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jueves, 10 de septiembre de 2026

EXCLUSIVA: Monseñor Schneider pide caridad cristiana para con la FSSPX




Entrevista concedida a Niwa Limbu de Advaticanum

AV: En la declaración que publicó Vuestra Excelencia a raíz de las consagraciones de Écône del pasado 1º de julio describió el caso de la FSSPX como un extraño dilema: o mantener la integridad inequívoca de la Fe católica tal como la enseña el Magisterio desde hace siglos, o contar con el reconocimiento canónico del Sumo Pontífice. Lo comparó con el dilema que se le planteó a San Atanasio con el papa Liberio. ¿Hasta dónde quiere llevar esta analogía? ¿Quiere decir que las penalidades ocasionadas por las consagraciones están moralmente al mismo nivel que la censura de San Atanasio, o la comparación es meramente ilustrativa?

+AS: No hay comparaciones que sean ciento por ciento exactas. Con situaciones históricas complicadas, es más bien ilustrativa. Por supuesto, lo que comparo con lo de San Atanasio no es el acto de consagración en sí. Jamás he dicho que San Atanasio hiciera las consagraciones sin autorización del Papa, porque en aquella época no se daban. Cualquier obispo metropolitano tenía derecho a elegir y consagrar prelados con la ayuda de otros obispos sufragáneos.

Sea como sea, si se excomulgó a San Atanasio no fue por las consagraciones, sino por una cuestión más grave todavía. En ambos casos, lo que se compara no son las consagraciones en sí, sino que tanto en una como en otra situación hubo un acto de desobediencia a una orden concreta de un pontífice.

En el caso de la Fraternidad, se trata de las consagraciones sin mandato pontificio. En el de San Atanasio, desacató la orden del Papa de que estuviera en comunión con obispos orientales herejes y semiherejes. San Atanasio se negó a obedecer. No quiso obedecer al Papa en un asunto de gran importancia, porque el Sumo Pontífice había dicho: «Yo, el Papa, estoy en comunión con estos obispos. Atanasio, ¿cómo te atreves a rechazar la comunión con unos prelados con los que yo, el Romano Pontífice estoy en comunión?» A mí me parece que, desde el punto de vista eclesiástico, esto es mucho más grave.

En ese sentido, lo de San Atanasio en su tiempo fue mucho más serio que la desobediencia material de la Fraternidad con las consagraciones. En todo caso, se lo excomulgó por desobediencia y por las alteraciones que causó en la Iglesia al rechazar la comunión con obispos reconocidos por el Papa.

Hay más motivos por los que comparo el caso con el de San Atanasio. Entre otros, que lo que hizo fue un acto de desobediencia. Si San Atanasio hubiera obedecido al Romano Pontífice, habría transigido en su conciencia y menoscabado la integridad de la Fe, porque en cierta forma habría reconocido a prelados como mínimo semiheréticos. No podía hacer una cosa así. Otro motivo, que una vez excomulgado no hizo caso de la excomunión pontificia y siguió gobernando su diócesis. Eso es más que la simple consagración de un obispo. Siendo obispo excomulgado, ejerció plena jurisdicción sobre su diócesis y otras sedes metropolitanas a su cargo: no se limitaba a celebrar los sacramentos, ejercía plena jurisdicción. Hizo caso omiso de la excomunión pontificia.

La Fraternidad ha hecho algo por el estilo: ha desestimado la excomunión que se le impuso el pasado mes de julio por considerarla injusta e inválida, pues le impediría continuar la obra que realiza por amor a la Iglesia. Con San Atanasio fue igual; cuando desestimó la excomunión de que le hizo objeto Liberio. En la práctica fue como si dijera: «Tengo que seguir al frente de mi diócesis de Egipto por el bien de la Iglesia, por amor a la Iglesia». O sea, que en ese sentido es lo mismo.

Hay otro elemento más de comparación entre los dos casos. La Fraternidad no ha reaccionado con resentimiento; sigue rezando por el Papa y considerándolo su padre. Como con un padre que da una paliza a su hijo, éste sigue también queriéndolo y llevando a cabo su labor por amor a la Santa Sede y a toda la Iglesia. Ésa es la intención. San Atanasio también recibió un buen vapuleo del papa Liberio, y no reaccionó con rencor. Incluso en alguno de sus escritos llegó a hablar con mucha delicadeza de la flaqueza de Liberio. Lo hizo con mucho tacto, sin juzgarlo, y hasta se puede decir que disculpándolo, porque –decía– actuó presionado. Aquí vemos mucha delicadeza. En estos elementos me baso para comparar. Aunque no al cien por cien, pueden servir. Esa fue, diría yo, la esencia de lo que escribí.

AV: En su texto afirmaba que si la Santa Sede adoptase en serio la postura de la Fraternidad y reconociera que hay ambigüedades en algunas declaraciones del Concilio y en el rito nuevo de la Misa se iniciaría «el fin de la campaña modernista que se está llevando a cabo en la Iglesia». ¿Qué tendría que decir ese reconocimiento para ser algo más que una mera fórmula de cortesía? ¿Ha observado además V.E. alguna señal de que Roma esté dispuesta a reconocer esas ambigüedades como lo que son?

+AS: Todo lo contrario. La declaración que hizo el cardenal Fernández en febrero tras reunirse con el P. Pagliarini volvió a recalcar que el Concilio no se debe poner en tela de juicio, y añadió que no se pueden corregir los textos conciliares. Pero no son enseñanzas definidas; como declaró Pablo VI en enero de 1966, los textos conciliares no son doctrinas infalibles ni enseñanzas definidas de la Iglesia. Las enseñanzas del propio Concilio. Claro que cuando el Concilio cita un dogma –y citó muchos– no deja de ser dogma. No es ésa la cuestión. La cuestión son las enseñanzas del propio Concilio.

Entonces, cuando esos textos no están definidos, no son ex cathedra, ¿por qué no van a ser susceptibles de enmienda o mejora, de corrección? Hay precedentes en la historia de la Iglesia. En el Concilio de Florencia se promulgaron declaraciones doctrinales no estrictamente disciplinarias que no se proponían como infalibles. Entre otras la de que la materia del sacramento de la ordenación era la entrega de los cálices en vez de la imposición de manos.

Pero eso iba contra la larga tradición de la Iglesia, porque a lo largo de todo el primer milenio, tanto en Oriente como en Occidente, todavía no se transmitían los objetos. Durante mucho tiempo la Iglesia sólo utilizó la imposición de manos. Pero luego, cuando el concilio florentino, casi la mitad de la Iglesia –la de Oriente– siguió con la mera imposición de manos. Y es una misma Iglesia y un mismo sacramento. Por tanto, a algunos teólogos les extrañó que aquel concilio afirmara tal cosa. Había un desequilibrio. Objetivamente fue un error. Pero en aquella época la Santa Sede era muy tolerante y no prohibió a los teólogos hablar del asunto, ni siquiera plantear objeciones.

A lo largo de los siglos la mayoría de los teólogos ha sostenido que la materia consiste en la mera imposición de manos. La cosa maduró, y un día Pío XII, en un documento solemne, zanjó definitivamente la cuestión insistiendo en que la materia consiste en la imposición de las manos. Como vemos, corrigió formalmente una cuestión doctrinal promulgada por un concilio ecuménico.

En aquellos siglos la Santa Sede era mucho más tolerante que hoy. Actualmente prohíbe debatir, modificar o corregir ciertas declaraciones pastorales; cuestiones como libertad de cultos, ecumenismo o colegialidad. Esas cuestiones que tanto critica la Fraternidad San Pío X. Hay que aceptarlas sin más, hacer un esfuerzo intelectual, gimnasia mental, y no importa. No es una actitud correcta.

El citado concilio declaró también que toda persona no bautizada, niño o adulto, que muere sin bautizar se va derecho al Infierno. Es una declaración muy desequilibrada. Más adelante algunos teólogos se dieron cuenta de que algo faltaba. No era tan correcto. La Iglesia permitió el debate hasta el siglo XIX. Pío IX promulgó dos documentos, encíclicas, en los que trató el tema y corrigió la declaración doctrinal de Florencia, afirmando que una persona no bautizada que muera en ignorancia invencible se puede salvar por medios que sólo Dios conoce.

Así pues, se han dado otros casos. ¿Por qué no ser más tolerantes y decir: «Hablemos del asunto. Estos tres puntos pueden tener más importancia. Concedamos libertad de debate»? ¿Por qué no proponer enmiendas, y hasta modificaciones o correcciones, para que esos textos no resulten tan ambiguos?

Otro caso histórico fue el del papa Honorio I, en el siglo VII. Escribió dos cartas, que no forman parte de su magisterio pontificio auténtico al Patriarca de Constantinopla hablando de cristología. Son unas epístolas muy ambiguas y faltas de claridad. No son abiertamente heréticas, ni erróneas, pero son bastante confusas. Pero esas equívocas cartas incentivaron al patriarca hereje de Constantinopla y a la Iglesia de Oriente a seguir propagando la herejía. Divulgaban la herejía citando al papa Honorio.

El sucesor inmediato de Honorio –porque el primero sólo estuvo allí unos meses– fue Juan IV, que intentó resolver la situación y defender a Honorio, con lo que hoy llamaríamos hermenéutica de la continuidad. Pero ni los siguientes sucesores de Honorio del mismo siglo ni el Tercer Concilio de Constantinopla aceptaron la hermenéutica de Juan IV. Le dijeron que su explicación no era aceptable. Y no porque fuera herética, sino porque le faltaba claridad; era equívoca. Por tal razón, la condenaron solemnemente. San León II corroboró el concilio ecuménico junto con su predecesor a causa de una ambigüidad.

