposiciones pontificias anteriores.

Mientras Roma no aclare expresamente el alcance de esas concesiones y su relación con la declaración de julio, permanecerá abierta la controversia sobre la validez de determinados actos sacramentales y sobre las consecuencias canónicas para quienes frecuentan las celebraciones de la Fraternidad.

lunes, 2 de noviembre de 2026

Venite ad me. El nuevo y buen documento de Tucho, aunque podría haber sido mucho mejor




El 22 de octubre el Dicasterio para la Doctrina de la Fe publicó Venite ad me. Consideraciones sobre la transmisión de la fe en el cambio de época. Lo firma el cardenal Fernández y lleva la aprobación de León XIV, otorgada en la audiencia del 21 de agosto. El encargo, nos dice el propio texto, venía del papa Francisco; el nuevo pontificado y el Jubileo apuraron la redacción.

Lamentablemente, el documento está pasando sin pena ni gloria. Aunque a mi entender, contiene algunos aspectos que podrían ser mejores, diría que es un buen documento según los tiempos que corren y según el personaje que lo firma. Y ha pasado sin pena ni gloria en buena medida porque este mismo personaje, el cardenal Tucho Fernández, se han encargado de bajarle el precio. Dijo hace pocos días en una entrevista que se trata de un texto que no le interesa a nadie —¿será un mensaje que le envía al Papa León diciéndoles que sólo le interesa a él?— pero, además, cometió una de sus típicas torpezas: dividió a la Iglesia entre progresistas y conservadores, y trazó, como corresponde, una caricatura de estos últimos.

A los sectores progresistas no les preocupa está cuestión. Les apasionan los cambios estructurales y el diálogo con la sociedad. A los sectores conservadores lo que los desvela es la transmisión de la moral sexual. Despertar en los hermanos una cautivante experiencia de Cristo vivo que ofrece su amistad y su vida nueva es algo que a ambos sectores les suena como una cosa «romántica», casi fuera de la realidad. En esto coinciden.

Llama la atención la desfachatez del cardenal Fernández al exponer públicamente un prejuicio tan grosero: a los conservadores sólo nos interesa la moral sexual. Se trata de una generalización que se convierte en calumnia y difamación. 
Que haya ciertos conservadores que sólo estén interesados en esas cuestiones no significa que todos lo estemos. Es como si yo dijera, por poner un ejemplo totalmente inverosímil, que todos los integrantes del colegio cardenalicio son pornógrafos y libidinosos, porque hay un cardenal que está interesado no en la moral sexual, sino en el sexo pura y simplemente, y escribe libros sobre el arte de besar y, cuando le vienen los arrebatos espirituales, sobre el orgasmo y la contemplación mística. La gravedad e injusticia de esa improbable afirmación es equivalente a los dichos de Tucho. Que no queda allí, sino que nos acusa también de nos estar abiertos a la «experiencia vivificante de Cristo». Además de teólogo eximio, es también escrutador de corazones.
El género del documento es curioso, y el autor se ocupa de aclararlo con cierta coquetería. No es una Nota doctrinal sino unas Consideraciones, y por eso —advierte el n. 8— no se distingue, como otros textos del dicasterio, por la precisión del lenguaje ni por el carácter sistemático del tratamiento. Es una confesión notable: el dicasterio encargado de custodiar la doctrina avisa de antemano que esta vez no será preciso. Uno agradece la honestidad, aunque no deja de preguntarse para qué otra cosa existe un dicasterio de doctrina.

Dicho esto, sería injusto despachar el texto con un par de chicanas. Venite ad me tiene páginas buenas, y algunas muy buenas. Por eso, me atrevo a decir que el diagnóstico que presenta es certero pero la terapia que ofrece es débil.

Lo bueno y muy bueno del documento

Empecemos por lo bueno, que no es poco. El n. 32 defiende el bautismo de los niños contra el argumento, tan repetido, de que conviene esperar a que elijan por sí mismos. Lo hace con una analogía de sentido común: nadie deja a un recién nacido sin ropa ni alimento a la espera de que, ya grande, decida cómo vestirse y qué comer. Que esto haya que decirlo en un documento romano dice mucho del estado de cosas; lo admito. Pero que se diga, es una buena noticia, y es importante señalarla.

Los nn. 35-37 son quizá lo más hermoso del texto y bien podrían haber formado parte de algun capítulo de El despertar de la Señorita Prim o ser citados por John Senior. En ellos, se recoge el recuerdo del jesuita Aimé Duval sobre la oración de la noche en su casa campesina: el padre, fuerte y orgulloso ante el alcalde y los ricos, arrodillado ante Dios con la frente entre las manos; la madre, sentada con el más pequeño en brazos, mirando a cada hijo mientras rezaba. Y a continuación se enumeran, sin vergüenza, las prácticas que durante décadas la pastoral conciliar despachó como residuos: los santos patronos, la invocación a la Virgen, la misa dominical, los santuarios, la bendición de la mesa, el pesebre. Es decir, el catolicismo de nuestras abuelas, que transmitía la fe sin documentos de trabajo ni comisiones; que lo transmitía “en dialecto”.

El diagnóstico del capítulo III tampoco es complaciente con el mundo contemporáneo. Se habla abiertamente de «sociedades post-cristianas» (n. 55) y de la crisis del «modelo de cristiandad» (n. 53). Se denuncia la «soberanía del yo», el debilitamiento del sentido del pecado y el avance del relativismo (nn. 56-57). Se critica el laicismo legislativo de Francia y Canadá, que limita la manifestación pública de la fe (n. 58). Y se reprocha, con razón, la fe construida «a medida», según los gustos propios en lugar de la enseñanza de la Iglesia (n. 60).

