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jueves, 10 de septiembre de 2026

La sinodalidad matará al catolicismo


El 
Juicio Final, de Jean Cousin, c. 1585 [Louvre, París]


La Iglesia católica siempre se ha distinguido de otros cuerpos cristianos por su pretensión de poseer, y de estar vinculada por, un depósito de la fe transmitido desde los Apóstoles. La Iglesia viene de Cristo, y la Iglesia no inventa, no revisa ni somete a votación su Magisterio, su aplicación autoritativa de ese depositum fidei. Lo recibe, lo guarda y transmite esa fe antigua. La doctrina puede desarrollarse en el sentido en que lo describió san John Henry Newman, creciendo en claridad y en aplicación, como una bellota se convierte en un roble. Pero no puede renegociarse —¡ni invertirse!— por el sentimiento mayoritario ni por el entusiasmo contemporáneo.

La pretensión de haber recibido la Verdad y de guardarla es toda la razón de ser de la Iglesia y la hace algo distinto de una asociación religiosa voluntaria. Pero la sinodalidad, digan lo que digan sus defensores, introduce un mecanismo capaz de disolver esa pretensión: un proceso permanente, indefinido y participativo para generar consensos eclesiales contemporáneos interminables que funcionan cada vez más como fuentes rivales de autoridad junto al depósito asentado de la fe y —desde el punto de vista de los innovadores— por delante de él y, por tanto, del Magisterio destinado a guardarlo.

La vaguedad que hemos visto hasta ahora en el proceso sinodal no ha sido incidental. Es una característica, no un defecto. Tras múltiples reuniones sinodales, la Iglesia sigue sin una definición fija de sinodalidad: solo descripciones de un «estilo», un «proceso», un «instinto»; y esta incapacidad de definir con claridad la sinodalidad no es una omisión menor.

Recuerda a la primera campaña de Barack Obama, que definía su agenda con una sola palabra: «Cambio». No significaba nada entonces; «caminar juntos» no significa nada ahora. ¿Dónde está nuestro punto fijo?

Tomás de Aquino y otros, incluidos los Padres de la Iglesia primitiva y varios concilios, han dado a la Iglesia un punto fijo y un vocabulario técnico compartido, lo bastante preciso para permitir la adjudicación de todas las disputas reales. La sinodalidad no tiene nada equivalente. Funciona con el «discernimiento individual» y el «sentido de los fieles»: categorías que son funcionalmente infalsables: ¡lo que el cuerpo reunido concluya se lee hacia atrás mediante la pretensión escandalosa de que cada nueva propuesta es lo que el Espíritu Santo estaba diciendo desde el principio! Por fin, nos dicen, estamos escuchando.

Pero un proceso sin criterios fijos de corrección no es discernimiento; es construcción de consenso con vocabulario teológico pegado, como las pegatinas que mis nietos golpean contra casi todo, incluida la cara del abuelo.

La historia muestra a dónde nos llevará esto. La Iglesia de Inglaterra es el analogado institucional más cercano que tenemos, y demuestra exactamente cómo se desarrolla el proceso con el tiempo: cuerpos sinodales que incorporan clero y laicos a la toma de decisiones, autonomía provincial bajo una autoridad central laxa, y una secuencia constante de cambios, cada uno presentado como una acomodación modesta y «pastoral» —el nuevo matrimonio después del divorcio, la ordenación de mujeres, las bendiciones a uniones del mismo sexo, la aprobación de la anticoncepción artificial, la ambigüedad sobre el aborto—, todos los cuales, con el tiempo, transforman las doctrinas del anglicanismo y fracturan su unidad.

Provincias enteras anglicanas y episcopalianas se niegan ahora a reconocer las posiciones de las demás sobre el «matrimonio» del mismo sexo y la ordenación de mujeres. La instalación de Sarah Mullally como arzobispo de Canterbury ha provocado un cisma dentro del anglicanismo.

Y, sin embargo, es el mecanismo, no ninguna decisión aislada, el que siempre fue y sigue siendo el verdadero y permanente peligro.

Y ese mismo mecanismo es inherente a cualquier versión católica de la sinodalidad. El Camino Sinodal de Alemania empuja hacia un Consejo Sinodal permanente que entregaría a los laicos una autoridad de gobierno compartida con los obispos sobre la doctrina y la disciplina. Roma ha intervenido directamente para detenerlo, pero varios obispos alemanes siguen resistiendo abiertamente las advertencias del Vaticano. ¿Quién sabe cuál será el resultado? Pero una Iglesia «nacional» que intenta institucionalizar exactamente el patrón anglicano dentro de las estructuras católicas ha sido contenida hasta ahora solo por una anulación romana directa. Ese es un freno frágil, no una garantía estructural. Y la «sinodalidad» sigue en labios del papa León XIV.

Mientras tanto, el filtro tradicional que solía proteger al Magisterio del ímpetu sinodal se ha debilitado desde dentro: bajo la reforma de 2018 del procedimiento sinodal, un papa puede ahora adoptar el documento final de un sínodo directamente como parte de su «magisterio ordinario», saltándose la exhortación postsinodal que históricamente permitía a los papas reencuadrar o declinar las propuestas sinodales. Ese filtro funcionó según su diseño cuando el papa Francisco declinó la propuesta del Sínodo de la Amazonia sobre sacerdotes casados. Pero no funcionó así para la asamblea sinodal de 2024, cuyo documento final se convirtió de inmediato en enseñanza magisterial, sin esa exhortación intermedia. La salvaguardia misma a la que apuntan los defensores de la sinodalidad como prueba de que el sistema no puede desbocarse es ahora opcional a discreción de un papa: lo cual significa que no es en absoluto una salvaguardia estructural, sino solo una personal, buena exactamente mientras el hombre que ocupa el oficio elija usarla… o no.

Y recordamos cómo respondió el papa Francisco a las inquietudes sobre la redacción de Amoris laetitia (2016) que permitía (con «discernimiento») la recepción de la Eucaristía por parejas divorciadas vueltas a casar por lo civil. Dijo a los obispos de Argentina, que buscaban claridad, que «no hay otras interpretaciones». Al hacerlo, abrogó el derecho canónico y nos dio un adelanto del proceso sinodal.

Y está la pasivo-agresiva Fiducia supplicans, el mecanismo pastoral innovador para bendecir a parejas del mismo sexo, extendido incluso mientras se sostiene que la definición inmemorial del matrimonio permanece inalterada. Y ahí tienen la secuencia precisa que ha precedido el cambio doctrinal en todo cuerpo protestante: la práctica se mueve primero, bajo cobertura pastoral, y se declara que la doctrina no ha cambiado… hasta que esa ficción se vuelve insostenible.
Por eso la amenaza sinodal es existencial. Lo que está en riesgo no es solo esta o aquella enseñanza, sino aquello que hace que la Iglesia católica sea la Iglesia católica: un depósito de la fe autoritativo e innegociable, guardado por un Magisterio cuyos principios vinculan a todos los creyentes.
Una Iglesia que se gobierna por consenso sinodal es un tipo distinto de institución de aquella que, durante dos milenios, ha existido para transmitir lo que ha recibido. Puede conservar su nombre, sus edificios e incluso su jerarquía estructural. Lo que necesariamente perderá es la pretensión que hacía que valiera la pena ser católico. Y esa pérdida, una vez que el mecanismo recorra su curso, probablemente no sería reversible con otra votación más.


Sobre el autor

Brad Miner, esposo y padre, es Senior Editor de The Catholic Thing y Senior Fellow del Faith & Reason Institute. Fue Literary Editor de National Review y tuvo una larga carrera en la industria editorial. Su libro más reciente es Sons of St. Patrick, escrito con George J. Marlin. Su The Compleat Gentleman, de gran éxito, está ahora disponible en una tercera edición revisada y también como edición de audio de Audible (leída por Bob Souer). El señor Miner ha servido como miembro del consejo de Aid to the Church In Need USA y también en la junta de reclutamiento del Selective Service System en el condado de Westchester, Nueva York.

Por Brad Miner

EXCLUSIVA: Monseñor Schneider pide caridad cristiana para con la FSSPX




Entrevista concedida a Niwa Limbu de Advaticanum

AV: En la declaración que publicó Vuestra Excelencia a raíz de las consagraciones de Écône del pasado 1º de julio describió el caso de la FSSPX como un extraño dilema: o mantener la integridad inequívoca de la Fe católica tal como la enseña el Magisterio desde hace siglos, o contar con el reconocimiento canónico del Sumo Pontífice. Lo comparó con el dilema que se le planteó a San Atanasio con el papa Liberio. ¿Hasta dónde quiere llevar esta analogía? ¿Quiere decir que las penalidades ocasionadas por las consagraciones están moralmente al mismo nivel que la censura de San Atanasio, o la comparación es meramente ilustrativa?

+AS: No hay comparaciones que sean ciento por ciento exactas. Con situaciones históricas complicadas, es más bien ilustrativa. Por supuesto, lo que comparo con lo de San Atanasio no es el acto de consagración en sí. Jamás he dicho que San Atanasio hiciera las consagraciones sin autorización del Papa, porque en aquella época no se daban. Cualquier obispo metropolitano tenía derecho a elegir y consagrar prelados con la ayuda de otros obispos sufragáneos.

Sea como sea, si se excomulgó a San Atanasio no fue por las consagraciones, sino por una cuestión más grave todavía. En ambos casos, lo que se compara no son las consagraciones en sí, sino que tanto en una como en otra situación hubo un acto de desobediencia a una orden concreta de un pontífice.

En el caso de la Fraternidad, se trata de las consagraciones sin mandato pontificio. En el de San Atanasio, desacató la orden del Papa de que estuviera en comunión con obispos orientales herejes y semiherejes. San Atanasio se negó a obedecer. No quiso obedecer al Papa en un asunto de gran importancia, porque el Sumo Pontífice había dicho: «Yo, el Papa, estoy en comunión con estos obispos. Atanasio, ¿cómo te atreves a rechazar la comunión con unos prelados con los que yo, el Romano Pontífice estoy en comunión?» A mí me parece que, desde el punto de vista eclesiástico, esto es mucho más grave.

En ese sentido, lo de San Atanasio en su tiempo fue mucho más serio que la desobediencia material de la Fraternidad con las consagraciones. En todo caso, se lo excomulgó por desobediencia y por las alteraciones que causó en la Iglesia al rechazar la comunión con obispos reconocidos por el Papa.

Hay más motivos por los que comparo el caso con el de San Atanasio. Entre otros, que lo que hizo fue un acto de desobediencia. Si San Atanasio hubiera obedecido al Romano Pontífice, habría transigido en su conciencia y menoscabado la integridad de la Fe, porque en cierta forma habría reconocido a prelados como mínimo semiheréticos. No podía hacer una cosa así. Otro motivo, que una vez excomulgado no hizo caso de la excomunión pontificia y siguió gobernando su diócesis. Eso es más que la simple consagración de un obispo. Siendo obispo excomulgado, ejerció plena jurisdicción sobre su diócesis y otras sedes metropolitanas a su cargo: no se limitaba a celebrar los sacramentos, ejercía plena jurisdicción. Hizo caso omiso de la excomunión pontificia.

