Finalmente, el pasado 25 de mayo la Santa Sede dio a conocer la esperada primera Carta Encíclica de León XIV: Magnifica humanitas: sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial. El tema estuvo presente en la preocupación del Santo Padre desde el inicio de su Pontificado. De hecho, la misma adopción del nombre respondió a esta inquietud: así como León XIII afrontó en el siglo XIX la cuestión social en Rerum novarum, ahora se hace necesario, a ejemplo de aquel gran Pontífice, hacerse cargo de las novedades del siglo XXI centradas fundamentalmente en el grave problema que representan las nuevas tecnologías, en especial la llamada inteligencia artificial.
El desafío que supone este artefacto -cuya aparición se inscribe en el contexto más amplio de una cultura dominada por una suerte de imperialismo de la ratio technica – es uno de los grandes temas de este tiempo. Nada podía ser, pues, más oportuno y necesario que una directa intervención del Magisterio capaz de iluminar con la luz del Evangelio y la doctrina perenne de la Iglesia tan ardua y difícil cuestión.
Sin embargo, una atenta lectura del documento, hecha con espíritu filial y una sincera disposición a un obsequioso asentimiento al magisterio ordinario tal como lo pide la Iglesia, no puede dejar de advertir que en este texto aparecen destellos de luz que se recortan en un fondo de sombras. Lejos de nuestra intención cuestionar la autoridad del Papa: pero precisamente la fidelidad a la Iglesia, a su constante enseñanza y al mismo Papado nos obliga, en conciencia, a una respetuosa recepción crítica que procuraremos exponer del mejor modo posible.
[Haremos hincapié en la segunda, la relativa a las sombras]
I. Dos imágenes bíblicas: dos actitudes del hombre
(...) La propuesta del Papa es reconstruir la ciudad humana, sin renegar de la técnica, pero bajo la mirada de Dios. “Babel -concluye- revela así el límite de toda construcción que, por grandiosa que sea, surge de la absolutización de lo humano y de su pretensión de autosuficiencia, sacrifica la dignidad de las personas en aras de la eficiencia y aspira a alcanzar el cielo sin la bendición de Dios”1.
No es difícil advertir en este proemio la idea de las dos ciudades enfrentadas hasta el fin de los tiempos, entrevistas por el genio de Hipona. De hecho, más adelante la referencia a esta magna visión agustiniana de la historia se hace explícita2.
II. La reflexión sobre la técnica. El fenómeno de la tecnociencia.
1. El corazón de la Encíclica es una reflexión sobre la técnica en su relación con la dignidad de la persona humana en la que se manifiesta la presencia de esa “humanidad magnífica” creada por Dios y esclarecida en el misterio del Verbo encarnado: “En Jesucristo, esta magnífica humanidad encuentra el camino, la verdad y la vida, abriendo a cada uno de nosotros la vía para crecer hacia la plenitud”3. (...)
De esta manera recuerda que la Doctrina Social de la Iglesia hunde sus raíces en el Evangelio y en la Tradición; no es un invento humano, sino que se funda en el Dios Uno y Trino y en el hombre creado a su imagen, imagen en la que reside la única razón de su eminente dignidad y de los derechos que de ella derivan (...). Inspirado en Rerum novarum el Papa detiene su mirada en las “nuevas cosas”, las res novae que hoy ocupan y preocupan a la Iglesia y a la humanidad, en perfecta continuidad con la doctrina social entendida como una tradición viva que se despliega en la historia: “A esta tradición viva deseo, por tanto, sumar mi voz, invocando la asistencia del Espíritu de sabiduría, que habita en el mundo desde su creación (cf. Pr 8,22-31)”1. (...) Tales fundamentos y principios debidamente ordenados guían y estructuran toda la exposición acerca del tema de la técnica con especial énfasis en la llamada “inteligencia artificial”. Así,
2. En realidad, el tema de la técnica no es de ahora. inspirado en Rerum novarum, tal como adelantamos, el Papa detiene su mirada en las “nuevas cosas”, las res novae que hoy ocupan y preocupan a la Iglesia y a la humanidad, en perfecta continuidad con la doctrina social entendida como una tradición viva que se despliega en la historia: “A esta tradición viva deseo, por tanto, sumar mi voz, invocando la asistencia del Espíritu de sabiduría, que habita en el mundo desde su creación (cf. Pr 8,22-31)”1. Loa avances de la técnica, de una vertiginosa velocidad, no solo inciden en nuestros hábitos o en los nuevos modos de relación impuestos principalmente por la virtualidad sino, sobre todo, en el sentido mismo de nuestra existencia; el homo thecnicus al que aludíamos, resulta así un hombre descentrado, alienado de sí mismo, agitado, incapaz del silencio y de una genuina vida interior: tal la mutación antropológica que tan certeramente señalara Benedicto XVI1.