Hay además un pasaje que merece subrayarse. Al registrar el crecimiento espectacular de los bautismos de adultos en Francia —que se han más que triplicado en una década, sobre todo entre jóvenes de 18 a 25 años—, el n. 65 incluye entre los signos de la acción del Espíritu Santo «una cierta recuperación de lo antiguo y de las tradiciones». No es una frase menor en un documento de esta procedencia, sobre todo porque pocas líneas más arriba hablaba de la importancia de las peregrinaciones como invitación para adentrarse en la fe. Pareciera que se trata de un reconocimiento de la evidencia; pareciera que, sutilmente, el cardenal Fernández esta sacando de la invisibilidad a los que, hasta hace poco, no existíamos. Me cuesta creer que haya sido un acto de honestidad propio; ya hemos visto que no es honesto cuando se despacha como lo hace contra los “conservadores”; y me inclino a pensar que esos párrafos y expresiones han sido más bien mandatos o sugerencias explícitas de alguien con más poder.

Pero donde el texto alcanza su mejor nivel es en la liturgia. Invoca el lex orandi, lex credendi (n. 92) y afirma que celebrar es, ante todo, recibir una fe creída, vivida y rezada por otros antes que nosotros (n. 90). Trae las lágrimas de Agustín ante los himnos de la Iglesia de Milán. Y, sobre todo, cita largamente a Romano Guardini en Monreale, un Jueves Santo: el pueblo siciliano que casi no lee ni responde, pero que participa contemplando, viviendo «en la mirada» durante cuatro horas de ceremonia. Guardini concluye que los nórdicos solo conocían la participación hecha de escuchar, hablar y gesticular, y que habían perdido la otra (n. 93). Quien haya padecido medio siglo de actuosa participatio entendida como gimnasia verbal sabrá apreciar la cita. El n. 94, por último, pide que en cada diócesis los fieles y los que vuelven puedan entrar en contacto con «las diversas sensibilidades litúrgicas» de la tradición católica. Volveremos sobre la letra chica.

Lo que prodría haber estado mejor

El problema empieza en el capítulo I, que es precisamente donde aparece el anuncio que habría que transmitir. Su fórmula se repite como un estribillo: Dios es amor «para siempre y para todos», misericordia «para todos», incluso para quienes condenaron y mataron al Hijo (nn. 10, 20). No hay espacio humano marcado por el fracaso o el pecado que no pueda ser reintegrado (n. 11). El «sí» de Dios nunca puede convertirse en un «no».

Todo esto puede leerse en sentido católico, y no tengo dudas de que los redactores lo pretenden así, pero todos estamos muy susceptibles. Pero un kerygma es, por definición, un resumen, y lo que se omite en un resumen se omite en lo esencial. Y aquí falta lo que San Pablo puso en el centro de su propio resumen: que Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras (1 Cor 15,3). Falta la conversión como condición, falta el juicio, falta la posibilidad real —y tremenda— de que un hombre rechace la gracia. Falta la chance de la condenación eterna y del infierno. El documento cita con razón 1 Cor 15,14 sobre la resurrección; resulta curioso que haya saltado once versículos hacia atrás sin detenerse en el 3.

La omisión tiene consecuencias en la lectura de la Cruz. En los nn. 16-19, la muerte de Cristo aparece sobre todo como el desenlace de un conflicto con el poder político y religioso de su tiempo, que no soportaba una predicación inclusiva. Se agrega, por si no quedara claro, que la discriminación era rasgo de aquel ambiente religioso «al igual que en el nuestro» (n. 18). La dimensión sacrificial y expiatoria de la Pasión queda en penumbra: Cristo muere porque incomodaba a los fariseos, no porque se ofrece al Padre por los pecados del mundo. Y una frase del mismo número —ninguna ley ni autoridad religiosa podrá declarar a nadie «indigno»— resulta lo suficientemente ambigua como para que cada lector la aplique a la disciplina sacramental que le convenga. Todos recordamos la patética homilía de Tucho Fernández, entonces arzobispo de La Plata, en la que se despachó contra la Iglesia que durante tanto tiempo había discriminado entre quienes podían comulgar y a quienes no.

Hay otras perlas menores. Que la buena nueva del amor de Dios era «desconocida hasta Jesús» (n. 10) sorprenderá a cualquiera que haya rezado los salmos, donde la hesed divina canta en cada página. Y que Jesús «no crea un santuario propio ni una escuela» (n. 14) es una afirmación curiosa sobre quien purificó el Templo, formó durante tres años a los Doce y fundó la Iglesia.

El segundo nudo es epistemológico. El documento afirma que la fe no se transmite «en primer lugar» como un conjunto de contenidos doctrinales, sino como una forma de vida eclesial (n. 29). El anuncio debe ser «performativo» y su objetivo es «provocar una experiencia de fe» (nn. 76-77). Es cierto que el n. 5 distingue entre fides qua y fides quae, y deja la segunda en manos de la catequesis ordenada. Pero el peso de todo el texto cae de un solo lado, y la experiencia termina funcionando como criterio.

Y esto es problemático viniendo del dicasterio del que viene. El Vaticano I definió la fe como el asentimiento a lo revelado por la autoridad de Dios que revela, no por la evidencia interior ni por la conmoción del corazón. Y San Pío X dedicó buena parte de Pascendi a advertir sobre una religión fundada en la experiencia, que acaba por medir la verdad revelada según lo que el sujeto siente. No acuso al documento de modernismo, que sería injusto y además aburrido. Y, por otro lado, nadie puede negar la importancia de la experiencia personal en la fe. Más aún, en varias ocasiones he criticado en el blog a quienes consideran que la fe es Denzinger. Pero señalo que una pastoral que pone la experiencia en el centro hereda, quiéralo o no, la fragilidad de la experiencia: lo que se siente un domingo puede dejar de sentirse el lunes.

