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miércoles, 22 de abril de 2026

Hay cosas que no deben tocarse



Raúl Murcia, miembro del equipo de Terra Ignota que participó en la realización del documental sobre el Valle de los Caídos, comparte esta carta con motivo de la manifestación convocada para esta tarde, a las 18:00 horas, frente a la sede de la Conferencia Episcopal Española, en defensa de la inviolabilidad de la Basílica y en apoyo a la comunidad benedictina del Valle

No soy ateo, pero tampoco un creyente al uso. No voy a misa los domingos ni me confieso una vez al año, como manda la tradición. Mi relación con la religión es más bien distante.

Pero hay cosas que uno reconoce aunque no las practique. Porque no hace falta creer para darse cuenta de que hay lugares que tienen un significado especial.

Esa fue mi primera sensación al llegar.

El Valle de los Caídos nunca me había llamado especialmente la atención. Una gran Cruz, eso sí, que veía a lo lejos en cada viaje de vuelta a casa por la A-6. Mirarla, saludarla con respeto y hasta la próxima.

Aquel día, cuando por fin pudimos agarrar las cámaras y empezar a rodar nuestro documental sobre el Valle, no me impresionó la entrada. Subí la pista más preocupado por no salirme, con la niebla con la que habíamos amanecido. Y una vez arriba, aquello me pareció un patio de armas más. Muy grande, eso sí, pero uno más.

Sólo cuando miré hacia arriba y vi la Cruz, imponente, me di cuenta de que estaba en uno de esos lugares diferentes. Y sólo después de conocer a los monjes pude entender su significado.

Hay algo en esos lugares que impone respeto. No es cuestión de ideas ni de ideología. Es una sensación básica: uno entra y sabe que no está en un sitio cualquiera.

Por eso choca tanto la idea de que un templo pueda convertirse en un espacio donde se introduzcan lecturas políticas o ajustes revanchistas sobre el pasado. No porque el pasado no deba discutirse, sino porque hay sitios donde no es apropiado hacerlo.

De ahí mi gran desconcierto por el acuerdo firmado por el cardenal Cobo con el ministro Bolaños.

Más allá de explicaciones técnicas o de quién tiene o no tiene competencia, lo que se percibe desde fuera es algo más simple: se ha tomado una decisión sobre un sitio que no parece del todo suyo. Y se ha tomado sin contar con quienes viven allí, con quienes entienden perfectamente lo que es y, además, sin dar demasiadas explicaciones.

Si se tratara de un museo o de un edificio público, la cosa ya sería discutible. Pero una basílica no es lo mismo. No lo es ni siquiera para quien no pisa una iglesia desde hace años.

No todo vale en todas partes. Y desde luego, no todo vale dentro de una basílica.

Esta semana, el presidente de la Conferencia Episcopal ha invitado al Gobierno y a los monjes del Valle a alcanzar “un acuerdo razonable y satisfactorio para ambas partes” que sea “un testimonio de que es posible superar la polarización y encontrar vías de encuentro”.

Conviene decir tres cosas al respecto. Las tres, en positivo. Y las tres, con contundencia y sin rodeos.

La primera. Recibo con agrado esa petición, precisamente porque significa, de facto, que lo firmado por el cardenal Cobo no tiene ningún valor.

Gracias, señores obispos, por escuchar a quien se deben: sus fieles.

Unos fieles preocupados durante tantos meses al ver cómo se iba a profanar un templo sagrado y que nadie parecía hacer nada por evitarlo.

Si la Conferencia Episcopal pide ahora un nuevo acuerdo, es porque el anterior no era el camino.

No hace falta añadir más. El gesto habla por sí solo y hay que agradecerlo.

La segunda. Ese nuevo acuerdo “satisfactorio” entre los monjes y el Gobierno no será posible sin una condición previa e innegociable: la inviolabilidad de la basílica.

Un acuerdo puede negociar muchas cosas. Pero hay algo que no está sobre la mesa.

Un templo consagrado no se resignifica. Una basílica no se somete a lectura política.

Lo sagrado, por definición, está fuera de lo que una negociación entre partes puede tocar.

Si eso no se garantiza, por mucho que alguien lo firme y por muchos actos solemnes que se organicen para bendecirlo, no habrá acuerdo.

Y allí estaremos de nuevo para defenderlo si fuera necesario.