La Fraternidad ha hecho algo por el estilo: ha desestimado la excomunión que se le impuso el pasado mes de julio por considerarla injusta e inválida, pues le impediría continuar la obra que realiza por amor a la Iglesia. Con San Atanasio fue igual; cuando desestimó la excomunión de que le hizo objeto Liberio. En la práctica fue como si dijera: «Tengo que seguir al frente de mi diócesis de Egipto por el bien de la Iglesia, por amor a la Iglesia». O sea, que en ese sentido es lo mismo.

Hay otro elemento más de comparación entre los dos casos. La Fraternidad no ha reaccionado con resentimiento; sigue rezando por el Papa y considerándolo su padre. Como con un padre que da una paliza a su hijo, éste sigue también queriéndolo y llevando a cabo su labor por amor a la Santa Sede y a toda la Iglesia. Ésa es la intención. San Atanasio también recibió un buen vapuleo del papa Liberio, y no reaccionó con rencor. Incluso en alguno de sus escritos llegó a hablar con mucha delicadeza de la flaqueza de Liberio. Lo hizo con mucho tacto, sin juzgarlo, y hasta se puede decir que disculpándolo, porque –decía– actuó presionado. Aquí vemos mucha delicadeza. En estos elementos me baso para comparar. Aunque no al cien por cien, pueden servir. Esa fue, diría yo, la esencia de lo que escribí.

AV: En su texto afirmaba que si la Santa Sede adoptase en serio la postura de la Fraternidad y reconociera que hay ambigüedades en algunas declaraciones del Concilio y en el rito nuevo de la Misa se iniciaría «el fin de la campaña modernista que se está llevando a cabo en la Iglesia». ¿Qué tendría que decir ese reconocimiento para ser algo más que una mera fórmula de cortesía? ¿Ha observado además V.E. alguna señal de que Roma esté dispuesta a reconocer esas ambigüedades como lo que son?

+AS: Todo lo contrario. La declaración que hizo el cardenal Fernández en febrero tras reunirse con el P. Pagliarini volvió a recalcar que el Concilio no se debe poner en tela de juicio, y añadió que no se pueden corregir los textos conciliares. Pero no son enseñanzas definidas; como declaró Pablo VI en enero de 1966, los textos conciliares no son doctrinas infalibles ni enseñanzas definidas de la Iglesia. Las enseñanzas del propio Concilio. Claro que cuando el Concilio cita un dogma –y citó muchos– no deja de ser dogma. No es ésa la cuestión. La cuestión son las enseñanzas del propio Concilio.

Entonces, cuando esos textos no están definidos, no son ex cathedra, ¿por qué no van a ser susceptibles de enmienda o mejora, de corrección? Hay precedentes en la historia de la Iglesia. En el Concilio de Florencia se promulgaron declaraciones doctrinales no estrictamente disciplinarias que no se proponían como infalibles. Entre otras la de que la materia del sacramento de la ordenación era la entrega de los cálices en vez de la imposición de manos.

Pero eso iba contra la larga tradición de la Iglesia, porque a lo largo de todo el primer milenio, tanto en Oriente como en Occidente, todavía no se transmitían los objetos. Durante mucho tiempo la Iglesia sólo utilizó la imposición de manos. Pero luego, cuando el concilio florentino, casi la mitad de la Iglesia –la de Oriente– siguió con la mera imposición de manos. Y es una misma Iglesia y un mismo sacramento. Por tanto, a algunos teólogos les extrañó que aquel concilio afirmara tal cosa. Había un desequilibrio. Objetivamente fue un error. Pero en aquella época la Santa Sede era muy tolerante y no prohibió a los teólogos hablar del asunto, ni siquiera plantear objeciones.

A lo largo de los siglos la mayoría de los teólogos ha sostenido que la materia consiste en la mera imposición de manos. La cosa maduró, y un día Pío XII, en un documento solemne, zanjó definitivamente la cuestión insistiendo en que la materia consiste en la imposición de las manos. Como vemos, corrigió formalmente una cuestión doctrinal promulgada por un concilio ecuménico.

En aquellos siglos la Santa Sede era mucho más tolerante que hoy. Actualmente prohíbe debatir, modificar o corregir ciertas declaraciones pastorales; cuestiones como libertad de cultos, ecumenismo o colegialidad. Esas cuestiones que tanto critica la Fraternidad San Pío X. Hay que aceptarlas sin más, hacer un esfuerzo intelectual, gimnasia mental, y no importa. No es una actitud correcta.

El citado concilio declaró también que toda persona no bautizada, niño o adulto, que muere sin bautizar se va derecho al Infierno. Es una declaración muy desequilibrada. Más adelante algunos teólogos se dieron cuenta de que algo faltaba. No era tan correcto. La Iglesia permitió el debate hasta el siglo XIX. Pío IX promulgó dos documentos, encíclicas, en los que trató el tema y corrigió la declaración doctrinal de Florencia, afirmando que una persona no bautizada que muera en ignorancia invencible se puede salvar por medios que sólo Dios conoce.

Así pues, se han dado otros casos. ¿Por qué no ser más tolerantes y decir: «Hablemos del asunto. Estos tres puntos pueden tener más importancia. Concedamos libertad de debate»? ¿Por qué no proponer enmiendas, y hasta modificaciones o correcciones, para que esos textos no resulten tan ambiguos?

Otro caso histórico fue el del papa Honorio I, en el siglo VII. Escribió dos cartas, que no forman parte de su magisterio pontificio auténtico al Patriarca de Constantinopla hablando de cristología. Son unas epístolas muy ambiguas y faltas de claridad. No son abiertamente heréticas, ni erróneas, pero son bastante confusas. Pero esas equívocas cartas incentivaron al patriarca hereje de Constantinopla y a la Iglesia de Oriente a seguir propagando la herejía. Divulgaban la herejía citando al papa Honorio.

El sucesor inmediato de Honorio –porque el primero sólo estuvo allí unos meses– fue Juan IV, que intentó resolver la situación y defender a Honorio, con lo que hoy llamaríamos hermenéutica de la continuidad. Pero ni los siguientes sucesores de Honorio del mismo siglo ni el Tercer Concilio de Constantinopla aceptaron la hermenéutica de Juan IV. Le dijeron que su explicación no era aceptable. Y no porque fuera herética, sino porque le faltaba claridad; era equívoca. Por tal razón, la condenaron solemnemente. San León II corroboró el concilio ecuménico junto con su predecesor a causa de una ambigüidad.

Por consiguiente, no podemos seguir con textos ambiguos del Concilio. Es preciso corregirlos para que quede una claridad diáfana en lo relativo al ecumenismo y la libertad religiosa sin dar pábulo a interpretaciones ambiguas como las que venimos soportando desde hace seis décadas, sesenta años. Hemos visto los frutos de la ambigüedad de esos textos en un falso ecumenismo, un diálogo errado, que en el fondo es relativismo. Socava la única verdad y la única religión verdadera, que es la Iglesia Católica fundada por Dios. La ha socavado hasta los cimientos.

Desde hace sesenta años, si se va a un seminario o una facultad de teología y se habla con los sacerdotes y seminaristas, la mayoría –que son del Novus Ordo– dicen: «Es que todas las comunidades cristianas van por el mismo camino hacia Dios, hacia Cristo, y podemos coexistir unas con otras. No es imprescindible que se conviertan». Y lo aplican también a los que no son cristianos. Cada vez está más extendido eso, lo enseñan y predican en seminarios sacerdotes y hasta obispos.

AV: Excelencia, ha descrito las consagraciones de Écône como una alternativa entre mantener la Fe clara y ser reconocidos por el Papa, porque Roma exigiría a la Fraternidad aceptar ciertas ambigüedades novedosas y la legitimidad de la nueva Misa. Vuestra Excelencia es un prelado en plena comunión, y desde hace mucho señala estos mismos problemas. ¿Ha aceptado esas condiciones? Si no, ¿por qué es un dilema para la Fraternidad?

+AS: Cuando me consagraron obispo no era plenamente consciente de eso. Tengo que reconocerlo. Ya llevo veinte años de obispado. Soy especialista en patrística. He estudiado la situación más a fondo: los textos del Concilio, su historia, sus debates. Me los he leído detenidamente. Por eso soy más consciente de la ambigüedad de los textos. No podemos aceptar esas ambigüedades.

Con respecto al Novus Ordo, a medida que voy estudiando textos y testimonios me doy dando más cuenta de que no es correcto. No podemos seguir con un rito tan equívoco que socava la claridad del carácter propiciatorio de la Misa. Ya lo tengo más claro. Por eso, entiendo a la Fraternidad, que no es capaz de aceptar esas declaraciones conciliares ni que la nueva Misa sea correcta.

Hace diez años me nombraron visitador apostólico para la Fraternidad, y lo tengo claro. En uno de los documentos, en 2017, el cardenal Müller les planteó el problema. Tengo el texto, y no sólo les pide que reconozcan la validez de la Misa nueva y los nuevos ritos de los sacramentos, que están dispuestos a admitir. Para que se haga una idea: nada más con eso la Santa Sede tendría que estar contenta. Entonces, cuando me tocó, hablé con la Santa Sede y le dije que se quedaran satisfechos si estaban dispuestos a reconocer la validez. «Por razones pastorales e históricas –dije–, tengan una actitud de mínimos».

La Fraternidad rechazó la propuesta de aceptar que la nueva Misa era buena, legítima y correcta, ni siquiera que fuera válida. Ni que, en conjunto, las enseñanzas del Concilio formen parte de la Tradición de la Iglesia.

En febrero de este año, el cardenal Fernández volvió a dejarles claras las condiciones. Si quieren obispos, acepten estas condiciones. Es necesario que haya debates teológicos, pero la Fraternidad ya sabe cuáles serán las conclusiones del debate, y la Santa Sede también: aceptar las declaraciones ambiguas, y que la nueva Misa es buena.

AV: Una última pregunta sobre la Fraternidad: si tuviera oportunidad de reunirse otra vez con Su Santidad y con el cardenal Fernández del Santo Oficio, ¿qué les diría? ¿Cómo les plantearía el caso de la Fraternidad?

+AS: Les diría: «No cometan un error histórico del que la Iglesia tenga que arrepentirse después de la muerte de ustedes. Que los próximos pontífices no tengan que pedir perdón». ¿Por qué? Porque en este momento, en 2026, la Iglesia fue tan rígida e incapaz de resolver un problema pastoral. Por supuesto, también hay elementos doctrinales, pero aquí no se trata de debatir directamente un dogma de fe. Hablamos de las explicaciones pastorales del Concilio.

Necesitamos una actitud y una solución muy generosas, muy pastorales, e incluso sinodales. Un poco más de apertura y espíritu sinodal, o reconocer a los obispos una vez consagrados, para crear un clima de mutua confianza.

Como la Santa Sede es más fuerte, los más fuertes necesitan una actitud más abierta que los más débiles, que no tienen tanta autoridad. Los poderosos frente a los impotentes. Desde el punto de vista canónico, la Fraternidad es impotente. Y el Vaticano muy poderoso. Tiene toda la autoridad. Entonces, ¿por qué no ceden un poco los poderosos, hacen concesiones pastorales, y crean un clima de mutua confianza, haciendo uso de más psicología? Que los integren en cierta medida en la vida normal de la Iglesia, y así habrá elementos más positivos y fructíferos y un marco operativo para las conversaciones que sean necesarias.

