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Nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que procede de Dios (1 Cor 2, 12), el Espíritu de su Hijo, que Dios envió a nuestros corazones (Gal 4,6). Y por eso predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos y locura para los gentiles, pero para los llamados, tanto judíos como griegos, es Cristo fuerza de Dios y sabiduría de Dios (1 Cor 1,23-24). De modo que si alguien os anuncia un evangelio distinto del que recibisteis, ¡sea anatema! (Gal 1,9).
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domingo, 23 de agosto de 2026
«Molesten un poquito»: La Sacristía de la Vendée pasa revista al agosto de los escándalos y arma a los fieles con el Código de Derecho Canónico
La tertulia sacerdotal contrarrevolucionaria dedicó su último programa, dos horas largas bajo el título «Herejías, abusos y silencios», a hacer inventario de una quincena especialmente pródiga en escándalos eclesiales y, sobre todo, a responder a la pregunta que daba subtítulo a la emisión: qué pueden hacer los católicos. Condujo el padre Francisco José Delgado desde la selva peruana —reside estos días en el seminario de Moyobamba—, acompañado por el padre Juan Manuel Góngora (Almería), el sacerdote argentino Tomás Agustín Beroch, diocesano en Estados Unidos, y el padre Custodio Ballester (Barcelona), que abandonó la tertulia a media emisión. Delgado advirtió de entrada que el plan no era «simplemente indignarnos»: ante las cosas que dañan la fe «está el maligno dando vueltas para hacer que las almas se pierdan, y hay que acertar también a la hora de responder».
DURACIÓN: 2 HORAS
Los nombramientos: Longo y Murray
El repaso comenzó por los nombramientos. El boletín vaticano del 13 de agosto incluía la designación de Umberto Longo, director del Istituto Storico Italiano per il Medio Evo, sobre quien circulan informaciones «bastante claras» —dijo Delgado— de vinculación con la masonería, con presencia documentada en actos masónicos, sin que la Santa Sede haya dicho una palabra. A ello sumó el nombramiento de la religiosa irlandesa Patricia Murray, exsecretaria ejecutiva de la Unión Internacional de Superioras Generales y figura del sector sinodal más favorable a las reivindicaciones feministas y del mundo LGTB —Delgado exhibió su entrevista en Vida Nueva bajo el titular «El clero teme perder el poder»—, como consultora del Dicasterio para los Institutos de Vida Consagrada.
Beroch confesó que no habría sabido que era monja de no decírselo: «El hábito no hace al monje, pero ayuda». Distinguió entre el homosexual que busca vivir en castidad, como los del grupo Courage, y los lobbies que defienden «el aborto, la ideología de género y todas esas porquerías anticatólicas», y fue al fondo del problema: «Cuando pones a alguien en un puesto de poder estás diciendo que esa persona es capaz de llevar a cabo la misión de la Iglesia»; el mensaje que reciben los fieles es que «todo eso no está tan mal». Citó el humo de Satanás de Pablo VI y los lobos con piel de oveja, y expresó la esperanza de que León XIV se parezca a León XIII, el papa que renovó las condenas a la masonería, el liberalismo y el socialismo. Delgado, por su parte, comentó la fotografía del encuentro de superioras religiosas viendo el mensaje del Papa: «Parece una señora jugando al bingo, un encuentro de la tercera edad».
Torrelavega: la Asunción negada desde el ambón
El plato fuerte llegó con Torrelavega. En la misa de la Asunción, celebrada por el 125 aniversario del título de basílica del templo, hubo danzas litúrgicas con hombres en falda —«un espectáculo bufonesco si no fuera por el dolor que causa verlo en medio de la misa»—, casulla azul fuera del privilegio de la Inmaculada y, sobre todo, la homilía del párroco, cuyo audio se reprodujo en directo: «Ningún ser humano va a subir al cielo en cuerpo y alma. El cielo no es ningún lugar físico, es un estado del alma». Para el padre Custodio, «un indocumentado, un ignorante, un pobre hombre» que «ha hecho el ridículo más absoluto en todo el mundo» y al que hay que mirar «con compasión y conmiseración».
Delgado fue al terreno canónico: la negación pública de un dogma proclamado es herejía, y la herejía está penada con excomunión latae sententiae. Cinco días después de la solemnidad, el obispo de Santander no había dicho nada, y el conductor recordó el agravio comparativo con su propio caso: «En veinticuatro horas mi obispo había mandado un comunicado echándonos a los pies de los caballos, dando por buenas todas las manipulaciones de la prensa religiosa más asquerosa. Nosotros habíamos pedido perdón doce horas antes». Y una comparación más incómoda: si a la Fraternidad de San Pío X se le declara la excomunión en un día, «esto también conlleva excomunión, y aquí no se hace nada».
Suesa: la consagración reinventada
En la misma diócesis cántabra situaron el segundo caso, a juicio de Góngora el más grave: la misa retransmitida por una televisión autonómica desde el monasterio de las trinitarias de Suesa, donde el celebrante reinventó la consagración en plural femenino: «Tomad y bebed todas de él […] será derramado por vosotras y por toda la humanidad […] para recordar que yo estoy en medio de vosotras como quien sirve». El sacerdote almeriense señaló que no solo se modifican a antojo las palabras de la consagración, sino que las monjas simulan con sus gestos una concelebración, materia consignada en el derecho entre los delicta graviora. «El vaso se está colmando», dijo, y rechazó la consigna de confiar y rezar en silencio: callar sería sumarse a «un silencio ominoso, aquiescente y cómplice con un auténtico contradiós». Delgado leyó la presentación que las propias monjas hacen de su liturgia en la web del monasterio —«un coro monástico circular sin espacios jerarquizados […] un lenguaje inclusivo»— y constató que tampoco aquí ha habido comunicado episcopal alguno.
La Paloma: la consagración del cardenal Cobo
Capítulo aparte, menor en gravedad pero de recorrido internacional, mereció la consagración del cardenal Cobo en la misa de la Virgen de la Paloma: la hostia sostenida sobre la patena fuera del altar, sin la inclinación que manda la Ordenación General del Misal Romano y con una teatralización dirigida a la asamblea. Las palabras, admitió Delgado, están bien dichas, pero la plegaria eucarística se dirige al Padre, no al público; es memorial y anámnesis, no dramatización, apostilló Góngora, para quien la gravedad «no está en qué se hace, sino en quién lo hace»: el arzobispo de Madrid y miembro de uno de los dicasterios más importantes de la Santa Sede.
Fátima: la bendición de Cristiano Ronaldo y Georgina
De Madrid a Fátima. Tras el matrimonio civil de Cristiano Ronaldo y Georgina Rodríguez, celebrado en su casa —«inválido para los católicos bautizados; no sirve para nada»—, un sacerdote les ofreció misa en una capilla privada del santuario portugués con una bendición «estilo Fiducia supplicans». Delgado, documento en mano, demostró que ni siquiera la controvertida declaración —contra la que él mismo firmó en su día— ampara lo sucedido: la bendición ha de ser espontánea y «nunca se realizará al mismo tiempo que los ritos civiles de unión, ni tampoco en conexión con ellos, ni siquiera con las vestimentas, gestos o palabras propias de un matrimonio». Aquí hubo capilla reservada, preparación y, al parecer, los mismos modelitos de la boda civil.
Góngora descargó la culpa principal en los sacerdotes cómplices que no explicaron lo que la Iglesia enseña, «sea Cristiano Ronaldo o sea quien sea», y alertó de la veda que se abre: el fiel de a pie tiene derecho a preguntarse por qué a él no le hacen lo que al futbolista, resucitando la vieja fama de las nulidades para ricos. Beroch lo resumió a la argentina: «La culpa no es del chancho, sino de quien le da de comer», y «por la plata baila el mono». Contó que a un famoso local que le pidió algo parecido le propuso convertir esa misa en su boda por la Iglesia, y recordó al divorciado vuelto a casar que le ofreció un cheque de cinco mil dólares por un padrinazgo: «Yo no vendo mi alma; acepto ese cheque y pierdo el cheque de la vida eterna». Delgado remató con el chiste del perro que una señora quería bautizar por mil dólares de estipendio: «Ah, usted no había dicho que el perro era católico». Custodio aportó su propia casuística —los jubilados viudos que pedían bendecir unos anillos sin casarse para no perder la pensión de viudedad— y Beroch puso el telón de fondo bíblico con Ezequiel 3,18: el centinela responde ante Dios de las almas a su cuidado. Al fondo, dijo, se ha perdido el temor de Dios y, peor aún, la vergüenza: «¿Qué joven va a querer ser cura con ese tipo de esperpentos? Por eso los progres son estériles».
Bertomeu y la Pachamama
El último caso del inventario fue el de monseñor Jordi Bertomeu, oficial del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, participando en Perú en un «pago a la tierra», ofrenda chamánica a la Pachamama, dentro de un encuentro macrorregional —«Entrelazando voces por la dignidad»— publicitado por Vatican News como preparación de la visita de León XIV. Custodio, que le conoce y ha hablado con él, pidió mirarle «con un poco de compasión»: en una carrera eclesiástica brillante «cualquier resbalón se convierte en una cosa muy grave», y «es doctor en Derecho Canónico y sabe de qué va la cosa». Góngora fue más severo: comentar el caso expone a que le acusen a uno de defender al Sodalicio y a los abusadores —remitió al artículo de Alejandro Bermúdez—, pero «la mujer del César debe serlo y parecerlo»: si cualquiera de ellos hiciera algo así «acabaríamos en una cartuja del paralelo 48». El mensaje que se transmite, dijo, es que «el que tiene padrino» puede cualquier cosa, y recordó las amenazas de excomunión a dos fieles peruanos. Delgado concedió que a uno pueden sorprenderle en un acto ajeno, «pero una cosa es que no te dé la sangre para ponerte a dar voces contra la idolatría y otra que te pongas a hacerlo tú».
