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sábado, 31 de mayo de 2025

La contribución histórica y metafísica de Étienne Gilson



Al cumplirse veinte años de la muerte de Étienne Gilson, tenemos la ocasión de volver la mirada a su importante obra filosófica. El objetivo del presente artículo es exponer y valorar algunos aspectos de su contribución a la historia de la filosofía y a la comprensión del vacío metafísico de nuestro tiempo. El significativo esfuerzo que realizó por ir a las fuentes del pensamiento original de Santo Tomás de Aquino hizo posible resaltar una serie de nociones fundamentales de la filosofía del ser que, comprendidas apropiadamente y aplicadas a las cuestiones actuales, podrían iluminar la exigente tarea que hoy se presenta a la filosofía.

La influencia del pensamiento de Santo Tomás ha tenido momentos especialmente fuertes. Uno de ellos, que suele llamarse la segunda escolástica, se produjo en el tiempo del Concilio de Trento, en el cual las obras del Santo fueron intensamente estudiadas y comentadas, dando origen a múltiples desarrollos filosóficos y teológicos (1).

En el siglo XIX se dio un movimiento análogo, a cuyos representantes se suma Étienne Gilson. Llamado comúnmente neo-tomismo, este movimiento recibirá un impulso en la carta encíclica Aeterni Patris (1879) del Papa León XIII. Este documento, así como los pensadores católicos que se vieron inspirados por él, no buscaban propiciar un regreso al pensamiento del siglo XIII, ignorando la filosofía contemporánea. Se trató más bien de revalorizar el pensamiento de los maestros de la escolástica, en particular la doctrina del Doctor Angélico, impulsar su estudio desde las fuentes, y aportar en el esclarecimiento de la relación entre filosofía y teología, a fin de ofrecer a los católicos los recursos necesarios para integrar los mejores aportes de la cultura y el pensamiento filosófico de su tiempo a la luz de la fe cristiana.

Excede el propósito del presente trabajo analizar en qué medida y cómo tal objetivo se cumplió en general. Esta línea de pensamiento, además, no es homogénea (2), y el aporte de sus representantes, impulsado por un punto de partida común, conoce desarrollos bastante dispares. En el amplio espectro del neo-tomismo, se cuentan desde autores que buscan recoger y seguir el sistema de Santo Tomás, hasta aquellos que toman a Santo Tomás como un punto de partida para hacer una confrontación con la problemática moderna del pensamiento. Entre los primeros están Ambrose Gardeil, Reginald Garrigou-Lagrange y Antonin-Dalmace Sertillanges en Francia, Gallus Manser en Suiza, Paolo Dezza en Italia, Mieczyslaw Krapiec en Polonia, entre otros. Entre los segundos no puede dejarse de notar amplias divergencias según los dispares grados de cercanía al pensamiento de Santo Tomás: los que son muy cercanos, como Jacques Maritain y Josef Pieper, o bastante más alejados, como Pierre Rousselot y Joseph Maréchal, quienes buscan combinar, no siempre con buenos resultados, el elemento tomista con otras influencias filosóficas, como el idealismo alemán o el existencialismo.

Este intento de renovación del tomismo, en el marco del pensamiento católico de los siglos XIX y XX, es el amplio ámbito en el que se desenvolvió la obra de Étienne Gilson, y en cuyo impulso fundamental se le incluye.


1. Estudiante, maestro, historiador de la filosofía


Étienne Gilson nació en París el 13 de junio de 1884. En esta ciudad recibió su primera educación en el seminario diocesano de Notre-Dame-des-Champs, y luego en el Liceo Enrique IV, lugar en que obtuvo el bachillerato en filosofía y letras, donde también estudió Jacques Maritain. Fue formado desde joven en el sentido artístico, siendo la literatura, la música y las artes plásticas intereses que permanecieron en él. Y después de cumplir con el servicio militar, estudió en la Sorbona (3).

Interesado en la metafísica desde sus primeros estudios filosóficos, asistió a los cursos de Henri Bergson en el Collége de France, que fueron importantes para él en la toma de distancia del positivismo de sus profesores de la Sorbona. Gilson no nació tomista (4); en realidad, su principal interés durante los estudios universitarios fueron los filósofos modernos, y llegó al pensamiento de Santo Tomás a través de sus estudios cartesianos. Lucien Lévy-Bruhl, uno de sus profesores (5), lo orientó a investigar las influencias del pensamiento de Descartes para su tesis doctoral, lo cual lo condujo directamente a la filosofía escolástica.

En el curso de sus investigaciones sobre la influencia escolástica en el pensamiento cartesiano, una de sus conclusiones fue que a pesar del esfuerzo de Descartes y otros autores modernos por poner entre paréntesis el pensamiento de los siglos anteriores y construir un edificio filosófico nuevo desde sus cimientos, la mayoría de las categorías que utilizaban provenían de la escolástica: "Tal vez se deban a la influencia preponderante ejercida por el Cristianismo en el transcurso de ese período algunos de los principios directores en que la filosofía moderna se ha inspirado. Examínese sumariamente la producción filosófica de los siglos XVII, XVIII y aun XIX, y se discernirán inmediatamente caracteres que parecen de difícil explicación si no se toma en cuenta el trabajo de reflexión racional desarrollado por el pensamiento cristiano entre el fin de la época helenística y el comienzo del Renacimiento" (6). Cuando relata el inicio de sus estudios escolásticos, Gilson explica así su orientación: "En cuanto vi claro que, técnicamente hablando, la metafísica de Descartes no era más que un amaño chapucero de la metafísica escolástica, decidí aprender la metafísica de aquellos que realmente la habían sabido, es decir, de aquellos escolásticos a quienes mis profesores de filosofía podían despreciar libremente, ya que no los habían leído" (7). Tras estudiar a Santo Tomás y a San Buenaventura, se dio cuenta de que el rico florecimiento de la filosofía escolástica había sido silenciado, y que los pensadores modernos dependían de ésta en muchos sentidos. Gilson dedicó sus mayores esfuerzos a la comprensión de esta etapa, y es así como se inició uno de los mejores historiadores de la filosofía escolástica de nuestro tiempo.

Su actividad docente en Lille, iniciada en 1913, fue interrumpida por la Primera Guerra Mundial, y retomada a su término (8). Se trasladó después a la Universidad de Estrasburgo, y luego enseñó en la Sorbona y en la École pratique des Hautes-Études de París, donde empezó a publicar la revista anual "Archivos de historia doctrinal y literaria de la Edad Media".

Se le conoció en Europa y América por su gran dominio de los autores escolásticos desde sus fuentes, y muchos convienen en llamarlo el gran medievalista del siglo XX. Fue solicitado para enseñar en diversos países, y desde el año 1926 empezaron sus viajes a Canadá y Estados Unidos. Se le invitó a fundar el Instituto de Estudios Medievales de la Universidad de Toronto, formado oficialmente en 1929. Sus estudiantes extendieron su influjo por toda América del Norte. Entre los cursos dictados en sus viajes se encuentran lecciones magistrales que luego se convertirían en algunas de sus obras de mayor relevancia en el ámbito filosófico: las "Gifford Lectures" en Aberdeen (1931-32), publicadas bajo el título El espíritu de la filosofía medieval, las "William James Lectures" en Harvard (1936) publicadas como La unidad de la experiencia filosófica, y la inauguración de la Cátedra Cardenal Mercier en Lovaina en 1952, que dio origen a su libro Las metamorfosis de la ciudad de Dios.

Como se ha dicho, uno de los más significativos aportes de Étienne Gilson a la filosofía de nuestro tiempo fue el impulso que dio al estudio del pensamiento de la escolástica, en particular de Santo Tomás, desde las fuentes, manteniéndose bastante independiente de las interpretaciones hechas tanto por sus discípulos y comentadores, como por sus adversarios.

Fruto maduro de estos esfuerzos es el aporte de Gilson al estudio histórico del pensamiento escolástico. Sus trabajos de historia de la filosofía son abundantes y rigurosos. Tiene obras panorámicas, como La filosofía en la Edad Media y El espíritu de la filosofía medieval, y obras más bien monográficas que exponen el pensamiento de un autor, como su Introducción al estudio de San Agustín (1929) o sus libros La filosofía de San Buenaventura (1924) y Duns Scoto (1952). La principal exposición sistemática que hace del pensamiento de Santo Tomás se encuentra en su libro El tomismo. Introducción al sistema de Santo Tomás de Aquino (1925). Menos conocidos son sus estudios sobre otras etapas de la historia de la filosofía, como Filosofía moderna: de Descartes a Kant (1963), y Filosofía contemporánea: de Hegel al presente (1966).

2. La filosofía cristiana

El marco de sus estudios sobre el pensamiento medieval lo constituye la noción de filosofía cristiana. Gilson, en sus "Gifford Lectures", ha hecho un análisis de aquello que tenían en común los filósofos escolásticos, aquello que constituye "el espíritu de la filosofía medieval": la manera de hacer filosofía, integrando las luces provenientes de la razón humana y de la revelación divina. La filosofía cristiana se define en función de su relación con los datos provenientes de la revelación. ¿En qué consiste esa forma de pensamiento filosófico? "Para que una filosofía cristiana merezca verdaderamente ese título, es menester que lo sobrenatural descienda, a título de elemento constitutivo, no en su textura, lo que sería contradictorio, sino en la obra de su constitución. Llamo, pues, filosofía cristiana a toda filosofía que, aun cuando haga la distinción formal de los dos órdenes, considere la revelación cristiana como un auxiliar indispensable de la razón" (9). A partir de la constatación histórica de esta forma de hacer filosofía, busca describirla y defender su validez y actualidad (10).

Quizá Gilson no midió el alcance de la encendida discusión que surgiría acerca de la validez del concepto mismo de filosofía cristiana, en la que de manera inmediata se involucraron él mismo y el historiador racionalista Emile Bréhier, quien aducía que el cristianismo, en realidad, no era una doctrina especulativa, sino únicamente una predicación que exigía un carácter moral o práctico (11). Esta suposición la basaba en la afirmación de que el Evangelio no ha introducido, históricamente, ninguna influencia notable en el desarrollo de la filosofía, de modo que -en opinión de Bréhier- no es posible hablar de una filosofía cristiana. En 1931 la Sociedad francesa de filosofía promovió un primer debate en torno al tema en el que participaron, además de los mencionados, Léon Brunschvicg, Gabriel Marcel, Maurice Blondel, Marie-Dominique Chenu y Jacques Maritain, entre otros (12). Martin Heidegger, por otro lado, se opuso resueltamente al concepto mismo de filosofía cristiana, y sus argumentos han tenido y tienen aún gran influjo en el pensamiento filosófico. Para él la noción de filosofía cristiana constituye una contradicción, puesto que el acto filosófico primigenio que es la búsqueda del sentido del ser supone una puesta en cuestión radical que es inadmisible para la fe. Heidegger reconoce que la fe brinda una respuesta a la pregunta filosófica por el sentido del ser, pero considera que al responder se ahoga la pregunta filosófica misma, se elimina. Las sólidas certezas de la fe y el eterno e insaciable preguntar filosófico son planteados así por el pensador alemán como dos caminos posibles y mutuamente excluyentes ante la cuestión fundamental de la vida humana que es la cuestión sobre el sentido del ser (13). Encontramos aquí una de las más radicales formulaciones de la nefasta oposición entre fe y razón que en nuestro tiempo parece generalizarse, y que deja a tantos en la triste situación de no querer ver saciada su hambre de sentido.

Posteriormente un gran número de filósofos de diversas líneas de pensamiento se involucrarían en la discusión, haciéndola más compleja y extensa. No podemos incluir en estas breves páginas la historia de este proceso sin desviarnos de nuestro objetivo. De hecho en ese momento las relaciones entre razón y fe estaban siendo abordadas de una manera poco orgánica, aun por quienes procuraban mostrar que entre ellas no había oposición, como el propio Étienne Gilson. Más que una síntesis que mostrara que razón y fe se reclaman mutuamente, se procuraba alcanzar un difícil equilibrio entre ambos aspectos ¾en ocasiones incluso inclinado hacia el racionalismo¾, en el acento quizás excesivo que se daba a la autonomía de la filosofía y la insuficiente consideración de su relación vital con la revelación, o bien en la confianza a momentos desmesurada en las posibilidades de la sola razón, sin considerar suficientemente la misteriosa profundidad de lo real, que es más inagotable aún por esa única vía.

Entre el fideísmo y el racionalismo, extremos excluyentes y evidentemente errados, existe una amplia gama de tendencias que han ido planteándose en la búsqueda de una mirada auténticamente integral. Con el tiempo se ha ido llegando a un mayor esclarecimiento de los términos, a fin de superar soluciones unilaterales y caminar hacia una síntesis más profunda en la explicación de las relaciones entre la fe y la razón. Esta discusión ha ido situándose en una perspectiva más antropológica, lo cual ha favorecido la comprensión del problema, donde la necesaria distinción entre fe y razón, entre disciplina filosófica y teológica, no tiene por qué llevar a una separación, pues forman parte del único impulso del ser humano hacia la verdad, como se puede ver en la reciente encíclica Fides et ratio de S.S. Juan Pablo II.

3. El pensamiento de Santo Tomás de Aquino

En cuanto al aporte de Gilson a la historia de la filosofía, y en particular al tomismo, hay que decir que es ciertamente muy importante. Tocaremos aquí tres puntos cuyo esclarecimiento ha sido especialmente relevante para la comprensión del pensamiento del Doctor Angélico, y en los que el estudioso francés ha aportado de manera significativa: a) la distinción entre el pensamiento de Santo Tomás y el de Aristóteles; b) la distinción entre los diversos sistemas de los maestros de la escolástica; c) la distinción entre el pensamiento de Santo Tomás y el de sus comentadores posteriores.

En cuanto a la relación del pensamiento de Santo Tomás con el de Aristóteles, hay que notar que durante mucho tiempo existió la idea de que la doctrina de Aristóteles se identificaría con la verdad filosófica en su estado acabado, y por ello se daba por hecho que Santo Tomás había asumido las ideas del Estagirita en muchos más puntos que los que en realidad asumió. Muchas precisiones son hechas por Gilson al respecto en sus consistentes estudios. Sin entrar en detalle, vale la pena recoger un pasaje de El espíritu de la filosofía medieval donde busca expresar el modo en que el Aquinate tomó a Aristóteles como fuente: "Santo Tomás puede escribir páginas sobre la Metafísica sin decirnos jamás que Aristóteles no enseña la creación del mundo, ni que la niega. Bien sabe que Aristóteles no la enseña, pero lo que le interesa es ver y mostrar que aun cuando Aristóteles no tuvo conciencia de esa verdad capital, sus principios, permaneciendo lo que eran, no son incapaces de contenerla. Pero no lo son sino con la condición de sufrir un ahondamiento que él mismo no había previsto, y profundizarlos de ese modo es hacerlos todavía más conformes con su propia esencia, porque es hacerlos más verdaderos" (13).