Por consiguiente, no podemos seguir con textos ambiguos del Concilio. Es preciso corregirlos para que quede una claridad diáfana en lo relativo al ecumenismo y la libertad religiosa sin dar pábulo a interpretaciones ambiguas como las que venimos soportando desde hace seis décadas, sesenta años. Hemos visto los frutos de la ambigüedad de esos textos en un falso ecumenismo, un diálogo errado, que en el fondo es relativismo. Socava la única verdad y la única religión verdadera, que es la Iglesia Católica fundada por Dios. La ha socavado hasta los cimientos.

Desde hace sesenta años, si se va a un seminario o una facultad de teología y se habla con los sacerdotes y seminaristas, la mayoría –que son del Novus Ordo– dicen: «Es que todas las comunidades cristianas van por el mismo camino hacia Dios, hacia Cristo, y podemos coexistir unas con otras. No es imprescindible que se conviertan». Y lo aplican también a los que no son cristianos. Cada vez está más extendido eso, lo enseñan y predican en seminarios sacerdotes y hasta obispos.

AV: Excelencia, ha descrito las consagraciones de Écône como una alternativa entre mantener la Fe clara y ser reconocidos por el Papa, porque Roma exigiría a la Fraternidad aceptar ciertas ambigüedades novedosas y la legitimidad de la nueva Misa. Vuestra Excelencia es un prelado en plena comunión, y desde hace mucho señala estos mismos problemas. ¿Ha aceptado esas condiciones? Si no, ¿por qué es un dilema para la Fraternidad?

+AS: Cuando me consagraron obispo no era plenamente consciente de eso. Tengo que reconocerlo. Ya llevo veinte años de obispado. Soy especialista en patrística. He estudiado la situación más a fondo: los textos del Concilio, su historia, sus debates. Me los he leído detenidamente. Por eso soy más consciente de la ambigüedad de los textos. No podemos aceptar esas ambigüedades.

Con respecto al Novus Ordo, a medida que voy estudiando textos y testimonios me doy dando más cuenta de que no es correcto. No podemos seguir con un rito tan equívoco que socava la claridad del carácter propiciatorio de la Misa. Ya lo tengo más claro. Por eso, entiendo a la Fraternidad, que no es capaz de aceptar esas declaraciones conciliares ni que la nueva Misa sea correcta.

Hace diez años me nombraron visitador apostólico para la Fraternidad, y lo tengo claro. En uno de los documentos, en 2017, el cardenal Müller les planteó el problema. Tengo el texto, y no sólo les pide que reconozcan la validez de la Misa nueva y los nuevos ritos de los sacramentos, que están dispuestos a admitir. Para que se haga una idea: nada más con eso la Santa Sede tendría que estar contenta. Entonces, cuando me tocó, hablé con la Santa Sede y le dije que se quedaran satisfechos si estaban dispuestos a reconocer la validez. «Por razones pastorales e históricas –dije–, tengan una actitud de mínimos».

La Fraternidad rechazó la propuesta de aceptar que la nueva Misa era buena, legítima y correcta, ni siquiera que fuera válida. Ni que, en conjunto, las enseñanzas del Concilio formen parte de la Tradición de la Iglesia.

En febrero de este año, el cardenal Fernández volvió a dejarles claras las condiciones. Si quieren obispos, acepten estas condiciones. Es necesario que haya debates teológicos, pero la Fraternidad ya sabe cuáles serán las conclusiones del debate, y la Santa Sede también: aceptar las declaraciones ambiguas, y que la nueva Misa es buena.

AV: Una última pregunta sobre la Fraternidad: si tuviera oportunidad de reunirse otra vez con Su Santidad y con el cardenal Fernández del Santo Oficio, ¿qué les diría? ¿Cómo les plantearía el caso de la Fraternidad?

+AS: Les diría: «No cometan un error histórico del que la Iglesia tenga que arrepentirse después de la muerte de ustedes. Que los próximos pontífices no tengan que pedir perdón». ¿Por qué? Porque en este momento, en 2026, la Iglesia fue tan rígida e incapaz de resolver un problema pastoral. Por supuesto, también hay elementos doctrinales, pero aquí no se trata de debatir directamente un dogma de fe. Hablamos de las explicaciones pastorales del Concilio.

Necesitamos una actitud y una solución muy generosas, muy pastorales, e incluso sinodales. Un poco más de apertura y espíritu sinodal, o reconocer a los obispos una vez consagrados, para crear un clima de mutua confianza.

Como la Santa Sede es más fuerte, los más fuertes necesitan una actitud más abierta que los más débiles, que no tienen tanta autoridad. Los poderosos frente a los impotentes. Desde el punto de vista canónico, la Fraternidad es impotente. Y el Vaticano muy poderoso. Tiene toda la autoridad. Entonces, ¿por qué no ceden un poco los poderosos, hacen concesiones pastorales, y crean un clima de mutua confianza, haciendo uso de más psicología? Que los integren en cierta medida en la vida normal de la Iglesia, y así habrá elementos más positivos y fructíferos y un marco operativo para las conversaciones que sean necesarias.

Pero para eso puede hacer falta tiempo. Y mucho. La Iglesia siempre ha dado tiempo al tiempo y manifestado tolerancia al hablar de ciertos temas durante muchísimos años. Para empezar, hay que integrarlos un poco.

Yo al Santo Padre le diría: «Vuestra Santidad es el único que puede resolver esta situación con gran caridad y magnanimidad fraternas».

AV: El pasado día 26, León XIV clausuró la catequesis sobre Sacrosanctum Concilium. Dijo que la reforma postconciliar hundía sus raíces en la Tradición y tenía por objeto una participación consciente y más activa de los fieles para que no se contentaran con ser espectadores silenciosos. Vuestra Excelencia ha hablado de la vaguedad doctrinal y ritual de la nueva Misa y afirmado que supone una ruptura con el Rito Romano tradicional. ¿Qué oyó V.E. en esa última catequesis? Tal como se celebra habitualmente, ¿puede el Novus Ordo reconciliarse con lo que en realidad pidió el Concilio, o sólo con un espíritu reformista posterior que se excedió de lo que pedía el texto?

+AS: No fue capaz de captar lo que es en realidad el Novus Ordo ni cómo lo celebra una abrumadora mayoría por todo el mundo. No declara, no acepta, no ve la realidad. Fue más bien un discurso teórico que no se ajustó a la práctica real.

El Novus Ordo no se amolda a las intenciones de los Padres del Concilio. El Papa tiene que reconocerlo, porque tenemos a muchos testigos de aquel tiempo. En primer lugar, el cardenal Ratzinger, el profesor Ratzinger. En 1976 escribió una célebre carta al profesor Waldstein en la que le decía –porque Ratzinger había participado en todos los debates conciliares; era perito–: «Por mi participación y mi presencia en los debates litúrgicos del Concilio, puedo declarar con certeza que el Novus Ordo que tenemos en la actualidad no es lo que querían los padres del Concilio». Aquí tenemos un testimonio importante, un testimonio de peso.

Tenemos también el del cardenal Antonelli, que participó igualmente en el Concilio y más tarde en la comisión de Bugnini. En sus memorias, monseñor Antonelli critica lo que hizo Bugnini con el Novus Ordo, que fue más allá de lo que pedía el Concilio.

Está también el conocido liturgista y teólogo Louis Bouyer. Participó como perito en el Concilio, y más tarde en la comisión de Bugnini. En sus memorias critica bastante la ideología que embutió Bugnini en el Novus Ordo. Por último, tenemos un libro reciente del archimandrita Boniface Luykx, A Wider View of Vatican II, en el que corrobora a partir de su propia participación en el Concilio y en la comisión que la Misa de Pablo VI no se corresponde realmente con las intenciones de los padres.

Esa es la realidad. No se puede negar. A mí me parece que hacen la vista gorda y siguen repitiendo frases retóricas, que pueden ser ciertas, pero no se ajustan a la realidad ni a la historia.

Veamos otro aspecto: recomendaría encarecidamente al Santo Padre y sus consejeros que se leyeran con detenimiento todos los debates del Concilio sobre la liturgia. Hace muchos años se publicó un libro en Roma que los compilaba todos. Me lo leí dos veces, pero está en latín. Es muy revelador. Uno lo lee y piensa: «Los padres del Concilio se andaban con pies de plomo, ponían mucha cautela para evitar cambios bruscos». En esencia, el debate se centraba en la cuestión del idioma, vernáculo o latín.

Pero en la misma declaración conciliar Sacrosanctum Concilium –y me sorprende que León no se diera cuenta– hay dos numerales en los que se afirma que el latín se tiene que mantener. No que se podría, sino que se debe mantener el rito en latín. Es obligatorio. Y en otro apartado dice que los obispos tienen que velar por que los fieles conozcan el Ordinario de la Misa en latín. O sea, el Kyrie, el Gloria, el Credo, el Agnus Dei, el Sanctus…

En realidad, en más del 90% de las celebraciones del Novus Ordo no se ha aplicado. Es decir, que se contraviene un mandato explícito del Concilio que el Santo Padre debería tener en cuenta al hablar del tema.

Recordemos también que durante el Concilio, en el debate sobre la liturgia, un obispo habló y dijo: «Yo no propongo eso. Me opongo a que se amplíe el uso de las lenguas vernáculas porque en ese caso a la larga la Misa terminaría celebrándose en su totalidad en vernáculo». Casi todos los presentes prorrumpieron en carcajadas, porque tal cosa era impensable.

