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miércoles, 11 de febrero de 2026

Excomulgados y cismáticos




Resulta curioso que progres y festejantes de cualquier herejía o innovación conciliar, como la periodista Elizabetta Pique, se estén mesando los cabellos porque las eventuales consagraciones episcopales que efectuarán los obispos de la FSSPX provocará su excomunión y los arrojará a ellos y a todo su grupo al cisma. Las medidas canónicas, algo tan del pasado y contrarias a la misericordia propia de estos tiempos, se resucitan cuando las víctimas son los “ultracatólicos”.

Pero más curioso aún es que asuman una actitud similar los neocones. Para ellos también la excomunión rompe la “unidad eclesial” aunque no sepan muy bien qué cosa significa tal expresión. Me parece a mí que la tal comunión se rompe de muchos modos; también, por ejemplo, negando o disfrazando puntos centrales de la fe y la moral. Sin embargo, en estos casos, se quedan en silencio.

Pero además, y sobre esto me interesa tratar en esta entrada, hacen referencia a la excomunión y al cisma de un modo asaz inexacto y sin la menor contextualización histórica. Propongo, entonces, algunos puntos en este sentido que pueden ayudar a entender la situación:

1. La pena de excomunión para los obispos que realizan consagraciones episcopales sin mandato pontificio es muy tardía. No aparece en el CIC de 1917, que en el canon 2370 establecía que los tales serían suspendidos hasta que la Santa Sede los dispensara. Fue Pío XII en 1951 quien cambió este canon estableciendo que incurren en excomunión latae sententiae, y lo hizo concretamente para responder a lo que ocurría con la iglesia china. Curiosamente, en la actualidad esa iglesia sigue consagrando obispos sin mandato, y la Santa Sede luego los reconoce. Es decir, no nos encontramos con una costumbre inmemorial, anclada en la tradición. Es una medida del derecho positivo muy reciente, más allá del biri biri de la teología eclesial.

2. No será novedad para nadie que los obispos en los primeros siglos cristianos y en la Edad Media, y aún hasta hace algunas décadas en algunos sitios, eran elegidos por el pueblo, o por el arzobispo metropolitano, o por el monarca, o por los canónigos de la catedral. Más aún, en las iglesias orientales son elegidos por los sínodos de cada una de ellas. Roma se limita, y limitaba en los otros casos, a confirmar las nominaciones. Con esto quiero decir que el hecho de que en la actualidad y en la iglesia latina, sea el Papa de Roma quien elige a los obispos no pasa de ser una cuestión disciplinar, meramente disciplinar, que no toca en nada la unidad de la Fe y, por supuesto, tampoco la Caridad, supuesta la existencia de casos de excepción que justifique saltarse el derecho canónico disciplinar. No es materia revelada que el Papa deba designar Obispos, siendo su misión esencial «confirmar en la Fe». De manera que ni siquiera como una tarea accesoria o derivada de la misión encomendada por Nuestro Señor a Pedro, se podría sostener esta atribución de designar Obispos como algo relativo a la Fe.

3. Veamos un caso concreto: A comienzos de la década de 1970, el cardenal Josyf Slipyj, jefe de la Iglesia greco-católica ucraniana y antiguo prisionero del sistema represivo soviético durante dieciocho años, entró en un conflicto directo con el Vaticano por la cuestión de la sucesión episcopal. Tras su liberación en 1963 y su llegada a Roma, Slipyj insistió en la necesidad urgente de consagrar nuevos obispos para una Iglesia que había sido oficialmente suprimida por la URSS en 1946 y que sobrevivía de forma clandestina en Ucrania. El papa Pablo VI, comprometido con la política de distensión hacia los países comunistas, se negó reiteradamente a conceder el mandato pontificio necesario para dichas consagraciones, temiendo que una medida de ese tipo provocara represalias soviéticas y agravara la situación de los católicos bajo el régimen.

