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jueves, 29 de enero de 2026

Sobre el católico que vota y la incongruencia




Cada vez que se acercan elecciones (municipales, autonómicas, nacionales o europeas) reaparece el mismo fenómeno: el católico que se santigua al entrar en la iglesia el domingo y, unas horas después, introduce en la urna una papeleta que respalda sin rubor leyes de aborto, eutanasia o ingeniería social. Todo ello, eso sí, con la conciencia tranquilizada por un cómodo autoengaño: “yo voto otras cosas”, “el programa es muy amplio”, “no todo es el aborto”, “hay prioridades sociales más urgentes”.

Pues bien: no. No todo vale. Y no, no es inocente.

Joseph Ratzinger (antes de ascender al papado como Benedicto XVI) dejó esto meridianamente claro en 2004, cuando aún era Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe.El guardián celoso de la doctrina católica. Lo hizo por escrito, con precisión quirúrgica y sin necesidad de levantar la voz, como hacen quienes saben que la verdad no necesita ser gritada.

Ratzinger afirmó que un católico incurre en cooperación formal con el mal si vota deliberadamente a un candidato precisamente por su postura permisiva respecto al aborto o la eutanasia, y que esa cooperación lo hace indigno de recibir la Sagrada Comunión. No es una metáfora. No es una exageración. Es doctrina moral católica. Pura, dura y sin adornos.

Aquí se produce el primer choque con la mentalidad dominante: el voto no es moralmente neutro. No es un gesto administrativo. Es un acto humano libre y, por tanto, moralmente calificable.

La Iglesia (para escándalo de progresistas y conservadores con carnet bautismal) nunca ha enseñado que todo voto sea igualmente lícito. Jamás. Desde Santo Tomás de Aquino hasta el Catecismo actual, la doctrina es constante: cooperar formalmente con una injusticia grave es pecado grave. Y el aborto y la eutanasia no son “un tema más”: son la eliminación deliberada de vidas humanas inocentes.

El aborto no es una política sanitaria. Es la supresión directa de un ser humano en la fase más vulnerable de su existencia. La eutanasia no es compasión. Es la rendición moral de una sociedad que prefiere matar al que sufre antes que acompañarlo.

Por eso Ratzinger introduce un concepto clave que muchos prefieren ignorar: la cooperación formal. No se trata de votar “a pesar de” algo malo, sino de votar “precisamente por” quien defiende ese mal. En ese caso, el votante hace suyo el mal, lo respalda, lo legitima y lo impulsa.

¿Y qué ocurre cuando el candidato defiende el aborto, o no se pronuncia para no dar pistas al votante, aunque está a favor del aborto y la eutanasia en las políticas que promulgara y administrara si el eligen? No seamos ingenuos, todos sabemos lo que piensan los políticos a los que votamos o no votamos, sobre este espinoso y grave asunto. Lo digan o no lo digan explícitamente.

Muchos dirán; pero yo voto por él “por otros motivos”. Aquí Ratzinger no es ingenuo. Reconoce que puede existir un voto materialmente tolerado si hay razones verdaderamente proporcionadas. Pero atención: razones proporcionadas no son la simpatía personal, la promesa económica, el miedo al adversario ni el clásico “es que los otros son peores”.

La vida humana no es una variable negociable. No es moneda de cambio. No se compensa con subvenciones, ni con discursos verdes, ni con agendas sociales empaquetadas en lenguaje inclusivo.

El problema de fondo es que durante décadas se ha catequizado al católico para que crea que su fe pertenece exclusivamente al ámbito privado. Que puede rezar una cosa y votar la contraria. Que puede comulgar el domingo y apoyar el lunes leyes que matan.

Ratzinger dinamita esa esquizofrenia moral. Y lo hace con una consecuencia concreta y muy molesta: “quien coopera formalmente con el aborto o la eutanasia no debería acercarse a la Comunión. No como castigo, sino por coherencia. Porque la Eucaristía no es un premio social, sino el sacramento de la comunión con Cristo. Y Cristo no firma leyes de muerte”.

En este contexto electoral permanente en el que vivimos, el mensaje es incómodo pero necesario: no todo voto es compatible con la fe católica. Y no pasa nada por decirlo. Lo verdaderamente grave es callarlo. Aunque, como a mí, ya me haya costado mas de un disgusto. La verdad no suele ser bien acogida.

La Iglesia no impone partidos, pero sí impone límites morales. Y el primero es el derecho a la vida. Sin vida, no hay derechos. Sin vida, no hay justicia social. Sin vida, no hay nada.

Cuando un católico vota conscientemente a quien promueve el aborto o la eutanasia, no está haciendo política: está tomando partido contra el más débil. Y luego no debería sorprenderse si alguien le recuerda que no se puede servir a dos señores.

Benedicto XVI no fue “duro”. Fue claro. Y en tiempos de confusión interesada, la claridad se percibe como una agresión.

Quizá por eso su texto sigue siendo tan actual. Porque desenmascara la gran mentira contemporánea: que se puede ser católico sin consecuencias.

No. No se puede.

Y cuanto antes lo asumamos, (especialmente cuando se abren las urnas), mejor para nuestras conciencias y, sobre todo, para los que no tienen voz ni voto: los no nacidos, los enfermos, los ancianos descartados.

Ellos no votan. Pero pagan con su vida el resultado.

Carmelo Álvarez Fernández de Gamarra