El presidente de la comisión habló entonces y dijo: «Le garantizo que eso no es posible, Excelencia. La totalidad de la Misa nunca se celebrará en la lengua vulgar». Ese era el ambiente, la mentalidad que reinaba en el Concilio: la mayoría de los padres no podía imaginar que la Misa terminaría diciéndose totalmente en lenguas modernas.

Sin embargo, hoy en día, más del 90% de las misas Novus Ordo se dicen en lengua vernácula. Hay incluso diócesis en las que los sacerdotes quieren celebrar el Novus Ordo en latín, y se les prohíbe y se les sanciona por hacerlo. Es absurdo.

Hay personas que desean estar en silencio durante la Misa, buscan la contemplación interior. La contemplación también es posible durante la Misa. Claro que eso no quiere decir que toda la congregación esté callada en todo momento y no diga ni pío. No es lo ideal. Lo ideal es responder al celebrante. Pero tenemos que estar abiertos a la posibilidad de que haya quienes deseen la contemplación.

También hay participación activa que no lleva fruto porque no hay la menor participación interior.

Y otra cosa: el primer misal conforme a la normativa de Sacrosanctum Concilium lo publicó la Santa Sede en 1965. No olvidemos el Misal de 1965, que fue la primera reforma litúrgica del Concilio. No fue la del año 69. Fue a comienzos del 65.

Cuando los padres conciliares terminaron la última sesión en septiembre de 1965, ya celebraban la Misa reformada. Y dijeron muy satisfechos: «Esto era lo que queríamos. ¿Y en qué consistía aquella reforma? En esencia se trataba de una reforma orgánica y muy cuidadosa, como pedía el Concilio, de modo que se mantenía toda la Misa de siempre, con dos modificaciones: se habían eliminado el Salmo 42 y el Último Evangelio. Pero por ejemplo, en el rito antiguo, el Salmo 42 también se omitía en todas las misas de difuntos. Y en las últimas dos semanas antes de Semana Santa dicho salmo también se omitía. No había ninguna novedad.

¿Cuál fue la tremenda reforma visible del 65? Tal como habían propuesto los padres, un uso más amplio de las lenguas vernáculas. Y así, la primera parte de la Misa, hasta el Prefacio, se celebraba en lengua moderna. Y después del Canon, otra vez en vernáculo. Era obligatorio que las partes intermedias fueran en latín.

En la Misa del 65, el Canon se rezaba en silencio. La reforma había sido muy cuidadosa, y los padres del Concilio estaban contentos. Más tarde, en año 67, durante el primer sínodo de obispos, Bugnini presentó el esbozo de la nueva Misa, que entró en vigor en 1969. Ya la tenía redactada en 1967, pero la mayoría de los padres del sínodo rechazó el borrador.
Como vemos, la mayoría de los padres sinodales de 1967, que dos años antes habían sido padres del Concilio, no aprobaron la Misa de 1969.
Me habría gustado que el papa León hubiera estudiado el tema antes de pronunciar su discurso. Que hubiera leído todos los elementos de la historia, tal como fue en realidad, leído los debates y prestado atención a los testigos.

martes, 1 de septiembre de 2026

UNA IGLESIA SIN DIOS (Monseñor Strickland)




Monseñor Joseph Strickland


En un pódcast publicado el 14 de agosto de 2026 y titulado «Una Iglesia sin Dios», monseñor Joseph Strickland reflexiona sobre la pérdida del sentido sobrenatural en la Iglesia.


Una pregunta pesa mucho sobre mi corazón, y es difícil formularla: «¿Nos estamos convirtiendo en una Iglesia sin Dios?».

Por supuesto, no quiero decir que Dios haya abandonado a su Iglesia. Jesucristo prometió que las puertas del infierno no prevalecerían contra ella. Tampoco quiero decir que no existan innumerables católicos fieles, santos sacerdotes, religiosos, obispos, padres y madres de familia que aman profundamente a Dios y se esfuerzan cada día por vivir la fe católica.

Me refiero a otra cosa.

Me pregunto si no hemos ido elaborando progresivamente una manera de concebir la Iglesia —una manera de gobernarla, de hablar de ella, de celebrar en ella el culto y de determinar sus prioridades— que funciona cada vez más como si lo sobrenatural ya no fuera su realidad central. 

Porque el catolicismo es sobrenatural o no es nada.

Piensen en la fe católica que conocieron nuestros antepasados. Creían en el cielo. Creían en el infierno. Creían en los ángeles y en los demonios. Creían que Satanás era real y que también lo era el combate espiritual. Creían en los milagros. Creían en Nuestra Señora y en la intercesión de los santos. Creían que el pecado podía destruir la vida de la gracia en el alma. Creían que la confesión podía restaurar esa vida. Creían que, cuando el sacerdote pronunciaba las palabras de la consagración en el altar, el pan y el vino se convertían realmente en el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Jesucristo. Creían en la realidad de la eternidad.

Y porque creían en estas cosas, vivían de manera diferente. Construían magníficas iglesias porque Dios estaba allí. Se arrodillaban porque Dios estaba allí. Hablaban en voz baja en las iglesias porque Dios estaba allí. Se confesaban porque el pecado era una realidad. Ayunaban porque la penitencia era una realidad. Rezaban por los difuntos porque el purgatorio era una realidad. Rezaban el Rosario porque creían que la Madre de Dios realmente los escuchaba. Pasaban una hora ante el Santísimo Sacramento porque creían estar ante Jesucristo.
Los católicos de las generaciones anteriores ciertamente tenían sus pecados y sus faltas. Nunca hubo una edad de oro en la que todos fueran santos. Pero la vida católica se comprendía dentro de un marco sobrenatural. Y temo que, desde hace décadas, estemos desmantelando ese marco.

Escuchen gran parte del lenguaje que rodea hoy a la Iglesia. 

Oímos constantemente hablar de escucha, diálogo, acompañamiento, inclusión, encuentro, sinodalidad, camino común, fraternidad humana.

Estos términos pueden tener un sentido legítimo. Escuchar puede ser algo bueno. El diálogo puede ser necesario. Ciertamente, debemos acompañar a las personas con caridad y compasión.

Pero debemos preguntarnos: «¿Dónde está Dios en todo esto?». A fuerza de hablarnos unos a otros, ¿seguimos hablando con Él?

Y cuando escuchamos, ¿escuchamos primero la voz de Dios, o escuchamos para determinar si lo que Dios ya ha revelado no debería, de alguna manera, ser reconsiderado? La diferencia es enorme.

La Iglesia no recibió el Evangelio de un grupo de discusión. 

La verdad no nos fue dada por consenso. Jesucristo no pidió a los Apóstoles que fueran por el mundo para descubrir qué creía la humanidad. Les dijo: «Id, pues, y enseñad a todas las naciones».
Algo ha sido confiado a la Iglesia: un depósito de la fe, una revelación, una verdad que viene de Dios. Nuestra tarea no es reinventarla. Nuestra tarea es recibirla, conservarla, vivirla y transmitirla.
Hace más de un siglo, el papa san Pío X vio que un peligro se gestaba en el seno del pensamiento católico. Le dio el nombre de modernismo. Comprendió que el modernismo no era simplemente una herejía aislada entre tantas otras. Atacaba algo más profundo: los mismos fundamentos que permiten conocer y recibir la verdad revelada.

Si la verdad religiosa termina dependiendo de la experiencia humana, de la conciencia o de la evolución histórica, entonces el hombre se convierte progresivamente en juez de la Revelación, en lugar de que la Revelación sea juez del hombre.

Por eso san Pío X combatió el modernismo con tanta energía. 

Por eso también la Iglesia exigía en otro tiempo el juramento antimodernista. Y por eso hombres como monseñor Marcel Lefebvre advirtieron más tarde que el modernismo no había desaparecido.
No es necesario aprobar todas las decisiones tomadas por monseñor Lefebvre para reconocer la gravedad de la cuestión que planteaba. 
¿Qué ocurre cuando la Iglesia comienza a acomodarse al espíritu de la época? ¿Qué ocurre cuando el deseo de ser aceptada por el hombre moderno se vuelve más fuerte que el de convertir al hombre moderno?

Dietrich von Hildebrand captó el problema con notable claridad cuando advirtió contra el hecho de colocar la unidad por encima de la verdad. Porque, en definitiva, la primacía de la verdad es la primacía de Dios. Ahí reside el núcleo del problema.

Cuando lo sobrenatural comienza a desaparecer, las consecuencias se extienden por todas partes. 

Consideremos el pecado. Si el cielo y el infierno son realidades, entonces el pecado mortal reviste una gravedad extrema. Si un alma puede quedar separada de la gracia santificante, advertir a alguien del peligro del pecado no es mostrar odio, sino amor.

Si viera a alguien caminar hacia el borde de un precipicio, ¿exigiría la compasión que guardara silencio con el pretexto de que mis gritos podrían incomodarlo? Por supuesto que no. Gritaría precisamente porque lo amo.

Desde hace dos mil años, la Iglesia llama a los hombres y a las mujeres al arrepentimiento porque cree que su eternidad está en juego. Pero ¿qué ocurre cuando perdemos esta perspectiva sobrenatural?

El pecado se convierte progresivamente en otra cosa. En lugar de preguntarnos si un acto es conforme a la ley de Dios, comenzamos a preguntarnos si la persona se siente acogida. Las enseñanzas relativas al matrimonio, la sexualidad y la persona humana se vuelven cada vez más difíciles de proclamar porque la cultura las ha rechazado.
La Iglesia debe acoger siempre a cada persona con caridad. Todo ser humano posee una dignidad. Ningún católico debería tratar a otra persona con odio o desprecio. Pero la caridad no puede consistir en decirle a alguien que aquello que Dios ha calificado de pecado ya no es pecado. Eso no es misericordia. Porque si el pecado no es real, el arrepentimiento se vuelve inútil. Si el arrepentimiento es inútil, el perdón también lo es. Y si el perdón es inútil, la Cruz misma termina por volverse inútil.
¿Por qué necesitaría la humanidad un Salvador si su problema fundamental consistiera simplemente en que no nos hemos escuchado lo suficiente unos a otros?