En 1975, ante la ausencia de obispos en libertad y sin autorización papal, Slipyj procedió a consagrar varios obispos en secreto en la abadía italo-bizantina de Grottaferrata, cerca de Roma, entre ellos al entonces monje Lubomyr Husar, futuro patriarca de la Iglesia ucraniana. Las consagraciones fueron consideradas válidas desde el punto de vista sacramental pero ilícitas canónicamente. La reacción del Vaticano fue deliberadamente contenida: no se impuso ninguna sanción pública ni se declaró nulo el acto, pero las consagraciones no fueron reconocidas oficialmente y Slipyj quedó progresivamente marginado en la Curia. Tras la caída de la Unión Soviética, los cuatro obispos fueron regularizados y pasaron a desempeñar un papel central en la reconstrucción de la jerarquía greco-católica en Ucrania, lo que dio al episodio una relevancia histórica que superó el conflicto inmediato entre Roma y el cardenal ucraniano. Como curiosidad, uno de los cuatro obispos consagrados, y por tanto excomulgados como el cardenal Slipyj, era un sacerdote del que el joven Jorge Bergogolio era muy cercano. Habló con mucho afecto de él cuando era ya Sumo Pontífice. Es decir, estamos frente a excomuniones, por más latae sententiae que sean, que son muy elásticas, y se aplican y desaplican sean los casos.

3.a Un codicilo: El santo sínodo de la Iglesia católica de Ucrania, en uso de sus facultades, elevó a su iglesia a patriarcado en los años ‘70. Juan Pablo II, para no fastidiar a los ortodoxos rusos, no lo aceptó y ordenó que siguiera siendo un arzobispado mayor. Pues los ucranianos, hasta hoy, en los dípticos conmemoran a su “patriarca” Sviatoslav, haciendo caso omiso de la disposición romana. Y todos sabemos qué significa la conmemoración en los dípticos para las iglesias orientales.

4. Yo no quisiera ser excomulgado ni me pondría nunca en situación de excomunión, y nadie creo que dudará que es mejor no estar excomulgado que estarlo. Sin embargo, esto no obsta para ser conscientes de que a lo largo de la historia de la Iglesia las excomuniones no siempre, o mejor dicho, casi nunca han significado gran cosa. Podríamos hacer un listado interminable de excomuniones que los obispos medievales —la época de esplendor del cristianismo— se lanzaban entre sí, y el excomulgado seguía como si nada. Algunos ejemplos de entre cientos: Ivo de Chartres excomulgó en el siglo XII a varios obispos vecinos porque habían ordenado clérigos suyos sin dimisorias (Epistolae, Patrologia Latina, vol. 162); a fines del siglo XI, en ciudades como Milán, Brescia, Piacenza, Cremona o Rávena, coexistían obispos rivales: unos nombrados por el Papa y otros por el emperador, como era la costumbre, con lo cual un obispo excomulgado por Roma seguía oficiando, ordenando sacerdotes y gobernando su diócesis, mientras otro obispo, nombrado por el Papa, hacía lo mismo en paralelo (Robinson, I. S. The Papal Reform of the Eleventh Century, Manchester, 2004). Y un último ejemplo muy cercano y conocido por nosotros: había excomunión reservada a la Santa Sede para quien sustrajera un libro de la biblioteca de Salamanca… así de serias eran las excomuniones y con esa seriedad se tomaban.

5. El cisma: muy sueltos de palabra, todos dicen como sabios canonistas que la FSSPX, al consagrar obispos, se convertiría nuevamente en cismática, y cismáticos serían todos sus miembros. Y esto es una enormidad que canónicamente no se sostiene. El cisma es una separación voluntaria del orden jurídico de la Iglesia; es cosa seria y nadie se constituye en cismático si no hay un declaración formal como tal y con meticulosa delimitación por parte de la Santa Sede. Cuando ocurrieron las consagraciones de Mons. Lefebvre, el Papa Juan Pablo II emitió el motu proprio Ecclesia Dei, en la que afirma que el acto de “desobediencia” del arzobispo francés “constituye un acto cismático” (nº 3). Sin embargo, en ningún momento determina quiénes caen en el cisma, y no es que se le pasó el detalle, sino que voluntariamente se evitó declarar a la FSSPX como cismática.

Supongamos que efectivamente el próximo mes de julio se producen nuevas consagraciones episcopales en Êcone. ¿Quiénes caerán en el cisma? ¿Los obispos consagrantes y consagrados? ¿Los sacerdotes que asistan también? ¿Y los que no asistan? ¿Y los fieles de la Fraternidad, en todos sus niveles y pelajes serán también cismáticos? ¿Y los mendigos que piden limosnas en las puertas de las iglesias de la FSSPX caerán también en el cisma? Evidentemente, en estos casos es necesario un pronunciamiento muy claro del Vaticano que determine con exactitud quiénes han cometido el pecado de cisma. Y mientras ese pronunciamiento no exista, nadie puede andar propalando como si fuera cosas indiscutible y probada que la FSSPX es cismática.

