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jueves, 15 de octubre de 2026

Parolin: «Si es necesario, el Papa reajustará su pontificado»




El cardenal Pietro Parolin ha admitido este jueves que sigue «preocupado» por la salud de León XIV y ha pronunciado una frase que en Roma nadie ha pasado por alto: según cómo evolucione su recuperación, el Papa «reajustará su pontificado, si fuera necesario reajustarlo».

El secretario de Estado visitó al Pontífice en el Policlínico Gemelli, donde permanece ingresado desde el martes tras ser operado de un nódulo pulmonar. «Sí, lo he encontrado bien», respondió a los periodistas a su salida, y añadió que lo que el Papa le contó «corresponde exactamente a lo que han dicho los comunicados». Horas después, al margen de un acto en la embajada de Irak en Roma, el tono fue bastante más grave: «Sigo estando preocupado, porque lamento enormemente lo que ha ocurrido. Me fío de las noticias que nos han dado, de los boletines, y por eso tengo también la esperanza de que esta situación pueda resolverse cuanto antes».

«No se pueden hacer previsiones de ningún tipo»

Preguntado por el futuro inmediato del pontificado, el cardenal respondió: «Hace apenas dos días que el Papa fue hospitalizado; no se pueden hacer previsiones de ningún tipo. Se trata de ver cuándo regresará y qué dirán los médicos. Y, en función de todos estos elementos, el Papa también reajustará su pontificado, si fuera necesario reajustarlo».

Cuesta entender que el diplomático más experimentado de la Santa Sede, maestro en el arte de no decir nada, haya escogido precisamente ese verbo. En la misma frase en que pide no hacer previsiones, deja caer la posibilidad de un pontificado recortado, y lo hace con una vaguedad que invita a imaginar cualquier cosa, desde una agenda más ligera hasta escenarios que nadie en el Vaticano querría ver impresos. Si la intención era tranquilizar, el resultado ha sido el contrario: la frase ha dado la vuelta al mundo en pocas horas y ha alimentado justo las especulaciones que el propio Parolin decía querer evitar.

Tampoco quiso comprometerse con el Ángelus del domingo. Si el Papa mejora antes del fin de semana, cree que podría rezarlo desde el Gemelli, aunque enseguida se corrigió: «Dependerá un poco de la evolución de la convalecencia. Son todas suposiciones mías». Sobre el viaje a Uruguay, Argentina y Perú, previsto del 6 al 17 de noviembre, recordó que la decisión inicial era mantenerlo, pero dejó la puerta abierta: «Es un viaje largo y exigente; dependerá de los médicos».

Lo que los boletines no cuentan

El parte médico de este jueves es tranquilizador en lo inmediato: controles normales, buena recuperación del pulmón operado, fisioterapia con actividad motora completa y un posoperatorio que «avanza con normalidad». El Papa ha concelebrado la Misa, ha retomado parte de su trabajo y, si no hay complicaciones, volverá al Palacio Apostólico entre el martes y el miércoles de la próxima semana.

Sin embargo, tres días después de la intervención, ningún comunicado ha precisado el estadio del adenocarcinoma ni si los ganglios linfáticos extirpados durante la operación estaban libres de enfermedad. Son precisamente los dos datos que determinan el pronóstico y la necesidad de tratamientos posteriores. Ese silencio, sumado a la preocupación que el secretario de Estado no se molestó en disimular, obliga a contemplar escenarios algo peores que los que se transmitieron al principio, cuando todo parecía reducirse a un nódulo detectado a tiempo y extirpado sin más.

Nada de ello autoriza el alarmismo. Incluso en esos escenarios menos favorables, un adenocarcinoma pulmonar operado con éxito en un paciente de setenta y un años, con buena recuperación y vida autónoma desde el primer día, es una situación médicamente controlable. Pero la Santa Sede haría bien en dar esa información cuanto antes, porque cada día de silencio pesa más que cualquier verbo mal escogido.

Reflexiones ante las elecciones anunciadas | Jesús Aguilar Marina






⏲ Tiempo estimado de lectura: 4 minutos


La democracia ha hecho de la dignidad nacional una tragedia de pasillo de comedias, una farsa. Durante la Farsa del 78 hemos visto como todos los ideales han sido traicionados y todas las instituciones corrompidas.

Para todo español de bien, la patria es espíritu, un patrimonio espiritual que reside en cada uno de sus hijos y que se ha materializado en sus tradiciones y en su arte, en su idioma y en su historia. La patria es una conciencia colectiva unida en una idea transcendente. Y esa idea providencial, con la forja de todos sus valores individuales y culturales, es la sinfonía que llamamos España.