La tercera. Pedimos a la Conferencia Episcopal que se pronuncie con claridad y que apoye sin fisuras a los monjes en su defensa de la sacralidad de la basílica.

Lo pedimos con respeto, pero sin rodeos. Porque el cariño a los pastores no se demuestra callando; se demuestra diciéndoles lo que es necesario decirles.

Los monjes no pueden quedarse solos en esto, contra lo que tienen enfrente. Una comunidad benedictina, por muy recia que sea, no puede pelear sola contra el aparato del Estado.

Y nosotros —los de misa de doce y los que no vamos tanto— necesitamos ver a su Iglesia detrás de ellos, hablando claro.

La Iglesia no está para entrar en discusiones políticas, y estoy de acuerdo. Pero tampoco puede caer en una cautela excesiva, hasta el punto de parecerse demasiado al miedo, al silencio y después a la complacencia.

No parece tan complicado.

Se trata de defender sus ritos, sus lugares sagrados y a sus fieles. Con tanta contundencia como la prudencia que siempre tuvo. Más aún cuando tiene enfrente a quien tiene.

Porque no nos engañemos: lo que está en juego no es sólo el Valle.

Si la naturaleza sagrada de un templo puede pactarse, habrá quedado abierta una puerta por la que mañana podrá entrar hasta el mismísimo Belcebú.

Hoy es el Valle. Mañana puede ser la Basílica del Pilar, que precisamente por ser su patrona Capitana General no les faltará interés en gestionarla y resignificarla “en aras de un supuesto valor democrático”, desposeyéndola de su verdadera razón de ser: dar consuelo a todo aquel que quiera, cuando pasa por Zaragoza. Podrá ser Covadonga. El Escorial. Puede ser Montserrat. Cualquier templo con carga simbólica que a alguien, en algún despacho, le estorbe. O podría ser entrar a legislar las centenarias normas de cualquier hermandad.

Lo que hoy se calla, mañana se firma. Y lo que mañana se firma, pasado se da por bueno.

Por eso importa tanto, y ahora, que esto se haga bien. Porque lo que aquí se resuelva marcará lo que venga después. Y porque el tiempo juega a favor de quienes quieren tocar lo que no se debe tocar.

El Valle de los Caídos es uno de esos lugares donde se cruzan muchas cosas.

Hay historia. Hay religión. Hay un cementerio sagrado donde reposan los caídos en una guerra civil que sufrieron todos nuestros mayores. Hay un centenar de beatos que murieron por amor a Jesús, perdonando a sus matarifes.

Pero también hay algo más que no se explica tan fácilmente: el ámbito de lo sagrado.

Reducirlo todo a un problema de gestión o de uso es quedarse muy corto. Y, siendo honestos, tratar de reducirlo así no es un descuido: es una estrategia.

En pocas semanas, el Papa visitará España.

Antes de eso, la próxima reunión de los obispos es una ocasión inmejorable para pronunciarse con claridad y dejar las cosas en su sitio.

Los muy fieles necesitan consuelo y refugio de sus pastores en tiempos de desasosiego. Y los que no lo somos tanto necesitamos ver que aquello por lo que también luchamos, aunque sea desde un plano más alejado, sigue vivo.

Basta con hablar claro. Y eso es lo que pedimos. Que la Conferencia Episcopal Española marque la línea roja de defender lo sagrado y la defienda no ya a nivel competencial o judicial, que para eso ya están los abogados, sino donde lo tiene que defender.

Por eso, este miércoles a las seis de la tarde, muchos estaremos ante la Conferencia Episcopal en una concentración convocada por una asociación vallisoletana, PATRIAM, ya que, como decíamos, no es sólo cosa de fieles ni de madrileños. Esta es una causa que nos afecta a todos.

No para enfrentarnos a nadie. Y mucho menos para señalar a nuestros pastores.

Estaremos para acompañar. Para arropar. Para aconsejar. Para pedirles, con respeto pero sin medias tintas, que hagan lo que les toca hacer: apoyar a los monjes, defender la inviolabilidad de la basílica y decir alto y claro que un templo no se toca.

Y estaremos también porque el silencio, a estas alturas, ya no es neutral. El silencio ya juega. Y juega a favor de quien no debería.

Allí estaremos los que van a misa y los que no vamos tanto. Los muy creyentes y los que, como yo, reconocemos desde fuera que hay cosas que merecen defenderse.