6. Hay algunos que hablan de “secta lefebvrista” porque afirman alegremente que son cismáticos. Y se ríen porque uno de los argumentos que utiliza la FSSPX para rechazar esa acusación es afirmar que nombran al Papa en el Canon Romano; “no es suficiente”, dicen. Demuestran de ese modo su ignorancia. Nombrar al Papa y al obispo del lugar, o al propio ordinario, en el Canon es el modo público y más importante de indicar la comunión. Se trata de los dípticos de las iglesias orientales a los que hicimos referencia más arriba. Por eso mismo, el acto público de cisma, si tal fuera el caso de la Fraternidad, debería eliminar el nombre del pontífice romano y del obispo del Canon. Y eso no ocurre, y es mucho más que un detalle: es la expresión de estar en comunión con Pedro y sus sucesores.

En todo este largo post no he intentado hacer una defensa de la FSSPX, en primer lugar, porque no me corresponde a mi hacerla —no soy parte de ella— y, en segundo lugar, porque la Fraternidad no necesita que yo la defienda: lo hace muy bien sola, y lo viene haciendo desde hace cincuenta años con éxito. He querido señalar simplemente las cosas como son y, en lo posible, advertir a los que con lengua suelta hablan con liviandad de “excomuniones y cismas”, que piensen más en lo que dicen.

Wanderer

Frío, lluvia, nieve: ¿cambio climático?





Los propagandistas climáticos andan nerviosos. En efecto, las condiciones meteorológicas preferidas para la propaganda climática son el calor y la sequía, y desde finales de diciembre hemos tenido frío y mucha lluvia. De hecho, en la España peninsular, enero ha sido el más lluvioso de los últimos 25 años, y muchos pantanos han acabado el mes al 100% de capacidad.

De este hecho debemos extraer tres lecciones. La primera es la falta de fiabilidad de las predicciones meteorológicas más allá de un horizonte temporal de unos pocos días. Un secreto bien guardado es que la ciencia aún está en pañales en su comprensión del clima, un sistema no lineal, complejo y caótico. Por tanto, los meteorólogos no tienen forma de saber con un mínimo de certeza qué pasará esta próxima primavera, ni el año que viene, ni mucho menos el 2100. Se mueven en un entorno de enorme incertidumbre y se apoyan para sus previsiones estacionales en factores sólo parcialmente explicativos, como el ENSO.
Otra vez la AEMET

De ahí las aproximaciones probabilísticas obtenidas por la AEMET tras laboriosos cálculos —es decir, a ojo de buen cubero— al pronosticar que había un 60% de probabilidades de tener un invierno más cálido de lo normal. Por ello, ha recibido muchas críticas, amortiguadas por la feroz defensa que de la Agencia realizan sistemáticamente los fact-checkers y la prensa de izquierdas (casi toda), pues la AEMET es la principal «autoridad» para promover la agenda climática y, por tanto, hay que protegerla.

En realidad, el gigantesco error de la AEMET estriba en no haber sido capaz de prever el enorme volumen de precipitaciones registradas en enero. De hecho, las críticas a su previsión de temperaturas distraen la atención sobre este punto y, además, son ingenuas, dado que la AEMET tiene el monopolio en el cálculo de temperaturas en España. También son prematuras. En efecto, la temperatura media del invierno meteorológico en la España peninsular es de 6,6ºC, luego para tener un invierno «más cálido de lo normal» bastaría con obtener unas pocas décimas superiores a esa temperatura. Si damos por bueno que las temperaturas de enero han sido sorprendentemente normales (como parece haber afirmado la AEMET), para que falle su pronóstico sería necesario que febrero acabara siendo «más frío de lo normal» (por debajo del percentil 40), algo estadísticamente más improbable que el escenario opuesto. De ahí que la Agencia confíe su remontada reputacional a las temperaturas de febrero (que ellos mismos calcularán)[1].

La segunda lección que debemos recordar es que la gran amenaza climática que debería preocuparnos es el frío extremo propio de las Eras Glaciales y no las temperaturas más templadas causadas por el ligero calentamiento que afortunadamente estamos viviendo desde que terminó la Pequeña Edad de Hielo, a mediados del siglo XIX. Calor es sinónimo de vida, y frío, sinónimo de muerte. Por eso los pájaros migran hacia zonas más cálidas en invierno y los ciudadanos del centro y norte de Europa vienen de vacaciones a España, y no al revés.