Se manifiesta aquí una forma de relación que no puede ser obviada: Santo Tomás andaba en busca de la comprensión de la realidad, y siguió a Aristóteles tanto cuanto le brindara conceptos para ahondar en lo real, apartándose de él en cuanto tuviera mayores luces, como de hecho le brindó la revelación cristiana (14). En el corazón del pensamiento filosófico, que es la metafísica, Santo Tomás asume a Aristóteles, pero lo supera. Éste había descubierto una dimensión del ser, que es la sustancia, y Santo Tomás asume esta dimensión, sin por ello reducir el ser a la mera sustancialidad, como había hecho el Estagirita: "¿Qué es el ser según Tomás de Aquino? En un primer sentido, es lo que Aristóteles había dicho que era, a saber: la sustancia... La presencia en el tomismo de un nivel aristotélico, en el que el ser se concibe como idéntico a la ousía, está fuera de duda, y, puesto que Aristóteles está en Tomás de Aquino, existe siempre para sus lectores la tentación de reducirlo a Aristóteles" (15).

En cuanto a la relación del pensamiento de Santo Tomás con el de los otros filósofos escolásticos, Gilson reconoce, como hemos visto, un elemento de unidad. ¿Qué es lo que hay en común entre los diversos sistemas filosóficos escolásticos? No ciertamente todas las conclusiones, ni tampoco todas las premisas, sino la forma de hacer filosofía, que integra vitalmente los datos teológicos: esto es, la filosofía cristiana, a la cual nos hemos referido brevemente.

También estudia Gilson en diversos lugares, entre ellos su obra La filosofía en la Edad Media, las profundas diferencias entre los distintos sistemas de los pensadores de dicha época: "Existen en el ámbito mismo de la escolástica unas filosofías que de ninguna manera pueden reducirse a unidad: San Buenaventura, por ejemplo, sostiene unos criterios radicalmente diversos de los de Santo Tomás en varios puntos capitales, como son la noción de ser, la idea de causa, el conocimiento racional o natural, etc. Y lo mismo dígase con referencia a los otros grandes doctores, como Anselmo de Aosta, Duns Escoto, etc." (16). Sin embargo, el espíritu común y la complementariedad que existe entre ellos, hace que los diversos sistemas no sean mutuamente excluyentes, como esclarece la conclusión de su Introducción al estudio de San Agustín: "No cabe duda alguna de que estas dos actitudes no son dogmáticamente contradictorias: San Agustín no excluye a Santo Tomás de Aquino, en el centro de toda filosofía cristiana, más bien lo prepara y lo reclama; pero no intentamos sostener que el plan de las dos exposiciones sea el mismo" (17).

En cuanto a la relación del pensamiento de Santo Tomás con el de sus comentadores, Gilson afirma decididamente su conclusión: el único tomismo auténtico es el que se encuentra en los textos de Santo Tomás de Aquino. La forma de ser un genuino tomista es filosofar en el modo en que él mismo lo hizo. Tras estudiar el pensamiento que exponen los clásicos comentadores de Santo Tomás y contrastarlo con las fuentes, sostiene que no hay una coincidencia en los principios fundamentales, en particular en la comprensión del primer principio del pensamiento, que es el ser. En efecto, para Gilson, la piedra de toque de la fidelidad al pensamiento de Santo Tomás es compartir su noción de esse, que acentúa la existencia. Sobre este punto, que es el elemento central de su comprensión del Aquinate, nos detendremos en adelante. Pero hay que notar que la radicalidad con la que Gilson defiende este punto lo lleva a hacer juicios muy duros sobre los representantes del tomismo. En este sentido se ha dicho que "Gilson no reconoce más que un solo y único criterio de tomismo: la comprensión existencial del ser. Es preciso, entonces, para las otras formas de "tomismo", de suyo incompatibles con la enseñanza del Maestro, hablar de pseudotomistas" (18).

Aunque la dura crítica de Gilson a los comentadores de Santo Tomás es amplia, uno de sus blancos principales es el Cardenal Tomás de Vío (19). Según el p. Bonino, quien reseña el anticayetanismo de Gilson, los principales errores que señala son tres: el esencialismo que implica un desconocimiento de la noción de esse como acto, la demasía aristotélica que lo lleva a plantear más coincidencias de Santo Tomás con Aristóteles que las reales, y el filosofismo, un ejercicio de la racionalidad filosófica separada de la fe, que el Aquinate no planteó, porque según la noción de filosofía cristiana expuesta por Gilson, él siempre hacía filosofía en el marco de un horizonte teológico (20).

Según el filósofo francés, tanto Suárez, a pesar de su profesión de fidelidad a Santo Tomás, como los neo-escolásticos jesuitas, como también los comentaristas dominicos, caen en una serie de errores semejantes. Sin embargo, es bastante positivo con respecto al p. Domingo Báñez, S.J., en quien encuentra una confirmación de sus propias críticas a los comentadores que no encuentran en el esse como acto el principio primero del pensamiento de Santo Tomás. El p. Bonino observa que "el gran mérito de Báñez, a los ojos de Gilson, es haber mantenido o reencontrado la interpretación existencial del acto de ser... Báñez es, para Gilson, el que ha sabido desvelar y estigmatizar las deformaciones que Cayetano hacía sufrir al pensamiento del Maestro, en su contenido y también en su espíritu" (21).

Es mucho más crítico con Maréchal, quien intenta combinar el pensamiento del Aquinate con el de Kant. Según Gilson, Maréchal nunca entendió ni a Kant ni a Santo Tomás, al procurar asumir el punto de partida y el método trascendental kantiano para llegar al realismo tomista, lo cual es incompatible por principio (22). Una vez que se parte del idealismo, encerrándose en la subjetividad y perdiendo contacto con lo real, no habrá forma de edificar el propio camino a la realidad objetiva. Kant fue consecuente con su punto de partida al declarar imposible el conocimiento del noúmeno, de la cosa en sí misma.

De lo dicho puede quedar la sensación de que Gilson, al descalificar a los comentadores, se constituya en el único juez de la recta comprensión del tomismo. De hecho el p. Bonino considera que hay algo de esto, sosteniendo que la falla en el análisis historiográfico de Gilson es "la reducción de los criterios de fidelidad a Santo Tomás a la única comprensión del "esse"" (23). En este sentido sería injusto plantear ese criterio como exclusivo y juzgar a todos los tomistas en función de un único elemento.

Pero más allá de la valoración que se haga de cada uno de los juicios históricos de Gilson, el centro de su acertada propuesta es la de ir a las fuentes para dejar que el Aquinate sea su propio intérprete, que en lugar de juzgar a Santo Tomás por sus comentadores, se juzgue a los comentadores por Santo Tomás. Aunque no en todos los casos las duras críticas de Gilson hayan hecho justicia, sea como fuere se ha venido demostrando con el estudio de las fuentes que existe en efecto una distancia significativa entre el pensamiento del Doctor Angélico y los que otrora se consideraron sus comentadores más fieles.

4. El ser como primer principio

Gilson comprende que la unidad entre historia de la filosofía y metafísica es muy profunda. Como la primera se hace más fecunda y puede ser juzgada a la luz de la segunda, así también la metafísica puede enriquecerse significativamente con los estudios históricos. Una de las constataciones históricas que le preocupó sobremanera fue descubrir cuánto había decaído la metafísica entre el pensamiento escolástico y el tiempo moderno.

Procurando explicárselo históricamente, buscó también ofrecer elementos de orientación en su propia reflexión metafísica, basada en la filosofía del ser de Santo Tomás. En la metafísica de Gilson tiene mucha importancia la captación del ser como primer principio del conocimiento: "Si es verdad que el pensamiento humano está siempre en torno al ser; que todo y cada aspecto de la realidad e incluso de la irrealidad es por fuerza concebido como ser y definido en referencia al ser, se sigue que el ser es lo primero que se entiende, lo último en que, a la postre, se resuelve todo conocimiento y lo único que se incluye en todas nuestras aprehensiones. Lo que está al principio, al final y siempre en todo conocimiento humano es su primer principio y su constante punto de referencia" (24).

Dado que es condición de posibilidad de todo conocimiento, hay que renunciar a buscar una justificación inteligible del ser a partir de algún término que le sea anterior, puesto que el ser mismo es anterior. Es necesario renunciar también a encontrarle una justificación dialéctica interna, porque esto no hace justicia a la captación del ser en general (25). No se trata, como se ha dicho, de una mera abstracción, sino de un encuentro vital que no puede darse a través de la sola intelección. Gilson dirá que como todo principio primero, se capta en una visión simple y primordial, en la intuición del ser, que no es una percepción sensible ni una abstracción conceptual. Se trata de una experiencia del ser que es universal en tanto que todos la viven, aunque no todos reflexionen sobre ella.

Todo análisis de la realidad debe culminar por ello en una metafísica, que es la ciencia del ser. En efecto, un sistema de pensamiento sólo puede ser juzgado a la luz de su comprensión del ser, que es la piedra de toque de todo sistema. Ya que el ser se presenta inmediatamente a la persona en su experiencia como fundamento de todo aquello que es, podemos decir que el ser humano es metafísico "por su misma naturaleza", pues la captación de los primeros principios es una operación natural ligada a la naturaleza misma del intelecto (26). Decir que es lo primero en la realidad no significa que es lo que se comprende con mayor facilidad, ni lo que en línea temporal preocupa primero a la persona. Significa más bien que es aquello cuya presencia o ausencia implica la presencia o ausencia de todo lo demás en la realidad.

5. Ante la crisis de la metafísica

El ser, este principio fundamental accesible a toda mente humana, está sin embargo puesto entre paréntesis en la reflexión filosófica actual. Si bien todo filósofo debiera siempre poner como lo primero en su mente lo que es primero en la realidad, y lo que es primero en la realidad es el ser, no siempre esta verdad de sentido común es asumida por la reflexión filosófica. Gilson identifica como raíz de esto el olvido del fundamento, diciendo que "las condiciones caóticas de la filosofía contemporánea, con su correspondiente desbarajuste moral, social, político y pedagógico, no se deben a falta de perspicacia filosófica por parte de los pensadores modernos, sino que se origina, sencillamente, en el hecho de que hemos errado el camino, por habernos olvidado de ciertos principios fundamentales que, por ser verdaderos, son los únicos en que puede basarse, lo mismo ahora que en tiempos de Platón, todo saber filosófico digno de tal nombre" (27).

Es interesante encontrar en los diagnósticos que hizo Étienne Gilson en su momento ¾incluso no teniendo a la vista sus últimos alcances¾ algunos problemas que aquejan hoy a la filosofía, que no son tan nuevos como podría pensarse. Por ejemplo, cuando habla del antiguo problema del escepticismo, considerado como una "célebre forma de desesperación metafísica", lo caricaturiza con agudeza: "La única posición dogmática todavía mantenida en tales círculos filosóficos es que, si un filósofo se siente razonablemente seguro de estar en lo cierto, entonces es seguro que se equivoca" (28).

En efecto, la experiencia de encuentro con el ser, la experiencia de que la totalidad de lo real es, si bien causó el asombro de los primeros filósofos, no fue puesta en duda por ellos. Como primer principio, es una realidad tan fundamental que no cabe definirla ni justificarla, y aun así no parece ser comúnmente aceptada como tal en nuestro tiempo. Como afirma el Papa Juan Pablo II, la filosofía moderna ha dejado de orientar su investigación sobre el ser, lo cual ha llevado a minusvalorar los recursos cognoscitivos del ser humano, su posibilidad de alcanzar un conocimiento seguro acerca del ser, en síntesis, a una crisis de la verdad (29). Una cultura de la "tolerancia", de lo "políticamente correcto" (30), donde todo es aceptado mientras no se afirme con certeza, es una de las manifestaciones actuales de este escepticismo, hoy popular en muchos ámbitos filosóficos a pesar de que constituye la antítesis de la filosofía misma (31).

Para responder al escepticismo, la ruta de Gilson es clara: "El escepticismo es una enfermedad filosófica... para la cual no hay más remedio que volver a la ciencia del ente en cuanto ente: la metafísica... Todos los fracasos de la metafísica debieran ser atribuidos, no a la metafísica, sino más bien a los errores cometidos repetidamente por los metafísicos en lo que se refiere al primer principio del conocimiento humano, esto es, al ente" (32). Gilson tiene, pues, la idea de que la crisis de la metafísica es más bien una crisis de los metafísicos. La confusión sobre la noción de ser no es un problema meramente teórico, sino que involucra todo lo real, toda la aproximación de la persona al mundo, a sí mismo, a los demás, a Dios, y se presenta hoy gravemente difundido. Se trata de personas que desarraigan su vida de la experiencia de lo real. Se trata de una conciencia del fundamento último de la existencia que hoy se viene perdiendo a un nivel de profundidad sin precedentes. Esto es algo que contradice de tal modo la disposición natural de apertura al ser que la mente tiene, que Gilson califica el extravío de la metafísica como "algo casi fantásticamente paradójico", llegando a preguntarse cómo es posible que tantos filósofos hayan sido incapaces de concebir el ente apropiadamente.

Si la causa del extravío de la metafísica es la renuncia de los metafísicos a la conciencia del ser ¾y podría quizás ampliarse hasta abarcar la pérdida del sentido del ser que se difunde en la cultura¾, se comprende lo oportuno del diagnóstico y del llamado que el Papa Juan Pablo II hace en la Fides et ratio: "A veces, quien por vocación estaba llamado a expresar en formas culturales el resultado de la propia especulación, ha desviado la mirada de la verdad, prefiriendo el éxito inmediato en lugar del esfuerzo de la investigación paciente sobre lo que merece ser vivido. La filosofía, que tiene la gran responsabilidad de formar el pensamiento y la cultura por medio de la llamada continua a la búsqueda de lo verdadero, debe recuperar con fuerza su vocación originaria" (33).

Hay una responsabilidad filosófica que no está siendo asumida. ¿Por qué? Podríamos extraer alguna luz sobre esto de un texto en que Gilson afirma "que el fallo no reside necesariamente en la naturaleza de la mente humana, y que el ente mismo podría ser parcialmente responsable de la dificultad. Puede muy bien haber algo en su misma naturaleza que invita a los filósofos a comportarse como si el miedo al ente fuese el inicio de la sabiduría" (34). Salvando la ironía, y sin culpar al ente de la ceguera de los filósofos, en el fondo contiene una verdad: el ser es misterioso, lo cual significa que su profundidad, aun manifestándose al entendimiento y siendo cognoscible, desafía los más finos esfuerzos de la razón humana, que no lo agota aunque permanece abierta sin embargo a la búsqueda de su mayor comprensión.

6. Confusión acerca del ser

En la modernidad, según Gilson, la metafísica termina siendo descalificada a través de un largo y complejo proceso de confusión acerca de la noción de ser, donde se erige como fundamento o primer principio de lo real alguno de los elementos o características del ente, en lugar del ente mismo, hasta que por fin su comprensión se declara imposible.

El proceso histórico que llevó a este desenlace es analizado en su estudio sobre el tema, El ser y la esencia, que luego será reelaborado y sintetizado en El ser y los filósofos, y que deseamos seguir aquí en sus líneas principales. Las dos grandes direcciones en las que el problema se ha planteado, desde Parménides hasta Jean-Paul Sartre, son para Gilson el esencialismo -que olvida la existencia- y el existencialismo -que olvida la esencia-.

Para comprender esta reducción hay que empezar distinguiendo los dos aspectos diversos pero inseparablemente unidos del ser. Gilson lo explica así: "La palabra ser, como nombre, designa una sustancia, mientras que la palabra ser, equivalente de esse, es verbo y designa un acto" (35). La sustancia, en tanto que inteligible, constituye la esencia. El acto de ser se identifica con la existencia.

