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viernes, 12 de noviembre de 2021

¿Hacia dónde va la «Iglesia sinodal»? (Monseñor Héctor Aguer)



El Sumo Pontífice ha convocado para octubre de 2023 la XVI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, para tratar el tema «Por una Iglesia sinodal: comunión, participación y misión»

Y, para ello, ha establecido que desde este año, en todas las diócesis del mundo, se convoquen asambleas para «escuchar al pueblo de Dios». En otras palabras: la Iglesia ha entrado en un estado deliberativo permanente, de tres años, a escala planetaria. ¿Se persigue, acaso, relativizar la composición jerárquica de la Iglesia, para darle poder ejecutivo «a las bases»? ¿Se están analizando «nuevos ministerios» laicales; que compitan con los ministerios ordenados, los limiten y hasta, eventualmente, se constituyan en sucedáneos de ellos? ¿Va camino la «Iglesia sinodal» de transformarse en una democracia liberal?

Causa, como mínimo, sorpresa que en los últimos años se haya insistido tanto en cuestionar la supuesta «autorreferencialidad» de la Iglesia, ¡y ahora se convoque a un sínodo para potenciar lo que se supone fuera de lugar! ¿No ha llegado la hora de releer, y llevar a la práctica, lo que enseña el libro de los Hechos de los Apóstoles? Sería una oportunidad inmejorable para que la «Iglesia en salida» imitase aquel ardor misionero de Pentecostés; con la conmovedora confesión de la fe, y el martirio de los apóstoles y los primeros discípulos.

Desde hace más de seis décadas, hablamos del aggiornamento eclesial. Etimológicamente, la palabra significa poner al día (giorno). ¿Existe, acaso, algún día que dure varios lustros? Y, además, ¿se ha profundizado, en este tiempo, en el mandato que nos da Jesucristo: Vayan y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado (Mt 28, 19-20)? ¿Y, también: Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación. El que crea y se bautice, se salvará. El que no crea, se condenará (Mc 16, 15-15)? Cumplir con lo que nos pide el Señor, evangelizar, y hacer nuevos hijos suyos no es proselitismo, sino un acto de obediencia, y de justicia; y fuente de verdadero gozo. Da mihi animas caetera tolle (Dadme almas, y llévate todo lo demás), repetía San Juan Bosco; en tiempos no menos difíciles para la Iglesia.

En distintos artículos publicados por InfoCatólica sostuve que en estos días nuestros, muchos temen la división de la Iglesia. Desde una perspectiva relativista se apunta como responsables a los grupos de conservadores y progresistas, como si fueran igualmente ideologizados; ambos deberían sumergirse en el gran río que es la Iglesia, donde caben todos (no nos engañemos: en realidad, para el relativismo unos más que otros), o considerarse cada uno cara de gran poliedro, que es la figura eclesial. En esa visión quienes molestan son quienes adhieren, por razones históricas y teológicas, sobrenaturales, a la Gran Tradición católica, y se resisten a adoptar los «nuevos paradigmas» propuestos y sostenidos oficialmente. Conservadores y progresistas (quizás estos nombres no sean los adecuados), si no endurecen e ideologizan su posición, podrían ser matices respetuosos de la ortodoxia doctrinal, y compartir pacíficamente la tarea pastoral.

Lo puse de relieve en mi trabajo «Lamentable retroceso», a propósito de Traditionis custodes: El actual Pontífice declara que desea proseguir todavía más en la constante búsqueda de la comunión eclesial, y para hacer efectivo este propósito, ¡elimina la obra de sus predecesores poniendo límites arbitrarios y obstáculos a lo que aquellos establecieron con intención ecuménica intraeclesial y de respeto a la libertad de sacerdotes y fieles! Promueve la comunión eclesial al revés. Las nuevas medidas implican un lamentable retroceso. La pax litúrgica que, con sabiduría y excelsa caridad, buscó Benedicto XVI con Summorum Pontificum, ha sido barrida de un plumazo. Un nuevo Papa deberá restablecer la plena y absoluta libertad de todos los sacerdotes, sin necesidad de tener que pedir permiso a su obispo, para celebrar la «Misa de antes».

Resulta sorprendente la dureza de la reacción del Vaticano frente a lo que denomina una moda; especialmente, entre los más jóvenes. ¿Acaso una moda no es de por sí pasajera y, con frecuencia, muy fugaz? Está claro que, en la práctica, no la considera como tal; y, por eso, se dio esta respuesta desproporcionada.

Me consta que muchos jóvenes de nuestras parroquias están hartos de los abusos litúrgicos que la jerarquía permite sin corregirlos; desean una celebración eucarística que garantice una participación seria y profundamente religiosa. No hay en esta aspiración nada de ideológico. Esos jóvenes –y algunos que ya no lo son- no van a Misa para ver un espectáculo, o a celebrarse a ellos mismos; van para darle gloria a Dios, santificarse, y llevar luego a todas partes el dulce aroma de Cristo. Por otra parte, ya que hay que estar bien atentos a los signos de los tiempos, y a la escucha, ¿no deben ser escuchados estos hermanos nuestros; enraizados en lo más puro de la Tradición y la Ortodoxia?

Hace nueve años, en 2012, convocado por el entonces Papa Benedicto XVI, tuve el honor de participar en el sínodo de la Nueva Evangelización. Me conmovió, especialmente, la exposición de Tomasso Spinelli, joven catequista, de 23 años, de la Diócesis de Roma. Yo cuando lo escuché me dije: leeré este mensaje a los seminaristas. Sus palabras fueron rubricadas con el aplauso más importante del Sínodo. «Ustedes los sacerdotes (dirigiéndose a los Obispos) –dijo- han hablado sobre el papel de los laicos. Yo, que soy laico, quiero hablar del papel de los sacerdotes.

«Nosotros los jóvenes –añadió Tomasso- tenemos necesidad de guías fuertes, sólidos en su vocación y en su identidad. Es de ustedes, sacerdotes, de quienes nosotros aprendemos a ser cristianos, y ahora que las familias están más desunidas, su papel es todavía más importante para nosotros. Ustedes nos testimonian la fidelidad a una vocación, nos enseñan la solidez en la vida, y la posibilidad de elegir un modo alternativo de vivir, siendo éste más bello que el que nos propone la sociedad actual.

«Mi experiencia –remarcó el joven- testimonia que allí donde hay un sacerdote apasionado, la comunidad, en poco tiempo, florece. La fe no ha perdido atractivo, pero es necesario que existan personas que la muestren como una elección seria, sensata y creíble. Lo que me preocupa es que estos modelos se han convertido en una minoría. El Sacerdote ha perdido confianza en la importancia de su propio ministerio, ha perdido carisma y cultura. Veo sacerdotes que identifican ‘dedicarse a los jóvenes’ con ‘disfrazarse de joven’; o, peor aún, vivir el estilo de vida de los jóvenes. Y lo mismo en la liturgia, ya que en el intento de hacerse originales se convierten en insignificantes. Les pido el coraje de ser ustedes mismos. No teman, porque allí donde sean auténticamente sacerdotes, allí donde propongan sin miedo la verdad de la fe, allí donde no tengan miedo de enseñarnos a rezar, nosotros los jóvenes los seguiremos. Hacemos nuestras las palabras de Pedro, ‘Señor, ¿a quién iremos? Solo Tú tienes palabras de vida eterna’. Nosotros tenemos hambre de lo eterno y de lo verdadero».
Tomasso nos dejó una hermosa lección de amor a Cristo y la Iglesia. Casi una década después sus palabras son de una enorme actualidad. Jóvenes como él son parte de la solución, y no del problema. Está en nosotros, los pastores, constituidos como tales por el mismo Jesucristo; y no por ningún consenso humano, ni desviaciones antropocéntricas, guiarlos, enseñarles y conducirlos al encuentro con Dios. Les advierte San Pablo a los Corintios: Que cada cual se fije bien de qué manera construye. 

El fundamento ya está puesto y nadie puede poner otro, porque el fundamento es Jesucristo (1 Cor 3, 10-11). Esa es la verdadera salida que nos pide el único Señor de la Historia. La que siempre va hacia adelante; hacia el encuentro definitivo en la Eternidad…

+ Héctor Aguer.-

Buenos Aires, miércoles 10 de Noviembre de 2021.
Memoria de San León Magno, Papa y Doctor de la Iglesia.
En Argentina, Día de la Tradición.-

sábado, 28 de agosto de 2021

Lamentable retroceso

 INFOCATÓLICA


El actual Pontífice declara que desea proseguir todavía más en la constante búsqueda de la comunión eclesial y para hacer efectivo este propósito, ¡elimina la obra de sus predecesores poniendo límites arbitrarios y obstáculos a lo que aquellos establecieron con intención ecuménica intraeclesial y de respeto a la libertad de sacerdotes y fieles! Promueve la comunión eclesial al revés. Las nuevas medidas implican un lamentable retroceso.

Monseñor Héctor Aguer 

He sido ordenado presbítero para la arquidiócesis de Buenos Aires el 25 de noviembre de 1972; celebré mi primera misa al día siguiente en la parroquia San Isidro labrador (barrio de Saavedra), en la que residí todo ese año ejerciendo el diaconado. Obviamente celebré según el Novus Ordo promulgado en 1970. Nunca he celebrado «la Misa de antes», ni siquiera después del motu proprio Summorum Pontificum; tendría que estudiar el rito, del que conservo lejanos recuerdos por haber servido de niño como monaguillo. Recientemente, al asistir a la Divina Liturgia de la Iglesia Ortodoxa Siria, me pareció advertir una cierta semejanza con la Misa Solemne latina, con diácono y subdiácono, en la que ayudé muchas veces, sobre todo en funerales, que en mi parroquia se celebraban a menudo con especial solemnidad. Insisto: siempre he celebrado con la mayor devoción que puedo, el rito vigente en la Iglesia Universal. 

Siendo Arzobispo de La Plata, todos los sábados, en el Seminario Mayor «San José» solía cantar en latín la plegaria eucarística, valiéndome del precioso Misal publicado por la Santa Sede. Habíamos formado, según la recomendación del Concilio Vaticano II en la Constitución Sacrosanctum Concilium n. 114, una schola cantorum, que ha sido eliminada a mi retiro

En Traditionis custodes (A 3§ 4) se habla de un sacerdote delegado del obispo para encargarse de las celebraciones de la Misa y del cuidado pastoral de los fieles en los grupos autorizados al uso del Misal anterior a la reforma de 1970. Se dice allí que «tenga conocimiento de la lengua latina». Habría que recordar que es posible celebrar en latín la Misa actualmente vigente en toda la Iglesia. El Concilio afirmaba en Sacrosanctum Concilium 36 § 1, «Se conservará el uso de la lengua latina en los ritos latinos, salvo derecho particular». Desgraciadamente, el «derecho particular» parece ser prohibir el latín, como de hecho se hace (esto no es una boutade). Si alguien se atreve a proponer que se celebre en latín, es mirado como un desubicado, como un troglodita imperdonable.