Y entonces llegamos al n. 80. Allí se pide que la transmisión de la fe no quede confinada a lenguajes que puedan calificarse de «escolásticos», «dogmáticos» o «moralistas». La tríada es reveladora. 
La escolástica aparece como sinónimo de frialdad conceptual, cuando fue precisamente el esfuerzo más formidable de la historia por hacer inteligible la fe sin traicionarla. La precisión no es lo contrario de la caridad, sino que es una forma de caridad intelectual, porque protege al fiel de la ambigüedad.
Santo Tomás escribió la Summa para principiantes —ad eruditionem incipientium, dice el prólogo— y el Catecismo de San Pío X formó a generaciones enteras de campesinos que sabían por qué creían lo que creían. Que el mismo dicasterio que en el n. 8 renuncia a la precisión desconfíe en el n. 80 de los lenguajes precisos tiene, al menos, el mérito de la coherencia.

El n. 84 completa el cuadro. Allí se invoca la «jerarquía de verdades» de Unitatis redintegratio 11 para concluir que, con los jóvenes, los catecúmenos adultos y los que vuelven, no conviene «dispersarse» en los muchos ámbitos de la doctrina. El principio conciliar nació en el contexto del diálogo ecuménico y se refería a la diversa conexión de cada verdad con el fundamento de la fe, no a su diversa obligatoriedad: todo lo revelado se cree con la misma fe divina. Trasladarlo a la catequesis como criterio de selección es abrir la puerta a una fe recortada, como la que habitualmente se imparte en parroquias y en colegios pretendidamente católicos. Y aquí el documento tropieza consigo mismo, porque veinte números antes había condenado la fe construida a la medida de cada uno.

La letra chica y lo que no se dice

Vuelvo a la liturgia. Las páginas son hermosas, pero en ellas la Misa no aparece nombrada como sacrificio, ni se habla de la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Se habla de gestos, símbolos, silencios, memoria, comunidad. Todo verdadero, pero también insuficiente. Una liturgia descrita sin su carácter sacrificial es como una catedral descrita sin su altar.

Luego está la letra chica del n. 94. Los pastores deben poner en valor la riqueza del patrimonio litúrgico «respetando las normas litúrgicas vigentes». Esta frase dicha al pasar puede entenderse de diversos modos. Podemos decir que en Jujuy, por ejemplo, «normas litúrgicas vigentes» no incluyen al baile del carnavalito como parte del patrimonio litúrgico, pero también puede interpretarse como un recuerdo de que Traditionis custodes sigue en pie. La puerta que se entreabre para las «diversas sensibilidades» tiene un portero que, en muchas diócesis, no está dispuesto a abrirla. 

Y el ejemplo que el propio texto elige para ilustrar la riqueza del patrimonio es la «variedad de estilos musicales», sin una sola mención del canto gregoriano, al que Sacrosanctum Concilium 116 reconocía el primer lugar. Del latín, Tucho no se ha enterado. [Recomiendo a los católicos panameños que señalen con humildad a sus obispos que comulgar de rodillas y en la boca, y usar el velo en la Santa Misa, no son “extremismos litúrgicos”, sino que son parte innegable del patrimonio litúrgico].

Pero la omisión más elocuente no está en ningún párrafo concreto, sino en el conjunto. El documento dedica decenas de números a describir las causas de la crisis en la transmisión de la fe: la secularización, la globalización, las tecnologías digitales, la inteligencia artificial, el individualismo, el consumismo, las migraciones, los evangelios de la prosperidad. Todas son causas externas. Pero no aparece una línea sobre la catequesis de las últimas seis décadas, sobre los manuales que reemplazaron el catecismo por dinámicas de grupo, sobre la reforma litúrgica y sus consecuencias, sobre la confusión doctrinal sembrada desde las cátedras y los púlpitos, sobre el descrédito causado por los abusos, sobre los sacerdotes y cardenales que escriben libros eróticos o pornográficos. Para el documento, la Iglesia es víctima del cambio de época, nunca uno de sus factores.

El n. 79 constata que un número elevado de niños abandona la Iglesia apenas termina la catequesis o la escuela católica. Es una admisión honesta. Pero la pregunta obvia —¿qué se les enseñó durante esos años?— no se formula. Y no se formula porque la respuesta incomodaría: durante décadas se hizo exactamente lo que este documento propone, una catequesis experiencial, afectiva, poco «dogmática» y nada «escolástica». Los resultados son evidentes; el propio texto los describe pero, curiosamente, no señala a los responsables.

Y aquí está, me parece, la contradicción central de Venite ad me. El n. 64 constata con preocupación que muchos neófitos franceses, poco después de su bautismo, vuelven a la indiferencia práctica. El n. 65 reconoce que una de las cosas que atrae a estos conversos es la recuperación de lo antiguo y de las tradiciones. Basta poner los dos números uno junto al otro para que la conclusión se imponga sola: los jóvenes llegan buscando la tradición, y se encuentran con una pastoral que se la escamotea. Llegan buscando el Misterio y se les ofrece una dinámica de grupo. Llegan buscando una doctrina sólida, capaz de sostenerlos cuando la emoción se enfríe, y se les dice que no conviene dispersarse en la doctrina.