Pero dicha pieza orquestal, precisamente por su armonía de valores y su grandeza de hazañas, tiene enemigos; rivales que no pueden aceptar la felicidad del pueblo. Quienes pretenden desprestigiar el paisaje natal, despreciar sus costumbres y abominar de su religión y de sus compatriotas más conspicuos, en vez de estimularlos y encomiarlos todo lo posible, lo hacen impulsados por el resentimiento, un odio sombrío nacido de su naturaleza mezquina.

El socialcomunismo es hoy el gran enemigo de España, en permanente alianza con las oligarquías —interiores y exteriores— políticas y financieras. Sólo la victoria sobre este contubernio podrá salvar una vez más a la patria y evitar que se convierta en una colonia escindida, vulgar y globalista, regida y coaccionada por traficantes, sectarios y traidores.

Esta alianza amenazante, travestida ideológicamente a conveniencia a lo largo de los últimos siglos, transforma a nuestra nación siempre que puede en algo caduco, podrido y humillante. Y contra esa fuerza antiespañola debe enfrentarse sin desmayo el pueblo español libre, como ha venido ocurriendo históricamente. Movimientos, cruzadas, insurrecciones y rebeldías se han reiterado una y otra vez para sacudirse la decadencia a la que tratan de arrastrarla tales enemigos.

Lo ideal sería que la victoria sobre los odiadores no fuera de un partido, sino que los vencedores constituyeran una inmensa multitud. Una gran comunidad de españoles capaz de conducir a España en una sola dirección: la de un código de valores respetuoso con la dignidad y la excelencia, en el que se fundieran los principios de la civilización clásica, génesis de Occidente, con doctrinas, actitudes y propósitos genuinamente españoles, llenos de originalidad y de alma propia.

Una España soberana, en definitiva, reconocible, acreditada y auténtica, alejada de cualquier imitación de políticas extranjeras. Pero para alcanzar este objetivo es preciso un movimiento regenerador. En él todos los hombres y mujeres libres habrían de ser actores, reunidos por el amor y el deber patrio bajo la bandera y la inspiración de una idea y de un destino en pos de la España Una, Grande y Libre de nuestros sueños más altos.

Tras lo antedicho y ante las próximas elecciones anunciadas, ¿reconoce alguno de ustedes, mis amables lectores, esta España imprescindible y soñada en la España que contempla a su alrededor en el trajín cotidiano? ¿Ve alguno de ustedes la Fuerza Nacional veraz, competente y necesaria capaz de oponerse al Frente Popular de Sánchez y, más allá, al Sistema del que éste y sus secuaces dependen? ¿O lo que ve es una época y una sociedad en las que los derechos democráticos se interpretan de forma peculiar?

Nos gustaría afirmar que estos tiempos son idóneos para saber por fin cuántos pueden llamarse españoles de bien entre los más de 38 millones censados actualmente. Pero ello no es posible. Y no sólo porque muchos de ellos constituyen un aditamento espurio mediante fraude electoral; ni porque nadie garantiza la transparencia en los recuentos; sino sobre todo porque una gran parte de los electores restantes, debido al movimiento inmigratorio impuesto y a la artera aculturación implantada, carecen de raigambre y de sentimiento nacional español.
Exceptuando el próspero período franquista, la Farsa del 78 compendia todas las abominaciones sociopolíticas y culturales sufridas por España desde que, con la idolatrada democracia a la cabeza, el sistema liberal parlamentario impuso sus valores de esclavismo y codicia. 
Las directrices globalistas y sus sicarios ejecutores no sólo se han mostrado capaces de utilizar el dolor para ocultar sus maquinaciones, también han patentizado la voluntad de manipular el tiempo pasado para legitimar el poder. Esta es la amarga realidad que, entre otros muchos horrores, la mayoría de los electores españoles ignoran o desean ignorar.

Mas estas reflexiones no pretenden animar o desanimar al hipotético elector. Sólo exponer que en el actual cenagal en que los comediantes han convertido a la patria, unos nuevos comicios no resuelven los problemas de fondo. Las elecciones, como todo lo que corresponde a la Farsa del 78, están heridas de impostura. Pueden ser un paso adelante o un paso atrás. Hasta ahora, la experiencia nos dice que todas las anteriores —y han sido infinidad— han supuesto un viaje hacia el abismo: la legitimación de la trampa a mayor gloria y provecho de la antiespaña partidocrática y de sus parásitos.

La solución, pues, no pasa por elecciones, sino por el zapatazo sobre la mesa de quienes tienen poder para ello y se sienten españoles de bien, si es que hay alguien ahí con estas condiciones. Un zapatazo que en las actuales circunstancias —dada la putrefacción institucional al servicio de los traidores— sería no sólo legítimo, también legal.