El esencialismo consiste en desconocer este último aspecto, la existencia o el ser como acto, y ha sido muy frecuente en la historia del pensamiento. El punto no es irrelevante. Una transformación en la noción de ser que es el primer paso del pensamiento, extiende sus consecuencias en la totalidad de la visión del mundo, en todos los resultados de la reflexión, que termina desarraigándose de lo real. Una de las explicaciones que da Gilson a la frecuencia con que los pensadores ceden a esta reducción es la imposibilidad de atrapar en conceptos la huidiza realidad de la existencia.

Larga es la lista de aquellos que de una manera u otra se quedan con la dimensión esencial y pierden de vista el acto por el cual las cosas existen, y muy distintos entre sí muchas veces son sus sistemas filosóficos, pero la reducción mencionada los afecta a todos desde el núcleo mismo de su metafísica. Parménides, por ejemplo, excluye del ser lo cambiante. Platón, heredero de Parménides, afirma la igualdad entre ser e identidad, por tanto también considera al ser como inmune al cambio, y procura identificar el ser de la cosa con lo inteligible en ella. Los dos mundos separados de Platón serían consecuencia de su indiferencia con relación al orden de la existencia actual.

Para Aristóteles, considerando el giro que hace en la valoración de la dimensión sensible de la realidad, el ser no será la idea platónica, sino la sustancia. Sin embargo, la existencia es igualmente dejada fuera. Gilson mostrará con agudeza las consecuencias del esencialismo que allí subyace: "Este hecho fundamental entraña varias consecuencias embarazosas, la primera de las cuales es que, después de todo lo dicho, regresamos a Platón. Ha sido observado a menudo, y con exactitud, que las formas de Aristóteles no son sino las ideas de Platón bajadas del cielo a la tierra. Conocemos una forma por medio del ser al que da origen, y conocemos este ser por su definición. En cuanto cognoscible y conocida, la forma se llama "esencia"" (36).

Averroes, heredando el mundo de las sustancias aristotélicas, extrema las consecuencias de todo ello, llevando su esencialismo hasta la eliminación de toda referencia a la existencia. Esta aproximación, bajo ropajes muy distintos, ha surcado la historia del pensamiento. Las consecuencias de esto se dejan sentir en la concepción del mundo que de ello resulta: "Herméticamente sellado frente a cualquier clase de novedad, el mundo inexistencial de Aristóteles ha atravesado siglo tras siglo plenamente desentendido del hecho de que el mundo de la filosofía y de la ciencia estaba cambiando constantemente a su alrededor. Ya se lo considere en el siglo trece, en el catorce, en el quince o en el dieciséis, el mundo de Averroes sigue siendo sustancialmente el mismo, y los averroístas podrán hacer poca cosa más que repetirse eternamente a sí mismos, porque el mundo de Aristóteles era un mundo que se autorrepetía eternamente... Sin novedad, sin desarrollo, sin historia, ¡qué masa inerte de ser es el mundo de la sustancia!" (37). Para Gilson, Avicena continuará a su modo la tradición esencialista, y Escoto, quien lo combate, comparte sin embargo, en otros términos, la noción de ser que está en el fondo de su pensamiento, que se identifica meramente con la esencia (38).

Si el Cardenal Cayetano, comentador más autorizado de Santo Tomás, lo interpretó como hemos visto, desconociendo la dimensión de la existencia en el esse, el papel que tuvo Suárez fue -según Gilson- extender dicho problema al pensamiento moderno (39). La gravedad de esto está en que se considera un ser como real por el hecho de tener una esencia, prescindiendo de si existe o no. Se dice que el ser es real¸ no sólo cuando es actual o existente, sino también cuando es meramente posible. La protesta de Gilson ante esta equiparación de lo existente con lo que es sólo especulable, se hace enérgica: "La razón sólo tiene un recurso para dar cuenta de lo que no proviene de ella misma, dice E. Meyerson, y es reducirlo a la nada. Esto es lo que el esencialismo, al menos, ha hecho a una excepcionalmente gran escala, reduciendo a la nada el acto mismo en virtud del cual el ser es actualmente" (40).

En el fondo, el pensamiento moderno ha asumido el esencialismo metafísico. Tanto Descartes como Spinoza (41), tanto Kant (42) como Hegel (43), cada cual desde la peculiaridad de su sistema, son -según nuestro autor- deudores y difusores de esta perspectiva, que provocará por reacción una reducción opuesta: "En el secular proceso de "la esencia contra la existencia", la esencia ha ganado por fin el pleito; lo que significa, por supuesto, que el proceso de la "existencia contra la esencia" está a punto de volver a empezar..." (44).

Es así como en el existencialismo, en opinión de Gilson, se ensaya una reivindicación de la existencia, pero unilateral como el problema ante el cual reacciona, abandonando esta vez el aspecto de la esencia: "En el caso de Wolff y de Hegel, teníamos ontología sin existencia, pero en la especulación de Kierkegaard parece que hayamos sido abandonados a una existencia sin ontología, es decir, sin una metafísica especulativa del ser" (45). Rescatar a la existencia no sólo constituye un esfuerzo filosófico valioso, sino una necesidad realmente imperiosa para que el pensamiento pueda auténticamente dar cuenta de la realidad, y en primer lugar de la experiencia del ser humano, pero ello no implica perder de vista la integridad del fundamento ontológico en el que se sostiene.

La existencia, al entenderse en conflicto con la esencia, se desvirtúa haciendo de la vida humana un absurdo: "Esta identificación de la existencia como una ruptura permanente del ser se ha convertido, después de Kierkegaard, en el punto de partida del existencialismo contemporáneo. Es un hecho sabido que el moderno existencialismo no es un asunto precisamente alegre, pero no hay razón alguna para que hubiera de serlo. Si ser un existente es tener existencia, y si la existencia no es sino un constante fracaso de ser, unido a un perpetuo e inútil esfuerzo por superar ese fracaso, la vida humana difícilmente puede ser algo agradable... En las doctrinas en que la existencia no es más que una carencia de ser, si no es, en palabras del propio Jean-Paul Sartre, una enfermedad del ser, no es de admirar que el descubrir la propia existencia actual acabe en la "angustia" o en la "náusea", si no coincide con el descubrir el propio "absurdo", para acabar finalmente en la desesperación" (46).

Una de las graves consecuencias de esta eliminación de la esencia de la comprensión del ser, es que éste se hace ininteligible. Siendo la esencia el aspecto inteligible del ser, desconocerla es negar al mismo tiempo la racionalidad de lo real y la apertura del hombre a esta dimensión. Gilson notará que "Kierkegaard no está volviendo en modo alguno al cogito de Descartes. Justamente al contrario, porque no es cierto decir que, si pienso, soy. Según Kierkegaard, si pienso, no soy" (47). De este modo, la misma filosofía queda cuestionada en su esfuerzo de captación intelectual del ser: "La reacción de la existencia contra la esencia está llamada a convertirse en una reacción de la existencia contra la filosofía..." (48).

Llegados a este punto del desarrollo del problema, podemos comprender mejor el papel que jugó la confusión sobre la noción de ser en el proceso que ha llevado al actual cuestionamiento de la metafísica, que ha derivado en una deformación de la filosofía misma, al negarle el acceso a la realidad. Esto no llegó de improviso. Hay que buscar sus raíces en las reducciones que antecedieron este desenlace y que no encontraron una decisiva aclaración: "Así, pues, tras innumerables metafísicas del ser en las que nada se había previsto para la existencia actual, la existencia no encuentra nada mejor que separarse del ser... Si la filosofía no necesita la existencia, ¿por qué habría de tener la existencia ninguna necesidad de la filosofía? El divorcio entre existencia y filosofía es, pues, abierto y absoluto. Pero la principal responsabilidad de él se encuentra, no en Kierkegaard, sino en aquella especulación abstracta sobre las esencias posibles que tan obstinadamente se ha negado a unir la esencia y la existencia en la unidad del ser" (49).

7. Esencia y existencia

Étienne Gilson sostiene que una perspectiva de síntesis ante este problema ya ha sido dada en la unidad entre esencia y existencia que enseñó Santo Tomás de Aquino, doctrina que sus sucesores no han sabido entender ni comunicar de manera completa (50). Independientemente de cuál sea en realidad la distribución de las responsabilidades en esta cuestión, el hecho es que Gilson ha hecho un gran servicio al recoger, desde las mismas fuentes, uno de los principales aspectos de la filosofía del ser enseñada por el Doctor Angélico, y desarrollarlo, subrayando con fuerza su oportunidad para nuestro tiempo.

Gilson pone de manifiesto que en la metafísica de Santo Tomás la existencia está incluida en el concepto de ser. Según él, Santo Tomás incluso destaca la primacía de la existencia sobre la esencia, como lo que hace actual a la forma y la esencia, haciendo que el ente exista efectivamente. Tomar en serio la existencia, e incluso conferirle una primacía, no lo hace sin embargo caer en el error de suprimir la esencia. El tomismo sería en realidad una síntesis metafísica que incluye esencia y existencia.

En polémica contra la "ontología", que para él sería una metafísica comprendida en sentido esencialista, opone a este enfoque su metafísica del esse ut actus essendi, o metafísica existencial, que, basada en las enseñanzas de Santo Tomás de Aquino, se fija en el acto de ser, destacando su relevancia como principio primero del conocimiento. Roberto Diodato resume los rasgos de la metafísica existencial de Gilson en tres elementos característicos.

En primer lugar, la imposibilidad de conceptualizar el actus essendi por encontrarse más allá de la esencia; de hecho el encuentro con la existencia de los entes es una experiencia humana primordial que no se reduce a la dimensión intelectual, a la abstracción de un concepto. Puede darse a partir de la percepción de cualquier ente, pero se trata de una experiencia que también va más allá de lo sensible. No es causada por los entes en cuanto entes, sino por los entes en cuanto que revelan o atestiguan el ser que los habita (51).

En segundo lugar, la particular relación que se establece entre la essentia y el esse en el ente, donde la esencia determina, delimita al acto de ser. De hecho, la unidad indivisible entre esencia y existencia en el ente hacen que se constituya un ente existencial (52). Esta unidad es tan natural que hace desaparecer la confrontación antinómica entre esencia y existencia.

En tercer lugar, la estructural incomprensibilidad del ente en sí mismo, no en el sentido de que no se le pueda conocer, sino poniendo de relieve su realidad misteriosa por la cual el intelecto no lo abarca, sino que se apoya en él, como principio primero (53).

De hecho, es importante notar que la consideración de la existencia aporta un intrínseco dinamismo a la metafísica (54). La consideración de los seres en su situación concreta y en el proceso de su desarrollo histórico se oculta a quien sólo toma en cuenta la esencia. Es interesante en este sentido su consideración del dinamismo teleológico presente en el ser: apunta a realizarse, a ir desarrollando en el tiempo su propia esencia. "Y lo primero que el ser hace es hacerle a su propia esencia ser, esto es, "ser un ente". Ello se hace de golpe, completa y definitivamente, porque, entre ser o no ser, no hay posición intermedia. Pero lo siguiente que el "ser" hace es comenzar a llevar su propia esencia individual hacia su acabamiento. Comienza a hacerlo de inmediato, pero el trabajo llevará tiempo y, en el caso de entes corpóreos tales como los hombres, por ejemplo, tendrá que ser un lento proceso. A cada uno de nosotros le cuesta toda una vida el acabar su propia individualidad temporal" (55).

Poner la mirada en la existencia lleva también a Gilson a resaltar, como lo hizo el Doctor Angélico, el papel activo que juega cada ente, participando a su modo de la causalidad divina: "La existencia puede llevar a cabo esas operaciones. Puesto que ser es ser acto, es también capaz de actuar... Si, pues, Dios los ha hecho parecerse a sí mismo dándoles la existencia, consecuentemente, los ha hecho parecerse a sí mismo dándoles el poder de ejercer, de suyo, acciones causales. Ésta es la razón por la que aunque ningún ente finito puede crear la existencia, todos ellos pueden al menos comunicarla" (56).

La consideración de este dinamismo existencial de las realidades significa un importante enriquecimiento con respecto a la metafísica aristotélica, que no se ve cancelada sino completada en la metafísica de la existencia del Doctor Angélico (57). Efectivamente, las consecuencias de esta perspectiva en lo medular, que es la metafísica, implican una serie de consecuencias en todas las diversas ramas de la filosofía y por tanto en toda la visión del mundo. Las realidades materiales recuperan su entera valoración, al participar de la causalidad y al llevar en sí mismas un dinamismo teleológico. Al considerar no solamente a la esencia sino a cada existente, los individuos de cada especie adquieren un inmenso valor, por tener un ser propio. Al mismo tiempo, participan del bien común de su especie, y por ello ningún otro puede serles indiferente, puesto que apuntan a un mismo fin: "Santos, filósofos, científicos, artistas, artesanos, no hay dos hombres que sean idénticos, porque aun el más humilde de entre ellos es en última instancia su propio "ser"; aunque ninguno de ellos está realmente solo. Ser no es ser una soledad. Todo hombre puede participar del bien común de su especie, y nada de lo humano le es extraño. No, nada de lo que es es extraño para él. Miembro de la hermandad universal del ser, puede experimentar en sí mismo que ser es "tender hacia", y puede ver que todas las demás cosas están actuando con respecto a un cierto fin, un fin que es ciertamente el mismo en todos los casos, a saber: ser" (58).

La epistemología también se transforma a la luz de esta concepción del ser, puesto que "si conocer es conocer las cosas tal como son ¾pues de otro modo no se las conoce en absoluto¾, conocerlas es alcanzar no sólo sus formas, sino su mismo "ser". A menos que penetre la realidad hasta su entraña más profunda, el conocimiento perderá lo que constituye la entraña misma de su objeto" (59). El realismo epistemológico brota con naturalidad cuando se tiene claro el fundamento en la filosofía del ser, y se sitúa en una perspectiva existencial: "Conocer un ente existencial no es sólo conocer su esencia; no es ni siquiera conocer las existencias; es, precisamente, conocer existentes... Es verdadero cuando los datos del conocimiento intelectual abstracto y los de la intuición sensible coinciden plenamente... El conocimiento no sólo puede, sino que debe, ser a la vez objetivo y existencial" (60). El desafío de constituir una epistemología realista que sea al mismo tiempo objetiva y existencial, es una fundamental e irresuelta tarea que se presenta como una exigencia para la filosofía de nuestro tiempo.

8. Historia y metafísica hoy

Étienne Gilson abrió indudablemente muchas puertas para la historia de la filosofía y para la metafísica. Aunque no en todos los casos sus conclusiones hayan de ser seguidas, muchos han encontrando un camino abierto gracias a su notable esfuerzo de investigación y reflexión, que da muestras de un admirable rigor y fineza de análisis. De hecho Gilson ha realizado un decisivo aporte a la recuperación de la memoria histórica del pensamiento cristiano, tan olvidada y silenciada en la modernidad, especialmente a partir de la Ilustración. El Papa Pablo VI resalta esto en la carta que escribe al filósofo, cuando afirma que ha "introducido a nuestros contemporáneos a las frecuentemente olvidadas o rechazadas riquezas de la filosofía medieval" (61).