No extraña que se vayan. Lo que atrae a un muchacho de veinte años que creció en el vacío de la inmanencia no es una versión más cálida de ese mismo vacío, sino algo que lo precede y lo supera, y me refiero a una liturgia que no inventó su párroco, un catecismo que no se negocia, una moral que exige y un Dios que juzga porque toma en serio la libertad del hombre. En una palabra, lo que la Iglesia llamó siempre traditio, que es exactamente el nombre de lo que este documento quiere transmitir.

El texto termina con la imagen del cirio pascual que enciende otras velas. Es una imagen bellísima, tomada de Lumen fidei. Pero conviene recordar lo que la liturgia de la Vigilia canta al encenderlo: Lumen Christi. La luz que se transmite es la de Cristo, entera, con su cruz y su juicio, con su sacrificio y su presencia real, con sus dogmas y sus exigencias. Una llama a medias no enciende nada. A lo sumo, humea.

Venite ad me, dijo el Señor; es verdad. Pero la frase sigue: «tomad sobre vosotros mi yugo» (Mt 11,29). Tucho se detuvo un versículo antes.

Wanderer

martes, 27 de octubre de 2026

El pucherazo perfecto es que usted se quede en casa | Alfonso P. Sanz




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Hay una escena que se repite estos días en sobremesas, grupos de WhatsApp y a la salida de misa. Alguien comenta que las encuestas pintan bien y otro, con gesto de haberlo visto todo, sentencia: «Da igual. Ganará otra vez. Este no se va ni con agua caliente». Y el resto asiente, como quien acepta un diagnóstico terminal.

Los números dicen otra cosa. A poco más de cinco semanas del 29 de noviembre, Sigma Dos da a PP y Vox 203 escaños y el 51 % de los votos. 40dB les da el 50,8 %. DYM, entre 200 y 208 diputados. Y, sin embargo, buena parte de la derecha vive esta campaña como un velatorio. Las razones son tres: la astucia del personaje, la supuesta estulticia de un pueblo que «se lo traga todo» y el fraude, con Venezuela como espejo.

Hablemos del fraude sin ingenuidad, porque motivos para desconfiar sobran. El censo de residentes en el extranjero ha crecido en más de 400.000 electores desde 2023. El Supremo examina si el Gobierno estiró la ley de nietos más allá de su letra. Mientras lo decide, ha suspendido el voto de 163.020 inscritos por esa vía, porque ni la Oficina del Censo ni los consulados saben distinguir quién cumplía los requisitos. La Abogacía del Estado recurrió y perdió. Entonces Ángel Gabilondo, Defensor del Pueblo y exministro socialista, corrió al Constitucional a pedir medidas «cautelarísimas». Este miércoles, el Pleno le cerró la puerta por diez votos a dos. Añadan el voto por correo, gestionado por una empresa pública cuya cúpula nombra el Gobierno y de cuyos directivos Feijóo ha dicho abiertamente que no se fía. Y el precedente de Melilla, donde en 2023 se compraron votos por correo y hubo condenas.

¿Era paranoia? No. Era vigilancia, y de momento ha funcionado.

Esa es la diferencia con Caracas. En Venezuela, en 2024, la oposición reunió las actas de la inmensa mayoría de las mesas y demostró la victoria de Edmundo González. El régimen proclamó a Maduro sin enseñar un solo resultado mesa por mesa, porque allí ya no quedaba un juez capaz de decirle que no. Aquí todavía los hay. Y sigue en pie lo más sólido del sistema: cada mesa la forman vecinos elegidos por sorteo, el escrutinio es público y los interventores se llevan copia del acta firmada.

Las grietas existen, pero se tapan con la acción, no con lamentos. Que no quede una mesa sin interventor, que quien pueda vote en persona, que cada acta se fotografíe. Y, sobre todo, que el margen sea tan amplio que ninguna trampa alcance. El desánimo de cien mil votantes hace más daño que cualquier maniobra en una oficina.

Para un español de bien, además, la desesperanza no es una opinión política: es una tentación. La esperanza es virtud teologal, no un estado de ánimo que dependa de la última artimaña del gobierno.

Sánchez lleva años viviendo de nuestro cansancio. El 29 de noviembre podemos negárselo con algo tan poco heroico como ir a votar.

Alfonso P. Sanz | Jurista y escritor

domingo, 25 de octubre de 2026

El genocidio silenciado de católicos del Frente Popular en el 36: la sangre de los mártires atestigua la verdad histórica



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3.040 mártires de la persecución religiosa en España aguardan todavía su beatificación

El odio visceral de la izquierda radical hacia la fe católica y hacia quienes la profesaban en la guerra civil española desencadenó una de las páginas más oscuras y criminales de la historia contemporánea de España. Las cifras oficiales de la Conferencia Episcopal Española revelan la verdadera magnitud de una persecución sistemática que buscaba la eliminación total de los fieles y la destrucción y quema de sus iglesias. La Iglesia en España reconoce o estudia actualmente el martirio de 5.455 personas asesinadas exclusivamente por su fe durante el siglo XX. El recuento oficial sitúa en 2.404 los mártires ya beatificados, en 11 los canonizados y en 3.040 los que permanecen en pleno proceso. Estas identidades representan el testimonio irrefutable de un auténtico genocidio de católicos que los herederos ideológicos actuales del Frente Popular ocultan bajo mantos de desmemoria democrática.

La revisión constante de los datos aflora una realidad insoslayable. Los procesos de beatificación avanzan gracias al trabajo de las diócesis, que preparan este otoño tres celebraciones litúrgicas de gran relevancia institucional. La diócesis de Ibiza elevó a los altares a 20 sacerdotes diocesanos. Le seguirán la diócesis de Santander, con un grupo numeroso de 80 mártires, y la Archidiócesis de Madrid, que recordará formalmente el sacrificio de 11 seminaristas y varios de sus familiares directos.