El latín fue durante siglos el vínculo de unidad y comunicación en la Iglesia de Occidente. En la actualidad no sólo es abandonado, sino también odiado. En los seminarios se descuida su estudio, precisamente porque no se le encuentra utilidad. No se advierte que así se cierra el acceso directo a los Padres de la Iglesia de Occidente; muy importantes para los estudios teológicos: pienso, por ejemplo en San Agustín y San León Magno, y en autores medievales como San Anselmo y San Bernardo. Esta situación me parece una señal de pobreza cultural y de ignorancia voluntaria.

Apunté aquellas noticias sobre mis inicios en el ministerio para mostrar que nunca he alimentado en mi vida sacerdotal nostalgia por no poder emplear el rito anterior, que tantos sacerdotes y muchos santos celebraron durante siglos. Sin embargo mis estudios teológicos y muchas lecturas y constante reflexión sobre la liturgia eclesial, me permiten juzgar y sostener que en lugar de crear una misa nueva, pudo haberse actualizado la anterior en una reforma discreta que marcase fuertemente la continuidad. A propósito recuerdo una anécdota elocuente. El eximio teólogo Louis Bouyer relata que el presidente del Consilium ad exsequendam Constitutionem de Sacra Liturgia, Mons. Annibale Bugnini (reputado frecuente y ampliamente como masón), encargó a los miembros de esa Comisión presentar como ejercicio proyectos de plegaria eucarística. Cuenta Bouyer que él, con el benedictino liturgista Dom Botte, compusieron en una trattoria del Trastevere, un texto que para su asombro fue incluido en el nuevo Misal como Plegaria Eucarística II. Es la que suele elegir la mayoría de los sacerdotes, porque a causa de su brevedad les da la impresión de acortar la Misa en unos segundos. Me parece un texto muy bello, solo lamento que no aparezca en él la palabra sacrificium, sino la noción de memorial, e indirectamente, ya que después de la consagración se dice memores; los fieles no pueden identificar el memorial con el sacrificio que se ofrece.

Lo escrito hasta aquí es una especie de prólogo, a modo de justificación, al rápido comentario crítico que sigue del motu propio Traditionis custodes, de fecha 16 de julio del corriente año, que establece nuevas disposiciones para el uso del misal editado en 1962 por San Juan XXIII. Se reconoce que San Juan Pablo II y Benedicto XVI han querido promover la concordia y la unidad de la Iglesia, y que procedieron con paterna solicitud para con quienes adherían a las formas litúrgicas anteriores al Vaticano II. 

El actual Pontífice declara que desea proseguir todavía más en la constante búsqueda de la comunión eclesial (Prólogo de Traditionis custodes) y para hacer efectivo este propósito, ¡elimina la obra de sus predecesores poniendo límites arbitrarios y obstáculos a lo que aquellos establecieron con intención ecuménica intraeclesial y de respeto a la libertad de sacerdotes y fieles! Promueve la comunión eclesial al revés. Las nuevas medidas implican un lamentable retroceso.

El fundamento de esta intervención - se dice en el prólogo- es una consulta de la Congregación de la Doctrina de la Fe dirigido a los obispos en 2020 sobre la aplicación del motu proprio de Benedicto XVI Summorum Pontificum, cuyos resultados han sido considerados ponderadamente. Sería interesante conocer cuáles han sido los auspicios formulados por el Episcopado.

Así es como en el primer artículo se elimina la forma extraordinaria del Rito Romano. El propósito de Benedicto XVI al oficializar el uso libre del Misal de 1962 fue -según entiendo- atraer o mantener en la unidad de la Iglesia a quienes escandalizados por la devastación litúrgica universal se habían apartado o corrían el riesgo de apartarse porque no deseaban aceptar esta situación de hecho; un afecto de comunión eclesial determinó la apertura de una vía razonable para la vivencia litúrgica. Ahora queda en manos de los obispos diocesanos conceder la autorización del uso del misal antecedente. Todo comienza de nuevo, y es de temer que los obispos sean avaros en la concesión de los permisos. Muchos obispos no son traditionis custodes, sino traditionis ignari (ignorantes), obliviosi (olvidadizos), y peor aún traditionis evertores, destructores.

Me parece muy bien que se exija no excluir la validez y la legitimidad de los decretos del Vaticano II, de la reforma litúrgica y del magisterio de los Sumos Pontífices. Para quienes ya empleaban la forma extraordinaria del Rito Romano, ¿no bastaba la vigilancia ordinaria de los obispos y la eventual corrección de los infractores? Habría que hacer uso de caridad y paciencia con los rebeldes; no faltan los buenos argumentos. Este designio completaría la justa exigencia expresada en el Artículo 3 § 1.

La limitación de lugares y días para celebrar según el Misal de 1962 (Art 3 § 2 y § 3) son restricciones injustas y antipáticas. Todo sacerdote debería poder emplear la forma extraordinaria del Rito Romano (esto implica volver atrás de la interdicción), en primer lugar cuando celebra solo y además en público donde los fieles ya lo están recibiendo si el sacerdote ha explicado que utilizaría ese Ordo destacando su venerable antigüedad y su valor religioso. La vigilancia del obispo bastaría para que esa facultad no se ejerza contra la utilidad pastoral de los fieles. El § 6 de ese Artículo 3 es una restricción injusta y dolorosa al impedir que otros grupos de fieles puedan gozar de la participación de la misa celebrada según el misal de 1962.

Es curioso que mientras oficialmente se promueve una estructura «poliédrica» de la Iglesia, con la facilidad que esta actitud implica para la difusión de disidencias y errores contra la Tradición católica, se imponga una uniformidad litúrgica que parece únicamente escogida en contra de esa tradición. Me consta que muchos jóvenes de nuestras parroquias están hartos de los abusos litúrgicos que la jerarquía permite sin corregirlos; desean una celebración eucarística que garantice una participación seria y profundamente religiosa. No hay en esta aspiración nada de ideológico. También me parece antipático que el sacerdote que ya tiene el permiso y lo ha ejercido correctamente, deba gestionarlo de nuevo (Art. 5. I). ¿No será éste un ardid para quitárselo? Se me ocurre que quizá haya no pocos obispos (nuevos, por ejemplo) remisos a concederlo.

Todas las disposiciones de Traditionis custodes serían gustosamente aceptables si la Santa Sede atendiera a lo que yo llamo devastación de la liturgia, que se verifica en múltiples casos. Puedo hablar de lo que ocurre en la Argentina. En general, es bastante común que la celebración eucarística asuma un tono de banalidad, como si fuera una conversación que el sacerdote mantiene con los fieles, y en la que resulta fundamental la simpatía de aquel; en ciertos lugares se convierte en una especie de show presidido por el «animador» que es el celebrante, y la misa de niños en una fiestita como las de cumpleaños. 

Entre nosotros se ha registrado un hecho que espero sea excepcional; no tengo noticia de que haya ocurrido algo semejante en otras partes del mundo. Un obispo celebró misa en la playa, vestido con hábito playero sobre el cual calzó una estola; un mantelito sobre la arena (o un corporal), y en lugar del cáliz un mate. Aclaración para extranjeros: el mate es una calabacita seca y vaciada que se emplea para tomar una infusión de yerba mate, y mate se llama también al acto de beber la infusión mediante una bombilla; suele ser un ejercicio comunitario: el mate circula entre los presentes y alguien se ocupa de cebarlo. Otros casos que se han difundido muestran la celebración como cierre de una reunión; sobre la mesa quedan papeles, vasos, bebidas gaseosas; los fieles se sirven la comunión ellos mismos. 

En general se puede decir desde este ángulo geográfico de visión, que cada sacerdote tiene «su» misa; los fieles pueden elegir: «yo voy a la misa del Padre NN». De estas realidades no se ocupan los obispos, que sin embargo son rápidos en reaccionar contra un sacerdote que con la máxima piedad celebra en latín: «eso» está prohibido. ¿Será esta prohibición el «derecho particular» a que se refiere la Constitución Sacrosanctum Concilium 36 § 1, en el pasaje donde se habla de la conservación del latín? En virtud de ese criterio han desaparecido del uso cantos latinos que la gente sencilla cantaba corrientemente en las parroquias, como el Tantum ergo en la bendición eucarística. La falta de corrección de los abusos llevan a la persuasión de que «ahora la liturgia es así». Bastaría simplemente hacer cumplir lo que el Concilio determinó, con sabiduría profética: «que nadie, aunque sea sacerdote, añada, quite o cambie cosa alguna por iniciativa propia en la liturgia» (Const. Sacrosanctum Concilium 22 § 3).

No se puede negar que la celebración eucarística ha perdido exactitud, solemnidad y belleza. Y el silencio ha desaparecido en muchísimos casos. Un capítulo aparte merecería la música sagrada (¿sagrada?), según el Capítulo VI de Sacrosanctum Concilium. Insisto: Roma debería ocuparse, pronunciarse sobre estos desarreglos.

Para concluir, me parece notar una relación en el tono del decreto resolutivo y el discurso pronunciado por el Santo Padre el 7 de junio pasado, dirigido a la comunidad de sacerdotes de San Luis de los Franceses, de Roma. Percibo en ambos textos (puedo equivocarme, por supuesto) una falta de afecto, a pesar de ciertas apariencias. Es verdad que el motu proprio, por la naturaleza de su género no permite efusiones pastorales; sin embargo, en su concisión podía haberse presentado como signo de amor pastoral. La comparación no me parece arbitraria; en ambos casos sería deseable advertir esa actitud misericordiosa que es tan celebrada en el actual Pontífice. 

Pareciera que el juicio que la Iglesia hace, en su máxima instancia, del decurso de la vida eclesial procede según dos pesos y dos medidas: tolerancia, y aun aprecio e identificación con las posturas heterogéneas respecto de la gran Tradición («progresistas», como se las ha llamado) y distancia o disgusto respecto de las personas o grupos que cultivan una posición «tradicional». Me viene a la memoria el propósito que un célebre político argentino enunció brutalmente: «para los amigos, todo; al enemigo, ni justicia». Digo esto con el máximo respeto y amor, pero con una inmensa pena.