¿Qué hacer? El itinerario canónico
La segunda hora se consagró al «qué hacer». Custodio, antes de despedirse, evocó el título de Lenin y el ver-juzgar-actuar de los antiguos grupos de revisión de vida, y trasladó el método al terreno cívico: si en cada pueblo de España un grupo se plantara todos los jueves a las siete en la plaza del Ayuntamiento contra Pedro Sánchez, «caerían como las murallas de Jericó»; el problema es la educación española del «que venga alguien y haga algo». Su receta eclesial: abordar al sacerdote y decírselo a la cara; si no rectifica, escribir al obispo «para que al menos durante tres minutos se incomode»; y si el obispo no hace caso, al dicasterio del Culto Divino, «porque las élites piensan que toda la humanidad es tonta menos ellos». Con una advertencia final: «Nosotros somos los primeros necesitados de convertirnos».
Delgado sistematizó después el itinerario canónico. El canon 212 establece la obediencia debida a los pastores, pero también el derecho de los fieles a manifestarles sus necesidades y «el derecho, y a veces incluso el deber», según el propio conocimiento, competencia y prestigio, de manifestar su opinión sobre lo que pertenece al bien de la Iglesia. La instrucción Redemptionis Sacramentum (nn. 183-184) encarga a todos —obispos incluidos— que el Santísimo Sacramento sea defendido de toda irreverencia y reconoce a cualquier católico, sea sacerdote, diácono o laico, el derecho a exponer queja por un abuso litúrgico ante el obispo diocesano o ante la Sede Apostólica, «con veracidad y caridad».
Sobre esa base, el conductor desgranó lo práctico: los modelos de denuncia que el padre Javier Olivera Ravasi publicó en su blog «Que no te la cuenten» —escándalo público, abusos litúrgicos, negación de la comunión en la boca o de rodillas, predicación contraria a la fe o la moral—; la corrección privada para el cura joven que mete la pata, la carta formal para el veterano que «te mandará a freír espárragos»; describir hechos y solo hechos, sin endosar al obispo «una lección de eclesiología de Twitter» que acabará, «con toda razón», en la papelera; pedir acuse de recibo y, como los obispados españoles han dado en no darlo —«un abuso terrible» que denuncia en vano—, gastarse treinta euros en un burofax, o su equivalente notarial en cada país. Si en plazo razonable no hay respuesta, a Roma: Culto Divino para los abusos litúrgicos, Doctrina de la Fe para la predicación contra la fe y el escándalo público, Clero u Obispos según el caso; cabe incluso la doble notificación, denunciando ante el dicasterio de Obispos la inacción del ordinario. El cauce más eficaz, la nunciatura, que archiva copia y remite a Roma sin extraviar nada; las nuevas normas de la Curia obligan a algún tipo de respuesta en noventa días. Y un apunte de época: las inteligencias artificiales «son muy útiles» para redactar estas denuncias con los cánones aplicables, «e incluso, si te enciendes, te dicen: este tono no parece el correcto».
«Molesten un poquito»
Beroch cargó contra el ocultismo eclesial: la lógica de «los platos se lavan en casa» fue la que encubrió los abusos, y «el problema de meter la basura bajo la alfombra es que en algún momento la alfombra explota, y explota mal». Lo privado se arregla en privado —si discutiera con Olivera Ravasi le llamaría por teléfono, no abriría Twitter—, pero el pecado público que escandaliza exige palabra pública: «Los progres son como las ratas: le tienen miedo a la luz», a la prensa, a YouTube. De ahí su consigna a los laicos: «Molesten un poquito». Al cura a la cara después de la misa, cartas al obispo, al Dicasterio para la Doctrina de la Fe, al del Clero, al nuncio, y a la policía si hay abuso de un menor: «Si llegan varias cartas, después la van a pensar». Con una salvedad que repitió varias veces: quien rectifica merece el abrazo —«hermano, bienvenido de vuelta»—; el problema es la pertinacia, porque las penas canónicas son medicinales y buscan la conversión del reo, no su destrucción. Los sinodales, ironizó, predicaron misericordia para todos «menos para los curas de la Vendée», crucificados «por un chiste que ni siquiera fue pecado».
Los contrapesos: prudencia, caridad y conversión propia
No faltaron los contrapesos. Góngora insistió en la prudencia: actuar con pruebas, sin juicios temerarios, dando la cara «con nombre y apellido» y sin la chiacchiera que condenaba el papa Francisco; y salió al paso de quienes en el chat oponían amor y temor de Dios: el temor es uno de los siete dones del Espíritu Santo, no un sustituto del amor. Delgado alertó contra quien usa el escándalo como coartada de agendas propias, y puso un ejemplo espinoso: concluir de Torrelavega que la Fraternidad de San Pío X «ha hecho bien» con las consagraciones de Écône, acto que él sigue teniendo por «erróneo e innecesario»; a pregunta del chat, Góngora confirmó que sustituir la lectura del mandato pontificio por una serie de argumentos leídos por un seglar es, «evidentemente», un abuso litúrgico. Y contra las «soluciones ideológicas» que aprovechan el río revuelto: «La culpa de todo la tienen los judíos. ¿Qué tiene que ver esto?».
El conductor recordó además que el canon 210 precede al 212 no por casualidad: primero los deberes —llevar una vida santa e incrementar la Iglesia—, luego los derechos. «Si me vuelvo un experto en materias teológicas controvertidas pero luego no rezo, mi familia está hecha un asco y en mi trabajo soy un inmoral, tenemos un problema». Su modelo de reforma, el de Santa Teresa ante la revolución protestante: no un gabinete de denuncias, sino una comunidad dedicada a vivir la perfección. «Nuestra mediocridad también es culpable de que estas cosas pasen». Beroch, reincorporado tras el apagón que le causó una tormenta eléctrica, lo remachó con una anécdota de sus años de seminarista con el Verbo Encarnado: criticaban a tal o cual obispo y un superior les preguntó si cumplían bien el horario del seminario; «si nosotros no cumplimos nuestro deber de estado, cuánto menos haríamos en el lugar de ese obispo». Y a un comentarista que le acusaba de odiar a los progres le respondió que allí nadie odia a nadie: si el párroco de Torrelavega tomase el micrófono y se arrepintiese, «lo aplaudimos».
Votar con el bolsillo
Hubo también un capítulo económico. El quinto mandamiento de la Iglesia obliga a ayudarla en sus necesidades, recordó Delgado, pero con inteligencia: donde el sistema lo permite —Estados Unidos, cuyas parroquias viven del cepillo, y no tanto la España o la Alemania de los subsidios estatales, donde el fiel apenas tiene voz—, cabe votar con el bolsillo, y sobre todo comunicarlo: «Mando una cartita: no puedo en conciencia colaborar con esto». Como en las bajas de telefonía, a veces eso hace que escuchen.
El tono: juzgar hechos, no personas
Sobre el tono de la denuncia, el conductor proyectó la escena de la película de Padre Pío en que el santo, denunciado por el obispo de Manfredonia, revienta contra el fraile que llama al prelado «cura indigno y sinvergüenza»: «¿Quién eres tú para hablar así de un obispo de la Iglesia? Aprende humildad». La maledicencia, recordó Delgado, es pecado aunque lo que se diga sea verdad, cuando se airean defectos ajenos para regodearse o fomentar el odio. Beroch matizó que ese mismo vídeo se le ha lanzado a él para acallar toda crítica, y fijó la distinción decisiva: se juzgan los hechos, nunca las personas ni las intenciones; puede decirse que negar la Asunción es una herejía aberrante, no que aquel padre se irá al infierno; sin juzgar hechos, «un padre no podría educar a sus hijos ni un policía detener al ladrón». Para quien quisiera profundizar en el dogma —hubo en el chat quien defendió que el párroco solo pedía entender el cuerpo «metafóricamente»—, los tertulianos zanjaron que hablar de mitología ya es negarlo, que el cuerpo glorificado es material —«Cristo comió un pedazo de pescado»— y remitieron a los vídeos de Olivera Ravasi y del padre Francisco Torres en su canal Clama Ne Cesses.
Contra la youtuberización de la fe
Los últimos compases abordaron la youtuberización de la fe, a raíz de un comentario que pedía no convertir a los laicos youtubers en «nuestros sacerdotes y obispos». Delgado reivindicó la gracia de estado del sacerdote para predicar y aconsejar —sin absolutizarla: al de Torrelavega hay que corregirle—, reconoció el servicio de los seglares, más a salvo de las arbitrariedades episcopales que algunos curas han padecido, pero les pidió reconocer sus límites: proliferan los vídeos de laicos, «algunos que antes de ayer eran protestantes», corrigiendo la plana en términos durísimos a sacerdotes con décadas de formación académica. De paso se defendió de quienes murmuran que tras la sanción se ha amansado: «Me volverá a pasar, no se preocupen; lo sobrellevaremos otra vez».