Pero para eso puede hacer falta tiempo. Y mucho. La Iglesia siempre ha dado tiempo al tiempo y manifestado tolerancia al hablar de ciertos temas durante muchísimos años. Para empezar, hay que integrarlos un poco.

Yo al Santo Padre le diría: «Vuestra Santidad es el único que puede resolver esta situación con gran caridad y magnanimidad fraternas».

AV: El pasado día 26, León XIV clausuró la catequesis sobre Sacrosanctum Concilium. Dijo que la reforma postconciliar hundía sus raíces en la Tradición y tenía por objeto una participación consciente y más activa de los fieles para que no se contentaran con ser espectadores silenciosos. Vuestra Excelencia ha hablado de la vaguedad doctrinal y ritual de la nueva Misa y afirmado que supone una ruptura con el Rito Romano tradicional. ¿Qué oyó V.E. en esa última catequesis? Tal como se celebra habitualmente, ¿puede el Novus Ordo reconciliarse con lo que en realidad pidió el Concilio, o sólo con un espíritu reformista posterior que se excedió de lo que pedía el texto?

+AS: No fue capaz de captar lo que es en realidad el Novus Ordo ni cómo lo celebra una abrumadora mayoría por todo el mundo. No declara, no acepta, no ve la realidad. Fue más bien un discurso teórico que no se ajustó a la práctica real.

El Novus Ordo no se amolda a las intenciones de los Padres del Concilio. El Papa tiene que reconocerlo, porque tenemos a muchos testigos de aquel tiempo. En primer lugar, el cardenal Ratzinger, el profesor Ratzinger. En 1976 escribió una célebre carta al profesor Waldstein en la que le decía –porque Ratzinger había participado en todos los debates conciliares; era perito–: «Por mi participación y mi presencia en los debates litúrgicos del Concilio, puedo declarar con certeza que el Novus Ordo que tenemos en la actualidad no es lo que querían los padres del Concilio». Aquí tenemos un testimonio importante, un testimonio de peso.

Tenemos también el del cardenal Antonelli, que participó igualmente en el Concilio y más tarde en la comisión de Bugnini. En sus memorias, monseñor Antonelli critica lo que hizo Bugnini con el Novus Ordo, que fue más allá de lo que pedía el Concilio.

Está también el conocido liturgista y teólogo Louis Bouyer. Participó como perito en el Concilio, y más tarde en la comisión de Bugnini. En sus memorias critica bastante la ideología que embutió Bugnini en el Novus Ordo. Por último, tenemos un libro reciente del archimandrita Boniface Luykx, A Wider View of Vatican II, en el que corrobora a partir de su propia participación en el Concilio y en la comisión que la Misa de Pablo VI no se corresponde realmente con las intenciones de los padres.

Esa es la realidad. No se puede negar. A mí me parece que hacen la vista gorda y siguen repitiendo frases retóricas, que pueden ser ciertas, pero no se ajustan a la realidad ni a la historia.

Veamos otro aspecto: recomendaría encarecidamente al Santo Padre y sus consejeros que se leyeran con detenimiento todos los debates del Concilio sobre la liturgia. Hace muchos años se publicó un libro en Roma que los compilaba todos. Me lo leí dos veces, pero está en latín. Es muy revelador. Uno lo lee y piensa: «Los padres del Concilio se andaban con pies de plomo, ponían mucha cautela para evitar cambios bruscos». En esencia, el debate se centraba en la cuestión del idioma, vernáculo o latín.

Pero en la misma declaración conciliar Sacrosanctum Concilium –y me sorprende que León no se diera cuenta– hay dos numerales en los que se afirma que el latín se tiene que mantener. No que se podría, sino que se debe mantener el rito en latín. Es obligatorio. Y en otro apartado dice que los obispos tienen que velar por que los fieles conozcan el Ordinario de la Misa en latín. O sea, el Kyrie, el Gloria, el Credo, el Agnus Dei, el Sanctus…

En realidad, en más del 90% de las celebraciones del Novus Ordo no se ha aplicado. Es decir, que se contraviene un mandato explícito del Concilio que el Santo Padre debería tener en cuenta al hablar del tema.

Recordemos también que durante el Concilio, en el debate sobre la liturgia, un obispo habló y dijo: «Yo no propongo eso. Me opongo a que se amplíe el uso de las lenguas vernáculas porque en ese caso a la larga la Misa terminaría celebrándose en su totalidad en vernáculo». Casi todos los presentes prorrumpieron en carcajadas, porque tal cosa era impensable.

El presidente de la comisión habló entonces y dijo: «Le garantizo que eso no es posible, Excelencia. La totalidad de la Misa nunca se celebrará en la lengua vulgar». Ese era el ambiente, la mentalidad que reinaba en el Concilio: la mayoría de los padres no podía imaginar que la Misa terminaría diciéndose totalmente en lenguas modernas.

Sin embargo, hoy en día, más del 90% de las misas Novus Ordo se dicen en lengua vernácula. Hay incluso diócesis en las que los sacerdotes quieren celebrar el Novus Ordo en latín, y se les prohíbe y se les sanciona por hacerlo. Es absurdo.

Hay personas que desean estar en silencio durante la Misa, buscan la contemplación interior. La contemplación también es posible durante la Misa. Claro que eso no quiere decir que toda la congregación esté callada en todo momento y no diga ni pío. No es lo ideal. Lo ideal es responder al celebrante. Pero tenemos que estar abiertos a la posibilidad de que haya quienes deseen la contemplación.

También hay participación activa que no lleva fruto porque no hay la menor participación interior.

Y otra cosa: el primer misal conforme a la normativa de Sacrosanctum Concilium lo publicó la Santa Sede en 1965. No olvidemos el Misal de 1965, que fue la primera reforma litúrgica del Concilio. No fue la del año 69. Fue a comienzos del 65.

Cuando los padres conciliares terminaron la última sesión en septiembre de 1965, ya celebraban la Misa reformada. Y dijeron muy satisfechos: «Esto era lo que queríamos. ¿Y en qué consistía aquella reforma? En esencia se trataba de una reforma orgánica y muy cuidadosa, como pedía el Concilio, de modo que se mantenía toda la Misa de siempre, con dos modificaciones: se habían eliminado el Salmo 42 y el Último Evangelio. Pero por ejemplo, en el rito antiguo, el Salmo 42 también se omitía en todas las misas de difuntos. Y en las últimas dos semanas antes de Semana Santa dicho salmo también se omitía. No había ninguna novedad.

¿Cuál fue la tremenda reforma visible del 65? Tal como habían propuesto los padres, un uso más amplio de las lenguas vernáculas. Y así, la primera parte de la Misa, hasta el Prefacio, se celebraba en lengua moderna. Y después del Canon, otra vez en vernáculo. Era obligatorio que las partes intermedias fueran en latín.

En la Misa del 65, el Canon se rezaba en silencio. La reforma había sido muy cuidadosa, y los padres del Concilio estaban contentos. Más tarde, en año 67, durante el primer sínodo de obispos, Bugnini presentó el esbozo de la nueva Misa, que entró en vigor en 1969. Ya la tenía redactada en 1967, pero la mayoría de los padres del sínodo rechazó el borrador.
Como vemos, la mayoría de los padres sinodales de 1967, que dos años antes habían sido padres del Concilio, no aprobaron la Misa de 1969.
Me habría gustado que el papa León hubiera estudiado el tema antes de pronunciar su discurso. Que hubiera leído todos los elementos de la historia, tal como fue en realidad, leído los debates y prestado atención a los testigos.

viernes, 4 de septiembre de 2026

Santidad, ¿quién escribe sus intenciones de oración? (Carta abierta al papa León XIV)





Santidad:

He leído atentamente la intención de oración propuesta para el mes de septiembre, dedicada al cuidado del agua, que denuncia el desperdicio y la contaminación y proclama el derecho de toda persona a «beber sin miedo, sin desigualdad».

Ningún cristiano puede quedarse impasible ante quien padece sed, tiene que recorrer kilómetros en busca de una fuente o enferma porque no puede evitar el agua contaminada. El propio Cristo identificó la sed del pueblo con la suya: «Tuve sed y me diste de beber» (Mt.25,35). Dar de beber al sediento es una obra de misericordia corporal, y es algo que pertenece plenamente a la Tradición cristiana.

Ahora bien, Santidad, al leer esta intención he experimentado una sensación de extrañeza. Me ha costado mucho reconocer la voz del Pontífice que desde el comienzo de su ministerio ha recordado al mundo que la humanidad necesita a Cristo y que el mundo tiene necesidad de su luz.

Por esa razón, permítame plantearle una pregunta sincera y tal vez incómoda: concretamente, ¿quién escribe estas intenciones de oración? ¿Quién escoge las palabras que más tarde son presentadas a los fieles como intenciones del Papa?

Desconozco hasta qué punto ha intervenido Vuestra Santidad en la redacción del texto. No quiero formular acusaciones ni poner en duda vuestra sensibilidad hacia los pobres. Con todo, me cuesta creer que expresiones como «recursos de la Tierra», «derecho sin fronteras», «sobriedad» o «denunciar la contaminación» expresen de por sí lo que Vuestra Santidad considera más urgente para encomendarlo a las oraciones de la Iglesia Universal.

Son conceptos legítimos, pero podría haberlos expresado igual cualquier organismo internacional, una asociación ambientalista o un partido político. En esta intención se habla mucho del agua como recurso, derecho y bien universal, y demasiado poco del agua viva que es Cristo. Falta que hable claro del pecado, de la conversión, de la salvación de las almas, de la gracia, de la Eucaristía y de la misión evangelizadora de la Iglesia.

El peligro está en que la oración cristiana se transforme poco a poco en una declaración de intenciones humanitarias. Ciertamente la Iglesia debe ocuparse del hombre, de su dignidad y sus necesidades materiales; pero lo hace porque anuncia a Cristo, no porque tenga que repetir el programa de las instituciones civiles expresado con un lenguaje religioso.

Dice San Pablo: «Me propuse no saber entre vosotros otra cosa sino a Jesucristo, y Éste crucificado» (1ª a Cor.2,2). Ante las numerosas necesidades concretas de la primera comunidad cristiana, los Apóstoles afirmaron: «Nosotros, empero, perseveraremos en la oración y en el ministerio de la Palabra» (Hch.6,4).

Actualmente tenemos de sobra intenciones profundamente cristianas y que revisten una dramática urgencia.

Se podría rezar por los cristianos que son perseguidos y asesinados en Nigeria; por las comunidades agredidas en la República Democrática del Congo, Burkina Faso y Mozambique; por los creyentes obligados a estar en la clandestinidad en Corea del Norte; por los que son discriminados, encarcelados o amenazados de muerte en Pakistán, la India, China, Irán, Eritrea, Somalía, Yemen y Afganistán.

Según la World Watch List 2026, más de 388 millones de cristianos sufren en el mundo niveles elevados de persecución o discriminación por su fe. Tras esta cifra se ocultan templos incendiados, pueblos asaltados, sacerdotes secuestrados, familias obligadas a huir, mujeres violadas y hombres asesinados por no renegar de Cristo.

¿Por qué no pedir a la Iglesia Universal que rece por ellos?