Es interesante también la forma en que Gilson enfoca los estudios históricos, en estrecha relación con la filosofía sistemática, y en especial con la metafísica. Busca beber de las fuentes históricas para recoger todo aquello que permita al pensamiento ser siempre más acorde con lo real. Dialoga con todo aquel que tenga verdad. Esto es especialmente importante considerando que vivimos en un tiempo en el que la crisis de la verdad desfigura los estudios históricos, en particular cuando se trata de la historia del pensamiento. Cuando la posibilidad del conocimiento de la verdad está puesta seriamente en cuestión, la filosofía pierde el contacto con lo real y se reduce a discurso. De este modo, o bien se elimina la historia de la filosofía como inútil o irrelevante, porque lo único que importa es el discurso que cada uno construya independientemente; o bien se reduce toda la filosofía a la historia de la filosofía, convirtiéndola en una gran colección de discursos que se estudian de manera descriptiva, evitando todo juicio acerca de su mayor o menor veracidad. La pregunta con la que surgió la filosofía, la pregunta por lo que es y su sentido, queda de este modo abandonada. Incluso en el marco de muchos estudios sobre Santo Tomás que se han hecho en el ámbito católico, en ocasiones la cuestión se reduce a la disputa por servirse de su autoridad, en lo cual ya se traiciona en cierto modo la apertura al ser.

Sobre el dicho "somos como enanos sentados en los hombros de gigantes", Gilson comentaba: "Muchos contemporáneos nuestros quieren permanecer en el suelo; poniendo su gloria en no ver nada más, a menos que sea por ellos mismos, se consuelan de su estatura convenciéndose de que son viejos. Triste vejez aquella que pierde la memoria. Si fuera cierto, como se ha dicho, que Santo Tomás fue un niño y Descartes un hombre, estaríamos muy cerca de la decrepitud. Anhelemos más bien que la eterna juventud de lo verdadero nos conserve largo tiempo en su infancia, llenos de esperanza en lo porvenir y de fuerza para entrar en él" (62). El sentido de la historia va siempre unido a la búsqueda de la verdad, y no es para el pensador ocasión de anquilosamiento, sino por el contrario, le da impulso para que su propio esfuerzo pueda llegar más lejos.

Por otra parte, Gilson aporta un desarrollo metafísico que ha sido recogido de las enseñanzas del Doctor Angélico, analizado y propuesto para nuestro tiempo, como valora también S.S. Pablo VI: "Usted ha vuelto a poner a la luz una fuente de sabiduría de la cual nuestra sociedad orientada técnicamente debiera sacar gran provecho, puesto que suele estar fascinada con el "tener", pero es con frecuencia ciega al sentido del "ser" y sus raíces metafísicas" (63). No podemos dejar de agradecer esto como un significativo aporte en el esclarecimiento de los primeros principios rectores del entendimiento humano, abonando a una perspectiva realista. La contribución de Gilson a la recuperación del sentido del ser tiene en la actualidad una gran importancia por la crisis de fundamentos que atraviesa nuestra cultura, y tiene una serie de implicancias antropológicas que probablemente ni siquiera él tuvo a la vista. De inmenso valor es también su rescate de la noción tomista del ser, que implica una valoración y primacía de la dimensión de la existencia sin desconocer la dimensión de la esencia, de donde se siguen tantos frutos para la reflexión metafísica.

En efecto, la pregunta por el ser no es un abstruso problema de conceptos metafísicos. Si es verdad que la confusión en la noción de ser lleva a consecuencias tan graves, hay que preguntarse por qué los hombres se confunden en torno a un principio tan fundamental. Ante una serie de manifestaciones de la pérdida del sentido del ser en la cultura actual, cabe preguntarse cómo la persona humana puede llegar a tomar con naturalidad el escepticismo hasta negar en su pensamiento la evidencia de la existencia, cómo puede cerrarse a la pregunta por el sentido de la propia vida que brota naturalmente de su espíritu a cada paso. El misterio del ser, que es el objeto fundamental de las pesquisas de la mente humana, atrae y asusta a la vez. Esto es verdad de todo aquello que es, empezando por nuestro propio ser. Nuestra humanidad es el primer misterio que somos llamados a profundizar. Con todo, en el camino de la humana búsqueda, permanece siempre presente la posibilidad de cerrarse ante el ser, la opción por el no ser. Hoy en día esta opción parece ejercer una extraña fascinación en una gran cantidad de personas con la popularización del nihilismo, y expresarse en múltiples expresiones de la cultura de muerte.

La cerrazón al ser en general es, pues, en el fondo, cerrazón a la propia vocación humana, que es el corazón de toda la naturaleza creada. El don de la existencia, que todos reciben gratuitamente, remite también a la fuente y origen de todo lo que es, a Dios, quien es fuente del don singular de la vida humana y de su sentido. Dios sostiene nuestra existencia en el ser y nos invita a la participación de su Ser y de su Amor. Por ello el misterio del ser nos remite a la dimensión trascendente de nuestra existencia. El don de la existencia a la vez compromete y exige ser acogido en todo el esplendor de su verdad, con disponibilidad, humildad y obediencia. Por eso se podría decir que la cerrazón al ser, el miedo al ser, es en el fondo miedo a Dios, y también miedo a uno mismo.

Aun si Gilson no ha puesto de relieve la perspectiva antropológica del problema, como ha hecho en nuestros días la Fides et ratio, el aporte que hace en el esclarecimiento del asunto en el ámbito metafísico es ciertamente significativo.


Franca Zadra Alarco

Franca Zadra Alarco es directora del Centro de Estudios para la Persona y la Cultura de la Universidad San Pablo, en Arequipa. Es también miembro del Consejo Editorial de la revista "VE".

Notas

1. Entre los primeros gestores de esta renovación del pensamiento tomista, en el ámbito de los dominicos se cuentan al Cardenal Tomás de Vío (conocido como Cayetano), Silvestre de Ferrara, Domingo Báñez y Pedro Cockraert. Esta obra será continuada por figuras como Francisco de Vitoria, Melchor Cano y Juan de Santo Tomás. Entre los jesuitas es importante mencionar a Francisco de Toledo y la vasta obra de Francisco Suárez. Pedro da Fonseca, Gabriel Vásquez y Luis de Molina avanzan también en esta línea. [Regresar]

2. En un estudio titulado Tendencias de escuela de la filosofía neoescolástica, Emerich Coreth distingue tres principales líneas: el tomismo, que se basa en la enseñanza de Santo Tomás y de sus comentadores (especialmente dominicos), el suarecianismo, inspirados en Santo Tomás, pero tomando también de otros maestros de la escolástica, desde la perspectiva de Francisco Suárez (especialmente jesuitas), y el escotismo, inspirado especialmente en el lado franciscano de la escolástica: San Buenaventura, Juan Duns Scoto (en E. Coreth, W.M. Neidl, G. Pfligersdorffer [eds.], Filosofía cristiana en el pensamiento católico de los siglos XIX y XX, t. 2, Encuentro, Madrid 1994, pp. 361ss). [Regresar]

3. Se matriculó en esta casa de estudios en 1904; en 1905 recibió su licenciatura; en 1906 su diploma de estudios superiores de la facultad de letras; y en 1907 su agregación para la enseñanza del Ministerio de Instrucción Pública. [Regresar]

4. Él mismo lo relata en Dios y la filosofía, Emecé, Buenos Aires 1958, p. 18: "Fui educado en un colegio católico francés, de donde salí, tras siete años de estudios, sin haber oído ni una sola vez, al menos en lo que recuerdo, el nombre de Santo Tomás de Aquino. Cuando me llegó la hora de estudiar filosofía, asistí a un colegio dependiente del Estado, y cuyo profesor de filosofía ¾un discípulo tardío de Victor Cousin¾ jamás había leído, evidentemente, ni una línea de Santo Tomás de Aquino. En la Sorbona ninguno de mis profesores conocía la doctrina tomista, y todo lo que supe de ella fue que, si hubiera alguien tan tonto como para ponerse a estudiarla, sólo hallaría en ella una expresión de esa Escolástica que, desde los tiempos de Descartes, pasó a ser mera pieza de arqueología mental". [Regresar]

5. Entre otros conocidos pensadores que fueron sus maestros, se encuentran Léon Brunschwicg, Emile Durckheim y Victor Debos. [Regresar]

6. Étienne Gilson, El problema de la filosofía cristiana, en El espíritu de la filosofía medieval, Rialp, Madrid 1981, p. 22. [Regresar]

7. Étienne Gilson, Dios y la filosofía, ob. cit., p. 20. [Regresar]

8. Ver Armand Maurer, Étienne Gilson, en E. Coreth, W.M. Neidl, G. Pfligersdorffer (eds.), ob. cit., pp. 475-497. [Regresar]

9. Étienne Gilson, La noción de filosofía cristiana, en El espíritu de la filosofía medieval, ob. cit., p. 41. Otra consideración elocuente sobre el tema es la siguiente: "Ese esfuerzo de la verdad creída por transformarse en verdad sabida, es verdaderamente la vida de la sabiduría cristiana, y el cuerpo de las verdades racionales que ese esfuerzo nos entrega, es la filosofía cristiana misma. El contenido de la filosofía cristiana es, pues, el cuerpo de las verdades racionales que han sido descubiertas, profundizadas o simplemente salvaguardadas, gracias a la ayuda que la revelación ha prestado a la razón" (allí mismo, p. 39). [Regresar]

10. "¿Por qué rehusaríamos a priori admitir que el Cristianismo haya podido cambiar el curso de la historia de la filosofía, abriendo a la razón humana, por medio de la fe, perspectivas que aquélla no había descubierto aún? Éste es un hecho que puede no haberse producido, pero nada autoriza a afirmar que no puede haberse producido. Y aún podemos ir más allá: hasta decir que una simple mirada por la historia de la filosofía invita a creer que ese hecho se ha producido realmente" (Étienne Gilson, El problema de la filosofía cristiana, en El espíritu de la filosofía medieval, ob. cit., p. 21). [Regresar]

11. Así se expresó en tres conferencias pronunciadas en el Instituto de estudios superiores de Bruselas, y publicadas en 1931 en la "Revue de Métaphysique et de Morale". Estas tesis ya las había puesto por escrito en las primeras ediciones de su Historia de la Filosofía, aparecidas de 1926 a 1928. [Regresar]

12. El debate fue publicado en el "Bulletin de la Societé français de philosophie", XXI (1931), pp. 37-93. Es oportuno recoger también el testimonio de esta discusión que ofrece el p. De Lubac. Ver Letters of Étienne Gilson to Henri de Lubac with commentary by Henri de Lubac, Ignatius Press, San Francisco 1988, pp. 121-126. Otra exposición de las posiciones se encuentra en Antonio Livi, Étienne Gilson. Filosofía cristiana e idea del límite crítico, Eunsa, Pamplona 1970, pp. 151-178. [Regresar]

13. "Quien se halla en el terreno de esta fe, ciertamente puede seguirnos y realizar con nosotros, en cierta manera, el preguntar de nuestra pregunta, pero no puede preguntar de una manera auténtica sin renunciar a su posición de creyente, con todas las consecuencias de este paso. Sólo puede actuar "como si"... Para la fe cristiana originaria, la filosofía es una necedad" (ver Martin Heidegger, Introducción a la metafísica, Gedisa, Barcelona 1993, pp. 16-17). [Regresar]

13. Étienne Gilson, La Edad Media y la filosofía, en El espíritu de la filosofía medieval, ob. cit., p. 385. [Regresar]

14. Étienne Gilson, La Edad Media y la filosofía, en El espíritu de la filosofía medieval, ob. cit., p. 385. [Regresar]

15. Étienne Gilson, El ser y los filósofos, Eunsa, Pamplona 1996, p. 208. Acusando esta reducción, sigue diciendo: "Se pueden citar innumerables textos en apoyo de tal interpretación, y no hay necesidad de manipularlos para que la apoyen. Lo único que hay que hacer es omitir todos los otros textos, proceso que, de hecho, nunca ha cesado entre las sucesivas generaciones de sus intérpretes" (lug. cit). [Regresar]

16. Ver Antonio Livi, ob. cit., p. 77. Esta conclusión, que hoy el estudio de las fuentes escolásticas confirma ampliamente, trajo a Gilson las severas críticas de Pierre Mandonnet y de Gabriel Théry, entre otros (ver allí mismo, pp. 78-79). [Regresar]

17. Étienne Gilson, Introduction a l'Étude de Saint Augustin, Librairie Philosophique J. Vrin, París 1929, p. 298. La cita expresa la complementaridad de los sistemas, aunque quizás sea un tanto excesivo decir que uno "prepara y reclama" al otro. [Regresar]

18. Serge-Thomas Bonino, O.P., La historiografía de la escuela tomista: el caso Gilson, en "Scripta Theologica" 26 (1994/3), p. 960. [Regresar]

19. En el artículo citado, el p. Bonino hace una descripción del anticayetanismo de Gilson, que se desarrolla en sus escritos: Nota sobre un texto de Cayetano (1952), Nota sobre el "revelabile" según Cayetano (1953), Cayetano y la existencia (1953) y Cayetano y el humanismo teológico (1956). [Regresar]

20. Allí mismo, p. 960. [Regresar]

21. Allí mismo, pp. 974-975. [Regresar]

22. Ver Gerald Mc Cool, The Neo-Thomists, Marquette University Press, Milwaukee 1994, pp. 137-152. [Regresar]

23. Serge-Thomas Bonino, O.P., ob. cit., pp. 975-976. [Regresar]

24. Étienne Gilson, La unidad de la experiencia filosófica, Rialp, Madrid 1998, p. 268. [Regresar]

25. Ver Étienne Gilson, Costanti filosofiche dell´essere, Massimo, Milán 1993, p. 163. Ver también La unidad de la experiencia filosófica, ob. cit., p. 269: "La razón no puede probar ninguno de esos principios porque en ese caso no serían principios sino conclusiones; pero por su medio, prueba lo demás". [Regresar]

26. Ver Étienne Gilson, Costanti filosofiche dell´essere, ob. cit., p. 21. Ver también La unidad de la experiencia filosófica, ob. cit., p. 264, donde afirma que "el hombre es un animal metafísico por naturaleza". [Regresar]

27. Étienne Gilson, Dios y la filosofía, ob. cit., p. 21. [Regresar]

28. Étienne Gilson, El ser y los filósofos, ob. cit., p. 15. [Regresar]

29. Ver Fides et ratio, 5: "Ha surgido en el hombre contemporáneo, y no sólo entre algunos filósofos, actitudes de difusa desconfianza respecto de los grandes recursos cognoscitivos del ser humano. Con falsa modestia, se conforman con verdades parciales y provisionales, sin intentar hacer preguntas radicales sobre el sentido y el fundamento último de la vida humana, personal y social...". [Regresar]

30. Ver el análisis que hace Luis Fernando Figari sobre lo "políticamente correcto" en Lenguaje, homogeneización y globalización, en "Vida y Espiritualidad", enero-abril de 1998, año 14, n. 39, pp. 83-103, quien afirma que es "el fruto de una postura ideológica relativista, compleja y paradójica, ligada por un lado a la "homogeneización" a través del lenguaje, y por otro al concepto de "multiculturalismo", y nutrida de esa reiterada afirmación de que a través de la revolución infotécnica global se recibirán múltiples ofertas de "verdades" ¾entre comillas¾ que exigen un trato igual" (p. 88). [Regresar]

31. En el artículo citado, Figari explica que para Robert Nozick, un afamado pensador liberal de Harvard que sostiene la teoría de lo "políticamente correcto", "una filosofía tendría que mantener simultáneamente planteamientos mutuamente excluyentes, pues no ha de rechazar ninguno" (p. 93). ¿Acaso esto no expresa la renuncia a la búsqueda de la verdad, es decir, la muerte del conocimiento filosófico? [Regresar]