La última lección que podemos extraer es que debemos estar en guardia frente al inmisericorde bombardeo de la propaganda climática, de estilo soviético. En efecto, si este comienzo de invierno hubiera sido cálido y seco en vez de helador y lluvioso, la propaganda climática lo habría achacado inmediatamente al cambio climático. Pues bien, tan ridículo y acientífico es extrapolar un mes frío, lluvioso y nevoso ligándolo a un supuesto enfriamiento global como lo es ligar cada ola de calor, cada sequía o cada estación especialmente cálida al calentamiento global. Por favor, recuérdenlo la próxima vez que los activistas climáticos ―empezando por la AEMET― conviertan meros fenómenos meteorológicos locales, pasajeros e irrelevantes, en pruebas irrefutables del cambio climático planetario.
Profetas de calamidades

Para los profetas de calamidades climáticas las malas noticias se acumulan, pues Bill Gates afirma ahora que «aunque el cambio climático tendrá graves consecuencias (…), las personas podrán vivir y prosperar en la mayoría de los lugares de la Tierra en un futuro previsible»[2]. Tras escribir hace pocos años un libro alarmantemente titulado Cómo evitar un desastre climático, su cambio de tono (o giro oportunista) ha coincidido con el desgaste de las proyecciones apocalípticas ―desacreditadas una y otra vez por los datos observados― y, sobre todo, con el cambio político acontecido en EEUU, país que ha decidido abandonar, y, por tanto, dejar de financiar, todo tipo de organizaciones ecologistas, incluyendo el IPCC de la ONU[3].

Debemos ser conscientes de que la eficaz propaganda climática achaca al cambio climático todo tipo de fenómenos, aunque sean de naturaleza opuesta. Por eso precisamente el «calentamiento global» pasó a denominarse «cambio climático», concepto menos restrictivo que admite todo. Éste es el motivo por el que quienes viven del cuento climático intenten explicar que el calentamiento global es culpable del calor, pero también del frío; de la lluvia torrencial, pero también de la sequía; de la calma total, pero también de los vientos tempestuosos. No obstante, aunque la física atmosférica sea en ocasiones contraintuitiva, confío en que el sentido común les indique que suele ser difícil que un mismo factor cause resultados completamente opuestos. Si no es así, tengan cuidado la próxima vez que pongan hielo en su bebida, no vaya a ser que se caliente, o que tomen un antipirético, no vaya a ser que, en vez de bajarles la fiebre, se la dispare.

Al contrario de lo que afirma la propaganda, hasta ahora el calentamiento global no ha provocado ningún aumento en la inestabilidad climática o en la frecuencia o intensidad de los fenómenos meteorológicos extremos, como reconoce el propio IPCC[4]. Pero imaginemos por un momento que lo hiciera, como afirman sus propagandistas: ¿deberíamos concluir entonces que el enfriamiento global traería una gran estabilidad climática? No parece ser el caso. De hecho, la Pequeña Edad de Hielo (s. XIII-s. XIX) fue un período de «gran inestabilidad climática» que produjo severas carestías en la cosecha de cereales y, por lo tanto, hambrunas[5]. Por el contrario, el aumento de CO2 y unas temperaturas más templadas favorecen el crecimiento de las plantas. Así, el rendimiento de los cultivos de cereales (medido en toneladas por hectárea cultivada) no ha hecho más que crecer en las últimas décadas y es hoy el doble de lo que era hace 60 años, lo que supone una magnífica noticia para alimentar a una creciente población mundial[6]. Bendito CO2.

Caída global de temperaturas

El frío, la lluvia y la nieve no ha sido un fenómeno limitado a España, sino que se ha tratado de un fenómeno global en el hemisferio norte. De forma anecdótica, cabe mencionar que en la noche de Reyes cayeron 30 cm de nieve en las playas de la costa atlántica francesa[7], que en EEUU el temporal de frío y nieve de finales de enero compitió con el récord del invierno anterior[8], y que, en la península de Kamchatka, en el extremo oriental ruso, se produjo una nevada sin precedentes[9].