+ Héctor Aguer

Arzobispo emérito de La Plata

viernes, 7 de mayo de 2021

La grieta en la Iglesia II (Monseñor Héctor Aguer)

INFOCATÓLICA

En la primera nota del mismo título, publicada en InfoCatólica, presenté algunos antecedentes bíblicos, las divisiones en las primeras comunidades cristianas, concretamente los sjísmata que asolaban a la Iglesia de Corinto, y que San Pablo combatió con energía. Asimismo, señalé el origen de la grieta actual en una interpretación del «espíritu del Concilio», corregida repetidamente por Pablo VI. Doctrinalmente, la grieta se abre a causa de la pretensión progresista de imponer «nuevos paradigmas», desdeñando la gran tradición eclesial.

Yo empleo espontáneamente el calificativo de progresista. Según la tercera acepción del término, registrada en el Diccionario de la Real Academia Española, se llama así a «la persona, colectividad, etc. con ideas avanzadas, y a la actitud que esto entraña». En un sentido religioso el término comenzó a usarse ampliamente después del Concilio Vaticano II; hoy en día al movimiento o corriente se le puede atribuir la desacralización o secularización de la misión de la Iglesia, que es reformulada para orientarla, en diálogo con otras religiones y culturas, a hacerse levadura de la fraternidad universal, ya que todos somos hermanos, fratelli tutti. El planeta es la patria, y la humanidad su pueblo, empeñados en un proyecto común para rehacer la historia en una unidad pluriforme que engendre nueva vida. Las prioridades son el cuidado de la naturaleza, la defensa de los pobres y la construcción de redes de respeto y fraternidad. Se me ocurre que ante estos avances católicos –que constituyen una verdadera gnosis- la masonería ha quedado descolocada. Este es el lugar para introducir una breve digresión semántica: adelphós –hermano- se decía en la Grecia clásica de los miembros de la misma tribu o nación. En el Nuevo Testamento designa a los miembros de la comunidad cristiana, que comparten la gracia de la adopción filial recibida en el Bautismo. No he encontrado que en el Nuevo Testamento se llame adelphós a un no cristiano.

El Cardenal Robert Sarah, que ha sido inmediatamente «misericordiado» al igual que otros obispos considerados molestos, ha descrito en un libro magnífico la noche que se cierne sobre la Iglesia. En esa obra anota que en comparación con la situación actual, el modernismo de principios del siglo XX, al cual San Pío X destinó la Encíclica Pascendi dominici gregis fue «un simple resfrío». Prolongando esa imagen, podemos decir que ahora hemos pescado una terrible pulmonía (el covid 19 es inocente).

Me detengo un momento en la caracterización del progresismo eclesiástico, que asume implícitamente una filosofía del progreso y el pathos religioso intramundano que es una de sus notas. Hablo de él en términos absolutos, excluyendo versiones y matices. Me parece importante advertir que los mismos se verifican en la adhesión a los criterios progresistas, en las conclusiones pastorales que de ellos se derivan, y en las realizaciones que se producen en las diócesis, desde las más leves o desvaídas hasta las rigurosas. Al hablar del progresismo habría que tener en cuenta las gradaciones que se distinguen entre sí sin perder el nombre, es decir, una identidad fundante. Esta circunstancia ayuda a ser ponderados en el juicio de posiciones eclesiales y de personas, para evitar injusticias que engendran confusión.

La inspiración progresista estaba en pleno auge en los años 70 del siglo pasado; se presentaba como la realización legítima del «espíritu del Concilio», en ajenidad y aun en oposición a la gran Tradición de la Iglesia. El otro borde de la orilla de la grieta era despreciado como «tradicionalismo» –así se hablaba-, como una actitud «conservadora». El progresismo, que tenía sus mentores y un gran poder de difusión, era una verdadera ideología; su incomodidad con la tradición expresaba aquella heterogeneidad que San Vicente de Lerins, en el siglo V, consideraba deformación del auténtico desarrollo católico de la doctrina y las instituciones eclesiales. Ese «nuevo modelo de hablar» –sentenciaba- es más propio de los herejes que de los católicos. El progresismo abrió una grieta en la sólida estructura de la comunión eclesial, y tuvo derivaciones políticas asociadas con los movimientos subversivos que florecían en aquel tiempo.

Mencionemos ahora la dimensión operativa. Cuando gente de ese estilo se apodera de una diócesis en la que todo discurría católica y pacíficamente, instaura una especie de imperialismo: el control despótico puede encubrirse con un rostro de simpatía y con buenos modales. Inclusive puede apelar a una devoción sentimental, como las que profesan algunos movimientos y sociedades apostólicas. La principal presa codiciada es el Seminario, inmediatamente comienzan con la coacción y los ardides para lograr que los candidatos cambien su visión de las cosas y adopten los nuevos planteos; esta actitud suele provocar la dispersión. Algunos se acomodarán a las nuevas circunstancias, otros dejarán el Seminario. El progresismo es esencialmente infecundo; en las diócesis que domina no surgen normalmente vocaciones (¿qué sólidas razones puede ofrecer para que un joven entregue su vida a Dios y a la Iglesia?). Me viene a la memoria al escribir esto la sentencia de Soren Kierkegaard en su Ejercitación del cristianismo: «Lo absoluto consiste únicamente en escoger la eternidad».

El Vaticano II ha ofrecido en los Decretos Presbyterorum ordinis y Optatam totius Ecclesiae renovados criterios para el fomento de las vocaciones sacerdotales, fundados en una teología del ministerio presbiteral y en una espiritualidad que –en mi opinión- valen especialmente para los sacerdotes diocesanos; quienes no tendrán necesidad entonces de unirse a terceras órdenes, o adoptar la espiritualidad de sociedades y movimientos apostólicos. Si en una diócesis se adoptan esa teología y esa espiritualidad del ministerio, pueden florecer vocaciones. Los textos conciliares deben ser leídos, como enseñó reiteradamente Benedicto XVI, a la luz de la Gran Tradición de la Iglesia; en esa continuidad se destacan, a la vez, su arraigo y su novedad. La condición es asumir con fidelidad y coraje esos criterios en una diócesis, instrumentando una inteligente pastoral vocacional.

El vaciamiento de los Seminarios comienza con la decadencia de la formación humanística, que según los Padres Conciliares debe apoyarse en el «patrimonio filosófico de perenne validez» (Optatam totius, 15); incautamente se lo abandona sin advertir que la adhesión a sistemas filosóficos modernos no ofrece el fundamento adecuado para la reflexión teológica. El Vaticano II exhortaba a «profundizar en los misterios y descubrir su conexión por medio de la especulación, bajo el magisterio de Santo Tomás» (Optatam totius, 16). El desprecio de Santo Tomás, y el desconocimiento de la renovación tomista protagonizada por Cornelio Fabro, van unidos a un cierto biblicismo y el recurso exclusivo a la teología positiva. Se arruina así el pensamiento de la fe, que debe acompañar a la oración, tratándose de personas que han de ejercer un ministerio de predicación para hacer crecer a los fieles en el conocimiento y el amor a Jesucristo. Los problemas culturales de hoy, sobre todo en una sociedad descristianizada, exigen que el testimonio cristiano esté avalado por una formación que habilite para el diálogo, y si es necesario, para la discusión serena y profunda de aquellas cuestiones más urgentes sobre las cuales hay que contar con el influjo confusionista y superficial de los medios de comunicación.

En la Argentina, diócesis con ochocientos mil o un millón de habitantes cuentan apenas con un centenar de sacerdotes, y los seminaristas se cuentan con los dedos de una mano; ¡pero no les falta obispo auxiliar! Apunto a un rasgo curioso: la multiplicación de obispos auxiliares.

Un signo evidente de la destrucción se encuentra en la liturgia: ni respeto de las rúbricas, ni solemnidad, ni belleza. En la Constitución Sacrosanctum Concilium se recurre constantemente al adjetivo sagrado para designar a la liturgia y sus realidades. El capítulo VI está dedicado a la música sagrada; se dice: «Consérvese y cultívese con sumo cuidado el tesoro de la música sacra» y concretamente «foméntense diligentemente las scholae cantorum…» (n. 114). En cuanto a los Seminarios, se afirma: «Dése mucha importancia a la enseñanza y a la práctica musical en los seminarios» (115). Más aún: «La Iglesia reconoce el canto gregoriano como el propio de la liturgia romana…» y no se excluye la polifonía. Pero caído en manos progresistas se destruye tanto la scholae cuanto el coro polifónico, y se imponen ritmos sincopados y percusivos, los cantos populares carentes de todo valor artístico; se iguala siempre por lo bajo. Además, se prohíbe el latín, con lo que se eliminan aquellos cantos que habían llegado a ser ampliamente utilizados por el pueblo.

En otro artículo me he referido a la falsa oposición entre estudio y pastoral; el menosprecio de la aplicación al estudio comienza en el Seminario, la doctrina, entonces (la didajé o didaskalía), es postergada por una preferencia que se otorga a la hipertrofia de una pastoral, que no pasa muchas veces de devaneos insustanciales. Prematuramente se envía a los seminaristas a las parroquias. Es esta otra dimensión de la grieta que se manifiesta luego en la distribución de los cargos y en la elección de obispos. El progresismo presume de pastoralidad.

Un detalle que puede juzgarse sin mayor relieve, pero que es significativo: el odio de la sotana, cuyo uso suele ser prohibido a los seminaristas; por otra parte, no se cuida respetar la obligación de los clérigos de usar una vestimenta que los distinga. Se trata de secularizar todas las realidades eclesiales; he oído decir ya hace tiempo a algunos obispos que no existe distinción entre sagrado y profano. Un hombre primitivo se escandalizaría de semejante afirmación. Los estudios de fenomenología de la religión muestran claramente que aun en las culturas más antiguas existía un sentido de lo sagrado: era «lo otro», «lo distinto», lo perteneciente al mundo de los dioses. Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, instituyó la nueva y definitiva sacralidad en su persona y en su sacrificio pascual, asumiendo y cumpliendo por superación el esbozo de las culturas primitivas y la ritualidad de la Antigua Alianza. Los seminaristas deben ser educados en el reconocimiento de estas realidades para que comprendan la centralidad que tiene en la Iglesia la celebración de los misterios del culto divino.