El mismo problema puede presentarse en nuestras relaciones con las demás religiones. Debemos tratar con dignidad a las personas de todas las religiones. Debemos trabajar por la paz. Debemos oponernos al odio y a la persecución. Pero nunca debemos olvidar la razón de ser de la Iglesia.

Jesucristo no es simplemente un maestro religioso entre tantos otros. Es el Hijo de Dios. Él dijo: «Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí».

Estas palabras no pueden simplemente colocarse junto a todas las demás afirmaciones religiosas, como si todos los caminos condujeran finalmente a lo mismo. Si Jesucristo es verdaderamente Dios, entonces la evangelización importa. La conversión importa. El bautismo importa. La misión importa. La salvación importa.

Una vez más, lo sobrenatural lo cambia todo.

Y esto nos lleva a los obispos.

Yo mismo hablo como obispo y, por consiguiente, me dirijo primero a mí mismo.

Todo obispo comparecerá ante Jesucristo. No compareceremos ante un comité. No compareceremos ante los medios de comunicación. No compareceremos ante responsables políticos, donantes, consultores ni ante la opinión pública. Compareceremos ante Cristo. Y tendremos que responder por las almas que nos han sido confiadas.

El obispo no es simplemente un administrador. No es el director de una sucursal perteneciente a una organización religiosa internacional.

Lumen Gentium nos recuerda que los obispos no deben ser considerados como simples vicarios del Romano Pontífice. Los obispos son vicarios y embajadores de Cristo. Esto debería hacer temblar a todo obispo.

A lo largo de la historia de la Iglesia, hubo momentos en que los obispos tuvieron que resistir a poderosas corrientes de error. Pensemos en san Atanasio. Pensemos en san Juan Fisher. Pensemos en los innumerables obispos que sufrieron el exilio, el encarcelamiento e incluso la muerte antes que transigir con la fe.

¿De dónde procede este valor? Procede de la fe sobrenatural.

Si este mundo es todo lo que existe, protejan su posición. Protejan su reputación. Protejan su carrera. Eviten toda controversia. Preserven su comodidad.

Pero si la eternidad es real, todo cambia. Entonces, perder un cargo no es nada. Perder la popularidad no es nada. Perder la aprobación de los poderosos no es nada.

La única pregunta que cuenta, en definitiva, es ésta: «¿He sido fiel a Jesucristo?».

La Iglesia también se ha vuelto extrañamente incómoda ante la idea de condenar. 

Preferimos el diálogo. Y, una vez más, el diálogo tiene su lugar. Pero llega un momento en que un pastor debe decir que no. Esto es cierto en toda familia. Un padre amoroso no aprueba todo lo que sus hijos deciden hacer. El amor exige a veces que diga: «No. Eso te hará daño».

Históricamente, la Iglesia entendía la condena doctrinal de una manera muy semejante. Los anatemas no pretendían ser expresiones de odio. Establecían límites porque la Iglesia creía que el error podía llevar a las almas a la perdición. Por eso, merece una reflexión la noción que a veces se denomina «anatema caritativo».

Si la herejía puede alejar a las almas de Cristo, corregirla es un acto de caridad. Si el pecado mortal puede separar a un alma de Dios, advertir contra él es un acto de caridad. Si recibir indignamente la sagrada Comunión puede constituir un sacrilegio, proteger la Eucaristía es un acto de caridad.

Quizá nos hayamos vuelto tan reacios a condenar el error, no porque hayamos descubierto una caridad superior a la de los santos, sino porque hemos perdido la convicción de que el error tiene consecuencias eternas. Y si es así, nos encontramos una vez más ante el mismo problema: la pérdida de lo sobrenatural.

Pero no quiero que este mensaje sea un mensaje de desesperanza.

Porque está ocurriendo algo más. Allí donde voy, encuentro católicos que tienen hambre. No tienen hambre de un nuevo programa, de un nuevo comité ni de una nueva sesión de escucha. Tienen hambre de Dios.

Los jóvenes católicos están descubriendo la adoración eucarística. Las familias están redescubriendo el Rosario. Hay personas que leen la vida de los santos. Descubren los milagros eucarísticos. Descubren el ayuno y las devociones tradicionales. Muchos se sienten atraídos por la belleza y la reverencia de la Misa latina tradicional.

¿Por qué?

No creo que se trate simplemente de nostalgia.
Muchos de estos jóvenes no tienen ningún recuerdo del antiguo mundo católico. Nunca lo conocieron. Lo que buscan es la trascendencia. Buscan algo que no provenga de ellos mismos. Quieren el misterio. Quieren la reverencia. Quieren el sacrificio. Quieren la verdad.
En definitiva, quieren a Dios.

Y quizá comprendan algo que los planificadores eclesiásticos han olvidado: si la Iglesia no ofrece al mundo más que aquello que el mundo ya puede ofrecerle, entonces el mundo no nos necesita. El mundo ya tiene organizaciones humanitarias. Tiene movimientos sociales. Tiene conferencias. Tiene terapeutas. Tiene organizaciones comunitarias. Tiene movimientos políticos. Tiene innumerables oportunidades de dialogar.

Lo que el mundo no puede darse a sí mismo es la gracia sobrenatural. El mundo no puede absolver un solo pecado. El mundo no puede consagrar la Eucaristía. El mundo no puede darnos el Cuerpo y la Sangre de Cristo. El mundo no puede abrirnos el cieloSólo Cristo puede salvar. Y Cristo confió su misión salvífica a su Iglesia.

¿Cuál es, pues, la respuesta? No es la amargura. No es la ira. No es una nueva facción católica. Y, fundamentalmente, lo que necesitamos no es una Iglesia más severa.

Necesitamos una Iglesia que vuelva a creer.

Una Iglesia que crea que Jesucristo está realmente presente en el sagrario. Una Iglesia que crea que la confesión devuelve la vida a las almas espiritualmente muertas. Una Iglesia que crea que Nuestra Señora y los santos interceden realmente por nosotros. Una Iglesia que crea que los ángeles son reales. Una Iglesia que crea que los demonios son reales. Una Iglesia que crea que los milagros siguen ocurriendo. Una Iglesia que crea que la Sagrada Escritura es la Palabra de Dios. Una Iglesia que crea en la realidad del pecado. Una Iglesia que crea en la realidad de la misericordia. Una Iglesia que crea en la realidad del juicio. Una Iglesia que crea que el cielo merece que sacrifiquemos todo para alcanzarlo.

Y, por tanto, una Iglesia que tenga el valor suficiente para decir la verdad cuando decirla le cueste algo.

La Sagrada Escritura nos ofrece palabras de las que nuestra época tiene una necesidad desesperada: «Sed valientes y que vuestro corazón sea firme; no temáis ni os dejéis intimidar ante ellos, porque el Señor, vuestro Dios, camina Él mismo con vosotros: no os dejará ni os abandonará» (Deuteronomio 31, 6).

¿Por qué tenemos miedo? ¿Por qué debería un obispo tener miedo de proclamar lo que Cristo ha revelado? ¿Por qué debería un sacerdote tener miedo de predicar sobre el pecado? ¿Por qué deberían los padres tener miedo de enseñar a sus hijos que la verdad católica es realmente verdadera? ¿Por qué deberían los católicos sentirse incómodos al hablar de los milagros? ¿Por qué deberíamos avergonzarnos de los santos? ¿Por qué deberíamos hablar en voz baja del demonio cuando la Escritura habla claramente del combate espiritual? ¿Por qué deberíamos disculparnos por creer que Jesucristo es el Salvador del mundo?

San Pablo nos dice: «Porque nuestra lucha no es contra la carne y la sangre, sino contra los principados y las potestades, contra los dominadores de este mundo de tinieblas, contra los espíritus del mal que están en los aires» (Efesios 6, 12).

O esto es verdad, o no lo es.

Si es verdad, quizá haya llegado el momento de que los católicos comiencen a vivir como si fuera verdad.

Quizá la crisis más profunda del catolicismo no sea, en definitiva, la crisis litúrgica. No es la crisis sexual. No es la crisis de las vocaciones. No es la crisis de la autoridad episcopal. Ni siquiera es la crisis doctrinal.

Detrás de todas estas crisis se encuentra quizá algo aún más profundo: una crisis de fe en lo sobrenatural.

¿Creemos realmente que Dios ha hablado? ¿Creemos que su verdad sigue siendo verdadera cuando el mundo la rechaza? ¿Creemos en la realidad de la eternidad? ¿Creemos que las almas pueden perderse? ¿Creemos que las almas pueden salvarse? ¿Creemos que Jesucristo es Dios?

Porque si realmente creemos en estas cosas, nuestras iglesias deberían tener otro aspecto. Nuestra predicación debería tener otro tono. Nuestro culto debería revestir otra forma. Nuestras familias deberían vivir de manera diferente. Y nuestros obispos deberían gobernar de manera diferente.