Góngora prefirió hablar de restauración antes que de reforma: «No es añadir un campanario a la torre; hay que repellar desde los cimientos y sacar la humedad y todo lo malo que se ha ido infiltrando», y previno a los fieles contra quien les diga lo que quieren oír. Beroch pidió humildad intelectual en todas direcciones —memorable su única respuesta escrita a un comentarista sabihondo de YouTube: «Discúlpeme, es la cuestión 23 de la Suma, no la 56»— y citó a Perón, «que no es santo de mi devoción, pero la verdad es verdad la diga quien la diga»: «El bruto es peor que el malo, porque los malos se pueden convertir». Delgado añadió la distinción escolástica entre opinión y demostración, contra los que califican de hereje al que discrepa en lo opinable, y lamentó a los exaltados que pierden amistades por estas disputas: «una ridiculez». Todavía hubo tiempo para reírse del youtuber que promete avisar a su audiencia cuando haya cisma, «aunque el Papa diga que lo hay».
El cierre fue el habitual de la casa: recomendación de la aplicación de audiolibros de Homo Legens —narrados con inteligencia artificial; Delgado la usa a diario en sus paseos por el seminario de Moyobamba— y del despacho fiscal barcelonés VCR, «Viva Cristo Rey», bendición en latín y el mismo himno cristero que había abierto la emisión: «Guerra, guerra contra Lucifer». Hasta el jueves que viene.
Shanghái retira las Biblias de la catedral, cierra San Ignacio y las funerarias niegan ya el funeral católico

La asfixia silenciosa de la Iglesia en China
(ChinaAid/InfoCatólica) Un católico de Shanghái ha documentado a lo largo del último año el estrechamiento progresivo del espacio en que los fieles chinos pueden vivir su fe, hasta el punto de que ya no es posible comprar una Biblia en la tienda de la catedral, el templo permanece cerrado a los visitantes y las funerarias de la ciudad se niegan a celebrar funerales católicos.
El informe, fechado el 1 de agosto de 2026, fue difundido el 19 de agosto en la red social X por una destacada cuenta de periodismo ciudadano y disidencia china en el extranjero. Su autor permanece en el anonimato por razones evidentes de seguridad.
Estanterías vacías en la catedral
La tienda de artículos religiosos vinculada a la catedral de San Ignacio, conocida también como catedral de Xujiahui, había retirado ya el año pasado los libros de teología de sus estantes. El 1 de agosto de este año desaparecieron directamente todas las estanterías, y con ellas la posibilidad de adquirir Biblias o el devocionario de las «Cuatro Oraciones Comunes».
Cuando el autor del informe preguntó por esos materiales, la cajera le respondió con una frase que resume el proceso entero: «Se han ido, se han ido todas».
La reflexión que le suscitó el episodio es igual de expresiva: «Es absurdo pensar que no puedas comprar una Biblia dentro de la iglesia, una maravilla del mundo».
No es un caso aislado de Shanghái. En junio de este año las iglesias católicas de Pekín retiraron igualmente las Biblias de la venta.
Un templo cerrado desde enero
La catedral de San Ignacio dejó de recibir visitantes a comienzos de 2026, con el argumento de unas obras de reforma interior. El autor del informe apunta que la decisión de reabrirla no depende enteramente de la propia iglesia.
Las peregrinaciones han corrido una suerte parecida. En julio hubo de cancelarse una peregrinación fuera de Pekín a causa de nuevas exigencias normativas. Un sacerdote de la capital explicó a los fieles que las parroquias que pretenden organizar peregrinaciones que crucen los límites de una región deben someterse a procedimientos de autorización «extremadamente difíciles de completar».
Hay algo más grave todavía en esa explicación: las iglesias locales «deben informar de los feligreses que viajan sin autorización». La parroquia queda así convertida en instrumento de vigilancia sobre sus propios fieles.
El resultado es que los católicos se ven reducidos a desplazarse en grupos de «dos o tres» personas. En este «tiempo especial», constata el autor del informe, muchas cosas que los católicos «habían podido hacer juntos anteriormente ya no podían hacerse».
También en internet
El cerco alcanza igualmente al ámbito digital. La aplicación católica china «Wan You Zhen Yuan» interrumpió bruscamente en diciembre de 2025 las retransmisiones diarias en chino del Rosario procedentes del santuario de Nuestra Señora de Lourdes, en Francia. La plataforma suspendió asimismo sus vídeos informativos y los cursos de formación espiritual en línea.
La fe escondida y el funeral negado
El testimonio de un joven católico de la provincia de Shandong ilustra el precio personal de todo esto. Funcionario público, teme perder el empleo si se descubre su práctica religiosa. Por eso evita acudir abiertamente a Misa en Shandong y solo participa cuando viaja por motivos de trabajo. Dentro de la iglesia mantiene puesta la mascarilla para que nadie pueda identificarlo.
El último eslabón conocido de esta cadena afecta al momento de la muerte. Desde agosto de este año, las funerarias de toda la ciudad de Shanghái han empezado a negarse a celebrar exequias católicas.
La información ha sido publicada por ChinaAid, organización internacional de derechos humanos de inspiración cristiana fundada en 2002, en un reportaje firmado por el corresponsal Gao Zhensai.
viernes, 21 de agosto de 2026
Un vídeo del obispo Schneider denunciando la "islamización de Europa" se ha vuelto viral en medio de la crisis migratoria en España.
En nuestra traducción de Sign of the Cross . La advertencia del obispo Schneider sobre la islamización de Europa se ha vuelto viral tras la reciente crisis en la frontera de Ceuta, España, que sin duda no quedará aislada y tendrá repercusiones en toda Europa. La noticia se complementa con declaraciones del cardenal Sarah. Un vídeo del obispo Schneider denunciando la "islamización de Europa" se ha vuelto viral en medio de la crisis migratoria en España.
Un vídeo de 2025 en el que el obispo Athanasius Schneider denunciaba la "invasión" de inmigrantes islámicos en Europa, acusándolos de destruir la herencia cristiana, ha resurgido en las redes sociales después de que decenas de miles de inmigrantes llegaran a España la semana pasada.
En el breve vídeo, refiriéndose a la afluencia masiva de inmigrantes musulmanes a Europa, el obispo recalcó que muchos de ellos no son refugiados y que la «islamización masiva» de Europa forma parte de un complot de los «poderosos» para destruir el cristianismo en Europa. Muchos usuarios de X republicaron el vídeo [ aquí ] junto con otro vídeo de inmigrantes que llegaron la semana pasada al pequeño territorio español de Ceuta desde la frontera con Marruecos.
«Ahora estamos presenciando una invasión. No se trata de refugiados, no, se trata de una invasión de la islamización masiva de Europa», dijo el obispo en el video. «Y, por lo tanto, este es un plan político global de los poderosos del mundo: destruir Europa cultural y religiosamente, y en última instancia, destruir el cristianismo en Europa».
Durante la oleada migratoria de la semana pasada, se estima que entre 50.000 y 60.000 personas cruzaron ilegalmente la frontera hacia Ceuta entre el 30 y el 31 de julio, lo que representa más de la mitad de la población de la ciudad. Al menos 86 personas fallecieron durante esta oleada, la mayoría ahogadas al intentar nadar hacia la costa española.
Según el Daily Mail
, la situación incluso derivó en disturbios callejeros, con residentes que salieron a las calles para protestar y repeler a los intrusos. «Muchos ondeaban banderas españolas y les gritaban», informó el Mail . «Mientras un grupo de migrantes huía, se oía de fondo una fuerte sirena policial». El sindicato policial nacional Jupol emitió un comunicado denunciando la «clara falta de personal y recursos materiales» para gestionar la situación.
El gobierno español finalmente envió tropas el viernes para "reforzar la Guardia Civil en el ejercicio de sus poderes y cualquier otro poder que sea necesario para mantener la seguridad en la ciudad de Ceuta", dijo el Ministerio del Interior, añadiendo que colaborará con el gobierno marroquí para repatriar a los migrantes "lo más rápido posible".
La afluencia masiva de migrantes en la frontera fue tan devastadora que incluso el presidente del gobierno español, Pedro Sánchez, denunció el incidente como "una violación de la integridad territorial de España". Según las autoridades, la mayoría de estos migrantes abandonaron la ciudad voluntariamente.
Si bien la doctrina social católica afirma que los inmigrantes deben ser tratados con dignidad y respeto, también reconoce el derecho de cada país a proteger sus fronteras. El documento "Doctrina Social Católica sobre la Inmigración y la Circunvalación de los Pueblos" de la Conferencia de Obispos Católicos de los Estados Unidos (USCCB) establece que los países no tienen la obligación de acoger a todos aquellos que desean entrar en su territorio.
Varios clérigos católicos se han hecho eco de las declaraciones del obispo Schneider sobre inmigración. En 2017, el cardenal Robert Sarah, en un discurso pronunciado en la Universidad Cardenal Stefan Wynszynski de Polonia, denunció a las "fuerzas externas" que pretenden imponerse en Polonia y otras naciones europeas sin integrarlas.
"¿Cómo puede una nación verse privada del derecho a distinguir entre un refugiado político o religioso, obligado a huir de su patria, y un migrante económico, que desea cambiar de residencia sin adaptarse, identificarse ni aceptar la cultura del país donde vivirá?", preguntó el cardenal Sarah.
El cardenal guineano también hizo hincapié en la importancia de reconstruir las naciones que han sufrido guerras y otras injusticias, sin desarraigar a las poblaciones de otros países, y criticó a quienes "explotan la palabra de Dios" para justificar la promoción del multiculturalismo.
