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jueves, 15 de octubre de 2026

Reflexiones ante las elecciones anunciadas | Jesús Aguilar Marina






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La democracia ha hecho de la dignidad nacional una tragedia de pasillo de comedias, una farsa. Durante la Farsa del 78 hemos visto como todos los ideales han sido traicionados y todas las instituciones corrompidas.

Para todo español de bien, la patria es espíritu, un patrimonio espiritual que reside en cada uno de sus hijos y que se ha materializado en sus tradiciones y en su arte, en su idioma y en su historia. La patria es una conciencia colectiva unida en una idea transcendente. Y esa idea providencial, con la forja de todos sus valores individuales y culturales, es la sinfonía que llamamos España.

Pero dicha pieza orquestal, precisamente por su armonía de valores y su grandeza de hazañas, tiene enemigos; rivales que no pueden aceptar la felicidad del pueblo. Quienes pretenden desprestigiar el paisaje natal, despreciar sus costumbres y abominar de su religión y de sus compatriotas más conspicuos, en vez de estimularlos y encomiarlos todo lo posible, lo hacen impulsados por el resentimiento, un odio sombrío nacido de su naturaleza mezquina.

El socialcomunismo es hoy el gran enemigo de España, en permanente alianza con las oligarquías —interiores y exteriores— políticas y financieras. Sólo la victoria sobre este contubernio podrá salvar una vez más a la patria y evitar que se convierta en una colonia escindida, vulgar y globalista, regida y coaccionada por traficantes, sectarios y traidores.

Esta alianza amenazante, travestida ideológicamente a conveniencia a lo largo de los últimos siglos, transforma a nuestra nación siempre que puede en algo caduco, podrido y humillante. Y contra esa fuerza antiespañola debe enfrentarse sin desmayo el pueblo español libre, como ha venido ocurriendo históricamente. Movimientos, cruzadas, insurrecciones y rebeldías se han reiterado una y otra vez para sacudirse la decadencia a la que tratan de arrastrarla tales enemigos.

Lo ideal sería que la victoria sobre los odiadores no fuera de un partido, sino que los vencedores constituyeran una inmensa multitud. Una gran comunidad de españoles capaz de conducir a España en una sola dirección: la de un código de valores respetuoso con la dignidad y la excelencia, en el que se fundieran los principios de la civilización clásica, génesis de Occidente, con doctrinas, actitudes y propósitos genuinamente españoles, llenos de originalidad y de alma propia.

Una España soberana, en definitiva, reconocible, acreditada y auténtica, alejada de cualquier imitación de políticas extranjeras. Pero para alcanzar este objetivo es preciso un movimiento regenerador. En él todos los hombres y mujeres libres habrían de ser actores, reunidos por el amor y el deber patrio bajo la bandera y la inspiración de una idea y de un destino en pos de la España Una, Grande y Libre de nuestros sueños más altos.

Tras lo antedicho y ante las próximas elecciones anunciadas, ¿reconoce alguno de ustedes, mis amables lectores, esta España imprescindible y soñada en la España que contempla a su alrededor en el trajín cotidiano? ¿Ve alguno de ustedes la Fuerza Nacional veraz, competente y necesaria capaz de oponerse al Frente Popular de Sánchez y, más allá, al Sistema del que éste y sus secuaces dependen? ¿O lo que ve es una época y una sociedad en las que los derechos democráticos se interpretan de forma peculiar?

Nos gustaría afirmar que estos tiempos son idóneos para saber por fin cuántos pueden llamarse españoles de bien entre los más de 38 millones censados actualmente. Pero ello no es posible. Y no sólo porque muchos de ellos constituyen un aditamento espurio mediante fraude electoral; ni porque nadie garantiza la transparencia en los recuentos; sino sobre todo porque una gran parte de los electores restantes, debido al movimiento inmigratorio impuesto y a la artera aculturación implantada, carecen de raigambre y de sentimiento nacional español.
Exceptuando el próspero período franquista, la Farsa del 78 compendia todas las abominaciones sociopolíticas y culturales sufridas por España desde que, con la idolatrada democracia a la cabeza, el sistema liberal parlamentario impuso sus valores de esclavismo y codicia. 
Las directrices globalistas y sus sicarios ejecutores no sólo se han mostrado capaces de utilizar el dolor para ocultar sus maquinaciones, también han patentizado la voluntad de manipular el tiempo pasado para legitimar el poder. Esta es la amarga realidad que, entre otros muchos horrores, la mayoría de los electores españoles ignoran o desean ignorar.

Mas estas reflexiones no pretenden animar o desanimar al hipotético elector. Sólo exponer que en el actual cenagal en que los comediantes han convertido a la patria, unos nuevos comicios no resuelven los problemas de fondo. Las elecciones, como todo lo que corresponde a la Farsa del 78, están heridas de impostura. Pueden ser un paso adelante o un paso atrás. Hasta ahora, la experiencia nos dice que todas las anteriores —y han sido infinidad— han supuesto un viaje hacia el abismo: la legitimación de la trampa a mayor gloria y provecho de la antiespaña partidocrática y de sus parásitos.

La solución, pues, no pasa por elecciones, sino por el zapatazo sobre la mesa de quienes tienen poder para ello y se sienten españoles de bien, si es que hay alguien ahí con estas condiciones. Un zapatazo que en las actuales circunstancias —dada la putrefacción institucional al servicio de los traidores— sería no sólo legítimo, también legal.

«Estar preparado —dijo el escritor austríaco Arthur Schnitzler— es importante, saber esperar es aún más, pero aprovechar el momento adecuado es la clave de la vida». Y de la convivencia española en paz, justicia y prosperidad, añadiríamos nosotros.

Jesús Aguilar Marina | Poeta, crítico, articulista y narrador