La cuestión que aquí he esbozado me parece de máxima actualidad, cuando muchos en la Iglesia, impulsados por ciertas declaraciones oficiales, subordinan el orden sobrenatural de los sacramentos a la cobertura de cuestiones culturales, sociales y políticas. No advierten que el principal aporte que puede hacer la comunidad eclesial es la gracia del Señor, capaz de renovar los corazones para que tiendan sinceramente a buscar la justicia tan deseada y a trabajar por ella. El peor servicio que la Iglesia puede hacerle al mundo es mundanizarse, y perder su originalidad para competir con las fuerzas políticas y sociales, consintiendo así con el vacío de Dios que afecta a la cultura actual. ¿Quién puede hacerlo presente, devolverlo al mundo, sino ella? En esto reside el error principal del progresismo.

Quedó explicada la dimensión operativa de la grieta, los casos repetidos en todo el mundo cuando una diócesis es atrapada por la dialéctica progresista. Resta una posible cuestión: puede ocurrir, milagrosamente casi, según las leyes de la inescrutable providencia de Dios, que a una diócesis devastada –pienso en situaciones extremas que se registran en tantos países, digamos por ejemplo Alemania o España-, o hundida en la inoperancia y confundida por la promoción insensata de un diálogo que ha ido corroyendo su sustancia, llega un obispo según la tradición, un hombre de recta doctrina y mucha oración, un caso que en estos últimos años pudo verificarse ut in paucioribus (con poca frecuencia). ¿Qué deberá hacer? Entregar su vida en un empeño pastoral de reconstrucción. Para ello, será prioridad formar sacerdotes: promover con inteligencia la pastoral vocacional, que articule la pastoral familiar y la educativa; si esta actividad tiene éxito, como es muy probable, podrá pensar en la formación de los seminaristas en la propia diócesis. Crear su seminario diocesano -¡si lo dejan!- para aplicar en él los criterios del Vaticano II, en lugar de enviar candidatos a una institución en la que están vigentes las deformaciones impuestas por el falso «espíritu del Concilio», o deficiencias en diversos aspectos. En estas cuestiones se juega el futuro de la Iglesia. Es de esperar una intervención providencial del Señor, y la intervención de su Madre y de San José. Como en el camino hacia Emaús, el Señor parece pasar de largo –autos prosepoiēsato porrōteron poreuesthai - los discípulos le dijeron con insistencia, casi forzándolo: «quédate con nosotros porque ya es tarde y el día se acaba» –Meinon meth’ hēmōn- (Lc 24, 28-30). ¡Sí, quédate con nosotros, Señor, porque se acabó el día, y ha caído la noche sobre la Iglesia!

+ Héctor Aguer

Académico de Número de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas.
Académico de Número de la Academia de Ciencias y Artes de San Isidro.
Académico Honorario de la Pontificia Academia de Santo Tomás de Aquino (Roma).

Buenos Aires, jueves 29 de abril de 2021.
Memoria de Santa Catalina de Siena, Doctora de la Iglesia.

La grieta en la Iglesia I (Monseñor Héctor Aguer)

 INFOCATÓLICA


No es arbitrario considerar que la grieta actual de la Iglesia está íntimamente relacionada con las proyecciones del Concilio Vaticano II. Leyendo las discusiones de los Padres en el aula se advierte la contraposición de dos tendencias.

Monseñor Héctor Aguer – 14/07/20 10:15 AM

En la Argentina actual suele usarse el nombre de grieta para caracterizar la situación política, las divergencias ideológicas entre partidos o sectores de la sociedad, y la discordia, que torna imposible, o muy difícil de lograr, cualquier acuerdo o entendimiento. En realidad, son males ancestrales en nuestra historia. El nombre empleado, asumido por los comentaristas como un término técnico es por demás elocuente. La grieta es, por definición, la «quiebra o abertura que se hace naturalmente en cualquier cuerpo sólido»; es una rotura o hendidura que, aunque no llega a dividir del todo, implica pérdida o menoscabo. Así ocurre en el cuerpo social; por eso principalmente el país se empantana en el subdesarrollo. La grieta es todo lo contrario de la solidaridad, de la amistad social.

El fenómeno señalado se verifica también en la Iglesia, en las comunidades cristianas, y asimismo en este ámbito sucede desde los inicios. Me permito unas pocas referencias bíblicas. El menoscabo es doble, del orden de la fe y del de la caridad. Un caso bien notorio es el de la Iglesia de Corinto, tal como aparece en las dos cartas del Apóstol Pablo. Este reprueba severamente las discordias, por ejemplo: «En el Nombre de Nuestro Señor Jesucristo, yo los exhorto a que se pongan de acuerdo»; es decir, que digan todos lo mismo (tò autò légete pántes, que digan y piensen lo mismo); «que no haya divisiones (sjísmata, cismas) entre ustedes y vivan en perfecta armonía», con el mismo pensamiento, manera de ver, sentimiento (nóos) y el mismo juicio o convicción (gnōmē), 1 Cor 1, 10.

Pablo registra la gravedad de los hechos: «Cada uno afirma: yo soy de Pablo, yo de Apolo, yo de Cefas, yo de Cristo» (1 Cor 1, 12). Dios ha dispuesto otra cosa para la Iglesia: «Que no haya división -sjísma- y que todos los miembros del cuerpo sean mutuamente solidarios», literalmente: que se preocupen, tengan la misma solicitud -merimnōsin- los unos por los otros. La vida cristiana descarta los arrebatos, la agitación interior que infla el alma, la irritación, el resentimiento y la cólera (1 Tim 2, 8: joris orges kài dialogismoû); el ideal es vivir en paz unos con otros (1 Tes 5, 13: eirenéute en heautôi); ser pacientes con todos (ib. 14: makrothyméite pròs pántas), ayudarse mutuamente a llevar las cargas (Gál 6, 1-2: allelon tà báre bastádzete), y corregir con dulzura (ib. en pnéumati praÿtetos, con espíritu de suavidad).

Todas estas actitudes son posibles, y se hacen necesarias, como aplicación y vivencia de una fe que se comparte unánimemente; los pastores de la Iglesia deben cuidar esa identidad de la fe, como servidores de Cristo, que alimentan con las enseñanzas de la fe y de la buena doctrina (1 Tim 4, 6: tes kalés didaskalías), rechazando los mitos ridículos, cuentos de viejas (ib. 7: graodeis mýthous). La exhortación del Apóstol a su discípulo Timoteo vale para todos los tiempos: «... arguye, reprende, exhorta, con paciencia incansable y afán de enseñar» (2 Tim 4, 2: en páse makrothymía kái didajé). Sigue una profecía, cumplida reiteradamente en la historia de la Iglesia: «Llegará el tiempo en que los hombres no soportarán más la sana doctrina -tes hyglainoúses didaskalías-, por el contrario, llevados por sus inclinaciones, se procurarán una multitud de maestros que les halaguen los oídos, y se apartarán de la verdad para escuchar cosas fantasiosas» -mýthous- (2 Tim 4, 2-4). ¡Una excelente descripción de las herejías y, en general, de los errores que dan la espalda a la gran tradición eclesial!. San Vicente de Lerins señalaba que los herejes no sólo no veneran la antigüedad, sino que se apegan a la novedad con todas sus fuerzas; con espíritu de disensión pretenden dar a la Iglesia un aspecto nuevo. Por eso concluía: «Evita las novedades profanas de lenguaje».

No es arbitrario considerar que la grieta actual de la Iglesia está íntimamente relacionada con las proyecciones del Concilio Vaticano II. Leyendo las discusiones de los Padres en el aula se advierte la contraposición de dos tendencias. Sin embargo, los documentos conciliares fueron aprobados por una casi unanimidad. En la votación final de cada uno de ellos, los votos negativos fueron, según los casos, 2, 3, 4, 5, 6, 10, 11, 14, 19, 35, 39, 70, 75, 164. El día de la conclusión de la Asamblea, cuando se aprobaron los últimos cuatro documentos, se desencadenó un momento de alegría en el que todos se abrazaban emocionados. Sin embargo, las divergencias que se notaron claramente en el aula conciliar, reaparecieron en el posconcilio. La invocación de un supuesto «espíritu del Concilio» inspiró toda clase de arbitrariedades en materia dogmática, moral, espiritual y de doctrina social. Pablo VI señaló que se trataba de una crisis de fe, y procuró hacerle frente en su magisterio de los años 1968 - 1978. Un caso digno de especial mención fue la oposición de vastos sectores eclesiales a la encíclica Humanae vitae. El largo pontificado de Juan Pablo II permitió hacer un balance y ubicar en su sitio las reformas realizadas. Lo mismo puede decirse del magisterio de Benedicto XVI, quien insistió recordando que los textos del Vaticano II deben ser leídos «a la luz de la gran tradición de la Iglesia». Este Papa dio un paso fundamental para superar la grieta litúrgica al autorizar el empleo de la forma extraordinaria del rito romano. El disenso tenía causas más profundas, que se revelan en la extensión de la grieta actual.

Algunos autores que ejercen un influjo importante, consideran que el Concilio ha revolucionado la manera del hacer y del pensar creyente. Se propone entonces la construcción de un «humanismo nuevo», basado en un cambio radical de paradigmas en diálogo con otras religiones y culturas; la Iglesia tendría que hacerse levadura de la fraternidad universal. Llama la atención el empleo de términos clásicos del vocabulario masónico; la finalidad de la acción eclesial sería hallar, en contacto con otras tradiciones religiosas y renovando el proceso de deshelenización del cristianismo, pistas de resolución de los problemas que afectan a la humanidad de hoy.

La misión evangelizadora de la Iglesia es así alterada en sus elementos esenciales; se la desea incorporar a un proyecto mayor que la supera: una verdadera gnosis, análoga a la que San ireneo refutaba en el siglo II, en su obra «Contra las herejías». Se fomenta de este modo la grieta al reconocer un valor positivo al conflicto, con la convicción insólita de que conduciría a una unidad plena y a la creación de nueva vida; en este planteo asoma la inspiración hegeliana. La misión que el Señor encomendó a los Apóstoles con las palabras inconfundibles del mandato registrado al final de los Evangelios de Mateo y de Marcos, queda secularizada completamente: se trataría de concebir el planeta como patria, y la humanidad como pueblo, para empeñarse en un proyecto común, que ya no es procurar expresamente que todos los hombres crean en Jesucristo, asuman su enseñanza y cumplan todo lo que Él nos ha mandado.

