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sábado, 18 de abril de 2026

El magisterio retórico (Bruno Moreno)



Otras veces hemos hablado ya de un tema que era obvio para cualquier teólogo del pasado, pero hoy parece una novedad: no todo el magisterio es magisterio. O, dicho menos provocativamente, pero con más precisión para evitar la paradoja, no todo lo que hay en los textos magisteriales es propiamente magisterio en sentido estricto y mucho menos lo es todo lo que sale de la boca de los obispos y papas.

¿Han visto los lectores lo que he hecho? Al decir “no todo el magisterio es magisterio”, he usado una frase retórica, que tiene una gran fuerza por su brevedad y contundencia, sazonada con una pizca de extrañeza para que resulte más llamativa.

¿Cuál es el problema con la retórica? Que no se puede tomar del todo en serio. Estrictamente hablando, “no todo el magisterio es magisterio” constituye una contradicción y, por lo tanto, lógicamente es ruido. Las frases retóricas arrastran al oyente y pueden quedar fijadas en su mente, pero requieren después una gran cantidad de explicaciones, matizaciones y precisiones para entender el sentido que encierran, sin exageraciones ni malentendidos. Es decir, para separar el metal precioso de la ganga.

Antes, ya en el primer párrafo, di la explicación de mi frase retórica: “no todo lo que hay en los textos magisteriales es propiamente magisterio en sentido estricto”. Esto sí que es cierto y resulta mucho más preciso y claro que la frase retórica. Desgraciadamente, lo que la explicación tiene de preciso lo pierde de atractivo y de llamativo. Se hace aburrida, no capta la atención del que escucha o lee y se olvida con facilidad.

La retórica tiene la finalidad de suscitar una fuerte emoción en el oyente, de conmoverle y tocar su corazón. Precisamente por eso, tiene sus lugares adecuados, como la publicidad, un sermón exhortativo, los discursos para enardecer a los soldados antes de una batalla, o los (generalmente vanos) intentos de los padres de convencer a un niño pequeño de que debe comerse la papilla de verduras. Nada hay de malo en ello, pero, cuando la retórica se sale de su lugar propio, se convierte en una tentación, que desnaturaliza otras formas de discurso.

Me temo que hay que reconocer que el magisterio actual hace tiempo que coquetea con la tentación retórica. Es inevitable, porque, a medida que los prelados se van metiendo en todos los temas bajo el sol, desde la ecología hasta medicina, la política o la meteorología, resulta casi imposible mantenerse en el plano esencialmente explicativo o docente, que es el propio del magisterio.

Podrían darse numerosos ejemplos del pontificado anterior. Los múltiples “tengo un sueño” de la exhortación postsinodal “Querida Amazonia” son claros casos de retórica sin contenido magisterial. Las apelaciones a la “madre Tierra”, a sus “gemidos” y a los pecados contra ella de Laudato Si son igualmente retóricas. Lo mismo se puede decir de multitud de afirmaciones del Papa Francisco sobre la inmigración, el “¿quién soy yo para juzgar?”, el “nadie puede ser condenado para siempre” o incluso la “inadmisibilidad” de la pena de muerte (signifique eso lo que signifique, porque nadie lo sabe). Se trata de afirmaciones destinadas no tanto a transmitir una verdad, sino más bien a conmover al oyente para que dé más importancia a las cuestiones ecológicas, aborrezca la contaminación, sea acogedor con los inmigrantes o, en el peor de los casos, se admire ante lo avanzado y comprometido que es el hablante. Lo que no son esas afirmaciones es propiamente magisterio, porque, o bien carecen de significado o, estrictamente hablando, son erróneas (ni la tierra es nuestra madre, ni se puede pecar contra seres que no son personales, etc.).

Como hemos visto estos días, a León XIV, que aprendió a ser papa junto al Papa Francisco, se le han pegado algunas de las costumbres menos afortunadas de su antecesor. En efecto, en relación con el tema de la guerra de Irán y por su laudable deseo de parar ese terrible conflicto que se ha cobrado ya la vida de multitud de inocentes, ha dejado que invadan su discurso afirmaciones retóricas que pueden llevar a error si se toman como afirmaciones magisteriales.