"Reitero que debemos trabajar juntos para reconstruir las naciones que han sido víctimas de la guerra, la corrupción y la injusticia, pero esto no significa fomentar el desarraigo de los pueblos ni la destrucción de las naciones", afirmó. "Algunos instrumentalizan la Palabra de Dios para justificar la promoción del multiculturalismo y utilizan con frecuencia el pretexto de la hospitalidad para justificar la acogida de inmigrantes."
Palabras que, lamentablemente, no resuenan desde el trono más alto y sus líderes ideológicamente orientados, que siguen predicando la absurda aceptación indiscriminada, ignorando por completo sus consecuencias ahora casi irreversibles... sin ejercer ni el munus docendi ad intra ni la evangelización confundida con proselitismo ad extra ; afirmando, en efecto, que "rezamos al mismo Dios"...
miércoles, 19 de agosto de 2026
(392) Mons. A. Schneider: “El dilema entre preservar la integridad inequívoca de la fe católica y ser reconocidos canónicamente por el Papa”

ROMA, 17 de agosto de 2026 — Monseñor Schneider ha emitido su primera declaración pública desde las consagraciones episcopales de la FSSPX en Écône realizadas en julio en contra de la voluntad del Papa León XIV. En los meses previos había rogado repetidamente al Papa que le otorgara un mandato apostólico en lugar de permitir que el acto se llevara a cabo sin su aprobación, sobre todo en un «Llamamiento Fraternal » del 24 de febrero.
En esta nueva declaración, el obispo presenta la situación actual como ejemplo de un dilema que ya se había planteado en la historia de la Iglesia, por San Atanasio de Alejandría en el siglo IV, cuando el papa Liberio, presionado por el imperio, entró en comunión con los obispos arrianos y exigió que Atanasio hiciera lo mismo, a lo cual éste se negó y fue excomulgado, acusado de «perturbar la paz de la Iglesia».
El obispo auxiliar de Astaná, Kazajistán, no emite un juicio definitivo sobre las acciones del Vaticano, sino que se propone explicar, a través de este ejemplo histórico, el razonamiento detrás de la decisión de la FSSPX, manifestando:
«Quiero ofrecer elementos para una reflexión más profunda sobre la situación actual de la Iglesia, así como ejemplos históricos que fomenten una mayor comprensión del dilema en el que la Sociedad de San Pío X cree encontrarse».
En su declaración, el obispo Schneider también argumenta que la FSSPX, lejos de amenazar la unidad de la Iglesia, le presta “un gran servicio de valor histórico” mediante su insistencia en la claridad doctrinal y litúrgica, y agrega que
«Si la Santa Sede tomara en serio esta postura de la FSSPX —y, además, reconociera las ambigüedades objetivas en ciertas declaraciones del Concilio Vaticano II y en el rito de la Nueva Misa— marcaría el principio del fin del proyecto modernista dentro de la Iglesia, que de hecho comenzó hace más de cien años».
Publicamos a continuación la declaración completa, convencidos de que, en el presente estado de apasionamiento que domina las opiniones polarizadas sobre el tema, realmente puede contribuir a una mayor comprensión, buscando sinceramente la caridad en la verdad. Las negritas son nuestras.
Fuente:
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El dilema entre preservar la integridad inequívoca de la fe católica y ser reconocido canónicamente por el Papa
Por S.E.R. Mons. Athanasius Schneider
Resulta útil recordar un caso histórico en el que un gran santo se enfrentó al siguiente dilema: elegir entre preservar la integridad inequívoca de la fe católica y ser reconocido canónicamente por el Papa. Ese santo fue San Atanasio de Alejandría, Padre de la Iglesia del siglo IV. En 357, el Papa Liberio, tras firmar una fórmula de fe ambigua (omitiendo el término doctrinal crucial de «consustancial»), ordenó a San Atanasio que entrara en comunión con obispos arrianos y
semiarrianos, obispos con los que el propio Papa, presionado por el Emperador, lamentablemente había entrado en comunión. San Atanasio se negó a obedecer al Papa, por lo que este, según el testimonio de San Hilario de Poitiers y otras fuentes históricas, lo excomulgó, acusándolo de perturbar la paz de la Iglesia. A pesar de la excomunión, San Atanasio continuó gobernando su diócesis en Alejandría e incluso mostró comprensión por la lamentable conducta del Papa Liberio. Sin embargo, el papa San Dámaso, sucesor del papa Liberio, agradeció a San Atanasio y lo consultó sobre los asuntos de los obispos orientales. El papa Liberio fue el primer papa que no fue canonizado, mientras que Atanasio no solo fue canonizado, sino que fue declarado Doctor de la Iglesia.
Hoy en día, San Atanasio sería considerado un cismático según la definición de “cisma” en el Código de Derecho Canónico vigente, ya que se negó a estar en comunión con miembros de la Iglesia (obispos heréticos y semiheréticos) que estaban reconocidos canónicamente y, por lo tanto, sujetos al Papa.
Las consagraciones episcopales realizadas en Écône por la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX) el 1 de julio de 2026 son también un ejemplo de este singular dilema: tener que elegir entre preservar la integridad inequívoca de la fe católica tal como la enseñó el Magisterio a lo largo de los siglos, o ser reconocida canónicamente por el Papa. Este dilema se evidencia en las condiciones que conlleva el reconocimiento canónico de la FSSPX por parte del Papa: debe aceptar ciertas ambigüedades doctrinales de reciente introducción (como se refleja en algunas enseñanzas no definitivas del Concilio Vaticano II pastoral y en ciertas afirmaciones y actos del Magisterio posconciliar), y aceptar no solo la validez sino también la corrección (legitimidad) del rito de la Nueva Misa, a pesar de su vaguedad doctrinal y ritual, que marca una clara ruptura con el rito romano tradicional.

Al abordar este complejo asunto, es fundamental mantener una perspectiva objetiva, clarificar la terminología y tener presente el verdadero y último objetivo de la Iglesia y su gran tradición, pues esta se remonta a mucho más allá de los últimos siglos o décadas. Para ello, también es necesario considerar situaciones análogas de las principales crisis en la historia de la Iglesia.
En los últimos siglos, la Iglesia ha experimentado dos tendencias perjudiciales que han llevado a una visión limitada de la realidad: la tendencia a considerar el aspecto legal como casi absoluto, es decir, el legalismo; y la tendencia a absolutizar la figura del Papa y la obediencia a él, es decir, el papalismo. El legalismo, es decir, la adhesión rígida a la letra de la ley, y el papalismo, es decir, la obediencia indiferenciada y casi absoluta al Papa, han llegado a tener prioridad sobre la necesidad de claridad en la fe y la liturgia. Sin embargo, durante cada gran crisis doctrinal en la historia de la Iglesia, la regla de oro fue evitar cualquier tipo de ambigüedad doctrinal, como ocurrió con el Papa Honorio I, cuyas cartas doctrinalmente ambiguas, emitidas como parte de su Magisterio ordinario, fueron firmemente condenadas por Papas posteriores y por tres Concilios Ecuménicos, a pesar de los intentos de su segundo sucesor, el Papa Juan IV, por una especie de hermenéutica de continuidad.
En la actualidad, se afirma ampliamente dentro de la Iglesia que no puede surgir ningún conflicto de conciencia entre obedecer al Papa y preservar la pureza inequívoca de la fe. Esto significa, en última instancia, que la obediencia al Papa se valora tanto que se considera preferible aceptar ambigüedades en materia de fe y ritos litúrgicos que actuar en contra de un mandato papal, aun cuando dicho mandato sea humano y pueda ser imperfecto. Además, ha surgido una concepción estrecha de la comunión, ya sea con el Papa o con la Iglesia. La obediencia al Papa se considera indistinguible de la comunión con la Iglesia. Esto conlleva el riesgo de equiparar la obediencia al Papa con la obediencia a la revelación divina de Dios.
También es necesario distinguir entre la ley positiva —es decir, las leyes disciplinarias promulgadas por la autoridad eclesiástica humana— y la ley divina, es decir, las verdades de fe reveladas por Dios. Nadie puede contradecir la ley divina y seguir siendo católico. Sin embargo, en circunstancias verdaderamente extraordinarias y excepcionales, un católico puede verse obligado en conciencia a actuar en contra de la ley positiva, precisamente para permanecer fiel a la ley divina sin concesiones.
Los conceptos mismos de «cisma» y «sumisión» aún no se han aclarado completamente en su aplicación práctica y concreta. El Código de Derecho Canónico (Canon 751) define el cisma como «la negativa a someterse al Sumo Pontífice o a comulgar con los miembros de la Iglesia sujetos a él». De hecho, en la historia reciente de la Iglesia ha surgido una interpretación muy restrictiva de «cisma» y «sumisión», en la que la desobediencia material al Papa —independientemente de la intención— se equipara prácticamente con el cisma formal.
También hay que tener en cuenta el estado de cisma formal, que significa el rechazo, en principio, de la autoridad papal mediante el establecimiento de una jerarquía separada, como ocurrió con la Iglesia Ortodoxa Griega en 1054 y, posteriormente, con los numerosos y diversos grupos sedevacantistas hasta nuestros días. Sin embargo, no se puede hablar de un estado de cisma formal mientras persista la fe sobrenatural en el dogma de la primacía e infalibilidad papal, junto con el deseo de vivir en sumisión concreta a la autoridad papal, incluso si, debido a una crisis extraordinaria en la Iglesia, esto no puede realizarse plenamente por el momento. Dicha crisis extraordinaria en la Iglesia puede implicar una ofuscación o suspensión temporal del deber principal del ministerio papal: defender y proclamar, sin ambigüedad, la integridad de la fe y la liturgia católicas.