Podemos tener nuestros sínodos. Podemos tener nuestros comités. Podemos redactar nuestros documentos. Podemos celebrar nuestras reuniones. Podemos dialogar. Podemos escuchar. Podemos acompañar. Pero si, en algún momento del camino, Dios se vuelve secundario, ¿hacia dónde caminamos exactamente juntos?
La Iglesia no necesita parecerse cada vez más al mundo para salvar al mundo. Debe ser más plenamente aquello para lo que Jesucristo la estableció.
Necesitamos confesionarios nuevamente llenos. Necesitamos familias que recen el Rosario. Necesitamos el ayuno. Necesitamos la penitencia. Necesitamos reverencia ante la Sagrada Eucaristía. Necesitamos sacerdotes que prediquen las verdades eternas. Necesitamos obispos dispuestos a sufrir por estas verdades. Necesitamos iglesias en las que quien atraviese la puerta perciba inmediatamente: Dios está aquí.

Lo que da miedo no es solamente que el mundo haya aprendido a vivir sin Dios. Una gran parte del mundo lo ha hecho manifiestamente. La posibilidad aterradora es que la Iglesia pueda aprender a funcionar sin Él. Una Iglesia desbordante de actividad. Una Iglesia llena de conversaciones. Una Iglesia llena de programas, procesos, reuniones y documentos. Y, sin embargo, una Iglesia en la que el Dios sobrenatural hubiera sido, de algún modo, relegado silenciosamente a la periferia.

Hermanos y hermanas, no podemos permitir que esto suceda. La respuesta no es un nuevo programa. La respuesta es Jesucristo.

Pónganlo nuevamente en el centro. Vuelvan a su Corazón eucarístico. Vuelvan a la confesión. Vuelvan a la oración. Vuelvan a la Sagrada Escritura. Vuelvan a la fe que nos ha sido transmitida. Vuelvan a Nuestra Señora. Vuelvan a los santos. Vuelvan al sacrificio. Vuelvan a la reverencia. Vuelvan a lo sobrenatural.
Y no tengan miedo. Porque el mundo no necesita una Iglesia sin Dios. Necesita desesperadamente a la Iglesia de Jesucristo, la Iglesia del Dios vivo.
Que Nuestro Señor los fortalezca, que Nuestra Señora los guarde bajo su manto y que permanezcan firmes en la verdadera fe, cualesquiera que sean las pruebas que estén por venir.

Y que Dios todopoderoso los bendiga, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Así sea.

Monseñor Joseph E. Strickland
Obispo emérito

miércoles, 19 de agosto de 2026

(392) Mons. A. Schneider: “El dilema entre preservar la integridad inequívoca de la fe católica y ser reconocidos canónicamente por el Papa”





ROMA, 17 de agosto de 2026 — Monseñor Schneider ha emitido su primera declaración pública desde las consagraciones episcopales de la FSSPX en Écône realizadas en julio en contra de la voluntad del Papa León XIV. En los meses previos había rogado repetidamente al Papa que le otorgara un mandato apostólico en lugar de permitir que el acto se llevara a cabo sin su aprobación, sobre todo en un «Llamamiento Fraternal » del 24 de febrero.

En esta nueva declaración, el obispo presenta la situación actual como ejemplo de un dilema que ya se había planteado en la historia de la Iglesia, por San Atanasio de Alejandría en el siglo IV, cuando el papa Liberio, presionado por el imperio, entró en comunión con los obispos arrianos y exigió que Atanasio hiciera lo mismo, a lo cual éste se negó y fue excomulgado, acusado de «perturbar la paz de la Iglesia».

El obispo auxiliar de Astaná, Kazajistán, no emite un juicio definitivo sobre las acciones del Vaticano, sino que se propone explicar, a través de este ejemplo histórico, el razonamiento detrás de la decisión de la FSSPX, manifestando:

«Quiero ofrecer elementos para una reflexión más profunda sobre la situación actual de la Iglesia, así como ejemplos históricos que fomenten una mayor comprensión del dilema en el que la Sociedad de San Pío X cree encontrarse».

En su declaración, el obispo Schneider también argumenta que la FSSPX, lejos de amenazar la unidad de la Iglesia, le presta “un gran servicio de valor histórico” mediante su insistencia en la claridad doctrinal y litúrgica, y agrega que


«Si la Santa Sede tomara en serio esta postura de la FSSPX —y, ​​además, reconociera las ambigüedades objetivas en ciertas declaraciones del Concilio Vaticano II y en el rito de la Nueva Misa— marcaría el principio del fin del proyecto modernista dentro de la Iglesia, que de hecho comenzó hace más de cien años».

Publicamos a continuación la declaración completa, convencidos de que, en el presente estado de apasionamiento que domina las opiniones polarizadas sobre el tema, realmente puede contribuir a una mayor comprensión, buscando sinceramente la caridad en la verdad. Las negritas son nuestras.

Fuente: 


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El dilema entre preservar la integridad inequívoca de la fe católica y ser reconocido canónicamente por el Papa

Por S.E.R. Mons. Athanasius Schneider

Resulta útil recordar un caso histórico en el que un gran santo se enfrentó al siguiente dilema: elegir entre preservar la integridad inequívoca de la fe católica y ser reconocido canónicamente por el Papa. Ese santo fue San Atanasio de Alejandría, Padre de la Iglesia del siglo IV. En 357, el Papa Liberio, tras firmar una fórmula de fe ambigua (omitiendo el término doctrinal crucial de «consustancial»), ordenó a San Atanasio que entrara en comunión con obispos arrianos y

 

semiarrianos, obispos con los que el propio Papa, presionado por el Emperador, lamentablemente había entrado en comunión. San Atanasio se negó a obedecer al Papa, por lo que este, según el testimonio de San Hilario de Poitiers y otras fuentes históricas, lo excomulgó, acusándolo de perturbar la paz de la Iglesia. A pesar de la excomunión, San Atanasio continuó gobernando su diócesis en Alejandría e incluso mostró comprensión por la lamentable conducta del Papa Liberio. Sin embargo, el papa San Dámaso, sucesor del papa Liberio, agradeció a San Atanasio y lo consultó sobre los asuntos de los obispos orientales. El papa Liberio fue el primer papa que no fue canonizado, mientras que Atanasio no solo fue canonizado, sino que fue declarado Doctor de la Iglesia.

Hoy en día, San Atanasio sería considerado un cismático según la definición de “cisma” en el Código de Derecho Canónico vigente, ya que se negó a estar en comunión con miembros de la Iglesia (obispos heréticos y semiheréticos) que estaban reconocidos canónicamente y, por lo tanto, sujetos al Papa.

Las consagraciones episcopales realizadas en Écône por la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX) el 1 de julio de 2026 son también un ejemplo de este singular dilema: tener que elegir entre preservar la integridad inequívoca de la fe católica tal como la enseñó el Magisterio a lo largo de los siglos, o ser reconocida canónicamente por el Papa. Este dilema se evidencia en las condiciones que conlleva el reconocimiento canónico de la FSSPX por parte del Papa: debe aceptar ciertas ambigüedades doctrinales de reciente introducción (como se refleja en algunas enseñanzas no definitivas del Concilio Vaticano II pastoral y en ciertas afirmaciones y actos del Magisterio posconciliar), y aceptar no solo la validez sino también la corrección (legitimidad) del rito de la Nueva Misa, a pesar de su vaguedad doctrinal y ritual, que marca una clara ruptura con el rito romano tradicional.

 

Al abordar este complejo asunto, es fundamental mantener una perspectiva objetiva, clarificar la terminología y tener presente el verdadero y último objetivo de la Iglesia y su gran tradición, pues esta se remonta a mucho más allá de los últimos siglos o décadas. Para ello, también es necesario considerar situaciones análogas de las principales crisis en la historia de la Iglesia.

En los últimos siglos, la Iglesia ha experimentado dos tendencias perjudiciales que han llevado a una visión limitada de la realidad: la tendencia a considerar el aspecto legal como casi absoluto, es decir, el legalismo; y la tendencia a absolutizar la figura del Papa y la obediencia a él, es decir, el papalismo. El legalismo, es decir, la adhesión rígida a la letra de la ley, y el papalismo, es decir, la obediencia indiferenciada y casi absoluta al Papa, han llegado a tener prioridad sobre la necesidad de claridad en la fe y la liturgia. Sin embargo, durante cada gran crisis doctrinal en la historia de la Iglesia, la regla de oro fue evitar cualquier tipo de ambigüedad doctrinal, como ocurrió con el Papa Honorio I, cuyas cartas doctrinalmente ambiguas, emitidas como parte de su Magisterio ordinario, fueron firmemente condenadas por Papas posteriores y por tres Concilios Ecuménicos, a pesar de los intentos de su segundo sucesor, el Papa Juan IV, por una especie de hermenéutica de continuidad.

En la actualidad, se afirma ampliamente dentro de la Iglesia que no puede surgir ningún conflicto de conciencia entre obedecer al Papa y preservar la pureza inequívoca de la fe. Esto significa, en última instancia, que la obediencia al Papa se valora tanto que se considera preferible aceptar ambigüedades en materia de fe y ritos litúrgicos que actuar en contra de un mandato papal, aun cuando dicho mandato sea humano y pueda ser imperfecto. Además, ha surgido una concepción estrecha de la comunión, ya sea con el Papa o con la Iglesia. La obediencia al Papa se considera indistinguible de la comunión con la Iglesia. Esto conlleva el riesgo de equiparar la obediencia al Papa con la obediencia a la revelación divina de Dios.

También es necesario distinguir entre la ley positiva —es decir, las leyes disciplinarias promulgadas por la autoridad eclesiástica humana— y la ley divina, es decir, las verdades de fe reveladas por Dios. Nadie puede contradecir la ley divina y seguir siendo católico. Sin embargo, en circunstancias verdaderamente extraordinarias y excepcionales, un católico puede verse obligado en conciencia a actuar en contra de la ley positiva, precisamente para permanecer fiel a la ley divina sin concesiones.