Para emplear los símbolos del Apocalipsis podríamos decir: la Bestia de la tierra, el falso profeta, induce a adorar a la Bestia del mar, la potencia secular divinizada (cf. Apoc. 13). Los nuevos paradigmas de pensamiento y acción tendrían así cabida en el contexto del pluralismo ético-religioso que caracteriza al mundo contemporáneo, y diseñarían en él un modo de hacer la historia para alcanzar una unidad pluriforme que engendre nueva vida. En estos términos se habla. La finalidad es el cuidado de la naturaleza, la defensa de los pobres, la construcción de redes de respeto y fraternidad.

Con toda razón, el Cardenal Robert Sarah ha escrito que en comparación con la situación de la Iglesia actual, la crisis modernista, descrita y condenada por San Pío X, fue «un simple catarro». Obviamente, quienes permanecen fieles a la gran tradición eclesial, a la que conocen muy bien y a la que adhieren con amor, no pueden aceptar una transformación de la misión eclesial contraria a su identidad. La grieta afecta a los dos órdenes, el de la fe y el de la caridad; verdad y amor -alētheia y agápē- son inseparables; una especie de «concordia ecumenista» es incompatible con la integridad de la Verdad católica. La alteración de la conciencia teologal y teológica, con la pretensión de diseñar y realizar nuevos sistemas de presentación de la verdad cristiana, solo puede llevar a la ruina de la fe y el más estruendoso fracaso pastoral.

Los principales responsables de la grieta eclesial somos los hombres de Iglesia, con nuestros errores y pasiones (epithymíai, un término frecuente en la Escritura). Pero se debe incluir también un factor preternatural: aquel que es mentiroso -pséustes- y padre del pséudos, mentira, falsedad, acción disfrazada (cf. Jn 8, 44); el diablo, cuyo nombre -diábolos- designa a quien desune, separa, inspira odio o envidia (del verbo diabállo: entrometerse, apartar de algo, disuadir, calumniar, atacar, acusar). La etimología incluye la acción de mezclar y confundir, una especialidad suya; en el caso que nos ocupa importa recordar que la concordia en la Iglesia no puede asegurarse sino en la común aceptación de la Verdad, sin mezclas. La alteración del modo de hablar es en realidad consecuencia de un cambio de pensamiento. San Vicente de Lerins, un Padre del siglo V, como dijimos anteriormente, señalaba como característica de los herejes que no solo no veneran la antigüedad, sino que se apegan con todas sus fuerzas a la novedad; «dan una forma nueva al aspecto exterior de la Iglesia», decía, de allí su recomendación: «Evita las novedades profanas de lenguaje».

Una pregunta clave: ¿Qué papel se le reserva a Jesucristo en esos proyectos de nuevos paradigmas?. Me he referido especialmente a este problema fundamental para la misión de la Iglesia en mi artículo «Predicar a Jesucristo», publicado oportunamente en «InfoCatólica». Jesús afirma ser «la luz del mundo»; o se vive en la luz (phōs) siguiéndolo a Él, o se permanece en las tinieblas (skotía), Jn 8, 12. En la Última Cena le responde a Tomás, que busca orientación: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn 14, 6). Son estos términos absolutos que revelan la identidad del Señor, están por encima de cualquier otra gnosis porque constituyen la única gnosis auténtica: Jesús es el Camino (hodós) que por la Verdad (alētheia) conduce a la Vida (zōḗ); así interpreta el pasaje la mayoría de los Padres de la Iglesia. Él es el camino, y la meta en su unión con el Padre (Jn 14, 10: «Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí»). Pedro afirmó ante el Sanedrín: «No existe bajo el cielo otro Nombre (ónoma) dado a los hombres, por el cual podamos alcanzar la salvación» (Hech 4, 12). Se trata, entonces, de la salvación; es interesante señalar que este término, sôtèría, ya en el griego clásico significaba la liberación, salud o conservación plenaria de la persona, seguridad para alguien tan inseguro como el ser humano. No puede reducirse a un beneficio provisorio, ni mezclarse con él. La Iglesia no puede dejar de proclamar esta realidad, de presentarla con el máximo respeto y amor por todos; es el servicio que les debe, ejercido con una prudencia que jamás se identifica con el acomodo o el relativismo, porque es sabiduría en el Espíritu Santo.

Por último: podríamos decir que existe una única grieta (si cabe ese nombre) necesaria, imprescindible, evangélica. Los Sinópticos, al presentar la predicación de Jesús muestran que ella, que Él es signo de contradicción; así lo anunció el anciano Simeón a María: Jesús sería sêmeion antilegómenon, y a la Madre una espada le atravesaría el corazón; entonces quedarían al descubierto los íntimos pensamientos de los hombres (Lc 2, 34s.). Jesús mismo declara que no vino a traer la paz (eirene) sino la espada (májaira), y expone los términos de esa grieta: «He venido a enfrentar al hijo con su padre, a la hija con su madre y a la nuera con su suegra» (Mt 8, 34 s.). Vino a separar (dijásai); este verbo, dijádzo, significa dividir en dos. Es la división contraria a la que provoca el Enemigo; de su influjo perverso precisamente separa, en función de la Verdad, del Amor, de la salvación. Suscita la libertad, para que esa elección, lejos de menoscabar, solidifique el Cuerpo de la Iglesia, para que reine en él -entonces sí- la paz, la armonía de la fraternidad. ¿Paradojal?. Es el misterio mismo de Cristo y de su Evangelio. La grieta es una salida, un éxodo. Cito a Joseph Ratzinger: «No podemos encontrar a Dios sino en este éxodo, en este salir de la comodidad de nuestro presente para entrar en el ocultamiento de la luminosidad proveniente de Dios».

El cristianismo no es irenista. Quien prefiera otra cosa a Cristo no es digno de Él. San Benito expresó bellamente, en su Regla, instrumento fundamental de la edificación de Europa, el absoluto del cristianismo: «No anteponer absolutamente nada a Cristo» (Nihil omnino Christo praeponere). Omnino: entera, absolutamente, totalmente.

+ Héctor Aguer, Arzobispo emérito de La Plata

Académico de Número de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas.

Académico Honorario de la Pontificia Academia de Santo Tomás de Aquino (Roma).

jueves, 17 de septiembre de 2020

La formación sacerdotal. Las vocaciones



La mala memoria, o el parentesco ideológico, lleva a cancelar el recuerdo de lo que se ha vivido décadas atrás en el orden eclesial, con sus gravísimas consecuencias en la vida social y política; se disimula así el fracaso estruendoso del progresismo, con todos sus matices.

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Estudiosos y comentaristas de la vida eclesial han afirmado, repetidamente, que el Concilio Vaticano II fue una revolución, que no se limitó a reformas instrumentales, sino que cambió para siempre la manera de pensar y de hacer teología. Según la orilla de la grieta eclesial en que cada uno se encuentra ubicado, difiere la valoración que se hace de aquel episodio histórico enfocado en su totalidad: para unos fue una feliz circunstancia que ha de sumarse al registro de épocas gloriosas del catolicismo; para otros fue una calamidad, fuente de múltiples desgracias que todavía padecemos.

Lo razonable es conservar distancia respecto de estos juicios contrastantes; lo que no se puede negar, eso sí, es que a la gran asamblea ecuménica siguió una crisis de proporciones. Pablo VI, dolorido, habló del «crudo invierno» que sobrevino en lugar de la primavera que se esperaba, y afirmó que por una rendija se había filtrado en la Iglesia el «humo de Satanás». El mismo pontífice censuró repetidamente las arbitrariedades que se cometían en nombre del «espíritu del Concilio», y reconoció que se trataba de una crisis de fe; por eso, en 1968 -el punto desbordante del desastre- proclamó el Año de la Fe, y publicó el Credo del Pueblo de Dios, reafirmando la verdad de la doctrina católica. Quienes hemos vivido aquellos años terribles -yo era seminarista- no lo podemos olvidar; en la mesa del desayuno o del almuerzo se discutía lo que habían discutido los Padres, el día anterior, en el aula conciliar. ¡No fue, ciertamente, el mejor clima para nuestra formación!.

Con la apelación al «espíritu del Concilio», en los años siguientes se justificaban los atentados que el capricho subjetivo exhibía como realizaciones del aggiornamento propiciado por el Vaticano II; esa nueva actitud era presentada como imprescindible fidelidad al mundo moderno, criticando a la Iglesia de siempre como aferrada a posiciones de inmovilismo y de atraso. Publicaciones de teología y de pastoral alimentaban esa fiebre de destrucción. El Cardenal Robert Sarah, Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, ha señalado gráficamente que, en comparación con esa enfermedad terrible, el modernismo descrito y condenado por San Pío X, en la encíclica Pascendi fue «un simple catarro».

En aquellos años, miles de sacerdotes en todo el mundo abandonaron la vida sacerdotal; la inobservancia del celibato fue sostenida por las críticas de teólogos y pastores a esa histórica disciplina eclesial -gloria del catolicismo según muchos pontífices-, con incomprensión de su sentido y valor.

He resumido a modo de proemio del tema a tratar lo que ya he observado en otras intervenciones. Una revisión serena de aquellos episodios invita a reconocer que el Concilio fue -es- los documentos, textos aprobados casi por unanimidad, que es preciso leer, como enseñó Benedicto XVI, a la luz de la gran tradición de la Iglesia y en continuidad con ella, según una ley de desarrollo homogéneo. La observación que algunos hacen y que identifica al Vaticano II como una revolución, me parece interesada, esconde un intento de volver a la vigencia del «espíritu del Concilio», pasando por alto el largo y glorioso pontificado de Juan Pablo II, y el breve pero igualmente ilustre del Papa Ratzinger.

En aquellos años ya recordados se verificó un progresivo desmantelamiento de la estructura de los seminarios, que ofrecían todavía una versión clásica, con la propuesta teórica y los ensayos prácticos de reemplazarlos por pequeñas comunidades. El Concilio había ofrecido un programa de renovación en el Decreto Optatam totius Ecclesiae, aprobado después de siete redacciones previas en la última etapa conciliar, con solo quince votos en contra, que el día de la promulgación pontificia, 28 de octubre de 1965, se redujeron a tres. El itinerario formativo, lógicamente, debía referirse a la naturaleza del ministerio y la vida de los presbíteros, que fue el contenido del Decreto Presbyterorum Ordinis, aprobado en su octava redacción el último día de sesiones, 7 de diciembre del mismo año, con solo cinco «non placet». Me apresuro a señalar que donde fueron atendidas las indicaciones de ambos textos se produjo una recuperación de los seminarios y del número de vocaciones, pero este feliz resultado estuvo lejísimo de constituirse en un fenómeno general. Algo, mucho, muchísimo, fue arrollado para siempre por el malhadado «espíritu del Concilio».