Lo mismo se aplica al concepto de estar «en comunión» con el Papa.
Durante un largo período, las ordenaciones episcopales se realizaban sin la participación directa del Papa, y las iglesias particulares y los obispos expresaban su comunión con él de diversas maneras. Solo más adelante en la historia de la Iglesia los papas exigieron que toda ordenación episcopal contara con un mandato papal. Sin embargo, incluso después de este desarrollo, el derecho canónico no consideraba las ordenaciones episcopales ilícitas —es decir, las realizadas contra la voluntad del Papa— como ofensas contra la unidad de la Iglesia, como actos inherentemente cismáticos o como intrínsecamente malos. Incluso hoy, el Código de Derecho Canónico vigente incluye las ordenaciones episcopales ilícitas entre las ofensas relativas a la celebración de los sacramentos o las clasifica como actos de usurpación de cargo.
De hecho, la norma que exige un mandato papal para las consagraciones episcopales es una cuestión de derecho positivo, no de derecho divino. De lo contrario, esta norma se habría observado a lo largo de toda la historia de la Iglesia, siempre, en todas partes y por todos, sin excepción. Por supuesto, un mandato papal para las consagraciones episcopales es generalmente necesario, y se estableció sabiamente para asegurar mejor la sumisión jerárquica del episcopado al Papa.
La naturaleza extraordinaria de la crisis actual en la Iglesia se revela, en el presente caso, por el hecho de que una comunidad cuya característica esencial es el deseo de ser fiel al Papa —y la Sociedad de San Pío X se considera como tal— se enfrenta a una elección trágica: o bien obedecer al Papa, y por lo tanto verse obligada a aceptar aspectos inciertos y poco claros de la doctrina y la liturgia, o bien desobedecer al Papa en un asunto de grave importancia, como la consagración de obispos, con la única intención de preservar los medios para transmitir la fe y la liturgia en su plena integridad, como un servicio a las almas y, por lo tanto, a toda la Iglesia, incluido el propio papado.
Tampoco debemos pasar por alto la magnitud de la crisis actual de la Iglesia, sino analizarla con honestidad, remontándonos a sus raíces. Estas raíces se encuentran en ciertas declaraciones doctrinales vagas y ambiguas del Concilio Vaticano II que, durante los últimos sesenta años, han sembrado confusión, como el relativismo doctrinal derivado de la enseñanza y la práctica del ecumenismo y el diálogo interreligioso, que han contribuido a socavar la singularidad de Jesucristo y su Iglesia como único camino a la salvación. Además, algunas deficiencias doctrinales y rituales de la reforma litúrgica, con sus tendencias protestantistas, han oscurecido la naturaleza sacrificial central de la Misa y su enfoque cristocéntrico.
San Juan Enrique Newman hizo la siguiente observación notable y oportuna: “Los obispos, cuando no enseñan formalmente [ex cathedra ], pueden errar, como vemos que erraron en el siglo IV. El papa Liberio podría firmar una fórmula eusebiana [arriana] en Sirmium, y la misa de obispos en Ariminum [Rimini] o en otro lugar, y sin embargo, a pesar de este error, podrían ser infalibles en sus decisiones ex cathedra ” ( Arrianos del siglo IV , Londres 1876, p. 464). Lo que el obispo de Ratisbona, monseñor Rudolf Graber afirmó hace más de cincuenta años, y su afirmación describe aún mejor la situación actual de la Iglesia: «Lo que sucedió hace más de 1600 años se repite hoy, pero con dos o tres diferencias: Alejandría es hoy la Iglesia Universal en su totalidad, cuya estabilidad se tambalea, y lo que entonces se emprendió mediante la fuerza física y la crueldad se traslada ahora a otro nivel. El exilio se sustituye por el destierro al silencio de la indiferencia, y la destrucción del carácter se convierte en asesinato» ( Athanasius and the Church of Our Time, Edimburgo, 1974, p. 23; original: Athanasius und die Kirche unserer Zeit , Abensberg, 1973).
La FSSPX es prácticamente la única comunidad en la Iglesia actual que llama abiertamente la atención sobre las evidentes ambigüedades doctrinales en ciertas declaraciones conciliares y en el rito de la Nueva Misa, exigiendo su aclaración inequívoca y, de ser necesario, incluso su enmienda, de acuerdo con el Magisterio constante de la Iglesia. La «hermenéutica de la continuidad» o de la «reforma en la continuidad» —un enfoque válido y útil en sí mismo— también puede convertirse en una especie de «camisa de fuerza», que simplemente disimula superficialmente las heridas causadas por las ambigüedades y confusiones doctrinales y litúrgicas. En efecto, la Santa Sede exige una forma de razonamiento circular: que todo está en orden, siempre que se realicen esfuerzos intelectuales suficientemente rigurosos.
De hecho, gracias a su incansable insistencia en la claridad doctrinal y litúrgica, la FSSPX presta un gran servicio a toda la Iglesia, un servicio de gran valor histórico. Si la Santa Sede tomara en serio esta postura de la FSSPX —y, además, reconociera las ambigüedades objetivas de ciertas declaraciones del Concilio Vaticano II y del rito de la Nueva Misa—, marcaría el principio del fin del proyecto modernista dentro de la Iglesia, que, en realidad, comenzó hace más de cien años.
La crisis actual entre la Santa Sede y la FSSPX también puede ilustrarse con la siguiente parábola: Se declara un incendio en una gran casa. El jefe de bomberos autoriza el uso únicamente de los nuevos métodos de extinción, a pesar de que estos han demostrado ser menos eficaces que los antiguos y probados. Un grupo de bomberos desobedece esta orden, continúa utilizando los métodos tradicionales e incluso recluta a nuevos bomberos —todo ello a pesar de la prohibición del jefe de bomberos— y, en efecto, el fuego se controla en muchos lugares. Sin embargo, estos bomberos son tachados de desobedientes y cismáticos, y son castigados por ello.
Para continuar con la parábola: el jefe de bomberos ahora solo admite a aquellos bomberos que reconocen los nuevos métodos y obedecen las nuevas normas del cuartel. Pero dada la magnitud del incendio, la lucha desesperada por contenerlo y la insuficiencia de los métodos oficiales, otros voluntarios intervienen desinteresadamente —a pesar de la prohibición del jefe de bomberos— aportando habilidad, conocimiento y buenas intenciones, y al final ayudando a salvar la misma casa que el jefe de bomberos se esforzaba por proteger.
Con el tiempo, las circunstancias históricas cambian y surge un nuevo jefe de bomberos, quien reconoce los efectos negativos de los nuevos métodos de extinción. No solo autoriza el uso de los métodos tradicionales, sino que se convierte en su ferviente defensor. Asimismo, reconoce la contribución de aquellos bomberos que antes habían sido incomprendidos, castigados severamente, marginados y expulsados como rebeldes, y les da la bienvenida de nuevo a sus filas. Al final, una vez superada aquella gran conmoción, lo que antes se había condenado como desobediencia y rebelión se reveló como un acto de entrega desinteresada.
La historia revelará algún día si las siguientes palabras de San Agustín se aplican a la situación actual de la FSSPX:
“A menudo, la Divina Providencia permite que incluso hombres buenos sean expulsados de la congregación de Cristo por las turbulentas sediciones de los hombres carnales. Cuando, por el bien de la paz de la Iglesia, soportan pacientemente ese insulto o daño, y no intentan ninguna novedad en el camino de la herejía o el cisma, enseñarán a los hombres cómo se debe servir a Dios con verdadera disposición y con gran y sincera caridad. La intención de tales hombres es regresar cuando el tumulto haya amainado. Pero si eso no se permite porque la tormenta continúa o porque su regreso podría provocar una más violenta, se mantienen firmes en su propósito de velar por el bien incluso de aquellos responsables de los tumultos y conmociones que los expulsaron. No forman conventículos separados propios, sino que defienden hasta la muerte y ayudan con su testimonio la fe que saben que se predica en la Iglesia Católica. A estos, el Padre que ve en secreto corona en secreto. Parece que este es un tipo raro de cristiano, pero no faltan ejemplos. Así pues, la Divina Providencia usa a todo tipo de hombres como ejemplos para la supervisión. de las almas y para la edificación de su pueblo espiritual” ( De vera religione , 6:11).
Lo que San Atanasio escribió a sus hermanos obispos de todo el mundo en medio de una extraordinaria crisis de fe es aplicable también a nuestros tiempos:
«Los cánones y decretos de la Iglesia no fueron dados en la actualidad, sino que nos fueron transmitidos con justicia y fidelidad por nuestros antepasados. Tampoco la fe tuvo su origen en este tiempo, sino que nos llegó del Señor a través de sus discípulos. Por lo tanto, para que las ordenanzas que se han conservado en las iglesias desde tiempos antiguos hasta ahora no se pierdan en nuestros días, y para que la confianza que se nos ha confiado sea requerida por nosotros, despertad, hermanos, como administradores de los misterios de Dios, al verlos ahora arrebatados por extranjeros.» (Encíclica Ep. , 1)
Dios, en su providencia, escribe con rectitud incluso en líneas que, desde una perspectiva meramente legal, parecen torcidas. Que Él nos conceda que este día llegue pronto. Alegrémonos en medio de la tribulación y digamos: Creo en la invencibilidad de la Iglesia y del Papado, y creo que la Santa Sede volverá a brillar un día como la cátedra de la verdad ante el mundo entero.