Porque esto no va sólo de creyentes.

Va de algo más sencillo y más serio: va de respetar lo que tiene un significado especial para tanta gente. Y de no permitir que se convierta, poco a poco y acuerdo a acuerdo, en otra cosa distinta.

Porque aunque uno no sea muy religioso, hay algo que se entiende sin necesidad de explicaciones: que hay cosas que no deben tocarse.

Raúl Murcia, “Pirata”

No es tiempo de tibios y cobardes, es la hora de los mártires


En esta imagen fija de un video difundido en redes sociales el 15 de febrero de 2015, militantes del Estado Islámico se preparan para decapitar a 21 cristianos egipcios en una playa cercana a Trípoli, Libia. En un mensaje de video del 15 de febrero de 2021, con motivo del Día de los Mártires Contemporáneos, el Papa Francisco rindió homenaje a los 21 cristianos coptos decapitados en la playa de Libia en 2015. (Foto de CNS/Redes sociales vía Reuters TV)

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La historia de la humanidad no se explica solo mediante conquistas territoriales o avances tecnológicos; existe una crónica paralela escrita con una tinta indeleble: la sangre de los mártires. Hoy, esta historia alcanza un clímax estremecedor, pues el siglo XXI se ha consolidado como la era de mayor persecución contra los cristianos en la historia. En vastas regiones de África y Asia, el odio se traduce en masacres sistemáticas, aldeas arrasadas y una cifra de cristianos asesinados que supera cualquier registro precedente; es el martirio de la espada que busca el exterminio físico.

Mientras tanto, en un Occidente que presume de tolerancia, la violencia muta hacia un ‘asesinato del alma’ ejecutado mediante la cultura de la cancelación. Aquí, la persecución no busca el cuerpo, sino la muerte civil del individuo, imponiendo un destierro social que asfixia la conciencia y criminaliza la coherencia.

Frente a este asedio dual —el del acero en el Este y el del silencio forzado en el Oeste—, miles de hombres y mujeres se erigen como los mártires del siglo XXI. Su sacrificio nos recuerda que ser mártir no es buscar la muerte, sino amar tanto la Verdad que se prefiere el sacrificio antes que claudicar ante la mentira.

El choque inevitable: El César frente a Dios

Desde los albores del cristianismo, el poder político ha intentado colonizar la conciencia humana. El Estado, sea bajo la forma de un imperio romano, una tiranía o una dictadura comunista moderna, tiende por naturaleza a la expansión total. Quiere no solo el tributo, sino la adoración. El conflicto surge cuando el cristiano pronuncia la frase que hace temblar a los tiranos: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres».

Esta coherencia no es una rebeldía caprichosa, sino el ejercicio de la soberanía del espíritu. Cuando San Juan Bautista denunció a Herodes Antipas, no lo hizo por una cuestión de partidos políticos, sino porque la verdad moral no admite excepciones para los poderosos. Herodes podía poseer el cuerpo de Juan y su cabeza en una bandeja, pero nunca pudo poseer su silencio. Ese es el primer gran triunfo del mártir: demostrar que el poder es finito.

Modelos de resistencia: El precio de la coherencia

El martirio ha tomado muchas formas a lo largo de los siglos, pero siempre ha mantenido la misma esencia: la fidelidad a una jerarquía de valores donde la fe ocupa la cima.

En la Inglaterra del siglo XVI, San Tomás Moro personificó al intelectual y político que lo tenía todo: fama, riqueza y el favor del rey Enrique VIII. Sin embargo, cuando el monarca exigió una lealtad que implicaba romper con la unidad de la Iglesia, Moro eligió el cadalso. Su coherencia no fue un acto de soberbia, sino de humildad ante la verdad. «Muero como buen servidor del Rey, pero primero de Dios», dijo antes de ser decapitado. Moro nos enseña que la política sin conciencia es simplemente tiranía.

No podemos olvidar que esta resistencia se ha fraguado también frente al materialismo ateo de las dictaduras comunistas, donde el Estado se autoproclamó dios. Desde los gulags soviéticos hasta los campos de reeducación en Asia, miles de mártires sufrieron torturas y ejecuciones por negarse a sustituir a Cristo por el Partido. Figuras como el cardenal Stepinac en Yugoslavia o los innumerables sacerdotes y laicos aniquilados por el comunismo en Europa del Este y China, son el testimonio de que el espíritu humano es inquebrantable ante la ingeniería social y el terror ideológico. Su sacrificio desnudó la mentira de un sistema que prometía el paraíso en la tierra mientras convertía el mundo en una inmensa ergástula para los creyentes.