El Dicasterio de las Causas de los Santos en Roma ya promulgó los decretos correspondientes que avalan que estas muertes sucedieron estrictamente in odium fidei, es decir, por odio directo a la religión. A estas listas se incorporan además cincuenta mártires gabrielistas, integrados por 49 religiosos de San Gabriel y su capellán, asesinados en el cinturón de Barcelona entre julio y noviembre de 1936, y cuya ceremonia oficial aguarda una fecha definitiva en el calendario eclesiástico.

El clero secular y los laicos en la diana del terrorismo ideológico

El desglose pormenorizado de las víctimas evidencia que las milicias socialistas, comunistas, anarquistas y separatistas no hacían distinciones en su afán exterminador. Entre los creyentes que ya gozan de la condición de beatos, el grupo mayoritario corresponde a los miembros de congregaciones religiosas, con un total de 1.080 nombres. Los sacerdotes diocesanos suman 586 víctimas, los sacerdotes religiosos alcanzan los 512, los laicos comprometidos representan 183 casos registrados, los seminaristas ascienden a 34 y los obispos asesinados totalizan nueve representantes, de los cuales ocho ejercían como diocesanos y uno pertenecía a una orden religiosa. En el ámbito de los santos elevados a la canonización definitiva, figuran nueve religiosos, un sacerdote diocesano y un sacerdote religioso.

Sin embargo, las causas que todavía permanecen abiertas en los tribunales eclesiásticos de Madrid y Roma demuestran que el peso de la represión criminal frentepopulista recayó de manera abrumadora sobre el clero secular, el más arraigado en los pueblos y ciudades de España. De los 3.040 mártires que esperan actualmente la aprobación de sus expedientes en el Vaticano, 1.904 son sacerdotes diocesanos, lo que supone prácticamente dos de cada tres personas en proceso de beatificación. El resto del listado lo componen 703 laicos asesinados por defender sus convicciones, 232 religiosos, 159 sacerdotes religiosos, 39 jóvenes seminaristas que vieron truncada su vocación por los asesinos izquierdistas, y tres obispos diocesanos que prefirieron el martirio antes que renegar de su misión pastoral.

Las víctimas anónimas y el origen del terror en la revolución de 1934

La documentación existente no abarca el daño real infligido a la sociedad católica española. El listado oficial de la Conferencia Episcopal Española excluye aún por motivos formales a miles de ciudadanos cuyos expedientes todavía se analizan de manera preliminar en las delegaciones diocesanas, o cuyos procesos ni siquiera han comenzado por falta de recursos logísticos. Existe además una cifra negra e indeterminada de hombres y mujeres asesinados por las checas y comités revolucionarios durante la Guerra Civil cuyos rastros documentales desaparecieron por completo. La falta de testimonios directos impedirá de manera definitiva la apertura de una causa canónica para estos creyentes anónimos, cuyos nombres permanecen borrados de los registros pero vivos en la memoria de la fe.

El gobierno de Sánchez y sus cómplices insisten en encuadrar estos crímenes como meras consecuencias colaterales de la contienda militar iniciada en julio de 1936. No obstante, los analistas e historiadores eclesiásticos recuerdan que los ataques sistemáticos comenzaron mucho antes. La violencia letal arrancó en el año 1934, durante el intento de golpe de Estado contra la legalidad de la II República que protagonizó el PSOE junto a comunistas. Aquella insurrección armada causó decenas de muertes religiosas en regiones como Asturias, donde el movimiento revolucionario mostró su faceta más despiadada a través del asesinato de dos laicos y 37 eclesiásticos, entre los que figuraban nueve Hermanos de La Salle, siete seminaristas diocesanos, tres formadores, tres misioneros paúles, dos jesuitas, un carmelita y un religioso pasionista.

La imposibilidad de ocultar el sacrificio de una Iglesia perseguida

El esfuerzo de los partidos de la coalición socialista-comunistas-separatistas por imponer una memoria histórica falsa y manipuladora choca frontalmente con la contundencia de las pruebas documentales. Las actas de martirio detallan tormentos y ejecuciones sumarias que responden a un patrón planificado de eliminación de todo lo católico. Los comités frentepopulistas asaltaban templos y fusilaban a ciudadanos por llevar un crucifijo o por el simple hecho de ir a misa. Ninguna ley de carácter propagandístico conseguirá blanquear un genocidio católico de tales proporciones.

La sangre de los millares de mártires reconocidos por la Iglesia Católica constituye el testimonio definitivo de la verdad histórica. Frente al sectarismo institucional y el olvido forzado que promueven los sectores herederos de aquella izquierda extremista y sectaria, las cifras y los nombres propios de los sacerdotes, religiosos y laicos asesinados permanecen inalterables. España sufrió una persecución religiosa salvaje y programada, una verdad histórica que los procesos de beatificación actuales siguen desvelando ante los ojos del mundo entero de manera inapelable.

domingo, 18 de octubre de 2026

¿QUÉ PASA EN LA IGLESIA? #139 PADRE JORGE GONZÁLEZ GUADALIX.




EMPEZAMOS EN ROMA 

ESPAÑA 

1. Hemos celebrado a la Virgen del Pilar 

2. Los jóvenes no se casan 

3. La llamada iglesia roja de Madrid 

MUNDO 

4. Se nos escapa la fe 

5. Recortes drásticos en Escocia 

6. Cada día me cae mejor el Obispo Varden 

7. Y peor el cardenal Roche 

8. Romería de Nuestra Señora de Zapopan


sábado, 17 de octubre de 2026

ENTRAR A SACO (Carlos Esteban)




En tiempos de barbarie se enfrentaban las facciones en el campo de batalla para determinar cuál de ellas había de dominar sobre todas. Afortunadamente, ese tiempo sanguinario pasó, y ahora las facciones cuentan los efectivos de cada bando y el que tiene más se impone, evitando un innecesario baño de sangre. En todo lo demás, es igual.