Se podría pedir por los misioneros que se juegan la vida proclamando el Evangelio; porque los sacerdotes sean santos y fieles; por las vocaciones al sacerdocio y a la vida religiosa; por los jóvenes, que hoy ya no conocen a Cristo; por las familias cristianas desgarradas; por los niños no nacidos; por quienes han perdido la fe; por la conversión de los pecadores; por los que mueren sin el consuelo de los sacramentos; por la libertad para practicar la religión; por la valentía para confesar públicamente el nombre de Jesús.

Se podría rogar para que la Iglesia no tenga miedo de proclamar que Cristo es «el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn.14,6) ante un mundo al que no le importa aceptarla como una institución humanitaria pero está cada vez menos dispuesto a escucharla cuando habla de Dios, de la Verdad, del pecado y de la salvación.

El cuidado del agua también podría ser una intención verdaderamente cristiana si se recondujera con más claridad a su centro, que es Cristo. El agua que sacia la sed corporal es indispensable, pero el Señor le recordó a la samaritana que quien bebe el agua del pozo vuelve a tener sed, pero quien bebe la que Él da «se hará en él fuente de agua surgente para vida eterna» (Jn.4,14).

Esa es el agua que sólo la Iglesia puede proporcionar al mundo.

Santidad, no le escribo para fomentar una polémica ni para negar la gravedad de la pobreza, la sequía o la contaminación. Le escribo porque temo que por detrás de conceptos en los que podemos estar de acuerdo la especificidad cristiana se vuelva cada vez más débil e indistinguible del lenguaje dominante.

La pregunta, pues, sigue en pie: ¿quién redacta esas intenciones? ¿Quién decide los temas urgentes que se deben proponer cada mes a la Iglesia Universal? Y sobre todo: ¿cómo podemos tener certeza de que cada una de esas intenciones conducirá de verdad a los fieles a Cristo?

Vuestra Santidad nos ha recordado que el mundo necesita la luz de Cristo. Siga pronunciando con claridad ese nombre, Santidad. Ayúdenos a no reducir el Evangelio a un programa social o ecológico. Recuerde al mundo nuestros hermanos perseguidos, y devuelva a las intenciones de oración la voz inequívocamente cristiana que tantos fieles anhelan oír.

Porque desde luego el agua es un bien que se debe protege y compartir. Pero la primera sed que la Iglesia está llamada a satisfacer es la sed de Dios.

miércoles, 2 de septiembre de 2026

León XIV convoca a obispos de todo el mundo para consolidar la herética Amoris Laetitia.



En nuestra traducción de El signo de la cruz , León XIV invita a los obispos del mundo a Roma para debatir sobre Amoris Laetitia [ véase ], de su predecesor , que abre la puerta a la comunión para los divorciados y vueltos a casar. La considera, a pesar de su carácter sumamente controvertido, un texto guía para la Iglesia. Si bien contiene elementos heréticos, se reafirma una vez más como una carta magna de creatividad que se adapta a los tiempos. Aquí está el índice de textos anteriores. 


Según informó Vatican News , el Papa León XIV ha invitado a los presidentes de la Conferencia Episcopal Mundial a reunirse en Roma en octubre para "examinar y debatir las enseñanzas de Amoris Laetitia y cómo proclamar el Evangelio a las familias de hoy".

A principios de este año, el Papa León XIV elogió Amoris Laetitia como un texto orientador para la Iglesia y expresó su intención de honrar la exhortación apostólica del Papa Francisco, sumamente controvertida, cuyos elementos son considerados heréticos por muchos.

En marzo, el Papa León XIVpublicó un mensaje con motivo del décimo aniversario de Amoris Laetitia [ aquí ], en el que describió la exhortación apostólica postsinodal de Francisco como un «mensaje luminoso de esperanza» y confirmó su papel central en la enseñanza contemporánea sobre el matrimonio y la familia. Escribió: « El 19 de marzo de 2016, el Papa Francisco ofreció a la Iglesia universal un mensaje luminoso de esperanza sobre el amor conyugal y la vida familiar ». « En este décimo aniversario, demos gracias al Señor por el estímulo que ha impulsado la reflexión y la conversión pastoral en la Iglesia, y pidámosle a Dios el valor para perseverar en este camino ».

En su mensaje, el Papa comparó explícitamente Amoris Laetitia con Familiaris Consortio de Juan Pablo II . «Desde el Concilio, las dos Exhortaciones Apostólicas, Familiaris Consortio —publicada por San Juan Pablo II en 1981— y Amoris Laetitia , han fortalecido el compromiso doctrinal y pastoral de la Iglesia al servicio de los jóvenes, los matrimonios y las familias».

En contradicción con Juan Pablo II y muchos otros, Amoris Laetitia afirma que «ya no se puede decir simplemente que todos los que se encuentran en situación irregular viven en estado de pecado mortal y están privados de la gracia santificante. Aquí hay algo más en juego que la simple ignorancia de la norma».

Según Gaetano Masciullo de LifeSiteNews, esta tesis es innegablemente heterodoxa. La admisión de Francisco sobre la posibilidad de dar la Comunión a católicos divorciados y vueltos a casar no solo se sugirió implícitamente en el documento, sino que fue confirmada explícitamente por Francisco el 5 de septiembre de 2016, en una carta dirigida a los obispos de la región pastoral de Buenos Aires [ aquí - aquí ]. « No hay otras interpretaciones », afirmó.

Tras la publicación de la exhortación apostólica Amoris Laetitia , cuatro cardenales enviaron a Bergoglio una carta histórica implorándole que aclarara su controvertida exhortación [ aquí - aquí ]. La carta formulaba cinco preguntas breves que podían responderse con un sí o un no, preguntas que habrían aclarado de inmediato el significado del ambiguo documento [ Aquí hay una crítica teológica de 45 eruditos - nota del editor]. El Papa Francisco optó por ignorar sus preguntas [Y sin embargo, véase -ndT].

Firmada por los cardenales Walter Brandmüller, Raymond Burke, Carlo Caffarra y Joachim Meisner, la carta informaba al Papa de la «incertidumbre, confusión y desorientación entre muchos fieles» derivadas de Amoris Laetitia . Los cardenales explicaban que se sentían «obligados por nuestra responsabilidad pastoral» a pedirle al Papa Francisco, «con profundo respeto», que respondiera a las preguntas planteadas, recordándole que, como Papa, está «llamado por el Resucitado a confirmar a sus hermanos en la fe» y a «resolver las incertidumbres y aportar claridad».

En una nota que explicaba la publicación de la carta a los fieles, los cardenales revelaron que surgía de una profunda preocupación pastoral por la grave desorientación y la gran confusión que reinaba entre muchos fieles respecto a cuestiones de suma importancia para la vida de la Iglesia.

La publicación de la carta sirvió para revelar a los fieles no solo la grave desorientación y confusión causadas por el Papa Francisco, sino también su conciencia de la gravedad de la situación y su decisión de no ponerle fin.

martes, 1 de septiembre de 2026

UNA IGLESIA SIN DIOS (Monseñor Strickland)




Monseñor Joseph Strickland


En un pódcast publicado el 14 de agosto de 2026 y titulado «Una Iglesia sin Dios», monseñor Joseph Strickland reflexiona sobre la pérdida del sentido sobrenatural en la Iglesia.


Una pregunta pesa mucho sobre mi corazón, y es difícil formularla: «¿Nos estamos convirtiendo en una Iglesia sin Dios?».

Por supuesto, no quiero decir que Dios haya abandonado a su Iglesia. Jesucristo prometió que las puertas del infierno no prevalecerían contra ella. Tampoco quiero decir que no existan innumerables católicos fieles, santos sacerdotes, religiosos, obispos, padres y madres de familia que aman profundamente a Dios y se esfuerzan cada día por vivir la fe católica.

Me refiero a otra cosa.

Me pregunto si no hemos ido elaborando progresivamente una manera de concebir la Iglesia —una manera de gobernarla, de hablar de ella, de celebrar en ella el culto y de determinar sus prioridades— que funciona cada vez más como si lo sobrenatural ya no fuera su realidad central. 

Porque el catolicismo es sobrenatural o no es nada.

Piensen en la fe católica que conocieron nuestros antepasados. Creían en el cielo. Creían en el infierno. Creían en los ángeles y en los demonios. Creían que Satanás era real y que también lo era el combate espiritual. Creían en los milagros. Creían en Nuestra Señora y en la intercesión de los santos. Creían que el pecado podía destruir la vida de la gracia en el alma. Creían que la confesión podía restaurar esa vida. Creían que, cuando el sacerdote pronunciaba las palabras de la consagración en el altar, el pan y el vino se convertían realmente en el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Jesucristo. Creían en la realidad de la eternidad.

Y porque creían en estas cosas, vivían de manera diferente. Construían magníficas iglesias porque Dios estaba allí. Se arrodillaban porque Dios estaba allí. Hablaban en voz baja en las iglesias porque Dios estaba allí. Se confesaban porque el pecado era una realidad. Ayunaban porque la penitencia era una realidad. Rezaban por los difuntos porque el purgatorio era una realidad. Rezaban el Rosario porque creían que la Madre de Dios realmente los escuchaba. Pasaban una hora ante el Santísimo Sacramento porque creían estar ante Jesucristo.
Los católicos de las generaciones anteriores ciertamente tenían sus pecados y sus faltas. Nunca hubo una edad de oro en la que todos fueran santos. Pero la vida católica se comprendía dentro de un marco sobrenatural. Y temo que, desde hace décadas, estemos desmantelando ese marco.

Escuchen gran parte del lenguaje que rodea hoy a la Iglesia. 

Oímos constantemente hablar de escucha, diálogo, acompañamiento, inclusión, encuentro, sinodalidad, camino común, fraternidad humana.

Estos términos pueden tener un sentido legítimo. Escuchar puede ser algo bueno. El diálogo puede ser necesario. Ciertamente, debemos acompañar a las personas con caridad y compasión.

Pero debemos preguntarnos: «¿Dónde está Dios en todo esto?». A fuerza de hablarnos unos a otros, ¿seguimos hablando con Él?

Y cuando escuchamos, ¿escuchamos primero la voz de Dios, o escuchamos para determinar si lo que Dios ya ha revelado no debería, de alguna manera, ser reconsiderado? La diferencia es enorme.

La Iglesia no recibió el Evangelio de un grupo de discusión. 

La verdad no nos fue dada por consenso. Jesucristo no pidió a los Apóstoles que fueran por el mundo para descubrir qué creía la humanidad. Les dijo: «Id, pues, y enseñad a todas las naciones».
Algo ha sido confiado a la Iglesia: un depósito de la fe, una revelación, una verdad que viene de Dios. Nuestra tarea no es reinventarla. Nuestra tarea es recibirla, conservarla, vivirla y transmitirla.
Hace más de un siglo, el papa san Pío X vio que un peligro se gestaba en el seno del pensamiento católico. Le dio el nombre de modernismo. Comprendió que el modernismo no era simplemente una herejía aislada entre tantas otras. Atacaba algo más profundo: los mismos fundamentos que permiten conocer y recibir la verdad revelada.

Si la verdad religiosa termina dependiendo de la experiencia humana, de la conciencia o de la evolución histórica, entonces el hombre se convierte progresivamente en juez de la Revelación, en lugar de que la Revelación sea juez del hombre.

Por eso san Pío X combatió el modernismo con tanta energía. 