«Estar preparado —dijo el escritor austríaco Arthur Schnitzler— es importante, saber esperar es aún más, pero aprovechar el momento adecuado es la clave de la vida». Y de la convivencia española en paz, justicia y prosperidad, añadiríamos nosotros.

Jesús Aguilar Marina | Poeta, crítico, articulista y narrador

El globalismo contra España





Tiempo estimado de lectura: 6 minutos


La ofensiva total contra la soberanía de las naciones ha dejado de ser una amenaza velada para convertirse en una agresión abierta y brutal contra nuestra supervivencia. Las élites globalistas que dirigen los hilos del pensamiento único operan con un desprecio absoluto hacia la soberanía, la historia, la fe y la dignidad de los pueblos libres. El globalismo no busca el progreso de la humanidad, sino la demolición controlada de la civilización occidental para edificar sobre sus ruinas un mercado de consumidores dóciles, con una ideología antinatural y aberrante, de desarraigados y completamente desprovistos de alma. Bajo una retórica hipócrita de supuesta justicia social, los ingenieros de este orden transnacional imponen un totalitarismo que criminaliza el patriotismo y premia la sumisión a sus dictados de pensamientos únicos.

El secuestro del lenguaje y la falacia del multiculturalismo contemporáneo

El aparato de propaganda de las élites utiliza la manipulación lingüística como su arma de ingeniería social más eficaz. Al secuestrar las palabras y alterar sus significados, las terminales mediáticas del poder globalista internacional pretenden destruir la resistencia moral de los ciudadanos y forzar una rendición psicológica colectiva. Los globalistas hablan de «multiculturalismo» como si fuera una virtud y equiparan la civilización occidental de España con la «supremacía blanca», el «patriarcado» y el «imperialismo». Creen que los cristianos, en especial los católicos, deberían celebrar las festividades islámicas, que las fronteras nacionales son «racistas» y que cualquiera que rechace el globalismo promueve el «odio». Esta matriz ideológica busca inculcar un sentimiento perverso de culpa histórica en los pueblos europeos, con el único fin de que acepten su propia liquidación sin ofrecer la menor resistencia.

La consecuencia directa de asumir este marco mental es la disolución absoluta de la verdad y de la justicia. Cuando las instituciones políticas claudican ante este delirio nihilista, la noción misma de soberanía popular se convierte en una cáscara vacía. Si todo es cierto, entonces nada lo es. Y si no hay fronteras, no hay naciones. Si no hay naciones, los gobiernos nacionales no representan a nadie. De esta manera, las sociedades occidentales quedan reducidas a meras sucursales administrativas del Foro de Davos y de las agencias de las Naciones Unidas, donde los gobernantes actúan como capataces de un poder global que no rinde cuentas ante ningún pueblo.

La crisis migratoria y la negación de la realidad nacional

La inmigración, legal e ilegal, y de seguridad que padece España constituye el ejemplo más flagrante de cómo el globalismo utiliza la inmigración masiva como un ariete para desestabilizar a las sociedades homogéneas. Los gobiernos cómplices como el de Sánchez abren las puertas a flujos migratorios inasumibles que destruyen la convivencia, la cultura, la religión y la seguridad en nuestros barrios tradicionales, en definitiva, la esencia de las naciones..

Musulmanes marroquíes en edad militar invaden España a diario. Su sistema de creencias es claramente incompatible con el de los españoles nativos. Sin embargo, políticos y medios de comunicación afirman, de forma ridícula, que los invasores son tan españoles como aquellos cuyas familias han residido en España durante mil años o más. Esta aberración conceptual reduce la identidad nacional a un papel administrativo descartable, ignorando de manera deliberada los lazos de sangre, tradición, cultura y fe que cohesionan a una comunidad a lo largo de los siglos.

La tiranía mediática y judicial no duda en aplastar cualquier disidencia ciudadana que ose denunciar la realidad de esta colonización cultural. Durante décadas, los globalistas han insistido en que los españoles llamemos a los inmigrantes ilegales «recién llegados». Si disientes probablemente sea porque eres un «odiador», un «supremacista blanco» ¡y muy probablemente ambas cosas! Mediante este chantaje psicológico despiadado, el poder globalista busca desactivar el instinto de supervivencia biológica, cultural y religiosa de las naciones receptoras, obligándolas a financiar y aplaudir su propio reemplazo demográfico.