Partido viene de partir, y cuando hablamos de ‘campaña electoral’ solemos olvidar que la palabra procede directamente del lenguaje bélico. Así, la campaña electoral es como la Campaña del Frente Oriental, por otros medios.

Por lo demás, el proceso mismo acaba con todo concepto no meramente retórico de reconciliación. Uno puedo escandalizarse —y malinterpretar— el dictum de Karl Schmitt según el cual la distinción fundamental de la política es la que separa al amigo del enemigo, pero lo vemos cada día desarrollarse ante nuestros ojos. Quien haya asistido a una reunión postelectoral de políticos del bando vencedor sabrá que la conversación suele parecerse más al reparto del botín que a una discusión programática.

Un rey del Antiguo Régimen podía emprender una campaña contra su vecino y aceptar la paz a poco de empezado el conflicto si pintaban bastos: tendría que renunciar, quizá, a una provincia, o pagar indemnizaciones, pero ahí quedaba todo. No tenía por qué abdicar ni ver destruido su país o arrasar el del vecino.
El siglo XX nos enseñó que las guerras democráticas son más atroces, por lo general, que las monárquicas porque exigen una previa demonización obsesiva del adversario para que el pueblo acepte con entusiasmo ir al frente. Eso hace políticamente imposible firmar una paz razonable para evitar lo peor, porque ¿quién admitirá que está dispuesto a negociar con monstruos?
Otro tanto, mutatis mutandis, sucede en la política electoral. Sánchez tuvo la gentileza de hacerlo explícito al hablar de ese célebre «muro» con el que separaba, como el Dios de las parábolas, las ovejas de los cabritos, los sumisos a su voluntad progresista, tropas entre las que repartiría las migajas del botín presupuestario, de los fascistas condenados a las tinieblas exteriores, donde el gusano no muere y las subvenciones no existen.

Quiere la teoría constitucional que el gobernante gobierne para todos, sin discriminación, y que sobre él, como mecanismo de seguridad, haya instituciones que lo garanticen. Pero ese pensamiento desiderativo se opone frontalmente a la dinámica natural del sistema de partidos, y su conclusión lógica tiende a ser la implacable división guerracivilista que ofrece Sánchez con un candor tan terrorífico: al enemigo, ni agua, y quien no está conmigo está contra mí.

Todo en los socialistas, si vemos el devenir de la información con ojos limpios, nos habla de una banda voraz que ha llegado al poder con hambre de pillaje, que ve en el Estado el gordo de la lotería, el Dorado definitivo del que podrán vivir como pachás en años sin término. Hacienda les sirve para perseguir, amenazar y sobornar a clanes mafiosos; el presupuesto, para colocar a los fieles en puestos que no tienen ni que pisar si no es su gusto, o usar para sus chanchullos; la policía se convierte en sus manos en una guardia personal cuya finalidad ya no es tanto reprimir el delito como para castigar a los disidentes.

Si al final de esta campaña acaba la pesadilla sanchista, no hay ni que pensar en volver a lo de antes, a hacer como que aquí no ha pasado nada y seguir administrando la herencia socialista como ha sido costumbre de los gobiernos del PP. 

Hay que entrar a saco, y desviar el curso de Tajo y del Ebro para limpiar estos nuevos establos de Augías.

Carlos Esteban

¿Una Iglesia sin su Pastor? El desafío de la enfermedad del Papa | P. Santiago Martín FM |




DURACIÓN 13:18 MINUTOS

viernes, 16 de octubre de 2026

Lo mínimo, para Europa Laica, es cambiar la Constitución | Alfonso P. Sanz



⏲ Tiempo estimado de lectura: 2 minutos


El lobby filomasónico laicista presenta diecisiete «propuestas mínimas» para el 29N. Si esto es lo mínimo, mejor no preguntar por lo máximo.

Hay palabras que, en boca de ciertos colectivos, cambian de significado como el camaleón cambia de color. «Mínimo» es una de ellas. Europa Laica acaba de presentar sus diecisiete «propuestas mínimas» para las elecciones del 29 de noviembre, y uno, que es de natural confiado, esperaba algo modesto. Quitar un crucifijo de algún despacho, cambiarle el nombre a algún colegio. Ingenuo de mí.

La propuesta número uno, la mínima de las mínimas, es reformar los artículos 16 y 27 de la Constitución. Ahí es nada. Para entendernos: es como si alguien te pidiera, como favor pequeñito, que le prestaras la casa. Con los muebles.

A partir de ahí el catálogo crece con la alegría de quien escribe la carta a los Reyes Magos, que por cierto acabarán rebautizados como «visitantes multiconvicción del 6 de enero». Romper los Acuerdos con la Santa Sede. Suprimir la casilla del IRPF. Cobrar el IBI a las parroquias. Dejar sin financiación a los colegios con ideario propio, que es una forma educada de decirles a cientos de miles de familias que el colegio de sus hijos sobra. Echar a los capellanes de los hospitales, no vaya a ser que un moribundo pida confesión y se nos contamine el sistema público. Y pasar al Estado los templos inmatriculados de valor histórico, porque nadie cuida mejor una ermita románica que un negociado con horario de nueve a dos.