Los conceptos mismos de «cisma» y «sumisión» aún no se han aclarado completamente en su aplicación práctica y concreta. El Código de Derecho Canónico (Canon 751) define el cisma como «la negativa a someterse al Sumo Pontífice o a comulgar con los miembros de la Iglesia sujetos a él». De hecho, en la historia reciente de la Iglesia ha surgido una interpretación muy restrictiva de «cisma» y «sumisión», en la que la desobediencia material al Papa —independientemente de la intención— se equipara prácticamente con el cisma formal.

También hay que tener en cuenta el estado de cisma formal, que significa el rechazo, en principio, de la autoridad papal mediante el establecimiento de una jerarquía separada, como ocurrió con la Iglesia Ortodoxa Griega en 1054 y, posteriormente, con los numerosos y diversos grupos sedevacantistas hasta nuestros días. Sin embargo, no se puede hablar de un estado de cisma formal mientras persista la fe sobrenatural en el dogma de la primacía e infalibilidad papal, junto con el deseo de vivir en sumisión concreta a la autoridad papal, incluso si, debido a una crisis extraordinaria en la Iglesia, esto no puede realizarse plenamente por el momento. Dicha crisis extraordinaria en la Iglesia puede implicar una ofuscación o suspensión temporal del deber principal del ministerio papal: defender y proclamar, sin ambigüedad, la integridad de la fe y la liturgia católicas.

Lo mismo se aplica al concepto de estar «en comunión» con el Papa.

Durante un largo período, las ordenaciones episcopales se realizaban sin la participación directa del Papa, y las iglesias particulares y los obispos expresaban su comunión con él de diversas maneras. Solo más adelante en la historia de la Iglesia los papas exigieron que toda ordenación episcopal contara con un mandato papal. Sin embargo, incluso después de este desarrollo, el derecho canónico no consideraba las ordenaciones episcopales ilícitas —es decir, las realizadas contra la voluntad del Papa— como ofensas contra la unidad de la Iglesia, como actos inherentemente cismáticos o como intrínsecamente malos. Incluso hoy, el Código de Derecho Canónico vigente incluye las ordenaciones episcopales ilícitas entre las ofensas relativas a la celebración de los sacramentos o las clasifica como actos de usurpación de cargo.

De hecho, la norma que exige un mandato papal para las consagraciones episcopales es una cuestión de derecho positivo, no de derecho divino. De lo contrario, esta norma se habría observado a lo largo de toda la historia de la Iglesia, siempre, en todas partes y por todos, sin excepción. Por supuesto, un mandato papal para las consagraciones episcopales es generalmente necesario, y se estableció sabiamente para asegurar mejor la sumisión jerárquica del episcopado al Papa.

La naturaleza extraordinaria de la crisis actual en la Iglesia se revela, en el presente caso, por el hecho de que una comunidad cuya característica esencial es el deseo de ser fiel al Papa —y la Sociedad de San Pío X se considera como tal— se enfrenta a una elección trágica: o bien obedecer al Papa, y por lo tanto verse obligada a aceptar aspectos inciertos y poco claros de la doctrina y la liturgia, o bien desobedecer al Papa en un asunto de grave importancia, como la consagración de obispos, con la única intención de preservar los medios para transmitir la fe y la liturgia en su plena integridad, como un servicio a las almas y, por lo tanto, a toda la Iglesia, incluido el propio papado.

Tampoco debemos pasar por alto la magnitud de la crisis actual de la Iglesia, sino analizarla con honestidad, remontándonos a sus raíces. Estas raíces se encuentran en ciertas declaraciones doctrinales vagas y ambiguas del Concilio Vaticano II que, durante los últimos sesenta años, han sembrado confusión, como el relativismo doctrinal derivado de la enseñanza y la práctica del ecumenismo y el diálogo interreligioso, que han contribuido a socavar la singularidad de Jesucristo y su Iglesia como único camino a la salvación. Además, algunas deficiencias doctrinales y rituales de la reforma litúrgica, con sus tendencias protestantistas, han oscurecido la naturaleza sacrificial central de la Misa y su enfoque cristocéntrico.

San Juan Enrique Newman hizo la siguiente observación notable y oportuna: “Los obispos, cuando no enseñan formalmente [ex cathedra ], pueden errar, como vemos que erraron en el siglo IV. El papa Liberio podría firmar una fórmula eusebiana [arriana] en Sirmium, y la misa de obispos en Ariminum [Rimini] o en otro lugar, y sin embargo, a pesar de este error, podrían ser infalibles en sus decisiones ex cathedra ” ( Arrianos del siglo IV , Londres 1876, p. 464). Lo que el obispo de Ratisbona, monseñor Rudolf Graber afirmó hace más de cincuenta años, y su afirmación describe aún mejor la situación actual de la Iglesia: «Lo que sucedió hace más de 1600 años se repite hoy, pero con dos o tres diferencias: Alejandría es hoy la Iglesia Universal en su totalidad, cuya estabilidad se tambalea, y lo que entonces se emprendió mediante la fuerza física y la crueldad se traslada ahora a otro nivel. El exilio se sustituye por el destierro al silencio de la indiferencia, y la destrucción del carácter se convierte en asesinato» ( Athanasius and the Church of Our Time, Edimburgo, 1974, p. 23; original: Athanasius und die Kirche unserer Zeit , Abensberg, 1973).

La FSSPX es prácticamente la única comunidad en la Iglesia actual que llama abiertamente la atención sobre las evidentes ambigüedades doctrinales en ciertas declaraciones conciliares y en el rito de la Nueva Misa, exigiendo su aclaración inequívoca y, de ser necesario, incluso su enmienda, de acuerdo con el Magisterio constante de la Iglesia. La «hermenéutica de la continuidad» o de la «reforma en la continuidad» —un enfoque válido y útil en sí mismo— también puede convertirse en una especie de «camisa de fuerza», que simplemente disimula superficialmente las heridas causadas por las ambigüedades y confusiones doctrinales y litúrgicas. En efecto, la Santa Sede exige una forma de razonamiento circular: que todo está en orden, siempre que se realicen esfuerzos intelectuales suficientemente rigurosos.

De hecho, gracias a su incansable insistencia en la claridad doctrinal y litúrgica, la FSSPX presta un gran servicio a toda la Iglesia, un servicio de gran valor histórico. Si la Santa Sede tomara en serio esta postura de la FSSPX —y, ​​además, reconociera las ambigüedades objetivas de ciertas declaraciones del Concilio Vaticano II y del rito de la Nueva Misa—, marcaría el principio del fin del proyecto modernista dentro de la Iglesia, que, en realidad, comenzó hace más de cien años.

La crisis actual entre la Santa Sede y la FSSPX también puede ilustrarse con la siguiente parábola: Se declara un incendio en una gran casa. El jefe de bomberos autoriza el uso únicamente de los nuevos métodos de extinción, a pesar de que estos han demostrado ser menos eficaces que los antiguos y probados. Un grupo de bomberos desobedece esta orden, continúa utilizando los métodos tradicionales e incluso recluta a nuevos bomberos —todo ello a pesar de la prohibición del jefe de bomberos— y, en efecto, el fuego se controla en muchos lugares. Sin embargo, estos bomberos son tachados de desobedientes y cismáticos, y son castigados por ello.

Para continuar con la parábola: el jefe de bomberos ahora solo admite a aquellos bomberos que reconocen los nuevos métodos y obedecen las nuevas normas del cuartel. Pero dada la magnitud del incendio, la lucha desesperada por contenerlo y la insuficiencia de los métodos oficiales, otros voluntarios intervienen desinteresadamente —a pesar de la prohibición del jefe de bomberos— aportando habilidad, conocimiento y buenas intenciones, y al final ayudando a salvar la misma casa que el jefe de bomberos se esforzaba por proteger.

Con el tiempo, las circunstancias históricas cambian y surge un nuevo jefe de bomberos, quien reconoce los efectos negativos de los nuevos métodos de extinción. No solo autoriza el uso de los métodos tradicionales, sino que se convierte en su ferviente defensor. Asimismo, reconoce la contribución de aquellos bomberos que antes habían sido incomprendidos, castigados severamente, marginados y expulsados ​​como rebeldes, y les da la bienvenida de nuevo a sus filas. Al final, una vez superada aquella gran conmoción, lo que antes se había condenado como desobediencia y rebelión se reveló como un acto de entrega desinteresada.

La historia revelará algún día si las siguientes palabras de San Agustín se aplican a la situación actual de la FSSPX:

“A menudo, la Divina Providencia permite que incluso hombres buenos sean expulsados ​​de la congregación de Cristo por las turbulentas sediciones de los hombres carnales. Cuando, por el bien de la paz de la Iglesia, soportan pacientemente ese insulto o daño, y no intentan ninguna novedad en el camino de la herejía o el cisma, enseñarán a los hombres cómo se debe servir a Dios con verdadera disposición y con gran y sincera caridad. La intención de tales hombres es regresar cuando el tumulto haya amainado. Pero si eso no se permite porque la tormenta continúa o porque su regreso podría provocar una más violenta, se mantienen firmes en su propósito de velar por el bien incluso de aquellos responsables de los tumultos y conmociones que los expulsaron. No forman conventículos separados propios, sino que defienden hasta la muerte y ayudan con su testimonio la fe que saben que se predica en la Iglesia Católica. A estos, el Padre que ve en secreto corona en secreto. Parece que este es un tipo raro de cristiano, pero no faltan ejemplos. Así pues, la Divina Providencia usa a todo tipo de hombres como ejemplos para la supervisión. de las almas y para la edificación de su pueblo espiritual” ( De vera religione , 6:11).