En las consideraciones que siguen me limito a esos dos documentos, prescindiendo de las disposiciones de la Santa Sede expresadas en la Ratio promulgada por Pablo VI, en 1970, la de Juan Pablo II, de 1992, y la reciente, con fecha 8 de Diciembre de 2016. Dejo de lado, asimismo, la Exhortación Apostólica Postsinodal del Papa Wojtyla, Pastores dabo vobis. Los textos del Concilio han sido una fuente insoslayable; por eso prefiero limitarme a ellos.

Una primera indicación de Optatam totius Ecclesiae es que en la formación sacerdotal deben unirse estrechamente tres dimensiones: doctrinal, espiritual y pastoral (n. 8). Este principio básico no resulta fácil de instrumentar en un itinerario seminarístico; el propósito es plasmar una personalidad sacerdotal, teniendo en cuenta que el candidato es el protagonista de ese proceso, que él asume con plena voluntad.

Se trata, dice el texto, de aprender a vivir secundum forman Evangelii. Pensemos en el significado de la noción de forma en la teoría hilemórfica; la referencia indica el alma: cimentarse en la fe, la esperanza y la caridad para alcanzar el espíritu de oración, el vigor de las demás virtudes y el celo por ganar a todos los hombres para Cristo. No falta en este contexto la invitación a amar y venerar «con filial confianza a la Santísima Virgen María, a la que Cristo, muriendo en la cruz, entregó como madre al discípulo». Se debe valorar esta exhortación a la devoción mariana, sobre todo considerando que el Decreto sobre la Vida y Ministerio de los presbíteros calla completamente este punto tradicional. ¿Cómo puede explicarse semejante olvido?. En mi opinión, podría vincularse este defecto con algunas intervenciones en el aula conciliar, que calificaron de exagerada la devoción mariana propia del catolicismo, siguiendo publicaciones que preconizaban lo que se llamó minimalismo, un reflejo de la protestantización de la Iglesia. Por la voz de los santos la tradición católica proclamó que de Maria numquam satis: nunca se alabará lo suficiente a la Madre del Señor, nunca será bastante nuestro amor a ella.

Se registra en el Decreto Optatam una cuádruple referencia a la madurez de la personalidad, a la cual deben tender los seminaristas. Se postula el crecimiento en una madurez más plena (plenioris maturitatis profectum, n. 10); cultivar la necesaria madurez humana (debita maturitas humana, n. 11); fomentar la sólida madurez de la personalidad (ad solidam personae maturitatem promovendam, ib.). Esta condición consiste en la estabilidad del espíritu, la capacidad de tomar decisiones prudentes, la rectitud en el modo de juzgar sobre los acontecimientos y los hombres, el dominio del propio carácter, la reciedumbre (animi fortitudinem), sinceridad, fidelidad a la palabra dada, buena educación (urbanitas)... en suma: los sacerdotes han de ser hombres hechos, y todo ello unido a la caridad. Hacia ese ideal se avanza gradualmente (gradatim), paso a paso. Es importante señalar que el concepto de madurez no debe restringirse a la sola dimensión psicológica; ésta, por cierto, debe quedar asegurada, valiéndose cuando es necesario del recurso profesional correspondiente, pero aquí se trata del nivel espiritual de la persona, de orden natural y sobrenatural, que comprende la inteligencia, la afectividad, la voluntad y el dinamismo sanante de la gracia. El texto conciliar observa muy válidamente que la disciplina, el orden exterior, es imprescindible en el seminario, pero que debe convertirse en interna aptitudo, íntima convicción de abrazar ese orden, y hacerlo por razones sobrenaturales (ib. 11); así no se reducirá a una observancia exterior y farisaica.

En muchos lugares, en los años del posconcilio se prescindió del valor de la disciplina, que es un instrumento necesario, arte, método, regla de vida del discípulo, tal como lo entendió la Iglesia desde los tiempos apostólicos. Hoy en día está de moda insistir en la alegría (gaudium, laetitia), pero se habla poco de la cruz; mejor dicho, no se habla. Se pretende un Cristo sin la cruz, es decir, descristianizado; se elude el instrumento que permite alcanzar el gozo que el Evangelio ofrece. Así se deforma la verdad de la vida cristiana.

La cuarta referencia a la madurez califica la elección de la vida sacerdotal como una decisión muy seria, optione mature deliberata, y por tanto verdaderamente libre (n. 12). En relación con el tema de la madurez, el Decreto Optatam se refiere brevemente a la educación para el celibato sacerdotal; este es un don y a la vez una tarea contínua, para que el sacerdote pueda entregar al Señor un corazón indiviso, a fin de amar a todos como el Señor mismo los ama (n. 10). La expresión amore indiviso, según se indica en una nota, procede de la encíclica de Pío XII Sacra Virginitas, de 1954. En cuanto se trata de un don precioso de Dios, hay que rogarlo humildemente (humiliter impetrandum); en cuanto tarea, es preciso apresurarse a corresponder libre y generosamente, con la ayuda de la gracia del Espíritu Santo. El Concilio exhorta a advertir a los candidatos sobre las contingencias riesgosas que acechan a la castidad del sacerdote maxime in praesentis temporis societate. ¡En la sociedad de entonces, los años 60 del siglo pasado!. ¿Qué habría que decir hoy, después de décadas de exitosa «revolución sexual», en una sociedad que exhibe sin recato alguno su gusto ostentoso de la fornicación, y con el influjo de la propaganda mediática en la imaginación de las masas?. El texto infundía ánimo mencionando los oportunos auxilios divinos y humanos. Los segundos serían las normas clásicas de la educación cristiana y los últimos hallazgos de la psicología y la pedagogía sanas; el adjetivo sanae no está de más, es una buena cautela. En este punto, y a la luz de la experiencia, me parece oportuno añadir la necesidad de un cuidadoso discernimiento sobre las posibles tendencias homosexuales de algunos candidatos, para apartarlos con decisión del camino emprendido si ellas se confirman; el celibato requiere una clara virilidad.

La cuestión del celibato ha vuelto a cobrar plena actualidad con ocasión de los nuevos conatos para lograr su descarte. El Sínodo de la Iglesia Alemana, que no sabemos en qué acabará, y antes el Sínodo de la Amazonia han propuesto la vieja solución de ordenar viri probati, hombres casados preparados para el caso. El argumento es ahora la necesidad de contar con más sacerdotes en las regiones donde escasean, y faltan las vocaciones; no se examina en profundidad cuáles son las causas de este fenómeno, para remediar el cual existen otras soluciones. La apelación a la Iglesia primitiva es errónea. Los Apóstoles no llevaron consigo esposas e hijos cuando se entregaron a la misión; en siglos posteriores la ordenación como diáconos, presbíteros y aun obispos de hombres casados, implicó el compromiso de vivir en continencia; el celibato esclesiástico es, pues, de origen apostólico, y no una invención tardía del Rito Romano. Dicho esto sin menoscabo del respeto y aprecio debidos a la diversa disciplina de las Iglesias Orientales.

La importancia del asunto no escapó a los Padres del Vaticano II, como aparece claramente en el Decreto Presbyterorum Ordinis. En el n.16 de este texto se expresa el valor y la excelencia del celibato mediante el uso de comparativos: facilius, liberius, expeditius, aptiore, latius, cuatro adverbios y un adjetivo. Mediante el celibato guardado por amor del reino de los cielos (cf. Mt 19, 12), los sacerdotes se unen más fácilmente a Cristo con un corazón indiviso (indiviso corde, cf. 1 Cor 7, 32-34); se entregan más libremente a Él y por Él al servicio de Dios y de los hombres; sirven con mayor disponibilidad a su reino y a la obra de regeneración sobrenatural, y se hacen más aptos para recibir una más amplia paternidad espiritual. Equivale a un signo del mundo futuro, el de la resurrección, en el cual el matrimonio no tendrá lugar, y desde ahora evoca el misterio de la unión de la Iglesia -todos los fieles- con su único Esposo, Cristo. En este contexto, el Concilio renueva su reconocimiento y aprecio por el don, y encomienda a los sacerdotes que pidan con toda la Iglesia la gracia de la fidelidad.

Dos años después, Pablo VI publicó la encíclica Sacerdotalis caelibatus; era un tiempo de enorme confusión, cuando se difundían numerosos errores y se registraron con abundancia deserciones de la vida sacerdotal, incluso entre superiores y profesores de los seminarios. Desde esta perspectiva resulta patética, y misteriosa, la condenación que Juan XXIII hizo en el discurso de apertura del Concilio de los «profetas de calamidades». Las calamidades, previstas por la gente más lúcida, se cumplieron cabalmente. Pío XII en su encíclica Menti nostrae, sobre el fomento de la santidad de la vida sacerdotal (1950), destacaba agudamente: «Se está desarrollando entre los sacerdotes, cada día más extensa y gravemente, el ansia de novedades, en especial entre aquellos que están menos dotados de erudición y doctrina y llevan una vida menos ejemplar». Esa tendencia se agravó hasta extremos impensables impulsada por la manía del aggiornamento, descartando el punto justo, el de la prudencia, que el Papa Pacelli señalaba sobre todo a propósito de los métodos apostólicos, entre «la desordenada ansia de novedades de unos y el aferramiento al pasado de otros». Actualmente, el discurso oficial cuando evoca aquellos años conciliares, olvida mencionar la grave crisis que siguió y que, por otra parte, continúa manifestándose en nuestro doloroso presente.

Al final del n. 11 se encuentra una bella expresión de lo que allí se llama ratio del Seminario, es decir, su organización y vida: se mencionan la dedicación a la piedad y el silencio -pietatis es silentii studio- y el interés por ayudarse unos a otros -mutui adiutorii sollicitudine- de modo que esa organización sea ya una especie de iniciación -quaedam initiatis- de la futura vida del sacerdote.

Antes de pasar a ocuparme, siquiera brevemente, de la cuestión de los estudios y de la formación pastoral, quiero señalar que en Optatam totius Ecclesiae y en Presbyterorum Ordinis encontramos un diseño de espiritualidad sacerdotal válida en primer lugar para el clero diocesano; solo que después no ha sido reconocida y presentada frecuentemente como una espiritualidad en el ministerio y, por consiguiente, en la diócesis, la Iglesia particular presidida por el obispo. Por eso, me parece lamentable que los sacerdotes diocesanos que aspiran a un vida intensa de piedad, de oración, a la santidad, se asocien a movimientos y organizaciones que promueven una espiritualidad sentimental, devocionalista, que los absorbe en sucedáneos de lo que la comunidad diocesana representa, y de lo que en ella puede vivirse en fraternidad presbiteral. Es una paradoja: en muchos lugares, el Concilio no ha sido bien conocido y asumido.