Por eso también la Iglesia exigía en otro tiempo el juramento antimodernista. Y por eso hombres como monseñor Marcel Lefebvre advirtieron más tarde que el modernismo no había desaparecido.
No es necesario aprobar todas las decisiones tomadas por monseñor Lefebvre para reconocer la gravedad de la cuestión que planteaba. 
¿Qué ocurre cuando la Iglesia comienza a acomodarse al espíritu de la época? ¿Qué ocurre cuando el deseo de ser aceptada por el hombre moderno se vuelve más fuerte que el de convertir al hombre moderno?

Dietrich von Hildebrand captó el problema con notable claridad cuando advirtió contra el hecho de colocar la unidad por encima de la verdad. Porque, en definitiva, la primacía de la verdad es la primacía de Dios. Ahí reside el núcleo del problema.

Cuando lo sobrenatural comienza a desaparecer, las consecuencias se extienden por todas partes. 

Consideremos el pecado. Si el cielo y el infierno son realidades, entonces el pecado mortal reviste una gravedad extrema. Si un alma puede quedar separada de la gracia santificante, advertir a alguien del peligro del pecado no es mostrar odio, sino amor.

Si viera a alguien caminar hacia el borde de un precipicio, ¿exigiría la compasión que guardara silencio con el pretexto de que mis gritos podrían incomodarlo? Por supuesto que no. Gritaría precisamente porque lo amo.

Desde hace dos mil años, la Iglesia llama a los hombres y a las mujeres al arrepentimiento porque cree que su eternidad está en juego. Pero ¿qué ocurre cuando perdemos esta perspectiva sobrenatural?

El pecado se convierte progresivamente en otra cosa. En lugar de preguntarnos si un acto es conforme a la ley de Dios, comenzamos a preguntarnos si la persona se siente acogida. Las enseñanzas relativas al matrimonio, la sexualidad y la persona humana se vuelven cada vez más difíciles de proclamar porque la cultura las ha rechazado.
La Iglesia debe acoger siempre a cada persona con caridad. Todo ser humano posee una dignidad. Ningún católico debería tratar a otra persona con odio o desprecio. Pero la caridad no puede consistir en decirle a alguien que aquello que Dios ha calificado de pecado ya no es pecado. Eso no es misericordia. Porque si el pecado no es real, el arrepentimiento se vuelve inútil. Si el arrepentimiento es inútil, el perdón también lo es. Y si el perdón es inútil, la Cruz misma termina por volverse inútil.
¿Por qué necesitaría la humanidad un Salvador si su problema fundamental consistiera simplemente en que no nos hemos escuchado lo suficiente unos a otros?

El mismo problema puede presentarse en nuestras relaciones con las demás religiones. Debemos tratar con dignidad a las personas de todas las religiones. Debemos trabajar por la paz. Debemos oponernos al odio y a la persecución. Pero nunca debemos olvidar la razón de ser de la Iglesia.

Jesucristo no es simplemente un maestro religioso entre tantos otros. Es el Hijo de Dios. Él dijo: «Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí».

Estas palabras no pueden simplemente colocarse junto a todas las demás afirmaciones religiosas, como si todos los caminos condujeran finalmente a lo mismo. Si Jesucristo es verdaderamente Dios, entonces la evangelización importa. La conversión importa. El bautismo importa. La misión importa. La salvación importa.

Una vez más, lo sobrenatural lo cambia todo.

Y esto nos lleva a los obispos.

Yo mismo hablo como obispo y, por consiguiente, me dirijo primero a mí mismo.

Todo obispo comparecerá ante Jesucristo. No compareceremos ante un comité. No compareceremos ante los medios de comunicación. No compareceremos ante responsables políticos, donantes, consultores ni ante la opinión pública. Compareceremos ante Cristo. Y tendremos que responder por las almas que nos han sido confiadas.

El obispo no es simplemente un administrador. No es el director de una sucursal perteneciente a una organización religiosa internacional.

Lumen Gentium nos recuerda que los obispos no deben ser considerados como simples vicarios del Romano Pontífice. Los obispos son vicarios y embajadores de Cristo. Esto debería hacer temblar a todo obispo.

A lo largo de la historia de la Iglesia, hubo momentos en que los obispos tuvieron que resistir a poderosas corrientes de error. Pensemos en san Atanasio. Pensemos en san Juan Fisher. Pensemos en los innumerables obispos que sufrieron el exilio, el encarcelamiento e incluso la muerte antes que transigir con la fe.

¿De dónde procede este valor? Procede de la fe sobrenatural.

Si este mundo es todo lo que existe, protejan su posición. Protejan su reputación. Protejan su carrera. Eviten toda controversia. Preserven su comodidad.

Pero si la eternidad es real, todo cambia. Entonces, perder un cargo no es nada. Perder la popularidad no es nada. Perder la aprobación de los poderosos no es nada.

La única pregunta que cuenta, en definitiva, es ésta: «¿He sido fiel a Jesucristo?».

La Iglesia también se ha vuelto extrañamente incómoda ante la idea de condenar. 

Preferimos el diálogo. Y, una vez más, el diálogo tiene su lugar. Pero llega un momento en que un pastor debe decir que no. Esto es cierto en toda familia. Un padre amoroso no aprueba todo lo que sus hijos deciden hacer. El amor exige a veces que diga: «No. Eso te hará daño».

Históricamente, la Iglesia entendía la condena doctrinal de una manera muy semejante. Los anatemas no pretendían ser expresiones de odio. Establecían límites porque la Iglesia creía que el error podía llevar a las almas a la perdición. Por eso, merece una reflexión la noción que a veces se denomina «anatema caritativo».

Si la herejía puede alejar a las almas de Cristo, corregirla es un acto de caridad. Si el pecado mortal puede separar a un alma de Dios, advertir contra él es un acto de caridad. Si recibir indignamente la sagrada Comunión puede constituir un sacrilegio, proteger la Eucaristía es un acto de caridad.

Quizá nos hayamos vuelto tan reacios a condenar el error, no porque hayamos descubierto una caridad superior a la de los santos, sino porque hemos perdido la convicción de que el error tiene consecuencias eternas. Y si es así, nos encontramos una vez más ante el mismo problema: la pérdida de lo sobrenatural.

Pero no quiero que este mensaje sea un mensaje de desesperanza.

Porque está ocurriendo algo más. Allí donde voy, encuentro católicos que tienen hambre. No tienen hambre de un nuevo programa, de un nuevo comité ni de una nueva sesión de escucha. Tienen hambre de Dios.

Los jóvenes católicos están descubriendo la adoración eucarística. Las familias están redescubriendo el Rosario. Hay personas que leen la vida de los santos. Descubren los milagros eucarísticos. Descubren el ayuno y las devociones tradicionales. Muchos se sienten atraídos por la belleza y la reverencia de la Misa latina tradicional.

¿Por qué?

No creo que se trate simplemente de nostalgia.
Muchos de estos jóvenes no tienen ningún recuerdo del antiguo mundo católico. Nunca lo conocieron. Lo que buscan es la trascendencia. Buscan algo que no provenga de ellos mismos. Quieren el misterio. Quieren la reverencia. Quieren el sacrificio. Quieren la verdad.
En definitiva, quieren a Dios.

Y quizá comprendan algo que los planificadores eclesiásticos han olvidado: si la Iglesia no ofrece al mundo más que aquello que el mundo ya puede ofrecerle, entonces el mundo no nos necesita. El mundo ya tiene organizaciones humanitarias. Tiene movimientos sociales. Tiene conferencias. Tiene terapeutas. Tiene organizaciones comunitarias. Tiene movimientos políticos. Tiene innumerables oportunidades de dialogar.

Lo que el mundo no puede darse a sí mismo es la gracia sobrenatural. El mundo no puede absolver un solo pecado. El mundo no puede consagrar la Eucaristía. El mundo no puede darnos el Cuerpo y la Sangre de Cristo. El mundo no puede abrirnos el cieloSólo Cristo puede salvar. Y Cristo confió su misión salvífica a su Iglesia.

¿Cuál es, pues, la respuesta? No es la amargura. No es la ira. No es una nueva facción católica. Y, fundamentalmente, lo que necesitamos no es una Iglesia más severa.

Necesitamos una Iglesia que vuelva a creer.

Una Iglesia que crea que Jesucristo está realmente presente en el sagrario. Una Iglesia que crea que la confesión devuelve la vida a las almas espiritualmente muertas. Una Iglesia que crea que Nuestra Señora y los santos interceden realmente por nosotros. Una Iglesia que crea que los ángeles son reales. Una Iglesia que crea que los demonios son reales. Una Iglesia que crea que los milagros siguen ocurriendo. Una Iglesia que crea que la Sagrada Escritura es la Palabra de Dios. Una Iglesia que crea en la realidad del pecado. Una Iglesia que crea en la realidad de la misericordia. Una Iglesia que crea en la realidad del juicio. Una Iglesia que crea que el cielo merece que sacrifiquemos todo para alcanzarlo.

Y, por tanto, una Iglesia que tenga el valor suficiente para decir la verdad cuando decirla le cueste algo.

La Sagrada Escritura nos ofrece palabras de las que nuestra época tiene una necesidad desesperada: «Sed valientes y que vuestro corazón sea firme; no temáis ni os dejéis intimidar ante ellos, porque el Señor, vuestro Dios, camina Él mismo con vosotros: no os dejará ni os abandonará» (Deuteronomio 31, 6).

¿Por qué tenemos miedo? ¿Por qué debería un obispo tener miedo de proclamar lo que Cristo ha revelado? ¿Por qué debería un sacerdote tener miedo de predicar sobre el pecado? ¿Por qué deberían los padres tener miedo de enseñar a sus hijos que la verdad católica es realmente verdadera? ¿Por qué deberían los católicos sentirse incómodos al hablar de los milagros? ¿Por qué deberíamos avergonzarnos de los santos? ¿Por qué deberíamos hablar en voz baja del demonio cuando la Escritura habla claramente del combate espiritual? ¿Por qué deberíamos disculparnos por creer que Jesucristo es el Salvador del mundo?

San Pablo nos dice: «Porque nuestra lucha no es contra la carne y la sangre, sino contra los principados y las potestades, contra los dominadores de este mundo de tinieblas, contra los espíritus del mal que están en los aires» (Efesios 6, 12).

O esto es verdad, o no lo es.

Si es verdad, quizá haya llegado el momento de que los católicos comiencen a vivir como si fuera verdad.

Quizá la crisis más profunda del catolicismo no sea, en definitiva, la crisis litúrgica. No es la crisis sexual. No es la crisis de las vocaciones. No es la crisis de la autoridad episcopal. Ni siquiera es la crisis doctrinal.

Detrás de todas estas crisis se encuentra quizá algo aún más profundo: una crisis de fe en lo sobrenatural.

¿Creemos realmente que Dios ha hablado? ¿Creemos que su verdad sigue siendo verdadera cuando el mundo la rechaza? ¿Creemos en la realidad de la eternidad? ¿Creemos que las almas pueden perderse? ¿Creemos que las almas pueden salvarse? ¿Creemos que Jesucristo es Dios?

Porque si realmente creemos en estas cosas, nuestras iglesias deberían tener otro aspecto. Nuestra predicación debería tener otro tono. Nuestro culto debería revestir otra forma. Nuestras familias deberían vivir de manera diferente. Y nuestros obispos deberían gobernar de manera diferente.