Lo que San Atanasio escribió a sus hermanos obispos de todo el mundo en medio de una extraordinaria crisis de fe es aplicable también a nuestros tiempos:

«Los cánones y decretos de la Iglesia no fueron dados en la actualidad, sino que nos fueron transmitidos con justicia y fidelidad por nuestros antepasados. Tampoco la fe tuvo su origen en este tiempo, sino que nos llegó del Señor a través de sus discípulos. Por lo tanto, para que las ordenanzas que se han conservado en las iglesias desde tiempos antiguos hasta ahora no se pierdan en nuestros días, y para que la confianza que se nos ha confiado sea requerida por nosotros, despertad, hermanos, como administradores de los misterios de Dios, al verlos ahora arrebatados por extranjeros.» (Encíclica Ep. , 1)

Dios, en su providencia, escribe con rectitud incluso en líneas que, desde una perspectiva meramente legal, parecen torcidas. Que Él nos conceda que este día llegue pronto. Alegrémonos en medio de la tribulación y digamos: Creo en la invencibilidad de la Iglesia y del Papado, y creo que la Santa Sede volverá a brillar un día como la cátedra de la verdad ante el mundo entero.

17 de agosto de 2026

Athanasius Schneider, obispo de Astana - Kazajistán.

martes, 18 de agosto de 2026

Mons. Schneider rompe su silencio sobre Écône: la FSSPX tuvo que elegir entre Roma y «la integridad de la fe»



El obispo auxiliar de Astaná, monseñor Athanasius Schneider, ha realizado su primera declaración pública desde que Roma declaró que los seis obispos de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX) habían incurrido en excomunión automática por las consagraciones episcopales celebradas en Écône el pasado 1 de julio sin mandato pontificio y contra la voluntad del papa León XIV. En un extenso texto publicado en primicia por la periodista Diane Montagna y que InfoVaticana ofrece íntegramente en español con autorización de Mons. Schneider, el prelado aborda el conflicto desde una perspectiva histórica, doctrinal y canónica.

El obispo había pedido reiteradamente a León XIV que concediera a la FSSPX el mandato apostólico necesario para ordenar nuevos obispos y evitar así una nueva ruptura. En su llamamiento del 24 de febrero pidió expresamente al Pontífice que actuara como «constructor de puentes» y advirtió del peligro de provocar «una nueva división verdaderamente innecesaria y dolorosa dentro de la Iglesia».

Ahora, Schneider sostiene que la Fraternidad se encontró ante una elección «trágica» y excepcional entre obedecer las disposiciones de Roma y preservar lo que considera la integridad inequívoca de la doctrina y de la liturgia católicas. El prelado no formula en el documento un juicio jurídico definitivo sobre la actuación del Vaticano, sino que trata de explicar las razones que llevaron a la FSSPX a proceder con las consagraciones. Su intención es ofrecer «elementos para una reflexión más profunda sobre la situación actual de la Iglesia», junto con precedentes históricos que permitan comprender mejor «el dilema en el que la Fraternidad San Pío X considera encontrarse».


El dilema entre preservar la integridad inequívoca de la fe católica y ser reconocido canónicamente por el Papa (Por monseñor Athanasius Schneider)


Resulta útil recordar un caso de la historia en el que un gran santo se enfrentó al siguiente dilema: elegir entre preservar la integridad inequívoca de la fe católica y ser reconocido canónicamente por el Papa. Ese santo fue el Padre de la Iglesia del siglo IV san Atanasio de Alejandría. En el año 357, el papa Liberio, después de firmar una fórmula de fe ambigua —que omitía el término doctrinal crucial «consubstancial»—, ordenó a san Atanasio entrar en comunión con obispos arrianos y semiarrianos, obispos con los que el propio Papa, bajo la presión del emperador, había entrado desgraciadamente en comunión. San Atanasio se negó a obedecer al Papa, tras lo cual este, según el testimonio de san Hilario de Poitiers y otras fuentes históricas, lo excomulgó, acusándolo de perturbar la paz de la Iglesia. A pesar de haber sido excomulgado por el Papa, san Atanasio continuó gobernando su diócesis de Alejandría e incluso mostró comprensión hacia la lamentable conducta del papa Liberio. Sin embargo, el papa san Dámaso, sucesor del papa Liberio, agradeció a san Atanasio y le consultó sobre los asuntos de los obispos orientales. El papa Liberio fue el primer Papa que no fue canonizado, mientras que Atanasio no solo fue canonizado, sino declarado Doctor de la Iglesia.

Hoy, san Atanasio sería considerado cismático según la definición de «cisma» del actual Código de Derecho Canónico, ya que se negó a estar en comunión con miembros de la Iglesia —obispos herejes y semiherejes— que estaban reconocidos canónicamente y, por tanto, sujetos al Papa.

Las consagraciones episcopales realizadas en Écône por la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX) el 1 de julio de 2026 constituyen también un ejemplo de este raro dilema: tener que elegir entre preservar la integridad inequívoca de la fe católica tal como fue enseñada por el Magisterio a lo largo de los siglos, o ser reconocido canónicamente por el Papa. Este dilema resulta evidente en las condiciones vinculadas al reconocimiento canónico de la FSSPX por parte del Papa: debe aceptar ciertas ambigüedades doctrinales introducidas recientemente —reflejadas en algunas enseñanzas no definitivas del pastoral Concilio Vaticano II y en determinadas afirmaciones y actos del Magisterio posconciliar— y aceptar no solo la validez, sino también la corrección —legitimidad— del rito de la nueva Misa, a pesar de su vaguedad doctrinal y ritual, que marca una clara ruptura con el rito romano tradicional.

Al tratar esta compleja cuestión, es esencial mantener una perspectiva sobria, aclarar la terminología y tener presente el verdadero y último fin de la Iglesia y su gran Tradición, pues esta se remonta mucho más allá de los últimos siglos o décadas. Al hacerlo, también deben considerarse situaciones análogas de las grandes crisis de la historia de la Iglesia.

Durante los últimos siglos se han producido dos desarrollos malsanos dentro de la Iglesia que han conducido a una visión estrecha de la realidad: la tendencia a tratar el aspecto jurídico como cuasiabsoluto, es decir, el legalismo; y la tendencia a absolutizar la persona del Papa y la obediencia a él, es decir, el papalismo. El legalismo —la adhesión rígida a la letra de la ley— y el papalismo —la obediencia indiferenciada y casi absoluta al Papa— han llegado a tener prioridad sobre la necesidad de claridad inequívoca en la fe y la liturgia. Sin embargo, durante todas las grandes crisis doctrinales de la historia de la Iglesia, la regla de hierro fue evitar cualquier tipo de ambigüedad doctrinal, como ocurrió con el papa Honorio I, cuyas cartas doctrinalmente ambiguas, emitidas como parte de su Magisterio ordinario, fueron firmemente condenadas por Papas posteriores y por tres concilios ecuménicos, pese a los intentos de su segundo sucesor, el papa Juan IV, de realizar una especie de hermenéutica de la continuidad.

En nuestros días se afirma ampliamente dentro de la Iglesia que no puede surgir ningún conflicto de conciencia entre obedecer al Papa y preservar la pureza inequívoca de la fe. Esto significa, en última instancia, que se concede a la obediencia al Papa un valor tan elevado que se considera preferible aceptar ambigüedades en cuestiones de fe y en los ritos litúrgicos antes que actuar contra una orden del Papa, aunque esa orden sea únicamente humana y pueda ser defectuosa. Asimismo, ha surgido una comprensión estrecha de la comunión, tanto con el Papa como con la Iglesia. La obediencia al Papa se considera indistinguible de la comunión con la Iglesia. Esto corre el riesgo de elevar la obediencia al Papa al mismo nivel que la obediencia a la revelación divina de Dios.

También debe distinguirse entre el derecho positivo —es decir, las leyes disciplinarias promulgadas por la autoridad humana de la Iglesia— y el Derecho Divino, es decir, las verdades de fe reveladas por Dios. Nadie puede contradecir el Derecho Divino y seguir siendo católico. Sin embargo, en circunstancias verdaderamente extraordinarias y excepcionales, un católico puede verse obligado en conciencia a actuar contra el derecho positivo precisamente para permanecer fiel, sin concesiones, al Derecho Divino.

Los propios conceptos de «cisma» y «sumisión» todavía no han sido plenamente aclarados en su aplicación concreta y práctica. El Código de Derecho Canónico (canon 751) define el cisma como «el rechazo de la sujeción al Sumo Pontífice o de la comunión con los miembros de la Iglesia a él sometidos». De hecho, en la historia reciente de la Iglesia ha surgido una comprensión muy estrecha del «cisma» y de la «sumisión», en la que la desobediencia material al Papa —independientemente de la intención— se equipara prácticamente al cisma formal.

También debe tenerse presente el estado de cisma formal, que significa el rechazo por principio de la autoridad papal mediante el establecimiento de una jerarquía separada, como ocurrió con la Iglesia ortodoxa griega en 1054 y, posteriormente, con los numerosos y diversos grupos sedevacantistas hasta nuestros días. Sin embargo, no puede hablarse de un estado de cisma formal mientras persista la fe sobrenatural en el dogma del primado y la infalibilidad papales, junto con el deseo de vivir en sumisión concreta a la autoridad pontificia, aunque, debido a una crisis extraordinaria de la Iglesia, esto no pueda realizarse plenamente por el momento. Una crisis extraordinaria de la Iglesia puede implicar un oscurecimiento o suspensión temporal del principal deber del ministerio papal, a saber, defender y proclamar inequívocamente la integridad de la fe y de la liturgia católicas.

