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viernes, 3 de julio de 2026

Tengan piedad y dejen a los fieles al margen



Conviene empezar por decir quiénes son, porque se está hablando mucho de ellos y en ocasiones se les está describiendo maliciosamente. El fiel que asiste a una capilla de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X no es, en general, ese personaje soberbio que desde una cuenta anónima de redes sociales sojuzga al universo entero y dedica sus tardes a explicarnos la invalidez de la Misa nueva. Ese personaje existe, pero es una caricatura minoritaria. Los fieles son miles de personas normales, muchas de ellas humildes, familias con niños que se revuelven en el banco, ancianos que llegan con su misal gastado, madres que hacen cuarenta minutos de coche cada domingo porque en su ciudad no hay ninguna parroquia donde se celebren los sacramentos en el rito tradicional, hombres que confiesan sus pecados los primeros viernes y que quieren, sencillamente, vivir en gracia el mayor tiempo posible y que la Eucaristía, que es medicina y no trofeo, les ayude a sostener un día a día que ya tiene bastante peso por sí solo.

Piénsese en el monaguillo de Nairobi que aprendió a servir la misa con los sacerdotes que llegaron a su barrio, o en la anciana de un pueblo de la República Dominicana a la que esos mismos sacerdotes le llevan la comunión y le hablan de Cristo, o en la familia de una capital europea que descubrió la liturgia tradicional casi por accidente y se sintió conmovida, interpelada, alcanzada por una forma de celebrar que le abrió de par en par el misterio. Mucha de esta gente ha conocido a Cristo por estos curas. No eligieron una facción: encontraron una puerta, y entraron por ella como se entra siempre en la Iglesia, buscando el perdón y el Pan.


Ahora bien, esa práctica totalidad de los fieles no tiene ni la posición, ni la información, ni le incumben directamente las decisiones sobre el funcionamiento o la continuidad de los cinco seminarios de los que salen los sacerdotes que luego les atienden. Saben, como mucho, que esos seminarios necesitan ordenaciones y que las ordenaciones necesitan obispos, pero no participan de ese proceso ni se les pide opinión sobre él. Exactamente igual que yo, fiel diocesano, no tengo una idea precisa de cómo funciona el seminario de mi diócesis, ni de qué decisiones administrativas se están tomando en él, ni de quién va a ordenar a los sacerdotes que dentro de unos años me confesarán, ni de si mi obispo obedece o desobedece una indicación romana. No solo no estoy al tanto: es que no tengo el deber de estarlo, y sobre todo es que no me corresponde. Nadie ha sostenido nunca que la comunión eclesial del fiel de a pie dependa de su vigilancia sobre la gestión episcopal.

En otro plano completamente distinto está la desobediencia. Los superiores de la Fraternidad han decidido consagrar obispos porque, dicen, los que venían ordenando a sus seminaristas son muy mayores, porque la salud no espera y porque han considerado que la continuidad de su obra lo exigía; y lo han hecho sin mandato pontificio, que es exactamente lo que el derecho de la Iglesia prohíbe bajo penas severísimas. Cabe discutir si debieron negociar más tiempo, si anunciar en febrero lo que se consumó en julio fue precipitado, si había todavía margen para un punto de confluencia con Roma. Yo mismo me lo pregunto, y sospecho que muchos fieles se lo preguntarán también con dolor. Pero esa decisión, con todas sus consecuencias disciplinarias, pertenece a quienes la tomaron. Es una desobediencia jerárquica, objetiva, sancionable, sobre la que la autoridad legítima puede y quizá debe actuar con dureza jurídica. Lo que no es, es la ruptura de un dogma. Nadie ha negado la primacía de Pedro, nadie ha negado al Papa, nadie ha proclamado doctrina alguna contra la fe. ¿Contra qué dogma están estos fieles? ¿Hay algún dogma nuevo del que no nos hayamos enterado? Llamar cisma a lo que es desobediencia (aunque sea grave), y extender luego ese cisma como una mancha de aceite sobre gente que solo quiere sacramentos, roza el abuso canónico.


Involucrar a la gente sencilla, atemorizar a las familias, señalar al anciano que va a Misa donde puede y como puede, afirmar que el padre de Kansas, de Guadalajara o de Filipinas ha quedado adherido a un cisma por las desobediencia de Pagliarani, Galarreta o Fellay es del todo excesivo. Esas personas – los fieles de base- no han decidido nada, no han sido consultadas para nada, no disponen de la información para juzgar a fondo y no se les puede exigir lo que ni siquiera está a su alcance conocer. Lo que necesitan son sacramentos, y sacramentos conforme a la Iglesia Católica. Y cuando se sugiere que deberán presentarse individualmente ante el obispo, firmar un documento de retractación y ser readmitidos uno a uno, como si regresaran de una secta, uno no puede evitar pensar que el procedimiento tiene precisamente eso: un cariz sectario, un sabor a purga administrativa que no es católico, que no lo es, sinceramente, porque la Iglesia nunca ha tratado así a quienes buscan la gracia, sino a quienes la combaten.


Estando de acuerdo en que la desobediencia debe tener consecuencias, y en que el derecho dispone de mecanismos duros para quienes la protagonizan (quienes, por cierto, también tienen derecho de defensa), les pido humildemente distinguir: Distinguir con piedad entre el superior que decide y el fiel que reza, entre el acto que hiere la comunión y la muchedumbre que ni lo firma; entre la disciplina, que es necesaria, y el castigo indiscriminado, que es escándalo. Sancionen a quienes deban sancionar, con todo el rigor del derecho si hace falta. Pero a las familias, a los ancianos, a los niños, al monaguillo de Nairobi y a la abuela dominicana, tengan piedad y déjenlos al margen. Ellos no son el problema. Ellos son, exactamente, aquello por lo que existe la Iglesia.

Miguel Escrivá