Podemos tener nuestros sínodos. Podemos tener nuestros comités. Podemos redactar nuestros documentos. Podemos celebrar nuestras reuniones. Podemos dialogar. Podemos escuchar. Podemos acompañar. Pero si, en algún momento del camino, Dios se vuelve secundario, ¿hacia dónde caminamos exactamente juntos?
La Iglesia no necesita parecerse cada vez más al mundo para salvar al mundo. Debe ser más plenamente aquello para lo que Jesucristo la estableció.
Necesitamos confesionarios nuevamente llenos. Necesitamos familias que recen el Rosario. Necesitamos el ayuno. Necesitamos la penitencia. Necesitamos reverencia ante la Sagrada Eucaristía. Necesitamos sacerdotes que prediquen las verdades eternas. Necesitamos obispos dispuestos a sufrir por estas verdades. Necesitamos iglesias en las que quien atraviese la puerta perciba inmediatamente: Dios está aquí.

Lo que da miedo no es solamente que el mundo haya aprendido a vivir sin Dios. Una gran parte del mundo lo ha hecho manifiestamente. La posibilidad aterradora es que la Iglesia pueda aprender a funcionar sin Él. Una Iglesia desbordante de actividad. Una Iglesia llena de conversaciones. Una Iglesia llena de programas, procesos, reuniones y documentos. Y, sin embargo, una Iglesia en la que el Dios sobrenatural hubiera sido, de algún modo, relegado silenciosamente a la periferia.

Hermanos y hermanas, no podemos permitir que esto suceda. La respuesta no es un nuevo programa. La respuesta es Jesucristo.

Pónganlo nuevamente en el centro. Vuelvan a su Corazón eucarístico. Vuelvan a la confesión. Vuelvan a la oración. Vuelvan a la Sagrada Escritura. Vuelvan a la fe que nos ha sido transmitida. Vuelvan a Nuestra Señora. Vuelvan a los santos. Vuelvan al sacrificio. Vuelvan a la reverencia. Vuelvan a lo sobrenatural.
Y no tengan miedo. Porque el mundo no necesita una Iglesia sin Dios. Necesita desesperadamente a la Iglesia de Jesucristo, la Iglesia del Dios vivo.
Que Nuestro Señor los fortalezca, que Nuestra Señora los guarde bajo su manto y que permanezcan firmes en la verdadera fe, cualesquiera que sean las pruebas que estén por venir.

Y que Dios todopoderoso los bendiga, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Así sea.

Monseñor Joseph E. Strickland
Obispo emérito

El «dolce far niente».




Las acciones tienen consecuencias y las omisiones también. No es buen sistema de gobierno el que deja que el tiempo pase esperando el milagro de una solución natural de los problemas. Un interesante artículo de hoy recoge el creciente malestar ante un pontificado que avanza en el tiempo, pero vacío de contenido. Basta con echar un vistazo a las secciones de comentarios de los principales blogs católicos o observar durante unos minutos los debates que animan las redes sociales para percibir un fenómeno tan evidente como silencioso: un descontento generalizado, profundo y, a veces, airado hacia el pontífice reinante, León XIV. Apenas un año después de su elección, la curiosidad inicial y el optimismo superficial parecen haber dado paso, entre amplios sectores de los laicos y el clero más atento, a una profunda sensación de consternación y confusión. No se trata de meras controversias virtuales creadas para generar clics. Algo mucho más serio está creando una brecha entre la Cátedra de Pedro y los fieles.

La primera y más importante causa del descontento reside en el derrumbe de una gran ilusión. Tras la elección del papa Prevost, gran parte del mundo conservador y tradicionalista albergaba la esperanza de un cambio radical respecto al pontificado anterior, soñando con la restauración de la dignidad papal. Esta esperanza se había visto alimentada por varios cambios significativos en el estilo: el abandono de la Casa Santa Marta y el regreso a los palacios sagrados, la reinstauración de las vacaciones de verano en Castel Gandolfo, e incluso detalles formales como la presentación directa del palio a los metropolitanos. Sin embargo, como muchos comentaristas han señalado con amargura, se trató de una revolución puramente estética y superficial. Detrás de los gestos de sonoridad antigua, la esencia del gobierno eclesiástico permaneció inalterada. León XIV confirmó en puestos clave a figuras muy controvertidas como el cardenal Fernández y el cardenal Zuppi, y no mostró un verdadero interés en frenar las tendencias doctrinales disruptivas, como la polémica vía sinodal alemana. La disidencia surge precisamente de aquí: los fieles perciben la incoherencia de un papado que se viste bajo el manto de la Tradición pero que, en la práctica, sigue tolerando el desmantelamiento de la doctrina.

Si bien la continuidad administrativa resulta desconcertante, son los gestos y omisiones concretas de León XIV los que alimentan los comentarios de los fieles. Internet no ha perdonado al pontífice por algunas declaraciones públicas y diplomáticas percibidas como auténticos respaldos al error. El ejemplo más llamativo fue el mensaje oficial enviado en marzo pasado a Sarah Mullally, primada recién nombrada de la Iglesia Anglicana en Canterbury. Dirigirse a una mujer como «Reverendísima» en un cargo episcopal —en abierta contradicción con la enseñanza definitiva de la «Ordinatio sacerdotalis»— y mostrar tal deferencia hacia una figura que apoya públicamente el aborto y las uniones entre personas del mismo sexo, ha generado una inmensa indignación. Muchos comentaristas han hablado abiertamente de una traición a la misión petrina y de una progresiva «protestantización» de la Iglesia. A esto se suman las desconcertantes extravagancias litúrgicas y pastorales, como la extraña bendición de un bloque de hielo o la falta de intervención en la decisión de premiar a políticos proaborto. Cuando el papa opta por el silencio o se retira a Castel Gandolfo mientras Roma acoge eventos ambiguos que se alejan abiertamente de la moral católica, los fieles experimentan una sensación de abandono pastoral y de orfandad.

León XIV se presentó desde el principio como un pontífice moderado, que intentaba tender puentes entre facciones opuestas. Su lema papal, In Illo uno unum («En uno, somos uno»), expresa este deseo de conciliación. Pero en una época de extrema polarización, la postura centrista corre el riesgo de disgustar a todos. Para los progresistas, León XIV es nostálgico del pasado y se resiste a las reformas necesarias (sacerdocio femenino, celibato, moral sexual); para los tradicionalistas, es un continuador encubierto del modernismo que carece del valor para defender la Verdad objetiva. En su intento por evitar disgustar a nadie, el Papa termina pareciendo ambiguo o incluso indiferente al destino de la fe.

La Iglesia Católica debe pronunciarse con mayor claridad sobre las enseñanzas tradicionales acerca del matrimonio y la moral sexual, especialmente ante la creciente confusión en torno a la homosexualidad y la defensa de los derechos LGBTQ dentro de la jerarquía. Nombrar los pecados graves no es odio, sino preocupación por las almas, como el deber de un médico de diagnosticar una enfermedad grave. La creciente división dentro de la Iglesia la provocan las bendiciones para parejas en situaciones irregulares, ministerios relacionados con la comunidad LGBTQ+ y mensajes pastorales cada vez más ambiguos. La jerarquía restringe a los católicos tradicionales y la Misa en latín, sin afrontar los desafíos a la enseñanza moral perenne. El doble rasero es evidente: se intenta silenciar a los fieles mientras se normaliza la confusión. La Iglesia debe hablar con claridad, los fieles deben actuar con valentía y la verdad debe ser proclamada, cueste lo que cueste. El mensaje no es de condenación, es de salvación y ese es el único mensaje que importa.

La herida litúrgica abierta por «Traditionis custodes» sigue sangrando. Muchos esperaban que León XIV levantara las restricciones de Francisco, restaurando la plena libertad de la Antigua Misa. Su silencio sobre este tema, sumados al enfrentamiento con la Sociedad de San Pío X —ahora presionada hacia una ruptura definitiva con la excomunión proclamada para las nuevas consagraciones episcopales— exasperan a la gente. Los fieles apegados al Rito Antiguo se sienten tratados como marginados y exiliados por una jerarquía que afirma ser inclusiva con todos, excepto con sus hijos más fieles. Pues parece que el descontento que se manifiesta no es el capricho de unos pocos fanáticos antirromanos. Es el grito de dolor de un pueblo que exige pan doctrinal y recibe piedras burocráticas o compromisos diplomáticos. La mediocre jerarquía que nos gobierna se engaña a sí misma pensando que puede solucionar esta profunda crisis con ajustes estilísticos o fórmulas políticas «a medias», internet seguirá hirviendo, demostrando que el hambre de verdad de los fieles no se puede saciar con el silencio de un «dolce far niente».

domingo, 16 de agosto de 2026

Obispo Mutsaerts: Carta abierta al Papa León XIV


Del blog del obispo Mutsaerts, quien siempre ha sido una voz influyente. Algunos precedentes aquí - aquí - aquí - aquí . Aquí está el índice de artículos sobre el Sínodo.Obispo Mutsaerts: Carta abierta al Papa León XIV


Rob Mutsaerts , obispo auxiliar de la diócesis de 's-Hertogenbosch (Países Bajos)


Santo Padre,

Con respeto al ministerio que se le ha confiado como Sucesor de Pedro, y en solidaridad con la Iglesia que Cristo edificó sobre los apóstoles, me dirijo a usted con esta carta abierta. No lo hago a la ligera. Lo que me impulsa a pronunciar públicamente estas palabras es una preocupación que, en última instancia, supera cualquier otra consideración eclesial: la salvación de las almas. Salus animarum suprema lex —la salvación de las almas es la ley suprema. Mi pregunta es sencilla y seria: ¿contribuye realmente el proceso sinodal a acercar las almas a Cristo y a la salvación eterna? Para mí, esta es la pregunta decisiva.

Santo Padre, comprendo perfectamente que el ministerio petrino conlleva una responsabilidad de la que quienes no lo ejercen solo pueden tener una vaga idea. Precisamente por eso escribo estas palabras, no por falta de respeto al ministerio papal, sino por amor a él. Pedro, de hecho, recibió de Cristo no solo el mandato de unir a sus hermanos, sino también de fortalecerlos en la fe: «Y tú, cuando hayas recapacitado, fortalece a tus hermanos». En definitiva, el mundo no necesita una Iglesia que simplemente repita lo que ya piensa. Necesita una Iglesia que, con amor pero sin temor, lo guíe hacia Cristo.

Mi preocupación por el Sínodo sobre la sinodalidad debe entenderse desde esta perspectiva. Y, sobre todo, me pregunto qué significa todo esto para el creyente común que espera de su Iglesia no un proceso permanente, sino claridad en el camino hacia Dios.

Esta carta no pretende, por tanto, acusar a ninguna persona en particular. Tampoco pretendo negar las buenas intenciones de quienes participan sinceramente en el proceso sinodal. Es necesario reconocer las buenas intenciones, pero estas no nos eximen del deber de examinar sus frutos. Cristo mismo nos ha dado un criterio sencillo para ello: «Por sus frutos los conoceréis». Por consiguiente, creo que, tras años de consultas, reuniones, informes y documentos sinodales, ha llegado el momento de cuestionar con franqueza estos frutos. No por cinismo, sino por amor a la Iglesia. No por nostalgia de un pasado idealizado, sino por preocupación por su futuro. Y no para librar una batalla político-eclesial, sino porque detrás de todas las discusiones subyace una realidad infinitamente más importante: la salvación eterna de las almas que Cristo ha confiado a su Iglesia. Impulsado por esta preocupación, Santo Padre, le presento la siguiente reflexión.