Pero por encima de lo anecdótico que supone vivir un mes frío, lluvioso y nevoso, el hecho es que las temperaturas del planeta están cayendo desde hace dos años, lo que significa que el inusual pico observado en 2023-2025 ―de naturaleza claramente exógena y coyuntural, por extremo y repentino― está remitiendo en un típico ejemplo de reversión o regresión a la media. No olviden que en 2023 el 42% de la superficie del planeta experimentó temperaturas dos desviaciones estándar por encima de la media. En este sentido, resulta elocuente el contraste entre el sinnúmero de noticias publicitando el brusco calentamiento de aquellos años y el sepulcral silencio que ha acompañado el enfriamiento subsiguiente, igualmente brusco, pero que no encaja en el relato oficial.

Como escribí en su día, ningún científico serio achacó al supuesto cambio climático antrópico el súbito aumento de las temperaturas del 2023-2025 (al contrario de lo que hizo la AEMET). Algunos lo ligaron a un fenómeno El Niño fuerte; otros a una bajísima cobertura global de nubes completamente inexplicada, pues la ciencia aún patina con la convección húmeda y desconoce, por tanto, los factores que controlan la nubosidad del planeta (¿cómo no van a fallar los modelos climáticos?). Finalmente, otros científicos señalaron a la masiva erupción del volcán submarino Hunga-Tonga, que constituyó uno de los fenómenos geológicos de mayor magnitud del último siglo al liberar a la atmósfera, de golpe, 150 Mt de vapor de agua, el más importante gas de efecto invernadero[10].

Por lo tanto, es posible que el reciente y brusco enfriamiento terrestre haya estado asociado a La Niña, fenómeno que, como tantos otros, resulta imposible de predecir en duración e intensidad salvo con cómodos rangos probabilísticos que no suelen separarse mucho de la equiprobabilidad (para proteger la reputación al pronosticador). Pero también es posible que el principal factor explicativo del reciente enfriamiento haya sido la paulatina desaparición del temporal efecto invernadero causado por la erupción del Hunga-Tonga[11]. Quién sabe.

Como pueden ver en el siguiente gráfico, desde 1979 ―un año particularmente frío, pero el primero en el que hubo satélites en el espacio para medir la temperatura― se estima que la temperatura media del planeta ha aumentado a un imperceptible ritmo de 0,15ºC por década (sí, 15 centésimas de grado por década)[12]. Convendrán conmigo en que hay que afinar mucho para detectar este aumento centesimal de la temperatura de todo un planeta:


Asimismo, podrán observar que la temperatura del planeta apenas aumentó en el período 1980-1995 y se mantuvo muy constante de 1998 al 2015, aproximadamente, a pesar del aumento constante de la concentración atmosférica de CO2. Este último episodio se denominó «la pausa», aunque posteriormente la propaganda climática negaría que dicho término hubiera existido. ¡Qué memoria más corta! La revista Nature había publicado en 2013 un artículo titulado La reciente pausa del calentamiento global[13] y el propio IPCC citaba «la pausa» 53 veces en su Quinto Informe (2013) y dedicaba un capítulo especial titulado Modelos climáticos y la pausa en el calentamiento global en los últimos 15 años[14].

Gráficos largos

El gráfico anterior de datos por satélite es un gráfico muy corto, pues la evolución de clima suele medirse en siglos o milenios. Por eso me gusta introducir el gráfico largo que incluyó el IPCC en su Primer Informe, que muestra la reconstrucción de temperaturas del planeta de los últimos 10.000 y 1.000 años. En él podrán observar que las temperaturas de finales del s. XX eran inferiores o similares a las de épocas en las que Pedro Picapiedra conducía su troncomóvil, es decir, en las que no existía industrialización alguna ni CO2 de origen antrópico[15]:


Buenas noticias

Por otro lado, algunos de mis amigos canadienses preocupados por la propaganda climática se habrán visto tranquilizados con la reciente publicación de la serie de temperaturas veraniegas de su país desde el año 1900, la cual muestra una suave ciclicidad sin tendencia clara que equipara las temperaturas de principios del s. XXI con las vividas hace 100 años, cuando supuestamente el nivel de CO2 era «normal» (según la nomenclatura de la propaganda climática)[16]:


También les relajará saber que el llanto ceñudo de la pobre Greta al denunciar en la ONU una supuesta extinción masiva de especies como consecuencia del cambio climático era fruto de la histeria más que de la ciencia. En efecto, un estudio reciente publicado por la Royal Society concluye que el ritmo de extinción de especies ―irrelevante en cualquier caso desde el punto de vista relativo― ha disminuido en los últimos 100 años[17]. Sí, han leído bien: hay menos extinciones de especies, lo que significa que a la biosfera (sistema que engloba a todos los seres vivos del planeta) le sienta de maravilla una temperatura un poco más templada y un poco más de CO2, fuente de vida y alimento por antonomasia de las plantas.