32. Étienne Gilson, El ser y los filósofos, ob. cit., p. 20. El Santo Padre en la Fides et ratio incluirá la metafísica como una de las exigencias fundamentales para la filosofía en nuestro tiempo: "Es necesaria una filosofía de alcance auténticamente metafísico, capaz de trascender los datos empíricos, para llegar, en su búsqueda de la verdad, a algo absoluto, último y fundamental" (n. 83). [Regresar]

33. Fides et ratio, 6. [Regresar]

34. Étienne Gilson, El ser y los filósofos, ob. cit., p. 21. [Regresar]

35. Étienne Gilson, Dios y la filosofía, ob. cit., p. 82. [Regresar]

36. Allí mismo, p. 75. Gilson dice también que "el principal error de Aristóteles, así como de sus seguidores, fue usar el verbo "ser" con un solo significado, cuando realmente tiene dos. Si significa que una cosa es, entonces sólo los individuos son, y las formas no son; si significa lo que una cosa es, entonces sólo las formas son y los individuos no son. La controversia sobre el ser de los universales no tiene otro origen que el descuido del mismo Aristóteles en hacer esta fundamental distinción. En su filosofía, del mismo modo que en la de Platón, lo que es, no existe, y lo que existe, no es" (allí mismo, p. 77). [Regresar]

37. Allí mismo, pp. 104-105. [Regresar]

38. "La estructura del ser escotista es mucho más compleja que la del de Avicena, pero la médula sigue siendo la misma en ambas doctrinas, y es la esencia o naturaleza" (allí mismo, p. 119). [Regresar]

39. El mismo Wolff conoce a Santo Tomás a través de Suárez, y piensa que pertenece al Doctor Angélico la concepción suareziana del ser como esencia. Así como Wolff, muchos en adelante heredarán esta confusión: "Suárez se ha hecho responsable de la expansión de una metafísica de las esencias que profesa la desatención de las existencias como irrelevantes para su propio objeto" (allí mismo, p. 145). [Regresar]

40. Allí mismo, p. 146. [Regresar]

41. "Si no hay un concepto definible de existencia, entonces la existencia no es nada. Ahora bien, en esto al menos, Spinoza es fiel a Descartes, así como Descartes había sido fiel a Suárez. No estoy diciendo que Suárez, Descartes y Spinoza hayan enseñado la misma metafísica; tan sólo afirmo que su actitud con respecto a la existencia como tal fue sustancialmente la misma. Para todos ellos, la existencia no es sino la actualidad completa de la esencia y nada más" (allí mismo, p. 150). [Regresar]

42. "De hecho, Kant no especulará nunca sobre la existencia como tal, pero tampoco la negará nunca ni la olvidará. Más bien, la pondrá entre paréntesis, de manera que esté siempre presente donde haya conocimiento real, pero sin que limite de ningún modo la espontaneidad del entendimiento humano..." (allí mismo, p. 169). [Regresar]

43. "Sin embargo, y después de todo, el idealismo absoluto de Hegel es una cabal reposición del antiguo esencialismo, presentándose tan triunfante que se oculta bajo sus trofeos. La lógica ha engullido toda la realidad" (allí mismo, p. 187). [Regresar]

44. Lug. cit. [Regresar]

45. Allí mismo, p. 192. [Regresar]

46. Allí mismo, pp. 199-200. [Regresar]

47. Allí mismo, p. 197. [Regresar]

48. Allí mismo, p. 187. [Regresar]

49. Allí mismo, p. 201. [Regresar]

50. "Al hacer el balance de la metafísica escolástica, no debería olvidarse nunca que los filósofos cristianos no fueron capaces de confiar a sus sucesores el más grande descubrimiento metafísico que ninguno de ellos jamás hiciera. Uno no puede dejar de preguntarse cuántos de ellos llegaron siquiera a entenderlo" (allí mismo, p. 159). [Regresar]

51. Ver Étienne Gilson, Costanti filosofiche dell´essere, ob. cit., p. 153. [Regresar]

52. "En una doctrina como ésta, la palabra "ente" no se puede usar sin que signifique a la vez la cosa que un cierto ente es y el acto existencial que le hace ser un "ente". Tomado en sí mismo, el ente existencial es sólidamente compacto, totalmente reunido, por así decir gracias al acto en virtud del cual es actualmente" (Étienne Gilson, El ser y los filósofos, ob. cit., p. 234). [Regresar]

53. Roberto Diodato lo explica en su introducción a la obra de Gilson publicada bajo el título Costanti filosofiche dell´essere, ob. cit., p. 10. [Regresar]

54. "Puesto que la esencia abstracta es estática, mientras que la existencia es dinámica, una tal metafísica del ser debe ser necesariamente dinámica... No: ser y después actuar, sino: ser es actuar" (Étienne Gilson, El ser y los filósofos, ob. cit., p. 239). [Regresar]

55. Allí mismo, pp. 239-240. [Regresar]

56. Lug. cit. [Regresar]

57. "Puesto que el aristotelismo había sido un dinamismo, Tomás de Aquino vio el modo de incluirlo en su propia metafísica del ser, pero, puesto que había sido un dinamismo de la forma, hubo de profundizarlo con un dinamismo del esse (ser). Al hacerlo, toda la panorámica filosófica de la realidad se volvió distinta de repente" (allí mismo, p. 241). [Regresar]

58. Lug. cit. [Regresar]

59. Allí mismo, p. 243. [Regresar]

60. Allí mismo, pp. 243-244. [Regresar]

61. Pablo VI, Carta autógrafa al estimado profesor Étienne Gilson, nuestro hijo en Jesucristo, en "L'Osservatore Romano", 11/9/1975. [Regresar]

62. Étienne Gilson, La Edad Media y la filosofía, en El espíritu de la filosofía medieval, ob. cit., p. 386. [Regresar]

63. Pablo VI, Carta autógrafa al estimado profesor Étienne Gilson, nuestro hijo en Jesucristo, en "L'Osservatore Romano", 11/9/1975. [Regresar]

viernes, 30 de mayo de 2025

San Agustín, santo patrono de nuestro tiempo



A principios de mes regresé de una estancia de dos semanas en Roma para seguir la preparación y conclusión del reciente cónclave. Fue una experiencia increíble. El día antes de la elección del cardenal Prevost, un amigo y colega, el excelente Jayd Henricks, me preguntó cuál era el nombre papal del nuevo Papa. Le respondí Agustín. Más que Benito, Domingo o cualquier otro santo, Agustín es el patrón obvio de nuestra época. Por supuesto, no tuvimos un “Papa Agustín”. Pero teníamos un agustino. Pienso –y espero– que esto sea significativo. Y trataré de explicar por qué.

Al observar el pontificado de Francisco, me pregunto si una de sus principales funciones, aunque no fuera intencionada, fue la de proporcionar una ruptura clara entre el período posconciliar inmediato y sus conflictos, y algo vivo, orgánico y nuevo en el papado de León. Vivimos en tiempos turbulentos. Es similar a la Reforma, no en los detalles históricos, sino en los impulsos y dinámicas subyacentes. Es una transformación profunda en cómo vemos el mundo, cómo se organiza la sociedad y lo que significa ser humano, todo impulsado por tecnologías que hacen que la imprenta de Gutenberg parezca un juguete.

De hecho, estamos al final de una era y al comienzo de otra. Y aquí es exactamente donde se encontró Agustín como obispo de Hipona, mientras el antiguo mundo romano se estaba desmoronando. Agustín fue siempre un realista, pero también un hombre de esperanza. Dirigió, alentó y sirvió fielmente a su pueblo durante un período extremadamente difícil, al tiempo que produjo algunos de los pensamientos más brillantes y fructíferos de la historia de la humanidad. Si León XIV puede transmitir una fracción de esa riqueza a través de su formación agustiniana, la Iglesia sanará y prosperará.

Necesitamos esta nueva vida. Lo necesitamos porque muchos de nosotros –demasiados en mi generación– vivimos nuestra fe principalmente como un código práctico de conducta diaria y de buena ética social. Pero esto no es cristianismo y para ello no necesitamos a Jesucristo ni su cruz. Los católicos en este país históricamente han sido forasteros y no bienvenidos. Durante el último siglo, hemos trabajado duro para ser aceptados en la cultura estadounidense. En cierto sentido, ésta se ha convertido en nuestra verdadera religión. Y hemos tenido un éxito tan notable que muchos de nosotros somos mucho más fielmente “estadounidenses” que “católicos”. El resultado es predecible.

Gran parte de la vida estadounidense actual es una mezcla de espiritualidad vana que no requiere mucho tiempo ni atención y un ateísmo práctico y generalizado que sí lo requiere. La disminución del número de católicos en todo el país es simplemente la verdad que se asoma a través de las capas de autoengaño que hemos acumulado como Iglesia a lo largo de medio siglo o más. La verdad puede ser dolorosa, pero nunca es negativa. La verdad nos hace libres: libres para cambiar; libres para recordar quiénes somos como católicos y por qué estamos aquí; y libre para hacerlo mejor.

La cuestión es ésta: lo que elegimos o no elegimos, lo que hacemos o no hacemos, importa. Agustín dijo que ser fiel en las cosas pequeñas es una gran cosa, y las pequeñas cosas que hacemos pueden tener consecuencias muy grandes. Nuestra tarea no es triunfar sino testimoniar. Recuperar la humildad acerca de nuestras apostasías silenciosas, la necesidad de una conversión más profunda y la claridad acerca de los desafíos que se avecinan para la vida católica en nuestro país: estos son los comienzos de la renovación de nuestra Iglesia y nuestra nación. Y podemos agradecer a nuestros actuales medios de comunicación y líderes políticos, de ambos partidos, por impulsar este proceso con el regalo involuntario de su mendacidad.

La historia es una gran maestra, y una de sus lecciones es ésta: bajo presión, los tibios se desvanecen. Pero los fieles se hacen más fuertes, más comprometidos con la verdad y, por tanto, más profundamente libres. Ésta ha sido siempre la historia de la Iglesia. Y Dios siempre gana. Siempre. A pesar de todos los insultos dirigidos a la Iglesia a lo largo de los siglos; a pesar de sus peores períodos de abandono y corrupción; A pesar de nuestros pecados, fracasos y actos más ingeniosos de autosabotaje como discípulos: estamos aquí hoy, en el nombre de Dios, por Su gracia.

Agustín también dijo que la gente siempre se queja de la oscuridad de los tiempos; pero nosotros somos los tiempos, somos nosotros los que hacemos los tiempos. Y si no mejoramos los tiempos en el nombre de Jesucristo, los tiempos nos harán peores en nombre de dioses menores y peores. Por eso es importante nuestra vida y nuestro servicio a la Iglesia.

He trabajado dentro y alrededor de la Iglesia durante 47 años. Fue un gran privilegio. He visto mucho, he hecho mucho y he aprendido mucho. Pero hay un problema. Las mismas cosas que hacen que las personas sean buenas en lo que hacen también pueden cegarlas a otras posibilidades, otras soluciones, otras ideas. Por eso los jóvenes católicos deben aprender de los dinosaurios [en el sentido de símbolos de antigüedad y de conexión con el pasado - n.d.r.] que los precedieron – dinosaurios como yo, pero espero que más inteligentes que yo – sin dejarnos atrapar por nuestros errores y nuestros límites.

A la mayoría de nosotros hoy en día nunca se nos pedirá que derramemos nuestra sangre por nadie ni por nada, incluida nuestra fe. Pero se nos pide vivir para Dios y para los demás, día tras día, todos los días, sin importar el coste. La vida en Jesucristo no es un conjunto de “debería y no debería”. Es una historia de amor; una familia de amigos unidos como hermanos y hermanas por su amor a Dios y por su amor, estímulo y apoyo mutuo. Esta experiencia de comunión cristiana ha sido el núcleo y el consuelo de mi matrimonio y de mi familia. Ha enriquecido nuestras vidas infinitamente con amigos que comparten la misión. Y no puedo desear mayor alegría y mayor bendición a quien lea estas líneas.

Francis X. Maier

SINODALIDAD, ¿de verdad cabemos todos? | P. Santiago Martín FM |




DURACIÓN 15 MINUTOS

martes, 20 de mayo de 2025

La Paz de Cristo y nuestras preocupaciones (Padre Alfonso Gálvez)



Homilía del 6 de abril de 1982

Duración 24:37 minutos

León XIV. ¡Qué decepción!



No podría ser más conciliar (o más bien conciliarista) que esto. Cito la conclusión del discurso pronunciado hoy por León XIV a los representantes de las demás religiones aquí presentes y las consiguientes reflexiones generales. No sin antes continuar con otras consideraciones sobre todo el contenido del documento. Por favor, profundice más a través de los numerosos enlaces de referencia porque de lo contrario tendría que escribir un artículo kilométrico (y no tengo fuerzas para ello).

Queridos todos, gracias nuevamente por vuestra cercanía. Invoquemos la bendición de Dios en nuestros corazones: que su infinita bondad y sabiduría nos ayuden a vivir como sus hijos y hermanos entre nosotros, para que la esperanza crezca en el mundo. Muchas gracias.

Es la falsa “hermandad” herética de Bergoglio.

Mientras tanto me pregunto en qué consiste Cristo en el Centro en el lema y en las palabras de este Papa, cuando sobre las afirmaciones precedentes me veo obligado a hacer las siguientes aclaraciones.

Todos somos criaturas de Dios, pero sólo podemos ser hermanos en Cristo, porque -en Él, con el sello del Bautismo- somos hijos adoptivos en el Hijo unigénito del Padre, a quien podemos decir Padre nuestro... [ ver ]

El defecto básico está en Gaudium et spes , 22 que afirma (y es la raíz de todas las herejías posteriores) “con la encarnación el Hijo de Dios se ha unido en cierto modo a todo hombre” ( Ipse enim, Filius Dei, incarnatione sua cum omni homine quodammodo Se univit ).

Permítame aclarar mi afirmación inicial. El Hijo es Uno y no fue creado sino engendrado antes de todos los siglos y se hizo hombre, en el seno de la Virgen María, en Jesús de Nazaret y no en toda la humanidad , aunque Cristo tomó la naturaleza humana para redimirnos, lo que hace posible la fraternidad (y mucho más)... Cristo Señor no da un sentimiento de fraternidad, cambia nuestra naturaleza, la transforma con su gracia que recibimos en los sacramentos; lo que nos permite vivir la fraternidad y comportarnos en consecuencia. De hecho, Cristo es el Verbo, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad. Trinidad, engendrada, no creada, de la misma sustancia (consustancial) que el Padre, que se hizo hombre en Jesús, no en todos los hombres .

Por eso somos hijos sólo en el Hijo y sólo si lo acogemos. Por eso los hombres, criaturas siempre a imagen y semejanza de Dios, no participan ontológicamente de la naturaleza divina de Cristo sino que se hacen hijos -y reciben la filiación divina por adopción, es decir, ven su naturaleza humana incorporada y transformada pero no sustituida en el sello del Bautismo-, y, entonces, deben permanecer en Cristo Señor, pues de lo contrario se convierten en hijos degenerados. El Prólogo de Juan 12-13 nos enseña esto: “ Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios .” Por tanto no creado, sino inserto en la generación eterna del Hijo, el amado, aquel en quien el Padre se complace porque reconoce su Verdadera imagen.