El Sínodo sobre la sinodalidad

Quien evalúe el Sínodo sobre la sinodalidad únicamente a la luz de sus propios objetivos puede llegar fácilmente a una conclusión positiva. Se escuchó a la gente. Se habló. Se consultó a miles de personas. Obispos, sacerdotes, religiosos y laicos se reunieron. Hablaron de comunión, participación y misión. Incluso nació un nuevo vocabulario eclesial: sinodalidad, escucha, discernimiento, participación, diálogo en el Espíritu, iniciación de procesos.

Pero también se puede analizar la misma historia desde una perspectiva completamente diferente. Permítanme plantear la incómoda pregunta: ¿Qué se logró realmente con todo esto? No: ¿Cuántas reuniones se organizaron? No: ¿Cuántos informes se redactaron? No: ¿Cuántas personas asistieron?

Sino: ¿Se fortaleció la fe? ¿Se proclamó a Cristo con mayor claridad? ¿Se profundizó la identidad católica? ¿Se convirtieron más personas? ¿Aumentó la asistencia a la misa dominical? ¿Hay más vocaciones sacerdotales? ¿Se hizo más eficaz la catequesis? ¿Surgió un mayor respeto por la Eucaristía? ¿Se aclaró la doctrina moral de la Iglesia? ¿Aumentó el valor misionero?

Cuando uno se plantea estas preguntas, es imposible considerar el Sínodo un éxito. Ahora surge otro aspecto: la iniciativa sinodal no está realmente completa. La fase de implementación oficial continúa y, a través de reuniones diocesanas, nacionales y continentales, se espera que culmine en una asamblea eclesial en Roma en octubre de 2028. En mayo de 2026, el Vaticano publicó nuevamente una hoja de ruta detallada para este fin. Esto hace que la crítica sea aún más pertinente. Lo que comenzó como un sínodo de 2021 a 2024 corre el riesgo de convertirse en una forma permanente de gobierno.

Un sínodo sobre un sínodo.

El primer aspecto destacable está ya en el nombre mismo: Sínodo sobre la sinodalidad. Tradicionalmente, un sínodo se convocaba porque la Iglesia necesitaba debatir algo: la evangelización, el matrimonio y la familia, el sacerdocio, la Eucaristía, las Sagradas Escrituras, una herejía, una crisis pastoral o un problema concreto. En el Sínodo sobre la sinodalidad, sin embargo, el proceso mismo se convierte en el tema. Podría compararse con una reunión interminable para debatir cómo debería reunirse de ahora en adelante.

La Iglesia ha conocido concilios y sínodos desde la antigüedad. Los apóstoles se reunían en Jerusalén. Los obispos deliberaban entre sí. Los papas consultaban a los obispos. Los grandes concilios ecuménicos son inconcebibles sin la consulta eclesial conjunta. Pero esto es muy diferente de la sinodalidad entendida como un paradigma eclesial permanente. El sínodo clásico era una herramienta. En el discurso sinodal actual, la sinodalidad corre el riesgo de convertirse en un fin en sí misma. Y es precisamente ahí donde, desde una perspectiva católica tradicional, comienza el problema.

La Iglesia no es un diálogo, sino una realidad aceptada.

La Iglesia, de hecho, no comienza con nuestro diálogo. Comienza con Cristo. Esto parece obvio, pero tiene consecuencias de gran alcance. Cristo no fundó un grupo de discusión. Llamó a los apóstoles. Les dio autoridad. Los envió a predicar, bautizar y enseñar: «Por tanto, id y haced discípulos de todas las naciones». El liderazgo es crucial en este contexto. La fe no surge de que la Iglesia primero haga un inventario de las creencias de las personas y luego destile una convicción compartida a partir de todas esas experiencias. La fe se recibe.

Pablo usa constantemente palabras como recibir, transmitir, conservar. La Iglesia no posee la Revelación porque la concibió, sino porque la recibió. Esto significa que el cristianismo, por su propia naturaleza, no puede ser democrático. No porque la democracia como forma de gobierno sea negativa, sino porque la verdad no surge de una votación mayoritaria. Si mañana el 90 por ciento de los católicos ya no creyera en la presencia real de Cristo en la Eucaristía, Cristo no estaría menos presente. Si el 80 por ciento rechazara una doctrina moral determinada, esa doctrina no se volvería automáticamente falsa. La verdad no se produce por consenso. Este es el primer punto de tensión importante en torno al proyecto sinodal.

Escuchar: ¿a quién?

Una palabra clave a lo largo de todo el proceso ha sido escuchar (como si nunca lo hubiéramos hecho antes). En sí mismo, no hay nada que objetar. Un obispo debe escuchar. Un sacerdote debe escuchar. Los cristianos deben escucharse unos a otros. Un pastor que nunca escucha a su rebaño no es un buen pastor. Pero surge de inmediato la pregunta: ¿a quién debe escuchar la Iglesia por encima de todo? La respuesta tradicional es: a Cristo, a la Escritura, a la Tradición apostólica, a los santos, al testimonio de veinte siglos de cristianismo, al Magisterio. Y, por supuesto, también a los fieles.

Sin embargo, en algunos textos sinodales, el orden parece invertirse fácilmente. El punto de partida son las experiencias, los deseos, las frustraciones y las expectativas de la gente de hoy, y luego surge la pregunta de cómo debe responder la Iglesia a todo esto. Esto parece pastoralmente tentador, pero encierra un peligro. Porque, ¿qué sucede cuando los deseos del hombre moderno chocan con el Evangelio? Entonces, no es el Evangelio lo que debe cambiar; es el hombre quien debe cambiar. En el cristianismo, a esto se le llama conversión. Y es precisamente esta palabra la que resuena sorprendentemente poco en muchos debates eclesiales modernos.

Llamativamente ausente: la conversión.

Aquí reside la debilidad más profunda de todo el proyecto. La Iglesia no existe principalmente para confirmar a las personas en lo que ya son. Existe para guiarlas a Cristo. Las primeras palabras de la predicación pública de Jesús no fueron: «Díganme primero qué opinan de las estructuras eclesiales actuales». Sino: «Arrepiéntanse y crean en el Evangelio». Esto es decididamente menos burocrático. Y decididamente más radical.

La Iglesia de los mártires no cambió el mundo romano organizando sesiones de escucha sobre cómo los romanos podían percibir la comunidad cristiana de manera más inclusiva. Proclamó a Cristo. Pedro proclamó a Cristo. Pablo proclamó a Cristo. Francisco proclamó a Cristo. Domingo proclamó a Cristo. Francisco Javier proclamó a Cristo. Juan Vianney proclamó a Cristo. La Madre Teresa proclamó a Cristo. Juan Pablo II proclamó a Cristo. Sin duda escucharon a la gente. Pero escuchar nunca fue el punto final. El punto final fue la conversión a Cristo.

El elefante en la sala del sínodo

También existe una curiosa discrepancia entre los temas que se discuten ampliamente en el proceso sinodal y la crisis real que enfrenta la Iglesia occidental en particular. Los problemas fundamentales de la Iglesia en los Países Bajos, Bélgica, especialmente en Alemania, pero también en gran parte de Europa Occidental, son fáciles de reconocer. Las iglesias se vacían. Las parroquias se fusionan. Los monasterios desaparecen. Las órdenes religiosas envejecen. El conocimiento de la fe católica disminuye. La confesión prácticamente ha desaparecido para muchos católicos. El número de vocaciones sacerdotales sigue siendo bajo en muchos lugares. Muchos bautizados apenas creen en las verdades fundamentales de la fe. La vida sacramental se encuentra gravemente debilitada entre amplios grupos de católicos. En este contexto, cabría esperar que una iniciativa eclesial mundial planteara una pregunta fundamental: ¿cómo podemos reconquistar el mundo para Cristo?

Sin embargo, gran parte de la atención se centra en las estructuras, la participación, los procesos de toma de decisiones, la responsabilidad de las mujeres, la inclusión, las relaciones de autoridad y el funcionamiento de los órganos eclesiales. Estos pueden ser temas legítimos. Pero una casa en llamas tiene prioridades diferentes a los asuntos administrativos.

Una especie de "Ley de Parkinson" eclesiástica.

Las instituciones que pierden de vista su propósito original tienden a hablar cada vez con más intensidad sobre su propia organización. Las empresas hablan sin cesar sobre procesos. Las universidades sobre gobernanza. Las administraciones públicas sobre modelos de participación. Y las organizaciones eclesiásticas sobre estructuras. Cuanta menos evangelización hay, más comisiones de evangelización se crean. Cuantas menos vocaciones hay, más documentos sobre vocaciones se redactan. Cuanta menos gente asiste a la iglesia, más largas se vuelven las reuniones sobre cómo ser iglesia. Puede parecer cínico, pero hay una reflexión seria detrás: la burocracia puede crear la ilusión de actividad cuando la realidad muestra lo contrario. Estamos navegando sin brújula.

Expectativas que no se pueden cumplir.

El proceso sinodal ha elevado las expectativas. Esto ocurrió principalmente porque durante las diversas fases consultivas se admitieron temas que tocan cuestiones sobre las que la Iglesia ya tiene una doctrina clara. El diaconado femenino. El sacerdocio. La moral sexual. Las relaciones homosexuales. La relación entre laicos y clérigos. La autoridad eclesiástica. La descentralización. La posición de la mujer. Cuando estos temas se "discuten" durante años, surge naturalmente la impresión de que eventualmente podrían cambiar. De lo contrario, no se discutirían interminablemente.

Esto crea una paradoja pastoral. Se pide a las personas que expresen sus expectativas. Posteriormente, algunas de estas expectativas resultan imposibles de cumplir sin poner en peligro la continuidad con la doctrina católica. ¿Qué sucede entonces? Decepción general. La Iglesia ha generado así expectativas que, en última instancia, no puede cumplir. Este no es un resultado pastoral positivo. Es una receta para la frustración.

La protestantización del concepto católico de la Iglesia.

Desde una perspectiva tradicionalista, también se puede apreciar una ironía histórica. Algunos elementos de la cultura sinodal moderna guardan similitudes con desarrollos observados en las iglesias protestantes durante décadas: mayor énfasis en la participación, mayor influencia en la administración, estructuras más consultivas, mayor influencia en las comunidades locales, mayor énfasis en la experiencia individual, mayor debate sobre conceptos sociales cambiantes y menor énfasis en la autoridad jerárquica. Todo esto, en sí mismo, no tiene por qué ser erróneo. Sin embargo, la pregunta histórica es inevitable: ¿ha propiciado este modelo un renacimiento cristiano espectacular en el mundo protestante? En gran parte de Europa Occidental, la respuesta es clara: no. ¿Por qué, entonces, debería la Iglesia Católica adoptar los modelos administrativos y pastorales de las comunidades eclesiales que a menudo sufrieron la misma secularización incluso antes y de forma más marcada? Un enfermo rara vez se recupera tomando la medicina del paciente de la cama de al lado, que está aún peor.