Respecto a la subida del nivel de los océanos también tenemos datos tranquilizadores. Un estudio publicado en el Journal of Marine Science and Engineering ha comparado los aumentos pronosticados para 2020 por el IPCC para multitud de localidades costeras de todo el planeta con las mediciones reales obtenidas en dichas localidades. Su conclusión es rotunda: «Aproximadamente el 95 % de las ubicaciones no muestra una aceleración estadísticamente significativa de la tasa de aumento del nivel del mar. Nuestra investigación sugiere que en el 5 % restante de las ubicaciones los fenómenos locales no climáticos son la causa plausible del aumento acelerado del nivel del mar». Y termina: «En promedio, la tasa de aumento proyectada por el IPCC tiene un sesgo al alza de aproximadamente 2 mm por año en comparación con la tasa observada»[18]. Dado que el último informe del IPCC proyecta un aumento de 4mm / año hasta el 2100 en su escenario más plausible, esto significa que sus fallidos modelos multiplican por dos la subida real del nivel de los océanos. No tengan prisa por vender el apartamento de la playa.

¿Consenso o censura?

La propaganda climática asegura que existe un consenso casi absoluto entre la comunidad científica respecto al origen antrópico del calentamiento global y a las consecuencias apocalípticas que se le atribuye. Esto es rotundamente falso: lo que sí ha habido es un tratamiento mediático asimétrico de ambas posturas del debate y una agresiva censura de tinte comunista u orwelliano materializada en el silenciamiento activo de la multitud de científicos escépticos y escandalizados con el secuestro político de la ciencia.

Éste es el caso de un editor del American Journal of Economics and Sociology, que permitió la publicación de un artículo que pronto se convertiría en el segundo más leído de la publicación en sus 83 años de historia. El artículo criticaba el alarmismo del IPCC, nunca corroborado por la evidencia empírica, es decir, osaba blasfemar contra el dogma imperante con una laudable claridad. Pues bien, el editor fue despedido[19]. Lean por favor con atención las conclusiones de este artículo:

«El IPCC afirma que los fenómenos meteorológicos extremos son ahora peores que en el pasado, pero las observaciones no respaldan esta afirmación. Algunos fenómenos meteorológicos extremos, como la superficie terrestre afectada por sequías extremas, están disminuyendo, en lugar de aumentar (Lomborg, 2020). A nivel mundial, la incidencia de huracanes no muestra una tendencia significativa (IPCC, 2013, p. 216; Lomborg, 2020). Las observaciones tampoco muestran ningún aumento de los daños ni ningún peligro para la humanidad en la actualidad debido al clima extremo o al calentamiento global (Crok y May, 2023, pp. 140-161; Scafetta, 2024). Por lo tanto, dado que el clima actual es posiblemente mejor que el clima preindustrial y que no hemos observado ningún aumento de la mortalidad por fenómenos meteorológicos extremos, concluimos que podemos planificar la adaptación a cualquier cambio futuro. Hasta que se identifique un peligro, no hay necesidad de eliminar el uso de combustibles fósiles»[20].

Amén.


[1] Para una explicación más detallada de cómo se calculan: Escuela de calor 2024 – Fernando del Pino Calvo-Sotelo



[4] IPCC AR5, WG 1, Chapter 2.6, p.214-220 y IPCC AR6, WG 1, Chapter 12, p. 1770-1856










[14] IPCC, AR5, WG 1, p. 61.

[15] IPCC, AR1, The IPCC Scientific Assessment, fig. 7.1, p. 202.





El error de la FSSPX que Roma puede exigir que corrijan



Si Roma quiere que el diálogo con la Fraternidad Sacerdotal San Pío X sea algo más que una escenificación, hay un punto concreto, delimitado y plenamente exigible que debe ponerse públicamente sobre la mesa. No es tanto el reconocimiento de la crisis eclesial, hoy asumida de facto incluso por instancias romanas. No es tampoco la discusión interminable sobre la hermenéutica del Concilio Vaticano II, cuyo carácter pastoral y recepción problemática ya no constituyen un tabú institucional. El punto que Roma sí debe reclamar a la FSSPX con legitimidad total es la corrección de un error pastoral grave que vienen cometiendo: impedir de hecho al fiel cumplir el precepto dominical mediante la asistencia a una Misa válida promulgada por la Iglesia, y hacerlo además en nombre de la defensa de la tradición.