La propuesta de revisión de los estudios (recognitio) pretendía que el conjunto de las disciplinas filosóficas y teológicas se articule mejor (artius componentur, n. 14), y que «todas ellas concurran armoniosamente a abrir cada vez más las inteligencias de los alumnos al misterio de Cristo». Se comienza por las humanidades y las ciencias (humanistica et scientifica institutione, n. 13), formación necesaria para acceder a los estudios superiores; o sea que el Concilio aspiraba a que los sacerdotes sean personas cultas, y añado por mi cuenta: no «culteranas» ni «cultósicas», que ostenten la superficialidad de un diletante. Más allá de lo que se pueda implementar curricularmente, no sería difícil suscitar el interés, acopio de sabiduría y belleza reunido, siglo tras siglo, por la humanidad y por la Iglesia. Salgo al cruce de un prejuicio «pauperista», típicamente argentino, como que esa formación cultural, lo más completa y profunda que se pueda, impida dedicarse con entrega, con amor, a los más pobres de nuestra sociedad, y hacerlo poniéndose a su nivel. En el n. 13 se exige adquirir el conocimiento de la lengua latina, «que les capacite para entender y utilizar las fuentes de no pocas ciencias y los documentos de la Iglesia». Corresponde, en este punto, decir algo acerca del odio del latín, que tiene raíces en el progresismo de los años 60; a ello se suma la inclinación a despreciar lo que se ignora. El idioma del Lacio, tan importante para escribir y hablar bien el castellano y para pensar con coherencia lógica, es una lengua que de suyo resulta difícil de adquirir si no se le dedica el tiempo necesario. Desgraciadamente, al menos en la Argentina, se persiste en disminuir las horas curriculares de latín -donde se conserva su estudio-; los pretextos son siempre los mismos: más que pretextos prejuicios ideológicos. De este modo se cierra a los futuros sacerdotes el acceso directo a la cultura latina y la posibilidad de leer y gustar, en su texto original, a los Santos Padres de Occidente.

La Constitución Sacrosanctum Concilium, sobre la Liturgia, en el capítulo VI, dedicado a la música sagrada, establecía que había que conservar y cultivar con máximo cuidado (summa cura, n. 114) el tesoro de la música sacra, que era preciso fomentar las scholae cantorum y dar mucha importancia a la enseñanza y la práctica musical en los seminarios; disposiciones posconciliares de la Santa Sede ratificaron esa recomendación de las scholae y los coros polifónicos. Se reconocía el canto gregoriano como el propio de la liturgia romana, sin perjuicio de fomentar también el canto religioso popular (n. 118). Donde existían aquellos organismos se los suprime arbitrariamente para cumplir con el designio de la devastación de la liturgia. Para cerrar este punto, quiero mencionar la desconocida u olvidada Constitución Apostólica Veterum sapientia de Juan XXIII (22 de febrero de 1962), sobre el renacimiento, estudio y uso del latín.

Continuando con el hilo argumentativo del Decreto sobre la formación sacerdotal, corresponde registrar las orientaciones referidas a los estudios filosóficos, cuya finalidad es adquirir «un conocimiento sólido y coherente del hombre, del mundo y de Dios, apoyados en el patrimonio filosófico de perenne validez» (n. 15). Aunque el Concilio cita a Santo Tomás como maestro de los estudios teológicos, la expresión innixi patrimonio philosophico perenniter valido puede ser referida principalmente al tomismo, sin forzar el significado de los términos, que llevan una referencia en nota a la encíclica de Pío XII, Humani generis (12 de agosto de 1950). El tomismo ha conocido en el siglo XX una obra de restauración esencial debida al Padre Cornelio Fabro. No se omite indicar que también hay que tener en cuenta la filosofía moderna, para alcanzar el recto conocimiento de la mentalidad actual; a los autores que tuvieron mayor influjo, convendría añadir ahora el itinerario posterior del pensamiento, en las décadas que siguieron al tiempo conciliar. El propósito de los estudios filosóficos era «suscitar en los alumnos el amor a la verdad, la cual ha de ser rigurosamente buscada, observada y demostrada (quaerendae, observandae, demostrandae), reconociendo al mismo tiempo con honradez los límites del conocimiento humano». El problema de la verdad se plantea contemporáneamente de modo más serio y radical que medio siglo atrás, a causa de la difusión masiva y del contagio cultural del relativismo y del constructivismo. ¿La verdad?. Digámoslo sencillamente: o es considerada inexistente, o inalcanzable, o cada uno tiene la suya, o la fabrican e imponen los «formadores de opinión». Si el futuro sacerdote queda atrapado en este círculo opinativo, compromete su futura predicación y la facultad de orientar a los fieles en la bruma que crea confusión aun en los medios eclesiales. Bien asimilada, la filosofía tomista ofrece como fruto una cabeza bien armada, y a la vez libre y curiosa por la totalidad del saber.

En cuanto a los estudios teológicos, se afirma que la Sagrada Escritura debe ser como el alma de toda la teología (veluti anima esse debet, n. 16), por eso hay que formarse en su estudio con especial diligencia. La enseñanza de las disciplinas teológicas, dogmática, moral, liturgia, derecho canónico ha de ser «a la luz de la fe, bajo la dirección del Magisterio de la Iglesia», de manera que «reciban con toda exactitud de la divina Revelación la doctrina católica, ahonden en ella, la conviertan en alimento de su propia vida espiritual y puedan anunciarla, exponerla y defenderla en el ministerio sacerdotal». ¡Ojalá estas indicaciones se hubieran observado siempre y cabalmente!. La referencia a Santo Tomás -Sancto Thoma magistro- lo presenta como guía autorizada de la especulación teológica para profundizar en los misterios de la salvación y descubrir su conexión.

El Concilio Vaticano II no definió expresamente qué significa pastoral; se comprende, sin embargo, qué intenta decir en el n. 19 y los que siguen: todo aquello que se refiere de modo particular al sagrado ministerio (sacrum ministerium); añado predicación, catequesis, praxis confessionis, apostolado de los laicos, etc. La así llamada teología pastoral me parece una disciplina sin contornos precisos, que se presta a parloteos insustanciales en papel impreso. El término pastoral se ha convertido en una especie de talismán. En cuanto a la relación de la teología con la vida espiritual, simplemente me complazco en recordar la sentencia de Evagrio en su Tratado de la oración: «Si eres teólogo orarás verdaderamente, y si oras verdaderamente eres teólogo». En las últimas décadas han proliferado las «teologías de...», en desmedro de la teología de Dios, que eso es fundamentalmente la Theología.

El «contenido» de los seminarios son los seminaristas, las vocaciones. La temática de la vocación sacerdotal es vastísima, en sus dimensiones teológica, histórica, espiritual y sociológica -eclesiológica y cultural-; no puedo abordarla ahora. Solo quiero, para concluir, y desde la experiencia argentina, apuntar unos pocos datos. En los años posconciliares, la difusión del progresismo diezmó los seminarios diocesanos y los noviciados de los institutos religiosos. En los años 80, unos pocos fueron restaurados, y creados algunos nuevos con los criterios dispuestos en los textos conciliares aquí estudiados. Los sacerdotes que deseaban una buena formación para los jóvenes que ellos orientaban, los dirigían a esos centros que constituían una esperanza para la Iglesia. Muchas diócesis continúan todavía hoy en la penuria; algunas de ellas, incluso de un millón o más de habitantes, solo cuentan con cuarenta o cincuenta presbíteros, y los seminaristas, si los hay, pueden contarse con los dedos de una mano. Creo que no exagero; ¡no podrían ayudar a la Amazonia, como sabiamente sugirió el Cardenal Sarah!.

Suceden algunos hechos difíciles de comprender y de explicar. La suerte del Seminario depende del Obispo, de sus convicciones acerca de la orientación del mismo, del acierto en la elección de los formadores, de su asidua cercanía o de su más o menos relativo desinterés. Suele ocurrir que el cambio de Obispo dé al traste con lo que trabajosamente había logrado su antecesor, o implique, si no hay Seminario propio, que los seminaristas sean transferidos a un centro distinto del que frecuentaban. ¿Qué pasará ahora con el Seminario de la diócesis de San Luis, después del desplazamiento de su excelente Obispo?. Otro caso: como resultado de un lamentable conflicto, ha sido cerrado el Seminario «Santa María Madre de Dios», de la diócesis de San Rafael; ¿qué será de los 40 jóvenes que allí se formaban?, ¿quién los recibirá, aquí en nuestro país, al menos?. Estos sucesos manifiestan un problema serio de la Iglesia en la Argentina, silente, pero que muchísimos sacerdotes y laicos perciben y sufren. La mala memoria, o el parentesco ideológico, lleva a cancelar el recuerdo de lo que se ha vivido décadas atrás en el orden eclesial, con sus gravísimas consecuencias en la vida social y política; se disimula así el fracaso estruendoso del progresismo, con todos sus matices. La «cultura del encuentro» requiere objetividad, sinceridad, amor verdadero. ¿Qué «encuentro» se puede alcanzar si se fomenta y practica la «grieta»?. Digo lo que he dicho con el máximo respeto y afecto por todos, y no sin pena.

+ Héctor Aguer, arzobispo emérito de La Plata

domingo, 28 de junio de 2020

La Misa se convirtió en una “fiesta infantil” (Monseñor Aguer, Arzobispo argentino)



La Misa original en latín que él llama “el rito más sagrado del catolicismo” ha sido “manoseado”, escribe el 23 de junio en el sitio web InfoCatolica el arzobispo jubilado Héctor Aguer, de 77 años.

Se introdujo la improvisación y la abolición de la belleza, sobre todo en la música [sagrada], explica Aguer: “Se han impuesto gestos y comportamientos tales como gritos, aplausos, bailoteo, completamente ajenos a la índole sagrada de la celebración”, con lo cual “lo sagrado queda menoscabado o ha desaparecido”.

Francisco despidió a Aguer diez días después que había llegado a la edad de retiro, y lo reemplazó con el escritor en las sombras de Francisco y experto en el arte de besar, monseñor Víctor Manuel Fernández.

Aguer ha escuchado personalmente a colegas obispo decir que “ya no hay distinción entre lo sagrado y lo profano”, y “que se felicitaban por esta evolución”.

“La concepción unilateral de la Misa como encuentro fraterno ha oscurecido su índole sacrificial”, escribe Aguer.