Ejemplos de esas afirmaciones son frases recientes del Pontífice como “Dios no escucha a los que hacen la guerra”, “Dios no bendice ningún conflicto”, “todo el que es discípulo de Cristo, el Príncipe de la Paz, nunca está del lado de los que antes empuñaban la espada y hoy arrojan bombas” o “las acciones militares no crean espacio para la libertad ni para tiempos de paz, que solo vienen de la paciente promoción de la coexistencia y el diálogo entre los pueblos”.

Al escucharlas, inmediatamente surgen preguntas. Si Dios no escucha a los que hacen la guerra, ¿quiere eso decir que no escuchaba a San Fernando, a San Luis o al rey David? Si Dios no bendice ningún conflicto, ¿cómo pueden existir las guerras justas? ¿Cómo es que la Iglesia mantiene capellanes militares para bendecir y atender religiosamente a los que participan en conflictos? Si Dios nunca está de parte de los que empuñan la espada o arrojan bombas, ¿cómo es que hay muchos de ellos que son santos e incluso la Iglesia ha tenido órdenes religiosas enteras dedicadas a empuñar la espada? ¿Por qué habló elogiosamente San Pablo del magistrado que lleva espada? Si las acciones militares no crean espacio para la libertad ni para tiempos de paz, ¿cómo es que la experiencia de siglos nos dice evidentemente lo contrario? ¿Cómo es que multitud de Papas, como San Juan Pablo II, en ocasiones han dicho que era un deber hacer una guerra en concreto para conseguir la paz o la libertad?

Con todo el respeto debido, lo cierto es que se trata de frases erróneas, porque no concuerdan con la enseñanza de la Iglesia. O, mejor dicho, son simplemente retóricas y no magisteriales. El Papa, con toda la razón del mundo, rechaza el conflicto de Irán, que es en buena parte innecesario e injustificado, y clama contra él, deseando conmover los corazones de los que le escuchan para que pongan fin a la matanza de inocentes. Al hacerlo, se deja llevar por la retórica y dice cosas que quizá no debería decir como maestro, pero que son muy comprensibles en un padre que sufre por sus hijos.

El problema es que las afirmaciones puramente retóricas solo sirven para los que ya están convencidos. Su punto débil está en que no sirven para convencer al que piensa distinto, porque inmediatamente descubre que no tienen contenido racional. No son diálogo, sino más bien pura exhortación.

Así ha pasado con el Vicepresidente de los Estados Unidos, J.D. Vance, que ha hecho notar que lo que decía el Papa, estrictamente hablando, era erróneo. Y debemos admitir que tiene toda la razón en decirlo, porque así es (curiosamente le sucedió lo mismo con el Papa anterior y el ordo amoris). Vance necesitaba magisterio claro y con contenido racional sobre las causas de la guerra justa, para que pudiera descubrir que la guerra que su gobierno ha desencadenado en Irán muy probablemente no sea justa. En cambio, lo que recibió de la Iglesia fue retórica conmovedora y, como era predecible, no le ha convencido. Necesitaba pan y recibió una piedra.

Al margen de este momento concreto y de la guerra de Irán (que Dios quiera que no se reanude), quizá todo esto debería mostrarnos la importancia de la distinción. Como decían los escolásticos, pensar es distinguir. Es fundamental distinguir lo que es magisterio y lo que son otras cosas, desde retórica hasta afirmaciones protocolarias, buenos deseos, consideraciones personales, aplicaciones prudenciales y aspectos similares. No sea que, al descubrir los frecuentes errores, vanidades e incluso tonterías que puede haber en lo segundo, caiga en descrédito lo primero. El oro es oro y la ganga es ganga. Llevamos este tesoro en vasos de barro, para que se manifieste que lo sublime de esta fuerza viene de Dios y que no viene de nosotros.

En lo verdaderamente magisterial es donde se encuentra la unidad esencial de la Iglesia, en torno al tesoro de la Revelación de Dios, y por eso le corresponde la obediencia de la fe y la sumisión de los católicos. En lo demás, siempre con el respeto debido, pero también con gran libertad, cada uno piensa y decide de acuerdo con su saber y su conciencia.

Bruno Moreno