“Suyos”, es decir, los cristianos nos hacemos hijos por adopción –y no por naturaleza– y recibimos el don de irnos configurando cada vez más con Él (nuestra naturaleza se transforma pero no se sustituye), en sentido paulino (2 Co 3,18). Es lo que los Padres llaman Teosis , por la gracia que la vida de fe y por tanto de fidelidad nos dona a través de la oración y del munus sanctificandi de la Iglesia. Es precisamente esta distinción entre adopción-participación en Cristo y la naturaleza la que marca la diferencia. Y me parece que se crea confusión entre lo natural y lo sobrenatural al no tenerlo en cuenta.

Todos los hombres participan de la criatura y de la imagen del Creador, pero la connaturalidad , que es configuración con el Hijo Unigénito Jesucristo, se recibe en y desde la Iglesia. Lo cual no quiere decir que Cristo no se encarnó por todos y no salvó a TODOS; pero esa salvación no es un hecho automático: hay que acogerla (aquí está también la razón del pro multis ( aquí ) con respecto a todos ). Y es función de la Iglesia, confiada a ella por su Señor, anunciarla y dispensarla, de lo contrario ¿qué sentido tendría la Iglesia?

Así, el Vaticano II, al proponer una innovación como la prevista en el art. 22 GS, ha comportado un cambio en el sentido de la misión de la Iglesia, cuyo nuevo mensaje es ahora el siguiente: los hombres contemporáneos deben tomar conciencia de que, ya con la Encarnación, Cristo se ha unido a cada uno de ellos, elevándolo así a una dignidad sublime y confiriéndole una altísima misión, indicada por el Concilio y hecha propia por la Jerarquía como tarea específica; misión que consiste en realizar la paz en el mundo, la fraternidad universal en el diálogo que no pretende convertir sino adquirir las posiciones del adversario para superarlas en una comunión universal de amor, una Iglesia nueva, « ecuménica », un encuentro solidario de todos los pueblos y de todas las religiones!

Las declaraciones restantes

Leo con no poco horror la serie de otras referencias repetidas textualmente (que podéis leer en el documento aquí ), que lamentablemente confirman plena y sin vacilaciones los otros graves errores (eufemismo) de Bergoglio, a partir de ' Fratelli tutti ' ( aquí ), con la clara referencia a la declaración de Abu Dhabi ( aquí ) y, después, a Nostra Aetate ( aquí ) y a la falsa relación privilegiada con los judíos ( véase ) así como la falsa afirmación de que adoramos al mismo Dios que los musulmanes [véase aquí - aquí - aquí (la cuestión del "único Dios")]. Más sobre la sinodalidad ( aquí - aquí índice de artículos sobre el reciente sínodo).

No tengo palabras para expresar mi dolor y mi indignación. Me encomiendo al Señor para permanecer tranquilo en Él, confiado a Él en el Corazón de Su tierna Madre y nuestra, ahora en la convicción de que Él continúa poniéndonos a prueba; Mientras el mundo, también y sobre todo a causa de la grave crisis de la Iglesia, se desmorona... Nuestra civilización, surgida sobre las raíces grecorromanas del cristianismo, está extinta y ni siquiera se nos permite reavivarla con reflexiones y afirmaciones sentidas y precisas. Prueba de ello es también esta reciente iniciativa a nivel europeo ( La UE financia el Corán y borra el cristianismo ) que he publicado ( aquí ) para evitar que me censuren otro artículo y me retiren el blog.

Mañana publicaré una nota sobre la situación de la censura ahora casi diaria y las consiguientes iniciativas al respecto que, junto con el problema de género y cuestiones afines, se han convertido en temas tabú desde nuestro punto de vista auténticamente católico... En el fondo, ya no podemos hablar según nuestros parámetros de judíos o musulmanes o de inversiones de ningún tipo.Este artículo, en esta plataforma, también está en riesgo.

Tu consternada, pero no rendida, María Guarini

DISCURSO A LAS DELEGACIONES ECUMÉNICAS E INTERRELIGIOSAS CONVENIDAS PARA EL INICIO DEL MINISTERIO PETRINO DEL PAPA LEÓN XIV





Sala Clementina
Lunes, 19 de mayo de 2025






Queridos hermanos y hermanas:

Con gran alegría les dirijo mi cordial saludo a todos ustedes, representantes de otras Iglesias y Comunidades eclesiales, así como también a los de otras religiones, que han querido participar en la celebración inaugural de mi ministerio como Obispo de Roma y Sucesor de Pedro. Mientras expreso mi afecto fraterno a Su Santidad Bartolomé, a Su Beatitud Teófilo III y a Su Santidad Mar Awa III, les hago llegar también mi más sentido agradecimiento a cada uno de ustedes. Su presencia y su oración me sirven de gran consuelo y aliento.

Uno de los puntos clave del pontificado del Papa Francisco ha sido el de la fraternidad universal. En este tema, de verdad que el Espíritu Santo lo ha “impulsado” a dar grandes pasos hacia adelante en las aperturas e iniciativas que ya habían comenzado a asumir los Pontífices precedentes, sobre todo desde san Juan XXIII. El Papa de la Fratelli tutti promovió tanto el camino ecuménico como el diálogo interreligioso, y lo hizo sobre todo cultivando las relaciones interpersonales de modo que, salvaguardando los vínculos eclesiales, se valorizara siempre el aspecto humano del encuentro. Que Dios nos ayude a atesorar su testimonio.

Mi elección ha tenido lugar mientras se conmemora el 1700 aniversario del Primer Concilio Ecuménico de Nicea. Ese Concilio representa una etapa fundamental para la elaboración del credo compartido por todas las Iglesias y Comunidades eclesiales. Conforme estamos caminando hacia el restablecimiento de la plena comunión entre todos los cristianos, reconocemos que esta unidad debe ser unidad en la fe. En cuanto Obispo de Roma, considero uno de mis deberes prioritarios la búsqueda del restablecimiento de la plena y visible comunión entre todos aquellos que profesan la misma fe en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo.

En realidad, la preocupación por la unidad ha sido siempre una constante en mí, como atestigua el lema que he elegido para mi ministerio episcopal: In Illo uno unum, una expresión de san Agustín de Hipona que recuerda que también nosotros, aun siendo muchos, «en Aquel uno —o sea en Cristo—, somos uno» (Enarr. in Ps., 127,3). Nuestra comunión se realiza, en efecto, en la medida que convergemos en el Señor Jesús. Cuanto más le somos fieles y obedientes, más unidos estamos entre nosotros. Por eso, como cristianos, estamos llamados a orar y trabajar juntos para alcanzar paso a paso esta meta, que es y será siempre obra del Espíritu Santo.

Consciente, además, de que sinodalidad y ecumenismo están estrechamente relacionados, deseo asegurar mi intención de proseguir el compromiso del Papa Francisco en la promoción del carácter sinodal de la Iglesia Católica y en el desarrollo de formas nuevas y concretas para una sinodalidad cada vez más intensa en el ámbito ecuménico.

Nuestro camino común puede y debe entenderse también en un sentido amplio, que involucra a todos, según el espíritu de fraternidad humana al que me refería antes. Hoy es tiempo de dialogar y de construir puentes. Y por eso me alegra y agradezco la presencia de los representantes de otras tradiciones religiosas, que comparten la búsqueda de Dios y de su voluntad, que es siempre y únicamente voluntad de amor y de vida para los hombres y mujeres y para todas las criaturas.

Ustedes han sido testigos de los notables esfuerzos realizados por el Papa Francisco en favor del diálogo interreligioso. A través de sus palabras y acciones, ha abierto nuevas perspectivas de encuentro, para promover «la cultura del diálogo como camino; la colaboración común como conducta; el conocimiento recíproco como método y criterio» (Documento sobre la fraternidad humana por la paz mundial y la convivencia común, Abu Dabi, 4 de febrero de 2019). Y agradezco al Dicasterio para el Diálogo Interreligioso por el papel esencial que desempeña en esta labor paciente de alentar los encuentros y los intercambios concretos, orientados a construir relaciones basadas en la fraternidad humana.

Deseo dirigir un saludo especial a los hermanos y hermanas judíos y musulmanes. Debido a las raíces judías del cristianismo, todos los cristianos tienen una relación particular con el judaísmo. La Declaración conciliar Nostra aetate (cf. n. 4) subraya la grandeza del patrimonio espiritual común entre cristianos y judíos, alentando al conocimiento y la estima mutuos. El diálogo teológico entre cristianos y judíos sigue siendo siempre importante y es muy valioso para mí. Incluso en estos tiempos difíciles, marcados por conflictos y malentendidos, es necesario continuar con entusiasmo este diálogo tan valioso.

Las relaciones entre la Iglesia Católica y los musulmanes han estado marcadas por un compromiso creciente con el diálogo y la fraternidad, favorecido por el aprecio hacia estos hermanos y hermanas «que adoran al único Dios, viviente y subsistente, misericordioso y todo poderoso, Creador del cielo y de la tierra, que habló a los hombres» (íbid., 3). Este enfoque, basado en el respeto mutuo y en la libertad de conciencia, representa una base sólida para construir puentes entre nuestras comunidades.

A todos ustedes, representantes de las demás tradiciones religiosas, les expreso mi gratitud por su participación en este encuentro y por su contribución a la paz. En un mundo herido por la violencia y los conflictos, cada una de las comunidades aquí representadas aporta su sabiduría, su compasión y su compromiso con el bien de la humanidad y el cuidado de la casa común. Estoy convencido de que, si estamos unidos y libres de condicionamientos ideológicos y políticos, podremos ser eficaces al decir “no” a la guerra y “sí” a la paz, “no” a la carrera armamentista y “sí” al desarme, “no” a una economía que empobrece a los pueblos y a la tierra y “sí” al desarrollo integral.

El testimonio de nuestra fraternidad, que espero podamos manifestar con gestos concretos, sin duda contribuirá a construir un mundo más pacífico, como lo desean en lo más profundo de su corazón todos los hombres y mujeres de buena voluntad.

Queridos amigos, gracias nuevamente por su cercanía. Invoquemos en nuestros corazones la bendición de Dios: que su infinita bondad y sabiduría nos ayude a vivir como hijos suyos y como hermanos y hermanas entre nosotros, para que crezca la esperanza en el mundo. Les agradezco de corazón.

viernes, 16 de mayo de 2025

Una reflexión para tradicionalistas enragés


Veo mucho pánico y pesimismo entre los tradicionalistas respecto de León XIV, debido a su continuidad de pensamiento con Francisco. Creo que esta reacción es un error, por algunas razones sencillas.

1. Nunca fue muy probable que tuviéramos un Papa que no estuviera, en muchos aspectos, en continuidad con Francisco y con la mentalidad del Concilio Vaticano II. Sí, tal vez soñamos con Sarah, Erdö o Pizzaballa, pero siendo realistas, los progresistas son mayoría desde hace tiempo; e incluso un conservador habría rendido al menos homenaje verbal a su predecesor y al último Concilio. Lamentémoslo cuanto queramos, pero eso es “lo que se hace”.

2. Tampoco era muy probable que escapáramos a tener un Papa de la generación del “baby boom”. Sin embargo, hay una gran diferencia entre alguien nacido en 1936 y alguien nacido en 1955. Bergoglio alcanzó la mayoría de edad en medio del éxtasis delirante del Vaticano II y quedó marcado para siempre por aquella experiencia tipo “Woodstock”. Prevost tenía apenas 10 años cuando el Concilio concluyó, y aunque también creció en el páramo posterior, su relación con el evento fue muy distinta. Podríamos decirlo así: Bergoglio era emocionalmente codependiente del Vaticano II, mientras que Prevost sólo le guarda una adhesión conceptual. Es un paso hacia el futuro, hacia el próximo Papa, que estará menos comprometido incluso en lo conceptual, hasta que llegue el día en que un Papa vea al Vaticano II como uno más entre muchos Concilios. Sí, el proceso es muy lento, pero así funcionan las generaciones humanas; debemos recordar que los resultados instantáneos los dan las computadoras, no la historia.

3. Una diferencia en la personalidad y en el estilo de gobierno puede tener un impacto enorme. Hay innumerables indicios de que Prevost es una personalidad muy distinta de Bergoglio, en todos los sentidos positivos, y que no desea ir por el mundo haciendo enemigos y reprimiendo a las personas. Si tan solo lográramos un poco de oxígeno por algunos años, ya sería una victoria en este momento. Además, no cabe duda de que una de las razones por las cuales se eligió a un estadounidense fue para sanear el desastre financiero del Vaticano: “¡Seguramente un norteamericano podrá recaudar fondos y resolver problemas!”. Pero para hacerlo bien, debe dejar de librar guerras contra los conservadores y tradicionalistas, que tienen cierto peso en la percepción pública y, por tanto, influyen en el flujo de donaciones. Un hombre que intenta reparar una institución quebrada es más propenso a la discreción y a convocar a distintas voces a la mesa.

4. Le debemos a todo hombre en alta dignidad rezar por él, darle la oportunidad de ejercer su cargo, permitirle equivocarse (como todo ser humano caído), y abstenernos de condenas prematuras. No se trata de ingenuidad ni de ilusiones; es una cuestión de justicia y caridad, de lo que debemos a nuestros padres en todos los niveles: en la familia, en la parroquia, en la diócesis y en la Iglesia universal.
No se me malinterprete: no estoy diciendo que no debamos denunciar el mal cuando sea necesario. Pero, ¿acaso debemos hacerlo sin cesar, a toda hora? ¿No podríamos ejercer algo de autocontrol y, en vez de lanzar la próxima crítica, rezar un rosario? ¿Incluso considerar… ignorar al Papa por largos períodos, para evitar caer en una forma sutil de papolatría que lo convierta en el todo del catolicismo?

Algunos, sin duda, al leer esto, se verán tentados a decir: “¡Ajá! Entonces, ¿por qué no seguiste tu propio consejo con Francisco? ¡Siempre lo criticabas!”. Pues bien, en realidad, durante los primeros años hice todo lo posible por NO hacerlo, e incluso destaqué las cosas buenas y ortodoxas que decía y hacía (como se puede leer en los primeros capítulos de El camino del hiperpapismo al catolicismo, vol. 2). Sólo cuando los errores y las maldades comenzaron a clamar al cielo por justicia me vi obligado a hablar; era tiempo de confrontación y denuncia. Con León XIV, ni siquiera estamos cerca de ese punto. ¿Por qué no comenzar, entonces, con benevolencia y generosidad, en lugar de antagonismo?

Y por último, un recordatorio para todos:

No rezar por alguien porque se lo considera sin remedio constituye una forma del pecado de desesperación.

La oración es real, y la gracia que suplica también lo es: un mal Papa puede volverse aún peor si dejamos de rezar por él, y un buen Papa puede volverse mejor gracias a nuestras oraciones. Por eso, no dejaré de pedir al Señor que derrame Su gracia sobre este hombre que carga con el peso del mundo sobre sus hombros.

Peter Kwasniewski

jueves, 15 de mayo de 2025

Qué ocurrió en el cónclave



Todos sabemos que los cardenales y demás personal que ingresa al cónclave hace un solemne juramento de secreto con una gravísima amenaza: si revelan lo que allí ocurrió, sufren la pena de excomunión. Y también sabemos que hay un buen número de cardenales que creen en los efectos de la excomunión tanto como creen en Papá Noel. Es decir, no es extraño que hablen y que las noticias se filtren. Es por eso posible, en teoría, saber cómo se desarrolló el cónclave de la semana pasada.