Él advierte que la Misa es en algunos casos “un espectáculo o una fiestita para niños”, con lo cual “el culto de Dios desaparece”, ya que lo que se busca es “la satisfacción, el ‘sentirse bien’ de los presentes”. Con esa declinación “la fe es puesta entre paréntesis y la referencia a Dios queda reemplazada por la centralidad y primacía del hombre”.

viernes, 12 de junio de 2020

Pandemia, cuarentena, funcionarios, pastores. Una reflexión incómoda (Monseñor Aguer)




La palabra pandemia, como tantas otras de nuestra lengua, procede del griego. Platón y Aristóteles utilizan pandēmía, con el significado de «el pueblo entero»; el adjetivo pandēmios designa lo que es común a todo el pueblo, lo mismo que pándēmos. El Diccionario de la Real Academia Española define el sustantivo: enfermedad epidémica que se extiende a muchos países o que ataca a casi todos los individuos de una localidad o región. En este lejano sur estamos sufriendo lo mismo que padecen otros países de diferentes latitudes, pero la limitativa cuarentena, que cercena libertades y derechos, es impuesta diversamente en ellas. Los argentinos tenemos que hacer valer nuestra originalidad, ¡faltaría más!. ¡Somos los mejores...!.

En otras oportunidades he dicho y escrito que el Estado Argentino se caracteriza por una genética inclinación al autoritarismo, que con facilidad puede encaminarse al totalitarismo. El partido gobernante puede exhibir antecedentes históricos que apenas se recata en disimular.

En los días que corren, según aseguran expertos indiscutibles, estamos viviendo al margen de la Constitución Nacional, que consagra un régimen republicano basado en la división de los poderes del Estado. Somos gobernados autoritativamente por el Ejecutivo mediante «Decretos de necesidad y urgencia» (DNU), ni el Congreso de la Nación ni la Justicia funcionan normalmente; están en cuarentena.

Un detalle sintomático de la falta elemental de circunspección y cautela: los documentos y comunicaciones oficiales han reemplazado el título República Argentina, por Argentina Presidencia. ¿Continuará todo así cuando la temible pandemia sea un terror felizmente pasado, o se impondrán los métodos expeditivos de la «justicia revolucionaria», el Terror, con mayúscula?. La distracción democrática de nuestro pueblo puede hacernos caer nuevamente en la trampa. Pisar el palito, se dice en nuestro argot. El académico José Gobello apunta en su Nuevo Diccionario Lunfardo, que la expresión alude a cierta técnica de los ladrones de gallinas que, detenidos a alguna distancia del gallinero, tocan suavemente con un palo al animal dormido, al par que silban de un modo especial: la gallina, al despertar, se posa sobre el palo con que ha sido tocada, y el ladrón se retira. Con la presa, claro está. ¡Técnica de ladrones de gallinas!.

En los comentarios que anteceden no he hecho más que recoger la opinión de muchísima gente; yo carezco de autoridad en estos temas, lo expongo en mi condición de simple ciudadano. En cambio, en cuanto sigue, me permito hablar como obispo, aunque emérito (o, más bien, demérito), para lamentar las limitaciones que se han impuesto a la libertad de culto. ¿Con qué autoridad el Estado coarta la vida religiosa del pueblo, y decide si se pueden abrir o no los templos, celebrar o no el culto divino?. Ya me he dedicado a la cuestión en mi artículo Cuarentena eclesial.

Debo referirme, también, a algunos disparates que he oído, pronunciados impunemente por pastores de la Iglesia. Son expresiones que le dejan a uno helado; que puedan difundirse ponen de manifiesto el grado de decadencia al que hemos llegado, para confusión y desgracia del pueblo de Dios. Lo afirmo con dolor, con pena.

1. Un obispo argentino ha dicho que no se puede recibir la Sagrada Comunión fuera de la Misa, ya que la hostia consagrada «no es una pastilla de Redoxón, que se toma cuando uno quiere» («Redoxón» es una marca de vitamina C, tradicional entre nosotros). Detrás de esta aventurada declaración se encuentra el error de que el valor de la celebración eucarística reside más en el hecho de la reunión y congregación de los fieles, que en la representación sacramental, objetiva, del misterio pascual, la muerte y resurrección del Señor. Si no me equivoco en esta interpretación, tampoco podría el sacerdote celebrar en privado el Santo Sacrificio; sin pueblo, el «pueblo populista», no habría Misa. No sería exagerado pensar que el autor de la sentencia que critico no ha entendido la doctrina católica sobre la Eucaristía. Quizá cursó ligeramente el tratado siendo seminarista, y aunque haya aprobado el examen, durante su ministerio como presbítero olvidó lo aprendido. Digo esto con respeto y amor hacia un hermano en el episcopado, pero... magis amica veritas. Otra carencia de conocimiento elemental: el Ritual de los Sacramentos, vigente en la Iglesia universal, incluye un formulario para la celebración de la Comunión fuera de la Misa, y allí se indica que ha de emplearse ese rito para la distribución de la Santísima Eucaristía a los enfermos, todos los días si es posible.

2. Otra afirmación episcopal inaceptable: en estos tiempos de pandemia y cuarentena, la piedad cristiana, la devoción, no es la Misa, sino el servicio social. Plena coherencia con los abusos del Estado autoritario; de hecho, aquí los templos no pueden abrirse para el culto de Dios, para la adoración, pero sí para repartir alimentos y vacunar. Algunas iglesias se abren algún rato del día, para que, si quieren, los fieles recen desde la puerta. Considero que en este caso el error consiste en oponer culto divino y servicio social, cuando en verdad el segundo debe hallar en el primero inspiración y fuerza, la de la caridad, bebida en su fuente. El Cardenal Robert Sarah, Prefecto de la Congregación del Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, en su libro Le soir approche et déjà le jour baisse (Se acerca la tarde y el día casi ha terminado), realizado en colaboración con Nicolas Diat, formula una hipótesis explicativa de casos como el que señalo: Centrados sobre ellos mismos, y sus actividades, preocupados por los resultados humanos de su ministerio, no es raro que obispos y sacerdotes descuiden la adoración. No encuentran tiempo para Dios porque han perdido el sentido de Dios. Dios ya no tiene mucho lugar en su vida. Unos párrafos más adelante, apunta: Muy a menudo, trabajamos al servicio exclusivo del bienestar humano. En estas palabras se alude a una falla teológica, es el archiconocido y funesto desliz del progresismo cristiano. La crisis de la Iglesia está instalada en su interior; desde hace varias décadas, el «mundo» -en el sentido reprobado por el Evangelio- ha penetrado en ella, y se enseñorea sobre las mentes y los corazones. Cristo ya no es el centro, el antropocentrismo lo ha desplazado, el hombre se siente cómodo usurpando el lugar de Dios. En esto consiste la esencia del «mundo moderno», de una cultura digitada por el Padre de la mentira (cf. Jn 8, 44). Pecados ha habido siempre, pero el que he señalado es el peor.

3. Un tercer error en labios episcopales: la desvalorización del precepto de la Misa dominical, que sería algo secundario. No se advierte que es la forma indicada desde siempre por la Iglesia para cumplir con el culto debido a Dios. El mandamiento de la Torá hebrea: Observa el día sábado para santificarlo (Dt 5, 12) ha pasado a ser en la Nueva Alianza la celebración del Domingo, el día del Señor, el de su Pascua semanal. Sin el Domingo no podemos vivir, reza la fórmula de la antigüedad cristiana. No se puede dispensar arbitrariamente y por principio. En nuestro país se verifica en términos agravados lo que también afecta a otros: es ínfimo el porcentaje de católicos fieles al culto dominical. Yo suelo decir que la Argentina es un país donde los católicos no van a Misa. El problema tiene raíces históricas: diócesis y parroquias de enormes dimensiones geográficas; crónica escasez de sacerdotes, y falta de una tradición religiosa que se transmita en la familia. En la actualidad, los niños que concluyen su catequesis para completar la iniciación cristiana se dan por bien cumplidos con su única Comunión; los colegios católicos son elegidos por la mayoría de las familias no porque desean para sus hijos una educación católica, sino porque nuestras instituciones aseguran una calidad de la que carecen las oficiales; que son un verdadero desastre. Los frutos religiosos son mínimos en los jóvenes alumnos. En el contexto que he descrito brevemente, resulta una desubicación pastoral desvalorizar como algo secundario el precepto dominical. Aunque arrecien todas las pandemias posibles.

Como complemento de los casos reseñados sumo otro, también de antología. Hace unos días, recibí el llamado telefónico de un joven que, según me dijo, sigue todos los sábados una breve columna que desde hace 22 años conservo en un canal de televisión abierta; yo no lo conocía. Me contó que en su barrio -vive en una localidad del Gran Buenos Aires-, la iglesia estuvo cerrada el comienzo de la cuarentena; recientemente comenzó a abrir un rato cada día, aunque sin celebración alguna. Consiguió encontrar al sacerdote, y le pidió confesarse, pero el presbítero no quiso atenderlo, porque estamos en cuarentena... El muchacho, azorado, se preguntaba si tal sacerdote tendría fe. Le sugerí que escribiera al obispo diocesano para referirle el penoso hecho, y solicitarle le indicara dónde podría recibir el sacramento. Cosas veredes, Sancho... Todo esto ocurre en un país de cierta mayoría católica (¿qué significará este título?).

Algo muy diferente se vive en un país de mayoría protestante. El presidente de los Estados Unidos de Norteamérica, con ocasión del Día de la oración, que allí se celebra, hizo una exhortación pública muy sentida y teológicamente impecable: hay que rezar, y mucho, pidiéndole a Dios que nos salve del flagelo que estamos sufriendo. Esta circunstancia me hizo recordar el castigo que recibió David por la presunción que lo llevó a decidir el censo del pueblo de Israel: el Ángel exterminaba al pueblo mediante la peste; murieron 70 mil hombres. Pero Dios detuvo el exterminio; dijo al Ángel: ¡Basta ya!. ¡Retira tu mano! (2 Sam 24, 16; cf. 1 Cr 21, 15). Una expresión muy bella de la misericordia divina, independientemente de los hechos históricos. También nosotros debemos rogar que el Ángel detenga su espada. Que la fe y la esperanza inspiren la plegaria.

+ Mons. Héctor Aguer, arzobispo emérito de La Plata

Académico de Número de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas.

Académico Correspondiente de la Academia de Ciencias y Artes de San Isidro.

Académico Honorario de la Pontificia Academia Santo Tomás de Aquino (Roma).