17 de agosto de 2026
Athanasius Schneider, obispo de Astana - Kazajistán.
martes, 18 de agosto de 2026
Mons. Schneider rompe su silencio sobre Écône: la FSSPX tuvo que elegir entre Roma y «la integridad de la fe»

El obispo auxiliar de Astaná, monseñor Athanasius Schneider, ha realizado su primera declaración pública desde que Roma declaró que los seis obispos de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX) habían incurrido en excomunión automática por las consagraciones episcopales celebradas en Écône el pasado 1 de julio sin mandato pontificio y contra la voluntad del papa León XIV. En un extenso texto publicado en primicia por la periodista Diane Montagna y que InfoVaticana ofrece íntegramente en español con autorización de Mons. Schneider, el prelado aborda el conflicto desde una perspectiva histórica, doctrinal y canónica.
El obispo había pedido reiteradamente a León XIV que concediera a la FSSPX el mandato apostólico necesario para ordenar nuevos obispos y evitar así una nueva ruptura. En su llamamiento del 24 de febrero pidió expresamente al Pontífice que actuara como «constructor de puentes» y advirtió del peligro de provocar «una nueva división verdaderamente innecesaria y dolorosa dentro de la Iglesia».
Ahora, Schneider sostiene que la Fraternidad se encontró ante una elección «trágica» y excepcional entre obedecer las disposiciones de Roma y preservar lo que considera la integridad inequívoca de la doctrina y de la liturgia católicas. El prelado no formula en el documento un juicio jurídico definitivo sobre la actuación del Vaticano, sino que trata de explicar las razones que llevaron a la FSSPX a proceder con las consagraciones. Su intención es ofrecer «elementos para una reflexión más profunda sobre la situación actual de la Iglesia», junto con precedentes históricos que permitan comprender mejor «el dilema en el que la Fraternidad San Pío X considera encontrarse».
Lea también: Mons. Schneider: la raíz del conflicto entre Roma y la FSSPX está en las ambigüedades del Vaticano II
El dilema entre preservar la integridad inequívoca de la fe católica y ser reconocido canónicamente por el Papa (Por monseñor Athanasius Schneider)
Resulta útil recordar un caso de la historia en el que un gran santo se enfrentó al siguiente dilema: elegir entre preservar la integridad inequívoca de la fe católica y ser reconocido canónicamente por el Papa. Ese santo fue el Padre de la Iglesia del siglo IV san Atanasio de Alejandría. En el año 357, el papa Liberio, después de firmar una fórmula de fe ambigua —que omitía el término doctrinal crucial «consubstancial»—, ordenó a san Atanasio entrar en comunión con obispos arrianos y semiarrianos, obispos con los que el propio Papa, bajo la presión del emperador, había entrado desgraciadamente en comunión. San Atanasio se negó a obedecer al Papa, tras lo cual este, según el testimonio de san Hilario de Poitiers y otras fuentes históricas, lo excomulgó, acusándolo de perturbar la paz de la Iglesia. A pesar de haber sido excomulgado por el Papa, san Atanasio continuó gobernando su diócesis de Alejandría e incluso mostró comprensión hacia la lamentable conducta del papa Liberio. Sin embargo, el papa san Dámaso, sucesor del papa Liberio, agradeció a san Atanasio y le consultó sobre los asuntos de los obispos orientales. El papa Liberio fue el primer Papa que no fue canonizado, mientras que Atanasio no solo fue canonizado, sino declarado Doctor de la Iglesia.
Hoy, san Atanasio sería considerado cismático según la definición de «cisma» del actual Código de Derecho Canónico, ya que se negó a estar en comunión con miembros de la Iglesia —obispos herejes y semiherejes— que estaban reconocidos canónicamente y, por tanto, sujetos al Papa.
Las consagraciones episcopales realizadas en Écône por la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX) el 1 de julio de 2026 constituyen también un ejemplo de este raro dilema: tener que elegir entre preservar la integridad inequívoca de la fe católica tal como fue enseñada por el Magisterio a lo largo de los siglos, o ser reconocido canónicamente por el Papa. Este dilema resulta evidente en las condiciones vinculadas al reconocimiento canónico de la FSSPX por parte del Papa: debe aceptar ciertas ambigüedades doctrinales introducidas recientemente —reflejadas en algunas enseñanzas no definitivas del pastoral Concilio Vaticano II y en determinadas afirmaciones y actos del Magisterio posconciliar— y aceptar no solo la validez, sino también la corrección —legitimidad— del rito de la nueva Misa, a pesar de su vaguedad doctrinal y ritual, que marca una clara ruptura con el rito romano tradicional.
Al tratar esta compleja cuestión, es esencial mantener una perspectiva sobria, aclarar la terminología y tener presente el verdadero y último fin de la Iglesia y su gran Tradición, pues esta se remonta mucho más allá de los últimos siglos o décadas. Al hacerlo, también deben considerarse situaciones análogas de las grandes crisis de la historia de la Iglesia.
Durante los últimos siglos se han producido dos desarrollos malsanos dentro de la Iglesia que han conducido a una visión estrecha de la realidad: la tendencia a tratar el aspecto jurídico como cuasiabsoluto, es decir, el legalismo; y la tendencia a absolutizar la persona del Papa y la obediencia a él, es decir, el papalismo. El legalismo —la adhesión rígida a la letra de la ley— y el papalismo —la obediencia indiferenciada y casi absoluta al Papa— han llegado a tener prioridad sobre la necesidad de claridad inequívoca en la fe y la liturgia. Sin embargo, durante todas las grandes crisis doctrinales de la historia de la Iglesia, la regla de hierro fue evitar cualquier tipo de ambigüedad doctrinal, como ocurrió con el papa Honorio I, cuyas cartas doctrinalmente ambiguas, emitidas como parte de su Magisterio ordinario, fueron firmemente condenadas por Papas posteriores y por tres concilios ecuménicos, pese a los intentos de su segundo sucesor, el papa Juan IV, de realizar una especie de hermenéutica de la continuidad.
En nuestros días se afirma ampliamente dentro de la Iglesia que no puede surgir ningún conflicto de conciencia entre obedecer al Papa y preservar la pureza inequívoca de la fe. Esto significa, en última instancia, que se concede a la obediencia al Papa un valor tan elevado que se considera preferible aceptar ambigüedades en cuestiones de fe y en los ritos litúrgicos antes que actuar contra una orden del Papa, aunque esa orden sea únicamente humana y pueda ser defectuosa. Asimismo, ha surgido una comprensión estrecha de la comunión, tanto con el Papa como con la Iglesia. La obediencia al Papa se considera indistinguible de la comunión con la Iglesia. Esto corre el riesgo de elevar la obediencia al Papa al mismo nivel que la obediencia a la revelación divina de Dios.
También debe distinguirse entre el derecho positivo —es decir, las leyes disciplinarias promulgadas por la autoridad humana de la Iglesia— y el Derecho Divino, es decir, las verdades de fe reveladas por Dios. Nadie puede contradecir el Derecho Divino y seguir siendo católico. Sin embargo, en circunstancias verdaderamente extraordinarias y excepcionales, un católico puede verse obligado en conciencia a actuar contra el derecho positivo precisamente para permanecer fiel, sin concesiones, al Derecho Divino.
Los propios conceptos de «cisma» y «sumisión» todavía no han sido plenamente aclarados en su aplicación concreta y práctica. El Código de Derecho Canónico (canon 751) define el cisma como «el rechazo de la sujeción al Sumo Pontífice o de la comunión con los miembros de la Iglesia a él sometidos». De hecho, en la historia reciente de la Iglesia ha surgido una comprensión muy estrecha del «cisma» y de la «sumisión», en la que la desobediencia material al Papa —independientemente de la intención— se equipara prácticamente al cisma formal.
También debe tenerse presente el estado de cisma formal, que significa el rechazo por principio de la autoridad papal mediante el establecimiento de una jerarquía separada, como ocurrió con la Iglesia ortodoxa griega en 1054 y, posteriormente, con los numerosos y diversos grupos sedevacantistas hasta nuestros días. Sin embargo, no puede hablarse de un estado de cisma formal mientras persista la fe sobrenatural en el dogma del primado y la infalibilidad papales, junto con el deseo de vivir en sumisión concreta a la autoridad pontificia, aunque, debido a una crisis extraordinaria de la Iglesia, esto no pueda realizarse plenamente por el momento. Una crisis extraordinaria de la Iglesia puede implicar un oscurecimiento o suspensión temporal del principal deber del ministerio papal, a saber, defender y proclamar inequívocamente la integridad de la fe y de la liturgia católicas.
Lo mismo se aplica al concepto de estar «en comunión» con el Papa. Durante un periodo muy prolongado, las ordenaciones episcopales se realizaron sin la intervención directa del Papa, y las Iglesias particulares y los obispos individuales expresaban su comunión con él de diversas maneras. Solo posteriormente en la historia de la Iglesia los Papas exigieron que toda ordenación episcopal tuviera lugar con mandato pontificio. Sin embargo, incluso después de ese desarrollo, el derecho canónico no consideró las ordenaciones episcopales ilícitas —es decir, las realizadas contra la voluntad del Papa— como delitos contra la unidad de la Iglesia, como actos inherentemente cismáticos o como actos intrínsecamente malos. Incluso hoy, el actual Código de Derecho Canónico incluye las ordenaciones episcopales ilícitas entre los delitos relativos a la celebración de los sacramentos o las clasifica como actos de usurpación de oficio.