Pero lo mejor está en las propuestas 11 y 12. Ningún menor podrá ser inscrito en una confesión, bajo ningún rito, hasta los 18 años. Ningún menor podrá confesarse hasta la mayoría de edad. Imagínense la escena: la abuela en la parroquia, el niño vestido de marinero y un funcionario en la puerta pidiendo el DNI. «Lo siento, señora, el chaval tiene nueve años. Que vuelva cuando pueda votar». Todo ello, claro, en nombre de la libertad de conciencia. De la conciencia de los padres no se dice nada. Esa, al parecer, no cuenta.

Y ahora, la verdad del barquero. Europa Laica asegura que solo pide que las instituciones no tomen partido por ninguna creencia. Basta repasar la lista: IRPF, IBI, concertada, capellanías, inmatriculaciones, Acuerdos con la Santa Sede. Casi todo apunta al mismo sitio. Eso no es neutralidad. Es una diana con forma de campanario.

Tampoco es neutral su compañía. En 2017 Izquierda Unida se sumó a la campaña de Europa Laica para sacar la Religión de la escuela y registró en el Congreso una iniciativa para derogar los Acuerdos con el Vaticano. En 2019 la asociación presentó sus propuestas electorales a IU, que las recibió con los brazos abiertos. Después respaldó la iniciativa de Unidas Podemos para denunciar esos mismos Acuerdos. Y este año, el manifiesto que llevaron al Congreso contra los Acuerdos lleva la firma de Antonio Maíllo, coordinador federal de IU, y el apoyo de Izquierda Unida como organización y de Derecho a Morir Dignamente, el lobby de la eutanasia. Cuando el Papa fue invitado a hablar ante las Cortes, Europa Laica pidió a los diputados que no acudieran. Podemos anunció que no iría.

Lo mínimo, para esta gente, siempre es mucho. Lo que nunca es mínimo es la coincidencia.

Alfonso P. Sanz | Jurista y escritor

jueves, 15 de octubre de 2026

Parolin: «Si es necesario, el Papa reajustará su pontificado»




El cardenal Pietro Parolin ha admitido este jueves que sigue «preocupado» por la salud de León XIV y ha pronunciado una frase que en Roma nadie ha pasado por alto: según cómo evolucione su recuperación, el Papa «reajustará su pontificado, si fuera necesario reajustarlo».

El secretario de Estado visitó al Pontífice en el Policlínico Gemelli, donde permanece ingresado desde el martes tras ser operado de un nódulo pulmonar. «Sí, lo he encontrado bien», respondió a los periodistas a su salida, y añadió que lo que el Papa le contó «corresponde exactamente a lo que han dicho los comunicados». Horas después, al margen de un acto en la embajada de Irak en Roma, el tono fue bastante más grave: «Sigo estando preocupado, porque lamento enormemente lo que ha ocurrido. Me fío de las noticias que nos han dado, de los boletines, y por eso tengo también la esperanza de que esta situación pueda resolverse cuanto antes».

«No se pueden hacer previsiones de ningún tipo»

Preguntado por el futuro inmediato del pontificado, el cardenal respondió: «Hace apenas dos días que el Papa fue hospitalizado; no se pueden hacer previsiones de ningún tipo. Se trata de ver cuándo regresará y qué dirán los médicos. Y, en función de todos estos elementos, el Papa también reajustará su pontificado, si fuera necesario reajustarlo».

Cuesta entender que el diplomático más experimentado de la Santa Sede, maestro en el arte de no decir nada, haya escogido precisamente ese verbo. En la misma frase en que pide no hacer previsiones, deja caer la posibilidad de un pontificado recortado, y lo hace con una vaguedad que invita a imaginar cualquier cosa, desde una agenda más ligera hasta escenarios que nadie en el Vaticano querría ver impresos. Si la intención era tranquilizar, el resultado ha sido el contrario: la frase ha dado la vuelta al mundo en pocas horas y ha alimentado justo las especulaciones que el propio Parolin decía querer evitar.

Tampoco quiso comprometerse con el Ángelus del domingo. Si el Papa mejora antes del fin de semana, cree que podría rezarlo desde el Gemelli, aunque enseguida se corrigió: «Dependerá un poco de la evolución de la convalecencia. Son todas suposiciones mías». Sobre el viaje a Uruguay, Argentina y Perú, previsto del 6 al 17 de noviembre, recordó que la decisión inicial era mantenerlo, pero dejó la puerta abierta: «Es un viaje largo y exigente; dependerá de los médicos».

Lo que los boletines no cuentan

El parte médico de este jueves es tranquilizador en lo inmediato: controles normales, buena recuperación del pulmón operado, fisioterapia con actividad motora completa y un posoperatorio que «avanza con normalidad». El Papa ha concelebrado la Misa, ha retomado parte de su trabajo y, si no hay complicaciones, volverá al Palacio Apostólico entre el martes y el miércoles de la próxima semana.

Sin embargo, tres días después de la intervención, ningún comunicado ha precisado el estadio del adenocarcinoma ni si los ganglios linfáticos extirpados durante la operación estaban libres de enfermedad. Son precisamente los dos datos que determinan el pronóstico y la necesidad de tratamientos posteriores. Ese silencio, sumado a la preocupación que el secretario de Estado no se molestó en disimular, obliga a contemplar escenarios algo peores que los que se transmitieron al principio, cuando todo parecía reducirse a un nódulo detectado a tiempo y extirpado sin más.

Nada de ello autoriza el alarmismo. Incluso en esos escenarios menos favorables, un adenocarcinoma pulmonar operado con éxito en un paciente de setenta y un años, con buena recuperación y vida autónoma desde el primer día, es una situación médicamente controlable. Pero la Santa Sede haría bien en dar esa información cuanto antes, porque cada día de silencio pesa más que cualquier verbo mal escogido.