La persecución del cristianismo y la censura en las redes sociales

El odio visceral del globalismo no se dirige únicamente contra las fronteras físicas, sino principalmente contra la fe católica. Las élites globalistas y laicistas saben perfectamente que un pueblo sin Dios es un pueblo sin brújula, fácilmente maleable. Si reconozco en las redes sociales que iglesias católicas están siendo misteriosamente incendiadas en toda España y en el resto de Europa, mi discurso será marcado como «desinformación». La pinza censora formada por los gobiernos de la corrección política y las corporaciones tecnológicas de Silicon Valley silencia la persecución sistemática de los valores occidentales mientras subvenciona e institucionaliza los dogmas de la agenda global. Cuando ser católico en público y defender la fe es inadmisible en Occidente, no hay lugar en el planeta donde los cristianos estén realmente seguros.

El vacío espiritual provocado por esta descristianización forzosa condena a las sociedades a una debilidad terminal, transformando a los ciudadanos en átomos aislados y hostiles entre sí. La cultura, la religión y la identidad nacional importan. Importa si nuestros compatriotas poseen virtud moral y reconocen a Dios como la fuente de nuestros derechos naturales. Importa si los miembros de nuestra sociedad confían lo suficiente los unos en los otros como para trabajar y vivir juntos y que nos unen valores, tradiciones, historia y creencias compartidas. Sin estos lazos comunes, no somos nada los unos para los otros. Somos extraños, o peor aún, somos enemigos. El globalismo promueve intencionadamente este estado de guerra civil cultural larvada para presentarse luego como el único pacificador posible a través de un mayor control social y policial.

El carácter destructivo de la ideología globalista

El balance de las últimas décadas demuestra que el globalismo opera como una auténtica patología civilizatoria, un virus ideológico que corroe todo aquello que toca bajo el pretexto de una hermandad universal ficticia. De todas las filosofías destructivas que han asolado a nuestra especie, el globalismo sin duda se encuentra entre las más nocivas. Se disfraza de falsa virtud, empatía fingida y compasión simulada. Disfraza la conformidad ideológica de «mentalidad abierta». Predica la «coexistencia» mientras subyuga a los disidentes. Despoja a las personas de su herencia en nombre de la «tolerancia». Reescribe la historia cuando le conviene. Reemplaza el mérito y la igualdad con el derecho y el privilegio. Cuando es posible, el globalismo recicla la civilización occidental en cosmovisiones extranjeras, y cuando eso es imposible, arroja todo lo que apreciamos directamente a la basura.

La aceptación pasiva de esta agenda conduce de manera irremediable a la muerte por inanición espiritual de los pueblos. Quienes se niegan a emitir juicios de valor y equiparan la civilización propia con la barbarie extranjera cometen un acto de traición histórica imperdonable. Si todas las civilizaciones son «occidentales», entonces Occidente no significa nada. Si todas las naciones son iguales, entonces ningún país merece ser defendido. Y si todos los credos son meras «construcciones sociales», entonces la religión católica deja de ser la verdadera y la virtud cívica no es mejor que el vicio antisocial, Es el puro relativismo. El nihilismo no inspira sacrificios heroicos; invita al suicidio cultural. Las sociedades que sustituyen el heroísmo por el confort material y la cobardía moral están condenadas a la esclavitud.

La necesidad urgente de una resistencia civilizatoria

España y Occidente se encuentran ante un dilema existencial definitivo: o reaccionan con una firmeza implacable o se disuelven para siempre en la distopía deshumanizada del Nuevo Orden Mundial. Los conceptos prefabricados por la burocracia globalista carecen por completo de la fuerza mística necesaria para defender una patria. Nadie defiende el mundo cristiano rindiéndose ante el islam. La supervivencia requiere recuperar el orgullo de nuestra herencia, la reverencia por nuestros ancestros y la disposición absoluta al combate cultural frente a quienes pretenden borrarnos de la historia.

El destino de las próximas décadas pertenecerá exclusivamente a las comunidades que decidan romper las cadenas del consenso progre-globalista y reafirmen su derecho a existir con orgullo. El futuro pertenece a quienes no temen emitir juicios morales, culturales y religiosos. Solo quienes estén dispuestos a afirmar lo evidente —que la civilización occidental merece ser defendida— podrán liderar Occidente en las próximas décadas. No cabe el pacto ni la sumisión intermedia con una ideología cuyo objetivo último es nuestra destrucción total. Cualquier nación que no esté dispuesta a defender su forma de vida perecerá. La reconquista de nuestra soberanía y de nuestros valores tradicionales no es una opción política; es el imperativo histórico ineludible para salvaguardar el futuro de nuestros hijos. Ahí está el futuro de España.