La mujer ha tenido un papel protagonista en esta batalla cultural y espiritual. Desde la joven Santa Eulalia de Mérida, que en la Hispania romana se enfrentó al gobernador Daciano para denunciar la injusticia de las leyes contra los cristianos, hasta Santa Edith Stein en el siglo XX. No podemos olvidar a San Maximiliano Kolbe, quien en el mismo Auschwitz cambió su vida por la de un padre de familia; Kolbe, con su gesto, devolvió la humanidad a todo el campo de concentración. Demostró que ni siquiera el hambre o el gas pueden extinguir la caridad.

Los mártires anónimos: La semilla en los márgenes

Más allá de los nombres inscritos en letras de oro en el santoral, existe una legión de mártires anónimos que hoy, mientras se escriben estas líneas, siguen regando la tierra con su sangre. La persecución no es un eco del Coliseo; es una realidad diaria en pleno siglo XXI.

En Nigeria y otras partes del África subsahariana, miles de cristianos son masacrados cada año por grupos islamistas yihadistas. No son figuras públicas, son campesinos, niños y familias que acuden a misa sabiendo que su templo puede convertirse en su tumba. Su pecado es el mismo que el de los primeros cristianos: no renunciar al nombre de Cristo. Su silencio ante el mundo es compensado por su testimonio ante la historia.

En nuestra propia patria, la Guerra Civil Española dejó miles de mártires que perdonaron a sus verdugos del terror rojo mientras morían por su fe. No fueron combatientes políticos, sino sacerdotes, monjas y laicos cuya única «arma» fue un crucifijo o un rosario. Su sacrificio es el cimiento de una reserva espiritual que hoy más que nunca debemos rescatar. Del mismo modo, la epopeya de los Cristeros en México, al grito de «¡Viva Cristo Rey!», nos recuerda que cuando el Estado intenta prohibir la fe, el pueblo tiene el derecho y el deber de defender su alma.

¿Merece la pena? El martirio en la era del nihilismo y la persecución

Muchos hoy se preguntan: ¿merece la pena perder la vida, la carrera o el prestigio por una creencia? La respuesta del mártir es un sí rotundo. El martirio es el antídoto contra el nihilismo. En una sociedad que no cree en nada, el que está dispuesto a morir por algo demuestra que la vida tiene un sentido trascendente.

La coherencia de estos santos nos interpela en nuestros propios desiertos cotidianos. Quizás hoy en Occidente no nos pidan, por ahora, que pongamos el cuello en el bloque del verdugo, pero se nos pide el «martirio de guante blanco»: el rechazo al ostracismo social, a la pérdida del empleo por no plegarse a las ideologías de moda, o al escarnio público por defender la fe, la familia, la vida y la libertad, en definitiva, la Verdad.

El mártir es el hombre más libre del mundo porque ha perdido el miedo. Y el poder político, especialmente el que tiene tintes tiránicos o globalistas, se alimenta precisamente del miedo. Un ciudadano que no teme las consecuencias de decir la verdad es un ciudadano que el sistema no puede controlar.
Una llamada a la vigilancia

En estos momentos de incertidumbre, donde las libertades se erosionan, la memoria de los mártires es nuestra mejor brújula. Nos recuerdan que somos herederos de una estirpe de valientes que no se doblaron ante el César.

Que la sangre de los cristianos de Nigeria, la firmeza de Tomás Moro y la fe de los mártires de la persecución religiosa en España nos inspiren para vivir con coherencia. Porque una fe que no está dispuesta a sufrir por la Verdad es solo una opinión. Pero una fe que se mantiene firme hasta el final, es la luz que termina por disipar todas las tinieblas del poder.

La historia sigue escribiéndose y no admite medias tintas. En un mundo que agoniza y que se encuentra en época de «gran tribulación» no es tiempo de tibios y cobardes, es la hora de los mártires, de aquellos capaces de sostener el peso de la Fe y la Verdad sobre sus hombros, sin importar el precio. Hoy nos toca a nosotros decidir si queremos ser meros espectadores o testigos coherentes de la única Verdad que nos hace libres.