La alternativa olvidada: la búsqueda de la santidad.

Las grandes reformas católicas casi nunca comienzan con las estructuras. Comenzaron con los santos. Tras periodos de corrupción, llegaron los reformadores: Benedicto XVI, Bernardo de Eugenio, Francisco de Asís, Domingo de Aquino, Catalina de Siena, Ignacio de Loyola, Teresa de Ávila, Carlos Borromeo, Francisco de Sales, Juan Bosco, Teresa de Lisieux, Maximiliano Kolbe y Juan Pablo II. Su programa era sorprendentemente sencillo: convertirse en santos.

Porque un santo posee un poder misionero que ningún documento programático puede igualar. Una parroquia con un párroco santo tiene mejor futuro que una diócesis con veinte grupos de trabajo sinodal y dirigentes bien pagados. Un convento con diez religiosas fervientes evangeliza más que cien páginas de jerga eclesiástica. Un sacerdote que cree visiblemente estar ante Dios en el altar puede llevar a más personas a la fe que una conferencia sobre liturgia participativa.

Quizás esta sea precisamente la alternativa que el Sínodo no supo enfatizar lo suficiente: no menos escucha, sino más santidad; no menos participación, sino más conversión; no menos diálogo, sino más proclamación.

La liturgia como prueba de fuego.

Desde una perspectiva tradicional, también sorprende que la crisis litúrgica haya tenido un papel relativamente secundario. Porque si realmente se quiere saber cómo le va a una Iglesia, hay que fijarse en su culto. Lex orandi, lex credendi. La forma de rezar es la expresión de la fe.

Cuando los católicos casi ya no comprenden que la Misa hace presente sacramentalmente el sacrificio de Cristo, cuando el sentido de lo sagrado se debilita, cuando el silencio desaparece, cuando los confesionarios están vacíos y la adoración eucarística se vuelve marginal, entonces la Iglesia no tiene un problema de gestión. Tiene un problema de fe. Una nueva estructura participativa no puede resolver este problema. Tampoco una nueva asamblea. Quizás un redescubrimiento de Dios.

La paradoja de la participación

. El proyecto sinodal enfatiza la participación. Pero aquí surge una curiosa paradoja. Quienes participan intensamente en los procesos de consulta eclesial no son necesariamente representativos de toda la Iglesia. El católico silencioso que va a Misa todas las mañanas, reza el rosario y enseña catequesis a sus nietos generalmente no escribe un informe sinodal. El joven católico que viaja tres horas para asistir a una liturgia tradicional generalmente no forma parte del grupo de trabajo diocesano. La madre de seis hijos que intenta educar a su familia en la fe católica probablemente tiene poco tiempo para asistir a sesiones de escucha. Una monja contemplativa no llena un cuestionario. Pero su fe puede estar más arraigada que la de los participantes profesionales en las reuniones de la iglesia. Quienes solo escuchan a quienes se acercan al micrófono pueden olvidar fácilmente que el Pueblo de Dios es más grande que el círculo alrededor de la mesa de reuniones. ¿

Sinodalidad o colegialidad?

Quizás parte de la confusión desaparecería si volviéramos a un lenguaje más preciso. La tradición católica conoce un concepto claro: la colegialidad. Los obispos, junto con Pedro y bajo su guía, forman el colegio episcopal. También existen concilios presbiterianos, concilios pastorales, sínodos, capítulos, comunidades religiosas e innumerables otras formas de deliberación. ¿Por qué era necesaria una nueva categoría que lo abarcara todo: la sinodalidad?

Precisamente porque el concepto es tan amplio —es imposible concebir una sola definición— que cada persona puede entenderlo de manera diferente. Para algunos, significa escuchar. Para otros, descentralización. Para otros, democratización. Para otros, renovación pastoral. Para otros, reforma del ministerio. Para otros, una moral sexual diferente. Un concepto que puede significar cualquier cosa, en última instancia, no significa nada. Por eso se justifica la cuestión de la proporcionalidad. ¿Cuánta energía hay que invertir aún en esto? ¿Cuántas reuniones? ¿Cuántos grupos sinodales? ¿Cuántos informes? ¿Cuántas evaluaciones de las evaluaciones?

Y sobre todo: ¿qué pasaría si se invirtiera la misma cantidad de tiempo, dinero, energía intelectual y atención episcopal en catequesis, seminarios, educación católica, liturgia, confesión, adoración eucarística, pastoral matrimonial y evangelización directa? Me parece una pregunta retórica.

El problema de fondo: la eclesiología.

En última instancia, entonces, la discusión no se centra realmente en las reuniones. Se trata de la pregunta: ¿qué es la Iglesia? ¿Es ante todo una comunidad que busca junta lo que debe llegar a ser? ¿O es ante todo una realidad divina que ha recibido lo que debe ser? La respuesta católica solo puede ser la segunda. La Iglesia debe convertirse continuamente, pero está fundada en los apóstoles. Preserva una fe que no inventó. Por lo tanto, toda sinodalidad debe, en última instancia, definirse por algo que no es objeto de la discusión sinodal: la verdad revelada por Cristo. El mundo no espera una Iglesia sinodal.

Y aquí reside quizás la mayor tragedia. El mundo moderno está experimentando una extraordinaria crisis espiritual. La gente busca sentido. Los jóvenes buscan una identidad. La soledad aumenta. Las familias se desintegran. La tecnología penetra cada vez más en la existencia humana. La pornografía distorsiona la sexualidad. El materialismo resulta insatisfactorio. El cambio climático se está convirtiendo en una religión sustituta para muchos. La gente teme a la muerte, pero casi ya no sabe para qué vive. Y en medio de ese mundo, la Iglesia posee algo extraordinario. Posee el Evangelio. Los sacramentos. La Eucaristía. La confesión. Dos mil años de sabiduría. Las Sagradas Escrituras. Los Padres de la Iglesia. Tomás de Aquino. Agustín. Los místicos. Los santos. Una tradición inigualable de arte, música, filosofía, moral y espiritualidad. Y, sobre todo: Jesucristo.

El mundo no espera a que otra organización más lo escuche. Ya hay suficientes. El mundo espera a que alguien le diga para qué fue creado.

De Emaús a Jerusalén.

Quizás el Evangelio de los discípulos en Emaús ofrece, en última instancia, el mejor modelo de auténtica sinodalidad católica. Cristo camina junto a los discípulos. Los escucha atentamente. Les pregunta qué les preocupa. Les permite hablar. Les da espacio para su decepción. Hasta este punto, cualquier manual sinodal estaría de acuerdo con entusiasmo. Pero entonces ocurre el acontecimiento decisivo. Cristo no confirma su interpretación. La corrige. Les abre las Escrituras. Les enseña a comprender los acontecimientos. Y finalmente, lo reconocen al partir el pan. Esta es la sinodalidad católica en su forma más pura. Y después de eso, los discípulos no permanecen reunidos indefinidamente en Emaús para evaluar su experiencia del camino. Se levantan. Regresan a Jerusalén. Van a proclamar el Evangelio. El proceso sinodal se estancó en Emaús, y la pregunta es si alguna vez podrán superarlo. Estamos tan ocupados discutiendo cómo la Iglesia debe caminar junta que a veces olvidamos hacia dónde se dirige.

La Iglesia católica, después de todo, no necesita un sínodo permanente sobre sí misma. Necesita santos. Obispos que enseñen. Sacerdotes que oren. Religiosos que vivan radicalmente para Dios. Padres que transmitan la fe. Jóvenes que descubran que la verdad es más que una opinión. Una liturgia en la que Dios esté verdaderamente en el centro. Confesiones donde los pecadores encuentren el perdón. Seminarios que formen hombres dispuestos a entregar sus vidas a Cristo. Católicos que no se pregunten constantemente cómo debe adaptarse la Iglesia al mundo, sino que tengan el valor de invitar al mundo a ser transformado por Cristo.

Porque, en última instancia, Cristo no envió a su Iglesia al mundo diciendo: Id y organizad procesos sinodales por todas partes. Dijo: «Id por todo el mundo y proclamad el Evangelio a toda criatura». Así nació la Iglesia. Y cada vez que se ha renovado verdaderamente, ha comenzado desde ahí.

Santo Padre,

permítame concluir esta carta con el mismo pensamiento con el que la comencé: la salvación de las almas. Espero y ruego que bajo su pontificado se vea una vez más claramente que la Iglesia no está llamada a debatir interminablemente sobre sí misma, sino a proclamar a Cristo; No para reflejar el espíritu de la época, sino para conducir al mundo a la vida eterna.

Los fieles pueden esperar que el sucesor de Pedro fortalezca a sus hermanos y hermanas en la fe, en medio de la confusión de nuestro tiempo. Que nos recuerde que la verdad que la Iglesia proclama no es una mercancía de la que podamos disponer a nuestro antojo, sino un tesoro precioso que hemos recibido y que debemos transmitir intacto. Que inspire valor en los sacerdotes que cumplen fielmente su vocación, en los religiosos que han consagrado su vida a Dios, en los padres que, a contracorriente, buscan educar a sus hijos en la fe católica, y en los jóvenes que, especialmente en una época de relativismo, anhelan la verdad, la santidad, la belleza y la aventura radical de una vida con Cristo.

Por lo tanto, mi oración es sencilla: concédenos claridad. Cuando el mundo hable con incertidumbre, que Pedro hable con claridad. Cuando la Iglesia se canse de los debates internos, que nos dirija una vez más a Cristo. Cuando nos perdamos en procedimientos y estructuras, que nos recuerde nuestra misión. Cuando tememos proclamar el Evangelio en toda su plenitud por temor a ofender al hombre moderno, recordemos las palabras de Pedro: «Señor, ¿a quién iremos? Tus palabras son palabras de vida eterna».

Santo Padre, escribo todo esto con sincero respeto por su ministerio y con amor por la Iglesia. Mi crítica al proceso sinodal no surge del deseo de sembrar división, sino del temor de que estemos desperdiciando un tiempo precioso mientras tantas personas ya no conocen a Cristo. La mies es abundante, pero los obreros son pocos. Las iglesias de Occidente se están vaciando, mientras que, al mismo tiempo, las nuevas generaciones parecen buscar la verdad y la trascendencia con renovado fervor. Ahora mismo, no necesitamos una Iglesia vacilante, sino una Iglesia misionera que conozca su tesoro y no tema mostrarlo al mundo.

Por lo tanto, ruego que su pontificado se caracterice por un renovado enfoque en lo que, en última instancia, es el corazón de toda verdadera reforma eclesial: Cristo, la conversión, la santidad, la Eucaristía, la evangelización y la salvación de las almas. Porque, una vez concluidos todos los sínodos, redactados todos los documentos, disueltas todas las comisiones y olvidados nuestros nombres, solo quedará la pregunta verdaderamente importante: ¿hemos acercado a Jesucristo al pueblo que nos ha sido confiado?

Que San Pedro interceda por ustedes. Que la Santísima Virgen María, Madre de la Iglesia, los proteja. Y que el Señor les conceda la sabiduría, el valor y la firmeza paternal para guiar a su Iglesia en la verdad y el amor.

Con sincera veneración, unidos en la oración,

en Cristo,
+Rob Mutsaerts,
Obispo Auxiliar de la Diócesis de 's-Hertogenbosch