En efecto, la norma que exige un mandato pontificio para las consagraciones episcopales es una cuestión de derecho positivo, no de Derecho Divino. De lo contrario, esta norma habría sido observada a lo largo de toda la historia de la Iglesia, siempre, en todas partes y por todos, sin excepción. Por supuesto, un mandato pontificio para las consagraciones episcopales es ordinariamente necesario y fue sabiamente establecido para garantizar mejor la sumisión jerárquica del episcopado al Papa.
El carácter extraordinario de la actual crisis de la Iglesia se manifiesta, en el presente caso, en el hecho de que una comunidad cuya característica esencial es el deseo de ser fiel al Papa —y la Fraternidad San Pío X se considera a sí misma como tal— se enfrenta a una elección trágica: obedecer al Papa y verse así obligada a aceptar aspectos inciertos y poco claros de la doctrina y la liturgia, o desobedecer al Papa en una cuestión de grave importancia, como la consagración de obispos, con la única intención de preservar los medios para transmitir la fe y la liturgia en toda su integridad, como servicio a las almas y, por tanto, a toda la Iglesia, incluido el propio papado.
Tampoco debe ignorarse la magnitud completa de la crisis actual de la Iglesia, sino contemplarla con honestidad, remontándose hasta sus raíces. Estas raíces se encuentran en ciertas afirmaciones doctrinales vagas y ambiguas del Concilio Vaticano II que, durante los últimos sesenta años, han sembrado confusión, como el relativismo doctrinal derivado de la enseñanza y la práctica del ecumenismo y del diálogo interreligioso, que han contribuido a socavar la unicidad de Jesucristo y de su Iglesia como único camino de salvación. Asimismo, algunos defectos doctrinales y rituales de la reforma litúrgica, con sus tendencias protestantizantes, han oscurecido el carácter sacrificial central de la Misa y su orientación cristocéntrica.
San John Henry Newman hizo la siguiente observación, notable y oportuna: «Los obispos, cuando no enseñan formalmente [ex cathedra], pueden errar, como sabemos que erraron en el siglo IV. El papa Liberio pudo firmar una fórmula eusebiana [arriana] en Sirmio, y la masa de los obispos en Ariminum [Rímini] o en otros lugares, y sin embargo, a pesar de este error, podían ser infalibles en sus decisiones ex cathedra» (Arians of the Fourth Century, Londres, 1876, p. 464).
Lo que el obispo de Ratisbona, monseñor Rudolf Graber, afirmó hace más de cincuenta años caracteriza aún más la situación actual de la Iglesia: «Lo que ocurrió hace más de 1.600 años se repite hoy, pero con dos o tres diferencias: Alejandría es hoy toda la Iglesia universal, cuya estabilidad está siendo sacudida, y lo que entonces se llevó a cabo mediante la fuerza física y la crueldad se ha trasladado ahora a otro nivel. El exilio es sustituido por el destierro al silencio de ser ignorado, y el asesinato por el asesinato de la reputación» (Athanasius and the Church of Our Time, Edimburgo, 1974, p. 23; original: Athanasius und die Kirche unserer Zeit, Abensberg, 1973).
La FSSPX es prácticamente la única comunidad de la Iglesia actual que llama abiertamente la atención sobre las evidentes ambigüedades doctrinales de ciertas afirmaciones conciliares y del rito de la nueva Misa, reclamando su aclaración inequívoca y, si fuera necesario, incluso su modificación, de acuerdo con el Magisterio constante de la Iglesia. La «hermenéutica de la continuidad» o de la «reforma en la continuidad» —un enfoque válido y útil en sí mismo— puede convertirse también en una especie de «camisa de fuerza» que se limita a cubrir cosméticamente las heridas causadas por las ambigüedades y confusiones doctrinales y litúrgicas. En la práctica, la Santa Sede exige una forma de razonamiento circular: que todo está en orden siempre que se realicen esfuerzos intelectuales suficientemente arduos.
En realidad, mediante su incansable insistencia en la claridad doctrinal y litúrgica, la FSSPX presta un gran servicio a toda la Iglesia, un servicio de valor histórico. Si la Santa Sede se tomara en serio esta posición de la FSSPX y, además, reconociera las ambigüedades objetivas existentes en determinadas afirmaciones del Concilio Vaticano II y en el rito de la nueva Misa, ello marcaría el comienzo del fin del proyecto modernista dentro de la Iglesia, que en realidad comenzó hace más de cien años.
La crisis actual entre la Santa Sede y la FSSPX también puede ilustrarse mediante la siguiente parábola: se declara un incendio en una gran casa. El jefe de bomberos permite utilizar únicamente los nuevos métodos de extinción, aunque estos hayan demostrado ser menos eficaces que los antiguos métodos y herramientas ya probados. Un grupo de bomberos desobedece esta orden, continúa utilizando los métodos probados e incluso recluta nuevos bomberos, todo ello a pesar de la prohibición del jefe, y, de hecho, el incendio queda contenido en muchos lugares. Sin embargo, estos bomberos son tachados de desobedientes y cismáticos y son castigados por ello.
Llevando la parábola más lejos: el jefe de bomberos admite ahora únicamente a aquellos bomberos que reconocen los nuevos métodos y obedecen las nuevas normas del parque de bomberos. Pero, dada la enorme magnitud del incendio, la lucha desesperada por contenerlo y la insuficiencia de los métodos oficiales, otros ayudantes intervienen desinteresadamente —a pesar de la prohibición del jefe de bomberos— aportando habilidad, conocimientos y buenas intenciones y, al final, ayudan a salvar la misma casa que el jefe de bomberos trataba de proteger.
Con el tiempo, las circunstancias históricas cambian y aparece un nuevo jefe de bomberos que reconoce los desafortunados efectos de los nuevos métodos de extinción. No solo vuelve a permitir el uso de los antiguos métodos probados, sino que él mismo se convierte en su ferviente defensor. Reconoce asimismo la contribución de aquellos bomberos que en otro tiempo fueron incomprendidos, duramente castigados, tratados como marginados y expulsados como rebeldes, y los acoge nuevamente en las filas. Finalmente, una vez superada aquella gran convulsión, lo que en otro tiempo fue condenado como desobediencia y rebelión se revela como un acto de entrega desinteresada.
La historia revelará algún día si las siguientes palabras de san Agustín son aplicables a la situación actual de la FSSPX:
«A menudo la divina Providencia permite que incluso hombres buenos sean expulsados de la congregación de Cristo por las turbulentas sediciones de hombres carnales. Cuando, por el bien de la paz de la Iglesia, soportan pacientemente ese ultraje o injuria y no intentan ninguna novedad en forma de herejía o cisma, enseñarán a los hombres cómo debe servirse a Dios con una verdadera disposición y con una caridad grande y sincera. La intención de tales hombres es regresar cuando haya cesado el tumulto. Pero si esto no se permite porque continúa la tormenta o porque su regreso podría suscitar otra aún más feroz, mantienen firme su propósito de buscar el bien incluso de aquellos responsables de los tumultos y conmociones que los expulsaron. No forman conventículos separados propios, sino que defienden hasta la muerte y sostienen con su testimonio la fe que saben que se predica en la Iglesia católica. A estos, el Padre que ve en lo secreto los corona secretamente. Parece que este es un tipo raro de cristiano, pero no faltan ejemplos. Así, la divina Providencia utiliza toda clase de hombres como ejemplos para el cuidado de las almas y para la edificación de su pueblo espiritual» (De vera religione, 6, 11).
Lo que san Atanasio escribió a sus hermanos obispos de todo el mundo en medio de una extraordinaria crisis de fe resulta también aplicable a nuestro tiempo:
«Los cánones y decretos de la Iglesia no fueron dados en el presente, sino que nos fueron transmitidos recta y firmemente por nuestros antepasados. Tampoco tuvo la fe su comienzo en este tiempo, sino que nos llegó del Señor por medio de sus discípulos. Por tanto, para que las disposiciones que han sido conservadas en las iglesias desde antiguo hasta ahora no se pierdan en nuestros días, y para que no se nos reclame el depósito que nos ha sido confiado, despertad, hermanos, como administradores de los misterios de Dios, al ver que ahora son arrebatados por extraños» (Ep. encyclica, 1).
Dios, en su Providencia, escribe derecho incluso con líneas que, desde una perspectiva meramente jurídica, parecen torcidas. Que Él conceda que ese día llegue pronto. Alegrémonos en medio de la tribulación y digamos: creo en la invencibilidad de la Iglesia y del Papado, y creo que la Santa Sede volverá algún día a resplandecer ante el mundo entero como la Cátedra de la verdad.
«Una parroquia con un párroco santo tiene más futuro que una diócesis con veinte grupos de trabajo sobre sinodalidad y gestores bien pagados» Obispo neerlandés Rob Mutsaerts
El obispo neerlandés Rob Mutsaerts pregunta al Papa qué frutos ha dado el proceso sinodal y advierte de que la Iglesia posee un tesoro que el mundo necesita, pero «se ha quedado en Emaús» discutiendo sobre sí misma. «El obispo debe escuchar. El sacerdote debe escuchar. Pero, ¿a quién debe escuchar la Iglesia ante todo?»