Pero el problema no es entonces el secreto, sino los así llamados vaticanistas que, como periodistas, deben llenar páginas con lo que saben y con lo que imaginan, además de operar, y mentir, para beneficio de los sectores que les pagan que, invariablemente son progresistas de diverso pelaje. Por eso mismo, en los últimos días hemos encontrado varias versiones de lo ocurrido, y el elemento en común que tienen es que nunca los candidatos conservadores habrían recibido votos y, en cambio, pretenden convencer de que la elección de Robert Prevost fue sido una jugada maestra de los cardenales progresistas.

Nunca me convencieron esas versiones y elaboré la mía propia, sin ningún secreto cardenalicio revelado que me hubiese llegado al oído, y por simple deducción: los conservadores tenían un número de votos, aunque reducido, y los progresistas nunca habrían desistido de votar un candidato que no fuera puramente de ellos. Finalmente, una fuente confiable me pasó algunos datos que me animo a publicar no solamente por mi confianza en esa fuente, sino porque es verosímil y se ajusta más o menos a lo que yo había pensado.

En primer lugar, y algo que ya dije en estos días, el sector conservador venía preparando este cónclave desde hacía años. Tenían estrategias; no fueron crudos como les ocurrió en 2013.

En segundo lugar, y tal como lo informó el Corriere della sera, se produjo una reunión del grupo conservador, liderado por el cardenal Dolan, en el apartamento del cardenal Burke, en vía Rusticucci, pocos días antes del cónclave a la que concurrió el entonces cardenal Prevost.

¿Cómo fueron las votaciones?

Primera votación

Como todo el mundo esperaba, en esta votación se tomó la temperatura del ambiente lo que implicó una dispersión de preferencias. Sin embargo, cinco cardenales recibieron un número notable de votos.

Pietro Parolin. Fue el que más votos obtuvo, pero por debajo de los 50 que se creían seguros.

Robert Prevost tuvo un desempeño mucho mejor de lo esperado.

Luis Antonio Tagle, votado por el ala progresista dura.

Peter Erdö, votado por los más conservadores.

Anders Arborelius, votado también por el centro.

Segunda votación

El voto conservador divido entre Erdö y Arborelius alcanzó la cantidad prevista: no más de 30 votos, y se sabía que no iba a crecer y que no constituía el tercio de bloqueo. Es por ese motivo, y visto el panorama, que se activa la estrategia prevista con anticipación.

En la mañana del jueves, el cardenal Prevost mantiene una larga y fructífera conversación durante el desayuno con el cardenal Dolan que, como decíamos, era el líder de los votos conservadores.


Poco después, el cardenal Erdö y el cardenal Arborelius se retiran, como se había previsto en la estrategia.

De esta manera, Prevost alcanza y supera a Parolin en la votación: recibe sus votos originales más los aportados por el sector conservador.

Tercera votación

Ante esta situación, el cardenal Parolin no tiene más remedio que buscar un acuerdo con el cardenal Tagle y el sector progresista. Parolin había intentado antes del cónclave conseguir el apoyo de los conservadores que habían rechazado contundentemente tal posibilidad.

Sin embargo, muchos de los votantes de Tagle se niegan a apoyar a Parolin por motivos de animadversión personal. Era muy difícil que los alemanes o que Höllerich lo votaran. Por otro lado, se sabía que el Papa Francisco había dejado muy claramente señalado que no quería que su sucesor fuera el Secretario de Estado y los bergoglianos de paladar negro obedecerían a su caudillo.

Así las cosas, el cardenal Parolin no consigue recuperarse y, aunque suma algunos votos, son insuficientes. El cardenal Prevost, en cambio, crece y se acerca a los 89 votos.

Cuarta votación

La suerte estaba echada y el cardenal Parolin lo sabía. No podía arriesgarse a perder en la votación, pues hubiese sido una humillación intolerable para quien pasó los últimos doce años tratando de ser Papa y, por otro lado, sabía que le acarrearía inevitablemente perder su puesto. Anuncia, por tanto, que se retira.

Así entonces, el cardenal Robert Prevost se convierte en el papa León XIV con más de 100 votos

Sin embargo, unos 30 cardenales progresistas duros prefieren un voto de protesta, y escriben en sus papeletas el nombre de una mezcla heterogénea de cardenales, entre los que se encuentra sobre todo Mario Grech y Jean-Marc Aveline.

Conclusión: A diferencia de lo que dice la prensa naturalmente progre y los periodistas pautados, como la inefable Elisabetta Piqué, la elección del cardenal Prevost no fue un triunfo de los bergoglianos. Todo lo contrario: ganó con el voto imprescindible de los conservadores. Y éstos no actuaron como último remedio, sino como fruto de una estrategia muy bien pensada y sabiendo perfectamente a quien estaban votando. Y, hasta ahora, no los ha defraudado.

La mentira del catastrofismo climático se derrumba: Científicos reconocen que la tendencia en la Antártida «se ha revertido»



Durante años, hemos sido bombardeados con historias alarmistas sobre el cambio climático, con especial énfasis en el deshielo de la Antártida. Esta narrativa catastrofista, promovida por organismos supranacionales, ha sido la base para imponer políticas globalistas que afectan a todos los países. Sin embargo, lo que parecía una verdad incuestionable está comenzando a desmoronarse gracias a nuevos datos científicos.

El estudio que desmonta la narrativa

Un reciente estudio, liderado por la Universidad Tongji de China, ha puesto en evidencia la manipulación de los datos climáticos. Utilizando información de los satélites GRACE y GRACE-FO de la NASA, los investigadores han descubierto que, entre 2021 y 2023, la masa de hielo en el este antártico ha aumentado, contradiciendo el relato que nos habían impuesto sobre el deshielo constante en la región.

En particular, se ha documentado un incremento de 108 gigatoneladas de hielo por año en las zonas de Wilkes Land y Queen Mary Land, lugares donde anteriormente se reportaba una pérdida media de 142 gigatoneladas anuales. Este hallazgo es revolucionario, ya que cuestiona la afirmación de que el hielo polar está desapareciendo sin cesar.

La manipulación ideológica detrás del catastrofismo climático

La narrativa que nos presentaron durante años acerca del cambio climático y el deshielo en la Antártida no era producto de un análisis científico riguroso, sino de una estrategia de manipulación ideológica. Organismos internacionales, como la ONU y Bruselas, impulsaron políticas climáticas extremas basadas en una falacia.

La agenda 2030 fue otra de las herramientas utilizadas para difundir el miedo y la crisis climática, la cual sigue siendo repetida por gobiernos y medios de comunicación. El supuesto deshielo de la Antártida, uno de los elementos más repetidos, se usó para sembrar el pánico y justificar políticas de control económico, energético y social que afectan a la población.

¿Qué significa este hallazgo científico?

El estudio reciente demuestra lo que muchos sabíamos pero no podíamos probar: las narrativas mediáticas y políticas del catastrofismo climático eran erróneas. Este hallazgo subraya lo que algunos científicos han defendido durante años: el clima de la Tierra es mucho más dinámico y menos predecible de lo que se nos ha hecho creer.

Los datos no pueden ser manipulados al gusto de los intereses políticos. La realidad es que los procesos climáticos de la Tierra son extremadamente complejos, y no basta con una observación puntual para extraer conclusiones definitivas. Las afirmaciones absolutistas que nos han vendido sobre el clima son erróneas, y los estudios recientes lo demuestran.

Además, este cambio de perspectiva obliga a reflexionar sobre cómo se ha manejado la información climática en los últimos años. Los alarmismos infundados no solo son peligrosos, sino que también desinforman al público y dificultan la toma de decisiones basadas en datos reales y verificables.

¿Por qué debemos cuestionar el catastrofismo climático?

La respuesta está clara: el catastrofismo climático ha sido utilizado como una herramienta de control político y económico. El alarmismo sobre el deshielo en la Antártida no solo ha servido para crear una falsa sensación de emergencia, sino que ha sido la base para imponer políticas que afectan negativamente a la soberanía de las naciones.

La agenda 2030 y otras iniciativas globalistas, que en teoría buscan luchar contra el cambio climático, están basadas en supuestos falsos que no son válidos. En lugar de centrarse en soluciones equilibradas y basadas en la evidencia, estas políticas han priorizado objetivos ideológicos y sectarios que buscan una reestructuración de la sociedad y la economía a nivel global.

Reflexión final: la verdad siempre sale a la luz

Este nuevo estudio sobre la Antártida es solo un ejemplo de cómo las mentiras sobre el cambio climático comienzan a caer. Los intereses ideológicos y políticos que han impulsado la narrativa del catastrofismo climático se están desmoronando a medida que más estudios serios y objetivos salen a la luz. Al final, la verdad siempre prevalecerá, y lo que parecía ser una verdad incuestionable terminará cayendo por su propio peso.

Es fundamental que sigamos cuestionando las narrativas que nos imponen desde los organismos internacionales y los medios de comunicación. Solo así podremos asegurar que las políticas climáticas que se adopten en el futuro sean basadas en hechos reales, y no en falsedades ideológicos que solo han servido para manipular a la sociedad.

El PP se quita la careta en el Congreso: apoyo al Pacto Verde y a la agenda 2030




El PP defiende en el Congreso la «hoja de ruta» de Von der Leyen que mantiene el Pacto Verde

El Partido Popular (PP) ya no engaña a su electorado. Tras años de aparentar oposición al globalismo y al PSOE en España mientras apoyaba sus políticas en el Parlamento Europeo, ahora se quita la careta definitivamente. El partido ha dejado clara su postura al respaldar el Pacto Verde de la Unión Europea en el Congreso. La diputada Milagros Marcos lo expresó claramente este martes en el Congreso, afirmando que el PP apuesta por una estrategia que equilibre la lucha contra el cambio climático y la competitividad.

La eurodiputada Dolors Montserrat ha reforzado esta línea argumental, destacando que el PP siempre ha defendido el Pacto Verde. Asegura que Europa debe liderar la lucha contra el cambio climático, «Queremos que Europa enseñe al mundo a sumarse en la lucha contra el cambio climático. La mejor de hacerlo es con el liderazgo de Ursula von der Leyen y el Green Deal (Pacto Verde)» ha dicho. Sin embargo, esta postura deja al descubierto el giro definitivo hacia el globalismo y la Agenda 2030.

Una traición al sector primario español

El apoyo al Pacto Verde representa un duro golpe para el sector primario español. Agricultores y ganaderos ven cómo el partido que tradicionalmente les respaldaba, al menos teóricamente, apuesta ahora por políticas que limitan su actividad en nombre del cambio climático. Esta postura rompe con la imagen que el PP trató de mantener ante su electorado más conservador, que ahora debe asumir que el partido se alinea con el globalismo izquierdista de la UE.
La doble cara del PP: Europa y España

Hasta ahora, el PP había jugado a dos bandas: apoyando iniciativas globalistas en Europa mientras criticaba medidas similares en territorio nacional. Sin embargo, ya no hay margen para la confusión. El mensaje es claro: el PP prefiere la agenda 2030 y la transición ecológica impulsada desde Bruselas. Esto desmonta cualquier argumento que sus votantes pudieran utilizar para justificar su apoyo al partido, ya que ahora su postura está más clara que nunca.

No es transición ecológica, es demolición nacional

Lo que el PP llama transición ecológica es, en realidad, una demolición nacional. El denominado Pacto Verde Europeo no busca fortalecer a España, sino imponer políticas que sacrifican nuestra soberanía energética y productiva. Ni el PP ni el PSOE velan por los intereses nacionales; ambos se han quitado la careta, mostrando su alineación con agendas globalistas que perjudican a nuestra economía y desprotegen a las familias españolas.»
Los votantes ya no pueden alegar engaño

Esta vez, los simpatizantes del PP ya no podrán afirmar que fueron engañados. El apoyo abierto al Pacto Verde y a la estrategia de Von der Leyen confirma que el partido apuesta descaradamente por el globalismo y la Agenda 2030. Es lo que le piden si quiere gobernar próximamente. Si el votante mantiene su respaldo en las urnas, será con pleno conocimiento de sus prioridades y políticas. El tiempo de los engaños ha terminado.

Los primeros días del Papa León XIV



A casi una semana de su aceptación, el papa León ya está provocando debates en los medios de comunicación de todo el mundo. Manteniendo una perspectiva equilibrada, es justo decir que todavía es demasiado pronto para ofrecer una interpretación histórica o incluso teológica de su pontificado. Sin embargo, poco a poco podemos destacar algunos detalles indicativos de su liderazgo eclesiástico que ya han salido a la luz en estos primeros días.

Cristo, el Papa, la Iglesia

Una pequeña aclaración: mirar el pasado de un Papa como obispo y cardenal es ciertamente útil para comprender su pensamiento, pero hay que recordar que tal análisis es siempre bastante limitante.

Esto es cierto por dos razones, una natural y otra sobrenatural, por así decirlo. La razón natural es que una vez que un hombre se convierte en Papa, y por lo tanto se vuelve injuzgable (según la famosa fórmula canónica: Prima Sedes a nemine judicatur nisi a Deo), puede expresar posiciones que antes había mantenido discretas u ocultas, ya sea para evitar presiones o marginaciones por parte de autoridades superiores.

La razón sobrenatural, en cambio, está relacionada con la gracia del Estado.

No hay que olvidar que cuando un cardenal es elegido Papa y pronuncia la famosa palabra Accepto («Acepto»), está sellando un contrato matrimonial y sobrenatural entre él y la Iglesia. En este sentido, el Papa es verdaderamente el Vicario de Cristo, donde «vicario» significa aquel que comparte plenamente el poder que se le ha confiado. Cristo es el Sumo Pontífice de la Iglesia, Cristo es el Esposo de la Iglesia, pero al entregar las llaves del Cielo a Pedro, le concede toda su autoridad, sin que Pedro pueda ir «más allá» de ella. Sin embargo, tampoco puede disminuir el poder del papado.

Pues bien, la gracia de estado del papado puede transformar verdaderamente al hombre designado para tan gran ministerio.

El Magisterio de las Lágrimas

Volvamos por un momento al día en que el Papa León apareció en el balcón de la Plaza de San Pedro. Pocos analistas han destacado, quizás, las lágrimas que Prevost mostró al mundo. Esas lágrimas no deben darse por sentadas, a pesar de que el lugar donde el Papa se prepara antes de hacer su primera aparición pública se llama la «Sala de las Lágrimas». Esa emoción es el signo de esa debilidad enteramente humana que Dios puede transformar en fuerza.

El papado no es principalmente un honor, sino una gran cruz. Después de todo, el Papa es el Vicario de Cristo, y en todo, está llamado a compartir el poder del Señor, incluida la cruz. Creo que el Papa León es consciente de esto.

Durante la Missa pro Ecclesia (9 de mayo de 2025), en su primera homilía como Pontífice, dijo explícitamente: «Me has llamado a llevar esa cruz y a ser bendecido con esa misión«. Esas lágrimas ya son un acto magistral, renovado el domingo pasado durante el primer Regina Coeli de Leo.