En la praxis ordinaria de la FSSPX se transmite una idea clara en sus consecuencias, aunque a veces formulada de modo implícito: cuando el fiel tiene acceso a la Misa tradicional, la asistencia al Novus Ordo no cumple el precepto dominical y cuando no tiene acceso queda exento de acudir a Misa. No se trata aquí de una preferencia litúrgica ni de una exhortación ascética. Se trata de una calificación moral que coloca al fiel en situación objetiva de pecado grave por obedecer a la autoridad de la Iglesia.

Ese es el núcleo del problema. El precepto dominical obliga bajo pecado mortal. Decir, explícita o implícitamente, que una Misa válida, celebrada según un rito promulgado por el Romano Pontífice, no basta para cumplir ese mandato, equivale a romper la certeza moral del fiel. A partir de ese momento, obedecer a la Iglesia deja de ser garantía suficiente para permanecer en gracia. El fiel queda obligado a someter la ley eclesiástica a un juicio previo externo a la jerarquía, y la autoridad pastoral pierde su capacidad objetiva de obligar.

Pero el daño no se detiene ahí. Esta posición acaba debilitando la doctrina católica sobre la eficacia objetiva de la gracia sacramental. La tradición de la Iglesia siempre fue clara: la Misa actúa ex opere operato. Su eficacia no depende del entorno, ni del clima espiritual, ni de la corrección subjetiva de quienes asisten. La gracia no es frágil. Lo frágil es el hombre, y por eso necesita los sacramentos. Introducir la idea de que el contexto puede neutralizar hasta ese punto la gracia equivale a invertir la lógica tradicional: el sacramento deja de ser remedio y pasa a convertirse en un peligro.

Este planteamiento tiene un origen histórico comprensible. En los años setenta y ochenta, cuando el panorama litúrgico era objetivamente devastador y la Misa tradicional parecía acorralada, pudo desarrollarse instintivamente una pastoral de repliegue, marcada por un miedo razonable a la desaparición absoluta. Pero ese contexto ya no es el actual. Hoy existe un hecho eclesial imposible de negar: el birritualismo real. Cientos de miles de fieles han descubierto la Misa tradicional desde el Novus Ordo. No contra él, sino desde él. Han llegado a la tradición no desde la ruptura, y viven con normalidad en ambos ritos.

Este dato es decisivo y la Fraternidad no puede seguir ignorándolo. La Misa tradicional tiene una fuerza intrínseca, que hoy ya no necesita ser protegida mediante prohibiciones morales ni mediante la descalificación del rito ordinario. Allí donde ambos ritos conviven, el bien se impone por sí mismo. La experiencia demuestra que la tradición no se debilita; al contrario, se expande, se consolida y se transmite con mayor naturalidad. El contacto no la corrompe.

Por eso, el error más grave no es doctrinal en abstracto, sino pastoral en concreto: impedir explícitamente al fiel acudir a una Misa válida para cumplir un mandamiento grave de la Iglesia. Ese es el punto que Roma debe exigir que se corrija. No es una concesión ideológica, sino una exigencia mínima de coherencia teológica. Mientras se mantenga la idea de que obedecer a la Iglesia puede no bastar para evitar el pecado mortal, el problema no será disciplinar ni canónico. Será directamente teológico.

En este marco, la reunión entre el cardenal Víctor Manuel Fernández y el superior general Davide Pagliarini tiene un punto claro de aterrizaje. Roma puede y debe pedir a la Fraternidad que suprima esa posición pastoral concreta. Sacado ese compromiso, el resto entra en un terreno distinto. La aceptación de obispos no sería entonces una cesión doctrinal, sino una medida prudencial de continuidad sacramental, especialmente en un contexto objetivo de emergencia generado por Traditionis Custodes. Ese marco de excepcionalidad existe y negarlo sería ingenuo.

Pero nada de eso puede justificarse mientras se mantenga una pastoral que bloquea el acceso del fiel a la gracia en nombre de su protección. La tradición no necesita ese miedo. Probablemente nunca lo necesitó. Pero hoy, menos que nunca.

Miguel Escrivá