Lo mismo se aplica al concepto de estar «en comunión» con el Papa. Durante un periodo muy prolongado, las ordenaciones episcopales se realizaron sin la intervención directa del Papa, y las Iglesias particulares y los obispos individuales expresaban su comunión con él de diversas maneras. Solo posteriormente en la historia de la Iglesia los Papas exigieron que toda ordenación episcopal tuviera lugar con mandato pontificio. Sin embargo, incluso después de ese desarrollo, el derecho canónico no consideró las ordenaciones episcopales ilícitas —es decir, las realizadas contra la voluntad del Papa— como delitos contra la unidad de la Iglesia, como actos inherentemente cismáticos o como actos intrínsecamente malos. Incluso hoy, el actual Código de Derecho Canónico incluye las ordenaciones episcopales ilícitas entre los delitos relativos a la celebración de los sacramentos o las clasifica como actos de usurpación de oficio.

En efecto, la norma que exige un mandato pontificio para las consagraciones episcopales es una cuestión de derecho positivo, no de Derecho Divino. De lo contrario, esta norma habría sido observada a lo largo de toda la historia de la Iglesia, siempre, en todas partes y por todos, sin excepción. Por supuesto, un mandato pontificio para las consagraciones episcopales es ordinariamente necesario y fue sabiamente establecido para garantizar mejor la sumisión jerárquica del episcopado al Papa.

El carácter extraordinario de la actual crisis de la Iglesia se manifiesta, en el presente caso, en el hecho de que una comunidad cuya característica esencial es el deseo de ser fiel al Papa —y la Fraternidad San Pío X se considera a sí misma como tal— se enfrenta a una elección trágica: obedecer al Papa y verse así obligada a aceptar aspectos inciertos y poco claros de la doctrina y la liturgia, o desobedecer al Papa en una cuestión de grave importancia, como la consagración de obispos, con la única intención de preservar los medios para transmitir la fe y la liturgia en toda su integridad, como servicio a las almas y, por tanto, a toda la Iglesia, incluido el propio papado.

Tampoco debe ignorarse la magnitud completa de la crisis actual de la Iglesia, sino contemplarla con honestidad, remontándose hasta sus raíces. Estas raíces se encuentran en ciertas afirmaciones doctrinales vagas y ambiguas del Concilio Vaticano II que, durante los últimos sesenta años, han sembrado confusión, como el relativismo doctrinal derivado de la enseñanza y la práctica del ecumenismo y del diálogo interreligioso, que han contribuido a socavar la unicidad de Jesucristo y de su Iglesia como único camino de salvación. Asimismo, algunos defectos doctrinales y rituales de la reforma litúrgica, con sus tendencias protestantizantes, han oscurecido el carácter sacrificial central de la Misa y su orientación cristocéntrica.

San John Henry Newman hizo la siguiente observación, notable y oportuna: «Los obispos, cuando no enseñan formalmente [ex cathedra], pueden errar, como sabemos que erraron en el siglo IV. El papa Liberio pudo firmar una fórmula eusebiana [arriana] en Sirmio, y la masa de los obispos en Ariminum [Rímini] o en otros lugares, y sin embargo, a pesar de este error, podían ser infalibles en sus decisiones ex cathedra» (Arians of the Fourth Century, Londres, 1876, p. 464).

Lo que el obispo de Ratisbona, monseñor Rudolf Graber, afirmó hace más de cincuenta años caracteriza aún más la situación actual de la Iglesia: «Lo que ocurrió hace más de 1.600 años se repite hoy, pero con dos o tres diferencias: Alejandría es hoy toda la Iglesia universal, cuya estabilidad está siendo sacudida, y lo que entonces se llevó a cabo mediante la fuerza física y la crueldad se ha trasladado ahora a otro nivel. El exilio es sustituido por el destierro al silencio de ser ignorado, y el asesinato por el asesinato de la reputación» (Athanasius and the Church of Our Time, Edimburgo, 1974, p. 23; original: Athanasius und die Kirche unserer Zeit, Abensberg, 1973).

La FSSPX es prácticamente la única comunidad de la Iglesia actual que llama abiertamente la atención sobre las evidentes ambigüedades doctrinales de ciertas afirmaciones conciliares y del rito de la nueva Misa, reclamando su aclaración inequívoca y, si fuera necesario, incluso su modificación, de acuerdo con el Magisterio constante de la Iglesia. La «hermenéutica de la continuidad» o de la «reforma en la continuidad» —un enfoque válido y útil en sí mismo— puede convertirse también en una especie de «camisa de fuerza» que se limita a cubrir cosméticamente las heridas causadas por las ambigüedades y confusiones doctrinales y litúrgicas. En la práctica, la Santa Sede exige una forma de razonamiento circular: que todo está en orden siempre que se realicen esfuerzos intelectuales suficientemente arduos.

En realidad, mediante su incansable insistencia en la claridad doctrinal y litúrgica, la FSSPX presta un gran servicio a toda la Iglesia, un servicio de valor histórico. Si la Santa Sede se tomara en serio esta posición de la FSSPX y, además, reconociera las ambigüedades objetivas existentes en determinadas afirmaciones del Concilio Vaticano II y en el rito de la nueva Misa, ello marcaría el comienzo del fin del proyecto modernista dentro de la Iglesia, que en realidad comenzó hace más de cien años.

La crisis actual entre la Santa Sede y la FSSPX también puede ilustrarse mediante la siguiente parábola: se declara un incendio en una gran casa. El jefe de bomberos permite utilizar únicamente los nuevos métodos de extinción, aunque estos hayan demostrado ser menos eficaces que los antiguos métodos y herramientas ya probados. Un grupo de bomberos desobedece esta orden, continúa utilizando los métodos probados e incluso recluta nuevos bomberos, todo ello a pesar de la prohibición del jefe, y, de hecho, el incendio queda contenido en muchos lugares. Sin embargo, estos bomberos son tachados de desobedientes y cismáticos y son castigados por ello.

Llevando la parábola más lejos: el jefe de bomberos admite ahora únicamente a aquellos bomberos que reconocen los nuevos métodos y obedecen las nuevas normas del parque de bomberos. Pero, dada la enorme magnitud del incendio, la lucha desesperada por contenerlo y la insuficiencia de los métodos oficiales, otros ayudantes intervienen desinteresadamente —a pesar de la prohibición del jefe de bomberos— aportando habilidad, conocimientos y buenas intenciones y, al final, ayudan a salvar la misma casa que el jefe de bomberos trataba de proteger.

Con el tiempo, las circunstancias históricas cambian y aparece un nuevo jefe de bomberos que reconoce los desafortunados efectos de los nuevos métodos de extinción. No solo vuelve a permitir el uso de los antiguos métodos probados, sino que él mismo se convierte en su ferviente defensor. Reconoce asimismo la contribución de aquellos bomberos que en otro tiempo fueron incomprendidos, duramente castigados, tratados como marginados y expulsados como rebeldes, y los acoge nuevamente en las filas. Finalmente, una vez superada aquella gran convulsión, lo que en otro tiempo fue condenado como desobediencia y rebelión se revela como un acto de entrega desinteresada.

La historia revelará algún día si las siguientes palabras de san Agustín son aplicables a la situación actual de la FSSPX:
«A menudo la divina Providencia permite que incluso hombres buenos sean expulsados de la congregación de Cristo por las turbulentas sediciones de hombres carnales. Cuando, por el bien de la paz de la Iglesia, soportan pacientemente ese ultraje o injuria y no intentan ninguna novedad en forma de herejía o cisma, enseñarán a los hombres cómo debe servirse a Dios con una verdadera disposición y con una caridad grande y sincera. La intención de tales hombres es regresar cuando haya cesado el tumulto. Pero si esto no se permite porque continúa la tormenta o porque su regreso podría suscitar otra aún más feroz, mantienen firme su propósito de buscar el bien incluso de aquellos responsables de los tumultos y conmociones que los expulsaron. No forman conventículos separados propios, sino que defienden hasta la muerte y sostienen con su testimonio la fe que saben que se predica en la Iglesia católica. A estos, el Padre que ve en lo secreto los corona secretamente. Parece que este es un tipo raro de cristiano, pero no faltan ejemplos. Así, la divina Providencia utiliza toda clase de hombres como ejemplos para el cuidado de las almas y para la edificación de su pueblo espiritual» (De vera religione, 6, 11).
Lo que san Atanasio escribió a sus hermanos obispos de todo el mundo en medio de una extraordinaria crisis de fe resulta también aplicable a nuestro tiempo:
«Los cánones y decretos de la Iglesia no fueron dados en el presente, sino que nos fueron transmitidos recta y firmemente por nuestros antepasados. Tampoco tuvo la fe su comienzo en este tiempo, sino que nos llegó del Señor por medio de sus discípulos. Por tanto, para que las disposiciones que han sido conservadas en las iglesias desde antiguo hasta ahora no se pierdan en nuestros días, y para que no se nos reclame el depósito que nos ha sido confiado, despertad, hermanos, como administradores de los misterios de Dios, al ver que ahora son arrebatados por extraños» (Ep. encyclica, 1).
Dios, en su Providencia, escribe derecho incluso con líneas que, desde una perspectiva meramente jurídica, parecen torcidas. Que Él conceda que ese día llegue pronto. Alegrémonos en medio de la tribulación y digamos: creo en la invencibilidad de la Iglesia y del Papado, y creo que la Santa Sede volverá algún día a resplandecer ante el mundo entero como la Cátedra de la verdad.