La crisis de la ley

Hay otro aspecto que me gustaría destacar. En un artículo mío publicado en The European Conservative en vísperas del Cónclave de 2025, escribí:

«Un aspecto que [Benedicto XVI y Francisco] descuidaron, aunque de maneras muy diferentes, fue el papel del derecho en la vida de la Iglesia. Benedicto XVI prefirió recurrir lo menos posible a los mecanismos legales, favoreciendo un liderazgo más espiritual que institucional. Francisco, por otro lado, a menudo ha eludido o incluso torcido la ley para sus propios fines, usándola selectivamente. […] Sin embargo, esta misma «crisis de derecho» —marcada por normas ignoradas, procedimientos improvisados y expulsiones injustificadas— sigue siendo uno de los legados más graves y estructurales que han quedado. Es poco probable, sin embargo, que los cardenales lo reconozcan como tal. Es probable que las dinámicas en juego se desarrollen en otros frentes: pastoral, geopolítico, mediático e incluso económico. El riesgo, sin embargo, es que se siga pasando por alto un problema que socava la cohesión y la credibilidad de la Iglesia desde dentro y a largo plazo».

Hasta cierto punto, mi preocupación ha sido reconocida. El nuevo Papa es matemático, filósofo, teólogo y canonista. Además, es agustino, y el mismo san Agustín afirmaba que la paz —una de las palabras clave de su agenda— es «la tranquilidad del orden» (cfr. De Civitate Dei XIX, 13.1).

Un hombre que es a la vez matemático y canonista inspira esperanza, no sólo por el rigor del método y el amor por la precisión y el orden, sino también por su conciencia de este aspecto específico de la crisis de la Iglesia: la crisis del derecho. Además, es muy tranquilizador saber que el Papa recién elegido está abierto a las propuestas y a los consejos de dos estimados cardenales, canonistas y conservadores, como el húngaro Péter Erdő y el estadounidense Raymond Leo Burke, dos figuras eclesiásticas que, sin duda, son conscientes de la actual crisis del derecho y del derecho en la Iglesia católica.

Sin embargo, el nuevo Papa es también filósofo y teólogo. Esto no se da por sentado. Hoy, de hecho, hay una tendencia a estudiar filosofía sin teología, o teología sin filosofía, pero este es un enfoque moderno y erróneo, contraproducente y perjudicial, porque no se puede comprender completamente una de las dos sin la otra. Además, Robert Francis Prevost estudió filosofía en los Estados Unidos de América, en la Universidad de Villanova (Pensilvania). ¿Por qué es tan importante este aspecto? La respuesta es simple: la filosofía no se estudia de la misma manera en todo el mundo. Hoy en día, existen dos grandes tradiciones de estudio filosófico a nivel mundial: el modelo continental y el modelo analítico.

El modelo continental se desarrolló principalmente en Europa con pensadores como Hegel, Heidegger y Derrida. Este modelo favorece una visión holística de los problemas más que su análisis, pero sobre todo prefiere el enfoque histórico, a menudo vinculado a la experiencia subjetiva y al cambio de las condiciones sociales. Los filósofos continentales tienden a explorar temas como la existencia, la conciencia y la sociedad, utilizando un estilo más literario y menos estructurado en comparación con los filósofos analíticos. Joseph Ratzinger es un ejemplo de teólogo continental.

Los filósofos analíticos, por su parte, buscan descomponer los problemas filosóficos en partes más simples (análisis, precisamente), utilizando un método riguroso, lógico y sistemático para llegar a conclusiones precisas y verificables. Este último enfoque está mucho más cerca de la escolástica medieval, que se basaba en la argumentación lógica y en un método dialéctico para profundizar en la teología y la filosofía, y en el supuesto de que la verdad es objetiva. Prevost estudió este tipo de filosofía, supongo. Me gustaría subrayar que este aspecto de la formación de Prevost no es marginal: escribo esto como filósofo que estudió bajo ambos modelos, en Italia (continental) y en Suiza (analítico).

Las palabras clave del pontificado de León XIV

En el artículo anterior de presentación de León XIV, afirmé que hay tres palabras que presentan su agenda de gobierno. Estamos a la espera de la publicación de su primera encíclica —que suele ser también programática para todo el pontificado— para confirmar o corregir el análisis. Sin embargo, creo que ya puedo discernir una cuarta palabra clave muy importante.

Recapitulando: las palabras son «paz» y «justicia» con respecto a las relaciones exteriores de la Iglesia, hacia el mundo; y la «unidad» y la «misión» en lo que se refiere a las relaciones internas de la Iglesia, con sus propios hijos. Se trata, sin duda, de cuatro exigencias apremiantes de la vida eclesial contemporánea. El escudo oficial del papa León lleva como lema una cita de San Agustín: in illo uno unum, «en el único Cristo somos uno». Este lema es explicativo en este sentido.

Sin embargo, como he escrito en otro lugar, debemos superar el riesgo de confundir la unidad de la Iglesia —uno de sus cuatro signos esenciales, fundada en la verdad— con una confederación de posiciones diversas e incluso contradictorias. No espero de este Pontífice una solución rápida o repentina a este grave problema de la Iglesia de hoy, porque el Papa debe guiar y gobernar la institución de Cristo con prudencia y sano realismo.

Sin embargo, es ciertamente necesario que comience a trabajar en esta dirección. He aquí, pues, una de las grandes tareas de este Papa: trabajar por la verdadera unidad de la Iglesia.

Como se ha dicho, el Papa León XIV fue elegido como un Papa de convergencia. Reunió los votos de los que amaban a Bergoglio, de los que se habían opuesto a él en mayor o menor medida, de los que querían bloquear a Parolin, de los que simplemente se dejaban llevar y de los que creían sinceramente en el ex prefecto de los obispos. En resumen, Prevost fue el nombre que unió a todos, pero esto no es suficiente para crear la unidad de los católicos.

La verdadera unidad es la comunión, es decir, tener juntos un munus, un don divino, que es la fe católica, es decir, universal, destinada a todos los hombres de buena voluntad.

La cuarta palabra clave a destacar es «misión». A lo largo de los últimos doce años, el papa Bergoglio, muy astutamente, retóricamente hablando, ha repetido continuamente que hay una diferencia sustancial entre proselitismo y misión, y que los católicos deben ser misioneros sin tratar de hacer prosélitos.

Una distinción artificial, no inmediatamente clara, y evidentemente de origen rahneriano: según el jesuita Karl Rahner, de hecho, no sería necesario hablar de Jesucristo para ser misioneros. Habló del «cristianismo anónimo», un concepto que sigue siendo muy popular entre los jesuitas de hoy.

De acuerdo con esta idea, incluso aquellos que no son formalmente cristianos pueden vivir de acuerdo con los valores cristianos y así ser salvados por la gracia de Dios. Rahner sostenía que Dios obra en cada persona, independientemente de su religión, y que aquellos que viven con «amor y justicia», incluso sin conocer el cristianismo, pueden ser considerados «cristianos anónimos». La necesidad de la gracia sacramental, por lo tanto, no solo queda relegada a un segundo lugar, sino que se elimina.

Para Francisco, del mismo modo, «misión» significaría anunciar el Evangelio a través de obras de amor (léase: filantropía), sin invitar a nadie a la conversión. El proselitismo, por otro lado, sería un intento agresivo de convencer a otros de cambiar de religión, a menudo con insistencia o presión.

Como es evidente, no hay término medio entre estos dos polos. El sentido auténticamente católico de la misión ha sido siempre otro: mostrar a los demás, con el ejemplo de vida y la enseñanza de la doctrina, la necesidad de convertirse en cristianos para alcanzar la salvación eterna.

El Papa León parece haber retomado la centralidad de Cristo y la necesidad de tener a Cristo como único punto de referencia para llevar al hombre de vuelta a Dios. Este aspecto nos invita a reflexionar sobre otra dimensión importante del nuevo pontificado leonino.

¿Un Papa que «convertirá» el léxico de Bergoglio?

Quien espera que Prevost borre o se pronuncie claramente y con firmeza contra el Magisterio de Bergoglio no sólo piensa con mucha ingenuidad, sino que también olvida que la Iglesia siempre ha sido gobernada según un criterio de prudencia y con la mirada puesta en el largo plazo.

Aquellos que lean mis escritos habrán notado que a menudo me gusta recordar el antiguo adagio romano que representa el modus operandi de la Iglesia Católica Romana: cunctando regitur mundum, «se gobierna el mundo demorando». Este criterio es fundamental, y es bien conocido y aplicado incluso por los revolucionarios, porque es el único eficaz.

También Francisco, como buen jesuita, conocía y aplicaba este principio. En este sentido, hay que entender otra frase recurrente y aparentemente críptica de Bergoglio: «El tiempo es mayor que el espacio». La interpretación precisa de estas palabras nos fue dada en su momento por el cardenal ultrabergogliano Víctor Manuel Fernández, quien, en una entrevista el 10 de mayo de 2015 con el periódico italiano Il Corriere della Sera, dijo:

«El Papa se mueve lentamente porque quiere estar seguro de que los cambios tienen un impacto profundo. La lentitud es necesaria para su efectividad. Sabe que hay algunos que esperan que con el próximo Papa todo vuelva a ser como antes. Si uno va despacio, es más difícil volver atrás. Lo deja claro cuando dice que el tiempo es mayor que el espacio. (…) Hay que entender que su objetivo es reformas irreversibles. Si un día siente que le queda poco tiempo, y que no lo suficiente para hacer lo que el Espíritu le pide, pueden estar seguros de que se acelerará».

Esto es exactamente lo que sucedió. Francisco aceleró durante el período final de su reinado, temiendo no tener tiempo suficiente para colocar todas las premisas revolucionarias, las cuales, como malas hierbas nocivas, continuarán brotando e infestando el buen campo incluso después de su muerte, a menos que alguien tome medidas para arrancarlas de raíz.

El Papa Prevost, independientemente de su opinión real sobre el pontificado de Bergoglio, es muy consciente del daño causado por su predecesor y, hasta cierto punto, creo, tratará de remediarlo.

Uno de los métodos que adoptará, para no escandalizar a la gran multitud de católicos que, de hecho, desconocen lo que realmente ha sucedido en las últimas décadas, consistirá en una «conversión» gradual de los muchos conceptos introducidos por Francisco. Al fin y al cabo, no hay que olvidar que la estrategia constante de los neomodernistas es terminológica: no consiste tanto en acuñar nuevas palabras, como en utilizar el vocabulario de la tradición católica, vaciándolo de su significado original y llenándolo de contenido revolucionario.

Lo que el Papa Prevost puede (y debe) hacer es tomar estas mismas palabras y rellenarlas con su auténtico significado. La palabra «misión», por ejemplo, puede volver a ser cristocéntrica.

Del mismo modo, la palabra «sinodalidad» puede sufrir la misma restauración saludable. Después de todo, el concepto de «sínodo» es auténticamente católico. Se refiere a todo el colegio de obispos reunido para discutir asuntos relacionados con la fe, la moral y el cuidado pastoral. El término proviene del griego synodos, que significa «caminar juntos», pero se refiere a la dimensión consultiva del episcopado, no a una transformación democrática de la Iglesia Católica.

El Papa, de hecho, nunca ha sido una mónada. Si bien tiene el primado sobre todos los obispos del mundo y es la fuente de la potestad de jurisdicción, es oportuno y prudente que escuche las necesidades, las peticiones y las llamadas del Pueblo de Dios, a través de la mediación de los «supervisores» —los mismos obispos— que están llamados en todo el mundo a alimentar a los cristianos con el pan de la Palabra y de la Eucaristía.

El Papa León XIV podría devolver el peso y el papel propios a los cardenales que, según el Derecho Canónico, «asisten al Romano Pontífice, actuando colegialmente cuando son convocados juntos para considerar asuntos de la mayor importancia, e individualmente, a través de los diversos oficios que cumplen para ayudarlo, especialmente en el cuidado cotidiano de la Iglesia universal» (can. 349); y lo mismo a los obispos.

Recordemos que «es [exclusivamente] prerrogativa del Romano Pontífice, según las necesidades de la Iglesia, determinar y promover los modos en que el Colegio de los Obispos puede ejercer colegialmente su función para la Iglesia universal» (can. 336 § 3).

Además, el Código de Derecho Canónico dedica una sección entera al concepto del Sínodo de los Obispos. Allí leemos:

«El Sínodo es un grupo de obispos que han sido elegidos de diferentes regiones del mundo y se reúnen en momentos fijos para fomentar una unidad más estrecha entre el Romano Pontífice y los obispos, para ayudar al Romano Pontífice con sus consejos en la conservación y el crecimiento de la fe y la moral y en la observancia y el fortalecimiento de la disciplina eclesiástica. y considerar las cuestiones relativas a la actividad de la Iglesia en el mundo». (Can. 342)

No es de escándalo, entonces, que el Papa León diga: «Queremos ser una Iglesia sinodal, una Iglesia que camina» (8 de mayo de 2025). Francisco utilizó la sinodalidad como pretexto, por un lado, para ampliar el poder consultivo de los obispos a los laicos, e incluso a los no creyentes y enemigos de la Iglesia, con el fin de democratizar las definiciones de fe y moral; y, por otro lado, centralizar en sus manos el gobierno de la Iglesia.

León podría utilizar la misma sinodalidad para restaurar el papel consultivo de obispos y cardenales y la subsidiariedad de la Iglesia, según la cual el Papa es responsable de resolver las disputas de interés común, mientras que los obispos se encargan de los asuntos locales debido a su mayor proximidad a ellos.

También en cuanto a la sinodalidad, es oportuno recordar lo que dijo Robert F. Prevost en Chiclayo, Perú, el 14 de marzo de 2023. Era el día en que el monje agustino, hasta entonces obispo de Chiclayo, se despedía de su diócesis por haber sido nombrado por Francisco prefecto del Dicasterio para los Obispos y presidente de la Pontificia Comisión para América Latina:

«Ayer se cumplieron diez años de la elección del Papa Francisco. Conocí a Jorge Mario Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires. En ese momento, yo era el general de los agustinos. Me había encontrado con él varias veces, y cuando fue elegido, dije a algunos de mis hermanos: «Bueno, esto es algo muy bueno: gracias a Dios nunca llegaré a ser obispo». No le diré la razón, pero digamos que no todos los encuentros con el cardenal Bergoglio fueron siempre de pleno acuerdo, digamos, entre nosotros dos, no siempre de mutuo acuerdo».

Algunas consideraciones finales

El gesto simbólico de León XIV instalándose en el Palacio Apostólico, rompiendo con la anomalía introducida por Francisco, marca un retorno visible a la solemnidad del papado y a su papel universal, no reducible al de un simple obispo de Roma.

En continuidad con esta elección, la sincera devoción mariana manifestada por el nuevo Pontífice —como lo demuestra su visita al Santuario de Nuestra Señora del Buen Consejo en Genazzano y el canto espontáneo del Regina Coeli en su primera ocasión— revela un corazón profundamente anclado en la espiritualidad católica, donde María es el principio de toda auténtica renovación eclesial.

Sin embargo, para discernir la dirección real de este pontificado, será decisivo observar a quién León XIV confiará la dirección de los dicasterios romanos: una elección que podría confirmar o contradecir la dirección inicial.

La pregunta fundamental sigue siendo, aunque nunca demasiado lejana, ¿será un Papa en plenitud, o se limitará a ser el Obispo de Roma? Porque es la crisis del Papado y del Magisterio, y no otra cosa, la que está en la raíz de la crisis del sacerdocio, de la liturgia y de la fe misma. Sólo una auténtica restauración de la autoridad doctrinal puede reabrir plenamente los caminos de la gracia en el seno del cuerpo eclesial.

Gaetano Masciullo