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(InfoCatólica) Quizá una de las iglesias locales que está «de vuelta» sea la que peregrina en Holanda (Países Bajos). Ha sufrido desde la más loca interpretación del Concilio a ser uno de los laboratorios desde los que se diseñó y propagó la Teología de la Liberación. Y quizá por haber sufrido lo indecible hasta su marginalización, pueden dar fe de los caminos que llevan a ninguna parte.
En esta línea, el Obispo auxiliar de 's-Hertogenbosch, Rob Mutsaerts, ha publicado una extensa carta abierta dirigida al Papa León XIV en la que cuestiona los frutos del proceso sinodal y pide al Pontífice que devuelva a la Iglesia la prioridad de la evangelización y la proclamación clara del Evangelio. La carta, publicada el 13 de agosto en el sitio web del prelado neerlandés, constituye una de las críticas episcopales más articuladas al modelo sinodal impulsado desde Roma en los últimos años.
Mutsaerts sitúa su intervención bajo un principio que considera irrenunciable: salus animarum suprema lex, la salvación de las almas como ley suprema. «Mi pregunta es sencilla y grave: ¿está ayudando el proceso sinodal a acercar realmente las almas a Cristo y a la salvación eterna?», escribe el obispo, que subraya que no actúa por falta de respeto al ministerio petrino, sino «por amor a ese mismo ministerio».
Las preguntas incómodas
El núcleo de la carta es una batería de preguntas que el obispo plantea sin ambages: ¿se ha fortalecido la fe? ¿Se ha proclamado a Cristo con mayor claridad? ¿Se ha profundizado la identidad católica? ¿Han aumentado las conversiones, la asistencia a misa, las vocaciones sacerdotales? ¿Ha crecido la reverencia eucarística? ¿Se ha clarificado la enseñanza moral de la Iglesia?
Preguntas legítimas que solo grupos ideologizados no quieren no solo responder, ni siquiera preguntarse. Las reacciones en redes sociales por parte de habituales comentaristas progresistas es un buen indicador.
«Cuando se plantean estas preguntas, resulta imposible considerar el Sínodo como un éxito», concluye Mutsaerts, que advierte además de que el proyecto sinodal no ha concluido realmente: la fase de implementación se prolonga mediante encuentros diocesanos, nacionales y continentales hasta una asamblea eclesial prevista en Roma en octubre de 2028. «Lo que comenzó como un Sínodo de 2021-2024 amenaza con convertirse en una forma permanente de gobierno».
Un proceso que se convierte en fin
El obispo neerlandés señala lo que considera una anomalía de origen: que el Sínodo sobre la Sinodalidad convierte el proceso en su propio objeto. «Se podría comparar con una reunión que se reúne interminablemente para discutir cómo hay que reunirse en adelante», escribe.
Mutsaerts reconoce que la Iglesia ha celebrado concilios y sínodos desde la antigüedad, pero distingue entre el sínodo clásico como medio para abordar un problema concreto y la sinodalidad como paradigma eclesial permanente. «En el discurso sinodal actual, la sinodalidad amenaza con convertirse en un fin en sí misma. Y ahí comienza, desde una perspectiva católica tradicional, el problema».
La Iglesia no nace del diálogo
La carta profundiza en una cuestión eclesiológica de fondo: la Iglesia no comienza con el diálogo humano, sino con Cristo. «Cristo no fundó un grupo de discusión. Llamó apóstoles. Les dio autoridad. Los envió a proclamar, bautizar y enseñar», recuerda Mutsaerts, que se apoya en san Pablo para subrayar que la fe se recibe, se transmite y se custodia, no se produce por consenso.
«Si mañana el 90 por ciento de los católicos dejara de creer en la presencia real de Cristo en la Eucaristía, Cristo no estaría por ello menos realmente presente. Si el 80 por ciento rechazara una determinada enseñanza moral, esa enseñanza no se volvería automáticamente falsa», argumenta. «La verdad no se produce por consenso. Ese es el primer gran campo de tensión en torno al proyecto sinodal».
«Escuchar»: ¿a quién y en qué orden?
El obispo aborda uno de los conceptos clave del proceso sinodal, el de la escucha, y advierte del riesgo de invertir las prioridades. «El obispo debe escuchar. El sacerdote debe escuchar. Pero, ¿a quién debe escuchar la Iglesia ante todo?», plantea. La respuesta, sostiene, es «a Cristo, a la Escritura, a la Tradición apostólica, a los santos, al testimonio de veinte siglos de cristianismo, al Magisterio. Y, naturalmente, también a los fieles».
En ciertos textos sinodales, sin embargo, la secuencia se invierte: «Se parte de las experiencias, deseos, frustraciones y expectativas del hombre contemporáneo y luego se pregunta cómo debe reaccionar la Iglesia». Mutsaerts identifica aquí un peligro: «¿Qué sucede cuando los deseos del hombre moderno chocan con el Evangelio? Entonces no es el Evangelio el que debe cambiar; es el hombre. Eso se llama, en el cristianismo, conversión. Y precisamente esa palabra suena llamativamente poco en muchas discusiones eclesiales modernas».
El elefante en la sala sinodal
La carta señala una discrepancia entre los temas que dominan el debate sinodal y la crisis real de la Iglesia en Occidente. Las iglesias se vacían, las parroquias se fusionan, los monasterios desaparecen, las órdenes religiosas envejecen, el conocimiento de la fe disminuye, la vida sacramental se debilita. Ante ese panorama, sostiene Mutsaerts, cabría esperar que la gran operación eclesial mundial se concentrase en una pregunta: ¿cómo ganar de nuevo al mundo para Cristo?
En cambio, buena parte de la atención se dirige a «estructuras, participación, procesos de toma de decisiones, responsabilidad de las mujeres, inclusividad, relaciones de autoridad y el funcionamiento de los órganos eclesiásticos». El obispo no niega que sean temas legítimos, pero recurre a una imagen elocuente: «Una casa en llamas tiene otras prioridades que los asuntos domésticos».
Mutsaerts describe además lo que denomina una «ley de Parkinson eclesiástica»: «Cuanta menos evangelización, más comisiones sobre evangelización. Cuantas menos vocaciones, más documentos sobre vocaciones. Cuanta menos gente va a la iglesia, más largas se hacen las reuniones sobre el ser eclesial».
Expectativas que no se pueden satisfacer
Otro aspecto que el obispo considera problemático es que el proceso sinodal haya alentado expectativas sobre temas en los que la Iglesia posee una enseñanza definida: el diaconado femenino, el sacerdocio, la moral sexual, las relaciones homosexuales, la descentralización del gobierno eclesial. «Cuando estos temas se discuten durante años, surge naturalmente la impresión de que finalmente podrán ser cambiados. De lo contrario, no se hablaría interminablemente de ellos», razona.
El resultado, advierte, es una «paradoja pastoral»: se pide a las personas que expresen sus expectativas y luego resulta que algunas son imposibles de cumplir sin poner en peligro la continuidad de la doctrina. «Eso no es ganancia pastoral. Es una receta para la frustración».
La alternativa olvidada: la santidad
Frente al modelo sinodal, Mutsaerts propone recuperar lo que considera el motor histórico de toda auténtica reforma católica: la santidad. «Las grandes reformas católicas casi nunca comenzaron con estructuras. Comenzaron con santos», escribe, y enumera a san Benito, san Francisco, santo Domingo, santa Catalina de Siena, san Ignacio de Loyola, santa Teresa de Ávila, san Juan Bosco, santa Teresa de Lisieux, san Maximiliano Kolbe y san Juan Pablo II.
«Una parroquia con un párroco santo tiene más futuro que una diócesis con veinte grupos de trabajo sobre sinodalidad», afirma el obispo, que propone una inversión de prioridades: «No menos escucha, sino más santidad. No menos participación, sino más conversión. No menos diálogo, sino más proclamación».
De Emaús a Jerusalén
La carta concluye con una relectura del relato de los discípulos de Emaús como modelo de auténtica sinodalidad católica. Cristo camina con los discípulos, escucha, les deja hablar. «Hasta aquí, cualquier manual sinodal podría asentir con entusiasmo», observa Mutsaerts. «Pero entonces ocurre lo decisivo: Cristo no confirma su interpretación. La corrige. Les abre las Escrituras. Les enseña cómo deben entender los acontecimientos. Y finalmente le reconocen al partir el pan».
Los discípulos, subraya el obispo, no se quedan evaluando su experiencia: «Se levantan, vuelven a Jerusalén, van a proclamar». En cambio, sostiene, «el proceso sinodal se ha quedado en Emaús y la pregunta es si saldrá de allí».
La carta se cierra con una petición directa al Papa: «Denos claridad. Cuando el mundo habla con incertidumbre, que Pedro hable con claridad. Cuando la Iglesia se cansa de las discusiones internas, señálenos de nuevo a Cristo». Y recuerda las palabras del propio Pedro: «Señor, ¿a quién iríamos? Tus palabras son palabras de vida eterna».
Mutsaerts se suma así a otros prelados que han expresado públicamente sus críticas al proceso sinodal. Según recoge Edward Pentin, entre ellos figuran los Cardenales Joseph Zen Ze-Kiun, Raymond Burke, Walter Brandmüller, Robert Sarah, Juan Sandoval Íñiguez y Gerhard Müller, así como el difunto Cardenal George Pell.
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