En este contexto que acabamos de reseñar, se comprende que cada nueva adquisición de la técnica se acompañe de una creciente preocupación. Esto es lo que ocurre en estos días con la inteligencia artificial, el último producto tecnológico que está literalmente revolucionando el mundo; es aquí, pues, donde encaja la Encíclica que tenemos a la vista.
III. La dignidad de la persona humana en la era de la inteligencia artificial.
Las reflexiones de León XIV tienen, como ya se dijo, una marcada impostación personalista que estructura todo el documento. El Papa destaca el costado ambiguo de la técnica y la dificultad de evaluar, en las presentes circunstancias, su impacto sobre la dignidad de la persona y la vida social orientada al bien común como a su fin propio. Es justamente en esta doble dirección, individual y social, en la que el texto pontificio se va desplegando, profundizando cada uno de estos dos aspectos (...)
Pero el Papa no se limita a una mera crítica. Avanza en propuestas concretas dirigidas sobre todo a los gobernantes. Algunas de estas propuestas merecen toda la atención posible ya que apuntan no solo a asegurar el recto uso de la técnica sino a regular y controlar su desarrollo, tanto a nivel local como mundial, mediante acuerdos y alianzas entre los distintos actores en juego.
Una conmovedora invocación a María cierra el documento.
Un fondo de sombras
1. Estos son, sin duda, aspectos positivos que no pueden dejar de destacarse en un análisis objetivo. Pero, como ya adelantamos, estos aspectos aparecen en un contexto que hemos denominado un fondo de sombras. Tales sombras no son sino la expresión de la grave crisis que hoy sacude a la Iglesia. En este sentido, el Papa -triste es decirlo- cede a todos los tópicos de esta suerte de neo Iglesia, sinodal, antropocéntrica y ecológica, cada vez más alejada de la Iglesia de Cristo.
En primer lugar, anotemos cómo concibe León XIV la Doctrina Social de la Iglesia. Esta Doctrina, en palabras textuales, “surge de una Iglesia que camina con la humanidad”, “que se sitúa a la par del mundo sin imponerse sobre él, para que en cada acontecimiento humano pueda germinar la promesa de justicia y paz que el Espíritu Santo sigue suscitando en el corazón de la humanidad”. Se trata de un encuentro, de un dialogo del Evangelio con las realidades de cada época; “nace del encuentro entre la verdad eterna del Evangelio y las preguntas de la historia”, por eso, ella se realiza en la historia en un proceso de discernimiento comunitario que concibe la verdad “como un don que hay que compartir y no como una posesión que hay que reclamar” y que “libera a la Iglesia de la tentación de añorar formas de presencia basadas en el poder”. La Iglesia, en definitiva, “no quiere levantar la bandera de la posesión de la verdad. porque la verdad no es un territorio que hay que defender, sino un bien que hay que compartir”1.
No hace falta demasiado esfuerzo para advertir que nos hallamos ante una grave deformación de la naturaleza y de la misión de la Iglesia tal como Cristo la fundó y la quiso. Es cierto que la Iglesia opera en el mundo a modo de un signo sacramental que testimonia el misterio de Jesucristo y acompaña a la humanidad; pero a una humanidad caída que necesita del auxilio de la gracia que solo ella puede transmitir. Esto supone, ante todo, una actitud magisterial desde el momento que el Señor no envió a sus discípulos a dialogar sino a enseñar para que el mundo crea y se salve ya que la misión magisterial está inescindiblemente unida a la misión salvífica porque “el que crea y sea bautizado será salvo, pero el que no crea será condenado” (Mateo 16, 16). Una Iglesia que renuncia a defender la verdad, siempre asediada por las puertas del infierno, es sencillamente una Iglesia que ha abdicado de sí misma. Esta Iglesia que solo acompaña y camina al costado del mundo, es una Iglesia que ha abandonado su sitial de maestra y de madre.
La conclusión, diríamos inevitable, de esta eclesiología distorsionada no podía ser otra que esta sinodalidad asfixiante (en la que el Papa insiste hasta el límite de lo soportable) que subvierte la estructura jerárquica de la Iglesia y la convierte en una suerte de asamblea democrática donde, a imitación de la sociedad civil, se busca la participación, la inclusión y la toma conjunta de decisiones.
Este mimetizarse con el mundo supone también asumir los lugares comunes impuestos por la propaganda y la mentalidad dominante. Ya no hay lucha” entre buenos y malos”; por el contrario, se renuncia explícitamente a toda actitud de resistencia al mal, pues todo se diluye en una confusa fraternidad, en el dialogo entre todas las religiones, todas iguales, según el “espíritu de Asís”. Es imposible no preguntarse dónde ha quedado la palabra de la Escritura: milicia es la vida del hombre sobre la tierra (Job, 7, 1).
