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martes, 1 de septiembre de 2026

El «dolce far niente».




Las acciones tienen consecuencias y las omisiones también. No es buen sistema de gobierno el que deja que el tiempo pase esperando el milagro de una solución natural de los problemas. Un interesante artículo de hoy recoge el creciente malestar ante un pontificado que avanza en el tiempo, pero vacío de contenido. Basta con echar un vistazo a las secciones de comentarios de los principales blogs católicos o observar durante unos minutos los debates que animan las redes sociales para percibir un fenómeno tan evidente como silencioso: un descontento generalizado, profundo y, a veces, airado hacia el pontífice reinante, León XIV. Apenas un año después de su elección, la curiosidad inicial y el optimismo superficial parecen haber dado paso, entre amplios sectores de los laicos y el clero más atento, a una profunda sensación de consternación y confusión. No se trata de meras controversias virtuales creadas para generar clics. Algo mucho más serio está creando una brecha entre la Cátedra de Pedro y los fieles.

La primera y más importante causa del descontento reside en el derrumbe de una gran ilusión. Tras la elección del papa Prevost, gran parte del mundo conservador y tradicionalista albergaba la esperanza de un cambio radical respecto al pontificado anterior, soñando con la restauración de la dignidad papal. Esta esperanza se había visto alimentada por varios cambios significativos en el estilo: el abandono de la Casa Santa Marta y el regreso a los palacios sagrados, la reinstauración de las vacaciones de verano en Castel Gandolfo, e incluso detalles formales como la presentación directa del palio a los metropolitanos. Sin embargo, como muchos comentaristas han señalado con amargura, se trató de una revolución puramente estética y superficial. Detrás de los gestos de sonoridad antigua, la esencia del gobierno eclesiástico permaneció inalterada. León XIV confirmó en puestos clave a figuras muy controvertidas como el cardenal Fernández y el cardenal Zuppi, y no mostró un verdadero interés en frenar las tendencias doctrinales disruptivas, como la polémica vía sinodal alemana. La disidencia surge precisamente de aquí: los fieles perciben la incoherencia de un papado que se viste bajo el manto de la Tradición pero que, en la práctica, sigue tolerando el desmantelamiento de la doctrina.

Si bien la continuidad administrativa resulta desconcertante, son los gestos y omisiones concretas de León XIV los que alimentan los comentarios de los fieles. Internet no ha perdonado al pontífice por algunas declaraciones públicas y diplomáticas percibidas como auténticos respaldos al error. El ejemplo más llamativo fue el mensaje oficial enviado en marzo pasado a Sarah Mullally, primada recién nombrada de la Iglesia Anglicana en Canterbury. Dirigirse a una mujer como «Reverendísima» en un cargo episcopal —en abierta contradicción con la enseñanza definitiva de la «Ordinatio sacerdotalis»— y mostrar tal deferencia hacia una figura que apoya públicamente el aborto y las uniones entre personas del mismo sexo, ha generado una inmensa indignación. Muchos comentaristas han hablado abiertamente de una traición a la misión petrina y de una progresiva «protestantización» de la Iglesia. A esto se suman las desconcertantes extravagancias litúrgicas y pastorales, como la extraña bendición de un bloque de hielo o la falta de intervención en la decisión de premiar a políticos proaborto. Cuando el papa opta por el silencio o se retira a Castel Gandolfo mientras Roma acoge eventos ambiguos que se alejan abiertamente de la moral católica, los fieles experimentan una sensación de abandono pastoral y de orfandad.

León XIV se presentó desde el principio como un pontífice moderado, que intentaba tender puentes entre facciones opuestas. Su lema papal, In Illo uno unum («En uno, somos uno»), expresa este deseo de conciliación. Pero en una época de extrema polarización, la postura centrista corre el riesgo de disgustar a todos. Para los progresistas, León XIV es nostálgico del pasado y se resiste a las reformas necesarias (sacerdocio femenino, celibato, moral sexual); para los tradicionalistas, es un continuador encubierto del modernismo que carece del valor para defender la Verdad objetiva. En su intento por evitar disgustar a nadie, el Papa termina pareciendo ambiguo o incluso indiferente al destino de la fe.

La Iglesia Católica debe pronunciarse con mayor claridad sobre las enseñanzas tradicionales acerca del matrimonio y la moral sexual, especialmente ante la creciente confusión en torno a la homosexualidad y la defensa de los derechos LGBTQ dentro de la jerarquía. Nombrar los pecados graves no es odio, sino preocupación por las almas, como el deber de un médico de diagnosticar una enfermedad grave. La creciente división dentro de la Iglesia la provocan las bendiciones para parejas en situaciones irregulares, ministerios relacionados con la comunidad LGBTQ+ y mensajes pastorales cada vez más ambiguos. La jerarquía restringe a los católicos tradicionales y la Misa en latín, sin afrontar los desafíos a la enseñanza moral perenne. El doble rasero es evidente: se intenta silenciar a los fieles mientras se normaliza la confusión. La Iglesia debe hablar con claridad, los fieles deben actuar con valentía y la verdad debe ser proclamada, cueste lo que cueste. El mensaje no es de condenación, es de salvación y ese es el único mensaje que importa.

La herida litúrgica abierta por «Traditionis custodes» sigue sangrando. Muchos esperaban que León XIV levantara las restricciones de Francisco, restaurando la plena libertad de la Antigua Misa. Su silencio sobre este tema, sumados al enfrentamiento con la Sociedad de San Pío X —ahora presionada hacia una ruptura definitiva con la excomunión proclamada para las nuevas consagraciones episcopales— exasperan a la gente. Los fieles apegados al Rito Antiguo se sienten tratados como marginados y exiliados por una jerarquía que afirma ser inclusiva con todos, excepto con sus hijos más fieles. Pues parece que el descontento que se manifiesta no es el capricho de unos pocos fanáticos antirromanos. Es el grito de dolor de un pueblo que exige pan doctrinal y recibe piedras burocráticas o compromisos diplomáticos. La mediocre jerarquía que nos gobierna se engaña a sí misma pensando que puede solucionar esta profunda crisis con ajustes estilísticos o fórmulas políticas «a medias», internet seguirá hirviendo, demostrando que el hambre de verdad de los fieles no se puede saciar con el silencio de un «dolce far niente».