Reflexiones ante las elecciones anunciadas | Jesús Aguilar Marina






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La democracia ha hecho de la dignidad nacional una tragedia de pasillo de comedias, una farsa. Durante la Farsa del 78 hemos visto como todos los ideales han sido traicionados y todas las instituciones corrompidas.

Para todo español de bien, la patria es espíritu, un patrimonio espiritual que reside en cada uno de sus hijos y que se ha materializado en sus tradiciones y en su arte, en su idioma y en su historia. La patria es una conciencia colectiva unida en una idea transcendente. Y esa idea providencial, con la forja de todos sus valores individuales y culturales, es la sinfonía que llamamos España.

Pero dicha pieza orquestal, precisamente por su armonía de valores y su grandeza de hazañas, tiene enemigos; rivales que no pueden aceptar la felicidad del pueblo. Quienes pretenden desprestigiar el paisaje natal, despreciar sus costumbres y abominar de su religión y de sus compatriotas más conspicuos, en vez de estimularlos y encomiarlos todo lo posible, lo hacen impulsados por el resentimiento, un odio sombrío nacido de su naturaleza mezquina.

El socialcomunismo es hoy el gran enemigo de España, en permanente alianza con las oligarquías —interiores y exteriores— políticas y financieras. Sólo la victoria sobre este contubernio podrá salvar una vez más a la patria y evitar que se convierta en una colonia escindida, vulgar y globalista, regida y coaccionada por traficantes, sectarios y traidores.

Esta alianza amenazante, travestida ideológicamente a conveniencia a lo largo de los últimos siglos, transforma a nuestra nación siempre que puede en algo caduco, podrido y humillante. Y contra esa fuerza antiespañola debe enfrentarse sin desmayo el pueblo español libre, como ha venido ocurriendo históricamente. Movimientos, cruzadas, insurrecciones y rebeldías se han reiterado una y otra vez para sacudirse la decadencia a la que tratan de arrastrarla tales enemigos.

Lo ideal sería que la victoria sobre los odiadores no fuera de un partido, sino que los vencedores constituyeran una inmensa multitud. Una gran comunidad de españoles capaz de conducir a España en una sola dirección: la de un código de valores respetuoso con la dignidad y la excelencia, en el que se fundieran los principios de la civilización clásica, génesis de Occidente, con doctrinas, actitudes y propósitos genuinamente españoles, llenos de originalidad y de alma propia.

Una España soberana, en definitiva, reconocible, acreditada y auténtica, alejada de cualquier imitación de políticas extranjeras. Pero para alcanzar este objetivo es preciso un movimiento regenerador. En él todos los hombres y mujeres libres habrían de ser actores, reunidos por el amor y el deber patrio bajo la bandera y la inspiración de una idea y de un destino en pos de la España Una, Grande y Libre de nuestros sueños más altos.

Tras lo antedicho y ante las próximas elecciones anunciadas, ¿reconoce alguno de ustedes, mis amables lectores, esta España imprescindible y soñada en la España que contempla a su alrededor en el trajín cotidiano? ¿Ve alguno de ustedes la Fuerza Nacional veraz, competente y necesaria capaz de oponerse al Frente Popular de Sánchez y, más allá, al Sistema del que éste y sus secuaces dependen? ¿O lo que ve es una época y una sociedad en las que los derechos democráticos se interpretan de forma peculiar?

Nos gustaría afirmar que estos tiempos son idóneos para saber por fin cuántos pueden llamarse españoles de bien entre los más de 38 millones censados actualmente. Pero ello no es posible. Y no sólo porque muchos de ellos constituyen un aditamento espurio mediante fraude electoral; ni porque nadie garantiza la transparencia en los recuentos; sino sobre todo porque una gran parte de los electores restantes, debido al movimiento inmigratorio impuesto y a la artera aculturación implantada, carecen de raigambre y de sentimiento nacional español.
Exceptuando el próspero período franquista, la Farsa del 78 compendia todas las abominaciones sociopolíticas y culturales sufridas por España desde que, con la idolatrada democracia a la cabeza, el sistema liberal parlamentario impuso sus valores de esclavismo y codicia. 
Las directrices globalistas y sus sicarios ejecutores no sólo se han mostrado capaces de utilizar el dolor para ocultar sus maquinaciones, también han patentizado la voluntad de manipular el tiempo pasado para legitimar el poder. Esta es la amarga realidad que, entre otros muchos horrores, la mayoría de los electores españoles ignoran o desean ignorar.

Mas estas reflexiones no pretenden animar o desanimar al hipotético elector. Sólo exponer que en el actual cenagal en que los comediantes han convertido a la patria, unos nuevos comicios no resuelven los problemas de fondo. Las elecciones, como todo lo que corresponde a la Farsa del 78, están heridas de impostura. Pueden ser un paso adelante o un paso atrás. Hasta ahora, la experiencia nos dice que todas las anteriores —y han sido infinidad— han supuesto un viaje hacia el abismo: la legitimación de la trampa a mayor gloria y provecho de la antiespaña partidocrática y de sus parásitos.

La solución, pues, no pasa por elecciones, sino por el zapatazo sobre la mesa de quienes tienen poder para ello y se sienten españoles de bien, si es que hay alguien ahí con estas condiciones. Un zapatazo que en las actuales circunstancias —dada la putrefacción institucional al servicio de los traidores— sería no sólo legítimo, también legal.

«Estar preparado —dijo el escritor austríaco Arthur Schnitzler— es importante, saber esperar es aún más, pero aprovechar el momento adecuado es la clave de la vida». Y de la convivencia española en paz, justicia y prosperidad, añadiríamos nosotros.

Jesús Aguilar Marina | Poeta, crítico, articulista y narrador