En consonancia con esto el ideal de una Civilización Cristiana ha sido sustituido por una difusa “civilización del amor”, expresión ambigua y equívoca que se presta a multitud de interpretaciones; ya no se busca levantar y reedificar la Civitas Christiana que tantos bienes trajo al mundo, sino construir una sociedad pluralista en la que la Iglesia es solo una voz, una más en medio de las tantas que se mezclan como las lenguas en la Torre de Babel.
Súmese a esto un pacifismo ingenuo y utópico -que no ha hecho otra cosa que multiplicar las guerras- que llama a condenar de modo absoluto y sin precisiones toda guerra emprendida en nombre de Dios y a superar la noción de guerra justa como si fuera posible borrar de la historia Lepanto, la Guerra Cristera o la Cruzada Española; o dejar de lado rica doctrina elaborada a través de los siglos; como si fuera posible desentenderse de las enseñanzas de los Padres, de los escolásticos medievales y de los grandes pensadores de la Escuela de Salamanca que dieron origen al moderno derecho de guerra.
Añádase una falsa idea de que el hombre de nuestro tiempo ha adquirido una mayor y positiva conciencia de su dignidad; el elogio de la Declaración de los Derechos Humanos de la ONU, de incuestionable raigambre masónica, como un faro que ilumina a la humanidad de este tiempo; la exaltación a la categoría de arquetipos de personajes dudosos por decir lo menos: Luther King, Nelson Mandela, Dorothy Day, Maria Skłodowska-Curie (¿no hubiera sido más justo señalar como modelo de científico a Jérôme Lejeune?), Maria Montessori, Elisabeth Elliot, Wangari Maathai, Benazir Bhutto y, para dolor de los argentinos, la reivindicación del falso mártir Angelelli.
No podemos dejar pasar por alto el increíble pedido de perdón por no haber sido capaces de oponernos a la esclavitud hasta el siglo XIX, grueso error histórico solo atribuible a una suerte de complejo de culpa ante las falsedades de las leyendas negras1.
2. Podemos seguir enumerando sombras. Pero es necesario ir a la raíz última de todas ellas si en verdad estamos dispuestos a superarlas.
Esa raíz reside principalmente en la inteligencia. El problema fundamental, aunque suene paradójico, no es la inteligencia artificial sino la inteligencia del hombre afectada de una grave debilidad.
El pensamiento posmoderno ha declarado la debilidad del pensamiento, debilidad que consiste en el expreso rechazo de toda posibilidad de conocer la realidad y de adecuar a ella nuestro intelecto. Los mentores de este pensamiento débil no creen en la verdad como la adaequatio rei et intellectus. El problema es, en el fondo, metafísico: la realidad del ser, objeto propio de la inteligencia, es desplazado del horizonte de la razón. Por eso, ella se debilita por falta de un sustento ontológico a la par que estrecha cada vez más su capacidad de abarcar la realidad.
De esta manera, cae la razón metafísica y con ella, en sucesivas etapas, la razón antropológica y la misma razón ética: solo queda en pie la razón técnica. Aquí reside la raíz última del problema de la técnica. Desgraciadamente, el pensamiento católico no se ha sustraído a este proceso; hoy asistimos a una alarmante debilidad del pensamiento católico y a un lamentable eclipse del intellectus fidei.
Por eso, el único camino posible para superar nuestras dificultades es ampliar la razón, restituirle su horizonte natural rehabilitándola en el hábito de las distinciones últimas y de los principios primeros.
Benedicto XVI vio con particular lucidez este problema. En su célebre Discurso en Ratisbona lo expresó de manera clara e inconfundible: “La intención no es retroceder o hacer una crítica negativa, sino ampliar nuestro concepto de razón y de su uso […] Sólo lo lograremos si la razón y la fe se reencuentran de un modo nuevo, si superamos la limitación que la razón se impone a sí misma de reducirse a lo que se puede verificar con la experimentación, y le volvemos a abrir su horizonte en toda su amplitud”1.
Esta es la gran tarea que como católicos nos aguarda. En la medida en que seamos capaces de abrir en toda su amplitud el horizonte de nuestra razón uniéndola a la fe, se disiparán las sombras y seremos, como nos lo pide el Señor, sal de la tierra y luz del mundo.
Mario Caponnetto
Mario Caponnetto nació en Buenos Aires el 31 de Julio de 1939.
Médico por la Universidad de Buenos Aires.
Médico cardiólogo por la misma Universidad.
Realizó estudios de Filosofía en la Cátedra Privada del Dr. Jordán B. Genta.
Ha publicado varios libros y trabajos sobre Ética y Antropología y varias traducciones de obras de Santo Tomás.
